Saturday, August 13, 2011

ESTACIÓN SANTOS UNZUÉ










La leyenda que germina entre el polen*



“Santos Unzué”
Se leía en la pared de ladrillo,
Con letras grabadas muy limpias y nítidas,
Que guardaban los recuerdos lejanos
De las tantas personas que pasaron frente a ellas:
Y las leían para saber
Con qué nombre era llamado aquel lugar.

Las nubes en el cielo parecían borregos
Traídos hace tiempo en vagones por las vías,
Hoy cubiertas bajo concreto,
Y dejados en libertad para hacer lo que desearan:
Como subir al cielo en agua condensada.


La estación del tren,
Visitada por los vientos,
Se preguntaba si aquellas letras en su muro,
Que anunciaban la llegada a la estación ferroviaria,
Darían también nombre al cielo que la cubría:
De ser así,
Los animalillos de nube coloreada en la estratósfera
Deberían de ser capaces
De leer el nombre desde las alturas.

Nunca nadie dijo que una estación clausurada
No debiera sentir algo de vanidad o de nostalgia,
Y mucho menos alguien antes
Había visto una pequeña estación de tren,
Tan orgullosa de su letrero.

Por las noches,
Al principio como pasatiempo,
Le enseñó al pasto a leer el letrero,
Luego a las estrellas,
Al viento, al frío, al calor...
Sus enseñanzas se hicieron numerosas,
Y abrió un turno matutino
Para la enseñanza de lo que se conocía como
 “Lectura de letrero”.

El Sol aprendió,
La luna, la lluvia, los animales, y las flores,
Estaban entre sus mejores alumnos.

El pasto,
Que le costaba trabajo entender la cátedra,
Tomaba clases durante ambos turnos:
Nocturno y matutino.

Sólo en las tardes se suspendían las clases.
El método de enseñanza era siempre el mismo:
Leer todos los asistentes,
Y al mismo tiempo,
El letrero del muro.

La enseñanza continuó con éxito,
A tal grado que comenzaron a llegar
Nuevos estudiantes,
Y se consiguió el apoyo de becas.

Hoy día,
La modesta estación imparte cursos
Con los mismos horarios,
Y si algún viajero llega sin interrumpir las clases,
Podrá escuchar por las noches y por las mañanas
Cómo por todos lados,
Y de diferentes modos,
Hasta las sombras
Que los cuerpos proyectan en el suelo
Llenan las horas de colores diciendo:

“Santos Unzué”.

Y la estación
Muestra de nuevo el letrero grabado en el muro,
Y hasta uno mismo repite,
casi sin darse cuenta y en voz baja:
 “Santos Unzué”.

