Tuesday, June 05, 2012

ESTACIÓN SANTIAGO GARBARINI













La noche es pródiga en ausencias*



Sobre almohadas dormitan estaciones desiertas.

Mas debe haber algún tren entre los páramos,
o en el fondo sin nombre de los túneles.
Debe haber algún tren quizá dormido,
bruscamente parado al borde de un recuerdo,
girando sin consuelo tras una aurora falsa
o apresado en la telaraña de los itinerarios.

Hay calma en el andén, niebla de cigarrillos,
ojos enrojecidos de espera, un viento frío.
Hay trenes varados, negros, trenes averiados
siniestramente abandonados en alguna vía muerta.
Nada se mueve, todo es quietud en tonos grises,
ni un sonido perturba la paz de las almohadas.

Y sin embargo, el sueño esboza una presencia
al final del andén, sin maletas, sin prisa,
un rostro que apenas presentido se diluye
en la explosión violenta del día que comienza.

El alba es un puñal de amargo filo
que penetra de luz los trémulos andenes.

Y a este lado, la estación está vacía.



*De Sergio Borao Llop.











EL BLUES DEL TREN DE LAS 11.40*



El miedo había estado allí; ahora lo sabía. El miedo había estado acompañándolo todo el tiempo, como un monstruo en estado embrionario, en cada instante de las once horas transcurridas desde el histórico "suficiente" pronunciado por Gómez Laurenz para convertirlo en abogado.
Había estado allí, oculto entre los pliegues de su conciencia, aguardando el momento propicio para asestarle esta dentellada feroz y traicionera, para inocularle este hielo en la sangre que lo retenía impávido en la vereda penumbrosa de la pensión, clavado junto a la puerta de calle con el corazón sobresaltado, temeroso de volver a los festejos del patio. "Me pasaron la mesa de Sociedades para mañana a la 8; vos ya serás todo un doctor, pero nosotros tenemos que seguirle dando, nene". La excusa invocada por Fabiana para justificar su decisión de abandonar la fiesta todavía resonaba en su cabeza, estableciendo crudamente un límite, un antes y un después. El abrazo fuerte y emocionado de su amiga, su largo beso en la mejilla, su promesa de escribirle cartas, su grito cariñoso mientras el taxi se alejaba pidiéndole que no se olvidara de ella, habían quebrado algo en su interior. La sensación de eternidad se había desmoronado de golpe, dejando al descubierto el miedo (el miedo que siempre había estado allí), anunciando el previsible final de la tregua, la confirmación innecesaria de lo que él ya sabía. (Porque él lo sabía, lo había sabido perfectamente durante mucho tiempo, quizás desde aquel lejano recelo experimentado al subir por primera vez las escalinatas de esa Facultad que parecía tan enorme. Era como entender algo sin palabras, sin pensarlo en forma expresa. Sólo que una cosa era presentir que iba a doler, y otra muy distinta comenzar a sufrir el dolor real).
Miró la hora en un gesto casi inconsciente: las 4 y 10 de la madrugada. El sonido de la música y las risas llegaba desde el patio como un rumor asordinado. Cerró la puerta tras de sí y regresó por el pasillo a oscuras con una vaga sensación de malestar hormigueándole en las venas. El patio bullía en animado desorden y nadie lo vio reaparecer desde las sombras. De pie bajo el farol macilento que iluminaba tenuemente la reunión contempló a sus amigos con una mirada melancólica, como buscando atrapar algo sabiendo que no podría atraparlo nunca. Ahí estaban todos: bajo la galería, el Pato riéndose de cualquier cosa, atacando cerveza tras cerveza, Mónica haciendo payasadas parada sobre una silla, José Luis y Gonzalo repartiéndose los restos fríos de una pizza de tomate, Aldo abrumando a Laura con sus cuentos malos; en el centro del patio, Fernanda y el Negro bailando con incansable entusiasmo, como si se hubieran recibido ellos, contagiando su alegría a Marita y a Willy; allá en el fondo, Jorge borracho bailando con una escoba para delicia de todos los presentes.
