INVENTREN
Un viaje de literatura y noticias por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar
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Recuerdos de una ciudad en la que nunca estuve.
Sus casas blancas, de paredes blancas
como blancos fantasmas condenados
a la inmovilidad de las esquinas.
Sus calles grises, de asfalto o de ceniza,
espejo acaso de mis propios gestos.
Una plaza vacía, unos bancos de piedra,
una campana muda presidiendo la escena.
Bajo el sol no anda nadie.
Tal vez cuando anochezca cobre vida
esta ciudad que habita mis recuerdos.
Recuerdos de una ciudad en la que nunca estuve.
Escenas que en algún lugar o tiempo
están, lo sé, esperando mi regreso.
*De Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
*
Aquel túnel que había sido del ferrocarril y que llevaba ya varios años de clausura, siempre había tenido para los niños (y no tan niños) de San Jorge un aura de misterio, alucinación y embrujo, que ninguna explicación de los mayores era capaz de convertir en realidad monda y lironda. Siempre aparecía alguno que había visto salir del túnel un caballo blanco y sin jinete, o, en algún empujón de viento, una sábana pálida y sin arrugas que planeaba un rato como un techo móvil y se desmoronaba luego sobre los pastizales.
En ambas bocas de la tenebrosa galería, unos sólidos cercos de hierro y maderas casi podridas impedían el acceso de curiosos y hasta de eventuales fantasmas.
Pasó el tiempo y aquellos niños fantaseosos se fueron convirtiendo en padres razonables que a su vez engendraron hijos fantaseosos. Un día llegó el rumor de que las líneas del ferrocarril serían restauradas y la gente empezó a mirar el túnel como a un familiar recuperable. Seis meses después del primer rumor fueron retirados los cercos de hierro y madera, pero todavía nadie apareció para revisar los rieles y ponerlos a punto.
¿Recuerdan ustedes a Marquitos, el hijo de don Marcos, y a Lucas Junior, el hijo de don Lucas? El túnel había sido para ambos un trajinado tema de conversación y especulaciones, y aunque ahora ya habían pasado la veintena, continuaban (medio en serio, medio en broma) enganchados a la mística del túnel.
-¿Viste que aún ahora, que está abierto, nadie se ha atrevido a meterse en ese gran hueco?
-Yo voy a atreverme -anunció Marquitos, con un gesto más heroico del que había proyectado. A partir de ese momento, se sintió esclavo de su propio anuncio.
Menos intrépido, Lucas Junior lo acompaño hasta el comienzo (o el final, vaya uno a saber cuál era la correcta viceversa) del insinuante boquete. Marquitos se despidió con una sonrisa preocupada.
A los quince o veinte metros de haber iniciado su marcha, se vio obligado a encender su potente linterna. Entre los rieles y la maleza invasora se deslizaban las ratas, algunas de las cuales se detenían un instante a examinarlo y luego seguían su ruta.
Por fin apareció una figura humana, que parecía venir a su encuentro con un farol a querosén.
-Hola -dijo Marquitos.
-Mi nombre es Servando -dijo el del farol. -Dicen que soy un delincuente y que por eso escapo. Me acusan de haber castigado a una anciana cuando en realidad fue la vieja la que me pegó. Y con un palo. Mirá como me dejó este brazo.
El tipo no esperó ni reclamó respuesta y siguió caminando. Dentro de un rato, pensó Marquitos, le dará la sorpresa a Lucas Junior.
El siguiente encuentro fue con una mujer abrigada con un poncho marrón.
-Soy Marisa. Mucho gusto. Mi marido, o mejor dicho mi macho, se fue con una amante y mis dos hijos. Sé que lo hizo para que yo me suicide. Pero está muy equivocado. Yo seguiré hasta el final. ¿Usted querría suicidarse? ¿O no?
-No, señora. Yo también soy de los que sigo.
Ella lo saludó con un ¡hurra! Un poco artificial y se alejó cantando.
Durante un largo trayecto, como no aparecía nadie, Marquitos se limitó a seguir la línea de los rieles.
Luego llegó el perro con ojos fulgurantes, que más bien parecían de gato. Pasó a su lado, muerto de miedo, sin ladrar ni mover la cola. El amo era sin duda el personaje que lo seguía, a unos veinte metros.
-No tenga miedo del perro, Esta compacta oscuridad lo acobarda. A la luz del día sí es temible. Su nómina de mordidos llega a quince, entre ellos un niño de tres años.
-¿Y por qué no lo pone a buen seguro?
-Lo preciso como defensa. En dos ocasiones me salvó la vida.
El recién llegado miró detenidamente a Marquitos y luego se atrevió a preguntar:
-Usted ¿vive en el túnel?
-No. Por ahora, no.
-A usted que anda sin perro, muy campante, sólo le digo: tenga cuidado.
-¿Ladrones?
-También ladrones.
-¿Ratas?
-También ratas.
No dijo nada más, y sin siquiera despedirse, se alejó. El perro había retrocedido como para rescatarlo. Y lo rescató.
Marquitos permaneció un buen rato, quieto y silencioso. La muchacha casi tropezó con él. Su gritito acabó en suspiro.
-¿Qué hace aquí? -Preguntó ella, no bien salida del primer asombro.
-Estoy nomás. ¿Y usted?
-Me metí aquí para pensar, pero no puedo. Las goteras y las ratas me distraen. Tengo miedo de quedarme dormida. Prefiero esta duermevela.
-¿Y por qué no retrocede?
-Sería darme por vencida.
-¿Quiere que la acompañe?
-No.
-¿Necesita algo?
-Nada.
-Me sentiré culpable si la dejo aquí, sola, y sigo caminando.
-No se preocupe. A los solos vocacionales, como usted y yo, nunca nos pasa nada.
-¿Puedo darle un beso de adiós?
-No, no puede.
Caminó casi una hora más sin encontrar a nadie. Se sentía agotado. Le dolían todas las bisagras y el pescuezo. También las articulaciones, como si fuera artrítico.
Cuando llegó al final, había empezado a lloviznar. Se refugió bajo un cobertizo, medio destartalado. De pronto una moto se detuvo allí y cierto conocido rostro veterano asomó por debajo de un impermeable.
Era Fernández, claro, viejo amigo de su padre. El de la moto le hizo una seña con el brazo y le gritó:
-¡Don Marcos! ¿Qué hacés ahí, tan solitario?
-Eh, Fernández. No confunda. no soy don Marcos, soy Marquitos.
-En todo caso, Marquitos con Alzheimer.
-Por favor Fernández, no se burle. Acabo de salir del túnel. Lo recorrí de cabo a rabo.
-Ese túnel vuelve locos a todos. Deberían clausurarlo para siempre.
-No soy don Marcos. soy Marquitos. Justamente voy ahora en busca de mi viejo.
-Sos incorregible. Desde chico fuiste un payaso. Tomá, te dejo mi paraguas.
La moto arrancó y pronto se perdió tras la loma. Mientras tanto, en el cobertizo, sólo se oía una voz repetida, cada vez más cavernosa:
-¡Soy Marquitos! ¡Soy Marquitos!
Por fin, cuando emergió del túnel un caballo blanco, sin jinete, y se paró de manos frente al cobertizo, Marquitos se llamó a silencio y no tuvo más remedio que mirarse las manos. a esa altura, le fue imposible negarlo: eran manos de viejo.
*de Mario Benedetti, incluido en "Insomnios y duermevelas" de editorial Seix Barral.
Estación TAMBO NUEVO
*
De pequeña estatura, peinado "á la garçón" y andar sinuoso, Cecilia, docente universitaria, suele trepar todas las mañanas al tren de las 10:25 que la deposita en los concurridos andenes de la Terminal de La Plata, rodeada por una casi zoológica variedad humana que también se dirige, impasible, hacia su trabajo. Salir de la estación y llegar hasta la Universidad no es más que dar un paso; pero hasta los gestos más anodinos se transforman para ella en una insoportable avalancha de tedio.
Los anteojos negros y los auriculares del walkman clavados en las orejas son una constante en su vida. Vive escuchando música: The Cure, Peter Gabriel, Prince & The Revolution… Los libros son otra constante, que gusta de mostrar llevando bajo el brazo como si de una vitrina se tratase, siempre indagando en la obra de autores norteamericanos contemporáneos: Raymond Carver, Paul Auster, Charles Bukowski… Lecturas y sonidos: elementos indispensables para aislarla del mundo. Un mundo que insiste en rodearla con sus sutiles tragedias cotidianas, muchas veces maquilladas como azarosas e inofensivas trivialidades. Un mundo que desde hace muchos años ha quedado para ella polarizado en blanco y negro, sin matices que lo singularicen. Todo lo que lo rodea debe ser catalogado rápidamente, a fin de mantenerlo a raya, bajo control.
Porque de lo contrario, se vería arrasada por la fantasía…
Tantas veces la han juzgado sus conocidos -¿qué significará tener un amigo?- por ser contradictoria, que ya ni repara en los comentarios de los demás. Ella vive su vida sin pedirle explicaciones a nadie, y menos aún tolera que se las exijan. Ya bastante ha tenido durante su infancia, con ese padre gendarme que martirizara a su madre y a sus hermanos con sus caprichos, durante esas infinitas horas que se extendían para ellos antes y después de cenar, padeciendo los crueles efectos que el whisky operaba sobre aquel hombre sufrido y despótico a la vez; borracheras que generaban discusiones cada vez más encarnizadas entre sus padres, y las consiguientes golpizas que recibía cualquiera que se cruzara en el curso de sus etílicos razonamientos.
Ella era muy jovencita, pero hay cosas que jamás se olvidan, marcándose a fuego para siempre. Desde entonces, necesita establecer sus propios códigos, tener muy en claro por qué hace ciertas cosas, saber cuáles son sus límites, y por sobre todo, no depender de nadie. Para nada.
Pero también existe ese costado oscuro, inasible, perturbador. Varias veces se preguntó si no estaría volviéndose loca, a partir de los delirios que se le ocurren, las imágenes que surgen sin previo aviso delante de sus ojos, escenas que casi siempre llevan implícito un contenido sexual……que la sepulta de vergüenza. Situaciones inconfesas, que sólo se proyectan dentro de su cabeza, sin llegar a articularse en relato alguno, pero que más de una vez la hicieron dudar. "¿Será cierto esto que me está pasando?"
Como aquella vez que se encontró mano a mano con el Sheriff.
Había subido en la estación, como de costumbre, eligiendo un asiento decente donde aposentarse y leer tranquila "Short Cuts", de Carver, hasta llegar a La Plata, con el clásico sonido de fondo de los Rolling Stones. Pero los asientos de este lado del vagón estaban ocupados o semidestruidos, por lo que continuó pasillo arriba, hasta alcanzar el próximo tramo de asientos. Sólo que en el descanso intermedio alguien se le cruzó de improviso.
Lo primero que vio fue la camisa de jean polvorienta, la plateada estrella sobre el pecho, el enorme escudo con la bandera del General Lee en el cinturón. Sólo un instante después reparó en aquel brillante par de revólveres Smith & Wesson, un cinturón cruzado sobre otro –repletos de balas-, los pantalones mucho más sucios que la camisa, y un oscuro par de botas tejanas gastado en extremo. Al alzar la vista, por debajo de un negro sombrero Stetson, se topó con una cara cincelada en piedra, adornada por un tupido bigote gris, y poseedora de una mirada dura e inescrutable. Retrocedió un paso ante la sorpresa, suponiendo que semejante personaje se había equivocado de tren y de fecha: el Carnaval ya había terminado hacía unos cuantos meses.
Pero el hombre del Far West la atravesó con la mirada, sosteniendo en alto sus manos abiertas, por encima de las culatas de los revólveres, como si se encontrara a mitad de una desierta calle de su pueblito natal en Arizona, abrasado por el sol del mediodía, y fuese a batirse a duelo en cualquier momento contra un forajido desconocido.
-Al fin nos encontramos, muchachita -, murmuró entre dientes. -Ya era tiempo de que arreglásemos cuentas, tu y yo.
Apenas lo escuchó por encima de los acordes de "You can´t always get what you want". Cecilia supuso que aquel fantoche se equivocaba de persona, o bien había aspirado alguna línea blanca de más. Hizo una mueca de disgusto, meneó la cabeza, e intentó hacerse a un lado, a fin de evitarlo y continuar avanzando a través del pasillo. Pero el Sheriff extendió una de sus curtidas manazas, la apoyó contra uno de sus tibios pechos, y la empujó nuevamente hacia atrás.
-¡EEEH!!! ¿Qué hace??? -, estalló ella, plantándose firme, dispuesta a defenderse y arañarlo, si fuese necesario. -¿Qué le pasa? ¿Se volvió loco?
-Nadie rehúsa prestar atención a los sabios consejos del Sheriff Roy Buchanan -, masticó él sus palabras, con el acento propio de aquellas viejas películas del Far West que ella viera por televisión durante su niñez. –Pero si ello ocurre, no vamos a poder evitar tener un enfrentamiento aquí mismo.
-¡Déjeme pasar, insolente, o llamo al Guarda!!! -, chilló ella, a viva voz.
El Sheriff emitió una risa seca y carente de humor.
-¿Ese gordito infeliz de gorra verde, lentes esféricos y silbato chillón? Acabo de liquidarlo con un solo tiro antes de llegar a la estación. Su cuerpo fofo cayó a las vías con un sonido pasmoso, como una bolsa repleta de grasa vacuna.
Cecilia, advirtiendo que por allí no podría seguir, y aún humillada por la mano que aquel desgraciado había depositado con gusto sobre ella, volvió furiosa sobre sus pasos, con los dientes apretados, los puños cerrados a los costados del cuerpo, deseosa de tener cualquier arma a mano para liquidarlo, del mismo modo en que él decía haber asesinado al Guarda del tren. Pero no llegó muy lejos. La misma manaza que la humillara segundos antes descargó todo su peso sobre uno de sus hombros reteniéndola en seco.
-¿Adónde crees que vas? -, proclamó a sus espaldas, autoritario. –Nadie me desaira de esta manera. Y menos aún una jovencita engreída como tú, a quien le vendrían muy bien unas palmadas en las nalgas. Eso te gustaría, ¿verdad? Te excitaría muchísmo…
Y volvió a emitir esa risa seca, deshumanizada, cruel, al tiempo que la presión que ejercía sobre el hombro la hacía girar sobre los talones, con una fuerza tal que le era imposible impedirlo. Cecilia se desesperó, quitándose los auriculares del walkman de un solo tirón. Los Rolling Stones continuaban musicalizando su vida, ahora también para el resto del pasaje, que la miraba con curiosidad, y hasta con cierto temor.
-¡Basta, animal! ¿Quién se piensa que es para andar toqueteándome? ¡Hijo de puta! ¡Déjeme en paz!
Varias cabezas se dieron vuelta a su alrededor. Ahogados murmullos eran secreteados con miradas de reojo en su dirección. A lo lejos, un muchacho con gorrito de lana y buzo de Los Redonditos de Ricota chicaneó:
-Calláte, loca…
-Eso: ya no hagas más escándalo -, le aconsejó el Sheriff. –Y vayamos a sentarnos en aquel asiento, para que puedas quitarte las ganas, y toquetearme a mí también…
Por libidinoso que resultara el comentario, la pétrea mirada del fantoche apenas se inmutó. Cecilia pensó seriamente si aquello que tenía plantado delante sería en realidad humano, o una feroz aparición infernal. Su desbordante furia dio lugar muy rápidamente al miedo, incisivo y letal. Se estremeció de pies a cabeza, y en un rapto de lucidez, agachó el torso para evitar un nuevo ataque de aquella manaza, giró sobre sí misma, y corrió hacia el fondo del vagón, contemplada en su insensata huída por la totalidad de un pasaje absorto por completo.
-¡Ven aquí! -, ordenó el Sheriff, desenfundando veloz uno de los Smith & Wesson, y corriendo detrás suyo.
Cecilia pasó como una exhalación al lado del muchacho con el buzo de los Redonditos, sin tocarlo. Éste alcanzó a decirle al pasar:
-No corrás tanto, nena, que los del loquero ya te van a alcanzar…
Fue lo último que dijo. Al volverse hacia el pasillo, se topó de frente con el Sheriff, quien le disparó un certero balazo en la frente. El cuerpo del muchacho cayó de espaldas sobre el descanso del vagón. El Sheriff saltó por encima de él, y continuó en persecución de Cecilia, quien no dejaba de voltear la mirada por encima de su hombro, a fin de no perderlo de vista. A pesar de su creciente terror, hubo un detalle que no le pasó desapercibido: el estruendo del disparo había sonado apagado, como si hubiera explotado una bomba de estruendo muy lejos de allí. El resto del pasaje la observaba correr sin comprender nada, murmurando frases sin sentido a su paso.
Muy pronto llegó al final del vagón. Más allá de la última puerta, se extendían las paralelas viales, alejándose del tren hacia el horizonte. Ya no había escapatoria. Tendría que saltar, arriesgándose a partirse el cráneo en varias partes, o acceder sin chistar a los soeces requerimientos del fantoche…
…como cuando era una niña y permanecía acostada a oscuras, cubierta por las mantas de su cama, mientras escuchaba vociferar a su padre discutiendo con su madre, temiendo que en cualquier desliz de su violencia incontenible la matase a golpes, para luego encaminarse hacia su dormitorio, tambaleante a causa del alcohol, aferrándose a las paredes, para continuar con su tarea asesina, cegado por la frustración…
Jadeaba agitada cuando se volvió, quitándose los anteojos de sol de un manotazo. Su cuerpo temblaba de pavor, estremecida por los recuerdos y la potencia de sus propias imágenes. Extendió hacia delante el dedo índice de la mano que no sostenía los anteojos, y señaló al Sheriff, quien se acercaba a paso rápido, con el cañón aún humeante de su revólver y una mirada tan deshumanizada que le provocaba ganas de orinar. Entonces, cuando ya casi lo tenía encima, gritó:
-¡No existís, hijo de puta! ¡VOS……NO……EXISTÍS…!
Los pasajeros a su alrededor se volvieron hacia ella, temerosos. Un hombre gordo y de tez morena, quien hasta entonces, recostado contra una ventanilla, leía los resultados deportivos en el Diario Popular, le espetó:
-¡EH! ¿Qué le pasa??? ¿A quién carajo le habla? ¿Por qué no se deja de gritar de una vez, loca de mierda? Queremos viajar en paz.
Cecilia lo miró sin comprender. Varios rostros se volvieron hacia ella, unos asustados, otros burlones, los menos ofendidos. De pronto, fue como si no pudiese comprender dónde se encontraba. Tenía un pavoroso blanco en la memoria, que abarcaba los últimos minutos, desde que ascendiera al tren. Miró hacia el frente, y como era de esperar, no vio más que el pasillo vacío del vagón, con varios rostros que dejaban de prestarle la efímera atención que habían requerido sus chillidos. Darse cuenta de aquello casi le provoca un desmayo.
Arribó a la Terminal platense rígida como una estatua, aferrándose el torso en un apretado abrazo, recostada de pie contra la última puerta del vagón, oyendo muy a lo lejos los últimos acordes provenientes de los auriculares de su walkman. Los demás pasajeros descendieron sin mirarla. Finalmente, consiguió reunir las fuerzas suficientes para desplazar su cuerpo agarrotado, mover un pie detrás del otro, y descender los escalones del vagón sin caerse, aún con los anteojos en la mano, las patillas dobladas por efecto de la presión de sus puños.
Deambuló hasta la Universidad sin reconocer nada en derredor. En el bar de la esquina entró al toilette a lavarse la cara. Parpadeó delante del espejo, se corrigió el maquillaje, contempló los anteojos estropeados y reconoció necesitar los servicios de algún óptico. No podría pasarse el resto del día sin los anteojos puestos, sin filtrar la claridad de la realidad. Por lo demás, lo arreglaría como siempre…
Abrió el bolso, hurgó dentro de él hasta extraer la tableta de Rivotril, se tomó un par de comprimidos con un breve sorbo de agua, y volvió a salir a la calle. A enfrentar al mundo, como todos los días. Con la ropa un poco desprolija, eso sí, pero nada más.
Total..., nada de lo que pudiera pasarle estaba fuera de control…
*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar
SUAVE ENCANTAMIENTO*
Profundos y plenos
cual dos graciosas, breves inmensidades
moran tus ojos en tu rostro
como dueños;
y cuando en su fondo
veo jugar y ascender
la llama de un alma radiosa
parece que la mañana se incorpora
luminosa, allá entre mar y cielo
sobre la línea que soñando se mece
entre los dos azules imperios,
la línea en que nuestro corazón se detiene
para que sus esperanzas la acaricien
y la bese nuestra mirada;
cuando nuestro "ser" contempla
enjugando sus lágrimas
y, silenciosamente,
se abre a todas las brisas de la Vida;
cuando miramos
las cenizas de los días que fueron
flotando en el Pasado
como en el fondo del camino
el polvo de nuestras peregrinaciones
Ojos que se abren como las mañanas
Y que cerrándose dejan caer la tarde.
(1904)
*de Macedonio Fernández
Textos Selectos Ed. Corregidor 1.999
*
“No sólo de pan vive el hombre……también come carne”, ironizaba Julián Bustos mientras el último ternero culminaba de trepar al último vagón jaula de “FÉNIX”. El cargamento debía llegar esa misma noche a Mercedes, ya que desde allí partirían con rumbo urgente, aunque desconocido para Bustos. Más allá de donde finalizara su misión, el destino del ganado en pie sólo era determinado por los responsables del frigorífico “Santa Anita”, quienes aguardaban con ansia aquel lote de vacunos desde hacía ya tres infinitos días.
Los terneros se agitaban inquietos a bordo de los tres vagones jaula, pero con el correr del tiempo Bustos ya se había acostumbrado a ese detalle. Con lo que no se podía familiarizar era con expresiones taciturnas y distantes como las que esa tarde presentaba el maquinista titular de “FÉNIX”, un Leandro Benítez apagado y acaso rencoroso. Bustos había oído como al pasar que Benítez la “venía piloteando” bastante mal desde hacía un par de meses, cuando comenzaron a investigarlo por un crimen que parecía no haber cometido, vinculado con su trabajo……pero que nunca se aclaró del todo. Sus compañeros habían ido apartándose de su lado, y Bustos sentía hasta cierta piedad por el pobre tipo. Sin embargo, ello no impedía que su talante sombrío le inspirara cierto temor, que crecía a medida que compartían las horas transcurridas durante los transportes.
Eran pasadas las siete cuando la formación reanudó la marcha hacia Mercedes, luego de una breve parada en Estación Pergamino. La tarde tenía un neto corte primaveral. Y Bustos disfrutaba en silencio del paisaje, mientras cebaba unos regios mates, que Benítez aceptaba sin despegar los ojos de la vía, ni acotar palabra alguna.
Lo hechos que se sucedieron a partir de la mitad del trayecto le evocaron a Leandro Benítez la siniestra repetición de una escena traumática, que lo obligó a renunciar a su puesto sin titubeos, y a Julián Bustos lo embargaron de un miedo y una indignación que –a pesar de haberlo intentado infructuosamente- no se le borraron durante lo que le quedó de vida.
Lo primero que vieron, al doblar una curva, fue un par de vetustas y oxidadas camionetas Dodge que apenas si podían moverse, cruzadas sobre los rieles. Benítez movió la palanca con destreza, deteniendo a tiempo a “FÉNIX”, haciendo chirriar los frenos con un estallido de chispas. La locomotora se quejó en un último estertor al detenerse, rozando apenas con su enorme parachoques uno de los abollados flancos de las camionetas.
-¿Pero quién mierda……? -, estalló Benítez, despertando de su letargo.
No consiguió terminar la frase. Una impensada horda de indigentes, entre quienes se hallaban varias decenas de infiltrados, evidentes punteros políticos que comandaban su errático y famélico accionar, surgió de la densa arboleda que se erigía sobre una de las cunetas y saltó hacia la formación armada de filosos cuchillos, trepando hacia los vagones jaula en medio de un colosal griterío de guerra, algunos con increíble agilidad, otros con notorias dificultades en la locomoción, producto de una vida plena de privaciones y falta de atención médica. Rostros desencajados, pieles escamadas, bocas desdentadas, miradas alucinadas… Todos ellos parecían vampiros, aunque sin la menor cuota de palidez, ávidos de sangre……y de carne, a fin de llevarse codiciosos hacia la olla o la parrilla. El ganado olfateó el peligro en el ambiente y comenzó a mugir desesperado, pataleando contra los flancos de los vagones y haciendo vibrar la formación, que al ser abordada por la horda amenazó con volcarse y descarrilar, arrastrando a “FÉNIX” consigo.
Bustos se asomó a la ventanilla de la locomotora sin conseguir articular palabra, estupefacto, dejando caer el mate recién cebado al piso de la cabina de “FÉNIX”, intimidado ante tamaña aparición espectral. Sabía que su misión era proteger el cargamento vacuno de cualquier contratiempo, pero jamás lo habían preparado para repeler un ataque como aquél, y menos aún había podido imaginar por su cuenta algo por el estilo. Así como nunca se había sentido tan impotente frente a una situación de peligro como en aquél momento. Benítez, por su cuenta, reaccionó de manera inversa; con el pavoroso recuerdo del frustrado asalto de la caja fuerte británica del siglo pasado delante de sus ojos, se desbordó de furia, no tanto frente a la injusticia de aquel acto –su responsabilidad lo limitaba exclusivamente a conducir la formación hasta destino-, como ante su propia frustración, y el funesto panorama que inconscientemente avecinaba para sí mismo.
-¡Loco!!! ¿Qué mierda se creen que están haciendo!!! -, chilló desde uno de los balcones laterales de “FÉNIX”, dando un par de pasos hacia la multitud, que ni siquiera lo oyó.
-Quedate piola, chabón, que la cosa no es con vos -, le indicó a escasos cinco metros sobre la cuneta un tipo grueso, con una visera de la Municipalidad de Mercedes calzada hasta las cejas, mientras sopesaba un enorme palo entre sus manos, a manera de garrote.
-¡Pero me están cagando el laburo!!! -, protestó Benítez, deseoso de sacarse de encima con sólo chasquear sus dedos a toda aquella gentuza.