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com









 
LA ESTACIÓN*


Salí al aire frío de las calles, abandonando la oscuridad del almacén. Alguien que no reconocí me despidió con un extraño ademán. Recordé confusamente que debía tomar un tren.
Pocos días antes me había sido enviada una carta en la que se me recomendaba un viaje. Adjunto venía un billete de ferrocarril, que ahora descansaba sobre la mesilla de la solitaria habitación en la que cada noche me entrego a los despóticos juegos del sueño. No me tomé siquiera la elemental molestia de averiguar quién era el remitente de tan curioso envío, ni busqué en una guía cualquiera el lugar de destino. Pero ¿Quién hubiese vacilado ante un reto semejante? ¿Quién se hubiese resistido a ese instintoque siempre nos lanza hacia lo inesperado con tanta decisión como desprecio ante los posibles peligros? Conjeturé que sólo la cobardía hubiera podido impedir que recogiese el guante que el destino había tenido a bien lanzar contra mi rostro. Y nunca fui cobarde.
Así, poco después de las cinco de la tarde, tras una corta pero intensa siesta, me puse mi único traje (que apenas había utilizado una vez) metí en una maleta adquirida dos días antes mis escasas pertenencias y partí hacia la estación, dejándome azotar por las continuas ráfagas de un viento helado que hería inclemente las esquinas, los árboles, y el tránsito fugaz de los peatones que surcaban con rapidez las avenidas.
A causa de la menuda e impertinente lluvia que había comenzado a desgranarse sobre la ciudad, me vi obligado a tomar un taxi. Muy pronto, el automóvil se detuvo frente a un moderno edificio de dos plantas, ante el que otros autos vomitaban su carga humana, partiendo raudos en busca de otros pasajeros, de otras historias.
Antes de entrar en la estación, me detuve un instante, con la viva sensación de haber pasado algo por alto, de no haber prestado la debida atención a algún ínfimo detalle, de ésos que luego resultan ser trascendentales, pero, no siendo capaz de concretar en que pudiera consistir ese olvido, me encogí de hombros y penetré en el edificio entre una muchedumbre de rostros desconocidos y bonitas muchachas uniformadas y empleados siempre dispuestos a la oportuna indicación, al breve diálogo.
Ya en el interior, me sentí invadido por un reconfortante calorcillo, más agradable, si cabe, teniendo en cuenta el frío que la llovizna había traído consigo allá afuera. Al fondo, al otro lado de las ventanillas ante las que el gentío formaba largas colas esperando su turno, pude ver una gran sala en la que multitud de personas charlaban, gesticulando. Un poderoso rumor se extendía a lo largo de toda la nave. Era la suma de las conversaciones de los presuntos viajeros, el eco de las despedidas, de las tópicas recomendaciones y las frases cariñosas. A la izquierda, un enorme mural representaba el mapa del país, cruzado por innumerables líneas rojas, como tantas otras arterias surcando el espacio, entrecruzándose, uniéndose, mezclándose y formando un complejo entramado que llegaba hasta los más recónditos rincones de la patria. Al lado, un cartel electrónico indicaba las próximas entradas y salidas, el horario previsto yel número del andén correspondiente. De cuando en cuando, se oía por los altavoces repartidos por todo el recinto una muy bien modulada voz femenina, anunciando la inminente partida de algún tren. Podían verse entonces algunas personas corriendo en todas direcciones, abalanzándose hacia las escalerasmecánicas que llevaban a los andenes. Otros paseaban con impaciencia frente a las ventanillas, lanzando insistentes miradas al electrónico, y escuchando con desmesurada atención cada uno de los mensajes que los altavoces vertían sobre el aire cálido de la sala espaciosa.
No dejó de llamar mi atención la aparente ausencia de escaleras ascendentes, ya que había, en efecto, un piso superior, que se veía a través de grandes cristales, y en el cual podían distinguirse varios grupos de personas, saboreando sus bebidas y riendo despreocupadamente. Otros, por el contrario, contemplaban con aire apesadumbrado el piso en el que yo me encontraba y callaban; sólo callaban ignorantes de las alegres risas que brotaban a su alrededor. (¿Habré de decir que en este lugar toda risa es forzada; toda alegría, aparente?) Enajenándome a esas tristes miradas, supuse que habría alguna escalera en el interior de la cafetería, pero esto aún no me preocupaba, puesto que mi intención no era subir a aquella atalaya acristalada, sino tomar un tren.
Sí, subir a ese vagón que el destino había puesto en mi camino y que ya no podía tardar mucho en hacer su entrada. Volví a consultar la lista de horarios sin hallar referencia alguna al tren que debía tomar, al itinerario que muy pronto había de emprender. Caminando con tranquilidad, me aproximé a uno de los numerosos bancos que ocupaban el centro de la enorme nave y me senté en él, situándome frente al letrero en el que, de un momento a otro, surgirían las mágicas palabras anunciando la llegada de mi tren, anunciando el comienzo de algo quizá maravilloso y excitante.
A mi lado, una mujer gorda dormitaba apaciblemente, y un poco más allá, un anciano miraba como hipnotizado, con expresión de ciego incapaz de admitir la ceguera, hacia el gigantesco mural. Niños ruidosos correteaban entre los bancos, pero, no sé por qué, en sus juegos se adivinaba como una falta: No denotaban la natural alegría que suelen atesorar la mayoría de los niños. Me dio la impresión de que ni siquiera estaban jugando sus propios juegos, sino cumpliendo un ritual insoportable y absurdo. No eran risas infantiles lo que llenaba el ámbito, no eran reales; y además, en sus rostros podía percibirse un deje de rutina y melancolía, como si tales carreras, tales saltos y gritos, no hiciesen sino aburrirles y fastidiarles. (¡Cómo no lo vi entonces! ¡Cómo no salí corriendo de aquel lugar, de este lugar en el que ahora estoy sentado y escribiendo estas agónicas frases que se han venido repitiendo una y otra vez en mi atormentada mente!) Sonó la campanilla. De inmediato, oyóse la dulce y acariciante voz de mujer, recitando la aprendida lección de entradas y salidas. Escuché con atención, sólo para comprobar que tampoco era éste el tren que esperaba. Volví a mirar el billete, para prevenir cualquier posible error por mi parte. Tomar un tren equivocado solía acarrear, según había oído decir, tremendas molestias e incontables transbordos posteriores, e incluso existía un rumor que aseguraba que, en caso de confusión, se hacía prácticamente imposible regresar a la estación de origen, descartando así toda probabilidad de emprender algún día el viaje proyectado, dada la gran complejidad de la red ferroviaria. (En algún momento, en el pasado, tuve la sensación de haber tomado un tren erróneo, pero eso ahora no es más que un vago recuerdo y las certezas no existen) Sin embargo, no es menos cierto que si procedemos con atención es en verdad difícil equivocarse, debido en gran medida a la asombrosa exactitud de las informaciones proporcionadas por los altavoces y por el cartel de horarios.
La mujer gorda respingó, miró en todas direcciones, se incorporó de un salto, se frotó los ojos con el dorso de la mano y leyó frenéticamente las ocho líneas electrónicas que resplandecían frente a ella. Después respiró con fuerza y volvió a sentarse, tal vez algo desalentada. Fue entonces cuando se percató de mi presencia. Me contempló con curiosidad durante un segundo. Luego preguntó sin protocolo alguno:
- ¿Ha salido ya el tren hacia Santos Unzué.?
- No puedo estar seguro - contesté con amabilidad - Lo único que puedo asegurar que no lo ha hecho desde que estoy aquí - no dije nada más, tratando de rehuir el diálogo. Pero ella, ya más despierta, ensanchó un punto su sonrisa y dijo:
- Entonces ¿Llegó usted hace poco?
Iba a responderle con una escueta afirmación, demostrativa de mi escasa predisposición a entablar una conversación intranscendente, cuando me vi bruscamente interrumpido por el anciano que, con gran descortesía, increpó a la mujer:
- ¡Estás loca! - Gritó. Después se dirigió a mí en otro tono - Se lo he repetido cientos de veces. Su tren partió hace mucho. Pero ella se empeña en seguir esperando, aun cuando sabe de sobra que soy yo quien está en lo cierto - se volvió de nuevo hacia ella y con voz chillona agregó: - Nunca volverá ese tren ¡Nunca!
- Calla, viejo idiota - dijo ella entre sollozos - Tratas de confundirme.
Este amable caballero acaba de decir que aún no ha pasado. Yo sé que llegará y me marcharé en él, mientras tú te quedas ahí sentado, refunfuñando y soñando con un destino que jamás estuvo a tu alcance. A mí me queda la esperanza. A ti, nada más que la resignación o la locura.
- Yo nada espero. Eso es cierto - aceptó él con un tono más calmado - Hace tiempo que comprendí mi derrota. Pero tu esperanza ha de transformarse, ya lo verás, en una larga espera baldía, en sufrimiento y agonía, pues no quedan trenes que tu puedas coger, no hay destino que te reclame, ni andén que pueda llevarte hacia la luz.
- ¡Cállate! - Gritó la mujer en dirección al viejo. Luego, mirándome con los ojos arrasados en lágrimas, dijo: - Es insoportable. Siempre está gritando lo mismo. Siempre ahí sentado, malhumorado e insultante, como si su único fin fuese destrozar mis esperanzas. Siempre descargando sobre mí su odio de viejo egoísta, su desesperación de hombre abandonado. Pero no vaya a pensar que puedo huir de sus reconvenciones. No importa dónde vaya, allí está él para seguir machacándome. No deja de perseguirme, todo el santo día, de acá para allá. No sé si tendré fuerzas para seguir esperando mucho más.
Algo en las palabras de la mujer, en la actitud del anciano, hizo que, por un momento, me sintiera descolocado, como viviendo una situación irreal, un sueño absurdo del que no había escapatoria. Tratando de serenarme un poco, de superar con rapidez la confusión, miré al anciano a los ojos y, sin acritud, le espeté:
- ¿No le avergüenza tratar así a la señora? ¿Acaso carece del menor escrúpulo? ¿Es insensible al dolor que le causa con sus palabras?
Tras unos segundos de silencio, bajó los ojos, incapaz de soportar la hostilidad que se reflejaba en los míos. En voz baja, respondió:
- Tú también lo serás, cuando llegues a mi edad. Si hubieses estado aquí tanto tiempo como yo, quizá fueses más cruel - su tono fue subiendo poco a poco - ¿Qué derecho tienes tú a reprocharme nada? Te queda una larga vida, y se nota que no te falta ilusión. Tu tren llegará muy pronto y te marcharás, como tantos otros, sin recordar nunca más esta escena, ni a ninguno de nosotros. No, muchacho, no tienes ningún derecho a juzgarme ¿Con qué propósito, pues, te inmiscuyes en asuntos que son completamente ajenos a ti?
Acabas de llegar y ya crees saberlo todo - su voz adquirió un tonillo irónico - pero no tienes la menor idea... Está bien, quédate ahí con esa chiflada. Así aprenderás. Yo me voy a otro lado.
Presa de una gran excitación, fingida al menos en parte, sacó de debajo del asiento unas muletas y se alejó con dificultad hacia otro banco próximo, desde el que también podía ver el luminoso. De nuevo esa sensación de irrealidad me fue subiendo por dentro, mezclada con un poco de frío, procedente de los andenes. En el exterior estaba anocheciendo y el viento castigaba con dureza las copas de los árboles y también a los pocos viandantes que circulaban a esa hora por las calles. Dentro se notaban, de cuando en cuando, pequeñas bocanadas de aire fresco que hacían bajar, lenta pero inevitablemente, la temperatura. Anochecía y mi tren no llegaba, y una sorda preocupación se iba abriendo paso en mi interior.
