Pasajeros de algún tren...
Las dos puertas*
Las dos puertas se cerraron a mi espalda dejándome dentro de un vagón que a aquella hora de la tarde estaba más vacío que lleno. Busqué con la mirada un lugar para sentarme y me dirigí hacia uno de los grupos de dos asientos que se miran cara a cara dispuesto a aburrirme las siete estaciones que me separaban de mi destino.
Los viajes en metro son aburridos, porque se une a la imposibilidad de contemplar el paisaje el continuo olvido de un periódico o un libro para entretenerse. La opción pasa por hacer de voyeur; observar al prójimo es el deporte por excelencia en el metro, mirar a los otros viajeros que con cara de no estar haciendo nada se balancean siguiendo el aborregado movimiento que nos impone el traqueteo del vagón. Observar desde el anonimato a cada uno de los viajeros, haciendo una íntima y furibunda crítica de los defectos y características de cada uno de ellos. Imaginar su vida, su estado, su condición e incluso atribuir los vicios dependiendo de la primera impresión.
Un anciano al lado de una puerta, de pie y con los ojos perdidos en el cristal, una señora con un carro de la compra extremadamente grande y de colores hirientes, un par de chicos conversando en un asiento del fondo y una mamá con dos niños especialmente tranquilos para su edad. Poca cosa para observar, poca cosa...
Cuando estaba dispuesto a aburrirme durante todo el trayecto, en la primera estación aparecieron por la puerta tres chicas preciosas con libros en las manos y ojos brillantes. Pensé que sería una suerte que se sentaran en algún lugar que me permitiera observarlas ya que a primera vista las tres eran muy hermosas. Unos uniformes de colegiala de color azul marino muy oscuro y las faldas más cortas de lo que seguramente permitían las normas del colegio, dejaban a la vista unas piernas que se me antojaron largas y preciosas.
Las chicas, después de pasear una mirada por todas las posibilidades que ofrecía el vagón, conversaron delante de la puerta, decidiendo donde irían a sentarse. "Ojalá se sienten cerca" - pensé mientras miraba de forma que quería que pareciera indiferente a través del cristal, pero controlando por el reflejo los movimientos de las tres apariciones.
Vi cómo enfilaban en mi dirección y pensé que aún tendría la suerte de que se sentarán en algún lugar cerca de donde me encontraba, que me permitiera observarlas discretamente. Una de ellas tenía unos movimientos insinuantes y una sonrisa pícara, o al menos eso me parecía a mí.
Fueron avanzando por el pasillo y ya casi estaban a mi altura, por lo que creí que se pondrían en alguno de los asientos que tenía a mi espalda.
Cuando estaba barajando la posibilidad de cambiar de sitio -disimuladamente - para poder seguir observándolas, vi con tremenda sorpresa que se sentaban en los asientos en los que estaba yo. ¡Una a mi lado y las otras dos delante!
Unas miradas de complicidad entre ellas y unas sonrisas.
Me quedé helado. No sabía hacia dónde mirar y miré al suelo intentando no demostrar que me había dado cuenta de que se habían sentado alrededor. No sé por qué hice eso, pero sentí una vergüenza tremenda y miré más hacia el suelo, aunque no pude evitar mirar, de paso, las piernas de las dos chicas que estaban en el asiento de delante y que ahora, debido a la postura, tenían la falda acabando más arriba y mostrando un poco más de pierna.
- ¿Me estás mirando las piernas?. Mira, Lourdes, me está mirando las piernas - dijo la morena del contoneo, en un tono de voz que me pareció extremadamente alto.
Me quedé tan sorprendido que no sabía qué hacer, y me dio la sensación de que todos los ocupantes del vagón se giraban a mirarme con gesto de reproche. Enrojecí.
- Oye, ¿no serás tu uno de esos mirones que disfrutan observando y después cuando les dices algo se callan y no hacen más que sonreír estúpidamente?
En aquel momento me di cuenta de que estaba callado y sonriendo estúpidamente.
- Venga mujer, que lo estás azorando - dijo la de su lado (que pasó a ser bautizada por mí como "el ángel salvador"). Incluso me atreví a dirigirle una mirada de agradecimiento.
- Además, a pesar de no ser guapo, parece que tiene un cierto encanto - terció la de mi lado.
- A ver, precioso, dinos tu nombre...
El mundo se hacía pequeño, y yo también con él.
- Puede que tenga los ojos bonitos... a ver niño, mírame a los ojos. Deja de mirarme a las piernas y mírame a los ojos... por favor... - dijo con un tono cautivador y quise morirme cuando añadió: Si me miras a los ojos, puede que después te deje mirar un poco más las piernas sin protestar.
Las otras dos soltaron una carcajada que me pareció terrible porque auguraba que la cosa no había hecho más que empezar.
La de mi lado puso una mano sobre mi muslo, al tiempo que decía con una voz insinuante:
- Estos pantalones de franela, ¿no te dan mucho calor? , ¿Quizás deberías hacer como nosotras y enseñarnos las piernas?. Deben ser fuertes. ¿Tienes pelillos?
- Déjalo, que lo pones nervioso y así no nos va a enseñar los ojos y tampoco otras cosas. ¿Qué es lo que te gustaría enseñarnos? .
- ¡Pero si huele a colonia! Hummm que olor más bueno ¿Llevas colonia por todo el cuerpo?
¡Me estaban acosando!. Las tres sirenas de 15 años me estaban acosando en público, y yo con 2 años más que ellas no sabía qué hacer, no sabía que actitud tomar... Sudaba, miraba al suelo y de refilón a las piernas, y notaba la mano de la de al lado apoyada en mi muslo... y no me atrevía a moverme.
El tiempo se había detenido, los ocupantes del vagón tenían que estar todos pendientes de aquel acoso, las estaciones no llegaban, mi corazón galopaba y hacía muchísimo calor.
- ¿Por qué me tocas? - dije inconscientemente mientras agarraba la mano de mi vecina y sabiendo instantáneamente que nunca debí haber hecho aquello.
- ¡ Oye niño ! - dijo ella de forma que ahora sí, todos los ocupantes del vagón me miraron. - ¿Quién te ha dado permiso para agarrarme la mano?
Y se puso en pie delante de mí, esgrimiendo un enfado que me hundió en la más absoluta miseria. Mis labios se movían sin decir palabra, notaba el rojo de mi cara y sobre todo, notaba los ojos de los viajeros enviando sus reproches hacia mí. Quería escapar, fundirme, morirme, desaparecer.
- ¿Que os he hecho? -alcancé a decir en voz baja, casi con el último aliento.
Intuí tres sonrisas en los tres rostros que no acabé de deducir si eran de complacencia, de sadismo o de compasión, pero en aquel momento el metro se detuvo en una estación y las puertas se abrieron.
No puedo saber aun cómo lo hice, pero creo que fueron únicamente cinco segundos los que utilicé para salir de un salto del vagón y subir los dos tramos de escaleras hasta la calle. Todo ello sin mirar atrás, pero viendo las tres malditas sonrisas que me perseguían. Caminé casi corriendo tres calles para alejarme más aun si cabe del lugar.
- Sí, no importa lo que valga, ni tampoco el color, lo importante es que pueda llevármelo esta misma tarde. - le decía con vehemencia al vendedor de la casa de ciclomotores en la que había entrado y aún no recordaba como.
- Ya sé que el transporte publico no funciona del todo bien.- me decía el vendedor - pero de eso a jurar por lo más sagrado que nunca más va a utilizar el metro...
- Mire, amigo, antes iré a pie, eso puedo jurárselo... Se lo aseguro.
El vendedor, encogiéndose de hombros se fue a terminar la documentación.
*de Joan. joan@cimat.es
Por precaución*
- ¿Cómo andás, locura? - el hombre le palmea el hombro a un pibe de unos veinticinco años que está sentado al lado de la puerta.
- ¿Cómo anda eso? - el chico tiene mechones de pelo oxigenados, lentes para el sol, remera de Boca -la nueva-, los jeans arremangados por debajo de las rodillas, zapatillas Adidas, sin medias. Se para, saluda al hombre con un beso. Se vuelve a sentar-: ¿Por dónde andabas?
- Tuve que desaparecer por un tiempo, loco - el hombre está vestido con unos borcegos llenos de barro, ya seco, pantalones de lona y una remera azul que le ajusta la panza. Del cuello le cuelga un rosario. Es morocho, grandote y tiene el pelo mojado, peinado hacia atrás. Pone la espalda contra la puerta del vagón, las manos en la parte de atrás de la cintura. Habla fuerte -: tuve que desaparecer un tiempo, loco -repite-, por precaución, viste...
- ¿Qué pasó? - dice el que va sentado.
- Nada, que casi mato a uno, un negro cabeza que se puso re denso.
- ¿Posta?
- Si, acá, en el furgón - señala con la pera, la cabeza tirada levemente para atrás.
Enfrente, con la espalda contra la pared de chapa del vagón, sentado en el suelo, las rodillas levantadas, un pibe lee una revista. Fuma. El humo flota en el aire. Hay muchas bicicletas en la puerta que conecta con el vagón de adelante, mal acomodadas, cerrando el paso.
- Eran de Suárez o Ballester - asegura el de azul. El de Boca aprueba con la cabeza.
El guarda está en la puerta de enfrente, mirando por la ventana, las manos haciendo carpa, los ojos entre el espacio que dejan las oraciones SE RUEGA NO ESTACIONARSE DEL LADO DEL ANDEN y PELIGROSO APOYARSE. Al lado del guarda hay parada una boliviana con dos bolsas para hacer compras llenas de plantas.
- Ese día, un lunes, creo -retoma el de azul- me subo al furgón y voy para el fondo, con el diario,
re tranqui -al hombre se le frunce la piel de color café con leche de la cara. Su tono de voz es grave, ronca -. En eso escucho que dos pibes que estaban sentados ahí -señala con el brazo el asiento de
chapa que está frente suyo, donde ahora hay un pibe escuchando música, tocando la batería-, se cagan de la risa a los gritos, se pegan, se escupen.
- ¿Grandes los pibes? - le pregunta el que va sentado.
- Quince años como mucho.
- Ah... dos guachos - dice el de Boca mientras se tira las gafas para atrás y se las engancha en el pelo. El chico se levanta y se acomoda el jean. Se vuelve a sentar.
- Ahí nomás me puse pillo, loco. Me la veía venir. Pero igual, nada eh, hasta ahí, nada... -el de azul levanta los brazos, pone cara de desentendido-. Seguí leyendo el diario, marqueteando un poco para ese lado,
pero nada más. En un tiro, uno de los dos guachos empieza a apurar a un pibe que está con dos minitas, en la otra punta, ahí, de parados -señala con el brazo hacia el fondo del furgón, donde ahora hay un hombre alto, de traje, con los ojos cerrados-. Dos minitas bien eh, pendejitas, lindas.
El que va sentado se saca los lentes de la cabeza, los pone frente a su boca, exhala en uno de los vidrios, en el otro, y los lustra con la remera de Boca.
- El chabón que estaba con las minitas era re común, venía de laburar, bien empilchadito -el de azul habla cada vez más fuerte -. En una, el más flaquito de los dos guachos, uno que tenía el pelo cortito como un milico, lo encara: "¿esa es tu novia?", y le marca a una de las dos pibas, la rubiecita. El flaco le dice que no. Pero bien, eh... no es que se hizo el valiente, le contestó mal, o algo. Y el negro le dice: "menos mal... porque sino te cagábamos bien a trompadas".
El vagón se tambalea para todos lados por la velocidad que toma el tren. La gente pierde el equilibro y se agarra del de al lado, de las bicicletas. Un par se ponen colorados de la vergüenza, se disculpan con el de adelante.
- ¡Ahí me puse loco! - dice el de azul, agarrado con un brazo a la baranda de hierro que está pegada a la puerta. A la altura del bíceps le asoma el tatuaje de una serpiente enroscada a una daga, en tinta china y en trazos muy gruesos -. Se me subió el cocoliche a la cabeza como si me hubiese pichicateado -con los dedos arma una jeringa en el aire-. No sé, papá, no me cabe que apuren a la gente -una gordita con la remera de The Cure, mochila negra en la espalda, juega con el piercing que le atraviesa la lengua. Está
parada en el medio del vagón, con su bicicleta negra y le presta atención a la charla-. Porque si vos sos un guacho que te gusta combatirte está bien, es la tuya, pero este pibe era un pancho... -el de Boca aprueba con la cabeza y se mira en el frente de sus anteojos para el sol, se acomoda un mechón de pelo-. Y como el boncha este se comió los mocos, lo empezaron a bardear mal... "!Qué miras!, ¡Pedazo de puto!, ¡La concha de tu madre!".
El chico se para, se calza los lentes sobre la cabeza, se estira la remera de boca, la barre con las dos manos como si la tuviese llena de polvo. Se vuelve a sentar:
- Que mala leche los pibes estos, loco....
El guarda, enfrente, se da vuelta. Estira la espalda, se apoya contra la puerta del vagón, de frente a la gente, las bicicletas, los dos que hablan a los gritos.
- En un momento uno de los negros se para y una vieja, toda pituca, que estaba al lado de él, se corre asustada y lo deja pasar. El chabón va directo a donde estaba el otro, de espaldas, chamuyando con las minitas. Le toca un hombro y cuando se da vuelta le pega un grito que lo hace saltar del piso. Todos se dieron vuelta. Y ahí lo empieza a bardear, a pedirle plata.
"Vení, la concha de tu madre... ¡mano a mano, vos y yo!", y lo toreaba, se le plantaba. La gente se corrió y se armó un círculo en el medio del vagón.
¿Viste cuando en la tribuna le dejan el lugar a la barra? Así. El negro le tira arrebatos al aire, la quiere pudrir a toda costa. Y siempre cagándose de la risa. "Qué linda putita tu novia", le decía.
- Y el pibe este nada - dice el de Boca, atento.
- Nada, papá. "Esta todo bien", le decía, "esta todo bien", así, con las manos -el de azul imita el movimiento de manos levantadas del flaco aquel-.
Y ahí nomás, de una, el negro le tira un arrebato.
- ¿Lo puso así de una?
- No. El otro esquivo la piña.
- Capaz que era boxeador - el de Boca se ríe.
- No sé si era boxeador o no, pero ahí no aguanté más - el de azul cierra los puños.
- ¿Saltaste?
- ¡Más vale, loco!, ¿como no iba a saltar? - dice el de azul sacado.
- Yo que sé, loco, hay cada uno dando vueltas - el de Boca apoya la espalda en la pared del vagón. Con la punta de los dedos se toma la camiseta de boca a la altura de los hombros y la tira para arriba, la suelta, la tira para arriba, la suelta. Tres veces.
- Yo sí salto, papá - y se puntea el pecho con el índice- si tengo que saltar, salto.
Un muchacho de overol azul, bajito, con una visera de Frigor toda gastada, levanta la vista por sobre el diario, mira al hombre y vuelve a lo suyo. El tren llega a una estación. Se bajan un par y sube un cartero de Oca, todo de violeta. Colgado de un hombro lleva un bolso lleno de sobres de todos los colores.
- ¿Le pusiste un ñoqui? -pregunta el de Boca.
- No. Le puse los puntos. "¡Anda a sentarte a tu lugar!", le dije, marcándole con el brazo su asiento.
El guarda pega el pitazo parado en el andén, mira para adelante, para atrás.
Entra, cierra las puertas del tren, vuelve a asomar la cabeza, presiona el botón verde y las puertas del furgón se cierran.
- Si el boncha me contestaba, aunque sea una palabra así de chiquita -el de azul muestra con la mano que tan chiquita tenía que ser la palabra-, lo rompía todo. Te juro por Dios que lo rompía todo -le da un beso al rosario-.
No me importaba nada.
- ¿Y que hizo el chabón? - el que va sentado tiene que torcer las rodillas para que pase uno que va a sacar su bicicleta, una de las del medio del montón, contra la pared del vagón.
- El chabón me torea un poco - dice el de azul, atento a los movimientos del que está corriendo las bicicletas -, medio que se me planta, el cuerpo duro.
Yo ni pestañaba. Y ahí recula. Se va para atrás y se sienta del otro lado.
- ¿Así nomás? - el que va sentado se lleva a la boca una soguita de plata que le cuelga del cuello. El de la bicicleta logra salir del enredo y encara para la puerta.
- Si, se comió los mocos.
- ¿Y el otro?
- Nada, sentadito, un algodoncito. Ese era más chiquito -y marca la altura con la mano-, pero si me la tenía que dar me la daba, de eso no tenía ninguna duda. Y ahí, el que apuré, me dice: "La cosa no es con vos, hermano". "Me chupa los dos huevos", le digo yo. "Quedate piola porque te rompo todo", le digo de frente mar -al de azul le asoman en la frente los primeros signos de transpiración.
- ¿Los tenías visto? - el que va sentado mata un mosquito que se le posa sobre la rodilla.
- No, no los tenía - baja un cambio el de azul. El tren se vuelve a mover para los costados y las bolitas blancas del rosario le bailotean sobre la panza. Lo agarra y se lo mete entre el pecho y la remera-. Cuando llegamos a la próxima estación, los negros se bajaron.
- ¿Y ahí no hicieron nada?
- No, pero cuando el tren arrancó el guacho al que había apurado me apuntó con la mano y me tiró dos veces -el de azul imita la pistola con la mano, y apunta hacia la cara del de Boca.
- Para, loco, no seas piedra... -el de Boca le baja la mano.
El tren llega a una nueva estación. La gordita del piercing baja con su bicicleta. La boliviana también baja y con las hojas de un palo de agua enorme que sobresale de una de las bolsas le pega en la cara a uno que está entrando.
- Como zafó el pibe que iba con las minitas, ¿no? - tira el que va sentado.
- El chabón no sabía como agradecerme.
Al de Boca le llega un mensaje de texto. Estira las patas, saca el teléfono de unos de los bolsillos de adelante del pantalón, lo abre y lee. Pasa un vendedor ambulante. Saluda a uno.
- Por eso desaparecí por un tiempo, loco. Por precaución.
- Está bien, vieja, hay que cuidarse. Yo haría lo mismo.
El de azul se da vuelta, arma una carpa con la mano y se pone a mirar por la ventana de la puerta. El que va sentado se para:
- Me bajo acá, amigo.
El tren frena. El de azul despide a su compañero:
- Bueno, che, nos vemos cualquier día de estos - y le pega una palmadita en la cara - ¿Vos todo bien, no? - y se pasa el antebrazo por la frente para secarse el sudor.
- Si, todo tranquilo...- dice el de Boca. Se abren las puertas y el pibe baja detrás de una señora que va con una nena de la mano. Antes de perderse de vista se da vuelta y saluda -: ¡Cuidáte, papá! -. El de azul levanta el pulgar.
El de Boca se aleja por el andén. El número diez de su remera, en amarillo, estampado sobre un azul muy fuerte, sobresale entre el grupo de gente que camina pesadamente hacia la salida. El guarda se asoma, mira para adelante, para atrás, pita y cierra las puertas.
*de Mariano Abrevaya Dios mabrevayadios@plussistemas.com.ar
http://hermanosdios.wordpress.com
Los pasajeros del tren de la noche*
*Rodolfo Enrique Fogwill
Para Elvio Vitale
Nadie conoce bien cómo se inició. La primera noticia se supo un jueves, pero eso no demuestra nada: las cosas pudieron comenzar días o semanas antes de aquel jueves de diciembre cuando el mayorista de cigarrillos y el vendedor de diarios de la estación dijeron que volvían los soldados y que esa mañana,
un jueves al comienzo del verano, ellos mismos, juntos, habían visto con sus propios ojos a Diego Uriarte bajando del tren que lleva los tarros de los tambos y trae los diarios del día anterior y los paquetes con los pedidos de los mayoristas. Jiménez del quiosco de revistas y Kentros, el cigarrero, contaron la noticia esa misma mañana y por eso en el pueblo se piensa que fue aquel día que comenzaron a volver, pero todo bien pudo haber comenzado antes, el día anterior, o el jueves anterior, en otro tren, o en el mismo tren, que es el que llega de madrugada y sale de la capital cuando oscurece y por eso lo llaman el tren de la noche.
Que habían visto a Diego Uriarte bajar del tren de la noche, que vieron cómo se despedía de un montón de soldados que llenaban el segundo vagón y que cruzó el andén con otros dos también vestidos con ropa de soldado. Que uno de ellos debía de ser Miguel Sanders -cree Jiménez- y que al otro, uno negro
y menudo, ninguno de los dos lo reconoció, ni Jiménez ni Kentros. Eso contaron. Los tres muchachos, desde la punta del andén, se despidieron de los que pasaban pegados a las ventanillas del vagón saludando y mirando con curiosidad las calles principales del pueblo que ya estaban iluminadas por
el sol, aunque los faroles de la plaza de la estación y los reflectores de algunas vidrieras seguían encendidos. Que los tres muchachos recién vueltos se separaron enseguida y que tomaron cada uno para su lado: Uriarte, por la calle principal, hacia su casa, el morocho que no era conocido trepó el
camino de la vía, se fue yendo para el lado de las quintas, y el otro, que Jiménez dijo debía de ser Miguel Sanders, cruzó los terraplenes y enfiló para el lado de la mina de cal. Kentros a ése no lo reconoció, pero bien pudo ser el muchacho de Sanders, porque los Sanders viven atrás de la loma
blanca, pasando la mina de cal, y para llegar a la casa de la madre de Sanders hay que seguir hasta el final por el camino de las caleras.
Y esa mañana comenzó todo. A saberse comenzó todo, pero bien pudo haber comenzado antes, días atrás o semanas atrás. Esa mañana se lo comentó mucho porque los dos que estaban en la estación esperando la llegada del tren reconocieron a Diego entre los tres soldados que volvían, y Diego Uriarte era un muchacho conocido por todos, porque era el hijo del patrón del buffet del Club Social donde funcionaba el casino, porque había sido capitán del equipo de básquet y campeón de paleta, y porque en el pueblo todos estaban convencidos de que Diego Uriarte había muerto en el frente hacía dos años y hasta le habían hecho unas misas. Por eso, más que por otra cosa, corrió la voz y todos se acuerdan de aquel día y suponen que los soldados comenzaron a volver aquel jueves 5 de diciembre.
Claro que nadie le iba a contar a Diego que lo estuvieron dando por muerto y que le habían hecho misas. Él ha de haber llegado a la casa del padre, se habrá quitado para siempre la ropa militar y en medio de la alegría de la familia y de la impresión por verlo vivo y de vuelta nadie ha de haberle comentado nada y se habrá ido a dormir, cansado del viaje, contento de acostarse por fin en una cama limpia después de tanto tiempo.
En el centro, en la vereda de la confitería y en las mesas de juego del Club Social recién se lo vio aparecer por la tarde del sábado, cuando ya todos conocían que estaba vuelto al pueblo y estaban empezando a olvidar la historia de los homenajes y las misas.
Aunque después no pudo haber faltado alguien que por curiosidad, o por hacer un chiste, hablara de las misas con él, o con los otros que siguieron llegando. Con Sanders no. Los Sanders viven del otro lado de la sierra, más allá de la mina de cal, y casi nunca bajan a este pueblo; hacen compras en el almacén de campo de Santiago Nasar y para fiestas y para bailes se van al otro pueblo, donde la madre de Sanders tiene las hermanas.
Pero a Diego Uriarte o a cualquiera de los que volvieron después, no les debe de haber faltado el curioso, o el bromista, que les hiciera entender que todos en el pueblo, hasta las madres mismas, los habían estado dando por muertos.
Hay cuestiones de lógica: a la madre de Federico Ortiz le consta que recibió telegramas de pésame mandados del ejército, con los bordes del papel teñidos de negro, y que después le vino el cheque con la indemnización para cobrar en el Banco Provincia. Si no todas, bastantes madres han de haber recibido
cheques o telegramas por los parientes muertos. Es lógico: tarde o temprano, la madre de Ortiz, o la de Uriarte -si también ella recibió telegramas o cheques- o cualquier otra madre que hubiera recibido cheques o telegramas, debió de hablar con el hijo de la cuestión, y más de una habrá andado
pensando si la plata del cheque -unos pesos miserables- no tendría que devolvérsela al gobierno.
Pero no consta que la madre de Ortiz ni alguna de las otras lo hayan hablado con los hijos, ni con los conocidos de ellas ni de los hijos. A la cuestión de los telegramas y los cheques se la callaron, tal como se callaron muchas cosas las madres. ¿O fue que adivinaban todo desde el comienzo?
