Wednesday, September 01, 2004

ESTACION MOLL

El Tren*

Acercaba el horizonte


- bostezo de humo en el llano -


plegando el espacio:

era su carga el motivo

- renovada en cada andén -


que abjuraba de la distancia.


*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar



InvenTren

-Nosotros bajamos, acá- dijimos y sin tener en cuenta las miradas curiosas de nuestros tres acompañantes, les dijimos hasta luego y empezamos a caminar, a un costado de la vía, deliberadamente, para disfrutar del paisaje del campo, seco pero reverdeciendo, en ese maravilloso día primaveral. Mientras intentaba sacar alguna fotografía, seguía caminando y para
no perder detalle, me adelantaba a José Luis, que charlaba y charlaba sobre lo que íbamos a ver.
Los terraplenes, llenos de distintas especies silvestres, se veían francamente maravillosos, llenos de cardos y flores de nabiza. Un ombú, del tiempo de tata y mama, gigante y con una copa de verde fresco, nos dio pie para sentarnos un cuarto de hora, a observar los surcos y peinar nuestra imaginación, con un arado que trabajaba a los lejos.
Equipo de mate de por medio, como cada vez que emprendemos la aventura de pisar y conocer lo nuestro, disfrutamos ese momento y nos refrescamos un poco. de la hora de caminata que ya habíamos realizado.
Sentir que estábamos ahí, que éramos parte de un paisaje muy cotidiano, pero a la vez muy diferente, nos encantaba.
Escuchar los sonidos del lugar. El viento primaveral, pasando entre el follaje y la armonía del cuís, liberado del miedo a lo desconocido y acercándose a este par de humanos, como si estuviésemos plantados ahí.
-Seguimos-, le dije a mi compañero de mini aventuras, cuando el agua del termito se terminó.
Y otra vez, a seguir el recorrido, mientras el sol nos acompañaba desde el lado izquierdo, sin darse cuenta que hacía arder mi frente.
Casi una hora y media después, Divisamos el edificio de la estación Moll. Menos mal que había llevado un rollo de fotos de repuesto, porque lo que vimos, lo construido, fue tan llamativo y maravilloso, como la propia naturaleza.
-¡Qué estilo respetable, tiene esto!- dije ante la sorpresa de José Luis que es arquitecto y que sonriendo, respondió: -Aunque no responda a un determinado estilo, como expresás, se observa el buen gusto, el refinamiento en la construcción, pese a su deterioro y sobre todo que debe haber sido diseñada con la esperanza puesta en el crecimiento del lugar-.
- Antes que nada- pensé, -la esperanza en el futuro, eso es lo que hizo crecer al país. Después de todo y de tanto trabajo, tantas construcciones deterioradas pero eficientemente erguidas, queda la esperanza en el trabajo, en el volver a reconstruir o resguardar patrimonios del pueblo y en el encontrar formas de hacer más nuestro lo nuestro.-

*de Moni. Monipas05@aol.com


Estación Moll

1. EL REGRESO*

Igual que el viejo tren, rechinante y cansado, vuelvo a la estación aquella donde, hace tanto tiempo y tarde a tarde, se acercaba a mí la niña del vestido celeste, con reflejos de sol en su pelo castaño y el asombro asomado a sus ojos color miel...
¡Cómo me gustaba esa pequeña! Alegre, pizpireta y traviesa, se sentaba en mis rodillas y se dejaba resbalar por mis piernas... y era cantarina su risa, como de cristales entrechocados, cuando tocaba el piso con su trasero.. ¡Qué épocas aquéllas!...Claro, yo era joven, estaba en mi esplendor...

Las muchachas se acercaban a mí, ruborosas pero osadas y siempre traían un nuevo tema de conversación. Los estudios, los profesores, los muchachos...
Esperaban la llegada del tren de las seis de la tarde. Cuando veían asomar la locomotora a carbón y escuchaban las pitadas con que se anunciaba, se acercaban al borde del andén y esperaban que
detuviera la marcha. (Todavía me parece oir el chirrido largo de la última frenada). Entonces se mezclaban entre los pasajeros que bajaban... siempre encontraban algún conocido que venía de "la ciudad", y que las informaba sobre las últimas novedades respecto a la moda, la vida social y todo lo que puede deslumbrar a los dieciseis años.. Cuando el tren reanudaba la marcha se dispersaban como habían llegado: "sonando a música de cascabeles"...
Un rato más tarde iban cayendo las damas de mayor edad; se reunían en el portal de entrada de la estación y comenzaban su cotidiana caminata por el andén, de una a otra punta una y otra vez, espantando a las palomas que osaban posarse en el suelo que ellas pisaban.
Y no quiero pecar de engreído, pero "las señoras" también me miraban con cariño.
Como dije antes, yo lucía muy bien entonces. ¡Dios, cuántos recuerdos de mis días en la estación!...
Siempre fui un solitario y me gustaba pasarme las horas en ese lugar, mirar los retazos de cielo asomados sobre los techos de los andenes, la melancolía de los atardeceres de lluvia, mientras tejía sueños recostado sobre la pared. Pasó el tiempo. ¡Mucho tiempo pasó, por la estación y por mí.
Y se fueron notando sus huellas. Ella y yo envejecimos juntos.
Me di cuenta la mañana en que, debido a un esfuerzo, se fisuró mi pierna derecha.
Me la entablillaron, pero ya no fue lo mismo....
A los dos meses, un resbalón y esta vez le tocó a la izquierda. Entré en una tristeza honda y fui dejándome caer. Un domingo no pude mas y me derrumbé.
Ya en el suelo pensé: ¡Dios mío! ¿Qué será de mí ahora?...¿Adónde iré a parar, viejo, solo y achacado?...Las sombras y la brisa me trajeron olor a muerte.
A pesar de todo tuve suerte; dos almas caritativas me levantaron y me acomodaron, como pudieron, en una sala donde había otros en mis mismas condiciones.
Transcurrieron muchos meses y yo seguía con mis achaques, aunque en ese lugar tibio y resguardado los soportaba mejor. Varios de mis compañeros empeoraron y debieron llevárselos. Mi intriga fue siempre ¿a dónde?

Una mañana temprano vinieron cuatro auxiliares y comenzaron a cambiarnos de lugar. Dos de ellos me tomaron con mucha suavidad y cuidado para llevarme a otra sala más amplia y luminosa.
¡Qué alegría sentí al divisar la ventana que dejaba entrar el sol y me permitía ver un jardín bien cuidado y varios árboles robustos, donde los pajaritos, al atardecer, se reunían en un concierto de piídos hasta encontrar cada uno su cobijo.
Varios hombres vestidos con guardapolvos me rodearon, me palparon, me volvieron de espaldas, miraron con detenimiento mi esqueleto y decidieron hacerme un tratamiento de rehabilitación de esos que ahora llaman de "última generación"...

Lo cierto es que después de sufrir una operación en cada pierna, movilizaciones, sesiones de calor etc, al cabo de veinte días no podía creer lo que me estaba sucediendo; el cambio era tan notorio que no
me reconocía: tenía buen semblante y... ¡Podía pararme solo!
Pedí que me acercaran a la ventana.
La tarde era radiante; una brisa tibia y perfumada me envolvió...¡La primavera había llegado!... Y pese a que no recordaba qué día, sabía que en primavera era mi cumpleaños...
Me sobresaltó una voz a mi espalda que decía:
_¡Vamos, viejo, ya es hora de que salgas de aquí!...¡Andando!...
_Pero... ¿ A dónde me llevan ahora?...No tengo ya mi hogar y...
_¡Cállate, rezongón, tendrás una sorpresa!...
_¡Y vaya si la tuve!...¡He vuelto a mi casa, a mi lugar en el andén!

...Perdonen mis lágrimas...Ocurre que durante estos últimos años, estuve convencido de que terminaría mis días en... ¡Un geriátrico para bancos de estación!!!

*de Fanny Garbini Téllez. fannyte@ciudad.com.ar


2*

A Martín Rébora

Como cada mañana de su vida, el Pollo, escurridizo y esmirriado, hace su trabajo a conciencia. Sabe que si no trae a casa la plata que su madre y su padrastro le exigen a su regreso cada tardecita, lo dejarán sin comer; o peor aún, le darán tal paliza que lo dejarán marcado, dolido, humillado, como tantas veces ha ocurrido en el pasado. Entonces, para evitar sufrimientos inesperados, limosnea en los pasillos del tren a través de una excusa tan buena como cualquier otra: tiende sobre manos anónimas, o sobre los muslos o carteras de quienes apenas lo registran, un papelito fotocopiado, escrito vaya a saber por quién, que dice:
“ME AYUDA POR FABOR SOMOS SIETE ERMANITOS Y MI MAMA NO TIENE TRABAJO ADEMÁS DE ESTAR MUY ENFERMA YO NO PUEDO ABLAR POR ESO NO VOY A LA ESCUELA NECESITAMOS LA PLATA GRASIAS”.

No trabaja sólo él; sus hermanos también se dedican a lo mismo. Pero prefieren ir cada uno por su cuenta. Ya saben que juntos se pelean, y que si se pegan o se putean entre ellos espantan a la gente, que deja de darles moneditas, esas de 5 o de 10 que siempre recibe, a veces hasta de 25 o 50, llegando casi al milagro cuando alguien se encuentra generoso, o se confunde de moneda, y le tiende un peso… Pero para que ello ocurra, el Pollo prefiere ir solo, con el pilón de ajados papelitos apretado en su mano sucia, y comenzar a repartirlos desde media mañana, ya que muy temprano hay tantos pasajeros que ni siquiera puede caminar por el vagón. Además, con todos dormidos, nadie le presta atención. Y así persevera hasta volver a su casa, en la villa, rogando que esta noche le den algo de comer, deseando con toda su alma que el plato que encuentre sobre la mesa esté caliente.

Dando vueltas por los vagones ha conocido mucha gente: guardas que lo empujan para que salga del vagón hacia el andén, vendedores ambulantes que lo ignoran o le dedican alguna esporádica sonrisa, y por sobre todo, cantidad de otros pibes como él. Algunos son unos atorrantes de los cuales es mejor estar bien lejos. Pero otros pueden llegar a llamarle mucho la atención. Sobre todo la Rubiecita.

La conoció una tarde de junio, mientras afuera diluviaba y él sentía un frío espantoso, apenas abrigado por una remerita de manga larga y un pulóver apolillado que encontrase por la calle. Ella tenía puesto un buzo colorado desteñido, tan mugriento como su cabello rubio ceniza. Repartía estampitas de santos, casi sin mirar a la gente, como si viviera en otro mundo. Hasta que sus miradas se cruzaron de casualidad, mientras él se demoraba recolectando sus ajados papelitos. El Pollo jamás había visto unos ojos tan grandes y hermosos como esos. La mirada que le dedicó la Rubiecita lo enamoró de inmediato.

A partir de esa tarde, su recorrida ferroviaria había adquirido otro tono. Salía de su casa con un entusiasmo desconocido hasta entonces. Hasta su madre, triste y rezongona, lo notaba cambiado, aunque no supiera decir por qué. Bastante tenía ya con el vago que se había conseguido por marido, y los tres nuevos pibes que le había dado, como para andar vigilando al Pollo.

La Rubiecita subía en la Estación Tapiales, y hacía un recorrido un tanto misterioso. Por más que el Pollo quisiera recordarlo, ella lo modificaba sin previo aviso. A veces se bajaba en Navarro, otras seguía hasta Moll, e incluso podía continuar viaje, sólo que el Pollo aquí se bajaba, en Moll, cambiaba de tren y volvía a su casa. Más de una vez quiso seguirla al bajarse ella de la Trochita, pero la segura promesa de una paliza ante una llegada tarde o una baja recaudación lo intimidaba al punto de mirarla de lejos, contentándose apenas con una de sus profundas miradas de ojos color café.

Hasta que una tarde, en su errático andar a bordo del vagón, la Rubiecita superpone su reparto de estampitas en la vuelta que suele hacer el Pollo con sus papelitos, y le alcanza uno de esos tramposos mensajes fotocopiados que había caído al piso. Sólo que la Rubiecita, antes de que el Pollo advierta lo que ocurre y se acerque, alcanza a leerlo.

-Uy, pobre… -, murmura, saliendo de su habitual ostracismo, con una enorme congoja. -¿Qué te pasó que no podés hablar?

El Pollo putea a su padrastro por todos los azotes que le ha dado para convencerlo de que no debe decir una sola palabra a bordo del tren, y evitar arruinar el engaño con el que recolecta sus moneditas. En lo más profundo de su alma, hoy más que nunca la mira directo a los ojos y desea hablarle, decirle algo lindo, preguntarle cómo se llama. Pero nada; el temor a una paliza, o a que lo echen sin remedio de su casa, puede más. Mientras ella, casi sin mirarlo, con la cabeza en otra parte, se dice a sí misma:

-Qué me vas a hablar si no podés…

Al Pollo la emoción lo sacude de tal manera que no alcanza a inventar alguna clase de comunicación: ni gestos con la cara, ni la mímica con las manos, ni escribir con algo en el suelo, nada. Apenas la contemplación enamorada de esos ojos cuyo recuerdo lo acuna con cariño por las noches, en el piojoso catre que comparte con dos de sus hermanos, quienes siempre lo andan molestando, a patada limpia.