La mujer gorda, que había cesado en sus sollozos y secado las lágrimas, se apretó un poco contra mí, musitando en mi oído:
- Tal vez el tren que estamos esperando va a llegar pronto.
Por algún motivo que entonces no supe precisar, esas palabras me produjeron una intensa desazón, pero el calor de su cuerpo a mi lado, y el suave aroma que de él se desprendía, consiguieron adormecerme.
En el sueño, vi miles de trenes entrecruzándose, entrando, saliendo, cambiando de vía. Vi trenes lanzados a toda velocidad, galopando por extensas llanuras desiertas; vi trenes que descendían interminablemente, máquinas que arrastraban un número infinito de vagones vacíos y silenciosos; vi vagones repletos de gente y detenidos en medio de la vía, abandonados a su suerte entre los páramos. También pude ver, al fondo, allá en lo más profundo de mi sueño, un trenecito muy pequeño, antiguo, uno de esos que hace tiempo cayeron en desuso, algo desvaído por el paso de los años, aparentemente fuera de servicio. Pero una suave dulzura emanaba de sus gastadas maderas, de sus oxidados remaches, de sus cansadas ruedas. Y supe que ése era mi tren y que no debía perderlo. Y entonces recordé que estaba soñando; desperté sobresaltado, con la vista fija en el cartel, releyendo con precipitación cada una de sus líneas, sólo para comprobar con desaliento que mi tren seguía sin haber llegado a la estación.
Sentí un frío intenso. La mujer había desaparecido. En su lugar, aunque algo más alejado, estaba el anciano, contemplándome con curiosidad. Aturdido aún por el violento despertar, pregunté:
- ¿Qué ha sido de ella? ¿Llegó por fin su tren?
- De ningún modo - respondió él, sonriendo con amargura - Ese tren ya pasó y nunca regresan - hizo una breve pausa - Yo traté de avisarla cuando sucedió, pero se burló de mí, me insultó y desoyó mis consejos. No sé dónde habrá ido ahora. Lo más probable es que esté en la cafetería, tratando de subir al piso de arriba. Por la noche, cuando llega el frío, todo el mundo trata de resguardarse.
Algo se debatía en mis entrañas, como una inconcebible certeza de estar viviendo una situación que desafiaba toda razón. La increíble sospecha que se había ido asentando en mi mente desde el momento en que llegué, comenzaba a tomar forma; las palabras del viejo delineaban los contornos precisos de la pesadilla:
- Se dice que allá arriba no hace frío y que la gente es más amable, y la vida, más confortable. Pero nadie sabe cómo subir. A mí ha dejado de importarme. Apenas sería capaz de subir dos peldaños - al decir esto, remangó sus pantalones, dejando al descubierto dos piernecillas algo deformes y, sin duda, enfermas - Es por la humedad que viene cada noche desde los andenes y quizá también por las caminatas.
- ¿Caminatas? - Pregunté. Cada nueva revelación me iba arrastrando más y más hacia las desoladas regiones del pánico.
- Sí. Es preciso caminar mucho, para combatir el entumecimiento. De lo contrario, se corre el peligro de morir congelado. No ponga esa cara. Yo sé que todos se burlan de mis consejos, pero hágame caso: camine, camine todo lo que pueda. Todas las mañanas, los empleados tienen que retirar los cuerpos congelados de quienes no tomaron las debidas precauciones. Lo hacen con sigilo, fingiendo que nada ocurre, pero yo llevo demasiado tiempo en este lugar y nada se me escapa.
- ¿Sugiere usted que hay personas que pasan aquí la noche? - Dije. Algo en mi interior se resistía a creer en lo que estaba oyendo. No era posible.
Nada era verdad. Pronto despertaría en mi habitación, entre mis libros. Todo habría sido un sueño, desayunaría, me asearía y saldría hacia el trabajo, como cada mañana...
- Muchos días y muchas noches - respondió él con cierto desaliento - Hace años que espero, obstinado, la llegada de ese tren en el que ya no creo.
Pero no conozco otro camino.
- Sin embargo, yo no puedo esperar. Debo...
- Nadie puede, en realidad. Pero no me haga demasiado caso. No desespere. No es imposible que su tren llegue, en efecto, esta misma noche. En muchos casos sucede así. Permanezca atento a los altavoces. Trate de no dormirse.
Sea amable con los funcionarios, y ellos le corresponderán gestionando con rapidez los trámites de su partida. Pero, ante todo, deseche la prisa, reprima la ansiedad. Nada sucede antes de tiempo.
- Pero es que debería regresar antes del lunes...
- ¿Regresar? ¿Cómo ha de regresar?
- Tengo que acudir al trabajo, o seré despedido. Son muy estrictos.
- ¡Vamos! ¡No sea hipócrita! Usted conoce perfectamente su situación. Sabe de sobra que no hay sitio al que regresar. ¿Acaso no lleva en su maleta todo aquello que considera imprescindible? ¿No arrojó la llave de su casa en una sucia alcantarilla? ¡Pues claro que lo hizo! Igual que lo hicimos todos, sabedores de que no hay regreso. Porque regresar equivale a fracasar ¿Y quién tiene el valor de reconocer el fracaso, de admitir el error? Antes la muerte, antes el sufrimiento más horroroso, que la confesión de la derrota.
¿No es, en rigor, la más completa verdad cuanto estoy diciendo? ¿Sería capaz de negarlo, de negármelo a mí?
Me sentí derrotado, desenmascarado. Con algo de vergüenza, admití:
- Sí... Es cierto. Eso es exactamente lo que hice... Pero en el fondo, yo esperaba regresar... ¿Cómo hubiese tenido, de lo contrario, el valor de partir? Es verdad. Sabía que el regreso no es posible, pero todo hombre necesita algo a lo que aferrarse, una referencia, un punto de apoyo para superar la terrible realidad... De modo que no me resta sino la espera. La espera que, según sus palabras, puede llegar a ser insoportable. Mas... siempre puedo bajar al andén y tomar el primer tren que llegue, aunque no sea el indicado...
- ¡De ningún modo! No hay dos trenes que puedan conducirle al mismo lugar.
Hay que atenerse al billete. Es imposible sospechar siquiera dónde podría terminar quien hubiese tomado un tren equivocado. Además, sepa que si baja al andén es muy posible que no pueda volver a subir, del mismo modo que resulta prácticamente imposible acceder desde aquí al piso de arriba.
Pensé en un número ilimitado de pisos, desconocidos entre sí. Un infinito edificio de incontables pisos desde cada uno de los cuales no fuese posible ver sino el superior y el inferior. Y en cada una de esas plantas, hombres idénticos a nosotros, hablando con nuestras palabras, compartiendo nuestros pensamientos, hasta los más íntimos; siendo, en suma, perfectas imitaciones nuestras (o lo que es peor: nosotros imitándoles, siendo meras caricaturas, marionetas cuyos hilos...) Preferí no pensar más, escuchar en todo caso al anciano, que seguía hablando, pero la idea infernal de la multiplicación infinita de los pisos me había conmocionado de tal modo, que ya no me sentía con ánimos para seguir oyéndole. Sólo una voz interior que me repetía una y otra vez la completa imposibilidad de tan absurdo pensamiento: No puede haber más que tres plantas, tres únicos niveles. Pero mi mente dudaba, y acaso...
La mujer gorda se aproximaba a nosotros, con la sombra de una aguda decepción oscureciendo su rostro. Sin una palabra, tomó asiento a mi lado y recostó su cabeza en mi hombro, disponiéndose, sin duda, a dormir un rato.
Yo, sin esperanza, hice lo mismo, pero mis oídos permanecieron atentos a los altavoces, mis ojos se abrían de cuando en cuando, vigilantes incansables del cartel electrónico. Esa noche no vino mi tren. Tampoco las siguientes.
El tiempo ha ido desgranándose y mi tren no ha llegado. Hay momentos de desesperación en los que pienso que no es imposible que haya descuidado la vigilancia durante unos minutos, quizá los necesarios para que ese tren hiciese, raudo, su entrada, reclamándome y partiendo sin respuesta, vacío de mí, corriendo inútilmente por una vía muerta.
Como todos he intentado en vano el ascenso al piso superior. Como todos, he pensado en bajar a los andenes y tomar un tren cualquiera, para terminar de una vez por todas con esta exasperante espera, pero siempre me fallan las fuerzas, y permanezco aquí, sentado en este viejo banco, con los ojos cansados de tanto mirar en la misma dirección, con el corazón atormentado y apagándose.
Miles de trenes han partido y ninguno era el que yo esperaba. La mujer y el anciano, simples sombras en mi memoria, desaparecieron hace tiempo. Tal vez llegó su tren; tal vez hayan muerto sin haber llegado a tomarlo, anónimos figurantes en una siniestra farsa que se nos va llevando sin concedernos una segunda oportunidad.
Pero también los demás han ido diluyéndose hasta dejar vacía la estación.
Los niños y sus fingidos juegos son ahora pasto del olvido y hasta los mendigos que solían estacionarse en la entrada han abandonado su antigua costumbre y han emigrado a otros lugares donde quizá haga menos frío, donde quizá haya limosnas.
La cafetería fue cerrada, y con ella se perdió mi última esperanza de ascender al piso de arriba, que ya ni siquiera puedo ver, y que tampoco me importa, si es que alguna vez me importó. Este nivel se ha quedado desierto por completo, a excepción de uno de los empleados, que permanece ahí, parapetado tras la rejilla y el cristal, que no habla ni responde a mis preguntas, que parece condenado a la eternidad sin fondo de las ventanillas.
Y la voz. La voz interminable, intolerable, anunciando trenes para nadie, melódicas burlas del destino, incongruentes frases sin destinatario. Es como si toda la estación estuviese aún abierta sólo por mí, únicamente para que yo pueda tomar mi tren y alejarme hacia otra quimera respirable. Y a veces aun creo que acaso sea posible, como si todo este tiempo no hubiese transcurrido, como si aún se pudiesen construir nuevas ciudades, edificar otras realidades menos lamentables, calles habitables, nítidas, parques de sol, fuentes de esperanza sincera y real, monasterios...
Y sin embargo, sé que todo es mentira, ¿por qué no confesarlo de una vez? Sé que mi tren no ha de pasar, que mi espera ha de ser forzosamente estéril.
Pienso que un viento frío, una de estas noches, apagará para siempre mis esperanzas, congelándome, y así el ciclo se habrá completado y la estación perderá definitivamente su razón de ser y desaparecerá, como todo lo que un día hubo en ella. Porque ese tren que espero es algo que nunca existió, una sórdida invención de mi cansado corazón urbano; porque fui yo mismo quien envió aquella carta, buscando un pretexto para escapar a la insufrible rutina de las tardes sin nadie y sin nada en el monótono horizonte de la casa vacía. Hay otras estaciones desiertas, otros hombres iguales a mí, igualmente abandonados por la suerte, idénticamente solos, esperando a un tren que saben no ha de llegar, aguardando sin fe un destino que no existe, sabiendo con implacable certeza que todo es inútil, que ya nada va a ocurrir...
Pero he aquí que la campanilla suena de nuevo, y aunque conozco de antemano la inutilidad de mi acción, escucho atento, y lo que oigo me llena de desconcierto y de alegría, porque esta vez, desafiando todas las leyes de la razón, es mi tren el que está entrando con poderosa lentitud en la estación abandonada. El letrero luminoso así lo atestigua, y acaso también la leve sonrisa que me ha parecido sorprender en el pétreo semblante del empleado.
Asombrado aún, con las piernas temblando de emoción, cojo mi maleta y corro hacia la escalera descendente para hundirme en las profundidades del andén, sabiendo ahora que hay, en efecto, una escalera que sube y sube hasta perderse en el infinito, sabiendo que es esta misma escalera por la que voy bajando hacia el andén desierto. Pero eso ha dejado de importar, y corro sin descanso hacia ese tren que viene a buscarme exclusivamente a mí, corro incansable hacia ese destino que viene a reclamarme.


