Friday, November 27, 2009

ESTACIÓN CASBAS.




INVENTREN...




DE LA FUERZA DEL NOMBRE*


I


El Coiro me manda un enigmático y brevísimo correo donde dice: "¿Podés escribirme algo sobre Casbas?". El nombre no me suena de nada, por lo que abro el Firefox y busco en Internet. El primer enlace conduce hasta un pueblo de Huesca cuya existencia ni siquiera conocía (Huesca es la provincia limítrofe por el norte con Zaragoza, donde vivo), un pueblo pequeño hacia el este, cerca de Abiego y Bierge, nombres que sí reconozco. Y puesto que nunca antes he estado allí, me digo: "¿Por qué no?", pensando que lo que mi amigo argentino quiere es información de primera mano sobre este pueblecito, y nada más natural, por otra parte, que me pida el favor viviendo yo tan cerca del sitio en cuestión.

Así que al otro día meto unas cuantas cosas en una bolsa de deporte y me echo a la carretera. Camino durante un buen rato, hasta que un auto negro, un Renault 5 con más de veinte años, se detiene junto a mí. El conductor, casi un adolescente, me pregunta: "¿Te llevo?". Por supuesto, acepto. Él tampoco conoce el sitio. Su acento le delata: es gallego. Con una sonrisa franca, confirma mi sospecha. Dice que va al norte, a los Pirineos, sólo por ver la cordillera. Le han hablado de parajes extraordinariamente bellos, aunque no recuerda bien los nombres o los mezcla o los confunde. Para no resultar redundante, le menciono sólo cuatro lugares (también escribo en un papel los nombres y la forma de llegar hasta allí) que en mi recuerdo crecen más y más conforme se aleja el tiempo en que me fue dado visitarlos. El primero es el Forau d´Aigualluts, en el Valle de Benasque, una pequeña explanada rodeada de montañas donde, a veces, se tiene la sensación de que llueve hacia arriba. Es lo más lindo que yo vi nunca. El segundo, un pueblo llamado Aínsa. El tercero, aunque he de confesar que no me impresionó cuando estuve allí, es el Monasterio de San Juan de la Peña. No sé que es, pero hay algo desconcertante en la montaña donde está situado, algo feo y sin embargo inolvidable; tal vez -pienso confusamente- hago mal en recomendarle esa visita. Por último, escribo: Selva de Oza. "¿Qué es?", me pregunta. Es un valle hacia el oeste, por donde discurre el río llamado Aragón-Subordán. La vegetación tiene un color oscuro que produce sensaciones difíciles de describir, pero allí uno siente que está vivo, que de verdad pueden ocurrir cosas que te hagan sentir vivo, cosas maravillosas o atroces, pero en cualquier caso reales. El tipo asiente, acaso sin comprender del todo el sentido de mis palabras, y promete que irá a todos esos sitios. Luego se pone a hablar de su coche y, más tarde, de los grupos musicales que le gustan, cuyos nombres casi siempre me resultan extraños. No obstante, reconozco algunos, lo cual es motivo de alegría para ambos. Le recomiendo otros, que él no oyó jamás. “Te gustarán”, le digo.

Al llegar a Huesca, tomamos la carretera hacia Lleida. Unos kilómetros más adelante, nos despedimos con un apretón de manos. No tardaré en darme cuenta de que ni siquiera nos habíamos presentado. Somos dos extraños caminando en un túnel o en un insondable laberinto, que sólo por casualidad han compartido un brevísimo trecho del camino. Tal vez ninguno de los dos encuentre lo que busca, o como sucede tantas veces, lo encuentre y no lo reconozca.

Por la estrecha carretera que conduce a Casbas apenas hay tráfico. Atravieso una población y sigo adelante. Según el mapa, ya casi estoy. Es entonces cuando, de pronto, me asalta una extraña idea: ¿Y si no es esto lo que quería el Coiro?, pienso. ¿Qué interés puede tener para Inventiva un minúsculo pueblo aquí en mi tierra? Un sitio del que, por otra parte, ni siquiera yo tenía noticia hasta este momento. ¿Habrá algo que se me escape en todo este asunto? Perdido en esa confusión y en esa carretera solitaria, unas palabras aparecen en mi mente, fosforescentes como un letrero luminoso en medio de la noche: Próxima estación Casbas. Me doy cuenta de que he metido la pata (el Casbas sobre el que debería escribir es otro, y está en Argentina y no sé absolutamente nada de él. Mi maldito despiste crónico me impidió recordar hasta ahora que es una de las próximas estaciones del Inventrén) y lo peor es que está anocheciendo (es otoño y los días acortan). Por suerte, al fondo puedo ver las primeras casas. Advierto que estoy cansado. Espero encontrar un sitio donde me dejen dormir, porque hace un poco de frío y la manta que he traído es más bien fina. Pero no se ve un alma por las calles.

Al fin, distingo un vago destello al fondo de una calle lateral. Se trata de una puerta iluminada. De no haber anochecido ya, no la hubiese visto, tan tenue es el resplandor que de ella sale. Hacia allí me dirijo, con paso lento y el oído alerta. No es natural este silencio. Sobre la puerta hay un letrero de madera. La inscripción apenas puede leerse, pero se adivina que el lugar es una taberna. Cruzo el umbral y me encuentro en un cuchitril mal iluminado donde parece no haber nadie. Al oír mis pasos, un hombre sale por una puerta situada al fondo y, con un perfecto acento argentino, me saluda y pregunta si deseo tomar algo.



II


Una sensación de irrealidad me atenaza. No acierto a responder. Sólo le miro como se mira a un aparecido o como se podría mirar el propio reflejo en un espejo diseñado por Klein (el de la botella). Él repite la pregunta, más despacio, como si yo fuera extranjero y no comprendiese bien el idioma. No sé qué decir, qué hacer. Me siento como un actor de teatro esperando que el apuntador le sople el texto. Por fin, con cierto embarazo, me atrevo a pedir una cerveza. Mientras me sirve, el tipo explica que el pueblo está desierto porque hay un concierto en las piscinas municipales, un grupo de pop, uno de esos que venden muchos discos donde las diez o doce o quince canciones son, en realidad, la misma. Añade que incluso ha venido gente de los otros pueblos cercanos y hasta algún autobús de la ciudad. (Ese silencio ahí afuera, sin embargo, esa ausencia…). Al preguntarle dónde estoy, él me mira de arriba abajo y dice con naturalidad el nombre del pueblo. La siguiente pregunta no es fácil de hacer. Si el mundo sigue girando en su órbita normal y éste es, como parece, un hombre serio y cabal, se va a acordar de mis muertos y suerte tendré si no me saca del establecimiento a golpes; si por el contrario, el temor que me aprieta el corazón resulta ser fundado, yo me volveré loco. Aun así, no queda otro remedio: "Pero ¿Casbas de España o de Argentina?" digo en un susurro. Al principio, pienso que no me ha entendido, y tal vez sea lo mejor; acaso en el fondo conocer ese detalle no importe en realidad.

Pasado un instante, levanta la vista del barreño en el que en ese momento estaba lavando unos cubiertos y dice: "¿Acaso quieres tomarme el pelo?". Entonces me atropello, intento explicarle lo ocurrido, nombro el Inventrén y algunas otras estaciones, le cuento que soy poeta. "¡Poeta!" dice él. "¡Poeta!" repite. "No me lo creo. Nadie va por ahí en estos tiempos diciendo que es poeta. Usted es un aprovechado. Un sinvergüenza". Yo insisto. Mi sombra en el suelo gesticula como una marioneta de trapo, parece la sombra de otra persona, idéntica a mí pero con otro ritmo. Con amargura recuerdo que no he traído un solo libro; de haberlo hecho, mis argumentos quizá tuviesen más peso. Entonces, sin explicación, hay por su parte como una sorda aceptación, no ya de mis palabras o de lo que ellas pretenden comunicar, sino de la remota posibilidad de que sean ciertas. Mirándome de reojo, con desconfianza aún, se dirige hacia un extremo del mostrador, levanta un trapo oscuro que cubre un ordenador portátil y sentencia: "Ahora lo veremos". Abre el explorador, busca el Inventrén, busca mi nombre, encuentra resultados que le satisfacen, parece comprender que no le he mentido. La expresión de su rostro es otra ahora; luego me indica una mesa y sale del mostrador con una botella de vino en una mano y dos vasos en la otra. Nos sentamos, sirve el vino, enciende un cigarrillo y se larga a hablar convulsiva y nostálgicamente.

Así, me entero por fin de que nada extraño ha sucedido (si es que no es extraño encontrar de repente, en medio de un desierto, a un hombre que creemos habitante de otro desierto distante más de diez mil kilómetros). No hubo viajes astrales ni agujeros en el espacio. Estamos en Huesca. Con la voz plena de emoción, Manu (ese es el nombre de mi interlocutor) me habla de su niñez, de su adolescencia, se demora en detalles que tal vez hayan dormido ahí durante años, esperando esta noche y este vino; (afuera continúa el silencio, no hay ruido de pasos, ni de autos en marcha, ni siquiera el eco lejano del concierto. Si yo fuese otro, si fuese un tipo valiente, tal vez me asomaría un instante a la puerta, para mirar la luna, sólo eso: mirar la luna y saber que todo está bien). Mientras, la voz ronca de Manu me habla de la barra, de una novia que tuvo y perdió, “¡qué linda era!”, exclama. Luego hay un silencio necesario. Un movimiento lento, la mano de Manu buscando en su cartera y sacando de allí una foto cuarteada por el tiempo. La miro y hago un gesto de admiración. En efecto, la muchacha es guapa. (no sé si es entonces cuando comprendo que éste es cualquier lugar y cualquier momento, un retazo arrancado a mordiscos de la eternidad; tal vez por eso el obstinado silencio del exterior, la silueta en la pared de dos desconocidos conversando, dos latinoamericanos perdidos en cualquier parte, lejos y cerca de la vez, tenues fantasmas de sí mismos, sombras que se proyectan desde remotas noches olvidadas, que viajan en la nada hacia un tiempo inconcebible). Después escucho la descripción de un oscuro boliche que en su memoria se confunde con otros muchos que habría de conocer más tarde; me habla de su trabajo en el campo, del fatídico día en que se fue el último tren... Entonces algo parece romperse en el pausado hilo del relato. Clavo mis ojos en los suyos. Sujeto el vaso que viaja hacia sus labios. Lo insto a continuar, con el leve asomo de una sospecha insinuándose en mi entendimiento. Él me mira gravemente y retoma la narración: "...yo me fui en él. Aquel último tren que pasó por Casbas City, hace ya más de treinta años, se me llevó consigo. Luego anduve haciendo un poco de todo por todas partes. En Argentina, en Chile, en Colombia, en Bolivia y Ecuador, que es decir casi lo mismo, o de forma más breve, más certera, en Latinoamérica, que es mi patria... Nuestra patria" se corrige. Yo asiento. Luego continúa narrando las peripecias de una vida, una vida errante, como lo son todas. "Y, entonces, de pronto, llegué aquí" dice mientras vacía en los vasos lo que queda de la segunda botella. "De alguna manera, sentí que mi deriva había terminado. No es que la coincidencia del nombre y el cansancio acumulado me llevasen a tomar la decisión de quedarme. Esa decisión era anterior, fue ella quien guió mis pasos hacia estas tierras, ella quien me llevó de pueblo en pueblo hasta terminar en éste. Cuando llegué era de noche, como ahora. Dormí en unas ruinas a las afueras. No supe donde estaba hasta la mañana siguiente, pero durante el sueño supe que me quedaría aquí. No puedo explicarlo mejor. Lo sentí. Sólo eso. Y aquí estoy desde entonces".

No hablamos más. Ambos estábamos algo borrachos y era muy tarde. Dormí allí mismo, en una pequeña habitación que servía de almacén y donde había sitio de sobra. Al otro día, después de un abundante desayuno, Manu estrechó mi mano y nos despedimos como dos viejos amigos. Ambos sabíamos que había muy pocas posibilidades de volvernos a encontrar. Eché a andar por la carretera, en dirección al sur, no a ese Sur que nunca vi y que mi corazón incansablemente anhela, sino al otro, al de todos los días, al sur prosaico donde la vida sufre una combustión tan lenta que ni combustión parece.



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://sbllop.blogia.com
http://www.aragonesasi.com/sergio




ESTACIÓN CASBAS...













CASBAS*



En una historia de Ray Bradbury, un hombre de joven no había abordado un tren. Por alguna razón que no recuerdo o quizás no conste en el relato, este hombre con el pasaje pago y el ticket en el bolsillo, había dejado pasar ese tren que se descarriló. Todos murieron.
En la historia de Ray Bradbury, el hombre vive una vida ordinaria trabajando, forma una familia, pero siempre está atento a ese tren fantasmal que finalmente vendrá a buscarlo. La muerte es, para él como para tantos, un expreso de medianoche.
Esto ocurre en un cuento, por lo tanto ocurre lo esperado y la muerte viene a buscarlo sobre vías de niebla; se ve el faro delantero iluminando oscuras arboledas, se escucha el imposible traqueteo, la imagen final es la del tren repleto de pasajeros que aparece en la noche para que se cumpla el destino aplazado del protagonista.
Aquí, lejos de Illinois, en la estación Casbas una mujer espera en el andén. La estación es ahora un museo, pero la mujer se obstina en ese andén sin trenes.
Me dirán que la mujer espera el amor que partió, que espera la muerte que ha de venir. No lo sabemos aun. Todavía hace falta mirarla un poco, descifrar las arrugas en la frente, descorrer algunos velos.
En un banco de madera y hierro la mujer se mece, se arrulla, se va desatando de la familia y la ciudad. Se desvanece de a poco esta mujer que ahora se que no espera un tren que venga a llevársela. Se desdibuja en tonos sepia, en rosados y mancha de agua sobre papel.
La mujer no espera la muerte, ni el amor. Ha venido a la estación sin trenes para saber que nadie la vendrá a buscar. Sola, solita, la mujer se va despidiendo de sí.

No necesita transporte para escapar hacia adentro.







*de Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com











¿Partida o llegada?*



Entera y no partida



Al parecer era Casbas. Todo parece indicar que era Casbas.


Ese paraje de aquella primera huida sin destino.
Llegó a dedo, rehuyendo en algún que otro tramo un par de invitaciones a navegar por caminos de secreciones y promesas de amor eterno que habrían durado hasta la secreción.
No había habido violencia en las invitaciones, sólo sugerencias, tal vez por demás prepotentes, pero no excedieron la verborrea y la fanfarronería del conductor de camisa desabotonada y pelo en pecho, con el clásico vos te la perdés.