-No importa –dice la Rubiecita, tal vez sin darse cuenta de las reprimendas que pueda recibir por la noche, al volver a su casa. -Voy a darte una estampita de San Martín de Porres, el patrono de los enfermos; las de San Expedito se me acabaron. Es para que tu mamá se cure pronto.

De más está decir que la madre del Pollo jamás se enterará de la existencia de dicha estampita, y que aunque estuviese un poco enferma, jamás admitiría que alguien limosnease en provecho de su propia salud. Si los beneficios económicos provienen de una serie de papelitos mentirosos pero anónimos, mucho mejor. Sin embargo, esta estampita se transformará para el Pollo, quien sonríe agradecido, en un tesoro más que valioso, único en el mundo, del cual jamás le contará a nadie.

Al día siguiente, ve de nuevo a la Rubiecita. La diferencia está en que el encuentro no es nada casual; ahora es ella quien se acerca decidida hasta donde él se halla contando sus moneditas, con parsimonioso aburrimiento, y en un arranque sorpresivo le dice:

-¡Hola! Como tu mamá no consigue trabajo, vos no te podés curar y hablar otra vez, así que estuve pensando que mejor le das esta estampita. Es San Cayetano, el patrono del trabajo. Por ahí si le reza al santo consigue alguna changa…

El Pollo no sale de su asombro. ¡Ella se acordó de él! Un calor desconocido le trepa por la panza y llega hasta el corazón. El deseo de agradecimiento le ilumina la mirada y está a punto de traicionarlo, porque casi abre la boca para decirle algo. Pero se contiene, recordando la posible paliza que le darían en su casa, al terminarse el “curro del mudito”. Entonces le sonríe, como único recurso expresivo, pero tan cálidamente que ella se conmueve y agrega:

-Y para que vos no te quedes sin nada, tomá -, y le extiende otra estampita: -Es San Blas, el patrono de las voces y las gargantas. Rezale todas las noches, capaz que así te curás…

El Pollo no lo puede creer. Su emoción es tan grande que se deja llevar por el impulso y le estampa un beso en la frente, para luego alejarse corriendo, presa de una vergüenza que lo deja todo colorado, como si se le hubiesen caído los pantalones en medio del vagón y se descubriese desnudo delante de todos.

Al otro día, una luminosa tarde de invierno, el Pollo sube al vagón esperanzado con volver a encontrarla. Y la magia se produce al poco rato, al identificar entre la gente ese clásico buzo colorado desteñido. Al encontrarla, esboza una enorme sonrisa de dientes cariados y le extiende un trémulo ramito de flores robadas de algún jardín cercano a la estación; flores de invierno, casi marchitas, para nada vistosas. Sin embargo, importa más la decisión y la alegría que demuestra este chico suspicaz y buscavidas, que el regalo en sí mismo. La Rubiecita lo comprende en seguida, y le devuelve la sonrisa, extendiéndole otra estampita, a cambio de las flores.

-Tomá, es San Pantaleón, el médico; para que tu mamá siga rezando y se cure. Y para vos… -, duda, busca entre el nutrido manojo de estampitas, no se decide, hasta que lo observa detenidamente y le extiende una nueva estampita. –Tomá: es Santa Rita, la patrona de lo imposible. Pero ojo con lo que le pedís, porque “Santa Rita, Santa Rita / lo que te da te lo quita”. Es para que le pidas por tu voz, para que vuelvas a hablar…

El Pollo observa las figuras del santoral y no sabe si ponerse a reír o llorar. “¡Si supieras lo que tengo que hacer para ganarme el pan, Rubiecita!”, piensa para sí mismo. Pero vuelve a contenerse, y le sonríe otra vez, eternizando ese contacto mudo, donde todo parece quedar implícito. Ella le agradece las flores, las huele quizá en vano, y se aleja por el pasillo, mirándolo de reojo por sobre el hombro, con un brillo pícaro y piadoso al mismo tiempo en su mirada.

La próxima vez que se encuentran, las condiciones cambian. Hace ya varios días que el Pollo no coincide con ella en su diario trajín recolector de astrosos papelitos y escasas monedas. Su ausencia lo entristece. Había soñado con encontrarla en cada jornada, pero parece que las cosas no resultan como él las había pensado. La Rubiecita simula haber desaparecido, y eso lo tiene muy mal. Ensombrecido como pocas veces se ha sentido. Opacado por la adversidad. Extraña esas rústicas y coloridas estampitas que ella le regalara con una ilusión tan precaria como falta de sustento real. Y con esa sonrisa mágica, convocante de inusitados sentimientos.

Al atardecer, el Pollo desciende de la Trochita en Moll para volver a su casa, …y descubrir que la Rubiecita, errática en su recorrido -como de costumbre-, también baja pero a varios metros, en el vagón ubicado cerca de la locomotora. La primer idea que asalta al Pollo es: “¿Por qué no me la crucé durante el día?”. Y la siguiente: “¡No la dejes ir, boludo!”.

Corre hasta donde ella se encuentra y se detiene unos metros antes. No es bueno que los vean juntos cerca de su casa. Porque el Pollo hoy está decidido a hablarle. Ya basta de mentiras. No lo soporta más. Quiere contarle lo mucho que la quiere, que la extraña, que desea besarla y ser su novio. Pero para concretar misión tan trascendente, necesita alejarse de su fuente de trabajo. Y que ninguno de sus vecinos, menos aún sus hermanos, lo descubra traicionando el mandato de sus padres: sostener el “curro del mudito”.

La sigue de cerca, pero sin dejarse ver. Hasta que no queda nadie a la vista, las sombras del anochecer lo protegen, y al acercarse a una tupida enredadera, apenas iluminada por un foquito a media cuadra, se adelanta y la detiene, tomándola por un brazo. La Rubiecita se sobresalta, a punto de gritar, pero al reconocerlo suspira, y le sonríe.

-¡Hola! Qué sorpresa verte abajo del tren.

Y él, respirando hondo, armándose de coraje, despliega esa precisa frase, que ha escuchado por el barrio en boca de alguna vecina chismosa, y que el Pollo supone convocante de secretos hechizos, ganadora del corazón de la niña.

-¿No tendrías una estampita de San Antonio? Digo…, para pedirle que me traiga una novia tan linda como vos…

Ella abre los ojos tan grandes que parecen a punto de salírsele de las órbitas, desbordada de asombro. No puede creer lo que está ocurriendo delante de su nariz, pero menos que la respuesta del Pollo ante sus constantes ruegos de curación mediante el balsámico efecto de sus estampitas, la posibilidad de operar un cambio tan drástico en él excede cualquier explicación que pueda darse a sí misma. Entonces, dejándose llevar por la emoción, olvidando por completo la frase que acaba de decirle el Pollo, alza los brazos por encima de su cabeza hacia el cielo, sonríe con una luminosidad desconocida, como si acabase de descifrar un enigma tan antiguo como el origen de la Humanidad, y exclama a viva voz, antes de salir corriendo en dirección desconocida:

-¡Milagro! ¡Milagro! ¡Soy una Niña Santa!!!

*de ALDIMA. aldima@uolsinectis.com.ar


(Gracias!!! A Mercedes y Jorge, por su asesoramiento santoral)



Foro del Inventren: este foro es abierto, no hace falta ser abonado y tiene por fin intercambiar anécdotas, relatos, historias surgidas de puño y letra sobre el tema de viajar en tren, o de viajar por la vida y ademas en tren.... y desde luego recibiran las 36 estaciones del actual viaje.
para inscribirse hay que enviar un mail en blanco a .
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar

InvenTren ..abrimos la vida como un relato que circula por las vías oxidadas, los recuerdos desplazados por el aquí y ahora. y de paso damos vida literaria a estaciones y pueblos abandonados.

Para leer escritos del Inventren del 2003 pueden acercarse a la Página construida por el diario La Unión para alojar al Inventren:
http://www.launion.com.ar/arte/inventren/index.htm

ESTACION LAS MARIANAS

Poesía en los andenes...

EL TREN DE LAS 18*
Con su estertor
como un punto o una peca negra
una mancha voraz ocupando la planicie
o bien como un cimbronazo del horizontes
irrumpía el tren de las dieciocho

columpiando sus distancias en uno y otro ojo.
El asunto estaba en ese acontecer de la tarde
donde bajaban y subían saludos
bultos varios y uno que otro grito de andén

como si todo la congoja y la nostalgia
la risa y los temores
se detuviesen un instante en los umbrales
para, luego, salir cual arcón mágico por la pampa.
*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar

POEMA SIN OJOS*

Tras los párpados cerrados
se condensan las imágenes.
Círculos, muchos círculos
grises, anillos de bordes
netos, esferas de colores
chocan y se entremezclan;
algunas explotan, como las nubes.
Las nubes llueven, casi siempre.
Los círculos se abren, me devoran,
en su interior me encierran
suben
me elevan
giran
bajan
se dilatan
caigo
resbalo
no veo el abismo

las nubes llueven, casi siempre
llueven...

Tiemblo
tirito
hace frío
en ese pozo negro y húmedo
inhóspito
inahabitable
oscuro.

Como una tumba, como la muerte.
Detrás de los párpados cerrados
se borraron las imágenes.
Soy un poema sin ojos.
*de Fanny Garbini Téllez. fannyte@ciudad.com.ar

InvenTren

Siempre que menciono el tema me retrotrae a algunas experiencias vividas en mi infancia, hasta mi adolescencia, inclusive. Y me lleva a los cuadernos que tengo escritos con anotaciones varias y poemas que acompañan el día. Algunos de ellos están llenos de esas emociones que me fortalecen, que desmienten las torpezas cotidianas, las dudas de la rutina.

Habíamos caminado, antes, por las vías muertas del ferrocarril que pasaba por Capilla del Monte. El tren es algo muy difícil de explicar para aquellos que no tuvieron la oportunidad de vivirlo tan cerca. En la pampa sinfin era una fuerte presencia que anudaba y desanudaba los decires de todos los pueblos por donde pasaba. Sus vías, que aún están, nos acercaban las distancias. Me paraba, recuerdo, en medio de ellas y miraba absorto una y otra lejanía y las dejaba posar en mi imaginación de niño. Los guardas de los trenes siempre me contaban historias de lugares extraños que se aquerenciaban en mis no olvidos. Y no les digo lo que era subirse a una de esas viejas locomotoras, con su vientre al rojo vivo, de carbón ardiente:

- ya vas a manejar una de estas, me decía el maquinista, y dejaba que agarre una manija.

- Manejé el tren hoy, mamá. Y le contaba la historia.

*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar



Estación Las Marianas.

1*
El hombre que venía encerrado en la oscuridad de sus pensamientos tuvo que abrir una grieta de luz en los ojos y poner cara de "esto no puede ser real" cuando al mirar desde la ventanilla hacia lo esperable, vio aquello....

Cuando el tren salio de Anasagasti, el pensó que en la próxima estación sólo podría encontrar un edificio solitario, algunos curiosos esperando ese tren de reencuentro despues de muchos años, alguien descendiendo y perdiendose en esa silueta exponente de la arquitectura francesa en medio de la pampa Argentina.
Quiza, alguna recepción especial al tren que vuelve al menos de palabras rodantes a este pueblo fundado por el ferrocarril.... abre el folleto túristico que le dieron al ascender al tren , allí hay un detalle estación por estación, con algunas pinceladas de historia:
Las Marianas: fundado el 29 de diciembre de 1908, su nombre fue tomado de un gran establecimiento ganadero de la zona, el cual enviaba sus reses a traves del ferrocarril Compañia General Buenos Aires.
Pertenece al Municipio de Navarro, apróximadamente 450 personas en sus 51 manzanas, acceso por camino de tierra -10 km desde la ruta 44, estado de conservación del camino "regular", díficil llegar en días de fuerte lluvia... hay otro folleto que el hombre leyo, se desprendia del principal, y este es de una asociación "Responde" , donde citan a un conjunto de pueblos en vías de extinción , la mayoría ex estaciones ferroviarias, el hombre recuerda que empezaba en la "A" con Arroyo Corto con 550 habitantes, y que bajando la vista por la lista se llega a Las Marianas que en el censo del 91 tenia 533 personas, se conoce que la población hasta el 2004 continuó bajando.

Por eso el hombre no puede creer lo que ven sus ojos.... faltan un par de kilometros pero se ve una multitud, seguramente más que el pueblo completo.... y una estación engalanada con banderas y carteles, volvió a tratar de anticipar una explicación a esa visión surrealista, -hoy es 22 de mayo, faltan tres días para el festejo patrio. Quizá es una re-inauguración de la estación con políticos y Gobernador incluido, o el Presidente en Persona y todos sus ministros...
Un hombre mayor que comparte la ventanilla arriesga otra explicación fabulosa , una fiesta organizada por la colectividad española a raiz del casamiento del Principe de Asturias y Leticia Ortiz.
Pero el futuro se acerca, y el tren entra lento, casi a paso de hombre, previniendo la imprudencia de alguien en la multitud cruzando las vías de anden en anden antes del paso de la locomotora. Lo extraño son esas esculturas y los pasacalles con leyendas...