El tipo no le contestó, ni dejó de izar y dejar caer el garrote sobre su palma izquierda, mientras contemplaba parsimonioso el vibrante y efusivo accionar de la gente que habían trasladado hacia allí desde territorios no tan vecinos. La emboscada había sido todo un éxito. Quizá, todo respondiese a un brutal política asistencialista suscripta por el municipio –o por la provincia toda, quién sabe…-; sólo que esta vez no les regalaban empaquetada la carne para el guiso o el asado, sino que se la tenían que procurar de inmediato por sus propios medios…
Los chillidos de los animales, así como de los hombres y las mujeres que asestaban cuchilladas a diestra y siniestra, parecían similares. La ferocidad de aquel ataque parecía denotar algo más que hambre; se asemejaba más a una venganza muda, cuyo destinatario principal ni siquiera era una persona o una corporación. El tren no hacía más que vibrar; varios terneros agonizantes trastabillaban y caían sobre el suelo irregular, cruzado por las vigas de acero de todo vagón jaula, generando temblores y estruendos que le ponían al maquinista y al encargado del frigorífico los nervios de punta. Luego de unos minutos, comprobaron que varias mujeres ensangrentadas se alejaban de la escena munidas por toscos trozos de carne faenada, aún con el peludo cuero pegado sobre sus costados. La sangre vacuna se derramaba indolente sobre los enrejados flancos de los vagones jaula, cayendo sobre los cantos rodados de la vía con un sello ciertamente horroroso.
Entonces, cuando la masacre parecía haber alcanzado su punto de mayor fragor, con el primaveral aire de la tarde impregnado por el fétido olor de la muerte -coronado por el de la sangre, el miedo y la bosta-, una abominación mayor tuvo lugar ante los incrédulos ojos de Julián Bustos y Leandro Benítez.
Los ángeles vengadores del sistema surgieron casi de la nada, sin que nadie reparase en su existencia, sobre la explanada opuesta a la arboleda. Cubiertos por el más cómplice de los silencios, habían llegado a bordo de sus patrulleros blancos y azules sin encender ninguna sirena o baliza, sabedores de su impunidad. Se habían apostado en hilera, protegidos detrás de sus vehículos, todos ellos enfundados en sus uniformes oficiales, sin pronunciar palabra, ejecutando órdenes tan precisas como los punteros que minutos antes comandaran el asalto. Como dos ejércitos enfrentados -uno de ellos probablemente financiado por el frigorífico “Santa Anita”, encargado de hacer un seguimiento muy próximo al cargamento, ante los reiterados rumores de un ataque de cuatreros, según los rumores de pasillo que Bustos consiguió milagrosamente evocar en aquel instante-, aunque ambos bandos sostuvieran en alto la misma bandera de la pobreza.
Alguien gritó, de pie sobre el techo de uno de los camiones jaula, queriendo alertar a sus compañeros en el último segundo. Aunque pocos lo supieran, en la barrabrava de Boca Juniors y en su barrio platense de Los Hornos lo conocían como el Gordo Nacho, muchacho dispuesto como pocos para el desorden y el beneficio sin esfuerzo alguno; extraña clase de gato salvaje que siempre caía de pie, cualquiera fuese la situación que le tocase enfrentar. Sólo unos pocos consiguieron escucharlo, demasiado tarde para reaccionar.
En aquel último instante, lo único que consiguieron distinguir el maquinista y el encargado del frigorífico, en medio del caos y la confusión generados por el griterío humano y animal –aunque ya casi no pudiesen diferenciarse entre sí-, fue el sostenido pero breve pitido de un silbato, iniciando las maniobras consistentes en repeler a los invasores. Sólo que, evocando por su ausencia a las oscuras y anchas bocas de los lanza-gases antimotines, las decenas de cañones de pistolas y escopetas que se parapetaban detrás de los patrulleros, sumados a igual número de ojos fijos a través de sus miras sobre blancos móviles precisos, presagiaban mucho más que lo peor.
Las últimas luces de la tarde agonizaron en medio de un ensordecedor y sincopado estruendo de disparos, que vomitaron fuego y muerte a discreción sobre aquel malogrado convoy ferroviario. Cápsulas y cartuchos servidos volaron por doquier alrededor de las fuerzas del orden, impregnando el espacio de la cuneta de las vías por el acre aroma de la pólvora. Fue un fusilamiento casi a quemarropa, sin contemplaciones. Nadie preguntó ni se cuestionó nada; todos obedecieron en bloque, disparando y recargando sin pensar. Mientras sus víctimas, humanas y –por desgracia, en el fragor de la contienda- también animales, caían al suelo entre alaridos de sorpresa y de dolor, cubiertos de sangre de pies a cabeza, tajeados por las cuchilladas, agujerados por los balazos, con los brazos en alto en un inútil y postrero intento de rendición, derramando vísceras sobre cada camión jaula y los cantos rodados de las vías, implorando en vano como sus congéneres entre los desolados muros del matadero.
Bustos se arrojó al suelo de la cabina ni bien sonaron los primeros disparos, que derribaron al tipo del garrote y la visera casi de espaldas, sin que se diese cuenta que estaba muriendo, mientras Benítez se zambullía detrás del encargado del frigorífico desde el balconcito lateral de “FÉNIX”. Desesperados reptaron sobre sus vientres hasta alcanzar la puerta del otro lateral, abriéndola hacia la arboleda, donde parecían querer escapar los últimos asaltantes -entre ellos, un aterrado Gordo Nacho-, seguidos de cerca por el silbido de los proyectiles. Las balas arrancaban fragmentos de corteza de los árboles en busca de los recién fugados, mientras las fuerzas policiales avanzaban en bloque, abandonando la protección de los patrulleros sin dejar de apuntar hacia la ya abatida multitud, yendo a la caza de los escasos heridos y moribundos……y de todo aquel que pudiese oficiar como solitario pero peligroso testigo del hecho.
Varios cañones los apuntaron cuando ambos se arrojaban desde “FÉNIX” hacia la cuneta de la arboleda. Sólo una milagrosa orden del oficial a cargo consiguió salvarles el pellejo, al reconocer en el último segundo a Julián Bustos como uno de los empleados del frigorífico “Santa Anita”. Algunos uniformados se adentraron entre los árboles disparando a ciegas, mientras la mayoría de los demás se encargaban de rematar a los caídos, y los pocos restantes se ocupaban de levantar a los empujones al maquinista y al encargado, apoyarlos de cara contra el costado de la locomotora, y esposarlos, a pesar de las vacilantes y quejumbrosas quejas de Benítez, sin apartar de sus cabezas los humeantes cañones de las armas.
Bustos se apoyó de espaldas contra la locomotora, dejándose caer al suelo hasta quedar sentado sobre el canto rodado, y vomitó hacia un costado, orinándose al mismo tiempo en los pantalones. Benítez temblaba, manteniéndose apenas en pie, con la mirada perdida a fin de evitar contemplar el rostro del horror, y el semblante desolado frente a su incierto futuro. Más allá, los últimos terneros mugían en estridente agonía, erizándoles la piel. Y decenas de cadáveres teñían de rojo la pampa húmeda.
Los orificios de bala de distintos calibres permanecieran sobre el lateral de “FÉNIX” durante el resto de su campaña ferroviaria, como cruel y mudo testimonio de aquella tarde de masacre. Sus eventos jamás se dieron a conocer en los medios de prensa, y sólo un par de aterrorizados testigos recordaron por siempre, aunque incapaces de relatarlos ante auditorio alguno.
“No sólo de pan vive el hombre……también come carne”, recordó –muchos meses después, con unas cuantas copas encima- haber pensado aquella misma tarde, como en un sueño, antes de emprender el viaje, el empleado Julián Bustos. “Carne de res faenada”, musitó con un inconfundible vaho etílico, sobre una anónima mesa del restorán “Fronteras”, antiguo boliche de los que se apeaban en la Estación Tambo Nuevo, dos o tres décadas antes; “carne que nos alimenta a todos, y que nos acostumbramos a comer desde bien chicos”.
Aunque, claro, rara vez esa carne faenada con la que se alimenta una nación… termine siendo humana.
*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar
Perdido*
*de Haroldo Conti
El tren salía a las ocho o tal vez a las ocho y media. Recién diez minutos antes enganchaban la locomotora pero de cualquier forma el tío se ponía nervioso una hora antes. Todos los del pueblo eran así. Apenas llegaban y ya estaban pensando en la vuelta. Su padre había hecho lo mismo. La mitad del
tiempo pensaba en las gallinas, que comían a su hora, o en el perro, que había dejado en lo del vecino. Para el, Buenos Aires era la Torre de los Ingleses, Alem, la avenida de Mayo y, por excepción, el monumento a Garibaldi, en Plaza Italia, porque la primera vez que vino, con la vieja, se extraviaron y fueron a parar allí. Se sacaron una foto y el tipo de la máquina los puso en un tranvía que los llevó a Retiro. De cualquier forma llegaron una hora antes y con todo estaban tan excitados que casi se meten
en otro tren.
Mientras cruzaba la Plaza Británica con aquella torre que de alguna manera presidia su vida, vista o entrevista a cualquier hora del día en que pisó Buenos Aires, y luego los años y toda la perra vida, y ahora esa vieja tristeza que le nacía de adentro, bueno, y la torre siempre alli como el primer día. Mientras cruzaba la plaza, pues, vió al tío por anticipado en un rincón del hall del Pacífico (ellos todavía decían Pacífico) encogido dentro del sobretodo que olía a tabaco, con la valija de cartón imitación cuero a un lado y un montón de paquetes sobre las rodillas, manoseando el boleto de segunda dentro del bolsillo para asegurarse de que todavía seguia allí.
Lo había llamado dos o tres veces desde el hotel Universo pero él estaba fuera y la muchacha entendió las cosas a medias. Después trato de llegar hasta la casa, a pie, por supuesto, pues los troles y los colectivos lo espantaban. Se había extraviado en algún punto de Leandro Alem y antes de perder de vista la Plaza Britanica prefirió volver a Retiro y esperar el tren.
Hacía un par de años que Oreste no veía al tío pero estaba seguro de encontrarlo igual. La misma cara blanca y esponjosa salpicada de barritos y de pelos con aquellos ojos deslumbrados que se empequeñecían cuando miraba algo fijo, el moñito a lunares marchito y grasiento, el mismo sobretodo
negro con el cuello de terciopelo, el chambergo alto y aludo que se calzaba con las dos manos y el par de botines con elásticos.
La estación Pacífico se había empequeñecido con los años. Eso parecía, al menos. En realidad era un mísero galpón con un par de andenes mal iluminados. En otro tiempo, sin embargo, veía todo aquello coloreado por una luz misteriosa. La propia gente estaba impregnada de esa luz. Era espléndida, leve y gentil, como si no fuera a cambiar ni a morir nunca y la estación lucía como un circo. Pero la gente había cambiado de cualquier forma y la vieja estación Pacífico lucía ahora como lo que era, un misero
galpón de chapas lleno de ruidos y olor a frito.
Vió al tío en un banco, debajo del horario de trenes. Parecía muy pequeño e insignificante. Tenía las manos metidas en los bolsillos, las piernas bien juntas, un paraguas sobre las rodillas y la mirada perdida en el aire.
Miraba en su dirección pero no lo veía. No veía nada.
Reaccionó cuando lo tuvo delante. --¡Oreste!
Se abrazaron y se besaron, de acuerdo a la vieja costumbre. Oreste dejó que el tío lo palmeara un buen rato. Tenía ese olor familiar, un olor masculino que evocaba a aquellos hombres reservados de su infancia que le sonreían, con breve indulgencia, como el tío Ernesto, grande como un ropero y delante del cual tragaba saliva invariablemente, o el gran tío Agustín, la única vez que lo vió el día que vino de Bragado en aquel Ford A con cadenas que echaba una nube de vapor por el gollete del radiador, o al propio tío Bautista cuando era el mismo por entero y no apenas esta sombra.
Se apartaron y el tío pregunto sin soltarle los brazos:
-¿Cómo va? --Bien, bien.
Se miraron y sonrieron un rato y después se volvieron a abrazar.
--¿Y usted, que tal? --Bien, bien.
--¿La tía?
--Y, bien.....
Le puso una mano sobre un hombro y lo miró largamente. Oreste sonrió despacio. Estaba acostumbrado a aquel estilo.
--¿A qué hora sale el tren? --A las ocho y media.
--Son las siete y cuarto. Vamos a tomar algo.
--No... mejor nos quedamos aquí. ?A dónde vamos a ir? Entre que arriman el tren, y enganchan la locomotora se va el tiempo.
Sí, pero nosotros no tenemos nada que ver en todo eso. Vamos.
--¿Y a dónde? No hagas cumplidos conmigo, hijo.
Estuvieron forcejeando un rato hasta que por fin lo convenció y se metieron en el bar de la estación. Consiguiercn un lugar desde el cual, a través de una perspectiva complicada, veían un pedazo del andén número 4.
Oreste pidió hesperidina y el tío, a fuerza de insistir, un Cinzano con bíter.
--¿Cómo se largo hasta aquí?
--Eh!... hacia tiempo que lo tenía pensado.
El tío miró el reloj del bar y puso cara de espanto.
--Esta parado --dijo Oreste sujetándolo por un brazo.
No parecía convencido. Saco y examinó el viejo Tissot con agujas orientales.
--¿Que te decía?... oAh, si! Vine a ver a mi primo, Vicente. Hacía seis años que no lo veía. Somos del mismo pueblo, Baigorrita. Le estaba prometiendo siempre. Que hoy, que mañana. Sorbió un traguito de Cinzano.
--Esta viejo. Casi no lo conozco.
Permaneció un rato en silencio con el mismo gesto abstraído que tenía cuando esperaba en el hall.
--¿Que tal? ¿Como va eso?--volvió a preguntar con desgano.
--Bien, bien.
--¿Se progresa?
--Se progresa.
Se miraron con afecto, sonrieron y callaron.
El tío había sido siempre así. El tío y todos ellos.
--Traje una punta de encargues. La tía me pidió unas latas de "Sal de Hunt". Hace mas de un año que anda detrás de eso. Fui a buscarlas a Junín hace dos meses. No... en noviembre. Hace cuatro meses.
--¿Para qué sirve? ,
--Para el estómago. Es una gran cosa. La gente toma ahora toda clase de porquerías, pero ésto es realmente bueno.
Silbó una locomotora y el tío se alarmó.
--Falta todavía.
Volvió a mirar el reloj y sorbió otro poco de Cinzano.
--Bueno, fui a la Franco-Inglesa y conseguí todo lo que quise. Le mostré el tarrito al tipo y me dijo: "¿Cuantos quiere?". Apenas lo miró. ¿Te das cuenta?
Dentro de un rato iba a desaparecer en la ventanilla de un vagón de segunda y no lo vería hasta dentro de cuatro o cinco años. Había otros cinco antes de ahora. Su viejo desapareció así un día y no lo vió más.
--¿Qué tal todo aquello? --preguntó Oreste después de un rato.
Todo aquello. Era un roce lastimero, un crepitar de años envejecidos, una pregunta hecha a si mismo, a un negro hoyo de sombras.
--Igual.
--¿Los muchachos?
--Siempre igual.
Callaron otra vez.
El tío hizo girar la copa y sorbió el último trago.
--¿Qué hora es?
--Las ocho menos cuarto.
El tío saco el reloj y lo observó inquieto.
--Casi menos diez. ¿Vamos?
Oreste dudó un rato.
Vamos.
Estaban enganchando la locomotora. El tío recogió los paquetes y la valijas y comenzó a caminar apresuradamente hacia el andén número 4. Parecía haberlo olvidado.
Oreste trató de tomarle la valija y el tío lo miró con extrañeza.
--Está bien, muchacho. No te molestes.
--Déle saludos a la tía. A todos.
--Gracias, querido. Gracias.
Corrieron a lo largo del tren tropezando con los tipos de segunda que corrían a su vez como si la estación se les fuera a caer encima y metían por las ventanillas los chicos o las valijas para conseguir asiento. El tío trepó a uno de los vagones cerca de la locomotora y al rato sacó la cabeza
por una ventanilla.
--¿Cuándo vas a ir por allá -preguntó mirando mas bien a la gente que se apiñaba sobre el andén.
--Apenas pueda.
--Tenés que ir, eso es. ¿Cuándo dijiste?
--Cuando pueda.
El tío se apartó un momento para acomodar la valija. Después se sentó en la punta del banco y permaneció en silencio.
Se miraron una vez y el tío sonrió y dijo:
--¡Oreste! . . .
Él sonrió también, desde muy lejos, al borde del andén.
Sonó la campana y el tío asomó apresuradamente medio cuerpo por la ventanilla.
--¡Chau, querido, chau! -dijo y lo besó en la mejilla como pudo.
Trató de besarlo a su vez pero ya se había sentado.
El tren se sacudió de punta a punta. El tío agitó una mano y sonrió, seguro.
Oreste corrió un trecho a la par del tren. Corría y miraba al tío que sonreía satisfecho, como aquellos hombres de la infancia.
Luego el tren se embaló y Oreste levantó una mano que no encontró respuesta.
*Del libro "Con otra gente", © Centro Editor de América Latina, 1972
-Fuente: http://ferrosur.iespana.es/ferrosur/perdido.html
Correo:
Amigos del Ferrocarril al Servicio del País.
En el marco de “los 150 Años del Ferrocarril en la Republica Argentina” AFESEPA tiene el agrado de Invitarlo a participar de las: 1ras. JORNADAS: EL FERROCARRIL EN LA RECONSTRUCCIÓN DE ARGENTINA
29/06/07 de 16 a 20.30 hs. y 30/06/07 de 09 a 13 hs., en el Auditorio del C.P.C. Centro América - Juan B. Justo 4300 de la Ciudad de Córdoba
PROGRAMA DE ACTIVIDADES
Viernes 29 de Junio
16 hs. Acreditaciones –
Visita MUESTRA FOTOGRAFICA FERROVIARIA (del Fotógrafo Nicolás Castiglioni)
17 hs. Acto Apertura a cargo del Subsecretario de Descentralización Municipal – Sr. Ricardo Aizpeolea y del Director del CPC Centro América “Lic. Alejandro Crosse”
17.15 hs. AFESEPA Expone – “El Ferrocarril en el Plan Nacional, Multimodal, Integrado de Transporte” a cargo del Arq. Eugenio Beccari (miembro Fundador de AFESEPA – ex ferroviario del Distrito Vía y Obras Córdoba del ex FF.CC. Belgrano ).
Síntesis: En el contexto de un sistema de transporte Nacional en emergencia vial (rutas saturadas – altas tasa de accidentes – consumos excesivos de hidrocarburos – etc), son indicadores de lo que tendremos en el futuro. Por ello presentamos, este Plan Nacional de Transporte, con sus subsistemas integrados y coordinados.
18.00 hs. Coffe Breack
18.30 hs. “EL FERROCARRIL: SU IMPORTANCIA EN EL DESARROLLO NACIONAL” Expone: Juan Carlos Cena – de Buenos Aires - Fundador de MO.NA.RE.FA Movimiento Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles Argentinos – ex ferroviario
Síntesis: El transporte en la Argentina, sus falencias, la participación del Estado nacional y como fue incidiendo en la realidad del transporte en general y de los ferrocarriles en particular.
La competencia del auto transporte automotor, es el eje central para entender el desguace de nuestra red ferroviaria. Las desventuras de la nacionalización. Las consecuencias de la política de transporte de los 90. el regreso de los ferrocarriles de la mano del banco mundial, en los tiempos actuales.
19.30 hs. Puesta en Común de Testimonios – Experiencias – Opinión – Historia. De los participantes de las Jornadas.
20.00 hs. Proyecto Ramal A1: Córdoba – Cruz del Eje - TREN DE LAS SIERRAS. Expone: José Ignacio Córdoba – miembro Fundador de AFESEPA – ex ferroviario del Distrito Vía y Obras Córdoba del ex FF.CC. Belgrano.
Síntesis: Este Proyecto pretende ser un Aporte a la Inversión que la Nación tiene previsto realizar en el Ramal A1. En este sentido, Advertimos antes que se realice tal inversión. Que estamos frente a una inmejorable oportunidad de reconstruir en función del contexto de la Región a futuro y de la interconectividad que este Ramal no tiene.
30 de Junio
09.30 hs. – Estado de Situación de los Ferrocarriles en la Actualidad – Accidentes. Expone: Juan Carlos Cena – de Buenos Aires - Fundador de MO.NA.RE.FA (Movimiento Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles Argentinos)– ex ferroviario
Síntesis: Informe de los resultados desde las privatizaciones hasta la actualidad.
10.40 hs. – La Frustración del transporte ferroviario en las Provincias de La Rioja y Catamarca – Expone: Pedro Solaum – de La Rioja -miembro de AFESEPA – ex ferroviario – Coordinador Zona Tucumán – Jefe de Distrito de La rioja – de Chaco y de Formosa.
Síntesis: Informe de Situación del Transporte Ferroviario en las Provincias con mas riqueza minera de Argentina.
11.00 hs. Coffe Breack
11.30 hs. Puesta en común de Testimonios Experiencias – Opinión . Historia. De los participantes en general de las Jornadas.
12.00 hs. El Ferrocarril Interurbano para la ciudad de Córdoba y su Area Metropolitana. A cargo del Arq. Eugenio Beccari -(miembro Fundador de AFESEPA – ex ferroviario del Distrito Vía y Obras Córdoba del ex FF.CC. Belgrano ).
Síntesis: El transporte en la ciudad de Córdoba, y su Area Metropolitana - tiene el agravante de una ciudad con gran crecimiento demográfico en un futuro inmediato. Situación que implica Planificar un Sistema Ferroviario
13.00 hs. Acto Homenaje a los 150 años del Ferrocarril en Argentina y de Cierre de las Jornadas.
-Maestro de Ceremonia: Carlos Antonio Monteros – de Tucumán – Geólogo – Espec. En recursos Hídricos – ex ferroviario en Tafi Viejo – Tucumán.
Los miembros de AFESEPSA, Agradece a las Autoridades y Personal del CPC Centro América por ceder este espacio para estas Jornadas – que se proponen ser un espacio de Aporte para nuestra Patria. -
Integran AFESEPA: Norma H. Romano, ex ferroviaria, el Geólogo Horacio Corbaglia, ex ferroviario – el Prof. Sociólogo Claudio Hausa, aficionado, de Buenos Aires, el Ing. Julio Zorn, ex ferroviario – el Arq. Eugenio Beccari – ex ferroviario – el Tec. Luis Reginato, ex ferroviario – el Sr. Luis Ramon Frias, ex ferroviario – jefe de Distrito en la Prov. De San Luis – Linea ex San Martín – el Sr. Jose Ignacio Córdoba, ex ferroviario – el Ing. Martín Testani, aficionado , de Buenos Aires – el Sr. Pedro Solaum, ex ferroviario, Coordinador de Zona Tucuman, Jefe de Distrito en La Rioja, en Chaco y en Formosa, ex Linea Belgrano, el Geólogo Carlos A. Monteros, ex ferroviario de Tafi Viejo Tucuman y el Tec. Ramón Romualdo Pérez ex ferroviario y personal de la (Dirección de Fiscalización) Secretaria de Transporte de la Nación.
Consultas:
Ramón Romualdo Pérez mail: rromualdop@hotmail.com
Secretario AFESEPA - Tel.0351 4921875 156838043
Jose Ignacio Córdoba mail: afesepa@hotmail.com
Director AFESEPA Tel.0351 4783427 156610719
*
Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 1 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM o 97.3 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música antigua brasilera interpretada por el grupo Quadro Cervantes. Las poesías que leeremos pertenecen a Oscar Ángel Agú (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
Enviar los escritos al correo: inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
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Thursday, June 28, 2007
Monday, June 18, 2007
ESTACIÓN PERGAMINO.
INVENTREN
Un viaje de literatura y noticias por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar
Mi padre*
El silencio de la noche
juega con mis pensamientos
y dibuja en el aire
el nombre de mi padre.
Una sonrisa ilumina mi rostro
cuando regresa su alma
por un sendero florido
con aroma a sueños.
Me salpican los recuerdos,
su figura se aproxima,
el brillo enciende sus ojos,
late fuerte mi corazón.
Sus manos me acarician,
su voz me inunda de magia,
una lluvia de amor
cae sobre mi ser.
Entre lágrimas y risas
disfruto sus cálidos abrazos,
la hermosa luna me espía
y comparte mi alegría.
*de María Griselda García Cuerva. mg_cuerva@yahoo.com.ar
Estación PERGAMINO
1*
Soñaba que estaba en una estación de trenes, desnuda y ansiosa por conocer distintas estaciones: Comencé a mirar los carteles y curiosa leía: locura, destino, mujer, hombre, padres, hijos, alegrías, amor, melancolías, soledad, matrimonio, esclavos, creación, felicidad.
No sabía que dirección tomar y estaba convencida que quería viajar a todos esos lugares. Por lo cual, decidí sacar un abono y me dirigí a la boletería, allí estaba un Sr., serio, circunspecto y de pocas palabras, que vendió las series con discreción. Quise preguntarle como empezar mi aventura, pero su indiferencia me inhibió tanto, que no me animé a interrogarle.
Así, me dirigí al tren, bastante insegura y ... comenzó la travesía y sin pensar demasiado, me entregué al recorrido mirando por las ventanas del enigmático convoy. Había muchos pasajeros: hombres, mujeres y niños. También ancianos que les costaba mucho estar de pie, llevaban sus años en sus maletas, de cuero manchadas, pero con dignidad.
