Tuesday, April 21, 2026

ESTACIÓN ORDOQUI.


Al pueblo de Ordoqui a 100 años de su fundación

 

 

 

 

 

LA VOZ HERRUMBROSA*

 

 

 

SOBRE LA TIERRA DEL PATIO.

 

mañanas como países condensados en racimos:

pequeñas naciones verdes y floridas,

minúsculas pampas de tréboles

y –en la habitación trasera-

el jardín zoológico de mis gatos,

jilgueros nerviosos y perros adoptivos.

Todo el mundo de la infancia converge

hasta que la sed nos doblega la espalda

y el sueño (boxeador experto) nos cubre la boca

con una toalla deshilachada,

que apaga un tanto la sed de estar solos.

 

 

 

TANTAS VECES HAS CREÍDO

 

que no volverías a ver la luz del día,

que no remontarías la punta de tu dedo

fuera del borde de la ventana

y, ahora, como si nadie te mirase,

encuentras –demorados en el patio-

la brevedad de la tarde, el cansancio

y la huella de salitre que ha calado las paredes.

Sin embargo, no es coherente,

¡si estás muy lejos del mar,

de los salitrales, de toda salina!

¿De qué manera el salobral

podría carcomer los revoques de tu casa,

las punteras de tus zapatos?

 

Mas, aunque dudes, ahí estás,

comprobando la improbable huella,

el salivazo despiadado

de una sal que no escogiste.

 

 

 

*De Eugenia Cabral.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ÚLTIMO TREN*

 

 

“Perdieron el anterior, pero aún queda un tren, uno solo…”

 

 

Venían de destierros.

De éxodos sangrientos.

De deshielos de lágrimas.

Candentes. Quemantes.

Les habían colocado mortajas.

Monedas de oro en sus ojos.

Pero la desnudez les salía por el costado izquierdo.

Castos almendros, impúberes trigales.

El viento del otoño les rozaba la frente.

Recorría sus hombros y sus lodos.

Renovaba panes, niños y rebaños.

Simiente y tierra dulce.

Casi sin buscarse se encontraron.

La flor del aire y la paloma.

Los árboles y el nido.

 

 

Era el último tren.

El último vagón… y lo tomaron.

 

 

 

*De Amelia Arellano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ORDOQUI*

 

 

*Por Alfredo Armando Aguirre.

 

 

No quiero demorar en volcar a texto escrito algunos recuerdos y reflexiones basadas en algo que

viví, allá lejos y hace tiempo en Ordoqui, el 19 de noviembre de 1972.

En esos días los argentinos estábamos bajo la conmoción que había producido el regreso del general Perón al país luego de 18 años de forzado exilio.

Pero como que cada uno tiene sus prioridades, ese evento no había podido con la pasión de corredor pedestre, que estimulaba nuestros movimientos de entonces.

Habíamos viajado desde Buenos aires, hasta Henderson para disputar una carrera pedestre. Lo habíamos hecho en colectivo, pero ya sabíamos que volveríamos a la estación Tapiales, con el coche motor que venía de Carhué.

Terminado nuestro ritual atlético, me mandé para la estación. Recuerdo que compré algo de fiambre y algo así como un jugo de naranja, y me quedé en un banco de la estación ferroviaria a esperar el tren.

Sabía que no volvería sólo. Un grupo de atletas, volverían conmigo, pero como representaban al Club San Lorenzo de Almagro, la gente de la peña sanlorencista local los había invitado a un asado.

Al rato, apareció un tren de carga, traccionado por una locomotora a vapor, con rumbo a Buenos Aires.

Se acercó a mí un trabajador ferroviario y me sugirió que tomara ese tren, así ahorraba dinero, para cuando lo alcanzara el tren de pasajeros, que pasaría más tarde. Le agradecí y no acepté el convite. El destino me había reservado otra posibilidad.

Pasó un largo rato, y ya con mis compañeros, nos aprestamos a esperar el coche motor. Vale contar que el servicio era atendido por uno de esos coches motores de procedencia húngara, marca Ganz Mavag, que habían sido comprados por el Ferrocarril del Estado a mediados de la década del treinta y que desde entonces venían prestando eficaces servicios en los ramales de trocha angosta, aunque también se emplearon en los de trocha ancha (En 1934 inauguraron el servicio Viedma- Bariloche).

Los coches eran como los que aun se ven en las películas: tenían compartimiento para seis u ocho pasajeros. Y fue en uno de esos en los que nos ubicamos los corredores y la corredora que volvíamos juntos a Buenos aires. El tren había salido a eso de las 3 de la tarde y debía llegar a eso de las 21.50 a Tapiales...Debía.

De mis acompañantes recuerdo a Iris Fernández, al entrenador Gilberto Miori y aunque, algo desdibujados, creo que venían Adolfo Olivera y Arraigada.

Si uno viene leyendo la saga que se publica por Inventiva social, sabrá que de Henderson hasta Ordoqui hay dos o tres estaciones.

