Monday, May 16, 2011

ESTACIÓN A. J. DEUTSCH.




Inventren



ESTACIÓN MELANCOLÍA*



El tren del amor
pasó a las seis de la mañana/
Heme ahora aquí
con un boleto de abordaje
sin saber adónde ir/



*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es





Voy...*




No puedo dormir
Los cascabeles de mis pensamientos
Tintinean en mi cabellera
El suspiro de ideas de trabajo
Inundan mis fantasías de cristales
Rígidos y opacos
No puedo reencontrarme con el arco iris de colores
Los siniestros susurros de la vigilia
Dan rienda suelta saltando alrededor.
Como gotas heladas que enfrían el alivio
Tengo que descansar de mí,
De mis reproches y equívocos
Mis no puedo no dan tregua
A la frontera abierta para el soñar
Estoy agitada y confusa
Cobijando un endiablado fastidiar
Quisiera que viniera el tren de las utopías
Subirme al vagón de la reconciliación
Y andar despreocupada observando por la ventanilla
El paisaje de la imaginación.



*De Azul. azulaki@hotmail.com






A Subway Named Möbius*

-1950-


*De Armin Joseph Deutsch.
(1918-1969)



Partiendo de un punto central en Park Street, el metropolitano se había extendido a través de un complicado e ingenioso sistema ferroviario. Un desvío conectaba la línea de Lechmere con la de Ashmont para los trenes que se dirigían al sur, y con la línea de Forest Hills para los que se dirigían al norte. Harvard y Brookline habían sido enlazadas con un túnel que pasaba a través de Kenmore Under, y durante las horas punta todos los otros trenes eran desviados a través del ramal de Kenmore hacia Egleston. El ramal de Kenmore enlazaba con el túnel Maverick cerca de Fields Corner. Ascendía unos treinta metros en dos manzanas para conectar Copley Over con Scollay Square, y luego descendía de nuevo para unirse a la línea Cambridge en Boylston. La variante de Boylston había unido finalmente las siete líneas principales a cuatro niveles distintos. Entró en servicio el 2 de marzo. A partir de entonces, un tren podía viajar desde una estación cualquiera a cualquier otra estación en todo el sistema.

Todos los días de la semana circulaban doscientos veintisiete trenes, y transportaban un millón y medio de pasajeros, aproximadamente. El tren Cambridge-Dorchester que desapareció el 4 de marzo era el número 86. Al principio, nadie lo echó de menos. A última hora de la tarde, la línea estuvo un poco más cargada que de costumbre. Pero una multitud es una multitud. Los postes indicadores de los andenes de Forest Hills marcaron el número 86 alrededor de las 7:30, pero ninguno de ellos mencionó su ausencia hasta tres días después. El interventor del cruce de la Milk Street pidió al inspector de la Harvard un tren suplementario aquella noche, con motivo de celebrarse un partido de hockey, y el inspector de la Harvard transmitió la petición. La central envió el 87, que había sido puesto fuera de servicio a las diez, como de costumbre. Nadie se dio cuenta que faltaba el 86.

A la mañana siguiente, cuando la afluencia de pasajeros era más intensa, Jack O'Brien, del control de Park Street, llamó a Warren Sweeney, de Forest Hills, y le dijo que pusiera otro tren en la línea de Cambridge. Sweeney no disponía de ninguno, de modo que se dirigió al tablero y buscó en él algún tren disponible. Entonces, por primera vez, observó que Gallagher no había marcado su tarjeta la noche anterior. Sweeney dejó la tarjeta a la vista, con una nota. Gallagher tenía que entrar de servicio a las diez. A las diez y media, Sweeney se dirigió de nuevo al tablero y comprobó que la tarjeta de Gallagher continuaba en el mismo sitio, con la nota que él había dejado. Acudió al inspector y le preguntó si Gallagher había llegado tarde. El inspector le dijo que no había visto a Gallagher aquella mañana. Entonces, Sweeney quiso saber quién conducía el 86.

Eran las 11:30 cuando se enteró, finalmente, que había perdido un tren.

Sweeney pasó la siguiente hora y media en el teléfono, interrogando a todos los interventores e inspectores del sistema. Después de almorzar, a las 13.30, repitió las llamadas. A las 16.40, poco antes que terminara su jornada laboral, informó el asunto a la Central de Tráfico. Los teléfonos zumbaron a través de los túneles y talleres hasta casi medianoche, antes que el Director General recibiera finalmente la noticia en su casa.

El encargado principal de la Central de cambios fue el primero en asociar, a última hora de la mañana del día 6, el tren que faltaba con los artículos de los periódicos acerca de la súbita desaparición de numerosas personas. Llamó al Transcript, y aquella misma tarde tres periódicos publicaron números extraordinarios. Así se hizo pública la historia.

Kelvin Whyte, el Director General, pasó una buena parte de aquella tarde con la policía. Interrogaron a la esposa de Gallagher. El conductor del 86 no se había presentado en casa desde la mañana del día 4. A media tarde, la policía había comprobado que unos trescientos cincuenta bostonianos, aproximadamente, habían desaparecido con el tren. El sistema se cerró, y Whyte casi enfermó de rabia. Pero el tren no fue encontrado.

Roger Tupelo, el matemático de Harvard, entró en escena la noche del día 6. Telefoneó a Whyte, muy tarde, a su casa, y le dijo que tenía algunas ideas acerca del tren desaparecido. Luego se dirigió a casa de Whyte en Newton, y sostuvo con él la primera de numerosas conversaciones acerca del número 86.

Whyte era un hombre inteligente, un buen organizador, y no carecía de imaginación.

-¡Pero no sé de qué está usted hablando! -exclamó.

Tupelo estaba dispuesto a mostrarse paciente.

-Esto es algo muy difícil de comprender para cualquiera, señor Whyte -dijo-. No me extraña que esté intrigado. Pero es la única explicación. Ha desaparecido el tren, y las personas que iban en él. Pero el Sistema está cerrado. Los otros trenes continúan allí. ¡Está en alguna parte del sistema!

Whyte replicó, levantando de nuevo la voz:

-¡Y yo le digo a usted, doctor Tupelo, que el tren no está en el sistema! ¡No está! Un tren de siete vagones con cuatrocientos pasajeros no puede ser pasado por alto. El sistema ha sido registrado de arriba a abajo. ¿Piensa usted que estoy tratando de ocultar el tren?

-Desde luego que no. Seamos razonables, señor Whyte. Sabemos que el tren estaba en camino hacia Cambridge a las 8.40 de la mañana del día 4. Al menos veinte de las personas desaparecidas subieron al tren unos minutos antes, en Washington, y cuarenta más en Park Street. Unas cuantas se bajaron en ambas estaciones. Y esto es todo. Las que iban a Kendall, a Central, a Harvard... no llegaron allí. El tren no llegó a Cambridge.

-Sé todo eso, doctor Tupelo -dijo Whyte bruscamente-. En el túnel, debajo del río, el tren se convirtió en un barco. Abandonó el túnel y empezó a navegar hacia África.

-No, señor Whyte. Estoy tratando de explicárselo. Se encontró con un nódulo.

Whyte estaba lívido.

-¡Qué nódulo ni que ocho cuartos! -estalló-. El Sistema mantiene las vías limpias. Nuestros servicios no dejan ningún nódulo...

-Sigue usted sin comprender. Un nódulo no es una obstrucción. Es una singularidad. Un olo de orden superior.

Las explicaciones de Tupelo en el curso de aquella primera conversación no contribuyeron a aclarar la situación para Kelvin Whyte. Pero a las dos de la mañana, el Director General otorgó a Tupelo el privilegio de examinar los mapas principales del Sistema.

Tupelo se dirigió, pues, a la Central de Tráfico y estudió los mapas hasta que se hizo de día. Después de desayunar, se presentó en la oficina de Whyte.

Encontró al Director General pegado al teléfono. Estaba dando órdenes para que se llevara a cabo una inspección más minuciosa del túnel Cambridge-Dorchester, debajo del río Charles. Cuando terminó de hablar, Whyte colgó el receptor y miró a Tupelo.

-Creo que la causa de la desaparición está en la nueva variante -dijo el matemático.

Whyte se agarró al borde de su escritorio y rebuscó silenciosamente en su vocabulario hasta encontrar algunas palabras prudentes.

-Doctor Tupelo -dijo-, he estado despierto toda la noche pensando en su teoría. No la entiendo. No sé qué tiene que ver con esto la variante de Boylston.

-¿Recuerda lo que le dije acerca de las propiedades conectivas de los retículos? -preguntó Tupelo-. ¿Recuerda la cinta de Moebius que hicimos..., la superficie con una sola cara y un borde? ¿Recuerda esto? -y sacó de su bolsillo un pequeño frasco de cristal Klein y lo depositó sobre el escritorio.

Whyte se echó atrás en su asiento y contempló en silencio al matemático. Tres emociones se reflejaron en su rostro en rápida sucesión: rabia, desconcierto y absoluto desdén.

Tupelo continuó:
-Señor Whyte, el Sistema es una red de sorprendente complejidad topológica. Ya era complicada antes que se instalara la variante de Boylston, y de un alto grado de conectividad. pero esa variante ha hecho que la red sea absolutamente única. No lo comprendo del todo, pero la situación parece ser esta: la variante ha elevado hasta tal punto la conectividad del Sistema que no sé cómo calcularlo. Sospecho que la conectividad se ha convertido en infinita.

El director general escuchaba como a través de una niebla. Mantenía sus ojos pegados al pequeño frasco Klein.

-La cinta de Moebius -continuó Tupelo- posee unas propiedades desusadas debido a que tiene una singularidad. El frasco Klein, con dos singularidades, consigue permanecer dentro de sí mismo. Los topólogos conocen superficies de hasta un millar de singularidades, las cuales poseen propiedades que hacen que la cinta de Moebius y el frasco Klein parezcan sencillos. Pero una red con una conectividad infinita debe tener un número infinito de singularidades. ¿Puede usted imaginar cuáles podrían ser las propiedades de esa red?
Después de una larga pausa, Tupelo añadió:
-Yo tampoco puedo imaginarlo. A decir verdad, la estructura del Sistema, con la variante de Boylston, supera por completo mis posibilidades de comprensión. Sólo puedo hacer conjeturas.

Whyte apartó sus ojos del escritorio en un momento en que la rabia era el sentimiento que predominaba en su interior.

-¡Y se dice usted matemático, Profesor Tupelo! -exclamó.

Tupelo se echó a reír. Lo absurdo de la situación no le hizo perder la calma.

-No soy topólogo, señor Whyte -dijo-. En realidad, soy un aprendiz de la materia. Sé de ella poco más que usted. Las matemáticas son un campo muy amplio. Y da la casualidad que soy especialista en Álgebra.

Su sinceridad ablandó un poco a Whyte.

-Bueno -sugirió-, si usted no lo comprende, tal vez deberíamos llmar a un topólogo. ¿Hay alguno en Boston?
-Sí y no -respondió Tupelo-. El mejor del mundo está en Tech.

Whyte alargó la mano hacia el receptor telefónico.
-¿Cómo se llama? -preguntó.
-Merritt Turnbull. Pero no hay modo de localizarle. Lo he intentado desde hace tres días.
-¿Está fuera de la ciudad? -inquirió Whyte-. Lo enviaremos a buscar. Diremos que se trata de una emergencia.
-No lo sé. El profesor Turnbull es soltero. Vive solo en el Brattle Club. No le han visto desde la mañana del día 4.
Whyte captó inmediatamente las posibilidades de aquella afirmación.
-¿Iba en el tren? -preguntó.
-No lo sé -respondió el matemático-. ¿Qué opina usted?
Se produjo un largo silencio. Whyte miró alternativamente a Tupelo y al objeto de cristal depositado sobre el escritorio.

-No lo entiendo -dijo finalmente-. Hemos revisado todo el Sistema. No existe ningún medio para que el tren se saliera de él.

-El tren no se ha salido de él. Está todavía en el Sistema -dijo Tupelo.

-¿Dónde?
Tupelo se encogió de hombros.
-El tren no tiene ningún <> real. No hay ningún <> real en todo el Sistema. Tiene una doble entidad, como mínimo.
-¿Cómo podemos encontrarlo?
-No creo que podamos -dijo Tupelo.

Se produjo otro largo silencio. Whyte lo rompió profiriendo una exclamación en voz alta. Se puso en pie súbitamente y envió el frasco Klein volando a través de la habitación.

-¡Está usted loco, Profesor! -gritó-. Entre la medianoche de hoy y las seis de la mañana, sacaremos todos los trenes de los túneles. Enviaré trescientos hombres para que revisen centímetro a centímetro los doscientos setenta y cinco kilómetros del tendido. ¡Encontraremos el tren! Ahora, discúlpeme, por favor.

Tupelo salió de la oficina. Se sentía agotado. Maquinalmente, echó a andar a lo largo de la Washington Street hacia la Estación de Essex. Cuando bajaba la escalera se detuvo bruscamente y miró a su alrededor. Luego subió otra vez a la calle y paró un taxi. Una vez en su casa se sirvió un whisky doble y se acostó.
A las 15:30 acudió a dar su clase de Álgebra. Después de una cena rápida en el Crimson Spa, regresó a su apartamento y pasó la velada intentando analizar, por segunda vez, las propiedades conectivas del Sistema. La tentativa resultó inútil, pero el matemático llegó a unas conclusiones importantes. A las once de la noche telefoneó a Whyte a la Central de Tráfico.

-Pensé que tal vez le gustaría consultarme durante la búsqueda de esta noche -le dijo-. ¿Puedo ir allí?

Al Director general no pareció entusiasmarlo el ofrecimiento de Tupelo. Señaló que el sistema resolvería su pequeño problema sin la ayuda de profesores chiflados que creían que todos los trenes metropolitanos podían saltar a la cuarta dimensión. Tupelo encajó sin pestañear el exabrupto de Whyte y se acostó. Alrededor de las cuatro de la mañana, el timbre del teléfono lo despertó. El que llamaba era un contrito kelvin Whyte.

-Anoche me mostré demasiado brusco -tartamudeó-. Tal vez pueda usted ayudarnos, después de todo. ¿Podría venir al enlace de Milk Street?

Tupelo asintió de buena gana. No experimentaba la satisfacción que había previsto. Llamó un taxi, y en menos de media hora se presentó en la estación señalada. Al pie de la escalera, en el piso superior, vio que el túnel estaba brillantemente iluminado, como cuando el Sistema funcionaba normalmente. Pero los andenes estaban desiertos, a excepción de un grupo de siete hombres que se encontraban en el extremo más alejado de la entrada. Mientras caminaba hacia el grupo, observó que dos de los hombres eran agentes de policía uniformados. Observó un tren de un solo vagón parado en la vía, junto al andén. la puerta delantera estaba abierta, el vagón brillantemente iluminado y vacío. Whyte salió a su encuentro con aire compungido.

