INVENTREN
Viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
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Y SIN EMBARGO…*
Campanillas violeta,
ínfimos adornos,
enredaderas de ferrocarril.
Sobre las pilas de escombros,
entre las vías abandonadas,
tapando techos agujereados,
entre los hinchados cadáveres
de perros envenenados.
En la miseria última y final.
Sobre chapas, hierros y
pobreza desvencijada,
debajo de carrocerías deshechas,
se abre la flor inesperada,
maravillosa,
de la alegría.
*de MONICA RUSSOMANNO. russomannomonica@hotmail.com
Estación Desolación
POR LA RECONSTRUCCIÓN INTEGRAL DEL SISTEMA NACIONAL FERROVIARIO*
"Yo sigo en mis trece, en las mismas trece de antes. A mi me interesa la Liberación Nacional. No me interesa la lucha política como lucha de segundo plano que se desarrolla como lucha de ratones, bajo la hegemonía de los capitales y de la diplomacia extranjera"
Raúl Scalabrini Ortiz, 1944.
Por Juan Carlos Cena* especial para Villa Crespo Digital
26 de mayo del 2008
Luego de luchar y resistir con todo nuestro cuerpo en las Huelgas Ferroviarias de 1991 y 1992, acción resistente conducida bravamente por los jóvenes ferroviarios por fuera de la burocracia sindical, hemos tratado de reorganizarnos en forma empecinada a pesar de esa derrota. Así es, nos derrotaron, no nos avergüenza reconocerlo. Nos derrotaron porque luchamos, cargamos en nuestras mochilas una honrosa derrota, no nos doblegaron ni nos vencieron en esas épicas huelgas. Después de ese revés vino la expulsión de 85.000 trabajadores ferroviarios y el cerramiento de los ferrocarriles. Se terminaba la relación social diaria entre ferroviarios y con ello las posibilidades de organizarse para continuar batallando por nuestros ferrocarriles. A raíz de esa desconexión sobrevino nuestra paralización y la
desolación. Este golpe para los ferroviarios fue muy duro. La sociedad ni lo intuía, o no lo quería ver. También se terminaba la relación entre el campo, el pueblo y el ferrocarril. Nuestros vínculos y apegos personales se quebraban. Acaecía la diáspora ferroviaria. Aparecía el Tren de la Desolación, cuyos pasajeros éramos nosotros: los que realmente nos sentíamos ferroviarios, los que padecíamos la soledad de la derrota; los otros, los que sólo trabajaban rutinariamente en el ferrocarril migraban contentos a
ocuparse con los que habían propiciado y alentado durante décadas este desastre nacional.
Por ese entonces, la indiferencia se instalaba en el seno de la sociedad, que había votado en varias oportunidades a favor del demoledor de nuestros bienes nacionales, Carlos Menem. Sociedad blanda que disfrutaba las mieses temporales de la copa derramada por la venta vil de los Bienes Nacionales.
En esa borrachera liberal les venía la desmemoria de que vivían en una nación y esta era saqueada. Ellos sólo se contemplaban frente al espejo admirando su ombligo liberal. Sólo les interesaba el individualismo, el exitismo y las cuestiones personales. Para eso había que terminar con viejas costumbres solidarias, ser indiferente a las penurias del otro. Y el problema de la identidad nacional, era una cuestión rancia y obsoleta.
A pesar de esa indiferencia, tratábamos, una y otra vez de organizarnos
Nuestro primera tentativa de organización fue el Mo.Re.Fe, Movimiento por la Recuperación de los Ferrocarriles, compuesto por ferroviarios, solamente.
Luego, al tiempo, el Mo.Na.Re.FA - Movimiento Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles Argentinos, fue un salto cualitativo, porque esta vez fue con el conjunto de la sociedad, asambleas barriales, centros culturales, Fuerzas Vivas de diferentes pueblos y ciudades de toda la geografía
nacional, olivicultores, fruti horticultores de Cuyo, cultivadores de limón en Tucumán, organismos universitarios, organizaciones de usuarios, compañeros en actividad y un conjunto de intelectuales que no se obnubilaron con el pensamiento único, ni con las becas de las fundaciones, ni se olvidaron de las cuestiones nacionales ni de nosotros.
Digo todo esto porque hoy reaparecen, montados en el tren, oportunistas electoralistas de todo pelaje, algunos ex funcionarios de las empresas concesionadas.
Mientras nosotros resistíamos con todo nuestro cuerpo la ofensiva menemista, otros, saltaban a las empresas concesionadas a prestar servicio en forma mercenaria. Empresas que venían de la Patria Contratista, mimadas durante el gobierno de Alfonsin a través del inefable Terragno; este, les había
otorgado el control de la Dirección de Empresas Públicas para que fiscalizaran los presupuestos de las sociedades del Estado. Estos que saltaron y se transformaron en mercenarios al servicio de las empresas concesionarias, hoy son ardientes defensores de la reinstalación de ramales troncales, pero no defensores de la reconstrucción total de los ferrocarriles. Por esos tiempos aciagos no abrieron la boca ni generaron un solo gesto para defender a Ferrocarriles Argentinos.
La embajadora itinerante del Gobierno de Menem, Amalita Fortabat, concesionaria del F.C. Roca, fue una de las primeras receptoras de estos mercenarios, también aterrizaron prestos con Pescarmona, cuando se hizo cargo del F.C. San Martín y el F.C. Urquiza, entre otros. Hoy, estos saltimbanquis aparecen enancados en la cuestión ferroviaria. Otros se transformaron en escribas de los funcionarios de la Secretaría de Transporte, que pertenecían a la Fundación Mediterránea y que disertaron en
Florida EE.UU, en el Seminario de la ALAF, Asociación Latinoamérica de Ferrocarriles, Coral Gables entre el 19 y 20 de octubre de 1995, donde se expuso en forma descarnada lo que le iba a ocurrir a los Ferrocarriles Argentinos. Ver El Ferrocidio 2da edición. Pág.. 154.
No nos podemos olvidar ni callar ni perdonar tanta traición. Hay un límite, y es lo ético y la dignidad valiente de los luchadores. Tenemos 85.000 compañeros expulsados, más de 90 ferroviarios desparecidos durante la dictadura militar, y hoy, más de 150 compañeros judicializados por proteger
sus derechos. ¿Cómo olvidar a los colaboracionistas? No se puede defender a los ferrocarriles si no se tiene en cuenta el factor humano, la condición humana y las conductas claudicantes. Hay que hablar claro, nosotros desde hace mucho pertenecemos al subsuelo de la PATRIA, venimos luchando y
resistiendo desde 1958 en adelante, Plan Conintes de por medio, luego contra el Plan Larkin y contra todos los planes de desguace contra el Ferrocarril.
Siempre nos reprimieron y nos militarizaron. Nuestra lucha no fue fácil.
El progresismo intenta imponer un valor de verdad cuando afirma que la lucha comienza cuando aparecen ellos y termina cuando se van. nosotros decimos que la lucha tiene, en el caso del ferrocarril, más de 151 años. Pero a estos espantajos hay que preguntarles como un test: ¿Qué hicieron ustedes cuando
comenzaba la ofensiva contra el ferrocarril? ¿Que actitud tomaron cuando trasladaron en forma compulsiva a 1500 técnicos, profesionales e idóneos ferroviarios a la DGI, hoy AFIP? Es decir, se expulsaba parte de la inteligencia ferroviaria, mientras cundía el silencio del sindicato que los
representaba, APDFA (Asociación del Personal de Dirección de los Ferrocarriles Argentinos), otros, en vez de ser solidarios o defender la empresa que los parió, salían a ofrecer sus servicios a los nuevos patrones, estos mismos hoy surgen afligidos a patrocinar la recuperación de una empresa ferroviaria que no supieron proteger a través del levantamiento de firmas.
Hubo casos de funcionarios y jefes dignos, que defendieron al personal, se atrincheraron y resistieron el destrozo de los ferrocarriles, fueron expulsados. Oportunamente volveré sobre el tema de los hombres probos que merecen el reconocimiento, y los otros innombrables. No se puede hablar ni
patrocinar la defensa de los ferrocarriles y de las empresas públicas privatizadas, desde la indignidad y la hipocresía.
No se puede encarar la cuestión ferroviaria sin hablar de los ferroviarios, que son la parte carnal de ese modo de transporte. Los ferroviarios son el ferrocarril. Nada se puede hacer sin la participación de ellos, ni ellos sin la participación de la sociedad. Por todo eso afirmamos que nunca hemos abandonado la lucha por la reconstrucción integral de sistema nacional ferroviario.
Creo que era necesario, primero aclarar algunas cuestiones de principios, antes de continuar, por eso esta introducción.
Hemos contestado siempre y esta vez también, el anuncio dado por tercera vez sobre el tren de alta velocidad, entre Retiro-Rosario y posteriormente Córdoba. Todo un despropósito gubernativo. Es la proclama de una medida equivocada, bajo el punto de vista técnico-operativo, político y económico.
Esto es un intento que adolece de racionalidad, cuando la realidad nos está señalando que hay urgentes necesidades nacionales que obligan una atención primaria.
Ya nos hemos pronunciado desde el Mo.Na.Re.FA, por distintos medios sobre los trenes balas, soterramientos varios, trenes de pasajeros de fantasía que tardan casi el doble en tiempo que cuando eran estatales. Ante estos reiterados pregones atrileros queremos aclarar, primero, que en los países
en que se instalaron estos trenes, los ferrocarriles son estatales. En ninguno de ellos se montaron trenes de alta velocidad sin antes haber re-construido y puesto a punto el Sistema Integrado de Transporte
Ferroviario, de acuerdo a las características y necesidades de cada país.
Sistema Ferroviario que, a su vez, es componente del sistema de transporte nacional del país al cual pertenecen, jugando un rol complementario, no competitivo, entre los diferentes modos de transporte que concurren. Regla fundamental.
En los países que instalaron trenes de alta velocidad, antes de proclamarlos, se realizaron estudios de prefactibilidad, de impacto ambiental, de topografía, de densidad poblacional, capacidad energética,
entre otros estudios, entonces, de acuerdo a ese resultado, resolvieron instalarnos o no. Muchos países a pesar de tener recursos financieros y técnicos, me refiero a países capitalistas centrales como EE.UU, no tienen ni les interesan esos trenes. La empresa AMTRAK de pasajeros en EE.UU es estatal, y tiene tecnología de punta como se estila decir ahora, y CONRAIL, la de carga, también estatal.
Concebir en la Argentina la instalación de trenes de alta velocidad cuando estamos padeciendo una crisis energética, es grave e irreflexivo. Apostar a trenes de alta velocidad sin tener en cuenta la ausencia del ferrocarril, en todo el territorio, es toda una perversidad y una ofensa nacional. Esa ausencia generó grandes zonas despobladas (870 pueblos fantasmas) regiones desarticuladas, desconectadas con un perjuicio enorme en las economías regionales.
La debilidad política de este gobierno y de otros se manifiesta, a veces, a través de cuestiones obsesivas como la de anunciar obras faraónicas que rayan con lo chabacano y lo pueril.
Nosotros nos resistimos, pero no eludimos polemizar sobre el tren bala, como tirar costos, valores y propuestas, sin decir cómo.
Preguntamos por el como, teniendo en cuenta las experiencias anteriores. Se recogieron un millón de firmas para que no hubiera más chicos pobres. Luego, la más grande, cuando el FRENAPO (Frente Nacional Contra la Pobreza) recolectó 3.400.000 de firmas. Ninguna fue por correo electrónico. Fueron cientos de mesas con cientos de militantes militando cada firma. Todo a pulmón. En ninguno de los casos pasó nada. Se habían "olvidado", en ambos casos, los organizadores de fundar la organización del cómo hacer para que no hubiera más chicos pobres y que desapareciera la pobreza. Toda una
frustración política para el que militó aquellas firmas.
Por eso queremos discutir a fondo el cómo, no olvidarnos de los olvidos, ya que la expresión numeral, únicamente, es, precisamente, el eje discursivo y de entretenimiento que quiere el gobierno que entablemos. Sólo eso. Este tren y sus costos es el árbol fosforescente que nos deslumbra y nos tapa el
bosque, que es la ausencia de los ferrocarriles en todo el territorio nacional. No hay que hablar sobre su estado actual, dicen desde la Casa Rosada. Tampoco de los trenes suburbanos de Capital Federal subvencionados en forma millonaria y que paga toda la nación y los trenes de carga en manos de las multinacionales que no pagan los cánones y han destruido las vías férreas.
Porque además decimos que la cuestión ferroviaria no es una razón técnica, numeral, sino política. Porque si sólo pensamos que es técnica, obviaríamos preguntarnos ¿Con qué Gobierno? ¿Con este? Y si es así, únicamente invertiríamos esos enormes montos de dinero para que se beneficien y disfruten, de esa inversión, los concesionarios y no los pobladores.
Recuperaríamos solamente los ramales troncales donde circulan los cargadores. Por eso, recordando la consigna del mayo francés: la Imaginación al poder, debemos hacer un esfuerzo e imaginarnos qué Estado deberíamos construir para que este genere políticas que beneficien a la Nación, en este
caso el ferrocarril. Preguntarnos ¿qué haría ese Estado con esa tremenda cifra? Valorar desde esa perspectiva qué ferrocarril restauraríamos con lo que costaría el tren de alta velocidad, además, hay que sumar a esos valores los subsidios otorgados a los concesionarios, y los cánones que no pagan los
cargueros, y sin dejar de tener en cuenta la Deuda Externa. Única manera, así opinamos, de terminar con el Déficit Bruto Interno Nacional.
Es dable destacar que no es lo mismo la reconstrucción integral de los ferrocarriles que el mejoramiento de ramales de la red troncal que utilizan los concesionarios de carga. El diseño propuesto, es casi igual al diseñado en el Departamento de Dimensionamiento y Estructura de la Red que dependía de la Gerencia de Planeamientos y Sistemas de Ferrocarriles Argentinos. Esa matriz geográfica de la red se tenía como el Plan de Referencia que venía de lejos Era nada más ni nada menos que el viejo proyecto del Plan Larkin que despreciaba los ramales como afluentes tributarios porque no arrojan rentabilidad. Esta concepción había quedado instalada como acervo cultural y técnico de los burócratas de la tecnocracia ferroviaria. Estos fueron los que talaron los ramales, dejando la red ferroviaria como un árbol seco. Es
como pretender que los riachos, arroyuelos, arroyos y vertientes se tapen y que no sean tributarios del gran río, este se secaría. El ferrocarril es una red, como los ríos, o como el sistema de irrigación sanguínea de nuestro cuerpo.
Asimismo discutir únicamente este tren de alta velocidad y sus costos, nos impide cuestionar la nueva ley de Reordenamiento Ferroviario y su sanción, cuestión grave para la Nación. Lo más grave es el no haber instalado, en el inconciente colectivo, lo nefasto que es su sanción, sólo podemos mencionar a los honrosos diputados, muy pocos, que votaron en contra, sumado a que el MoNaReFA se expidió en contra. El silencio en este caso es cómplice.
Ley que permite a esta nueva organización ferroviaria, entre otras cuestiones, enajenar los bienes del ferrocarril sin consultar ni dar cuenta a nadie. Por eso sostenemos que ahora vienen por las tierras. Hace poco tiempo, desembarcaron en Mendoza para apoderase de los terrenos de la centenaria estación internacional mendocina, para construir un nuevo Puerto Madero. Es el mismo consorcio. Ya están avistando las de Retiro, luego irán por las tierras de las playas y edificios del Gran Rosario, como ocurrió con Talleres Rosario, hoy es un centro comercial. O la Estación de Santa Fe del F.C. Belgrano, o las playas de Capital Federal.
Para ir terminando, antes que nada, queremos que regresen los trenes de pasajeros por todo el territorio nacional pero no de cualquier forma, sino enmarcado dentro un Plan Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles de manos de un Estado que tenga un proyecto nacional. Para que se reestablezca, a través de los trenes cargueros, mixtos, locales, la interconexión de los pueblos, ciudades y zonas. Debe ser un proyecto en la que participen todos. Que no se vuelvan a rediseñar los ferrocarriles desde el puerto, sino de acuerdo a las reales necesidades de cada región. Todos debemos participar, porque el ferrocarril es un bien nacional no una presa apetecible de la rapiña.
Desde el Mo.Na.Re.FA decimos que el ferrocarril no tiene solución si no vuelve al Estado. Desde donde se debe re-constituir nuevamente el Sistema Integrado de Transporte Ferroviario, de Industria y Comunicaciones que se destruyó. Que sea una empresa monopólica, eficiente y moderna, centralizada
para la fijación de los grandes objetivos; descentralizados y desconcentrado en su operatividad para concretar los objetivos nacionales y particulares de cada región. Que, además, vuelva a funcionar como un servicio publico, que cumpla una función social, que entre sus características principales figuran
la de transportar todo a todas partes y en todo tiempo, con la regularidad obligada de sus servicios. Que juegue un fuerte rol complementario en el Sistema Nacional de Transporte.
Luego si, a quienes tanto le interesan los números, con este planteo, como el nuestro, el que venimos sosteniendo en forma coherente durante décadas no tendríamos sólo 7.000 o 10.000 kilómetros de vías, sino que volveríamos a tener los 47.000 kilómetros que supimos construir, para este país
ferroviario que debemos reconstruir.
El ferrocarril dejará de ser una consigna virtual, cuando afirmemos todos con todo el cuerpo que este es una cuestión nacional, en la que cada uno de nosotros se involucre para que luchemos decididamente por nuestros Ferrocarriles Argentinos.
*Juan Carlos Cena. - ferroviario: - Ex Secretario general APDFA, seccional
0rganismo Central - Capital Federal
ferrocena2003@yahoo.com.ar
Miembro Fundador del Mo.Na.Re.FA.
Autor de - El Guardapalabras, memorias de un ferroviario.
- El Cordobazo, una rebelión popular.
- El Ferrocidio (2da edición actualizada)
- Crónicas del Terraplén -cuentos.
- Las Huelgas ferroviarias (en prensa)
http://www.villacrespomibarrio.com.ar/TRANSPORTE%20FERRO%20RECONSTRUCCION%20MAYO%202008.htm
DESDE EL TREN....*
Sumergido en las atrayentes imágenes del libro que venía leyendo desde hacía ya varios días, muy bien luminado a través de la -detalle inusual- ventanilla limpia del vagón, apenas reparó que alguien se sentaba a su izquierda, muy junto a él. Sólo cuando el intenso perfume que emanaba de aquella figura lo alcanzó, algo urgente y sin palabras lo impulsó a girar la cabeza, aunque no directamente hacia su rostro -siempre le había costado mirar de frente a alguien, como si en ese único gesto se adivinase algún oscuro deseo inconfesable, quizá hasta para sí mismo-, y así descubrir un hermoso par de piernas, enfundadas en medias negras, que pronto se cruzaran una con la otra, apenas cubiertas por una cartera sobre el regazo.
Inhaló gratificado aquel aroma -Dior Addict, aunque él no lo supiese-, y deliró con sentirlo aún más de cerca, impregnado sobre la piel. No se animaba a levantar mucho más la cabeza en dirección a ella, por lo que sólo conseguía solazarse con aquellas rodillas casi perfectas y unas manos largas, cubiertas de
anillos, finos y delicados. La imagen lo perturbaba, por lo que prefirió continuar con la lectura. Pero apenas si llegó a leer un par de renglones, distraído por completo, para volver a hipnotizarse con aquellas piernas, en un breve y fugaz vistazo que lo incitaba a más, mucho más.
Decidió que había una única manera de contemplarla; así que levantó la cabeza por sobre su hombro, como si mirase algo a sus espaldas que súbitamente le llamase la atención, y divisó un fragmento del pasillo del vagón a medio llenar, para luego demorarse apenas unos segundos, mientras giraba la cabeza a
su posición inicial, en el perfil de su compañera de viaje.
Morocha, de cabello ondeado, cejas finas, enormes ojos claros, nariz recta, pómulos altos y marcados, labios carnosos y mentón delicado, descendiendo hacia un cuello terso y suavizado. El retrato de un segundo crucial, detenido y analizado hasta el hartazgo en su mente durante los próximos instantes.
