EL DESPERFECTO...



_Oiga don… ¿no sabe qué pasó?
Francisco miró con fastidio a su compañero de asiento.
El tren se había parado, nuevamente, en medio de un desolado campo de pastizales secos. Ya hacía  catorce horas que estaban  viajando.
Él había creído que era la forma más directa y rápida que tenía para llegar a Tucumán. No imaginó estas demoras, ni semejante compañero de asiento. El viaje parecía interminable.
Cuando el hombre se sentó a su lado, lo observó disimuladamente. Un pobre tipo, con un saco enorme (seguramente prestado para la ocasión), el pelo mal cortado. Un par de zapatos viejos y un aroma fuerte, dulzón, de colonia barata.
“Al menos el perfume no va a durar más de 15 minutos”, pensó.
Pero duró un poco más y el hombre, que dijo llamarse Eusebio, lo había molestado durante todo el viaje preguntando y contándole cosas. Un casi analfabeto que no sabía nada. Justo tenía que tocarle a él.
“Eso te pasa por apurado” diría su mujer. Y tenía razón, aunque el no lo admitiría nunca. Pero quería terminar este negocio antes del fin de semana. Sacarse el problema de la cabeza, para empezar a solucionar otros.
Su hijo no le hablaba desde hacía ya varios días, porque habían perdido un cliente por un error suyo. Un desagradecido, su hijo. Él le había dado un puesto privilegiado en su empresa, cuando otros lo merecían más. Pero era su hijo.
Qué mala suerte, pensó, este compañero viaje. No lo había dejado en paz desde que salieron. Le buscaba charla y él no quería hablar. ¿De qué podían hablar, salvo del tiempo? ¿De política internacional, acciones en la Bolsa? Francisco sonrió ante su propio sarcasmo. Ese pobre hombre, a su lado, podía ser estafado hasta por un niño.
Pero después de tantas horas ya se sentía cansado y de pésimo humor. Tenía hambre, se le había empezado a arrugar la camisa y no sabía cuánto tiempo más duraría el viaje. Un bebé lloraba desde hacía rato y aumentó su molestia.
Y ahora este hombre que le preguntaba por qué el tren se había parado, como si él tuviera todas las respuestas.
Imposible hacerse el dormido. En cuanto abría los ojos, el otro volvía a la carga.