-Gracias por haber venido, Profesor -dijo, alargando su mano-. Caballeros, les presento al doctor Tupelo, de Harvard. Doctor Tupelo, el señor Kennedy, nuestro ingeniero jefe, el señor Wilson, representante del alcalde; el doctor Gannot, del Hospital Mercy...
Whyte no se molestó en presentar al conductor del tren y a los dos agentes de policía.
-Encantado, caballeros -dijo Tupelo-. ¿Alguna novedad, señor Whyte?
El Director General intercambió unas miradas indecisas con sus compañeros.
-Bueno..., sí, doctor Tupelo -dijo finalmente-. Creo que hemos conseguido algo.
-¿Ha sido visto el tren?
-Sí -dijo Whyte-. Es decir, prácticamente visto. Al menos, sabemos que se encuentra en alguna parte de los túneles.
Los otros seis asintieron.
A Tupelo no le sorprendió saber que el tren estaba aún en el Sistema. Después de todo, el Sistema estaba cerrado.
-¿Le importa contarme lo que ha sucedido? -insistió Tupelo.
-Me topé con una señal roja -intervino el conductor-. A la salida del empalme de Copley.
-Todos los trenes han sido sacados del tendido -explico Whyte-, excepto éste. Lo hemos hecho circular por todo el Sistema por espacio de cuatro horas. Cuando Edmunds, el conductor, se topó con una señal roja en el empalme de Copley se detuvo, desde luego. Yo pensé que la luz estaba averiada, y le dije que continuara. pero en aquel momento oímos a otro tren que pasaba por el empalme.
-¿Lo vieron ustedes? -preguntó Tupelo.
-No podíamos verlo. la luz está situada detrás de una curva. Pero todos lo oímos. No cabe duda que el tren pasó por el empalme. Y tiene que ser el Número 86, porque nuestro vagón era el único que circulaba por el tendido.
-¿Qué pasó después?
-Bueno, la luz roja se trocó en amarilla y Edmunds siguió adelante.
-¿Detrás del otro tren?
-No podíamos arriesgarnos a seguirlo, puesto que ignorábamos la dirección que había tomado.
-¿Cuándo hace que ocurrió eso?
-A la 1:38, la primera vez...
-¡Oh! -dijo Tupelo-. Entonces, ¿volvió a suceder más tarde?

-Sí. Aunque no en el mismo sitio, desde luego. Encontramos otra señal roja cerca de la Estación Sur, a las 2:15. Y luego, a las 3:28...

Tupelo interrumpió al director general:
-¿Vieron ustedes el tren a las 2:15?
-Ni siquiera lo oímos. Edmunds trató de localizarlo, pero por lo visto había cruzado ya la Estación de Boylston.
-¿Qué pasó a las 3:28?
-Otra luz roja. Cerca de Park Street. Oímos el tren delante de nosotros.
-¿Pero no lo vieron?

-No. Más allá de la luz hay una leve pendiente. Pero todos lo oímos. Lo único que no comprendo, doctor Tupelo, es que ese tren pueda recorrer el tendido por espacio de cinco días sin que nadie lo vea...

Whyte se interrumpió bruscamente y levantó una mano con aire imperativo, reclamando silencio. A lo lejos, el metálico estruendo de un tren rodando a toda marcha fue creciendo hasta convertirse en un rugido. El andén vibró de un modo perceptible mientras pasaba el tren.
-¡Ahora lo tenemos! -exclamó Whyte-. ¡Acaba de pasar por el andén inferior!

Echó a correr hacia la escalera que conducía al piso inferior. Todos los otros lo siguieron, excepto Tupelo, el cual creía saber lo que iba a pasar. En efecto, antes que Whyte llegara a la escalera, asomó por ella un agente de policía uniformado.
-¿Lo han visto ustedes? -gritó el policía.
Whyte se detuvo en seco, y los otros con él.
-¿Han visto ustedes el tren? -preguntó de nuevo a la gente, mientras aparecían otros dos hombres procedentes del piso inferior.
-¿Qué ha pasado? -quiso saber Wilson.
-¿Lo han visto ustedes? -aulló Kennedy.
-Desde luego que no -respondió el agente-. Ha pasado por aquí arriba.
-¡Ni hablar! -rugió Whyte-. ¡Ha pasado por abajo!
Los seis hombres que acompañaban a Whyte se enfrentaron con expresión desafiante a los tres hombres procedentes del piso inferior. Tupelo se acercó al director general y le dijo, en voz baja:
-El tren no puede ser visto, señor Whyte.
Whyte lo miró con aire de incredulidad.

-Usted mismo lo ha oído. Ha pasado por el piso de abajo...
-¿Podemos ir al vagón, señor Whyte? -inquirió Tupelo-. Creo que tendríamos que hablar un poco.
Whyte asintió de mala gana. Luego se volvió hacia el agente de policía y los otros dos hombres que habían estado vigilando en el andén inferior.
-¿De veras no lo han visto? -insistió.
-Lo hemos oído -respondió el agente-. Y nos ha parecido que pasaba por aquí...
-Vuelvan abajo, Maloney -ordenó uno de los agentes que acompañaban a Whyte.
maloney se rascó la cabeza, dio media vuelta y desapareció por la escalera. Los otros dos hombres le siguieron. Tupelo condujo al grupo hacia el vagón estacionado junto al andén. Entraron en él y tomaron asiento, en silencio. Luego, todos miraron al matemático y esperaron.

-Supongo que no me ha hecho venir hasta aquí sólo para decirme que había encontrado el tren desaparecido -empezó Tupelo, dirigiéndose a Whyte-. ¿Había ocurrido ya algo como esto?
Whyte se removió en su asiento e intercambió una mirada con el ingeniero jefe.
-No exactamente igual -dijo, en tono evasivo-, pero han sucedido algunas cosas raras.
-¿Por ejemplo? -insistió Tupelo.

-Bueno, lo de las luces rojas. los vigilantes apostados cerca de Kendall descubrieron una luz roja al mismo tiempo que nosotros encontrábamos otra cerca de la Estación Sur.

-¿Qué más?

-El señor Sweeney lo llamó desde Forest Hills. Había oído el tren dos minutos después que lo oyéramos nosotros en el empalme de Copley. A unos cuarenta kilómetros de distancia.

-En realidad, doctor Tupelo -intervino Wilson-, varias docenas de hombres han visto luces rojas, o han oído el tren, o las cosas, durante las últimas cuatro horas. La cosa actúa como si pudiera estar en varios lugares al mismo tiempo.

-Puede -dijo Tupelo.

-Hemos estado recibiendo informes de vigilantes que veían la cosa -añadio el ingeniero-. Bueno, viéndola no, exactamente... A veces en dos e incluso en tres lugares, muy apartados entre sí, al mismo tiempo. seguro que se encuentra en el tendido. Tal vez los vagones están desenganchados.

-¿Está usted realmente seguro que se encuntra en el tendido, señor Kennedy? -preguntó Tupelo.

-Absolutamente-dijo el ingeniero-. El medidor, en la central eléctrica, señala un consumo de energía. El consumo era continuo. de modo que a las 3:30 cerramos los circuitos. Cortamos la corriente.
-¿Y qué pasó?
-Nada -respondió Whyte-. Absolutamente nada. la corriente estuvo cortada por espacio de veinte minutos. Durante ese tiempo, ninguno de los doscientos cincuenta hombres apostados en los túneles vio una luz roja ni oyó un tren. Pero, cinco minutos después de haber vuelto a dar la corriente, nos habían llegado otros dos informes: uno de Arlington, otro de Egleston.

Cuando Whyte terminó de hablar se produjo un largo silencio. En el túnel inferior, un hombre le gritó algo a otro. Tupelo consultó su reloj. Eran las 5:20.

-En resumen, doctor Tupelo -dijo finalmente el Director General-, nos vemos obligados a admitir que puede haber algo de cierto en su teoría.
Los otros asintieron.
-Gracias, caballeros -dijo Tupelo.
El médico se aclaró la garganta.
-En lo que se refiere a los pasajeros -dijo-, ¿tiene usted idea de lo que...?
-Ninguna -le interrumpió Tupelo.
-¿Qué hemos de hacer? -preguntó el representante del Alcalde.
-No lo sé. ¿Qué puede hacer usted?

-Si no he comprendido mal las explicaciones del señor Whyte -dijo Wilson-, el tren ha... bueno, ha saltado a otra dimensión. No se encuentra ya en el Sistema. Se ha marchado de él. ¿Es verdad eso?
-Es una forma de decirlo.

-¿Y esta... ejem... conducta singular se ha derivado de ciertas propiedades matemáticas asociadas con la nueva variante de Boylston?
-Desde luego.
-¿Y no hay nada que podamos hacer para atraer de nuevo el tren a... hum... esta dimensión?
-Que yo sepa, no.
Wilson agarró la ocasión por los pelos.

-En tal caso, caballeros -dijo-, la cosa está clara. En primer lugar, tenemos que cerrar la nueva estación, para que no pueda volver a ocurrir algo tan fantástico. Después, dado que el tren desaparecido se encuentra en otra dimensión, a pesar de todas esas luces rojas y de todos esos ruidos, podemos restablecer el funcionamiento normal del Sistema. Al menos no existirá el peligro de una colisión, que era lo que más preocupaba al señor Whyte. En cuanto al tren desaparecido y las personas que viajaban en él... -Wilson los remitió al infinito con un gesto-. ¿Está usted de acuerdo, doctor Tupelo? -le preguntó al matemático.
Tupelo sacudió la cabeza lentamente.
-No del todo, señor Wilson -respondió-. Les ruego que no pierdan de vista que no he comprendido en sus términos exactos lo que ha sucedido. Es una pena que no puedan encontrar ustedes a alguien capaz de dar una explicación satisfactoria de los hechos. El único hombre que podía haberla dado es el profesor turnbull. de tech, y era uno de los pasajeros del tren. pero, de todos modos, ustedes querrán contrastar mis conclusiones con las de algunos eminentes topólogos. Puedo ponerles en contacto con varios de ellos.
>>Ahora bien, en lo que se refiere a la recuperación del tren desaparecido, puedo decir que en mi opinión no se ha perdido toda esperanza. Existe una probabilidad finita, tal como yo lo veo, que el tren pase eventualmente desde la parte no-espacial de la red, que ahora ocupa, a la parte espacial. Dado que la parte no-espacial es completamente inaccesible, no hay nada que podamos hacer, por desgracia, para contribuir a esa transición, ni siquiera para predecir cómo o cuándo se producirá. Pero la posibilidad de la transición se desvanecerá si se cierra la variante de Boylston. Ese sector del tendido es precisamente el que da a la red sus singularidades fundamentales. Si las singularidades son eliminadas, el tren no podrá reaparecer nunca. ¿Está claro?
No estaba claro, desde luego, pero los siete hombres que lo escuchaban asintieron en silencio.
Tupelo continuó:

-En cuanto a lo de restablecer el funcionamiento del Sistema mientras el tren desaparecido se encuentra en la parte no-espacial de la red, sólo puedo enumerarles los hechos, tal como yo los veo, y dejar a su criterio el extraer las pertinentes conclusiones. La transición de regreso a la parte espacial es impredecible, como ya les he dicho. No hay modo de saber cuándo se producirá, ni dónde. En especial, hay un cincuenta por ciento de probabilidades en que, cuando reaparezca el tren, corra por una vía que no le corresponde. Entonces se producirá una colisión, desde luego.

El ingeniero preguntó.
-Para eliminar esa posibilidad, doctor Tupelo, ¿no podríamos dejar abierta la variante de Boylston, pero sin enviar ningún tren a través de ella? De este modo, cuando el tren desaparecido vuelva a presentarse, no podrá chocar con otro tren.

-Esa precaución sería ineficaz, señor Kennedy -respondió tupelo-. Verá, el tren puede reaparecer en cualquier parte del Sistema. Es cierto que el Sistema debe su complejidad topológica a la nueva variante. Pero, con la variante en el Sistema, ahora es todo él el que posee una conectividad infinita. En otras palabras, la pertinente propiedad topológica es una propiedad derivada de la variante, pero perteneciente a todo el Sistema. Recuerde que el tren efectuó su primera transición en un punto situado entre Park y Kendall, a más de cuatro kilómetros de distancia de la estación.

>>Hay otra pregunta que ustedes querrán ver contestada. Si deciden ustedes restablecer el funcionamiento del Sistema, dejando abierta la variante hasta que el tren aparezca, ¿puede volver a ocurrir lo mismo con otro tren? No estoy seguro de la respuesta, pero creo que es negativa. Opino que en este caso existe un principio de exclusión, en virtud del cual el no-espacio de la red sólo puede ser ocupado por un tren.

El médico se puso en pie.
-Doctor Tupelo -inquirió, tímidamente-, cuando el tren reaparezca, ¿estarán los pasajeros...?

-No sé nada de los ocupantes del tren -le interrumpió Tupelo-. La teoría topológica no tiene en cuenta esos aspectos. -Su mirada recorrió rápidamente los siete cansados rostros que le rodeaban-. Lo siento, caballeros -añadió, en tono más amable-. No lo sé, sencillamente. -Dirigiéndose a Whyte, añadió-: Creo que esta noche no puedo serle útil en nada más. Ya sabe dónde encontrarme.
Dando media vuelta, salió del vagón y se encaminó a la escalera.
Al salir a la calle, las primeras claridades del alba empezaban a disolver las sombras de la noche.

Ningún periódico informó de aquella improvisada conferencia en un solitario vagón del metropolitano.
Ni de los resultados de la vigilancia nocturna en los oscuros túneles. Durante la semana que siguió, Tupelo tomó parte en otras conferencias con Kelvin Whyte y algunos funcionarios de la municipalidad. En dos de ellas estuvieron presentes otros topólogos: Orstein, de Filadelfia, Kashta, de Chicago, y Michaelis, de los Ángeles. los matemáticos no lograron ponerse de acuerdo. Ninguno de los tres quiso aceptar como buenas las conclusiones de Tupelo, aunque Kashta admitió que podía haber algo de cierto en ellas. Orstein insistió en que una red finita no podía poseer una conectividad infinita, pero no pudo demostrar este aserto, y ni siquiera fue capaz de calcular la conectividad del Sistema. Insistió en que si el tren no podía ser localizado en el Sistema, éste debía abrirse.

Pero, cuando más a fondo analizaba Tupelo el problema, más convencido estaba de lo correcto de sus primeras conclusiones. Desde el punto de vista de la topología, el Sistema sugería inmediatamente la existencia de familias enteras de redes de entidad múltiple, cada una de ellas con un número infinito de discontinuidades infinitas. pero Tupelo se sustraía a un examen concreto de aquellas nuevas redes hiperespaciales. Dedicó toda su atención al tema por espacio de una semana. Luego, sus ocupaciones le obligaron a dejar el análisis a un lado. Decidió enfrentarse de nuevo con el problema más tarde, en primavera, cuando terminara el curso escolar.