*Por Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com












 
El Dueño*



Alexis bajó del tren bastante inquieto. La sucia mochila negra se le aplastaba contra la parte inferior de la espalda, tironeándole los hombros hacia abajo a causa del considerable peso de cargar con tantos libros. Sabía que si no se deshacía de ellos no podría comprarle a su novia los textos de Saramago y de Cortázar que anhelaba desde hacía ya muchos años. Tampoco quería regalarlos en la primera oferta que le hicieran. Si bien lo que llevaba no representaba gran cosa -algunas novelas policiales y de ciencia ficción, un par de volúmenes de una enciclopedia en fascículos encuadernables que jamás terminó de comprar, varias revistas viejas pero bien conservadas-, eran suyas, y su valor, quizá, fuera más sentimental que comercial. Aún así, caminó a paso lento y desgarbado hacia la librería de usados de la calle principal del pueblo, ansioso por concretar su amado regalo.
Al ingresar al local, lo recibió el característico aroma de libros viejos, junto al tintineo de una campanilla en el extremo superior de la puerta.
Varias mesas repletas de ejemplares, estantes que se perdían en las oscuras alturas del cielorraso, volúmenes que se arracimaban hasta en el piso.
Aquello era un verdadero paraíso. Recobrando las esperanzas, se encaminó decidido hacia el mostrador.
Un hombre entrado en años, que lucía anteojos de media luna sobre el puente de la nariz y cara de pocos amigos, con un voluminoso libro de oscuro lomo cosido y hojas en papel Biblia sobre las rodillas, lo observó con recelo.
-Me dijeron que Ud. compra libros -comenzó Alexis, con un tono de voz que gradualmente adquirió seguridad.
El hombre, de ralo cabello cano, lo escrutaba en silencio. Luego, como si recordase algo, murmuró:
-Depende de lo que traigas.
-Le muestro -se envalentonó Alexis, aunque con cierta posible desilusión acechándolo desde lo alto de los anaqueles a su espalda.
Extrajo el material de la mochila, lo depositó en el mostrador, y aguardó expectante. El hombre, sin abandonar la banqueta alta en la que se hallaba sentado ni cerrar el grueso volumen, hojeó cada libro con una sola mano, comprobando el estado del interior de las hojas y del lomo, para luego apartarlo y realizar la misma operación con el siguiente. Al final, con expresión desdeñosa, cotizó un valor.
-Por todo esto, son treinta pesos.
La frase cayó como una piedra en el estómago de Alexis. No esperaba recolectar una pequeña fortuna a cambio de sus pertenencias, pero treinta pesos por semejante peso en libros le parecía una broma de mal gusto. Varias posibilidades se le cruzaron por la mente: volver a guardar los libros en la mochila y marcharse con el peso de la derrota sobre sus hombros; regatear el precio; deshacerse de aquel material de inmediato. Incapaz de confrontar, y pendiente de la imaginaria sonrisa de su amada al recibir el literario regalo, optó por esta última.
El hombre le indicó que los únicos libros que tenía para canjear tenían un código escrito en lápiz en la primera hoja y estaban ubicados al fondo del local, debajo de un vetusto cartel que tenía impresa la palabra USADOS, en grandes letras de imprenta.
-Y nada de buscar entre las novedades -le advirtió, con la misma desdeñosa mirada del principio.
Alexis dejó con desgano la mochila sobre el mostrador y se alejó rumbo a las bibliotecas del fondo. Al acercarse y leer los títulos, por poco no se derrumba de desilusión. Los libros que él traía en oferta eran mucho más interesantes y vendibles que aquel material de descarte que le ofrecían.
Respiró hondo, y aunque le costó unos minutos recuperarse y hacerse a la idea de que no llevaría quizá nada de lo planeado, comenzó a revisar los lomos en los estantes y las tapas sobre la mesa, emplazada en medio del cuarto y rodeada por varias bibliotecas.
Pero aunque puso todo su empeño, no encontró nada. Abundaban las novelas románticas, los policiales baratos, los títulos que ya poseía o había leído, nada rescatable. Estaba dando una última recorrida, haciéndose a la idea de volverse con lo puesto, cuando sintió algo que se restregaba contra su pantorrilla izquierda.
La sorpresa y el ronroneo fueron casi simultáneos. Por un instante creyó que algo desconocido lo atacaría. Sin embargo, al mirar hacia sus pies, contempló enternecido la grácil silueta de un gato que se paseaba entre sus piernas y alzaba la cabeza para escrutarlo atentamente con profundos ojos oscuros. Alexis se arrodilló y lo observó con detenimiento. El gato no le despegaba los ojos de encima.
Si Alexis hubiese sabido algo de razas felinas, hubiera reconocido al instante al Sagrado de Birmania que tenía delante. Para él, sin embargo, aunque creía adivinar que era un siamés, poco le importaba catalogarlo. Lo encontró hermoso, receptor incondicional de cariño, y eso era lo único importante. Extendió con cautela una de sus manos y le acarició la cabeza. El gato no se alejó. Alexis aprovechó entonces para prolongar la caricia hacia el lomo y los costados. El ronroneo felino se hizo muy intenso, al tiempo que entrecerraba los párpados. Se habían gustado de inmediato.
Permaneció unos minutos jugueteando con él, aprovechando que el animalito se había echado de costado sobre el ajado suelo de parquet para que él lo acariciase, hasta que recordó, emergiendo de un tibio ensueño, el verdadero motivo que lo convocara allí. Y murmuró:
-Ay, gatito, gatito. ¿Qué me puedo llevar de entre todo esto?
El Sagrado de Birmania alzó las orejas y volvió a escrutarlo, como si reconociera su voz de algún lado; o más extraño aún, como si pudiese comprenderlo. Parpadeó, bostezó enseñando brevemente los afilados colmillos, olfateó alrededor, se incorporó moroso, saltó decidido sobre la mesa y caminó sigiloso por encima de los libros, olfateándolos, dueño y señor de todo lo que hubiera a su alrededor. Alexis lo siguió de cerca, muy intrigado.
Entonces el gato se detuvo y lo miró por encima del hombro, volvió a mirar el libro que tenía delante y golpeó repetidas veces la portada con una de sus patas, volviendo la cabeza hacia él. Alexis se acercó, y para su asombro, se encontró delante de una percudida edición en tapa dura de los "Nueve ensayos dantescos", de Borges, que le pasara desapercibida por completo minutos antes, confundida entre un mamotreto de Mallea y un perimido libelo de Wast.
El recuerdo de su novia se le impuso demasiado nítido delante de los ojos, como si ella estuviese a su lado. Había buscado sin resultado aquel libro en varias librerías "de viejo" de la Avenida Corrientes, y ninguno de ellos podía permitirse el lujoso gasto de adquirir las Obras Completas borgeanas.
Siempre les había quedado pendiente -a ella, de leerlo; a él, de obsequiárselo-. Y la simple certeza de tenerlo al alcance de la mano lo estremecía de amor.
Estaba a punto de tomarlo cuando el gato maulló tímido junto a su mano extendida. Alexis lo miró, y el animal lo fulminó con otra de sus profundas miradas. Volvió a maullar, y con sigilosos movimientos caminó sobre la mesa atestada de libros hacia una de las bibliotecas, hacia donde saltó con insuperable destreza, se aferró del borde de los estantes y los trepó uno a uno, como eximio equilibrista, hasta alcanzar la cima, donde la luz de la lámpara ya no llegaba. Maulló desde las alturas, con ojos brillantes en la oscuridad, y movió una de sus patas a fin de alcanzar el extremo del lomo de un libro que no parecía guardar la línea con los demás, colocado boca arriba encima de los otros. El movimiento, lento pero decidido, consiguió acercar el volumen hacia el borde de la pila, hasta que por fin se desplomó cerca de Alexis, desplegando en la caída una nube de polvo que lo hizo toser.
Alexis se inclinó, incapaz de creer la proeza del gato, y observó el libro, caído boca abajo, ambas tapas desplegadas y a punto de remontar vuelo otra vez. Se notaba que ya hacía un buen tiempo que dormía el sueño de los justos, allí en las alturas, a juzgar por la gruesa capa de polvo acumulada sobre él. No podía leerse bien la tapa, desdibujada por la mugre, pero las letras impresas en blanco sobre el lomo oscuro eran inconfundibles: "Cuarteles de invierno", de Soriano.
Alexis alzó la cabeza, maravillado y absorto. ¡Había querido leer ese libro durante años, y nunca había encontrado un ejemplar accesible! Miró con fijeza al gato, los ojos siempre brillantes en las alturas. Y la pregunta, murmurada y sorprendida, brotó sin pensarla siquiera:
-¿Cómo sabías que lo estaba buscando?
El gato tembló en las alturas y saltó hacia una biblioteca más baja, para lanzarse desde allí hacia la mesa, temerario y con un leve quejido de esfuerzo. Alexis levantó el libro del suelo, sopló el polvo depositado sobre él, volvió a toser y hojeó las páginas. Allí, en la primera página, estaba escrito el código en lápiz que atestiguaba su condición de "usado". Se giró hacia el ejemplar de Borges, lo abrió, y allí había garabateado otro código similar. ¿Por qué no figuraban en el anaquel de USADOS?
Miró al gato. Sus profundos ojos lo atravesaban de lado a lado, hasta que uno de sus párpados bajó, creando un guiño cómplice, que para Alexis significó un inequívoco pacto entre ambos.
Parecía que el esfuerzo de haber viajado hasta allí estaba más que compensado, pero nuevamente el gato se puso en movimiento, saltando al suelo y escabulléndose entre los estantes inferiores, por debajo del nivel de la mesa. Alexis se agachó para ver cómo se esfumaba la cola peluda entre los libros, oír el rasguido de las uñas sobre las superficies de papel, seguido de algunos empujones, y finalmente contemplar aparecer entre libros deslomados y en desorden un volumen tan añorado como valioso: "La conjura de los necios", de Toole.
-¡No lo puedo creer!!! -exclamó Alexis, y al escucharse enmudeció, temeroso de que el librero del mostrador lo hubiese escuchado, sospechando lo peor.
Ansioso y esperanzado, abrió la cubierta y allí estaba el tan codiciado código para el canje. ¡Con lo que ambos habían buscado este libro, tan recomendado por sus amigos! Aguardó a que el gato emergiese del interior del estante y lo mirase, para entonces ponerse de pie y recolectar su cosecha literaria. El corazón le latía con fuerza, sentía la boca seca, y rogaba que el milagro se produjese completo, sin abandonarlo en mitad de un sueño que ya se perfilaba imposible de olvidar.
Y antes de marcharse, volvió la cabeza. Como era de esperar, el Sagrado de Birmania lo siguió sin perderle pisada.
Al aproximarse al mostrador, donde el librero revisaba ahora una colección de fascículos discontinuos, con la misma expresión desdeñosa del principio, temió por un instante una reacción adversa. Sin embargo, allí estaba su cómplice felino para socorrerlo. El gato saltó encima del mostrador, se sentó sobre sus patas traseras, envolvió sus patas delanteras con la cola y contempló alternativamente al comprador y al librero, casi tan ansioso como él por completar el canje de ejemplares.
El librero se sorprendió de ver aparecer al gato, sospechando de soslayo que algo raro ocurría aquella tarde. Bajó la mirada hacia los libros que Alexis había depositado delante de él, y entrecerró los párpados. Definitivamente: algo raro ocurría allí. Alexis tragó saliva, incapaz de hablar. Las manos le temblaban, un sudor frío cayó desde sus axilas hacia las costillas, y el suelo amenazaba con abrirse debajo de sus pies. El hombre lo miró por encima de sus gafas de media luna y preguntó:
-¿Dónde encontraste esto?
Alexis no supo cómo responder. Su cabeza era un torbellino que lo proyectaba muy lejos, seguro de haber perdido toda posibilidad de apoderarse de un pequeño tesoro. Había enmudecido de pronto. El gato lo miró, desvió sus enormes ojos para contemplar al librero, y emitió un tierno y ronco maullido, quizá de aceptación.
El librero lo miró fijo, acercando sus ojos a cinco centímetros de distancia de las pupilas del gato. Proyectó el labio inferior hacia delante, frunciendo el mentón con expresión ceñuda, evaluando la reacción del felino, y se volvió hacia el comprador, con una fugaz suavidad en la mirada.
-Parece que estás de suerte -sentenció. -Al Dueño le caíste bien. Y el costo de los libros cubre el precio del canje. Así que estamos a mano.
"¿Dueño?", alcanzó a preguntarse Alexis. Aunque el suspiro de alivio que experimentó eclipsó cualquiera de sus dudas, haciéndose casi audible, como si se derrumbase en un mullido sillón luego de una agotadora caminata bajo el sol del verano. Sin embargo, la tranquilidad le duró poco.
-Pero ni se te ocurra volver por acá -masculló el tipo del mostrador, con el desdén recrudeciendo su mirada, como si la reciente suavidad le resultase ajena. -No me parece que haya más libros que te interesen.
En completo silencio, con mano aún temblorosa, Alexis recogió los tres libros y los arrojó al fondo de la mochila, sin despegar sus ojos de los de aquel hombre, retrocediendo de espaldas hacia la puerta. Casi derriba un exhibidor giratorio de ediciones de bolsillo que había a un costado, hecho fortuito que consiguió liberarlo de aquel hipnótico enlace, impulsándolo a huir a gran velocidad.
Pero antes de que llegara a la puerta, un maullido lo alertó a sus espaldas, ofendido de que se marchase sin saludar. Alexis se detuvo, ya con la mano sobre el picaporte, y se volvió para contemplarlo, allí en el ajado piso de parquet, con un porte brillante y majestuoso, sentado sobre sus cuartos traseros, escrutándolo como siempre.
Se arrodilló, y el Sagrado de Birmania se acercó ronroneante para recibir una última caricia, fregándose con deleite contra las botamangas de sus pantalones.
-¡Gracias, Amigo!!! -alcanzó a articular en un murmullo, sintiendo en lo más profundo de su alma que aquella amistad, aunque jamás volvieran a encontrarse, duraría por toda la vida.
El gato le lamió el dorso de la mano con que lo había acariciado y volvió a guiñarle un ojo. Tal vez él, en las profundidades de un misterioso idioma felino, sintiese lo mismo.

No muy lejos de allí, se oyó el silbato del tren. La hora de marcharse estaba próxima.



*De Alberto Di Matteo. licaldima@gmail.com
 
 
 
 
-Alberto Di Matteo. Escritor por vocación, y psicólogo de profesión.
Escribe desde principios de su escuela secundaria. Su papá le contaba cuentos (inventados por él) antes de dormir, y de allí Alberto intuye que le surgieron las ganas de contar. Ha participado en diversos certámenes literarios. Ha publicado en Inventiva Social cuentos para la serie InvenTren durante los recorridos literarios entre 2002 y 2006.
Hace suyas las palabras de John Cheever, "escribo para entenderme y entender el mundo".









 
*


Para partir,

sólo una valija

llena

de tres

o cuatro soledades.

Para partir,

lejos,

tan lejos

donde terminen

las partidas,

un par de zapatos

cansados

de hojas secas.