Al comienzo fue el tren del 5 de diciembre, el primer caso que se conoció, aunque todo bien pudo haber comenzado antes. Después, durante aquel verano, los trenes de la noche del miércoles, que llegan siempre entre las cinco y media y las seis menos cuarto de la mañana de los jueves, siguieron dejando soldados de vuelta y muchas madres de soldados, que sabían que a los hijos los iban licenciando, se ponían desde temprano en los andenes a esperar y esperaban, y después, cuando el tren seguía viaje trepando despacito la cuesta de la sierra baja, quedaban en el andén un montón de mujeres llorando alrededor de unos pocos soldados muertos de sueño. Todas llorando: unas por la emoción, porque acababan de recibir al hijo, otras porque se habían puesto a esperar que de ese tren bajara un hijo que no les había llegado.
La guerra tiene esas cosas. Y las madres, que son tan resignadas para traer hijos al mundo y para servir a los hijos de ellas y a los hijos de otras, no pueden resignarse cuando les falta un hijo, y siguieron yendo al andén de la estación a esperar y esperar, muchas con los maridos, o con los otros hijos civiles o con las nueras y los nietos, y así los jueves desde temprano la estación se llenaba de gente esperando la llegada del tren de la noche.
Aunque las últimas semanas, para marzo, o abril, cuando vino la época de las lluvias, muy pocas madres esperaban porque ya a casi todas les había vuelto el hijo.
El último soldado llegó a fines de abril, solo. Fue Sergio Guebel, hijo de los judíos de la semillería. En la estación estaban nada más que la madre de él, unas vecinas, la chica que había sido la novia y Jiménez y Kentros, el cigarrero, que hablaban de la guerra con el padre de Sergio, y contaron que el viejo fumaba un cigarrillo atrás del otro en el andén, empapado por la lluvia, esperando. Parece que Sergio Guebel bajó desde el segundo vagón, besó a la madre que lloraba llorando también él, no tanto por encontrarse
con la familia sino por despedirse de los soldados que venían en el vagón con él, que habían hecho con él toda la guerra juntos y seguramente se bajarían en otros pueblos, en los últimos ramales de este ferrocarril.
A la madre de Guebel no le habían dado pésame ni cheque. En cambio le había llegado una carta del Comando con felicitaciones, porque el hijo, decía la carta, había tenido una acción heroica contra unos tanques. Ver después a Guebel, con su uniforme holgado y viejo, los borceguíes deslucidos, sin medallas y sin siquiera una jineta de cabo o de sargento, hacía pensar que el telegrama decía eso como pudo haber dicho cualquier otra cosa. "Con lo ocurrido, ¿quién puede creer en lo que dicen los telegramas?", pregunta Rienzi, uno que vio a Guebel por esos días en los que anduvo por el pueblo vestido de soldado hasta que le compraron ropa nueva y lo pusieron a trabajar en la camioneta del padre llevando bidones con fertilizantes, bolsas de semillas y comida balanceada para chanchos.
La guerra es una cosa llena de errores. En la batalla del 22 de agosto, por ejemplo, artillería necesitaba bombardear una fábrica Dupont clausurada donde los enemigos almacenaban municiones y remedios, y bombardearon otra fábrica, la Dinam, porque en el plano viejo de la ciudad que estaban tratando de ocupar figuraban equivocados los nombres de las fábricas. ¡Quién sabe cuántos que estaban trabajando en la fábrica habrán muerto por el error de un dibujante que copió mal la guía de la ciudad...! ¡Cientos o miles de personas inútilmente muertas por un error del mapa! El cañoneo de la fábrica Dinam es un ejemplo: tanta destreza de los artilleros y tanto estudio del viento, la distancia, la curva de inercia de los proyectiles y los telémetros y los goniómetros, para volver escombros una fábrica equivocada...
Pero la gente se acostumbra, se amolda. Lo mismo en las ciudades grandes, como en los pueblos chicos y en los pueblos medianos como éste, se amolda.
Cayetano Sain, que hizo una fortuna como revendedor de flores de las quintas, lo explica así: "Yo estaba tratando de dejar de tomar. Tomaba todo lo que quería en las comidas -tomaba vino- pero no probaba un vermut ni una gota de alcohol fuera de las comidas. Un sábado fui a la confitería, a la parte de atrás, y me senté en la mesa de Jesús Noble, otro de los soldados vueltos. Ya había pasado mucho tiempo de la época de las llegadas del tren de la noche, pero a Noble no lo había vuelto a ver. Lo saludé como si nada. Él estaba amistoso conmigo, pero también me saludó como si hubiéramos pasado nada más que una semana sin encontrarnos. Quién sabe fue casualidad, quién sabe él de tanto ver gente en la confitería pensó que me había vuelto a ver también a mí. Tomaba vino blanco, yo me prendí. A la segunda vuelta ya estábamos contando cuentos y hablando de pavadas. Creo que tomé como diez vasos de vino, que no me hicieron nada. Él tomaba a la par, igual que yo.
Estaba medio borracho, le costaba levantarse de la mesa y al hablar medio se le trababa la lengua. Pero a mí fue como sentarme con cualquier otro, como si hubiera estado mi capataz Rogelio en vez de él en la mesa. Se hace una cosa natural... ahora me doy cuenta, es la primera vez que lo hablo... ni a mi mujer se lo conté, ni a Graciela, de tan natural que me pareció verlo...".
Porque las costumbres pueden más que cualquier otra cosa. Según Pugliese, el martillero, las costumbres siempre acaban ganando. Cuenta que un día estaba con su socio viendo una chacra y que Avelino, el socio, quería ir a visitar a un cliente, pero él tenía que volver a la ciudad, entonces le dejó el auto porque Quirós, otro de los soldados vueltos, le ofreció arrimarlo con su camión, un Scania. Dice Pugliese que se sentó en el Scania y que no se hubiera acordado de nada si no fuese porque notó que en el parabrisas,
colgada de la visera que en el camión se usa para tapar el sol, había una medallita de la guerra, esas de níquel con Cristo Vencedor y la cara del General grabada. Dice que se acordó, y que por un momento hasta sintió impresión: "Acuérdense -dice- de que yo era de la comisión del templo, así que estuve en todas las misas, contando la de él, la de Quirós". Pero Pugliese se entretuvo tanto hablando con Quirós sobre radios y radioaficionados que se olvidó de todo enseguida y era como si el que manejaba el Scania fuese su propio socio, Avelino, y no un soldado vuelto.
"Y ojo, que yo ya sabía por la comisión de la parroquia de lo que había pasado en los otros pueblos...", aclara Pugliese.
Aunque uno sepa todo, lo que más pesa es lo que hacen los otros: lo que los otros le colocan frente a los ojos es la verdad y lo demás no cuenta. Hasta Torraga, que no quería que su hija se casara con Horacio, un soldado vuelto con el que había ennoviado de chica, lo reconoce: "No es que pensara que mi chica no lo quería, o que el muchacho fuera malo. Pero cuando Horacio, que venía siempre a casa, me pidió de casarse con ella, le dije que lo necesitábamos pensar, porque yo ya había visto que la hija de Orlando se había casado con uno de los vueltos hacía tres años y no había tenido hijos.
Y la partera, la viuda del doctor Álvarez, que después se casó con ese otro soldado vuelto, Márquez, hacía dos años que quería encargar y no quedaba, y eso que era partera. Era por ese miedo, no por desprecio del muchacho, por lo que le dije que lo tenía que pensar. Pero hoy en día nadie puede oponerse
a que los jóvenes se casen, y si el padre se opone, es peor, se encaman en los moteles de la ruta, y los sábados cuando uno pasa por ahí los ve llenos de gente joven que va en los autos de los padres y uno mira la fila de coches estacionados y ya sabe quiénes son los que están ahí revolcándose entre las sábanas podridas...", dice el vasco Torraga.
Así son las costumbres y la gente se amolda, y más que lo que cada uno puede saber importa lo que los demás le muestran. Ahora se acepta que los jóvenes saquen el auto de los padres y se vayan con las chicas del pueblo al motel de la ruta, a medianoche, los viernes y los sábados, y a los mismos que
cuando estaban de novios con la que ahora es su mujer ni se les hubiera cruzado la idea de hacer esas cosas dejando el auto a la vista de todos, frente a la ruta, ahora permiten que las hijas vayan al motel como quien va a la plaza. Y un hombre como Pugliese, que estuvo en la misa que le hicieron a Quirós y hasta Avelino sabe perderse las noches jugando al póquer con Diego Uriarte, que no se casó y es un timbero empedernido que derrocha en las mesas todo lo que durante el día se gana atrás del mostrador, en el buffet del mismo club.
Tampoco ellos han hecho nada para llamar la atención. Nadie habla de que hayan disimulado, pero tampoco se ha visto que naciera de ellos algo que llamara la atención de la gente, como si ellos mismos hubiesen sabido -tal vez sabían- que con el tiempo todo el pueblo daría por natural tenerlos con
ellos, a fuerza de amoldarse. Alguna vez se los ve juntos, de a dos, de a tres, por esas casualidades que suceden. Marina Echagüe una vez fue a la carrera de autos para llevar a los alumnos del instituto y vio que en la curva, donde la mayoría de los muchachos jóvenes quiere ponerse para ver cómo los autos preparados entran a toda máquina, clavan los frenos, rebajan a segunda y salen derrapando, estaba Federico Ortiz y que cerca de él estaba Diego Uriarte con una barra de hombres del Club Social, y que a un paso de allí también estaba Juan Molina, que era otro de los muertos de la guerra.
Tal vez fuera casualidad, pero dice Marina que cuando la gente se adelantó para sacar el coche de Rubolino que se había ido contra los alambrados, los cuatro -Diego, Juan, Federico y Rubolino- quedaron juntos hablando entre ellos como amigos.
Hay veces -fiestas de bautismos, inauguraciones de negocios, casamientos- en las que en un lugar cerrado se encuentran dos o más de ellos, y entonces no ha de faltar quien los mire hablar y divertirse entre ellos y vuelva a pensar.
Mucho se pensó cuando se supo que esto no había pasado en otros pueblos. La noticia llegó por gente de la parroquia, que fue a una asamblea en Coronel Insúa, habló el tema y los de Insúa se asombraron, y entonces se pusieron a averiguar y todos terminaron sabiendo que nada más a este pueblo habían
vuelto todos los soldados. En esos días dio ganas de mirar qué hacían ellos, si cabildeaban juntos, o comentaban entre ellos algo, pero nadie les notó nada diferente. Una vez más -se ve- confiaron en que con el tiempo también el hecho de que esto nada más ocurriera en el pueblo se iba a olvidar.
Y tuvieron razón, porque con los años todo se olvidó. En un tiempo en el que muchas parejas se ponen a edificar casas, a hacer viajes afuera, y pasan la noche en fiestas para copiarse las costumbres y hacerse ver la ropa y mirarles a los otros la ropa o las cosas nuevas que siempre estrenan, las parejas sin hijos son cada vez más comunes y no es raro que ellos, que no son más que una parte de tantas parejas sin hijos que se la pasan mostrándose la ropa, tampoco tengan hijos. Total, chicos siempre siguen naciendo.
Los que nacieron el verano cuando la vuelta de soldados comenzó, deben de andar ahora por los diez años y seguro que no saben nada de ellos. Para estos chicos, todo lo de la guerra es un cuento de viejos y cuando hablan con uno de ellos, cuando por caso los sobrinos de Ortiz o de Vigliani se quedan con el tío, juegan como si estuvieran con cualquier otro y los tíos los alzan en brazos, o los llevan al circo, a la calesita o al cine cuando hay películas permitidas como cualquier tío del pueblo se ocupa de pasear a
los sobrinos chicos. Así estas criaturas crecen sin saber nada, iguales que los grandes, que saben, pero que andan por ahí sin darse por enterados de lo que estuvo pasando todos estos años.
Por eso nadie los va a enterar, y los chicos van a crecer, van a vivir, van a hacer otros hijos y se van a morir sin saber estas cosas, aunque muchos se las escriban y las guarden para ver si pasados los años a alguien le pueden interesar.
Morizzi es profesor en el colegio: llegó como suplente por unos meses, se entusiasmó y se quedó en el pueblo. Tiene diploma de filosofía, le gustan las letras y se pasa los días libres y las vacaciones juntando escritos de la gente y armando los concursos de la secretaría de cultura del municipio.
Él puede confirmar esta impresión de que los chicos de ahora nunca van a saber lo que pasó. "Es -dijo una noche en el bar- como con los peces: podrán saber de todo, pero lo último de lo que un pez se entera es de que vive en el agua..."
-Hasta que alguien lo pesca... -razonó el turco.
-Claro -contestó él-, pero entonces ya es un pescado, y bien de poco le va a servir saber que se pasó la vida en el agua...
Cuando no hay viento, en las noches sin viento de verano, y también en invierno, antes de las tormentas, desde cualquier lugar de la ciudad se puede oír el paso de los trenes. A las doce pasa el Norteño, iluminado, porque siempre va llevando turistas de lujo que justo en el momento de cruzar por el pueblo están de sobremesa en el gran coche comedor. A la una y media pasa el Rápido, un tren de carga que viene vacío y que a pesar del nombre pasa despacito para enganchar sin riesgo el cambio de las vías. A las cuatro está el Mixto, que sale a las seis de la tarde desde la capital, con vagones de carga y otros de pasajeros. Ése no para en el pueblo, pero el guarda saluda hamacando el farol verde y colorado cuando cruza por la casilla del señalero que le hace los cambios. Todo el pueblo conoce y sabe oír esos trenes y a veces da el temor, al despertar sobresaltado a medianoche, de que un tren que llega de repente no sea el Norteño, ni el Mixto ni el Carguero de las cuatro, y pueda ser un tren nuevo, viniendo en dirección contraria, y se pare en el pueblo soltando un largo pitido triste y vaya arrancando despacio, como con sueño, camino de la capital, y se los lleve a todos, otra vez, para siempre.
Rodolfo Enrique Fogwill nació en Buenos Aires en 1941. Es sociólogo, fue profesor titular de la Universidad de Buenos Aires, editor de una legendaria colección de libros de poesía, ensayista y columnista especializado en temas de comunicación, literatura y política cultural. El cuento "Muchacha punk", que recibiera el primer premio en un importante certamen literario en 1980, lo hizo abandonar su carrera empresaria y comenzar, según sus palabras, "una trama de malentendidos y desgracias" que lo llevaron a su actual "oficio" de escritor.
Textos suyos integran diversas antologías publicadas en Cuba, México, España y Estados Unidos. Entre sus obras están: El efecto de realidad (1979), poemas; Las horas de citas (1980), poemas; Mis muertos punk (1980), cuentos; Música japonesa (1982), cuentos; Los Pychyciegos (1983), novela ;
Ejércitos imaginarios (1983), cuentos; Pájaros de la cabeza (1985), cuentos; Partes del todo (1990), poemas; La buena nueva (1990), novela; Una pálida historia de amor (1991), novela; Muchacha punk (1992), cuentos; Restos diurnos (1993), novela; Cantos de marineros en las pampas (1998); Vivir
Afuera (1998), novela.
*FUENTE: http://www.abanico.edu.ar/2005/07/fogwill.tren.htm
Correo:
El solitario Capitán del Irizar*
El adjetivo de solitario puede ser una referencia despectiva o todo lo contrario: Una apreciación de excepción porque "el resto" de los mortales consideran que es el único que hace lo correcto.
Para el caso, podría ser que el adjetivo por excepción sea el que le quepa al Capitán del Rompehielos Almirante Irizar. No importa ni su historial militar ni su responsabilidad con lo que haya sucedido a bordo de la nave en este accidentado viaje. Lo que importa es que él se quedó a bordo de la nave.
Lo lamentable es que diversos periodistas de nuestros "esenciales" programas porteños, tanto de radio como de televisión, se han mofado de la actitud. Petinatto, haciendo una cargada con un señor de baja estatura dentro de una caja de cartón que simulaba ser el Irizar. Otros diciendo que era un "boludo" por haberse quedado a bordo.
¿Qué nos pasa que somos tan desgraciados en resaltar negativamente los valores que debemos recuperar para nuestra Sociedad?.
El Capitán no abandonó el barco y lo despreciamos. El máximo responsable de la seguridad de los locales nocturnos del municipio mas populoso de la Argentina, Buenos Aires, se quedó a bordo hasta que hubo que echarlo. Hoy vuelve a aparecer entre candidatos y candidaturas y nadie dice nada.
No recuerdo si solo renunció o si también se pegó un tiro, pero el Presidente de Japan Airways dejó su lugar en el mismo instante en que se supo que el avión de la empresa estrellado con 450 personas a bordo fue por falta de mantenimiento (circa 1985). El Capitán del Titanic se hundió con su barco.
Él era inglés, seguro que decimos que fue un caballero. Del Japonés, seguro que decimos que tuvo honor porque era japonés. Del Intendente que hubo que echarlo y ahora vuelve a las andadas, no decimos nada, apenas que no supo manejar las respuestas mediáticas y políticas.
Del Capitán del Irizar, un caballero en esta situación, hemos dicho que es un boludo. Seguro que esos mismos, si el accidente hubiera ocurrido por un trabajo mal realizado y una coima entre medio, seguro que en el micrófono harán un escándalo y, fuera de micrófono, adjetivarán de vivo al que se quedó con el cambio.
*de Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
- Abril 14 de 2007 - DNI 14.381.615 - Ingeniero White
- Buenos Aires
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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Tuesday, April 17, 2007
Wednesday, March 21, 2007
PODER ELEGIR HACE FELIZ
NUESTRA INFELICIDAD*
Nuestra felicidad no nos pertenece. La creamos no con las herramientas que nos son propias, sino con las que nos prestan. Y no depende como el siglo quiere hacernos creer de lo que poseemos, sino de lo que damos.
Puede ser una ingenuidad, pero ciertos antiguos saberes son tan ingenuos como el que un abrazo es más necesario que el pan, y que la sonrisa del amado calienta el alma en el invierno.
La felicidad no es una carcajada necesariamente. Sucede en una capa más profunda y es capaz de serenar los océanos del infortunio.
Para ser feliz es necesario ser generoso. Saber dar y saber recibir.
Una mujer que cocina para su hombre, el padre cansado que se fuerza a estar un ratito más a pesar del dolor de cintura, el muchacho que resigna unas tardes a acompañar la tragedia de su amigo. Hallan todos ellos una felicidad de melodía a media voz, la tranquilidad de estar donde hacen falta.
Pero necesitan, para poder ejercer su cometido de acompañantes, la retribución del reconocimiento.
Trabajar por la felicidad de alguien que nos ignora es un sendero que desemboca en la angustia. Y aquí acostumbramos considerar tonto a quien no requiere alguna clase de paga, y acostumbramos denigrar los trabajos desinteresados. Si no se pide nada a cambio, pensamos que debe de ser algo que no tiene valor.
Es cierto, no tiene precio. Es inapreciable lo que unos hacen por otros cuando se atreven a dar desde las entrañas, cosa nada fácil.
Una mujer que acaricia a su hombre dormido es feliz. Una señora que pone la mesa con las mejores tazas para recibir a sus amigas. Un hombre que enseña a su vecino cómo cambiarle el líquido de freno al automóvil es feliz.
La felicidad florece bajo los techos de chapa, estalla en el patio de una escuela, se enciende en una oficina. No tiene edad ni condición social. La llevan los privilegiados que son capaces de convidar con lo que tienen.
Quien es feliz porque lo envidian, retrasa unos momentos el salto hacia el abismo. Quien se alegra por el llanto de alguien, detiene un minuto solamente el roer de las orugas. Mentirá ser feliz el malvado, se mentirá a si mismo, hará la pantomima, montará su obra teatral. No hemos de darle fe. No le creeremos.
Pero mientras tanto todo nos lleva a la desdicha. La veneración del cinismo, la confusión de maldad con inteligencia, el mandato de arrebatar lo que no está fijado al suelo. Todo nos lleva al blindaje y la desconfianza. O somos ladrones, o tememos ser despojados.
Creemos que poseemos lo que guardamos, y somos esclavos de lo que nos negamos a dar.
La mujer no quiere ser usada, y se niega el privilegio de atender a su hombre. El hombre no quiere que la mujer lo domine, y se niega el privilegio de atenderla. Aferrados a nuestras mezquinas posiciones, amurallados todos, profunda, dolorosamente infelices. Pero eso si, indiscutiblemente dueños, patrones y propietarios de nuestra infelicidad.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
Poder elegir hace feliz...
El cielo entre durmientes*
*Humberto Costantini
Ni un alma por la calle. Como si el sol de la siesta cayendo a pique y después derramándose por todos lados, hubiera empujado a bichos y gente a quién sabe qué escondidos refugios, adonde el sol no puede penetrar, pero ante los cuales se queda montando guardia, rabioso y vigilante como un perro en acecho.
Por la calle vamos Ernesto y yo. Hace cinco minutos, un silbido me arrancó de la sombra de la glicina y me mostró entre dos pilares de la balaustrada un rostro enrojecido y contento. No hubiera sido necesario que me dijera "¿salís?" con un grito breve y exacto como un pelotazo. Yo lo estaba esperando, o mejor dicho yo estaba esperando un pretexto cualquiera para dejar aquella modorra del patio adonde me llegaban ruidos lejanos e incitantes entreverados con el aleteo de algún mangangá.
Por eso no le contesté nada y en seguida estuve con él en la puerta. Se sabe que saldríamos a caminar. Ernesto es así y nuestros doce años no soportan otras tratativas que ese "¿salís?" liso y directo viniendo de un mechón caído sobre los ojos, de una transpirada camiseta amarilla y de unas ganas de hacer muchas cosas que le brillan en la mirada.
Un saludo "¿qué hacés?" y caminamos. El agua de la zanja, un agua barrosa, oscura, caliente, cubierta de protuberancias verdes como el lomo de un sapo, se agita por momentos a impulso de invisibles zambullidas o respira a través de unos globos lentos, pesados, que levantan nuevas ampollas en su pellejo y hacen un extraño ruido de glogloteo como si ya estuviera por soltar el hervor.
Caminamos. La tierra quema en los pies y es lindo sentir ese mordisco cariñoso, de cachorro, con que la tierra nos juguetea por las pantorrillas. Pero más lindo es no sentir nada de eso, sino esas ganas locas de meterse en la tarde como en una selva. ¿No es cierto, Ernesto?
Caminamos. Un aguacil grande y rojo viene a despedirnos, pasa zumbando a nuestro lado y siguiendo la línea de yuyos que bordea la zanja llega hasta el puente de la esquina y vuelve volando a toda máquina amagando un encontrón. —¡A que no lo agarrás!
Caminamos. Las cuadras del barrio quedan atrás. Los paraísos se cambian en plátanos y después otra vez en paraísos. Flechillas, lenguas de vaca, huevitos de gallo. Esta es otra zanja, no la nuestra. ¿Habrá ranones por aquí?
Caminamos. ¡Aquella montaña! ¡A saltarla! La sangre nos golpea en el pecho y en el rostro. La vida es una alegría retenida en los músculos y es ese olor a sol, a sudor y a piel caliente que viene de la ropa de Ernesto.
Caminamos. Ernesto sabe de muchas cosas. De trabajos, de aventuras, de casas abandonadas y de extraños nombres de calles. Mientras caminamos me habla. Me cuenta un disparate y yo me río. Me río como un loco. Me río tanto que Ernesto se contagia de mi propia risa y empieza a reírse él también. Le salen lágrimas de los ojos, se aprieta el costado, no puede parar. Yo lo miro y me da más risa todavía verlo reír. Caminamos tambaleantes, empujándonos, atorándonos de risa. La risa se nos atropella en la boca, nos crece incontenible por todos lados, nos acompaña por cuadras y cuadras esa risa sin por qué, como si una bandada de gorriones enloquecidos nos estuviera siguiendo.
La esquina. Otra cuadra. La risa. Ladridos detrás de un alambre. Otra cuadra. Magnolias, jardines, postes del teléfono. Otra cuadra. Las alpargatas de Ernesto levantando el polvo en las veredas. Otra cuadra. El cielo, la soledad de la siesta, el silbido de una urraca. Otra cuadra, otra cuadra...
Apoyo de pronto mi mano en el hombro de Ernesto y señalo el terraplén del ferrocarril. —¡A ver quién llega primero!