Entretanto, el sistema volvía a funcionar como si nada hubiese ocurrido. el director general y el representante del alcalde habían conseguido olvidar la noche del 6 de marzo, o al menos habían vuelto a interpretar a su manera lo que vieron y no vieron. Los periódicos y el público hacían las más descabelladas suposiciones y continuaban presionando a Whyte. Muchas personas que habían perdido algún pariente presentaron demandas contra el Sistema. El estado intervino en el asunto e investigó por su cuenta. El caso llegó hasta el Congreso. Una versión resumida de la teoría de Tupelo fue ampliamente difundida por la prensa. Tupelo la ignoró, y no tardó en ser olvidada.

Transcurrieron varias semanas. La investigación estatal se dio por conclusa. Los periódicos trsladaron el caso de la primera a la segunda plana; luego lo pasaron a la veintitrés; y después dejaron de ocuparse de él. Las personas desaparecidas no regresaron. A la larga, nadie las echó de menos.

Un día, a mediados de abril, Tupelo viajaba en el metropolitano desde Charles Street a Harvard. Iba sentado en la parte delantera del primer vagón y contemplaba las vías y las grises paredes de los túneles salir al encuentro del tren. Se detuvieron en dos ocasiones ante una luz roja, y Tupelo se preguntó súbitamente si el otro tren estaba allí, delante de ellos, o más allá del espacio. Bastó aquello para que el viaje resultara excitante.

Otra vez, en mayo, tomó el tren en Beacon Hill. Pero en esta ocasión se instaló en un asiento lateral y se dedicó a leer el periódico. De pronto, experimentó una extraña sensación. Miró al hombre sentado a su lado, con la cesta del almuerzo sobre las rodillas. Los otros asientos estaban ocupados y había una docena de pasajeros que viajaban de pie. Un jovencito fumaba un cigarrillo, violando el reglamento. Detrás de él, dos muchachas hablaban de una fiesta a la que pensaban asistir. En el asiento de enfrente, una joven madre reñía a su hijo. A su la do, un hombre leía el periódico. Lo mantenía abierto por las páginas centrales, y la mirada de Tupelo resbaló incoscientemente por la primera plana. Los titulares le sonaron a cosa olvidada. La mirada de Tupelo continuó hasta llegar a la fecha: ¡era un periódico del mes de marzo!

Los ojos de Tupelo se volvieron hacia el hombre sentado a su lado. Debajo de la cesta del almuerzo había un periódico. Del día. Miró detrás de él. Un joven leía el Transcript, manteniéndolo abierto por las páginas deportivas. La fecha era 4 de marzo. Los ojos de Tupelo recorrieron el pasillo. Una docena de pasajeros llevaban periódicos con fecha 4 de marzo.
Tupelo se levantó de un salto. El hombre del pasillo se quejó en voz alta mientras Tupelo le apartaba a un lado sin miramientos para precipitarse hacia el aparato de alarma. Tiró de la palaca con todas sus fuerzas. Chirriaron los frenos y el tren se detuvo. Los intrigados pasajeros contemplaban a Tupelo con ojos hostiles. En la parte trasera del vagón se abrió la puerta de paso y un hombre alto y delgado, uniformado de azul, la cruzó apresuradamente.
Tupelo corrió a su encuentro.
-¿Señor Gallagher? -inquirió.
-¿Qué pasa? -preguntó a su vez el hombre, sorprendido.
Tupelo ignoró la pregunta.
-¿Dónde ha estado usted? -quiso saber.
-En el vagón contiguo, pero...
Tupelo no lo dejó terminar. Consultando su reloj, les gritó a los pasajeros:
-¡Faltan diez minutos para las nueve de la mañana del día 17 de mayo!

Aquellas palabras acallaron por un momento el creciente clamor. Los pasajeros intercambiaron miradas desconcertadas.

-¡Miren sus periódicos! -gritó Tupelo-. ¡Sus periódicos!

Los pasajeros empezaron a cuchichear. a medida que consultaban las fechas de sus periódicos, las voces subían de tono. Tupelo tomó a Gallagher del brazo y lo arrastró hacia la parte trasera del vagón.

-¿Qué hora es? -le preguntó.

-Las 8:21 -dijo Gallagher, consultando su reloj.

-Abra la puerta -dijo Tupelo-. Déjeme salir. ¿Dónde está el telefono?
Gallagher siguió las instrucciones de Tupelo. Señaló un hueco en la pared del túnel, a un centenar de metros de distancia. Tupelo se bajó del vagón y echó a correr por el estrecho pasillo que discurría entre los vagones y la pared del túnel.
-¡Póngame con la Central de Tráfico! -le gritó al telefonista. Espero unos segundos y vio que un tren se había parado ante la señal roja detrás del que él acababa de abandonar. Cuando la Central de tráfico contestó, Tupelo gritó-: ¡Póngame con Whyte! ¡Es muy urgente!
Al otro extremo del hilo una voz de hombre dijo:
-El señor Whyte está ocupado. Dígame lo que sea.

-El número 86 ha vuelto -dijo Tupelo-. Ahora se encuentra entre la Estación Central y Harvard. Ignoro cuándo efectuó el salto. Yo lo tomé en Charles Street, hace diez minutos, y no me di cuenta hasta hace un minuto.
Al otro extremo, el hombre que atendía la llamada tragó saliva audiblemente.
-¿Y los pasajeros? -tartamudeó.
-Están perfectamente... los que quedan en el tren. Algunos deben haberse bajado en Kendall y en la Estación Central.

-¿Dónde han estado?
Tupelo dejó caer el receptor de su oído y lo contempló fijamente, con la boca abierta. Luego lo colgó y echó a correr hacia la puerta abierta del vagón.

Eventualmente, el orden quedó restablecido y al cabo de media hora el tren llegó a Harvard. En la estación, la policía tomó a los pasajeros bajo su custodia. Whyte había llegado a Harvard antes que el tren. Tupelo le encontró en el andén.
Whyte hizo un gesto en dirección a los pasajeros.
-¿Están realmente bien? -inquirió.
-Perfectamente -respondió Tupelo-. No saben dónde ha estado.
-¿Alguna señal del profesor Turnbull? -preguntó el director general.
-No lo he visto. probablemente descendió en Kendall, como de costumbre.
-¡Lástima! -dijo Whyte-. Me gustaría verle.
-También a mí -declaró Tupelo-. A propósito, ahora es el momento de cerrar la variante de Boylston.

-Demasiado tarde -dijo Whyte-. El tren 143 desapareció hace veinticinco minutos, entre Egleston y Dorchester.
Tupelo no dijo nada.
-Tenemos que encontrar a Turnbull -continuó Whyte.

-¿Cree usted de veras que Turnbull se bajó de este tren en kendall? -preguntó.

-¡Desde luego! -respondió Whyte-. ¿En qué otra parte, si no?


* * *




Ultima estación… Revolución*



*De Danilo Gatti desarma_ysangra@hotmail.com



¡Última parada, Estación Revolución! Grito el guarda por segunda vez, anoticiando de que todos debíamos bajar del tren, y con la mayor celeridad posible.
Tome rápido mi bolso de mano, me abrí paso entre la gente, y una vez afuera, el frio caló hondo en mis huesos.
Frote mis manos, como para tomar impulso, y comencé a caminar a paso apurado, ganando calor en mi cuerpo…
Una vez más el tiempo no estaba de mi lado.


Desde el andén, mientras el tren se alejaba a su descanso, ya podía verse la ciudad brillando, halos de luces, como luciérnagas, como si la gente estuviera jugando con linternas.
Pero no.
Era el fuego lo que iluminaba toda la ciudad, que ahora parecía casi "anaranjada".
Fogatas como rituales medievales, mientras los más jóvenes bailaban y festejaban alrededor. Hogueras.
Ni un rastro de electricidad, ni una sola luz o farol encendido.
Todo ardía.
Tome la salida
Y gane la calle.
Una vez allí, todo era oscuridad.


De la nada, o mejor dicho de "ese todo" ante mis ojos, la palabra "decadencia" apareció en mi cabeza.
Comercios ardiendo. Hogueras.
Casas a oscuras con las puertas abiertas, mientras afuera sus dueños improvisaban parrillas, donde asaban comida para todo aquel que lo pedía.
La ciudad, cubierta de humo, parecía estar llena de trincheras.
Jamás la he presenciado, pero esto debe ser lo más parecido a una guerra civil. Mejor dicho, a las consecuencias de una, ya que no aquí había combates a la vista. Al menos no evidentes o a gran escala. Todo eso ya había quedado atrás.

Hace mucho se hablaba de este lugar, de llegar a él.
Del "como", del "cuándo".
Ahora era real. Aquí estábamos todos, y los que no, estaban llegando a regañadientes.
El punto es, ¿Qué hacer con todo esto?
Nunca nadie planteo "el después", o inclusive él "para qué". Por lo menos no de manera profunda, a fondo. "No hay tiempo para perder pensando en eso", era la excusa más comúnmente escuchada por la mayoría.
Trate de acomodar mis pensamientos e hice una breve mueca de tristeza en mi cara, mientras una bala pasaba zumbando a mi lado, y un chico (mas allá) con risa de hiena, parecía disfrutar del momento


Sin culpa.




Correo:


*


El Sr. Urbano Powell es una persona con una sensibilidad atrapante. Sus ojos claros tienen la virtud de sobrevolar por rincones del arte de la escritura. Lee con tenacidad y una innegable cuota de virtuosismo los escritos de sus colegas de las letras. Ellas, con la amplitud del lenguaje, flotan en la estación de las ilusiones esperando tomar un asiento cómodo para poder distenderse mirando los paisajes de la experiencia, de la poesía, de lo cotidiano. Hacen una larga fila, a veces empujadas por las que están más atrás, para poder tomar el boleto de viaje para alcanzar y transitar por las vías de su Inventren.
Algunas notas son serenas, y esperan su turno con paciencia. Otras, más insistentes quieren llegar primeras, no respetando el lugar que les corresponde. Las arrogantes y engreídas, balbucean frases de enojo y desprecio, creyéndose muy especiales.
El Sr. Urbano, intenta, releyendo ir seleccionando cada una de las inscripciones y compilarlas en armonía. No es una tarea fácil escoger el orden de las esquelas, pues ellas se comportan en forma competitiva y le susurran al oído sus deseos de ser finalistas.
Por momentos Don Urbano se cansa de tanto alboroto y no tiene ganas de seguir editando. No encuentra el resultado preciado.
Quizás porque se siente inseguro, presionado y su trabajo que no es remunerativo.
Además algunas mensajes son pesados pegajosos, y densos. Otros, por el contrario son livianos y volátiles, son los que más dan rienda suelta a la imaginación.
En ese universo salteado de vocales y consonantes, Don Urbano persiste en su tarea de mostrar las escrituras de sus amistades.



Muchas gracias,


*Azul. azulaki@hotmail.com




*

Inventren Próxima estación: CORBETT.

-Editor Responsable del Inventren: Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
http://urbamanias.blogspot.com/


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MOREA. ORTIZ DE ROSAS. ARAUJO.

BAUDRIX. EMITA. INDACOCHEA.

LA RICA. SAN SEBASTIÁN. J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS. GONZÁLEZ RISOS. PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN. PLOMER. KM. 55.

ELÍAS ROMERO. KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD. MERLO GÓMEZ. RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA. JUSTO VILLEGAS. JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. ALDO BONZI. KM 12.

LA SALADA. INGENIERO BUDGE. VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA. VILLA DIAMANTE. PUENTE ALSINA.

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Wednesday, April 06, 2011

ESTACIÓN HORTENSIA.





InvenTren.




SUEÑOS Y VOCES DE TRENES*


A mi entrañable amigo Eduardo Coiro y su sueño de trenes.




Hay un tren extraño y un hombre peregrino.

El silencio hace nido en sus sueños.

Las golondrinas esconden su cansancio.

Allí, los pasos del recuerdo irrumpen.

Fenecen ante el estrépito de una despedida.

Ante el fragor de una bienvenida.

El hombre busca al niño.

Un silencio de yuyales enmudece la sombra del recuerdo.

Las voces y las miradas son una.

Plenitud de silencios y de voces. Ventanillas.

La mamma y un ramo de fragantes hortensias.

¿Presente se conjuga en pasado?


Desafía los tiempos y distancias.

Espera niño mío, quizás sea posible el regreso.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







Estación Hortensia*





“Hermoso día para pasear”, piensa, mientras el sol les arde sobre la piel, gradual pero implacable, en esta calurosa mañana de enero. Su hermosa y vivaz hijita de casi tres años lo toma de la mano y no deja de relatarle lo que ve, excitada y con ojos asombrados.
-¡Papi, unos pajaritos! ¡Uuuuuhhh! -, y agrega con decisión: –Yo voy a volar como los pajaritos.
-¿Y si en lugar de volar por el aire, volamos en un tren? -, propone él, midiendo la distancia que les resta: detrás de la arboleda de araucarias se encuentra la estación.
-¡Un tren, sí! Me encanta viajar en tren-, y se cuelga de su brazo, apurando la marcha.
Una suave brisa mitiga el progresivo calor de la mañana. Mire donde mire, estallan los colores bajo el poderoso sol del verano. Y al acercarse a los límites de la estación, contempla casi como al descuido, a un costado del camino de grava, un enorme macizo de hortensias que lo proyecta abruptamente hacia el pasado…
…¿Cuánto tiempo hace que no piensa en aquellas hortensias del jardín de su casa, en Mar del Plata? En aquel sendero de ladrillos húmedos que llevaban hasta el quincho, donde chirriaban las brasas de la parrilla, su padre acomodaba el fuego, y el asado con los chorizos se iba cocinando lento y parejo debajo de un cartón extendido. En la sombra mohosa de aquel pino centenario, cuya frescura regaba hacia las tres casas vecinas. En las ligustrinas que se desbordaban, aferradas con firmeza al alambre tejido. En la ropa limpia que su abuela había colgado de la soga que cruzaba el parque. En las rejas nuevas que su padre había hecho instalar pocos años antes, a raíz de los robos cometidos en el barrio, incluso en aquel mismo jardín, del que unos malditos rateros se habían llevado durante la noche un secarropas, algunas herramientas, varias reposeras plásticas, y la mesa de tablones de madera que conservaban desde hacía décadas.
¿Cuánto tiempo…? Los recuerdos le resultan extraños, como si perteneciesen a otra vida, o quizás a otra persona. ¿Acaso fuera así? ¿Cuántas cosas le han ocurrido durante aquellos años, desde la última vez que pisara aquel entrañable parque cubierto de hortensias? ¿Cuántas vivencias, compartidas o en soledad? Aunque a él le costara recordar momentos de soledad; siempre había preferido evocar momentos compartidos con sus afectos, tener más presente una risa que un silencio. Recuerdos de sus tres hermanos menores, recorriendo las parquizadas cuadras del Barrio Constitución hasta la playa, mientras cargan con el mate, a veces la sombrilla, y comentan películas vistas, o libros e historietas leídos. De su abuela, quien hoy ya no está, preparando las mismas tortas fritas con grasa vacuna que solían amasar y cocinar a la par en aquel campo de Entre Ríos, escuchándola decir que “al menos, con eso los chicos tenían un alimento para la tarde”. De su padre, acompañándolo a hacer compras a bordo de una vetusta camioneta Datsun, que continúa funcionando de manera inexplicable, escuchándole narrar las mismas anécdotas de siempre, referidas a su pasado familiar o laboral –vinculado de por vida con el ferrocarril-, ayudándolo a terminar las frases y recibiendo como habitual corolario la pregunta: “¿Cómo: ya te lo conté?”.
“¿Dónde se ha ido todo eso?”, se pregunta, hipnotizado por las frondosas hortensias, oyendo muy a lo lejos el incesante parloteo de su hijita, aferrada de su mano mientras ingresan a la estación, recorren el pasillo de la boletería cerrada, se acercan al andén. “¿En qué me convertí?”
Imágenes sin conexión aparente se le presentan delante de sus ojos; escenas editadas de diferentes películas conforman en un caos particular su propia película, la de su vida, tan errática y variada como la de cualquiera, con una enorme cantidad de detalles que la terminan haciendo única. Recuerdos de sus afectos primarios, claro está, pero también de sus amigos, sus ex parejas, sus compañeros y compañeras de trabajo… Todos aquellos que alguna vez, en determinado momento, han sido significativos en su vida y le han dejado una marca, que por pequeña que sea, hace una enorme diferencia: la de que hoy, él sea de esta manera y no de otra…
-Ahí viene el tren -, se escucha decir, al arrodillarse junto a su hijita y señalar con el brazo extendido hacia el horizonte, donde la inconfundible silueta del frente de una locomotora diesel se recorta contra la profundidad de la vía, haciendo sonar su estridente silbato en la distancia.
El se ha convertido en esto: hoy es padre de familia. Además de ser amigo inclaudicable de sus amigos, de atesorar el cariño hacia sus hermanos -aunque se vean poco, y dos de ellos también hayan sido padres-, de agradecerle a sus padres todo lo que han hecho por él –con sus aciertos y sus errores-, de ejercer con su título profesional y poder vivir de eso –algo que hasta hace unos años no le parecía muy tangible-, además de todo eso tiene una familia que adora, una hija que lo enternece como nadie pero que también lo saca de quicio, una mujer a la que considera un par y en quien confía plenamente.
El, de alguna forma, ha dejado de ser hijo y se ha convertido en hombre. Y la evocación de las hortensias se lo recuerda de manera inexorable.
-Vamos a volar…¡en tren! -, grita ella, agitando los brazos, dando emocionados saltitos a su lado.
-Si, hijita -, murmura él, mirando hacia el futuro. –Vamos a volar…