Los hombres suelen ser babosos por costumbre, casi por una inercia que no les permite detenerse en esa línea, para ellos confusa y difusa, que guarda la magia de un interrogante, más allá de lo efímero de una erección de las tantas.
Ella había pasado unos días en un country con un joven que, en apariencia sólo quería amarla, tan joven ella también, que ni le importó creerle. Sólo decidió acceder a sus encantos y su olor y una simpatía que desbordaba y la hacía renacer de una de esas tantas tristezas que lleva siempre a cuestas por las dudas, para cuando haga falta.
La irresponsabilidad de las vacaciones la invitaba a dormir sin límite.
El único límite de su sueño y su dormir era la recurrente necesidad del joven de disponer del cuerpo de ella a quien él había dicho, sólo querer amar.
La sofocaba la incontenible ansiedad del enardecido muchacho y ya, lo que desde él eran caricias, llegaban a ella como sopapos que violentaban su reposo y disociaban el placer del deseo.
Intentó disuadir la afrenta una medianoche, remoloneando entre el sueño y el cansancio y esas ganas de tener un ratito para pensar en sus cosas, pero la pasión de él se convirtió en un enojo y una fiereza, impropios de quien dice amar.
En medio de esa disociación se vio a sí misma, mientras todo lo que sucede en el acto del amor, seguía sucediendo, pero ella ya se había ausentado de la escena, ya sus ojos buscaban un escenario de aire libre que la sacara de allí para siempre. Fantaseaba la luz del sol y un camino abierto sin retorno.
Esa mañana se mantuvo despierta para escucharlo salir, asegurándose poder salir también ella de esa casa para no volver, y evitando tener que dar explicaciones a un ser por demás obstinado y dominante.
En medio de una fiebre intensa y el inseparable sopor que la acompaña, recorrió la casa, ya vacía, llena de rejas góticas y puertas pesadas, propias de seres que suponen que tienen mucho que cuidar.
Todo estaba cerrado, ningún juego de llaves a la mano, no era época de celulares, sí de la policía, pero no de teléfonos.
El pánico era lo único que inundaba la atmósfera del lugar, tan ajeno, tan extraño.
El parque era bellísimo pero su dimensión paradisíaca hacía que toda señal de vida humana quedara tan lejos que empezó a desesperarse paralizada por la fiebre y el terror del encierro.
Quería gritar, pero la voz de la que disponía era una hilacha ronca y aguda sin efecto de onda y se disolvía en esa inmensidad de no importarle a nadie.
Se quedó apoyada en la ventana más próxima a la civilización y al cabo de un rato, una nena en bicicleta pasó sin registrar su inútil voz.
Recordó sus paseos de niña, en bici por el barrio y se tranquilizó sabiendo que la nena volvería a andar por el mismo caminito sinuoso una y mil veces.
Recompuso la voz y la energía y se apostó en la ventana a aguardar la pasadita en la bici.
Había perdido la noción del tiempo y no sabía cuánto podía demorar la llegada del impaciente hormonal que tanto la amaba.
La niñita volvió andando sin siquiera girar su cabeza hacia la ventana, el único y mágico vínculo con el mundo que existía en ese momento.
Alcanzó a llamarla y algo oyó la nena, porque salió torpemente, a mucha velocidad, trastabillando sus rueditas.
Se desanimó pensando que esa imagen espectral de ojeras y color de pescado hervido de la fiebre había aterrado a la niñita.
La inquietud de la ciclista asustada al llegar a su casa había despertado la de su padre y éste se tomó la molestia de acercarse hasta esa ventana para ver qué sucedía.
Como pudo, le explicó al vecino que algo había sucedido con la llave y que la ayudaran a salir, necesitaba ver a un médico.
Evitó dar cualquier clase de explicación y pormenor para no acabar en una seccional haciendo denuncias y cosas así que, lejos de hallar soluciones, extienden al infinito los vínculos que uno desea cortar de cuajo.
El mismo señor la llevó hasta el centro de salud más próximo y cuando terminaron de aplicarle el antifebril inyectable, ya nadie supo más de ella en la sala.
Comenzó a hacer dedo, jugando a semblantear las fisonomías de conductores y conductoras, echando mano a la perimida psiquiatría lombrosiana, aceptando que los dueños del volante la trasladen cualquier tramo posible.
Tenía que alejarse del lugar y ni siquiera tenía idea de dónde iría a parar.
Ansiaba una ducha y una cama sin acompañante, pero era indispensable estar de pie y andar y seguir andando.
Llegó, en realidad no iba allí, pero llegó a un paraje de decía Casbas y una flecha, aquel paraje de esa primera huida sin destino.
Tal vez la asociación con Cabsha y la dulzura le hizo desear pedirle a la señora que se detuviera y se bajó de la camioneta.
Caminó hasta encontrar un bodegón de pueblo y después de dos cafés aguachentos y todas las miradas de los jugadores de tute sobre ella, se hizo amiga de la hija de la despensera que había ido a llevar la galleta para el almuerzo.
La hija de la despensera era rústica, ignorante y confiada y ella era básicamente una buena persona.
Le ofrecieron pasar una noche en una chacra de por ahí cerca, que sí era Casbas, y se transformó en lo mejor de las vacaciones.
Limpió, cocinó, adornó con flores, contó historias, sintió el aroma de la luna creciente, releyó su libro de cabecera: Robinson Crusoe, que apareció en un anaquel mezclado con la harina de garbanzos y el mijo, corrió con los perros, uno la mordió porque no sabía jugar, ella, no el perro, limpió culos de bebés que ya comían lo mismo que los adulos y ahí supo que la caca nunca es santa, es caca nomás.
Comió empanadas dulces como postre, desayunó con chorizo seco y mate, vio un peludo de cerca y aprendió a relativizar la sabiduría canchera de la porteñidad en medio de ese sortilegio del azar y los azahares que le había regalado la mejor oportunidad de su vida, impostergable.
Una mañana serena preguntó por la estación, para poder volver de donde ella era.
No había tren, desde antes del ochenta, le dijeron, y ella, que andaba desayunándose de democracia, según circulaba por la época, terminaba Malvinas, volvía la libertad, se veían grandes cantidades de tetas y músculos aceitosos y resbaladizos de machos en situación, volvían los partidos políticos, pero con otros nombres, y muchos condimentos de la democracia, pero no había tren.
Tuvieron que darle, encima, unos pesos al despedirse, porque con su contante y sonante no le alcanzaba ni para irse, menos para llegar.
Tenía que volver a su trabajo en la recepción de la empresa.
Por la confianza de esa gente pudo emprender el regreso.
Un poco antes de llegar a la empresa, al doblar la esquina, que según el borracho del chiste, ya estaba doblada cuando él llegó, visualizó la silueta de su amante pertinaz.
Caminó hasta el correo y envió un colacionado de renuncia.
Un par de horas después consiguió otro trabajo.
Eran otras épocas, claro.
Pero la violencia, la desdicha, el riesgo inútil, las decisiones, son innegociables.
Esa incógnita Casbas le abrió las puertas de un armario de aromas, colores y sinfonías que la urbanidad le había arrebatado en la turbulencia de llevarse la vida por delante, tragándose todo lo que se imponía a su paso.
Se sintió fuera de época, se preguntó si no se había equivocado de vida, trató de pensar en la libertad y sus diferentes rostros.
Pensó incluso que la idea de la libertad varía de acuerdo a los contextos.
Pero concluyó que la libertad nunca es cosa de otra época.




*de Magalí. yosehacerasado@hotmail.com













Desguace*




Nos sorprendía/ Amaneciendo
Era un astro rugiente y alado
Que respiraba/ Amaneciente.
Abiertos los furgones/ Él resoplaba:
Amanecían atados y bultos
Amores fatuos/ Que lo poblaron
Día tras día/ Amaneciendo.

Entonces penetrados/ Amanecientes
Boleto en mano y enamorados
Del destino y las raíces
Pero del viaje… Pero del viaje
¡Emborrachados!/ Amanecidos
Luciérnaga en luciérnaga
Tragándonos azul y aire y risas.

Tan de tren en tren como de día
En día si se pudiera/ Era pedirlo
Y concederse quizás: una vez
A Bahía por semana/ Está bien.
Amanecer un día en otros seis
Viajar enamorados/ Amaneciendo
Aunque al atardecer volvamos.

Nos sorprendía/ Atardeciendo
La bocanada final: Difusos
Caminos/ Distancias y lances
De amor como en el cine.
Pero bajando tres peldaños:
Descender de la gloria celestial
Después de la fiesta y del delirio.

Y el tren se quedó/ Es decir
Abandonamos el pueblo
Dejamos atrás siestas y felicidad
Irresponsable/ Del tren:
La muerte. O el latido
Embalsamado en la memoria.
Y nosotros: de regreso/ Amanecidos.





Tren local*





No te culpo de mi exilio.
Si ofreciste devolverme
Tantas tardes culebreando
Lado a lado tus fronteras
De desierto y de silencio.

Yo iba en sueños. No volvía
Mi razón emborrachada
De libros/ Ciencias o mujeres
Acomodadas a cubierto
Del sereno. ¡Imperdonable!

Me esperabas en tus rieles
A corazón abierto. Cancerbero
Acatarrado/ Soberbio trono:
No te merecí mientras te tuve
Después dijeron que te fuiste.

O quizás te encerraron.
¿Perdiste tu batalla campal
Se quebró en polvo tu iguana
Incapaz de trasnochar
Te hundiste/ Ya no humeaste?

No existe el vía Pringles
Ni siquiera el Lamadrid/ Sólo
Señales de abandono. Bocinazos:
Gris tu descendencia/ Gris
De conurbano sin paisajes.




El enviado del rey*





Plantado en la pampa nocturnal y fresca
Como un gran cigarro articulado. Andenes
A Grünbein (lugar de paso y de poesía)
Yendo o volviendo del humo encolumnado.



Allí debajo está el enviado a toda luz
Refulgiendo entre rastrojos/ Brillando
Contra el zinc de los espejos de cereal.
Es el enviado del rey: ¡Miren qué lujos!



¿O es la serpiente que aún somete Evas?
Mi médula espinal que muerde rebelada
O el infaltable profesor pontificando.
Representante del rey. Del más antiguo:



Condenado por sueños subversivos
Por seducir y convocar miles o millones
Salteador/ Raptor/ Iconoclasta
Revolucionaria hierba de la pampa.



Hasta que suelta un alarido. Se tensa
Como arbolito con Rauch sobre la chuza
Y lanza su malón. Sus pingos en carrera
Cambian tierras/ Reinados y pasajes.




De “Poemas del amor que vence a la muerte”, 2008-2009



*Poemas de Carlos Enrique Cartolano cecartolano@hotmail.com
http://latrampadearena.blogspot.com
http://diasporasur.wordpress.com







"Concédenos Buen Viaje"*



“Tarde o temprano, la tecnología llega a todos lados, che. ¡Qué lo parió!”, pensó el maquinista Leandro Benítez, al contemplar la reluciente locomotora alimentada a GNC que descansaba sobre los relucientes rieles del remozado y reciclado ramal de trocha angosta del ex Ferrocarril Midland, ahora denominado Trochita Pampeana, en un simpático gesto realizado por los municipios vecinos que se abocaron a la tarea de revivir el antiguo servicio que unía estos pueblos bonaerenses. No por casualidad, la flamante locomotora –quizá, de procedencia japonesa, pensó Benítez- lucía sobre uno de sus flancos el portentoso nombre de “FÉNIX”…

El servicio funcionaba a pleno desde hacía ya un mes, cuando se realizara su viaje inaugural, en medio de los estridentes vítores de la multitud vecinal congregada en las inmediaciones de la Estación. Benítez difícilmente pueda olvidar la felicidad estampada en los rostros de los vecinos que se acercaban llorosos a la vera de las vías para verlo pasar, saludando con las manos, pañuelos al aire y sombreros o gorritas, dándole una bienvenida más que calurosa al antiguo y estrenado servicio, deseosos de no tener que presenciar otra lenta y frustrante agonía…

Desde entonces, Benítez realizaba un par de viajes semanales a bordo de “FÉNIX”, transportando cargas diversas, y pasajeros sólo en ocasiones, instaurando un nuevo servicio solidario entre las localidades vecinas. Las autoridades celebraban con satisfacción esta nueva iniciativa, respaldada por el gobierno nacional. Cada uno de los actores del emprendimiento sacaba réditos, por lo que el negocio cerraba en su totalidad.

En uno de estos viajes, ocurrió el desgraciado hecho delictivo. La formación salió de la Estación Carhue puntualmente, como de costumbre, rumbo a la Estación Puente Alsina. Mientras Benítez calzaba la palanca en los comandos de la cabina y comenzaba a acelerar, echó un vistazo como siempre a la pequeña silueta de la Virgen de Nuestra Señora de Luján, nítida en su zócalo de la pared de la Estación, junto al panel que indicaba los horarios de salida y llegada de cada formación. Por sobre todo, Benítez gustaba de recordar la leyenda del minúsculo letrero de cerámica que existía debajo de la Virgen, y que el maquinista consideraba un rezo casi sagrado: “Concédenos Buen Viaje”, podía leerse aún desde la cabina de “FÉNIX”, estampado en blanco sobre negro.

No habían transcurrido diez minutos desde la partida cuando la puerta de la cabina se abrió de golpe, y Benítez se encontró frente a frente con la enorme boca de una pistola, abierta como una siniestra “O” entre sus ojos. La impresión inicial demoró un par de segundos en devolverlo a la realidad, durante los cuales no pudo dar crédito a lo que veía; ¿cómo era posible que hubiera subido alguien a bordo si……?

Sólo después consiguió divisar, por detrás de aquel ominoso cañón, el pasamontañas negro con visos rojos, verdes y amarillos que le cubría el rostro al recién llegado.

-¡No te movás porque te quemo, hijo de puta!!! ¡Y frená esta mierda ya mismo!!!!

Benítez movió la palanca, casi por instinto, disminuyendo la velocidad, aunque una parte de sí mismo le dijo que no, que continuara con su trabajo, que prosiguiera la marcha pasara lo que pasase. Sin embargo, el miedo pudo más que el deber, y finalmente aminoró la marcha hasta detenerse con una mínima inercia. Una mano lo aferró por la espalda de su camisa de trabajo y tiró hacia atrás, alejándolo de los comandos.

Ambos salieron al pasillo exterior de “FÉNIX”, mientras su poderoso motor regulaba en automático, y Benítez saltó a tierra, escrutado continuamente por su captor. Apenas con un gesto de la pistola, le indicó que caminase hacia el furgón.

-¡Y con las manos separadas del cuerpo! ¡No te hagás el loquito!!!

Este no parecía ser un vulgar “pibe chorro”, aunque la pinta pareciera delatarlo; menos aún el clásico punguista de estación. ¿Quién detiene una formación de carga en medio del campo, a menos que tenga un dato sabido de antemano? Recorrieron el trayecto sobre la tosca con paso veloz, hasta arribar a la puerta lateral del furgón, abierta de par en par. Allí los aguardaban otros dos delincuentes, uno con un cuello polar calzado hasta los ojos, que le ocultaba el rostro, y otro también con pasamontañas, pero de color azul.

Ambos habían reducido a un guardia de seguridad, que yacía boca abajo sin sentido sobre el piso del vehículo. Benítez desconocía la existencia del mismo al partir de San Fermín, y el hecho de descubrirlo fue una sorpresa tan intensa como la certeza de estar siendo encañonado por una pistola sobre la nuca y otras dos hacia su pecho. La razón de la existencia del guardia lo desconcertó tanto como a los ladrones, ya que jamás hubiese pensado que algo como eso pudiese ser transportado por fuera de un museo, a bordo de un vehículo del siglo XXI.

-¡Hablá, puto! -, gritó el del cuello polar. -¿Cómo mierda se abre esto?