En realidad, todo el tren esta conmovido por esta imprevista recepción, la gente saca el cuerpo por la ventanilla... se agolpan a cada lado, hay una emoción extraña circulando, el anden y ese letrero que dice Las Marianas con letras amarillas en el fondo negro del cartel de cemento, y esos... caballos, son caballos?, toscos de maderas usadas clavadas, enormes como esos muñecos que se hacen de papel mache para ser quemados en los carnavales, como en La Plata, la ciudad donde el hombre curso la universidad sin llegar a recibirse.
El pasacalle resume en una sola frase toda la situación:
( aunque el hombre solto una carcajada )

"Bienvenido Brad Pitt a Las Marianas"

El rumor de los pasajeros, los gritos, la gente que aplaude y no se sabe bien por quien,
el guarda pasa avisando que el tren tendrá una pequeña demorá por la sorpresiva recepción al ilustre visitante, enseguida lo rodean unas pasajeras y lo incomodan a preguntas:
-No se nada, chicas, puede ser el muchacho rubio del camarote 13, habla en inglés... parece un turista con su camara colgada al pecho y ese sobrero a lo Gilligan.
Lo cierto es que los pasajeros empiezan a descender para ver el evento.
El hombre se acerca a los caballos de madera, son tres, el más grande supera la altura de la estación y esta realizado con durmientes y pedazos de maderas viejas, allí logra escuchar que han desarmado un viejo en galpon de la compañia y que con las maderas de la estructura han echo los dos caballos de Troya más grandes para esta fiesta de reinauguración con la presencia de Brad Pitt, y del Gobernador de la provincia de Buenos Aires Don Felipe y su gabinete en pleno.
El hombre va caminando entre la gente escuchando comentarios y rarezas, -el más pequeño de los caballos lo hicieron con maderas de los bancos antiguos de la estación y es un obsequio para Brad.
Pero la situación daba para todo, había chicas desmayadas de la emoción, y cierto caos en la cercania del pequeño palco que se levanto para la ocasión, el gobernador dijo unas palabras, incluso una humorada sobre los caballos de madera, diciendo que él tambien se sentía homenajeado por los caballos de madera pues su nombre "Felipe" significa Amigo de los caballos y que si hay algo de lo que se siente orgulloso es de ser un gran jinete y un buen cuidador de los caballos de su chacra.
Luego corta la cinta celeste y blanca y da por inaugurado el ferrocarril desde Las Marianas:
" un orgullo de la nueva Argentina, el principio de un plan Marshall para rehabilitar cada vía y cada pueblo", luego le dan la palabra a Brad Pitt quien es traducido por una bella traductora -con quien dicen los indiscretos duerme en el mismo camarote- Brad cuenta que quedo enamorado de la Argentina durante la filmacion de Siete Años en el Tibet, de Annaud, de esa maravillosa provincia que es Mendoza.
Y esa Locomotora, cuyo brillo de corcel negro que lleva en su corazón...
A su lado, un viejo , sin duda un ferroviario, comenta que es la Beyer Peacok nº 4116 restaurada por el Ferroclub Argentino y que tambien llevo a Madonna a filmar Evita.
Por último hay unas palabras del "Cholo" Aguirre, gerente de operaciones del ramal, trama lentamente
las imágenes y las palabras , y el hombre no sabe como pero siente que lo conducen desde el ingenio de los griegos del caballo de Troya a la Argentina post menemista que tiene que renacer a lo Fenix. Con templanza, "Sophostine" como el nombre de esta locomotora humeante, tambien con inteligencia para utilizar bien los recursos escasos.
Hay aplausos, brindis, cierto clima de euforia desmedido que desconcierta al hombre, tan metido en sus propias cosas, ve como se carga al pequeño caballo de troya al primer vagón de carga, puede ver a lo lejos como Brad Pitt vuelve subirse a pesar del tironeo de una chica sobre su camisa a cuadros.
Tambien el gobernador y otras autoridades van a darse un paseo inaugural en un antiguo coche presidencial remodelado para esta gran ocasión.

El hombre se repliega, vuelve a sus pensamientos, sube al tren, una frase sin sentido lo invade "El mañana siempre es demasiado tarde", se sienta, sube el cuello de la campera, prefiere soñar, sentir que lleva a caballito a sus hijos, y que salen a galopar entre los vapores de una mañana humeda.

*de Eduardo F. Coiro inventivasocial@hotmail.com



2.EL CAMAROTE OCUPADO *
(2º parte)

Ella podía sentirlo. No le cabía ninguna duda.

Allí dentro, en el reducido espacio del camarote que ocupaba, había algo. O alguien…, mimetizado entre las sombras.

Escudriñó a su alrededor con los ojos muy abiertos. Le costó identificar imágenes que le resultasen familiares entre la densa negrura que la rodeaba, hasta que la vista se fue acostumbrando a dicha penumbra. Fue entonces, en uno de los ocasionales rasguidos que los relámpagos producían en el corazón de la oscuridad, acompañado por el incesante tamborileo de la lluvia sobre el techo del vagón y el cristal biselado de la ventanilla, cuando lo vio. O creyó verlo…

Y un horrendo sudor frío le cubrió la piel helada, a la manera de crueles alfilerazos, por debajo de las cobijas del catre.

No estaba sola. En absoluto.

Allí, en medio del camarote, había una silueta de pie, desdibujada en su propia esencia, delgada pero inmensa a la vez, manifestando una apariencia humana, aunque su consistencia e identidad le resultasen desconocidas por completo, ahora muy sólida como la roca y un segundo después casi etérea como una fugaz voluta de humo.

La voz del barman irrumpió súbita en sus oídos, tal como la escuchara en el vagón comedor: “El 6 no es el mejor lugar para dormir. Menos aún si se trata de una mujer sola…”

Quiso gritar y no pudo. La lengua, reseca, yacía inmóvil dentro de su boca, atrapada por una daga helada que le atravesaba la garganta. Y sentía como si en verdad estuviese viviendo una pesadilla, algo por fuera del mundo real, que en cualquier momento podría conducirla hacia territorios desconocidos y muy peligrosos, muy propios de la locura.

“¿Qué es esto?… ¿Quién es?…”, alcanzó a formular dentro de su mente, aturdida por el miedo. Y una súbita certeza irrumpió en su cordura, arrasándolo todo: “NO ME HAGA DAÑO…”

De pronto, se sintió extremadamente sola, como nunca se había sentido en su vida, enfrentada de manera coercitiva con un peligro vital y desconocido. Necesitaba que alguien la ayudase. Necesitaba saber que alguien vendría a rescatarla, que la defenderían ante todo mal, que estarían allí ante cualquier emergencia que se presentase. Cualquier emergencia…

“¡¡¡Sergio, ¿¿¿dónde estás???!!!”, gritó en silencio.
Y la silueta, en completo silencio, se movió.

Mejor sería decir que se abalanzó, arrojándose sobre ella con una presencia contradictoria, por instantes pesada y concreta, por momentos volátil e intangible. Atravesó las cobijas como lo haría un fantasma de dibujos animados, para luego corporizarse sobre su piel, inundando el espacio entre la ropa y su cuerpo, adhiriéndose gélida aunque con súbitos ramalazos de aire caliente. Misteriosas ventiscas dirigidas que gradualmente se fueron transformando en el efecto de un par de manos que la recorriesen, compulsivas y obscenas, generando insólitas sensaciones erógenas.

“¡No!!! ¡No!!! ¡Basta!!!”, chilló ella mentalmente, aún sin poder articular palabra. Se sentía acosada, a punto de ser violada, con esos extraños dedos inmateriales que parecían multiplicarse por docenas y la recorrían de manera caótica, sin dejar por investigar un solo rincón de su cuerpo. Aferraban sus pechos, se demoraban sobre sus pezones, se deslizaban a los largo de su vientre, rozaban su clítoris con incesante alevosía, y se hundían vigorosos en el interior de su vagina, para luego recorrerle el ano y filtrarse dentro, como feroz estaca que busca horadar y jamás pide permiso.

Y una vez hecho el recorrido, se deslizaban a lo largo de su espalda hacia el cuello, y hallando un inesperado patrón de conducta, volvían a empezar…

Mónica comenzó a gritar, trémulos sonidos de terror que se fueron volviendo expresiones de dolor, para finalmente transformarse en gemidos de placer. “¡Sergio, Sergio!”, chillaba su mente en busca de ayuda, amnésica de esa realidad nostálgica en la que vivía desde hacía ya tanto tiempo, y donde Sergio había dejado de ser un hombre a su lado para convertirse apenas en una sombra…

¿O no era así?

La silueta, reuniendo esas fugaces y dispersas corrientes de aire helado-hirviendo, desplegó algo más que sus manos por encima de su cuerpo. De pronto se convirtió en una figura sólida, vigorosa, ardiente, que la aplastaba y hundía sobre el catre, imponiéndole su voluntad. Mónica apenas conseguía distinguir algo en medio de la oscuridad, ocasionalmente iluminada por la tormenta, pero en aquellos breves destellos de luz llegaba a intuir un rostro por encima del suyo, facciones que le resultaban familiares, rasgos a los que se negaba pero que resultaban muy parecidos a los de Sergio…

Entonces la presencia le desgarró la bombacha, y algo más que una corriente de aire se deslizó dentro suyo. El ingreso fue directo y sin titubeos, como si aquello que se posara encima de Mónica aguardase durante muchos años una ocasión como ésa para concretarlo. La presión de aquel cuerpo, si es que pudiera hablarse de algo así, sobre ella era total, inmovilizándola, reduciéndola apenas a ser un objeto de su horrendo deseo. Ella chillaba, liberada de su reciente mudez, aunque aquellos gritos eran una cruel confusión entre el dolor y el placer. Sentía esa presencia ineludible, inmovilizándola sobre el catre sin que pudiese zafarse, bombeándola allí debajo, colmándole el sexo con algo similar a un sexo humano pero carente de pasión, excitándola hacia límites insospechados. Y aunque la última fracción de cordura que le restaba se negaba a aceptar lo que estaba ocurriendo, el resto de si misma parecía entregarse gustoso ante semejante invasión.

-¡Soltame!… ¡Soltame, Sergio!… ¡Sos un hijo de puta!… ¿A qué volviste?

Sus palabras le resultaban extrañas, como si otra mujer hablase en su lugar, con una voz muy diferente. Una mujer rencorosa, deseosa de venganza, pero a la vez desbordante de lujuria, gozando a pleno del momento, como si se hallase en compañía de su amante más deseado, y no del antiguo espectro encerrado en el camarote de un vagón ferroviario de principios de siglo.

Y finalmente, coincidiendo con una serie de potentes relámpagos que iluminan a pleno el interior del camarote, Mónica alcanzó un orgasmo profundo y violento, que le arqueó la espalda y el cuello, retorciéndose encima del catre, mientras la presencia se diluía velozmente, retomando ese carácter volátil que adquiriese al presentarse, girando por encima de ella en veloces torbellinos, para así desaparecer en la recuperada oscuridad del camarote.

Ella comenzó a relajarse muy lentamente, con sus miembros aún retorcidos sobre el catre y las cobijas por el suelo. Su respiración se mantenía agitada, al igual que sus pulsaciones cardíacas. Parpadeó varias veces, experimentando esa extraña mezcla de miedo y de placer que se fundieran dentro de ella desde que apagase la luz del camarote. ¿Qué había ocurrido? No podía explicarse nada. Su mente divagaba en un furioso océano de dudas y retazos de imágenes confusas, que sólo conseguían confundirla aún más.

Hasta que escuchó unos golpes en la puerta, y sin explicarse por qué, se estremeció. ¿Quién vendría en su ayuda? ¿O tal vez se tratase de una súbita y molesta interrupción?…

Algo, el aire del cuarto quizá, se agitó perturbado. Y ella perdió todo referente que pudiera darle algún sentido a lo que pudiera ocurrir a continuación.

*

Ernesto, el barman, volvió a golpear a la puerta del camarote 6, sin obtener respuesta. Sabía que aquello estaba muy mal; que no podía tener ese tipo de relaciones con los pasajeros mientras se encontrase en horario de trabajo, pero… ¿quién podría acusarlo de estar cometiendo algún delito? ¿Acaso sus intenciones no eran de lo más humanitarias, preocupándose por la integridad física y psíquica de una pasajera, bastante bonita por cierto?

Intenciones humanitarias… No estaba tan seguro…

Volvió a llamar, preguntándose si los gritos que escuchase mientras se acercaba segundos antes por el pasillo pertenecían efectivamente a la morocha que cenara cerca suyo, en el vagón comedor. ¿Le habría pasado algo? No podría perdonárselo a sí mismo. Aunque, …tampoco podía estar muy seguro de abrigar sentimientos de temor respecto a ese camarote en particular. El jamás había experimentado en carne propia nada de lo que se rumoreaba en torno al lugar en cuestión. Aunque, quienes habían tenido alguna clase de vivencia en torno al camarote 6, juraban que no podrían olvidarlo jamás.

Silencio. Allí dentro no se escuchaba nada.

Ernesto se inquietó. ¿Estaría bien la morocha? ¿Por qué no atendía entonces? ¿Y si se hubiese ausentado, yéndose a pasear por los pasillos del tren, ante la imposibilidad de dormir a causa de la tormenta? Era posible, pero… ¿andar paseando en una noche espantosa como ésa? No lo creía.

-Disculpe… ¿Se encuentra bien? -, preguntó, temeroso de que lo echaran a los gritos. O de que alguien más, aparte de la morocha, le abriese la puerta.