*De ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar
Marzo de 2001












Sin pies ni cabeza*



Es 4 de abril. Fecha del cumpleaños de mi padre.
Lo recuerdo bajo el nogal que él planto hace muchos años. Hoy comienzo a cosechar las nueces que el árbol da todos los años durante los días cercanos a su cumpleaños.
Me parece escuchar su voz cuando decía a quien quisiera oírlo:
"Hombre avisado, medio salvado".
Sin embargo tengo la certeza de haber desoído advertencias una y otra vez durante mi vida.




*

El que no tiene cabeza tiene pies -decía mi abuela materna.

Fue con la fractura de tobillo cuando me di cuenta que antes no tenia cabeza para pensar mis cuestiones y que -por largos meses- tampoco tendría pies para andar.
Sin ninguna ocurrencia razonable para mejorar las cosas intentaba leer.
Había tenido el libro de Felisberto Hernández en un estante durante 30 ó más años.
Al comenzar la lectura de Las Hortensias -que tiene prólogo de Julio Cortázar- sentí agotamiento.
El cuento era demasiado terrible para mi situación de fragilidad física y anímica.
Quise distraerme con la televisión, pero me parece que el resultado fue peor aun.
Puse el canal Crónica TV. Era la hora del programa de Anabela Ascar: "Hechos y protagonistas" no estaban ni el "Hombre hormiga" ni un cantante perdido en el túnel del tiempo.
Ese día llevaba a su programa a un imitador de López Rega.
Había colocado un ataúd en una larga mesa armada con caballetes. Luego presentó a una mujer que a su vez imitaba a Isabel Martínez. (Era idéntica con el pelo tirado hacia atrás y elevado en un frontón).
El falso López Rega hizo que la falsa Isabel se acueste sobre la mesa para hacer su representación. La cabeza estaba tocando a la cabeza oculta en el ataúd. Se apagan las luces. Un par de reflectores iluminabann el rostro de la Isabelita.
El falso brujo hizo maniobras con sus manos en el aire. Hablaba con un lenguaje que nadie podría traducir.
Anabela puso la cara de Anabela. López Rega dijo que había logrado trasferir a su Isabel el alma de Evita.
Anabela le pidío al falso Lopecito que abra el ataúd, este ensayó una fingida resistencia pero enseguida la cámara mostro una muñeca de tamaño humano con el rostro de lejanamente parecido a la Evita de la foto que luce esa sonrisa enorme y su pelo atado con rodete.
Me sobresalté. Son rostros de Hortensias. -Pensé.
Iluminación o delirio bien propio, pude ver que López Rega era un digno y verdadero protagonista del cuento de Felisberto cuando detrás de un cortinado le soplaba palabras que la Isabel - Hortensia debía decir al aire en sus discursos televisados.
Me extraño un poco que la imagen de Crónica TV fuese en blanco y negro.

Recordé mi mano sujetando el crayón rojo -era madrugada y la neblina no dejaba ver demasiado- cuando escribí sobre un paredón blanco "Isabel títere fascista".



*

Deje pasar varios días e intente con otro cuento, pero la primera frase también me llevo lejos: "Úrsula era callada como una vaca"
Esto me impulso a leer el folleto que me había traído el tío Lito de un establecimiento rural, se lo dieron en uno de sus paseos en tren para derrotar a la soledad de los domingos (cuando no haya lluvia que lo detenga en su casa).


Establecimiento "Las Hortensias"
Huerta orgánica. Granja ecológica. Espacio de reflexión.
Estación Hortensia. Provincia de Buenos Aires. Argentina

Somos un espacio ecléctico que reúne en un ambiente rural:
Una huerta orgánica. Una granja modelo. Un hostal para visitantes con actividades al aire libre y ciclos de intercambio. Un espacio natural donde se programan encuentros para la reflexión de las cuestiones humanas. En su programa 2011 las reuniones se aplicaran al pensamiento sobre la histeria. En una época donde lo lábil domina los afectos.

-Que bien me vendrían uno días de recreación y pensamiento, bien lejos de mis problemas.
-Me dije con una sonrisa, antes de seguir leyendo:

Elegimos la producción ecológica para cultivar vegetales, frutas y aromáticas. Con métodos de “agricultura orgánica” mantenemos la fertilidad del suelo y su diversidad biológica. No utilizamos sustancias artificiales, químicos, pesticidas o elementos contaminantes.
En nuestros eventos no se permite la utilización de celulares ni existe la contaminación generada por televisores (....)


*


Entonces pude verme con Eleonora leyendo en fotocopia un texto de Pitirim Sorokin, nos reímos como niños con el nombre y apellido del intelectual ruso. Eleonora dejo su legado en mi memoria con una advertencia dicha como al pasar en una única frase. "vos sos pasto para la histéricas".
En el momento me pareció una rareza surgida de una desconocida con la que no tendría otra relación que la de estudiar una materia para la facultad.
Pero, con el tiempo esas palabras fueron madurando y creciendo, ganando espacio como una verdad revelada tardíamente.
Años después ubicarla. Tenía el teléfono de la casa de sus padres y ellos me contaron que tiempo después de recibirse dejo de militar en el Partido Obrero y abrazo una causa distinta: decidió quedarse a vivir en Tailandia trabajando en un programa que intenta preservar y rescatar a los orangutanes de la brutalidad de la sociedad. Podría haber intentado pedir una dirección postal para escribirle, pero enseguida desistí, supuse que no solo no recordaría su frase genial ni a quien estaba destinada sino que mi actitud de comunicarme con el objetivo de preguntar sobre esto seria francamente ridícula.
Pensé en los espejos a los que teme el protagonista de las Hortensias. En espejo del tiempo que se refleja en uno y en cada cual. En el espejo de los otros pueden dar -hasta involuntariamente- al patetismo propio.



*

Estación Hortensia. 315 Km. de Puente Alsina.

Vuelvo una y otra vez a intentar sin éxito concluir la lectura de "Las Hortensias".
Sigo siendo una persona que busca su lugar en el mundo; que necesita escribir pero debe vencer en cada palabra la inmovilidad. La parálisis de la angustia.

Sin encontrar las respuestas que necesito, al menos me distraigo unos días en este club de campo que brinda a quien lo necesite un buen "pastoreo" reflexivo sobre el tema de la histeria.



*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com






PRESENCIA DE ABRIL*


Las hojas nunca repiten el otoño.
Se renueva la experiencia
de caer silenciosas
sobre su asombro y el mío.
No parece cierto que antes haya sucedido
será que hoy descubro
en cada árbol un sol encendido
que se inmola con la serena postura
de alguien que ha llegado a destino.


No hay palabras que describan
estas calles que caminamos juntos.
Están maduras de esperas, mullidas, rojizas...
Desmenuzo los recuerdos hasta hacerlos
polvo dorado sobre el alma en armonía.


Las hojas nunca repiten el otoño.
Lo hacen nuevo cada vez, como
si nunca antes hubiera sucedido.
Y yo no sé con qué palabras
hacerlo como ellas.

Acaso sean necesarios otra vez
nuestros pasos en la calle atardecida.


*De Miryam Seia. miryamseia@cablenet.com.ar









EL CAMAROTE OCUPADO*


-Sexta y última parte-



Un crujido de madera antigua, el chasquido de una cerradura al romperse, una puerta que se abre de par en par y la violenta aparición de un hombre dentro del camarote fueron los elementos que desgarraron aquel momento de intensa sensorialidad femenina. ¿E incluso masculina?
Ernesto cayó sobre su costado izquierdo con un quejido de dolor, bañado por el foco del pasillo a sus espaldas. El chorro de luz horadó la semipenumbra del camarote, revelando la intimidad de una imagen en extremo obscena y excitante. Las protagonistas chillaron ante la sorpresa, deteniéndose en el acto.
Los tres parpadearon incrédulos. Ernesto, conmocionado ante la visión de un par de mujeres semidesnudas, sólo luego de un par de segundos de estupor reconoció a la estudiante de Psicología, sin sus gruesos anteojos, yaciendo boca arriba sobre el suelo de goma, y a la mentada pasajera del camarote, con quien él pretendiese un acercamiento galante durante su breve paso por el vagón comedor, recostada encima de la chica. Lorena, por su parte, mientras lo contemplaba con mirada asesina, identificó al estúpido barman que había intentado seducirla en vano hacía ya tanto tiempo –quizá en algún otro viaje……u otra vida-, inventando absurdas historias de fantasmas. Y Claudia, desconocida como amante bisexual, se desconcertó ante la visión de aquella libidinosa mujer que yacía encima de ella, oprimiéndole los pechos contra los suyos, maldiciendo casi al unísono al intempestivo visitante.
Otra violenta corriente de aire helado se abatió sobre ellas, alcanzándolo a Ernesto sobre el rostro, quien volvió la mirada hacia el rincón de donde procedía la ventolina, aunque no llegase a tiempo a registrar certeramente lo que veía.
Un furioso sopapo se abatió de revés sobre él, sumado a un agudo e irascible chillido. Ernesto, reaccionando mediante un acto reflejo, se apartó de costado, rodando sobre el piso en dirección contraria, hacia la pared. Una amenazante figura se incorporó detrás suyo, y sin dejar de chillar, se abalanzó sobre su espalda, arreciando con una salvaje descarga de golpes.
-¡Tómatelas, hijo de puta!!! -, aullaba Lorena, pegándole sin cesar. -¡Dejame tranquila de una buena vez!!! ¿No tuviste suficiente con cagarme la vida mientras vivíamos juntos??? ¡Andate, la puta que te parió!!! ¡Aaan-daaaaa-teeeeeee!!!!
Ernesto giró nuevamente y la enfrentó, enmudecido ante la sorpresa o el absurdo. Intentó aferrarle los brazos para que dejase de golpearlo, pero le resultaba imposible; apenas si podía desviar los sopapos y trompadas, evitando que lo desfigurase. Claudia se incorporó, desconociéndose una vez más, quizá recordando el efecto de la cámara lenta en el cine, y se lanzó sobre la espalda de Lorena, atajando sus brazos por detrás, aunque sin lograr detenerla.
-¡Basta, basta! ¡Dejalo! -, imploraba la chica a medio vestir, deseando muy dentro suyo que aquella mujer volviese a estimularla como hasta hacía apenas unos segundos, regresando a la misteriosa burbuja autista de placer en la que la había sumergido al encerrarse juntas dentro del camarote.
Lorena se sentía ajena a sí misma. ¿Por qué le resultaba tan extraña su propia voz, como si se hubiera vuelto más grave……más parecida a la de un hombre? ¿Y de dónde extraía semejante fuerza, capaz de azotar a este tipo y dejarlo fuera de combate? Además, ¿quién era este fulano? El boludo del barman, claro, ……aunque un secreto pensamiento le decía que lo conocía de algún otro lugar, de otra época, de un momento afectivo diferente… ¿Sergio? La sola aparición de aquel nombre dentro de su cabeza la hizo enfurecer aún más.
El viento a su alrededor, agorero y siniestro, no dejaba de silbar…
Aún excitada, Claudia quería retenerla cerca del catre, lejos del empleado ferroviario, pero la pasajera del camarote era demasiado fuerte para ella. Lorena, poseída por una misteriosa fuerza que la impulsaba hacia delante, arreciaba contra Ernesto, quien a duras penas conseguía evitar que le rompieran la nariz.
Y entonces, por entre el griterío, los golpes y el escalofrío del viento, una decidida voz los inmovilizó, congelando la escena.
-¡Deténganse todos!!! ¡Atrás, íncubo maldito!!! ¡Vete de aquí!!! ¡Dios es mi Salvador y mi escudo!!! ¡Y aunque camine por el Valle de las Lágrimas y me enfrente a la Iniquidad, jamás temeré, porque sé que Él está de mi lado!!!
Los tres volvieron la cabeza hacia la puerta abierta. La desaforada imagen de Heriberto Fort, emergido de una alucinada estampa bíblica, empuñando la cruz de plata en alto como si se tratase de una espada flamígera, les causó una impresión tan sorprendente por su inmediatez como grotesca en su contenido.
Nadie supo muy bien qué hacer o decir. Hasta que la silenciosa tensión en el ambiente, apenas contorneada por el silbido del viento, fue desgarrada por una sonora carcajada. Lorena reía a mandíbula batiente, incapaz de comprender semejante aparición. ¿A quién quería derrotar este santurrón?
-¡No teman!!! -, arreció Heriberto, su pie derecho recargando el peso del cuerpo hacia delante, el puño firme y en alto, la mirada llameante. -¡Combatiré a esta súcuba hasta el último aliento!!! ¡Exorcisaré a la pérfida criatura, mitad hombre y mitad mujer, y recuperaremos para el rebaño a esta abandonada hija de Dios!!!
Lorena comenzó gradualmente a contener la risa, mientras Ernesto y Claudia la contemplaban sin saber qué hacer. Entonces la mujer se puso de pie de un salto, apenas vestida por una remera que le colgaba del cuello y un par de soquetes oscuros, y enfrentó al seminarista.
-¿Y vos de dónde carajo saliste, pelotudo? ¡Sos peor que cualquier otro hombre, más reprimido y más puto!!! ¡Tómatelas o te fajo a vos también!!! ¡Y te enrosco brazos y piernas con esa sotana de mierda, para después meterte la cruz bien en el culo, donde debería estar!!!