Se sintió raro. Recordó que apenas una hora atrás se había deslizado hacia la pared de la enredadera con sigilo, como si temiese romper un hechizo, con el único objeto de gozar del alegre trajín de brazos, manos y bocas, la alborozada evolución de los gestos en torno a la mesa rectangular. Recordó que, merced a una súbita y mágica revelación, había comprendido entonces que se hallaba en el medio de uno de esos infrecuentes y escurridizos momentos plenos de su vida, una de esas seis o siete ocasiones anuales en que podía afirmarse que vivir valía la pena. Y recordó también que en ese instante, justo en ese instante, había concebido la delirante idea de clausurar todas las salidas y secuestrar a sus amigos, tomarlos por rehenes y exigir desafiante a Dios, al Tiempo, a la Vida o a quien fuere, que esa reunión durara para siempre. Pero ahora ya era tarde. Fabiana, sin quererlo, acababa de destrozar la frágil utopía. Ahora que las heridas invisibles comenzaban a sangrar no existía modo de volver a construirla.
-¿Bailamos, caballero?
La voz inesperada lo sobresaltó. Sumido en su confusión mental no había advertido aquella presencia cercana. Giró su cabeza hacia la derecha y pudo ver a Laura haciendo una reverencia burlona que acompañaba la invitación.
Improvisó una tontería para disimular y se dejó arrastrar por la muñecas hacia el centro del patio. Por unos segundos se olvidó de todo -del monstruo y los fantasmas, del porvenir, del tren de las 11 y 40-. Revivir la magia pareció posible. Pero fue sólo un espejismo transitorio. Un instante después, al recibir el perfume de Laura en pleno rostro como una bofetada del Tiempo, no pudo evitar el recuerdo de aquel Baile de la Primavera en que se habían conocido y la grieta en su interior se abrió de nuevo. Pensó en los seis años que habían pasado desde aquella noche, desde aquella Laura aniñada, y lo categórico de la cifra -¡seis años, Dios!- le ocasionó un vértigo fugaz, una suave opresión en la boca del estómago que ni siquiera el ruidoso trencito que los bailarines habían comenzado a formar pudo disolver.
Su malestar se acrecentó. Comprendió que la fiesta -su fiesta, esa misma fiesta que para los demás estaba en su apogeo- había terminado para él.
Descubrió que él y los otros respondían ahora a tiempos diferentes, irreconciliables. No importaba que él volviera a su pueblo y ellos se quedaran. Lo que contaba no era la distancia física sino otra clase de lejanía. "Ahora vas a tener que usar corbata todo el día, bagre", le había dicho Aldo al llegar, y sólo en este momento se le revelaba el significado oculto de esas palabras. No más Facultad, no más pensión, no más trasnochadas en los bares del bulevar, no más vino con amigos. Final del juego; estaba solo otra vez. Él quedaba afuera, como si una puerta se cerrara inexorablemente a sus espaldas. Como si, al igual que la fiesta, la vida siguiera sólo para sus amigos, no para él.
"Si supieran que estoy triste a once horas de haberme recibido dirían que estoy loco", pensó, riendo para sí, mientras se refugiaba en la cocina con la excusa de buscar hielo. Pero era irreversible: el miedo comenzaba a derrotarlo. Había buscado en esos seis años de Facultad un desvío, una salida tan sorpresiva como inexistente y no la había hallado. "Vos querés sacarte una especie de lotería metafísica", le había dicho una vez Gonzalo y era cierto, pero su número no había salido premiado.  Ahí estaba el monstruo, entonces, desatando los fantasmas. Ahí estaba él con su ridícula impresión de sentirse un viejo a los veinticuatro años.
Descubrió con estupor que el título de abogado le confería carácter de extranjero. La ciudad lo rechazaba sutilmente, haciéndole comprender su condición de cuerpo extraño, pero el regreso a su pueblo sólo serviría para acrecentar su certeza de que él ya no pertenecía a aquel lugar. Imaginó el orgullo emocionado de padres y hermanos, la alegría vulgar de su novia, la infantil idolatría de sus sobrinos y supo de antemano que en nada ayudarían a aliviarlo. Se vio a sí mismo desterrado en la calma soñolienta de un perpetuo domingo y se sintió vacío, como si la vida se acabara mañana mismo.