Salimos como balas. Una ametralladora de pasos y el crujido de los terrones resecos. Oigo el jadeo de Ernesto y apenas veo su camiseta amarilla pegada a mi costado. Me pongo enormemente contento cuando dejo de verla y cuando siento que el jadeo va quedando atrás. Apenas por un par de metros, pero llego primero arriba. Y desde arriba lo miro triunfante.
Ernesto tiene la cara negra de tierra y un sudor barroso le forma ríos en la nuca y la espalda. Yo debo estar igual porque en la manga que me pasé por la frente queda una gran mancha negra y húmeda.
A Ernesto se le ocurre caminar por la vía y vamos pisando los durmientes o haciendo equilibrio sobre los rieles. Lo más lindo son los puentes. Cuando allá abajo vemos la calle entre los durmientes deslizándose como un río. Algunos son muy altos y hay que pisar bien para no caerse. Yo camino despacio, aparentando indiferencia, pero sintiendo en todo momento un ligero vértigo que me obliga a clavar la vista en mis pies, a calcular cada pisada, hipnotizado por ese lomo de tierra que se mueve sin cesar debajo mío.
Ernesto, en cambio, se mueve con maravillosa soltura. Me habla, grita, se da vuelta, corre... Es imposible seguirlo. Anda por ese andamiaje de hierro, madera, viento y cielo como por el patio de su casa. No digo nada, pero pienso que estamos a mano con lo de la carrera.
Llegamos a un puente de poca altura y como viene un tren decidimos verlo pasar desde abajo. Descendemos la pequeña cuesta y nos ubicamos a un costado del puente. Oímos el bramido del tren que se acerca y luego un ruido infernal que hace trepidar toda la tablazón. Las vías parecen curvarse bajo las ruedas. Un pandemonio de vapor, chispas, truenos y aullidos que nos sacude hasta las entrañas. La verdad, sentimos un poco de miedo y deseamos que venga otro tren para reivindicarnos.
Las vías pasan a menos de tres metros sobre la calle. Con un buen salto es posible alcanzar los durmientes y colgarse de allí como de un pasamanos. La idea surge como una pedrada y casi de los dos a un tiempo. Quedarnos colgados cuando pase el tren.
La tarde es un desierto de sol y tierra enardecida.
El cascabeleo de algún lejano carro de lechero y el canto metálico de la cigarra no cortan el silencio, sino que lo hacen más denso aún, más expectante.
Esperamos el rumor que nos anuncie la llegada de un tren. Los minutos transcurren lentos en el calor sofocante del reparo que forman las paredes del puente. Se mastica un yuyo o se sube de vez en cuando a mirar el reverbero distante de las vías.
—A no soltarse, ¿eh?
—No, a no soltarse.
De pronto llega. Es apenas un murmullo perdido entre cien murmullos iguales, pero para nosotros imposible de confundir.
Con cierta parsimonia nos preparamos. Frotamos las manos en la tierra, ensayamos un salto, otro salto. Subimos a verlo, ya está cerca.
Tomamos posiciones.
—¡Cuando yo diga saltamos!
El silencio, avasallado ahora por aquel torrente que se agranda y se agranda. Nos miramos y miramos los durmientes allá arriba.
—A no solt...
—¡Ahora!
Me falla un salto. Al segundo estoy arriba balanceándome todavía por el impulso. Ernesto ya está allí, firmemente prendido. Me guiña el ojo. Quiere decir algo, pero no lo escucho porque un ruido ensordecedor me oculta sus palabras. —¿No quemará la locomotora?—. Ya viene. Allí está. Hierros, fuego , vapor y un ruido de pesadilla.
No sabemos cómo fue. Cuando queremos acordarnos los dos estamos a diez metros del puente, mirando cómo los últimos vagones se deslizan haciendo oscilar las vías.
La tarde se nos acuesta entera encima de los hombros. Nos acercamos al puente, cabizbajos, avergonzados.
—¡Vos te soltaste primero!
—¡Tenías una cara de miedo vos!
Otra vez el silencio. La sierra sinfín de la cigarra nos chista y se ríe de nosotros. Estamos agitados, desfigurados por el calor y la excitación pasada.
—Si vos te quedabas, yo me quedaba...
—Yo también, si vos te quedabas, yo me quedaba.
Nos tiramos al suelo para esperar otro tren. La tierra pegándose a la piel mojada. El reverbero de la calle o quizás las gruesas gotas de sudor que me empañan la vista. Ernesto hace garabatos con una ramita.
Y el tiempo que se desliza silencioso sobre las vías como un tren infinito formado por el latido de nuestros corazones.
La cigarra. Un gorrión con el pico entreabierto y las alas separadas. Los ladrillos del puente y allá a lo lejos una pared blanca que nos saluda como un pañuelo.
—Un, dos, tres... (antes de que cuente veinte aparece), cuatro, cinco...
Silencio. Las voces de la siesta.
Ahora sí. Es un tren este. El rumor lejano pero inconfundible. Nos ponemos de pie. Ninguno dice una palabra. El temor de soltarse y la decisión de permanecer hasta el fin. El contacto de la tierra caliente en las palmas de las manos.
—¡Cuando yo diga!
El ruido que crece segundo a segundo. Ernesto se agazapa para saltar. —¡Ahora!, digo, y salto con todas mis fuerzas.
El ennegrecido durmiente queda aprisionado entre mis manos. A un metro de mí, Ernesto se columpia en el suyo.
El ruido ensordecedor. La cara roja de Ernesto entre sus dos brazos en alto. Su camiseta amarilla y su pelo caído sobre la frente.
Terremoto de hierro, vapor y chispas. El ruido infernal. El puente que se hunde con el peso del tren. Un miedo espantoso. Pero estamos colgados todavía.
Me doy cuenta de que estoy gritando a todo lo que doy. Ernesto también grita y patalea y me mira gritando y pataleando como un loco.
El tren no termina nunca de pasar. Las ruedas a medio metro de las manos. Una montaña encima de mi cabeza. El calor, el ruido, Todavía no sé si voy a quedarme hasta que pase todo. Y grito para darme coraje y también porque es necesario gritar. Lo veo a Ernesto congestionado, enloquecido, con las venas del pescuezo hinchadas por los gritos y por el esfuerzo.
Gotas de sudor se me meten en la boca. –No doy más, me quedo hasta que se quede Ernesto. –No doy más, me quedo hasta que se quede Cacho..
¿Cuánto faltará todavía? La cara de Ernesto gesticulando y escupiendo sudor. Sus piernas tirándome patadas. ¿Cuánto faltará todavía? Grito y lo pateo para hacerlo bajar. ¿Cuándo faltará todavía? El ruido. La vibración del puente metiéndose hasta los tuétanos. ¿Cuánto faltará todavía? Los sesos a punto de estallar. Borrachera de ruido, calor, alaridos y miedo. ¿Cuánto faltará todavía?
* * *
Algo dulce que nos acaricia los brazos. El tren que se aleja y el cielo azul a pedazos entre los durmientes.
El silencio que crece de la tierra. El silbido lejano de la locomotora.
Seguimos colgados y nos miramos sonriendo.
La tarde canta en la voz de las cigarras.
¿Te acordás Ernesto, cómo cantaba?
Humberto Costantini nació en Buenos Aires en 1924, y murió en la misma ciudad en junio de 1987.
Poeta, narrador y dramaturgo, Costantini ejerció a lo largo de su vida, junto a su casi secreta labor de investigador científico, los más diversos oficios: veterinario en pueblos de campaña, oficinista, corredor de comercio, ceramista, etc. Estas actividades le ayudaron a profundizar en el conocimiento y los matices que forman las capas medias de nuestra sociedad, con cuyos caracteres y lenguajes enriqueció su prosa.
Heredero del grupo de Boedo y de la preocupación social que lo definiera, Costantini participa y milita en las revistas literarias de izquierda de la década del 50 en las que se manifiesta de manera polémica contra el populismo y el pintoresquismo naturalista. Es por entonces cuando publica sus primeros cuentos, de temática realista y estilo expresionista. A lo largo de su obra, Costantini construye una personalidad literaria definida, la cual se vale de distintos elementos, como ser los símbolos y las alegorías, los monólogos interiores de sus personajes, la literatura fantástica, el realismo mágico, el costumbrismo y hasta la mitología clásica, para abordar la que fuera, en definitiva, su principal obsesión: la alienación del hombre en una sociedad hostil. Una de las características de su estilo es la de llevar a sus personajes a situaciones límite, exasperando la realidad en grotesco.
Costantini fue una influencia notable entre los jóvenes escritores de la década del 60.
De por aquí nomás (1958); Un señor alto, rubio, de bigotes (1963); Tres monólogos (1964); Cuestiones con la vida (1966); Una vieja historia de caminantes (1966) y De dioses, hombrecitos y policías (¿?) son algunas de sus obras más recordadas.
*Fuente:
http://www.abanico.edu.ar/2004/08/cielo.htm
Miércoles, 21 de Marzo de 2007
La vida, ese tupper*
*Por Celeste Galiano, Fabricio Simeoni y Federico Tinivella
"Quisiera ser tupperware para poder conservarte"
Salvador Trapani
Sin precintos ni avatares, pasarse la vida entre paredes de plástico resulta frágil.
Esperar cierto destape y seguir enhiesto. Sentirse fiambrera, cumplir el ciclo desde un recipiente, nacer, comer, reproducirse y morir en el cubículo inesperado de la conservación de la especie.
El señor Earl S. Tupper no podía imaginar el furor que iba a causar su invento cuando en 1946 pergenió el famoso tazón maravilla. Nada tuvieron que ver -y cabe la aclaración- el joven ni la mujer maravilla. Aunque sabemos perfectamente que don Earl pasaba horas escuchando wonderful world con dos
pocillos de porcelana en las orejas, para amortiguar el eco.
El "tupperware", que significa "mercancías de Tupper", permanece desde entonces entre nosotros, ayudando a la preservación de los alimentos. Y es que sirve para todo: congelar comidas preparadas, no preparadas, no comidas, congelar comidas congeladas y descongelar, sirve también para no congelar
absolutamente nada.
Guardar restos en la nevera y nevera en los restos y transportar los alimentos sin riesgo de que se desparramen. Por esta razón, el tupper cada vez viaja más a la oficina, a tu casa, a la luna y hasta se puede plegar para transportarlo en una riñonera, bolsillo o estuche. Humilde y hermético, comparte el don de los hombres sabios, el silencio.
Quitar el aire es su secreto; así ama, así mata, preserva ocultando.
¿Discreto por convicción? No, opaco por naturaleza.
70 y 30. 70 y 30. Cerrar un tupper con precisión exige pocas artes y mucha ciencia: 70% de fuerza en la mano izquierda y un 30% de la derecha, como disparar una 9 milímetros pero con mayor sutileza.
Danger. El uso de un tupper nuevo sin lavar imprime un sabor a momia irremontable, un gusto empalagoso difícil de explicar parecido a respirar pelusa de aspiradora mezclada con polvo de rincón. No olvidar, los tupper se curan como el mate, las ollas de hierro y las personas -a veces, claro.
Para apoderarse de algo uno debe crearlo cuidadosamente, pensó Confucio. Y Earl S. Tupper, con paciencia, aprendió a conquistar el mercado mundial de la practicidad. Jamás aceptó una campaña demasiado agresiva para promocionar sus ingeniosos ghettos atmosféricos. La guerra no se juzga, se evita.
¡Llame ya y obtenga 1000 tuppers, no causan sobredosis! Ni mangueras para enrollar, ni fajas reductoras, ni baba de caracol se ofrecen por más de dos unidades. Scheherezade y las 1001 noches, usted y los mil tupperware se animan al millar. La magia del vacío. Guardar significa amar, cuidar con
persistencia, exhalar protección y volverse querible. ¡Guarda!
De todos los colores y de ninguno, el tupper juega al espejo, caja de trucos. Camuflaje, supervivencia, en la Naturaleza todo lo importante lleva tiempo.
Earl intuyó que los vacuos eran tan importantes como los llenos y concibió un objeto que ordenara atesorando. Quien ordena es poderoso y el poderoso elige.
Poder elegir hace feliz. Sólo se trata de durar, pensó Earl S Tupper cuando corría presuroso hasta el lavabo. De niño la fobia social lo había tomado de la cintura como lo hacía su novia Caterina Mc Intoch en las tardes chorreadas de crema de maní, en las costura de los campos de Conectitut.
Ella lo aferraba de atrás y al oído solía susurrarle versos de Roco Sumbaba, un poeta africano que había viajado hasta el país del norte escondido en un barril de cacahuates desde Kenia. Le decía entonces Caterina "la selva me quema los labios, la lengua, se quema, se quema, se quema ahí", todos poemas escritos por Sumbaba en su viaje de exilio. Textos que se habían convertido en lectura obligada en el sur de Tenesse, de donde era oriunda Mc Intoch.
Esos poemas habían cavado hondo en el desierto mental de Earl. Entendía que el viaje de Roco, su encierro, lo habían conservado en buena forma. Comenzó a pensar que aquello que es sometido a un encierro perdura. Recordaba ahora a su abuela Murdel que permaneció cinco años en el baúl de un Buick, alimentada solo con insectos verdes. Los ancianos del pueblo dijeron, al verla salir, en un descampado, de aquel baúl abierto, que ella pensó cerrado esos cinco años, que se veía más joven.
Sólo se trata de durar, pensó Tupper una vez en el lavabo y aquella idea tomó forma de envase plástico, aquí todas las bolsas son de cartón, no como en Argentina. El plástico es un polímero que protege los alimentos, no como el cartón que les transfiere su aroma y humedad, sintetizó Earl en su cuaderno de anotaciones. Al instante corrió desnudo hasta el jardín, tropezó con el triciclo de Michael su nuevo amante, que dormía después de una borrachera y gritó "plastic", plástico en castellano. He ahí el comienzo de una relación perdurable entre los humanos y su vianda, hasta la llegada del freezer, asesino del tupper, no de su esencia, que todavía olemos en los poemas de Sumbaba.
*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-7811-2007-03-21.html
Intima*
Yo te diré los sueños de mi vida
en lo más hondo de la noche azul...
Mi alma desnuda temblará en tus manos,
sobre tus hombros pesará mi cruz.
Las cumbres de la vida son tan solas,
¡tan solas y tan frías! Yo encerré
mis ansias en mi misma, y toda entera
como una torre de marfil me alcé.
Hoy abriré a tu alma el gran misterio;
ella es capaz de penetrar en mí.
En el silencio hay vértigos de abismos:
yo vacilaba, me sostengo en ti.
Muero de ensueños; beberé en tus fuentes
puras y frescas la verdad; yo sé
que está en el fondo magno de tu pecho
el manantial que vencerá mi sed.
Y sé que en nuestras vidas se produjo
el milagro inefable del reflejo...
En el silencio de la noche mi alma
llega a la tuya como un gran espejo.
¡Imagina el amor que habré soñado
en la tumba glacial de mi silencio!
Más grande que la vida, más que el sueño,
bajo el azur sin fin se sintió preso.
Imagina mi amor, mi amor que quiere
vida imposible, vida sobrehumana,
tú sabes que si pesan, si consumen
alma y sueños de olimpo en carne humana.
Y cuando frente al alma que sentía
poco el azur para bañar sus alas
como un gran horizonte aurisolado
o una playa de luz, se abrió tu alma:
¡Imagina! ¡Estrechar, vivo, radiante
el imposible! ¡La ilusión vivida!
Bendije a dios, al sol, la flor, el aire
¡la vida toda porque tu eras vida!
Si con angustia yo compre esta dicha,
¡bendito el llanto que manchó mis ojos!
¡Todas las llagas del pasado ríen
al sol naciente por sus labios rojos!
¡Ah! tú sabrás mi amor; mas vamos lejos,
a través de la noche florecida;
acá lo humano asusta, acá se oye,
se ve, se siente sin cesar la vida.
Vamos más lejos en la noche, vamos
donde ni un eco repercuta en mí,
como una flor nocturna allá en la sombra
me abriré dulcemente para ti.
*De Delmira Agustini.
*Fuente: http://www.patriagrande.net/uruguay/delmira.agustini/index.html
Correo:
*
Queridos amigos, los invito a enviar uno o dos poemas de su autoría escritos para Frida Khalo, máximo 30 líneas por poema.
Tres líneas de currículum del autor, incluyendo país, ciudad y fecha de nacimiento. Todo en archivo adjunto.
El encabezado deberá decir Poema para Frida Khalo.
Enviar a los correos: linajes-editores@att.net.mx con copia a linazeron@yahoo.com
La recepción máxima de los poemas será el 15 de abril de 2007. .
El libro será en homenaje al centenario del natalicio de la pintora y será editado por una dependencia gubernamental, la cual dará a conocer a los poetas seleccionados en el mes de mayo.
Será presentado en un acto en la Delegación Coyoacán con asistencia y lectura de los poetas que puedan asistir.
Dear friends. I invite you to send 2 poems dedicated to Frida Khalo, if you have. Maximum 30 lines per poem. Please Send a short curriculum of 3 lines with country, city and date of birth, everything in attached mail. the poems sent in English will be translated the Spanish.
The book will be in tribute to the centenary of birth of the painter and will be published by a governmental dependency. The poems you would received until maximum the 15 of April.
Please send all to linajes-editores@att.net.mx with copy to linazeron@yahoo.com
Regards and a lot of hugs
*Lina Zerón
www.linazeron.com
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
Enviar los escritos al correo: inventivasocial( arroba)yahoo. com.ar
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Nuestra felicidad no nos pertenece. La creamos no con las herramientas que nos son propias, sino con las que nos prestan. Y no depende como el siglo quiere hacernos creer de lo que poseemos, sino de lo que damos.
Puede ser una ingenuidad, pero ciertos antiguos saberes son tan ingenuos como el que un abrazo es más necesario que el pan, y que la sonrisa del amado calienta el alma en el invierno.
La felicidad no es una carcajada necesariamente. Sucede en una capa más profunda y es capaz de serenar los océanos del infortunio.
Para ser feliz es necesario ser generoso. Saber dar y saber recibir.
Una mujer que cocina para su hombre, el padre cansado que se fuerza a estar un ratito más a pesar del dolor de cintura, el muchacho que resigna unas tardes a acompañar la tragedia de su amigo. Hallan todos ellos una felicidad de melodía a media voz, la tranquilidad de estar donde hacen falta.
Pero necesitan, para poder ejercer su cometido de acompañantes, la retribución del reconocimiento.
Trabajar por la felicidad de alguien que nos ignora es un sendero que desemboca en la angustia. Y aquí acostumbramos considerar tonto a quien no requiere alguna clase de paga, y acostumbramos denigrar los trabajos desinteresados. Si no se pide nada a cambio, pensamos que debe de ser algo que no tiene valor.
Es cierto, no tiene precio. Es inapreciable lo que unos hacen por otros cuando se atreven a dar desde las entrañas, cosa nada fácil.
Una mujer que acaricia a su hombre dormido es feliz. Una señora que pone la mesa con las mejores tazas para recibir a sus amigas. Un hombre que enseña a su vecino cómo cambiarle el líquido de freno al automóvil es feliz.
La felicidad florece bajo los techos de chapa, estalla en el patio de una escuela, se enciende en una oficina. No tiene edad ni condición social. La llevan los privilegiados que son capaces de convidar con lo que tienen.
Quien es feliz porque lo envidian, retrasa unos momentos el salto hacia el abismo. Quien se alegra por el llanto de alguien, detiene un minuto solamente el roer de las orugas. Mentirá ser feliz el malvado, se mentirá a si mismo, hará la pantomima, montará su obra teatral. No hemos de darle fe. No le creeremos.
Pero mientras tanto todo nos lleva a la desdicha. La veneración del cinismo, la confusión de maldad con inteligencia, el mandato de arrebatar lo que no está fijado al suelo. Todo nos lleva al blindaje y la desconfianza. O somos ladrones, o tememos ser despojados.
Creemos que poseemos lo que guardamos, y somos esclavos de lo que nos negamos a dar.
La mujer no quiere ser usada, y se niega el privilegio de atender a su hombre. El hombre no quiere que la mujer lo domine, y se niega el privilegio de atenderla. Aferrados a nuestras mezquinas posiciones, amurallados todos, profunda, dolorosamente infelices. Pero eso si, indiscutiblemente dueños, patrones y propietarios de nuestra infelicidad.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
Poder elegir hace feliz...
El cielo entre durmientes*
*Humberto Costantini
Ni un alma por la calle. Como si el sol de la siesta cayendo a pique y después derramándose por todos lados, hubiera empujado a bichos y gente a quién sabe qué escondidos refugios, adonde el sol no puede penetrar, pero ante los cuales se queda montando guardia, rabioso y vigilante como un perro en acecho.
Por la calle vamos Ernesto y yo. Hace cinco minutos, un silbido me arrancó de la sombra de la glicina y me mostró entre dos pilares de la balaustrada un rostro enrojecido y contento. No hubiera sido necesario que me dijera "¿salís?" con un grito breve y exacto como un pelotazo. Yo lo estaba esperando, o mejor dicho yo estaba esperando un pretexto cualquiera para dejar aquella modorra del patio adonde me llegaban ruidos lejanos e incitantes entreverados con el aleteo de algún mangangá.
Por eso no le contesté nada y en seguida estuve con él en la puerta. Se sabe que saldríamos a caminar. Ernesto es así y nuestros doce años no soportan otras tratativas que ese "¿salís?" liso y directo viniendo de un mechón caído sobre los ojos, de una transpirada camiseta amarilla y de unas ganas de hacer muchas cosas que le brillan en la mirada.
Un saludo "¿qué hacés?" y caminamos. El agua de la zanja, un agua barrosa, oscura, caliente, cubierta de protuberancias verdes como el lomo de un sapo, se agita por momentos a impulso de invisibles zambullidas o respira a través de unos globos lentos, pesados, que levantan nuevas ampollas en su pellejo y hacen un extraño ruido de glogloteo como si ya estuviera por soltar el hervor.
Caminamos. La tierra quema en los pies y es lindo sentir ese mordisco cariñoso, de cachorro, con que la tierra nos juguetea por las pantorrillas. Pero más lindo es no sentir nada de eso, sino esas ganas locas de meterse en la tarde como en una selva. ¿No es cierto, Ernesto?
Caminamos. Un aguacil grande y rojo viene a despedirnos, pasa zumbando a nuestro lado y siguiendo la línea de yuyos que bordea la zanja llega hasta el puente de la esquina y vuelve volando a toda máquina amagando un encontrón. —¡A que no lo agarrás!
Caminamos. Las cuadras del barrio quedan atrás. Los paraísos se cambian en plátanos y después otra vez en paraísos. Flechillas, lenguas de vaca, huevitos de gallo. Esta es otra zanja, no la nuestra. ¿Habrá ranones por aquí?
Caminamos. ¡Aquella montaña! ¡A saltarla! La sangre nos golpea en el pecho y en el rostro. La vida es una alegría retenida en los músculos y es ese olor a sol, a sudor y a piel caliente que viene de la ropa de Ernesto.
Caminamos. Ernesto sabe de muchas cosas. De trabajos, de aventuras, de casas abandonadas y de extraños nombres de calles. Mientras caminamos me habla. Me cuenta un disparate y yo me río. Me río como un loco. Me río tanto que Ernesto se contagia de mi propia risa y empieza a reírse él también. Le salen lágrimas de los ojos, se aprieta el costado, no puede parar. Yo lo miro y me da más risa todavía verlo reír. Caminamos tambaleantes, empujándonos, atorándonos de risa. La risa se nos atropella en la boca, nos crece incontenible por todos lados, nos acompaña por cuadras y cuadras esa risa sin por qué, como si una bandada de gorriones enloquecidos nos estuviera siguiendo.
La esquina. Otra cuadra. La risa. Ladridos detrás de un alambre. Otra cuadra. Magnolias, jardines, postes del teléfono. Otra cuadra. Las alpargatas de Ernesto levantando el polvo en las veredas. Otra cuadra. El cielo, la soledad de la siesta, el silbido de una urraca. Otra cuadra, otra cuadra...
Apoyo de pronto mi mano en el hombro de Ernesto y señalo el terraplén del ferrocarril. —¡A ver quién llega primero!
Salimos como balas. Una ametralladora de pasos y el crujido de los terrones resecos. Oigo el jadeo de Ernesto y apenas veo su camiseta amarilla pegada a mi costado. Me pongo enormemente contento cuando dejo de verla y cuando siento que el jadeo va quedando atrás. Apenas por un par de metros, pero llego primero arriba. Y desde arriba lo miro triunfante.