Ninguno había esperado encontrarse con una reluciente caja fuerte británica del siglo XIX, negra como la noche, con delgadas líneas cromadas junto a los bordes de la puerta, y una enorme ruleta de combinaciones numéricas en su centro, junto a la manija de acero inoxidable, también cromada. En pequeñas letras plateadas, alcanzaba a leerse la distintiva marca del dueño original: “Wells Fargo”.

-¡No puede ser, loco!!! -, gritó el tercero. -¡Hacemos esta movida para ganarnos buena guita, y nos recontracagan!

-¡Secuestremos el tren cuando lleguemos a Puente Alsina, y pidamos rescate! -, chilló el que se encontraba a su espalda.

-¡Pero no, animal!!! ¡Nos van a fusilar cuando vean que no hay rehenes!

-¿Y éste, qué es? -, volvió a chillar, golpeándole a Benítez levemente el parietal derecho con el cañón de la pistola.

-A éste lo fusilan con nosotros -, masculló el del cuello polar, mientras Benítez sudaba a mares, para perder todo interés en apuntarlo y ponerse a analizar en cuclillas el oscuro bloque de metal -: ¿Están seguros que no podemos conseguir dinamita?

-¡No seas cabeza! ¿De dónde mierda sacamos dinamita?

-¡Hagamos mierda a éste!!! -, chilló el que tenía a sus espaldas, aferrándolo por el hombro y comprimiendo el cañón de la pistola contra la nuca de Benítez. Con la cabeza echada hacia delante, el maquinista contuvo la respiración, apretando los dientes, rogando por el arrepentimiento del impulsivo delincuente.

-Dejate de joder, boludo. Acá no se muere nadie -, masculló otra vez el del cuello polar, sin dejar de contemplar la caja fuerte, meneando la cabeza. Al cabo de un rato, que a Benítez le resultó eterno -mientras su propio sudor resbalaba hasta enjugar la amenazante boca de la pistola-, se puso de pie, enfundó la pistola en el cinturón a la altura del ombligo, y contempló el horizonte con una intensa mirada de frustración: -Vamonos.
-¿Cómo??? -, chilló el tercero, a su lado. -¿Qué decís???

-¿Te volviste loco, chabón??? -, gritó el que apuntaba a Benítez en la nuca. -¿Qué mierda te pasa?

-Que aunque me dé toda la bronca, hay que saber irse a tiempo, sin hacer cagadas -, murmuró el del cuello polar, sin mirar a nadie, saltando a tierra. Tomó a Benítez por la mandíbula, lo obligó a mirarlo, y le dijo: -Y vos, vas a seguir viaje haciendo de cuenta que acá no pasó nada. ¿Está claro?

Benítez asintió varias veces, incapaz de decir palabra alguna, en el instante previo a escuchar decir al delincuente que lo apuntaba por la espalda:

-¡La concha de tu madre, puto! -, antes que el golpe en la cabeza lo sumergiese en un insondable pozo sin fondo.

Al despertar, contemplando miles de bailarinas lucecitas delante de sus ojos, los delincuentes ya no estaban. Ignoraba cuánto tiempo había pasado, pero el guardia de seguridad aún no había vuelto en sí. Creyó por un segundo que estaba muerto, pero la urgencia por hallarse en el medio de la nada delante de una caja fuerte lo apartó de cualquier otro pensamiento.

Tomándose la nuca con una mano –palpando la escasa mancha de sangre que se extendiera por su cabello-, se incorporó tambaleante, apoyándose con la otra mano en el borde de la puerta del furgón, sin dejar de contemplar la hipnótica silueta del enorme cubo blindado. Y a pesar del miedo y el dolor, de un imperioso sentido del deber que le ordenaba trepar a "FÉNIX" y llegar cuanto antes a Casbas para denunciar el hecho ante el encargado de la Estación, un par de irreprimibles ideas lo asaltaron por sorpresa:

“¿ESTARÁ LLENA DE PLATA……O VACÍA?”

“¿¿¿Y SI ME LA LLEVO???”

De pronto, soñó que atravesaba la pampa a bordo de “FÉNIX” como si fuese un antiguo bandolero del Lejano Oeste, huyendo de la ley y los demás delincuentes, montado en su poderoso caballo de acero, dueño de la máquina y del botín. Sólo le haría falta la chica; rubia o morocha, le daba igual.

Pero la vana idea de independiente omnipotencia le duró muy poco…

……¿O no?……
Y el vago recuerdo de una frase escuchada hacía no mucho tiempo se le impuso en la cabeza, con un dolor mucho más punzante que el de la nuca:


“Hay que saber irse a tiempo”.



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar





Correo:


FESTIVAL TREN PARA TODOS*


DOMINGO 29 DE NOVIEMBRE 18 horas


ESTACIÓN DE TRENES
SANTA ROSA - LA PAMPA



18:00 Hs TEATRO
Los Okupas del Andén (La Plata)
"Historias Anchas de Trocha Angosta"



18:45 Hs
Murgón Amalaya



19:00 Hs TEATRO
Patricios Unidos de Pie
"Nuestros Recuerdos"



20:00 Hs EN VIVO
MARÍA JOSÉ CARRIZO Y PABLO WEHT
y bailarines de tango (Entrelazados)



20:30 Hs EN VIVO
JUANI DE PIAN Y MARIO CEJAS



21:00 Hs EN VIVO
MARCELA EIJO Y FEDERICO CAMILETTI
y bailarines de folklore



22:00 Hs EN VIVO
TIERRA PLANA - ROCK
'Negro' Vilchez Diego Lucero Luciano Kollman Francisco Taramarca y 'Tajo'
Morettini

EXPOSICIÓN DE ARTES VISUALES

BAR ÁNGELES Y FRIDA

DARÍO 'TIKI' EYHERAMONHO
CAROLA FERRERO
RAQUEL PUMILLA
RICARDO VALERGA
DANIELA FURCH

Un verdadero paseo por la zona ferroviaria

POR LA RECUPERACIÓN DEL SISTEMA
FERROVIARIO ESTATAL Y FEDERAL



*Enviado para compartir por Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com







*



Queridas amigas, apreciados amigos:



Este domingo 29 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores argentinos José Luis Campana y Alicia Terzian, interpretada por el Grupo Encuentros (Argentina). Las poesías que leeremos pertenecen a Lina Zerón (México) y la música de fondo será de Tarpuy (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!




ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at

(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).



REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!



YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





*





INVENTREN: Próxima estación: EDUARDO CASEY


Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/


El tren continúa parando en las siguientes estaciones:

ANDANT.

CORONEL M. FREYRE.

ENRIQUE LAVALLE.

CORACEROS.

HENDERSON.

MARÍA LUCILA.

HERRERA VEGA.

HORTENSIA.

ORDOQUI.

CORBETT.

SANTOS UNZUÉ.

MOREA.

ORTIZ DE ROSAS.

ARAUJO.

BAUDRIX.

EMITA.

INDACOCHEA.

LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.

J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.

PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN.

PLOMER.

KM. 55.

ELÍAS ROMERO.

KM. 38.

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.

MERLO GÓMEZ.

RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.

JUSTO VILLEGAS.

JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.

ALDO BONZI.

KM 12.

LA SALADA.

INGENIERO BUDGE.

VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA.

VILLA DIAMANTE.

PUENTE ALSINA.

INTERCAMBIO MIDLAND.



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Sunday, October 11, 2009

ESTACIÓN SAN FERMÍN.


INVENTREN...





NUDOS*



Raro letargo amor, raro letargo.
Remotas lejanías desnudas, llaman desde la piel dormida.
Amordazan, anudan.
Loco acróbata loco, mi corazón,
Intenta desasir lo imposible.


Los nudos. Allí están. Acechantes. Alertas.
Rama de mimbre, cadena, cordón umbilical.
La piel oscura de mi padre
y la penumbra- intacta- de mi madre.
Lágrimas de piedra, bebe sediento el clavel del aire.


Raro letargo amor, raro letargo.
El agua al alcance de la mano,
El árbol genuflexo, con los brazos cruzados.
A su sombra, descansa, rendida, la muñeca de trapo.
Cabalga la distancia, en sus trenzas de humo
En sus piernitas flacas, gime, anudada
Una pena de nácar.


Raro letargo amor, raro letargo.
Nudos de nácar, nudos, desnudos.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








A cada tano le llega su San Fermín*



Mi madre y mi padre nacieron en Europa y se casaron en siete de julio, pero no en Pamplona.
El arroz se dispersó entre sus cabellos jóvenes y su risa vital en un pequeño pueblo de la zona sur del Gran Buenos Aires, cuando todavía el tren hacía vibrar las juntas de brea y el adoquinado y, al traqueteo de sus desniveles ladeaban hasta la adrenalina los carros del lechero.
Y el pan llegaba a la mañana con el olor de la levadura caliente servido por el semblante trasnochado del propio panadero que lo había amasado.
A la fecha no he podido descubrir por qué Gran ni por qué Buenos, y menos, Aires, pero serán de las tantas preguntas que acompasan mi desconcierto frente a la dinámica y la taxonomía de la realidad.
El cuerpo menudo de mi madre, que sostenía un rostro bello como pocas veces he visto, se envolvía de pañuelos para contrarrestar la intemperie de ese paraje hostil de mediados de siglo que reemplazaba los paseos en la pradera con sus amigas, por el acarreo de baldes y la huida ante la furia y la amenaza del gallo en celo en los fondos de aquella construcción incipiente, poblada de proyectos más que de paredes.
La gallardía de mi padre, recién llegado de su intermezzo entre la Italia del Adriático y ese mismo paraje desavenido, intermezzo recalado en un Sao Paulo con olor al mar de este sur, café intenso y garotas; pues, esa gallardía iba tornasolándose en un degradé lento, en el overol de la fábrica de plásticos y los kilómetros de bicicleta en espiral para abarcar en su totalidad los turnos alternados de esa misma fábrica.

Pero, eso sí, el día de reyes había regalos para todos los hijos de los operarios, y allá íbamos a recibir la bienaventuranza de un capitalismo laxante que se cobró la vida en vida de toda la vida.
El augurio de alimento y trabajo que vaticinaba aquel arroz del siete de julio de San Fermín no había fallado, era innegable, indiscutible.
Quién tiene el coraje y las agallas de ponerse a discutir con un tano y con una tana acerca de la importancia de tener un trabajo digno.
Discusión fútil.

Pasó mucho tiempo desde ese entonces, claro.
Pasó el medio siglo que casi llevo viviendo.

Y la vida me condujo inocentemente, tal vez, si es que hay algo inocente en cada paso que impulsamos, a este otro paraje de los confines de otros Inmensos Malos Aires, ya no sé darme cuenta si peores o no tanto.

Un lugar donde todo está por hacerse pero no veo a nadie haciendo.
Un tiempo en el que habría que deshacer pero no encuentro a nadie que tenga algo hecho.
Un mundo de quehacer que no sabe qué hacer.

Me distraje un momento con un gorrión chozno de Sarmiento, o eso dicen, alimentándose en el compost de mi huerta y bebiendo las escasas acumulaciones de la lluvia mínima en esta tierra yerma de sueños y de ímpetu.

Vi dos chiquilines bamboleándose en un subibaja inventado con un poste, esperando seguramente por otro destino, el poste, digo, no sé los niños, debajo de la llovizna de la mañana casi helada de este oeste.

Casi con un grosero pensamiento me pregunté si no sería todo más sencillo, si aquel San Fermín del ’56, mis padres se hubiesen dejado correr por un toro en Pamplona.



*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
–Septiembre casi fines del 2009.-






ESTACIÓN SAN FERMÍN










*


Ellos cada tanto huyen a una vida anónima.
Viajan en trenes comunes, con ropa sencilla y anteojos oscuros.
Ella oculta pudorosamente sus múltiples tatuajes.
Ahora cumplen el deseo de viajar en un tren de época recientemente reciclado.
Viajan en un tren tirado por una locomotora Garrat -fabricada originalmente por Beyer Peacock- que tiene 116 toneladas. La más pesada de la dotación original del Midland.

El tren corta la llanura pampeana rumbo a Carhue. A los dos les gusta hacer el amor en ese camarote estrecho que los obliga a dormir acurrucados. En ese tren cuyo traqueteo se convierte por momentos en un suave vaivén de barco.
Van al pequeño pueblo de San Fermín.
Donde se anuncia una corrida de toros, sin toro.
Muchachos y muchachas vestidos con sus ropas blancas correrán por las vías.
El toro será un gigante negro y humeante que ha sido caracterizado a partir de una locomotora North British recientemente puesta a nuevo.
En una de las fotos que les enviaron puede verse al toro que tiene una boca gigante de utilería que raspa los durmientes de madera y debe devorar a varios de los corredores en los casi 1000 metros que dura la carrera.


El tren llega a San Fermín envuelto en sus nubes de humo y atravesando una densa niebla.
Bajan. Ven partir presurosos a los recién llegados que son recibidos por parientes o amigos. A los solitarios que corren a ponerse en la fila de espera para tomar alguno de los pocos taxis disponibles en ese pequeño pueblo.

No tienen apuro. Caminan el andén. Se acercan a observar de cerca a una locomotora que no quiere partir. Ni hundirse en la densa niebla que no deja ver mucha más allá del final de la estación.
Es un amanecer. Ese es el primer tren del día que llega antes de que los rayos del sol se impongan a la niebla.
El tren se va. Los envuelve la soledad. Son una pareja de turistas que no tiene demasiado interés en salir de ese espacio mágico del andén de un pueblo perdido en la llanura.
Del tren queda apenas un sonido que se aleja irremediable.

Ellos siguen allí viendo las fotos que revisten las paredes del andén. Un pueblo viejo que se extinguió y volvió a refundarse con la vuelta del tren.
Están las fotos de las celebraciones previas del San Fermín hechas allí.
Caminan de la mano. Mano derecha de él a mano izquierda de ella.
Están, como cuando están juntos y paseando, bastante ajenos al mundo.

Hasta que la tensión en el brazo de ella los puso en guardia. Son esos peligros inminentes que se perciben en la piel antes que en la conciencia.
Esa voz les hablaba en inglés norteamericano.
La voz era de una gitana que se acercaba.

-Hola Brad Pitt.
-Hola Angelina Jolie.

Ahora ambos se sobresaltaron por igual.

-Quiero que se cuiden, hay mucha envidia alrededor de ustedes.
-hay gente mala que asedia la dicha.

Angelina giro bruscamente y le dio la espalda por completo a esa voz a la que no quería unir con el cuerpo que se acercaba.
Brad se quedo enfrentando con su mirada fija en los ojos de la gitana.
Su presencia era la actualización de una antigua pregunta: ¿Hasta que punto lo real esta construido por los malos sueños? ¿Cual es el día en que las pesadillas alcanzan a lo real presente?
Fueron instantes. Apenas instantes.

La gitana siguió hablándole a ella, como si él fuese apenas una sombra.

-No te vayas. No te escapes.
-Que no te voy a violar.

Angelina volvió a estremecerse.

-A vos ya te violaron hace rato… -Remató la gitana.

Porque no te cortas la lengua. -Grito Brad con furia, mientras vio la imagen de la espada de Aquiles en el aire. Su espada que buscaba la cabeza de la gitana.
Lo inundo el deseo de verla decapitada. De llevarse esa cabeza. Que jamás sería la de un santo como Fermín de Amiens.
Pero la gitana eludió el corte y salió corriendo hacia el umbral de la estación.
Después, se desvaneció en la niebla.