Sin pensarlo siquiera, tanteó el picaporte, que giró bajo su mano y abrió la cerradura. Sin embargo, algo retenía la puerta, por lo que apenas podía verse una rendija oscura, en lugar de abrir la hoja de par en par. Ernesto dudó, pero ya estaba lanzado. Así que empujó la puerta con el hombro, y movió lo que fuera que obstaculizaba el paso. Bajó la vista y se encontró con un bolso de viaje, cruzado en el paso.

No llegó a preguntarse nada más.

Porque lo último que vio, en medio de las tinieblas del cuarto, fue a la morocha tendida en la cama, semidesnuda. Y lo último que oyó fue una advertencia de parte de ella, aunque no llegase a comprender su significado. Y lo último que experimentó antes de que su vida cambiase definitivamente respecto al camarote 6, fue un intenso dolor de cabeza, producto de un violento golpe propinado desde todos lados -¿cómo era posible una cosa así?-, que lo impulsó hacia atrás, provocando que se desmoronase sin sentido en medio del pasillo del vagón dormitorio.

(Continuará…)

*de Aldima. aldima@uolsinectis.com.ar


3. Investigando la noticia..*

Por cierto, que ella reconoció la inusualidad de lo sucedido.
No había pensando, cuando emprendió aquel viaje, que algo así pudiera sucederle. Pero desde el vamos, se decía, había intuído que lo sucedido, sucedería al fin.
Así que acomodó sus ideas, peinó sus cabellos y se acercó a la orilla de lo acontecido, disfrutando otra vez de la escena, mientras saboreaba una copa de paz.
Intentó buscar las palabras para contarle a Eduardo lo sucedido y en el intento, buceó en la cartera, buscando su celular.
Miró el lápiz labial, que salió primero de la misma, con la misma mirada ausente, que tenía al volver del cuarto. Luego la billetera de la misma forma y también la caja de cosméticos...
En ese momento, se dió cuenta que lo que iba a hacer a ese lugar, había pasado a segundo lugar y que la historia que le contaba la morocha, la conmovía, y que además, tendría ella misma, que alojarse en el camarote 6, para corrobar lo que ella le había contado.
Ser protagonista de semejante historia, pensaba Iris, debe ser como serlo de un cuento. Y blablablá, blablablá, intentaba convencerse a sí misma que lo que la llevaba hacia el camarote, era su interés profesional y no los deseos de que le sucediera lo mismo que a Mónica.
Como de ninguna manera, iba a dejar de intentar conocer la verdad y tratar de ser la próxima protagonista a fin de descubrir el misterio, apuró el paso y se encerró en la habitación, pero sin llave (por las dudas que los hechos no pudieran volver a repetirse, si se trababa la cerradura), y con la excusa del excesivo calor que hacía en el vagón,de inmediato se sacó el sueter, siendo testigo el soutien negro y calado, en el mismo momento que se volvía a abrir la puerta, sus zapatos rojos volaron por el aire, dando la bienvenida a su nueva historia.
- Bueno-, pensó un momento antes de caer sobre la cama, mientras el le besaba el cuello y seguía desparramando besos y mordiscos, hacía abajo, despacito, -un periodista debe verificar los hechos, antes de publicarlos-...-¡Todo sea, por los titulares de mañana!-...

*de Moni. Monipas05@aol.com


Foro del Inventren: este foro es abierto, no hace falta ser abonado y tiene por fin intercambiar anegdotas, relatos, historias surgidas de puño y letra sobre el tema de viajar en tren, o de viajar por la vida y ademas en tren.... y desde luego recibiran las 36 estaciones del actual viaje.
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ESTACIÓN ANASAGASTI

Poesía en los andenes..

*
Amigo.

Si acaso pasas por mi pueblo,
libre, después de tantos años,
hazlo depacio, amigo.
si puedes caminando
descalzo si es posible,
sin perturbar su descanso,
y el dejara que tus dedos
le roben a las paredes viejas
los recurdos que en el musgo
atesoran desde antaño.
Anda por la plaza,
donde juegan los niños
y siéntate en sus bancos.
Mira la iglesia y sus campanarios,
luego camina hacia el norte
por la calle de tierra, sin veredas
y cuando por un sendero de alamos
transiten tus pies cansados,
recoge sus hojas muertas,
todas las que puedan tus manos.
Veras al final del sendero,
un rancho abandonado,
entra sin golpear hasta su patio,
y en el tizón, una a una,
lentamente, quema las hojas
que recogieron tus manos.
No te sorprendas si ves un viejo,
que cambia su sonriza, por un llanto.
Sabra mi padre, que tras las rejas,
siempre en él estoy pensando.

*de Santiago Muller. yitoe@yahoo.com.ar


Inestar*

Cuando te vas así, sin gesto y sin aviso,

como el día que marcha de repente

hacia la turbia noche del olvido

porque sí, porque no, porque tal vez es tarde,

porque el día y el sol, por la mañana gris,

porque el temor o el valor

o por las dudas, en busca del túnel del escape,

yo no sé qué pensar, tan sólo siento

el vacío de vos, lo inaccesible,

tu insoportable inestar

y la agonía de no entender, en realidad,

por qué te vas.


*de Fanny Garbini Téllez. fannyte@ciudad.com.ar


InvenTren

Sabía que el tren había parado ahí por pocos minutos, pero abría los ojos grandes y los fijaba en distintos puntos, como para retener la imagen y contarle a su amor tanta belleza.
Cada tanto, se dispersaba en el cielo alguna nube, en la que ella intentaba imaginar figuras. Nadie parecía conversar en el vagón, pero se escuchaba desde el otro la voz de una mamá que lo retaba a su hijo, cuando se intentaba bajar del tren.
"-Si yo fuera chiquillo -pensaba Sara-, haría lo mismo. Correría entre las flores y me vestiría de amarillo, para ser parte del campo"-
Paisaje de amor, eso era ella.
Amapola, cuando intentaba recordar los sentimientos que le despertaba su amor.
Tren, cuando viajaba.
Agua cuando llovía.
Luna cuando oscurecía.
Tan sólo con el tiempo pudo ser recuerdo, después de haber sido en cada estación, en cada viaje, parte de cada uno de los paisajes.

*de Moni. Monipas05@aol.com



Estación Anasagasti

1*
Todos se reunieron esa noche, para rendir un tributo especial a los fantasmas de la memoria de aquellos que alguna vez andaron y desandaron historias en los trenes.
Saul, otrora empleado de la estación Navarro, cuenta que ese día, hubo algarrabia y se vendieron doscientos boletos, para que la gente tuviera la oportunidad, de participar de la fiesta del tren.
Cuenta Amelia, la boletera, que hacia las seis de la tarde del día anterior, ya se habían agotado los boletos, y que los últimos que los había comprado la familia Llanos, una de las mas antiguas del lugar.
Si bien se venía planificando la fiesta, desde hacía dos años, no se concretó hasta ese mes de septiembre, porque como siempre se dice, del dicho al hecho, hay mucho trecho, y tuvieron que organizar previamente y de forma conveniente el evento.
Juan Moris, un jubilado muy entusiasta, fue quien comenzó las gestiones para realizarla, por lo que escribió varias notas, solicitando la autorización a las autoridades, que si bien tardaron seis meses en dar respuesta, lo aceptaron gustosamente, así que a partir de ese momento, se dedicó el Juan a formar un grupo de amigonovios de los trenes, y consiguió que diez personas mas, se encargaran de organizar tamaño homenaje.
Para ese día, no sólo el tren en sí, debería lucir como en sus mejores tiempos, sino además ser una fiesta especialísima, en la que además del viaje, resultara inolvidable la cena y el baile.
De mas está decir, que se pidió apoyo a muchas gente, y que en cinco meses, el vagón comedor, como los demás, parecían ser parte de un sueño que retornaba del pasado.
Mientras tanto, Eduardo, el hermano que además de carpintero, había sido cocinero profesional de un importante hotel de Capital, planificaba los platos que se servirían durante el viaje. Hacia las seis de la tarde, se serviría un copetín, como en los buenos tiempos y después del mismo, cada uno de los pasajeros, haría vivir su historia en el tren.
Hacía las veinte y treinta, se invitaría a los pasajeros al salón comedor, y una vez en el, el coro de los Santos viajeros, estallaría en un himno recordatorio; mientras, por supuesto, se serviría la cena, con una entrada tradicional de empanadas .
Como segundo plato, consideró prudente, servir pollo asado con ensaladas, a fin de que las panzas llenas, no fueran impedimento para comenzar el baile...
El baile en sí, comenzó hacia las veintidos, momento en que Mónica, una de las organizadoras, consiguió, que Don Ramón Giles, uno de los empleados mas viejos del ferrocarril, terminara de dialogar con sus cinco amigos, se pusiera de pie y a la voz de aura, diera por iniciada la hora de la danza.
En ese momento, tres parejas se unieron y a los diez minutos, eran diez.
Los demás, por resultar el lugar insuficiente para las cabriolas, bailaban sentados en su lugares y se notaba que cada tanto, las parejas se renovaban, en un acto de buena voluntad para que participaran todos.
Dicen que lo mas llamativo, fue ver subir en las estaciones, tantas personas vestidas con trajes de época.
Cuenta mi tío Bocha, (que no llegó a tiempo para reservar un boleto para aquel viaje), que se sentó cerca de las vías del tren, casi cuatro kilómetros mas adelante a esperar que pasara. Que lo que vió ese día se le quedó grabado en la memoria para siempre: desde las ventanillas, se veía a la gente feliz, iluminada (yo siempre le digo que debió ser por la luz del tren) . Y que sobre el techo, sobre el que se reflejaba la luna, vió como cinco ángeles, todos sonrientes, se adelantaban como veinte metros , y elevaban las vías hacia el cielo.

*De Moni. Monipas05@aol.com


2*
-a Gaby Ces-

Martes de otoño, 9 AM. Como cada mañana, Gloria se dirige hacia su trabajo en Capital a bordo de la “trochita angosta”, como le dicen cariñosamente los usuarios al tren suburbano que lidera “Fénix”; ésta es la locomotora melliza de “Sophostine” -también alimentada a GNC-, aquella que realiza los viajes de larga distancia a través de la llanura pampeana. Como cada mañana de otoño, enfundada en un sacón negro bien abrigado, porta entre sus manos un libro perteneciente a su voluminosa biblioteca; en este caso, de Michel Foucalt, “Vigilar y castigar”. Un poco de filosofía en este presente argentino, tan bastardeado por la banalidad de lo cotidiano, no viene nada mal.

Al llegar a Anasagasti, el vagón se estremece ante los estentóreos versos de una canción de Joan Manuel Serrat, entonados con más dedicación que armonía por un varón un tanto exacerbado. “Otro que canta pidiendo limosna”, piensa Gloria sin alzar la vista, y vuelve a concentrarse en Foucalt. La voz cantora se le acerca a través del vagón atestado y permanece a su lado, dejando por un momento de entonar –como puede- “De vez en cuando la vida”, para afirmar:

-¡Qué linda chica! Yo me quedo cerca suyo.

Gloria no despega los ojos de un determinado párrafo que ya ha leído varias veces, sin poder encontrar el sentido preciso entre frases tan complejas. Muy a su pesar, oye las voces que retumban por encima de su cabeza

-Ella no deja de leer, compenetrada en su librito -, parece relatar, en estilo futbolero, el cantor de Serrat. –Es una pena que no levante su carita en un ángulo apropiado para que me deje descubrir sus hermosos ojazos…

-Basta, José. Dejala tranquila -, le dice, entre divertida y fastidiada, una voz de mujer.

-¡Oia, está leyendo filosofía! -, exclama él. -¡Mirá, yo también!

Y de pronto, el campo visual de Gloria se ve invadido muy de cerca, casi chocando contra su nariz, por un libro en cuya tapa apenas consigue discernir el nombre de Jorge Bucay. Sorprendida, alza la vista, para encontrarse con la fugaz imagen de un muchacho alto y rubio, de cabello largo y lacio, vestido con una gruesa campera de cuero, debajo de la cual se aprecia a las claras un ambo de médico de color verde claro. La mujer a su lado también viste de médica, aunque parece más una amiga o compañera de trabajo que su pareja.

-Pero es una cagada -, se defiende él, escondiendo velozmente el libro en uno de los amplios bolsillos de la campera.

Gloria baja la vista de inmediato, avergonzada, sin saber de qué, en el momento en que suena su teléfono celular, y ella atiende.

-¡Hola!… Sí, soy yo, Gloria…

-Uy, mirá. Se llama Gloria. Qué nombre más hermoso…

-José: me parece que vos con tu novia ya no tenés nada que hacer -, le dice su amiga o compañera. -¿No pensaste que ya es hora de terminar?

-¿Qué novia? -, parece ofenderse él, aunque su tono continúe siendo burlón. –No te metas en esto.

-Si… Sí, entendí. Te llamo después -, dice Gloria, y apaga el celular.

-No me digas que te llamó tu novio -, dice él. –Decime que no, por favor, porque me muero de amor aquí mismo.

-Basta, José. Estás haciendo un papelón -, le dice la médica, entre divertida y admonitoria.

El vuelve a entonar a Serrat, sin preocuparse por afinar. Gloria vuelve en vano a mirar la releída página de Foucalt. Le resulta imposible volver a concentrarse, pero dejar a un lado el libro sería como darle autorización al pesado éste para que la siga cargoseando, y así ya no podría sacárselo de encima. Los clásicos versos de Serrat le aturden los oídos, pero se consuela sabiendo que pronto bajará. La amiga o compañera de José parece murmurarle algo para que se calle, pero también es inútil.