Bueno, a horario llego el tren a Henderson. Arriba venía un empleado del correo con un singular gorrito azul con un escudo de bronce con la leyenda de Correos y Telecomunicaciones. El tren seguía cumpliendo su aun civilizadora función de "vagón postal".

Bueno la cosa que al llegar a Ordoqui, el motor empezó a hacer ruidos raros y al rato tuvimos el diagnóstico: el motor se había roto. Y había que esperar una locomotora a vapor que llegara, vaya a saber de dónde, y nos llevaría lentamente hacia nuestro destino.

Así las cosas, nos bajamos del tren en busca de algo para tomar y comer.

Ordoqui (situado aun, pero sin tren, en el partido de Carlos Casares), tenía calles de tierra. Enseguida llegamos a la sede del Club Atlético Argentino Ordoqui. Recuerdo que en un momento llego un camión con la hinchada del club que venía de un partido de futbol, que le equipo había jugado en otro pueblo de la misma Liga.

En la sede del club (es esas que tantas veces hemos visto en nuestras recorridas por el subyugante interior argentino), había pocas cosas para comprar. Recuerdo que compramos galletitas dulces de hojaldre y vino tinto.

Esa sería nuestra comida hasta las 11 de la mañana del día siguiente, que es cuando me bajé en la estación Tapiales. También recuerdo que los colores del club Ordoqui eran azul y blanco y pienso que el club subsiste y también sus colores.

Unas horas después vino la locomotora de vapor y comenzó la lenta marcha.

El frío apretó a la noche y el vino no calentaba mucho. Veníamos durmiendo dándonos calor con los cuerpos los unos a los otros. Así amanecimos. Con el curso del tiempo, atento a nuestra afición por los transportes y a nuestro amor desembozado por los ferrocarriles, le fuimos dando contexto a nuestros recuerdos. También esas nostalgias, nos incentivaron a profundizar, el porqué de esa retracción de los ferrocarriles, que ya habíamos empezado advertir en 1972, cuando al querer ir por tren a participar en carreras pedestres por el interior, se nos decía que el tren que otrora nos llevaría había dejado de circular.

Miradas holísticamente las cosas, Ordoqui era un minicomponente de un subsistema, concebido a principios del siglo XIX, y el que recibió un mazazo casi terminal (más adelante diré porque digo casi...esperanzadamente), entre fines de 1976 y 1977.

Dicen que es hacer ucronías o contrafactualismo, suponer como las cosas podrían haber sido de otro modo, sino se hubieran adoptado ciertas actitudes o decisiones.

 

Pero vayamos al principio.

 

Hubo una Argentina que se montó entre 1880, luego de la federalización a sangre y fuego de la ciudad de Buenos Aires, en 1880 y el comienzo de la Primera guerra Mundial en 1914.

Hay acuerdo entre los estudiosos, que esa Argentina se desarrolló inserta en el esquema del sistema cuya potencia hegemónica era Gran Bretaña. El despliegue de la red ferroviaria era parte de ese esquema. Pero había detalles, que se le escapan a los generalistas, y más aun a los que han estudiado ese periodo con un entendible sesgo anglófobo. Mirado desde las cosas cotidianas y desprovistos de cargas teóricas se puede apreciar diferente. Sobre todo cuando uno tiene la suerte o la intencionalidad de estudiar los documentos concretos y los testimonios de los ancianos memoriosos.

En ese contexto, había dos herramientas muy vertebradoras: el ferrocarril y los puertos, y un ingrediente aun no debidamente ponderado: el telégrafo.

Y como nada se hace en última instancia a máquina, estaban los pioneros u hombres de negocios, que con su avidez animaban todo este movimiento, y daban marco a la inmigración europea como mano de obra para estos "emporios" como así se llamaban.

Poco se conoce de los "pioneers" (salvo sus leyendas negras). Así los D'Abreu, los Devoto, los Bustinza, los Stroeder, los Mulhall. Hay más... Más, enfaticemos en uno: Lavalle. Enrique Lavalle estaba vinculado a la "Utopía" emblemática de la época: la construcción de la ciudad de La Plata (específicamente de su puerto).

La Constitución del 53, les había reconocido a las provincias la facultad de levantar ferrocarriles. Pocas provincias hicieron uso de esta facultad. Los ferrocarriles autorizados por la Nación, terminaron neutralizando esa facultad.

En ese contexto la Legislatura de la provincia de Buenos Aires, sancionó la ley llamada Williams, por el senador Orlando Williams que la alentó. Se trataba de una norma para construir ferrocarriles que fomentaran la creación de nuevos núcleos de producción, debiendo los trazados no pasar por poblaciones ya establecidas, sino para facilitar la creación de nuevos núcleos poblados. Con ese marco, uno de los "pioneros", Lavalle, obtuvo la concesión para un ferrocarril entre Puente Alsina -a la vera del Riachuelo- donde instalaría un puerto y la laguna de Carhue, ya visualizada como un emporio turístico. El puerto se instaló, el ferrocarril también y el lugar para turismo de lo que hoy se llamaría "alta gama" también (Este intento padecería un colapso hacia los 70 por un grave error ambiental de orden antrópico que aún no está del todo esclarecido).