Ellos se miraron, por un momento se desconocieron. Descubrieron que fácil es ser desconocidos desde siempre y empezar a darse cuenta a un solo golpe del destino.

El no quiso decirle que ella habita en sus sueños desde niño, pero que la ha visto una y otra vez -Hasta ese día a prudencial distancia- en distintos lugares del mundo.

Angelina sintió el corte en su propia memoria de piel.
Se preguntó si aquel suceso tan encapsulado en olvidos, había ocurrido un séptimo día del séptimo mes.

De la gitana misma quedaron dudas.


Hasta que vieron ese goteo de sangre, que se espaciaba y desaparecía al atravesar el umbral de la estación.


*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar













Rumbo a San Fermín*



Diez de la mañana sobre la pampa húmeda. El primer sol primaveral reverdece en las copas de los árboles, el trino de los pájaros adormece la visión del caminante, y la llanura es cortada por la mitad por una tenue línea irregular. Son los restos del antiguo ramal de trocha angosta del ex Ferrocarril Midland, desmantelado desde hace décadas, descomponiéndose en medio del paisaje como el atroz cadáver de un pordiosero sin nombre.

De pronto, sobre la monotonía del horizonte comienza a distinguirse una silueta que se acerca, sin prisa pero sin pausa. Al comienzo se asemeja a una aparición espectral, difusa, intangible. Pero a poco de avanzar, se concretiza, sólida, oscura, con una vaga oscilación que recuerda al rítmico sube y baja de los pistones de un motor de combustión. Sobre aquel paisaje desolado se materializa una zorra ferroviaria manual, impulsada por un par de siluetas, esforzadas y persistentes.

Poco a poco van delineándose las figuras: son un par de hombres, vestidos con deslucidos mamelucos grises, moviéndose con una monotonía tan decidida como sudorosa. De espaldas a la vía, con la vista fija en el ayer, Eduardo Coiro –alias “Educoiro”- mueve la palanca arriba y abajo, con un brillo alucinado en la mirada y un peso inimaginable sobre ambos brazos, ya casi acalambrados. De cara al futuro, dejando atrás un pasado que ya no volverá, Alberto Di Matteo –alias “Aldima”- reproduce el movimiento alternado de su compañero, resoplando mientras hombros y espalda se le contracturan, y deja vagar la imaginación como una sutil manera de que el impulso cobre mayor fuerza.

-¡Vamos, Di Matteo, no me afloje! -, exclama Coiro. -¡Hay que volver a fundar estos ramales ferroviarios, olvidados por la desidia de los prostitutos de siempre!

-No sé cómo vamos a llegar hasta el final -, replica Di Matteo, con un quejoso murmullo y la vista fija en la palanca. -¿Quién más va a sumarse en esta patriada?

-¡Eso no importa, compañero! ¡Hay que trazar un camino, crear con sentimiento, desplegar el sueño y la fantasía sobre este bendito país!-. Y de pronto, suelta la mano derecha, eleva la vista al cielo, y apunta hacia arriba con el dedo índice, cual si pontificara sobre una tribuna política: -¡Hagamos el esfuerzo, carajo! ¡Claro que vale la pena! ¡Nos cansaremos de triunfar!

Di Matteo también suelta su mano derecha, pero para tomar un marcador que lleva sobre el bolsillo superior izquierdo, y con él comenzar a garabatear las inspiradas frases de su amigo sobre la manga izquierda de su mameluco, que luego transcribirá oportunamente, elaborando inspirados textos que los movilicen a soñar a ambos –y a sus lectores- con estar dando los primeros pasos para el lanzamiento de una revolución cultural que rescate aquellas antiguas glorias de un país que quizá ya no exista, pero que bien vale la pena homenajear. Resopla agotado, guarda el marcador en el bolsillo, y continúa impulsando la zorra hacia delante, inclinando la cabeza.

Sólo entonces descubre el singular detalle, incrédulo por no haber reparado en ello antes. Lo que se extiende a espaldas de Coiro, en esa porción de llanura que aún no han recorrido pero que se les avecina a gran velocidad, son las carcomidas ruinas de lo que otrora fuese una vía: fragmentos de rieles oxidados, tacos de durmientes comidos por las termitas, pajonales por doquier… ¿Cómo es posible que se lancen hacia semejante incertidumbre, sin sucumbir en el intento? Sin embargo, al hundir la cabeza entre los hombros y espiar a través de sus piernas flexionadas, advierte que debajo del paso de la zorra, por detrás del impulso que van desgranando sobre la pampa húmeda, los rieles brillan con una intensidad inusual, como si los hubiesen acabado de fijar al suelo, aunque relucientes por el uso continuo.

-¡Refundemos un proyecto ferroviario, aunque sólo sea en el plano de nuestros sueños, con la mágica potencia de la literatura!-, vocifera Coiro por delante suyo, a espaldas del mañana.

Entonces Di Matteo fija la mirada sobre la oscilante palanca y cree estar viendo algo muy distinto al acero habitual con el que ignotos ingenieros europeos han construido estos vehículos. La barra parece estar conformada por un material extraño, parecido a una red, un tejido, un entramado de elementos misteriosos. Presta mayor atención, entrecerrando los párpados que le arden a causa de las densas gotas de sudor, y sorpresivamente cae en la cuenta de su propio delirio: aquello no es una red de filamentos metálicos, ni siquiera la fragmentación atómica de los elementos, sino un macizo conglomerado de frases, letras y palabras, unidas entre sí…

Inmediatamente, ambos escuchan un estridente silbato, imposible de confundir, proveniente del lugar que acaban de abandonar.

-¡ES EL (Inven) TREN!-, aúlla Coiro, agotado pero inmensamente feliz, espiando hacia atrás por sobre el hombro de su compañero. -¡LO HEMOS CONSEGUIDO, DI MATTEO! ¡EL (Inven) TREN VUELVE A CORRER CON INDUDABLE DIGNIDAD SOBRE ESTAS VÍAS!

Di Matteo vuelve la cabeza y contempla en pleno día el nítido faro de una locomotora diesel a unos trescientos metros de distancia, que se acerca a una velocidad mucho más intensa que la que ellos desarrollan manualmente, sin intención alguna de detenerse al alcanzarlos, en una suerte de criollo remedo de la horrible criatura generada por el Profesor Víctor Frankenstein.

-¡Va a pasarnos por arriba!-, exclama, con un último aliento.

-¡Por eso mismo, Di Matteo: ponga huevo y siga adelante! ¡Hay que llegar a San Fermín antes de que nos aplaste! ¡El (Inven) tren se ha convertido en una fuerza imposible de parar!!! ¡Síííííííííííi!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

“¿Quién me obligó a meter en este quilombo?”, piensa Di Matteo, bufando y sin dejar de agilizar esa barra manual que ya casi parece moverse sola, aunque todavía necesite del impulso humano para darle impulso.

Coiro comienza a reírse de felicidad, con genuina satisfacción. El cuerpo le estalla en una dolorosa contractura, el sudor se le adhiere sobre la piel, y el aire le quema los pulmones. Pero a pesar de todo, se siente tan contento como si volviese a tener siete u ocho años, y su padre le hubiese regalado un lujoso tren Lima, con decenas de vagones y tres modelos de locomotoras diferentes, acompañados por maquetas de estaciones y demás construcciones aledañas, todo ello dispuesto para establecer sobre una amplia mesa y dejarla allí, para jugar hasta muy tarde por las noches, o alegrar una borrascosa tarde de lluvia con el cautivante hechizo de un circuito ferroviario de juguete.

El sudor les chorrea a mares desde las frentes, descendiendo por los cuellos, creando enormes aureolas oscuras bajo las axilas, afincándose en las palmas, asidas con obstinada firmeza a la barra de la palanca, mientras la locomotora Werkspoor 4613 se les abalanza voraz, cada vez más cercana. Y aunque cada uno resopla por causas diferentes, aunque las motivaciones sean tan variadas para cada uno de los dos, algo los une en una misma empresa: el placer por inventar, por divertirse, por delirar juntos de manera creativa…

-¡No afloje, Di Matteo, no afloje!!!

-Sos un dictador, Coiro… Siempre decidís por tu cuenta…

Así es como la zorra parece adquirir una velocidad autónoma al impulso manual que ejercen sobre ella, aunque ello no impida que el parachoques a rayas rojas y blancas de la locomotora les dé un topetazo por detrás, sólo para impulsarlos unos metros más, hasta llegar a destino.

Irrumpen de manera tan vertiginosa en los terrenos aledaños a la Estación San Fermín, que hasta por un segundo les parece que allí no existía nada hasta ese preciso instante. La zorra se desmaterializa en forma inmediata, mientras ambos caen rodando sobre un andén muy pulcro, y a su alrededor se esparce una caótica lluvia de fragmentos de frases sin utilizar, ideas sin desarrollar y comentarios al margen. La locomotora a vapor ensordece el espacio con un silbido en extremo estridente, como el primer chillido emitido por un recién nacido, urgido de alimento, y avanza desbocada hacia el horizonte sobre unos rieles recién estrenados, dejando a su paso un ardiente halo de carbón quemado que les inunda la nariz.

Coiro incorpora a medias el tronco sobre el andén, mientras Di Matteo aún intenta recuperar el aliento del último impulso, con la mente agotada de tanto delinear frases dignas y coherentes, cuando contemplan azorados algo que jamás hubieran podido imaginar por cuenta propia.

Al otro extremo del andén ven surgir, como otra aparición fantasmal, la solitaria silueta de un ciclista, ataviado por colores absurdos y chillones, como es la costumbre, y un oblongo casco azul con antiparras, quien sin frenar siquiera al ingresar en la Estación, incorpora el torso, alza los brazos y mantiene el equilibrio en los últimos metros del recorrido, mientras exclama:

-¡Sí, señores!!! ¡Treinta y cuatro kilómetros después, he creado la Bicisenda Ferroviaria!!!

Se desliza a su lado como una díscola irrupción “sorianesca”, y desaparece en la primer curva, sin que ellos consigan llamarle la atención y preguntarle siquiera cuál es su nombre.

Ambos se ayudan mutuamente para incorporarse, sucios y maltrechos, y avanzan a los tropezones y en silencio, apoyados uno contra el otro, rodeándose los hombros en un fraternal abrazo, resoplando agitados, hasta salir de la Estación, como un par de ignorados espectros, sin cruzarse con nadie. Al llegar a la calle de tierra, divisan en la vereda de enfrente un boliche de campo. Y hacia allí van, aún con ciertas frases colgándoles del overol, a la espera de tomar algo que los reconforte.

Acodados en la barra, por detrás de la reja que los separa del dependiente a la manera de una pulpería, ambos piden una ginebra “dalmasettiana”. Como el hombre no tiene idea de qué le están hablando, se conforman con un breve vaso de caña. Y una vez servidos, mientras recuperan el aliento y observan el paisaje que los rodea con ojos curiosos, dignos de lingüísticos exploradores, se miran el uno al otro, con un extraño brillo de complicidad, como si se adivinasen el pensamiento.

-Che -, alcanzan a decirse, al mismo tiempo-: ¿Y si proponemos un “InvenTren” en zorra?




*De Aldima. licaldima@yahoo.com.ar







SAN FERMÍN*



No hay nada que hacer aquí, ni toros ni plazas atiborradas, ni caballos enjaezados ni toreros de brillo y coleta. Nada de nada aquí. Una estación, vías brillantes, la sombra inexistente de una zorra que se atisba por el rabillo del ojo.
Una zorra que avanza por los rieles si una está descuidada y mira un poco al costado, un poco al horizonte, un poco así mirando sin mirar con la típica expectación de quien atrapa fantasmas sobre fotografías desvanecidas.
No multitud, no agitación, no clamores. Sólo dos hombres sudorosos y un tren que eternamente los persigue en un sueño, acaso en una pesadilla, en la zona que es la zona, ese lugar alejado de la realidad y sin embargo tan allí, tan aquí, tan próximo.
San Fermín y la resonancia del nombre pero ni banderillas ni trajes de luces ni rosas rojas entre los dientes apretados. Ni una trenza moruna, ni un tablao ni un atestado lugar que huela a circo y a muerte roja sobre negro.
Solamente estos rieles relucientes que trazan las paralelas eternamente unidas en un horizonte imaginario. Sólo esta planicie, esta llanura, estos yuyos repetitivos estos fantasmas que sudan, que mueven la zorra a riesgo de tren y a riesgo de desaparecer finalmente aplastados por el peso, el tremendo peso del firmamento que vira al violeta.
Por qué San Fermín. Aquí, en medio de la América. Por qué el recuerdo borroso de santos católicos, de iglesias barrocas, de cuerpos torturados de santos de imaginería en madera policromada y ojos vítreos para traer todito el dolor intacto, casi real. Por qué aquí, en medio de la nada es decir en medio de la América, este tren que no existe y esta estación sin toros, hecha de fantasmas y de la única zorra que se apresura en ese viaje eterno de llegar a ninguna parte.
San Fermín. Reloj detenido de estación abandonada. Fantasmas.
No hay toros aquí, ni toreros. Hay, si, la sangre en los rieles, la sangre y la agonía del toro es decir la muerte del ferrocarril. Y el inmenso el inabarcable el marítimo clamor de las multitudes rugiendo frente a la ajena muerte.
Ha muerto el toro de hierros y vapores de ollares sudorosos. San Fermín, señores. El carro lo engancha y arrastrando se lo lleva. Otros se regocijarán en la ignominia de celebrar sangres y derrotas. Cierro los ojos para no ver. Para respetar la muerte de rieles y edificio de cenefas airosas.
Al cerrar los ojos perdura apenas, allí entre las luces de párpados clausurados, la imagen de la zorra y los fantasmas. Nada queda de más. No hay nada, nada que hacer aquí.




*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com







El Tren de mi infancia*



—Lo pensé bien—, decía —y hasta resulta económico, embarcamos la camioneta en Autotren, nosotros cuatro viajamos en un departamento, al otro día, en Concepción, la retiramos felices y descansados. Recorremos el sector y de vuelta hacemos lo mismo. Son hartas horas, manejando perderíamos un día entero, en cambio en el tren nos vamos como a las ocho de la noche, comemos y nos acostamos, nos vamos durmiendo tranquilos y llegamos radiantes. Los niños pueden caminar, jugar, moverse tendremos una habitación para nosotros solos. Creo que sería una bonita experiencia—. Manuel trataba por todos los medios de ser convincente. Su esposa le contestó:
—Tienes razón, pero, me asusta un poco, los descarrilamientos que han ocurrido ahora último, dicen que nunca le han hecho mantención a las vías y que el sistema está colapsado. Su marido arremetió:
—De lo ocurrido no han habido más que demoras, sé que dicen que el servicio está más lento, pero, iremos cómodos—. Tiene razón su esposo, para los niños sería una experiencia novedosa. Y quizá tan cautivadora como lo fue para ella...


Ese era un día especial, lo supo desde la mañana cuando su madre con inusitada jovialidad, se afanó desde temprano y los vistió. Los bañaría a la tarde les dijo, cuando les pusiera la ropa para el viaje. Este fue el inicio de la aventura, junto a su hermano mayor estuvieron todo el día viendo signos importantes. A la hora acostumbrada su papá llegó a almorzar y preguntaba insistentemente a su madre, ¿estaban listas las maletas?, ¿llevaba pijamas?, ¿también toallas?, a él no le gustaba que usaran las que ponían en el tren; ¿había cocido huevos para los niños? seguro que les daba hambre, ¿había preparado un frasquito con sal?, que no se le olvidara.