Al rato, ambos descienden. Ella suspira, fastidiada, aunque satisfecha por no tener que escucharlo más. Y mientras él se aleja por el pasillo, se vuelve y exclama, haciendo que ella se ruborice:

-¡Chau Gloria!

*

Miércoles de otoño, 9 AM. Gloria lee “Más rápido que la vista”, de Ray Bradbury. El vagón está más vacío que ayer, por esas raras cuestiones de la oscilación del pasaje. Y al arribar a Anasagasti, una voz la estremece desde la puerta, provocándole un sudor nervioso en las axilas.

-¡Gloria! ¡Dichosos los ojos que te ven!

Ella apenas alza la vista para verlo a… ¿se llamaba José? …dirigirse sonriente hacia allí, esta vez sin la presencia de su amiga o compañera médica, aunque con el mismo ambo verde claro, para sentarse en el asiento que Gloria tiene enfrente suyo, de espaldas a “Fénix”. Ella suspira y vuelve a sumergirse en el libro.

-¿Seguís con la filosofía? ¡Qué chica más lectora!-, comenta él, y se inclina hacia el pasillo con la cabeza hacia abajo pero la cara en alto, espiando la tapa del libro que ella sostiene entre las manos. -¡Ah, no: Bradbury! “Fahrenheit 451” es mejor. ¿no lo leíste?

Ella no lo mira, pero desea desmaterializarse de inmediato, como si en cualquier momento viniese a buscarla el Sr. Spock para alejarse a velocidad “warp” a bordo de la nave espacial Enterprise.

-Gloooooriaaa... -, se admira él, sin reparar en el silencio de ella. -¡Qué suerte la mía, volver a encontrarte arriba del tren. Tomás siempre el mismo, ¿no? Parece que sí. De seguro vas a trabajar a esta hora. ¿De qué laburás? Ya sé, no vas a contestarme. Bueno, no importa; yo te quiero igual.

Y de pronto, como si repitiese el bochornoso espectáculo del día anterior, se pone a cantar “Contigo”, de Joaquín Sabina.

Gloria resopla. “¡Otra vez!”, piensa, sin poder reprimir una sonrisa. La situación es bastante ridícula.

-¡Jáh! -, exclama él, palmeándose un muslo. -Te hice sonreír, ¿eh? ¿A que no te animás a dejar de leer y contestarme?

Entonces ella, ignorando por qué, desconociéndose a sí misma, calza el señalador entre las páginas, cierra el libro con un sonoro PLOP! y lo mira a los ojos, sin vacilar……ni abrir la boca.

José permanece inmóvil, comenzando a sonreír. Un extraño brillo aparece en su mirada, algo casi ajeno al personaje que viniera interpretando hasta entonces. Una mirada transparente, sincera, pura. La mirada de un adolescente ilusionado que se halla a punto de enamorarse, de corazón, hasta el tuétano.

-Sabía que no ibas a dejarme así -, murmura él, como si hablara consigo mismo, sosteniéndole esa profunda y silenciosa mirada que parece atravesarlo. –Sabía que alguna vez ibas a salir del frasco para darme bolilla… Y la verdad, …es que no puedo creer que esto me este ocurriendo a mí…

Gloria desvía de pronto la mirada, espía por la ventanilla, mira su reloj, y sin decir nada, se levanta y baja.

-¡Eh! -, la llama él por encima de su hombro, bastante perplejo, mientras ella camina por el pasillo del vagón hacia la puerta. -¿Te bajás antes hoy? ¿Qué pasó?

Pero ella no responde. Y cuando desciende en el andén, vuelve la mirada hacia la ventanilla del lugar donde estuviera sentada. José la contempla con aire risueño y soñador, saludándola con una mano, mientras sus labios esbozan: “Chau Gloria, nos vemos mañana”

*

Jueves de otoño, 9:15 AM. Gloria sigue leyendo el mismo libro de Bradbury, desconcertada al preguntarse si “Fahrenheit 451” –que no ha leído- será mejor o no. Las estaciones van pasando monocordes, la trama de los cuentos la cautiva y aleja de la realidad, y recién casi al llegar a destino repara en que José no ha subido en Anasagasti. Se sorprende a sí misma al preguntarse: “¿Le habrá pasado algo?”. Y descarta la pregunta, por absurda. “Vamos, es apenas una coincidencia que hayamos vuelto a viajar juntos”. Pero la duda persiste: “¿Se habrá aburrido porque no le di bolilla, y viaja en otro vagón? ¿Me habré comportado muy mal ayer? Bah, no puedo estar pensando en esto. Nada se pierde si él aparece o no”. Y termina la página, antes de bajarse del tren. Aunque la sensación de ausencia no desaparece…

*

Viernes de otoño, 9:10 AM. Al llegar a Anasagasti, Gloria levanta la vista del libro –“La tregua”, de Mario Benedetti- y contempla la puerta del vagón, casi con cierta ansiedad. La silueta de José se recorta en el extremo del pasillo, con los brazos en alto, mientras exclama:

-¡GLORIA!!!

La mitad del pasaje levanta la cabeza, curiosos ante semejante desborde de optimismo. José se acerca hacia donde está ella, aunque sin conseguir un asiento vacío. Por el camino se cruza con el guarda, embutido en su gastado uniforme azul, quien deja de picar los boletos y le pregunta:

-Che, cantor: ¿qué te pasó ayer, que no viniste?

-Nada, nada… -, minimiza él, con el ceño fruncido, haciendo un gesto con la mano que resta importancia a la situación. –Tuve que hacer un domicilio, atender una emergencia. Se tiró un viejo de un balcón y se hizo mierda… Cosas que pasan.

-Y bueno… -, agrega el guarda. –Saludos a tu viejo. Decile de mi parte que hay cosas peores que jubilarse como ferroviario.

-No creo… -, responde José, vagamente.

Y al verla otra vez, el rostro se le ilumina con una sonrisa, mientras extrae del bolsillo de su campera un chocolate “Milka”, en formato extra grande. Ella alza una mano temblorosa, a pesar de lo que su mente compleja y racional le grita dentro de su cabeza (“¿Qué hacés, inconsciente? ¡No te lo sacás más de encima!”), y murmura un pálido:

-Gracias…

Para luego bajar la vista, dudando si abrir el envoltorio del chocolate o no, si quedárselo para ella o regalarlo, si devolverlo o aceptar una deliciosa manera de invitarla a compartir algo juntos, mientras escucha a José desafinar con el bolero “La gloria eres tú”, en versión de Luis Miguel. Finalmente, ella abre el paquete y le extiende uno de sus extremos, para que él parta una barrita y deguste con ella del regalo.

-Ayudame a comerlo; de lo contrario, me vas a hacer engordar.

-Pero no, bombón. Si con tanta ropa encima, unos gramos de más ni se notan… -, y festeja su propio chiste, para luego agregar: -¡No podía ser de otra manera! Una chica tan hermosa tenía que lucir una belleza igual en la voz. ¡Me encanta! ¿Qué leés hoy?

Ella gira el libro para que él pueda ver la tapa.

-Benedetti… No leí nada de él.

-Deberías -, sentencia ella. (“¿Por qué le seguís hablando? ¡Basta!”)

Hace oídos sordos a su voz de la conciencia. Porque algo percibe en él; una ternura oculta debajo de esa máscara risueña y de puro desparpajo. No es el hombre que su madre o sus amigas hubiesen elegido para ella, pero… ¿quién está pensando en formalizar una relación? Apenas si le ha parecido simpático, aunque al principio no lo soportase. ¿Aceptaría salir con él? Probablemente no, pero… ¿quién sabe?

(“¡Gloria, dejá de pensar estupideces!”)

-Debería hacer tantas cosas… -, repone él. –Como dejar de laburar en Guardia y dedicarme a Clínica Médica de una buena vez. No estaría a las corridas todo el tiempo. ¿Sabés qué me tocó atender la otra noche, a las 3 de la mañana? A un tipo de unos 50 años que entró en una camilla, la ambulancia lo había recogido en un telo, con una botella de vodka metida a presión en el culo. ¿Podés creer? ¡Pero con la boca del envase hacia adentro, provocando el vacío! ¡Fue un quilombo sacársela!

Gloria se ríe, fascinada ante las peripecias que pueden depararle a una los viajes en tren. Circunstancias que quizás estén más allá de toda decisión voluntaria, que quizá simplemente ocurran, mientras una se deja llevar, sin pensar demasiado…

José espía a través de la ventanilla, y resopla. Se le nota de lejos que no tiene la menor gana de bajarse, que desearía seguir viajando a bordo de ese vagón hasta que el día se haga noche, y más aún también; pero no le queda otra, su trabajo lo espera.

-¿Nos encontramos mañana? -, invita, ansioso.

-Mañana es sábado: no trabajo -, aclara ella, terminando de masticar otra barrita de chocolate “Milka”.

-Quiero decir si tenés ganas de que nos encontremos en algún otro lugar, donde haya menos gente, para conocernos mejor…

La mirada tierna e ilusionada vuelve a asomarse entre sus párpados, iluminándole los ojos claros. A Gloria se le parte el corazón.

-No puedo… Pero podemos volver a encontrarnos el lunes, ¿no? En otro viaje en tren…

-¡Pero cómo no! ¡Aquí estaré, aunque esté pensando en vos todo el fin de semana! ¡Chau, hermosa!

Y antes de lanzarse hacia el andén a toda carrera, le estampa un beso en plena mejilla, cálido y sonoro. En absoluto desafinado…

*
Lunes de otoño, 9:20 AM. José trepa al vagón con un ambo color crema, inmaculadamente planchado, y el rostro más iluminado que nunca. Porta entre sus manos un flamante ramo de rosas, blancas y rojas, envueltas en papel celofán, con un precioso lazo rosado rodeando los tallos, rematado en un enorme moño con una tarjeta escrita a mano sobre uno de sus costados. Saluda al guarda, el mismo de siempre, quien exclama a su paso:

-¡José! ¿Te pusiste de novio?

Y él avanza por el pasillo, buscándola con la mirada y el corazón en un puño. Hasta que allí, en el otro extremo del vagón, más allá de unas mujeres de origen boliviano con bolsas de las compras repletas de macetitas con plantines para vender, consigue divisar su perfil. No parece estar leyendo, sino conversando con alguien. La obesa silueta de las mujeres le impide ver con quién viaja ella hasta que se acerca a su lado, y entonces…

…el alma se le derrumba a los pies.

Junto a Gloria se encuentra sentada una niñita de unos cinco o seis años de edad, de cabello castaño claro muy lacio, peinado con dos colitas, y vestida con un jardinerito color fucsia. Lleva entre sus manos una enorme rana de pañolenci verde, que cada vez que se mueve croa con la panza.

La sonrisa desaparece de sus labios; o mejor dicho, su verdadera sonrisa deja lugar a una grotesca mueca que con infinito esfuerzo quiere ser divertida, pero que sólo consigue transmitir un enorme patetismo y desazón. Permanece allí de pie, aún manteniendo en alto el ya desentonado ramo de rosas, incapaz de saber qué hacer.

De pronto, ella lanza una carcajada a raíz de un comentario que realiza la niña, y al girar la cabeza lo descubre, a un metro y medio apenas de donde se encuentran sentadas. Gloria lo mira detenidamente, suavizando su sonrisa, hasta que ésta desaparece de sus labios. Le guiña un ojo, contempla el ramo de flores, y permanece en silencio. Quizá, del mismo modo que él, sin saber qué hacer, un tanto aturdida ante semejante demostración de cariño, tal vez no correspondido. A su lado, la niña advierte que algo más que sus bromas atraen la atención de Gloria, por lo que la sujeta por uno de sus antebrazos, lo agita, y exclama:

-¡Mamá! ¡¿Me estás escuchando?!

Y José siente que el suelo se abre ante sus pies, mientras su alma, junto con sus ilusiones, caen a pique hacia las vías.

-¿Qué pasó, cantor? -, le dice el guarda, burlón, al pasar junto a él pidiendo los boletos. -¿Te dio por el romance ahora?

José ni siquiera registra el comentario. Le resulta imposible percibir algo más allá de esa imagen maternal que ve allí, en ese asiento ferroviario, sin comprender cómo ha sido posible que soñara despierto durante tantos días, aumentando el empatanamiento en su propia inmadurez.

Aferra el ramo con ambas manos, se apoya contra el borde del respaldo de uno de los asientos aledaños, y con la mirada perdida, sin un atisbo de simpatía o jocosidad en la voz, desafina como de costumbre el tango “Nostalgias”…

*de ALDIMA. aldima@uolsinectis.com.ar


*
Foro del Inventren: este foro es abierto, no hace falta ser abonado y tiene por fin intercambiar anegdotas, relatos, historias surgidas de puño y letra sobre el tema de viajar en tren, o de viajar por la vida y ademas en tren.... y desde luego recibiran las 36 estaciones del actual viaje.
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ESTACION NAVARRO

Poesía en los andenes..

Reconociéndose*


Una brisa azul entibia mansamente

el pensamiento.


No hay sustancia. El vapor delimita

zonas estancadas en una antigua biografía.

Como pájaros dormidos despiertan, se desperezan

las ideas;

toman cuerpo en el campo de un teorema.