Para llegar

a la última estación

y caminar,

descalza,

sobre la hierba fresca

del fin de los andenes.



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com


- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell.
Publicó: Cuadernos de la breve ceguera  (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015)
La hija del pescador  (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018)
Su último libro publicado es El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria.





 

-Próxima estación:

JUAN TRONCONI.

En el recorrido del tren literario por Ferrocarril Provincial:

CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.



***


En el recorrido del tren literario por Ferrocarril Midland:


ELÍAS ROMERO.

KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.
LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.
VILLA DIAMANTE.  PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.





InventivaSocial
Plaza virtual de escritura




Monday, May 16, 2011

ESTACIÓN A. J. DEUTSCH.




Inventren



ESTACIÓN MELANCOLÍA*



El tren del amor
pasó a las seis de la mañana/
Heme ahora aquí
con un boleto de abordaje
sin saber adónde ir/



*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es





Voy...*




No puedo dormir
Los cascabeles de mis pensamientos
Tintinean en mi cabellera
El suspiro de ideas de trabajo
Inundan mis fantasías de cristales
Rígidos y opacos
No puedo reencontrarme con el arco iris de colores
Los siniestros susurros de la vigilia
Dan rienda suelta saltando alrededor.
Como gotas heladas que enfrían el alivio
Tengo que descansar de mí,
De mis reproches y equívocos
Mis no puedo no dan tregua
A la frontera abierta para el soñar
Estoy agitada y confusa
Cobijando un endiablado fastidiar
Quisiera que viniera el tren de las utopías
Subirme al vagón de la reconciliación
Y andar despreocupada observando por la ventanilla
El paisaje de la imaginación.



*De Azul. azulaki@hotmail.com






A Subway Named Möbius*

-1950-


*De Armin Joseph Deutsch.
(1918-1969)



Partiendo de un punto central en Park Street, el metropolitano se había extendido a través de un complicado e ingenioso sistema ferroviario. Un desvío conectaba la línea de Lechmere con la de Ashmont para los trenes que se dirigían al sur, y con la línea de Forest Hills para los que se dirigían al norte. Harvard y Brookline habían sido enlazadas con un túnel que pasaba a través de Kenmore Under, y durante las horas punta todos los otros trenes eran desviados a través del ramal de Kenmore hacia Egleston. El ramal de Kenmore enlazaba con el túnel Maverick cerca de Fields Corner. Ascendía unos treinta metros en dos manzanas para conectar Copley Over con Scollay Square, y luego descendía de nuevo para unirse a la línea Cambridge en Boylston. La variante de Boylston había unido finalmente las siete líneas principales a cuatro niveles distintos. Entró en servicio el 2 de marzo. A partir de entonces, un tren podía viajar desde una estación cualquiera a cualquier otra estación en todo el sistema.

Todos los días de la semana circulaban doscientos veintisiete trenes, y transportaban un millón y medio de pasajeros, aproximadamente. El tren Cambridge-Dorchester que desapareció el 4 de marzo era el número 86. Al principio, nadie lo echó de menos. A última hora de la tarde, la línea estuvo un poco más cargada que de costumbre. Pero una multitud es una multitud. Los postes indicadores de los andenes de Forest Hills marcaron el número 86 alrededor de las 7:30, pero ninguno de ellos mencionó su ausencia hasta tres días después. El interventor del cruce de la Milk Street pidió al inspector de la Harvard un tren suplementario aquella noche, con motivo de celebrarse un partido de hockey, y el inspector de la Harvard transmitió la petición. La central envió el 87, que había sido puesto fuera de servicio a las diez, como de costumbre. Nadie se dio cuenta que faltaba el 86.

A la mañana siguiente, cuando la afluencia de pasajeros era más intensa, Jack O'Brien, del control de Park Street, llamó a Warren Sweeney, de Forest Hills, y le dijo que pusiera otro tren en la línea de Cambridge. Sweeney no disponía de ninguno, de modo que se dirigió al tablero y buscó en él algún tren disponible. Entonces, por primera vez, observó que Gallagher no había marcado su tarjeta la noche anterior. Sweeney dejó la tarjeta a la vista, con una nota. Gallagher tenía que entrar de servicio a las diez. A las diez y media, Sweeney se dirigió de nuevo al tablero y comprobó que la tarjeta de Gallagher continuaba en el mismo sitio, con la nota que él había dejado. Acudió al inspector y le preguntó si Gallagher había llegado tarde. El inspector le dijo que no había visto a Gallagher aquella mañana. Entonces, Sweeney quiso saber quién conducía el 86.

Eran las 11:30 cuando se enteró, finalmente, que había perdido un tren.

Sweeney pasó la siguiente hora y media en el teléfono, interrogando a todos los interventores e inspectores del sistema. Después de almorzar, a las 13.30, repitió las llamadas. A las 16.40, poco antes que terminara su jornada laboral, informó el asunto a la Central de Tráfico. Los teléfonos zumbaron a través de los túneles y talleres hasta casi medianoche, antes que el Director General recibiera finalmente la noticia en su casa.

El encargado principal de la Central de cambios fue el primero en asociar, a última hora de la mañana del día 6, el tren que faltaba con los artículos de los periódicos acerca de la súbita desaparición de numerosas personas. Llamó al Transcript, y aquella misma tarde tres periódicos publicaron números extraordinarios. Así se hizo pública la historia.

Kelvin Whyte, el Director General, pasó una buena parte de aquella tarde con la policía. Interrogaron a la esposa de Gallagher. El conductor del 86 no se había presentado en casa desde la mañana del día 4. A media tarde, la policía había comprobado que unos trescientos cincuenta bostonianos, aproximadamente, habían desaparecido con el tren. El sistema se cerró, y Whyte casi enfermó de rabia. Pero el tren no fue encontrado.

Roger Tupelo, el matemático de Harvard, entró en escena la noche del día 6. Telefoneó a Whyte, muy tarde, a su casa, y le dijo que tenía algunas ideas acerca del tren desaparecido. Luego se dirigió a casa de Whyte en Newton, y sostuvo con él la primera de numerosas conversaciones acerca del número 86.

Whyte era un hombre inteligente, un buen organizador, y no carecía de imaginación.

-¡Pero no sé de qué está usted hablando! -exclamó.

Tupelo estaba dispuesto a mostrarse paciente.

-Esto es algo muy difícil de comprender para cualquiera, señor Whyte -dijo-. No me extraña que esté intrigado. Pero es la única explicación. Ha desaparecido el tren, y las personas que iban en él. Pero el Sistema está cerrado. Los otros trenes continúan allí. ¡Está en alguna parte del sistema!

Whyte replicó, levantando de nuevo la voz:

-¡Y yo le digo a usted, doctor Tupelo, que el tren no está en el sistema! ¡No está! Un tren de siete vagones con cuatrocientos pasajeros no puede ser pasado por alto. El sistema ha sido registrado de arriba a abajo. ¿Piensa usted que estoy tratando de ocultar el tren?

-Desde luego que no. Seamos razonables, señor Whyte. Sabemos que el tren estaba en camino hacia Cambridge a las 8.40 de la mañana del día 4. Al menos veinte de las personas desaparecidas subieron al tren unos minutos antes, en Washington, y cuarenta más en Park Street. Unas cuantas se bajaron en ambas estaciones. Y esto es todo. Las que iban a Kendall, a Central, a Harvard... no llegaron allí. El tren no llegó a Cambridge.

-Sé todo eso, doctor Tupelo -dijo Whyte bruscamente-. En el túnel, debajo del río, el tren se convirtió en un barco. Abandonó el túnel y empezó a navegar hacia África.

-No, señor Whyte. Estoy tratando de explicárselo. Se encontró con un nódulo.

Whyte estaba lívido.

-¡Qué nódulo ni que ocho cuartos! -estalló-. El Sistema mantiene las vías limpias. Nuestros servicios no dejan ningún nódulo...

-Sigue usted sin comprender. Un nódulo no es una obstrucción. Es una singularidad. Un olo de orden superior.

Las explicaciones de Tupelo en el curso de aquella primera conversación no contribuyeron a aclarar la situación para Kelvin Whyte. Pero a las dos de la mañana, el Director General otorgó a Tupelo el privilegio de examinar los mapas principales del Sistema.

Tupelo se dirigió, pues, a la Central de Tráfico y estudió los mapas hasta que se hizo de día. Después de desayunar, se presentó en la oficina de Whyte.

Encontró al Director General pegado al teléfono. Estaba dando órdenes para que se llevara a cabo una inspección más minuciosa del túnel Cambridge-Dorchester, debajo del río Charles. Cuando terminó de hablar, Whyte colgó el receptor y miró a Tupelo.

-Creo que la causa de la desaparición está en la nueva variante -dijo el matemático.

Whyte se agarró al borde de su escritorio y rebuscó silenciosamente en su vocabulario hasta encontrar algunas palabras prudentes.

-Doctor Tupelo -dijo-, he estado despierto toda la noche pensando en su teoría. No la entiendo. No sé qué tiene que ver con esto la variante de Boylston.

-¿Recuerda lo que le dije acerca de las propiedades conectivas de los retículos? -preguntó Tupelo-. ¿Recuerda la cinta de Moebius que hicimos..., la superficie con una sola cara y un borde? ¿Recuerda esto? -y sacó de su bolsillo un pequeño frasco de cristal Klein y lo depositó sobre el escritorio.

Whyte se echó atrás en su asiento y contempló en silencio al matemático. Tres emociones se reflejaron en su rostro en rápida sucesión: rabia, desconcierto y absoluto desdén.

Tupelo continuó:
-Señor Whyte, el Sistema es una red de sorprendente complejidad topológica. Ya era complicada antes que se instalara la variante de Boylston, y de un alto grado de conectividad. pero esa variante ha hecho que la red sea absolutamente única. No lo comprendo del todo, pero la situación parece ser esta: la variante ha elevado hasta tal punto la conectividad del Sistema que no sé cómo calcularlo. Sospecho que la conectividad se ha convertido en infinita.

El director general escuchaba como a través de una niebla. Mantenía sus ojos pegados al pequeño frasco Klein.