—¡Si hombre! no te preocupes, no es la primera vez que viajamos—. Era la respuesta invariable de su madre que hacía gala de su paciencia ante este verdadero inquisidor.
Después de la siesta cuando su padre regresó al trabajo, su madre les bañó y vistió con sus mejores ropas. Ella se sentía encantada con su suave vestido rosado, calcetines blancos y zapatos negros de charol con pulsera, era su tenida para las grandes ocasiones. Sobre la cama la esperaba su adorado abrigo rojo. Al pesote de su hermano le habían puesto un terno corto azul, calcetines blancos, zapatos de cuero color gris y un abrigo azul, para completar ambos atuendos, a ella le tenían una boina roja y a su hermano un jockey gris. Ya no cabía en sí de excitación. Su madre les sirvió onces y a ella le dio un mareamin, esas píldoras picantes que nunca le habían gustado.
—A tomarla calladita, así no se enferma del estómago.
—¿Por qué no le das a Iván?—, farfullo ella, mientras se la tragaba con algo de leche. — Porque él no se marea—. Fue la respuesta inmediata de su madre.
La niña reclamo: — ¡Claro todo lo malo me ocurre a mí!
Al poco rato el enojo se le pasa y con su hermano preguntan a con insistencia cuanto tiempo falta para irse a la estación.
—Más tarde—. Fue la respuesta que repetida por enésima vez por su madre, no hacía sino excitarlos más.

Anochecía cuando llegó su padre en un taxi, subió todas las maletas a la parrilla del mismo. Entretanto su madre comenzó con el discurso previsible.
—No olvides dar de comer al gato; la basura déjala fuera los martes y los jueves; lava los platos no los juntes en el fregadero, porque van a llegar hormigas; no hagas la cama recién levantado, ventilala sino se pondrá hedionda...
—¡Mujer por Dios!, sólo se van por una semana—. Contesto él poniendo una voz entre dramática y trágica. Impertérrita ella seguía con su letanía.
—Todas las mañanas, dale carne al perro y leche al gato; suspende la entrega de pan, nos vamos a llenar de pan duro y a mi no me gusta comerlo...

Minutos después estaban instalados en el auto, su padre daba las instrucciones:
—Llévenos a la Estación de Concepción—. El conductor contestó amable:
—Inmediatamente señor, ¿a que hora pasa el tren?
—A las 9:00 de la noche—. Dijo su padre.
—Es bastante temprano todavía—. Respondió el taxista.
Su madre que se había mantenido callada mucho rato refunfuño: —Si es que a éste, le gusta llegar una hora antes a todas partes.
— ¿La señora viaja sola?— Inquirió el chofer, mirándolos por el espejo retrovisor.
—Si, con los niños—, se apresuró a contestar su padre, mientras la sentaba sobre sus piernas y la colocaba al lado de la ventana, bajando un poco el vidrio de la ventana.


El viaje de Talcahuano a Concepción no demoraba más de veinticinco minutos, era bonito el paisaje, después de dejar el caserío se veía el camino todo bordeado de verde, plantas, árboles y cerros se apreciaban de mil tonos distintos, ese año había sido especialmente lluvioso y la vegetación lucía exuberante, al fin a la distancia se vieron las luces encendidas de Concepción.


— ¡Como ha crecido la ciudad— dijo en voz alta su madre.
—Así es señora, fíjese que están construyendo nuevas poblaciones, en las afueras de Concepción, dentro de algunos años no habrá campo entre Talcahuano y Conce, yo creo que ni se van a distinguir.
—Es posible—, contestó ella dubitativa— pero, yo creo que faltan muchos años para ello todavía.
—¡Pero, queridísima señora! eso mismo decían del puente y ya ve, tenemos recién inaugurado el puente nuevo.
—Claro, sin embargo, después de los últimos temporales sin ese puente no habría habido trafico hacia el sur. Bien ya veremos si dentro de unos pocos años, como usted dice, habrán casas y no más peladero entre Conce y Talcahuano.

Habían llegado a la estación, les recibió ese olor indescriptible a maquinas y metal. Su madre la tomaba férreamente de la mano a su hermano, en cambio, le dejaban solo. Mientras su padre averiguaba a que hora llegaría el tren, su madre protestaba,
—¡Este hombre Dios mío!, si hemos llegado casi una hora antes, de aquí a que llegue el tren y nos instalemos...
Su papá, acostumbrado a sus reclamos, aprovecha de entregarle a su madre unos cartoncitos pequeños de color ocre con letras en tinta verde. —¿Los revisaste?— le pregunta ella.
—¡Por supuesto! Salida: día cinco de octubre; tramo: Concepción a Santiago; hora: nueve de la noche, el tren viene desde Puerto Montt y según dice el Jefe de Estación a la hora.

Papá les avisó que les tenía una sorpresa, la esperarían juntos, el tiempo pasaba y sentados en la banca de madera frente al andén, los niños miraban donde y cual podría ser, papá estaba tan misterioso, él insistía, realmente estaba a punto de llegar. En ese momento ella lo vio, por el andén caminaba rengueando ligeramente: su Tata. Lisa se soltó de la mano de su madre y fue corriendo hacia él, su abuelo inclinándose la alzó en brazos.
—¡Tata! ¡Tatita! ¿Cuándo llegaste?
—Hace un rato me vine en el tren expreso y como ustedes no llegaban me fui al mercado a comer sopaipillas pasadas.
—¿Te vas a quedar con nosotros?—, preguntaba ella, sin recordar que se iban de viaje.


Se reunieron con los demás, ella había tomado posesión del abuelo, ya instalada en sus brazos y cercándole el cuello, él, como podía saludaba afectuosamente a su nieto, hijo y nuera.


—¿Como está papá? ¿Qué tal el viaje? ¿Y mi mamá?— Preguntaba serio su padre.
—Bien hombre sin ninguna novedad, Amelia con sus achaques de siempre, conoces como es ella.
Su madre atino a responder: —¡Suegro!, esta si que es sorpresa.
—¿Hola como está Ester?, lo que pasa es que Ivancito no estaba conforme con que ustedes viajaran solos así que la Amelia me mandó a que me pidiera el día a cuenta de vacaciones y viniera a buscarlos.
—¡Pero, Iván! ¿Cómo se te ocurre molestar a tu papá? yo no necesito que me cuiden.
—Mira fue idea de mi mamá, y además así aprovechó de descansar un día—. Contestó él entre divertido y feliz de tener quién cuidara a su familia durante el viaje.
—¡Uff! ¡Vaya descanso!, se va a pasar todo el día sentado, debe estar cuadrado.
—No Ester no crea, gran parte del viaje dormí y la otra aproveche de caminar por el tren, además el viaje fue muy bueno, no tuvimos que esperar en el cruce de San Rosendo y las vías están de maravillas.
—¿Cuanto demoró el viaje, papá?
— Salimos de Santiago a las siete en punto, pero, tú sabes como es este tren de moderno y se detiene tan poco, estas maquinas Diesel son una maravilla. Llegó aquí como a las seis de la tarde. Claro que en San Rosendo hicieron cambio de máquina por una de carbón.
En ese minuto la conversación fue interrumpida por la voz del altoparlante. “Señores pasajeros hace su arribo el tren proveniente de Puerto Montt con destino a Santiago. Increíble, pero esa última hora había pasado volando”.


—¡Ese es!— Dice papá, indicando una maquina gigantesca que se acerca bufando peligrosamente y despidiendo sus nubarrones de humo, su chirrido al frenar hace que todos se tapen los oídos y alejen de las vías. En cuanto la maquina se detuvo, los vendedores vestidos de blanco y con canastos en uno de sus brazos, se abalanzaron a las ventanas del tren ofreciendo sus productos, sándwich, dulces chilenos, tortas; mientras eso ocurría se bajaron algunos pasajeros. Su hermano se coló en el carro más cercano, ella también quería ir, su madre no se lo permitió.


—¿Cómo él puede ir?, pregunto amoscada.
—Él es hombre— le dijo su madre con su voz autoritaria que además de no admitir replica zanjaba culturalmente la cuestión.
Su padre en tanto, sin prestar importancia a este hecho buscaba entre los números pintados en cada vagón, el código del carro en que estaban los departamentos. Al fin lo encontró, era uno de los coches más cercanos a la maquina, el orden en esta ciudad móvil era máquina, vagones con carbón, carros con departamentos, coches dormitorios, coche comedor, coches de primera, coches de segunda y coches de tercera. Caminar hasta el coche comedor era lo más que se exigía descender en esta micro escala social a los pasajeros vip y la llegada a éste estaba socialmente vedada aún a los más osados de los clientes de tercera. Las mezclas sociales al igual que en todas las otras áreas de la sociedad no eran bien vistas.

Una vez instalados en el Departamento, papá le dijo:
—El Tata los acompañará durante el viaje, cuando les hagan las camas, tu dormirás con tu mamá aquí abajo y tu hermano dormirá arriba, el tata tiene reservada una cama en el coche dormitorio, en el carro de al lado. En la mañana vendrá a tomar desayuno con ustedes. Pórtate bien y sé una señorita, acuérdate de todo lo que te hemos enseñado.
En ese momento apareció la tromba de su hermano, ufanándose de haber recorrido todo el tren.
—¡Hay un baño en la cola de cada vagón!, los nuestros son lindos con artefactos de bronce y limpiecitos; los de tercera son feos y huelen ¡huacala! — dijo poniendo cara de asco—, siguió parloteando —además para pasar de un vagón a otro hay que abrir una puerta, salir a una mampara y ahí otra puerta y sales y entre carro y carro hay un mecanismo como los enganches de mi tren de juguete y hay que estirar la pierna y saltar de un vagón a otro. ¡Yo quiero que el tren se mueva para poder salir a cambiarme de carro! Mamá, ¡tengo hambre!, dame un huevo, o mejor un pan, ¡óptimo un huevito duro y un pan! ¿Qué te parece?
Era bien camote su hermano, tan acelerado para hablar y bueno para intrusear que resulta de veras agotador, pero, ellas no pueden sustraerse a su encanto. Su madre presurosa y sonriente busca los huevos entre los pertrechos traídos para la ocasión, el Tata ríe a voz a en cuello con este nieto tan acelerado y hambriento.
—Ester, ¿le dio onces a este niño?— Consulta haciéndose el serio.
—¿Usted qué cree suegrito? Si este niñito tiene la lombriz solitaria.
—Papá, dónde nos vamos a acostar—. Pregunta Lisa, que en esa pequeña habitación ve dos butacas enfrentadas donde caben sentados apenas dos adultos por lado.
—Mas tarde les van a hacer las camas—. Dijo él sin aclarar mayormente el tema. —Ahora tengo que bajar.
—¡Papi ven con nosotros a Santiago! Dijo Lisa con los ojos húmedos.
—No puedo mi amor, van con mamá y el abuelo. Ellos los van a cuidar.
—Ester cuídese y salude a mi mamá—. Dice, mientras le da un beso imperceptible en los labios.
— Adiós, mi suegro te llamará para avisarte cuando lleguemos.
— Si Ivancito, no te preocupes, yo los cuidaré.
Estaban sentados mirando hacia fuera del tren—. Díganle chao a papá con la mano— les indica el tata. —¡Chao papa!, ¡chao papa!—, gritaban los dos pequeños a voz en cuello.
La maquina comenzó a bufar otra vez y junto con sus resoplidos se mueve lento, primero como si le estuvieran dando empellones, luego adquiere velocidad y una destreza inusitada en el movimiento, se desliza suave y de vez en cuando lanza sus pitazos imponentes, su padre quedó lejos atrás, en el anden, haciendo un gesto de despedida con su mano, cada vez más pequeño, hasta que resulta imposible separarlo del paisaje. El tren avanzaba en la noche apenas distinguían las casas aledañas a las vías las que exhibían la pobreza de la ciudad.

Lisa todavía no entiende dónde van a dormir, la habitación le ha gustado está toda forrada con madera clara, las butacas tienen ese genero peludito llamado felpa y el piso es de madera reluciente. Al rato vino un mozo vestido formalmente con pajarita incluida y le preguntó a su madre si querían ir a cenar al coche comedor, ambos hermanos cruzaron una mirada traviesa ante esta propuesta.
—¡Si mamá! ¡Di que sí! ¡Di que sí!— gritaron al unísono. Como si hubieran estado confabulados, indiferente a sus peticiones su madre respondió al mozo, casi con altanería.
—¡No!, sírvanos aquí.
—Señora: eso tiene recargo—. Explicó el mozo.
—Bien, lo pagaremos, deseo estar tranquila— Fin de la posibilidad de salir a recorrer ese tren y disfrutar de la aventura. Ellos seguían imaginando la emoción de cambiarse de carro.
Fue divertida la cena, El mozo instaló una bandeja con patas que asió del costado del vagón y quedaron sentados frente a una cómoda mesa, comieron carne mechada con fideos, coca cola, y un pan. Los adultos tomaron café, a ellos no quisieron servirles.

Después empezó lo mejor, el mozo regresó a buscar los platos en una bandeja y llegó un auxiliar a hacer las camas, su madre trató de sacarlos del departamento, ellos se negaron rotundamente, observaron como desarmaba los asientos de las butacas, los extendía hacia adelanta, juntaba en el centro y dejaba una cama, paralela al costado del vagón, luego tendía las ropas. Esto que parece sencillo lo es si a uno no se le mueve el piso, el tren dentro de su suavidad adquirida con la velocidad constante que llevaba, de repente daba unos barquinazos, que según la posición del auxiliar y su pericia lo hacían dar rápidos saltitos, como de boxeador, para no perder el equilibrio. La segunda cama simplemente apareció bajando el costado que estaba hacia arriba, recogida sobre sus cabezas, adosada a lo largo del vagón, casi verticalmente, ya estaba con sus ropas listas para ser usada, al costado traía una pequeña baranda, seguramente para que los dormilones no se cayeran. Ellos que nunca habían visto camarotes estaban deseosos de subirse. Su madre les pregunto si querían hacer pipí, ambos contestaron que si, ella les había traído una pelela, protestaron querían ir al baño. Así que su madre les llevó, ella entró con su madre y su tata y hermano se fueron al del coche dormitorio. El baño era tan pequeño que apenas cabían las dos, tenía un precioso espejo con bordes dorados y un lavamanos de bronce con un mueble de madera clara igual que la de su habitación. El carro se movía tanto que costaba usar la taza, cuando Lisa miro hacia dentro vio algo que se movía, instintivamente se encogió.
—No te asustes, lo que pasa es que no tiene fondo.
—¿Y si me caigo?—, fue su pregunta.
—No te preocupes yo te voy a afirmar y no toques los bordes—. Después de toda esta faramalla apenas si pudo orinar algo, es más decidió que la pelela era una excelente solución y que los baños de los trenes no le gustaban.
De regreso en el departamento y metidos en sus camas conversaban acerca de la última experiencia, su hermano consulto:
—¿Mamá y todo cae para abajo?—, ella contestó: —Si hijo todo cae a las vías.
Iván insistió en el tema: —Y entonces… ¿Quién limpia?— nuevamente y con voz somnolienta: —Nadie, se seca con el sol.
—¡Puff que cochinada!— dijo finalmente el pequeño Iván.
La madre les acoto: —¡Ya basta!, ahora a dormir que mañana tenemos que madrugar—. A la par que apagaba la luz y encendía una pequeña lamparilla que iluminaba tenuemente la habitación.