Como si la vida se acabara con el tren de las 11 y 40.
Sin embargo, no era eso lo que espoleaba su tristeza. No se trataba de la preocupación por un futuro forzado, previsible y ajeno a sus deseos. Se trataba de algo mucho más urgente y visceral, una etapa desvaneciéndose sin remedio, la desesperante sensación de agua que se escurre entre las manos.
Se trataba de las peñas, los bailes, los asados de comisión, los campeonatos de truco, las reuniones de damajuana y choripán, las mateadas interminables hasta el amanecer, las imponderables horas gastadas en el bar de la Facultad para hablar de Cortázar y de Sartre con Gonzalo, las mil y una revoluciones planeadas y ejecutadas en el aire desde una mesa de café. Se trataba de la nostalgia, ese roedor implacable que había comenzado a mordisquearle las entrañas.
Se acercó con el hielo al grupo que ahora estaba reunido bajo la galería bebiendo vino. Aceptó que el Negro le llenara el vaso por enésima vez y se dejó caer sobre una de las sillas que bordeaba en forma desprolija la mesa rectangular. Se quedó mirando hacia arriba con los ojos fijos en algún lugar incierto de la noche estrellada de diciembre, bosquejando mentalmente el momento en que partiría rumbo a la estación acompañado por los sobrevivientes de la fiesta. Suspiró resignado. Supo que Dios, el Tiempo, la Vida o quien fuere lo había vencido. Se podía, sí, escuchar a José Luis contando cuentos verdes, rogarle a Mónica que recitara poemas de Machado y a Willy que imitara profesores, se podía pedirle al Pato que cantara un blues de los suyos, pero ya nada sería igual. Incluso podía él mismo, como tantas otras veces, ladrar Muchacha ojos de papel o El oso hasta quedar disfónico, pero era inútil; el tren permanecería allí, como una obsesión, ensombreciendo la fiesta. Estaba perdido: ni siquiera quedaba el frágil consuelo de dedicarse a construir un último recuerdo, el recurso demencial de disfrutar del incendio antes de que solamente quedaran cenizas.
A lo sumo, pensó mientras Laura le acercaba la guitarra al Pato y le pedía que cantara algo, quizás fuera posible dejarse llevar hasta el tren con la conciencia adormecida, deslizarse hasta él como por una pendiente suave y confortable. Quizás fuera posible buscar en el fondo del vaso una última anestesia y aislarse del derrumbe, quitarse de la cabeza la hiriente comparación entre la imagen de aquel taciturno muchacho de pueblo que una noche de viernes, recién llegado a la ciudad, había aprendido de una vez y para siempre lo que era sentirse solo, y esta otra imagen, mucho más cercana, virgen todavía de nostalgia, la del abogado recién recibido saliendo del aula después del examen para encontrarse con el abrazo de sus compañeros. Resultaba imperioso saturar las horas restantes, evitar los minutos vacíos, embotar los sentidos y aturdirse para no pensar, vaciar vaso tras vaso hasta hacer que las voces se independizaran de quienes las emitían, convertirlas en ecos que resonaran lejanos, como un ruido más en la madrugada. Había que hacer lo que fuera necesario para perder la noción clara de las cosas y remover de la boca ese acre sabor a final, a despedida.
"Ojalá no amaneciera nunca", dijo Mónica a su lado, con un dejo de melancolía, como si hubiese adivinado sus pensamientos. La miró sorprendido, con una sonrisa entre amarga e indulgente. Vaciló unos instantes, pero no dijo nada. Sólo extendió el brazo libre y la atrajo hacia sí en un abrazo tierno que pretendía ser indestructible. Dejó luego que su cabeza resbalara indolente y se acurrucó en el regazo de su amiga.
Alguien apagó el radiograbador y el brusco silencio de los parlantes se le antojó sobrenatural. Cerró los ojos para no ver el momento en que las primeras caricias del sol desperezaran, allá en lo alto, a la enredadera del fondo. Después se fue hundiendo lenta, tibiamente, en una serena y profunda lasitud, mientras la guitarra del Pato comenzaba a gemir un blues.



