LA DESPEDIDA
*Foto:
al autor que corresponda.
LA DESPEDIDA*
*Dedicado a mi hermano Esteban, quien cumpliría
57 años.
Llegué a la estación Elías Romero un miércoles con el
tren de las 4 de la tarde. Me agradó verla entre altos árboles. Había sido una
estación pequeña pero lujosa y elegante, y a pesar del tiempo, todavía se
notaba su esplendor de antaño.
Llegaba al pueblo, o más bien al caserío que se
dispersaba por el paisaje rural, para acompañar a mi madre.
Mi madre se moría. Eran los últimos días de esa
enfermedad cruel, larga, que la había estado consumiendo desde hacía meses.
Mi madre había decidido morir. Yo estaba segura de eso.
Ella comentaba que tenía más afectos y conocidos “del otro lado” que en este
mundo. Y los extrañaba.
Cuando enviudó se había mudado a ésta, la casa de sus
padres y allí siguió sola los últimos diez años. Había creado un mundo de
recuerdos, poblado de personas que mucho tiempo atrás habían partido. En su
ausencia encontraba las respuestas a preguntas del pasado, les pedía perdón o
consejo, y se animaba a decirles lo que nunca hubiera expresado delante de
ellos.
La encontré acostada y a pesar de su debilidad, una
intensa luz iluminó sus ojos cuando me vio. Ya no tenía fuerzas ni para hablar
pero, sonriendo, me tendió su mano. Me impresionó su delgadez, la piel mustia,
el cabello débil. Por supuesto, no se lo dije. Las dos sabíamos que yo me
quedaría junto a ella hasta el final, que estaba próximo.
Pero no hablamos de eso. Recordamos, en cambio, buenos
momentos. Anécdotas que nos divirtieron, personajes de nuestra ciudad, alguna
travesura mía. Cada tanto se dormía y yo me retiraba en silencio.
Los lunes, miércoles y viernes pasaba el tren por la
estación Elías Romero. Llegaban o partían algunos habitantes del pueblo, o gente
del campo que había ido hasta allí para tomarlo. No me perdía ese
acontecimiento: el paso del tren. Era lo único interesante en ese pequeño
lugar, y tal vez podría traer algo diferente, novedoso, o extraño.
Como a esa hora mi madre dormía, salía de la casa con
sigilo y caminaba por el sendero de baldosas grises hasta la vieja puerta de
chapa y alambre del jardín. Tan pronto como aseguraba el pestillo y daba mis
primeros pasos por la calle de tierra, empezaba a llorar.
No eran lágrimas que se deslizaran suavemente, Eran
sollozos intensos, desesperados. No podía evitarlo, era involuntario. Sentía
que todo el cuerpo se me sacudía, atravesado por el dolor y la angustia. Nunca
lloré frente a mi madre, ni cuando era chica. No quería causarle esa tristeza. Ahora
sentía asombro ante esa extraña que era yo misma, que no podía contenerse, que
se descomponía de dolor ante lo inevitable. Me avergonzaba que alguien pudiese
verme llorar así, A veces me paraba unos minutos junto a un antiguo fresno para
tratar de tranquilizarme, antes de tomar la calle principal que iba a la
estación. Y cuando escuchaba a lo lejos el silbato del tren acercándose, me
limpiaba la cara y caminaba rápido hasta el andén.
En la estación había dos bancos de hierro y madera, que
raramente estaban ocupados cuando llegaba el tren. Me sentaba en uno y
contemplaba toda la rutina: el arribo de la locomotora, los pasajeros que
bajaban, los bultos y las personas que subían, las indicaciones. Todo duraba
unos 20 minutos y luego partía. Cuando ya no quedaba nadie, volvía a casa.
La segunda semana de mi estadía en aquel lugar llegó
hasta el andén una niña, de unos 7 años. Me sorprendió que estuviese sola, pero
parecía ser algo habitual en el lugar, y nadie se asombraba por ello. Luego me
contó que vivía a unas cuadras de la estación. Traía en una de sus manos,
colgada de una argolla, una jaula chica, de color plateado, con un pajarito
amarillo dentro de ella.
No me gustan los pájaros enjaulados, y se lo dije, pero
me respondió que era la única manera de tenerlo cerca. Lo llevaba a ver el
tren, porque sentía que el pájaro no conocía más que el lugar donde estaba
colgada la jaula. Me pareció insólito sacar a pasear a un pájaro, pero
reconozco que tenía razón. El mundo para esa pobre ave se limitaba a unos metros
debajo de una galería, entre plantas y tapiales.
Nos acostumbramos a encontrarnos, la niña, el pájaro y
yo, cada vez que el tren se acercaba a la estación. Ella siempre se maravillaba
ante la enorme locomotora, y aplaudía y saludaba a los pocos pasajeros,
mientras yo cuidaba de la jaula. Éramos un extraño trío: una mujer madura, una
delicada niña de largo pelo castaño y un pequeño pájaro inquieto.
Esos dos seres, tan inocentes, tan frágiles, me
conectaban con la vida.
Cuando el tren ya no se veía en el horizonte nos
volvíamos juntos y yo los seguía con la mirada hasta que doblaban la esquina.
Me apuraba, imaginando que mi madre habría despertado y tal vez se hubiese
levantado, pero cuando llegaba la realidad me aliviaba y entristecía:
continuaba dormida, en la misma posición en la que la había dejado.
Una fría tarde de agosto, ochenta y tres días después de
que pisé la estación Elías Romero por primera vez, mi madre murió.
Unas pocas vecinas, el cura y yo la acompañamos hasta el
cementerio y la dejamos con un ramo de esos lirios violeta que tanto le
gustaban.
Después volví a la casa, vacié la heladera, regalé
algunas cosas a los vecinos y luego de dar mi teléfono a la secretaria de la
Comuna, me fui al andén, a las cuatro de la tarde.
Esperé a mi pequeña amiga, pero no vino. El tren se
acercó con la furia de siempre y aguardé hasta el último llamado, pero ella no
apareció.
Más triste aún subí y me senté junto a la ventanilla,
mientras la máquina, despacio, empezaba a marchar. Estaba buscando mi boleto
cuando escuché un ruido del otro lado del vidrio y levanté los ojos.
El pequeño pájaro amarillo estaba frente a mi cara.
Revoloteó varias veces y luego de vacilar unos segundos se alzó rápido,
decidido, para perderse en el inmenso cielo gris.
*De Cecilia Zanelli.
-Santo Tome. Santa Fe.
-Próxima
estación.
En
el recorrido del tren literario por el Ferrocarril Midland:
ELÍAS ROMERO.
KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL
BELGRANO. LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ. RAFAEL CASTILLO. ISIDRO
CASANOVA. JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS. MARÍA SÁNCHEZ DE
MENDEVILLE. ALDO BONZI. KM
12.
LA SALADA. INGENIERO BUDGE. VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.
VILLA DIAMANTE. PUENTE ALSINA.
INTERCAMBIO MIDLAND.
**
-Siguiente
estación.
En el
recorrido del tren literario por el Ferrocarril Provincial:
CARLOS
BEGUERIE.
FUNKE. LOS EUCALIPTOS.
FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE. GOBERNADOR
UDAONDO. LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO
GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.
ESTACIÓN DOYHENARD. ESTACIÓN GÓMEZ DE LA
VEGA. D. SÁEZ. J. R.
MORENO. EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY. LISANDRO OLMOS.
INGENIERO VILLANUEVA. ARANA. GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
InventivaSocial
Plaza virtual de escritura
-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco
Coiro.
https://twitter.com/INVENTIVASOCIAL

Comments