Respecto al puerto debe recordarse que entonces el Riachuelo tenía intensa actividad. El ferrocarril Oeste tenía su propio puerto en una gran Dársena (hoy tapada por la Villa Zabaleta, al lado de la cancha de Huracán). El ferrocarril llego a Carhué, en 1911. Año significativo por demás porque ese

año con el suicidio del gobernador Inocencio Arias, la provincia de Buenos Aires comenzó a declinar sus pretensiones autonómicas, que ya habían sido cercenadas cuando le nacionalizaron el Puerto de la Plata y la Universidad (con su Museo y Observatorio Astronómico incluidos).

El puerto aunque funcionó, corrió la misma o peor suerte que el puerto del Ferrocarril Oeste (al que llegaba desde Villa Luro, por donde hoy corre la Avenida Perito Moreno). Resulta que los servicios suburbanos del Ferrocarril Sur, se las ingeniaron para que se levantara pocas veces el puente, porque

ello perjudicaba sus servicios de pasajeros suburbanos. Y así fueron languideciendo los puertos sobre el Riachuelo, por más que la rectificación del mismo, preveía la navegación aguas arriba (Tal vez el Mercado Central reactive esa posibilidad).

Es curioso pero estos ferrocarriles económicos, ya tenían propuestas de levantamiento a la fecha de la nacionalización entre 1946-1947.

Así no sorprendería que figuraran de la lista de los ramales a levantar, atento el nefasto Plan Larkin, entregado al gobierno de Frondizi en febrero de 1962, pocas semanas antes de su derrocamiento. La caída de Frondizi no impidió que el plan se llevara a cabo, recibiendo sus golpes finales durante

Videla y Menem, curiosamente a manos del mismo responsable Jorge Kogan.

Menem tuvo como asesor a uno de los mentores del Plan Larkin: Ovidio Zabala...

Bueno; pues que este Ordoqui que evocamos desde la nostalgia personal, refleja un país que pudo ser y que dejó de ser. Y ello no fue fruto del azar sino de políticas deliberadas, que han sido nefastas para las posibilidades de la Argentina.

Pero en medio del naufragio, quedaron sembradas aquellas poblaciones, demostrando que la resiliencia es una posibilidad humana.

A la espera de las nuevas oportunidades que induce la triple crisis planetaria (alimentaria, climática y energética), están esos pequeños pueblos que disemino la expansión ferroviaria a fines del siglo XIX y

principios del XX: con sus trazados urbanos, sus infraestructuras públicas y privadas subutilizadas; con aptitud pese a los deteriores experimentados para posibilitar la calidad de vida inexorablemente deteriorada en las metrópolis y grandes ciudades argentinas. Ordoqui y asentamientos como Ordoqui, que se cuentan por cientos, tiene un futuro promisorio.

 

 

** Escrito motivado por el proyecto INVENTREN que fogonea el aparcero COIRO.

Buenos Aires, 10 de febrero de 2011.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCARCHA DE LUNA*

 

 

“Mientras avanzábamos raudamente, veía que el campo giraba como un enorme disco iluminado bajo la luna llena, plateado por la escarcha…”

 

Mamá me entregó un bolso con la ropa y otras cosas y me acompañó hasta el portoncito batiente de la entrada.

El portillo estaba flanqueado por los dos altos y lozanos cipreses, que semejaban un poco, a dos verdes, gigantescas, y estilizadas espigas; que montaban guardia permanente, vigilantes y quietos, rodeados por un florido conjunto de plantas y plantitas del jardincito del frente. En él resaltaban profusas las enhiestas y copetudas crestas de gallo, de flores verrugosas y aterciopeladas de un furioso color carmín.

El camión azul deslucido de mi tío estaba en marcha y él aguardaba en el volante a que el motor se calentara. Yo le di un beso a mamá y corrí dando un rodeo para subir por el otro lado.

Se terminaba la tarde y comenzó a refrescar de golpe.

El sol, como un disco gigante color naranja pálido, bajaba sobre la quinta de naranjos que daba al oeste, y el cielo se había pintado del granate al rojo intenso; mientras algunas pequeñas nubes amarillentas y oscurecidas se recortaban con ribetes iridiscentes, como ovejas deformes pastando en un campo en llamas.

-Mañana va a helar- dijo mamá, despidiéndose, mientras nos poníamos en marcha.

Me sentí en la gloria. - Un vaho tibio se respiraba dentro de la cabina, emanado por el motor; tenía aromas de aceites cálidos y tan tenues que eran como un perfume metálico, agradable y reconfortante. Además, iniciar este viaje con mi tío era para mí un sueño.