-La cinta de Moebius -continuó Tupelo- posee unas propiedades desusadas debido a que tiene una singularidad. El frasco Klein, con dos singularidades, consigue permanecer dentro de sí mismo. Los topólogos conocen superficies de hasta un millar de singularidades, las cuales poseen propiedades que hacen que la cinta de Moebius y el frasco Klein parezcan sencillos. Pero una red con una conectividad infinita debe tener un número infinito de singularidades. ¿Puede usted imaginar cuáles podrían ser las propiedades de esa red?
Después de una larga pausa, Tupelo añadió:
-Yo tampoco puedo imaginarlo. A decir verdad, la estructura del Sistema, con la variante de Boylston, supera por completo mis posibilidades de comprensión. Sólo puedo hacer conjeturas.

Whyte apartó sus ojos del escritorio en un momento en que la rabia era el sentimiento que predominaba en su interior.

-¡Y se dice usted matemático, Profesor Tupelo! -exclamó.

Tupelo se echó a reír. Lo absurdo de la situación no le hizo perder la calma.

-No soy topólogo, señor Whyte -dijo-. En realidad, soy un aprendiz de la materia. Sé de ella poco más que usted. Las matemáticas son un campo muy amplio. Y da la casualidad que soy especialista en Álgebra.

Su sinceridad ablandó un poco a Whyte.

-Bueno -sugirió-, si usted no lo comprende, tal vez deberíamos llmar a un topólogo. ¿Hay alguno en Boston?
-Sí y no -respondió Tupelo-. El mejor del mundo está en Tech.

Whyte alargó la mano hacia el receptor telefónico.
-¿Cómo se llama? -preguntó.
-Merritt Turnbull. Pero no hay modo de localizarle. Lo he intentado desde hace tres días.
-¿Está fuera de la ciudad? -inquirió Whyte-. Lo enviaremos a buscar. Diremos que se trata de una emergencia.
-No lo sé. El profesor Turnbull es soltero. Vive solo en el Brattle Club. No le han visto desde la mañana del día 4.
Whyte captó inmediatamente las posibilidades de aquella afirmación.
-¿Iba en el tren? -preguntó.
-No lo sé -respondió el matemático-. ¿Qué opina usted?
Se produjo un largo silencio. Whyte miró alternativamente a Tupelo y al objeto de cristal depositado sobre el escritorio.

-No lo entiendo -dijo finalmente-. Hemos revisado todo el Sistema. No existe ningún medio para que el tren se saliera de él.

-El tren no se ha salido de él. Está todavía en el Sistema -dijo Tupelo.

-¿Dónde?
Tupelo se encogió de hombros.
-El tren no tiene ningún <> real. No hay ningún <> real en todo el Sistema. Tiene una doble entidad, como mínimo.
-¿Cómo podemos encontrarlo?
-No creo que podamos -dijo Tupelo.

Se produjo otro largo silencio. Whyte lo rompió profiriendo una exclamación en voz alta. Se puso en pie súbitamente y envió el frasco Klein volando a través de la habitación.

-¡Está usted loco, Profesor! -gritó-. Entre la medianoche de hoy y las seis de la mañana, sacaremos todos los trenes de los túneles. Enviaré trescientos hombres para que revisen centímetro a centímetro los doscientos setenta y cinco kilómetros del tendido. ¡Encontraremos el tren! Ahora, discúlpeme, por favor.

Tupelo salió de la oficina. Se sentía agotado. Maquinalmente, echó a andar a lo largo de la Washington Street hacia la Estación de Essex. Cuando bajaba la escalera se detuvo bruscamente y miró a su alrededor. Luego subió otra vez a la calle y paró un taxi. Una vez en su casa se sirvió un whisky doble y se acostó.
A las 15:30 acudió a dar su clase de Álgebra. Después de una cena rápida en el Crimson Spa, regresó a su apartamento y pasó la velada intentando analizar, por segunda vez, las propiedades conectivas del Sistema. La tentativa resultó inútil, pero el matemático llegó a unas conclusiones importantes. A las once de la noche telefoneó a Whyte a la Central de Tráfico.

-Pensé que tal vez le gustaría consultarme durante la búsqueda de esta noche -le dijo-. ¿Puedo ir allí?

Al Director general no pareció entusiasmarlo el ofrecimiento de Tupelo. Señaló que el sistema resolvería su pequeño problema sin la ayuda de profesores chiflados que creían que todos los trenes metropolitanos podían saltar a la cuarta dimensión. Tupelo encajó sin pestañear el exabrupto de Whyte y se acostó. Alrededor de las cuatro de la mañana, el timbre del teléfono lo despertó. El que llamaba era un contrito kelvin Whyte.

-Anoche me mostré demasiado brusco -tartamudeó-. Tal vez pueda usted ayudarnos, después de todo. ¿Podría venir al enlace de Milk Street?

Tupelo asintió de buena gana. No experimentaba la satisfacción que había previsto. Llamó un taxi, y en menos de media hora se presentó en la estación señalada. Al pie de la escalera, en el piso superior, vio que el túnel estaba brillantemente iluminado, como cuando el Sistema funcionaba normalmente. Pero los andenes estaban desiertos, a excepción de un grupo de siete hombres que se encontraban en el extremo más alejado de la entrada. Mientras caminaba hacia el grupo, observó que dos de los hombres eran agentes de policía uniformados. Observó un tren de un solo vagón parado en la vía, junto al andén. la puerta delantera estaba abierta, el vagón brillantemente iluminado y vacío. Whyte salió a su encuentro con aire compungido.

-Gracias por haber venido, Profesor -dijo, alargando su mano-. Caballeros, les presento al doctor Tupelo, de Harvard. Doctor Tupelo, el señor Kennedy, nuestro ingeniero jefe, el señor Wilson, representante del alcalde; el doctor Gannot, del Hospital Mercy...
Whyte no se molestó en presentar al conductor del tren y a los dos agentes de policía.
-Encantado, caballeros -dijo Tupelo-. ¿Alguna novedad, señor Whyte?
El Director General intercambió unas miradas indecisas con sus compañeros.
-Bueno..., sí, doctor Tupelo -dijo finalmente-. Creo que hemos conseguido algo.
-¿Ha sido visto el tren?
-Sí -dijo Whyte-. Es decir, prácticamente visto. Al menos, sabemos que se encuentra en alguna parte de los túneles.
Los otros seis asintieron.
A Tupelo no le sorprendió saber que el tren estaba aún en el Sistema. Después de todo, el Sistema estaba cerrado.
-¿Le importa contarme lo que ha sucedido? -insistió Tupelo.
-Me topé con una señal roja -intervino el conductor-. A la salida del empalme de Copley.
-Todos los trenes han sido sacados del tendido -explico Whyte-, excepto éste. Lo hemos hecho circular por todo el Sistema por espacio de cuatro horas. Cuando Edmunds, el conductor, se topó con una señal roja en el empalme de Copley se detuvo, desde luego. Yo pensé que la luz estaba averiada, y le dije que continuara. pero en aquel momento oímos a otro tren que pasaba por el empalme.
-¿Lo vieron ustedes? -preguntó Tupelo.
-No podíamos verlo. la luz está situada detrás de una curva. Pero todos lo oímos. No cabe duda que el tren pasó por el empalme. Y tiene que ser el Número 86, porque nuestro vagón era el único que circulaba por el tendido.
-¿Qué pasó después?
-Bueno, la luz roja se trocó en amarilla y Edmunds siguió adelante.
-¿Detrás del otro tren?
-No podíamos arriesgarnos a seguirlo, puesto que ignorábamos la dirección que había tomado.
-¿Cuándo hace que ocurrió eso?
-A la 1:38, la primera vez...
-¡Oh! -dijo Tupelo-. Entonces, ¿volvió a suceder más tarde?

-Sí. Aunque no en el mismo sitio, desde luego. Encontramos otra señal roja cerca de la Estación Sur, a las 2:15. Y luego, a las 3:28...

Tupelo interrumpió al director general:
-¿Vieron ustedes el tren a las 2:15?
-Ni siquiera lo oímos. Edmunds trató de localizarlo, pero por lo visto había cruzado ya la Estación de Boylston.
-¿Qué pasó a las 3:28?
-Otra luz roja. Cerca de Park Street. Oímos el tren delante de nosotros.
-¿Pero no lo vieron?

-No. Más allá de la luz hay una leve pendiente. Pero todos lo oímos. Lo único que no comprendo, doctor Tupelo, es que ese tren pueda recorrer el tendido por espacio de cinco días sin que nadie lo vea...

Whyte se interrumpió bruscamente y levantó una mano con aire imperativo, reclamando silencio. A lo lejos, el metálico estruendo de un tren rodando a toda marcha fue creciendo hasta convertirse en un rugido. El andén vibró de un modo perceptible mientras pasaba el tren.
-¡Ahora lo tenemos! -exclamó Whyte-. ¡Acaba de pasar por el andén inferior!

Echó a correr hacia la escalera que conducía al piso inferior. Todos los otros lo siguieron, excepto Tupelo, el cual creía saber lo que iba a pasar. En efecto, antes que Whyte llegara a la escalera, asomó por ella un agente de policía uniformado.
-¿Lo han visto ustedes? -gritó el policía.
Whyte se detuvo en seco, y los otros con él.
-¿Han visto ustedes el tren? -preguntó de nuevo a la gente, mientras aparecían otros dos hombres procedentes del piso inferior.
-¿Qué ha pasado? -quiso saber Wilson.
-¿Lo han visto ustedes? -aulló Kennedy.
-Desde luego que no -respondió el agente-. Ha pasado por aquí arriba.
-¡Ni hablar! -rugió Whyte-. ¡Ha pasado por abajo!
Los seis hombres que acompañaban a Whyte se enfrentaron con expresión desafiante a los tres hombres procedentes del piso inferior. Tupelo se acercó al director general y le dijo, en voz baja:
-El tren no puede ser visto, señor Whyte.
Whyte lo miró con aire de incredulidad.

-Usted mismo lo ha oído. Ha pasado por el piso de abajo...
-¿Podemos ir al vagón, señor Whyte? -inquirió Tupelo-. Creo que tendríamos que hablar un poco.
Whyte asintió de mala gana. Luego se volvió hacia el agente de policía y los otros dos hombres que habían estado vigilando en el andén inferior.
-¿De veras no lo han visto? -insistió.
-Lo hemos oído -respondió el agente-. Y nos ha parecido que pasaba por aquí...
-Vuelvan abajo, Maloney -ordenó uno de los agentes que acompañaban a Whyte.
maloney se rascó la cabeza, dio media vuelta y desapareció por la escalera. Los otros dos hombres le siguieron. Tupelo condujo al grupo hacia el vagón estacionado junto al andén. Entraron en él y tomaron asiento, en silencio. Luego, todos miraron al matemático y esperaron.