Composición de la imagen que se completó en el segundo siguiente, recorriendo el trajecito azul claro, el escote de la remera blanca que le abría el camino hacia un paisaje de inauditas delicias pectorales, y una cartera de cuero negro con que se cubría la falda azul, seguramente haciendo juego con el saco del
trajecito.
Regresó muy a su pesar a mirar el libro que inútilmente sostenía entre sus manos. ¿Cómo hacía para volver a leer después de haber visto semejante belleza? ¿Qué hacer a continuación, entonces, si cerraba su libro? Miró por la ventanilla, en dirección contraria a lo que su deseo le dictaba, y contempló un
paisaje urbano anodino, carente de todo interés. La hermosura del paisaje estaba en otro lado.
Hojeó el libro distraído, como si buscase algún párrafo olvidado. Su mirada volvía intermitente hacia esas piernas, que ya casi comenzaban a excitarlo físicamente. Volteó la vista hacia ella de improviso, pero la mujer miraba en dirección contraria, más allá del pasillo, con aire sutil y elegante.
Bajó sus ojos hasta encontrarse de nuevo con aquel busto de belleza inenarrable, y recién ahora, en una segunda apreciación y con un ángulo más estrecho que la primera vez, consiguió distinguir el borde de la puntilla blanca del soutien. La creciente excitación tuvo un empuje inesperado, molestándole ya dentro del pantalón.
Desvió la mirada hacia delante, avergonzado de sus indiscretas incursiones. Respiró hondo, mientras la adrenalina le surcaba las arterias, potenciando el despliegue de un deseo largamente contenido, inhabilitado de expresión. De pronto, sintió que el asiento del vagón le resultaba muy estrecho, casi pequeño, como si su estado de ánimo se desplazase hacia su condición corporal, y hubiese ido aumentando de tamaño durante los últimos diez o quince segundos, otorgándole una predisposición hacia el encuentro más que favorable.
Jugueteó con el señalador del libro, sin saber dónde ubicarlo, hasta que lo dejó caer entre la contratapa y la última hoja, y volvió a mirarla.
Encontrarse con ese bello y dulce par de ojos turquesas que lo miraban de frente, en su máximo esplendor, lo congeló de la emoción, incapaz de hacer o decir nada. Mirada fugaz -siempre sutil y elegante- de su compañera, que luego se desvió hacia la ventanilla y su escasa oferta panorámica, para inmediatamente mirar hacia delante, quitándole a él todo tipo de presión que hubiese podido
experimentar durante esa maravillosa fracción de la mañana.
El sudor le corría bajo las axilas, empapándole la camisa. Comenzó a sentir la boca seca, y cerró el libro de una buena vez para buscar en el bolsillo del saco el paquete de caramelos masticables a medio consumir. Para introducir su mano izquierda en su propio bolsillo, pero rozar involuntariamente
el flanco derecho de ella, su cadera enfundada en una falda angosta y provocativa -¿cómo sería cuando se pusiese de pie?; mejor no pensarlo, o su pantalón estallaría.-, un contacto tan leve que hasta parecía no haber ocurrido jamás. Ella se removió apenas, pero a él le pareció que sólo para poder acercarse más. ¿Sería cierto, o su imaginación ya se estaba desbordando, como de costumbre?
Los vendedores ambulantes iban y venían con su monótona y hasta casi estridente cantinela, pero apenas si reparó en ellos, como así también en el guarda que solicitaba los boletos. Sólo que en el último instante descubrió que era la mejor oportunidad para mirarla sin culpas, y hurgó en el bolsillo superior del saco, junto a su corazón, en busca del boleto, mientras las gráciles manos de ella le extendían el propio al guarda. Él hizo el mismo gesto, sólo que tendiéndoselo a ciegas, obnubilado ante la contemplación de su perfil -que se concentraba en el rutinario movimiento de guardar el boleto en el
bolsillo exterior de la cartera-, incapaz de comprender cómo había sido posible que la fortuna lo hubiese agraciado con semejante premio aquella mañana.
Hasta que el guarda le tendió el boleto de regreso, y los increíbles ojos de gata de la mujer -una vez desentendida del propio boleto- se clavaron en los suyos, sorprendidos con la guardia baja, muertos de vergüenza, incapaces de esconderse.
Quiso -lo quiso con toda su alma- sostenerle la mirada. Pero no pudo.
La bajó hacia el boleto, volvió a esconderlo en el bolsillo superior del saco, y se entretuvo abriendo el paquete de caramelos, experimentando un rubor vigoroso y arrasador a lo largo de sus mejillas.
Entonces ella respiró muy hondo, o eso le pareció a él, mientras de reojo miraba cómo descruzaba y volvía a cruzar sus hermosas piernas, rozándole apenas la rodilla izquierda. Tal vez no fuera una inspiración, sino un suspiro; un suspiro hondo, por supuesto, muy hondo, que declamase en silencio el
inequívoco estado de sus sensaciones, acaso desbordantes como las suyas.
Y él, aún sin saber qué hacer, empujado hacia el borde del abismo tan violentamente que no pudo reponerse del vértigo que aquello le causaba, extrajo un caramelo, comenzó a pelarlo, y continuó contemplándose a sí mismo desde una postura casi externa, como si se hallase ubicado en el asiento de enfrente, mirando el cuadro completo de la escena, y se riese de su propia torpeza, actuando de manera mecánica, mientras ella seguramente lo miraba de reojo, o quizá -para aumentar aún más su pequeña gran humillación- le disparase una mirada directa, ineludible, como si en silencio le gritase un airado: "¿Y, qué esperás? ¿Te parece que tengo toda la mañana para vos?"
Se metió el caramelo en la boca, agradeció el dulce sabor a frambuesa sobre su lengua, y aunque le costase un enorme esfuerzo, decidió ofrecerle el paquete. "No vale la pena", pensó para sí mismo; "esta mina jamás podría darte bola". Pero a su vez, sabía que el NO ya lo tenía, y nada de lo que evitase
hacer podría cambiar ese estado de cosas. Así que contuvo la respiración, y saltó sin paracaídas.
Giró la cabeza hacia ella y le tendió el paquete, casi a punto de decirle algo, en el exacto momento en que el tren se detenía en la estación anterior a la que él debía llegar, ella se ponía esbeltamente de pie, luciendo un trasero tan consiste y maravilloso que lo dejó sin aliento, y avanzaba hacia la puerta con paso decidido, sin mirar hacia atrás. El mundo pareció derrumbarse para él, o mejor dicho: el mundo se le abalanzó a una velocidad inusitada, al aproximarse demencialmente hacia el piso y estrellar sus ilusiones, sin posibilidad alguna de poder reflotarlas. "La vida es una sola y hay que vivirla", solía decirle un amigo suyo. "Dejá de esconderte dentro de un libro".
Quiso ponerse de pie, seguir la trayectoria de aquel inaudito contoneo de cadera, con nalgas firmes y bamboleantes, y extender su brazo hacia delante, alcanzándole el paquete de caramelos, ofreciéndole una pequeña dulzura en compensación por tan inmensa y fantástica excitación. Llegar a posar unos
trémulos dedos sobre aquel hombro trajeado, apenas rozar la suavidad de aquel cabello oscuro, oler muy de cerca el cautivador aroma de su perfume. Decirle algo, conseguir articular aunque sea una única frase, alguna oración por la que ella pudiese recordarlo durante el resto del día, y hasta quizá aguardase hasta el próximo viaje en tren, en el que sus destinos volvieran a cruzarse, ambos
expectantes ante tamaña idea. Y contemplar una vez más, sin llegar a desprenderse de ella, menos aún de su recuerdo, ese glorioso par de ojos color turquesa, que parecieron querer atravesarlo momentos antes, y que ahora se fugaban en busca de un paisaje diferente.
Pero no pudo. Permaneció sentado donde estaba, contemplando esa delgada silueta que descendía con suprema elegancia el par de escalones que la separaban del andén, sin volver la vista atrás, atrayendo la mirada de cuanto varón se encontrase en los alrededores, mientras él aún sostenía el paquete en la mano,
con dedos sudorosos, cierta presencia se extinguía definitivamente dentro de su pantalón, y el libro que viniera leyendo hasta entonces resbalaba entre sus piernas hacia el suelo del vagón.
"La vida es una sola y hay que vivirla. Dejá de esconderte dentro de un libro".
*de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar
"El viaje no ha sido corto hasta aquí"*
Un tren de 57 vagones
con 56 clausurados
al menos por la biología
Entraré, doméstico
(y confluiré
y lo adoptaré
y lo encarnaré)
en el vagón 58
No diré:
"El viaje hasta aquí
ha sido largo".
*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
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Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.
Wednesday, May 28, 2008
Friday, March 07, 2008
EL TIEMPO OLERÁ COMO LA YERBA QUE NUNCA HA SIDO PISOTEADA...
Éste es el tiempo*
*Fayad Jamis
Éste es el tiempo con olor a fugas y
acechanzas,
el tiempo de las estrellas podridas y los
perros
ahogándose bajo el ruido de los balazos,
el tiempo de la paloma y el gorila,
el tiempo de las grandes bombas,
el tiempo de la desaparición de todos los pájaros
en los caminos del cielo.
¿Hacia dónde caminamos, hacia dónde
van nuestros pasos secos
y los pasos secos de los caballos que
rompieron las jáquimas
y los pasos secos de un corazón enorme
que ya no puede vivir entre las piedras?
Vamos hacia la madrugada limpia de los
bosques,
hacia el gran día de todos los ahorcados
y de todas las músicas
cuando el tiempo olerá como la yerba
que nunca ha sido pisoteada.
Fayad Jamis nació en Zacatecas, México, en 1930. Artirta plástico, docente, poeta. Desde muy joven vivió en Cuba. Una de las voces más relevantes y originales de su país. Por esta libertad (1963) y Abrí la verja de hierro (1973) se cuentan entre sus poemarios más difundidos. En 1985 apareció su antologia poética La pedrada. Falleció en La Habana en 1988.
*Fuente: LA HOJA CARMIN. Dirección: Eduardo Dalter. cuadcarmin@yahoo.com.ar
EL TIEMPO OLERÁ COMO LA YERBA QUE NUNCA HA SIDO PISOTEADA...
REMINISCENCIAS DE SOLANO Y ALREDEDORES A FINES DE LOS CINCUENTA*
Con el paso de los años, los recuerdos cobran nuevas dimensiones. Sea por las experiencias; sea por las meditaciones de tiempos idos. Sea por los estudios sistemáticos o asistemáticos que uno ha venido haciendo.
Pocos días atrás el aparcero Coiro reflejaba en Inventiva, su testimonio de San Francisco Solano de cuatro años atrás. La nota me "pego" en mi sensibilidad, porque hacia pocos días que había pasado por Solano y, recordado cuando solía pasar por allí a fines de los cincuentas rumbo a la casa de mi abuelo materno en Monte Chingolo. Entonces mis recuerdos se emparentaron con los de los veteranos (o sea mis coetáneos) de que escribe Coiro. De tiempos que para lo que pasamos los cincuenta tienen un sabor a
"edad dorada", al que las miserias multidimensionales posteriores contribuyen a afianzar, aunque se nos quiera atajar con aquello que para los viejos "todo tiempo pasado fue mejor".
No es fácil separar como sentía uno esas cosas en otros tiempos, de cómo las siente con la perspectiva del tiempo. Hay incluso hasta un conflicto interno, porque sabemos que más de uno o una la vende cambiada, o la va alterando de acuerdo a sus conveniencias. No es infrecuente que cuando uno
hace preguntas sobre el pasado a gente que supone tuvo algo de protagonistas, el deponente termine diciendo que la historia fue como fue gracias a su imprescindible intervención."Pateticas miserabilidades" les decía don Hipólito. Además esta el hecho, que uno no puede andar consignando
en un diario íntimo todo lo que piensa o dice. Y no puede andar con un escribano al lado, dando fe publica de lo que uno dice o hace. Por supuesto que esto relativiza mucho la historia y que me caen la generales de la ley, para lo que pase a decir.
Pero el asunto que hacia fines de los cincuenta, - ya Frondizi era presidente- viajaba con bastante frecuencia entre Ensenada, donde vivía con mis padres y hermanas, y Monte Chingolo donde vivía mi abuelo materno con su familia. Para ello tenia que ir hasta La Plata, tomando dos colectivos, para
tomar el tren en la estación del "Provincial". Creo que todos los chicos de esos tiempos teníamos un rollo especial por los trenes. Los trenes a cuerda eran uno de los juguetes preferidos de esos tiempos. Tenía ya asimilada la estación del Ferrocarril Nacional General Roca, a la que mis padres o mi abuela materna me llevaban con mucha frecuencia. Pero aquella estación del Provincial me parecía algo misterioso. Tiempo después me enteré que así la llamaban porque había pertenecido al ferrocarril de la Provincia de Buenos Aires, que siempre fue del Estado, aunque provincial hasta 1951, cuando aprovechando la caída en desgracia del gobernador Mercante, el Estado nacional lo pasó a su orbita.
Bueno, desde aquella estación tomaba un tren que llegaba hasta la estación Avellaneda, esa que se veía desde arriba del viaducto Sarandi. Una construcción de tipo colonial, hoy sede del museo ferroviario provincial, que había sido inauguraba a mediados de los años 30, como ese ramal que conectaba con el hoy desaparecido mercado de lanas y daba acceso a este ferrocarril al puerto de Buenos aires.
Ya no me acuerdo si las maquinas eran a vapor o diesel, pero si me acuerdo que de vez en cuando se cruzaban en las estaciones, era de una sola vía, con una especie de coches motores de un solo vagón color rojo. Píensese que yo era un chico de entre 10 y 11 años que viajaba sólo. Los vagones de madera eran muy antiguos, como lo fueron hasta fines de 1976, cuando el servicio fue desactivado y los rieles levantados. Me acuerdo que tenían los vidrios biselados con el logo del ferrocarril provincial, todo ello confeccionado por los Talleres propios del ferrocarril, de los que luego se apropió el ferrocarril Belgrano y hace pocos años fueron privatizados.
Me entretenía en los viajes, contando las estaciones. Todavía las recuerdo: Gambier, Segui, Gorina, El Pato, Ingeniero Allan, Gobernador Monteverde, San Francisco Solano, Parada Pasco, Monte Chingolo y Avellaneda. Me puedo olvidar o confundir alguna. Me acuerdo que era casi toda zona rural desde Seguí o Gorina hasta Ingeniero Allan. Allan estaba atrás de la rotonda Alpargatas y allí estaban haciendo los grande loteos de La Carolina, con sus tradicionales para entonces carteles rojos con letras blancas, que
caracterizaban a las compañías que remataban los lotes del conurbano (Boracchia, Vinelli, etc...). Luego acercándose a Monteverde, a pocas cuadras del actual centro de Florencio Varela comenzaban los caseríos. Todas calles de tierra, eran casitas humildes, pero no villas. Y se pasaba por Solano, que tenia entonces fama de ser un lugar "pesado". Entre los chicos se decía que "El halcón", o sea la línea 148, de colores amarillo y verde que hacia o hace le recorrido Varela-Constitución, había puesto un ramal a
Solano, pero que ese ramal no entraba cuando caía el sol, por los asaltos.
Eso no se si era cierto o si era parte de una leyenda suburbana, porque la escuché décadas después en los barrios de San Miguel. .
La parada Pasco, estaba junto en el cruce con el Camino de Cintura. Yendo para Avellaneda a la derecha, se erigían los inmensos galpones del IAPI, que llamaban mi atención por cantidad y tamaño. Ya entrando en la adultez aprendí que el IAPI (Instituto Argentino para la Promoción del intercambio), fue uno de los más poderosos instrumentos de soberanía económica con que contó el país, ya que tenía el monopolio estatal del comercio exterior e interior. Había sido creado a fines de mayo de 1946, sobre la base de una institución similar creada cinco años antes y fue disuelta en octubre de 1955, en el breve
interregno del dictador golpista Lonardi. El predio, ya devenido en un arsenal del ejército, se hizo famoso por el intento de copamiento de la guerrilla en diciembre de 1975, y la sigla la ha adoptado la villa que se erigió con posterioridad. La cuestión es que a medida que el ramal se acercaba a Avellaneda partir de Pasco, corría casi encajonado por las industrias que por allí proliferaban. Nunca olvidare ni los olores ni los ruidos de las maquinarias. Y era muy común no caminar entre basura, sino entre sobrantes de viruta de hierro o recortes de chapa de lo que producían los talleres, alli donde todavía pasaban los tranvías eléctricos y los carros tirados por caballo, con las cargas mas varias. Por ese entonces llegue a ver por la zona un carro de carnicero. Me acuerdo de otra vez que llovía, y allí los barrios eran de calles de tierra. Los Municipios o las sociedades de Fomento construían canillas públicas y veredas con baldosones de cemento. Una tarde después de la lluvia, vi una novia que caminó algunas cuadras con su traje blanco recogido para no embarrarlo, porque el coche que la llevaría hasta a iglesia, sólo llegaba hasta el asfalto.
Las viviendas eran humildes pero todos la iban mejorando. Tal vez empezaban por una prefabricada de madera, pero enseguida aparecían los ladrillos. Y entre ellas se iban erigiendo las fábricas. Recuerdo cuando los Di Tella montaron la fabrica donde se hicieron lo míticos Siam Di Tella 1500, y los menos recordados Magnette¸ la pick up Argenta, y hasta se intento fabricar un camión pesado Tornicroft. Con el análisis luego entendimos que toda esa euforia económica, que capitalizaba Frondizi, con su régimen de industria automotriz a la postre ruinoso para el país, era nada más que la inercia del sistema puesto en marcha entre 1943 y 1955, y que entonces no se advertía que se estaba comenzando lentamente a desmontar. Recuerdo que una vez un puntero frondicista, organizó en el barrio una excursión a Luján y claro los vecinos no hacían disquisiciones ideológicas paseaban y se divertían. A veces los militantes, que cuando optan por la disidencia pasan por situaciones de penuria y hasta dan la vida por sus idearios, suelen soslayar, la vida cotidiana de la gente. En ese entonces todo parecía una fiesta. Ese tren iba atiborrado de gente que iba a trabajar a las fábricas, lo mismo los tranvías y ya empezaban a circular por allí, las extensiones de las líneas de colectivos que también iban llenos. No se cuanto de cierto
tiene la actual pregonada inseguridad del conurbano, pero yo niño andaba de un lugar a otro. Un día de andariego que era y sigo siendo, me fui caminando desde la casa de mi abuelo en Chingolo hasta la cancha de Banfield -debe ser uno de los pocos partidos de fútbol de una división mas o menos superior que vi en mi vida, exceptuado la campaña de Defensores de Cambaceres de 1959- (campeón de la primera C por añadidura) de los que vi todos los partidos de local, porque mis viejos no me dejaban ir a las de visitante. Bueno, no se cuanta distancia, había, Recuerdo que caminé mucho, vi la fabrica Di Tella por el camino, eran sitios que estaban dejando de ser campo para ser ocupados por las construcciones del tipo que comenté antes. Jugaban el local con Dock Sud, me acuerdo del arquero y los dos zagueros de Banfield: Cozzi, Mousegne y Vendazzi. Mirando las estadísticas de fútbol, uno pude inferir en que fecha hice la travesía.
Se mezclan como dije antes los recuerdos con lo conocido con posterioridad.
Así, hace algunos años, tome como libro de consulta una historia del la ingeniería argentina que el Ingeniero Vaquer, escribió en 1962, pero Eudeba publicó en 1968. Vaquer que hace fe de su antiperonismo, usó su precisión ingenieril para registrar lo que había pasado en la industria argentina. Y de la información que consigna, y tomando como comparación el sí libro de propaganda peronista de "Emancipación Económica Americana" de Warren, publicado y profusamente difundido en 1948; podemos inferir porque aquella bulliciosa actividad, y porque hay tanta añoranza en aquellos barrios que de ser albergues de esperanzados trabajadores migrados del interior, pasaron a ser contenedores que quienes alteran la changa, el cartoneo, el piquete, y a veces en la desesperación en que se los sumió, y desde la que se los manipula; con el choreo y la droga berreta..
*de Alfredo Armando Aguirre. choloar@rocketmail.com
La tierra incomparable*
(fragmento)
*de Antonio Dal Masetto
CUARENTA Y UNO
Silvana frenó frente al embarcadero viejo, salió del coche, dio la vuelta y ayudó a Agata a bajar.