Cruzamos el pueblo, el puente y la ciudad vecina, ambas aún con calles de tierra, y salimos a la ruta, también de tierra.

Enseguida cayó la noche y la oscuridad fue cercándonos. Los faros del camión iluminaban temblorosamente una porción no muy grande delante y un poco a los costados del camino, bañando escasamente de amarillo una pequeña mancha dentro de la inmensa noche cerrada.

Mientras, el ronroneo del motor iba quedando atrás con el camino recorrido; dejando a su paso un eco debilitado que rebotaba en los costados irregulares y nos iba persiguiendo junto con la noche.

Pese a la dicha que sentía, me fui durmiendo sin darme cuenta, acunado por el vibrar suave y parejo, y el regular sonido de la marcha que nos envolvía…

Hicimos así la mitad del camino.

Me desperté al sentir que el camión disminuía la velocidad hasta casi detenerse y el traqueteo de las ruedas sobre los rieles al cruzar las vías del tren. Un poco más allá mi tío se estacionó ante una casa o un tipo de negocio que daba a la calle.

Luego vi que tenía un alero pequeño que sobresalía sobre un surtidor de nafta, de los de aquella vez, altos, con un remate redondo como un caramelo, o una almeja, y una gran palanca con la que bombeaban el combustible.

Por la puerta abierta y por la ventana salía una larga porción de luz que daba un farol muy potente que se conocía como “sol de noche”; y blanca y luminosa cruzaba la calle y alumbraba la garita del guardabarrera del ferrocarril cerca de la vía. Sentí voces, y vi pasar gente en la ventana, e incluso algún chico jugando, quizás más adentro.

Mientras esperaba a mi tío, y terminaba de despertarme, pensaba en esa casa y en esa gente, que en verdad no conocía, ni conocía el lugar, y en realidad tampoco sabía mucho sobre en qué parte del camino estábamos, y hasta pensé que, tal vez habríamos llegado.

¿Cómo sería la casa de mi tío? A mis escasos nueve años era la primera vez que iba. Cada tanto mis primos venían a casa, ya que el negocio se proveía con estos viajes que eran frecuentes, y este coincidió justo con la feria escolar de invierno, así yo al fin puede colarme.

Mi tío volvió y el motor ronroneó de nuevo…

Ahí fue cuando me informé que estábamos a mitad de camino, de modo que enseguida reanudamos la marcha.

De cuando en cuando él encendía un cigarrillo, lo ponía en la boquilla y fumaba quedamente. Las caprichosas espiras de humo azul, como danzantes arabescos, alcanzaban a cautivarme antes de desvanecerse en el interior de la cabina. Cuando terminaba de consumir el cigarrillo, solía mantener la boquilla vacía largo rato entre los labios, y así la sostenía, incorporada y firme, casi todo el tiempo. Decía que era un buen truco para fumar menos.

Yo lo veía recortado contra la penumbra exterior, junto con el resto oscuro de la cabina, donde apenas brillaba tenuemente una pequeña luz en el tablero, casi espartano, propio de los modelos de entonces, de antes de- mediados de siglo. Lo veía pensativo y al mismo tiempo tan sereno, que me cohibía molestarlo o interrumpirlo en sus cavilaciones; hasta que él mismo vio que yo estaba despierto y abrió el fuego con una gran sonrisa, y con un gesto cariñoso soltó el volante y con la mano derecha me revolvió el cabello…

Charlamos larga y despaciosamente, mientras el camión devoraba raudamente buenos tramos del camino.

En realidad hacía apenas cuatro años que se habían asentado en aquella colonia casi virgen, de grandes campos, montes y bañados. También otros colonos habían hecho lo mismo por aquel entonces y se formó una población considerable, además les estaba yendo bastante bien a todos, así que mi tío estaba agrandando sus negocios, y aparte de vender y fletear mercaderías y comestibles, vendía insumos para el campo y estaba iniciando el acopio de cereales y ahora también algodón que estaban comenzando a sembrar como una novedad en aquella latitud agrícola.

Por largos ratos quedábamos en silencio, ensimismados cada uno en sus cosas. Yo mismo trataba de imaginarme cómo sería todo lo que me esperaba, lo que aún no conocía, e iba quedando cada vez más cerca.

De reojo veía que mi tío de cuando en cuando tarareaba una canción en voz tan baja que casi no estaba seguro que estuviera cantando.

Además la soledad de tremendos contornos me intimidaba por momentos. Ahora cruzábamos cerrados e interminables montes que reconocía a nuestros costados y escondidos arroyos que se reflejaban entre la negrura, y la luz de una luna que nacía frente a nosotros.

Pero tenía mucha confianza en él, mi tío era también mi padrino y lo veía como a un héroe, un verdadero paladín. Lo que no estaba al alcance de mi padre, él lo haría accesible, sin dudas, porque sabía que me quería bien.