-¡No la oigan!!! -, chilló Heriberto, capturado por su personaje, impostando la voz como si se encontrase representando una épica ópera de Wagner. -¡Quiere confundirnos a todos con su malignidad!!! ¡Aléjensé!!! ¡Podré solo contra ella, con la divina ayuda del Señor, mi guía y mi pastor!!!

Una silueta apareció de improviso detrás del seminarista.
-Pero… -, balbuceó Fernando Suárez, el guarda. -¿Me pueden explicar qué está pasando? ¡Señorita, ubíquese y hága el favor de vestirse, que éste no es un tren nudista! Los pasajeros vuelvan a sus asientos, que ya estamos por arribar a la Estación Hortensia. ¡Y vos, Ernesto, ¿qué hacés ahí tirado?! ¡Levantate de una buena vez, que Gorriarán está como loco y quiere verte enseguida en el vagón comedor!
-¡Basta! -, protestó Claudia, volviendo a hilvanar sus extraviados pensamientos, habiendo perdido con tantas interrupciones, muy a su pesar y quizá definitivamente, aquella novedosa sensación erógena causada por otra persona de su mismo sexo. -¿No se dan cuenta de que esta mujer está mal y necesita ayuda de inmediato?
-¡Sí!!! –bramó Heriberto. -¡Yo, en mi carácter de abnegado Soldado de la Fé, seré el encargado de librarla para siempre de Todo Mal!!! ¡Refúgiate en Cristo, pecadora!!!
-Pero…, ¡si serás necio!!! -, estalló Claudia, colmada por la irritación. -¡Acá hace falta medicación, administrada por un psiquiatra!!! Y después, un buen tratamiento psicológico. ¡Nada de delirios místicos!
Lorena, sin mirar ni escuchar a nadie en particular, volvió a estallar en carcajadas, ante el estupor e indignación de Fernando, azorado ante su impúdica desnudez. Ernesto consiguió ponerse en cuclillas, para luego incorporarse lentamente, sin que nadie reparase en sus movimientos. Y estaba a punto de abalanzarse sobre Lorena y apresarla por detrás, poniendo un poco de orden a semejante descontrol, cuando otra enigmática silueta apartó a Fernando hacia un costado e ingresó en el camarote, con andar cansino pero majestuoso, enmudeciendo con su sola presencia al seminarista, quien se volvió sorprendido para contemplarlo. Desconcentrado, el seminarista bajó su brazo exorcisante, deponiendo el poder de la cruz.


El recién llegado vestía por única prenda un enorme poncho de cuero salvaje, calzado con ojotas y luciendo una vincha descolorida que le cruzaba la frente y alejaba de su rostro una extensa y tupida cabellera negra. De rasgos inconfundiblemente aindiados y untado con brillantes tintas vegetales que le cruzaban las facciones, parecía haberse fugado de alguna otra dimensión temporal, como si su presencia allí no cuadrase en absoluto.
-¡Todos quietos! -, les ordenó, con voz grave y pausada, sin necesidad de gritar, al tiempo que extraía debajo de su poncho una serie de diversos y extraños amuletos confeccionados con huesos de animales, entre los cuales comenzó a agitar uno de aspecto atemorizante, casi fálico, parecido a una maraca. –Las señales fueron inequívocas durante los últimos días. Los vientres de los terneros sacrificados y los mensajes de los huesos esparcidos sobre la tierra habían repetido lo mismo, una y otra vez. El espíritu ha vuelto, con la misma sed de sangre de siempre, dispuesto a asesinar a nuestros hombres y vejar sin piedad no sólo a nuestras mujeres, sino también a las de Uds. Por eso -, y esparció a izquierda y derecha (¿babor y estribor? … la trochita angosta oscila con “vaivén de barco” al desplazarse sobre rieles tan estrechos) unos polvillos de colores sobre el suelo de goma del camarote, -ungido como el último médico brujo de los tehuelches, declaro a éste como lugar sagrado, imposible de ser mancillado por el paso de cualquier espíritu que no pertenezca a nuestra tierra. ¡Aléjate de aquí, verdugo cruel de mis gloriosos antepasados! ¡Abandona estos terrenos, que reclamo orgulloso en nombre de mi pueblo!
La ráfaga de viento volvió a arreciar al término del discurso. El estupor de los presentes no se retraía en lo más mínimo. Nadie supo cómo actuar, hasta que el guarda, como autoridad del ferrocarril, emergiendo del mismo letargo que inmovilizaba a todos, protestó:
-¡No me diga que viene a exorcizar un fantasma! ¡Vamos, hombre, déjese de joder! ¡A usted lo mandó el escandaloso ése de la televisión, el Marcelo Tinelli! ¿Cuánto le pagó para armar esta patraña? ¿Dónde lleva la cámara oculta? ¿Entre medio de toda esa pelambre?
-Los aborígenes están cada día más aculturados -, reflexionó Claudia en voz baja, -despersonalizados por los mass-media…

-¡Es la pérfida acción del demonio! -, sentenció Heriberto. –Esto ocurre porque nadie se ha tomado en serio la misión evangelizadora de los infieles. ¡Pero eso cambiará en este nueva era que se inicia! -, y volvió a empuñar en alto la cruz de plata. -¡Volveremos a Cristo!!!


-¡No se burlen! -, exclamó el médico brujo, sin apartarse un ápice de su misteriosa y específica tarea, arrojando un poco más de sus polvitos de colores, haciendo sonar su fálica maraca de hueso, y defendiendo su vapuleada dignidad en contra del vulgar prejuicio occidental que los catalogaba como “pueblo oprimido”. –El ánima de ese cruel asesino vaga insepulta entre Uds. desde hace muchísimo tiempo, y ninguno ha sido capaz de evitar que su figura fatal atormentara a nuestros hijos por las noches. ¡Yo te convoco, entonces, General Julio Argentino Roca, a ser desterrado para siempre, y que acabes de una vez con ese martirio que nos acosa desde hace más de un siglo!


-¡Frígidos de mierda! -, estalló Lorena, temblando de furiosa calentura. -¡Hombres tenían que ser!

-Están todos borrachos… -, masculló Ernesto, incapaz de eludir la incredulidad, sin saber si ponerse a reír o a llorar a raíz de semejante absurdo. -¿Qué carajo está pasando en este camarote?
Una nueva ventolina se abatió sobre ellos, y por un instante se escuchó como si la ráfaga helada sonase al estilo de una maléfica risa de ultratumba. Entonces Ernesto, acopiando lo poco que aún le restaba de valor, giró la cabeza hacia aquel rincón del camarote donde creía que se originaba la misteriosa irrupción de aire helado. Una abrupta comprensión lo abofeteó de lleno, insultando su inteligencia, sintiéndose de inmediato el boludo más grande que pisase alguna vez un tren provincial de larga distancia. Por lo que exclamó a viva voz, indignado y herido en su más profunda autoestima:
-¡A ver si se dejan todos de joder y vuelve cada uno a lo que estaba haciendo! ¡Que bastante hinchadas las pelotas tengo por esta noche!
Y habiendo captado la atención del resto de los ocupantes del lugar, señaló con su dedo índice, para que no quedase lugar a dudas, hacia la pared opuesta a la puerta del camarote, donde nadie parecía haber reparado en un detalle tan cotidiano como banal.
Todos giraron sus cabezas, probablemente sin sorprenderse por nada de lo que pudiesen contemplar a esta altura de los acontecimientos, para descubrir que la antigua y elegante ventanilla de cristal biselado del vagón camarote, quién sabe durante cuánto tiempo, había quedado abierta…




*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar
-Capítulos anteriores en http://inventren.blogspot.com/







DILEMA*


Muchas manos
Ayudan a una multitud de gente.
Una mano que aprieta,
Define el grado de nuestra conciencia,
O quizás revela el lugar que tomaremos
El día que cambie el rumbo definitivo
De la historia.
Cada dìa es una lucha,
Es la preparación previa al enfrentamiento
Inevitable cuenta regresiva,
Que ansío con ganas verla
En vida,
Pero es como la espera
De lo que nunca sucederá.
Me aferro a la fe ciega
De un instante
Donde todos
Nos parecemos a todo,
Y la crueldad vil
De quien selló
Mi jerarquía,
Sea sentenciado
Al mar de azufre
Que alguna vez
Leimos en nuestra niñez,
Solo que ahora
Ya no somos tan niños.


*De Daniela Wallffiguer. danielawallffiguer@gmail.com





Tren*



El tren era el de todos los días a la tardecita, pero venía moroso, como sensible al paisaje.
Yo iba a comprar algo por encargo de mi madre.
Era suave el momento, como si el rodar fuera cariño en los lúbricos rieles.
Subí, y me puse a atrapar el recuerdo más antiguo, el primero de mi vida. El tren se retardaba tanto que encontré en mi memoria un olor maternal: leche calentada, alcohol encendido. Esto hasta la primera parada: Haedo. Después recordé mis juegos pueriles y ya iba hacia la adolescencia, cuando Ramos
Mejía me ofreció una calle sombrosa y romántica, con su niña dispuesta al noviazgo. Allí mismo me casé, después de visitar y conocer a sus padres y al patio de su casa, casi andaluz. Ya salíamos de la iglesia del pueblo, cuando oí tocar la campana; el tren proseguía el viaje. Me despedí y, como soy muy ágil, lo alcancé. Fui a dar a Ciudadela, donde mis esfuerzos querían horadar un pasado quizá imposible de resucitar en el recuerdo.
El jefe de estación, que era amigo, acudió para decirme que aguardara buenas nuevas, pues mi esposa me enviaba un telegrama anunciándolas. Yo pugnaba por encontrar un terror infantil (pues los tuve), que fuera anterior al recuerdo de la leche calentada y del alcohol. En eso llegamos a Liniers.
Allí, en esa parada tan abundante en tiempo presente, que ofrece el ferrocarril Oeste, pude ser alcanzado por mi esposa que traía los mellizos vestidos con ropas caseras. Bajamos y, en una de las resplandecientes tiendas que tiene Liniers, los proveímos de ropas standard pero elegantes, y
también de buenas carteras de escolares y libros. En seguida alcanzamos el mismo tren en que íbamos y que se había demorado mucho, porque antes había otro tren descargando leche. Mi mujer se quedó en Liniers, pero, ya en el tren, gustaba de ver a mis hijos tan floridos y robustos hablando de foot-ball y haciendo los chistes que la juventud cree inaugurar. Pero en Flores me aguardaba lo inconcebible; una demora por un choque con vagones y un accidente en un paso a nivel. El jefe de la estación de Liniers, que me conocía, se puso en comunicación telegráfica con el de Flores. Me anunciaban malas noticias. Mi mujer había muerto, y el cortejo fúnebre trataría de alcanzar el tren que estaba detenido en esta última estación. Me bajé atribulado, sin poder enterar de nada a mis hijos, a quienes había mandado
adelante para que bajaran en Caballito, donde estaba la escuela.
En compañia de unos parientes y allegados, enterramos a mi mujer en el cementerio de Flores, y una sencilla cruz de hierro nombra e indica el lugar de su detención invisible. Cuando volvimos a Flores, todavía encontramos el tren que nos acompañara en tan felices y aciagas andanzas. Me despedí en el
Once de mis parientes políticos y, pensando en mis pobres chicos huérfanos y en mi esposa difunta, fui como un sonánbulo a la "Compañia de Seguros", donde trabajaba. No encontré el lugar.
Preguntando a los más ancianos de las inmediaciones, me enteré que habían demolido hacía tiempo la casa de la "Compañia de Seguros". En su lugar se erigía un edificio de veinticinco pisos. Me dijeron que era un ministerio donde todo era inseguridad, desde los empleos hasta los decretos. Me metí en un ascensor y, ya en el piso veinticinco, busqué furioso una ventana y me arrojé a la calle. Fui a dar al follaje de un árbol coposo, de hojas y ramas como de higuera algodonada. Mi carne, que ya se iba a estrellar, se dispersó en recuerdos. La bandada de recuerdos, junto con mi cuerpo, llegó hasta mi madre. "¿A que no recordaste lo que te encargué?", dijo mi madre, al tiempo que hacía un ademán de amenaza cómica: "Tienes cabeza de pájaro"


*de Santiago Dabove, incluido en "La muerte y su traje".
Buenos Aires, Alcántara. Edición de 1961. (págs 137-138)




*

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Wednesday, January 19, 2011

ESTACIÓN HERRERA VEGAS


InvenTren.



SOLO UN CAFÉ…*


A Silvio


Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto.
El Sur
Jorge Luis Borges



La vio acercarse, con el mismo sombrerito que usó en la televisión…

Se hallaba a punto de partir a provincias a una gira promocional de su más reciente disco, encendió el televisor para no sentir tanto silencio – o para acallar los gritos de sus pensamientos – y vio que estaban pasando una entrevista a enfermos terminales. Una idea un poco cruel, pensó, sin darle demasiada importancia.

De pronto escuchó su nombre. El entrevistador le preguntaba de nuevo a una de las pacientes – vaya ensañamiento – si ese era su último deseo.

- Sí - respondió una mujer con un sombrerito de terciopelo verde oscuro, apenas para intentar cubrir la calvicie a la que la condenaba su enfermedad -, de niña y adolescente fue mi ídolo, mi primer y gran amor, compraba sus discos, iba a sus conciertos, perseguía sus entrevistas, me sé sus canciones, sus poemas... Jamás pude siquiera tenerlo cerca… Ahora que estoy tan próxima a partir, desearía poder tomarme un café con él.
- ¿Y que le dedique una canción, tal vez? – insistió el periodista.
- Solo un café – dijo ella, mirando fijamente a la cámara.

Le pareció que los ojos de la mujer, de un azul casi transparente, se clavaban en los suyos. Aquello lo impresionó. ¿Sería una señal? Su religiosidad personal, conformada por lo que había ido eligiendo de varios credos, era muy profunda.

Si, a pesar de nunca ver televisión, de estar apenas prestando oídos, una mujer a punto de morir decía su nombre, y vivía en una ciudad donde harían una corta estancia… Era un llamado.

Logró localizarla a través del hospital donde se realizó la entrevista. Ella, muy emocionada, le dijo que no vivía en la ciudad, sino en un pueblo cercano, pero podía tomar un tren y coincidir con su apretado horario, una hora antes de partir. Para ayudar al encuentro, fue él quien propuso que fuera en el café de la terminal, un sitio agradable. No era primera vez que hacían esta parada, ahí vivía la madre de uno de sus músicos. El resto hacía cualquier cosa, hasta que se reunían en el punto acordado.