*De Alfredo Di Bernardo.
-Texto incluido en "Las cosas como somos". Colección Bienes Culturales. ATE CDP Santa Fe - 2009











DEUDAS*



Para Rubén Sevlever



Los míos nunca entraron a tallar en las historias.
Destriparon terrones en absolutos junios con heladas,
y dieron hijos con penurias fijas a la dureza de esta
tierra.
Hubo arados con gaviotas. Hubo lentas trilladoras
junto a las trenzas rubias de mis tías
y el torso desnudo de tanto cosechero.
El sol del verano hacía fintas mientras tanto en sus
cabezas.
Debo el poema. Debo la sangre que no derramé y el
sudor que me he guardado
y la pena de ver llegar a mi padre en un septiembre con sangre sin batallas.
Lo vi llegar herido, con los brazos como rotas alas
pero una furia hecha brasa en las pupilas.
Debo el poema a los colonos comprando el pan en la
bolsa
blanca de arpillera. El agrio tabaco en latas de té
Tigre.
Las calvas cubiertas con gorras amarillas.
Antes estaba la cocina a leña, el techo de cinc bajo
tormentas
del invierno, el café y el mate recibiendo a la
/mañana.
El cuaderno con estampas era cuadrado y grande
y encerraba al mundo en sus cuarenta páginas.
Después la lluvia de abril complicó todo:
hubo historias que recuerdo y otros amores que me
olvido,
sin quererlo. Hubo un tren que me trajo de repente,
arrancándome de cuajo, como fruta verde de
diciembre.
Debo aún toda la distancia que me pone cada vez
más viejo,
y me entristece.


*De JORGE ISAÍAS.











Desear amor es desearlo todo.*


Ya me acostumbré a deambular por los vagones. Los recorro mirando a esa gente que dormita o come. Veo a una mujer descargando el mate por la ventanilla, y me digo que la yerba está irremediablemente perdida, que se fue para siempre, siento una extraña sensación de ausencia y de algo indefinible, esa yerba arrojada para toda la eternidad, sin ceremonia, sin despedida. Una ventanilla que se abre, el salto fatal.  Me alejo con una náusea entre las manos.
En el siguiente vagón dos hombres hablan fuerte. El de ojos claros intenta convencer al alto de alguna cosa. No me ven. Me pregunto qué dirán.
Llegan frases aisladas, la conversación se me pierde como la yerba. Estoy inmóvil, las cosas suceden a mi alrededor. El mismo tren es algo que sucede sin mi compromiso. Sigo caminando.
La yerba y los hombres quedan a mis espaldas. Estoy sola.
Hallar el vagón de cineclub es un retorno. Sigo sin rostro ni voz, pero acaso que esto sea físico, que la obscuridad me borre, es tranquilizador. Si no existo, al menos no existo en la negrura que me devora. La pantalla iluminada me presta el resplandor para ocupar mi sitio, siempre el mismo aunque el vagón cambie.
Reconozco "Sweet Charity" allí adelante. La prostituta ingenua se deja engañar por el novio, vive su ilusión de ser amada, se deja engañar, desea y propicia la mentira que le otorgue un respiro a la desesperación. Está tan sola con su ropita y su cara mal maquillada. Lloro. La veo tan preparada para regalarse, tan deseosa de hacer feliz a cualquier hombre que le preste los ojos y las manos un momento. Qué frágil esta mujercita alegre toda imposibilidad, si tiene marcado, tatuado, el fracaso.
A pesar de que sepa el final, hasta el último momento pienso que el hombre común que se equivoca, que cree que es una mujer decente y ordinaria, cuando se entere de su pasado la va a aceptar igual. Si no ocurre en la vida real, debiese ocurrir en el cine.
Y las coreografías de Bob Fosse son deliciosamente vitales. Dicen con el cuerpo, y lo que dicen se expresa sin fisuras, en bloque. Música, canto, baile, el desenlace inevitable de la fatalidad agazapada.
La prostituta es una buena persona, el novio es una buena persona. Sin embargo el hombre no podrá hacer otra cosa que destrozarla, para que no sufra. ¿Cómo condenarla a un futuro en el que por fuerza habrá de reprocharle suciedades? La va a abandonar.
Ella sólo desea amor. Pobrecita, no sabe aún y a pesar de su experiencia que la palabra "sólo" en esa frase no cuadra. Desear amor es desearlo todo.
Me voy antes de que finalice la película. Sé que habrá una sonrisa final, una esperanza forzada, la sugerencia de que la vida sigue y que quizás. Pero la yerba desechada continuará su vida, también, junto a las vías, integrándose lentamente a la gramilla, desapareciendo de sí y del mundo.