Mi padre y él tuvieron suertes diferentes. Mi padre vino de Italia de niño y la vida lo trató muy duro. Desde pequeño tuvo que trabajar como único sostén, ya que quedaron huérfanos de padre recién llegados de Europa, y apenas nacidos los hermanitos más chicos. Mi tío era el más joven y accedió a todo más fácilmente, un poco quizás por ser el menor.

Estábamos llegando. Doblamos el último tramo. Se había alzado la luna, grande y ovalada. La teníamos ahora a la derecha y me permitía ver los grandes campos que pasaban corriendo, más fuerte acá cerca, y los grupos de árboles y casas más lejanas apenas se iban moviendo. Parecía que todo girara como en un plato gigantesco, teniendo como eje la luna, mientras bañaba todo con su luz pálida y platinada.

La casa se me apareció entre una extensa arboleda de variados tamaños, negra a trasluz, donde se recortaban altas grevileas y pinos; y los techos metálicos se reflejaron fríos y blanquecinos por la escarcha recién caída y la luz de la luna.

Lo demás estaba en tinieblas, pero enseguida hubo linternas y luz en la cocina, y un par de perros alegres que aullaron y corrieron atropelladamente a saludarnos, antes aún que los demás de la casa.

Así llegué aquella primera vez a aquel lugar, que tanto significaría para mi de ahí en más, especialmente en el transcurso de mi niñez. -

 

 

*de Celso H. Agretti.

 

 

 

-Próxima estación:

 

LOMA VERDE. 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

APEADERO DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.   

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

InventivaSocial

Plaza virtual de escritura

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog histórico & archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

 

 


ESTACIÓN CORBETT


ESTACIÓN CORBETT





 

 

 

Minotauro al sol*

 

¿Será entonces la ausencia

mi patria verdadera?

 

¿Será la arena inmóvil

el único paisaje?

 

El laberinto no es como contaban

las antiguas leyendas.

 

Es sólo una extensión interminable,

un cielo gris sin puertas;

sólo tiempo y distancia,

entrevisiones

de algo que nunca está,

esperanzas truncadas

y un viento frío. Ecos

de nombres ya olvidados.

 

Cierto: No hay muros, pero

la libertad es también un espejismo.

 

 

*De Sergio Borao Llop.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vals Lejos de Ti*

 

[vals compuesto por Juventino Rosas (hace algunos años)]

 

Siempre había querido demostrar que la Tierra era redonda, pero alguien ya se le había adelantado en la idea, y ya lo habían hecho. Había querido demostrar, entonces, que era el Sol quien se encontraba en el centro del sistema planetario, y que alrededor de él orbitaban los planetas, y que no era la Tierra el centro del Universo, pero algún tiempo atrás alguien más ya había tenido la misma idea, y ya era cosa sabida.

Después se le ocurrió que el Universo pudiera estar en expansión, creando nuevo espacio-tiempo y haciendo que la luz que lo recorre se estirara tendiendo a verse roja, y que si lograba probar esto, propondría que si el Universo se expande, era porque en algún momento estuvo todo junto, y después explotó dando origen a todo... Pero notó que esta su idea ya la habían tenido tiempo atrás otras personas, y decidió dejar de lado las teorías astronómicas y probar con las matemáticas. Tuvo la idea de intentar demostrar que los números naturales, siendo infinitos, podían estar inmersos dentro de los números enteros que también son infinitos, y que, además, estando los naturales dentro de los enteros, podía encontrarse una función que demostrara que a pesar de esto, existían tantos números naturales como números enteros hay; pero le bastó con leer un par de libros para darse cuenta de que esto también era ya sabido.

Un día mientras paseaba, le vino a la mente la idea de que las especies biológicas podían heredar características por medio de variaciones en el material genético, y no así por el simple uso o desuso de alguna de sus partes del cuerpo, y decidió nombrar a estas unidades de herencia como genes, y demostrar que si una jirafa estira mucho su cuello para alcanzar comida, esto no afecta de modo alguno los genes, y no hereda el cuello largo a sus hijos; pero cuando terminó de escribir su teoría, alguien le hizo notar que hacía tiempo otras personas más ya la había definido, y ahora no causaba mayor novedad.

Triste de que todas sus buenas ideas ya habían sido probadas o enunciadas antes, se olvidó de las ciencias. Comenzó a idear el modo para que las personas pudieran volar, pero notó que ya había aviones, pintó cuadros y compuso poemas, pero cada obra de arte que realizaba con exquisita destreza, alguien más le mostraba su gran parecido con alguna otra notable obra de arte, realizada mucho antes que las suyas... Llegó a imaginar edificios en forma de tetraedros, y se asombró al mirar un día un libro con una fotografía que mostraba construcciones tan maravillosas como las que había imaginado, y que se leía en el título: “Pirámides de Teotihuacan”.