-Mañana paso por el albergue a la hora de la cena
-dijo.
Arrancó, saludó sacando un brazo por la ventanilla y partió hacia el embarcadero nuevo. Desde donde estaba, Agata podía ver el transbordador y los coches encolumnados que desfilaban por la planchada de acceso. Se quedó ahí hasta que el trasbordador se separó del muelle y comenzó a alejarse, lento, con las luces prendidas. Entonces pensó que no lo había tomado una sola vez y sintió que a su viaje le faltaba algo: una travesía del lago. Mientras caminaba y se detenía en las vidrieras de los negocios, la acompañó la molestia de esa carencia. Todavía estaba a tiempo de hacerla, le quedaba el domingo. Le resultó curioso pensar que finalmente tendría que hacer sola el cruce a Coseno.
Era anochecer de sábado y el pueblo entero había salido a la calle. Las confiterías estaban llenas. Grupos ruidosos de muchachas y muchachos iban y venían o permanecían detenidos en las plazas y en los cruces. Se gritaban cosas al pasar, intercambiaban manotazos amistosos, bromeaban. A Agata le agradó moverse sin prisa entre la multitud, dejarse llevar por las callejuelas céntricas, siguiendo la corriente, el recorrido obligado que en los días de fiesta, desde sus años de juventud y todavía al cabo de varias generaciones, no se había alterado. Se dijo que cuando se cansase de caminar elegiría una mesa con buena vista y se sentaría a tomar un café.
En una de las calles descubrió un muchacho negro apoyado contra la pared. Era alto y flaco. A su lado, en el suelo, sobre el empedrado, había colocado una loneta con sus productos expuestos para la venta: collares, caballitos de madera y cajas con incrustaciones de nácar. Pero no los ofrecía, no hablaba. Miraba al frente, sin pestañear, sin cambiar de posición, como si no viera la multitud que iba venía. Tampoco los que paseaban miraban al muchacho negro. Agata se detuvo y pensó que ahí, quieto, oscuro, en medio de aquel desfilar de gente, resultaba muy visible. Era un pensamiento extraño, pero mientras estuvo parada y observándolo no pudo dejar de considerar lo diferente, lo evidente que resultaba aquel negro en la calle estrecha, en la despreocupación del anochecer del sábado, entre los grupos de jóvenes ruidosos y bien vestidos. Y esas consideraciones resonaban en ella como una señal de alerta, la presencia de un peligro.
A sus espaldas había una confitería cuya puerta se abría y se cerraba todo el tiempo. Un muchacho corrió detrás de una chica, la atrapó, la besó mientras ella, divertida, chillaba y se defendía, y el grupo que los acompañaba no paraba de saltar alrededor, alentando y aplaudiendo. Pasó un matrimonio joven con un nene que ensayaba los primeros pasos. Pasó una pareja mayor ataviada como para un casamiento. Pasó un hombre sujetando un gran perro.
Después, desde alguna parte salió disparado un cigarrillo encendido, cruzó el aire, golpeó en la cara del negro y cayó sobre la loneta. Agata miró hacia su derecha porque le pareció que había partido desde ahí. Pero no vio ni oyó nada particular. Ningún movimiento, ninguna risa o comentario o elogio sobre la buena puntería. La calle seguía igual que antes. En el muchacho negro no hubo reacción, ni siquiera buscó alrededor con la mirada. Era como si hubiese estado preparado de antemano para asimilar la agresión. Vio que la colilla había caído entre sus cosas, se agachó y con la punta de los dedos la golpeó un par de veces y la barrió fuera de la loneta. Tampoco sus gestos revelaban desconcierto o intranquilidad. Quitó la colilla como quien quita una hoja seca, un pedazo de papel, una pequeña basura traída por el viento. Luego volvió a enderezarse y a mirar al frente, con la misma actitud distante, la misma mansedumbre en los ojos, que hacía pensar en resignación o en una gran paciencia.
Agata se quedó donde estaba, esperando, espiando alrededor. No vio más que lo que había visto. Pero la asaltó la molesta sensación de que aquel desfilar lento, la gente deteniéndose en las vidrieras y saludándose, las risas y la euforia juveniles, eran en realidad un simulacro. Como si se estuviese llevando a cabo una ceremonia en la que intervenía el pueblo entero, y cuyo punto de convergencia era esa pared, y contra la pared ese muchacho negro y su loneta con la mercancía expuesta. Y que la aparente indiferencia, aquel pasar sin ver, aquel ignorar, ponían todavía más en evidencia al que estaba solo y tenía otro color de piel y seguramente hablaba otra lengua.
Esperó todavía, pero no pasó nada más. Siguió caminando. Se detuvo y se dio vuelta un par de veces. Mientras se alejaba trataba de convencerse de que había sido una agresión sin importancia, la broma de algún muchacho luciendose ante los compañeros, una prepotencia mínima amparada en el anonimato.
La calle desembocaba en una plaza empedrada. Más allá estaba la avenida costanera y el lago. Agata se dijo que era hora de tomar su café y se puso a pensar en cuál de las confiterías se sentaría. Optó por una donde ya había ido con Silvana, del otro lado de la plaza, bajo una arcada donde parpadeaba un letrero luminoso rojo.
Entonces oyó voces a sus espaldas, Se dio vuelta y vio al negro que avanzaba corriendo, esquivando gente. Detrás, venían tres, cuatro, cinco muchachos persiguiéndolo. Uno estaba muy cerca y alcanzó a manotearle la campera. El negro, esforzándose por liberarse, dio un giro completo sobre sí mismo, y el otro, arrastrado, se fue al piso y lo soltó. Alguien gritó. Una voz de mujer. El negro encaró por la plaza, alcanzó la avenida y la cruzó viboreando entre los coches. Se oyeron varias frenadas. Los que lo perseguían se abrieron en abanico, para obligado a dirigirse hacia el agua. El fugitivo amagó a la derecha y luego a la izquierda, vio que tenía ambos caminos cerrados, siguió hacia la balaustrada, pegó un salto y quedó parado arriba, sobre uno de los pilares de cemento. Permaneció ahí, flaco y oscuro contra la negrura del lago, los brazos abiertos, manteniendo el equilibrio. Parecía un pájaro de patas largas. Todavía giró una vez la cabeza para ver a sus perseguidores que ahora se cerraban hacia ese sólo punto y ya lo estaban alcanzando. Entonces se zambulló.
Todo había ocurrido casi en silencio. Salvo el de la mujer, no hubo otros gritos, ni insultos, ni llamados, ni órdenes. Al cabo de la estampida breve, quedó en el aire la sensación de que algo molesto acababa de suceder. Pero nada más que eso. Había sido como una rapidísima escena de una película muda que se hubiese filtrado en la placidez del anochecer del sábado, sin contaminada, sin alterarla. Un relámpago en un cielo sereno, un cuadro que cae en una sala de objetos en reposo.
Todo el mundo se dirigió hacia la orilla. También Agata cruzó la avenida y se asomó a la baranda sobre el agua. Vio al negro que nadaba hacia adentro. No estaba lejos, a unos treinta o cuarenta metros. Dejó de bracear, giró y miró a la gente. Volvió a nadar y siguió alejándose. Otra vez se detuvo y ahora estaba en el límite de la zona de luz proyectada por los faroles de la costa.
El grupo de curiosos se agrandaba. Algunos recién llegados, que no habían visto nada, hacían preguntas. Alguien informaba y señalaba hacia el agua:
-Allá está. Un negro.
-Lo veo.
-¿Qué hizo? ¿Robó?
Junto a Agata, un hombre gordo, en voz alta y tono divertido, comentó:
-No es nada, no pasó nada, los muchachos sólo se entretienen, toman un poco de cerveza y les da por divertirse.
Agata no supo si hablaba en serio o ironizaba. Aquel discurso le recordó a Toni.
Durante un rato la gente miró hacia el agua con una curiosidad distante. Después se fue retirando y volvió al paseo y a las confiterías. El negro no había cambiado de lugar. Sólo movía los brazos para mantenerse a flote. Era un bulto oscuro que subía y bajaba en el oleaje. Agata se preguntó qué vería, qué sentiría ese muchacho ahí, en la noche, con las luces del pueblo frente a él, con la gente mirando desde arriba como en un palco de teatro. Qué pasaría por su cabeza de inmigrado, de desterrado. Un muchacho negro, venido desde lejos, desde los cálidos países africanos, solo en una fría región del norte, entre montañas, expulsado del mundo, excluido de la solidaridad, buscando refugio en el agua helada de un lago para huir de la violencia.
Después el negro empezó a nadar de nuevo, se alejó más, pareció que se desplazaba paralelo a la costa, se fue perdiendo, desapareció. Los pocos que aún permanecían apoyados al parapeto se dispersaron. Agata se quedó, tratando de distinguir algo. Pero ya no vio nada más. Frente a ella tenía la gran noche cerrada del lago y al fondo, en la otra orilla, la mancha de Coseno que brillaba en la negrura como un puñado de piedras preciosas.
*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.
Parque Las Heras*
UNO
- Ahí vienen.
- ¿Dónde?
- Allá – Marcos estira el brazo-. Ahora van a aparecer por ese caminito que está al costado de la escuela.
- No me digas que viene otra vez con la nena – dice Agustín.
- Sí, te digo – confirma Marcos.
- A ver…
Agustín agarra los binoculares, hace foco, se separa unos centímetros del aparato, los mira como si anduviesen mal y se los vuelve a calzar en el medio de los ojos:
- ¡Que vieja de mierda y la concha de su madre! –se aleja unos centímetros de la reja y le pega una patada que la hace vibrar como si fuese de cartón.
Los hermanos Poncio están en el balcón terraza de uno de los tantos edificios levantados frente a la plaza -o parque- Las Heras, sobre la avenida Coronel Díaz. En el último piso vive Marcos, el hermano menor, con su novia, una brasilera de veinte años. Son las diez de la noche del viernes y hace frío a pesar de estar en noviembre. El cielo está taponado por una capa de nubes de color rosado y el viento sopla con fuerza. Una lata de cerveza Quilmes de medio litro se arrastra por las baldosas de la terraza.
- La trae para cubrirse, loco, ¿o vos no sabés como es esto? - Marcos se da vuelta y queda frente al hermano.
- Ya sé, loco, pero no da -Agustín se acomoda con las manos la gorra jamaiquina que le cubre la cabeza-. No me cabe que venga con la nena. Y el otro día se lo dije.
- ¿Y yo que te dije? -retruca Marcos-. ¿Qué te dije? - repite.
Agustín camina hasta la mesita ratona de hierro de color blanco que está en el medio de la terraza. Se llena otro vaso de whisky, le pone dos hielos, toma un trago y desde ahí, a unos tres metros de distancia, insiste:
- La nena tendría que estar mirando dibujitos, no caminando de la mano de una tranza a esta hora de la noche.
- No empieces de nuevo con esa historia –se queja Marcos, de espaldas, perdido en el paisaje nocturno de los binoculares. Las zapatillas Nike de trescientos pesos están nuevitas, brillan.
Suena el celular de Marcos. Lo saca del bolsillo del pantalón y atiende: “Hola, bebé”. Camina hasta donde está su hermano y le da los prismáticos. Camina por la terraza, se ríe, frena, vuelve a avanzar, “te compré un conjuntito rojo”. En el fondo de la terraza se cruza con la lata de cerveza, le pega una patada y la estampa contra la ligustrina que cubre la pared.
Agustín va hasta la baranda, se agacha, apoya la espalda contra los hierros fundidos de color verde, y saca de la campera de jean un papel glacé plateado doblando en varias partes. Lo abre: le queda muy poco pichi. Con una tarjeta de crédito que saca de la billetera carga un tirito y se lo aspira de un saque. Cuando se para, pega un nariguetazo que le termina de bajar a la garganta el gusto ácido de la cocaína.
Marcos corta, se guarda el teléfono en el bolsillo y camina hasta la reja. “Limpiáte la nariz, nene”, le dice al hermano. Agustín se pasa la mano por la nariz. Marcos le saca los binoculares de las manos, se apoya contra la baranda y vuelve a enfocar hacia la plaza.
- Ahí están... - con el dedo marca hacia una arboleda que está a la izquierda, al costado de las canchitas de fútbol de Marangoni. Y agrega:- siempre anda con ese bolso del orto del año veinte.
- Bien que cuando lo abre se te abren los ojitos como a un nene con chiche nuevo– dice Agustín, y se aleja hacia la mesita de hierro blanco.
- Capaz que a vos no – lo bolacea Marcos, de espaldas.
Agustín hace se toma lo que queda del whisky. Se acomoda la gorra, aspira un poco de aire fresco: un escalofrío le sacude el cuerpo como si fuese un perro gran danés al que acaban de tirar un balde de agua fría. Vuelve hasta la baranda.
- La otra vez le compramos dos kilos de merca, loco, dos kilos, y no nos quiso bajar ni un solo peso –los ojos del grandote brillan-. Y encima se trae a la nena.
- Estás tomando mucha milonga, nene –le dice Marcos.
- ¡Chupáme la pija, guacho! –reacciona el grandote-. ¡No me quemés más la cabeza con el tema del pichi!
- ¡¿Que te pasa grandote salame y la concha de tu madre?! –Marcos se le pone a un centímetro de la cara, le roza la nariz con la suya -: a ver si la entendés de una vez, vieja… –se aleja un poco, mueve el brazo, escupe- esto no es un compra venta de salchichón: la reventada esa es la que corta la pizza; parece un mulo pero no es ninguna gila. Si la llegas a bardear, se pudre todo.
Abajo, en la calle, se escucha el paso de un camión al que le cuesta mucho hacer la subida de Coronel Díaz. El cielo está cada vez más grisáceo anaranjado.
Agustín, como cada vez que su hermano le pone los puntos, baja la cabeza y mastica su propia mierda. Levanta la cabeza y sin desafiarlo, pero con tono seguro, le dice -: está bien, loco, pero decile a la vieja que no traiga más a la nena.
Una correntada de aire hace revolotear las copas de los árboles del parque. La lata de cerveza, al fondo, pega saltitos contra las baldosas.
Suena el timbre.
DOS
Los hermanos Poncio son de Villa Urquiza. Agustín vive con la madre en la misma casa donde nació, creció y se formó. Tiene treinta y tres años y no estudia ni trabaja: vende cocaína. Es tan grandote que se lo ve venir desde la otra cuadra. Camina lento, parsimonioso y siempre anda con una gorra de lana con los colores de Jamaica adherida a la cabeza. En la intimidad, dentro de las cuatro paredes de su habitación, parece una morsa pesada y enferma, todo el día tirado en la cama. Pueden pasar dos o tres días enteros en los que no hace otra cosa que dormir, o hablar por teléfono con la mirada perdida en el techo. Sólo sale de su habitación para ir al baño o a la cocina. Pero en la calle es distinto: buen humor, chispa, chiste fácil. Se hace querer, bonachón, gamba, nunca te deja tirado, es el último en irse de cualquier joda.
Agustín no tiene, ni tuvo, novia. No es el tipo más lindo de la cuadra: ojos saltones, la cara redonda como una galleta paraguaya y con algunos pocitos, muy alto, un poco de panza, piernas flacas. Y su peor enemigo es la timidez, por lo menos con ellas. Pasó el tiempo, los chicos se pusieron grandes –él y sus amigos-, cada uno se refugió donde pudo, se las rebuscó, puso acá, apostó más allá, y él fue por la fácil: putas. Un tiempo con una, después con otra, rubias, morochas, todas pendejas hermosas. A veces se pasa dos días dentro de un telo. Ella, tomándo, mucho, de la mejor. Él, acompañado, física y emocionalmente, también tomando.
Vende falopa hace diez años. Trabajó menos de un mes en un restaurant como ayudante de cocina pero como no le pagaban muy bien se las tomó. La familia, y algunos amigos, le quemaron la cabeza para que se deje ayudar, pero el tiempo pasó, no tuvo reacción, y se quedó en la de él, la que mejor conocía: la calle. Ahí si que el grandote era -es- grandote. Al principio un papel, dos, después una bolsa de cinco, diez, y al tiempo cien gramos o directamente panes de medio kilo de merca. Y no lo hacía para hacer plata sino para tener siempre una bolsa en el bolsillo. En una noche puede ganar una, dos lucas limpias. Pero también se la puede gastar en un par de horas y quedarse con dos pesos para el bondi. De vender papelitos en la cuadra pasó recorrerse la ciudad de punta a punta varias veces en una misma noche llevando droga de primera a los mejores boliches, casas y fiestas. Lo pasan a buscar en auto, en moto, le mandan taxis. El grandote es un imán: es le pegan todos.
Sus amigos, los pibes con los que creció, también consumen, pero menos. Y no venden. Ninguno estudia pero la mayoría labura o se tomó el palo para probar suerte en otro lado, alguno tuvo un hijo. Le hablaron mil veces, se la quisieron hacer entender, dejate ayudar, grandote, vas a explotar como un sapo, porque no te internas un tiempo, después salís, le proponían. Agustín bajaba la cabeza, se le humedecían los ojos, estoy enfermo, decía, pero al otro día todo empezaba otra vez.
La madre, Clara de Poncio, bajó los brazos. Hace tiempo que perdió la pelea. La mujer no era de hablar, más bien callaba, pero cada tanto reventaba y lo ponía contra la pared, desesperada. “Sos la sombra de mi hijo”, le gritó una vez en la puerta del baño, tirándose de los pelos. El grandote la abraza, le dice que va a estar todo bien. La señora se cansó y asumió que no había manera, que lo mejor era cuidar hasta donde pudiese a su hijo. Le hace la comida, le plancha la ropa, le prepara los bolsos cuando se va por unos días a lo de un amigo que vive en el campo, le pone unos sándwiches en una bolsa y le dice que no se desabrigue allá que se pone fresco cuando baja el sol. Eso si, dijo una vez: por lo menos no roba.
TRES
- ¿Qué tal, Antonia? –Marcos le marca el camino con el brazo desde el lado de adentro del departamento. La soga de oro que le cuelga del cuello le brilla con las dicroicas del hall de entrada.
La mujer, de unos cincuenta años –parece de setenta-, menuda, ojos negros chiquitos como dos bolitas de alquitrán, agradece y pasa. En una de sus manos trae el bolso de cuero. En la otra, a la nena.
- Frío, ¿no? –dice el dueño de casa mientras enfila para el comedor con las dos mujeres a su espalda.
- No se puede creer –se queja Antonia, afónica, los dientes marrones por el tabaco -, ni en el tiempo se puede confiar.
La nena trae puesto un vestidito blanco, con unos dados de color rojo pintados a mano. Tiene puesto un saquito de hilo y unas zapatillas de lona. Es alta, espigada. No se ríe, nada. Se acaricia las uñas con la yema del dedo gordo, una por una. Mira el suelo.
- ¿Cómo andan los pibes? – pregunta Marcos.
- Más o menos –Antonia saca el paquete de cigarrillos de uno de los bolsillos del jean-. A los mellizos parecía que los largaban pero la causa se trabó no sé porqué historia rara. Ahora hay que esperar –prende el cigarro, le pega una pitada, se guarda el encendedor y el paquete, tira el humo hacia el techo -. Anda a esperarme afuera – le ordena a la nena.
A Marcos le suena el celular. Atiende y dice que ahora no puede. Corta. Prende el equipo de audio, pone la radio, cualquier emisora.
La nena da la vuelta por un pasillo y encara para la terraza. Abre la puerta corrediza y sale. Agustín está sirviéndose otro whisky. Cuando la ve, le sonríe. Se acerca.
- ¿Cómo estás?
- Bien.
La nena empieza a saltar en su lugar. Abre y cierra las piernas como en una clase de gimnasia. Golpea sus manos contra una figura imaginaria de su misma estatura, tararea una canción. El grandote le saca cuatro cuerpos, parece la heladera de una casa de ricos. Hace una carpa con una de sus manos y se prende un cigarro. Se agacha y se pone frente de la nena.
- Ya nos vimos dos veces y no sé como te llamas –le dice con la cara de costado, tirando el humo.
- Azul – contesta ella, siempre en movimiento, y se saca de encima el humo con una de sus manos. Se distrae con la gorra jamaiquina del grandote. Sigue saltando.