-Supongo que no me ha hecho venir hasta aquí sólo para decirme que había encontrado el tren desaparecido -empezó Tupelo, dirigiéndose a Whyte-. ¿Había ocurrido ya algo como esto?
Whyte se removió en su asiento e intercambió una mirada con el ingeniero jefe.
-No exactamente igual -dijo, en tono evasivo-, pero han sucedido algunas cosas raras.
-¿Por ejemplo? -insistió Tupelo.

-Bueno, lo de las luces rojas. los vigilantes apostados cerca de Kendall descubrieron una luz roja al mismo tiempo que nosotros encontrábamos otra cerca de la Estación Sur.

-¿Qué más?

-El señor Sweeney lo llamó desde Forest Hills. Había oído el tren dos minutos después que lo oyéramos nosotros en el empalme de Copley. A unos cuarenta kilómetros de distancia.

-En realidad, doctor Tupelo -intervino Wilson-, varias docenas de hombres han visto luces rojas, o han oído el tren, o las cosas, durante las últimas cuatro horas. La cosa actúa como si pudiera estar en varios lugares al mismo tiempo.

-Puede -dijo Tupelo.

-Hemos estado recibiendo informes de vigilantes que veían la cosa -añadio el ingeniero-. Bueno, viéndola no, exactamente... A veces en dos e incluso en tres lugares, muy apartados entre sí, al mismo tiempo. seguro que se encuentra en el tendido. Tal vez los vagones están desenganchados.

-¿Está usted realmente seguro que se encuntra en el tendido, señor Kennedy? -preguntó Tupelo.

-Absolutamente-dijo el ingeniero-. El medidor, en la central eléctrica, señala un consumo de energía. El consumo era continuo. de modo que a las 3:30 cerramos los circuitos. Cortamos la corriente.
-¿Y qué pasó?
-Nada -respondió Whyte-. Absolutamente nada. la corriente estuvo cortada por espacio de veinte minutos. Durante ese tiempo, ninguno de los doscientos cincuenta hombres apostados en los túneles vio una luz roja ni oyó un tren. Pero, cinco minutos después de haber vuelto a dar la corriente, nos habían llegado otros dos informes: uno de Arlington, otro de Egleston.

Cuando Whyte terminó de hablar se produjo un largo silencio. En el túnel inferior, un hombre le gritó algo a otro. Tupelo consultó su reloj. Eran las 5:20.

-En resumen, doctor Tupelo -dijo finalmente el Director General-, nos vemos obligados a admitir que puede haber algo de cierto en su teoría.
Los otros asintieron.
-Gracias, caballeros -dijo Tupelo.
El médico se aclaró la garganta.
-En lo que se refiere a los pasajeros -dijo-, ¿tiene usted idea de lo que...?
-Ninguna -le interrumpió Tupelo.
-¿Qué hemos de hacer? -preguntó el representante del Alcalde.
-No lo sé. ¿Qué puede hacer usted?

-Si no he comprendido mal las explicaciones del señor Whyte -dijo Wilson-, el tren ha... bueno, ha saltado a otra dimensión. No se encuentra ya en el Sistema. Se ha marchado de él. ¿Es verdad eso?
-Es una forma de decirlo.

-¿Y esta... ejem... conducta singular se ha derivado de ciertas propiedades matemáticas asociadas con la nueva variante de Boylston?
-Desde luego.
-¿Y no hay nada que podamos hacer para atraer de nuevo el tren a... hum... esta dimensión?
-Que yo sepa, no.
Wilson agarró la ocasión por los pelos.

-En tal caso, caballeros -dijo-, la cosa está clara. En primer lugar, tenemos que cerrar la nueva estación, para que no pueda volver a ocurrir algo tan fantástico. Después, dado que el tren desaparecido se encuentra en otra dimensión, a pesar de todas esas luces rojas y de todos esos ruidos, podemos restablecer el funcionamiento normal del Sistema. Al menos no existirá el peligro de una colisión, que era lo que más preocupaba al señor Whyte. En cuanto al tren desaparecido y las personas que viajaban en él... -Wilson los remitió al infinito con un gesto-. ¿Está usted de acuerdo, doctor Tupelo? -le preguntó al matemático.
Tupelo sacudió la cabeza lentamente.
-No del todo, señor Wilson -respondió-. Les ruego que no pierdan de vista que no he comprendido en sus términos exactos lo que ha sucedido. Es una pena que no puedan encontrar ustedes a alguien capaz de dar una explicación satisfactoria de los hechos. El único hombre que podía haberla dado es el profesor turnbull. de tech, y era uno de los pasajeros del tren. pero, de todos modos, ustedes querrán contrastar mis conclusiones con las de algunos eminentes topólogos. Puedo ponerles en contacto con varios de ellos.
>>Ahora bien, en lo que se refiere a la recuperación del tren desaparecido, puedo decir que en mi opinión no se ha perdido toda esperanza. Existe una probabilidad finita, tal como yo lo veo, que el tren pase eventualmente desde la parte no-espacial de la red, que ahora ocupa, a la parte espacial. Dado que la parte no-espacial es completamente inaccesible, no hay nada que podamos hacer, por desgracia, para contribuir a esa transición, ni siquiera para predecir cómo o cuándo se producirá. Pero la posibilidad de la transición se desvanecerá si se cierra la variante de Boylston. Ese sector del tendido es precisamente el que da a la red sus singularidades fundamentales. Si las singularidades son eliminadas, el tren no podrá reaparecer nunca. ¿Está claro?
No estaba claro, desde luego, pero los siete hombres que lo escuchaban asintieron en silencio.
Tupelo continuó:

-En cuanto a lo de restablecer el funcionamiento del Sistema mientras el tren desaparecido se encuentra en la parte no-espacial de la red, sólo puedo enumerarles los hechos, tal como yo los veo, y dejar a su criterio el extraer las pertinentes conclusiones. La transición de regreso a la parte espacial es impredecible, como ya les he dicho. No hay modo de saber cuándo se producirá, ni dónde. En especial, hay un cincuenta por ciento de probabilidades en que, cuando reaparezca el tren, corra por una vía que no le corresponde. Entonces se producirá una colisión, desde luego.

El ingeniero preguntó.
-Para eliminar esa posibilidad, doctor Tupelo, ¿no podríamos dejar abierta la variante de Boylston, pero sin enviar ningún tren a través de ella? De este modo, cuando el tren desaparecido vuelva a presentarse, no podrá chocar con otro tren.

-Esa precaución sería ineficaz, señor Kennedy -respondió tupelo-. Verá, el tren puede reaparecer en cualquier parte del Sistema. Es cierto que el Sistema debe su complejidad topológica a la nueva variante. Pero, con la variante en el Sistema, ahora es todo él el que posee una conectividad infinita. En otras palabras, la pertinente propiedad topológica es una propiedad derivada de la variante, pero perteneciente a todo el Sistema. Recuerde que el tren efectuó su primera transición en un punto situado entre Park y Kendall, a más de cuatro kilómetros de distancia de la estación.

>>Hay otra pregunta que ustedes querrán ver contestada. Si deciden ustedes restablecer el funcionamiento del Sistema, dejando abierta la variante hasta que el tren aparezca, ¿puede volver a ocurrir lo mismo con otro tren? No estoy seguro de la respuesta, pero creo que es negativa. Opino que en este caso existe un principio de exclusión, en virtud del cual el no-espacio de la red sólo puede ser ocupado por un tren.

El médico se puso en pie.
-Doctor Tupelo -inquirió, tímidamente-, cuando el tren reaparezca, ¿estarán los pasajeros...?

-No sé nada de los ocupantes del tren -le interrumpió Tupelo-. La teoría topológica no tiene en cuenta esos aspectos. -Su mirada recorrió rápidamente los siete cansados rostros que le rodeaban-. Lo siento, caballeros -añadió, en tono más amable-. No lo sé, sencillamente. -Dirigiéndose a Whyte, añadió-: Creo que esta noche no puedo serle útil en nada más. Ya sabe dónde encontrarme.
Dando media vuelta, salió del vagón y se encaminó a la escalera.
Al salir a la calle, las primeras claridades del alba empezaban a disolver las sombras de la noche.

Ningún periódico informó de aquella improvisada conferencia en un solitario vagón del metropolitano.
Ni de los resultados de la vigilancia nocturna en los oscuros túneles. Durante la semana que siguió, Tupelo tomó parte en otras conferencias con Kelvin Whyte y algunos funcionarios de la municipalidad. En dos de ellas estuvieron presentes otros topólogos: Orstein, de Filadelfia, Kashta, de Chicago, y Michaelis, de los Ángeles. los matemáticos no lograron ponerse de acuerdo. Ninguno de los tres quiso aceptar como buenas las conclusiones de Tupelo, aunque Kashta admitió que podía haber algo de cierto en ellas. Orstein insistió en que una red finita no podía poseer una conectividad infinita, pero no pudo demostrar este aserto, y ni siquiera fue capaz de calcular la conectividad del Sistema. Insistió en que si el tren no podía ser localizado en el Sistema, éste debía abrirse.

Pero, cuando más a fondo analizaba Tupelo el problema, más convencido estaba de lo correcto de sus primeras conclusiones. Desde el punto de vista de la topología, el Sistema sugería inmediatamente la existencia de familias enteras de redes de entidad múltiple, cada una de ellas con un número infinito de discontinuidades infinitas. pero Tupelo se sustraía a un examen concreto de aquellas nuevas redes hiperespaciales. Dedicó toda su atención al tema por espacio de una semana. Luego, sus ocupaciones le obligaron a dejar el análisis a un lado. Decidió enfrentarse de nuevo con el problema más tarde, en primavera, cuando terminara el curso escolar.

Entretanto, el sistema volvía a funcionar como si nada hubiese ocurrido. el director general y el representante del alcalde habían conseguido olvidar la noche del 6 de marzo, o al menos habían vuelto a interpretar a su manera lo que vieron y no vieron. Los periódicos y el público hacían las más descabelladas suposiciones y continuaban presionando a Whyte. Muchas personas que habían perdido algún pariente presentaron demandas contra el Sistema. El estado intervino en el asunto e investigó por su cuenta. El caso llegó hasta el Congreso. Una versión resumida de la teoría de Tupelo fue ampliamente difundida por la prensa. Tupelo la ignoró, y no tardó en ser olvidada.