Sintió que había nacido en un tiempo en el que ya todo estaba hecho, dicho o visto; lo que le produjo una gran frustración. Ideó la manera de desquitarse con la humanidad entera, y desarrolló todo un sistema económico, donde la gente pobre fuera la gran mayoría y que, una vez naciendo pobre, siempre lo fueran al igual que sus hijos e hijas. Se dedicó a idear su sistema económico que pudiera incluso generar naciones pobres, siempre a expensas de otras que libremente podrían hacer guerras y mandar a la gente pobre de sus países a matar gente en los países pobres. Su plan consideraba tal venganza, que incluso ideo la manera de que la gente pobre, trabajando para la clase acomodada, fuera pobre todo el tiempo y sus patrones cada vez más ricos... Cuando su plan estaba listo, alguien que leyó su escrito le dijo que los capitalistas ya se le habían adelantado.

Finalmente, y con la firme idea de que las grandes cosas ya estaban todas hechas (algunas de ellas denigrantemente hechas), decidió dar vida a una modesta idea: construir una estación de tren.

Imaginó la estructura de ladrillos, y construyó el boceto en miniatura. Decidió que la construiría en un lugar pequeño, para evitar que alguien le ganara la idea, e imaginaba a la gente yendo y viniendo de todas partes del mundo. Decidió construir su sueño en el partido 9 de Julio, provincia de Buenos Aires, y de inmediato abandonó la idea de llamar a su estación "9 de julio", pues lo consideró demasiado obvio. En su lugar, y habiendo leído que hacía tiempo vivió un estanciero de apellido Corbett, decidió nombrar así su estación; pero cuando viajó al pueblito para mirar su idea más de cerca, notó que hasta para eso ya se le habían adelantado hace algún tiempo, y la Estación Corbett ya existía, y ya hasta se encontraba cerrada... Se alejó con un sentimiento de frustración, pero con la idea naciente de que quizá la estación cerrada, podía usarse para fundar un Radio Club...

 

*De hugo ivan cruz-rosas.

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

REGRESO*

 

 

El hombre de los ojos insomnes, duerme.

Duerme mecido, en rituales de viejas caracolas.

También duerme el deseo.

Lo despierta la noche y el penetrante olor a vida.

Los espejos. Los retratos vivientes. La estremecida piel.

Ha perdido sus pasos, su insolencia.

Ah, si pudiera volver, recordar, regresar.

Pero es de noche y teme. Noche de terciopelo.

Acechan los pájaros del miedo.

Teme. Teme abrir los cerrojos.

Las ventanas pircadas. Las clausuradas puertas.

Teme y desea. El escozor se arrastra como felino en celo.

Es agosto y los almendros brotan.

También germina el fuego.

Se encienden las cenizas.

Las azules grutas tantas veces besadas.

El ritual del puñal que cincela y canta.

Y teme, y desea y excomulga las antiguas muertes.

Y regresa.

Regresa, sabiendo que un viaje es solo eso: un regreso.

 

 

*De Amelia Arellano.

 

 

 

 





 

 

 

EL ROLLO DEL TIEMPO*

 


1

 

La vida me permitió acceder al fantástico mundo del arquitecto Jerome Ricardo Klepka.

Antes de partir a Corbett, su gran obra, había recibido de manos de su amiga Irene una caja con planos, dibujos de esculturas y cuadernos donde Jerome anotaba frases o explicaba el significado de sus obras.

Mientras viajaba en tren ya sentía que el arquitecto Klepka tenía una lúdica creatividad que le permitió colocar sus esculturas "Como los 109 trofeos que debía cazar un Maharajá". En su cuaderno explicaba:

“esta es una cacería de recuerdos propios a los que debo darles una materialidad”.

 

 

2

 


El hotel se llama "Edward James Corbett Resort". Bien visible a metros de la estación de tren. Es un hotel de tres estrellas con baño privado. Pedí una habitación sin saber cuánto tiempo necesitaría para recorrer el parque natural y las obras de arte que Jerome había dejado allí plantadas para que sean vistas e interpretadas por los visitantes.

Ni bien entré pude escuchar del conserje una historia que habla de la personalidad del arquitecto. Durante la obra del reciclado del hotel, el hombre había tenido una fuerte discusión con el contratista que colocaba el parquet. La discusión había llegado al punto de la furia y los hombres iban a arreglar sus diferencias a trompadas. Hasta que el parquetista lo insulto en ruso y Klepka le contesto con otro insulto similar también en idioma ruso. Irene me había contado que Jerome había aprendido ruso porque su padre lo hablaba como segundo idioma; ya en su adolescencia había decidido estudiarlo bien para leer a Gorki en su idioma madre. 

La cosa es que el conocimiento común de cultura eslava los amigó. El contratista y el arquitecto comenzaron a cantar juntos canciones tradicionales. Para festejar el descubrimiento, Jerome fue hasta su auto, trajo una botella de Grappa Chizzotti y brindaron con los obreros presentes en la obra.