- ¿Te gusta? –él se toca la gorra, la acomoda con las dos manos.
- No.
- ¿Querés tomar algo? –Agustín pita de nuevo su cigarro.
- Coca.
- Esperáme acá.
Agustín se para, le pega una última pitada a la colilla, la hace volar con los dedos y abre la puerta corrediza. Cuando pasa por el comedor, frena. Su hermano menor y Antonia se dan vuelta para mirarlo. En la mesa de vidrio hay dos ladrillos de cocaína de un kilo cada uno, prensados en papel madera, envueltos en nylon transparente y cinta aisladora. Marcos le da la espalda. Con la punta de una navaja levanta un poquito de merca rosada boliviana. La deja caer sobre el vidrio.
- ¿Qué tal, Antonia? –pregunta Agustín, mirándola a los ojos.
- Acá me tenés, nene, trabajando.
- ¿Vino bien el pichi? -pregunta de mala gana, mientras con la uña de uno de los dedos de la mano derecha rasquetea una mancha que hay en la pared
- No sé, ¿vos que decís? – y apunta con la pera hacia la mesa.
- Anda, Agustín –dice el hermano menor, con la punta de la navaja a un centímetro de su nariz.
Agustín da media vuelta y se va.
Entra a la cocina, saca de la heladera la coca de litro y medio, la abre, llena un vaso hasta el tope y lo deja sobre la mesada. La efervescencia de la gaseosa rocía la mesada. Guarda la botella y cierra la puerta de la heladera de un portazo. Saca su papel del bolsillo de la campera, lo abre y carga un toque de merca con la uña del dedo meñique. Acerca el dedo a la nariz y aspira. Carga de nuevo y toma del otro lado. Se moja el dedo con la lengua, acaricia la alfombrita blanca y después de nuevo a la boca. Se pasa la lengua dormida por los labios. Cierra el papel y lo guarda en la campera. Sale de la cocina y vuelve a pasar por el comedor sin mirar ni decir nada.
Cuando abre la puerta de la terraza ve que la nena está subida a una banqueta, con la baranda a la altura de la cintura, medio cuerpo afuera, mirando hacia el parque con los prismáticos. El saquito se le levanta por la fuerza del viento. Agustín deja el vaso de coca en la mesa y va al trote hasta la baranda. Agarra a la nena de la panza con las dos manos y le dice que se puede caer.
- Dejáme –se queja ella. Y se despega de las dos manos del gigante.
Él le aprieta la cintura, le arruga el vestidito.
- Bajá – le ordena. La levanta y la pone en el piso. Una ráfaga de viento le revolotea los pelos lacios a la nena y un mechón le queda sobre los ojos.
-¿Quién te pensás que sos? – dice ella, ofendida, mientras se agarra el pelo con una hebilla.
- Agustín... ese pienso que soy – dice él con cara de payaso -. No te subas a la baranda. Si querés mirar, hacelo desde acá... mirá – Agustín se agacha y pone la cara detrás de la baranda: - desde acá se ve joya.
- Tenés merca en la nariz –le dice ella mientras se agarra otra parte del pelo, con otra hebilla.
Otra ráfaga de viento, más fuerte que la anterior. Los árboles se mueven para todos lados. La lata golpea contra las patas de la mesita de hierro blanco, en el medio de la terraza.
- ¿Cuantos años tenes, Azul? –el grandote se limpia la nariz con la mano.
- Diez.
- Sos muy chiquita para hablar de esas cosas.
- No soy chiquita.
Agustín se para. Apoya las manos en la baranda y mira hacia el parque. Se acomoda la gorra de la cabeza y dice:
- En la mesita te dejé la coca.
CUATRO
Marcos también creció en Urquiza. Fue a la misma escuela y al mismo colegio que su hermano pero no sólo no repitió ningún año sino que hizo toda la secundaria de un saque, con los ojos cerrados. Hizo amigos, conoció chicas, y, en general, la pasó bien. Cuando estaba en tercer año empezó a parar con los amigos del hermano, y el hermano. Y al toque tuvo que pagar derecho de piso: una noche, tarde, en la plaza, el Piturro lo bolaceó porque andaba con una minita que ya se había movido a un par. El menor de los Poncio no se comió ni la punta y se le plantó. Cobró de lo lindo pero también pegó. Agustín no se metió. Al poco tiempo, en un recital de La Renga en la cancha de Platense –fueron casi todos los pibes-, y por otra minita, se armó una batalla campal a un costado del escenario. Marcos estaba enloquecido y le rompió la mandíbula a uno y varias costillas a otro. A él le tuvieron que acomodar el tabique y darle un par de puntos en la cabeza pero a partir de esa noche, antes de delirarlo por pendejo, bagallero, narigón, o lo que fuese, había que pensarla dos veces. El grandote, a pesar de ser un ropero, casi dos metros de altura, más de cien kilos de peso, pasó a ser su sombra. Dentro y fuera de la casa.
Marcos empezó a trabajar cuando todavía cursaba cuarto año. Le pidió un poco de plata a la madre, un amigo le dio el resto y en menos de una semana se había comprado una chata con la que hacía fletes en una colchonería. Poncito, le decía el patrón, un gallego que le había tomado cariño. Marcos siempre andaba pilas, iba y venía, la cumbia a todo lo que da dentro de la cabina de la camioneta, buen ánimo, cumplidor. Se drogaba bastante, pero en general solo los fines de semana. Y si mezclaba con alcohol, terminaba fajando a cualquiera que lo mirase mal. Al poco tiempo le reventaron la casa: habían boleteado un rati en Nuñez y a la otra noche reventaron media ciudad. Él tenía guardado unos fierros debajo de la cama y alguien lo había cantado. Después del año preso por tenencia de armas de guerra, reculó. Sólo, con mucha confianza en si mismo, dejó de tomar falopa. Fumaba porro, eso si, en cantidad, pero dejó la milonga. Y ahí empezó a vender.
A Poncito las minas se le pegaban como moscas. Iba al gimnasio, tomaba anabólicos y comía sano. Con la guita que le empezó a dejar la merca se fue a vivir solo, cambió la camioneta y se puso un lavadero de autos –que hoy en día se lo administra la madre-. Agustín es el proveedor de merca del hermano, un tipo con muchos contactos en la noche. La merca que vienen moviendo es una sustancia de máxima pureza que llega directo de Salta, por medio de un ex comisario –ex cuñado de un pibe del barrio, el Gallego- que cumple funciones antinarcóticos en un destacamento fronterizo con Bolivia: la gente se las saca de las manos.
Hace ocho meses que Marcos se alquiló un departamento en una de las zonas más paquetas de la ciudad: el parque Las Heras. Se fue a vivir con Camila, una brasilerita que conoció en la noche porteña.
CINCO
Llueve. Los gotones revientan contra las baldosas. El viento se arremolina contra la baranda de la terraza y las hojas vuelan enloquecidas.
Agustín abre la puerta corrediza, pone un pie dentro del departamento y le hace señas a Azul para que lo siga. La nena se acerca y pasa para el otro lado. El grandote, antes de cerrar, sale y agarra el vaso de whisky de la mesita. Vuelve y cierra la puerta de un saque. Las gotas golpean contra el lado de afuera de la ventana y caen hasta el piso formando hilos de agua.
Cuando pasan por el comedor, Antonia reacciona:
- ¿No te dije que te quedaras afuera?
- ¡¿No escuchas como llueve, loco?! – el brazo del grandote apunta hacia la terraza, la panza metida para adentro, las piernas duras.
Antonia está por pegar el grito pero escucha el ruido de la tormenta:
- Está bien, pero no quiero que la nena esté acá – y vuelve a lo suyo.
Agustín respira agitado. Le busca los ojos al hermano. Marcos no esquiva la responsabilidad de devolverle la mirada pero no dice nada. Antonia cuenta plata.
- Vamos – le dice Agustín a la nena.
El grandote toma el último trago de su whisky y lo deja sobre un mueble con un golpe. Agarra a Azul de la mano y encara para la pieza. Pasan por el baño y llegan a un pequeño hall que conecta dos piezas. Antes pasar la nena de los dados rojos le tira del brazo. Sobre una repisa que está en la entrada hay una foto. Azul la mira concentrada: Marcos y su novia están sentados sobre una banana gigante; ella, producida para la foto, dos tetas hermosas, naturales, la bikini blanca, el triangulito entre las piernas bronceadas; él, a sus espaldas, mirando por encima de la cámara, distraído, un rolex, la soga de oro, el océano de fondo y el cielo limpio, muy azul. El grandote agarra del hombro a la nena y siguen camino.
En la habitación hay una cama de una plaza, una mesita de luz con un velador, un escritorio debajo de la ventana, y dentro del placard que está frente a la cama –no tiene cajoneras ni perchas-, apilados uno encima del otro, unos treinta potes de proteínas y carbohidratos, de un litro cada uno.
- ¿Qué es todo eso? –pregunta ella.
- Son proteínas –dice Agustín, y se sienta en la cama. Se saca la gorra de jamaica, la calza sobre el dedo índice y empieza a hacerla girar. La gorra da vueltas a toda velocidad. Parece un basquetbolista de la NBA haciendo malabares con la pelota anaranjada. Azul se queda mirando la prueba del grandote pero no dice nada.
- ¿Para que son las proteínas? – dice ella, y se acomoda una de las hebillas del pelo.
- Las usan los que van al gimnasio. Son buenas para los músculos – la gorra sale volando, se estampa contra la puerta del placard cerrada y cae sobre la alfombra.
Azul va hasta la ventana, se acomoda al costado del escritorio y, en puntas de pie, mira para afuera.
- Llueve con todo – dice de espaldas.
- ¿A qué grado vas? – Agustín levanta la gorra del suelo, se sienta y se deja caer sobre la cama, la cabeza contra la pared, el cuello torcido. Flexiona las piernas para no manchar la pared con sus zapatos tamaño lancha. Marcos es un enfermo de la limpieza.
- Quiero probarlas – dice Azul, mientras abre una de las hojas de la ventana.
- ¿Qué cosa?
- Las proteínas – Azul saca la mano y la deja en la intemperie. En pocos segundos se le empapa.
- No podes, Azul, es para grandes -Agustín se levanta de la cama-. Ahora vengo -dice.
El grandote sale de la habitación y cierra con cuidado, despacio. Da dos pasos y escucha que su hermano y Antonia están hablando de él. “Tu hermano está un poco sacado”, dice ella en voz baja, un poco divertida. “No le gusta que traigas a la nena”, le confiesa el hermano menor. “Ese un tema mío, qué carajo le importa lo que hago con la nena”, dice Antonia, con el tono de voz más alto. “Te entiendo, flaca, pero si podes, para la próxima venite sola”, le propone Agustín. Silencio. El grandote se queda parado detrás del marco de la entrada del comedor, duro.
Va hasta la pieza, abre la puerta, azul sigue jugando con el agua, le sonríe, y sale, ahora si, sin cuidarse de no hacer ruido. Camina unos metros y se mete en el baño. Saca el papel del bolsillo de la campera, lo abre, clava el tubito de platino que tiene agarrado al llavero sobre el raviol blanco y aspira. Le pasa la lengua al papel como si fuese un chupetín de tipo paleta de colores. Lo abolla y lo tira al inodoro. Tira la cadena y sale.
- ¡Grandote! – grita Marcos.
- ¿Qué pasa?
- Traéla a la nena que terminamos.
Agustín va hasta la pieza. Abre la puerta. Azul está sentada sobre la cama con las piernas colgando. Sobre la falda tiene un frasco de proteínas, abierto. Con los dedos de la mano derecha prueba el contenido del pote.
- ¿Qué haces?
Azul se chupa los dedos.
- Dame eso – el grandote le quiere sacar el balde pero ella tuerce su cuerpo y lo esquiva.
Agustín va hasta la ventana y la cierra. Deja caer la persiana de un tirón.
- Vamos que tu abuela se va – dice, y se acerca hasta la cama para agarrar su gorra.
- No es mi abuela.
- Ah, ¿no? ¿Y quien es? – el Grandote se acomoda la gorra en la cabeza.
- Es la mamá de uno de mis hermanos.
- Bueno, no importa... vamos – ordena Agustín, y le ofrece la mano. Ella cierra el frasco, se levanta y pasa por al lado del grandote con el balde del lado de la pared para que no se lo saque.
Azul corre por el pasillo hasta el comedor. Agustín posa por un segundo la mirada en la foto del hermano y la brasilera sentados en la banana, y sigue camino.
- ¿Qué onda? – le pregunta Marcos a su hermano, inclinando la cabeza hacia su izquierda, donde está parada Azul, el pelo lacio agarrado por las hebillas, el vestido de dados rojos, el saquito abierto, el balde de proteínas entre sus brazos.
- Se quiere llevar un balde.
- No hay problema, pero lo tenés que tomar con la leche –le indica Marcos a Azul, con voz tierna, como si fuese un bebé.
Antonia está lista. El bolso, más liviano que hace un rato, cuelga de uno de sus hombros. Se sube el cierre de la campera hasta el cuello. Tiene un cigarrillo en la boca.
- Bueno, Marcos, nos vamos... les paso el mensaje a los chicos –informa ella.
Marcos le hace una caricia en la cabeza a la nena, le repite lo de la leche, y encara para la puerta de salida, con las mujeres unos pasos delante suyo.
- Chau, nene – le dice Antonia a Agustín, cuando pasa frente a él.
Agustín le dice a Azul que se cuide, que se porte bien.
SEIS
- ¿Y? ¿Le dijiste? –aprieta Agustín.
- ¿Qué cosa?
- Que no la traiga más.
Marcos sube un poco el volumen de la música
- ¿Le dijiste o no le dijiste?
- ¡No le dije un carajo! –reacciona Marcos- ¿está bien? No le dije un carajo.
- Sos un salame, loco – dice Agustín.
Marcos agarra el pan de cocaína abierto y lo levanta en el aire como si fuese un cachorrito:
- ¿Ves esto que tengo acá? –y lo señala con la otra mano-, vas a ver como se te pasa todo, la vieja, la nena, la tormenta, y la concha de tu madre.
Marcos marca el pan de merca con la cabeza. Agustín estira el brazo y lo agarra. Lo mira, lo pesa con una mano, con la otra. Se acerca a la mesa. Como si el bulto marrón fuese un paquete de yerba, lo tuerce y hace caer bastante merca sobre el vidrio. Con la tarjeta de crédito que saca de la billetera pica y peina una raya enorme. Se agacha, huele. Se aprieta una fosa nasal con el dedo gordo y con la otra aspira con alma y vida. De lo larga que es la raya tiene que mover su cuerpo unos centímetros para tomarla entera. Endereza la espalda y toma un aire hasta llenar los pulmones.
- Está rica, no, pedazo de logi –se relaja el hermano-. ¿Viste lo que es ese pichi?
De un cajón del mueble que tiene a su derecha Marcos saca una caja de habanos, marrón clarito, trabajada. La abre. Adentro hay unos cincuenta gramos de flores de marihuana de un color verde selva. La resina de los cogollos despide un perfume muy dulce. Saca dos o tres flores y las pone sobre la mesa. Agarra una seda de la caja, deshace las flores sobre el papelillo, agarra con la navaja un poco de pichi y polvorea el faso con una pequeña lluvia blanca. Agarra la seda con las dos manos, enrolla y arma el porro de un tirón.
- ¿Fuego?
El grandote le da fuego.
El hermano pita, el cigarro cruje, la cabeza colorada que nace en la punta del chistoso crece y se come parte del cilindro blanco. El hilo de humo espeso, grisáceo, se eleva hacia el techo, y flota. Marcos levanta la cabeza, cierra los ojos. Fuma dos o tres pitadas más.
- La merca la busco uno de estos días –dice Agustín.
- Más bien, nene –reacciona el hermano menor-. ¿Te pensás que te voy a dejar ir con todo esto así duro como estas? -los ojitos de Marcos se ponen más chiquitos de los que son.
Agustín va hasta la pieza de las proteínas, saca dos botineros del placard, y vuelve. En el pasillo se lo cruza a Marcos, que entra en su pieza. Agustín sigue hasta el comedor, apoya el botinero Nike sobre la mesa, lo abre y saca un paquete de bolsas de nylon, una cinta aisladora y una tijera de acero, de las de antes, enorme, pesada. La balanza electrónica, chata y japonesa queda adentro del bolsito. También el rollo de bolsitas y la cinta aisladora. El hermano, en la pieza, prende la televisión y se pone a cantar junto a una banda de cumbia que suena en vivo.
- ¿Y los pibes? –grita el menor de los Poncio.
- Deben estar en el pool.
- Como locos deben estar –Marcos se caga de la risa-, ¿sabían que hoy llegaba el pichi rosa?
-Si. Estoy yendo para allá.
Agustín saca una de las bolsas de nylon del paquete y la deja sobre la mesa. Se saca la gorra y la hace volar hasta el sillón de cuerina negra impecable. Agarra el pan de cocaína abierto y con la tijera le recorta el papel madera que le cuelga de los costados. Transpira. Agarra la bolsa de nylon, le pone el pan encima y con una de las hojas de la tijera empieza a raspar el cascote. Tiene un olor parecido a la menta. Se le hace agua la boca. No pestañea. Le cae una gota desde la frente. Putea. Se limpia con el brazo. Raspa un poco más y para terminar hace saltar una piedra del tamaño de una pelota de golf. Deja el paquete sobre la mesa, agarra la cinta aisladora, despega la punta, tira, y recién cuando despliega unos treinta centímetros, la corta con la boca. Se limpia de nuevo la frente. Con la faja sella el pan de cocaína abierto. Mira, su bolsa. Calcula que debe tener un cuarto de kilo. Corta otro pedazo de cinta y sella por segunda vez el pan.
Aparece Marcos.
- ¿Ya está?
Agustín guarda los dos panes dentro del botinero. El hermano canta, mete un pasito.
- Listo. Me voy a la mierda –Agustín anuda la bolsa de nylon y se la mete en los huevos.
- Decile al gallego que me llame –dice Marcos.
El grandote se pone la campera:
- Nos vemos –dice.
Y sale.
*de Mariano Abrevaya Dios. marianodios@fibertel.com.ar
*
Queridas amigas, apreciados amigos:
El domingo 9 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Pablo Espada. Las poesías que leeremos pertenecen a María Elena Solórzano (México) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.
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Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.
*Fayad Jamis
Éste es el tiempo con olor a fugas y
acechanzas,
el tiempo de las estrellas podridas y los
perros
ahogándose bajo el ruido de los balazos,
el tiempo de la paloma y el gorila,
el tiempo de las grandes bombas,
el tiempo de la desaparición de todos los pájaros
en los caminos del cielo.
¿Hacia dónde caminamos, hacia dónde
van nuestros pasos secos
y los pasos secos de los caballos que
rompieron las jáquimas
y los pasos secos de un corazón enorme
que ya no puede vivir entre las piedras?
Vamos hacia la madrugada limpia de los
bosques,
hacia el gran día de todos los ahorcados
y de todas las músicas
cuando el tiempo olerá como la yerba
que nunca ha sido pisoteada.
Fayad Jamis nació en Zacatecas, México, en 1930. Artirta plástico, docente, poeta. Desde muy joven vivió en Cuba. Una de las voces más relevantes y originales de su país. Por esta libertad (1963) y Abrí la verja de hierro (1973) se cuentan entre sus poemarios más difundidos. En 1985 apareció su antologia poética La pedrada. Falleció en La Habana en 1988.
*Fuente: LA HOJA CARMIN. Dirección: Eduardo Dalter. cuadcarmin@yahoo.com.ar
EL TIEMPO OLERÁ COMO LA YERBA QUE NUNCA HA SIDO PISOTEADA...
REMINISCENCIAS DE SOLANO Y ALREDEDORES A FINES DE LOS CINCUENTA*
Con el paso de los años, los recuerdos cobran nuevas dimensiones. Sea por las experiencias; sea por las meditaciones de tiempos idos. Sea por los estudios sistemáticos o asistemáticos que uno ha venido haciendo.