Ernesto tiene la cara negra de tierra y un sudor barroso le forma ríos en la nuca y la espalda. Yo debo estar igual porque en la manga que me pasé por la frente queda una gran mancha negra y húmeda.
A Ernesto se le ocurre caminar por la vía y vamos pisando los durmientes o haciendo equilibrio sobre los rieles. Lo más lindo son los puentes. Cuando allá abajo vemos la calle entre los durmientes deslizándose como un río. Algunos son muy altos y hay que pisar bien para no caerse. Yo camino despacio, aparentando indiferencia, pero sintiendo en todo momento un ligero vértigo que me obliga a clavar la vista en mis pies, a calcular cada pisada, hipnotizado por ese lomo de tierra que se mueve sin cesar debajo mío.
Ernesto, en cambio, se mueve con maravillosa soltura. Me habla, grita, se da vuelta, corre... Es imposible seguirlo. Anda por ese andamiaje de hierro, madera, viento y cielo como por el patio de su casa. No digo nada, pero pienso que estamos a mano con lo de la carrera.
Llegamos a un puente de poca altura y como viene un tren decidimos verlo pasar desde abajo. Descendemos la pequeña cuesta y nos ubicamos a un costado del puente. Oímos el bramido del tren que se acerca y luego un ruido infernal que hace trepidar toda la tablazón. Las vías parecen curvarse bajo las ruedas. Un pandemonio de vapor, chispas, truenos y aullidos que nos sacude hasta las entrañas. La verdad, sentimos un poco de miedo y deseamos que venga otro tren para reivindicarnos.
Las vías pasan a menos de tres metros sobre la calle. Con un buen salto es posible alcanzar los durmientes y colgarse de allí como de un pasamanos. La idea surge como una pedrada y casi de los dos a un tiempo. Quedarnos colgados cuando pase el tren.
La tarde es un desierto de sol y tierra enardecida.
El cascabeleo de algún lejano carro de lechero y el canto metálico de la cigarra no cortan el silencio, sino que lo hacen más denso aún, más expectante.
Esperamos el rumor que nos anuncie la llegada de un tren. Los minutos transcurren lentos en el calor sofocante del reparo que forman las paredes del puente. Se mastica un yuyo o se sube de vez en cuando a mirar el reverbero distante de las vías.
—A no soltarse, ¿eh?
—No, a no soltarse.
De pronto llega. Es apenas un murmullo perdido entre cien murmullos iguales, pero para nosotros imposible de confundir.
Con cierta parsimonia nos preparamos. Frotamos las manos en la tierra, ensayamos un salto, otro salto. Subimos a verlo, ya está cerca.
Tomamos posiciones.
—¡Cuando yo diga saltamos!
El silencio, avasallado ahora por aquel torrente que se agranda y se agranda. Nos miramos y miramos los durmientes allá arriba.
—A no solt...
—¡Ahora!
Me falla un salto. Al segundo estoy arriba balanceándome todavía por el impulso. Ernesto ya está allí, firmemente prendido. Me guiña el ojo. Quiere decir algo, pero no lo escucho porque un ruido ensordecedor me oculta sus palabras. —¿No quemará la locomotora?—. Ya viene. Allí está. Hierros, fuego , vapor y un ruido de pesadilla.
No sabemos cómo fue. Cuando queremos acordarnos los dos estamos a diez metros del puente, mirando cómo los últimos vagones se deslizan haciendo oscilar las vías.
La tarde se nos acuesta entera encima de los hombros. Nos acercamos al puente, cabizbajos, avergonzados.
—¡Vos te soltaste primero!
—¡Tenías una cara de miedo vos!
Otra vez el silencio. La sierra sinfín de la cigarra nos chista y se ríe de nosotros. Estamos agitados, desfigurados por el calor y la excitación pasada.
—Si vos te quedabas, yo me quedaba...
—Yo también, si vos te quedabas, yo me quedaba.
Nos tiramos al suelo para esperar otro tren. La tierra pegándose a la piel mojada. El reverbero de la calle o quizás las gruesas gotas de sudor que me empañan la vista. Ernesto hace garabatos con una ramita.
Y el tiempo que se desliza silencioso sobre las vías como un tren infinito formado por el latido de nuestros corazones.
La cigarra. Un gorrión con el pico entreabierto y las alas separadas. Los ladrillos del puente y allá a lo lejos una pared blanca que nos saluda como un pañuelo.
—Un, dos, tres... (antes de que cuente veinte aparece), cuatro, cinco...
Silencio. Las voces de la siesta.
Ahora sí. Es un tren este. El rumor lejano pero inconfundible. Nos ponemos de pie. Ninguno dice una palabra. El temor de soltarse y la decisión de permanecer hasta el fin. El contacto de la tierra caliente en las palmas de las manos.
—¡Cuando yo diga!
El ruido que crece segundo a segundo. Ernesto se agazapa para saltar. —¡Ahora!, digo, y salto con todas mis fuerzas.
El ennegrecido durmiente queda aprisionado entre mis manos. A un metro de mí, Ernesto se columpia en el suyo.
El ruido ensordecedor. La cara roja de Ernesto entre sus dos brazos en alto. Su camiseta amarilla y su pelo caído sobre la frente.
Terremoto de hierro, vapor y chispas. El ruido infernal. El puente que se hunde con el peso del tren. Un miedo espantoso. Pero estamos colgados todavía.
Me doy cuenta de que estoy gritando a todo lo que doy. Ernesto también grita y patalea y me mira gritando y pataleando como un loco.
El tren no termina nunca de pasar. Las ruedas a medio metro de las manos. Una montaña encima de mi cabeza. El calor, el ruido, Todavía no sé si voy a quedarme hasta que pase todo. Y grito para darme coraje y también porque es necesario gritar. Lo veo a Ernesto congestionado, enloquecido, con las venas del pescuezo hinchadas por los gritos y por el esfuerzo.
Gotas de sudor se me meten en la boca. –No doy más, me quedo hasta que se quede Ernesto. –No doy más, me quedo hasta que se quede Cacho..
¿Cuánto faltará todavía? La cara de Ernesto gesticulando y escupiendo sudor. Sus piernas tirándome patadas. ¿Cuánto faltará todavía? Grito y lo pateo para hacerlo bajar. ¿Cuándo faltará todavía? El ruido. La vibración del puente metiéndose hasta los tuétanos. ¿Cuánto faltará todavía? Los sesos a punto de estallar. Borrachera de ruido, calor, alaridos y miedo. ¿Cuánto faltará todavía?
* * *
Algo dulce que nos acaricia los brazos. El tren que se aleja y el cielo azul a pedazos entre los durmientes.
El silencio que crece de la tierra. El silbido lejano de la locomotora.
Seguimos colgados y nos miramos sonriendo.
La tarde canta en la voz de las cigarras.
¿Te acordás Ernesto, cómo cantaba?
Humberto Costantini nació en Buenos Aires en 1924, y murió en la misma ciudad en junio de 1987.
Poeta, narrador y dramaturgo, Costantini ejerció a lo largo de su vida, junto a su casi secreta labor de investigador científico, los más diversos oficios: veterinario en pueblos de campaña, oficinista, corredor de comercio, ceramista, etc. Estas actividades le ayudaron a profundizar en el conocimiento y los matices que forman las capas medias de nuestra sociedad, con cuyos caracteres y lenguajes enriqueció su prosa.
Heredero del grupo de Boedo y de la preocupación social que lo definiera, Costantini participa y milita en las revistas literarias de izquierda de la década del 50 en las que se manifiesta de manera polémica contra el populismo y el pintoresquismo naturalista. Es por entonces cuando publica sus primeros cuentos, de temática realista y estilo expresionista. A lo largo de su obra, Costantini construye una personalidad literaria definida, la cual se vale de distintos elementos, como ser los símbolos y las alegorías, los monólogos interiores de sus personajes, la literatura fantástica, el realismo mágico, el costumbrismo y hasta la mitología clásica, para abordar la que fuera, en definitiva, su principal obsesión: la alienación del hombre en una sociedad hostil. Una de las características de su estilo es la de llevar a sus personajes a situaciones límite, exasperando la realidad en grotesco.
Costantini fue una influencia notable entre los jóvenes escritores de la década del 60.
De por aquí nomás (1958); Un señor alto, rubio, de bigotes (1963); Tres monólogos (1964); Cuestiones con la vida (1966); Una vieja historia de caminantes (1966) y De dioses, hombrecitos y policías (¿?) son algunas de sus obras más recordadas.
*Fuente:
http://www.abanico.edu.ar/2004/08/cielo.htm
Miércoles, 21 de Marzo de 2007
La vida, ese tupper*
*Por Celeste Galiano, Fabricio Simeoni y Federico Tinivella
"Quisiera ser tupperware para poder conservarte"
Salvador Trapani
Sin precintos ni avatares, pasarse la vida entre paredes de plástico resulta frágil.
Esperar cierto destape y seguir enhiesto. Sentirse fiambrera, cumplir el ciclo desde un recipiente, nacer, comer, reproducirse y morir en el cubículo inesperado de la conservación de la especie.
El señor Earl S. Tupper no podía imaginar el furor que iba a causar su invento cuando en 1946 pergenió el famoso tazón maravilla. Nada tuvieron que ver -y cabe la aclaración- el joven ni la mujer maravilla. Aunque sabemos perfectamente que don Earl pasaba horas escuchando wonderful world con dos
pocillos de porcelana en las orejas, para amortiguar el eco.
El "tupperware", que significa "mercancías de Tupper", permanece desde entonces entre nosotros, ayudando a la preservación de los alimentos. Y es que sirve para todo: congelar comidas preparadas, no preparadas, no comidas, congelar comidas congeladas y descongelar, sirve también para no congelar
absolutamente nada.
Guardar restos en la nevera y nevera en los restos y transportar los alimentos sin riesgo de que se desparramen. Por esta razón, el tupper cada vez viaja más a la oficina, a tu casa, a la luna y hasta se puede plegar para transportarlo en una riñonera, bolsillo o estuche. Humilde y hermético, comparte el don de los hombres sabios, el silencio.
Quitar el aire es su secreto; así ama, así mata, preserva ocultando.
¿Discreto por convicción? No, opaco por naturaleza.
70 y 30. 70 y 30. Cerrar un tupper con precisión exige pocas artes y mucha ciencia: 70% de fuerza en la mano izquierda y un 30% de la derecha, como disparar una 9 milímetros pero con mayor sutileza.
Danger. El uso de un tupper nuevo sin lavar imprime un sabor a momia irremontable, un gusto empalagoso difícil de explicar parecido a respirar pelusa de aspiradora mezclada con polvo de rincón. No olvidar, los tupper se curan como el mate, las ollas de hierro y las personas -a veces, claro.
Para apoderarse de algo uno debe crearlo cuidadosamente, pensó Confucio. Y Earl S. Tupper, con paciencia, aprendió a conquistar el mercado mundial de la practicidad. Jamás aceptó una campaña demasiado agresiva para promocionar sus ingeniosos ghettos atmosféricos. La guerra no se juzga, se evita.
¡Llame ya y obtenga 1000 tuppers, no causan sobredosis! Ni mangueras para enrollar, ni fajas reductoras, ni baba de caracol se ofrecen por más de dos unidades. Scheherezade y las 1001 noches, usted y los mil tupperware se animan al millar. La magia del vacío. Guardar significa amar, cuidar con
persistencia, exhalar protección y volverse querible. ¡Guarda!
De todos los colores y de ninguno, el tupper juega al espejo, caja de trucos. Camuflaje, supervivencia, en la Naturaleza todo lo importante lleva tiempo.
Earl intuyó que los vacuos eran tan importantes como los llenos y concibió un objeto que ordenara atesorando. Quien ordena es poderoso y el poderoso elige.
Poder elegir hace feliz. Sólo se trata de durar, pensó Earl S Tupper cuando corría presuroso hasta el lavabo. De niño la fobia social lo había tomado de la cintura como lo hacía su novia Caterina Mc Intoch en las tardes chorreadas de crema de maní, en las costura de los campos de Conectitut.
Ella lo aferraba de atrás y al oído solía susurrarle versos de Roco Sumbaba, un poeta africano que había viajado hasta el país del norte escondido en un barril de cacahuates desde Kenia. Le decía entonces Caterina "la selva me quema los labios, la lengua, se quema, se quema, se quema ahí", todos poemas escritos por Sumbaba en su viaje de exilio. Textos que se habían convertido en lectura obligada en el sur de Tenesse, de donde era oriunda Mc Intoch.
Esos poemas habían cavado hondo en el desierto mental de Earl. Entendía que el viaje de Roco, su encierro, lo habían conservado en buena forma. Comenzó a pensar que aquello que es sometido a un encierro perdura. Recordaba ahora a su abuela Murdel que permaneció cinco años en el baúl de un Buick, alimentada solo con insectos verdes. Los ancianos del pueblo dijeron, al verla salir, en un descampado, de aquel baúl abierto, que ella pensó cerrado esos cinco años, que se veía más joven.
Sólo se trata de durar, pensó Tupper una vez en el lavabo y aquella idea tomó forma de envase plástico, aquí todas las bolsas son de cartón, no como en Argentina. El plástico es un polímero que protege los alimentos, no como el cartón que les transfiere su aroma y humedad, sintetizó Earl en su cuaderno de anotaciones. Al instante corrió desnudo hasta el jardín, tropezó con el triciclo de Michael su nuevo amante, que dormía después de una borrachera y gritó "plastic", plástico en castellano. He ahí el comienzo de una relación perdurable entre los humanos y su vianda, hasta la llegada del freezer, asesino del tupper, no de su esencia, que todavía olemos en los poemas de Sumbaba.
*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-7811-2007-03-21.html
Intima*
Yo te diré los sueños de mi vida
en lo más hondo de la noche azul...
Mi alma desnuda temblará en tus manos,
sobre tus hombros pesará mi cruz.
Las cumbres de la vida son tan solas,
¡tan solas y tan frías! Yo encerré
mis ansias en mi misma, y toda entera
como una torre de marfil me alcé.
Hoy abriré a tu alma el gran misterio;
ella es capaz de penetrar en mí.
En el silencio hay vértigos de abismos:
yo vacilaba, me sostengo en ti.
Muero de ensueños; beberé en tus fuentes
puras y frescas la verdad; yo sé
que está en el fondo magno de tu pecho
el manantial que vencerá mi sed.
Y sé que en nuestras vidas se produjo
el milagro inefable del reflejo...
En el silencio de la noche mi alma
llega a la tuya como un gran espejo.
¡Imagina el amor que habré soñado
en la tumba glacial de mi silencio!
Más grande que la vida, más que el sueño,
bajo el azur sin fin se sintió preso.
Imagina mi amor, mi amor que quiere
vida imposible, vida sobrehumana,
tú sabes que si pesan, si consumen
alma y sueños de olimpo en carne humana.
Y cuando frente al alma que sentía
poco el azur para bañar sus alas
como un gran horizonte aurisolado
o una playa de luz, se abrió tu alma:
¡Imagina! ¡Estrechar, vivo, radiante
el imposible! ¡La ilusión vivida!
Bendije a dios, al sol, la flor, el aire
¡la vida toda porque tu eras vida!
Si con angustia yo compre esta dicha,
¡bendito el llanto que manchó mis ojos!
¡Todas las llagas del pasado ríen
al sol naciente por sus labios rojos!
¡Ah! tú sabrás mi amor; mas vamos lejos,
a través de la noche florecida;
acá lo humano asusta, acá se oye,
se ve, se siente sin cesar la vida.
Vamos más lejos en la noche, vamos
donde ni un eco repercuta en mí,
como una flor nocturna allá en la sombra
me abriré dulcemente para ti.
*De Delmira Agustini.
*Fuente: http://www.patriagrande.net/uruguay/delmira.agustini/index.html
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*
Queridos amigos, los invito a enviar uno o dos poemas de su autoría escritos para Frida Khalo, máximo 30 líneas por poema.
Tres líneas de currículum del autor, incluyendo país, ciudad y fecha de nacimiento. Todo en archivo adjunto.
El encabezado deberá decir Poema para Frida Khalo.
Enviar a los correos: linajes-editores@att.net.mx con copia a linazeron@yahoo.com
La recepción máxima de los poemas será el 15 de abril de 2007. .
El libro será en homenaje al centenario del natalicio de la pintora y será editado por una dependencia gubernamental, la cual dará a conocer a los poetas seleccionados en el mes de mayo.
Será presentado en un acto en la Delegación Coyoacán con asistencia y lectura de los poetas que puedan asistir.
Dear friends. I invite you to send 2 poems dedicated to Frida Khalo, if you have. Maximum 30 lines per poem. Please Send a short curriculum of 3 lines with country, city and date of birth, everything in attached mail. the poems sent in English will be translated the Spanish.
The book will be in tribute to the centenary of birth of the painter and will be published by a governmental dependency. The poems you would received until maximum the 15 of April.
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*Lina Zerón
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Thursday, March 01, 2007
DE MEMORIAS Y RESISTENCIAS
De memorias y resistencias...
En el 150 aniversario, hoy más que nunca, el ferrocarril una cuestión nacional
1º DE MARZO del 2007
DIA DEL FERROVIARIO*
¿Quién construyó Tebas, las de las siete puertas?
En los libros solo figuran nombres de reyes
¿Acaso arrastraron ellos los bloques de piedra?
Y Babilonia,
¿Quién la volvió a levantar otras tantas?
¿Quiénes edificaron la dorada Lima?
¿En que casas vivían?
¿Adonde fueron la noche en que se terminó
la gran muralla China sus albañiles?
(.)
A tantas historias, tantas preguntas
*Bertold Brecht
El nombre del foguista es: Telesforo Rioja, depósito Güemes
*Por Juan Carlos Cena* especial para Villa Crespo Digital
28 de febrero del 2007
Hace 150 años comenzó a circular el primer tren en nuestro país. Entonces nos interrogamos ¿Quiénes tendieron los rieles, quienes acostaron los durmientes, quienes enclavaron las señales, quienes construyeron las estaciones, quienes le echaron leña al hogar de la caldera, quienes hicieron sonar las campanas de partida, quienes condujeron los trenes aguateros haciendo retroceder la sed por toda la geografía nacional, quienes oradaron la montaña, cruzaron vados y ríos, quienes? ¿Quienes comunicaron el país, lo integraron? ¿Quiénes construyeron locomotoras, vagones para transportar nuestras riquezas? ¿Quiénes diseñaron y montaron coches de pasajeros, dormitorios confortables para llevar con comodidad a nuestros ciudadanos?
¿Quiénes acudieron a llevar solidaridad en tiempos de sequías, en tiempos de inundaciones, en tiempos de plagas, como la lucha contra la langosta, quienes?
¿Quiénes llevaron la salud a través de los trenes sanitarios por toda la geografía nacional? ¿Quiénes construyeron los policlínicos ferroviarios que atendieron además de los ferroviarios y sus familias a todos los pobladores del país, quienes?
Simplemente contesto: Los ferroviarios. A tantas historias.
Tantas preguntas. Tantas respuestas
El 1º de marzo es el día del ferroviario. Día olvidado, han tratado de borrarlo de todas las maneras, porque según dicen: No hay nada que recordar.
El olvido, aún mantiene un cierto campo conquistado sobre la memoria en este simbólico 1º de marzo. Dura lucha es la que han protagonizado, tercamente, los memoriosos ferroviarios en el intento por hacer recular ese vacío, llamado olvido. Primero en la cabeza de los nuevos ferroviarios y luego en la sociedad. Hoy es un día de nostálgica recordación para los ferroviarios veteranos, que engrosan el ejército de desocupados y jubilados 85.000 ferroviarios a la calle y el ferrocarril saqueado, desintegrado, anulado,
pasto de comerciantes y corruptos, políticos y gremialistas cipayos.
Es un día triste en esta larga diáspora, a pesar de ello, los ferroviarios, recuerdan lo que fueron y lo que fue el ferrocarril aquel, el deficitario.
El recuerdo regresa en ese ¿té acordás? Momento del primer paso dado en busca de la memoria, el primer tranco dado para ganarle al olvido. Una de las características de los ferroviarios fue siempre su terquedad.
Pero es dable aclarar que trabajar en el ferrocarril no es lo mismo que ser ferroviario. El ferroviario incorporó a su Ser ese inmenso objeto metálico en movimiento, como su Sujeto: él es el ferrocarril, era de su pertenencia, no como una propiedad privada, sino porque él era parte constitutiva del ferrocarril, no estaba añadido, adosado, sino incluido; el ferrocarril y él constituían un conjunto integrado, armónico. Caminar por las playas de maniobras o recorrer sus rincones era como recorrer el patio y las comisuras de tu casa.
Somos como nuestros hermanos aborígenes, donde el árbol (objeto) es el sujeto que los penetra, porque ellos son la naturaleza y no están sobre ella. Nosotros los ferroviarios somos el ferrocarril, no estamos sobre él. La historia de los ferroviarios es un testimonio de lucha, de abnegaciones, sacrificios, rebeldías, muertes y desapariciones. Desde sus inicios el movimiento obrero ferroviario fue duramente reprimido. Nunca lo doblegaron.
Todos los gobiernos de todos los signos trataron de sujetar y domesticar a los trabajadores ferrucas.
Desde 1888 a 1896 la primera huelga masiva contra los ingleses, o la del 6 de enero de 1912 con 52 días de huelgas. 7000 ferroviarios enfrentaron a las 18 empresas británicas, y así, hasta el advenimiento del gobierno peronista, donde son movilizados militarmente en 1950, momento en que Eva Perón concurre a los talleres Remedios de Escalada para disuadirlos, no logrando tal cometido.
Muchos de esos compañeros que le dijeron no a Eva Perón, más tarde, en 1955, integraron la Resistencia Peronista. Eran jóvenes peronistas en esa huelga, pero tenían metido dentro de su ser la pertenencia: la de corresponder a la clase obrera. Luego, después de 1955, represión, movilización, Plan Conintes
en tiempos de Frondizi. Dura huelga resistente fue la de 1961, fueron 42 días de paro férreo contra el primer intento de desguace ferroviario de la mano del general Larkín.
La dictadura de Onganía militarizó a los ferroviarios mediante el decreto 5324, todos teníamos grado militar. La repuesta obrera fue la formación de las Comisiones Clandestinas Ferroviarias, y así, resistiendo todos los intentos represivos.
La dictadura militar de 1976, a través del genocidio, crea un vacío generacional entre los ferroviarios. Son 89 compañeros ferroviarios desaparecidos por todo el territorio, se instala el terror, a pesar de ello los ferroviarios nunca dejaron de luchar.
El regreso de las democracias relativas encuentra a la sociedad en su conjunto, en palabras de John William Cooke, blanda. Los factores de poder adueñados y consolidados dentro del aparato del Estado ejecutan el desguace del ferrocarril. Primero son los intentos de Alfonsín de la mano del eficiente Terragno y luego Menem, con toda la iconografía peronista y el embuste cierra los ferrocarriles y expulsa a 85.000 ferroviarios a la calle.
Con el ferrocarril desintegrado, más los ferroviarios expulsados, el sistema comete en un mismo acto un gigantesco Ferrocidio.
Así las cosas, hoy 1º de marzo del 2007, podemos decir que nuevamente los ferroviarios se van erectando. Nuevas luchas, mismos patrones, traidores de todo los pelajes, cipayos globalizados, intelectuales progress recontraconvertidos, otros reciclados, algunos sancionado judicialmente por
un premio mal habido, profesionales almaceneros, y así: la mediocridad se instaló y nos cubre. Como dijera el poeta Roque Daltón: No hay héroes posibles cuando la tempestad ocurre en un oscuro mar de mierda.
1º de marzo del 2007, tiempo surcado por las luchas que comenzaron en el siglo XIX. Más de cien años, tiempo que les costó a los explotadores pretender domesticar la rebeldía ferroviaria, no pudieron. Hoy la realidad lo confirma, y nos permite afirmar que todo germina de nuevo, la clase obrera y los ferroviarios en forma particular, que en su dimensión dialéctica, ésta siempre renace de sus cenizas demostrando que no hay un fin, sino un recomienzo más dinámico. La clase obrera, la clase más antigua
de la humanidad, nunca fue vencida a pesar de las persecuciones, genocidios, represiones, y las derrotas temporales.