Escapan, se ocultan, se auscultan desde el mirador

De una incógnita sin imágenes.


Se miran, se dilatan, se reconocen, se atreven

Y se anudan.

*De Fanny Garbini Téllez. fannyte@ciudad.com.ar



Confines del equilibrio*

así lo heredamos

y lo enseñamos a todos

incluso a los hijos

por cierto tiempo

se nos aparta de un árido mundo

no se nos permite aprender el dolor

se nos ha vedado

preguntar sobre las luces al vacío

se nos cuida del omnidemonio

impalpable del miedo y la duda

inmaculados

sobre esta dulce cuerda floja

todos quieren sostenernos

protegernos salvarnos

de la caída

pero igual un día

todos caemos

con el hálito final

de aquel lejano paraíso.

*de Santiago Torales. nahrid@yahoo.com.ar



InvenTren

Estación Navarro.

1*
EL CAMAROTE OCUPADO


Cuando Mónica decidió cruzar la provincia a bordo del “Expreso Trochita Pampeana”, flamante tren de trocha angosta reciclado –parte del promocionado proyecto gubernamental para “rescatar lo nuestro”, y revalorizar las tradiciones, así como el aprovechamiento de medios de locomoción y transporte ecológicos y baratos-, jamás imaginó que viviría una historia como ésta: que le pondría los pelos de punta, literalmente.

Se acercó hasta la remodelada Estación Navarro, a las 20:20hs de un desapacible viernes de mayo, dispuesta a abordar el tan mentado “Tren Gasolero”, conducido por la sofisticada locomotora Nº 206, “Sophostine”, melliza de aquella “Fénix” –Nº 106- que soliera recorrer los angostos ramales en años anteriores. Como su antecesora, “Sophostine” contaba con un tender con provisión de G.N.C como para llegar a la Estación Patricios, donde sería reemplazada por otra locomotora, pero esta impulsada a biodiesel. Dos vagones de pasajeros, un coche dormitorio, otro comedor, y tres vagones de carga general y encomiendas, conformaban el resto de la formación ferroviaria. Mónica cargó su bolso hasta el coche dormitorio, haciendo malabares contra los furiosos embates del viento, que intentaba arrancarle el paraguas de las manos, y trepó los escalones metálicos, huyendo de las inclemencias de la noche.

Su campera de nylon azul chorreaba agua por los bordes cuando cerró el paraguas, a duras penas contra el marco de la puerta del vagón, mientras otros pasajeros también pugnaban por treparse, insultando a diestra y siniestra a causa de la rigurosidad climática. Mónica aferró con fuerza la correa que asía su bolso húmedo, colgado de un hombro, y marchó a los tumbos por el pasillo hasta encontrar su camarote. Era el Nº 6. Tomó el picaporte con su mano derecha, lo giró, y se zambulló dentro.

Cerró la puerta y se apoyó contra ella, suspirando aliviada. ¡Al fin! Bajo techo, en un espacio seco, y sola, se sentía mucho más segura que a la intemperie y rodeada de personas extrañas. No sabía desde cuándo le había surgido esta especie de fobia hacia los desconocidos, pero creía llegar a asociarla con cierta crisis anímica que viniera arrastrando desde su separación con Sergio… El recuerdo la hizo estremecer, aún esa noche, después de tanto tiempo. Como si su ex la estuviese contemplando a escasos centímetros de su rostro, en absoluto silencio, señalándole su equivocación.

Dejó caer el bolso al suelo y se dio vuelta, paseando la mirada sobre el camarote. Se trataba de un vagón antiguo, todo revestido en madera, quizá uno de aquellos que se usaran a principios de siglo en los primeros trenes de larga distancia que surcaran la pampa. Aún se conservaban las manijas de bronce, y hasta creyó descubrir que ciertas decoraciones sobre la pared habían sido confeccionadas con plata labrada. A pesar de los años transcurridos, el lugar parecía muy bien conservado –ella dudaba, aún al comprar el pasaje, si los vagones que en la publicidad decían haber utilizado para el reciclaje habían sido efectivamente los originales, los de aquella época gloriosa, que rememoraba situaciones muy parecidas al ambiente que quizá imperaba a bordo del Orient Express europeo, y que ella imaginara fervorosa al leer el clásico policial de Ágata Christie-; tan bien conservado que hasta parecía que no hubiese signo alguno del paso del tiempo.

Se quitó la campera, la colgó de un perchero, y mientras desempacaba algunos enseres básicos –cepillo de dientes, pasta dental, peine, cremas varias- rogó que nadie más hubiese comprado el pasaje correspondiente a la cucheta de arriba. Para su fortuna, nadie golpeó a su puerta hasta mucho después de haber partido, cuando el guarda pasó con aire desganado –a pesar de su elegante uniforme de época, muy a tono con la escenografía reinante- a controlar los boletos.

A las 20:30hs., con la puntualidad exacta señalada para la partida, se dejó oír el pitido de la sirena de “Sophostine”, indicando el inicio del viaje. Los vagones se estremecieron al ser traccionados con el primer impulso de la novedosa locomotora alimentada a G.N.C., para luego deslizarse con suavidad por encima de unos rieles pulidos y renovados, obra de uno de los mejores –y más cascarrabias- contratistas del ramo, el Sr. Antonio De Luca.

Mónica tuvo un repentino acceso de inseguridad. Apagó la lámpara del techo, se sentó en la cucheta abrazándose las piernas contra el pecho, y contempló abstraída las borrosas siluetas -desdibujadas por la perpetua llovizna- que se desplazaban a lo largo del ventanal de cristales biselados del camarote, cuyas cortinas se hallaban descorridas. El perfil de Mónica se iluminaba con fragmentos de luces y erráticas sombras que le conferían un aspecto sombrío. ¿Qué le estaba pasando? La sensación era muy ambigua: por un lado deseaba estar sola, sin que nadie le hiciese preguntas absurdas, menos aún respecto de su pasado –pero.....¿cómo podrían saber algo acerca de su pasado quienes recién se atrevían a conocerla?-; por el otro, a fin de huir de semejante hondonada depresiva, deseaba salir al encuentro del calor de la gente, de alguien que pudiese abrazarla con muchísimo cariño y le brindase la única contención que le era posible concebir desde un tiempo a esta parte.

Sin embargo, continuaba sola. Distante y encerrada en sí misma… ¿Sola?

Algo indescriptible se movió cerca suyo, subrepticio, en completo silencio. Giró la cabeza sorprendida, pero en la semipenumbra del camarote no consiguió distinguir nada. Experimentó un súbito escalofrío. “¡Vamos, son imaginaciones tuyas”, se convenció a sí misma. “Dejá de pensar y amargarte con las mismas cuestiones de siempre”.

Bajó las piernas, se abrazó los hombros, le disgustó sobre manera el tenebroso paisaje que se perfilaba a través de la ventanilla, y decidió que prefería estar fuera. Había algo ahí, en el alma que rodeaba los viajes ferroviarios de antaño, que no le gustaba nada. A pesar de sus ya referidos reparos, ansiaba estar en contacto con el mundo hasta tanto aquella sensación depresiva regresara al mítico mundo de sus propios recuerdos.

Como la campera de nylon estaba empapada, extrajo un largo saco de lana tejida de su bolso y salió al pasillo, mirando con inusitada precaución hacia ambos lados, encaminándose hacia el vagón comedor con paso inseguro a raíz del habitual traqueteo de la marcha del tren.

Al ingresar al salón descubrió que, aún habiendo salido de Navarro hacía pocos minutos, ya estaban ocupadas la mitad de las mesas. Eligió una ubicación apartada, sobre uno de los extremos del vagón, aunque cercana a la barra. La iluminación del lugar era tenue, apenas intensificada por los ocasionales relámpagos que generaba la tormenta, magnificada de manera asombrosa durante la última media hora.

Mónica ordenó el plato del día: carne con papas, acompañado de una gaseosa. El mozo que tomó su pedido parecía, al igual que el guarda, hallarse sumergido en otra dimensión; sin embargo, mientras aguardaba que llegara su plato, Mónica advirtió que el barman parecía un tipo conversador y simpático. La sensación de acercarse a charlar con él –insólita en ella- le duró apenas unos minutos, ya que ante una broma que hiciera el barman, y generase la carcajada de los allí reunidos, ella también se sonrió; detalle que el barman no dejó escapar, invitándola a acercarse al alzar un vaso en la mano.

-La casa invita -, le dijo, alargándole una medida de alcohol. Ella se sonrió y desistió con la cabeza. Él insistió: -¡Vamos! Es algo suave, apenas un poco de ron. Se lo mezclo con la gaseosa que acaba de pedir.

Ella sonrió otra vez y se puso de pie, con el vaso de gaseosa en la mano. “¿Por qué no?”, pensó. Se sorprendió a sí misma al hacerlo, aunque cierta inquietud de fondo no hubiese desaparecido, haciéndole sudar la remera que llevaba debajo de la polera.

Resultó que el barman se llamaba Ernesto, y trabajaba desde hacía un par de años en viajes ferroviarios de larga distancia. Había hecho de todo para ganarse el pan: vendedor ambulante, canillita, sereno, guarda de trenes… Hasta que una temporada veraniega rumbo a Mar del Plata surgió la posibilidad, y se afincó de una vez por todas detrás de la barra. Cuando surgieron las vacantes para ingresar en el “Expreso Trochita Pampeana”, no lo dudó un instante. Y ahí estaba, disfrutando de un nuevo viaje, a bordo de tan característico medio de transporte, evocador de tantas anécdotas y situaciones de antaño, en compañía de pasajeros tan interesantes como ella.

-¿Y en qué sección viaja? -, quiso saber, mientras servía un nuevo porrón de cerveza para la mesa que ocupaban unos mochileros.

-Compré pasaje para un camarote -, informó ella.

Ernesto dejó el rebosante porrón sobre la barra con aire ausente y la vista sumergida entre la espuma, como si pensara en otra cosa, muy lejos de allí. Sin mirarla, carente de sonrisa alguna, le preguntó en voz baja:

-¿En qué camarote viaja?

-¿Por qué? -, se alarmó ella. Una cosa era ser amable y compartir algunas palabras durante la cena; otra era darle su ubicación a bordo a un desconocido, que quién sabe qué oscuras intenciones tendría.

-No se preocupe. Sólo……quiero descartar una posibilidad. Saber que no le pasará nada… -, dijo él, sin abandonar el misterio.

-¿Qué posibilidad? -, el tono de voz de Mónica era cada vez más chillón. -¿De qué me habla?

-Por favor, señorita -, agregó él, imperativo: -Sólo… Sólo dígame que no es el 6…

-¿Por qué? ¿Qué tiene de malo el 6?

Ernesto continuó sin mirarla, pero desvió los ojos hacia el fondo del salón comedor, donde más allá de la puerta comenzaba el pasillo que comunicaba con los camarotes, y susurró, de manera casi inaudible:

-No es el mejor lugar para dormir. Menos aún si se trata de una mujer sola…

Mónica interpretó aquello como una insinuación; se sintió tan ofendida que tomó su vaso, con expresión reprobadora, y se levantó del taburete que ocupara desde que aquella charla informal comenzase, alejándose rumbo a su mesa. El mozo acababa de servirle su plato.

-Gracias por el trago -, masculló antes de volverse.

La cena transcurrió sin mayores novedades, salvo por el creciente disgusto que se había apoderado de ella. ¿Por qué sentía desde hacía un tiempo esa inexplicable aversión por los hombres? Ernesto, por ejemplo: ¿por qué había querido seducirla, intentando un burdo acercamiento hacia su camarote, cuando la charla se venía dando de manera tan amena y cordial? ¿Y por qué encubrir tales inclinaciones amorosas con una mirada torva y misteriosa?

Terminó su plato de mala gana, no tuvo ánimo alguno para pedir un flan como postre, le pagó al mozo y se retiró. Sin disimulo, evitó encontrarse con la mirada de Ernesto, quien con gesto culpable la buscaba, deseoso de reparar su error, o de comunicarle algo importante. Los ojos del barman se perdieron siguiendo su espalda de lana tejida, que se marchaba rumbosa hacia la puerta que comunicaba con el vagón dormitorio, un tanto tambaleante a causa del ron.

El rumor de la tormenta en el exterior apenas conseguía ser eclipsado por las paredes metálicas –revestidas en madera- de los vagones. Mónica avanzó decidida y se zambulló nuevamente en su camarote. Ningún otro pasajero se había hecho presente por allí; tendría todo el lugar para ella sola. Una vez dentro, trabó la puerta y apoyó el bolso contra ella, utilizándolo como barrera en caso de que alguien pudiese abrir de alguna forma, y le dificultase el acceso al menos hasta que ella hubiese podido abrir los ojos y pedido auxilio.

Consultó su reloj: 21:45hs. Se desvistió, se dejó la remera puesta, y apagó la luz. Estaba muy cansada, y además, molesta. Las sábanas se sentían frías, aunque el perfume del jabón con que las habían lavado le parecía muy grato. Acomodó su largo cabello oscuro sobre la almohada, y se hizo un ovillo, intentando entrar en calor.

La lluvia continuaba cayendo sobre el “Expreso Trochita Pampeana”, rasgando la noche con crueles relámpagos que ponían nervioso a más de uno.