No sabía donde bajarme y en estación locura me quedé.. Haciéndome la valiente comencé a deambular sobre la acera, inquieta por la suerte que me podría tocar. Caminando despacio observé seres que detrás de sus espaldas tenían alas de verdad, no podía creer lo que mis pupilas veían y asombrada estaba a punto de gritar, no comprendía por qué en esa ciudad
Estaban los locos con su capacidad de volar. Pero no podían hacerlo, sus alas estaban atadas con una camisa de fuerza, quizás de tanto remontar. De inmediato giré asustada, horrorizada, alguien en mi espalda puso su mano y me dio tal susto que por poco me caigo. Se acercó un hombre joven, de piel blanca y de ojos grises y susurró a mi oído, hija, aquí no te quedes , es macabro este lugar. Toma el tren para otro lado no te quedes, te podés contagiar. Así , fui corriendo a la terminal y esperé a que el transporte me dejara en otro paraje. Nuevamente subí y me senté en un vagón insegura, pensando a dónde podía parar, cuando se detuvo en melancolías - como siempre- entrometida, salté y me quedé. Era un paraje de tinieblas, no tenía miedo, estaba la calle tan gris, que mis zapatos se empezaron a humedecer, aparecí. Parecían derretirse en ese humo pegajoso, no me gustó. Me fui casi sin respirar. No quería empaparme de ese vaho que paralizaba mis pulmones. Nuevamente fui a buscar el ferrocarril . Tenía boletos de sobra.
Cuando llegó, ya sabía donde me iba a quedar, cuando vi el letrero de hombres, agitada me lancé a las veredas. Me dije, esta es mi oportunidad. Que contenta estaba: había tantos para elegir: morochos, rubios, pelados, altos, con guita, deportistas, se me hacía agua la boca...de mi cartera saque un espejo y delineé mis labios con sabor rojizo, estaba sonriente y dispuesta a acercarme a un morocho de barba, muy elegante, muy atractivo, pero al descubrir mi intención me sentí presa de una inocente cobardía y me dije: aún no estás preparada, ándate no busques en él lo que no encuentras en vos. Y me fui, cabizbaja hacia otra cuidad.
En las vía férreas , encontré nuevamente al vendedor de pasajes, el mismo individuo que parecía tan tranquilo, le inquirí cual era el mejor pueblo para mí, pero no contestó mi pedido. Desanimada emprendí mi traslado, subí al coche, expectante y comprendí que debía elegir sola mi rumbo. El vehículo se puso en marcha y me quedé dormida, en ese sopor que te envuelve pero que te permite estar consciente de lo que ocurre. Estaba recorriendo mi historia en pocos segundos, pasaban los paisajes de la niñez, como si estuviese viendo una película, veía a mi abuela con sus ojos tan celestes que tanto amaba, mi perra collie que corría por el césped jugando a las escondidas, mi cara era regordeta y tenía un hoyuelo en la mejilla derecha, que la hacía re simpática. Así fui transitando mi adolescencia, repleta de amigas y de amigos y novios que bailábamos abrazados con la música de los Beatles o Gary Cooper y de Unión Caps, que linda manera de conocernos y empezar a sentir el amor. La que no tenía novio estaba fuera de onda. . Me despertó el guarda en el paraje Mujer. Bajo empujada, apresurada y cuando llego al sitio encontré un montón de maniquíes que no me gustaron. Me fui a quejar a la oficina de turismo y el mismo Sr. (El de la boletería) me indicó con una seña, que me dirigiera a un lugar cerrado . Cuando llego al lugar, me sorprendió la calidad del silencio. Pensaba que habría mucho bullicio, pero me confundí. Abro la puerta de entrada y al pasar encuentro un salón de espejos, intrigada comencé a mirar y lo único que veía era mi cuerpo, reflejado en uno, en dos en diez y en mil retratos. Estaba de frente, de costado, de atrás , alta, gorda, petisa. Que diablos hacía allí? Estaba confundida, perpleja, donde estaban las mujeres? Me habían estafado? Me quedé quieta y lentamente intente Mirar las imágenes que amanecían de a mil. Quién era esa que estaba enfrente de mí? Y las otras? Tenían mis colores de ojos, mis cejas unidas, mi pelo lacio y suave como la pluma de un cisne, estaba absorta observando mis diferentes facciones y facetas de mujer. Cómo podía hacer una sola? Miraba por sobre mis hombros y en cada pestañear encontraba una cara nueva, como las facetas de un diamante en bruto. Emocionada miraba mis ojos verdes, que se llovían celestes y grises y veteados de miel. Eran tan bellos, tan intensos resplandecía tanta luz que me hizo sentir el amor. Habrá pasado un minuto, una hora, no interesaba cuanto tiempo, había descubierto en ese espacio la delicia de ser yo. Me convencí pellizcando mis pierna. Me fui, no llevaba nada más que esa sensación de concebirme mía, no quería seguir andando. Me dirigí a la calle y estaba el Sr., de los boletos, era mi analista, que sonrió al verme vestida de mujer.
*de Azul. azulaki@hotmail.com
2*
Hacía apenas tres días que Laurita se había mudado al campito del abuelo para transcurrir sus vacaciones estivales; y, la verdad sea dicha, ya se encontraba bastante aburrida. Pensar siquiera en las semanas que le quedaban por delante para que regresara a su casa, sólo acrecentaba su melancólico mal humor. ¿Por qué la habían castigado de esa manera sus padres, yéndose de viaje a conocer la Isla de Pascua en una segunda –y acaso vana- luna de miel, mientras ella debía padecer aquel solitario tormento? Por más que le daba vueltas y vueltas en su cabeza, a pesar de la notable inteligencia que había desarrollado para sus escasos diez años de edad, le era imposible darse una respuesta válida.
Deambulaba por los alrededores sin entusiasmarse demasiado con nada. El paisaje la fastidiaba. Extrañaba ver televisión, jugar ocasionalmente con la computadora de su hermano, encontrarse con sus amigas para escuchar música, como haría cualquier chica de su edad; o simplemente permanecer en su casa, escribiendo en su diario. Aquí, en cambio, todo obtenía un carácter soporífero. Por más que le fascinara la lectura, placer que heredara con orgullo de su padre, por el que llevase consigo de vacaciones varios libros de cuentos, y alguna que otra novela, no conseguía concentrarse para sentarse a leer -como su papá Augusto le había prometido que disfrutaría, en un último intento para convencerla de ir a pasar aquella temporada con los abuelos- trepada en las ramas del coposo árbol de la estancia, o sin concretar acrobacias, al menos entre sus mullidas raíces, cubiertas de vegetación. No había caso: el campo la deprimía.
El abuelo había comprado aquel terreno cuando su papá era muy joven, ni bien clausuraran el ramal ferroviario de trocha angosta que solía atravesar aquellos campos. Por entonces, desbordantes vagones de carga desfilaban delante de la otrora estación, edificio que actualmente constituía parte de las edificaciones de la estancia familiar. En ese sentido, su abuelo era un purista; había mantenido intacto el carácter tradicional del inmueble, conservando ciertos detalles propios como las campanas, las inscripciones en determinados carteles, las ventanillas… ¡Con decir que la antigua boletería se había transformado en su estudio particular, y la oficina del Jefe de Estación en su propio dormitorio!
Aquellos detalles resultaban por completo superfluos para Laurita. Ella era curiosa por naturaleza, aunque su atención no pudiese mantenerse en pie durante mucho tiempo. Se cansaba fácilmente de las cosas, por lo que solía aburrirse bastante seguido. Y en el campo era peor. Por eso, a los tres días de estar allí, ya había recorrido todo lo que le resultara de interés. Tendría que hallar algo que la sorprendiese de verdad, a fin de no llegar a pensar seriamente en colarse en el primer vehículo a motor que apareciese por allí, ocultarse debajo de alguna manta o cajón, y fugarse con enorme prisa hacia Buenos Aires, a la casa de alguna amiguita o pariente que la cobijara con excesiva discreción; ya vería dónde.
El hecho sorprendente llegó de la mano de Teresa, la cocinera de la estancia, mujer enorme tanto de cuerpo como de corazón. La mañana del cuarto día, al comprobar el rostro compungido y de mirada triste que Laurita presentaba por encima de la humeante taza del desayuno, Teresa se acercó hasta ella por detrás y le susurró:
-Una niña tan seria y bonita no podría andar por ahí con esa cara si supiera el secreto que yo sé…
Laurita la miró, apenas motivada frente al imaginable tedio que la aguardaba durante el resto del día. Teresa continuó:
-Y los secretos, al ser compartidos con ciertas personas especiales, se vuelven mágicos…
Aquello venció cualquier barrera de sospecha que la niña pudiese esgrimir frente a las diversas motivaciones que la entrañable mujer pudiese formularle. Y la hostigó a preguntas, sintiendo cómo se desperezaba su inquieto sentido por la curiosidad. Teresa finalmente, luego de hacerse desear durante unos minutos, le narró la antigua historia que circulaba por aquellos pagos desde hacía varias décadas.
A escasos doscientos metros de la casa, donde las densas ramas de los árboles crecieran formando una protector túnel vegetal, se extendían en el pasado los rieles de la trocha angosta del antiguo ferrocarril. Y allí mismo, un tiempo después de haberse cerrado aquel ramal, comenzaron a ocurrir cosas muy extrañas. Misteriosas luces que se veían en las noches de luna llena, distantes silbatos de tren, locomotoras que aceleraban en medio de la noche… La peonada siempre se asustaba hasta los huesos cuando despertaba del sueño a causa de semejante presencia, y todos afirmaban que un tren fantasma surgía del olvido, negándose a detener su marcha, a pesar de las decisiones humanas. Sólo algunos valientes podían acercarse y jactarse de haberlo visto. Pero para ello, había que llegar hasta el lugar de la mano de alguien que supiera las palabras mágicas para convocar a los espectros…
-¿Y cuáles son? -, exclamó Laurita, olvidada del desayuno, con la mirada fascinada por completo al escuchar atentamente a Teresa.
-Hay que pararse debajo de la Cruz de San Andrés y repetir las palabras mágicas que rezan en ella, haciendo caso de cada una de sus advertencias. Pero una niñita de ciudad como vos no tendría que ir sola. Podría acompañarte yo, en una de estas noches. Claro que, mientras esperamos el momento de ir, vos a cambio podrías ayudarme con algunas cosas que tengo que hacer en la estancia. Juntar los huevos en el corral, por ejemplo…
Con ello, Teresa consideró que la mantendría ocupada durante unos días, a fin de que fueran pasando las vacaciones, retrasando la fecha del futuro encuentro espectral. A Laurita, en cambio, el arreglo no la convenció para nada. Sin embargo, ya conocía el hecho fundamental: el corazón del secreto, y la clave para acceder a él. Y había diseñado su propio plan. Sólo hacía falta que se hiciese de noche, y pudiera escabullirse sin ser vista.
La emoción la carcomió durante toda esa tarde. Las horas se demoraban pegajosas sobre la esfera de los relojes, y a diferencia de lo que Teresa se esperase, la niña no volvió a abrir la boca respecto de aquel tema. La mujer creyó al caer el sol que su estrategia de entretenimiento no había dado resultado, y no volvió a mencionar el tema.
Laurita, en cambio, aguardó hasta que todos se hubieran acostado, y ni bien dejó de escuchar los habituales ruidos que realizaban sus abuelos por las noches, se escabulló fuera de la habitación en puntas de pie, abrigándose con un saco abierto por encima de su camisón, calzada con sus resistentes ojotas todo terreno, y salió de la casa por la puerta de la cocina. Una vez que se hubo alejado unos metros de la casa, encendió la pequeña linterna que se había traído de Buenos Aires, y caminó sin prisa hacia la enramada, bajo la tenue mirada de las estrellas.
Soplaba una fresca brisa que agitaba levemente las ramas de los árboles. Aquel rumor la inquietaba, aumentando la sensación de soledad que experimentaba de golpe, aunque al mismo tiempo la impulsara hacia la aventura; como si lo desconocido muy pronto le deparase una sorpresa inimaginable. Avanzó entre los pajonales y los ruinosos restos de la vía, carcomida por el óxido y casi sepultada por el polvo acumulado por los años, hasta detenerse delante de la antigua señal, cuyo poste –milagrosamente- aún se conservaba de pie.
Aquello debía haber sido un paso a nivel, el cruce entre la vía férrea y acaso algún camino municipal. Allí permanecía, incólume, la cruz acostada, con sus letras aún legibles, inscriptas en cada uno de sus brazos. Laurita respiró hondo, fascinada ante la perspectiva de lo siniestro; señaló con firmeza el haz de la linterna sobre la señal, confiando en realizar los pasos necesarios para convocar la presencia de los espíritus viales, y recitó en voz alta:
-“Cuidado con los trenes”……Claro que tengo cuidado, aunque ya no pasen por acá… “Pare”, estoy parada, “mire”, miro para un lado y para el otro, “y escuche”, a ver, qué se escucha……
La brisa susurró entre los árboles nuevamente, quizá remedando alguna misteriosa conversación, incomprensible para quien no supiera entender el idioma; y por un instante, más allá de los quejidos de algún cerdo trasnochado en los corrales, nada se escuchó. Laurita sintió que comenzaba a hacer frío, y se estremeció. Entonces, proveniente de territorios en extremo lejanos, creyó escuchar el agudo silbato de un tren.
Contuvo la respiración, temerosa de moverse, aunque un impulso la llevó a mirar en ambas direcciones otra vez. Sólo al reparar varias veces sobre uno de los extremos consiguió divisar, en los confines del horizonte, la débil luz amarillenta de un faro de locomotora.
Se le aceleró el corazón, y comenzó a reírse entre dientes, sin motivo, víctima de su propia travesura. El faro se acercaba muy velozmente, demasiado como para que aquella luz perteneciese a una locomotora real… Y de pronto, la brisa se transformó en un considerable ventarrón, que agitó las ramas con violencia, asustándola aún más. El viento le golpeó en la cara, despeinándola hacia atrás, obligándola a entrecerrar los ojos. Entonces, una negra e imponente locomotora, con el número 0410 inscripto en enormes caracteres blancos debajo de la ventanilla de la cabina, se le apareció delante suyo en todo su esplendor, con el ardiente vaho de su motor diesel quemándole la cara.
Laurita gritó, pero nada se oyó por encima del tronar del silbato y el chirriar de los frenos sobre unos rieles misteriosamente relucientes, extraídos de quién sabe qué otro ramal en servicio actual e ininterrumpido. El motor regulaba constante mientras la formación recorría los últimos metros hasta detenerse por completo. Y en ese último tramo de recorrido, Laurita contempló azorada el interior de los vagones.
Dentro, hombres y bestias se debatían en caótico desenfreno. Una luz espectral se derramaba sobre ellos, emergiendo sin piedad hacia aquella virgen enramada pampeana. Los caballos coceaban los asientos de madera que aún quedaban en pie, haciéndose lugar, girando sobre sí mismos, mientras los hombres, semidesnudos, con los brazos extendidos hacia delante y las caras aterradas, intentaban eludir esos briosos cuerpos, queriendo escapar de un destino prefijado de antemano. Relinchos y alaridos ensordecieron la noche, mientras una voz, amplificada por ominosos parlantes, ordenaba:
“¿Quiénes son tus compañeros, hijo de puta? ¡Hablá de una vez! ¿O querés que te hagamos un poco más de `submarino seco´? ¡Hablá!”
Un destello eléctrico. Olor a carne quemada. Y esos gritos…
La cabeza de un caballo, con los ojos desorbitados y mostrando los dientes, asomó por el hueco de la ventana faltante de la puerta más cercana a Laurita, quien temblaba como una hoja, a punto de orinarse encima, y sin dejar de iluminar con su linterna. El animal se debatía furioso, sin conseguir escapar del vagón, empujado por detrás por otro caballo, tan encabritado como él, y por algunos hombres, pálidos y barbados, algunos “tabicados” con sucios trapos, surgidos casi como de las imágenes en sepia de un sórdido campo de concentración. Entonces, aún sin comprender la totalidad de lo que ocurría delante de sus ojos, Laurita observó que el caballo se retiraba, y que los bordes de aquel hueco del ventanal comenzaban a derramar un líquido oscuro pero brillante: sangre.
Y antes de que ella respirase lo suficiente como para lanzar el alarido, la siguiente aparición la dejó sin aliento.
Forcejeaba con uno de aquellos hombres, intentando que volviera a meterse dentro del vagón. Pero su silueta era inconfundible. Y al reparar en su presencia, luego de dominar al pobre infeliz, la miró de frente, con expresión de reproche, y absoluta firmeza en la voz al exclamarle:
-“¿Qué estás haciendo acá vos???”
Y Laurita, antes de huir aterrada hacia la casa, estremecida por la inexplicable presencia de Augusto, su papá, a bordo de aquel funesto tren fantasma, chilló…
Treinta años después, un alarido similar brota de sus labios -dando comienzo a un cíclico insomnio que se prolongará durante semanas- al sentarse de golpe sobre su cama, respirando agitada, rodeada de silencio y de penumbras, mientras los fantasmas que acudieron aquella noche bajo la enramada, como mudos testigos de …¿un país que ya no existe?…, aún desfilan erráticos delante de sus ojos, inmensamente abiertos, aunque cargados de pesadilla…
*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar
3. EL DESVÍO*
A Carlos Melidoni
"El tanque de agua es lo más alto", decía cuando fui por primera vez al desvío. Lo comparaba con la señal, aunque nunca los había medido. No es que polemizara con alguien. Lo que sucedía era que el tanque de agua del desvío se presentaba a mi vista como algo vigoroso, algo de mi preferencia. Un grueso caño descollaba de su cuerpo como un brazo robusto que se doblaba en el codo, le colgaba una manga raída, dando la sensación de cercenamiento.
Ahora no se usa más, sólo un goteo pertinaz cava un hoyito entre las dos vías. Ahí beben los pájaros del monte. Las locomotoras de vapor no aplacan más su sed en el tanque del desvío.
Transitan otras, las locomotoras diesel. Pero el tanque está ahí, monumental. Regaba al pueblo, daba de beber a los pobladores y al ganado, aquietaba los médanos que rodean al pueblo. Digo pueblo: un almacén de ramos generales, una carnicería -matadero, un galpón que funcionaba como taller mecánico, el herrero arreglaba arados, rejas, varas de carro, armaba tranqueras, reparaba todo, era un ramos generales metalúrgico. La estafeta de correo funcionaba en la misma oficina de la policía, y contiguo, un
dispensario de primeros auxilios. Casas de ferroviarios no existían. El único personal ferroviario asignado vivía en la misma pequeña estación de ese desvío.
Mi viejo no se movía para nada del cuadro de la estación. No practicaba vida social alguna en el pueblo, no concurría al boliche, a pesar de saber los diagramas fijos de los trenes y tener tiempo de sobra. Los momentos por esos lugares eran anchos y largos, y siempre estaban disponibles. Así y todo, el viejo no quería alejarse. Estaba atento a las campanillas o al repiqueteo del telégrafo. Se apartaba, pero la distancia la medía con el oído. Por las tardes, orillando el pueblo, aparecían hombres silenciosos de
a pie o a caballo, como si fueran un desprendimiento del monte, eran los puesteros y peones de las estancias. Digo, ni siquiera en ese momento tomaba distancia, porque a mi viejo le gustaba escuchar a esos hombres. Era un buen oidor, degustaba la palabra del otro como si fuera un buen vino: entornaba
los ojos y clavaba la rendija de su mirada en los labios del paisano para no perderse ni un gesto
-Puede arribar uno fuera de horario, como el tren de auxilio, un aguatero, uno especial, y yo justo estoy en otro lado, no puede ser-me aclaraba.
Yo comparaba la altura del tanque con la señal de distancia, lo hacía a las tardecitas, cuando mi viejo iba colocar el farol de kerosén a las dos señales, la de media y larga distancia. En ese recorrido de un kilómetro de ida y otro de vuelta inventaba juegos. Uno era una rayuela muy particular.
No podía marcarla con tiza en el piso, pero durmientes y rieles ayudaban a la imaginería. Saltaba con la pierna izquierda sobre dos o tres durmientes y brincaba con la derecha sobre el riel de ese costado, uno, dos, tres, y arriba, tenía que hacer equilibrio tras el brinco, sino perdía; repetía con
la derecha el salto también sobre los durmientes y con la izquierda saltaba sobre el riel izquierdo. Luego, dando trancos largos tomaba impulso y brincaba: uno, dos, tres, cuatro y cinco durmientes, y el rebote con las dos piernas, y en medio de él gritaba "¡cielo!". A veces caía taloneando sobre
un durmiente engrasado, y me daba flor de culazo sobre el balasto (piedras), otras, saltaba cerca de mi viejo y le garroneaba las alpargatas.
Se daba vuelta carajeándome, simulando enojo, y gritaba: "¡Diablo, dejáte de joder!" (de chico me decían diablito). Al llegar a la señal nos parábamos debajo de ella, mi viejo trepaba para colocar el farol en la muesca donde se cambian los colores, bien arriba.
Mientras, con la mirada desde abajo contaba los escalones de la escalera, los memorizaba. De regreso jugaba al equilibrista. Intentaba hacerlo sobre el riel, pero no podía. El viejo me tomaba de la punta de un dedo.
-No mires la vía, chambón. Yo la miraba y, ¡zas!, un resbalón y la peladura de un tobillo.
Él repetía: -No mires la vía. -igual, otro resbalón, otro raspón-. Sos huevón, cuando se anda en bicicleta no se miran los pedales. Siempre hay que mirar más allá de las narices. Esta era una recomendación doble. O si no: -El buen jugador de fútbol juega con la cabeza levantada, es elegante, no mira la pelota, el tacto del empeine le va diciendo como va la cosa, no se le escapa la cueruda.
Al llegar a la estación, al atardecer, contaba la sombra del tanque de agua con mis pasos. Hacía trampas. Las sombras a esa hora son largas. Quería que el tanque le ganara a la raquítica señal.
Mi viejo era relevante de estación, categoría correspondiente al Departamento Tráfico. Relevaba a un compañero que trabajó quince días corrido o más, y luego otro lo reemplazaba, y así. Le llevaba en el tren de carga o en algún mixto (mitad carga, mitad pasajero), la ropa y cosas que mi vieja colocaba en una valija-canasta, junto a una carta trabajosamente escrita, que el viejo devoraba. Estaba tres o más días, según; cuando volvía el carguero o el mixto, el viejo me embarcaba de nuevo rumbo a casa.
El pueblo estaba rodeado por un monte cerrado, un arenal atrincheraba ambos. En los días de vientos todo se opacaba. Se andaba con un pañuelo en el rostro para filtrar el aire, el cuerpo encorvado y la cabeza gacha, como topando ráfagas. El viento era caliente. Cerca estaban las salinas del norte
de Córdoba. Más de las veces esa brisa era ventarrón que se elevaba por sobre los montes acarreando arenilla con pequeños granos de sal. Arena y sal. Todo era sofocante en esa bóveda arenada. Se andaba por las calles sólo por necesidad. Así era la vida en el desvío.
Al calmarse el viento, aparecía la vida en patios y veredas, perros y cristianos salían de su encierro, los pájaros remontaban vuelo. Cuando el sosiego era pleno, mariposas, abejorros, avispas, langostas y otros insectos surcaban viboreando la brisa como un retozo. El tanque de agua se mostraba generoso, surtía agua como nunca, la gente regaba todo, hasta las comisuras de las calles, que eran arenosas.
Mi viejo baldeaba el pequeño andén, limpiaba la arenilla depositada en las palancas de las señales, las engrasaba, y después las probaba. A la noche sacaba los catres fuera de la habitación, que era un horno. Aparecían otras preocupaciones: una, las vinchucas. Tendía mi catre fuera del alero de la estación, entre sus tejas anidaban esos bichos, que de noche se descolgaban a beber sangre y a dejar su picadura maldita. Mi viejo cubría el catre-cama con un mosquitero, yo trataba de resistir esa envoltura. Era inútil cualquier rezongo, las recomendaciones de la vieja se cumplían enteramente.
El viejo era un acatador disciplinado, sabía de sus largos rezongos. Ja, mira si regresaba con una picadura o machucón, pobre mi viejo con mi vieja.
Me acostaba boca arriba, el cielo se presentaba bajo el tul del mosquitero azul, color ceniza, cuadriculado; éste deformaba todo: a las estrellas les limaba las puntas, al brillo lo esmerilaba, y a mí se me escabullía el cielo, era horrible esa turbidez. Al dormirse el viejo, llegaba el destape.
Ah, la brisa suelta y el cielo libre, la frescura y el rocío.
La otra preocupación era el burro. Sí, un burro que andaba de noche. De día se escondía en el monte, era cimarrón.
-¿El burro? -le dije a mi viejo.
-Sí, el burro. Tira mordiscones -me contestó. Al verme la cara de incrédulo comenzó toda una explicación.
-Aquí no hay chocos (perros), la gente no quiere tenerlos. No tienen qué comer ellos, menos para un perro. -¿Y? -le contesté con un ademán y la mirada.
-Por este desvío circulan trenes de pasajeros que van al norte, a Tucumán, y otros por el ramal a Catamarca. Al pasar, desde la cocina del coche-comedor tiran desperdicios, es la hora de la cena. Antes, cuando había perros, recorrían un buen trecho la vía, era una fiesta perruna. Como te dije: hoy, nadie repone perros, se fueron acabando. Apareció este burro, de lomo muy gris y de panza muy blanca, tarasconeador y pateador, muerde de puro traicionero, hay que tener cuidado. Es salvaje. Me miraba el viejo, vaya a saber qué cara tendría yo, pero él continuó dándome explicaciones:
-Ahora él hace el recorrido que antes los perros disfrutaban. Vive en el monte. Sale de noche, o después que pasa el tren de pasajeros. Si es un carguero o el tren aguatero o el de auxilio, ni se asoma -el viejo ya me asombraba de nuevo, nos tenía acostumbrados a esa invención. De la nada, como ahora, ¡zas!, un cuento.
-Con decirte que sabe los horarios de los trenes de pasajeros -dijo sin pestañear. Lo miré como diciendo: "dejáte de joder viejo, cómo va saber este burro los horarios, si los burros son lo más burro de los animales. Si cuando yo no sé algo me dicen burro, y ahí no más me sobo las orejas, por si me crecen".
-Es verdad, ya vas a ver cuando pase el rápido.
Pasó el rápido. Al rato se asomó el burro en la punta del andén. Comenzó a caminar despacio por el medio de la vía, indolente cruzó por enfrente de la estación, se perdió en la noche. A la madrugada regresó con la panza que se le reventaba. Parecía una burra preñada. Retornaba por el medio de la vía,
casi pisando sus huellas. Al cruzar el cuadro de la estación dobló y se metió en el monte. Lo vi varias veces. Me miraba de soslayo, como zorreando. Ni apuraba el trote ni lo hacía cauteloso, tranqueaba con seguridad.