Pocos días atrás el aparcero Coiro reflejaba en Inventiva, su testimonio de San Francisco Solano de cuatro años atrás. La nota me "pego" en mi sensibilidad, porque hacia pocos días que había pasado por Solano y, recordado cuando solía pasar por allí a fines de los cincuentas rumbo a la casa de mi abuelo materno en Monte Chingolo. Entonces mis recuerdos se emparentaron con los de los veteranos (o sea mis coetáneos) de que escribe Coiro. De tiempos que para lo que pasamos los cincuenta tienen un sabor a
"edad dorada", al que las miserias multidimensionales posteriores contribuyen a afianzar, aunque se nos quiera atajar con aquello que para los viejos "todo tiempo pasado fue mejor".
No es fácil separar como sentía uno esas cosas en otros tiempos, de cómo las siente con la perspectiva del tiempo. Hay incluso hasta un conflicto interno, porque sabemos que más de uno o una la vende cambiada, o la va alterando de acuerdo a sus conveniencias. No es infrecuente que cuando uno
hace preguntas sobre el pasado a gente que supone tuvo algo de protagonistas, el deponente termine diciendo que la historia fue como fue gracias a su imprescindible intervención."Pateticas miserabilidades" les decía don Hipólito. Además esta el hecho, que uno no puede andar consignando
en un diario íntimo todo lo que piensa o dice. Y no puede andar con un escribano al lado, dando fe publica de lo que uno dice o hace. Por supuesto que esto relativiza mucho la historia y que me caen la generales de la ley, para lo que pase a decir.
Pero el asunto que hacia fines de los cincuenta, - ya Frondizi era presidente- viajaba con bastante frecuencia entre Ensenada, donde vivía con mis padres y hermanas, y Monte Chingolo donde vivía mi abuelo materno con su familia. Para ello tenia que ir hasta La Plata, tomando dos colectivos, para
tomar el tren en la estación del "Provincial". Creo que todos los chicos de esos tiempos teníamos un rollo especial por los trenes. Los trenes a cuerda eran uno de los juguetes preferidos de esos tiempos. Tenía ya asimilada la estación del Ferrocarril Nacional General Roca, a la que mis padres o mi abuela materna me llevaban con mucha frecuencia. Pero aquella estación del Provincial me parecía algo misterioso. Tiempo después me enteré que así la llamaban porque había pertenecido al ferrocarril de la Provincia de Buenos Aires, que siempre fue del Estado, aunque provincial hasta 1951, cuando aprovechando la caída en desgracia del gobernador Mercante, el Estado nacional lo pasó a su orbita.
Bueno, desde aquella estación tomaba un tren que llegaba hasta la estación Avellaneda, esa que se veía desde arriba del viaducto Sarandi. Una construcción de tipo colonial, hoy sede del museo ferroviario provincial, que había sido inauguraba a mediados de los años 30, como ese ramal que conectaba con el hoy desaparecido mercado de lanas y daba acceso a este ferrocarril al puerto de Buenos aires.
Ya no me acuerdo si las maquinas eran a vapor o diesel, pero si me acuerdo que de vez en cuando se cruzaban en las estaciones, era de una sola vía, con una especie de coches motores de un solo vagón color rojo. Píensese que yo era un chico de entre 10 y 11 años que viajaba sólo. Los vagones de madera eran muy antiguos, como lo fueron hasta fines de 1976, cuando el servicio fue desactivado y los rieles levantados. Me acuerdo que tenían los vidrios biselados con el logo del ferrocarril provincial, todo ello confeccionado por los Talleres propios del ferrocarril, de los que luego se apropió el ferrocarril Belgrano y hace pocos años fueron privatizados.
Me entretenía en los viajes, contando las estaciones. Todavía las recuerdo: Gambier, Segui, Gorina, El Pato, Ingeniero Allan, Gobernador Monteverde, San Francisco Solano, Parada Pasco, Monte Chingolo y Avellaneda. Me puedo olvidar o confundir alguna. Me acuerdo que era casi toda zona rural desde Seguí o Gorina hasta Ingeniero Allan. Allan estaba atrás de la rotonda Alpargatas y allí estaban haciendo los grande loteos de La Carolina, con sus tradicionales para entonces carteles rojos con letras blancas, que
caracterizaban a las compañías que remataban los lotes del conurbano (Boracchia, Vinelli, etc...). Luego acercándose a Monteverde, a pocas cuadras del actual centro de Florencio Varela comenzaban los caseríos. Todas calles de tierra, eran casitas humildes, pero no villas. Y se pasaba por Solano, que tenia entonces fama de ser un lugar "pesado". Entre los chicos se decía que "El halcón", o sea la línea 148, de colores amarillo y verde que hacia o hace le recorrido Varela-Constitución, había puesto un ramal a
Solano, pero que ese ramal no entraba cuando caía el sol, por los asaltos.
Eso no se si era cierto o si era parte de una leyenda suburbana, porque la escuché décadas después en los barrios de San Miguel. .
La parada Pasco, estaba junto en el cruce con el Camino de Cintura. Yendo para Avellaneda a la derecha, se erigían los inmensos galpones del IAPI, que llamaban mi atención por cantidad y tamaño. Ya entrando en la adultez aprendí que el IAPI (Instituto Argentino para la Promoción del intercambio), fue uno de los más poderosos instrumentos de soberanía económica con que contó el país, ya que tenía el monopolio estatal del comercio exterior e interior. Había sido creado a fines de mayo de 1946, sobre la base de una institución similar creada cinco años antes y fue disuelta en octubre de 1955, en el breve
interregno del dictador golpista Lonardi. El predio, ya devenido en un arsenal del ejército, se hizo famoso por el intento de copamiento de la guerrilla en diciembre de 1975, y la sigla la ha adoptado la villa que se erigió con posterioridad. La cuestión es que a medida que el ramal se acercaba a Avellaneda partir de Pasco, corría casi encajonado por las industrias que por allí proliferaban. Nunca olvidare ni los olores ni los ruidos de las maquinarias. Y era muy común no caminar entre basura, sino entre sobrantes de viruta de hierro o recortes de chapa de lo que producían los talleres, alli donde todavía pasaban los tranvías eléctricos y los carros tirados por caballo, con las cargas mas varias. Por ese entonces llegue a ver por la zona un carro de carnicero. Me acuerdo de otra vez que llovía, y allí los barrios eran de calles de tierra. Los Municipios o las sociedades de Fomento construían canillas públicas y veredas con baldosones de cemento. Una tarde después de la lluvia, vi una novia que caminó algunas cuadras con su traje blanco recogido para no embarrarlo, porque el coche que la llevaría hasta a iglesia, sólo llegaba hasta el asfalto.
Las viviendas eran humildes pero todos la iban mejorando. Tal vez empezaban por una prefabricada de madera, pero enseguida aparecían los ladrillos. Y entre ellas se iban erigiendo las fábricas. Recuerdo cuando los Di Tella montaron la fabrica donde se hicieron lo míticos Siam Di Tella 1500, y los menos recordados Magnette¸ la pick up Argenta, y hasta se intento fabricar un camión pesado Tornicroft. Con el análisis luego entendimos que toda esa euforia económica, que capitalizaba Frondizi, con su régimen de industria automotriz a la postre ruinoso para el país, era nada más que la inercia del sistema puesto en marcha entre 1943 y 1955, y que entonces no se advertía que se estaba comenzando lentamente a desmontar. Recuerdo que una vez un puntero frondicista, organizó en el barrio una excursión a Luján y claro los vecinos no hacían disquisiciones ideológicas paseaban y se divertían. A veces los militantes, que cuando optan por la disidencia pasan por situaciones de penuria y hasta dan la vida por sus idearios, suelen soslayar, la vida cotidiana de la gente. En ese entonces todo parecía una fiesta. Ese tren iba atiborrado de gente que iba a trabajar a las fábricas, lo mismo los tranvías y ya empezaban a circular por allí, las extensiones de las líneas de colectivos que también iban llenos. No se cuanto de cierto
tiene la actual pregonada inseguridad del conurbano, pero yo niño andaba de un lugar a otro. Un día de andariego que era y sigo siendo, me fui caminando desde la casa de mi abuelo en Chingolo hasta la cancha de Banfield -debe ser uno de los pocos partidos de fútbol de una división mas o menos superior que vi en mi vida, exceptuado la campaña de Defensores de Cambaceres de 1959- (campeón de la primera C por añadidura) de los que vi todos los partidos de local, porque mis viejos no me dejaban ir a las de visitante. Bueno, no se cuanta distancia, había, Recuerdo que caminé mucho, vi la fabrica Di Tella por el camino, eran sitios que estaban dejando de ser campo para ser ocupados por las construcciones del tipo que comenté antes. Jugaban el local con Dock Sud, me acuerdo del arquero y los dos zagueros de Banfield: Cozzi, Mousegne y Vendazzi. Mirando las estadísticas de fútbol, uno pude inferir en que fecha hice la travesía.
Se mezclan como dije antes los recuerdos con lo conocido con posterioridad.
Así, hace algunos años, tome como libro de consulta una historia del la ingeniería argentina que el Ingeniero Vaquer, escribió en 1962, pero Eudeba publicó en 1968. Vaquer que hace fe de su antiperonismo, usó su precisión ingenieril para registrar lo que había pasado en la industria argentina. Y de la información que consigna, y tomando como comparación el sí libro de propaganda peronista de "Emancipación Económica Americana" de Warren, publicado y profusamente difundido en 1948; podemos inferir porque aquella bulliciosa actividad, y porque hay tanta añoranza en aquellos barrios que de ser albergues de esperanzados trabajadores migrados del interior, pasaron a ser contenedores que quienes alteran la changa, el cartoneo, el piquete, y a veces en la desesperación en que se los sumió, y desde la que se los manipula; con el choreo y la droga berreta..
*de Alfredo Armando Aguirre. choloar@rocketmail.com
La tierra incomparable*
(fragmento)
*de Antonio Dal Masetto
CUARENTA Y UNO
Silvana frenó frente al embarcadero viejo, salió del coche, dio la vuelta y ayudó a Agata a bajar.
-Mañana paso por el albergue a la hora de la cena
-dijo.
Arrancó, saludó sacando un brazo por la ventanilla y partió hacia el embarcadero nuevo. Desde donde estaba, Agata podía ver el transbordador y los coches encolumnados que desfilaban por la planchada de acceso. Se quedó ahí hasta que el trasbordador se separó del muelle y comenzó a alejarse, lento, con las luces prendidas. Entonces pensó que no lo había tomado una sola vez y sintió que a su viaje le faltaba algo: una travesía del lago. Mientras caminaba y se detenía en las vidrieras de los negocios, la acompañó la molestia de esa carencia. Todavía estaba a tiempo de hacerla, le quedaba el domingo. Le resultó curioso pensar que finalmente tendría que hacer sola el cruce a Coseno.
Era anochecer de sábado y el pueblo entero había salido a la calle. Las confiterías estaban llenas. Grupos ruidosos de muchachas y muchachos iban y venían o permanecían detenidos en las plazas y en los cruces. Se gritaban cosas al pasar, intercambiaban manotazos amistosos, bromeaban. A Agata le agradó moverse sin prisa entre la multitud, dejarse llevar por las callejuelas céntricas, siguiendo la corriente, el recorrido obligado que en los días de fiesta, desde sus años de juventud y todavía al cabo de varias generaciones, no se había alterado. Se dijo que cuando se cansase de caminar elegiría una mesa con buena vista y se sentaría a tomar un café.
En una de las calles descubrió un muchacho negro apoyado contra la pared. Era alto y flaco. A su lado, en el suelo, sobre el empedrado, había colocado una loneta con sus productos expuestos para la venta: collares, caballitos de madera y cajas con incrustaciones de nácar. Pero no los ofrecía, no hablaba. Miraba al frente, sin pestañear, sin cambiar de posición, como si no viera la multitud que iba venía. Tampoco los que paseaban miraban al muchacho negro. Agata se detuvo y pensó que ahí, quieto, oscuro, en medio de aquel desfilar de gente, resultaba muy visible. Era un pensamiento extraño, pero mientras estuvo parada y observándolo no pudo dejar de considerar lo diferente, lo evidente que resultaba aquel negro en la calle estrecha, en la despreocupación del anochecer del sábado, entre los grupos de jóvenes ruidosos y bien vestidos. Y esas consideraciones resonaban en ella como una señal de alerta, la presencia de un peligro.
A sus espaldas había una confitería cuya puerta se abría y se cerraba todo el tiempo. Un muchacho corrió detrás de una chica, la atrapó, la besó mientras ella, divertida, chillaba y se defendía, y el grupo que los acompañaba no paraba de saltar alrededor, alentando y aplaudiendo. Pasó un matrimonio joven con un nene que ensayaba los primeros pasos. Pasó una pareja mayor ataviada como para un casamiento. Pasó un hombre sujetando un gran perro.
Después, desde alguna parte salió disparado un cigarrillo encendido, cruzó el aire, golpeó en la cara del negro y cayó sobre la loneta. Agata miró hacia su derecha porque le pareció que había partido desde ahí. Pero no vio ni oyó nada particular. Ningún movimiento, ninguna risa o comentario o elogio sobre la buena puntería. La calle seguía igual que antes. En el muchacho negro no hubo reacción, ni siquiera buscó alrededor con la mirada. Era como si hubiese estado preparado de antemano para asimilar la agresión. Vio que la colilla había caído entre sus cosas, se agachó y con la punta de los dedos la golpeó un par de veces y la barrió fuera de la loneta. Tampoco sus gestos revelaban desconcierto o intranquilidad. Quitó la colilla como quien quita una hoja seca, un pedazo de papel, una pequeña basura traída por el viento. Luego volvió a enderezarse y a mirar al frente, con la misma actitud distante, la misma mansedumbre en los ojos, que hacía pensar en resignación o en una gran paciencia.
Agata se quedó donde estaba, esperando, espiando alrededor. No vio más que lo que había visto. Pero la asaltó la molesta sensación de que aquel desfilar lento, la gente deteniéndose en las vidrieras y saludándose, las risas y la euforia juveniles, eran en realidad un simulacro. Como si se estuviese llevando a cabo una ceremonia en la que intervenía el pueblo entero, y cuyo punto de convergencia era esa pared, y contra la pared ese muchacho negro y su loneta con la mercancía expuesta. Y que la aparente indiferencia, aquel pasar sin ver, aquel ignorar, ponían todavía más en evidencia al que estaba solo y tenía otro color de piel y seguramente hablaba otra lengua.
Esperó todavía, pero no pasó nada más. Siguió caminando. Se detuvo y se dio vuelta un par de veces. Mientras se alejaba trataba de convencerse de que había sido una agresión sin importancia, la broma de algún muchacho luciendose ante los compañeros, una prepotencia mínima amparada en el anonimato.
La calle desembocaba en una plaza empedrada. Más allá estaba la avenida costanera y el lago. Agata se dijo que era hora de tomar su café y se puso a pensar en cuál de las confiterías se sentaría. Optó por una donde ya había ido con Silvana, del otro lado de la plaza, bajo una arcada donde parpadeaba un letrero luminoso rojo.
Entonces oyó voces a sus espaldas, Se dio vuelta y vio al negro que avanzaba corriendo, esquivando gente. Detrás, venían tres, cuatro, cinco muchachos persiguiéndolo. Uno estaba muy cerca y alcanzó a manotearle la campera. El negro, esforzándose por liberarse, dio un giro completo sobre sí mismo, y el otro, arrastrado, se fue al piso y lo soltó. Alguien gritó. Una voz de mujer. El negro encaró por la plaza, alcanzó la avenida y la cruzó viboreando entre los coches. Se oyeron varias frenadas. Los que lo perseguían se abrieron en abanico, para obligado a dirigirse hacia el agua. El fugitivo amagó a la derecha y luego a la izquierda, vio que tenía ambos caminos cerrados, siguió hacia la balaustrada, pegó un salto y quedó parado arriba, sobre uno de los pilares de cemento. Permaneció ahí, flaco y oscuro contra la negrura del lago, los brazos abiertos, manteniendo el equilibrio. Parecía un pájaro de patas largas. Todavía giró una vez la cabeza para ver a sus perseguidores que ahora se cerraban hacia ese sólo punto y ya lo estaban alcanzando. Entonces se zambulló.
Todo había ocurrido casi en silencio. Salvo el de la mujer, no hubo otros gritos, ni insultos, ni llamados, ni órdenes. Al cabo de la estampida breve, quedó en el aire la sensación de que algo molesto acababa de suceder. Pero nada más que eso. Había sido como una rapidísima escena de una película muda que se hubiese filtrado en la placidez del anochecer del sábado, sin contaminada, sin alterarla. Un relámpago en un cielo sereno, un cuadro que cae en una sala de objetos en reposo.
Todo el mundo se dirigió hacia la orilla. También Agata cruzó la avenida y se asomó a la baranda sobre el agua. Vio al negro que nadaba hacia adentro. No estaba lejos, a unos treinta o cuarenta metros. Dejó de bracear, giró y miró a la gente. Volvió a nadar y siguió alejándose. Otra vez se detuvo y ahora estaba en el límite de la zona de luz proyectada por los faroles de la costa.
El grupo de curiosos se agrandaba. Algunos recién llegados, que no habían visto nada, hacían preguntas. Alguien informaba y señalaba hacia el agua:
-Allá está. Un negro.
-Lo veo.
-¿Qué hizo? ¿Robó?
Junto a Agata, un hombre gordo, en voz alta y tono divertido, comentó:
-No es nada, no pasó nada, los muchachos sólo se entretienen, toman un poco de cerveza y les da por divertirse.
Agata no supo si hablaba en serio o ironizaba. Aquel discurso le recordó a Toni.
Durante un rato la gente miró hacia el agua con una curiosidad distante. Después se fue retirando y volvió al paseo y a las confiterías. El negro no había cambiado de lugar. Sólo movía los brazos para mantenerse a flote. Era un bulto oscuro que subía y bajaba en el oleaje. Agata se preguntó qué vería, qué sentiría ese muchacho ahí, en la noche, con las luces del pueblo frente a él, con la gente mirando desde arriba como en un palco de teatro. Qué pasaría por su cabeza de inmigrado, de desterrado. Un muchacho negro, venido desde lejos, desde los cálidos países africanos, solo en una fría región del norte, entre montañas, expulsado del mundo, excluido de la solidaridad, buscando refugio en el agua helada de un lago para huir de la violencia.
Después el negro empezó a nadar de nuevo, se alejó más, pareció que se desplazaba paralelo a la costa, se fue perdiendo, desapareció. Los pocos que aún permanecían apoyados al parapeto se dispersaron. Agata se quedó, tratando de distinguir algo. Pero ya no vio nada más. Frente a ella tenía la gran noche cerrada del lago y al fondo, en la otra orilla, la mancha de Coseno que brillaba en la negrura como un puñado de piedras preciosas.
*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.
Parque Las Heras*
UNO
- Ahí vienen.
- ¿Dónde?
- Allá – Marcos estira el brazo-. Ahora van a aparecer por ese caminito que está al costado de la escuela.
- No me digas que viene otra vez con la nena – dice Agustín.
- Sí, te digo – confirma Marcos.
- A ver…
Agustín agarra los binoculares, hace foco, se separa unos centímetros del aparato, los mira como si anduviesen mal y se los vuelve a calzar en el medio de los ojos:
- ¡Que vieja de mierda y la concha de su madre! –se aleja unos centímetros de la reja y le pega una patada que la hace vibrar como si fuese de cartón.
Los hermanos Poncio están en el balcón terraza de uno de los tantos edificios levantados frente a la plaza -o parque- Las Heras, sobre la avenida Coronel Díaz. En el último piso vive Marcos, el hermano menor, con su novia, una brasilera de veinte años. Son las diez de la noche del viernes y hace frío a pesar de estar en noviembre. El cielo está taponado por una capa de nubes de color rosado y el viento sopla con fuerza. Una lata de cerveza Quilmes de medio litro se arrastra por las baldosas de la terraza.
- La trae para cubrirse, loco, ¿o vos no sabés como es esto? - Marcos se da vuelta y queda frente al hermano.
- Ya sé, loco, pero no da -Agustín se acomoda con las manos la gorra jamaiquina que le cubre la cabeza-. No me cabe que venga con la nena. Y el otro día se lo dije.
- ¿Y yo que te dije? -retruca Marcos-. ¿Qué te dije? - repite.