Se han cumplido más de 30 años del aniversario del golpe de estado de marzo de 1976. Los ferroviarios fueron brutamente reprimidos. Hoy, los ferroviarios están de nuevo en el riel, como la clase obrera remontado la lucha en las calles.
Es que después de la derrota ferroviaria se intentaría la extinción de toda cultura obrera, empezando por la palabra. Los ferroviarios vivieron a través de la palabra por todo este tiempo; recorrieron el país montados en trenes de palabras. Ella fue y es la transmisora de ideas, historias, triunfos, derrotas, pero nunca acarreó historias de vencidos, porque siempre se resistió, siempre. Los ferroviarios nunca se dieron por derrotados ni aún derrotados, porque no estaban vencidos, conservaron la palabra, y mientras haya guardapalabras que las cobijen, la vida continúa.
Ellos, los que cercaron la Ciudadela Ferroviaria sabían, y se propusieron:
¡hay que arrebatarle la palabra a los ferroviarios! para vaciarles el lenguaje aquel. Nunca lo lograron.
Existen fenómenos que ocurren en el seno del pueblo, y hay que divulgarlos, porque son almacenamientos de vida. Durante la dictadura y los gobiernos democráticos serviles, los trabajadores ferroviarios escondieron el fuego sagrado de sus luchas. Cobijaron y clandestinizaron la palabra entre los
rescoldos de las cenizas de la devastación ferroviaria. Los nuevos compañeros volvieron a soplar la brasa -es lo real maravilloso de la clase obrera-, dando nacimiento a nuevos retoños tibios, que encarnan la certeza de que la lucha continúa.
"El olvido es una herramienta de la clase dominante. Se ha dicho que hay un momento inicial de la memoria en que el río incontenible de lo vivido es tumultuoso.
Arrastra todo a su paso, espumante, y más allá, el río armoniza su cauce.
La memoria es un proceso social. No hay un solo memorioso, y si lo hay, es de algún modo arbitrario, porque quien narra elige un orden que jamás será espejo del pasado."
El Guardapalabras (memorias de un ferroviario)
A modo de homenaje a los ferroviarios, en este 1º de marzo, del Libro de Cesar Vallejo España aparta de mí este cáliz, el poema: Solía escribir con un dedo grande en el aire
Solía escribir con un dedo grande en el aire:
"¡Viban los compañeros! Pedro Rojas",
de Miranda de Ebro, padre y hombre,
marido y hombre, ferroviario y hombre,
padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.
¡Viban los compañeros
a la cabecera de su aire escrito!
¡Viban con b del buitre en las enseñanzas
de Pedro
y de Rojas, del héroe y del mártir
*Miembro fundador del Mo.Na.Re.FA Movimiento Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles Argentinos.
ferrocena2003@yahoo.com.ar
Jueves, 01 de Marzo de 2007
"Estar en la vitrina y dar una imagen nada resuelve"*
Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz, cuenta los motivos por los que se lanzó a la arena política. Es la candidata a la presidencia de Guatemala por el centroizquierda.
Menchu busca que los indígenas puedan ejercer sus derechos.
Por Maite Rico *
Desde Madrid
Rigoberta Menchú, dirigente indígena de Guatemala y Premio Nobel de la Paz, ha optado, a sus 48 años, por "tirarse al agua". Así describe su decisión de presentarse a las elecciones presidenciales de septiembre, al frente de un colectivo maya y en alianza con el Partido Encuentro por Guatemala (PEG,
izquierda). Hacía tiempo que Menchú le daba vueltas a la idea de gobernar un conflictivo país que hace diez años puso fin a una guerra civil de tres décadas y que vive castigado por el crimen organizado. La activista recogió el martes en Madrid el premio anual del Club de las 25, un grupo de mujeres
profesionales de diversos ámbitos.
-¿Por qué da el salto a la política ahora?
-Porque queremos ejercer un derecho que los pueblos indígenas y muchas mujeres no hemos alcanzado en Guatemala: el derecho a ser elegidos. Y porque hay una gran desesperanza. Las últimas encuestas indicaban que la mitad de los empadronados pretendía no votar. Muchas personas están desengañadas de
los partidos tradicionales. Finalmente, es un deseo del conjunto del liderazgo maya agrupado en Winaq, nuestro movimiento. Nos dijimos: hoy es hoy, si no nos lanzamos, nunca agarraremos experiencia.
-¿No teme que meterse en el avispero político de Guatemala pueda quemar su imagen?
-Es una decisión muy fuerte que tomamos con mi esposo. Las encuestas indican que tengo el 75 por ciento de simpatía popular como personalidad, y me imagino que, como política, esto va a cambiar muchísimo. Pero hay que preguntarse para qué sirve una personalidad solemne, si debe estar en una vitrina y dar una imagen, pero que no resuelve nada. Me lo exige la gente y no quisiera quedarme al margen. No tenemos nada que perder, sino ganar: contribuir a la democracia guatemalteca. Cuando uno va madurando quisiera dejar algo, quisiera iniciar procesos. Estamos abriendo una brecha.
-¿Se considera candidata de izquierda o candidata étnica?
-No hay que poner camisas de fuerza a nuestro movimiento, porque puede que me cobren facturas que no son mías, y lo más importante es contribuir al proceso democrático. Somos una alianza de diversos dirigentes de los pueblos indígenas, abierta a cualquier guatemalteco que tenga como principio la
democracia, la honradez, el respeto.
-Su candidatura ha despertado simpatías, pero también recelo. Algunos sectores la acusan de haber estado vinculada con la antigua guerrilla, otros se sienten asustados por su apoyo a Fidel Castro o sus críticas a la economía de mercado. ¿Qué mensaje les ofrece?
-Nos urge crear un modelo intercultural basado en la inclusión. Nuestra candidatura es un termómetro para medir hasta dónde el sufrimiento del conflicto armado sigue vigente en la población, para ver si hemos abandonado los pensamientos radicales de racismo, de fascismo, de extremos. Queremos ser la referencia de una juventud que no es izquierda ni derecha ni vivió la guerra. Nos toca escuchar.
-En Guatemala no se ha dado el voto étnico. De hecho, el general Efraín Ríos Montt, al que usted ha demandado por genocidio, ha ganado tradicionalmente en zonas mayas. ¿Podrá unir el voto indígena?
-Hay que ser realista. En Guatemala hay gente a mi favor y gente en contra.
Y no sólo gente indígena a favor, sino también poblaciones indígenas en contra. También mantengo una estrecha relación con muchos sectores no indígenas. Sería una equivocación leer mi candidatura en términos excluyentes. Estoy con la gente más sufrida y más humilde, la gente que sueña con una vida digna. Tenemos que responder a eso. Sería inconcebible que Rigoberta Menchú no vaya a escuchar a las comunidades, a incrementar el nivel de vida, a dar trabajo, pero sobre todo a dar una esperanza de futuro.
La violencia nos tiene arrodillados.
-Y eso a pesar de las cuantiosas ayudas recibidas para reformar las fuerzas de seguridad. ¿Qué se puede hacer?
-Estamos revisando las propuestas para una agenda mínima, pero le diré que lo más duro de Guatemala es que el crimen organizado, la corrupción, el narcotráfico constituyen fuerzas incrustadas dentro del Estado. Son como Estados dentro del Estado. Tendrán que buscarse medidas con el apoyo
internacional y luchar enérgicamente contra la impunidad, pero también hay que abordar la dimensión social, las oportunidades de trabajo. Si no, ninguna cárcel va a aguantar este nivel de violencia. No son cambios que puedan hacerse en un período de gobierno.
-Usted critica el libre mercado y la globalización, pero Guatemala es una potencia agroexportadora. ¿Cuál es su proyecto?
-La economía guatemalteca es muy estable. Guatemala no es un país pobre, pero sí empobrecido, y eso tiene mucho que ver con la falta de conciencia social. Hay una brecha extraordinaria entre ricos y pobres. Todo eso tiene que abordarse en una agenda mínima. Hay que estar abiertos a alianzas y a la
inclusión.
* De El País de Madrid. Especial para Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-81033-2007-03-01.html
Jueves, 01 de Marzo de 2007
UN SISTEMA SOCIAL INJUSTO PUEDE SER SOSTENIDO POR SUS PROPIAS VICTIMAS
"Destrúyete a ti mismo"*
El autor examina la diferencia entre "una subjetividad que se afirma en la resistencia al Poder y una subjetividad genuflexa que, para sobrevivir, pagó el alto precio de la subordinación".
*Por Juan Carlos Volnovich
¿Por qué los que menos tienen son los que tienen menos posibilidades de oponerse a un sistema que los excluye o los explota? ¿Por qué quienes nada tienen que perder más que sus cadenas son los más sumisos y obedientes a un proyecto de exterminio? ¿Qué trampas, tendidas en el seno de la propia subjetividad, nos llevan a convalidar inconscientemente un sistema social opresor injusto y desigual? ¿Cómo funciona esa dialéctica siniestra, instalada dentro de nosotros mismos, que nos impide rebelarnos contra aquello que nos despoja de los bienes materiales, de los bienes simbólicos y de la vida misma?
Según Gregorio Kazi (en Hacia una psicología social histórica: cartografías críticas, ed. Madres de Plaza de Mayo), "Enrique Pichón Rivière construye la Psicología Social de la Praxis en tanto dispositivo complejo de cambio del sujeto y sus modos de relación, siendo deseable dilucidar que el sistema
social en el que vivimos es fuente primordial del padecimiento humano en su extensa gama de manifestaciones". Kazi señala, en la obra de Pichón Rivière de la adaptación activa a la realidad, y observa que, si esta adaptación debe ser construida, "ello se debe a que existe una tendencia a la
adaptación pasiva a la realidad". También advierte Kazi que "muchas veces nos topamos con marcos científicos que definen y promueven como 'salud' aquello que se liga a la adaptación pasiva a la realidad, y definen como 'enfermedad' lo que deviene como producción grupal o colectiva de procesos de adaptación activa a la realidad".
He aquí planteada la diferencia entre una subjetividad que se afirma en la resistencia al Poder, un sujeto cuya existencia descansa en la oposición al gran Otro, y una subjetividad genuflexa, un sujeto adaptado y adocenado que, para sobrevivir, pagó el alto precio de la subordinación al Otro.
En un famoso pasaje de Psicología de las masas y análisis del yo, Freud afirma que "en la vida anímica individual aparece integrado siempre, efectivamente, 'el otro', como modelo, objeto, auxiliar o adversario; de este modo, la psicología individual es, al mismo tiempo y desde un principio, psicología social, en un sentido amplio pero plenamente justificado". En ese "otro" se asienta la pista que une lo individual y lo social. Ese "otro" aporta las claves para entender las relaciones del sujeto con la política. El "otro" está siempre presente en la vida psíquica individual, de tal forma que, cuando Freud incluye la determinación de la estructura social en el seno de lo propio, rompe el límite que separa al
sujeto de la cultura que lo sobredetermina. Porque ese "otro", presente en el origen individual, es inevitable resultado del Otro social, del sistema de producción y de la cultura en la que cada uno se inscribe. De manera tal que el "otro" no tiene por qué quedar clausurado en su presencia empírica de
objeto; no tiene por qué soldarse con su existencia estrictamente material.
Ese "otro" es el papá, la mamá, el hermano, la maestra y el médico pero es, también, un Otro político que está siempre presente en la vida psíquica individual.
Y muchas veces ese Otro omnipresente es un poder despótico y feroz.
Entonces, ya que se trata de desmontar los fundamentos subjetivos del Poder -los procedimientos por los cuales el Poder logra capturar al sujeto apoyándose en una complicidad consciente e inconsciente y sostenerse por consenso-, se impone señalar las trampas que, desde adentro de nosotros mismos, se oponen a que podamos rebelarnos y desobedecer a ese Otro mortífero.
Por usar un término de moda, podría llamarse resiliencia a esa capacidad que tienen algunos individuos para sobrevivir adaptándose, sujetándose o, al menos, consintiendo con el poder del Otro; se trata del talento que algunos sujetos despliegan para percibir la demanda del Otro, para confiar en lo que
dicta el Poder, acatar sin chistar y transmitir sus mandatos. Así entendida, la resiliencia tiene mucho que ver con la obediencia; con la obediencia debida.
Pero vayamos al comienzo. Desde el nacimiento y aún antes de nacer, la construcción de nuestra subjetividad lleva impresa las marcas del Otro. La construcción de nuestra subjetividad camina por la herida que dejó abierta el desamparo original, y en el trayecto posterior del ciclo vital todo se
reduce a atenuar, con la soldadura omnipotente al Otro, la indefensión absoluta. Desde el nacimiento en adelante, la relación del sujeto con el discurso político transitará por las marcas que ha dejado en el inconsciente la relación con el Otro. La situación de extremo desamparo, la experiencia de inermidad por la que atraviesa el prematuro cachorro humano, clausura cualquier posibilidad de identificarse con algo más que el poder del Otro.
De igual modo, en una sociedad donde la explotación es norma, en una cultura que sólo desea la desaparición de los "marginales", de los que sobran, el deseo de muerte se inscribe en el inconsciente de los sujetos como discurso del Otro y se expresa a través de pasajes al acto destructivos hacia los
demás y hacia sí mismos. Violencia ejercida, violencia padecida, da lo mismo, porque aquí se borra el límite entre víctimas y victimarios. Ese Otro funciona como base de la destructividad; sobre todo de la autodestructividad que nos habita.
El Poder exige sacrificios, sacrificios humanos; pero, también, busca el consenso. No debemos olvidar que, en la Argentina, el actual sistema de miseria y exclusión de grandes mayorías junto al enriquecimiento desmesurado de unos pocos, se estableció con un alto grado de consenso. Capturados por el discurso del Poder, fueron muchos los que colaboraron para sostenerlo.
Complaciente, cómplice, el sujeto contribuye a reforzar la omnipotencia del Poder. Y el Poder logra el consenso promoviendo la identificación que liga el deseo con las representaciones que el mismo Poder le ofrece.
Representaciones mortíferas al estilo de: "destrúyete a ti mismo";
"extermina a los otros, a los minúsculos otros"; "mátense entre ustedes". Si la dictadura militar ofició de trauma social, la democracia no impidió los efectos de un discurso político y económico al que contribuyó la despolitización y el desinterés frente a la violencia social explícita. La masa quedó capturada y uniformada bajo los efectos de fascinación del Poder; condenada a adorar a sus verdugos.
La adhesión o la indiferencia hacia el discurso del Poder transformó a amplios sectores de la población en sujetos borrados y tarados. Máscaras sin rostro. Eco, y no voz. Anestesiados por la secuela del terror vivido durante los años de plomo e hipnotizados por una supuesta prosperidad, muchos
ciudadanos se dejaron engañar por los espejitos de colores del neoliberalismo. La globalización los convenció de que la clase media de un país en bancarrota podía tener un poder adquisitivo que en nada se
diferenciara del poder adquisitivo de la clase media de un país desarrollado. La clase media argentina compró espejitos de colores y, durante una década, los indiosclasemedia se miraron en ellos y se vieron
altos, rubios y de ojos celestes.
El psicoanálisis confluye a la Psicología Social de la Praxis. Pero no cualquier psicoanálisis. Un abismo insalvable separa a un psicoanalista burgués de un psicoanalista que analiza la implicación en la realidad que lo determina. Un abismo insalvable separa a un psicoanalista convencional de un psicoanalista marxista. Cuando el psicoanalista burgués se muestra indiferente a los obreros que toman una fábrica o a los piqueteros que irrumpen en la escena política, porque son hechos que no le conciernen, el
psicoanalista marxista sabe que la relación del sujeto con el trabajo y con la política es parte fundamental de sus intereses teóricos y clínicos.
Cuando el psicoanalista burgués se pregunta por qué los obreros toman las fábricas, por qué los piqueteros interrumpen el tráfico, el psicoanalista marxista se pregunta por qué no las toman, por qué no cortaron antes las rutas. Mientras el psicoanalista convencional intenta explicar cuáles son
los mecanismos conscientes e inconscientes que impulsan a un trabajador desocupado a tomar el poder en las fábricas, el psicoanalista marxista intenta explicar cuáles son los mecanismos conscientes e inconscientes que antes impidieron a los obreros tomar esas fábricas.
Es evidente que la propia situación analítica puede reforzar, montada en el poder de la transferencia, la sujeción al Otro. Pero también a veces, sólo a veces, puede ayudar a deconstruir mitos y prejuicios. Uno de ellos, y no el menos trascendente, es el que propone la resignada aceptación de la miseria en la esfera social ampliada, basada en la fatalidad de que siempre hubo pobres y siempre los habrá. Otro, el mito que propone identificar y promover los factores o mecanismos protectores de que disponen los sujetos con la finalidad de construir dispositivos para la adaptación triunfal a un sistema injusto.
El psicoanálisis puede ayudar a construir una Psicología Social de la Praxis y, en cierto sentido, es una Psicología Social de Praxis, en la medida en que se propone como sistema de representaciones que intenta restituir el derecho a pensar y a sentir. El psicoanálisis puede ayudar en la búsqueda de una reconciliación del sujeto con sus pasiones alegres por vía de la resistencia al Poder, no ya por vía de la resiliencia.
De este modo, en la situación analítica es ineludible el esfuerzo por abrir una brecha entre las ofertas de identificación mortíferas que el Poder propone, para que algo del deseo circule por ese espacio vacío. Si hay un otro minúsculo que pueda escuchar y desear, si hay un otro que permita la palabra, algo de la violencia devastadora, algo de la compulsión repetitiva puede dejarle el lugar a una organización fantasmática que se inscriba en la trama social a la manera de una acción transformadora.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-81020-2007-03-01.html
"Los políticos pasan, pero la cultura queda"*
El escritor cerró el ciclo Cara a Cara con el Periodismo
El ciclo Cara a Cara con el Periodismo , presentado por LA NACION y Zurich, tuvo anoche un cierre a toda orquesta en el que la voz y el pensamiento de una de las plumas más lúcidas y exquisitas del periodismo hispanoamericano cautivaron a un auditorio colmado por varias generaciones de lectores.
El periodista y escritor Tomás Eloy Martínez fue presentado por su entrevistador, Nelson Castro, como un "maestro para todos" y como un "testigo privilegiado de la historia argentina". Y enseguida llegó la
primera pregunta: ¿cómo vive un ex perseguido político de José López Rega el actual juicio a la Triple A?
Tras evocar la imagen de personas empujadas a los Falcon, "mientras gritaban sus nombres completos y DNI con el afán de que algún transeúnte los recordara para denunciarlos", Martínez dijo que revisar la historia con comprensión y ecuanimidad es "siempre valioso y saludable para la vida de un país". Recordó el día de 1975 en que una bomba destruyó el frente de su casa y otra estalló en Radio Del Plata, donde trabajaba, por los conceptos que había vertido en un texto periodístico titulado "El miedo de la Argentina".
Una inquina peligrosa
"López Rega hacía tiempo me había tomado inquina, y después de leer ese artículo me dio 48 horas para salir del país, aunque permanecí aquí diez días en la clandestinidad. Después, por una invitación de Carlos Fuentes, entonces embajador mexicano en París, viajé a Francia y de allí a Venezuela", contó, al evocar su exilio. Pero tuvo que remontarse en el tiempo para bucear en las razones de su enemistad con López Rega. Así, recordó sus cuatro entrevistas con Perón y la presencia molesta de ese secretario que continuamente interrumpía el diálogo para introducir "proclamas" en favor de Isabel.
"Usted me dio su palabra de militar de que tendríamos este último encuentro a solas", le demandó Martínez a Perón cuando López Rega lo acusó de querer comercializar las cintas grabadas de la entrevista, que el autor de Santa Evita todavía conserva.
"Usted, general, no me dijo que iba a tener que soportar los insultos de un sirviente suyo", fue la respuesta del periodista. Y Perón contestó: "El señor tiene razón. Vaya y acompañe a la señora a comprar lechuga al mercado", recordó Martínez, quien agregó: "Aquella frase fue mi sentencia de
muerte".
Castro quiso saber cuál creía que era la responsabilidad real de Isabel en las acciones de la Triple A. "No hay duda de que ella estaba dominada por las prácticas esotéricas de López Rega, a quien seguía con los ojos cerrados -dijo el autor de La novela de Perón -. Todos sus actos de gobierno estaban bajo el influjo de ese personaje nefasto. ¿Pero quién lo puso primero a López Rega?", se preguntó, para enseguida mencionar a Juan Domingo Perón.
Martínez desestimó la teoría de los dos demonios y señaló que la responsabilidad del Estado por el uso de la violencia es siempre mayor que la que les cabe a los "jóvenes ilusos y utopistas". Y subrayó que, hacia 1976, "la capacidad de agresión de los montoneros y del ERP era muy minoritaria".
El escritor recordó cuando debió referirse a los sucesos de Trelew y escribió, por primera vez en letras de molde, el concepto "terrorismo de Estado", una "audacia" que terminó con su cargo como director de la revista Panorama .
"Frente al hecho de esos guerrilleros fusilados a mansalva en Trelew, el vocero de Lanusse, Edgardo Sajón, me había confesado: «A los maringotes se les fue la mano»", recordó, y añadió que fue despedido del medio "por el daño causado a la empresa". Suscitó la risa del público cuando agregó: "En
realidad, nunca cobré una indemnización".
Cuando llegó el momento de que el público planteara sus inquietudes, los intereses de jóvenes y grandes fueron muy diversos.
Hubo preguntas sobre la conveniencia de la asociación entre la Argentina y Venezuela, y allí Martínez deslizó que ambos países pueden hacer muy buenos negocios. Pero advirtió que, en el terreno político, el objetivo de Chávez es "imponer una hegemonía latinoamericana orientada a lo económico y militar, y bajo su liderazgo".
El oficio de informar
Un punto alto del diálogo llegó con los consejos para los periodistas jóvenes. En relación con aquellos que trabajan bajo la órbita de editores "hastiados y descreídos de todo", Martínez dijo que es un error hacer diarios menospreciando la cultura general y la inteligencia de los lectores.
El lector, dijo, "en mucho casos sabe más que el redactor y que el editor".
Siempre hay que nivelar hacia arriba, indicó.
Luego subrayó que el único capital de un joven profesional es su firma y buen nombre. Por eso, dijo, la honestidad y lealtad con la que se escribe tienen que ser siempre un parámetro y un faro para el ejercicio del periodismo.
Cuando una persona entre el público quiso saber qué desafíos presenta el futuro y qué queda hacia adelante, el periodista destacó que en la vida de todo país, siempre, lo que trasciende y queda es su cultura.
"Los políticos pasan, la cultura queda", repitió. Y puso como ejemplo el hecho de que todos conocen el nombre de los creadores del Quijote y de Las Meninas . Sin embargo, preguntó: "¿Cuántos pueden nombrar con precisión a los reyes que gobernaban España cuando nacieron esas grandes obras
maestras?".
*Loreley Gaffoglio
-FUENTE: LA NACION
Link permanente: http://www.lanacion.com.ar/887669
*
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En el 150 aniversario, hoy más que nunca, el ferrocarril una cuestión nacional
1º DE MARZO del 2007
DIA DEL FERROVIARIO*
¿Quién construyó Tebas, las de las siete puertas?
En los libros solo figuran nombres de reyes
¿Acaso arrastraron ellos los bloques de piedra?
Y Babilonia,
¿Quién la volvió a levantar otras tantas?
¿Quiénes edificaron la dorada Lima?
¿En que casas vivían?
¿Adonde fueron la noche en que se terminó
la gran muralla China sus albañiles?
(.)
A tantas historias, tantas preguntas
*Bertold Brecht
El nombre del foguista es: Telesforo Rioja, depósito Güemes
*Por Juan Carlos Cena* especial para Villa Crespo Digital
28 de febrero del 2007
Hace 150 años comenzó a circular el primer tren en nuestro país. Entonces nos interrogamos ¿Quiénes tendieron los rieles, quienes acostaron los durmientes, quienes enclavaron las señales, quienes construyeron las estaciones, quienes le echaron leña al hogar de la caldera, quienes hicieron sonar las campanas de partida, quienes condujeron los trenes aguateros haciendo retroceder la sed por toda la geografía nacional, quienes oradaron la montaña, cruzaron vados y ríos, quienes? ¿Quienes comunicaron el país, lo integraron? ¿Quiénes construyeron locomotoras, vagones para transportar nuestras riquezas? ¿Quiénes diseñaron y montaron coches de pasajeros, dormitorios confortables para llevar con comodidad a nuestros ciudadanos?