Vinchucas, viento salado, el burro, el tanque de agua y su estatura, y la señal de distancia, flaca y alta, parecía un esqueleto de fierro, con un brazo verde que a veces se volvía rojo. Ése era el desvío, como tantos otros.
-¿No te aburrís viejo? -le dije un día.
-No, yo siempre me ando acompañando...
-¿...?
-Sí, conmigo y con ustedes. Nunca estoy solo -quiso explicar.
-¿...?
-Bueno, ya entenderás algún día.
Terminaron esos viajes y los relevos de mi viejo, lo ascendieron. Mucho tiempo después, pero mucho, vino lo que vino: al ferrocarril lo pararon.
Viajando rumbo al norte, no hace mucho, por la ruta 9, recordé el desvío. Ahí no más me aparté del camino, tomé una carretera provincial Y llegué al desvío aquél. Ya no era el mismo. El pueblo estaba abandonado, la estación era una tapera, los yuyos cubrían el andén, las palancas de las señales
aparecían cubiertas por un montículo de arena grasosa; el tanque de agua no tenía más agua, ese brazo vigoroso ya no goteaba más, el color que le dio majestuosidad se volvió cáscara de óxido, y la señal de distancia perdió los colores. El monte avanzaba, los médanos desdibujaban las calles. El avance
del arenal emparejaba todo, con bravura batallaba con el monte disputando espacios. Sólo un viejo muy viejo vivía en la casa de ramos generales abandonada. Era el herrero. No lo reconocí en un principio. Vivía esperanzado de que alguna vez regresara el tren. Caminamos por el pequeño pueblo abandonado. Me contaba las historias de los que vivieron allí. El cementerio desapareció, el monte lo devoró. Llegamos a lo que fue la estación. Me acongojaba al ver esas ruinas, mis recuerdos se tornaban nubosos.
De repente, el asombro: las vías estaban sin yuyos, limpias. Como si alguien, o la cuadrilla de catangos (peones) de vías pasaran todavía carpiendo los pastizales para evitar los patinajes. Los rieles se veían
medio oxidados, pero nítidos. Caminé hasta el cambio del desvío y observé que para el norte y el poniente, estaban libres de pastos, los durmientes a la vista y los cables de las señales limpias de enredaderas rastreras.
No salía de mi asombro. Este viejo muy viejo apretó sus ojos hasta hacerlos rendijas, enfocó esa abertura en mi rostro y escrutó ese asombro.
-Es el burro -dijo. Después de muchos años puse la misma cara que a mi Viejo cuando me nombró a ese asno por primera vez.
-Sí, es el burro. Vive en el monte. Está todo gris, como canoso, es muy viejo, -dijo el viejo y continuó- todas las mañanas sale a carpir la vía; al regresar, pasa frente a donde vivo, se detiene, me mira, intenta rebuznar y no puede. Parece un quejido ese intento. Pero yo sé qué quiere decir. Porque
tengo la misma esperanza que él: esperamos el tren...
*de Juan Carlos Cena. ferrocena2003@yahoo.com.ar
4*
El tren entra con una imagen fantastica, de esas que uno graba y congela en la memoria, estoy asomado a la ventanilla y veo como vuelan las hojas al costado de la locomotora, danzan con el vapor que arroja la maquina y a la altura de sus bielas comienzan a planear como plumas, descendiendo en juegos de tiempo y aire donde uno parece ver lo que desea y necesita ver. El anden tiene cuatro o cinco platanos añosos que parecen haber esperado la llegada del tren para desprenderse de sus hojas al temblor del pampero que ha soplado fuerte en toda la jornada. El tren hace una breve estadia, apenas para estirar las piernas haciendo ruidito sobre las hojas que tapizan el anden de tierra mezclado con conchilla. Uno intenta explicarse en vano que hace aquí, que idea puede justificar pisar este, un pequeño pueblo perdido en medio de la pampa por el que hace añares que no pasaba el tren.
Pense en la anécdota Antonio Dal Masetto: "Una vez, recuerdo, tomé un tren equivocado que me dejó muy lejos, en un lugar del interior. Perdí un día para llegar a donde tenía que ir, pero lo disfruté muchísimo: esa sensación de total anonimato, de estar un poco viviendo una aventura", recuerdo, ese remate antes del punto final de la nota.. Un viaje a lo desconocido, como el de un niño inmigrante. Puede, es posible que en este viaje fantastico este tratando de ver las cosas con la mirada asombrada de mi padre, el largo camino desde su pueblo sin trenes hasta tomar la Letorina desde Marsiconuovo a Napoli, que sólo habrá hecho muy pocas veces... viajar para alistarse al servicio militar, la huida a ver a su madre antes de que lo embarcaran a la guerra africana, de nuevo volver despues de finalizada la guerra, y el último viaje para ir a América, trabajar, tener hijos, nunca volver a tomar un tren en suelo italiano. Y si, me veo, lo imagino un poco a mi padre tratando de ver lejanias...
Tambien puede ser recordar los viajes en familia para Quequén, mi propio asombro de los 8 años al ver entrar ese gigante huemante de hierro negro al anden de la estación de Temperley. Los largos viajes cuando despues de la medianoche apagaban las luces. Todo era silencio y uno se hacia uno con el cielo que parecia más cercano en sus caminos de estrellas que el destino interminable de ese viaje a oscuras por un campo de luces perdidas y estaciones que no duermen esperando su único tren en la madrugada.
Pero el tren no va a esperar mi viaje mental y suena la campana, subo con el tren en movimiento, busco en el vaiven el asiento ,-el 23 V-, todavía la tarde regala un cielo infinito y a poco de andar hay que pasar el puente sobre el arroyo Pergamino. El curso se ensancho fuera de la previsión del 1900, el puente esta desmoronado, habra que pasarlo entonces a fuerza de letras e imaginación. Ahora mismo esta el guarda pasando vagón por vagon pidiendo a la gente que escriba sufientes palabras para pasar del otro lado, tender un puente por los aires, los más deslumbrados son los niños que empiezan a dibujar puentes y arco iris de colores. Yo prefiero caminar entre la gente, bajar y andar entre los pastos para ver una imagen cierta de la devastación Argentina. Y proponer alguna metáfora acerca de cuantos puentes no visibles, más abstractos, ligados a la articulación entre sectores sociales se han derrumbado.
*de Eduardo F. Coiro inventivasocial(arroba)hotmail.com
5*
Don Manuel se quitó la gorra, sacudió apenas el polvo depositado sobre la visera, contempló aquella gastada chapita de metal donde rezaba JEFE DE ESTACIÓN con un orgullo que no decrecía, aunque hubieran pasado ya muchos años desde su designación como tal, y volvió a encasquetársela con ampulosa elegancia. Algo muy dentro suyo le decía que aquél no sería un día cualquiera, sino uno muy especial.
Recorrió el solitario andén nº2, escoba en mano, dispersando las escasa hojas que trajera el viento la noche anterior, y contempló hacia el horizonte, donde las vías se alejaban en un diminuto punto, con una mano sobre la cadera y la otra sosteniendo la escoba como una lanza, a la espera de algo, aunque no sabía muy bien qué. Lo intuía, hasta casi podía palparlo en el aire...
Volvió a la oficina, calentó la pava, y se hizo unos mates. Lamentaba no poder escuchar las noticias, a causa de la rotura de la radio, pero bueno... Ya llegaría el expreso de las 8hs., con destino La Plata, y con él la primera edición de La Razón. ¿Quién habría sido designado al frente del gobierno? "Estos generales", pensó Don Manuel, negando con la cabeza, "deberían ocuparse de seguir haciendo maniobras, en lugar de dedicarse a la política. Aunque..., con los políticos que tenemos...".
Eran las 8:30hs. cuando decidió llamar a La Plata, para que le informaran qué había ocurrido con el expreso, que ya llevaba media hora de atraso. El fantasma del descarrilamiento lo acosaba desde hacía 15 minutos, y si no pedía informaión a la Estación Central, se lo comerían los nervios. Nunca le había pasado algo así, en los casi 40 años de servicio. Sin embargo, en La Plata no le atendía nadie. Y si no era por el rumor del viento entre los árboles, ni siquiera se escuchaba el piar de los pájaros. El viento y el pulso intermitente del teléfono, llamando a la distancia. Nada más.
Un súbito escalofrío le recorrió la espalda, pero se negó a saber cuál era el motivo de su temor. Tal vez, algo dentro suyo también supiera qué estaba pasando, del mismo modo que supiera que aquel día ocurriría algo.... Pero no era esto. La ausencia del expreso a La Plata era un elemento circunstancial. Había algo mucho más importante palpándose en el aire. Pero Don Manuel se hallaba tan confundido que no podía averiguarlo. Sus deberes oficiales se mezclaban con esta repentina intuición, obligándolo a dudar.
Cerca de las 9hs., con las primeras gotas de sudor corriéndole a través de la frente hacia las cejas, el semblante demudado, y el nudo de la corbata flojo y desprolijo, se asomó a la puerta de la oficina. Un extraño rumor le tensó los nervios un poco más aún. Ruido de voces distantes. Y de risas infantiles. Muchas risas infantiles.
Lentamente fueron acercándose. Venían marchando sin orden alguno a la vera de los rieles, riendo y jugando entre ellos, agitando banderines, lanzando alguna pelota al aire, abrazando una muñeca. La escena lo intrigó, hasta que reparó que provenían de aquel sendero por donde se podía llegar hasta la flamante Ciudad de los Niños. No había mayores que los acompañasen, aunque todos ellos perteneciesen a alguna escuela, a juzgar por los guardapolvos, algunos manchados, otros raídos. A Don Manuel se le antojó pensar que aquello parecía una marcha de despedida, y quizá no estuviese del todo equivocado.
Para cuando llegaron al andén, ya habían reparado en su presencia. Lejos de ignorarlo, como solían hacer todos con el Jefe de Estación, un elemento más dentro del mobiliario del ferrocarril -ya no era como antes, cuando el cargo aún inspiraba respeto-, los recién llegados agitaron sus manos en dirección a él y se ordenaron automáticamente en fila, dispuestos a ascender a una formación imaginaria. Don Manuel apenas elevó su mano derecha, sorprendido ante semejante aparición, con la cabeza llena de dudas. Comenzó a acercarse depacio, intentando formular alguna pregunta que aquellos niños, absortos en sus juegos, pudiesen llegar a responderle. Fue entonces cuando lo vio.
Al principio creyó haberse equivocado. Pero al acercarse aún más, no tuvo ninguna duda. Y el hecho de contemplar aquello le produjo un nauseabundo vacío en las entrañas.
El chico reía cuando giró la cabeza hacia él, y casi como al descuido, como si supiese que Don Manuel hubiera estado allí desde siempre, lo saludó:
-Hola, papá -, y volvió a ponerse a hablar y reír con sus amigos.
No... No podía ser... ¡Era imposible, carajo! Don Manuel se quitó la gorra de un tirón y resopló agitado, el corazón batiéndole dentro del pecho como un caballo desbocado, la cordura a punto de quebrársele en mil pedazos. "¡Este no es mi hijo!", protestó una voz dentro de su cabeza. "Martincito no puede estar acá... ¡¡¡A Martincito lo enterramos hace como veinte años!!!".
Se volvió, caminó sin sentido por el andén, se aferró la cabeza. Por un lado, algo lo impulsaba a lanzarse sobre aquel chico y volver a abrazarlo, su cuerpito fresco y entero, tan diferente a los desgajados restos que encontraron entre los durmientes, en una fatídica mañana de invierno, luego de una horrenda noche en vela, ante al desaparición de Martincito. Y por otro lado, algo también le decía que si lo rozaba siquiera, se marcharía con él a donde quiera que se fuese. Porque su hijo estaba a punto de marcharse, ¿verdad?
Las voces infantiles y los gritos de euforia le taladraban los oídos, a la manera de un nefasto panal de abejas que le surcara alrededor sin despegársele, como embadurnado de miel. Desesperado, alzó la vista y contempló en dirección al horizonte, al principio sin reparar en lo que estaba mirando. Hasta que comprendió que aquella formación que se acercaba en medio de un densa nube de vapor no podía pertenecer a este mundo.
Le resultó imposible describirla. Tal era el impacto que la imagen le producía, que debió alejar la mirada de aquella singular locomotora y centrarla en Martincito, sonriente, juguetón, como a él siempre le había gustado verlo.....y luego recordarlo. Una imagen que hubiera querido contemplar eternamente...
Entonces supo por qué el expreso de la 8hs no había llegado, ni tampoco llegaría; ni ese día, y quizá nunca más en el futuro. O por qué la radio ya no funcionaba, y los diarios no llegaban, o nadie le contestaba el llamado telefónico. De pronto supo que aquella parada, la Estación Pergamino, ya no recibiría un solo tren más en sus andenes. Y él tampoco, en ninguna otra estación de ferrocarril.
Volvió a contemplar el rostro divertido y libre de preocupaciones de Martincito -tal vez tan despreocupado como un instante antes de que lo atropellase el tren-, quien ahora lo miraba muy fijo, invitándolo a acercarse. Y entre la nube de vapor que los rodeaba, respirando muy hondo, soportando el miedo y la sorpresa, Don Manuel le extendió una mano, estrechó aquella pequeña palma rosada que le respondía el llamado, y con un atisbo de sonrisa murmuró:
-¿Nos vamos, hijo?
Martincito asintió con la cabeza.
Y tomados de la mano, entre los numerosos chicos que ascendían al vagón, rodeados por una bruma blanca, treparon los metálicos escalones...
*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar
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Mi padre*
El silencio de la noche
juega con mis pensamientos
y dibuja en el aire
el nombre de mi padre.
Una sonrisa ilumina mi rostro
cuando regresa su alma
por un sendero florido
con aroma a sueños.
Me salpican los recuerdos,
su figura se aproxima,
el brillo enciende sus ojos,
late fuerte mi corazón.
Sus manos me acarician,
su voz me inunda de magia,
una lluvia de amor
cae sobre mi ser.
Entre lágrimas y risas
disfruto sus cálidos abrazos,
la hermosa luna me espía
y comparte mi alegría.
*de María Griselda García Cuerva. mg_cuerva@yahoo.com.ar
Estación PERGAMINO
1*
Soñaba que estaba en una estación de trenes, desnuda y ansiosa por conocer distintas estaciones: Comencé a mirar los carteles y curiosa leía: locura, destino, mujer, hombre, padres, hijos, alegrías, amor, melancolías, soledad, matrimonio, esclavos, creación, felicidad.
No sabía que dirección tomar y estaba convencida que quería viajar a todos esos lugares. Por lo cual, decidí sacar un abono y me dirigí a la boletería, allí estaba un Sr., serio, circunspecto y de pocas palabras, que vendió las series con discreción. Quise preguntarle como empezar mi aventura, pero su indiferencia me inhibió tanto, que no me animé a interrogarle.
Así, me dirigí al tren, bastante insegura y ... comenzó la travesía y sin pensar demasiado, me entregué al recorrido mirando por las ventanas del enigmático convoy. Había muchos pasajeros: hombres, mujeres y niños. También ancianos que les costaba mucho estar de pie, llevaban sus años en sus maletas, de cuero manchadas, pero con dignidad.
No sabía donde bajarme y en estación locura me quedé.. Haciéndome la valiente comencé a deambular sobre la acera, inquieta por la suerte que me podría tocar. Caminando despacio observé seres que detrás de sus espaldas tenían alas de verdad, no podía creer lo que mis pupilas veían y asombrada estaba a punto de gritar, no comprendía por qué en esa ciudad
Estaban los locos con su capacidad de volar. Pero no podían hacerlo, sus alas estaban atadas con una camisa de fuerza, quizás de tanto remontar. De inmediato giré asustada, horrorizada, alguien en mi espalda puso su mano y me dio tal susto que por poco me caigo. Se acercó un hombre joven, de piel blanca y de ojos grises y susurró a mi oído, hija, aquí no te quedes , es macabro este lugar. Toma el tren para otro lado no te quedes, te podés contagiar. Así , fui corriendo a la terminal y esperé a que el transporte me dejara en otro paraje. Nuevamente subí y me senté en un vagón insegura, pensando a dónde podía parar, cuando se detuvo en melancolías - como siempre- entrometida, salté y me quedé. Era un paraje de tinieblas, no tenía miedo, estaba la calle tan gris, que mis zapatos se empezaron a humedecer, aparecí. Parecían derretirse en ese humo pegajoso, no me gustó. Me fui casi sin respirar. No quería empaparme de ese vaho que paralizaba mis pulmones. Nuevamente fui a buscar el ferrocarril . Tenía boletos de sobra.
Cuando llegó, ya sabía donde me iba a quedar, cuando vi el letrero de hombres, agitada me lancé a las veredas. Me dije, esta es mi oportunidad. Que contenta estaba: había tantos para elegir: morochos, rubios, pelados, altos, con guita, deportistas, se me hacía agua la boca...de mi cartera saque un espejo y delineé mis labios con sabor rojizo, estaba sonriente y dispuesta a acercarme a un morocho de barba, muy elegante, muy atractivo, pero al descubrir mi intención me sentí presa de una inocente cobardía y me dije: aún no estás preparada, ándate no busques en él lo que no encuentras en vos. Y me fui, cabizbaja hacia otra cuidad.
En las vía férreas , encontré nuevamente al vendedor de pasajes, el mismo individuo que parecía tan tranquilo, le inquirí cual era el mejor pueblo para mí, pero no contestó mi pedido. Desanimada emprendí mi traslado, subí al coche, expectante y comprendí que debía elegir sola mi rumbo. El vehículo se puso en marcha y me quedé dormida, en ese sopor que te envuelve pero que te permite estar consciente de lo que ocurre. Estaba recorriendo mi historia en pocos segundos, pasaban los paisajes de la niñez, como si estuviese viendo una película, veía a mi abuela con sus ojos tan celestes que tanto amaba, mi perra collie que corría por el césped jugando a las escondidas, mi cara era regordeta y tenía un hoyuelo en la mejilla derecha, que la hacía re simpática. Así fui transitando mi adolescencia, repleta de amigas y de amigos y novios que bailábamos abrazados con la música de los Beatles o Gary Cooper y de Unión Caps, que linda manera de conocernos y empezar a sentir el amor. La que no tenía novio estaba fuera de onda. . Me despertó el guarda en el paraje Mujer. Bajo empujada, apresurada y cuando llego al sitio encontré un montón de maniquíes que no me gustaron. Me fui a quejar a la oficina de turismo y el mismo Sr. (El de la boletería) me indicó con una seña, que me dirigiera a un lugar cerrado . Cuando llego al lugar, me sorprendió la calidad del silencio. Pensaba que habría mucho bullicio, pero me confundí. Abro la puerta de entrada y al pasar encuentro un salón de espejos, intrigada comencé a mirar y lo único que veía era mi cuerpo, reflejado en uno, en dos en diez y en mil retratos. Estaba de frente, de costado, de atrás , alta, gorda, petisa. Que diablos hacía allí? Estaba confundida, perpleja, donde estaban las mujeres? Me habían estafado? Me quedé quieta y lentamente intente Mirar las imágenes que amanecían de a mil. Quién era esa que estaba enfrente de mí? Y las otras? Tenían mis colores de ojos, mis cejas unidas, mi pelo lacio y suave como la pluma de un cisne, estaba absorta observando mis diferentes facciones y facetas de mujer. Cómo podía hacer una sola? Miraba por sobre mis hombros y en cada pestañear encontraba una cara nueva, como las facetas de un diamante en bruto. Emocionada miraba mis ojos verdes, que se llovían celestes y grises y veteados de miel. Eran tan bellos, tan intensos resplandecía tanta luz que me hizo sentir el amor. Habrá pasado un minuto, una hora, no interesaba cuanto tiempo, había descubierto en ese espacio la delicia de ser yo. Me convencí pellizcando mis pierna. Me fui, no llevaba nada más que esa sensación de concebirme mía, no quería seguir andando. Me dirigí a la calle y estaba el Sr., de los boletos, era mi analista, que sonrió al verme vestida de mujer.
*de Azul. azulaki@hotmail.com
2*
Hacía apenas tres días que Laurita se había mudado al campito del abuelo para transcurrir sus vacaciones estivales; y, la verdad sea dicha, ya se encontraba bastante aburrida. Pensar siquiera en las semanas que le quedaban por delante para que regresara a su casa, sólo acrecentaba su melancólico mal humor. ¿Por qué la habían castigado de esa manera sus padres, yéndose de viaje a conocer la Isla de Pascua en una segunda –y acaso vana- luna de miel, mientras ella debía padecer aquel solitario tormento? Por más que le daba vueltas y vueltas en su cabeza, a pesar de la notable inteligencia que había desarrollado para sus escasos diez años de edad, le era imposible darse una respuesta válida.
Deambulaba por los alrededores sin entusiasmarse demasiado con nada. El paisaje la fastidiaba. Extrañaba ver televisión, jugar ocasionalmente con la computadora de su hermano, encontrarse con sus amigas para escuchar música, como haría cualquier chica de su edad; o simplemente permanecer en su casa, escribiendo en su diario. Aquí, en cambio, todo obtenía un carácter soporífero. Por más que le fascinara la lectura, placer que heredara con orgullo de su padre, por el que llevase consigo de vacaciones varios libros de cuentos, y alguna que otra novela, no conseguía concentrarse para sentarse a leer -como su papá Augusto le había prometido que disfrutaría, en un último intento para convencerla de ir a pasar aquella temporada con los abuelos- trepada en las ramas del coposo árbol de la estancia, o sin concretar acrobacias, al menos entre sus mullidas raíces, cubiertas de vegetación. No había caso: el campo la deprimía.
El abuelo había comprado aquel terreno cuando su papá era muy joven, ni bien clausuraran el ramal ferroviario de trocha angosta que solía atravesar aquellos campos. Por entonces, desbordantes vagones de carga desfilaban delante de la otrora estación, edificio que actualmente constituía parte de las edificaciones de la estancia familiar. En ese sentido, su abuelo era un purista; había mantenido intacto el carácter tradicional del inmueble, conservando ciertos detalles propios como las campanas, las inscripciones en determinados carteles, las ventanillas… ¡Con decir que la antigua boletería se había transformado en su estudio particular, y la oficina del Jefe de Estación en su propio dormitorio!
Aquellos detalles resultaban por completo superfluos para Laurita. Ella era curiosa por naturaleza, aunque su atención no pudiese mantenerse en pie durante mucho tiempo. Se cansaba fácilmente de las cosas, por lo que solía aburrirse bastante seguido. Y en el campo era peor. Por eso, a los tres días de estar allí, ya había recorrido todo lo que le resultara de interés. Tendría que hallar algo que la sorprendiese de verdad, a fin de no llegar a pensar seriamente en colarse en el primer vehículo a motor que apareciese por allí, ocultarse debajo de alguna manta o cajón, y fugarse con enorme prisa hacia Buenos Aires, a la casa de alguna amiguita o pariente que la cobijara con excesiva discreción; ya vería dónde.
El hecho sorprendente llegó de la mano de Teresa, la cocinera de la estancia, mujer enorme tanto de cuerpo como de corazón. La mañana del cuarto día, al comprobar el rostro compungido y de mirada triste que Laurita presentaba por encima de la humeante taza del desayuno, Teresa se acercó hasta ella por detrás y le susurró:
-Una niña tan seria y bonita no podría andar por ahí con esa cara si supiera el secreto que yo sé…
Laurita la miró, apenas motivada frente al imaginable tedio que la aguardaba durante el resto del día. Teresa continuó:
-Y los secretos, al ser compartidos con ciertas personas especiales, se vuelven mágicos…
Aquello venció cualquier barrera de sospecha que la niña pudiese esgrimir frente a las diversas motivaciones que la entrañable mujer pudiese formularle. Y la hostigó a preguntas, sintiendo cómo se desperezaba su inquieto sentido por la curiosidad. Teresa finalmente, luego de hacerse desear durante unos minutos, le narró la antigua historia que circulaba por aquellos pagos desde hacía varias décadas.
A escasos doscientos metros de la casa, donde las densas ramas de los árboles crecieran formando una protector túnel vegetal, se extendían en el pasado los rieles de la trocha angosta del antiguo ferrocarril. Y allí mismo, un tiempo después de haberse cerrado aquel ramal, comenzaron a ocurrir cosas muy extrañas. Misteriosas luces que se veían en las noches de luna llena, distantes silbatos de tren, locomotoras que aceleraban en medio de la noche… La peonada siempre se asustaba hasta los huesos cuando despertaba del sueño a causa de semejante presencia, y todos afirmaban que un tren fantasma surgía del olvido, negándose a detener su marcha, a pesar de las decisiones humanas. Sólo algunos valientes podían acercarse y jactarse de haberlo visto. Pero para ello, había que llegar hasta el lugar de la mano de alguien que supiera las palabras mágicas para convocar a los espectros…
-¿Y cuáles son? -, exclamó Laurita, olvidada del desayuno, con la mirada fascinada por completo al escuchar atentamente a Teresa.
-Hay que pararse debajo de la Cruz de San Andrés y repetir las palabras mágicas que rezan en ella, haciendo caso de cada una de sus advertencias. Pero una niñita de ciudad como vos no tendría que ir sola. Podría acompañarte yo, en una de estas noches. Claro que, mientras esperamos el momento de ir, vos a cambio podrías ayudarme con algunas cosas que tengo que hacer en la estancia. Juntar los huevos en el corral, por ejemplo…
Con ello, Teresa consideró que la mantendría ocupada durante unos días, a fin de que fueran pasando las vacaciones, retrasando la fecha del futuro encuentro espectral. A Laurita, en cambio, el arreglo no la convenció para nada. Sin embargo, ya conocía el hecho fundamental: el corazón del secreto, y la clave para acceder a él. Y había diseñado su propio plan. Sólo hacía falta que se hiciese de noche, y pudiera escabullirse sin ser vista.
La emoción la carcomió durante toda esa tarde. Las horas se demoraban pegajosas sobre la esfera de los relojes, y a diferencia de lo que Teresa se esperase, la niña no volvió a abrir la boca respecto de aquel tema. La mujer creyó al caer el sol que su estrategia de entretenimiento no había dado resultado, y no volvió a mencionar el tema.