Agustín camina hasta la mesita ratona de hierro de color blanco que está en el medio de la terraza. Se llena otro vaso de whisky, le pone dos hielos, toma un trago y desde ahí, a unos tres metros de distancia, insiste:
- La nena tendría que estar mirando dibujitos, no caminando de la mano de una tranza a esta hora de la noche.
- No empieces de nuevo con esa historia –se queja Marcos, de espaldas, perdido en el paisaje nocturno de los binoculares. Las zapatillas Nike de trescientos pesos están nuevitas, brillan.
Suena el celular de Marcos. Lo saca del bolsillo del pantalón y atiende: “Hola, bebé”. Camina hasta donde está su hermano y le da los prismáticos. Camina por la terraza, se ríe, frena, vuelve a avanzar, “te compré un conjuntito rojo”. En el fondo de la terraza se cruza con la lata de cerveza, le pega una patada y la estampa contra la ligustrina que cubre la pared.
Agustín va hasta la baranda, se agacha, apoya la espalda contra los hierros fundidos de color verde, y saca de la campera de jean un papel glacé plateado doblando en varias partes. Lo abre: le queda muy poco pichi. Con una tarjeta de crédito que saca de la billetera carga un tirito y se lo aspira de un saque. Cuando se para, pega un nariguetazo que le termina de bajar a la garganta el gusto ácido de la cocaína.
Marcos corta, se guarda el teléfono en el bolsillo y camina hasta la reja. “Limpiáte la nariz, nene”, le dice al hermano. Agustín se pasa la mano por la nariz. Marcos le saca los binoculares de las manos, se apoya contra la baranda y vuelve a enfocar hacia la plaza.
- Ahí están... - con el dedo marca hacia una arboleda que está a la izquierda, al costado de las canchitas de fútbol de Marangoni. Y agrega:- siempre anda con ese bolso del orto del año veinte.
- Bien que cuando lo abre se te abren los ojitos como a un nene con chiche nuevo– dice Agustín, y se aleja hacia la mesita de hierro blanco.
- Capaz que a vos no – lo bolacea Marcos, de espaldas.
Agustín hace se toma lo que queda del whisky. Se acomoda la gorra, aspira un poco de aire fresco: un escalofrío le sacude el cuerpo como si fuese un perro gran danés al que acaban de tirar un balde de agua fría. Vuelve hasta la baranda.
- La otra vez le compramos dos kilos de merca, loco, dos kilos, y no nos quiso bajar ni un solo peso –los ojos del grandote brillan-. Y encima se trae a la nena.
- Estás tomando mucha milonga, nene –le dice Marcos.
- ¡Chupáme la pija, guacho! –reacciona el grandote-. ¡No me quemés más la cabeza con el tema del pichi!
- ¡¿Que te pasa grandote salame y la concha de tu madre?! –Marcos se le pone a un centímetro de la cara, le roza la nariz con la suya -: a ver si la entendés de una vez, vieja… –se aleja un poco, mueve el brazo, escupe- esto no es un compra venta de salchichón: la reventada esa es la que corta la pizza; parece un mulo pero no es ninguna gila. Si la llegas a bardear, se pudre todo.
Abajo, en la calle, se escucha el paso de un camión al que le cuesta mucho hacer la subida de Coronel Díaz. El cielo está cada vez más grisáceo anaranjado.
Agustín, como cada vez que su hermano le pone los puntos, baja la cabeza y mastica su propia mierda. Levanta la cabeza y sin desafiarlo, pero con tono seguro, le dice -: está bien, loco, pero decile a la vieja que no traiga más a la nena.
Una correntada de aire hace revolotear las copas de los árboles del parque. La lata de cerveza, al fondo, pega saltitos contra las baldosas.
Suena el timbre.
DOS
Los hermanos Poncio son de Villa Urquiza. Agustín vive con la madre en la misma casa donde nació, creció y se formó. Tiene treinta y tres años y no estudia ni trabaja: vende cocaína. Es tan grandote que se lo ve venir desde la otra cuadra. Camina lento, parsimonioso y siempre anda con una gorra de lana con los colores de Jamaica adherida a la cabeza. En la intimidad, dentro de las cuatro paredes de su habitación, parece una morsa pesada y enferma, todo el día tirado en la cama. Pueden pasar dos o tres días enteros en los que no hace otra cosa que dormir, o hablar por teléfono con la mirada perdida en el techo. Sólo sale de su habitación para ir al baño o a la cocina. Pero en la calle es distinto: buen humor, chispa, chiste fácil. Se hace querer, bonachón, gamba, nunca te deja tirado, es el último en irse de cualquier joda.
Agustín no tiene, ni tuvo, novia. No es el tipo más lindo de la cuadra: ojos saltones, la cara redonda como una galleta paraguaya y con algunos pocitos, muy alto, un poco de panza, piernas flacas. Y su peor enemigo es la timidez, por lo menos con ellas. Pasó el tiempo, los chicos se pusieron grandes –él y sus amigos-, cada uno se refugió donde pudo, se las rebuscó, puso acá, apostó más allá, y él fue por la fácil: putas. Un tiempo con una, después con otra, rubias, morochas, todas pendejas hermosas. A veces se pasa dos días dentro de un telo. Ella, tomándo, mucho, de la mejor. Él, acompañado, física y emocionalmente, también tomando.
Vende falopa hace diez años. Trabajó menos de un mes en un restaurant como ayudante de cocina pero como no le pagaban muy bien se las tomó. La familia, y algunos amigos, le quemaron la cabeza para que se deje ayudar, pero el tiempo pasó, no tuvo reacción, y se quedó en la de él, la que mejor conocía: la calle. Ahí si que el grandote era -es- grandote. Al principio un papel, dos, después una bolsa de cinco, diez, y al tiempo cien gramos o directamente panes de medio kilo de merca. Y no lo hacía para hacer plata sino para tener siempre una bolsa en el bolsillo. En una noche puede ganar una, dos lucas limpias. Pero también se la puede gastar en un par de horas y quedarse con dos pesos para el bondi. De vender papelitos en la cuadra pasó recorrerse la ciudad de punta a punta varias veces en una misma noche llevando droga de primera a los mejores boliches, casas y fiestas. Lo pasan a buscar en auto, en moto, le mandan taxis. El grandote es un imán: es le pegan todos.
Sus amigos, los pibes con los que creció, también consumen, pero menos. Y no venden. Ninguno estudia pero la mayoría labura o se tomó el palo para probar suerte en otro lado, alguno tuvo un hijo. Le hablaron mil veces, se la quisieron hacer entender, dejate ayudar, grandote, vas a explotar como un sapo, porque no te internas un tiempo, después salís, le proponían. Agustín bajaba la cabeza, se le humedecían los ojos, estoy enfermo, decía, pero al otro día todo empezaba otra vez.
La madre, Clara de Poncio, bajó los brazos. Hace tiempo que perdió la pelea. La mujer no era de hablar, más bien callaba, pero cada tanto reventaba y lo ponía contra la pared, desesperada. “Sos la sombra de mi hijo”, le gritó una vez en la puerta del baño, tirándose de los pelos. El grandote la abraza, le dice que va a estar todo bien. La señora se cansó y asumió que no había manera, que lo mejor era cuidar hasta donde pudiese a su hijo. Le hace la comida, le plancha la ropa, le prepara los bolsos cuando se va por unos días a lo de un amigo que vive en el campo, le pone unos sándwiches en una bolsa y le dice que no se desabrigue allá que se pone fresco cuando baja el sol. Eso si, dijo una vez: por lo menos no roba.
TRES
- ¿Qué tal, Antonia? –Marcos le marca el camino con el brazo desde el lado de adentro del departamento. La soga de oro que le cuelga del cuello le brilla con las dicroicas del hall de entrada.
La mujer, de unos cincuenta años –parece de setenta-, menuda, ojos negros chiquitos como dos bolitas de alquitrán, agradece y pasa. En una de sus manos trae el bolso de cuero. En la otra, a la nena.
- Frío, ¿no? –dice el dueño de casa mientras enfila para el comedor con las dos mujeres a su espalda.
- No se puede creer –se queja Antonia, afónica, los dientes marrones por el tabaco -, ni en el tiempo se puede confiar.
La nena trae puesto un vestidito blanco, con unos dados de color rojo pintados a mano. Tiene puesto un saquito de hilo y unas zapatillas de lona. Es alta, espigada. No se ríe, nada. Se acaricia las uñas con la yema del dedo gordo, una por una. Mira el suelo.
- ¿Cómo andan los pibes? – pregunta Marcos.
- Más o menos –Antonia saca el paquete de cigarrillos de uno de los bolsillos del jean-. A los mellizos parecía que los largaban pero la causa se trabó no sé porqué historia rara. Ahora hay que esperar –prende el cigarro, le pega una pitada, se guarda el encendedor y el paquete, tira el humo hacia el techo -. Anda a esperarme afuera – le ordena a la nena.
A Marcos le suena el celular. Atiende y dice que ahora no puede. Corta. Prende el equipo de audio, pone la radio, cualquier emisora.
La nena da la vuelta por un pasillo y encara para la terraza. Abre la puerta corrediza y sale. Agustín está sirviéndose otro whisky. Cuando la ve, le sonríe. Se acerca.
- ¿Cómo estás?
- Bien.
La nena empieza a saltar en su lugar. Abre y cierra las piernas como en una clase de gimnasia. Golpea sus manos contra una figura imaginaria de su misma estatura, tararea una canción. El grandote le saca cuatro cuerpos, parece la heladera de una casa de ricos. Hace una carpa con una de sus manos y se prende un cigarro. Se agacha y se pone frente de la nena.
- Ya nos vimos dos veces y no sé como te llamas –le dice con la cara de costado, tirando el humo.
- Azul – contesta ella, siempre en movimiento, y se saca de encima el humo con una de sus manos. Se distrae con la gorra jamaiquina del grandote. Sigue saltando.
- ¿Te gusta? –él se toca la gorra, la acomoda con las dos manos.
- No.
- ¿Querés tomar algo? –Agustín pita de nuevo su cigarro.
- Coca.
- Esperáme acá.
Agustín se para, le pega una última pitada a la colilla, la hace volar con los dedos y abre la puerta corrediza. Cuando pasa por el comedor, frena. Su hermano menor y Antonia se dan vuelta para mirarlo. En la mesa de vidrio hay dos ladrillos de cocaína de un kilo cada uno, prensados en papel madera, envueltos en nylon transparente y cinta aisladora. Marcos le da la espalda. Con la punta de una navaja levanta un poquito de merca rosada boliviana. La deja caer sobre el vidrio.
- ¿Qué tal, Antonia? –pregunta Agustín, mirándola a los ojos.
- Acá me tenés, nene, trabajando.
- ¿Vino bien el pichi? -pregunta de mala gana, mientras con la uña de uno de los dedos de la mano derecha rasquetea una mancha que hay en la pared
- No sé, ¿vos que decís? – y apunta con la pera hacia la mesa.
- Anda, Agustín –dice el hermano menor, con la punta de la navaja a un centímetro de su nariz.
Agustín da media vuelta y se va.
Entra a la cocina, saca de la heladera la coca de litro y medio, la abre, llena un vaso hasta el tope y lo deja sobre la mesada. La efervescencia de la gaseosa rocía la mesada. Guarda la botella y cierra la puerta de la heladera de un portazo. Saca su papel del bolsillo de la campera, lo abre y carga un toque de merca con la uña del dedo meñique. Acerca el dedo a la nariz y aspira. Carga de nuevo y toma del otro lado. Se moja el dedo con la lengua, acaricia la alfombrita blanca y después de nuevo a la boca. Se pasa la lengua dormida por los labios. Cierra el papel y lo guarda en la campera. Sale de la cocina y vuelve a pasar por el comedor sin mirar ni decir nada.
Cuando abre la puerta de la terraza ve que la nena está subida a una banqueta, con la baranda a la altura de la cintura, medio cuerpo afuera, mirando hacia el parque con los prismáticos. El saquito se le levanta por la fuerza del viento. Agustín deja el vaso de coca en la mesa y va al trote hasta la baranda. Agarra a la nena de la panza con las dos manos y le dice que se puede caer.
- Dejáme –se queja ella. Y se despega de las dos manos del gigante.
Él le aprieta la cintura, le arruga el vestidito.
- Bajá – le ordena. La levanta y la pone en el piso. Una ráfaga de viento le revolotea los pelos lacios a la nena y un mechón le queda sobre los ojos.
-¿Quién te pensás que sos? – dice ella, ofendida, mientras se agarra el pelo con una hebilla.
- Agustín... ese pienso que soy – dice él con cara de payaso -. No te subas a la baranda. Si querés mirar, hacelo desde acá... mirá – Agustín se agacha y pone la cara detrás de la baranda: - desde acá se ve joya.
- Tenés merca en la nariz –le dice ella mientras se agarra otra parte del pelo, con otra hebilla.
Otra ráfaga de viento, más fuerte que la anterior. Los árboles se mueven para todos lados. La lata golpea contra las patas de la mesita de hierro blanco, en el medio de la terraza.
- ¿Cuantos años tenes, Azul? –el grandote se limpia la nariz con la mano.
- Diez.
- Sos muy chiquita para hablar de esas cosas.
- No soy chiquita.
Agustín se para. Apoya las manos en la baranda y mira hacia el parque. Se acomoda la gorra de la cabeza y dice:
- En la mesita te dejé la coca.
CUATRO
Marcos también creció en Urquiza. Fue a la misma escuela y al mismo colegio que su hermano pero no sólo no repitió ningún año sino que hizo toda la secundaria de un saque, con los ojos cerrados. Hizo amigos, conoció chicas, y, en general, la pasó bien. Cuando estaba en tercer año empezó a parar con los amigos del hermano, y el hermano. Y al toque tuvo que pagar derecho de piso: una noche, tarde, en la plaza, el Piturro lo bolaceó porque andaba con una minita que ya se había movido a un par. El menor de los Poncio no se comió ni la punta y se le plantó. Cobró de lo lindo pero también pegó. Agustín no se metió. Al poco tiempo, en un recital de La Renga en la cancha de Platense –fueron casi todos los pibes-, y por otra minita, se armó una batalla campal a un costado del escenario. Marcos estaba enloquecido y le rompió la mandíbula a uno y varias costillas a otro. A él le tuvieron que acomodar el tabique y darle un par de puntos en la cabeza pero a partir de esa noche, antes de delirarlo por pendejo, bagallero, narigón, o lo que fuese, había que pensarla dos veces. El grandote, a pesar de ser un ropero, casi dos metros de altura, más de cien kilos de peso, pasó a ser su sombra. Dentro y fuera de la casa.
Marcos empezó a trabajar cuando todavía cursaba cuarto año. Le pidió un poco de plata a la madre, un amigo le dio el resto y en menos de una semana se había comprado una chata con la que hacía fletes en una colchonería. Poncito, le decía el patrón, un gallego que le había tomado cariño. Marcos siempre andaba pilas, iba y venía, la cumbia a todo lo que da dentro de la cabina de la camioneta, buen ánimo, cumplidor. Se drogaba bastante, pero en general solo los fines de semana. Y si mezclaba con alcohol, terminaba fajando a cualquiera que lo mirase mal. Al poco tiempo le reventaron la casa: habían boleteado un rati en Nuñez y a la otra noche reventaron media ciudad. Él tenía guardado unos fierros debajo de la cama y alguien lo había cantado. Después del año preso por tenencia de armas de guerra, reculó. Sólo, con mucha confianza en si mismo, dejó de tomar falopa. Fumaba porro, eso si, en cantidad, pero dejó la milonga. Y ahí empezó a vender.
A Poncito las minas se le pegaban como moscas. Iba al gimnasio, tomaba anabólicos y comía sano. Con la guita que le empezó a dejar la merca se fue a vivir solo, cambió la camioneta y se puso un lavadero de autos –que hoy en día se lo administra la madre-. Agustín es el proveedor de merca del hermano, un tipo con muchos contactos en la noche. La merca que vienen moviendo es una sustancia de máxima pureza que llega directo de Salta, por medio de un ex comisario –ex cuñado de un pibe del barrio, el Gallego- que cumple funciones antinarcóticos en un destacamento fronterizo con Bolivia: la gente se las saca de las manos.
Hace ocho meses que Marcos se alquiló un departamento en una de las zonas más paquetas de la ciudad: el parque Las Heras. Se fue a vivir con Camila, una brasilerita que conoció en la noche porteña.
CINCO
Llueve. Los gotones revientan contra las baldosas. El viento se arremolina contra la baranda de la terraza y las hojas vuelan enloquecidas.
Agustín abre la puerta corrediza, pone un pie dentro del departamento y le hace señas a Azul para que lo siga. La nena se acerca y pasa para el otro lado. El grandote, antes de cerrar, sale y agarra el vaso de whisky de la mesita. Vuelve y cierra la puerta de un saque. Las gotas golpean contra el lado de afuera de la ventana y caen hasta el piso formando hilos de agua.
Cuando pasan por el comedor, Antonia reacciona:
- ¿No te dije que te quedaras afuera?
- ¡¿No escuchas como llueve, loco?! – el brazo del grandote apunta hacia la terraza, la panza metida para adentro, las piernas duras.
Antonia está por pegar el grito pero escucha el ruido de la tormenta:
- Está bien, pero no quiero que la nena esté acá – y vuelve a lo suyo.
Agustín respira agitado. Le busca los ojos al hermano. Marcos no esquiva la responsabilidad de devolverle la mirada pero no dice nada. Antonia cuenta plata.
- Vamos – le dice Agustín a la nena.
El grandote toma el último trago de su whisky y lo deja sobre un mueble con un golpe. Agarra a Azul de la mano y encara para la pieza. Pasan por el baño y llegan a un pequeño hall que conecta dos piezas. Antes pasar la nena de los dados rojos le tira del brazo. Sobre una repisa que está en la entrada hay una foto. Azul la mira concentrada: Marcos y su novia están sentados sobre una banana gigante; ella, producida para la foto, dos tetas hermosas, naturales, la bikini blanca, el triangulito entre las piernas bronceadas; él, a sus espaldas, mirando por encima de la cámara, distraído, un rolex, la soga de oro, el océano de fondo y el cielo limpio, muy azul. El grandote agarra del hombro a la nena y siguen camino.
En la habitación hay una cama de una plaza, una mesita de luz con un velador, un escritorio debajo de la ventana, y dentro del placard que está frente a la cama –no tiene cajoneras ni perchas-, apilados uno encima del otro, unos treinta potes de proteínas y carbohidratos, de un litro cada uno.
- ¿Qué es todo eso? –pregunta ella.
- Son proteínas –dice Agustín, y se sienta en la cama. Se saca la gorra de jamaica, la calza sobre el dedo índice y empieza a hacerla girar. La gorra da vueltas a toda velocidad. Parece un basquetbolista de la NBA haciendo malabares con la pelota anaranjada. Azul se queda mirando la prueba del grandote pero no dice nada.
- ¿Para que son las proteínas? – dice ella, y se acomoda una de las hebillas del pelo.
- Las usan los que van al gimnasio. Son buenas para los músculos – la gorra sale volando, se estampa contra la puerta del placard cerrada y cae sobre la alfombra.
Azul va hasta la ventana, se acomoda al costado del escritorio y, en puntas de pie, mira para afuera.
- Llueve con todo – dice de espaldas.
- ¿A qué grado vas? – Agustín levanta la gorra del suelo, se sienta y se deja caer sobre la cama, la cabeza contra la pared, el cuello torcido. Flexiona las piernas para no manchar la pared con sus zapatos tamaño lancha. Marcos es un enfermo de la limpieza.
- Quiero probarlas – dice Azul, mientras abre una de las hojas de la ventana.
- ¿Qué cosa?
- Las proteínas – Azul saca la mano y la deja en la intemperie. En pocos segundos se le empapa.
- No podes, Azul, es para grandes -Agustín se levanta de la cama-. Ahora vengo -dice.
El grandote sale de la habitación y cierra con cuidado, despacio. Da dos pasos y escucha que su hermano y Antonia están hablando de él. “Tu hermano está un poco sacado”, dice ella en voz baja, un poco divertida. “No le gusta que traigas a la nena”, le confiesa el hermano menor. “Ese un tema mío, qué carajo le importa lo que hago con la nena”, dice Antonia, con el tono de voz más alto. “Te entiendo, flaca, pero si podes, para la próxima venite sola”, le propone Agustín. Silencio. El grandote se queda parado detrás del marco de la entrada del comedor, duro.