¿Quiénes acudieron a llevar solidaridad en tiempos de sequías, en tiempos de inundaciones, en tiempos de plagas, como la lucha contra la langosta, quienes?
¿Quiénes llevaron la salud a través de los trenes sanitarios por toda la geografía nacional? ¿Quiénes construyeron los policlínicos ferroviarios que atendieron además de los ferroviarios y sus familias a todos los pobladores del país, quienes?
Simplemente contesto: Los ferroviarios. A tantas historias.
Tantas preguntas. Tantas respuestas
El 1º de marzo es el día del ferroviario. Día olvidado, han tratado de borrarlo de todas las maneras, porque según dicen: No hay nada que recordar.
El olvido, aún mantiene un cierto campo conquistado sobre la memoria en este simbólico 1º de marzo. Dura lucha es la que han protagonizado, tercamente, los memoriosos ferroviarios en el intento por hacer recular ese vacío, llamado olvido. Primero en la cabeza de los nuevos ferroviarios y luego en la sociedad. Hoy es un día de nostálgica recordación para los ferroviarios veteranos, que engrosan el ejército de desocupados y jubilados 85.000 ferroviarios a la calle y el ferrocarril saqueado, desintegrado, anulado,
pasto de comerciantes y corruptos, políticos y gremialistas cipayos.
Es un día triste en esta larga diáspora, a pesar de ello, los ferroviarios, recuerdan lo que fueron y lo que fue el ferrocarril aquel, el deficitario.
El recuerdo regresa en ese ¿té acordás? Momento del primer paso dado en busca de la memoria, el primer tranco dado para ganarle al olvido. Una de las características de los ferroviarios fue siempre su terquedad.
Pero es dable aclarar que trabajar en el ferrocarril no es lo mismo que ser ferroviario. El ferroviario incorporó a su Ser ese inmenso objeto metálico en movimiento, como su Sujeto: él es el ferrocarril, era de su pertenencia, no como una propiedad privada, sino porque él era parte constitutiva del ferrocarril, no estaba añadido, adosado, sino incluido; el ferrocarril y él constituían un conjunto integrado, armónico. Caminar por las playas de maniobras o recorrer sus rincones era como recorrer el patio y las comisuras de tu casa.
Somos como nuestros hermanos aborígenes, donde el árbol (objeto) es el sujeto que los penetra, porque ellos son la naturaleza y no están sobre ella. Nosotros los ferroviarios somos el ferrocarril, no estamos sobre él. La historia de los ferroviarios es un testimonio de lucha, de abnegaciones, sacrificios, rebeldías, muertes y desapariciones. Desde sus inicios el movimiento obrero ferroviario fue duramente reprimido. Nunca lo doblegaron.
Todos los gobiernos de todos los signos trataron de sujetar y domesticar a los trabajadores ferrucas.
Desde 1888 a 1896 la primera huelga masiva contra los ingleses, o la del 6 de enero de 1912 con 52 días de huelgas. 7000 ferroviarios enfrentaron a las 18 empresas británicas, y así, hasta el advenimiento del gobierno peronista, donde son movilizados militarmente en 1950, momento en que Eva Perón concurre a los talleres Remedios de Escalada para disuadirlos, no logrando tal cometido.
Muchos de esos compañeros que le dijeron no a Eva Perón, más tarde, en 1955, integraron la Resistencia Peronista. Eran jóvenes peronistas en esa huelga, pero tenían metido dentro de su ser la pertenencia: la de corresponder a la clase obrera. Luego, después de 1955, represión, movilización, Plan Conintes
en tiempos de Frondizi. Dura huelga resistente fue la de 1961, fueron 42 días de paro férreo contra el primer intento de desguace ferroviario de la mano del general Larkín.
La dictadura de Onganía militarizó a los ferroviarios mediante el decreto 5324, todos teníamos grado militar. La repuesta obrera fue la formación de las Comisiones Clandestinas Ferroviarias, y así, resistiendo todos los intentos represivos.
La dictadura militar de 1976, a través del genocidio, crea un vacío generacional entre los ferroviarios. Son 89 compañeros ferroviarios desaparecidos por todo el territorio, se instala el terror, a pesar de ello los ferroviarios nunca dejaron de luchar.
El regreso de las democracias relativas encuentra a la sociedad en su conjunto, en palabras de John William Cooke, blanda. Los factores de poder adueñados y consolidados dentro del aparato del Estado ejecutan el desguace del ferrocarril. Primero son los intentos de Alfonsín de la mano del eficiente Terragno y luego Menem, con toda la iconografía peronista y el embuste cierra los ferrocarriles y expulsa a 85.000 ferroviarios a la calle.
Con el ferrocarril desintegrado, más los ferroviarios expulsados, el sistema comete en un mismo acto un gigantesco Ferrocidio.
Así las cosas, hoy 1º de marzo del 2007, podemos decir que nuevamente los ferroviarios se van erectando. Nuevas luchas, mismos patrones, traidores de todo los pelajes, cipayos globalizados, intelectuales progress recontraconvertidos, otros reciclados, algunos sancionado judicialmente por
un premio mal habido, profesionales almaceneros, y así: la mediocridad se instaló y nos cubre. Como dijera el poeta Roque Daltón: No hay héroes posibles cuando la tempestad ocurre en un oscuro mar de mierda.
1º de marzo del 2007, tiempo surcado por las luchas que comenzaron en el siglo XIX. Más de cien años, tiempo que les costó a los explotadores pretender domesticar la rebeldía ferroviaria, no pudieron. Hoy la realidad lo confirma, y nos permite afirmar que todo germina de nuevo, la clase obrera y los ferroviarios en forma particular, que en su dimensión dialéctica, ésta siempre renace de sus cenizas demostrando que no hay un fin, sino un recomienzo más dinámico. La clase obrera, la clase más antigua
de la humanidad, nunca fue vencida a pesar de las persecuciones, genocidios, represiones, y las derrotas temporales.
Se han cumplido más de 30 años del aniversario del golpe de estado de marzo de 1976. Los ferroviarios fueron brutamente reprimidos. Hoy, los ferroviarios están de nuevo en el riel, como la clase obrera remontado la lucha en las calles.
Es que después de la derrota ferroviaria se intentaría la extinción de toda cultura obrera, empezando por la palabra. Los ferroviarios vivieron a través de la palabra por todo este tiempo; recorrieron el país montados en trenes de palabras. Ella fue y es la transmisora de ideas, historias, triunfos, derrotas, pero nunca acarreó historias de vencidos, porque siempre se resistió, siempre. Los ferroviarios nunca se dieron por derrotados ni aún derrotados, porque no estaban vencidos, conservaron la palabra, y mientras haya guardapalabras que las cobijen, la vida continúa.
Ellos, los que cercaron la Ciudadela Ferroviaria sabían, y se propusieron:
¡hay que arrebatarle la palabra a los ferroviarios! para vaciarles el lenguaje aquel. Nunca lo lograron.
Existen fenómenos que ocurren en el seno del pueblo, y hay que divulgarlos, porque son almacenamientos de vida. Durante la dictadura y los gobiernos democráticos serviles, los trabajadores ferroviarios escondieron el fuego sagrado de sus luchas. Cobijaron y clandestinizaron la palabra entre los
rescoldos de las cenizas de la devastación ferroviaria. Los nuevos compañeros volvieron a soplar la brasa -es lo real maravilloso de la clase obrera-, dando nacimiento a nuevos retoños tibios, que encarnan la certeza de que la lucha continúa.
"El olvido es una herramienta de la clase dominante. Se ha dicho que hay un momento inicial de la memoria en que el río incontenible de lo vivido es tumultuoso.
Arrastra todo a su paso, espumante, y más allá, el río armoniza su cauce.
La memoria es un proceso social. No hay un solo memorioso, y si lo hay, es de algún modo arbitrario, porque quien narra elige un orden que jamás será espejo del pasado."
El Guardapalabras (memorias de un ferroviario)
A modo de homenaje a los ferroviarios, en este 1º de marzo, del Libro de Cesar Vallejo España aparta de mí este cáliz, el poema: Solía escribir con un dedo grande en el aire
Solía escribir con un dedo grande en el aire:
"¡Viban los compañeros! Pedro Rojas",
de Miranda de Ebro, padre y hombre,
marido y hombre, ferroviario y hombre,
padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.
¡Viban los compañeros
a la cabecera de su aire escrito!
¡Viban con b del buitre en las enseñanzas
de Pedro
y de Rojas, del héroe y del mártir
*Miembro fundador del Mo.Na.Re.FA Movimiento Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles Argentinos.
ferrocena2003@yahoo.com.ar
Jueves, 01 de Marzo de 2007
"Estar en la vitrina y dar una imagen nada resuelve"*
Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz, cuenta los motivos por los que se lanzó a la arena política. Es la candidata a la presidencia de Guatemala por el centroizquierda.
Menchu busca que los indígenas puedan ejercer sus derechos.
Por Maite Rico *
Desde Madrid
Rigoberta Menchú, dirigente indígena de Guatemala y Premio Nobel de la Paz, ha optado, a sus 48 años, por "tirarse al agua". Así describe su decisión de presentarse a las elecciones presidenciales de septiembre, al frente de un colectivo maya y en alianza con el Partido Encuentro por Guatemala (PEG,
izquierda). Hacía tiempo que Menchú le daba vueltas a la idea de gobernar un conflictivo país que hace diez años puso fin a una guerra civil de tres décadas y que vive castigado por el crimen organizado. La activista recogió el martes en Madrid el premio anual del Club de las 25, un grupo de mujeres
profesionales de diversos ámbitos.
-¿Por qué da el salto a la política ahora?
-Porque queremos ejercer un derecho que los pueblos indígenas y muchas mujeres no hemos alcanzado en Guatemala: el derecho a ser elegidos. Y porque hay una gran desesperanza. Las últimas encuestas indicaban que la mitad de los empadronados pretendía no votar. Muchas personas están desengañadas de
los partidos tradicionales. Finalmente, es un deseo del conjunto del liderazgo maya agrupado en Winaq, nuestro movimiento. Nos dijimos: hoy es hoy, si no nos lanzamos, nunca agarraremos experiencia.
-¿No teme que meterse en el avispero político de Guatemala pueda quemar su imagen?
-Es una decisión muy fuerte que tomamos con mi esposo. Las encuestas indican que tengo el 75 por ciento de simpatía popular como personalidad, y me imagino que, como política, esto va a cambiar muchísimo. Pero hay que preguntarse para qué sirve una personalidad solemne, si debe estar en una vitrina y dar una imagen, pero que no resuelve nada. Me lo exige la gente y no quisiera quedarme al margen. No tenemos nada que perder, sino ganar: contribuir a la democracia guatemalteca. Cuando uno va madurando quisiera dejar algo, quisiera iniciar procesos. Estamos abriendo una brecha.
-¿Se considera candidata de izquierda o candidata étnica?
-No hay que poner camisas de fuerza a nuestro movimiento, porque puede que me cobren facturas que no son mías, y lo más importante es contribuir al proceso democrático. Somos una alianza de diversos dirigentes de los pueblos indígenas, abierta a cualquier guatemalteco que tenga como principio la
democracia, la honradez, el respeto.
-Su candidatura ha despertado simpatías, pero también recelo. Algunos sectores la acusan de haber estado vinculada con la antigua guerrilla, otros se sienten asustados por su apoyo a Fidel Castro o sus críticas a la economía de mercado. ¿Qué mensaje les ofrece?
-Nos urge crear un modelo intercultural basado en la inclusión. Nuestra candidatura es un termómetro para medir hasta dónde el sufrimiento del conflicto armado sigue vigente en la población, para ver si hemos abandonado los pensamientos radicales de racismo, de fascismo, de extremos. Queremos ser la referencia de una juventud que no es izquierda ni derecha ni vivió la guerra. Nos toca escuchar.
-En Guatemala no se ha dado el voto étnico. De hecho, el general Efraín Ríos Montt, al que usted ha demandado por genocidio, ha ganado tradicionalmente en zonas mayas. ¿Podrá unir el voto indígena?
-Hay que ser realista. En Guatemala hay gente a mi favor y gente en contra.
Y no sólo gente indígena a favor, sino también poblaciones indígenas en contra. También mantengo una estrecha relación con muchos sectores no indígenas. Sería una equivocación leer mi candidatura en términos excluyentes. Estoy con la gente más sufrida y más humilde, la gente que sueña con una vida digna. Tenemos que responder a eso. Sería inconcebible que Rigoberta Menchú no vaya a escuchar a las comunidades, a incrementar el nivel de vida, a dar trabajo, pero sobre todo a dar una esperanza de futuro.
La violencia nos tiene arrodillados.
-Y eso a pesar de las cuantiosas ayudas recibidas para reformar las fuerzas de seguridad. ¿Qué se puede hacer?
-Estamos revisando las propuestas para una agenda mínima, pero le diré que lo más duro de Guatemala es que el crimen organizado, la corrupción, el narcotráfico constituyen fuerzas incrustadas dentro del Estado. Son como Estados dentro del Estado. Tendrán que buscarse medidas con el apoyo
internacional y luchar enérgicamente contra la impunidad, pero también hay que abordar la dimensión social, las oportunidades de trabajo. Si no, ninguna cárcel va a aguantar este nivel de violencia. No son cambios que puedan hacerse en un período de gobierno.
-Usted critica el libre mercado y la globalización, pero Guatemala es una potencia agroexportadora. ¿Cuál es su proyecto?
-La economía guatemalteca es muy estable. Guatemala no es un país pobre, pero sí empobrecido, y eso tiene mucho que ver con la falta de conciencia social. Hay una brecha extraordinaria entre ricos y pobres. Todo eso tiene que abordarse en una agenda mínima. Hay que estar abiertos a alianzas y a la
inclusión.
* De El País de Madrid. Especial para Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-81033-2007-03-01.html
Jueves, 01 de Marzo de 2007
UN SISTEMA SOCIAL INJUSTO PUEDE SER SOSTENIDO POR SUS PROPIAS VICTIMAS
"Destrúyete a ti mismo"*
El autor examina la diferencia entre "una subjetividad que se afirma en la resistencia al Poder y una subjetividad genuflexa que, para sobrevivir, pagó el alto precio de la subordinación".
*Por Juan Carlos Volnovich
¿Por qué los que menos tienen son los que tienen menos posibilidades de oponerse a un sistema que los excluye o los explota? ¿Por qué quienes nada tienen que perder más que sus cadenas son los más sumisos y obedientes a un proyecto de exterminio? ¿Qué trampas, tendidas en el seno de la propia subjetividad, nos llevan a convalidar inconscientemente un sistema social opresor injusto y desigual? ¿Cómo funciona esa dialéctica siniestra, instalada dentro de nosotros mismos, que nos impide rebelarnos contra aquello que nos despoja de los bienes materiales, de los bienes simbólicos y de la vida misma?
Según Gregorio Kazi (en Hacia una psicología social histórica: cartografías críticas, ed. Madres de Plaza de Mayo), "Enrique Pichón Rivière construye la Psicología Social de la Praxis en tanto dispositivo complejo de cambio del sujeto y sus modos de relación, siendo deseable dilucidar que el sistema
social en el que vivimos es fuente primordial del padecimiento humano en su extensa gama de manifestaciones". Kazi señala, en la obra de Pichón Rivière de la adaptación activa a la realidad, y observa que, si esta adaptación debe ser construida, "ello se debe a que existe una tendencia a la
adaptación pasiva a la realidad". También advierte Kazi que "muchas veces nos topamos con marcos científicos que definen y promueven como 'salud' aquello que se liga a la adaptación pasiva a la realidad, y definen como 'enfermedad' lo que deviene como producción grupal o colectiva de procesos de adaptación activa a la realidad".
He aquí planteada la diferencia entre una subjetividad que se afirma en la resistencia al Poder, un sujeto cuya existencia descansa en la oposición al gran Otro, y una subjetividad genuflexa, un sujeto adaptado y adocenado que, para sobrevivir, pagó el alto precio de la subordinación al Otro.
En un famoso pasaje de Psicología de las masas y análisis del yo, Freud afirma que "en la vida anímica individual aparece integrado siempre, efectivamente, 'el otro', como modelo, objeto, auxiliar o adversario; de este modo, la psicología individual es, al mismo tiempo y desde un principio, psicología social, en un sentido amplio pero plenamente justificado". En ese "otro" se asienta la pista que une lo individual y lo social. Ese "otro" aporta las claves para entender las relaciones del sujeto con la política. El "otro" está siempre presente en la vida psíquica individual, de tal forma que, cuando Freud incluye la determinación de la estructura social en el seno de lo propio, rompe el límite que separa al
sujeto de la cultura que lo sobredetermina. Porque ese "otro", presente en el origen individual, es inevitable resultado del Otro social, del sistema de producción y de la cultura en la que cada uno se inscribe. De manera tal que el "otro" no tiene por qué quedar clausurado en su presencia empírica de
objeto; no tiene por qué soldarse con su existencia estrictamente material.
Ese "otro" es el papá, la mamá, el hermano, la maestra y el médico pero es, también, un Otro político que está siempre presente en la vida psíquica individual.
Y muchas veces ese Otro omnipresente es un poder despótico y feroz.
Entonces, ya que se trata de desmontar los fundamentos subjetivos del Poder -los procedimientos por los cuales el Poder logra capturar al sujeto apoyándose en una complicidad consciente e inconsciente y sostenerse por consenso-, se impone señalar las trampas que, desde adentro de nosotros mismos, se oponen a que podamos rebelarnos y desobedecer a ese Otro mortífero.
Por usar un término de moda, podría llamarse resiliencia a esa capacidad que tienen algunos individuos para sobrevivir adaptándose, sujetándose o, al menos, consintiendo con el poder del Otro; se trata del talento que algunos sujetos despliegan para percibir la demanda del Otro, para confiar en lo que
dicta el Poder, acatar sin chistar y transmitir sus mandatos. Así entendida, la resiliencia tiene mucho que ver con la obediencia; con la obediencia debida.
Pero vayamos al comienzo. Desde el nacimiento y aún antes de nacer, la construcción de nuestra subjetividad lleva impresa las marcas del Otro. La construcción de nuestra subjetividad camina por la herida que dejó abierta el desamparo original, y en el trayecto posterior del ciclo vital todo se
reduce a atenuar, con la soldadura omnipotente al Otro, la indefensión absoluta. Desde el nacimiento en adelante, la relación del sujeto con el discurso político transitará por las marcas que ha dejado en el inconsciente la relación con el Otro. La situación de extremo desamparo, la experiencia de inermidad por la que atraviesa el prematuro cachorro humano, clausura cualquier posibilidad de identificarse con algo más que el poder del Otro.
De igual modo, en una sociedad donde la explotación es norma, en una cultura que sólo desea la desaparición de los "marginales", de los que sobran, el deseo de muerte se inscribe en el inconsciente de los sujetos como discurso del Otro y se expresa a través de pasajes al acto destructivos hacia los
demás y hacia sí mismos. Violencia ejercida, violencia padecida, da lo mismo, porque aquí se borra el límite entre víctimas y victimarios. Ese Otro funciona como base de la destructividad; sobre todo de la autodestructividad que nos habita.
El Poder exige sacrificios, sacrificios humanos; pero, también, busca el consenso. No debemos olvidar que, en la Argentina, el actual sistema de miseria y exclusión de grandes mayorías junto al enriquecimiento desmesurado de unos pocos, se estableció con un alto grado de consenso. Capturados por el discurso del Poder, fueron muchos los que colaboraron para sostenerlo.
Complaciente, cómplice, el sujeto contribuye a reforzar la omnipotencia del Poder. Y el Poder logra el consenso promoviendo la identificación que liga el deseo con las representaciones que el mismo Poder le ofrece.
Representaciones mortíferas al estilo de: "destrúyete a ti mismo";
"extermina a los otros, a los minúsculos otros"; "mátense entre ustedes". Si la dictadura militar ofició de trauma social, la democracia no impidió los efectos de un discurso político y económico al que contribuyó la despolitización y el desinterés frente a la violencia social explícita. La masa quedó capturada y uniformada bajo los efectos de fascinación del Poder; condenada a adorar a sus verdugos.
La adhesión o la indiferencia hacia el discurso del Poder transformó a amplios sectores de la población en sujetos borrados y tarados. Máscaras sin rostro. Eco, y no voz. Anestesiados por la secuela del terror vivido durante los años de plomo e hipnotizados por una supuesta prosperidad, muchos
ciudadanos se dejaron engañar por los espejitos de colores del neoliberalismo. La globalización los convenció de que la clase media de un país en bancarrota podía tener un poder adquisitivo que en nada se
diferenciara del poder adquisitivo de la clase media de un país desarrollado. La clase media argentina compró espejitos de colores y, durante una década, los indiosclasemedia se miraron en ellos y se vieron
altos, rubios y de ojos celestes.
El psicoanálisis confluye a la Psicología Social de la Praxis. Pero no cualquier psicoanálisis. Un abismo insalvable separa a un psicoanalista burgués de un psicoanalista que analiza la implicación en la realidad que lo determina. Un abismo insalvable separa a un psicoanalista convencional de un psicoanalista marxista. Cuando el psicoanalista burgués se muestra indiferente a los obreros que toman una fábrica o a los piqueteros que irrumpen en la escena política, porque son hechos que no le conciernen, el
psicoanalista marxista sabe que la relación del sujeto con el trabajo y con la política es parte fundamental de sus intereses teóricos y clínicos.
Cuando el psicoanalista burgués se pregunta por qué los obreros toman las fábricas, por qué los piqueteros interrumpen el tráfico, el psicoanalista marxista se pregunta por qué no las toman, por qué no cortaron antes las rutas. Mientras el psicoanalista convencional intenta explicar cuáles son
los mecanismos conscientes e inconscientes que impulsan a un trabajador desocupado a tomar el poder en las fábricas, el psicoanalista marxista intenta explicar cuáles son los mecanismos conscientes e inconscientes que antes impidieron a los obreros tomar esas fábricas.
Es evidente que la propia situación analítica puede reforzar, montada en el poder de la transferencia, la sujeción al Otro. Pero también a veces, sólo a veces, puede ayudar a deconstruir mitos y prejuicios. Uno de ellos, y no el menos trascendente, es el que propone la resignada aceptación de la miseria en la esfera social ampliada, basada en la fatalidad de que siempre hubo pobres y siempre los habrá. Otro, el mito que propone identificar y promover los factores o mecanismos protectores de que disponen los sujetos con la finalidad de construir dispositivos para la adaptación triunfal a un sistema injusto.
El psicoanálisis puede ayudar a construir una Psicología Social de la Praxis y, en cierto sentido, es una Psicología Social de Praxis, en la medida en que se propone como sistema de representaciones que intenta restituir el derecho a pensar y a sentir. El psicoanálisis puede ayudar en la búsqueda de una reconciliación del sujeto con sus pasiones alegres por vía de la resistencia al Poder, no ya por vía de la resiliencia.
De este modo, en la situación analítica es ineludible el esfuerzo por abrir una brecha entre las ofertas de identificación mortíferas que el Poder propone, para que algo del deseo circule por ese espacio vacío. Si hay un otro minúsculo que pueda escuchar y desear, si hay un otro que permita la palabra, algo de la violencia devastadora, algo de la compulsión repetitiva puede dejarle el lugar a una organización fantasmática que se inscriba en la trama social a la manera de una acción transformadora.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-81020-2007-03-01.html
"Los políticos pasan, pero la cultura queda"*
El escritor cerró el ciclo Cara a Cara con el Periodismo
El ciclo Cara a Cara con el Periodismo , presentado por LA NACION y Zurich, tuvo anoche un cierre a toda orquesta en el que la voz y el pensamiento de una de las plumas más lúcidas y exquisitas del periodismo hispanoamericano cautivaron a un auditorio colmado por varias generaciones de lectores.
El periodista y escritor Tomás Eloy Martínez fue presentado por su entrevistador, Nelson Castro, como un "maestro para todos" y como un "testigo privilegiado de la historia argentina". Y enseguida llegó la
primera pregunta: ¿cómo vive un ex perseguido político de José López Rega el actual juicio a la Triple A?