Laurita, en cambio, aguardó hasta que todos se hubieran acostado, y ni bien dejó de escuchar los habituales ruidos que realizaban sus abuelos por las noches, se escabulló fuera de la habitación en puntas de pie, abrigándose con un saco abierto por encima de su camisón, calzada con sus resistentes ojotas todo terreno, y salió de la casa por la puerta de la cocina. Una vez que se hubo alejado unos metros de la casa, encendió la pequeña linterna que se había traído de Buenos Aires, y caminó sin prisa hacia la enramada, bajo la tenue mirada de las estrellas.
Soplaba una fresca brisa que agitaba levemente las ramas de los árboles. Aquel rumor la inquietaba, aumentando la sensación de soledad que experimentaba de golpe, aunque al mismo tiempo la impulsara hacia la aventura; como si lo desconocido muy pronto le deparase una sorpresa inimaginable. Avanzó entre los pajonales y los ruinosos restos de la vía, carcomida por el óxido y casi sepultada por el polvo acumulado por los años, hasta detenerse delante de la antigua señal, cuyo poste –milagrosamente- aún se conservaba de pie.
Aquello debía haber sido un paso a nivel, el cruce entre la vía férrea y acaso algún camino municipal. Allí permanecía, incólume, la cruz acostada, con sus letras aún legibles, inscriptas en cada uno de sus brazos. Laurita respiró hondo, fascinada ante la perspectiva de lo siniestro; señaló con firmeza el haz de la linterna sobre la señal, confiando en realizar los pasos necesarios para convocar la presencia de los espíritus viales, y recitó en voz alta:
-“Cuidado con los trenes”……Claro que tengo cuidado, aunque ya no pasen por acá… “Pare”, estoy parada, “mire”, miro para un lado y para el otro, “y escuche”, a ver, qué se escucha……
La brisa susurró entre los árboles nuevamente, quizá remedando alguna misteriosa conversación, incomprensible para quien no supiera entender el idioma; y por un instante, más allá de los quejidos de algún cerdo trasnochado en los corrales, nada se escuchó. Laurita sintió que comenzaba a hacer frío, y se estremeció. Entonces, proveniente de territorios en extremo lejanos, creyó escuchar el agudo silbato de un tren.
Contuvo la respiración, temerosa de moverse, aunque un impulso la llevó a mirar en ambas direcciones otra vez. Sólo al reparar varias veces sobre uno de los extremos consiguió divisar, en los confines del horizonte, la débil luz amarillenta de un faro de locomotora.
Se le aceleró el corazón, y comenzó a reírse entre dientes, sin motivo, víctima de su propia travesura. El faro se acercaba muy velozmente, demasiado como para que aquella luz perteneciese a una locomotora real… Y de pronto, la brisa se transformó en un considerable ventarrón, que agitó las ramas con violencia, asustándola aún más. El viento le golpeó en la cara, despeinándola hacia atrás, obligándola a entrecerrar los ojos. Entonces, una negra e imponente locomotora, con el número 0410 inscripto en enormes caracteres blancos debajo de la ventanilla de la cabina, se le apareció delante suyo en todo su esplendor, con el ardiente vaho de su motor diesel quemándole la cara.
Laurita gritó, pero nada se oyó por encima del tronar del silbato y el chirriar de los frenos sobre unos rieles misteriosamente relucientes, extraídos de quién sabe qué otro ramal en servicio actual e ininterrumpido. El motor regulaba constante mientras la formación recorría los últimos metros hasta detenerse por completo. Y en ese último tramo de recorrido, Laurita contempló azorada el interior de los vagones.
Dentro, hombres y bestias se debatían en caótico desenfreno. Una luz espectral se derramaba sobre ellos, emergiendo sin piedad hacia aquella virgen enramada pampeana. Los caballos coceaban los asientos de madera que aún quedaban en pie, haciéndose lugar, girando sobre sí mismos, mientras los hombres, semidesnudos, con los brazos extendidos hacia delante y las caras aterradas, intentaban eludir esos briosos cuerpos, queriendo escapar de un destino prefijado de antemano. Relinchos y alaridos ensordecieron la noche, mientras una voz, amplificada por ominosos parlantes, ordenaba:
“¿Quiénes son tus compañeros, hijo de puta? ¡Hablá de una vez! ¿O querés que te hagamos un poco más de `submarino seco´? ¡Hablá!”
Un destello eléctrico. Olor a carne quemada. Y esos gritos…
La cabeza de un caballo, con los ojos desorbitados y mostrando los dientes, asomó por el hueco de la ventana faltante de la puerta más cercana a Laurita, quien temblaba como una hoja, a punto de orinarse encima, y sin dejar de iluminar con su linterna. El animal se debatía furioso, sin conseguir escapar del vagón, empujado por detrás por otro caballo, tan encabritado como él, y por algunos hombres, pálidos y barbados, algunos “tabicados” con sucios trapos, surgidos casi como de las imágenes en sepia de un sórdido campo de concentración. Entonces, aún sin comprender la totalidad de lo que ocurría delante de sus ojos, Laurita observó que el caballo se retiraba, y que los bordes de aquel hueco del ventanal comenzaban a derramar un líquido oscuro pero brillante: sangre.
Y antes de que ella respirase lo suficiente como para lanzar el alarido, la siguiente aparición la dejó sin aliento.
Forcejeaba con uno de aquellos hombres, intentando que volviera a meterse dentro del vagón. Pero su silueta era inconfundible. Y al reparar en su presencia, luego de dominar al pobre infeliz, la miró de frente, con expresión de reproche, y absoluta firmeza en la voz al exclamarle:
-“¿Qué estás haciendo acá vos???”
Y Laurita, antes de huir aterrada hacia la casa, estremecida por la inexplicable presencia de Augusto, su papá, a bordo de aquel funesto tren fantasma, chilló…
Treinta años después, un alarido similar brota de sus labios -dando comienzo a un cíclico insomnio que se prolongará durante semanas- al sentarse de golpe sobre su cama, respirando agitada, rodeada de silencio y de penumbras, mientras los fantasmas que acudieron aquella noche bajo la enramada, como mudos testigos de …¿un país que ya no existe?…, aún desfilan erráticos delante de sus ojos, inmensamente abiertos, aunque cargados de pesadilla…
*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar
3. EL DESVÍO*
A Carlos Melidoni
"El tanque de agua es lo más alto", decía cuando fui por primera vez al desvío. Lo comparaba con la señal, aunque nunca los había medido. No es que polemizara con alguien. Lo que sucedía era que el tanque de agua del desvío se presentaba a mi vista como algo vigoroso, algo de mi preferencia. Un grueso caño descollaba de su cuerpo como un brazo robusto que se doblaba en el codo, le colgaba una manga raída, dando la sensación de cercenamiento.
Ahora no se usa más, sólo un goteo pertinaz cava un hoyito entre las dos vías. Ahí beben los pájaros del monte. Las locomotoras de vapor no aplacan más su sed en el tanque del desvío.
Transitan otras, las locomotoras diesel. Pero el tanque está ahí, monumental. Regaba al pueblo, daba de beber a los pobladores y al ganado, aquietaba los médanos que rodean al pueblo. Digo pueblo: un almacén de ramos generales, una carnicería -matadero, un galpón que funcionaba como taller mecánico, el herrero arreglaba arados, rejas, varas de carro, armaba tranqueras, reparaba todo, era un ramos generales metalúrgico. La estafeta de correo funcionaba en la misma oficina de la policía, y contiguo, un
dispensario de primeros auxilios. Casas de ferroviarios no existían. El único personal ferroviario asignado vivía en la misma pequeña estación de ese desvío.
Mi viejo no se movía para nada del cuadro de la estación. No practicaba vida social alguna en el pueblo, no concurría al boliche, a pesar de saber los diagramas fijos de los trenes y tener tiempo de sobra. Los momentos por esos lugares eran anchos y largos, y siempre estaban disponibles. Así y todo, el viejo no quería alejarse. Estaba atento a las campanillas o al repiqueteo del telégrafo. Se apartaba, pero la distancia la medía con el oído. Por las tardes, orillando el pueblo, aparecían hombres silenciosos de
a pie o a caballo, como si fueran un desprendimiento del monte, eran los puesteros y peones de las estancias. Digo, ni siquiera en ese momento tomaba distancia, porque a mi viejo le gustaba escuchar a esos hombres. Era un buen oidor, degustaba la palabra del otro como si fuera un buen vino: entornaba
los ojos y clavaba la rendija de su mirada en los labios del paisano para no perderse ni un gesto
-Puede arribar uno fuera de horario, como el tren de auxilio, un aguatero, uno especial, y yo justo estoy en otro lado, no puede ser-me aclaraba.
Yo comparaba la altura del tanque con la señal de distancia, lo hacía a las tardecitas, cuando mi viejo iba colocar el farol de kerosén a las dos señales, la de media y larga distancia. En ese recorrido de un kilómetro de ida y otro de vuelta inventaba juegos. Uno era una rayuela muy particular.
No podía marcarla con tiza en el piso, pero durmientes y rieles ayudaban a la imaginería. Saltaba con la pierna izquierda sobre dos o tres durmientes y brincaba con la derecha sobre el riel de ese costado, uno, dos, tres, y arriba, tenía que hacer equilibrio tras el brinco, sino perdía; repetía con
la derecha el salto también sobre los durmientes y con la izquierda saltaba sobre el riel izquierdo. Luego, dando trancos largos tomaba impulso y brincaba: uno, dos, tres, cuatro y cinco durmientes, y el rebote con las dos piernas, y en medio de él gritaba "¡cielo!". A veces caía taloneando sobre
un durmiente engrasado, y me daba flor de culazo sobre el balasto (piedras), otras, saltaba cerca de mi viejo y le garroneaba las alpargatas.
Se daba vuelta carajeándome, simulando enojo, y gritaba: "¡Diablo, dejáte de joder!" (de chico me decían diablito). Al llegar a la señal nos parábamos debajo de ella, mi viejo trepaba para colocar el farol en la muesca donde se cambian los colores, bien arriba.
Mientras, con la mirada desde abajo contaba los escalones de la escalera, los memorizaba. De regreso jugaba al equilibrista. Intentaba hacerlo sobre el riel, pero no podía. El viejo me tomaba de la punta de un dedo.
-No mires la vía, chambón. Yo la miraba y, ¡zas!, un resbalón y la peladura de un tobillo.
Él repetía: -No mires la vía. -igual, otro resbalón, otro raspón-. Sos huevón, cuando se anda en bicicleta no se miran los pedales. Siempre hay que mirar más allá de las narices. Esta era una recomendación doble. O si no: -El buen jugador de fútbol juega con la cabeza levantada, es elegante, no mira la pelota, el tacto del empeine le va diciendo como va la cosa, no se le escapa la cueruda.
Al llegar a la estación, al atardecer, contaba la sombra del tanque de agua con mis pasos. Hacía trampas. Las sombras a esa hora son largas. Quería que el tanque le ganara a la raquítica señal.
Mi viejo era relevante de estación, categoría correspondiente al Departamento Tráfico. Relevaba a un compañero que trabajó quince días corrido o más, y luego otro lo reemplazaba, y así. Le llevaba en el tren de carga o en algún mixto (mitad carga, mitad pasajero), la ropa y cosas que mi vieja colocaba en una valija-canasta, junto a una carta trabajosamente escrita, que el viejo devoraba. Estaba tres o más días, según; cuando volvía el carguero o el mixto, el viejo me embarcaba de nuevo rumbo a casa.
El pueblo estaba rodeado por un monte cerrado, un arenal atrincheraba ambos. En los días de vientos todo se opacaba. Se andaba con un pañuelo en el rostro para filtrar el aire, el cuerpo encorvado y la cabeza gacha, como topando ráfagas. El viento era caliente. Cerca estaban las salinas del norte
de Córdoba. Más de las veces esa brisa era ventarrón que se elevaba por sobre los montes acarreando arenilla con pequeños granos de sal. Arena y sal. Todo era sofocante en esa bóveda arenada. Se andaba por las calles sólo por necesidad. Así era la vida en el desvío.
Al calmarse el viento, aparecía la vida en patios y veredas, perros y cristianos salían de su encierro, los pájaros remontaban vuelo. Cuando el sosiego era pleno, mariposas, abejorros, avispas, langostas y otros insectos surcaban viboreando la brisa como un retozo. El tanque de agua se mostraba generoso, surtía agua como nunca, la gente regaba todo, hasta las comisuras de las calles, que eran arenosas.
Mi viejo baldeaba el pequeño andén, limpiaba la arenilla depositada en las palancas de las señales, las engrasaba, y después las probaba. A la noche sacaba los catres fuera de la habitación, que era un horno. Aparecían otras preocupaciones: una, las vinchucas. Tendía mi catre fuera del alero de la estación, entre sus tejas anidaban esos bichos, que de noche se descolgaban a beber sangre y a dejar su picadura maldita. Mi viejo cubría el catre-cama con un mosquitero, yo trataba de resistir esa envoltura. Era inútil cualquier rezongo, las recomendaciones de la vieja se cumplían enteramente.
El viejo era un acatador disciplinado, sabía de sus largos rezongos. Ja, mira si regresaba con una picadura o machucón, pobre mi viejo con mi vieja.
Me acostaba boca arriba, el cielo se presentaba bajo el tul del mosquitero azul, color ceniza, cuadriculado; éste deformaba todo: a las estrellas les limaba las puntas, al brillo lo esmerilaba, y a mí se me escabullía el cielo, era horrible esa turbidez. Al dormirse el viejo, llegaba el destape.
Ah, la brisa suelta y el cielo libre, la frescura y el rocío.
La otra preocupación era el burro. Sí, un burro que andaba de noche. De día se escondía en el monte, era cimarrón.
-¿El burro? -le dije a mi viejo.
-Sí, el burro. Tira mordiscones -me contestó. Al verme la cara de incrédulo comenzó toda una explicación.
-Aquí no hay chocos (perros), la gente no quiere tenerlos. No tienen qué comer ellos, menos para un perro. -¿Y? -le contesté con un ademán y la mirada.
-Por este desvío circulan trenes de pasajeros que van al norte, a Tucumán, y otros por el ramal a Catamarca. Al pasar, desde la cocina del coche-comedor tiran desperdicios, es la hora de la cena. Antes, cuando había perros, recorrían un buen trecho la vía, era una fiesta perruna. Como te dije: hoy, nadie repone perros, se fueron acabando. Apareció este burro, de lomo muy gris y de panza muy blanca, tarasconeador y pateador, muerde de puro traicionero, hay que tener cuidado. Es salvaje. Me miraba el viejo, vaya a saber qué cara tendría yo, pero él continuó dándome explicaciones:
-Ahora él hace el recorrido que antes los perros disfrutaban. Vive en el monte. Sale de noche, o después que pasa el tren de pasajeros. Si es un carguero o el tren aguatero o el de auxilio, ni se asoma -el viejo ya me asombraba de nuevo, nos tenía acostumbrados a esa invención. De la nada, como ahora, ¡zas!, un cuento.
-Con decirte que sabe los horarios de los trenes de pasajeros -dijo sin pestañear. Lo miré como diciendo: "dejáte de joder viejo, cómo va saber este burro los horarios, si los burros son lo más burro de los animales. Si cuando yo no sé algo me dicen burro, y ahí no más me sobo las orejas, por si me crecen".
-Es verdad, ya vas a ver cuando pase el rápido.
Pasó el rápido. Al rato se asomó el burro en la punta del andén. Comenzó a caminar despacio por el medio de la vía, indolente cruzó por enfrente de la estación, se perdió en la noche. A la madrugada regresó con la panza que se le reventaba. Parecía una burra preñada. Retornaba por el medio de la vía,
casi pisando sus huellas. Al cruzar el cuadro de la estación dobló y se metió en el monte. Lo vi varias veces. Me miraba de soslayo, como zorreando. Ni apuraba el trote ni lo hacía cauteloso, tranqueaba con seguridad.
Vinchucas, viento salado, el burro, el tanque de agua y su estatura, y la señal de distancia, flaca y alta, parecía un esqueleto de fierro, con un brazo verde que a veces se volvía rojo. Ése era el desvío, como tantos otros.
-¿No te aburrís viejo? -le dije un día.
-No, yo siempre me ando acompañando...
-¿...?
-Sí, conmigo y con ustedes. Nunca estoy solo -quiso explicar.
-¿...?
-Bueno, ya entenderás algún día.
Terminaron esos viajes y los relevos de mi viejo, lo ascendieron. Mucho tiempo después, pero mucho, vino lo que vino: al ferrocarril lo pararon.
Viajando rumbo al norte, no hace mucho, por la ruta 9, recordé el desvío. Ahí no más me aparté del camino, tomé una carretera provincial Y llegué al desvío aquél. Ya no era el mismo. El pueblo estaba abandonado, la estación era una tapera, los yuyos cubrían el andén, las palancas de las señales
aparecían cubiertas por un montículo de arena grasosa; el tanque de agua no tenía más agua, ese brazo vigoroso ya no goteaba más, el color que le dio majestuosidad se volvió cáscara de óxido, y la señal de distancia perdió los colores. El monte avanzaba, los médanos desdibujaban las calles. El avance
del arenal emparejaba todo, con bravura batallaba con el monte disputando espacios. Sólo un viejo muy viejo vivía en la casa de ramos generales abandonada. Era el herrero. No lo reconocí en un principio. Vivía esperanzado de que alguna vez regresara el tren. Caminamos por el pequeño pueblo abandonado. Me contaba las historias de los que vivieron allí. El cementerio desapareció, el monte lo devoró. Llegamos a lo que fue la estación. Me acongojaba al ver esas ruinas, mis recuerdos se tornaban nubosos.
De repente, el asombro: las vías estaban sin yuyos, limpias. Como si alguien, o la cuadrilla de catangos (peones) de vías pasaran todavía carpiendo los pastizales para evitar los patinajes. Los rieles se veían
medio oxidados, pero nítidos. Caminé hasta el cambio del desvío y observé que para el norte y el poniente, estaban libres de pastos, los durmientes a la vista y los cables de las señales limpias de enredaderas rastreras.
No salía de mi asombro. Este viejo muy viejo apretó sus ojos hasta hacerlos rendijas, enfocó esa abertura en mi rostro y escrutó ese asombro.
-Es el burro -dijo. Después de muchos años puse la misma cara que a mi Viejo cuando me nombró a ese asno por primera vez.
-Sí, es el burro. Vive en el monte. Está todo gris, como canoso, es muy viejo, -dijo el viejo y continuó- todas las mañanas sale a carpir la vía; al regresar, pasa frente a donde vivo, se detiene, me mira, intenta rebuznar y no puede. Parece un quejido ese intento. Pero yo sé qué quiere decir. Porque
tengo la misma esperanza que él: esperamos el tren...
*de Juan Carlos Cena. ferrocena2003@yahoo.com.ar
4*
El tren entra con una imagen fantastica, de esas que uno graba y congela en la memoria, estoy asomado a la ventanilla y veo como vuelan las hojas al costado de la locomotora, danzan con el vapor que arroja la maquina y a la altura de sus bielas comienzan a planear como plumas, descendiendo en juegos de tiempo y aire donde uno parece ver lo que desea y necesita ver. El anden tiene cuatro o cinco platanos añosos que parecen haber esperado la llegada del tren para desprenderse de sus hojas al temblor del pampero que ha soplado fuerte en toda la jornada. El tren hace una breve estadia, apenas para estirar las piernas haciendo ruidito sobre las hojas que tapizan el anden de tierra mezclado con conchilla. Uno intenta explicarse en vano que hace aquí, que idea puede justificar pisar este, un pequeño pueblo perdido en medio de la pampa por el que hace añares que no pasaba el tren.
Pense en la anécdota Antonio Dal Masetto: "Una vez, recuerdo, tomé un tren equivocado que me dejó muy lejos, en un lugar del interior. Perdí un día para llegar a donde tenía que ir, pero lo disfruté muchísimo: esa sensación de total anonimato, de estar un poco viviendo una aventura", recuerdo, ese remate antes del punto final de la nota.. Un viaje a lo desconocido, como el de un niño inmigrante. Puede, es posible que en este viaje fantastico este tratando de ver las cosas con la mirada asombrada de mi padre, el largo camino desde su pueblo sin trenes hasta tomar la Letorina desde Marsiconuovo a Napoli, que sólo habrá hecho muy pocas veces... viajar para alistarse al servicio militar, la huida a ver a su madre antes de que lo embarcaran a la guerra africana, de nuevo volver despues de finalizada la guerra, y el último viaje para ir a América, trabajar, tener hijos, nunca volver a tomar un tren en suelo italiano. Y si, me veo, lo imagino un poco a mi padre tratando de ver lejanias...
Tambien puede ser recordar los viajes en familia para Quequén, mi propio asombro de los 8 años al ver entrar ese gigante huemante de hierro negro al anden de la estación de Temperley. Los largos viajes cuando despues de la medianoche apagaban las luces. Todo era silencio y uno se hacia uno con el cielo que parecia más cercano en sus caminos de estrellas que el destino interminable de ese viaje a oscuras por un campo de luces perdidas y estaciones que no duermen esperando su único tren en la madrugada.
Pero el tren no va a esperar mi viaje mental y suena la campana, subo con el tren en movimiento, busco en el vaiven el asiento ,-el 23 V-, todavía la tarde regala un cielo infinito y a poco de andar hay que pasar el puente sobre el arroyo Pergamino. El curso se ensancho fuera de la previsión del 1900, el puente esta desmoronado, habra que pasarlo entonces a fuerza de letras e imaginación. Ahora mismo esta el guarda pasando vagón por vagon pidiendo a la gente que escriba sufientes palabras para pasar del otro lado, tender un puente por los aires, los más deslumbrados son los niños que empiezan a dibujar puentes y arco iris de colores. Yo prefiero caminar entre la gente, bajar y andar entre los pastos para ver una imagen cierta de la devastación Argentina. Y proponer alguna metáfora acerca de cuantos puentes no visibles, más abstractos, ligados a la articulación entre sectores sociales se han derrumbado.
*de Eduardo F. Coiro inventivasocial(arroba)hotmail.com
5*
Don Manuel se quitó la gorra, sacudió apenas el polvo depositado sobre la visera, contempló aquella gastada chapita de metal donde rezaba JEFE DE ESTACIÓN con un orgullo que no decrecía, aunque hubieran pasado ya muchos años desde su designación como tal, y volvió a encasquetársela con ampulosa elegancia. Algo muy dentro suyo le decía que aquél no sería un día cualquiera, sino uno muy especial.
Recorrió el solitario andén nº2, escoba en mano, dispersando las escasa hojas que trajera el viento la noche anterior, y contempló hacia el horizonte, donde las vías se alejaban en un diminuto punto, con una mano sobre la cadera y la otra sosteniendo la escoba como una lanza, a la espera de algo, aunque no sabía muy bien qué. Lo intuía, hasta casi podía palparlo en el aire...
Volvió a la oficina, calentó la pava, y se hizo unos mates. Lamentaba no poder escuchar las noticias, a causa de la rotura de la radio, pero bueno... Ya llegaría el expreso de las 8hs., con destino La Plata, y con él la primera edición de La Razón. ¿Quién habría sido designado al frente del gobierno? "Estos generales", pensó Don Manuel, negando con la cabeza, "deberían ocuparse de seguir haciendo maniobras, en lugar de dedicarse a la política. Aunque..., con los políticos que tenemos...".
Eran las 8:30hs. cuando decidió llamar a La Plata, para que le informaran qué había ocurrido con el expreso, que ya llevaba media hora de atraso. El fantasma del descarrilamiento lo acosaba desde hacía 15 minutos, y si no pedía informaión a la Estación Central, se lo comerían los nervios. Nunca le había pasado algo así, en los casi 40 años de servicio. Sin embargo, en La Plata no le atendía nadie. Y si no era por el rumor del viento entre los árboles, ni siquiera se escuchaba el piar de los pájaros. El viento y el pulso intermitente del teléfono, llamando a la distancia. Nada más.
Un súbito escalofrío le recorrió la espalda, pero se negó a saber cuál era el motivo de su temor. Tal vez, algo dentro suyo también supiera qué estaba pasando, del mismo modo que supiera que aquel día ocurriría algo.... Pero no era esto. La ausencia del expreso a La Plata era un elemento circunstancial. Había algo mucho más importante palpándose en el aire. Pero Don Manuel se hallaba tan confundido que no podía averiguarlo. Sus deberes oficiales se mezclaban con esta repentina intuición, obligándolo a dudar.
Cerca de las 9hs., con las primeras gotas de sudor corriéndole a través de la frente hacia las cejas, el semblante demudado, y el nudo de la corbata flojo y desprolijo, se asomó a la puerta de la oficina. Un extraño rumor le tensó los nervios un poco más aún. Ruido de voces distantes. Y de risas infantiles. Muchas risas infantiles.
Lentamente fueron acercándose. Venían marchando sin orden alguno a la vera de los rieles, riendo y jugando entre ellos, agitando banderines, lanzando alguna pelota al aire, abrazando una muñeca. La escena lo intrigó, hasta que reparó que provenían de aquel sendero por donde se podía llegar hasta la flamante Ciudad de los Niños. No había mayores que los acompañasen, aunque todos ellos perteneciesen a alguna escuela, a juzgar por los guardapolvos, algunos manchados, otros raídos. A Don Manuel se le antojó pensar que aquello parecía una marcha de despedida, y quizá no estuviese del todo equivocado.
Para cuando llegaron al andén, ya habían reparado en su presencia. Lejos de ignorarlo, como solían hacer todos con el Jefe de Estación, un elemento más dentro del mobiliario del ferrocarril -ya no era como antes, cuando el cargo aún inspiraba respeto-, los recién llegados agitaron sus manos en dirección a él y se ordenaron automáticamente en fila, dispuestos a ascender a una formación imaginaria. Don Manuel apenas elevó su mano derecha, sorprendido ante semejante aparición, con la cabeza llena de dudas. Comenzó a acercarse depacio, intentando formular alguna pregunta que aquellos niños, absortos en sus juegos, pudiesen llegar a responderle. Fue entonces cuando lo vio.