Al otro día, Lisa despertó muy temprano, no había sentido nada del viaje nocturno.
Al poco rato los tres se hallaban vestidos, era temprano, pero, su madre no gustaba de ser vista en paños menores y prefirió ser la primera en usar el baño, así que antes de las siete ya estaban en pie, la madre los dejó a solas con el Abuelo y salió del departamento.

Ese era el momento, estaban a solas y podían hablar libremente:
—Tata queremos conocer el tren… ¡Llevanos! ¡Di que sí! ¡Di que sí!
—¡Umh!— él los miró, se hizo el interesante y dijo concluyente: —Tenemos que convencer a su madre.
Cuando Ester regresó, les sorprendió todavía cuchicheando. Ambos miraron al Tata esperanzados. El dijo como al descuido:
—Ester, ¿Qué le parece que tomemos el desayuno en el coche comedor? así en tanto hacen la habitación y aprovechamos que los niños conozcan...
—Suegro, ¡veo que ya lo convencieron!— Contesta, mirándolos y sonriendo— De acuerdo, vamos.
Iván y Lisa se miran triunfantes. Aunque arriesgado fue entretenido cambiar de vagón el ruido ensordecedor comenzaba al abrir la puerta de la mampara, se hacia estruendoso cuando se pasaba de un carro al otro y luego se amortiguaba nuevamente cuando cerraban tras de sí la puerta de la mampara del coche siguiente.
Mientras tomaban el desayuno su hermano divertía a todos imitando los sonidos del tren según los momentos del cambio de carro. Era divertido ver como todo en la mesa se movía. Cuando miraban hacía afuera veían pasar los postes con una velocidad sorprendente, lo que más los tenía expectantes era que les parecía que eran ellos en sus butacas los que estaban quietos y los postes avanzaban. Lisa se divertía pensando que a lo mejor era cierto ellos estaban quietos y el resto del mundo se movía, tardaría muchos años antes de entender porque se provocaba ese efecto, en ese momento le pareció casi mágico y se archivó en sus recuerdos junto con el vaivén, los barquinazos y las demás anécdotas del tren.



Después del desayuno su Tata los llevó a caminar por el tren recorrieron todos los carros, la mañana había avanzado y hacía calor, más que en la tarde anterior en Concepción. El abuelo miró hacia fuera en un momento dado, vio la hora y les dijo:
—Ahora a regresar al departamento ya vamos a llegar—. Hicieron el trayecto de regreso, al llegar notaron que ya estaban nuevamente las butacas armadas y todo dispuesto como el día anterior. Escucharon un murmullo, procedía de un pequeño ventilador adosado a una pared, no habían reparado en él antes. Al poco rato el calor molestaba.
—¿Ester, le abro la ventana?— ofrece gentil el Tata. Al asentir ella, los hombres subieron la ventana. El aire enfrió la temperatura de la habitación....


La desilusión fue grande, trató de no demostrarla, la habitación seguía pequeña, más chica ahora que ella se empinaba en su metro setenta, con las dos butacas enfrentadas, los maderos claros que forraban las paredes, estaban casi negros y rallados con el paso del tiempo, las elegantes felpas de las butacas, hacia rato habían muerto, en su reemplazo se apreciaban las modernas felpas sintéticas ya peladas con el uso, del fino color café con leche a un mostaza ramplón, su sensibilidad digna de anticuario se sentía avasallada con el trato poco adecuado entregado a esas, en su opinión, verdaderas joyas. Tomó aire se dio cuenta que sus hijos estaban fascinados con todo, trajinaban bajo las butacas, querían ver como se armaban las camas, verificaron el funcionamiento de todos los mecanismos existentes, enciende-apaga el ventilador, enciende-apaga la lámpara, abrir-cerrar la puerta, subir-bajar la ventana, sonrío, pese a la falta de mantención y la perdida de la belleza de antaño el tren seguía siendo una experiencia encantadora para los niños...

Estaban sentadas en una de las mesitas de afuera del pub, Lisa ha desarrollado talento histriónico para contar chascarros, Juanita escuchaba atentamente a su amiga y se reía de tanto en tanto con los pormenores de su viaje.
—En resumen, no nos descarrilamos, pero, el viaje demoró tanto que casi habríamos ido más rápido si hubiésemos caminado al lado del tren, ¡que terrible!, sabes que desperté como a las seis de la mañana y recién estábamos haciendo el cambio de maquinas en San Rosendo, un bullicio y ruidos, que ni te imaginas, claro que Manuel y los niños dormían como troncos, ellos la pasaron muy bien, sólo por eso el viaje valió la pena.




*de Loreto Silva. l_silva@vtr.net

-Cuento perteneciente al Libro “Chile: Punto de Quiebre y otros Relatos”, año 2000.
www.loretosilva.com







DESDE CUANDO FUI*




Desde cuando fui
el Recitador Escolar
implacablemente conmovedor
representante de mi sexto grado
ante una audiencia predispuesta
a los versos de inexorable tragedia gauchesca
de mi tío Gerónimo
retorno al escenario de ese éxito
-o fenómeno-
inesperado


Desde cuando fui
El Fotógrafo Cargado
con película sensible
y retrataba compañeras
de estudio, de trabajo
de mortalidad, de inmortalidad
conservo
además de los envases (Kodak, Fuyí)
de los rollitos
las entrañabilísimas
copias de contacto


Desde cuando fui
"el pueta" que Rina amaba
no ceso de retornar
al libro de edición bilingüe que ella me obsequió:
a ese otro "pueta" que Rina amaba:
Pavese


Desde cuando fui
o pude haber sido
El Cirujano Poetón
conservo
-entre otros instrumentos-
el bisturí
al que eran tan afectos
-y con quien eran afectuosos-
mis Fantasmas.



*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar






Próxima estación: CASBAS.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/

El tren continúa parando en las siguientes estaciones:

EDUARDO CASEY.

ANDANT.

CORONEL M. FREYRE.

ENRIQUE LAVALLE.

CORACEROS.

HENDERSON.

MARÍA LUCILA.

HERRERA VEGA.

HORTENSIA.

ORDOQUI.

CORBETT.

SANTOS UNZUÉ.

MOREA.

ORTIZ DE ROSAS.

ARAUJO.

BAUDRIX.

EMITA.

INDACOCHEA.

LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.

J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.

PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN.

PLOMER.

KM. 55.

ELÍAS ROMERO.

KM. 38.

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.

MERLO GÓMEZ.

RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.

JUSTO VILLEGAS.

JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.

ALDO BONZI.

KM 12.

LA SALADA.

INGENIERO BUDGE.

VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA.

VILLA DIAMANTE.

PUENTE ALSINA.

INTERCAMBIO MIDLAND.


*

Queridas amigas, apreciados amigos:



Este domingo 11 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Almeida Prado. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Martín Giansanti (Uruguay) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at

(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).



REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067



*



LA JIRIBILLA.

-Revista de cultura cubana.-

http://www.lajiribilla.cu/



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Tuesday, September 08, 2009

ESTACIÓN SATURNO.


INVENTREN...



*



A veces pienso que soy de otro planeta
No porque sea un extraterreno
Pero no soy igual a vos
Con la típica queja de lo casero.
Busco mirar en lo más profundo
No quedarme en la superficie
No buscar pleitos por cualquier cosa
Banal y sin importancia.
El misterio de las letras
Es mi universo y la fuga de una estrella
Mi consuelo.



*De Azul. azulaki@hotmail.com





Pienso en Ti*


Actualmente
Las cosas han adoptado
Nuevos nombres:


A los Polvos de Unicornio
Se les llama Fluoruro de Sodio;
A las Escamas de Dragón,
Silica Hidratada;
Y el Sorbitol
No es otra cosa
Que Pestañas de Pegaso Verde
Acabado de Despertar.


El mercado mundial
Nos oferta las más grandes maravillas,
Siempre y cuando podamos pagarlas…


A la Limadura de Cuerno de Demonio
Se le ha dado el nombre
De Laurilsulfato de Sodio;
Así como a la Cocamidopropil Betaina
Se le ha dado este extraño nombre
En lugar del común Sudor de Minotauro.


Al Aliento de Nahual
Se le conoce en el argot científico
Como Sacarina Sódica,
Y el actual Hidroxipropil Metilcelulosa
En sus buenos tiempos
Recibía el mote de Moco Nasal
De Duende de las Cavernas.


Y extrañamente
A ésta mixtura mágica,
Que blanquea los dientes
Y otorga un refrescante aliento,
Se le llama en nuestros días
Dentífrico, o Pasta para los Dientes.



*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com






SATURNO Y LA EXTINCIÓN*



Voy a Saturno. No es una broma. Me voy a Saturno. Me espera una estación sin proporciones, esto es, un edificio pequeño, flaco, como un cuzquito que se ha quedado en una adolescencia de adulto sin madurar. Una estación de tren en Saturno, sin anillos, sin estrellas fulgurantes, sin cometas cíclicos. Una estación baldía unos rieles sin paralelismo, un horizonte desvaido.
(Si, recuerdo mientras tanto la estatua, cómo no recordar mientras tanto esa estatua)

Me voy a Saturno, en tren. Ya no existe el tren, pero me voy en el tren a Saturno, un tren de vapores blancos, de traqueteo cinematográfico. Una estación de polvo y yuyo que huele a sequía y a deshoras muertas.
Hoy me voy a Saturno mirando por ventanillas sucias, en un asiento de madera, sin valijas.
(La estatua de mármol, los niños, el hombre tensionado, los músculos retorcidos, el grito, los chillidos, el intenso chirrido de la piedra)

Sé que me espera el edificio y que nadie ha puesto en hora el reloj.
Arribo. Saturno sigue devorando a sus hijos.
(Me devora el Dios, me devora el coloso a mi y a mis hermanos, o acaso soy yo quien devoro a mis hijos, quizás no importa quién mate y quién muera en medio de tanto dolor petreo)

Llego a Saturno. No queda nada. Nadie. Todo, hasta el pasado muere aquí. Hay un grito en el cielo.


*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com





ESTACIÓN SATURNO










*


Mi vieja camioneta Ford modelo 1960, tuvo ganas, de repente, de tomarse vacaciones anticipadas y decidió quedarse unos días en Carhué. Y claro, con tantos caminos y kilómetros devorados, su motor dijo Basta!
"Vamos a tener que esperar que llegue el conjunto de motor nuevo, para cambiarlo", las palabras de Pedro, el mecánico resonaron en mis oídos como una sentencia judicial; esperar el repuesto significaba quedarme sin camioneta como mínimo hasta el próximo fin de semana.
Y que hago ahora? No me voy a quedar una semana aquí, tendré que irme a casa.
El trabajo de viajante de comercio es atractivo y excitante, obviamente visto desde la óptica de un muchacho joven, pero a mis 60 y tantos tendría que tener 30 años menos para festejar como un loco el hecho de quedar "varado" una semana entera en un lugar turístico como este.
"Como me hubiera divertido", pensé, mientras caminaba hacia mi hotel.
Esa noche al terminar la cena mientras que Raúl, mozo y amigo de tantos años levantaba los platos, le pregunté si no sabía de alguien que viajara a Buenos Aires, ya que el micro salía recién al día siguiente domingo, a las 16,00 Hs.
"La verdad que no se de nadie que viaje a la capital ahora" me dijo, a lo que agregó de inmediato: Porqué no se va en el "Pasajerito" de la" trochita" que sale mañana a las 8 de la mañana? "Casi seguro que va a llegar a la misma hora que el micro, pero sin querer podría entrar usted en la historia, porque no se si sabrá que el de mañana, es el último viaje de ese tren. Yo había abierto la boca para rechazar su opinión (viajar en esa "Batata" que tarda como 10 hs. Para llegar? Ni loco!!) Pero solo quedé en esa posición:
con la boca abierta! "
-El último viaje? pregunté un tanto sorprendido, como es eso?
"Y si, parece que el gobierno decidió clausurar el ramal, debido a la poca ganancia que genera".
Realmente nunca me había interesado en el ferrocarril más allá de considerarlo un "competidor" debido a mi profesión, pero esta noticia realmente me cayó mal porque pensé en el acto en toda la gente que se
quedaría sin trabajo y en la gran cantidad de pueblos que se quedarían sin transporte.
J.V.Cilley, Rolito, Saturno, San Fermín, Casbas, Eduardo Casey, Andant y tantos otros que conozco bien por recorrerlos a menudo. Pueblos comunicados por el tren y caminos vecinales de tierra, que debido a su estado nunca son transitados por vehículos de gran porte; que será de ellos y de su gente sin
el tren? Que yo sepa camiones y colectivos no circulan por esas zonas. Me acordé del gringo Crivelini, amigo y cliente de tantos años que era el dueño del almacén de ramos generales de Saturno, que estaba frente a la estación y que viajaba a Buenos Aires todos los domingos por su tratamiento de rehabilitación de los lunes y martes; no lo pensé más: viajaría hasta Saturno y me iría con el en su auto, para llegar más rápido a la capital.
Al día siguiente desayuné más temprano que de costumbre; a las 7 de la mañana tomé mi café con leche con esas "cara sucias" de campo, hechas en horno a leña y del tamaño de una pizzeta, de una masa blanca y esponjosa con ese "costrón" de azúcar negra que le daba ese sabor exquisito, y luego de
abonar y despedirme de mi amigo Raúl, partí rumbo a la estación.
Llamó mi atención la gran cantidad de gente que ya había en las calles y que todas se dirigieran hacia ella. "Que extraño, pensé, si todos estos viajan van a hacer falta uno o dos trenes más." Imaginé una larga cola formada para sacar el boleto, pero me equivoqué; no habría más de 20 personas haciendo
fila.
Cuando me llegó el turno para sacar mi pasaje, le pregunté al boletero porqué había tanta gente, y el hombre visiblemente emocionado me respondió:
-"Y que le parece?...vienen a despedir a este tren por última vez!..."
Y ahí entendí el sentimiento y la congoja de todos por este acontecimiento que estaban viviendo.
Las 7 y 45 Hs. Y ya estaba sentado en mi asiento de "Clase única", del lado de la ventanilla, a bordo del coche motor Ganz Nro. 2775, observando aquellos rostros compungidos y de ojos llorosos.
Noté que en otra vía del lado de la "playita de maniobras" (así la llaman), había otro tren compuesto por una máquina a vapor con vagones de pasajeros y de carga mezclados,a los cuales subían gran cantidad de bultos y muebles como así también personas a los coches de pasajeros. "Ese es el tren de mudanza en el cual se van los ferroviarios que son trasladados a otros destinos o que han quedado cesantes", irán subiendo en él todos los empleados de las demás estaciones llevando sus pertenencias y su
incertidumbre." -Me dijo un guarda ante mi pregunta.