Tras evocar la imagen de personas empujadas a los Falcon, "mientras gritaban sus nombres completos y DNI con el afán de que algún transeúnte los recordara para denunciarlos", Martínez dijo que revisar la historia con comprensión y ecuanimidad es "siempre valioso y saludable para la vida de un país". Recordó el día de 1975 en que una bomba destruyó el frente de su casa y otra estalló en Radio Del Plata, donde trabajaba, por los conceptos que había vertido en un texto periodístico titulado "El miedo de la Argentina".
Una inquina peligrosa
"López Rega hacía tiempo me había tomado inquina, y después de leer ese artículo me dio 48 horas para salir del país, aunque permanecí aquí diez días en la clandestinidad. Después, por una invitación de Carlos Fuentes, entonces embajador mexicano en París, viajé a Francia y de allí a Venezuela", contó, al evocar su exilio. Pero tuvo que remontarse en el tiempo para bucear en las razones de su enemistad con López Rega. Así, recordó sus cuatro entrevistas con Perón y la presencia molesta de ese secretario que continuamente interrumpía el diálogo para introducir "proclamas" en favor de Isabel.
"Usted me dio su palabra de militar de que tendríamos este último encuentro a solas", le demandó Martínez a Perón cuando López Rega lo acusó de querer comercializar las cintas grabadas de la entrevista, que el autor de Santa Evita todavía conserva.
"Usted, general, no me dijo que iba a tener que soportar los insultos de un sirviente suyo", fue la respuesta del periodista. Y Perón contestó: "El señor tiene razón. Vaya y acompañe a la señora a comprar lechuga al mercado", recordó Martínez, quien agregó: "Aquella frase fue mi sentencia de
muerte".
Castro quiso saber cuál creía que era la responsabilidad real de Isabel en las acciones de la Triple A. "No hay duda de que ella estaba dominada por las prácticas esotéricas de López Rega, a quien seguía con los ojos cerrados -dijo el autor de La novela de Perón -. Todos sus actos de gobierno estaban bajo el influjo de ese personaje nefasto. ¿Pero quién lo puso primero a López Rega?", se preguntó, para enseguida mencionar a Juan Domingo Perón.
Martínez desestimó la teoría de los dos demonios y señaló que la responsabilidad del Estado por el uso de la violencia es siempre mayor que la que les cabe a los "jóvenes ilusos y utopistas". Y subrayó que, hacia 1976, "la capacidad de agresión de los montoneros y del ERP era muy minoritaria".
El escritor recordó cuando debió referirse a los sucesos de Trelew y escribió, por primera vez en letras de molde, el concepto "terrorismo de Estado", una "audacia" que terminó con su cargo como director de la revista Panorama .
"Frente al hecho de esos guerrilleros fusilados a mansalva en Trelew, el vocero de Lanusse, Edgardo Sajón, me había confesado: «A los maringotes se les fue la mano»", recordó, y añadió que fue despedido del medio "por el daño causado a la empresa". Suscitó la risa del público cuando agregó: "En
realidad, nunca cobré una indemnización".
Cuando llegó el momento de que el público planteara sus inquietudes, los intereses de jóvenes y grandes fueron muy diversos.
Hubo preguntas sobre la conveniencia de la asociación entre la Argentina y Venezuela, y allí Martínez deslizó que ambos países pueden hacer muy buenos negocios. Pero advirtió que, en el terreno político, el objetivo de Chávez es "imponer una hegemonía latinoamericana orientada a lo económico y militar, y bajo su liderazgo".
El oficio de informar
Un punto alto del diálogo llegó con los consejos para los periodistas jóvenes. En relación con aquellos que trabajan bajo la órbita de editores "hastiados y descreídos de todo", Martínez dijo que es un error hacer diarios menospreciando la cultura general y la inteligencia de los lectores.
El lector, dijo, "en mucho casos sabe más que el redactor y que el editor".
Siempre hay que nivelar hacia arriba, indicó.
Luego subrayó que el único capital de un joven profesional es su firma y buen nombre. Por eso, dijo, la honestidad y lealtad con la que se escribe tienen que ser siempre un parámetro y un faro para el ejercicio del periodismo.
Cuando una persona entre el público quiso saber qué desafíos presenta el futuro y qué queda hacia adelante, el periodista destacó que en la vida de todo país, siempre, lo que trasciende y queda es su cultura.
"Los políticos pasan, la cultura queda", repitió. Y puso como ejemplo el hecho de que todos conocen el nombre de los creadores del Quijote y de Las Meninas . Sin embargo, preguntó: "¿Cuántos pueden nombrar con precisión a los reyes que gobernaban España cuando nacieron esas grandes obras
maestras?".
*Loreley Gaffoglio
-FUENTE: LA NACION
Link permanente: http://www.lanacion.com.ar/887669
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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Monday, December 11, 2006
ESTACIÓN RICARDO ARJONA.
ESTACIÓN RICARDO ARJONA (EX MARIANO BENÍTEZ)
INVENTREN
Viaje literario por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar
Próxima estación: J.R.R.Tolkien (ex 12 de agosto)
Enviar colaboraciones a: inventivasocial@yahoo.com.ar
En el anden
EL TREN DE LAS 18 *
Con su estertor
como un punto o una peca negra
una mancha voraz ocupando la planicie
o bien como un cimbronazo del horizontes
irrumpía el tren de las dieciocho
columpiando sus distancias en uno y otro ojo.
El asunto estaba en ese acontecer de la tarde
donde bajaban y subían saludos
bultos varios y uno que otro grito de andén
como si todo la congoja y la nostalgia
la risa y los temores
se detuviesen un instante en los umbrales
para, luego, salir cual arcón mágico por la pampa.
*
Siempre que menciono el tema me retrotrae a algunas experiencias vividas en mi infancia, hasta mi adolescencia, inclusive. Y me lleva a los cuadernos que tengo escritos con anotaciones varias y poemas que acompañan el día. Algunos de ellos están llenos de esas emociones que me fortalecen, que desmienten las torpezas cotidianas, las dudas de la rutina.
Habíamos caminado, antes, por las vías muertas del ferrocarril que pasaba por Capilla del Monte. El tren es algo muy difícil de explicar para aquellos que no tuvieron la oportunidad de vivirlo tan cerca. En la pampa sinfin era una fuerte presencia que anudaba y desanudaba los decires de todos los pueblos por donde pasaba. Sus vías, que aún están, nos acercaban las distancias. Me paraba, recuerdo, en medio de ellas y miraba absorto una y otra lejanía y las dejaba posar en mi imaginación de niño. Los guardas de los trenes siempre me contaban historias de lugares extraños que se aquerenciaban en mis no olvidos. Y no les digo lo que era subirse a una de esas viejas locomotoras, con su vientre al rojo vivo, de carbón ardiente:
- ya vas a manejar una de estas, me decía el maquinista, y dejaba que agarre una manija.
- Manejé el tren hoy, mamá. Y le contaba la historia.
*de Oscar A. Agú. cachoagu58@yahoo.com.ar
Cuentos en el tren
LA CAPILLITA SOLITARIA*
La antigua ruta once, el camino real para nosotros, era ancha, arenosa, polvorienta, y desde nuestro pueblo hacia el norte, habitualmente desolada, casi desierta; haciendo lucir desolado todo lo que lo circundaba. Los arbustos, enredaderas, y pastos de los costados; se veían sucios, cubiertos por el polvo que se levantaba del camino, más por los vientos, que por el escaso tránsito de aquellos tiempos. Muy pocas casas se animaban a asentarse a su vera, sólo algún “boliche” o paraje, muy lejano uno de otro. Las casas de los colonos eran espaciadas, y se presentaban bastante alejadas de la ruta.
En la mitad del siglo veinte éramos niños, y solíamos acompañar a mi padre, en sus cortos viajes, con el traqueteante y pequeño transporte de fletes varios. Solíamos visitar colonos, llevando moderadas cargas de mercaderías, o de insumos, trayendo parte de sus cosechas, especialmente hortalizas y otros productos, que se comercializaban bien en el pueblo.
A un par de kilómetros de las últimas casas, donde un abandonado camino vecinal formaba la esquina de un pequeño lote de campo, yermo y de breves pastos amarillentos, alejado de todo vestigio de vida: se levantaba solitaria una pequeña capillita ornamental, que se erguía, no más alta que una persona, sobre una delgada columnata retorcida, de aspecto neo gótico, símil mármol, y consagrada seguramente a una deidad religiosa, alguna virgen. Nadie sabía qué conmemoraba, ni en honor a quién se había erigido, y sobre todo por qué precisamente allí, alejada de todo.
El tema es que verla siempre tan sola, causaba una sensación incómoda, revestida con algo de inexplicable temor, y nuestra imaginación infantil, nos proponía absurdas relaciones con alguna leyenda, de hechos o personas que desconocíamos; máxime que más de una vez hemos visto, a algún acompañante circunstancial de la zona, persignarse respetuosamente cada vez que pasábamos por el lugar.
Nunca pasé indiferente, ni lo hubiera hecho sin advertirlo; siempre ese resquemor, ese recelo. Y no sólo yo, en casa se contaban cosas curiosas que habían ocurrido, a quienes de noche pasaban por allí, y no guardaron tal vez el debido respeto; aunque no es que lo creyeran del todo, siempre aparecían esos temas en charlas de sobremesa, como algo gracioso, folklórico.
Recuerdo que una noche nublada y muy obscura, nuestro pequeño camión quedó sin nafta, y se detuvo, precisamente enfrente; aunque no podíamos verla, sabíamos nuestra posición, porque ubicábamos las primeras y espaciadas luces del pueblo. No podría decir que me daba miedo, estaba al lado de mi hermano mayor, que si bien todavía era un niño, era una compañía enorme para mí, y además estaba papá, que fue quién se bajó y midió con una pequeña regla, cuanta nafta tendría el tanque. Pero varias veces me descubrí escudriñando en la negrura, a ver si veía la silueta de la capillita, y a veces miraba fijamente. por si alguna cosa extraña se moviera cerca…
Un jinete se acercaba al trote.
Lo escuchábamos desde una buena distancia. Papá le habló cuando estuvo junto a nosotros, aunque ni remotamente lo conociera. Le dio un billete y una damajuana de vidrio, pidiéndole que le consiguiera algo de nafta en un almacén, que estaba sobre la ruta, hacia el norte. El jinete apareció tras un largo rato, con la damajuana a medio llenar, suficiente para llegar a casa. Generoso y honesto el criollo. Luego no sé bien qué pasó. Papá le pasó un billete de poco valor como propina, agradeciéndole “la gauchada”; pero el hombre se indignó, se enojó, y lo expresó a toda voz, y era que consideró escaso el pago por el servicio.
Mi hermano y yo nos decepcionamos, ya que en principio entendimos que era un gesto generoso, y no aceptaría pago alguno por el auxilio; pero no, el hombre entendió que era una changa, y le habían pagado poco…
Todo esto sumado hizo que nuestra avería requiriera bastante tiempo en el lugar, que para mí era apremiante. Me avergonzaba sentir el miedo o resquemor que estaba sintiendo, y por momentos tenía un cosquilleo y escalofríos, hasta que volvía a serenarme viendo que ya nos íbamos y dejábamos atrás aquel oscuro y desolado sitio. Alejándonos, y sintiéndome algo más seguro me animé a voltearme y mirar casi hipnotizado hacia atrás, esperando ver, vaya a saber qué misteriosa aparición.
Tengo en mi memoria ese percance, y aquella noche tan cerrada; donde tuve omnipresente la inquietante cercanía de la misteriosa capillita…
Y esto del halo singular y casi exótico, que emanaba el pequeño santuario, estaba bastante difundido, y amalgamado a una profunda cultura religiosa, que a su vez, de un modo curioso, se ligaba también a un abanico de supersticiones y temores. Era evidente, al menos entre nuestros conocidos y parientes; aunque nadie habría querido reconocerlo, y sólo surgía si se involucraban, como pasó con un primo mayor nuestro, que estaba viviendo temporalmente con nosotros…
Era todavía soltero, así que estaba en la etapa de conocer posibles candidatas casaderas.
Acostumbraban en la zona rural de aquel entonces, acceder a encuentros de muchachos y muchachas, en las fiestas familiares, o en los bailes de colonia, fiestas religiosas o cívicas, y tantos eventos domingueros o casuales. Pero sobre todo de un modo muy recurrido en la zona: las visitas domiciliarias; donde solos, o en compañía de un amigo, o a veces dos, el pretendiente llegaba un sábado por la noche, “a tomar mate”… directamente y sin invitación alguna, a una casa elegida, donde hubiera chicas casaderas;
El juego era ir “tanteando”, a ver cómo eran “recibidos”; y no excluía que también visitaran otras casas, a veces esa misma noche, hurgando en un itinerario de selección, que concluía sólo cuando se formalizaba un compromiso, Esto podía ser una búsqueda de meses o de años, tornándose en algunos casos crónica, y como todo, ir devaluándose con el tiempo, siendo recibidos lógicamente, cada vez con menos expectativas.
No sólo los sábados, también las vísperas de fiestas, donde la otra parte también esperaba con impaciencia, qué podría depararle aquellos encuentros; que por otra parte no siempre eran tan fortuitos, a veces, ya tenían previamente alguna mirada complaciente, como un guiño, o un convite concertado.
Mi primo pertenecía a éstos últimos, visitantes “tomadores de mates”…
Un jueves por la noche, víspera del sagrado viernes santo, en que no podía realizarse ninguna actividad que no fuera de recogimiento, o adoración a Dios y a Cristo crucificado. Mamá no hubiera querido, que ninguno de nosotros saliera de casa esa noche.
-Mirá que tenés que estar de vuelta antes de las doce. No te entretengas. Acordate que pasada la medianoche ya va a ser Viernes Santo…-
-Si tía, quédese tranquila.- dijo mi primo, guiñándonos un ojo a sus espaldas, cancheramente…
Y con esa promesa, mi primo subió a su bicicleta, y partió a su visita romántica, a una legua al norte. Cuando decidió volver vio que ya eran más de las doce; y aunque nada tomaba en serio, se sintió profundamente sólo al volver por la ruta, en una noche alumbrada fantasmagóricamente por la luna llena.
A la mañana siguiente, tartamudeaba, todavía desencajado al contar, lo que él juraba que le había pasado:
Precisamente al llegar a la capillita, vio de reojo como de la misma salía un pequeño perro negro, mostrando una ferocidad rabiosa, y ladrándole furiosamente, arremetía decidido a morderle la pierna. Trató de pedalear más fuerte, pero el camino arenoso le frenaba las ruedas, y el perro lo atacaba más y más fieramente. Comenzó a defenderse arrojándole patadas, pero cada vez que le acertaba una, el perro crecía, y se hacía cada vez más grande y más aguerrido; y en un momento se había convertido en un perrazo enorme que no le daba tregua…
Se acordó entonces de rezar desesperadamente, mientras se concentraba en pedalear, y poco a poco se fue distanciando; del descomunal y fiero animal en que se había convertido, salvándose según él, por muy poco de sus filosos colmillos…
Todos trataron de hacerlo entender, que el perro habrá sido nada más que un perro, y que el miedo hizo el resto…
Pero a él nadie le hizo cambiar nunca, lo que aseguraba haber vivido.
Y muchos de nosotros entonces, sin querer, sentimos un escalofrío….
Y yo, lo vuelvo a sentir cada vez que me acuerdo.
*de Celso H. Agretti. celsoagr@arnet.com.ar
Avellaneda, Provincia de Santa Fe; 14 sept. 2006
Estación Ricardo Arjona.
(ex-Mariano Benítez)
1.
El hombre afectado por una fiebre gripal esta pensando, viajando sin rumbo con pensamientos incoherentes desde su cama. Los párpados le pesan. El cuerpo pide cerrar otra vez los ojos y dormitar. Trata de sobreponerse. Su madre volvió de hacer compras y le trajo un diario. Lee los titulares. Abre el diario. busca "esa noticia". Lee fragmentos, abre y cierra los ojos, imagina como la noticia se modifica en el relato de quien la lea. Supone en su hipótesis febril qué hay algo en las vidas de la gente que se modifica, que los lectores se enlazan curiosamente con cada texto, que imprevistos efectos de discurso se suceden aquí y allá.
"Kirchner abrió las operaciones de Wall Street".
Es la noticia dicha en una sola oración.
2. The Opening Bell.
"El presidente hizo sonar la campana con que larga la rueda de acciones de la Bolsa de Nueva York".
Desde que arrendó su campo a "los Grobo", Mariano Benítez Standford no deja de soñar proyectos, no se puede ver a sí mismo como un estático rentista, un hombre de campo es un hombre de negocios se dice y le dice a quienes se cruza en el pequeño pueblo que como la estación -hoy abandonada- que lleva el nombre de su tatarabuelo el Dr. Mariano Benítez. hacendado y legislador fallecido en 1892 muy joven, a los 38 años. El sabe que con los 400 pesos por hectárea que le pagan por sembrar soja en su campo puede vivir bien, sin apremios, él y su familia. Pero la relativa quietud de su hogar lo asfixia. El siente que tiene un destino trascendente, y coherente con su historia familiar no quiere vivir de las joyas de la abuela, o de las 600 hectáreas que heredó.
3.
Este acto representa el retorno de la Argentina al lugar en el mundo que nunca debió haber abandonado", dijo el presidente Kirchner.
Volver al lugar que nunca debió haber abandonado. La frase hace ecos, retumba como tambores en un gran edificio vacío. Mariano piensa en su propia historia como productor rural, en la economía del país que lo llevo a la cruel paradoja de vivir mejor sin producir sus propias tierras. La decisión le llevo un año entero de idas y vueltas hasta que al fin pudo rematar hasta última cabeza de ganado para saldar las deudas y quedarse con una reserva en dinero. Acá por esta zona están todos igual, trató inútilmente de consolarse. Se acordó de Fabián, también polista como él, con su familia tienen alrededor de 300 hectáreas sobre el camino 12 de octubre, en el límite provincial de Buenos Aires con Santa Fe, a unos 30 kilómetros de la ciudad, entre Mariano Benítez y General Gelly. Y hoy sobreviven recibiendo en su estancia a turistas que vienen a jugar polo y hacer vida de campo. Pobres, encima el año pasado los asaltaron cuando tenían alojados a varios ingleses y la mala experiencia casi los deja sin clientes. Los ladrones eran malvivientes de la zona. Cuando vieron llegar a la policia dejaron al Volkswagen Pointer GT azul de la familia enfrente de la estación abandonada y huyeron corriendo por los campos.
4. Ricardo Arjona.
"Tenemos el privilegio de recibir al presidente Kirchner y su delegación. Agradecemos su visita y esperamos agregar otra compañía argentina a nuestra familia"
Otra compañía argentina a nuestra familia. ¡Que hermoso sería fundar una empresa que cotice en Wall Street!. Al ladito nomás en la pizarra de la Tenaris de Techint. Mariano se ve en un desayuno de trabajo con Paolo Rocca. Tengo que pensar un negocio que consuma acero y caños...
María Virginia se abre paso en su ensueño por Nueva York.
Su mujer lo despabila con un beso bastante lábil en la mejilla.
-Qué tal Pergamino y la escuela de los chicos.
-Bien, después de dejarlos en Inmaculada fuí a comprar un termo al bazar de Aurora y Manuela.
-¿Cómo andan esas locas de atar?
-De la cabeza. Dicen que consiguieron entradas para el último recital de Arjona en Argentina.
Sueñan con arrancarle la camisa a jirones y abrazarlo y besarlo...
-Esas mellizas necesitan un buen burro, aunque no sepa cantar.
-Ya salió el machista. Yo iria con ellas si tuviera con quien dejar a los chicos. Vos y tus amigos polistas no entienden el romanticismo de una mujer.... Al menos Aurora y Manuela todavía pueden soñar...
Mariano, deja de escuchar a su mujer, se desconecta, o mejor dicho: coloca el piloto automático de las respuestas comunes y no conflictivas. Piensa en esa frase de Arjona que leyó días atras en la tapa de una revista "después de 40 años me di cuenta de que a las mujeres no hay que entenderlas, hay que quererlas mucho, aunque duela un poquito". Y él, más alla de su machismo asumido e incurable, quiere a su mujer y madre de sus hijos.
5
Vuelve al proyecto del que le gustaria al menos desprender una silueta borrosa, algo más tangible desde la bruma que lo rodea. Su profesor de economía internacional decía -no sin cierta malicia- que un proyecto exitoso tiene que combinar bien la capacidad de manipulación, lo banal y ser capaz de tener efectos en un mercado global. " El mercado es el único Dios al cual hay que adorar y temer a la vez", era una de sus frases predilectas que repetía sin preocupación por las creencias religiosas de sus alumnos. "Si su producto no tiene mercado o no lo genera inmediatamente reemplazando a otros productos o servicios, no merece entonces que se confirme su fracaso invirtiendo más horas y dinero en él". "De un proyecto, hay que enamorarse perdidamente como de una mujer bellisima, única, o abandonarlo rápidamente..." Estas eran algunas de las frases-enseñanzas que volvían a su mente en estas horas de incertidumbre e ideas desordenadas.
6
"Es la respiración profunda antes de arrojarse al río"
Esta es una de las frases de los libros de Tolkien que alguna vez copió a su agenda. Viene como anillo al dedo en este momento. Se paro y fue a la biblioteca, allí estan los papeles de su Tatarabuelo, el Dr. Mariano Benítez que siendo senador se opuso con tenacidad a la privatización del ferrocarril Oeste que finalmente el gobernador Maxímo Paz logró concretar el 30 de junio de 1890. De ese ferrocarril, sólo quedan ruinas como la estación del pueblo y muchas otras que eran intermedias entre Rosario y Buenos Aires en ese ferrocarril de trocha angosta. Para colmo de males, el corrupto del ministro Julio De Vido armo su proyecto de tren "bala" entre Rosario y Buenos Aires, y esto -entre otras consecuencias- deja sin chance de reactivación a las otras vías ferreas alternativas como la que pasa por su pueblo. Aquellos sueños, como los de su antepasado, parecen hoy, definitivamente muertos.
7. El primer tren temático del mundo.
La cabeza de Mariano se desato en febriles ecuaciones en un instante. De pronto se sintió como el más grande jugador de polo de todos los tiempos, con el 10 de handicap de aquí en más, galopando arriba de su petiso hacia un futuro luminoso. Pero este proyecto, -pensó- sólo puede tratarse con gente de mente abierta y audacia como Soros o Tinelli. Cada estación será un espacio temático e interactivo de homenaje a un idolo indiscutido de la canción, un actor internacional o un miembro sagrado del mundo del espectáculo.
¡Como en Hollywood, pero en la pampa Argentina..!!!
Sólo el manejo del negocio de merchandising de cada estación haría rico a cualquiera.
Y "su estación", la estación que llevaba el nombre de su ilustre tatarabuelo Mariano Benítez, debera llamarse de ahora en más "Ricardo Arjona" en homenaje al procer de la canción que originó esta tremenda tormenta de ideas en su cabeza.
8.
Todavía falta el nombre, que es en sí mismo muy importante, pues tiene que dar cuenta del proyecto y ser susceptible de ser registrado como de su propiedad intelectual. Pero Mariano se da el permiso de fantasear y jugar con el nombre de las estaciones:
ROSARIO. (queda igual, es una de las cabeceras del recorrido)
LA BAJADA. se llamará desde hoy "Susana Gimenez".
LA CAROLINA. me gusta más "Madonna" o "Shakira".
C.R.S.DOMINGUEZ. Era un coronel. Me gusta para la "Estación Steven Spielberg"
URANGA. ¡No se me ocurre nada...!!!! por ahora dejamos "Estación Michelle Pfeiffer"
LA VANGUARDIA. yo la llamaría "estación Woody Allen"
SARGENTO CABRAL. Dado que es un nombre muy cercano a la historia patria, el mejor nombre de reemplazo sería "Estación Brad Pitt"
CAÑADA RICA, desde ahora "Estación Mirta Legrand" aunque ella seguro querrá estar en el nombre de la estación Villa cañaz que es otro ramal...
GRAL GELLY. sera mejor que se llame "Estación Tom Hanks"
MARIANO BENITEZ. Sin duda... un tributo al mentor de la genial idea, se llamará "Ricardo Arjona"
12 DE AGOSTO. Cambia a "Estación J.R.R. Tolkien" -hacemos una excepción y de paso dejo un gesto de gratitud a su escritura-
FRANCISCO AYERZA. Será la estación dedicada a Marcelo Tinelli.
PERGAMINO. Me gusta para un nombre tradicional, del estilo "Estación Dustin Lee Hoffman".