Al principio creyó haberse equivocado. Pero al acercarse aún más, no tuvo ninguna duda. Y el hecho de contemplar aquello le produjo un nauseabundo vacío en las entrañas.
El chico reía cuando giró la cabeza hacia él, y casi como al descuido, como si supiese que Don Manuel hubiera estado allí desde siempre, lo saludó:
-Hola, papá -, y volvió a ponerse a hablar y reír con sus amigos.
No... No podía ser... ¡Era imposible, carajo! Don Manuel se quitó la gorra de un tirón y resopló agitado, el corazón batiéndole dentro del pecho como un caballo desbocado, la cordura a punto de quebrársele en mil pedazos. "¡Este no es mi hijo!", protestó una voz dentro de su cabeza. "Martincito no puede estar acá... ¡¡¡A Martincito lo enterramos hace como veinte años!!!".
Se volvió, caminó sin sentido por el andén, se aferró la cabeza. Por un lado, algo lo impulsaba a lanzarse sobre aquel chico y volver a abrazarlo, su cuerpito fresco y entero, tan diferente a los desgajados restos que encontraron entre los durmientes, en una fatídica mañana de invierno, luego de una horrenda noche en vela, ante al desaparición de Martincito. Y por otro lado, algo también le decía que si lo rozaba siquiera, se marcharía con él a donde quiera que se fuese. Porque su hijo estaba a punto de marcharse, ¿verdad?
Las voces infantiles y los gritos de euforia le taladraban los oídos, a la manera de un nefasto panal de abejas que le surcara alrededor sin despegársele, como embadurnado de miel. Desesperado, alzó la vista y contempló en dirección al horizonte, al principio sin reparar en lo que estaba mirando. Hasta que comprendió que aquella formación que se acercaba en medio de un densa nube de vapor no podía pertenecer a este mundo.
Le resultó imposible describirla. Tal era el impacto que la imagen le producía, que debió alejar la mirada de aquella singular locomotora y centrarla en Martincito, sonriente, juguetón, como a él siempre le había gustado verlo.....y luego recordarlo. Una imagen que hubiera querido contemplar eternamente...
Entonces supo por qué el expreso de la 8hs no había llegado, ni tampoco llegaría; ni ese día, y quizá nunca más en el futuro. O por qué la radio ya no funcionaba, y los diarios no llegaban, o nadie le contestaba el llamado telefónico. De pronto supo que aquella parada, la Estación Pergamino, ya no recibiría un solo tren más en sus andenes. Y él tampoco, en ninguna otra estación de ferrocarril.
Volvió a contemplar el rostro divertido y libre de preocupaciones de Martincito -tal vez tan despreocupado como un instante antes de que lo atropellase el tren-, quien ahora lo miraba muy fijo, invitándolo a acercarse. Y entre la nube de vapor que los rodeaba, respirando muy hondo, soportando el miedo y la sorpresa, Don Manuel le extendió una mano, estrechó aquella pequeña palma rosada que le respondía el llamado, y con un atisbo de sonrisa murmuró:
-¿Nos vamos, hijo?
Martincito asintió con la cabeza.
Y tomados de la mano, entre los numerosos chicos que ascendían al vagón, rodeados por una bruma blanca, treparon los metálicos escalones...
*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar
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Saturday, June 16, 2007
PALABRAS NUEVAS O VIEJAS...
Cuando el croto lo detuvo en medio de la calle para pedirle unas monedas*
Él le dio una perorata sobre la dignidad del trabajo
y la miseria moral de la dádiva.
“La esperanza es lo último que se pierde” le dijo finalmente.
Y se alejó caminando con su maletín de cuero negro y su traje impecable
hacia la refrigerada oficina de grandes cristales
del decimocuarto piso del imponente rascacielos.
El otro, con un saco sucio y arrugado
de dormir en los bancos de la plaza,
con el hambre de tres días sin comer más que un caramelo
que le convidara un niño de la calle,
aceptó el consejo que le diera ese joven ejecutivo,
corrió detrás de él hasta llegar a su espalda
le apoyó el cuchillo en las costillas
y le exigió todo el dinero que llevaba.
Horas más tarde entró en su casa
vio el rostro compasivo de su mujer
y la alegría de sus hijos cuando les dijo:
papá les trajo comida
hay fruta, pan, leche y carne
nos haremos unos ricos churrascos con ensalada
y seremos felices para siempre
porque hay algo importante que quiero decirles:
“la esperanza es lo último que se pierde”.-
*de aldo luis novelli. aldonovelli@yahoo.com
(desde los bordes del desierto)
Palabras nuevas o viejas...
DECÍAMOS AYER*
Es famosa la frase “decíamos ayer…” y creo que como todo acierto indudable, se le atribuye a distintos personajes. Un profesor es retirado de su cargo por cuestiones políticas, y cuando retoma la cátedra, sin caer en la bajeza de denostar a sus enemigos o realizar su propio panegírico, se limita a continuar el diálogo interrumpido con sus estudiantes. Decíamos ayer…
No se si es bueno o malo, si no es dejar el campo libre a la malinterpretación o si puede ser un gesto teatral de autocomplacencia. Pero la frase traída a lo cotidiano me permite pensar en esos amigos que alejados por los avatares de la contingencia, separados de nuestra vida por la misma vida que arrastra y a veces lleva a distantes cauces, de pronto convergen en un momento dichoso en el que, frente a frente, nos dicen con la actitud y la sonrisa “decíamos ayer…”
Cuántos serán los que se nos hermanen de tal modo. Pocos. Son esos seres que no necesitan explicación ni disculpas, que cuentan con nuestra atención, nuestro cariño, la seguridad de un abrazo sincero y continente.
Ellos nos justifican.
Podrá lloviznar interminablemente sobre los alambres de tender la ropa, podrán romperse las copas que usamos hace años para celebrar lo que ahora nos duele. Ellos más viejos, más gordos, con menos pelo o menos entusiasmo, quizás cansados, quizás tristes. Ellos siguen estando ahí tan fieles a su esencia, tan comprensivos y comprensibles. Tan parte de nuestra vida, tan ellos mismos y tan nosotros mismos.
Después de teléfonos inertes, de cartas inexistentes, después de silencios y heridas cicatrizadas en soledad, bastará un saludo para restablecer el diálogo y para que la calidez tangible selle las puertas batidas por los vientos.
“Hola nena” dijo Susana. Y qué bien me hizo y qué bien nos hizo.
Hey, Susana, decíamos ayer…
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
Sábado, 16 de Junio de 2007
Ojo con las nuevas palabras*
*Por Sandra Russo
Mauricio Macri no perdió intención de voto por negarse a debatir. El clásico debate preelectoral en rigor no suele ser demasiado interesante, ni la gente se interesa mucho en él. Si no, estarían en su búsqueda los canales de aire, y no un canal de cable. Por lo demás, los analistas políticos coinciden en
que, si en algo influye un debate, esa influencia positiva o negativa proviene de los gestos y/o actitudes de los panelistas, y no de sus contenidos. Importan los gestos, la actitud. Los detalles: un saco cruzado,
un saco abierto, la cantidad de asesores de cada uno, la opinión de los asesores al final... en fin, un plomazo.
Sin embargo, yo creo que no es porque los debates son poco interesantes que Macri no perdió intención de voto. Una vez más, el candidato está a salvo de lo políticamente previsible: su electorado no lee la declinación como una falta de coraje o de seguridad en sí mismo, sino como un desplante. Yo creo
que todo esto hay que tomarlo con cuidado y con atención: se está poniendo en juego no solamente un candidato inverosímil de acuerdo con los parámetros de hace tres años, sino también un sistema completo de hacer política. Claro que Macri es la nueva política. Vaya si lo es. No sirve restarle el mérito
de haber encontrado las grietas y haberlas perforado. Que Macri hable con una papa en la boca o que represente los valores que muchísima gente que vive en esta ciudad creía superados (la represión como método de disciplinamiento urbano; el nulo interés en derechos humanos; su aversión a las minorías sexuales; su asociación a los peores emergentes de los últimos años, como Sobisch y Blumberg), no significa que este hombre no haya llevado a cabo, ya, un cambio.
En el mundo vacío de contenidos ideológicos en el que proponen vivir Macri y sus adherentes intelectuales, hay palabras que estaban latiendo en el aire y que han sido cooptadas, reformuladas y vueltas a lanzar con una clara carga ideológica de derecha, y no de cualquier derecha: se parece a esas campañas llenas de globos y porristas de los republicanos, y renombra esas palabras, operando como un conquistador del lenguaje.
Macri propone cambio y la gente vota cambio. Eso provoca un cambio. Es un cambio bastante atroz, pero no deja de ser un cambio que una ciudad que se enorgullecía, hace poco, de que sus pobres no fueran reprimidos, haya sido penetrada hasta el tuétano por el discurso Hadad. Ese cambio ya se había
producido y Macri lo habilita.
Sobre la nueva política, ¿quién puede discutirlo? Claro que Macri está haciendo una nueva política. No llegamos a purificar lo suficiente los canales naturales de las dirigencias, aunque probablemente eso no sea posible hasta que llegue el momento de que una nueva generación se abra su espacio. Pero que una política sea nueva también podía implicarnos esto, un viraje sombrío a la ilusión de la gestión aséptica, como si lo único que se necesitara fuera la agilización de la burocracia.
¿Y la palabra "agresión"? ¿No merece más lecturas? ¿No es un poco inquietante que en un país en el que siguen existiendo más de cuatrocientos pibes apropiados que desconocen su identidad, esa palabra vire? ¿No estaremos ante una voltereta terrible de la palabra "violencia", para adjudicarla otra vez, una vez más, únicamente a la presión que llega desde abajo?
Que Macri se niegue a hablar de ideología puede rescatarlo a él, pero de ninguna manera va a impedir que se discuta ideología en las calles y en las casas. Es cierto que gran parte del electorado de Macri se alivia con la suspensión del debate y se alivia con el mutis político del candidato. Un argentinismo total: esa parte del electorado prefiere que le mientan. Acaso porque hay tanta gente así en este país es que tenemos tantos dirigentes que nos mienten. Hay paño.
El PRO no da a conocer sus propuestas en materia de derechos humanos. Pero ya sabemos que los vendedores ambulantes, las prostitutas, los cartoneros, los piqueteros, los estudiantes, los sindicatos, en fin, todos aquellos que quieran reclamar o trabajar en las calles serán sujetos indeseables que
perturbarán el tránsito y que serán reprimidos con tal de que no haya embotellamientos. De alguna manera, pienso ahora, la victoria de Macri implicaría el triunfo del automovilista sobre el manifestante. Releo la oración y creo que puede ser leída por cualquier partidario de Macri como un slogan de campaña.
A esa campaña la están respaldando algunos intelectuales con reflexiones más pueriles que las se podrían leer en el Reader's Digest. Esta semana me llegó un texto de Alejandro Rozitchner, que él publicó en su blog y que lleva por título "Diez razones para votar a Macri". Por ejemplo, dice que "la gestión
pública tiene que ser abordada con un criterio de gestión (la búsqueda efectiva del bienestar y crecimiento) y no con el de la ideología (la lucha contra los opresores y el rechazo de la supuesta barbarie capitalista)".
Guau: la barbarie capitalista todavía no está demostrada. El filósofo también escribe que "la ideología es el refugio de los incapaces (o aun peor, en muchos casos, la coartada de los corruptos)". ¡Guau! ¿Eso sólo era la ideología? Haberlo sabido, en un país en el que todavía hay 500 pibes cuyos padres fueron asesinados y que no saben quiénes son. Y sigue: "...la derecha no existe, es un término con el que la izquierda intenta correr a los que no se suman a su visión retrasada del mundo". ¡¡Guau!! ¡La derecha
no existe! Entonces Rozitchner tampoco.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-86670-2007-06-16.html
Instrucciones para John Howell
A Peter Brook
Pensándolo después -en la calle, en un tren, cruzando campos- todo eso hubiera parecido absurdo, pero un teatro no es más que un pacto con el absurdo, su ejercicio eficaz y lujoso. A Rice, que se aburría en un Londres otoñal de fin de semana y que había entrado al Aldwych sin mirar demasiado el programa, el primer acto de la pieza le pareció sobre todo mediocre; el absurdo empezó en el intervalo cuando el hombre de gris se acercó a su butaca y lo invitó cortésmente, con una voz casi inaudible, a que lo acompañara entre bastidores. Sin demasiada sorpresa pensó que la dirección del teatro debía estar haciendo una encuesta, alguna vaga investigación con fines publicitarios. "Si se trata de una opinión", dijo Rice, "el primer acto me parece flojo, y la iluminación, por ejemplo..." El hombre de gris asintió amablemente pero su mano seguía indicando una salida lateral, y Rice entendió que debía levantarse y acompañarlo sin hacerse rogar. "Hubiera preferido una taza de té", pensó mientras bajaba unos peldaños que daban a un pasillo lateral y se dejaba conducir entre distraído y molesto. Casi de golpe se encontró frente a un bastidor que representaba una biblioteca burguesa; dos hombres que parecían aburrirse lo saludaron como si su visita hubiera estado prevista e incluso descontada. "Desde luego usted se presta admirablemente", dijo el más alto de los dos. El otro hombre inclinó la cabeza, con un aire de mudo. "No tenemos mucho tiempo", dijo el hombre alto, "pero trataré de explicarle su papel en dos palabras". Hablaba mecánicamente, casi como si prescindiera de la presencia real de Rice y se limitara a cumplir una monótona consigna. "No entiendo", dijo Rice dando un paso atrás. "Casi es mejor", dijo el hombre alto. "En estos casos el análisis es más bien una desventaja; verá que apenas se acostumbre a los reflectores empezará a divertirse. Usted ya conoce el primer acto; ya sé, no le gustó. A nadie le gusta. Es a partir de ahora que la pieza puede ponerse mejor. Depende, claro." "Ojalá mejore", dijo Rice que creía haber entendido mal, "pero en todo caso ya es tiempo de que me vuelva a la sala". Como había dado otro paso atrás no lo sorprendió demasiado la blanda resistencia del hombre de gris, que murmuraba una excusa sin apartarse. "Parecería que no nos entendemos", dijo el hombre alto, "y es una lástima porque faltan apenas cuatro minutos para el segundo acto. Le ruego que me escuche atentamente. Usted es Howell, el marido de Eva. Ya ha visto que Eva engaña a Howell con Michael, y que probablemente Howell se ha dado cuenta aunque prefiere callar por razones que no están todavía claras. No se mueva, por favor, es simplemente una peluca." Pero la admonición parecía casi inútil porque el hombre de gris y el hombre mudo lo habían tomado de los brazos; y una muchacha alta y flaca que había aparecido bruscamente le estaba calzando algo tibio en la cabeza. "Ustedes no querrán que yo me ponga a gritar y arme un escándalo en el teatro", dijo Rice tratando de dominar el temblor de su voz. El hombre alto se encogió de hombros. "Usted no haría eso", dijo cansadamente. "Sería tan poco elegante... No, estoy seguro que no haría eso. Además la peluca le queda perfectamente, usted tiene tipo de pelirrojo." Sabiendo que no debía decir eso, Rice dijo: "Pero yo no soy un actor." Todos, hasta la muchacha, sonrieron alentándolo. "Precisamente", dijo el hombre alto. "Usted se da muy bien cuenta de la diferencia. Usted no es un actor, usted es Howell. Cuando salga a escena, Eva estará en el salón escribiendo una carta a Michael. Usted fingirá no darse cuenta de que ella esconde el papel y disimula su turbación. A partir de ese momento haga lo que quiera. Los anteojos, Ruth." "¿Lo que quiera?", dijo Rice, tratando sordamente de liberar sus brazos mientras Ruth le ajustaba unos anteojos con montura de Carey. "Sí, de eso se trata", dijo desganadamente el hombre alto, y Rice tuvo como una sospecha de que estaba harto de repetir las mismas cosas cada noche. Se oía la campanilla llamando al público, y Rice alcanzó a distinguir los movimientos de los tramoyistas en el escenario, unos cambios de luces; Ruth había desaparecido de golpe. Lo invadió una indignación más amarga que violenta, que de alguna manera parecía fuera de lugar. "Esto es una farsa estúpida", dijo tratando de zafarse, "y les prevengo que..." "Lo lamento", murmuró el hombre alto. "Francamente hubiera pensado otra cosa de usted. Pero ya que lo toma así..." No era exactamente una amenaza, aunque los tres hombres lo rodeaban de una manera que exigía la obediencia o la lucha abierta; a Rice le pareció que una cosa hubiera sido tan absurda o quizá tan falsa como la otra. "Howell entra ahora", dijo el hombre alto, mostrando el estrecho pasaje entre los bastidores. "Una vez allí haga lo que quiera, pero nosotros lamentaríamos que..." Lo decía amablemente, sin turbar el repentino silencio de la sala; el telón se alzó con un frotar de terciopelo, y los envolvió una ráfaga de aire tibio. "Yo que usted lo pensaría, sin embargo", agregó cansadamente el hombre alto. "Vaya ahora." Empujándolo sin empujarlo, los tres lo acompañaron hasta la mitad de los bastidores. Una luz violeta encegueció a Rice; delante había una extensión que le pareció infinita, y a la izquierda adivinó la gran caverna, algo como una gigantesca respiración contenida, eso que después de todo era el verdadero mundo donde poco a poco empezaban a recortarse pecheras blancas y quizá sombreros o altos peinados. Dio un paso o dos, sintiendo que las piernas no le respondían, y estaba a punto de volverse y retroceder a la carrera cuando Eva, levantándose precipitadamente, se adelantó y le tendió una mano que parecía flotar en la luz violeta al término de un brazo muy blanco y largo. La mano estaba helada, y Rice tuvo la impresión de que se crispaba un poco en la suya. Dejándose llevar hasta el centro de la escena, escuchó confusamente las explicaciones de Eva sobre su dolor de cabeza, la preferencia por la penumbra y la tranquilidad de la biblioteca, esperando a que callara para adelantarse al proscenio y decir en dos palabras, que los estaban estafando. Pero Eva parecía esperar que él se sentara en el sofá de gusto tan dudoso como el argumento de la pieza y los decorados, y Rice comprendió que era imposible, casi grotesco, seguir de pie, mientras ella, tendiéndole otra vez la mano, reiteraba la invitación con una sonrisa cansada. Desde el sofá distinguió mejor las primeras filas de platea, apenas separadas de la escena por la luz que había ido virando del violeta a un naranja amarillento, pero curiosamente a Rice le fue más fácil volverse hacia Eva y sostener su mirada que de alguna manera lo ligaba todavía a esa insensatez, aplazando un instante más la única decisión posible a menos de acatar la locura y entregarse al simulacro. "Las tardes de este otoño son interminables", había dicho Eva buscando una caja de metal blanco perdida entre los libros y los papeles de la mesita baja, y ofreciéndole un cigarrillo. Mecánicamente Rice sacó su encendedor, sintiéndose cada vez más ridículo con la peluca y los anteojos; pero el menudo ritual de encender los cigarrillos y aspirar las primeras bocanadas era como una tregua, le permitía sentarse más cómodamente, aflojando la insoportable tensión del cuerpo que se sabía mirado por frías constelaciones invisibles. Oía sus respuestas a las frases de Eva, las palabras parecían suscitarse unas a otras con un mínimo esfuerzo, sin que se estuviera hablando de nada en concreto; un diálogo de castillo de naipes en el que Eva iba poniendo los muros del frágil edificio, y Rice sin esfuerzo intercalaba sus propias cartas y el castillo se alzaba bajo la luz anaranjada hasta que al terminar una prolija explicación que incluía el nombre de Michael ("Ya ha visto que Eva engaña a Howell con Michael") y otros nombres y otros lugares, un té al que había asistido la madre de Michael (¿o era la madre de Eva?) y una justificación ansiosa y casi al borde de las lágrimas, con un movimiento de ansiosa esperanza Eva se inclinó hacia Rice como si quisiera abrazarlo o esperara que él la tomase en los brazos, y exactamente después de la última palabra dicha con una voz clarísima, junto a la oreja de Rice murmuró: "No dejes que me maten", y sin transición volvió a su voz profesional para quejarse de la soledad y del abandono. Golpeaban en la puerta del fondo y Eva se mordió los labios como si hubiera querido agregar algo más (pero eso se le ocurrió a Rice, demasiado confundido para reaccionar a tiempo), y se puso de pie para dar la bienvenida a Michael que llegaba con la fatua sonrisa que ya había enarbolado insoportablemente en el primer acto. Una dama vestida de rojo, un anciano: de pronto la escena se poblaba de gente que cambiaba saludos, flores y noticias. Rice estrechó las manos que le tendían y volvió a sentarse lo antes posible en el sofá, escudándose tras de otro cigarrillo; ahora la acción parecía prescindir de él y el público recibía con murmullos satisfechos una serie de brillantes juegos de palabras de Michael y los actores de carácter, mientras Eva se ocupaba del té y daba instrucciones al criado. Quizá fuera el momento de acercarse a la boca del escenario, dejar caer el cigarrillo y aplastarlo con el pie, a tiempo para anunciar: "Respetable público..." Pero acaso fuera más elegante (No dejes que me maten) esperar la caída del telón y entonces, adelantándose rápidamente, revelar la superchería. En todo eso había como un lado ceremonial que no era penoso acatar; a la espera de su hora, Rice entró en el diálogo que le proponía el anciano caballero, aceptó la taza de té que Eva le ofrecía sin mirarlo de frente, como si se supiese observada por Michael y la dama de rojo. Todo estaba en resistir, en hacer frente a un tiempo interminablemente tenso, ser más fuerte que la torpe coalición que pretendía convertirlo en un pelele. Ya le resultaba fácil advertir cómo las frases que le dirigían (a veces Michael, a veces la dama de rojo, casi nunca Eva, ahora) llevaban implícita la respuesta; que el pelele contestara lo previsible, la pieza podía continuar. Rice pensó que de haber tenido un poco más de tiempo para dominar la situación, hubiera sido divertido contestar a contrapelo y poner en dificultades a los actores; pero no se lo consentirían, su falsa libertad de acción no permitía más que la rebelión desaforada, el escándalo. No dejes que me maten, había dicho Eva; de alguna manera, tan absurda como el resto, Rice seguía sintiendo que era mejor esperar. El telón cayó sobre una réplica sentenciosa y amarga de la dama de rojo, y los actores le parecieron a Rice como figuras que súbitamente bajaran un peldaño invisible: disminuidos, indiferentes (Michael se encogía de hombros, dando la espalda y yéndose por el foro), abandonaban la escena sin mirarse entre ellos, pero Rice notó que Eva giraba la cabeza hacia él mientras la dama de rojo y el anciano se la llevaban amablemente del brazo hacia los bastidores de la derecha. Pensó en seguirla, tuvo una vaga esperanza de camarín y conversación privada. "Magnífico", dijo el hombre alto, palmeándole el hombro. "Muy bien, realmente la ha hecho usted muy bien." Señalaba hacia el telón que dejaba pasar los últimos aplausos. "Les ha gustado de veras. Vamos a tomar un trago." Los otros dos hombres estaban algo más lejos, sonriendo amablemente, y Rice desistió de seguir a Eva. El hombre alto abrió una puerta al final del primer pasillo y entraron en una sala pequeña donde había sillones desvencijados, un armario, una botella de whisky ya empezada y hermosísimos vasos de cristal tallado. "Lo ha hecho usted muy bien", insistió el hombre alto mientras se sentaban en torno a Rice. "Con un poco de hielo ¿verdad? Desde luego, cualquiera tendría la garganta seca." El hombre de gris se adelantó a la negativa de Rice y le alcanzó un vaso casi lleno. "El tercer acto es más difícil pero a la vez más entretenido para Howell", dijo el hombre alto. "Ya ha visto cómo se van descubriendo los juegos." Empezó a explicar la trama, ágilmente y sin vacilar. "En cierto modo usted ha complicado las cosas", dijo. "Nunca me imaginé que procedería tan pasivamente con su mujer; yo hubiera reaccionado de otra manera." "¿Cómo?", preguntó secamente Rice. "Ah, querido amigo, no es justo preguntar eso. Mi opinión podría alterar sus propias decisiones, puesto que usted ha de tener ya un plan preconcebido. ¿O no? Como Rice callaba, agregó: "Si le digo eso es precisamente porque no se trata de tener planes preconcebidos. Estamos todos demasiado satisfechos para arriesgarnos a malograr el resto." Rice bebió un largo trago de whisky. "Sin embargo, en el segundo acto usted me dijo que podía hacer lo que quisiera", observó. El hombre de gris se