Ella no dejaba de pensar, aunque ninguna frase pudiera obtener un formato coherente para acceder a su conciencia. Se sentía muy sola, y quizá por una noche al menos, hubiese deseado estar acompañada por alguien muy tierno, que la besase y acariciase, y la abrazase con mucha fuerza, a fin de ayudarla a soportar tamaña desprotección afectiva. Pero ése era un deseo mucho más que ilusorio, un malvado espejismo del rincón más oscuro de su corazón.

Suspiró hondamente. Cualquier testigo auditivo hubiese declarado que algún ocasional partenaire la había excitado de manera concluyente.

Entonces algo volvió a moverse, como la vez anterior, sin que ella escuchase nada.

Fue apenas una percepción en el aire, una vibración muy baja que la hizo alzar la cabeza y escudriñar la semipenumbra, con los nervios en tensión. No alcanzaba a ver nada más que sombras, olía como desde hacía un rato el perfume de las sábanas y el de la madera lustrada, y lo único que conseguía escuchar –por encima del rumor de la lluvia, y aunque le resultase ajeno- era el agitado ritmo de su propia respiración.

Sin embargo, ella podía sentirlo.

Allí había algo.

O alguien…

Y probablemente, hubiese estado allí desde hacía muchos años; casi tantos como los que ostentaban aquellos antiguos vagones ferroviarios…

(Continuará…)

* de ALDIMA. aldima@uolsinectis.com.ar


2*

El hombre seguía intentando en vano descansar con los ojos cerrados y dejar la mente en blanco. Imposible, las imágenes lo asaltaban cómo en una pesadilla, pero él sabía que no lo eran, que eran parte de la última decada, la que, como dijo Lem en Una sombra ya pronto serás le faltaba, no existían 10 años... o tal vez el peso del dolor era tan fuerte que no había manera de aceptar esa sucesión de imagenes, de hechos, de sufrimiento aparentemente inutil.
Una decada, pero en realidad eran dos decadas de su vida, las que le "faltaban" , las que no había podido vivir bien ni feliz, en las que no podía explicarse bien donde habia estado realmente, y cómo había llegado a su situación actual tan inexplicable, tan imposible de contar y entender desde afuera, por otros.
Pero ahí estaba, sentado con los ojos cerrados en un vagón antiguo, viajando sin objetivo hasta el final del recorrido de ese tren, con sus manos vacías entrelazadas, y los bolsillos tambien vacíos, salvo su boleto de tren de ida a Mirapampa y vuelta a Lozano.
Pero hay una imagen para la que no tenía representación posible, la que le obligaba a abrir los ojos al paisaje buscando desesperadamente algo afuera, la que lo despertaba varias veces en la cama de la chacra como en su peor pesadilla...
Buscó con los ojos bien abiertos perforar el vidrio espejado por la noche y proyectarse, distraerse en algo del afuera. Lo que vio no era más que un símbolo de su situación personal, afuera se acercaban las siluetas a oscuras de la estación Km 83, donde ya no para el tren, nada más desolador que una estación, un anden a oscuras en medio de esa noche nublada mal iluminada, por una luna que uno intuye plena. El tren que disminuye su marcha, pasa lento como para no despertar fantasmas de las sombras, para no despertar a un perro que duerme enrollado en una esquina del anden.
Pero él no puede evitar recordar su regreso a la chacra aquel día...
Esa discusión que hubiera deseado tener alguna vez con su ex-mujer, y que el imaginaba una y otra vez, eran reproches cargados de dolor y rabia. Se veia haciendo ademanes de indignación, argumentando mientras ella bajaba la vista o escondia los ojos por debajo del flequillo.
Pero no, no pudo ser, el hombre guarda cada una de las palabras necesarias no dichas, espera, más bien esperaba hasta hace poco, que ella diera la cara.
Y fue ese retorno, las piezas vacías, la casa revuelta... ese horror que podia ser cualquier cosa, pero fue una fuga, tambien un rapto, por que ella se llevó a sus pequeños tambien.
Por eso el hombre sentía que su vida se había detenido allí, hace más de dos años y que el tiempo ya no podía correr, había quedado congelado como en una naturaleza muerta.
El recuerda muy poco de ese día, sólo el gesto de desprender el reloj Tressa que le había regalado en vida su padre y dejarlo sobre el estante vacío de la biblioteca. Allí quedo para siempre desprendido de su muñeca, sólo, en silencio, despues de la vida efimera de la cuerda del día anterior.
Pero el tren, como la vida misma seguía su marcha, a médida que avanza hacia Navarro, la vía empieza a confluir con las luces lejanas de una ruta, hasta quedar paralelas vía y cemento.
Ruta 200 dice un pequeño cartel, Navarro 20 km. El enorme cartel de publicidad le pareció una dolorosa ironia "EL DESTINO ES INEVITABLE" es lo único que se lee arriba de la imagen muda de un Peugeot 307 último modelo. Ahora el hombre puede ver las luces del pueblo, y esos carteles en la ruta que anuncian cercania y vida comercial, empezó a llover, con furia, como si el cielo quisiera limpiar afuera las penas no lloradas, las del hombre, las de todos.
Cuando el tren ingreso a la estación parecia que ya llovia hace mucho, la gente esperaba con paraguas e impermeables y hasta unos tamberos noctambulos esperaban con capas amarillas cargar sus tachos con leche y recibir los vacios que se habia llevado el primer tren de la madrugada, ese que se llevaba ,dedujo el hombre, la producción para alguna usina lactea cercana...
Una chica con impermeable de nylon azul corre con el paraguas abierto desafiando la lluvia a cantaros, seguro que el vagon de primera clase y los camarotes quedaron casi al final del tren y fuera de la protección de los techos breves de ese anden que parecen haber sido pensados para trenes de uno o dos vagones a lo sumo.
Pero el hombre volvió al trabajo de los tamberos bajo una cortina de agua, los oyo maldecir a este otoño malnacido que los tiene de lluvia en lluvia, un peón del ferrocarril les arroja los tachos vacios y en un pasamanos quedan bajo techo frente a la puerta que dice Jefe de Estación, casi cerrandole el paso, luego cargan los tachos llenos con cuidado, tratando de no resbalar en el piso de conchilla del anden. Allí el hombre recordo la usina lactea que La Armonía había comprado en Navarro, y se acordo de su padre viajando durante meses en el primer tren lechero para trabajar en esa fábrica. existiria todavía?, o habrá sido cerrada por algunos de los dos grandes monopolios lecheros. La furia de la tormenta despoja con rapidez a las hojas de los aromos y estan se pegan en las capas de los tamberos, en la gorra vasca del gordo de bigotes... Se siente aliviado de estar adentro, escuchando la lluvia repiqueando en el techo del tren. Penso en el asombro que da el tiempo, en ese ayer cuando los tamberos enviaban su producción a lecheros que cargaban los tachos en la jardinera de sus carros tirados a caballo y salian a repartir leche cruda por los barrios. Un cucharón, una jarra de litro....
Ese era su mundo ir y volver de las imagenes de un pasado de varias decadas, de su primera infancia hasta los 10 o 11 años, y un volver a una muralla impenetrable del hoy que no le deja ver ningún futuro.

(continuará)


*de Eduardo F. Coiro. inventivasocial@hotmail.com

ESTACION LOZANO

Poesía en los andenes..


LUCIÉRNAGAS ALUCINAN EL ANDAR*


No hay por qué apurar el paso

Me están esperando para completar la ronda


para celebrar la amistad.



En tanto

detengo de tanto en tanto mi andar


en las lucecitas que milagran la noche.


*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar



DE SOMBRA Y HUMEDAD*

Atrasaré el reloj.

Haré una marca en la mitad de la escalera,

Dispondré siete rosas en la cama

Desandaré el camino de las grises arenas.

¡Ya crucé tantos puentes reciclados

En mi oxidado tren de cambalache

Decapitando sueños

Con décimas de alambre,

Desubicando manos y pies

Y huesos planos!...

Por ojos, dos monedas de lata bifurcadas

Por brazos, ramas secas, cortezas deslucidas

Colgando a los costados,

Extenuada la sangre, intoxicada el alma

De esa sustancia oscura llamada soledad.

Por eso, este domingo de otoño adelantado

Destrabaré la vieja ventanuca

Del altillo guardador de desesperos

Plegaré las cortinas superpuestas,

Daré paso a la luz desperdiciada

Y asomaré por ella

con medio cuerpo afuera

A respirar la vida, de vuelta de mi viaje

De sombra y humedad...

*de Fanny Garbini Téllez. fannyte@ciudad.com.ar



EXCUSAS*
(casi un poema de amor)

"Explicar, con palabras de este mundo,
que partió de mí un barco, llevándome..."
Alejandra Pizarnik.


Porque intuyo que hace mucho
que en esta pesadilla insomne
se gastaron las palabras
porque apenas son jirones
los que quedan del silencio
ahogado en este río de letras espantadas
porque decir no vale nada
cuando la voz es una flor que nace
desde el vacío de unos labios muertos
por eso / no puedo
escribir sin salpicar con sangre
mis poemas.

Porque esta piel está reseca de silencios
y ajada la mirada que la arrastra
contra el viento salado de la angustia
porque resulta poco menos que imposible
depositar los huesos miserables
en algún sueño que no sea
un insondable callejón de ausencias
porque habría que inventar otros sonidos
un alfabeto cósmico que pueda
representar el fuego que abrasa mi cabeza
por eso / no puedo
hablar sin vomitar mi asco
sobre el mundo.

Porque no alcanzan los siglos que nos quedan
y el infinito no es dado a los mortales
sino a los dioses que pintan armonías
entre las sombras que nacen de los párpados
en este mar que regurgita pesadillas
en los cristales que estallan en la sangre
para iluminar el alma de los ciegos
porque prefiero acariciar el cielo palpitante
en los contornos de tu cuerpo húmedo
en la respiración salvaje de tus poros
por eso / no puedo
decirte con palabras de este mundo
que te quiero.

*de El Mutante. elmutante@data54.com




InvenTren

-¡Caray! -dijo Sara. -Pareciera como si el mundo se hubiera parado...-

Lo decía dulcemente, como convertida ella misma, en parte de un universo inmóvil y sin tiempo, con un cielo oscuro, plagado de estrellas, en el campo agrisado y recortado por siluetas de árboles espaciados, en el que percibía el momento, como su único tiempo sin tiempo.
Con gracia infantil, se arrodilló ante ese infinito del que era parte y juntando sus manos, pidió a la luna, se cumpliera la profecía de los anillos.
De los mismos anillos que varios años mas tarde, me llegara el mensaje de Sarutita y que descubrí en la caja de los recuerdos de sus amores.
Ella, los había recibido, de una anciana del pueblo, que oficiaba como adivina, era la que mantenía en sus manos, la autoridad conferida por un Ser Superior, para ayudar a las damas y señores del lugar, a hacer realidad sus sueños ..Y le había entregado a Sa, esos anillos, para que pudiera efectivizar sus ansiados encuentros.
Lucchia, así se llamaba la pitonisa, había venido de Parma, del norte de Italia, en un barco pequeño, de la época en que muchos inmigraban al país en busca de trabajo y de una nueva vida. Pero su madre, enfermó en el viaje y la niña quedó en manos de unos paisanos que la recogieron y la criaron.
No pude saber más, sobre como fue creciendo ni tampoco como se produjo la transformación de la niña en vidente, pero lo cierto, es que todos, todos, la recuerdan hasta el día de hoy como una benefactora e intermediaria en el lugar, de los mas grandes milagros de curación y amor.
Algunos guardan hasta el día hoy, pequeños pedacitos de tela en que envolvía hierbas, que recogía de los campos y a los que le atribuyen significados cargados de protección sobre males que han logrado vencer y que todavía, cincuenta años después, guardan como yo los enigmáticos anillos.
A Sara, se los dió, como símbolo de unión y fidelidad y cumplen maravillosamente su fin hasta el día de hoy.
Vaya uno a saber, que fue lo que sintió Sara, y los ojitos de alegría, que debe haber puesto cuando vió venir el tren y con él, retornaba al mundo el movimiento.
Los andenes, seguramente, deben haber cobrado vida y las vías, oficiaron de espejos de la estrellas, cuando lo vió asomar por la ventanilla, y lanzar el beso al aire, como siempre lo hacía...

*de Moni. Monipas05@aol.com


Estación Lozano
1*

Siempre le pasaba lo mismo, y a decir verdad, ya estaba un poquito harta de la situación en general: de la indecisión masculina, y de su propia insatisfacción. De nada le servía emperifollarse, tirarse el placard encima y acicalarse con los mejores perfumes, resaltando su ya de por sí impactante belleza física, si al final los hombres que le gustaban no le daban ni la hora. Se cargaba sobre los hombros a una interminable serie de pesados y babosos que no la dejaban en paz, que proclamaban groserías a su paso, o que con todos juntos -como una versión criolla y femenina del Dr. Víctor Frankenstein- no conseguiría armar uno solo que valiera la pena.

Como cada mañana, tomaba el remozado tren de trocha angosta rumbo a su trabajo, donde se desempeñaba como selectora de personal de una importante empresa mayorista de perfumerías, eligiendo entre cientos de postulantes los mejores perfiles para designar promotoras, vendedoras, encargadas de sucursal… Y como cada mañana, se exponía a las miradas de los demás; en especial, esas miradas masculinas que la desnudaban impunemente a la distancia, fantaseando en aplicar con ella la más sofisticada galería de perversiones, pero que jamás osarían acercarse, al menos no de una manera galante, como a ella le gustaría que la abordasen, transmitiéndole un afecto verdadero, más allá de cualquier insolencia –con las que sus admiradores se resguardaban de una posible reacción de conformidad seductora de su parte-.