Va hasta la pieza, abre la puerta, azul sigue jugando con el agua, le sonríe, y sale, ahora si, sin cuidarse de no hacer ruido. Camina unos metros y se mete en el baño. Saca el papel del bolsillo de la campera, lo abre, clava el tubito de platino que tiene agarrado al llavero sobre el raviol blanco y aspira. Le pasa la lengua al papel como si fuese un chupetín de tipo paleta de colores. Lo abolla y lo tira al inodoro. Tira la cadena y sale.
- ¡Grandote! – grita Marcos.
- ¿Qué pasa?
- Traéla a la nena que terminamos.
Agustín va hasta la pieza. Abre la puerta. Azul está sentada sobre la cama con las piernas colgando. Sobre la falda tiene un frasco de proteínas, abierto. Con los dedos de la mano derecha prueba el contenido del pote.
- ¿Qué haces?
Azul se chupa los dedos.
- Dame eso – el grandote le quiere sacar el balde pero ella tuerce su cuerpo y lo esquiva.
Agustín va hasta la ventana y la cierra. Deja caer la persiana de un tirón.
- Vamos que tu abuela se va – dice, y se acerca hasta la cama para agarrar su gorra.
- No es mi abuela.
- Ah, ¿no? ¿Y quien es? – el Grandote se acomoda la gorra en la cabeza.
- Es la mamá de uno de mis hermanos.
- Bueno, no importa... vamos – ordena Agustín, y le ofrece la mano. Ella cierra el frasco, se levanta y pasa por al lado del grandote con el balde del lado de la pared para que no se lo saque.
Azul corre por el pasillo hasta el comedor. Agustín posa por un segundo la mirada en la foto del hermano y la brasilera sentados en la banana, y sigue camino.
- ¿Qué onda? – le pregunta Marcos a su hermano, inclinando la cabeza hacia su izquierda, donde está parada Azul, el pelo lacio agarrado por las hebillas, el vestido de dados rojos, el saquito abierto, el balde de proteínas entre sus brazos.
- Se quiere llevar un balde.
- No hay problema, pero lo tenés que tomar con la leche –le indica Marcos a Azul, con voz tierna, como si fuese un bebé.
Antonia está lista. El bolso, más liviano que hace un rato, cuelga de uno de sus hombros. Se sube el cierre de la campera hasta el cuello. Tiene un cigarrillo en la boca.
- Bueno, Marcos, nos vamos... les paso el mensaje a los chicos –informa ella.
Marcos le hace una caricia en la cabeza a la nena, le repite lo de la leche, y encara para la puerta de salida, con las mujeres unos pasos delante suyo.
- Chau, nene – le dice Antonia a Agustín, cuando pasa frente a él.
Agustín le dice a Azul que se cuide, que se porte bien.
SEIS
- ¿Y? ¿Le dijiste? –aprieta Agustín.
- ¿Qué cosa?
- Que no la traiga más.
Marcos sube un poco el volumen de la música
- ¿Le dijiste o no le dijiste?
- ¡No le dije un carajo! –reacciona Marcos- ¿está bien? No le dije un carajo.
- Sos un salame, loco – dice Agustín.
Marcos agarra el pan de cocaína abierto y lo levanta en el aire como si fuese un cachorrito:
- ¿Ves esto que tengo acá? –y lo señala con la otra mano-, vas a ver como se te pasa todo, la vieja, la nena, la tormenta, y la concha de tu madre.
Marcos marca el pan de merca con la cabeza. Agustín estira el brazo y lo agarra. Lo mira, lo pesa con una mano, con la otra. Se acerca a la mesa. Como si el bulto marrón fuese un paquete de yerba, lo tuerce y hace caer bastante merca sobre el vidrio. Con la tarjeta de crédito que saca de la billetera pica y peina una raya enorme. Se agacha, huele. Se aprieta una fosa nasal con el dedo gordo y con la otra aspira con alma y vida. De lo larga que es la raya tiene que mover su cuerpo unos centímetros para tomarla entera. Endereza la espalda y toma un aire hasta llenar los pulmones.
- Está rica, no, pedazo de logi –se relaja el hermano-. ¿Viste lo que es ese pichi?
De un cajón del mueble que tiene a su derecha Marcos saca una caja de habanos, marrón clarito, trabajada. La abre. Adentro hay unos cincuenta gramos de flores de marihuana de un color verde selva. La resina de los cogollos despide un perfume muy dulce. Saca dos o tres flores y las pone sobre la mesa. Agarra una seda de la caja, deshace las flores sobre el papelillo, agarra con la navaja un poco de pichi y polvorea el faso con una pequeña lluvia blanca. Agarra la seda con las dos manos, enrolla y arma el porro de un tirón.
- ¿Fuego?
El grandote le da fuego.
El hermano pita, el cigarro cruje, la cabeza colorada que nace en la punta del chistoso crece y se come parte del cilindro blanco. El hilo de humo espeso, grisáceo, se eleva hacia el techo, y flota. Marcos levanta la cabeza, cierra los ojos. Fuma dos o tres pitadas más.
- La merca la busco uno de estos días –dice Agustín.
- Más bien, nene –reacciona el hermano menor-. ¿Te pensás que te voy a dejar ir con todo esto así duro como estas? -los ojitos de Marcos se ponen más chiquitos de los que son.
Agustín va hasta la pieza de las proteínas, saca dos botineros del placard, y vuelve. En el pasillo se lo cruza a Marcos, que entra en su pieza. Agustín sigue hasta el comedor, apoya el botinero Nike sobre la mesa, lo abre y saca un paquete de bolsas de nylon, una cinta aisladora y una tijera de acero, de las de antes, enorme, pesada. La balanza electrónica, chata y japonesa queda adentro del bolsito. También el rollo de bolsitas y la cinta aisladora. El hermano, en la pieza, prende la televisión y se pone a cantar junto a una banda de cumbia que suena en vivo.
- ¿Y los pibes? –grita el menor de los Poncio.
- Deben estar en el pool.
- Como locos deben estar –Marcos se caga de la risa-, ¿sabían que hoy llegaba el pichi rosa?
-Si. Estoy yendo para allá.
Agustín saca una de las bolsas de nylon del paquete y la deja sobre la mesa. Se saca la gorra y la hace volar hasta el sillón de cuerina negra impecable. Agarra el pan de cocaína abierto y con la tijera le recorta el papel madera que le cuelga de los costados. Transpira. Agarra la bolsa de nylon, le pone el pan encima y con una de las hojas de la tijera empieza a raspar el cascote. Tiene un olor parecido a la menta. Se le hace agua la boca. No pestañea. Le cae una gota desde la frente. Putea. Se limpia con el brazo. Raspa un poco más y para terminar hace saltar una piedra del tamaño de una pelota de golf. Deja el paquete sobre la mesa, agarra la cinta aisladora, despega la punta, tira, y recién cuando despliega unos treinta centímetros, la corta con la boca. Se limpia de nuevo la frente. Con la faja sella el pan de cocaína abierto. Mira, su bolsa. Calcula que debe tener un cuarto de kilo. Corta otro pedazo de cinta y sella por segunda vez el pan.
Aparece Marcos.
- ¿Ya está?
Agustín guarda los dos panes dentro del botinero. El hermano canta, mete un pasito.
- Listo. Me voy a la mierda –Agustín anuda la bolsa de nylon y se la mete en los huevos.
- Decile al gallego que me llame –dice Marcos.
El grandote se pone la campera:
- Nos vemos –dice.
Y sale.
*de Mariano Abrevaya Dios. marianodios@fibertel.com.ar
*
Queridas amigas, apreciados amigos:
El domingo 9 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Pablo Espada. Las poesías que leeremos pertenecen a María Elena Solórzano (México) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
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Saturday, February 02, 2008
TRENES, CAMIONES Y TRACTORES...

Trenes, camiones y tractores*
*Arbol.
Trenes, camiones y tractores
tanta fuerza, tanta fuerza.
Trenes camiones y tractores
tanta fuerza, tanta fuerza.
Trenes, camiones y tractores
tanta fuerza, tanta fuerza.
Me empujan, me empujan, me empujan.
Me arrastran, me arrastran, me arrastran.
Por el cielo, por el suelo.
Trenes, camiones y tractores
bicicletas y peatones.
Barcos, aviones, submarinos;
toneladas de cemento.
Avanzan, avanzan muy lento.
Me arrastran, me frenan me siento
y yo pienso:
Que aunque estes despeinada me gustas igual,
aunque estes en pijama y sin maquillar,
aunque estés enojada por lo que pasó.
Aunque ya no te vea me gustás igual.
Trenes y camiones, están quietos estancados,
en carriles atascados.
Escapando a ningún lado
o tratando de pasarse de costado
esperando a que la luz se ponga verde.
Y yo pienso que ojalá que el asfalto
se haga pasto porque la gente se inquieta
cuando está quieta.
Y su mente empieza a pensar:
en el agua, en el fuego, en la casa,
en la cuota del cole del nene.
Y yo espero, mientras pienso, (mientras pienso):
Que aunque estes despeinada me gustas igual,
aunque estes en pijama y sin maquillar,
aunque estés enojada por lo que pasó,
aunque ya no te vea me gustás igual,
aunque valga la pena me decís que no,
que no vale la pena pedirte perdón.
Pero tengo tu foto y pienso con dolor
que aunque ya no te vea me gustás igual.
Cuando escucho los ruidos de la casa
la cuchara que choca con la taza,
la madera respira todavía.
Y ya no estás pero me gustás igual.
Trenes, camiones y tractores,
barcos, aviones y peatones.
me empujan, me empujan, me empujan
me arrastran hasta tu casa.
Y yo pienso, todo el tiempo:
que aunque estes despeinada me gustas igual,
aunque estes en pijama y sin maquillar,
aunque estés enojada por lo que pasó,
aunque ya no te vea me gustás igual.
Trenes, camiones y tractores,
barcos, aviones y peatones.
me empujan, me empujan, me empujan,
me arrastras hasta tu casa.
Y yo pienso:
que aunque estes despeinada me gustas igual,
aunque estés en pijama y sin maquillar,
aunque llegue el destello te voy a esperar,
porque aunque ya no te vea
siempre me vas a gustar asi.
*FUENTE: http://www.rock.com.ar/letras/9/9237.shtml
TRENES, CAMIONES Y TRACTORES...
EL FERROCARRIL NO ES LO IMPORTANTE*
Lo interesante de este título, es que va a captar la atención de unos por alegre coincidencia y a otros por irritación profunda. Allí está el punto: Todos lo leerán (Supongo). Especialmente, espero que lean estas líneas los decisores y "dibujadores" de lo territorial; los que delinean el futuro de las ciudades y la conectividad fronteras adentro.
En cualquier espacio donde esté ocurriendo un evento público, empresarial o político donde una rueda de hierro, un durmiente o un riel tengan algo que ver, allí estarán los que defienden al ferrocarril hundiendo cualquier posibilidad de que ese medio de transporte vuelva a ocupar el lugar que EL PAÍS necesita.
"No, pero si era maravilloso, el jefe tocaba la campana y la máquina tocaba pito" "Pero si teníamos un servicio por semana hasta el pueblo" "Pero si había tres trenes por día que unían todos los barrios" "Pero si acá éramos 50 en la estación para atender los tres trenes por día" "No hay otra cosa como el ferrocarril" "Viajar en tren es otra cosa" (y llevan al imaginario inmediatamente: Personas caminando por horas en el pasillo; gente tirada en el piso; otros cantando; nadie puede dormir; los del pullman tienen derecho a comer primero en el comedor; para en todas; tarda 50% o 100% más que el micro).
En nuestro País no tenemos la menor idea de lo que es un tren ni, mucho menos, idea de cómo se viaja en tren, mucho menos podremos esperar que los que tienen que decidir en el plano del proyecto o en la letra de las normas, piensen en la forma de ferrocarril que realmente se necesita y no en la que el imaginario colectivo sueña. Pues en todo caso, ninguno de los decisores o dibujadores deja de pertenecer a nuestra misma Sociedad y Cultura.
En 2006, buscando decisores políticos que tengan los atributos necesarios para exigir a las autoridades la mejora de un servicio de larga distancia, uno de los Políticos se trajo a su "conocedor". Este se presentó como el que "en la década de 1970 había logrado que el Expreso BsAs-Zapala parara en su pueblo". Felicitaciones por tal ¿logro?. En vez de exigir que volviera a circular el tren regional que parara en todas, el Estado, por el pedido de un muchacho voluntarioso, había logrado retrasar definitivamente a un Expreso; que este recibiera gente a mitad de camino –que viajaría parada-; que esos pobladores debieran soportar subir a un tren que ya olía bastante feo por las horas de viaje; y que esos pobladores tuvieran que depender de los horarios de viaje de "un larga distancia" por la noche, en vez de un servicio diurno que los llevara a su región.
¿Qué tenemos aquí? Pues una Sociedad que alterna espasmódicamente entre "No Ferrocarril" y "Ferrocarril Todo". Nada en su armoniosa medida.
Supongamos a un señor de entre 55 y 65 años, decisor político o empresario, y otro dibujador por el Estado o por lo Privado. Sea que su trabajo o interés está en las dimensiones de la ciudad; el manejo de la logística; el transporte de las personas; el correo; o la Economía. Ese Señor está en el promedio de edad de los que toman decisiones y hacen dibujos que tienen o deberían tener en cuenta a la circulación y al transporte.
Sí, nuestro promedio de edad para esas personas claves está muy avejentado.
Esos Señores nacieron entre 1943 y 1953. Sus primeros trabajos y sus estudios de Grado, si los tuvieron, ocurrieron entre 1961 y 1975. Justo cuando el transporte urbano, el transporte fluvial, el transporte de largas distancias, la construcción de carreteras y hasta el desarrollo de las telecomunicaciones, EN NUESTRO PAÍS, sufrieron un gran golpe de desarticulación y de exoneración de la masa profesional y especializada en esas materias de TELECOMUNICACIONES Y TRANSPORTE.
No es que miles de personas se quedaron sin trabajo, el punto es que cientos de equipos interdisciplinarios de peones, capataces, técnicos, ingenieros, especialistas y profesionales en general, quedaron desmembrados y desparramados, tanto fuera como dentro de las empresas públicas, mixtas, municipales, provinciales y nacionales.
Para el caso de la Ciudad de Buenos Aires, la empresa estatal de transportes se liquidó en forma total y la generación de los "concesionarios privados" se limitó a incorporar como patrones o empleados solamente a los choferes y a algún que otro mecánico.
Sí, ni el Estado ni las nuevas empresas privadas tuvieron, siquiera, planificadores que analizaran como consumir menos gasoil y llevar más pasajeros en alguna forma analítica. Todo quedó librado al impulso errático. Ni siquiera el interés mezquino llevó a ninguna de las partes a pensar analítica y proyectualmente.
Aquí llego al punto: Desde 1961 a la fecha, nadie vivió ni vio obras y servicios de transporte verdaderamente nuevos en ninguna parte del País. No los vivió ni como usuario, peón de obra, empresario, funcionario, profesional o dirigente político. Apenas alguna que otra obra vial comenzó a mostrarse como realmente "nueva cosa" y en los '90 alguna que otra terminal portuaria.
¿Podemos enojarnos con los que no saben administrar bien un ferrocarril? Y no, por lo menos por lástima, debemos comprender que, ninguno de ellos JAMÁS estuvo en la concreción de una nueva línea ferroviaria ni un servicio realmente nuevo. Todos vivieron desde que entraron de aprendices el retroceso y hasta el desarme. No conocen más que de sacar un riel o rueda de acá para ponerlo allá.
Mucho menos pueden entender de esto los dirigentes o empresario. Pertenecen a la misma Sociedad.
Y los planificadores, los urbanistas, los decisores territoriales, los economistas y, por supuesto, los políticos, desgraciadamente, tienen suficientes justificaciones como para no tener en su haber cognitivo nada de la función de los transportes.
Así, cuando alguien habla del ferrocarril, hay suficientes razones para que piensen "ahí viene el de los ferrocarriles".
Imaginen a los apicultores. En el medio de un monte, una Comunidad explota las colmenas naturales y, de pronto, viene un apicultor y les trae colmenas de madera. Seguro que ellos pensarán "ahí viene el de las colmenas". No se darán cuenta que también es apicultor como ellos y tiene un mismo objetivo: Juntar Miel. Las Colmenas son solo una herramienta más.
Los argentinos somos simples apicultores naturales y consideramos que si alguien viene a proponernos cosas de transporte, es un fanático más que viene a hablar de transporte, peor aún si ese maniático viene a decirnos que hay un problema ferroviario.
Aceptemos que hay suficientes razones para perdonar a todos los que relegan a la cuestión ferroviaria a un tema de ferroviarios y fanáticos demodé. Los receptores jamás vivieron una verdadera cuestión de transporte en nuestro País (Rutas, aviones, barcos, ferrocarriles), y encima, los que hablan de trenes suelen ser un poco cerrados a que el tren es la solución de todos los males.
Digamos que, en el manicomio, hasta el cuerdo dice que no está loco y de nada le sirve.
Queridos transporteros automotrices y ferroviarios, no sean obcecados y fanáticos. Los transportes son una herramienta más de la sociedad, si se logra que eso se comprenda, vamos a tener buenos resultados y trabajo y negocios para todos.
Queridos resto de la Sociedad, especialmente periodistas, dirigentes, funcionarios, decisores, empresarios, economistas y planificadores territoriales, los transporteros (ferroviarios en especial), son un poco locos, es verdad, pero convengamos que esto sucede en Argentina solo hace 50 años. Comiencen a poner en la balanza esta pregunta: ¿No tendrá algo que ver la eterna problemática del Transporte Argentino con esto de que no le dan lugar a su importancia como uno de las herramientas sociales funcionales básicas? ¿No será que las decisiones del Transporte siempre las han relegado a meros "problemas técnicos" cuando son cuestiones estratégicas de Estado? ¿ No será que no han capacitado, donde fuere, a la suficiente masa crítica de peones, capataces, técnicos, profesionales, gerentes, diputados, senadores, funcionarios, economistas, dirigentes, periodistas en la temática de los Transportes y las Comunicaciones?
¿No será que nos enseñaron y hasta nos capacitaron para que no comprendamos nada sobre transportes y así llegamos a la desarticulación territorial y a los altos costos y baja oferta que hoy tenemos? ¡Qui lo sa!.
*de Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
– DNI 14381615. Ingeniero White – Pcia de Buenos Aires –
Sábado, 02 de Febrero de 2008
HISTORIA DE LA TECNOLOGIA: UN REPASO POR LA VIDA DE LEWIS MUMFORD
LAS MÁQUINAS MÁS ANTIGUAS DE CARNE Y HUESO*
“Lo nuevo siempre nuevo, lo nuevo siempre igual”, recitaba Charles Baudelaire en los albores de la modernidad parisina. Lo nuevo: la muchedumbre, las fábricas, el progreso. Lo viejo: la ciudad de París. El poeta maldito, que convertía a borrachos, prostitutas y vagos –“sombríos” personajes de la pujante Francia del siglo XIX– en alimento de sus poemas, no hacía más que destilar en su prosa esa dialéctica propia de una cosmovisión que prometía, a lomos de ciencia y razón, poner en marcha una antigua Megamáquina. ¿Será realmente así?
*Por Pablo Capanna
A riesgo de exagerar me atrevería a decir que las palabras, tanto las que usamos como las que otros usan para usarnos, dominan nuestro destino de un modo mucho más decisivo que todos los astros del horóscopo. Se me ocurre esto porque acabo de descubrir hasta qué punto incidieron en mi vida dos palabras, ambas creadas por un escocés de quien hasta hace poco sólo conocía el nombre.
Una es "conurbano", y está en boca de todos los políticos. La otra es "tecnarquía": un término filosófico que fue acuñado para definir a la civilización tecnológica, aunque no tuvo suerte.
Esas palabras las inventó un escritor olvidado, Patrick Geddes (1854-1932).
Era botánico y geógrafo de formación, admiraba al utopista William Morris, y tenía vastísimos intereses, que incluían el urbanismo. El señor Geddes influyó en mi horóscopo sociocultural de un modo curioso.