Se levantó, saludó con una inclinación de cabeza que ella respondió del mismo modo. La ayudó a sentarse y esperaron, sonriendo en silencio, que viniera la camarera para ordenar, él un café expreso, ella un capuchino.

Tenía la nariz levantada y las mejillas tersas, muy pálidas. En contraste, las pecas que salpicaban su rostro eran casi rojas. “Parece una niña que se resistió a crecer, tiene rostro de bebé”, pensó y se le heló la sangre al recordar que estaba frente a una persona a la que le quedaban, con suerte, unos meses de vida. Su antiguo miedo a la muerte estaba sentado frente a él.

Ella adivinó sus pensamientos.

- Conozco esa mirada, no te preocupes, no es tan terrible como parece... Todos venimos al mundo con fecha de vencimiento, la diferencia es que yo conozco la mía.

No sabía qué responder, mas, al verla echar a reír, aflojó la tensión y rió también. Había tenido sus temores, a última hora casi se retracta del encuentro. Las fans lo ponían nervioso, esperaban de él algo más de lo que era, como si tuviera que hablar todo el tiempo en el idioma de sus canciones, tener salidas geniales ante cada frase, tararear lo que ellas le pidieran. Hubo una que le reprochó su estatura… y hasta su edad, comentándole que “en la portada de los discos se veía más joven y más alto”.

- No espero nada trascendental de este momento – sonrió ella, leyendo su mente de nuevo -, debes estar hastiado de todo tipo de acosos, preguntas fuera de sitio, indiscreciones y comportamientos extremos. Mi deseo era éste, compartir un café contigo, nada más.

La hora discurrió tan rápidamente que quien los contemplara hubiera dicho que eran dos amigos que se reencuentran luego de una larga pausa y tienen mucho que contarse. Rieron, comentaron sucesos del pasado, eventos que conmovieron a muchos, otros casi olvidados… No tuvo que mirar el reloj, ella lo hizo por él.

- Llevo medida del tiempo, sé que estás en una breve parada. Mi agradecimiento no tiene límites y sé que te pondrá nervioso escuchar todo lo que ha significado para mí este encuentro. Solo quería, antes de despedirnos, hacerte un regalo, algo especial que solo yo puedo darte…

De nuevo sus nervios se dispararon: Lo dicho, con los fans todo es de esperar. Pero ella no parecía tener impulsos de besarlo, ni de dispararle con un arma oculta, pedirle su reloj, ni siquiera un autógrafo en algún sitio extraño de su geografía. En vez de esto sacó una agenda y un bolígrafo.

- Como sabes, estoy a las puertas de un viaje sin retorno – lo miró, sabiendo que acaparaba su atención -. Cuántos no habrás perdido, cuántos adioses inesperados, cuántas largas despedidas, cuántos “hasta pronto” que se transforman de golpe en “hasta siempre”.

Guardaron silencio por unos segundos.

- Siempre que esto sucede, pensamos que algo esencial faltó, más allá de la ausencia. Rezamos por una hora, por un minuto, así sea por saber que nos escuchan – continuó ella, extendiéndole ambos objetos -. Elije una de estas personas, la que darías cualquier cosa por ver una vez más. Escribe lo que quedó por decir. Te prometo que, si la otra vida existe, la buscaré y se lo diré, así me tome el resto de la eternidad.
- ¿Y es necesario ponerlo por escrito? – le dijo, con los ojos húmedos, llenos de remembranzas y agradecimiento.
- Sí, para poder aprendérmelo de memoria en el tiempo que me queda y transmitirlo, con tus palabras exactas, a ese alguien que amaste tanto y el destino te llevó antes de que pudieras decírselo.

Comenzó a escribir, entendiendo que el mensaje captado aquel día frente al televisor había sido para él, pero no del modo en que lo entendió.

Dejó gotear su dolor en el papel que iba cubriendo de renglones, sin saber si se hallaba en una estación de trenes, frente a una mujer aún joven y bella a pesar de los estragos de la enfermedad, o si se hallaban ambos en una estación de tránsito de un género distinto, y frente a él tenía un ángel que adivinaba sus deseos, sus memorias, sus temores y hasta lo que había pretendido sepultar en los rincones más hondos del olvido.



*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.



ESTACIÓN HERRERA VEGAS





La reinvención*







*Por Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar







El hombre camina por su barrio con su mochila de frustraciones antiguas.
Al dar vuelta la esquina reconoce a un compañero de la -ahora lejana- escuela secundaria. No lo ha visto en décadas.
Alejandro esta tirado en el piso debajo de un antiguo camión que parece haber sido fabricado durante la segunda guerra mundial.
"Lo compre por unos pocos pesos". -Explica. "Lo estoy reparando para que sea casa rodante. Voy a recorrer la argentina con el".
El hombre mira a su amigo con una expresión intraducible. El camión es una ruina con su chasis sostenido por troncos de madera.
El amigo debe haber percibido una mirada escepticismo, o esa piedad que se tiene ante un delirio impracticable.
-"Si no tenés sueños, estas muerto". Dijo con un sentido justificatorio.
Al hombre la frase le pareció un flechazo en el pecho de su propia existencia.
Cambiaron de tema. Que sabían de los compañeros de entonces.
¿Sabes algo de Huber? -Preguntó el hombre-
Con Huber eran un trío inseparable en el primer año del industrial.
-Se fue a trabajar a un pueblo de campo en un centro de investigación. Le cambio la vida. Acá no tenia nada y a los 50 años nadie te da un trabajo estable. Hay que trabajar 12 horas arriba de un remis completo el hombre el cuadro de situación.
Antes de despedirse el hombre pide las direcciones de correo de Huber, y la de Alejandro el portador de ese sueño de acercar distancias que ha intuido como inalcanzable.


El hombre siguió su camino acunado en angustias. Son años de sentirse fracasado y por más que haga enormes esfuerzos mentales no logra ver la mitad del vaso lleno. Solo gotas. Y se evaporan.

Esa misma noche le escribió a Huber.
Le contó su situación. Una vida horrible. El trabajo un espanto. Ni hablar de la soledad.
Huber le contesto rápido. Leyó su correo en la mañana siguiente.

-"Negrito, que alegría me das, salvo de Alejandro hace años que no se nada de los compañeros de la escuela.
-"Lamento que no estés del lado de los integrados al modelo. Esta sociedad casi no da segundas oportunidades a nuestra edad. He tenido un golpe de suerte después de años de golpear puertas.
Esta noche, cuando vuelva a casa te cuento la historia de como llegue aquí."

El hombre responde: Dale, contame. Quiero saber una buena entre tantas calamidades que escucho en el día.



Al amanecer, cuando el calor insoportable apenas ha aflojado durante la noche, el hombre lee la carta Huber. Es una historia larga y no parece sencilla.

Había tenido un año peor que malo. Le extirparon un testículo, cuando salió de esa se quebró una pierna.
Su hija lo dibujaba: "Es papá en su burbuja" y lo representaba: La angustia lo aislaba cada vez más. Imposible ver futuro. El futuro era el día siguiente o la semana a lo sumo.
Un día recibió un llamado de un primo que vive en el campo, justo en el límite de los partidos de Yrigoyen y Bolívar.
"Se viene el ferrocarril de nuevo y va a haber trabajo en cada pueblo. Hasta posibilidad de radicar industrias y empleados"
Huber hizo un bolsito y se fue a ver a su primo. Fue por un par de días y volvió a la semana con otra cara.
Ese título que le dieron a leer era más que prometedor: "La reinvención del ferrocarril. Un proyecto comunitario de articulación social"
El tren volvía, pero cada pueblo debía formular proyectos que se respalden en el tren y den sustentabilidad a largo plazo.
Ahí tomo contacto con la gente de Herrera Vegas, 150 habitantes que tuvieron el criterio de no aceptar cualquier cosa.
Tomaron el asunto del proyecto para refundar su pueblo con el ferrocarril en serio. Armaron un concurso de ideas internacional y lograron el respaldo de la UNESCO.
En asambleas descartaron alternativas: ni planes de vivienda sin trabajo para quien llegue a vivir, ni la instalación de una cárcel -el Estado vive buscando lugares para ampliar su capacidad de encerrar en celdas-.
Tampoco industrias que contaminen más aún el agua.
Fue unánime. El proyecto ganador fue la radicación de un centro de investigación avanzada, al que se bautizo como "Alfonso Luis Herrera" en homenaje a un destacado científico mexicano. Un segundo proyecto también fue aprobado: un polo de microempresas que fabriquen alimentos.

Huber consiguió empleo en el centro de investigación como administrativo, a la espera de que lo asignen a un proyecto de investigación específico. Se levantaba bien temprano, caminaba hasta la estación Libertad y se subía al tren hasta Herrera Vegas. Trabajaba 8 horas y tenia casi 6 de viaje entre ida y vuelta.
Cuando lo designaron como empleado contable en el proyecto NOGXA. Huber se animo a llevar a su familia a vivir a Herrera Vegas. "Ahora los chicos pueden jugar en la calle" (....) "dejas la bicicleta o la motito o lo que sea en la puerta de calle y nadie toca nada". (....) "No se si es el paraíso pero se le parece bastante..."

Así como el proceso que lo llevo a conseguir trabajo estable e irse a vivir a ese pequeño pueblo revoluciono su existencia. Huber habla maravillas del proyecto donde trabaja. Aunque el no entiende demasiado de lo que hace ese equipo de científicos, sostiene que el fin es noble, que van a terminar de dar vuelta el modo de pensar la relación entre mente y cuerpo.




"Negrito, no se lo digas a nadie pero esta gente esta experimentando con una máquina que puede grabar todo lo que la mente de un sujeto almacena durante su vida. (....) todo, absolutamente todo: imágenes, frases propias y de la gente querida. Lo políticamente correcto y lo traumático fijado en la memoria. (...) Además y esto es lo mas decisivo: puede registrar el efecto de emociones y recuerdos pasados sobre el cuerpo en el aquí y ahora..."

Una vez hablo fuera del horario laboral con el director de NOGXA.
Huber se despreocupo por hablar un lenguaje de códigos y conceptos. Simplemente pregunto: Che, Javi, ¿como se te ocurrió todo esto?
Gracias a Carl Kolchak, por el capítulo del hombre obligado a dormir en un laboratorio. Ese hombre que en sus sueños materializa al hombre musgo, el "Peremalfait", un cuco mítico de su infancia que mata a quienes quieran despertar a su creador.
Era un niño y ese capítulo me impresiono y dejo su huella en el tiempo. Desde ahí, para decirlo mal y breve me obstine por hacer visible, materializar de alguna forma los recuerdos y la actividad cerebral del ser humano.

¿Viste, negrito? Que asombrosas suelen ser las cosas...

-Te felicito hermano, le contestó el hombre. Era hora que te tocara un trabajo decente.

(...) No lo voy a pensar ni un día más. Voy a visitarte a Herrera Vegas. Buscare un trabajo. No importa en que oficio. Sino estar allí y vivir en un pueblo que se recrea. Que brinda la ilusión de reinventar la vida de quien pise su suelo.

Allá va el hombre a sacar su pasaje para viajar desde Merlo Gómez, la estación más cercana a su casa. En el camino ve un cartel de publicidad que dice: "Es hora de ser quién queres ser"

No es mala idea, -piensa el hombre-, quizás fuese tarde para ser el que hubiera querido ser a los 25 años. Pero el intento bien va a valer para demostrarse a si mismo que no esta derrotado.













La crisis del chocolate*







*Por Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

Y hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







¿Por qué íbamos a preveer errores, si avanzábamos sobre teorías sólidas?... La crisis del chocolate se extendía a nivel mundial. Parecía que las plantas de cacao se hubiesen puesto en huelga hasta que las especies transgénicas, introducidas a cada país con tratados de libre comercio, renunciaran a sus patentes en el mercado.



Eran esos tiempos futuros, o arcaicos (nadie lo sabe bien), en que el chocolate era valorado más que el oro u el cobre en estos días. El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional se vieron obligados a intervenir para rescatar al país de lo que los expertos ya llamaban "La Crisis del Chocolate", elaborando un oportuno plan, como en casos similares suelen ser elaborados.



Las ya tradicionales opciones fueron consideradas: instaurar una dictadura militar, despidos masivos, privatizaciones, permitir que una potencia invada al país para rescatarlo, incrementar la deuda externa... Incluso la opción de dejar al mercado nacional sin protección del Estado, para que por un milagro del mercado mundial se estabilizara el país y lo sacara de esta terrible crisis; algo así como cuando los extraterrestres secuestran a las personas (principalmente mujeres, aunque luego suele haber equivocaciones), y usando técnicas de inseminación artificial les dejan preñadas, solo que en este caso: usando dinero y países para los experimentos.



La crisis avanzaba rápidamente, y el plan debía ser definido; pero la experiencia histórica frenaba cada opción al recordar que ninguna de ellas, ni todas implementadas al mismo tiempo, resolvían crisis alguna y sólo protegía los intereses de los grandes capitalistas. Fue entonces que la respuesta que se buscaba, aquella que aportaría la evidencia rotunda de lo acertado de las doctrinas neoliberales, apareció para salvar al país: se adoptarían todas las opciones tradicionales, pero además, y ésta fue la gran respuesta, se construiría una fábrica de chocolate.



Y así fue: la construcción se inició un par de horas después de consumado el golpe militar. La localidad elegida fue el pueblito de Herrera Vegas, junto a la vieja estación abandonada del ferrocarril. Su construcción traería desarrollo y empleos a la localidad, además de chocolate a la nación.



Lo que causó la primera sorpresa fue el gran letrero a la entrada de la fábrica, que anunciaba el nombre: "Alfonso Luis Herrera"; que hacía recordar esos tiempos de la revolución mexicana de 1910, donde el tercer mundo había intentado definir una ciencia que se distinguiera del resto por haberse originado en un país llamado "subdesarrollado", y por haber intentado unificar la experiencia y expectativas del pueblo con las explicaciones naturales del Universo:



FÁBRICA DE CHOCOLATE "ALFONSO LUIS HERRERA"

Auspiciada por el Banco Mundial.

Herrera Vegas, Buenos Aires. República Argentina.



"El patriotismo tiene una base química, pues nuestras cenizas irán a formar parte de nuestros descendientes; estamos formados con detritus de nuestros antecesores y otros seres y minerales de nuestra patria. Después de una guerra, las sales de los muertos, por medio de los vegetales, el trigo, el pan, etc., nutrirán los futuros pobladores de la región en que se dieron las batallas, lo que significa una reconciliación química profunda de las razas combatientes" (Alfonso L. Herrera)



Al poco tiempo, las cosas marchaban como era de esperarse: la crisis poco o nada se había resuelto, las medidas adoptadas sólo habían logrado dar estabilidad a los grandes capitalistas, los pobres trabajaban más y comían menos, y la deuda externa se había incrementado en algunos millones de dólares. Todos llegaban a la estación Herrera Vegas con la curiosidad de saber qué se hacía en la fábrica, pero quienes lograban entrar salían siendo personas completamente distintas, aún cuando seguían siendo los mismos (algo por demás extraño de explicar).