echó a reír, pero el hombre alto lo miró y el otro hizo un rápido gesto de excusa. "Hay un margen para la aventura o el azar, como usted quiera", dijo el hombre alto. "A partir de ahora le ruego que se atenga a lo que voy a indicarle, se entiende que dentro de la máxima libertad en los detalles." Abriendo la mano derecha con la palma hacia arriba, la miró fijamente mientras el índice de la otra mano iba a apoyarse en ella una y otra vez. Entre dos tragos (le habían llenado otra vez el vaso) Rice escuchó las instrucciones para John Howell. Sostenido por el alcohol y por algo que era como un lento volver hacía sí mismo que lo iba llenando de una fría cólera, descubrió sin esfuerzo el sentido de las instrucciones, la preparación de la trama que debía hacer crisis en el último acto. "Espero que esté claro", dijo el hombre alto, con un movimiento circular del dedo en la palma de la mano. "Está muy claro", dijo Rice levantándose, "pero además me gustaría saber si en el cuarto acto..." "Evitemos las confusiones, querido amigo", dijo el hombre alto. "En el próximo intervalo volveremos sobre el tema, pero ahora le sugiero que se concentre exclusivamente en el tercer acto. Ah, el traje de calle, por favor." Rice sintió que el hombre mudo le desabotonaba la chaqueta; el hombre de gris había sacado del armario un traje de tweed y unos guantes; mecánicamente Rice se cambió de ropa bajo las miradas aprobadoras de los tres. El hombre alto había abierto la puerta y esperaba; a lo lejos se oía la campanilla. "Esta maldita peluca me da calor", pensó Rice acabando el whisky de un solo trago. Casi en seguida se encontró entre nuevos bastidores, sin oponerse a la amable presión de una mano en el codo. "Todavía no", dijo el hombre alto, más atrás. "Recuerde que hace fresco en el parque. Quizás si se subiera el cuello de la chaqueta...Vamos, es su entrada." Desde un banco al borde del sendero Michael se adelantó hacia él, saludándolo con una broma. Le tocaba responder pasivamente y discutir los méritos del otoño en Regent's Park, hasta la llegada de Eva y la dama de rojo que estarían dando de comer a los cisnes. Por primera vez -y a él lo sorprendió casi tanto como a los demás- Rice cargó el acento en una alusión que el público pareció apreciar y que obligó a Michael a ponerse a la defensiva, forzándolo a emplear los recursos más visibles del oficio para encontrar una salida; dándole bruscamente la espalda mientras encendía un cigarrillo, como si quisiera protegerse del viento, Rice miró por encima de los anteojos y vio a los tres hombres entre los bastidores, el brazo del hombre alto que le hacía un gesto conminatorio (debía estar un poco borracho y además se divertía, el brazo agitándose le hacia una gracia extraordinaria) antes de volverse y apoyar una mano en el hombro de Michael. "Se ven cosas regocijantes en los parques", dijo Rice. "Realmente no entiendo que se pueda perder el tiempo con cisnes o amantes cuando se está en un parque londinense." El público rió más que Michael, excesivamente interesado por la llegada de Eva y la dama de rojo. Si vacilar Rice siguió marchando contra la corriente, violando poco a poco las instrucciones en una esgrima feroz y absurda contra actores habilísimos que se esforzaban por hacerlo volver a su papel y a veces lo conseguían, pero él se les escapaba de nuevo para ayudar de alguna manera a Eva, si saber bien por qué pero diciéndose (y le daba risa, y debía ser el whisky) que todo lo que cambiara en ese momento alteraría inevitablemente el último acto (No dejes que me maten). Y los otros se habían dado cuenta de su propósito porque bastaba mirar por sobre los anteojos hacia los bastidores de la izquierda para ver los gestos iracundos del hombre alto, fuera y dentro de la escena estaban luchando contra él y Eva, se interponían para que no pudieran comunicarse, para que ella no alcanzara a decirle nada, y ahora llegaba el caballero anciano seguido de un lúgubre chofer, había como un momento de calma (Rice recordaba las instrucciones: una pausa, luego la conversación sobre la compra de acciones, entonces la frase reveladora de la dama de rojo, y telón), y en ese intervalo en que obligadamente Michael y la dama de rojo debían apartarse para que el caballero hablara con Eva y Howell de la maniobra bursátil (realmente no faltaba nada en esa pieza), el placer de estropear un poco más la acción llenó a Rice de algo que se parecía a la felicidad. Con un gesto que dejaba bien claro el profundo desprecio que le inspiraban las operaciones arriesgadas, tomó del brazo a Eva, sorteó la maniobra envolvente del enfurecido y sonriente caballero, y caminó con ella oyendo a sus espaldas un muro de palabras ingeniosas que no le concernían, exclusivamente inventadas para el público, y en cambio sí Eva, en cambio un aliento tibio apenas un segundo contra su mejilla, el leve murmullo de su voz verdadera diciendo: "Quedate conmigo hasta el final", quebrado por un movimiento instintivo, el hábito que la hacía responder a la interpelación de la dama de rojo, arrastrando a Howell para que recibiera en plena cara las palabras reveladoras. Sin pausa, sin el mínimo hueco que hubiera necesitado para poder cambiar el rumbo que esas palabras daban definitivamente a lo que habría de venir más tarde, Rice vio caer el telón. "Imbécil", dijo la dama de rojo. "Salga, Flora", ordenó el hombre alto, pegado a Rice que sonreía satisfecho. "Imbécil", repitió la dama de rojo, tomando del brazo a Eva que había agachado la cabeza y parecía como ausente. Un empujón mostró el camino a Rice que se sentía perfectamente feliz. "Imbécil", dijo a su vez el hombre alto. El tirón en la cabeza fue casi brutal, pero Rice se quitó él mismo los anteojos y los tendió al hombre alto. "El whisky no era malo" dijo. "Si quiere darme las instrucciones para el último acto..." Otro empellón estuvo a punto de tirarlo al suelo y cuando consiguió enderezarse, con una ligera náusea, ya estaba andando a tropezones por una galería mal iluminada; el hombre alto había desaparecido y los otros dos se estrechaban contra él; obligándolo a avanzar con la mera presión de los cuerpos. Había una puerta con una lamparilla naranja en lo alto. "Cámbiese", dijo el hombre de gris alcanzándole su traje. Casi sin darle tiempo a ponerse la chaqueta, abrieron la puerta de un puntapié, el empujón lo sacó trastabillando a la acera, al frío de un callejón que olía a basura. "Hijos de perra, me voy a pescar una pulmonía", pensó Rice, metiendo las manos en los bolsillos. Había luces en el extremo más alejado del callejón, desde donde venía el rumor del tráfico. En la primera esquina (no le habían quitado el dinero ni los papeles) Rice reconoció la entrada del teatro. Como nada impedía que asistiera desde su butaca al último acto, entró al calor del foyer, al humo y las charlas de la gente en el bar; le quedó tiempo para beber otro whisky, pero se sentía incapaz de pensar en nada. Un poco antes de que se alzara el telón alcanzó a preguntarse quién haría el papel de Howell en el último acto, y si algún otro pobre infeliz estaría pasando por amabilidades y amenazas y anteojos; pero la broma debía terminar cada noche de la misma manera porque en seguida reconoció al actor del primer acto, que leía una carta en su estudio y la alcanzaba a una Eva pálida y vestida de gris. "Es escandaloso", comentó Rice volviéndose hacia el espectador de la izquierda. "¿Cómo se tolera que cambien de actor en mitad de una pieza?" El espectador suspiró fatigado. "Ya no se sabe con estos autores jóvenes", dijo. "Todo es símbolo, supongo." Rice se acomodó en la platea saboreando malignamente el murmullo de los espectadores que no parecían aceptar tan pasivamente como su vecino los cambios físicos de Howell; y sin embargo la ilusión teatral los dominó casi en seguida; el actor era excelente y la acción se precipitaba de una manera que sorprendió incluso a Rice, perdido en una agradable indiferencia. La carta era de Michael, que anunciaba su partida de Inglaterra; Eva la leyó y la devolvió en silencio; se sentía que estaba llorando contenidamente. Quédate conmigo hasta el final, había dicho Eva. No dejes que me maten, había dicho absurdamente Eva. Desde la seguridad de la platea era inconcebible que pudiera sucederle algo en ese escenario de pacotilla; todo había sido una continua estafa, una larga hora de pelucas y de árboles pintados. Desde luego la infaltable dama de rojo invadía la melancólica paz del estudio donde el perdón y quizá el amor de Howell se percibían en sus silencios, en su manera casi distraída de romper la carta y echarla al fuego. Parecía inevitable que la dama de rojo insinuara que la partida de Michael era una estratagema, y también que Howell le diera a entender un desprecio que no impediría una cortés invitación a tomar el té. A Rice lo divirtió vagamente la llegada del criado con la bandeja; el té parecía uno de los recursos mayores del comediógrafo; sobre todo ahora que la dama de rojo maniobraba en algún momento con una botellita de melodrama romántico mientras las luces iban bajando de una manera por completo inexplicable en el estudio de un abogado londinense. Hubo una llamada telefónica que Howell atendió con perfecta compostura (era previsible la caída de las acciones o cualquier otra crisis necesaria para el desenlace); las tazas pasaron de mano en mano con las sonrisas pertinentes, el buen tono previo a las catástrofes. A Rice le pareció casi inconveniente el gesto de Howell en el momento en que Eva acercaba los labios a la taza, su brusco movimiento y el té derramándose sobre el vestido gris. Eva estaba inmóvil, casi ridícula; en esa detención instantánea de las actitudes (Rice se había enderezado sin saber por qué, y alguien chistaba impaciente a sus espaldas), la exclamación escandalizada de la dama de rojo se superpuso al leve chasquido, a la mano de Howell que se alzaba para anunciar algo, a Eva que torcía la cabeza mirando al público como si no quisiera creer y después se deslizaba de lado hasta quedar casi tendida en el sofá, en una lenta reanudación del movimiento que Howell pareció recibir y continuar con su brusca carrera hacia los bastidores de la derecha, su fuga que Rice no vio porque también él corría ya por el pasillo central sin que ningún otro espectador se hubiera movido todavía. Bajando a saltos la escalera, tuvo el tino de entregar su talón en el guardarropa y recobrar el abrigo; cuando llegaba a la puerta oyó los primeros rumores del final de la pieza, aplausos y voces en la sala; alguien del teatro corría escaleras arriba. Huyó hacia Kean Street y al pasar junto al callejón lateral le pareció ver un bulto que avanzaba pegado a la pared; la puerta por donde lo habían expulsado estaba entornada, pero Rice no había terminado de registrar esas imágenes cuando ya corría por la calle iluminada y en vez de alejarse de la zona del teatro bajaba otra vez por Kingsway, previendo que a nadie se le ocurriría buscarlo cerca del teatro. Entró en el Strand (se había subido el cuello del abrigo y andaba rápidamente, con las manos en los bolsillos) hasta perderse con un alivio que él mismo no se explicaba en la vaga región de las callejuelas internas que nacían en Chancery Lane. Apoyándose contra una pared (jadeaba un poco y sentía que el sudor le pegaba la camisa a la piel) encendió un cigarrillo y por primera vez se preguntó explícitamente, empleando todas las palabras necesarias, por qué estaba huyendo. Los pasos que se acercaban se interpusieron entre él y la respuesta que buscaba; mientras corría pensó que si lograba cruzar el río (ya esta cerca del puente de Blackfriars) se sentiría a salvo. Se refugió en un portal, lejos del farol que alumbraba la salida hacia Watergate. Algo le quemó la boca, se arrancó de un tirón la colilla que había olvidado; y sintió que le desgarraba los labios. En el silencio que lo envolvía trató de repetirse las preguntas no contestadas, pero irónicamente se le interponía la idea de que sólo estaría a salvo si alcanzaba a cruzar el río. Era ilógico, los pasos también podrían seguirlo por el puente; por cualquier callejuela de la otra orilla; y sin embargo eligió el puente, corrió a favor de un viento que lo ayudó a dejar atrás el río y perderse en un laberinto que no conocía hasta llegar a una zona mal alumbrada; el tercer alto de la noche en un profundo y angosto callejón sin salida lo puso por fin frente a la única pregunta importante, y Rice comprendió que era incapaz de encontrar la respuesta. No dejes que me maten, había dicho Eva, y él había hecho lo posible, torpe y miserablemente, pero lo mismo la habían matado, por lo menos en la pieza la habían matado y él tenía que huir porque no podía ser que la pieza terminara así, que la taza de té se volcara inofensivamente sobre el vestido de Eva y sin embargo Eva resbalara hasta quedar tendida en el sofá; había ocurrido otra cosa sin que él estuviera allí para impedirlo, quédate conmigo hasta el final, le había suplicado Eva, pero lo habían echado del teatro, lo habían apartado de eso que tenía que suceder y que él, estúpidamente instalado en su platea, había contemplado sin comprender o comprendiéndolo desde otra región de sí mismo donde había miedo y fuga y ahora, pegajoso como el sudor que le corría por el vientre, el asco de sí mismo. "Pero yo no tengo nada que ver", pensó. "Y no ha ocurrido nada; no es posible que cosas así ocurran." Se lo repitió aplicadamente; no podía ser que hubieran venido a buscarlo, a proponerle esa insensatez, a amenazarlo amablemente; los pasos que se acercaban tenían que ser los de cualquier vagabundo, unos pasos sin huellas. El hombre pelirrojo que se detuvo junto a él casi sin mirarlo, y que se quitó los anteojos con un gesto convulsivo para volver a ponérselos después de frotarlos contra la solapa de la chaqueta, era sencillamente alguien que se parecía a Howell, al actor que había hecho el papel de Howell y había volcado la taza de té sobre el vestido de Eva. "Tire esa peluca", dijo Rice, "lo reconocerán en cualquier parte". "No es una peluca", dijo Howell (se llamaría Smith o Rogers, ya ni recordaba el nombre en el programa). "Qué tonto soy", dijo Rice. Era de imaginar que habían tenido preparada una copia exacta de los cabellos de Howell, así como los anteojos habían sido una réplica de los de Howell. "Usted hizo lo que pudo", dijo Rice, "yo estaba en la platea y lo vi; todo el mundo podrá declarar a su favor". Howell temblaba, apoyado en la pared. "No es eso", dijo. "Qué importa, si lo mismo se salieron con la suya." Rice agachó la cabeza; un cansancio invencible lo agobiaba. "Yo también traté de salvarla", dijo, "pero no me dejaron seguir". Howell lo miró rencorosamente. "Siempre ocurre lo mismo", dijo como hablándose a sí mismo. "Es típico de los aficionados, creen que pueden hacerlo mejor que los otros, y al final no sirve de nada." Se subió el cuello de la chaqueta, metió las manos en los bolsillos. Rice hubiera querido preguntarle: "¿Por qué ocurre siempre lo mismo? Y si es así, ¿por qué estamos huyendo?" El silbato pareció engolfarse en el callejón, buscándolos. Corrieron largo rato a la par, hasta detenerse en algún rincón que olía a petróleo, a río estancado. Detrás de una pila de fardos descansaron un momento; Howell jadeaba como un perro y a Rice se le acalambraba una pantorrilla. Se la frotó, apoyándose en los fardos, manteniéndose con dificultad sobre un solo pie. "Pero quizá no sea tan grave", murmuró. "Usted dijo que siempre ocurría lo mismo." Howell le puso una mano en la boca; se oían alternadamente dos silbatos. "Cada uno por su lado" dijo Howell. "Tal vez uno de los dos pueda escapar." Rice comprendió que tenía razón pero hubiera querido que Howell le contestara primero. Lo tomó de un brazo, atrayéndolo con toda su fuerza. "No me dejes ir así", suplicó. "No puedo seguir huyendo siempre, sin saber." Sintió el olor alquitranado de los fardos, su mano como hueca en el aire. Unos pasos corrían alejándose; Rice se agachó, tomando impulso, y partió en la dirección contraria. A la luz de un farol vio un nombre cualquiera: Rose Alley. Más allá estaba el río, algún puente. No faltaban puentes ni calles por donde correr.
*Cortázar, Julio; Todos los fuegos el fuego, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1994
-Fuente: http://www.geocities.com/juliocortazar_arg/
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Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 17 de junio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor chileno Boris Alvarado. Las poesías que leeremos pertenecen a Jorge Mendoza Castaño (Colombia) y la música de fondo será de Llaqtamasi (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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Él le dio una perorata sobre la dignidad del trabajo
y la miseria moral de la dádiva.
“La esperanza es lo último que se pierde” le dijo finalmente.
Y se alejó caminando con su maletín de cuero negro y su traje impecable
hacia la refrigerada oficina de grandes cristales
del decimocuarto piso del imponente rascacielos.
El otro, con un saco sucio y arrugado
de dormir en los bancos de la plaza,
con el hambre de tres días sin comer más que un caramelo
que le convidara un niño de la calle,
aceptó el consejo que le diera ese joven ejecutivo,
corrió detrás de él hasta llegar a su espalda
le apoyó el cuchillo en las costillas
y le exigió todo el dinero que llevaba.
Horas más tarde entró en su casa
vio el rostro compasivo de su mujer
y la alegría de sus hijos cuando les dijo:
papá les trajo comida
hay fruta, pan, leche y carne
nos haremos unos ricos churrascos con ensalada
y seremos felices para siempre
porque hay algo importante que quiero decirles:
“la esperanza es lo último que se pierde”.-
*de aldo luis novelli. aldonovelli@yahoo.com
(desde los bordes del desierto)
Palabras nuevas o viejas...
DECÍAMOS AYER*
Es famosa la frase “decíamos ayer…” y creo que como todo acierto indudable, se le atribuye a distintos personajes. Un profesor es retirado de su cargo por cuestiones políticas, y cuando retoma la cátedra, sin caer en la bajeza de denostar a sus enemigos o realizar su propio panegírico, se limita a continuar el diálogo interrumpido con sus estudiantes. Decíamos ayer…
No se si es bueno o malo, si no es dejar el campo libre a la malinterpretación o si puede ser un gesto teatral de autocomplacencia. Pero la frase traída a lo cotidiano me permite pensar en esos amigos que alejados por los avatares de la contingencia, separados de nuestra vida por la misma vida que arrastra y a veces lleva a distantes cauces, de pronto convergen en un momento dichoso en el que, frente a frente, nos dicen con la actitud y la sonrisa “decíamos ayer…”
Cuántos serán los que se nos hermanen de tal modo. Pocos. Son esos seres que no necesitan explicación ni disculpas, que cuentan con nuestra atención, nuestro cariño, la seguridad de un abrazo sincero y continente.
Ellos nos justifican.
Podrá lloviznar interminablemente sobre los alambres de tender la ropa, podrán romperse las copas que usamos hace años para celebrar lo que ahora nos duele. Ellos más viejos, más gordos, con menos pelo o menos entusiasmo, quizás cansados, quizás tristes. Ellos siguen estando ahí tan fieles a su esencia, tan comprensivos y comprensibles. Tan parte de nuestra vida, tan ellos mismos y tan nosotros mismos.
Después de teléfonos inertes, de cartas inexistentes, después de silencios y heridas cicatrizadas en soledad, bastará un saludo para restablecer el diálogo y para que la calidez tangible selle las puertas batidas por los vientos.
“Hola nena” dijo Susana. Y qué bien me hizo y qué bien nos hizo.
Hey, Susana, decíamos ayer…
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
Sábado, 16 de Junio de 2007
Ojo con las nuevas palabras*
*Por Sandra Russo
Mauricio Macri no perdió intención de voto por negarse a debatir. El clásico debate preelectoral en rigor no suele ser demasiado interesante, ni la gente se interesa mucho en él. Si no, estarían en su búsqueda los canales de aire, y no un canal de cable. Por lo demás, los analistas políticos coinciden en
que, si en algo influye un debate, esa influencia positiva o negativa proviene de los gestos y/o actitudes de los panelistas, y no de sus contenidos. Importan los gestos, la actitud. Los detalles: un saco cruzado,
un saco abierto, la cantidad de asesores de cada uno, la opinión de los asesores al final... en fin, un plomazo.
Sin embargo, yo creo que no es porque los debates son poco interesantes que Macri no perdió intención de voto. Una vez más, el candidato está a salvo de lo políticamente previsible: su electorado no lee la declinación como una falta de coraje o de seguridad en sí mismo, sino como un desplante. Yo creo
que todo esto hay que tomarlo con cuidado y con atención: se está poniendo en juego no solamente un candidato inverosímil de acuerdo con los parámetros de hace tres años, sino también un sistema completo de hacer política. Claro que Macri es la nueva política. Vaya si lo es. No sirve restarle el mérito
de haber encontrado las grietas y haberlas perforado. Que Macri hable con una papa en la boca o que represente los valores que muchísima gente que vive en esta ciudad creía superados (la represión como método de disciplinamiento urbano; el nulo interés en derechos humanos; su aversión a las minorías sexuales; su asociación a los peores emergentes de los últimos años, como Sobisch y Blumberg), no significa que este hombre no haya llevado a cabo, ya, un cambio.
En el mundo vacío de contenidos ideológicos en el que proponen vivir Macri y sus adherentes intelectuales, hay palabras que estaban latiendo en el aire y que han sido cooptadas, reformuladas y vueltas a lanzar con una clara carga ideológica de derecha, y no de cualquier derecha: se parece a esas campañas llenas de globos y porristas de los republicanos, y renombra esas palabras, operando como un conquistador del lenguaje.
Macri propone cambio y la gente vota cambio. Eso provoca un cambio. Es un cambio bastante atroz, pero no deja de ser un cambio que una ciudad que se enorgullecía, hace poco, de que sus pobres no fueran reprimidos, haya sido penetrada hasta el tuétano por el discurso Hadad. Ese cambio ya se había
producido y Macri lo habilita.
Sobre la nueva política, ¿quién puede discutirlo? Claro que Macri está haciendo una nueva política. No llegamos a purificar lo suficiente los canales naturales de las dirigencias, aunque probablemente eso no sea posible hasta que llegue el momento de que una nueva generación se abra su espacio. Pero que una política sea nueva también podía implicarnos esto, un viraje sombrío a la ilusión de la gestión aséptica, como si lo único que se necesitara fuera la agilización de la burocracia.
¿Y la palabra "agresión"? ¿No merece más lecturas? ¿No es un poco inquietante que en un país en el que siguen existiendo más de cuatrocientos pibes apropiados que desconocen su identidad, esa palabra vire? ¿No estaremos ante una voltereta terrible de la palabra "violencia", para adjudicarla otra vez, una vez más, únicamente a la presión que llega desde abajo?
Que Macri se niegue a hablar de ideología puede rescatarlo a él, pero de ninguna manera va a impedir que se discuta ideología en las calles y en las casas. Es cierto que gran parte del electorado de Macri se alivia con la suspensión del debate y se alivia con el mutis político del candidato. Un argentinismo total: esa parte del electorado prefiere que le mientan. Acaso porque hay tanta gente así en este país es que tenemos tantos dirigentes que nos mienten. Hay paño.
El PRO no da a conocer sus propuestas en materia de derechos humanos. Pero ya sabemos que los vendedores ambulantes, las prostitutas, los cartoneros, los piqueteros, los estudiantes, los sindicatos, en fin, todos aquellos que quieran reclamar o trabajar en las calles serán sujetos indeseables que
perturbarán el tránsito y que serán reprimidos con tal de que no haya embotellamientos. De alguna manera, pienso ahora, la victoria de Macri implicaría el triunfo del automovilista sobre el manifestante. Releo la oración y creo que puede ser leída por cualquier partidario de Macri como un slogan de campaña.
A esa campaña la están respaldando algunos intelectuales con reflexiones más pueriles que las se podrían leer en el Reader's Digest. Esta semana me llegó un texto de Alejandro Rozitchner, que él publicó en su blog y que lleva por título "Diez razones para votar a Macri". Por ejemplo, dice que "la gestión
pública tiene que ser abordada con un criterio de gestión (la búsqueda efectiva del bienestar y crecimiento) y no con el de la ideología (la lucha contra los opresores y el rechazo de la supuesta barbarie capitalista)".