Fastidiado, respondió;
_ No sé, por los ruidos que se escuchan, deben estar arreglando algo.
El hombre mostró preocupación:
_Yo voy a Colonia Dora….y ya estamos atrasados dos horas…
Francisco no contestó.
_¿Sabe qué pasa, don? Murió mi padre y lo entierran a las 6 y yo quería llegar antes de que lo entierren, Para despedirlo, vio?.
A pesar del silencio de su vecino, Eusebio siguió hablando.
_Yo me fui de mi pueblo  hace 40 años. Tenía 17. Éramos muy pobres y un primo mío, de Buenos Aires, me dijo que allá podría conseguir algo. Mi viejo, mi vieja y mis hermanos fueron a despedirme a la estación. Mi vieja lloraba, pero yo estaba contento. Le dije:”A fin de año vuelvo para visitarlos y hacemos una fiesta!”. Ahora que lo pienso… yo era casi un chico...
Pero cuando llegué a Buenos Aires me di cuenta de que mi primo no estaba tan bien. Me fue a esperar a Retiro y nos fuimos en colectivo hasta su casa, que quedaba muy lejos, en un barrio fuera de la Capital.
No me gustó como vivía mi primo y, sabe… andaba en cosas raras. Yo no quise. Al mes me fui de ahí y conseguí empleo en la cuadra de una panadería. Un compañero de trabajo me presentó en la pensión donde vivía y así seguí.
No volví a mi casa, en Colonia Dora, en estos cuarenta años. No sólo no tenía para el pasaje, no podía volver. Todo el pueblo sabía que me había ido a vivir a Buenos Aires, a buscar mejor vida. ¡Cómo iba a volver así, derrotado, peor de lo que me había ido! Al principio les mandaba cartas a mis viejos, mintiéndoles, después no preguntaron más.  Muchas veces me arrepentí de no haber terminado la escuela… tal vez hubiese conseguido algo mejor, hasta una mejor compañera, porque la mía me dejó al poquito tiempo de casarnos.
Ahora quisiera…solamente quisiera, despedir a mi padre. Decirle que lo siento, cuánto pensé en él, cuánto lo quería…
Francisco se sintió sumamente irritado por el relato del otro. El calor, la inmovilidad del tren, la demora, los reproches de su mujer, la indiferencia de su  hijo, ese diálogo no buscado, todo se unió para explotar en su respuesta:
_ Ahora es tarde, Eusebio. Muy tarde. Su padre ya está muerto. Aunque usted se quede parado dos horas junto al cajón y le hable, él ya no lo escucha. No oye, no siente. Está muerto. Las cosas hay que hacerlas en vida. Después, ya no sirven.
En el instante en que terminó de hablar, Francisco se arrepintió de haberlo hecho. La dolorosa mirada del otro le atravesó el pecho, como una filosa navaja.
Pero las duras palabras habían conseguido silenciar a Eusebio. Volviendo su cara hacia la ventanilla, perdió su mirada en el lejano horizonte.
En eso el tren empezó a moverse.
Unos kilómetros más adelante, llegó a la estación de Pinto, un pueblo medio perdido en medio del campo.
El guarda avisó que estarían allí por lo menos media hora, para terminar de arreglar el desperfecto, y luego  se reanudaría el trayecto con normalidad. Todos bajaron en la pequeña estación.
Algunos caminaban, otros fumaban, el niño corría y había parado de llorar.
Francisco vio a Eusebio sentado solo, en el final del andén, de espaldas a la gente. Sus piernas colgando, el enorme saco rozando el suelo.
Algo en sus movimientos le llamó la atención. Trató de acercarse, sin hacer ruido. Sólo veía la espalda del hombre, moviéndose.
Unos metros antes de llegar a él se detuvo, sorprendido.
Eran sollozos. Eusebio estaba llorando.
En ese momento Francisco se dio cuenta de que quien estuvo catorce horas al lado suyo era un ser humano, igual a él.
Catorce horas a su lado. Próximo. Prójimo. Como el prójimo del que hablaba el cura, los domingos en la misa. Él ayudaba al prójimo. Daba limosnas siempre, ante la mano tendida. A  los descalzos, mal entrazados, gente que era el prójimo. Siempre pensó que el prójimo era algo lejano, que no tenía cara ni nombre, algo anónimo. No era ni su hijo ni su mujer, y menos este pobre infeliz que le había tocado en suerte como compañero de viaje.
“¿Adónde está tu corazón?”
La pregunta se la había hecho su madre muchos años atrás.
Sintió también él ganas de llorar.
Pero no podía. Un hombre elegante, bien vestido, no podía llorar en el medio de un andén, como un chico. Alguien se acercaría para preguntarle si le pasaba algo, si se había descompuesto.
En cambio nadie, excepto él, había reparado en el llanto de Eusebio.
Fue al baño y se lavó la cara, justo en el momento en que el guarda gritaba que se reanudaba el viaje y el tren empezaba a ponerse en marcha.
Eusebio pasó delante de él para sentarse y lo miró con una expresión tranquila, sin encono.
Francisco celebró esa mirada que no tenía rencor. Era como la de un niño, con la inocencia que él había perdido hacía muchísimo tiempo. Por primera vez en todo el viaje, se dirigió a Eusebio con amabilidad:
_ Vamos a llegar a las tres a Colonia Dora. Va a tener tiempo.
Eusebio sonrió suavemente.
Dos horas después, el tren llegaba a la estación Colonia Dora, en Santiago del Estero.
Eusebio agarró fuertemente su pequeño bolso y le tendió la mano.
_Adiós, don. Disculpe si lo molesté con mis preguntas.
Francisco se paró y lo abrazó.
_ Suerte. Y decile a tu padre todo lo que sientas. Tal vez, desde algún lado te pueda oír. Ah!.. esperá.
Sacó una tarjeta de su bolsillo y se la dio.
_Cuando vuelvas a Buenos Aires andá a verme a la empresa. Tal vez pueda conseguirte algo mejor de lo que tenés.
La sorpresa y la alegría iluminaron el rostro de Eusebio. Le agradeció calurosamente  y bajó corriendo la escalerita.
En el andén, un pequeño grupo de personas lo esperaba sonriendo.
Francisco pudo ver algunos abrazos antes de acomodarse en el asiento.
Le quedaban algunas horas para dormir, tranquilo, hasta llegar a Tucumán.



*De Cecilia Zanelli. ceciliaines_zanelli@yahoo.com.ar



-Próxima estación:

JUAN TRONCONI.

En el recorrido del tren literario por Ferrocarril Provincial:

CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.



***


En el recorrido del tren literario por Ferrocarril Midland:

ELÍAS ROMERO.

KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.
LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.
VILLA DIAMANTE.  PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.





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