TAMBO NUEVO. será "Estación Sandra Bullock", una mujer para enamorarse perdidamente...
RANCAGUA. -nombre de batalla.. "Estación Humphrey DeForest Bogart" un homenaje bien merecido.
ARROYO DULCE. Esta estación me suena a navegar y a mujer, podría ser la heroina de Piratas del Caribe, qué es hermosa y dulce... Se llamará "Keira Knightley".
TACUARÍ. por ahora, anoto estación Mel Gibson.
SALTO. sin dudas, será la "Estación Leslie William Nielsen"
9.Ideas del Sur.
Mariano Benítez Stanford. Productor rural. Jugador de polo. Magíster en Economía de Negocios de la Universidad Delta de San Isidro.
Una secretaria de alrededor de 25 años vestida con un trajecito rosa viejo lee del otro lado del mostrador el encabezado del curriculum con el que acompaña su proyecto y plan de negocios.
Bastante ansioso por cierto, Mariano se escucha hablando de forma inoportuna sobre el silencio de lectura de la chica...
-Incluso podría ser un reality, la competencia de cada pueblo por ser sponsoreado por un famoso no sólo de la argentina sino del mundo que otorgue su nombre a la nueva estación de trenes.
Ella se presenta. Es Analía, asistente de relaciones públicas la productora.
-Mariano, usted tiene un aspecto respetable, pero no puedo prometerle nada, todos los días se reciben 40 a 50 visitas de gente que trae negocios y proyectos de todo tipo y que quieren ver a Marcelo a quien le atribuyen un poder casi mágico, como si tocarlo diera vuelta los fracasos de toda una vida. Veo a los ojos de la gente y cuando lo ven parecen estar ante un encantamiento místico. Como si vieran la imagen de la Virgen del Rosario en San Nicolás... a propósito, -¿Usted fue Mariano a ver a la virgen?
-No fui por mis ocupaciones, pero mi mujer y mis hijos si estuvieron.
10.
Mientrás Mariano Benítez Stanford presumiblemente se dirige con su plan de negocios a la oficina en argentina de George Soros. Aquel hombre que lee diarios y desata con su imaginación historias fantásticas, ya se ha curado de la fiebre que lo tenía en cama la semana anterior y ayer ha leído una nueva declaración del presidente Kirchner"El pasado no está ni derrotado ni vencido". Con cierta mueca de amargura empieza a silbar el antiguo tango. Deja la estrofa flotando con la soledad de su voz en la habitación: Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando ...
*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
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Con su estertor
como un punto o una peca negra
una mancha voraz ocupando la planicie
o bien como un cimbronazo del horizontes
irrumpía el tren de las dieciocho
columpiando sus distancias en uno y otro ojo.
El asunto estaba en ese acontecer de la tarde
donde bajaban y subían saludos
bultos varios y uno que otro grito de andén
como si todo la congoja y la nostalgia
la risa y los temores
se detuviesen un instante en los umbrales
para, luego, salir cual arcón mágico por la pampa.
*
Siempre que menciono el tema me retrotrae a algunas experiencias vividas en mi infancia, hasta mi adolescencia, inclusive. Y me lleva a los cuadernos que tengo escritos con anotaciones varias y poemas que acompañan el día. Algunos de ellos están llenos de esas emociones que me fortalecen, que desmienten las torpezas cotidianas, las dudas de la rutina.
Habíamos caminado, antes, por las vías muertas del ferrocarril que pasaba por Capilla del Monte. El tren es algo muy difícil de explicar para aquellos que no tuvieron la oportunidad de vivirlo tan cerca. En la pampa sinfin era una fuerte presencia que anudaba y desanudaba los decires de todos los pueblos por donde pasaba. Sus vías, que aún están, nos acercaban las distancias. Me paraba, recuerdo, en medio de ellas y miraba absorto una y otra lejanía y las dejaba posar en mi imaginación de niño. Los guardas de los trenes siempre me contaban historias de lugares extraños que se aquerenciaban en mis no olvidos. Y no les digo lo que era subirse a una de esas viejas locomotoras, con su vientre al rojo vivo, de carbón ardiente:
- ya vas a manejar una de estas, me decía el maquinista, y dejaba que agarre una manija.
- Manejé el tren hoy, mamá. Y le contaba la historia.
*de Oscar A. Agú. cachoagu58@yahoo.com.ar
Cuentos en el tren
LA CAPILLITA SOLITARIA*
La antigua ruta once, el camino real para nosotros, era ancha, arenosa, polvorienta, y desde nuestro pueblo hacia el norte, habitualmente desolada, casi desierta; haciendo lucir desolado todo lo que lo circundaba. Los arbustos, enredaderas, y pastos de los costados; se veían sucios, cubiertos por el polvo que se levantaba del camino, más por los vientos, que por el escaso tránsito de aquellos tiempos. Muy pocas casas se animaban a asentarse a su vera, sólo algún “boliche” o paraje, muy lejano uno de otro. Las casas de los colonos eran espaciadas, y se presentaban bastante alejadas de la ruta.
En la mitad del siglo veinte éramos niños, y solíamos acompañar a mi padre, en sus cortos viajes, con el traqueteante y pequeño transporte de fletes varios. Solíamos visitar colonos, llevando moderadas cargas de mercaderías, o de insumos, trayendo parte de sus cosechas, especialmente hortalizas y otros productos, que se comercializaban bien en el pueblo.
A un par de kilómetros de las últimas casas, donde un abandonado camino vecinal formaba la esquina de un pequeño lote de campo, yermo y de breves pastos amarillentos, alejado de todo vestigio de vida: se levantaba solitaria una pequeña capillita ornamental, que se erguía, no más alta que una persona, sobre una delgada columnata retorcida, de aspecto neo gótico, símil mármol, y consagrada seguramente a una deidad religiosa, alguna virgen. Nadie sabía qué conmemoraba, ni en honor a quién se había erigido, y sobre todo por qué precisamente allí, alejada de todo.
El tema es que verla siempre tan sola, causaba una sensación incómoda, revestida con algo de inexplicable temor, y nuestra imaginación infantil, nos proponía absurdas relaciones con alguna leyenda, de hechos o personas que desconocíamos; máxime que más de una vez hemos visto, a algún acompañante circunstancial de la zona, persignarse respetuosamente cada vez que pasábamos por el lugar.
Nunca pasé indiferente, ni lo hubiera hecho sin advertirlo; siempre ese resquemor, ese recelo. Y no sólo yo, en casa se contaban cosas curiosas que habían ocurrido, a quienes de noche pasaban por allí, y no guardaron tal vez el debido respeto; aunque no es que lo creyeran del todo, siempre aparecían esos temas en charlas de sobremesa, como algo gracioso, folklórico.
Recuerdo que una noche nublada y muy obscura, nuestro pequeño camión quedó sin nafta, y se detuvo, precisamente enfrente; aunque no podíamos verla, sabíamos nuestra posición, porque ubicábamos las primeras y espaciadas luces del pueblo. No podría decir que me daba miedo, estaba al lado de mi hermano mayor, que si bien todavía era un niño, era una compañía enorme para mí, y además estaba papá, que fue quién se bajó y midió con una pequeña regla, cuanta nafta tendría el tanque. Pero varias veces me descubrí escudriñando en la negrura, a ver si veía la silueta de la capillita, y a veces miraba fijamente. por si alguna cosa extraña se moviera cerca…
Un jinete se acercaba al trote.
Lo escuchábamos desde una buena distancia. Papá le habló cuando estuvo junto a nosotros, aunque ni remotamente lo conociera. Le dio un billete y una damajuana de vidrio, pidiéndole que le consiguiera algo de nafta en un almacén, que estaba sobre la ruta, hacia el norte. El jinete apareció tras un largo rato, con la damajuana a medio llenar, suficiente para llegar a casa. Generoso y honesto el criollo. Luego no sé bien qué pasó. Papá le pasó un billete de poco valor como propina, agradeciéndole “la gauchada”; pero el hombre se indignó, se enojó, y lo expresó a toda voz, y era que consideró escaso el pago por el servicio.
Mi hermano y yo nos decepcionamos, ya que en principio entendimos que era un gesto generoso, y no aceptaría pago alguno por el auxilio; pero no, el hombre entendió que era una changa, y le habían pagado poco…
Todo esto sumado hizo que nuestra avería requiriera bastante tiempo en el lugar, que para mí era apremiante. Me avergonzaba sentir el miedo o resquemor que estaba sintiendo, y por momentos tenía un cosquilleo y escalofríos, hasta que volvía a serenarme viendo que ya nos íbamos y dejábamos atrás aquel oscuro y desolado sitio. Alejándonos, y sintiéndome algo más seguro me animé a voltearme y mirar casi hipnotizado hacia atrás, esperando ver, vaya a saber qué misteriosa aparición.
Tengo en mi memoria ese percance, y aquella noche tan cerrada; donde tuve omnipresente la inquietante cercanía de la misteriosa capillita…
Y esto del halo singular y casi exótico, que emanaba el pequeño santuario, estaba bastante difundido, y amalgamado a una profunda cultura religiosa, que a su vez, de un modo curioso, se ligaba también a un abanico de supersticiones y temores. Era evidente, al menos entre nuestros conocidos y parientes; aunque nadie habría querido reconocerlo, y sólo surgía si se involucraban, como pasó con un primo mayor nuestro, que estaba viviendo temporalmente con nosotros…
Era todavía soltero, así que estaba en la etapa de conocer posibles candidatas casaderas.
Acostumbraban en la zona rural de aquel entonces, acceder a encuentros de muchachos y muchachas, en las fiestas familiares, o en los bailes de colonia, fiestas religiosas o cívicas, y tantos eventos domingueros o casuales. Pero sobre todo de un modo muy recurrido en la zona: las visitas domiciliarias; donde solos, o en compañía de un amigo, o a veces dos, el pretendiente llegaba un sábado por la noche, “a tomar mate”… directamente y sin invitación alguna, a una casa elegida, donde hubiera chicas casaderas;
El juego era ir “tanteando”, a ver cómo eran “recibidos”; y no excluía que también visitaran otras casas, a veces esa misma noche, hurgando en un itinerario de selección, que concluía sólo cuando se formalizaba un compromiso, Esto podía ser una búsqueda de meses o de años, tornándose en algunos casos crónica, y como todo, ir devaluándose con el tiempo, siendo recibidos lógicamente, cada vez con menos expectativas.
No sólo los sábados, también las vísperas de fiestas, donde la otra parte también esperaba con impaciencia, qué podría depararle aquellos encuentros; que por otra parte no siempre eran tan fortuitos, a veces, ya tenían previamente alguna mirada complaciente, como un guiño, o un convite concertado.
Mi primo pertenecía a éstos últimos, visitantes “tomadores de mates”…
Un jueves por la noche, víspera del sagrado viernes santo, en que no podía realizarse ninguna actividad que no fuera de recogimiento, o adoración a Dios y a Cristo crucificado. Mamá no hubiera querido, que ninguno de nosotros saliera de casa esa noche.
-Mirá que tenés que estar de vuelta antes de las doce. No te entretengas. Acordate que pasada la medianoche ya va a ser Viernes Santo…-
-Si tía, quédese tranquila.- dijo mi primo, guiñándonos un ojo a sus espaldas, cancheramente…
Y con esa promesa, mi primo subió a su bicicleta, y partió a su visita romántica, a una legua al norte. Cuando decidió volver vio que ya eran más de las doce; y aunque nada tomaba en serio, se sintió profundamente sólo al volver por la ruta, en una noche alumbrada fantasmagóricamente por la luna llena.
A la mañana siguiente, tartamudeaba, todavía desencajado al contar, lo que él juraba que le había pasado:
Precisamente al llegar a la capillita, vio de reojo como de la misma salía un pequeño perro negro, mostrando una ferocidad rabiosa, y ladrándole furiosamente, arremetía decidido a morderle la pierna. Trató de pedalear más fuerte, pero el camino arenoso le frenaba las ruedas, y el perro lo atacaba más y más fieramente. Comenzó a defenderse arrojándole patadas, pero cada vez que le acertaba una, el perro crecía, y se hacía cada vez más grande y más aguerrido; y en un momento se había convertido en un perrazo enorme que no le daba tregua…
Se acordó entonces de rezar desesperadamente, mientras se concentraba en pedalear, y poco a poco se fue distanciando; del descomunal y fiero animal en que se había convertido, salvándose según él, por muy poco de sus filosos colmillos…
Todos trataron de hacerlo entender, que el perro habrá sido nada más que un perro, y que el miedo hizo el resto…
Pero a él nadie le hizo cambiar nunca, lo que aseguraba haber vivido.
Y muchos de nosotros entonces, sin querer, sentimos un escalofrío….
Y yo, lo vuelvo a sentir cada vez que me acuerdo.
*de Celso H. Agretti. celsoagr@arnet.com.ar
Avellaneda, Provincia de Santa Fe; 14 sept. 2006
Estación Ricardo Arjona.
(ex-Mariano Benítez)
1.
El hombre afectado por una fiebre gripal esta pensando, viajando sin rumbo con pensamientos incoherentes desde su cama. Los párpados le pesan. El cuerpo pide cerrar otra vez los ojos y dormitar. Trata de sobreponerse. Su madre volvió de hacer compras y le trajo un diario. Lee los titulares. Abre el diario. busca "esa noticia". Lee fragmentos, abre y cierra los ojos, imagina como la noticia se modifica en el relato de quien la lea. Supone en su hipótesis febril qué hay algo en las vidas de la gente que se modifica, que los lectores se enlazan curiosamente con cada texto, que imprevistos efectos de discurso se suceden aquí y allá.
"Kirchner abrió las operaciones de Wall Street".
Es la noticia dicha en una sola oración.
2. The Opening Bell.
"El presidente hizo sonar la campana con que larga la rueda de acciones de la Bolsa de Nueva York".
Desde que arrendó su campo a "los Grobo", Mariano Benítez Standford no deja de soñar proyectos, no se puede ver a sí mismo como un estático rentista, un hombre de campo es un hombre de negocios se dice y le dice a quienes se cruza en el pequeño pueblo que como la estación -hoy abandonada- que lleva el nombre de su tatarabuelo el Dr. Mariano Benítez. hacendado y legislador fallecido en 1892 muy joven, a los 38 años. El sabe que con los 400 pesos por hectárea que le pagan por sembrar soja en su campo puede vivir bien, sin apremios, él y su familia. Pero la relativa quietud de su hogar lo asfixia. El siente que tiene un destino trascendente, y coherente con su historia familiar no quiere vivir de las joyas de la abuela, o de las 600 hectáreas que heredó.
3.
Este acto representa el retorno de la Argentina al lugar en el mundo que nunca debió haber abandonado", dijo el presidente Kirchner.
Volver al lugar que nunca debió haber abandonado. La frase hace ecos, retumba como tambores en un gran edificio vacío. Mariano piensa en su propia historia como productor rural, en la economía del país que lo llevo a la cruel paradoja de vivir mejor sin producir sus propias tierras. La decisión le llevo un año entero de idas y vueltas hasta que al fin pudo rematar hasta última cabeza de ganado para saldar las deudas y quedarse con una reserva en dinero. Acá por esta zona están todos igual, trató inútilmente de consolarse. Se acordó de Fabián, también polista como él, con su familia tienen alrededor de 300 hectáreas sobre el camino 12 de octubre, en el límite provincial de Buenos Aires con Santa Fe, a unos 30 kilómetros de la ciudad, entre Mariano Benítez y General Gelly. Y hoy sobreviven recibiendo en su estancia a turistas que vienen a jugar polo y hacer vida de campo. Pobres, encima el año pasado los asaltaron cuando tenían alojados a varios ingleses y la mala experiencia casi los deja sin clientes. Los ladrones eran malvivientes de la zona. Cuando vieron llegar a la policia dejaron al Volkswagen Pointer GT azul de la familia enfrente de la estación abandonada y huyeron corriendo por los campos.
4. Ricardo Arjona.
"Tenemos el privilegio de recibir al presidente Kirchner y su delegación. Agradecemos su visita y esperamos agregar otra compañía argentina a nuestra familia"
Otra compañía argentina a nuestra familia. ¡Que hermoso sería fundar una empresa que cotice en Wall Street!. Al ladito nomás en la pizarra de la Tenaris de Techint. Mariano se ve en un desayuno de trabajo con Paolo Rocca. Tengo que pensar un negocio que consuma acero y caños...
María Virginia se abre paso en su ensueño por Nueva York.
Su mujer lo despabila con un beso bastante lábil en la mejilla.
-Qué tal Pergamino y la escuela de los chicos.
-Bien, después de dejarlos en Inmaculada fuí a comprar un termo al bazar de Aurora y Manuela.
-¿Cómo andan esas locas de atar?
-De la cabeza. Dicen que consiguieron entradas para el último recital de Arjona en Argentina.
Sueñan con arrancarle la camisa a jirones y abrazarlo y besarlo...
-Esas mellizas necesitan un buen burro, aunque no sepa cantar.
-Ya salió el machista. Yo iria con ellas si tuviera con quien dejar a los chicos. Vos y tus amigos polistas no entienden el romanticismo de una mujer.... Al menos Aurora y Manuela todavía pueden soñar...
Mariano, deja de escuchar a su mujer, se desconecta, o mejor dicho: coloca el piloto automático de las respuestas comunes y no conflictivas. Piensa en esa frase de Arjona que leyó días atras en la tapa de una revista "después de 40 años me di cuenta de que a las mujeres no hay que entenderlas, hay que quererlas mucho, aunque duela un poquito". Y él, más alla de su machismo asumido e incurable, quiere a su mujer y madre de sus hijos.
5
Vuelve al proyecto del que le gustaria al menos desprender una silueta borrosa, algo más tangible desde la bruma que lo rodea. Su profesor de economía internacional decía -no sin cierta malicia- que un proyecto exitoso tiene que combinar bien la capacidad de manipulación, lo banal y ser capaz de tener efectos en un mercado global. " El mercado es el único Dios al cual hay que adorar y temer a la vez", era una de sus frases predilectas que repetía sin preocupación por las creencias religiosas de sus alumnos. "Si su producto no tiene mercado o no lo genera inmediatamente reemplazando a otros productos o servicios, no merece entonces que se confirme su fracaso invirtiendo más horas y dinero en él". "De un proyecto, hay que enamorarse perdidamente como de una mujer bellisima, única, o abandonarlo rápidamente..." Estas eran algunas de las frases-enseñanzas que volvían a su mente en estas horas de incertidumbre e ideas desordenadas.
6
"Es la respiración profunda antes de arrojarse al río"
Esta es una de las frases de los libros de Tolkien que alguna vez copió a su agenda. Viene como anillo al dedo en este momento. Se paro y fue a la biblioteca, allí estan los papeles de su Tatarabuelo, el Dr. Mariano Benítez que siendo senador se opuso con tenacidad a la privatización del ferrocarril Oeste que finalmente el gobernador Maxímo Paz logró concretar el 30 de junio de 1890. De ese ferrocarril, sólo quedan ruinas como la estación del pueblo y muchas otras que eran intermedias entre Rosario y Buenos Aires en ese ferrocarril de trocha angosta. Para colmo de males, el corrupto del ministro Julio De Vido armo su proyecto de tren "bala" entre Rosario y Buenos Aires, y esto -entre otras consecuencias- deja sin chance de reactivación a las otras vías ferreas alternativas como la que pasa por su pueblo. Aquellos sueños, como los de su antepasado, parecen hoy, definitivamente muertos.
7. El primer tren temático del mundo.
La cabeza de Mariano se desato en febriles ecuaciones en un instante. De pronto se sintió como el más grande jugador de polo de todos los tiempos, con el 10 de handicap de aquí en más, galopando arriba de su petiso hacia un futuro luminoso. Pero este proyecto, -pensó- sólo puede tratarse con gente de mente abierta y audacia como Soros o Tinelli. Cada estación será un espacio temático e interactivo de homenaje a un idolo indiscutido de la canción, un actor internacional o un miembro sagrado del mundo del espectáculo.
¡Como en Hollywood, pero en la pampa Argentina..!!!
Sólo el manejo del negocio de merchandising de cada estación haría rico a cualquiera.
Y "su estación", la estación que llevaba el nombre de su ilustre tatarabuelo Mariano Benítez, debera llamarse de ahora en más "Ricardo Arjona" en homenaje al procer de la canción que originó esta tremenda tormenta de ideas en su cabeza.
8.
Todavía falta el nombre, que es en sí mismo muy importante, pues tiene que dar cuenta del proyecto y ser susceptible de ser registrado como de su propiedad intelectual. Pero Mariano se da el permiso de fantasear y jugar con el nombre de las estaciones:
ROSARIO. (queda igual, es una de las cabeceras del recorrido)
LA BAJADA. se llamará desde hoy "Susana Gimenez".
LA CAROLINA. me gusta más "Madonna" o "Shakira".
C.R.S.DOMINGUEZ. Era un coronel. Me gusta para la "Estación Steven Spielberg"
URANGA. ¡No se me ocurre nada...!!!! por ahora dejamos "Estación Michelle Pfeiffer"
LA VANGUARDIA. yo la llamaría "estación Woody Allen"
SARGENTO CABRAL. Dado que es un nombre muy cercano a la historia patria, el mejor nombre de reemplazo sería "Estación Brad Pitt"
CAÑADA RICA, desde ahora "Estación Mirta Legrand" aunque ella seguro querrá estar en el nombre de la estación Villa cañaz que es otro ramal...
GRAL GELLY. sera mejor que se llame "Estación Tom Hanks"
MARIANO BENITEZ. Sin duda... un tributo al mentor de la genial idea, se llamará "Ricardo Arjona"
12 DE AGOSTO. Cambia a "Estación J.R.R. Tolkien" -hacemos una excepción y de paso dejo un gesto de gratitud a su escritura-
FRANCISCO AYERZA. Será la estación dedicada a Marcelo Tinelli.
PERGAMINO. Me gusta para un nombre tradicional, del estilo "Estación Dustin Lee Hoffman".
TAMBO NUEVO. será "Estación Sandra Bullock", una mujer para enamorarse perdidamente...
RANCAGUA. -nombre de batalla.. "Estación Humphrey DeForest Bogart" un homenaje bien merecido.
ARROYO DULCE. Esta estación me suena a navegar y a mujer, podría ser la heroina de Piratas del Caribe, qué es hermosa y dulce... Se llamará "Keira Knightley".
TACUARÍ. por ahora, anoto estación Mel Gibson.
SALTO. sin dudas, será la "Estación Leslie William Nielsen"
9.Ideas del Sur.
Mariano Benítez Stanford. Productor rural. Jugador de polo. Magíster en Economía de Negocios de la Universidad Delta de San Isidro.
Una secretaria de alrededor de 25 años vestida con un trajecito rosa viejo lee del otro lado del mostrador el encabezado del curriculum con el que acompaña su proyecto y plan de negocios.
Bastante ansioso por cierto, Mariano se escucha hablando de forma inoportuna sobre el silencio de lectura de la chica...
-Incluso podría ser un reality, la competencia de cada pueblo por ser sponsoreado por un famoso no sólo de la argentina sino del mundo que otorgue su nombre a la nueva estación de trenes.
Ella se presenta. Es Analía, asistente de relaciones públicas la productora.
-Mariano, usted tiene un aspecto respetable, pero no puedo prometerle nada, todos los días se reciben 40 a 50 visitas de gente que trae negocios y proyectos de todo tipo y que quieren ver a Marcelo a quien le atribuyen un poder casi mágico, como si tocarlo diera vuelta los fracasos de toda una vida. Veo a los ojos de la gente y cuando lo ven parecen estar ante un encantamiento místico. Como si vieran la imagen de la Virgen del Rosario en San Nicolás... a propósito, -¿Usted fue Mariano a ver a la virgen?
-No fui por mis ocupaciones, pero mi mujer y mis hijos si estuvieron.
10.
Mientrás Mariano Benítez Stanford presumiblemente se dirige con su plan de negocios a la oficina en argentina de George Soros. Aquel hombre que lee diarios y desata con su imaginación historias fantásticas, ya se ha curado de la fiebre que lo tenía en cama la semana anterior y ayer ha leído una nueva declaración del presidente Kirchner"El pasado no está ni derrotado ni vencido". Con cierta mueca de amargura empieza a silbar el antiguo tango. Deja la estrofa flotando con la soledad de su voz en la habitación: Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando ...
*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
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