Los rumores comenzaron a causar desconfianza, pues nadie había visto por la región algún chocolate de los producidos por la fábrica, y regularmente eran observados cargamentos que llegaban al ferrocarril, transportando equipos de laboratorio, secuenciadores de genes, sustancias químicas y demás cosas que pasarían inadvertidas, si a donde eran llevadas no fuera una fábrica de chocolate.



Y es que dentro de ésta, colocado inmediatamente en la entrada, se encontraba un espejo que tenía la curiosa propiedad de invertir la simetría de las moléculas en todo aquello que se reflejara en él. Este espejo era utilizado con el fin de invertir la simetría quiral en los seres vivos, pues una propiedad de todos ellos es que los elementos moleculares que los constituyen, en cuanto a los aminoácidos que forman parte de las proteínas y los azúcares que componen el material genético (ADN y ARN), se orientan a un lado en particular: los aminoácidos en los sistemas biológicos son izquierdos (levógiros), y los azúcares son derechos (dextrógiros). Bien, el espejo invertía esta simetría (esta quiralidad), en todo ser vivo que se reflejaba en él.



A poco de andar, nos dimos cuenta con Astrid que el proyecto real no iba a ser aceptado ni entendido. Aún en ese mismo Centro de Investigación Avanzada, donde se desarrollaban ideas muy audaces.



¿Cómo podíamos aceptar ser auditados por los organismos que financiaran las obras y el equipamiento? Tuvimos que fabricar chocolate -el oro de la época- para poder sostener la investigación básica.



¿Como explicar que el proyecto contaba con la colaboración de una civilización extraterrena? ¿O que nuestras creaciones genéticas estaban poblando el planeta incubadora Gl 581 C?



Nosotros trabajábamos en la inversión y/o modificación genética de la vida. No imaginábamos que nuestros procedimientos alteraran la ideología de los sujetos. El marco teórico nos llevaba a suponer que la ideología de los sujetos es más dura e inmutable que su genética.



Así pensábamos hasta poco tiempo atrás, cuando en el marco de la visita de un economista, jefe del Banco Mundial, ocurrió un acontecimiento imprevisto: Mientras el hombre recorría la línea de producción de monedas de chocolate -las cuales pueden ser consumidas o utilizadas como medio de pago hasta la fecha de vencimiento, pues vale aclarar que en nuestra época, el dinero es comestible y tiene fecha de vencimiento en su utilización- fue entonces cuando notamos que el espejo inversor había quedado descubierto por una esquina, y sin poder evitarlo, el economista se reflejó en él. Cruzamos miradas de pánico pero no ocurrió nada, todo siguió aparentemente igual.



Al final de la visita, Astrid acompañó al hombre hasta la estación. Para el horario de llegada del tren faltaban unos 20 minutos. Al rato de llegar, el hombre se disculpó un momento para ir al baño de la estación. Caminó hasta el muro lateral -pintado impecablemente de color arena- y allí, a la vista de muchos pasajeros que aguardaban el tren al igual que él. Extrajo de sus ropas un aerosol de pintura. ¿Lo había robado de nuestra fábrica, en la sección donde rotulan la producción embalada en cajones?



Astrid saco fotos con la cámara de su teléfono celular mientras pintaba el muro, y otras al graffiti finalizado:



"La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados"

-Marx y Engels-



"El capitalismo es una mafia"



"Lea El Capital y El Manifiesto Comunista".



Ya ha pasado algún tiempo y todavía no tenemos una explicación confiable a este suceso.












EL CAMAROTE OCUPADO*


-Quinta parte-



Abrumada por la sorpresa, mientras escuchaba el chasquido de un picaporte cerrándose en seco, Claudia cayó al suelo del camarote en una densa semipenumbra que apenas le permitía registrar difusas siluetas. Tardó un par de segundos -caída de bruces, con ambas manos sosteniendo en alto sus hombros- en advertir que, además de la escasa visibilidad del lugar, la situación se complicaba al haber perdido sus gruesos lentes, que quizás habían saltado de su rostro en la caída, rebotando sobre la goma del suelo y extraviándose en algún remoto rincón de la habitación, abandonándola en el peor de sus temores: la ceguera –circunstancial o no, la imposibilidad de ver la ponía en extremo susceptible-.
-¿Qué pasa? -, exclamó, con voz trémula pero imperante. -¿Qué quiere conmigo?
Nadie le respondió, pero experimentó una ráfaga de aire helado sobre el rostro, más algunas gotas, posiblemente de agua, provenientes de algún punto delante suyo. Y luego, un par de manos, silenciosas y reptantes, que comenzaron a levantarle con decisión la cintura del pulóver hasta el pecho.
-¡No! -, protestó ella, girando y sentándose sobre la cola, con respiración agitada. -¿Qué pasa?… ¿Quién es?… -, interrogó a la oscuridad.
Silencio. Sólo el silbido del viento, ahora a sus espaldas. Y una forma, inquietante, avasallante, delante suyo.
-No… -, murmuró, presa del temor. –No me haga nada… Por favor…
La borrosa silueta avanzó muy lentamente hacia ella, como si emergiera entre las densas nubes de un sueño. Claudia sintió que el temor inicial se transformaba velozmente en una sensación terrorífica, imposible de eludir. “Es el fantasma del camarote”, pensó una parte de su mente, dominada por la emoción. Aunque la otra mitad, aún manteniendo la fría cordura, le recomendó: “No te sugestiones más con cuentos de hadas”.
Pero el miedo pudo más, inmovilizándola, sin poder evitar quedar a merced de lo innombrable.
Una respiración se agitó delante de su rostro, mientras unas manos volvían a levantarle el pulóver, acariciándole los pechos con un roce sutil pero en extremo sensual. Claudia levantó uno de sus brazos, intentando zafarse.
-¡No! -, exclamó, quizá con escasa convicción. Y desató la tormenta.
Una feroz descarga de besos arreció sobre su rostro, buscando con ansia sus labios, chupándolos, lamiendo su rostro con una lengua voraz. El impulso le impidió pensar, al tiempo que un cuerpo la empujaba hacia atrás, derramándose sobre ella, rodeándole las piernas. Claudia intentó defenderse, aunque sin éxito; sólo consiguió acariciar retazos de otra piel, tersa y suave, probablemente perteneciente a la pasajera del camarote. La agradable sensación la distendió por espacio de un segundo, agradecida de no estar palpando una superficie fría y viscosa, o como quiera que fuesen las texturas fantasmales o de ultratumba. Pero al segundo siguiente, una ráfaga de aire helado se coló por entre ambos cuerpos, estremeciéndola en la oscuridad.
-Por favor… Basta… Esto no me gusta… -, balbuceaba ella, incapaz de detener el salvaje impulso amatorio que se abatía sobre su cuerpo.
La piel le era femeninamente familiar. Sin embargo, la intensidad seductora de aquella ¿persona? se le antojaba muy masculina, lo que convertía a su partenaire en un ser en extremo ambiguo, en algo demasiado… histérico. La situación le resultó tan perturbadora como fascinante.
Ávidas manos reptaban por debajo de su pulóver, aferrándose con ansia sobre sus pechos, mientras un muslo se contraía sobre su entrepierna, provocándole un cosquilleo inquietantemente sugestivo. Y esa boca, que no dejaba de besarla, mediante un embate pasional desconocido hasta entonces, le hizo rememorar sus pasadas experiencias amorosas. Ninguno de sus antiguos noviecitos, menos aún su actual pareja –que bastante desabrido había resultado en la intimidad-, le habían ofrecido un placer semejante, con tal fortaleza, con tamaña entrega. Al parecer, su partenaire no tenía nada que perder…
Y ella, parecía que tampoco.
Lorena ya no podía pensar, ni sabía exactamente dónde estaba ni quién era esta mujer que había encontrado. ¿Ella la había hecho pasar? ¿Por qué todo estaba tan oscuro? No lo recordaba. Sólo conseguía tener presente un intenso placer anal y vaginal ofrendado por alguien desconocidamente viril que había hecho maravillas sobre su cuerpo, transformando todo cuanto ella conociera al respecto, convirtiéndola en una especie de peligrosa larva amatoria, un ser lascivo y poderoso en plena mutación hacia una instancia sexual superior. Algo que la dominaba por completo, llevándola a tocar, acariciar, besar y chupar a esta mujercita tan dulce y tierna, que parecía recién salida del nidito de mamá, y yacía inerme debajo suyo, pero que quizás comenzara dentro de poco a participar en forma activa en el juego, hábilmente inducida por una pasajera tan fogosa como impredecible…
Entonces, segura de los pasos a seguir, alzó la cadera que oprimía a la jovencita contra el suelo de goma y desplazó velozmente una de sus manos hacia la cintura, por debajo de una sus propias piernas, buscando el cinturón del pantalón de Claudia, luchando contra la hebilla, luego desabotonando y bajando con cierto esfuerzo la bragueta, para finalmente desplazar la yema de sus dedos sobre la tenue bombachita de volados que lucía la muchacha, quien comenzó a gemir –quizá contra su voluntad- al ser estimulada allí debajo, con tanta suavidad como firmeza.
-Bien que te gusta, putita… -, masculló Lorena entre dientes.
Aunque la voz que brotó de sus labios le sonó por completo ajena a la suya. Como si perteneciese a alguna otra persona.
Y esa voz fuese –increíble pero cierto- muy masculina…


*

-¡Claudia! ¿Estás bien? -, volvió a llamar Ernesto, azotando la puerta del camarote. Pero una vez más, le contestó el silencio.
-¿Vio eso? -, insistió Heriberto Fort, poseído por un nuevo acceso evangélico. -¡Es el Maligno, recaudando más y más víctimas para saciar su inagotable sed de Mal!!! ¡Déjeme cumplir con mi ilustre misión!!!
-¡Cállese! -, le ordenó Ernesto, mientras aferraba el picaporte. Lo giró decidido, pero nada. Trabado nuevamente. Entonces resolvió, sin mirar a nadie, con la vista fija sobre la puerta y una seguridad que no había experimentado antes: -Hay que tirar la puerta abajo.
El filoso semblante de Heriberto pareció insuflarse con llamas ígneas.
-¡Sí!!! -, exclamó. -¡Arrasemos con las huestes demoníacas que nos acosan en toda hora y lugar! ¡Démosle fiera lucha al Maligno! ¡Que sus malsanas poseídas ardan sin piedad en la hoguera, aullando un perdón que nunca llegará, en medio de brillantes explosiones de azufre infernal!!!
-¿Cómo??? -, se exaltó Ernesto. -¿Qué piensa hacer, pichón de inquisidor??? ¿Prenderle fuego a esas dos mujeres? Quemar a la psicóloga le gustaría, ¿no? -. Y de pronto comprendió, a medida que continuaba hablando, cuáles eran los ocultos motivos que atesoraba el contemporáneo sucesor de Torquemada. –Eliminaría a la competencia, y eso lo haría sentir seguro de su propia fe, ¿no es así?
-No, mi amigo… Ud. no entiende… -, balbuceó Heriberto, con los ojos muy abiertos, mutando con violencia de la exaltación religiosa más virulenta al más atemorizado estupor.
-Ni se le ocurra pensar que yo pueda ser amigo suyo -, le retrucó el barman. –La verdad, creí que buscando un sacerdote podríamos ayudar a esta mujer, pero veo que me equivoqué. En el seminario los deben seguir instruyendo con esas locas ideas de consumir en el fuego a los infieles, sin aceptar ninguna clase de perdón.
-¡Claro que aguardamos el perdón! -, se defendió el seminarista. –Pero no el perdón humano, sino el divino. Y nadie sería tan soberbio como para otorgar un don tal, arrogándose el privilegio único del Altísimo.
-¿Eso es lo que busca, padre? ¿El perdón de esta pasajera perturbada, y el rescate de una estudiante que acudió generosa ante un pedido del personal ferroviario, sin saber cuál podría ser el resultado?
-Yo sólo quiero ayudar a mis semejantes a través de la transmisión de la fe… -, balbuceó Heriberto.
-Me da asco, padre. Hace apenas una hora creí que un sacerdote sí sabría qué hacer en una situación como ésta, actuando de manera eficaz, y no como podría hacerlo un pobre ignorante como yo. Pero Ud. está tan en pelotas como nosotros. O mejor dicho… -, y el estilo en que las ideas afloraron dentro de su mente lo satisfizo enormemente, ganado seguridad. Como si a partir de ese instante hablase consigo mismo, pensando en voz alta: -…en pelotas le gustaría estar a Ud., ¿no? Y despertar al Maligno que vive dentro suyo.
-¡Pero qué dice!!! -, vociferó el seminarista, alzando un brazo delante de su rostro en señal defensiva, aunque Ernesto no se movió de su lugar.
-Encender el fuego de la hoguera, y que esas dos mujeres queden bien calentitas, ardientes, fogosas, tocándose entre ellas, mientras Ud. empieza a tocarse por ahí, debajo de la sotana, y las chicas se van sacando la ropa…
-¡Cállese, impuro!!! -, chilló Heriberto.
-Y quedan en bolas, fregándose una contra la otra, gimiendo como animales en celo, transpirando sexo, mientras Ud. se hace una bruta paja, porque el ganso le ha crecido de una manera increíble, y está durísimo, padre. Durísimo…
-¡Basta, basta!!!
-Pero no le dura mucho, claro. Porque todo lo que tenga que ver con lo sexual le despierta un cagazo bárbaro. Se siente un pecador irredimible, el delincuente más hijo de puta que pueda haber conocido el Seminario donde estudia. Y para eso necesita azotarse, para expiar la Culpa. ¿O me equivoco?
-¡Hereje!!! – aulló Heriberto, alzando la cruz de plata delante de sus ojos, a punto de aplastarla contra la frente de Ernesto, como si se hallase delante del propio Maligno y tuviese que freírlo en su propio caldo de azufre sulfuroso.
Ernesto, con una mirada colérica, que asustaría hasta al más valiente, apartó el brazo en alto del seminarista mediante un violento manotazo, aunque la cruz de plata siguió aferrada a la mano de Fort.
-Váyase -, le ordenó entre dientes. –Lárguese de una vez antes de que me enoje en serio y lo cague a trompadas, por cagón y por inepto.
Heriberto Fort, seminarista, padecía de accesos místicos pero no era ningún gil. Así que escondió la cruz de plata y el frasquito de agua bendita en uno de los enormes bolsillos de la sotana y comenzó a retroceder, sin darle la espalda, temeroso de que lo atacara a traición.
-Algún día se arrepentirá de sus palabras -, sentenció.
-¡Chaaauuu!!! -, exclamó Ernesto, y Heriberto apuró el paso, desapareciendo por el pasillo hacia su asiento en la clase Turista.
El barman respiró hondo, intentando controlar la ansiedad, su pulso acelerado, la presión por las nubes. Entonces volvió a fijar la mirada sobre la puerta del camarote Nº 6, y sin pensarlo siquiera, arremetió contra ella, golpeando con su hombro derecho. Nada. Se alejó, tomó carrera y se lanzó otra vez. Nada. Pateó una, dos, tres veces, descargando la suela completa de su zapato. La madera temblaba bajo los impactos, estremeciéndose en los goznes. Hasta que volvió a intentar un empujón, retrocedió en el reducido pasillo y se lanzó contra la antigua puerta de principios de siglo.
Se escuchó un crujido de madera, junto al chasquido de la cerradura al romperse, y Ernesto se vio proyectado hacia la más densa oscuridad.
“Sophrosyne” hizo sonar nuevamente el agudo pitido de su sirena. La tormenta había pasado, pero el viento helado que se había levantado luego de la lluvia era tan helado como el aliento de un resucitado en la tumba…



-Continuará-


*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar
-Capítulos anteriores en http://inventren.blogspot.com/







El Universo es de Trigo*



Somos un viaje continuo,
Orbitando entre los límites
De la calle pavimentada
Y la terracería.