“Manga de cagones”, solía pensar ella, volviéndose a mirar en ese espejito de mano que consultaba varias veces al día, comprobando que no se le hubiera corrido el maquillaje –Revlon, obviamente-. “Ellos se lo pierden”.

Pero nunca descansaba, aunque se sintiese continuamente defraudada por el sexo opuesto. Y aunque por la noche despotricara telefónicamente con sus amigas, izando en alto la inevitable frase “ya no hay hombres”, a la mañana siguiente volvía a convertirse en la hermosa y elegante profesional que acude a su trabajo en tren, con el consabida ejercicio cotidiano de espantar a los bichos que se le acercaran en busca de una supuesta miel que muy pocos habían tenido el placer de degustar.

Sentada del lado del pasillo, en un vagón bastante lleno, sentía posarse sobre su cuerpo las miradas masculinas que habían conseguido divisarla en el andén. A su lado, el sexagenario dormitaba con el diario entre sus manos, sin prestarle la mínima atención. Un par de adolescentes, engalanadas con ropa informal de marcas caras, conversaban y reían estridentes, desplegando su natural explosión hormonal, para que las registrase todo el pasaje. Ella, que no se había levantado con el mejor humor –luego de una infinita noche de insomnio, sintiéndose vacía y sola-, las miraba con atención y suspiraba. ¡Quién pudiera volver a tener 18 años, pujantes y despreocupados! Con esa energía ilimitada, esa ansiedad por devorarse el mundo, un lozana juventud que a esa edad siempre parecía eterna… Volvió a suspirar, sumiéndose en sí misma, olvidando el clásico jueguito histérico que cada mañana desplegara en su trayecto al trabajo. Una creciente melancolía comenzó a embargarla a pasos agigantados.

¿Cuántas veces fantaseó con tener el cuerpo que luciera hace más de 15 años? Siempre había sido una mujer bonita, pero la consistencia de sus músculos y la tersura de su piel habían ido desvaneciéndose con el cruel transcurso del tiempo. No es que se mirase al espejo y descubriese a una vieja en su lugar, pero ya no se sentía la inquieta jovencita que alguna vez había sido, hermosa pero inexperta, cautivadora de las miradas desde siempre.

Apeló por enésima vez al espejito de mano. El maquillaje resaltaba sus mejores virtudes, pero también ocultaba las pequeñas imperfecciones faciales, esas malditas arruguitas que una vez aparecidas jamás la abandonarían. ¿Quién podría sentirse lacerada en su autoestima con semejante porte, con esa figura de una hermosura avasallante, que dejaba boquiabierto a más de uno? Ella. Se sentía tan disconforme con esos diminutos detalles que cualquier ostentación de sus curvas nada podía hacer al respecto.

Inmersa en tales pensamientos, apenas registró la manito que pasaba a su lado y le dejaba con un leve aleteo sobre el antebrazo una estampita de la Virgen Desatanudos y un calendario con la colorida efigie de un osito infantil que proclamaba “Te quiero mucho”. Alzó la vista y alcanzó a ver el perfil de una niñita de cabello hirsuto y mejillas sucias que se alejaba a los tumbos entre la gente, como si no hubiese nadie alrededor, como si toda esa gente adulta que la rodeaba no existiese y sólo atravesase un bosque poblado de maniquíes inanimados.

Su mirada se alejó por el pasillo, siguiendo esa cabecita que se bamboleaba a un lado y el otro, eludiendo siluetas de pie. A su ya de por sí creciente melancolía se sumó una nueva inquietud, que ya le carcomiera el corazón desde hacía tiempo, y se presentó de improviso en una sola pregunta: “¿Cómo sería ser mamá?”

Durante años había sentido que los hombres se le acercaban a fin de conseguir pasar un buen momento, satisfacer sus ansias sexuales, y luego deshacerse en huecas y vanas promesas de reencuentro que jamás se concretaban. Pocos eran los que deseaban mantener el contacto con ella, pero en su fuero más íntimo no sentía que pudiesen reunir las condiciones que ella buscaba para conformar una pareja estable, que la contuviera, que le brindase todo su amor de manera contundente, que la siguiese amando luego de haberse acostado juntos, que pudiera eternizar el momento del amor más allá de la pasión. Y esa falta, ese vacío casi existencial, la sumía en el mayor de los abismos. Necesitaba del otro, más no sólo de su mirada. Demandaba el afecto, la presencia, el calor de ese otro que la hiciera sentir querida, además de convertirla en una verdadera mujer.

Sus deseos de perenne belleza parecieron extinguirse dentro del emergente ensueño de una panza redonda y lozana; por sobre todas las cosas: viva. El fruto del amor que le brindase un hombre de verdad, alguien con los huevos bien puestos, que se jugase por entero al estar junto a ella en todo momento. La emoción amenazó con desbordarse a través de sus párpados entrecerrados. “Voy a quedar con la cara a la miseria”, pensó, al tiempo que manoteaba el espejito y se enjugaba las primeras lágrimas con un pañuelo de papel.

De pronto, sintió a su lado nuevamente la presencia de la niñita, retirando con aire ausente los calendarios y estampitas. El aire desaliñado de aquella carita, arrasada por el desamor, la llenó de una congoja inenarrable. Y sin pensarlo siquiera, sin amagar acaso a abrir la cartera y ofrecerle algunas monedas a cambio casi de nada, estiró su mano y le aferró un bracito, gesto frente al cual la niñita reaccionó volviendo la cabeza violentamente hacia ella, a la espera de algún inesperado peligro, quizá evocando en un solo segundo los golpes y maltratos recibidos al final del día, cuando llegaba el momento de volver a casa y entregar las monedas recibidas, que la mayor parte de las veces escaseaban –más no así el dolor-.

Ella esbozó una amplia sonrisa, forzada a causa de las lágrimas, pero intensa desde lo más profundo de su corazón, y sin decirle una palabra, la acercó hacia ella con infinita ternura, apoyó su mano libre sobre uno de los hombros de la niñita, y le besó la frente. La pequeña, con un rostro signado por la indiferencia, sorprendida pero sin emitir expresión de cariño alguna, parpadeó perpleja y permaneció inmóvil, sin intenciones de alejarse, más curiosa que asustada, contemplando a esa hermosa mujer cuyo rostro acicalado se veía surcado por gruesas e incontenibles lágrimas, que estropeaban sin piedad esa elaborada capa de maquillaje.

Y por primera vez en mucho tiempo, a aquella elegante y eficiente selectora de personal nada le importó menos que las miradas de los demás.

* de ALDIMA. aldima@uolsinectis.com.ar

2*

El hombre sintió una vez más que ya había perdido demasiados trenes en la vida. Por eso estimo con cuidado el tiempo de viaje en bicicleta desde su pequeña chacra de las afueras de General Las Heras hasta la estación Lozano. Son más de 10 km por un camino de tierra, un domingo, con el cielo cerrado como un puño gris, y el viento que ha rotado trayendo desde el sur nubes negras y llovizna. A los costados del camino, las copas de los árboles han reconocido subitamente la presencia del otoño, se han teñido de amarillo de un día para otro. Casi de golpe como se dan los cambios cuando salen desde el fondo de una historia y cortan el día en un antes y un despues irreversible. El hombre sigue pedaleando, acompañandose de sus propios pensamientos, de su voz interior a fuerza de pedalear contra el viento, la soledad y el frío. Penso en los cambios de estación, en la armonía en la cual la naturaleza las cosas se comportan dentro de esa dialectica de lo inevitable.
-Quien pudiera, razona, quitarse penas de encima como los árboles se desprenden de esas hojas antiguas y se repliegan lentamente al invierno, esperando, gestando el renacer primavera.
-Quien pudiera, insiste el hombre, que siente el trascurrir de los años de otoño en otoño sin percibir ninguna nueva primavera. Un otoño perenne amarillea las cosas. "la procesión va por dentro" se escucha pensar cuando piensa en su historia, en la necesidad de llegar a ese tren, este día, vencer cierta sensación de inmovilidad, esa quietud desmedida de sus cosas adentro de la mochila caja de pandora....
Hay que desatar el futuro, o al menos ir hacia algún lado "si no eliges un camino y lo sigues, no llegaras a ninguna parte" le dijo un amigo un par de años atras. Y le quedo, la frase hundiendose hasta las murallas donde se agotan las razones y se vive o no.
El cielo es una boveda de acero inoxidable, sin fisuras, ni lluvia ni llanto lo perforan, solo viento y hojas por el camino de tierra.
Tampoco importaba demasiado ese destino, casi un pretexto para salir de la angustia, viajar a la estación Mirapampa, en el límite justo de la provincia de Buenos Aires y despues del tope de los rieles el meridiano quinto, y la provincia de La Pampa.
La estación Lozano esta, a decir verdad, en medio del campo, y lo único para ver son postes de alambrado y siluetas de vacas. Acercar el horizonte es ver cada vez más grande ese cinturon de eucaliptos que acompaña por varios kilometros a la vía única hasta llegar a la modesta estación, esa sombra y ese aroma fuerte que abre el pecho al respirar fuerte era la única riqueza verdadera del lugar.
A un kilometro, el hombre intuye ya la llegada del tren, la humareda levantando sobre las copas altas y una pequeña, diminuta lucecita apareciendo entre tronco y tronco.
El hombre acelera el corazón y gira más rápido el piñon de la bicicleta, sabe que llega, pero hay que darle la bicicleta a Don Antonio el encargado de la estación para que la guarde hasta su regreso, y sacar un boleto de ida y vuelta, por que él piensa volver.
Llegó, pasó el umbral, no sentirá de nuevo esa antigua sensación de haber llegado tarde, que despues de pérdido ese tren, le habían cerrado el ferrocarril.
Aún en la cómoda certeza del mito, el hombre no dejo de sentir que su vida estaba saturada de vías abandonadas, galpones cerrados de recuerdos, candados oxidados, y muchas, pero muchas llaves pérdidas.
Don Antonio esta allí, esperando en su propia soledad . El hombre llega para hacerle una efímera compañia, una sonrisa : un como estan tus nietos?, un qué lindo tener un pasajero para saludar en esta tarde de domingo tan gris de ausencias. quizá sólo una mirada resume todo este dialogo imaginario.
El hombre coloco sus manos vacías en los bolsillos y decidió esperar mirando al este la entrada de esa locomotora, un dragón negro de hierro entibiando el aire destemplado.
La máquina ingresa encandilando con su único ojo, creando un instante mágico de ruido y vapor, quien haya visto ingresar una locomotora a vapor no olvidara jamás la sensación que dejan al mover el aire cerca de uno. Y el ha visto muchas entrar y partir, la mayoría de las veces manejadas por su abuelo materno, Xávier Errandonea, o el vasco Javier en criollo.
Allí justito, estaba al lado de su madre que era algo más que una niña, viendo cómo ella le daba al abuelo recados y pedidos para varios negocios ubicados en las estaciones siguientes -de Navarro en adelante, que el abuelo traería en el viaje de vuelta con una canasta de mimbre que le prestaban los comerciantes. A veces el abuelo era sólo un cartero informal para los primos de Navarro, o los tíos que vivian en Patricios. Asi de simples eran las cosas.
Antes de partir, el abuelo se limpiaba las manos tiznadas de hollín para acariciarle la cabeza con sus manos pesadas. Él nunca olvidará el peso de esas manos agitando sus pelos, dejando su marca de afecto. Casi sin darse cuenta el hombre se reconoce sentado, escuchando el toque de campana de Don Antonio. Partiendo.
Vió sus manos con los dedos entrelazados, jugueteando de inquietud, y volvió a las manos del abuelo, el asombro que le producian esas manos que ademas de conducir ese gigante de metal y vapor, se las rebuscaban para hacer casi todo... una quinta, cosas de carpintería para la casa, pequeños muebles que el podía ver trabajar desde la hachada a la cepillada en el banco de carpintero. El hombre nunca se olvidará de la manera en que su abuelo leía sus propias manos, ponía su palma derecha en la mesa y mostraba como cada línea era una vía y que el mapa de sus destinos arriba de las locomotoras del Compañia General Buenos Aires estaba tambien grabado desde el nacimiento en sus manos. El mostraba el punto justo dónde despues de la estación Villars se abrian para siempre el ramal a Rosario y las vías al oeste y despues Patricios, justo en el centro de la palma de su mano, en el pocito que uno forma para tomar agua. De allí el abuelo se las ingeniaba para encontrar la vía a General Villegas terminando en la nada de su pampa palma y la línea a Victorino de la Plaza mucho más extensa en proporción pues esta se perdía casi en la muñeca entre sus nudos venosos, esas venas grandes de manos de trabajador, acostumbradas a girar con fuerza palacas y herramientas, a quemarse más de una vez.
En eso estaban los pensamientos del hombre, cuando decidio cerrar los ojos, y descansar un poco con la mente en blanco....

*de Eduardo F. Coiro. inventivasocial@hotmail.com



ESTACIÓN GOBERNADOR UDAONDO.

  *Foto Estación Gobernador Udaondo. -Fuente: https://www.infocanuelas.com/                     “Estación Udaondo” *...