Ocho y cinco de la mañana de ese domingo 11 de septiembre de 1977, el auxiliar de la estación Carhué hace sonar la campana y el guarda a cargo del tren su silbato reglamentario, ambos por última vez, y lo que solo eran ojos llorosos en la mayoría de los rostros, se transformaban en torrentes de lágrimas incontenibles, dejando salir a borbotones tanta angustia, desazón y sentimientos imposibles de contener.
Me sentía un tanto extraño en esa tristeza generalizada, me daba la impresión que sufrían más por el levantamiento del tren que por la pérdida de sus empleos, no se porque pero comencé a pensar en mi familia. Y ese nudo en mi garganta?...de donde salió?
El traqueteo lento y el bamboleo del tren fue trayendo ruidos nuevos y alejando los otros, cargados de desesperanza; desde mi ventanilla observaba ese camino de tierra paralelo al tren y me veía yo, desde otra perspectiva, conduciendo mi camioneta. Si me habrán tocado bocina y saludado con la mano
los maquinistas!, si me habré cruzado veces con ellos en tantos pasos a nivel durante tantos años y tantos viajes. y de golpe, la verdad cayendo como un martillazo: Me dejan solo!!, ya no me cruzaré más con ellos!, que haré con tanta llanura, con tanta inmensidad, con tanta geografía campestre para mi solo?...ya no será lo mismo, claro que no!
Tan absorto estaba en mis pensamientos, que no me dí cuenta que estábamos entrando en Cilley. Casi desconozco la estación, la gran cantidad de gente que había en su andén y en los aledaños la empequeñecían, paisanos a caballo, tractores, algunos autos y camionetas le daban un tinte festivo que
no era tal. Pensar que 50 o 60 años atrás la imagen sería la misma pero con un sentido totalmente inverso!
El cuadro era el mismo que en Carhué: gente por todos lados, mujeres con chicos en brazos, hombres con bultos sobre sus hombros y valijas en sus pies esperando al tren de la mudanza, que venía detrás de nosotros. La salida se demora mas de lo previsto, gente subiendo y bajando del tren como tratando
de retenerlo, ya parece no importar el horario puntual, para que?...a quien le importa ya?. Pero no se puede esperar más; el tañido de la campana y el silbato del guarda indican un nuevo desgarro, otra hija que se abandona para siempre, otra vez los brazos en alto, los pañuelos en manos y rostros, secando lágrimas imposibles de contener.
Rolito no fue la excepción; las mismas situaciones, las mismas imágenes repetidas como una película de la matinée de los domingos; otra parada con retraso, otra parada con angustia, otra parada con gusto a abandono.
Nuevamente el traqueteo, el bamboleo lento de este tren que parecía no querer irse de estos pagos, y la impaciencia que comenzaba a apoderarse de mí.
Las 9 y cuarto de la mañana, cuando llegaremos a Saturno?, cuando terminará este sufrimiento? Ahora entiendo: la impaciencia se debe a una sola cosa, la angustia y la desazón habían copado todo mi ser, y mi alma pedía a gritos un descanso, basta por favor!

La geografía de esos lugares, bien conocida por mi, me decía que en pocos minutos más llegaríamos a destino. Ya estamos en la curva de la estancia de los Torres, una pequeña recta, y las señales de aproximación de la estación, aparecen en el horizonte.por fin! Ya estamos llegando!...
Presuroso tomé mi bolsito y me arrimé a la puerta del vagón, no veía la hora de bajarme y dejar atrás la angustia que ya se había instalado en mí y no se quería ir.
Con su chirrido característico de los frenos, el tren se detuvo y la gente agolpada en el anden, no me dejaba bajar; a los" permiso, permiso" y a los empujones, logré hacerlo y encaminarme directamente hacia la calle, pero hubo algo que no se como explicar, me detuvo; algo que hizo que me diera
vuelta y mirara a ese tren como nunca antes lo había hecho y de pronto comprendí: me di cuenta que se trataba de un amigo a quien vería por última vez, un amigo con quien había compartido durante tantos años saludos, señas, bocinas y cruces por esos caminos de tierra, por esos lugares de mi patria, un amigo que sin conocerlo demasiado, me había enseñado que la soledad del campo no era tanta, cuando se transitaba en compañía, y volví sobre mis pasos.
En silencio y apoyado en una columna le hice "el aguante" hasta que el sonido de la campana y el silbato del guarda indicó la separación definitiva; mis manos y mis brazos se confundieron con los de los demás en un adiós muy emotivo y su imagen lentamente comenzó a desdibujarse en mis retinas. Que sensación extraña!, parado en el medio de la vía observaba como se alejaba con su bamboleo de siempre y ahí descubrí el motivo de su imagen borrosa. La humedad de mis lágrimas habían inundado mis ojos. Sin darme cuenta, mis labios y mi corazón murmuraron una misma frase : ¡Hasta siempre, amigo!


*de Carlos Antonio Dinamarca carlosadina@hotmail.com






Una obra de teatro en Saturno*


Allí voy. Dormido y soñante con esos sueños habituales que últimamente se parecen tanto a mis desencuentros con lo real. Me desperté cuando la hermosa azafata pelirroja decía Une Station Saturne, Station Saturn, Stationieren sie Saturn y en algún idioma más que llegábamos en 10 minutos a la estación. Me había dormido siguiendo sus desplazamientos de ida y vuelta por el pasillo. Su presencia fue como un hada que me llevó a aceptar el sueño y casi con seguridad la repetición de alguna pesadilla para luego despertarme con la sensación de que se parece demasiado a mi vida presente. Como dijo alguna vez Rosa Montero: En algún momento del viaje este se convierte en una pesadilla. Es tan evidente -y cierta- la metáfora del viaje con la vida misma.
Antes de tomar el tren hacia Carhue, pensé en la cantidad de años que necesitaría vivir para lograr la felicidad si los pasos los sigo dando por el camino más largo, cuesta arriba y más lento que una tortuga.
Me reí solo: no menos de 150 años y con buena salud para darme cuenta de los logros.
En eso estaba. En retomar mis pensamientos calamitosos de antes de subir al tren y en la azafata que tenia un aire a una pelirroja nacida en Carhue a la que conocí en el trabajo ( Como la deseaba 20 años atrás cuando la veía llegar a mi oficina para firmar papeles de rutina).
Hasta que vi a Julián Fernández parado en el pasillo, haciendo payasadas como siempre entre un grupo de mujeres y hombres que era bullicioso y jodón como una estudiantina pero grandes de edad: 40 años promedio dije con ojo de entrevistador. Julián repartía algo casi invisible entre sus dedos a cada uno de sus compañeros que se levantaba con bolsos. No pude resistir la tentación y me levante a saludarlo.
Con sus anteojos culo de botella, idéntico antes del tiempo pero con canas, él me hablo a los gritos antes que llegara a su lado:
Urbano, amigooo¡¡¡¡
Julián, nuncaaa Centeya, conteste yo con un código propio de aquella época en que trabajábamos juntos.
Urbano, fue mi jefe en la constructora, dijo a los gritos para que todos se enteraran de quien era yo.
Enseguida recordé aquella imagen de pelearme con el gerente de área, casi llegar a las trompadas y renunciar.
Pero con Julián seguimos siendo amigos después de esa partida borrascosa. Al tiempo él también se fue y se dedico a la docencia y al teatro.
Me dijo lo mismo que acababa de descubrir: viajaba con su grupo de teatro y bajaban en Saturno para dar dos funciones seguidas el sábado y el domingo.
Venite Powell, la primera función es en un par de horas, después tomas el tren siguiente y seguís viaje.
No resistí demasiado, le pregunte a la azafata si podía descender y seguir viaje con el mismo pasaje y me dijo que si, que era una política del ferrocarril que la gente pudiera descender en cualquier estación darse una vuelta, conocer y volver a subir a otro tren siempre y cuando sea del mismo día en que se inicio el viaje. No solo es bella, sino además dulce dije, y me entere por el cartel que se llama Analía. El amigo casi no me da tiempo de volver al asiento y llevarme mi pequeño bolso que llevo colgado del hombro. Al bajar había una recepción oficial con banda de música y discursos. Solo alcanzamos a decirnos con Julián que los hijos están bien y creciendo cuando nos vimos inmersos en apretones de manos, presentaciones y palabras de bienvenida. Sólo retuve dos nombres, el de Hércules el jefe de estación y el del Ingeniero Orlando Williams delegado municipal en la comuna de Saturno -dependen del partido de Guaminí-.
Me distraje. Vi una publicidad que colgaba de un tirante bajo el andén que me causo gracia:


¿Dolor de cabeza?

Venga del aire o del sol
Del vino o de la cerveza.
Cualquier dolor de cabeza
se corta con un geniol.
30 centavos.

-Este pueblo atrasa por lo menos 50 años, pensé y me reí bastante.
Ahora hablaba el ingeniero Williams, era el discurso de un anciano enérgico -70 a 75 años a mi cálculo-
Hablaba del ferrocarril con un orgullo y una pasión inaudita, como lo haría cada uno de los ferroviarios que no conoció la tragedia de los noventa. Ahí mire a mi alrededor y en el público del pueblo solo vi ancianos. El grupo de Teatro de Julián y yo éramos los mas jóvenes. En el público había un intervalo de 65 a 80 años, ni mucho más ni menos.
-¿Este es un pueblo de jubilados? -le dije a Julián.
-Algo así, después te cuento bien camino al teatro. -me contesto con tono enigmático.
No nos dejaron ir de la estación hasta que sirvieron una picada con salamines y quesos y se hizo un brindis con vino tinto.
Logramos salir. Le dije a Julián de ir caminando en escalera para conocer el pueblo y hablar algo.
-Dale, -me dijo, el teatro de la sociedad italiana queda a cuatro cuadras pero caminamos unas cuadras más, no te entusiasmes en ver demasiado, el pueblo tiene 10 manzanas por 10 de este lado de la vía y otro tanto del otro lado. Casi enfrente de la estación se observa un edificio imponente al que se le están haciendo refacciones.
-Es la universidad...
El cartel que leo en el frente no deja lugar a dudas:
"Universidad del viento de Saturno"
y abajo una leyenda en francés, alemán e inglés.
-UN DIEU LES ALLAITE(ÉLÈVE) ET LE VENT LES ENTASSE
-GOD RAISES THEM AND THE WIND ACCUMULATES THEM
-GOTT DIE ZUCHT UND DER WIND BELÄDT SIE.

-Que quiere decir?
-No se, dice Julián, debe referirse a que es una universidad abierta donde puede estudiar quien quiera sin requisitos de estudios cursados ni limite de edad.
-Ajá, digo, pero no dejo de ver muy raro a este lugar y recién hemos caminado unas pocas cuadras.
-Bueno, ahora explícame porque este pueblo no tiene niños en las calles y toda la gente que veo es anciana...
Lo voy a intentar dice Julián y toma aire como si la cuestión fuese compleja y difícil de entender para una persona común y corriente como yo.
-Viste al Ingeniero Williams?
-Si, un anciano de una energía y convicción envidiable.
-Pues él es el autor de la ley de ferrocarriles agrícolas y económicos de la provincia.
-Me estás jodiendo.
-No, es el mismo.
¿Pero cuantos años tiene?
-El 29 de agosto cumplió 136 años.
-No puede ser. Ese hombre no tiene 80 años.
-Oíste hablar de Vilcabamba en Ecuador?
-Si, una zona de las pocas que hay en el mundo dónde la gente vive más de 100 años.
-Bueno, en Saturno la gente no envejece.
-Pero si son todos viejos¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
-Así llegaron amigo, llegaron viejos y así están: viejos y saludables.
-Sabes cuales son las dos instituciones más importantes del pueblo para las que ofreceremos la obra en un rato?
-Ya no me animo a imaginar nada más. -le dije resignado a que me relaten cualquier suceso extraordinario.
-Un geriátrico y un hospicio psiquiátrico.
-Tiene alguna lógica, la gente no envejece, pero tampoco rejuvenece como Brad Pitt en la película.
-Exacto.
-Y que obra van a representar. -pregunto adrede para recibir alguna respuesta aceptable para mi racionalidad.
-Una versión muy libre de Saverio el cruel.
Llegamos al cine teatro de la sociedad italiana. El amigo se va a unir al grupo y la obra empieza casi de inmediato, actúan con las mismas ropas con las que llegaron.
Los que organizan son los internos del psiquiátrico. Venden las entradas, lo llevan a uno al asiento numerado. Te dicen algún piropo: -Usted es tan lindo como mi nieto Agustín que vive en la capital.
-No quiero sacar cuentas, tengo 51 años, esa será la edad de su nieto?
Me sientan al lado de un viejito italiano, que enseguida empieza a hablarme, habla en un cocoliche, pero le entiendo que es nacido en un pueblo del Piamonte. Y que puedo llamarlo Don Alberto.
-Y de donde es...? -me pregunta.
-De Lomas de Zamora.
Bello pueblo, bello, yo he visto cantar a Gardel y a Corsini en el teatro Coliseo.
Y de memoria recita

Miro al passato, a i nostri bei vent’anni,
Quando, venendo a te, l’anima allegra,
Vergine ancor a tanti disinganni,
Per i sogni piú belli popolata,
Cercando un ragazza per un valzer
Trovammo quí la sposa
Madre dei nostri figli insuperata...

(Me dice que olvido al autor, que la poesía era más larga...)
-Pero usted era muy pequeño en aquella época, me atrevía a decir temerariamente.
-No crea, era un joven de más de 20 y muy fuerte, trabajaba de maquinista en el ferrocarril. Ese había ido con mi finada esposa Ornella. Cuando llegamos no había más entradas, la gente se quedo afuera e io también. La gente pedía a Gardel, y Gardel salió al balcón y canto para nosotros, los que nos habíamos quedado afuera.

Empieza la obra, hacemos silencio. Sigo con un desconcierto que no para de crecer, pues no encuentro elementos para desmentir lo que esta ocurriendo.
El amigo es el mantequero de Arlt y toca timbre. Lo esperan un grupo de jóvenes aburridos que quieren divertirse con él. Una anciana -presumo que es una enferma del psiquiátrico- se levanta y comienza a cantar en italiano. Puede que cante en dialecto pues no se le entiende nada. El amigo la va a buscar y la sube al escenario. Ella canta una y otra vez la canción, que parece una canción infantil.
Sólo entiendo y retengo el estribillo:
¡Io sono Pinocchioooo!

Luego la obra prosigue y es por cierto una versión muy libre, he visto Saverio el cruel alguna vez, pero no podía imaginar al mantequero que no es ungido Coronel, sino Fiscal.
Y es un fiscal que se preocupa por pequeños hechos de corrupción. En el papel del Fiscal, mi amigo se ha puesto una peluca que lo acerca a Lennon y no a un miembro de la justicia. La acusada es una cajera de un supermercado y la acusan de haberse quedado con 25 centavos.
Se para otra paciente e interrumpe:

-No la castigue señor Psiquiatra. Ella no tiene nada que ver. Acá esta la moneda que le faltó.
(Y levanta el brazo y el foco de luz la muestra a ella con su moneda sostenida entre el pulgar y el índice).
-Estaba en el piso del comedor esta mañana y yo la encontré, ella es inocente¡¡¡, la voy a devolver ahora mismo.
-El amigo reacciona y la va a buscar, a ella y su moneda que prueba la inocencia de la acusada.
la moneda entra en la escena y el juicio se encamina a otro destino.
La obra continua. Esta por finalizar, el mantequero fiscal esta por desencantarse.
Por descubrir la trama del engaño.