En algunos casos tenemos la fortuna
De escuchar a alguien más
Que viaja en el mismo camión que nosotros,
Y somos capaces de romper
El duro armamento que el aire
Construye a su alrededor;
Pero llega tan rápido al lugar planeado
Que baja en la siguiente esquina.


Seguimos en el camión
Hasta que el costo de transporte
Iguale al valor,
En moneditas de acero,
Que hemos pagado.


Si subimos,
Por descuido o voluntad,
En un camión equivocado,
Terminamos en un lugar también equivocado
Y preguntando cómo regresar.


Viajamos entre guajolotes y frutas,
De pie o sentados,
Esperando que el camión nos lleve a algún lado
O, por lo menos,
Que choque contra otro camión
Para no sentirnos tan solos.


Somos un viaje continuo,
Y una espera,
Que a veces termina en calles pavimentadas
Y otras tantas en medio de los caminos rurales.



*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







No solo de pan...*



"No sólo de pan vive el hombre..también come carne", ironizaba Julián Bustos mientras el último ternero culminaba de trepar al último vagón jaula de "FÉNIX". El cargamento debía llegar esa misma noche a Valentin Alsina, ya que desde allí partirían con rumbo urgente, aunque desconocido para Bustos. Más allá de donde finalizara su misión, el destino del ganado en pie sólo era determinado por los responsables del frigorífico "Santa Anita", quienes aguardaban con ansia aquel lote de vacunos desde hacía ya tres infinitos días.
Los terneros se agitaban inquietos a bordo de los tres vagones jaula, pero con el correr del tiempo Bustos ya se había acostumbrado a ese detalle. Con lo que no se podía familiarizar era con expresiones taciturnas y distantes como las que esa tarde presentaba el maquinista titular de
"FÉNIX", un Leandro Benítez apagado y acaso rencoroso. Bustos había oído como al pasar que Benítez la "venía piloteando" bastante mal desde hacía un par de meses, cuando comenzaron a investigarlo por un crimen que parecía no haber cometido, vinculado con su trabajo.. pero que nunca se aclaró del todo.
Sus compañeros habían ido apartándose de su lado, y Bustos sentía hasta cierta piedad por el pobre tipo. Sin embargo, ello no impedía que su talante sombrío le inspirara cierto temor, que crecía a medida que compartían las horas transcurridas durante los transportes.
Eran pasadas las siete cuando la formación reanudó la marcha hacia Valentin Alsina, luego de una breve parada en Estación Herrera Vegas. La tarde tenía un neto corte primaveral. Y Bustos disfrutaba en silencio del paisaje, mientras cebaba unos regios mates, que Benítez aceptaba sin despegar los ojos de la vía, ni acotar palabra alguna.

Lo hechos que se sucedieron a partir de la mitad del trayecto le evocaron a Leandro Benítez la siniestra repetición de una escena traumática, que lo obligó a renunciar a su puesto sin titubeos, y a Julián Bustos lo embargaron de un miedo y una indignación que -a pesar de haberlo intentado
infructuosamente- no se le borraron durante lo que le quedó de vida.

Lo primero que vieron, al doblar una curva, fue un par de vetustas y oxidadas camionetas Dodge que apenas si podían moverse, cruzadas sobre los rieles. Benítez movió la palanca con destreza, deteniendo a tiempo a "FÉNIX", haciendo chirriar los frenos con un estallido de chispas. La locomotora se quejó en un último estertor al detenerse, rozando apenas con su enorme parachoques uno de los abollados flancos de las camionetas.

-¿Pero quién mierda..? -, estalló Benítez, despertando de su letargo.

No consiguió terminar la frase. Una impensada horda de indigentes, entre quienes se hallaban varias decenas de infiltrados, evidentes punteros políticos que comandaban su errático y famélico accionar, surgió de la densa arboleda que se erigía sobre una de las cunetas y saltó hacia la formación
armada de filosos cuchillos, trepando hacia los vagones jaula en medio de un colosal griterío de guerra, algunos con increíble agilidad, otros con notorias dificultades en la locomoción, producto de una vida plena de privaciones y falta de atención médica. Rostros desencajados, pieles escamadas, bocas desdentadas, miradas alucinadas. Todos ellos parecían vampiros, aunque sin la menor cuota de palidez, ávidos de sangre..y de carne, a fin de llevarse codiciosos hacia la olla o la parrilla. El ganado olfateó el peligro en el ambiente y comenzó a mugir desesperado, pataleando contra los flancos de los vagones y haciendo vibrar la formación, que al ser abordada por la horda amenazó con volcarse y descarrilar, arrastrando a "FÉNIX" consigo.
Bustos se asomó a la ventanilla de la locomotora sin conseguir articular palabra, estupefacto, dejando caer el mate recién cebado al piso de la cabina de "FÉNIX", intimidado ante tamaña aparición espectral. Sabía que su misión era proteger el cargamento vacuno de cualquier contratiempo, pero jamás lo habían preparado para repeler un ataque como aquél, y menos aún había podido imaginar por su cuenta algo por el estilo. Así como nunca se había sentido tan impotente frente a una situación de peligro como en aquél momento. Benítez, por su cuenta, reaccionó de manera inversa; con el pavoroso recuerdo del frustrado asalto de la caja fuerte británica del siglo pasado delante de sus ojos, se desbordó de furia, no tanto frente a la injusticia de aquel acto -su responsabilidad lo limitaba exclusivamente a conducir la formación hasta destino-, como ante su propia frustración, y el funesto panorama que inconscientemente avecinaba para sí mismo.

-¡Loco!!! ¿Qué mierda se creen que están haciendo!!! -, chilló desde uno de los balcones laterales de "FÉNIX", dando un par de pasos hacia la multitud, que ni siquiera lo oyó.

-Quedate piola, chabón, que la cosa no es con vos -, le indicó a escasos cinco metros sobre la cuneta un tipo grueso, con una visera de la Municipalidad de La Matanza calzada hasta las cejas, mientras sopesaba un enorme palo entre sus manos, a manera de garrote.

-¡Pero me están cagando el laburo!!! -, protestó Benítez, deseoso de sacarse de encima con sólo chasquear sus dedos a toda aquella gentuza.

El tipo no le contestó, ni dejó de izar y dejar caer el garrote sobre su palma izquierda, mientras contemplaba parsimonioso el vibrante y efusivo accionar de la gente que habían trasladado hacia allí desde territorios no tan vecinos. La emboscada había sido todo un éxito. Quizá, todo respondiese a un brutal política asistencialista suscripta por el municipio -o por la provincia toda, quién sabe.-; sólo que esta vez no les regalaban empaquetada la carne para el guiso o el asado, sino que se la tenían que procurar de inmediato por sus propios medios.

Los chillidos de los animales, así como de los hombres y las mujeres que asestaban cuchilladas a diestra y siniestra, parecían similares.
La ferocidad de aquel ataque parecía denotar algo más que hambre; se asemejaba más a una venganza muda, cuyo destinatario principal ni siquiera era una persona o una corporación. El tren no hacía más que vibrar; varios terneros agonizantes trastabillaban y caían sobre el suelo irregular, cruzado por las vigas de acero de todo vagón jaula, generando temblores y estruendos que le ponían al maquinista y al encargado del frigorífico los nervios de punta. Luego de unos minutos, comprobaron que varias mujeres
ensangrentadas se alejaban de la escena munidas por toscos trozos de carne faenada, aún con el peludo cuero pegado sobre sus costados. La sangre vacuna se derramaba indolente sobre los enrejados flancos de los vagones jaula, cayendo sobre los cantos rodados de la vía con un sello ciertamente horroroso.

Entonces, cuando la masacre parecía haber alcanzado su punto de mayor fragor, con el primaveral aire de la tarde impregnado por el fétido olor de la muerte -coronado por el de la sangre, el miedo y la bosta-, una abominación mayor tuvo lugar ante los incrédulos ojos de Julián Bustos y Leandro Benítez.

Los ángeles vengadores del sistema surgieron casi de la nada, sin que nadie reparase en su existencia, sobre la explanada opuesta a la arboleda. Cubiertos por el más cómplice de los silencios, habían llegado a bordo de sus patrulleros blancos y azules sin encender ninguna sirena o baliza, sabedores de su impunidad. Se habían apostado en hilera, protegidos detrás de sus vehículos, todos ellos enfundados en sus uniformes oficiales, sin pronunciar palabra, ejecutando órdenes tan precisas como los punteros que minutos antes comandaran el asalto. Como dos ejércitos enfrentados -uno de ellos probablemente financiado por el frigorífico "Santa Anita", encargado de hacer un seguimiento muy próximo al cargamento, ante los reiterados rumores de un ataque de cuatreros, según los rumores de pasillo que Bustos consiguió milagrosamente evocar en aquel instante-, aunque ambos bandos sostuvieran en alto la misma bandera de la pobreza.

Alguien gritó, de pie sobre el techo de uno de los camiones jaula, queriendo alertar a sus compañeros en el último segundo. Aunque pocos lo supieran, en la barrabrava de Boca Juniors y en su barrio de Rafael Castillo lo conocían como el Gordo Nacho, muchacho dispuesto como pocos para
el desorden y el beneficio sin esfuerzo alguno; extraña clase de gato salvaje que siempre caía de pie, cualquiera fuese la situación que le tocase enfrentar. Sólo unos pocos consiguieron escucharlo, demasiado tarde para reaccionar.

En aquel último instante, lo único que consiguieron distinguir el maquinista y el encargado del frigorífico, en medio del caos y la confusión generados por el griterío humano y animal -aunque ya casi no pudiesen diferenciarse entre sí-, fue el sostenido pero breve pitido de un silbato, iniciando las maniobras consistentes en repeler a los invasores. Sólo que, evocando por su ausencia a las oscuras y anchas bocas de los lanza-gases antimotines, las decenas de cañones de pistolas y escopetas que se
parapetaban detrás de los patrulleros, sumados a igual número de ojos fijos a través de sus miras sobre blancos móviles precisos, presagiaban mucho más que lo peor.

Las últimas luces de la tarde agonizaron en medio de un ensordecedor y sincopado estruendo de disparos, que vomitaron fuego y muerte a discreción sobre aquel malogrado convoy ferroviario. Cápsulas y cartuchos servidos volaron por doquier alrededor de las fuerzas del orden, impregnando el espacio de la cuneta de las vías por el acre aroma de la pólvora. Fue un fusilamiento casi a quemarropa, sin contemplaciones. Nadie preguntó ni se cuestionó nada; todos obedecieron en bloque, disparando y recargando sin pensar. Mientras sus víctimas, humanas y -por desgracia, en el fragor de la contienda- también animales, caían al suelo entre alaridos de sorpresa y de dolor, cubiertos de sangre de pies a cabeza, tajeados por las cuchilladas, agujerados por los balazos, con los brazos en alto en un inútil y postrero intento de rendición, derramando vísceras sobre cada camión jaula y los cantos rodados de las vías, implorando en vano como sus congéneres entre los desolados muros del matadero.

Bustos se arrojó al suelo de la cabina ni bien sonaron los primeros disparos, que derribaron al tipo del garrote y la visera casi de espaldas, sin que se diese cuenta que estaba muriendo, mientras Benítez se zambullía detrás del encargado del frigorífico desde el balconcito lateral de "FÉNIX".
Desesperados reptaron sobre sus vientres hasta alcanzar la puerta del otro lateral, abriéndola hacia la arboleda, donde parecían querer escapar los últimos asaltantes -entre ellos, un aterrado Gordo Nacho-, seguidos de cerca por el silbido de los proyectiles. Las balas arrancaban fragmentos de corteza de los árboles en busca de los recién fugados, mientras las fuerzas policiales avanzaban en bloque, abandonando la protección de los patrulleros sin dejar de apuntar hacia la ya abatida multitud, yendo a la caza de los escasos heridos y moribundos..y de todo aquel que pudiese oficiar como solitario pero peligroso testigo del hecho.

Varios cañones los apuntaron cuando ambos se arrojaban desde "FÉNIX" hacia la cuneta de la arboleda. Sólo una milagrosa orden del oficial a cargo consiguió salvarles el pellejo, al reconocer en el último segundo a Julián Bustos como uno de los empleados del frigorífico "Santa Anita". Algunos uniformados se adentraron entre los árboles disparando a ciegas, mientras la mayoría de los demás se encargaban de rematar a los caídos, y los pocos restantes se ocupaban de levantar a los empujones al
maquinista y al encargado, apoyarlos de cara contra el costado de la locomotora, y esposarlos, a pesar de las vacilantes y quejumbrosas quejas de Benítez, sin apartar de sus cabezas los humeantes cañones de las armas.

Bustos se apoyó de espaldas contra la locomotora, dejándose caer al suelo hasta quedar sentado sobre el canto rodado, y vomitó hacia un costado, orinándose al mismo tiempo en los pantalones. Benítez temblaba, manteniéndose apenas en pie, con la mirada perdida a fin de evitar contemplar el rostro del horror, y el semblante desolado frente a su incierto futuro. Más allá, los últimos terneros mugían en estridente agonía, erizándoles la piel. Y decenas de cadáveres teñían de rojo la pampa húmeda.

Los orificios de bala de distintos calibres permanecieran sobre el lateral de "FÉNIX" durante el resto de su campaña ferroviaria, como cruel y mudo testimonio de aquella tarde de masacre. Sus eventos jamás se dieron a conocer en los medios de prensa, y sólo un par de aterrorizados testigos recordaron por siempre, aunque incapaces de relatarlos ante auditorio alguno.

"No sólo de pan vive el hombre..también come carne", recordó -muchos meses después, con unas cuantas copas encima- haber pensado aquella misma tarde, como en un sueño, antes de emprender el viaje, el empleado Julián Bustos.
"Carne de res faenada", musitó con un inconfundible vaho etílico, sobre una anónima mesa del almacen de ramos generales "La Frontera", antiguo boliche de los que se apeaban en la Estación Herrera Vegas, dos o tres décadas antes; "carne que nos alimenta a todos, y que nos acostumbramos a comer desde bien chicos".

Aunque, claro, rara vez esa carne faenada con la que se alimenta una nación... termine siendo humana.



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar





*


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