Guau: la barbarie capitalista todavía no está demostrada. El filósofo también escribe que "la ideología es el refugio de los incapaces (o aun peor, en muchos casos, la coartada de los corruptos)". ¡Guau! ¿Eso sólo era la ideología? Haberlo sabido, en un país en el que todavía hay 500 pibes cuyos padres fueron asesinados y que no saben quiénes son. Y sigue: "...la derecha no existe, es un término con el que la izquierda intenta correr a los que no se suman a su visión retrasada del mundo". ¡¡Guau!! ¡La derecha
no existe! Entonces Rozitchner tampoco.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-86670-2007-06-16.html
Instrucciones para John Howell
A Peter Brook
Pensándolo después -en la calle, en un tren, cruzando campos- todo eso hubiera parecido absurdo, pero un teatro no es más que un pacto con el absurdo, su ejercicio eficaz y lujoso. A Rice, que se aburría en un Londres otoñal de fin de semana y que había entrado al Aldwych sin mirar demasiado el programa, el primer acto de la pieza le pareció sobre todo mediocre; el absurdo empezó en el intervalo cuando el hombre de gris se acercó a su butaca y lo invitó cortésmente, con una voz casi inaudible, a que lo acompañara entre bastidores. Sin demasiada sorpresa pensó que la dirección del teatro debía estar haciendo una encuesta, alguna vaga investigación con fines publicitarios. "Si se trata de una opinión", dijo Rice, "el primer acto me parece flojo, y la iluminación, por ejemplo..." El hombre de gris asintió amablemente pero su mano seguía indicando una salida lateral, y Rice entendió que debía levantarse y acompañarlo sin hacerse rogar. "Hubiera preferido una taza de té", pensó mientras bajaba unos peldaños que daban a un pasillo lateral y se dejaba conducir entre distraído y molesto. Casi de golpe se encontró frente a un bastidor que representaba una biblioteca burguesa; dos hombres que parecían aburrirse lo saludaron como si su visita hubiera estado prevista e incluso descontada. "Desde luego usted se presta admirablemente", dijo el más alto de los dos. El otro hombre inclinó la cabeza, con un aire de mudo. "No tenemos mucho tiempo", dijo el hombre alto, "pero trataré de explicarle su papel en dos palabras". Hablaba mecánicamente, casi como si prescindiera de la presencia real de Rice y se limitara a cumplir una monótona consigna. "No entiendo", dijo Rice dando un paso atrás. "Casi es mejor", dijo el hombre alto. "En estos casos el análisis es más bien una desventaja; verá que apenas se acostumbre a los reflectores empezará a divertirse. Usted ya conoce el primer acto; ya sé, no le gustó. A nadie le gusta. Es a partir de ahora que la pieza puede ponerse mejor. Depende, claro." "Ojalá mejore", dijo Rice que creía haber entendido mal, "pero en todo caso ya es tiempo de que me vuelva a la sala". Como había dado otro paso atrás no lo sorprendió demasiado la blanda resistencia del hombre de gris, que murmuraba una excusa sin apartarse. "Parecería que no nos entendemos", dijo el hombre alto, "y es una lástima porque faltan apenas cuatro minutos para el segundo acto. Le ruego que me escuche atentamente. Usted es Howell, el marido de Eva. Ya ha visto que Eva engaña a Howell con Michael, y que probablemente Howell se ha dado cuenta aunque prefiere callar por razones que no están todavía claras. No se mueva, por favor, es simplemente una peluca." Pero la admonición parecía casi inútil porque el hombre de gris y el hombre mudo lo habían tomado de los brazos; y una muchacha alta y flaca que había aparecido bruscamente le estaba calzando algo tibio en la cabeza. "Ustedes no querrán que yo me ponga a gritar y arme un escándalo en el teatro", dijo Rice tratando de dominar el temblor de su voz. El hombre alto se encogió de hombros. "Usted no haría eso", dijo cansadamente. "Sería tan poco elegante... No, estoy seguro que no haría eso. Además la peluca le queda perfectamente, usted tiene tipo de pelirrojo." Sabiendo que no debía decir eso, Rice dijo: "Pero yo no soy un actor." Todos, hasta la muchacha, sonrieron alentándolo. "Precisamente", dijo el hombre alto. "Usted se da muy bien cuenta de la diferencia. Usted no es un actor, usted es Howell. Cuando salga a escena, Eva estará en el salón escribiendo una carta a Michael. Usted fingirá no darse cuenta de que ella esconde el papel y disimula su turbación. A partir de ese momento haga lo que quiera. Los anteojos, Ruth." "¿Lo que quiera?", dijo Rice, tratando sordamente de liberar sus brazos mientras Ruth le ajustaba unos anteojos con montura de Carey. "Sí, de eso se trata", dijo desganadamente el hombre alto, y Rice tuvo como una sospecha de que estaba harto de repetir las mismas cosas cada noche. Se oía la campanilla llamando al público, y Rice alcanzó a distinguir los movimientos de los tramoyistas en el escenario, unos cambios de luces; Ruth había desaparecido de golpe. Lo invadió una indignación más amarga que violenta, que de alguna manera parecía fuera de lugar. "Esto es una farsa estúpida", dijo tratando de zafarse, "y les prevengo que..." "Lo lamento", murmuró el hombre alto. "Francamente hubiera pensado otra cosa de usted. Pero ya que lo toma así..." No era exactamente una amenaza, aunque los tres hombres lo rodeaban de una manera que exigía la obediencia o la lucha abierta; a Rice le pareció que una cosa hubiera sido tan absurda o quizá tan falsa como la otra. "Howell entra ahora", dijo el hombre alto, mostrando el estrecho pasaje entre los bastidores. "Una vez allí haga lo que quiera, pero nosotros lamentaríamos que..." Lo decía amablemente, sin turbar el repentino silencio de la sala; el telón se alzó con un frotar de terciopelo, y los envolvió una ráfaga de aire tibio. "Yo que usted lo pensaría, sin embargo", agregó cansadamente el hombre alto. "Vaya ahora." Empujándolo sin empujarlo, los tres lo acompañaron hasta la mitad de los bastidores. Una luz violeta encegueció a Rice; delante había una extensión que le pareció infinita, y a la izquierda adivinó la gran caverna, algo como una gigantesca respiración contenida, eso que después de todo era el verdadero mundo donde poco a poco empezaban a recortarse pecheras blancas y quizá sombreros o altos peinados. Dio un paso o dos, sintiendo que las piernas no le respondían, y estaba a punto de volverse y retroceder a la carrera cuando Eva, levantándose precipitadamente, se adelantó y le tendió una mano que parecía flotar en la luz violeta al término de un brazo muy blanco y largo. La mano estaba helada, y Rice tuvo la impresión de que se crispaba un poco en la suya. Dejándose llevar hasta el centro de la escena, escuchó confusamente las explicaciones de Eva sobre su dolor de cabeza, la preferencia por la penumbra y la tranquilidad de la biblioteca, esperando a que callara para adelantarse al proscenio y decir en dos palabras, que los estaban estafando. Pero Eva parecía esperar que él se sentara en el sofá de gusto tan dudoso como el argumento de la pieza y los decorados, y Rice comprendió que era imposible, casi grotesco, seguir de pie, mientras ella, tendiéndole otra vez la mano, reiteraba la invitación con una sonrisa cansada. Desde el sofá distinguió mejor las primeras filas de platea, apenas separadas de la escena por la luz que había ido virando del violeta a un naranja amarillento, pero curiosamente a Rice le fue más fácil volverse hacia Eva y sostener su mirada que de alguna manera lo ligaba todavía a esa insensatez, aplazando un instante más la única decisión posible a menos de acatar la locura y entregarse al simulacro. "Las tardes de este otoño son interminables", había dicho Eva buscando una caja de metal blanco perdida entre los libros y los papeles de la mesita baja, y ofreciéndole un cigarrillo. Mecánicamente Rice sacó su encendedor, sintiéndose cada vez más ridículo con la peluca y los anteojos; pero el menudo ritual de encender los cigarrillos y aspirar las primeras bocanadas era como una tregua, le permitía sentarse más cómodamente, aflojando la insoportable tensión del cuerpo que se sabía mirado por frías constelaciones invisibles. Oía sus respuestas a las frases de Eva, las palabras parecían suscitarse unas a otras con un mínimo esfuerzo, sin que se estuviera hablando de nada en concreto; un diálogo de castillo de naipes en el que Eva iba poniendo los muros del frágil edificio, y Rice sin esfuerzo intercalaba sus propias cartas y el castillo se alzaba bajo la luz anaranjada hasta que al terminar una prolija explicación que incluía el nombre de Michael ("Ya ha visto que Eva engaña a Howell con Michael") y otros nombres y otros lugares, un té al que había asistido la madre de Michael (¿o era la madre de Eva?) y una justificación ansiosa y casi al borde de las lágrimas, con un movimiento de ansiosa esperanza Eva se inclinó hacia Rice como si quisiera abrazarlo o esperara que él la tomase en los brazos, y exactamente después de la última palabra dicha con una voz clarísima, junto a la oreja de Rice murmuró: "No dejes que me maten", y sin transición volvió a su voz profesional para quejarse de la soledad y del abandono. Golpeaban en la puerta del fondo y Eva se mordió los labios como si hubiera querido agregar algo más (pero eso se le ocurrió a Rice, demasiado confundido para reaccionar a tiempo), y se puso de pie para dar la bienvenida a Michael que llegaba con la fatua sonrisa que ya había enarbolado insoportablemente en el primer acto. Una dama vestida de rojo, un anciano: de pronto la escena se poblaba de gente que cambiaba saludos, flores y noticias. Rice estrechó las manos que le tendían y volvió a sentarse lo antes posible en el sofá, escudándose tras de otro cigarrillo; ahora la acción parecía prescindir de él y el público recibía con murmullos satisfechos una serie de brillantes juegos de palabras de Michael y los actores de carácter, mientras Eva se ocupaba del té y daba instrucciones al criado. Quizá fuera el momento de acercarse a la boca del escenario, dejar caer el cigarrillo y aplastarlo con el pie, a tiempo para anunciar: "Respetable público..." Pero acaso fuera más elegante (No dejes que me maten) esperar la caída del telón y entonces, adelantándose rápidamente, revelar la superchería. En todo eso había como un lado ceremonial que no era penoso acatar; a la espera de su hora, Rice entró en el diálogo que le proponía el anciano caballero, aceptó la taza de té que Eva le ofrecía sin mirarlo de frente, como si se supiese observada por Michael y la dama de rojo. Todo estaba en resistir, en hacer frente a un tiempo interminablemente tenso, ser más fuerte que la torpe coalición que pretendía convertirlo en un pelele. Ya le resultaba fácil advertir cómo las frases que le dirigían (a veces Michael, a veces la dama de rojo, casi nunca Eva, ahora) llevaban implícita la respuesta; que el pelele contestara lo previsible, la pieza podía continuar. Rice pensó que de haber tenido un poco más de tiempo para dominar la situación, hubiera sido divertido contestar a contrapelo y poner en dificultades a los actores; pero no se lo consentirían, su falsa libertad de acción no permitía más que la rebelión desaforada, el escándalo. No dejes que me maten, había dicho Eva; de alguna manera, tan absurda como el resto, Rice seguía sintiendo que era mejor esperar. El telón cayó sobre una réplica sentenciosa y amarga de la dama de rojo, y los actores le parecieron a Rice como figuras que súbitamente bajaran un peldaño invisible: disminuidos, indiferentes (Michael se encogía de hombros, dando la espalda y yéndose por el foro), abandonaban la escena sin mirarse entre ellos, pero Rice notó que Eva giraba la cabeza hacia él mientras la dama de rojo y el anciano se la llevaban amablemente del brazo hacia los bastidores de la derecha. Pensó en seguirla, tuvo una vaga esperanza de camarín y conversación privada. "Magnífico", dijo el hombre alto, palmeándole el hombro. "Muy bien, realmente la ha hecho usted muy bien." Señalaba hacia el telón que dejaba pasar los últimos aplausos. "Les ha gustado de veras. Vamos a tomar un trago." Los otros dos hombres estaban algo más lejos, sonriendo amablemente, y Rice desistió de seguir a Eva. El hombre alto abrió una puerta al final del primer pasillo y entraron en una sala pequeña donde había sillones desvencijados, un armario, una botella de whisky ya empezada y hermosísimos vasos de cristal tallado. "Lo ha hecho usted muy bien", insistió el hombre alto mientras se sentaban en torno a Rice. "Con un poco de hielo ¿verdad? Desde luego, cualquiera tendría la garganta seca." El hombre de gris se adelantó a la negativa de Rice y le alcanzó un vaso casi lleno. "El tercer acto es más difícil pero a la vez más entretenido para Howell", dijo el hombre alto. "Ya ha visto cómo se van descubriendo los juegos." Empezó a explicar la trama, ágilmente y sin vacilar. "En cierto modo usted ha complicado las cosas", dijo. "Nunca me imaginé que procedería tan pasivamente con su mujer; yo hubiera reaccionado de otra manera." "¿Cómo?", preguntó secamente Rice. "Ah, querido amigo, no es justo preguntar eso. Mi opinión podría alterar sus propias decisiones, puesto que usted ha de tener ya un plan preconcebido. ¿O no? Como Rice callaba, agregó: "Si le digo eso es precisamente porque no se trata de tener planes preconcebidos. Estamos todos demasiado satisfechos para arriesgarnos a malograr el resto." Rice bebió un largo trago de whisky. "Sin embargo, en el segundo acto usted me dijo que podía hacer lo que quisiera", observó. El hombre de gris se echó a reír, pero el hombre alto lo miró y el otro hizo un rápido gesto de excusa. "Hay un margen para la aventura o el azar, como usted quiera", dijo el hombre alto. "A partir de ahora le ruego que se atenga a lo que voy a indicarle, se entiende que dentro de la máxima libertad en los detalles." Abriendo la mano derecha con la palma hacia arriba, la miró fijamente mientras el índice de la otra mano iba a apoyarse en ella una y otra vez. Entre dos tragos (le habían llenado otra vez el vaso) Rice escuchó las instrucciones para John Howell. Sostenido por el alcohol y por algo que era como un lento volver hacía sí mismo que lo iba llenando de una fría cólera, descubrió sin esfuerzo el sentido de las instrucciones, la preparación de la trama que debía hacer crisis en el último acto. "Espero que esté claro", dijo el hombre alto, con un movimiento circular del dedo en la palma de la mano. "Está muy claro", dijo Rice levantándose, "pero además me gustaría saber si en el cuarto acto..." "Evitemos las confusiones, querido amigo", dijo el hombre alto. "En el próximo intervalo volveremos sobre el tema, pero ahora le sugiero que se concentre exclusivamente en el tercer acto. Ah, el traje de calle, por favor." Rice sintió que el hombre mudo le desabotonaba la chaqueta; el hombre de gris había sacado del armario un traje de tweed y unos guantes; mecánicamente Rice se cambió de ropa bajo las miradas aprobadoras de los tres. El hombre alto había abierto la puerta y esperaba; a lo lejos se oía la campanilla. "Esta maldita peluca me da calor", pensó Rice acabando el whisky de un solo trago. Casi en seguida se encontró entre nuevos bastidores, sin oponerse a la amable presión de una mano en el codo. "Todavía no", dijo el hombre alto, más atrás. "Recuerde que hace fresco en el parque. Quizás si se subiera el cuello de la chaqueta...Vamos, es su entrada." Desde un banco al borde del sendero Michael se adelantó hacia él, saludándolo con una broma. Le tocaba responder pasivamente y discutir los méritos del otoño en Regent's Park, hasta la llegada de Eva y la dama de rojo que estarían dando de comer a los cisnes. Por primera vez -y a él lo sorprendió casi tanto como a los demás- Rice cargó el acento en una alusión que el público pareció apreciar y que obligó a Michael a ponerse a la defensiva, forzándolo a emplear los recursos más visibles del oficio para encontrar una salida; dándole bruscamente la espalda mientras encendía un cigarrillo, como si quisiera protegerse del viento, Rice miró por encima de los anteojos y vio a los tres hombres entre los bastidores, el brazo del hombre alto que le hacía un gesto conminatorio (debía estar un poco borracho y además se divertía, el brazo agitándose le hacia una gracia extraordinaria) antes de volverse y apoyar una mano en el hombro de Michael. "Se ven cosas regocijantes en los parques", dijo Rice. "Realmente no entiendo que se pueda perder el tiempo con cisnes o amantes cuando se está en un parque londinense." El público rió más que Michael, excesivamente interesado por la llegada de Eva y la dama de rojo. Si vacilar Rice siguió marchando contra la corriente, violando poco a poco las instrucciones en una esgrima feroz y absurda contra actores habilísimos que se esforzaban por hacerlo volver a su papel y a veces lo conseguían, pero él se les escapaba de nuevo para ayudar de alguna manera a Eva, si saber bien por qué pero diciéndose (y le daba risa, y debía ser el whisky) que todo lo que cambiara en ese momento alteraría inevitablemente el último acto (No dejes que me maten). Y los otros se habían dado cuenta de su propósito porque bastaba mirar por sobre los anteojos hacia los bastidores de la izquierda para ver los gestos iracundos del hombre alto, fuera y dentro de la escena estaban luchando contra él y Eva, se interponían para que no pudieran comunicarse, para que ella no alcanzara a decirle nada, y ahora llegaba el caballero anciano seguido de un lúgubre chofer, había como un momento de calma (Rice recordaba las instrucciones: una pausa, luego la conversación sobre la compra de acciones, entonces la frase reveladora de la dama de rojo, y telón), y en ese intervalo en que obligadamente Michael y la dama de rojo debían apartarse para que el caballero hablara con Eva y Howell de la maniobra bursátil (realmente no faltaba nada en esa pieza), el placer de estropear un poco más la acción llenó a Rice de algo que se parecía a la felicidad. Con un gesto que dejaba bien claro el profundo desprecio que le inspiraban las operaciones arriesgadas, tomó del brazo a Eva, sorteó la maniobra envolvente del enfurecido y sonriente caballero, y caminó con ella oyendo a sus espaldas un muro de palabras ingeniosas que no le concernían, exclusivamente inventadas para el público, y en cambio sí Eva, en cambio un aliento tibio apenas un segundo contra su mejilla, el leve murmullo de su voz verdadera diciendo: "Quedate conmigo hasta el final", quebrado por un movimiento instintivo, el hábito que la hacía responder a la interpelación de la dama de rojo, arrastrando a Howell para que recibiera en plena cara las palabras reveladoras. Sin pausa, sin el mínimo hueco que hubiera necesitado para poder cambiar el rumbo que esas palabras daban definitivamente a lo que habría de venir más tarde, Rice vio caer el telón. "Imbécil", dijo la dama de rojo. "Salga, Flora", ordenó el hombre alto, pegado a Rice que sonreía satisfecho. "Imbécil", repitió la dama de rojo, tomando del brazo a Eva que había agachado la cabeza y parecía como ausente. Un empujón mostró el camino a Rice que se sentía perfectamente feliz. "Imbécil", dijo a su vez el hombre alto. El tirón en la cabeza fue casi brutal, pero Rice se quitó él mismo los anteojos y los tendió al hombre alto. "El whisky no era malo" dijo. "Si quiere darme las instrucciones para el último acto..." Otro empellón estuvo a punto de tirarlo al suelo y cuando consiguió enderezarse, con una ligera náusea, ya estaba andando a tropezones por una galería mal iluminada; el hombre alto había desaparecido y los otros dos se estrechaban contra él; obligándolo a avanzar con la mera presión de los cuerpos. Había una puerta con una lamparilla naranja en lo alto. "Cámbiese", dijo el hombre de gris alcanzándole su traje. Casi sin darle tiempo a ponerse la chaqueta, abrieron la puerta de un puntapié, el empujón lo sacó trastabillando a la acera, al frío de un callejón que olía a basura. "Hijos de perra, me voy a pescar una pulmonía", pensó Rice, metiendo las manos en los bolsillos. Había luces en el extremo más alejado del callejón, desde donde venía el rumor del tráfico. En la primera esquina (no le habían quitado el dinero ni los papeles) Rice reconoció la entrada del teatro. Como nada impedía que asistiera desde su butaca al último acto, entró al calor del foyer, al humo y las charlas de la gente en el bar; le quedó tiempo para beber otro whisky, pero se sentía incapaz de pensar en nada. Un poco antes de que se alzara el telón alcanzó a preguntarse quién haría el papel de Howell en el último acto, y si algún otro pobre infeliz estaría pasando por amabilidades y amenazas y anteojos; pero la broma debía terminar cada noche de la misma manera porque en seguida reconoció al actor del primer acto, que leía una carta en su estudio y la alcanzaba a una Eva pálida y vestida de gris. "Es escandaloso", comentó Rice volviéndose hacia el espectador de la izquierda. "¿Cómo se tolera que cambien de actor en mitad de una pieza?" El espectador suspiró fatigado. "Ya no se sabe con estos autores jóvenes", dijo. "Todo es símbolo, supongo." Rice se acomodó en la platea saboreando malignamente el murmullo de los espectadores que no parecían aceptar tan pasivamente como su vecino los cambios físicos de Howell; y sin embargo la ilusión teatral los dominó casi en seguida; el actor era excelente y la acción se precipitaba de una manera que sorprendió incluso a Rice, perdido en una agradable indiferencia. La carta era de Michael, que anunciaba su partida de Inglaterra; Eva la leyó y la devolvió en silencio; se sentía que estaba llorando contenidamente. Quédate conmigo hasta el final, había dicho Eva. No dejes que me maten, había dicho absurdamente Eva. Desde la seguridad de la platea era inconcebible que pudiera sucederle algo en ese escenario de pacotilla; todo había sido una continua estafa, una larga hora de pelucas y de árboles pintados. Desde luego la infaltable dama de rojo invadía la melancólica paz del estudio donde el perdón y quizá el amor de Howell se percibían en sus silencios, en su manera casi distraída de romper la carta y echarla al fuego. Parecía inevitable que la dama de rojo insinuara que la partida de Michael era una estratagema, y también que Howell le diera a entender un desprecio que no impediría una cortés invitación a tomar el té. A Rice lo divirtió vagamente la llegada del criado con la bandeja; el té parecía uno de los recursos mayores del comediógrafo; sobre todo ahora que la dama de rojo maniobraba en algún momento con una botellita de melodrama romántico mientras las luces iban bajando de una manera por completo inexplicable en el estudio de un abogado londinense. Hubo una llamada telefónica que Howell atendió con perfecta compostura (era previsible la caída de las acciones o cualquier otra crisis necesaria para el desenlace); las tazas pasaron de mano en mano con las sonrisas pertinentes, el buen tono previo a las catástrofes. A Rice le pareció casi inconveniente el gesto de Howell en el momento en que Eva acercaba los labios a la taza, su brusco movimiento y el té derramándose sobre el vestido gris. Eva estaba inmóvil, casi ridícula; en esa detención instantánea de las actitudes (Rice se había enderezado sin saber por qué, y alguien chistaba impaciente a sus espaldas), la exclamación escandalizada de la dama de rojo se superpuso al leve chasquido, a la mano de Howell que se alzaba para anunciar algo, a Eva que torcía la cabeza mirando al público como si no quisiera creer y después se deslizaba de lado hasta quedar casi tendida en el sofá, en una lenta reanudación del movimiento que Howell pareció recibir y continuar con su brusca carrera hacia los bastidores de la derecha, su fuga que Rice no vio porque también él corría ya por el pasillo central sin que ningún otro espectador se hubiera movido todavía. Bajando a saltos la escalera, tuvo el tino de entregar su talón en el guardarropa y recobrar el abrigo; cuando llegaba a la puerta oyó los primeros rumores del final de la pieza, aplausos y voces en la sala; alguien del teatro corría escaleras arriba. Huyó hacia Kean Street y al pasar junto al callejón lateral le pareció ver un bulto que avanzaba pegado a la pared; la puerta por donde lo habían expulsado estaba entornada, pero Rice no había terminado de registrar esas imágenes cuando ya corría por la calle iluminada y en vez de alejarse de la zona del teatro bajaba otra vez por Kingsway, previendo que a nadie se le ocurriría buscarlo cerca del teatro. Entró en el Strand (se había subido el cuello del abrigo y andaba rápidamente, con las manos en los bolsillos) hasta perderse con un alivio que él mismo no se explicaba en la vaga región de las callejuelas internas que nacían en Chancery Lane. Apoyándose contra una pared (jadeaba un poco y sentía que el sudor le pegaba la camisa a la piel) encendió un cigarrillo y por primera vez se preguntó explícitamente, empleando todas las palabras necesarias, por qué estaba huyendo. Los pasos que se acercaban se interpusieron entre él y la respuesta que buscaba; mientras corría pensó que si lograba cruzar el río (ya esta cerca del puente de Blackfriars) se sentiría a salvo. Se refugió en un portal, lejos del farol que alumbraba la salida hacia Watergate. Algo le quemó la boca, se arrancó de un tirón la colilla que había olvidado; y sintió que le desgarraba los labios. En el silencio que lo envolvía trató de repetirse las preguntas no contestadas, pero irónicamente se le interponía la idea de que sólo estaría a salvo si alcanzaba a cruzar el río. Era ilógico, los pasos también podrían seguirlo por el puente; por cualquier callejuela de la otra orilla; y sin embargo eligió el puente, corrió a favor de un viento que lo ayudó a dejar atrás el río y perderse en un laberinto que no conocía hasta llegar a una zona mal alumbrada; el tercer alto de la noche en un profundo y angosto callejón sin salida lo puso por fin frente a la única pregunta importante, y Rice comprendió que era incapaz de encontrar la respuesta. No dejes que me maten, había dicho Eva, y él había hecho lo posible, torpe y miserablemente, pero lo mismo la habían matado, por lo menos en la pieza la habían matado y él tenía que huir porque no podía ser que la pieza terminara así, que la taza de té se volcara inofensivamente sobre el vestido de Eva y sin embargo Eva resbalara hasta quedar tendida en el sofá; había ocurrido otra cosa sin que él estuviera allí para impedirlo, quédate conmigo hasta el final, le había suplicado Eva, pero lo habían echado del teatro, lo habían apartado de eso que tenía que suceder y que él, estúpidamente instalado en su platea, había contemplado sin comprender o comprendiéndolo desde otra región de sí mismo donde había miedo y fuga y ahora, pegajoso como el sudor que le corría por el vientre, el asco de sí mismo. "Pero yo no tengo nada que ver", pensó. "Y no ha ocurrido nada; no es posible que cosas así ocurran." Se lo repitió aplicadamente; no podía ser que hubieran venido a buscarlo, a proponerle esa insensatez, a amenazarlo amablemente; los pasos que se acercaban tenían que ser los de cualquier vagabundo, unos pasos sin huellas. El hombre pelirrojo que se detuvo junto a él casi sin mirarlo, y que se quitó los anteojos con un gesto convulsivo para volver a ponérselos después de frotarlos contra la solapa de la chaqueta, era sencillamente alguien que se parecía a Howell, al actor que había hecho el papel de Howell y había volcado la taza de té sobre el vestido de Eva. "Tire esa peluca", dijo Rice, "lo reconocerán en cualquier parte". "No es una peluca", dijo Howell (se llamaría Smith o Rogers, ya ni recordaba el nombre en el programa). "Qué tonto soy", dijo Rice. Era de imaginar que habían tenido preparada una copia exacta de los cabellos de Howell, así como los anteojos habían sido una réplica de los de Howell. "Usted hizo lo que pudo", dijo Rice, "yo estaba en la platea y lo vi; todo el mundo podrá declarar a su favor". Howell temblaba, apoyado en la pared. "No es eso", dijo. "Qué importa, si lo mismo se salieron con la suya." Rice agachó la cabeza; un cansancio invencible lo agobiaba. "Yo también traté de salvarla", dijo, "pero no me dejaron seguir". Howell lo miró rencorosamente. "Siempre ocurre lo mismo", dijo como hablándose a sí mismo. "Es típico de los aficionados, creen que pueden hacerlo mejor que los otros, y al final no sirve de nada." Se subió el cuello de la chaqueta, metió las manos en los bolsillos. Rice hubiera querido preguntarle: "¿Por qué ocurre siempre lo mismo? Y si es así, ¿por qué estamos huyendo?" El silbato pareció engolfarse en el callejón, buscándolos. Corrieron largo rato a la par, hasta detenerse en algún rincón que olía a petróleo, a río estancado. Detrás de una pila de fardos descansaron un momento; Howell jadeaba como un perro y a Rice se le acalambraba una pantorrilla. Se la frotó, apoyándose en los fardos, manteniéndose con dificultad sobre un solo pie. "Pero quizá no sea tan grave", murmuró. "Usted dijo que siempre ocurría lo mismo." Howell le puso una mano en la boca; se oían alternadamente dos silbatos. "Cada uno por su lado" dijo Howell. "Tal vez uno de los dos pueda escapar." Rice comprendió que tenía razón pero hubiera querido que Howell le contestara primero. Lo tomó de un brazo, atrayéndolo con toda su fuerza. "No me dejes ir así", suplicó. "No puedo seguir huyendo siempre, sin saber." Sintió el olor alquitranado de los fardos, su mano como hueca en el aire. Unos pasos corrían alejándose; Rice se agachó, tomando impulso, y partió en la dirección contraria. A la luz de un farol vio un nombre cualquiera: Rose Alley. Más allá estaba el río, algún puente. No faltaban puentes ni calles por donde correr.
*Cortázar, Julio; Todos los fuegos el fuego, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1994
-Fuente: http://www.geocities.com/juliocortazar_arg/
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Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 17 de junio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor chileno Boris Alvarado. Las poesías que leeremos pertenecen a Jorge Mendoza Castaño (Colombia) y la música de fondo será de Llaqtamasi (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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