-Como Ud. mismo podrá observar, el parquet de pinotea ha quedado impecable. -Concluyó el conserje.

 

 

 

3

 

Un buen rato antes de lograr dormir en una cama desconocida pensaba que escribir sobre un hombre y su obra no es tarea sencilla -al menos con Klepka-. ¿Podría escribir algo más que una crónica sobre lo visto en Corbett? No quería -como muchas otras veces- plantearme objetivos demasiados alejados, tenía certeza sobre las limitaciones de mi escritura. Sin respuesta, lo mejor fue dormirme y esperar que el día siguiente aclarara con su luz las cosas.

 

 

 

4

 

Desayuné con vista al verde del parque. Un cielo amplio se elevaba. El día se mostraba como una promesa esplendida. Como muchas otras veces sentía incomodidad con la soledad. Casi siempre mi trabajo me llevaba a permanecer solo en diferentes hoteles, la soledad me convertía en un observador o en un cazador de imágenes más precisamente. Me llamó la atención la leyenda impresa en la remera del hombre de la cabeza afeitada. Tenía menos de cuarenta años, un cuerpo trabajado en horas de gimnasio. Parecía estar en gira de negocios desayunando con socios o clientes. La remera decía en letra enorme: "Y si la mujer del prójimo me desea a mí".

No quise distraerme más. Llevaba en mi bolso un par de cuadernos donde Jerome describía el origen de las obras que iba a ver ni bien me animara a salir al afuera del hotel.

En el pequeño parque lindero al que miran los ventanales del comedor está el monumento a Edward J. Corbett. Es una escultura de hierro negro. Teriántropos en lucha: Cuerpo humano con cabeza de Tigre. Arriba de la cabeza lleva el sombrero clásico que hemos visto en las películas llevar a los cazadores. Esa figura lucha con una enorme víbora que se enrosca por su cuerpo desde su pie izquierdo. La serpiente termina en una cabeza humana que mantenía colmillos y lengua de serpiente.

La estatua tiene el subtítulo de "Metamorfosis". Se lee en su enorme base de cemento la inscripción de autoría: JEROME RICARDO KLEPKA. ESTATUARIO. ARQUITECTO. CLONADOR PAISAJISTA.

En el cuaderno dice -textual-: "Metamorfosis". Fue con la infección del colmillo izquierdo. Tenía la mitad del rostro con aspecto felino. Sentía que la fiebre era una enorme serpiente que se enroscaba. Deliraba. Lo más lógico es que la serpiente tuviera en su rostro el aspecto de la serpiente a la que llamamos, afiebrados de autoengaño, "ser humano".

 

  

 

5

 

Alejándose de la estación hacia el norte se llega al Parque Natural, situado en las tierras de la antigua estancia de los Corbett. Allí quedaron al aire libre las obras de arte de Klepka. La primera obra que pude observar se titula: "El rollo del tiempo".

Escribe: "Después de la salud, el tiempo es lo más valioso que posee una persona. (...) Pensé en las manos de mi padre, en los objetos que había dejado abandonados en el galpón de la casa. Había dos lavarropas oxidados, una heladera Siam. Los alambres que sostenían la antigua parra habían quedado formando un rollo, una nebulosa galaxia que ya no podría volver a extenderse. Fue mi hijo quien lo bautizó como rollo del tiempo"

Me maravilló mucho la obra dedicada a Kurt Vonnegut. "Insectos atrapados en ámbar" Son piedras traslucidas apiladas como un muro adentro hay cuerpos de insectos con cabeza humana. Arriba del muro desfila un soldado con un uniforme alemán de la segunda guerra.

Jerome anotó: “están mi padre y mi tío en la guerra, nunca saldrán del todo. Llegaron a la Argentina, no quedaron enterrados en el cementerio polaco. En el oído les quedara el zumbido de los proyectiles que reventaban al tímpano. Puedo volver a los ojos vivaces de mi padre cuando recordaba la noche iluminada por los proyectiles en la batalla de Montecassino”.

 

 

6

 

Retorné del parque bastante cansado. Era plena noche. Había cenado en un pequeño restaurante ubicado en la antigua residencia del comisionado inglés. Volví a la habitación. me bañe con una ducha que no logre regular bien. Aflojé el cansancio y me dispuse a dormir. La cercanía al campo convertía al hotel en un espacio de resonancia de lo lejano y lo inmediato a la vez. Desde la habitación contigua se oía una pareja hacer el amor. En un trance interminable la mujer jadeaba o gritaba. Mi primera idea no fue nada romántica: este Jerome, ha sido un gran artista, pero como puede ser que haya construido paredes con paneles de yeso que aíslan poco por no decir nada.

Desde el campo empezó a ganar espacio un tren acercándose con el inconfundible sonido de las vaporeras.

En el limbo entre despierto y dormido, se mixturaban en mis oídos las furias del vapor de la locomotora con los jadeos de la pareja.