Ocurre que hace muchos años que vivo en el conurbano, y fue allí donde escribí un libro titulado La Tecnarquía. Por supuesto, el conurbano bonaerense, con su feudalismo, sus calles de barro y sus tanques
atmosféricos, no se parece en nada al vergel residencial que soñó Geddes. La Tecnarquía, por su parte, es un libro ignorado, y si cada tanto algún europeo lo cita es porque ignora dónde vive su autor. Si se enterara, se moriría de risa.
Probablemente Geddes también hubiera sido completamente olvidado, de no ser por su amigo el estadounidense Lewis Mumford (1895-1990), que puso su prestigio al servicio de sus ideas y logró introducirlas en los grandes debates. Tanto lo admiraba que le puso por nombre Geddes a su único hijo.
Mumford fue uno de esos intelectuales que los Estados Unidos supieron generar en épocas más felices, al estilo de William James o Henry Adams.
Difícilmente se encuentre hoy algo parecido en los cuadros académicos, más preocupados por su propia supervivencia que por dar respuestas a la sociedad.
Alguien le puso el rótulo de "ecologista olvidado", pero se diría que el manoseo que ha sufrido la palabra "ecologista" no termina de hacerle justicia.
El crítico múltiple
Si a Geddes lo definían como "profesor de temas generales", Mumford fue el crítico de casi todo. En la época en que le tocó vivir, un autodidacta todavía podía tener cierta autoridad intelectual, quizá porque había quien confiaba más en el contenido de los libros que en las solapas y contratapas.
Mumford había conocido un mundo que hoy cuesta imaginar, y era capaz de recordar los tiempos en que Broadway se diluía en el campo, entre baldíos y gallineros. No tenía títulos universitarios, ni de los otros. Dejó el College después de un solo año de estudios, alarmado por un diagnóstico de tuberculosis. Pasó una corta temporada en la Marina y luego comenzó a abrirse paso en el periodismo. En esos tiempos no había manuales de estilo, ni ciencias de la comunicación, pero siempre era posible que se colara algún
buen escritor.
Lector omnívoro, se destacó por su capacidad para moverse cómodamente en el campo de la ciencia y la tecnología tanto como en el de la cultura y la sociedad.
Fue él quien rescató del olvido la obra de Herman Melville y lo hizo clásico. También ayudó a encumbrar a Louis Sullivan y Frank Lloyd Wright, y difundió las ideas de Geddes sobre la integración de la ciudad y el paisaje.
Pero, a pesar de ser amigo de Frank Lloyd Wright, no dudó en describir al Museo Guggenheim como "una monumental caja de píldoras", y en 1970 criticó duramente el World Trade Center cuando recién lo estaban construyendo.
Sufrió la influencia de Spengler (casi inevitable en su tiempo), pero la despojó de ese pesimismo que prologaba el fascismo. Fue amigo del sociólogo Thorstein Veblen, pero se opuso a la tecnocracia cuando se convirtió en un movimiento político, y no dejó de distanciarse del elitismo cultural de Eliot o Adams.
También fue amigo de Vannevar Bush, el cerebro de aquello que sería el sistema de investigación y el complejo militar-industrial. Fue belicista en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, pero la pérdida de su hijo lo hizo cambiar radicalmente. En 1946 ya era uno de los primeros en oponerse al armamentismo nuclear.
Sus ensayos, desde Historia de las utopías (1922) hasta Apuntes del natural (1982) mantuvieron una gran audiencia por décadas. Sus ideas influyeron sobre E. F. Schumacher, el economista de los "verdes"; sobre Herbert Marcuse, el filósofo de la izquierda sesentista; y sobre Marshall Mac Luhan, el profeta de los medios. No es poco.
Ejército de soldados de Terracota - Ci'an, China, 209 A.C.
De la utopía a la ciudad
Recientemente, la filosofía de la tecnología ha llegado a los planes de estudio, pero el pragmatismo ha hecho que fuera relegada a los ingenieros.
Es sabido que los profesores no descansan hasta reducirlo todo a cuadros sinópticos o precisas enumeraciones. Son ellos quienes sentenciaron que en este campo hay dos escuelas: la "ingenieril" del alemán Ernst Kapp y la "humanista" de Mumford.
En realidad, las diferencias no son tantas, porque de un modo más o menos indirecto ambas líneas provienen del romanticismo. Sólo que en el caso de Mumford se percibe algún eco del utopismo social y del anarquismo teórico.
Mumford inició su carrera ocupándose de la historia de las ciudades y la utopía, pero le dedicó a la tecnología varios libros, desde Técnica y civilización (1934) hasta El mito de la máquina (1970). En su última etapa se puso bastante pesimista y evocó una pesadilla de Leonardo Da Vinci para hacer sombríos pronósticos sobre el avance de la manipulación.
Aun cuando en el ámbito anglosajón es costumbre hablar de "tecnología", Mumford seguía el criterio europeo y prefería la palabra "técnicas". No era una extravagancia. Pensaba que la tecnología era parte de la técnica: un concepto más amplio, que incluye arte, costumbres, juego e instituciones.
Más precisamente, definía a la técnica como "la interacción entre el medio social y la innovación tecnológica". Pensaba que lo que importa no son sólo las máquinas, los procesos, los recursos o la energía, sino la forma en que cambian la vida en sociedad.
Mumford fue uno de los primeros en pensar la historia de las técnicas como algo más que una lista de inventos. No era demasiado optimista y no dudaba en comparar la desmesura de los emperadores asirios con la lógica del Pentágono, el Kremlin, las multinacionales y la carrera armamentista.
Tampoco dejaba de comparar la obsesión por la conquista del espacio con la sublime inutilidad de las pirámides egipcias, monumentos elevados a la gloria de un solo hombre. Como era imaginable, fue uno de los primeros en oponerse a la intervención norteamericana en Vietnam.
Del trabajo a la industria
Para muchos, Mumford es el filósofo de las ciudades. Para otros es el historiador de la técnica y también hay quienes apelan a él en busca de una versión alternativa del progreso.
Una de sus contribuciones a la historia de la técnica es una periodización hecha en función de los recursos energéticos, que a grandes rasgos aún conserva validez.
Si bien opinaba que las herramientas habían sido sobrevaluadas para la historia de la civilización, Mumford trazaba una analogía con el Paleolítico y el Neolítico.
La era "Eotécnica" o preindustrial recurría a la energía hidráulica y eólica, gracias a dos innovaciones tan importantes como la rueda hidráulica (siglo II a.C.) y el molino de viento (s. XI). El transporte se hacía por ríos y canales.
La entrada en la era "Paleotécnica" (la Revolución Industrial) la marcaba la invención del reloj mecánico. Mumford tomó esta idea de Marx, quien señaló que sin la medición del tiempo de trabajo nunca hubiera podido existir la industria moderna.
Pero, en su visión, el Paleotécnico era tan primitivo como el Paleolítico.
Mumford fue uno de los primeros que denunciaron, además de la explotación y las condiciones de trabajo, la contaminación y el derroche de recursos, con un criterio que hoy llamaríamos ecológico.
Solía recordar que el trabajo en las minas, que hasta entonces había sido un castigo, se volvió una forma normal de vida cuando el capitalismo industrial comenzó a levantar esos sombríos barrios obreros de la época de Dickens.
La siguiente etapa era la "Neotécnica", que usaba la electricidad y el motor de explosión. La última, que Mumford profetizaba para el futuro cercano, se llamaría "Biotécnica".
La imaginaba orientada hacia una "politécnica", que apuntara más a la calidad de vida que al crudo beneficio. Pero por una ironía de la historia, la Biotecnología, que efectivamente estaba gestándose cuando Mumford aún vivía, nació sometida a criterios de lucro.
La Megamáquina
Según una de las tesis más paradójicas de Mumford, hubo máquinas antes de que existieran la mecánica y la industria. Eran "máquinas" humanas compuestas por centenares de cuerpos las que levantaron enormidades como las Pirámides egipcias, la Gran Muralla china, los templos mayas o el canal de
Corinto romano.
Ningún arqueólogo encontrará sus restos. Si los encuentra, no los identificará como piezas de una máquina porque se componían de seres humanos ensamblados, sincronizados y controlados por una dura disciplina. Quizás el único fósil que nos dejó la Megamáquina sea aquel ejército de guerreros chinos de terracota que Mumford no llegó a conocer.
La primera máquina de carne fue bélica: la falange, la centuria, el batallón o el regimiento eran sistemas mecánicos muy eficientes, pero las únicas huellas que dejaban eran montones de huesos.
De la máquina de combate nació esa máquina de trabajo que construyó los grandes monumentos para endiosar la voluntad del déspota. Mumford sugiere que quizás hayan nacido para aprovechar el exceso de mano de obra que la economía campesina de subsistencia no alcanzaba a ocupar.
Ya fueran esclavos o asalariados, eran hombres arrancados de su aldea, puestos a disposición del Estado. Su sistema nervioso era la burocracia, que no en vano nació en Egipto y China.
En los bajorrelieves asirios, donde los emperadores se jactaban de sus masacres, Mumford veía retratada la Megamáquina: centenares de individuos encorvados, tirando de cuerdas, cargando piedras o empujándolas, estrechamente vigilados por una jerarquía de capataces que les transmiten órdenes y garantizan que las cumplan.
A Mumford también se le ocurrió relacionar la técnica con el autoritarismo y la libertad. Para él, las innovaciones técnicas del tipo de la rueda hidráulica o el molino de viento eran más democráticas, en cuanto descentralizadas, flexibles y variadas.
Las dos revoluciones industriales, en cambio, habían sido "monotécnicas", es decir dominadas por una innovación casi excluyente. El ferrocarril y la máquina de vapor habían construido la sucia Cokesville de Dickens en la era Paleotécnica.
En la Neotécnica, el automotor exigía "sacrificios rituales": los accidentes de tránsito. Se podría decir que Mumford también hubiera considerado monotécnica a las tecnologías del presente, que ofrecen más comunicación que salud.
A todo esto, las megamáquinas burocráticas han sido desactivadas, al punto de volverse ineficientes con la demolición del Estado. ¿Se puede hablar todavía de megamáquinas humanas, cuando las masas están más atomizadas y anómicas que nunca?
Acabo de darme cuenta de que en el conurbano, la locomotora electoral del país, impera una megamáquina, improductiva a los fines de la producción de bienes y servicios, pero muy eficaz a la hora de acumular poder y controlar el descontento.
Sumamente flexible, puede estar al servicio de distintos faraones, sátrapas, capataces y punteros, pero crece y se consolida con el tiempo, porque todos la usan.
Ahora no se llama Megamáquina. Le dicen el Aparato.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-1860-2008-02-02.html
Sábado, 02 de Febrero de 2008
Tergiversaciones y verdades*
*Por Osvaldo Bayer
desde Bonn, Alemania Federal
Los defensores del llamado sistema dominante han apelado a los más distintos y disparatados sistemas de confusión. Se tergiversa hasta la Historia para salir adelante. Siempre se ha hecho. En este momento en Alemania ha comenzado una polémica muy fuerte que va a dejar roncos a buena parte de intérpretes, ideólogos, filósofos sociales, historiadores, periodistas y protagonistas. Un conocido historiador alemán, el doctor Goetz Aly, profesor en Francfort, ha sostenido que el movimiento nazi de 1933 y el movimiento estudiantil de 1968 fueron lo mismo, buscaban las mismas metas. No es ya confundir chicha con limonada, no, esto ya es igualar lo blanco con lo negro, el agua con el fuego. La interpretación del profesor Aly ha sido publicada por el diario Frankfurter Rudschau que le dedicó las cuatro páginas centrales. Esto cae justo ya que en Alemania se cumplen 75 años de la toma del poder por los nazis y cuarenta años del movimiento estudiantil del ’68. Un momento justo para preguntarse todos entre sí. Bueno: qué es lo que pasó y más aún, por qué pasó o tuvo que pasar esto. El mencionado historiador titula su trabajo nada menos como “Los padres de los del ’68”. Justamente, padres que vivieron el nazismo, lo apoyaron y fueron a la guerra, y que fueron protagonistas –o por lo menos se callaron la boca– de la política racista y del Holocausto, sí pues, los hijos de ellos fueron los que van a hacer el increíble movimiento estudiantil que iba a cambiar Alemania mucho más de lo que había tratado de hacerlo Hitler, pero en sentido contrario. Hitler perdió. En cambio, el movimiento estudiantil del ’68 dejó principios que fueron cambiando muchas normas de vida. Cambios que han quedado sedimentados: el antiautoritarismo, las reformas educativas, las libertades a la mujer, las normas de vida (por ejemplo ya nadie ve mal la vida en pareja, cosa que antes era un pecado insoportable), las libertades que hoy gozan los hijos y su opinión frente a los padres. Además, los puntos de partida fueron muy distintos: la juventud alemana de la década del veinte soportaba el fracaso de la República de Weimar con sus millones de desocupados, las luchas internas de sus partidos políticos, la pobreza extrema y sin salida, y salieron a apoyar al demagogo que le echaba la culpa de todo a los judíos y al sistema y los hacía creer que eran los mejores del mundo. Los protagonistas del ’68, en cambio, venían de una sociedad que había llegado al consumismo como ideal, que no tenía grandes problemas sociales y que actuaba en total consonancia con Estados Unidos y el sistema capitalista. El consumismo al que no le importaba ni el Tercer Mundo ni la destrucción de la naturaleza. Los estudiantes del ’68 soñaban con terminar el sistema de los partidos políticos e imitar a los revolucionarios alemanes del ‘18, con sus repúblicas de los consejos de obreros, campesinos y soldados, de aquel tiempo, que esta vez serían transformados en consejos de mujeres y hombres por igual, donde todo se resolvería en asambleas. Es decir, para superar ese pasado criminal del racismo y las guerras y al mismo tiempo superar el sistema capitalista de desigualdades y países pobres y países ricos, de jerarcas y desocupados, había que hacer una revolución bien desde abajo, empezando por las universidades.
Para seguir con los argumentos del historiador Goetz Aly: éste señala que los dos movimientos, el nazi y el de los estudiantes del ’68 fueron movimientos juveniles. Y para eso da los datos de los jerarcas nazis, cuando tomaron el poder: Hitler, 44 años; Goering, 40; Goebbels, 35; Heydrich, 38; Albert Speer, 27; Eichmann, 26; Mengele, 21; Himmler y Hans Frank, 32.... Y la titula una “dictadura de la juventud”. Goebbels, el ministro nazi de Propaganda decía en medio de la guerra, en 1943: “Se puede decir, en efecto, que Alemania es gobernada por su juventud”.
Demagogias, nada más que demagogias. Lo que no dice el historiador Goetz Aly es que el gran capital alemán –que había apoyado la guerra de 1914– había apoyado también a Hitler y éste, a pesar de llamarse “nacional-socialista” seguía respetando al poder industrial. Nada tiene que ver la juventud para tratar de igualar a los jóvenes nazis con los jóvenes del ’68.
Los estudiantes del ‘68 eran pacifistas y lo protagonizan con sus demostraciones contra la guerra de Vietnam y la intervención de EE.UU. en ese conflicto.
El hitlerismo mantuvo los preconceptos de la sociedad con respecto al sexo y al comportamiento de las mujeres. Y eso siguió en todo el mundo hasta la década del setenta, en que comenzó a cambiar todo. Y ese cambio se atribuye al Mayo Francés y a las repercusiones del “‘68” alemán. Es patético el caso de la diputada alemana Lenelotte von Bothmer, socialdemócrata, quien fue la primera legisladora que se presentó a las sesiones de Diputados en pantalones. Hacía pocos días, el presidente de esa Cámara había sostenido que prohibiría que hiciera uso de la palabra toda legisladora que apareciera en pantalones. Uno de los diputados le reprochó: “Lo único que falta ahora es que la próxima se aparezca mostrando las tetas”. Actualmente, la primera ministra alemana Angela Merkel viste exclusivamente pantalones. Pero más todavía acerca de la estrechez mental en que se encontraba la sociedad del mundo en general. En Alemania, en esos años valía aún el parágrafo 175 por el cual se penaba con hasta diez años de prisión a todo hombre que tuvieran relaciones sexuales con otro hombre. Bien hoy, los burgomaestres de Berlín, Klaus Wowereit, y el gobernador de Hamburgo, Ole von Beust, se han declarado homosexuales, lo mismo que el presidente del Partido Liberal, Guido Westerwelle.
Toda la definición se reduciría a dos comprobaciones: el ‘33 alemán fue absolutamente autoritario; el ‘68, fue totalmente antiautoritario. Ahí hay que buscar la diferencia.
Que los hijos de los nazis del ‘33 fueran los estudiantes del ‘68 no tiene nada que ver en la sospecha de la igualdad de principios sino todo lo contrario. Porque justamente esa primera generación después del nazismo es la que se preguntó: ¿por qué hicieron eso nuestros padres, esos crímenes aberrantes, esa agresión a toda Europa? Yo lo puedo decir porque lo viví ya que en 1952 vine a Alemania a estudiar y en la Universidad de Hamburgo me enrolé en la Liga de Estudiantes Socialistas Alemanes, que pertenecía a la Socialdemocracia y tuvimos como profesor varias veces al propio Willy Brandt. Justamente allí comprobé que el gran tema para esa primera generación después de Hitler, era tratar de explicarse por qué sus padres habían podido integrarse a un movimiento que iba contra todos los principios de la ética, y que podría definirse como que su único dogma era el “Viva la muerte”. Allí, ya en los cincuenta había comenzado la reacción que desbordará a fines de los sesenta, con el masivo movimiento estudiantil que acabará con el autoritarismo en la enseñanza.
La reacción de los lectores del ensayo del profesor Goetz Aly ha sido rápida y definitiva.
Uno le dice al autor: “Con ese razonamiento se podría señalar la misma identidad de esencia entre un triciclo para niños y un tanque de guerra blindado con cañones y ametralladoras. Bajo el argumento de que los dos son ‘vehículos’”. Y otro le responde al historiador Goetz Aly: “Con el mismo razonamiento, usted podría demostrar que ‘Dabbeliú’ Bush es un discípulo directo del Mahatma Gandhi, el pacifista por excelencia, por tener ambos la misma altura física”.
Sí, porque el verdadero culpable de todo ha sido el sistema que domina al mundo. Y que no se puede dejar de lado con interpretaciones pseudo academicistas igualando a los que trajeron la muerte y a los que lucharon por más libertad en una sociedad que esos estudiantes definieron como “bajo sus sotanas se esconde el moho de mil años”. (Al decir “sotanas” los estudiantes se referían al vestido talar que llega hasta los talones, que usaban los rectores y profesores en las entregas de títulos.)
Lo de comparar al nazismo con el movimiento estudiantil del ’68 es lo que nosotros, los argentinos, conocemos bien como la “teoría de los dos demonios”, con lo cual quiso explicarse toda nuestra tragedia, para así “mirar para adelante”.
Pero la prensa europea ha dado lugar hoy a una noticia que enorgullece a quienes no le quitaron el cuerpo a la discusión sobre nuestro pasado. La noticia de que las Madres tomaron posesión de un lugar para la cultura en el edificio del complejo de la Armada, en Núñez, donde se torturó y “desapareció” a miles de personas. Un hecho por demás significativo. Todo un emblema. Y las Madres y quienes las acompañaron al acto dibujaron soles y flores. El triunfo final de las Madres. Enseñar cultura y futuro a las próximas generaciones. Volver a dar Vida.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-98372-2008-02-02.html
*
perdóname por no besarte
perdóname por no tocarte
es que no puedo mentirte
perdóname por no estar a tu lado
perdóname por no invitarte a salir
es que tengo miedo de lastimarte
perdóname por haberte amado
perdóname por creer en el amor a primera vista
peor seria que ahora este a tu lado
perdóname por todo linda flor
perdóname no haberte seguido
como el girasol sigue al sol
si pudiera echar el tiempo atrás
me hubiera gustado no haberte visto
TE AMO FLOR
pero como dije antes
tengo miedo de lastimarte
*de Matias Ezequiel Laportilla brandsen@ferrobaires.gba.gov.ar
*
Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 3 de febrero del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Jorge Antunes. Las poesías que leeremos pertenecen a Lucas Duarte (Colombia) y la música de fondo será de Llaqtamasi (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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Tel. + Fax: 0043 662 825067
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