Transcurrieron varias semanas. La investigación estatal se dio por conclusa. Los periódicos trsladaron el caso de la primera a la segunda plana; luego lo pasaron a la veintitrés; y después dejaron de ocuparse de él. Las personas desaparecidas no regresaron. A la larga, nadie las echó de menos.

Un día, a mediados de abril, Tupelo viajaba en el metropolitano desde Charles Street a Harvard. Iba sentado en la parte delantera del primer vagón y contemplaba las vías y las grises paredes de los túneles salir al encuentro del tren. Se detuvieron en dos ocasiones ante una luz roja, y Tupelo se preguntó súbitamente si el otro tren estaba allí, delante de ellos, o más allá del espacio. Bastó aquello para que el viaje resultara excitante.

Otra vez, en mayo, tomó el tren en Beacon Hill. Pero en esta ocasión se instaló en un asiento lateral y se dedicó a leer el periódico. De pronto, experimentó una extraña sensación. Miró al hombre sentado a su lado, con la cesta del almuerzo sobre las rodillas. Los otros asientos estaban ocupados y había una docena de pasajeros que viajaban de pie. Un jovencito fumaba un cigarrillo, violando el reglamento. Detrás de él, dos muchachas hablaban de una fiesta a la que pensaban asistir. En el asiento de enfrente, una joven madre reñía a su hijo. A su la do, un hombre leía el periódico. Lo mantenía abierto por las páginas centrales, y la mirada de Tupelo resbaló incoscientemente por la primera plana. Los titulares le sonaron a cosa olvidada. La mirada de Tupelo continuó hasta llegar a la fecha: ¡era un periódico del mes de marzo!

Los ojos de Tupelo se volvieron hacia el hombre sentado a su lado. Debajo de la cesta del almuerzo había un periódico. Del día. Miró detrás de él. Un joven leía el Transcript, manteniéndolo abierto por las páginas deportivas. La fecha era 4 de marzo. Los ojos de Tupelo recorrieron el pasillo. Una docena de pasajeros llevaban periódicos con fecha 4 de marzo.
Tupelo se levantó de un salto. El hombre del pasillo se quejó en voz alta mientras Tupelo le apartaba a un lado sin miramientos para precipitarse hacia el aparato de alarma. Tiró de la palaca con todas sus fuerzas. Chirriaron los frenos y el tren se detuvo. Los intrigados pasajeros contemplaban a Tupelo con ojos hostiles. En la parte trasera del vagón se abrió la puerta de paso y un hombre alto y delgado, uniformado de azul, la cruzó apresuradamente.
Tupelo corrió a su encuentro.
-¿Señor Gallagher? -inquirió.
-¿Qué pasa? -preguntó a su vez el hombre, sorprendido.
Tupelo ignoró la pregunta.
-¿Dónde ha estado usted? -quiso saber.
-En el vagón contiguo, pero...
Tupelo no lo dejó terminar. Consultando su reloj, les gritó a los pasajeros:
-¡Faltan diez minutos para las nueve de la mañana del día 17 de mayo!

Aquellas palabras acallaron por un momento el creciente clamor. Los pasajeros intercambiaron miradas desconcertadas.

-¡Miren sus periódicos! -gritó Tupelo-. ¡Sus periódicos!

Los pasajeros empezaron a cuchichear. a medida que consultaban las fechas de sus periódicos, las voces subían de tono. Tupelo tomó a Gallagher del brazo y lo arrastró hacia la parte trasera del vagón.

-¿Qué hora es? -le preguntó.

-Las 8:21 -dijo Gallagher, consultando su reloj.

-Abra la puerta -dijo Tupelo-. Déjeme salir. ¿Dónde está el telefono?
Gallagher siguió las instrucciones de Tupelo. Señaló un hueco en la pared del túnel, a un centenar de metros de distancia. Tupelo se bajó del vagón y echó a correr por el estrecho pasillo que discurría entre los vagones y la pared del túnel.
-¡Póngame con la Central de Tráfico! -le gritó al telefonista. Espero unos segundos y vio que un tren se había parado ante la señal roja detrás del que él acababa de abandonar. Cuando la Central de tráfico contestó, Tupelo gritó-: ¡Póngame con Whyte! ¡Es muy urgente!
Al otro extremo del hilo una voz de hombre dijo:
-El señor Whyte está ocupado. Dígame lo que sea.

-El número 86 ha vuelto -dijo Tupelo-. Ahora se encuentra entre la Estación Central y Harvard. Ignoro cuándo efectuó el salto. Yo lo tomé en Charles Street, hace diez minutos, y no me di cuenta hasta hace un minuto.
Al otro extremo, el hombre que atendía la llamada tragó saliva audiblemente.
-¿Y los pasajeros? -tartamudeó.
-Están perfectamente... los que quedan en el tren. Algunos deben haberse bajado en Kendall y en la Estación Central.

-¿Dónde han estado?
Tupelo dejó caer el receptor de su oído y lo contempló fijamente, con la boca abierta. Luego lo colgó y echó a correr hacia la puerta abierta del vagón.

Eventualmente, el orden quedó restablecido y al cabo de media hora el tren llegó a Harvard. En la estación, la policía tomó a los pasajeros bajo su custodia. Whyte había llegado a Harvard antes que el tren. Tupelo le encontró en el andén.
Whyte hizo un gesto en dirección a los pasajeros.
-¿Están realmente bien? -inquirió.
-Perfectamente -respondió Tupelo-. No saben dónde ha estado.
-¿Alguna señal del profesor Turnbull? -preguntó el director general.
-No lo he visto. probablemente descendió en Kendall, como de costumbre.
-¡Lástima! -dijo Whyte-. Me gustaría verle.
-También a mí -declaró Tupelo-. A propósito, ahora es el momento de cerrar la variante de Boylston.

-Demasiado tarde -dijo Whyte-. El tren 143 desapareció hace veinticinco minutos, entre Egleston y Dorchester.
Tupelo no dijo nada.
-Tenemos que encontrar a Turnbull -continuó Whyte.

-¿Cree usted de veras que Turnbull se bajó de este tren en kendall? -preguntó.

-¡Desde luego! -respondió Whyte-. ¿En qué otra parte, si no?


* * *




Ultima estación… Revolución*



*De Danilo Gatti desarma_ysangra@hotmail.com



¡Última parada, Estación Revolución! Grito el guarda por segunda vez, anoticiando de que todos debíamos bajar del tren, y con la mayor celeridad posible.
Tome rápido mi bolso de mano, me abrí paso entre la gente, y una vez afuera, el frio caló hondo en mis huesos.
Frote mis manos, como para tomar impulso, y comencé a caminar a paso apurado, ganando calor en mi cuerpo…
Una vez más el tiempo no estaba de mi lado.


Desde el andén, mientras el tren se alejaba a su descanso, ya podía verse la ciudad brillando, halos de luces, como luciérnagas, como si la gente estuviera jugando con linternas.
Pero no.
Era el fuego lo que iluminaba toda la ciudad, que ahora parecía casi "anaranjada".
Fogatas como rituales medievales, mientras los más jóvenes bailaban y festejaban alrededor. Hogueras.
Ni un rastro de electricidad, ni una sola luz o farol encendido.
Todo ardía.
Tome la salida
Y gane la calle.
Una vez allí, todo era oscuridad.


De la nada, o mejor dicho de "ese todo" ante mis ojos, la palabra "decadencia" apareció en mi cabeza.
Comercios ardiendo. Hogueras.
Casas a oscuras con las puertas abiertas, mientras afuera sus dueños improvisaban parrillas, donde asaban comida para todo aquel que lo pedía.
La ciudad, cubierta de humo, parecía estar llena de trincheras.
Jamás la he presenciado, pero esto debe ser lo más parecido a una guerra civil. Mejor dicho, a las consecuencias de una, ya que no aquí había combates a la vista. Al menos no evidentes o a gran escala. Todo eso ya había quedado atrás.

Hace mucho se hablaba de este lugar, de llegar a él.
Del "como", del "cuándo".
Ahora era real. Aquí estábamos todos, y los que no, estaban llegando a regañadientes.
El punto es, ¿Qué hacer con todo esto?
Nunca nadie planteo "el después", o inclusive él "para qué". Por lo menos no de manera profunda, a fondo. "No hay tiempo para perder pensando en eso", era la excusa más comúnmente escuchada por la mayoría.
Trate de acomodar mis pensamientos e hice una breve mueca de tristeza en mi cara, mientras una bala pasaba zumbando a mi lado, y un chico (mas allá) con risa de hiena, parecía disfrutar del momento


Sin culpa.




Correo:


*


El Sr. Urbano Powell es una persona con una sensibilidad atrapante. Sus ojos claros tienen la virtud de sobrevolar por rincones del arte de la escritura. Lee con tenacidad y una innegable cuota de virtuosismo los escritos de sus colegas de las letras. Ellas, con la amplitud del lenguaje, flotan en la estación de las ilusiones esperando tomar un asiento cómodo para poder distenderse mirando los paisajes de la experiencia, de la poesía, de lo cotidiano. Hacen una larga fila, a veces empujadas por las que están más atrás, para poder tomar el boleto de viaje para alcanzar y transitar por las vías de su Inventren.
Algunas notas son serenas, y esperan su turno con paciencia. Otras, más insistentes quieren llegar primeras, no respetando el lugar que les corresponde. Las arrogantes y engreídas, balbucean frases de enojo y desprecio, creyéndose muy especiales.
El Sr. Urbano, intenta, releyendo ir seleccionando cada una de las inscripciones y compilarlas en armonía. No es una tarea fácil escoger el orden de las esquelas, pues ellas se comportan en forma competitiva y le susurran al oído sus deseos de ser finalistas.
Por momentos Don Urbano se cansa de tanto alboroto y no tiene ganas de seguir editando. No encuentra el resultado preciado.
Quizás porque se siente inseguro, presionado y su trabajo que no es remunerativo.
Además algunas mensajes son pesados pegajosos, y densos. Otros, por el contrario son livianos y volátiles, son los que más dan rienda suelta a la imaginación.
En ese universo salteado de vocales y consonantes, Don Urbano persiste en su tarea de mostrar las escrituras de sus amistades.



Muchas gracias,


*Azul. azulaki@hotmail.com




*

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