Una locomotora atraviesa la noche. Otra mujer se enciende, se deshace en vapores, jadea. Hay viajes que crean vida y otros que la llevan de un sitio a otro. Antes de lograr conciliar el sueño pensé en lo apropiado del título de una de las obras de Klepka: "Lo erótico es la vida".

 

 

*De Eduardo Francisco Coiro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL TREN FANTASMA*

 

 

Cuando era aún una niña, recuerdo a mi padre que trabajaba como ferroviario. El tren tenía un encanto especial, digo el tren, pero en realidad me refiero a todos los trenes que recorrieron tantas soledades y poblaciones.

Cuando mi padre volvía de alguna de sus recorridas habituales, siempre tenía alguna anécdota para contarnos.

Mis hermanos y yo, aprendimos a amar todo lo referente a trenes, subyugados por lo que papá contaba y porque veíamos como se deslizaban tranquilamente sobre aquellos rieles interminables.

Entonces vivíamos en un pueblito cerca de Santa Fe, en una casita encantada, propiedad del ferrocarril, que le habían cedido cuando se casó, y luego llegaron los hijos y se formó un verdadero hogar.

Muchas veces, cuando había algún feriado, íbamos de viaje en algún vagón semi vacío, allí nos acomodábamos y veíamos por las ventanillas como el campo, los árboles, las nubes y hasta los hombres que a veces cruzaban de a pié, se deslizaban como sobre patines en el sentido contrario al que iba el tren. Otras veces, cuando pitaba, aspirábamos el vapor que salía de su inmensa nariz negra. El viaje era especial para adormilarse con el traqueteo cansino y el constante tran tran tran que sonaba junto con el mecimiento de la máquina y sus vagones vibradores.

El que viajó en tren a vapor, sabe de lo que digo. Más adelante aparecieron los coches a motor que eran menos ruidosos y más parejos en su andar.

Así pasaron los días, los meses y los años de mi infancia. Pero llegó el momento en que una mano negra hizo desaparecer de un manotazo toda esa riqueza montada sobre vías que ayudaba a tener un transporte seguro, sin peligros y hasta más económico.

Muchas familias quedaron a la deriva, sin trabajo, con la agonía de la muerte de algo tan nuestro.

Mi padre no podía entender lo que ocurría. De pronto se desmantelaron las estaciones de trenes, se sacaron los rieles que servían de vías, murieron muchos pueblitos como el nuestro.

Nos fuimos a vivir a la capital porque decían que era más fácil conseguir trabajo. Allí también el desmantelamiento de todos los ramales ferroviarios era evidente. Donde pasaban las vías se abrieron calles y a los gigantes negros que adornaban con su andar los campos y los caminos los arrumbaron a todos en un predio como para que terminen muriendo carcomidos por el herrumbre y la desolación. Sí, así era la manera más fácil de sacarse de encima algo tan antiguo, tan pasado de moda.

Junto con ellos, también aquietaron sus ansias los trabajadores. Más de uno no vivió mucho para contar la triste historia.

Mi padre se enfermó de tristeza, no sabía qué hacer con su vida, se sentía inútil y totalmente desdichado. Él no veía nada más que sus amados trenes, toda su vida se había sumido en un profundo dolor.

Yo me había hecho cargo de él, pero mis hermanos siempre estaban presentes cuando los necesitaba. Por las noches, lo ayudaba a acostarse y siempre me decía: No olvides escuchar el sonido del tren, yo lo oigo pasar y desinflarse en vapores cuando llega a la estación. Hoy suben muchos pasajeros que van hacia el norte.

Todos los días veía cosas diferentes y me las contaba. Tantas historias se fueron grabando en mi mente.

Un día el Señor se lo llevó y desde entonces, por las noches, cuando salgo a la vereda, veo sobre los restos de algunas vías, la figura de un tren que marcha pitando y arrojando humo de su negra naríz. Primero me pareció una ilusión, pero después de tanto tiempo, me animé y lo comenté con algunos vecinos, y todos coincidieron y reconocieron que aquel tren que tanto amaba mi padre, se hacía presente en las noches claras de luna.

Todas las personas que ven el tren fantasma piensan que quizás mi padre es el maquinista y pasa pitando como para saludar a todos aquellos que lo conocieron y que aún hoy lo recuerdan con cariño. Nadie siente temor, al contrario, es una figura que se ama y respeta. Pienso que cuando las cosas se hacen con amor profundo, jamás desaparecen, quedan como bellos ejemplos para las generaciones que vienen.

 


*De Norma Costanzo.

 

 

 




 

 

 

Simbiosis*

 

Separadas

por mundos

se buscan

se tocan

En pánico

y arrastrándose

escuchan las señales

Para no destruirse

aislados eslabones

recomienzan.

 

*De Ana Romano.

 

 

 

 

 

 

 

-Próxima estación:

 

LOMA VERDE. 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

APEADERO DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.   

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

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