Ahí comienza a cantar otro anciano:
¡caprichoso garibaldino trulalaaaa!
No lo puedo creer. Es la canción que mi padre cantaba cuando quería referirse a mi tozudez.
Mientras tanto en el escenario, el amigo y su grupo decidieron que esa canción era el mejor cierre posible para su obra de teatro. Subieron al pequeño anciano y cantaron todos mientras el público aplaudía. Creo que fue demasiado para mí. Me levante sin antes dejar de estrecharle la mano a Don Alberto. Antes de salir, me detuve en la boletería y deje mi tarjeta para que se la dieran a Julián, escribí rápido en el reverso:

-Amigo, esta experiencia merece un café y varios whiskys, llámame cuando estés de vuelta por Capital, invito yo y sin discusiones. abrazo U. Powell.

En el horario que tengo el tren debe llegar en pocos minutos. Me parece escuchar a lo lejos el ruido de la locomotora y su silbato de vapor.
Increíble este pueblo. -Me digo. Hermosa experiencia. Prometo que volveré y que me anotaré para cursar algo en la Universidad del Viento.
Mientras tanto seguiré envejeciendo como cualquier persona.

En el andén esta Hércules, el jefe de estación.
- 85 años verdaderos ni uno más, yo no me quito la edad como la gente del pueblo... -Me dice
Me cuenta que es hijo de franceses y que antes de llegar a Saturno como jefe de estación trabajó en la compañía general, lo dice en francés "Une Compagnie Générale de Chemins en Fer de la Province de Bons Airs" y luego traduce: "Compañía General de Caminos de Hierro de la Provincia de Buenos Aires".

Dígame Don Hércules, ¿Que quiere decir la leyenda en varios idiomas que hay en el frente de la universidad?

¿Eso?
-Si.
-Dios los cría y el viento los amontona. Ese, es su lema académico.



*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar










Vida extraterreste*






Ha habido muchas investigaciones al respecto. El mismo Plumkier había participado en alguna de ellas e incluso financiado expediciones científicas para estudiar fenómenos y recavar información.

Sin embargo hasta ahora nadie había encontrado la prueba definitiva. Ha sido el mismo Plumkier el que ha hallado la conexión, el nexo, la muestra inequívoca. Plumkier y su cerebro privilegiado capaz de la más analítica de las deducciones.

En el Congreso de Praga, delante de la comunidad científica mundial, las representaciones de las Asociaciones para el Estudio de los OVNIS, los investigadores de la NASA, de la ESA, de la PEPA, y los más prestigiosos ufólogos, ha aseverado que: "Sin duda los extraterrestres existen. Señores,
¿creen ustedes que la música de Beethoben es de este mundo?"





*de Joan Mateu. joan@cimat.es










LA VIDA TE DA SORPRESAS*



“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”, se encontró canturreando Julián Ramírez, Jefe de Estación, mientras contemplaba acercarse al tren local de las 5:15, el único que circulaba durante las primeras horas de la mañana. Ignoraba por qué, pero aquella rima se le había impuesto desde hacía varios días; quizá, como cierta clase de perverso presentimiento.
La formación se detuvo con un chirrido mecánico y un resoplido, en esa penumbra previa al amanecer que parece convocar a los espectros. El maquinista lo saludó con un gesto de su mano derecha, sin apearse del vehículo, regulando con la izquierda el ritmo del potente motor diesel, mientras la única pasajera del carguero descendía del furgón, enfundada en su clásico guardapolvo blanco debajo de la campera de nylon matelasseada, transportando el saco del correo colgado de un hombro. Don Julián se acercó a recibirla, apurándose a quitarle el bulto de encima.
-Buen día, señorita Adriana -, saludó. –Parece que le dieron trabajo esta mañana…
-Buen día, Don Julián. Sí, el empleado de correos de Carhue me pidió que le entregara esto. Dijo que no podía venir con nosotros; se sentía bastante afiebrado.
-Está muy bien. Tarea cumplida, entonces. Y no se preocupe por Luis, ya se va a poner mejor. Venga, vamos para la casa, que hoy hace mucho frío.
La maestra lo siguió, como cada mañana, hacia las habitaciones que el Jefe ocupaba con su señora detrás del edificio de la Estación propiamente dicho. Como cada mañana, Don Julián dejaría el saco del correo en la oficina, para repartir los envíos hacia las 8:00. Como cada mañana, ensillaría la yegua, a fin de recorrer el campito que el Ferrocarril le había destinado, donde pastaban sus ocho vacas, trayéndose a la lechera con su respectivo ternero. Y como cada mañana, la señorita Adriana se metería en la cama junto con Nélida, la mujer de Julián, compartiendo el calor de las cobijas hasta que se hicieran las 7:25, hora en que volvería a salir para dirigirse a la escuelita rural, distante unas quince cuadras de la Estación.
Nélida ya la estaba esperando con unos mates. Hacía unos cuantos meses que Adriana realizaba esta extraña costumbre a la que su profesión la había llevado, por esas cosas de la vida. Aunque se sintiera bastante descolocada en un principio, con el correr del tiempo le había ido tomando la mano a semejante hábito. Y por sobre todo, se había encariñado con este matrimonio tan agradable, que la recibía todos los días como si fuese una Princesa proveniente de un exótico país extranjero, en viaje diplomático.
El silbato del tren se dejó oír como de costumbre, y el potente motor diesel reguló hasta desplazar las numerosas toneladas de la locomotora, arrastrando al resto del tren al ritmo del pistoneo de la chimenea. El Jefe y la docente avanzaron veloces hacia la cocina, cerrando muy bien al entrar para que no se escapase el calor.
Aquella mañana, Nélida se encontraba distinta. Adriana pudo contemplarlo en sus ojos, brillantes y profundos. Algo dentro suyo se estremeció, percibiendo un clima muy particular dentro de aquella casa, aunque no llegó a demostrar nada. Se sentó en el banquito, con las piernas juntas y ambas manos sobre las rodillas. Don Julián terminó de recoger sus cosas, saludó con la cabeza, muy sonriente, y se alejó, sumergiéndose en el frío del amanecer. Nélida volvió a contemplarla, mientras le extendía el mate en silencio. Adriana asió la calabaza y comenzó a sorber de la bombilla, sin dejar de mirarla. Nadie podía negar que a lo largo de aquellos meses, habían aprendido a quererse mucho. Quizá, más de lo que pudiesen admitir.
Don Julián ensilló, montó en la yegua y taloneó los estribos, avanzando al paso largo hacia el campito. Una delgada brisa le cortaba la cara, pero al menos el sombrero le protegía las orejas, algo que lo privaba de contraer sabañones. Primero decidió revisar los alambrados; aparentaban estar bien, aunque aquellos alambres del recodo parecían estar poco tensos. Cualquier arremetida de las vacas contra él, y ya tendría un buen problema con sus superiores, al tener que faenar el desprevenido ganado que aplastase la primera formación que llegase hasta allí.
Dio unas vueltas por el lugar, sin mucho entusiasmo, y ya estaba por volverse cuando divisó una veloz silueta avanzando entre el pajonal, paralelo a la vía, rumbo a la estación.
-¡Eeeh! ¿Quién va por ahí? -, gritó, parándose sobre los estribos.
La figura se detuvo lentamente, y una extraña cabeza se movió en su dirección, a la manera de un misterioso extraterrestre. Sólo cuando la figura lo saludó con un brazo en alto, advirtió que aquello era una cabeza humana, aunque ataviada por un extraño casco oblongo. Se acercó hasta el alambrado, y se encontró con el recién llegado, montado en una bicicleta.
-¿Qué anda buscando? -, preguntó el Jefe, experimentando una extraña perturbación; como si le hablase a un fantasma que no perteneciese a su mismo espacio y tiempo. Alguien procedente de un pasado remoto, o quizás de un futuro apocalípticamente cercano.
-¡Buen día! Disculpe, buen hombre: quiero llegar hasta Saturno. ¿Podría informarme cómo tengo que hacer?
-Siga derecho por el costado de la vía. Cuando vea un cartel que diga "La Criolla", va a andar cerca; es la fabrica que industrializa la leche de los tambos que existen por esta zona. No se puede perder.
-¡Muchas gracias! -, saludó el ciclista, con la misma mano en alto, y se perdió entre los pajonales.
A medida que se alejaba, Don Julián dejó de experimentar ese misterioso escalofrío que percibiera segundos antes. Aunque le resultó inexplicable, la sensación lo inquietó durante días, quizá por la manera en que la asoció con los eventos posteriores……
La lechera se dejó atrapar con mansedumbre, conocedora de su destino. El ternero la siguió berreando, mientras Don Julián regresaba con la correa del brocado de la vaca en la mano hacia el improvisado establo de la casa, silbando bajito.
Al acercarse, divisó las luces de la casa encendidas. “Se habrán olvidado de apagarlas antes de acostarse”, supuso con certeza. Pero decidió cumplir con su tarea antes de regresar junto a su cálida cocina económica y el mate lavado que no tardaría en ensillar.
Desmontó, ató a la vaca contra el poste, y desensilló la yegua, mientras el ternero se enfrascaba en chupar de la teta. Al rato, él lo apartó, lo ató a un costado, y acercó el banquito con el balde, para ponerse a succionar con los dedos esas frías y colmadas ubres, por las que el ternero no cesaba de clamar. Una vez completado el ordeñe, Don Julián se apartó, retiró el banquito, soltó al sediento ternero -quien volvió a lanzarse en vano sobre la teta-, y regresó a la casa.
Al abrir la puerta, silencioso como era para no despertarlas, no advirtió nada fuera de lugar, salvo las luces encendidas. Se encogió de hombros al contemplar la lamparita y depositó el balde sobre la mesada. Entonces oyó el primer gemido.
Volvió la cabeza y observó la puerta de su habitación; cerrada, como cada mañana. “Hablará en sueños”, pensó. Tomó el cucharón, retiró la nata de la superficie de la leche, y la volcó sobre el tazón. El sonido de la nata cayendo se confundió con el murmullo del segundo gemido.
“No puede ser”, se preocupó él, como si volviese a encontrarse con aquel espectro disfrazado de ciclista. Había algo que le disgustaba en la escena, aunque no podía descifrar qué. Un escalofrío le recorrió los muslos y los antebrazos, sin que pudiera explicárselo.
El tercer gemido llegó acompañado por una frase entrecortada:
-¡Ay, sí……chita……mor! ¡Así, así!
“¿Nelly?”, se alarmó. Aquellos no eran los murmullos proferidos por una persona dormida, sino por una muy despierta……y excitada. Un feroz impulso que nació en el mismo centro de sus tripas lo llevó a lanzarse contra la puerta, sin desear creer que aquello estuviese ocurriendo realmente. Herido de muerte en su propio orgullo ante lo que sus propios temores fantaseaban.
Abrió de golpe, sin preguntar. La realidad siempre es más aterradora que cualquier fantasía. Y Don Julián lo experimentó en carne viva.
Ambas mujeres se hallaban desnudas, enredadas en las cobijas de su propia cama, enlazadas en un curioso abrazo que depositaba la boca de una sobre los labios vaginales de la otra, succionados mutua y activamente hasta que él entrara por aquella puerta, interrumpiendo el placer. Ambas cabezas lo contemplaron horrorizadas, Nelly con una intensa expresión de culpabilidad y demorada insatisfacción –soportado quizá durante años-, por entre el cabello despeinado.
Y a él, simultáneamente, lo asaltaron dos recuerdos. Uno fue aquella rima caribeña que se le impusiera desde hacía varios días: “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”. El otro fue una frase escuchada de boca de Trapanni, el antiguo Jefe del Ramal General Belgrano ex Midland, en su media lengua italiano-castellana, a comienzos de su carrera:
-Ramirez: nunca descuide su puesto.…



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar






"AVENTURAS DE OLIVERIO TWIST"*


Grito agudo del corderillo al que criar
recién parido ser mortal en el llamado hospicio
mientras su madre lo abandona estremeciéndose
[para siempre
besándolo por única vez

Los parroquiales lo condenan -¡magnánimamente!-
a vivir con (y eventualmente a morir de) hambre
distraída en base a patadas y coscorrones
[de diligentes celadores
tundas repartidas a otros desgraciados caballeretes
sucios y hasta piojosos por añadidura
famélicos alucinadores de la gorda manteca

Oliverio es designado delegado y atrevido pedigüeño
y el director resuena la testa de Oliverio
[con un cucharón
en malhadados tiempos incompasivos

(Añadir cinco libras al incordio en forma
[de futuro aprendiz de cualquier arte u oficio
sortear a quien desholline cogitando sobre deudas
[y penurias)
Quédase alquilado el niño al funebrero
traga sobras y duerme entre ataúdes

¡Pamemas! estalla el condigno administrador
[de justicia
estupefacto Oliverio, después perseguido e inclusive
[baleado

aprendiendo y lastimándose en el melodrama.






"LE AVVENTURE DI OLIVER TWIST"*



Urlo acuto del agnellino al cui elevar
appena nato esser mortale nel chiamato ospizio
mentre sua madre lo abbandona conmuovendosi
[per sempre
baciandolo per unica volta

I parrochiani lo condannano -magnanimamente! -
a vivere con (ed eventualmente a morire di) fame
distratta in base a calcioni e botte
[di diligenti portieri
frustate date ad altri disgraziati signorini
sporchi e sin pieni di pidocchi oltre
a famelici allucinatori del grasso burro

Oliver è disegnato magro e azzardato domandone
ed il direttore risuona la testa di Oliver
[con un cucchiaione
in transandati tempi incompassivi

(Aggiungere cinque sterline per la scomodità in forma
[di futuro apprendista di qualsiasi arte od uffizzio
sorteggiare a chi pulisca cogitando su debiti
[e penurie)
Rimane affittato il bimbo al funerante
manda giù avanzi e dorme tra i feretri

Futilità! scoppia il degno amministratore
[di guistizia
attònito Oliver, dopo perseguitato e incluso
[appallottolato
imparando e facendosi male nel melodramma.




*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-Traductor al italiano: Jerome Seregni.






Próxima estación: SAN FERMÍN.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/

El tren continúa parando en las siguientes estaciones:

CASBAS.

EDUARDO CASEY.

ANDANT.

CORONEL M. FREYRE.

ENRIQUE LAVALLE.

CORACEROS.

HENDERSON.

MARÍA LUCILA.

HERRERA VEGA.

HORTENSIA.

ORDOQUI.

CORBETT.

SANTOS UNZUÉ.

MOREA.

ORTIZ DE ROSAS.

ARAUJO.

BAUDRIX.

EMITA.

INDACOCHEA.

LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.

J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.

PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN.

PLOMER.

KM. 55.

ELÍAS ROMERO.

KM. 38.

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.

MERLO GÓMEZ.

RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.

JUSTO VILLEGAS.

JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.

ALDO BONZI.

KM 12.

LA SALADA.

INGENIERO BUDGE.

VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA.

VILLA DIAMANTE.

PUENTE ALSINA.

INTERCAMBIO MIDLAND.



InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
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Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

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Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
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Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
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ESTACIÓN GOBERNADOR UDAONDO.

  *Foto Estación Gobernador Udaondo. -Fuente: https://www.infocanuelas.com/                     “Estación Udaondo” *...