*De Mónica Russomanno.








*


Una ráfaga de viento helado cruza el andén desierto, llevándose consigo un caótico remolino de hojas secas. El golpeteo metálico de un cartel se deja oír, perturbador, a lo lejos. Apenas se vislumbran aisladas luces de alumbrado público; al notarlo, Don Tomás se estremece. Mala noche para quedarse solo, de guardia en la boletería.
¿Cuándo tendría el valor para decir que no? Ya es un hombre mayor, ¡qué joder! El reuma lo está matando desde hace rato, apenas si se puede mantener erguido en este gastado banquito de madera, y la vista le falla cada día más. ¿Por qué no designan a un muchacho en este puesto? Sus días de "hacer mérito" han pasado ya; cuando descubrió que, por más que se esforzara, le seguirían pagando este magro sueldito hasta el día en que se jubilase. Y ese día, aunque cercano en el calendario, parecía no llegar más.
Aunque, en noches destempladas y borrascosas como ésta, Don Tomás se amarga intuyendo que ese día .. quizá jamás llegue para él.
-Estupideces -, murmura, mientras vuelve a acomodar sus elementos de trabajo sobre el mostrador de la boletería: los sellos, los cartoncitos, los lápices. ¡Como si hiciera falta! Don Tomás es el empleado más eficiente de la estación, y eso lo saben hasta en el barrio que rodea la estación. Lo sabe Rosario, por supuesto, y eso es lo que más le importa. Rosario. El rostro se le ilumina con una sonrisa. Ese ángel de mujer, siempre alegre, desbordante de ternura, que regularmente suele traerle alguna confitura amasada en la panadería de su hijo, sólo para que él no pase hambre en sus largas horas de vigilia dentro de la boletería. Desde la muerte de su esposa, Don Tomás ha quedado escorado, como los barcos moribundos, tumbado anímicamente sobre el costado de la responsabilidad. El trabajo es su único sostén, y evita que caiga en la depresión. Claro que eso tampoco justifica que tenga que padecer este frío y esta incomodidad, sólo por no quedarse a solas en una enorme casa vacía. Treinta años de convivencia no son moco de pavo, solía decir durante el velorio, cuando la ausencia le pesaba hondo en el corazón. Hasta que aparece Rosario, un poco más joven que su difunta esposa, a presentarle sus respetos, acompañados por una tarta de ricota. ¡Con lo que le gustan a él esas cosas ricas! La alegría por el regalo fue tan intensa, que recién cuando limpió las últimas migas de la tarta reparó en que era la primera vez que sonreía con sinceridad desde el sepelio de su mujer. Todo gracias a Rosario.
Ella también es viuda, aunque su viudez no sea reciente. Pero Don Tomás está criado a la antigua: no puede pedirle nada extravagante. Lo mirarían mal; y tampoco está seguro, además, de que Rosario fuese tan amable con él sólo porque oculte aviesas intenciones. ¡Pero cómo se le ocurre! Actitudes como ésas son propias de las jovencitas, cuyas hormonas estallan sin asidero, más no de una señora digna y respetable como ella. Por lo tanto, Don Tomás se contenta -y hasta aguarda ansioso- con verla aparecer por el pasillo de la boletería trayendo un paquetito envuelto en papel madera entre las manos, símbolo de su desinteresada amistad. ¿Acaso piensa en otra cosa? Son –simple y afortunadamente- amigos, y él le está eternamente agradecido por el favor que le hace. Alguna vez intentó retribuírselo de alguna manera, pero ella dijo que por favor, que para qué, que no la ofendiese. El vínculo establecido entre ellos se ha ido consolidando así, ¿para qué estropearlo, entonces?
Sin embargo, hay noches -como ésta, quizá- en que Don Tomás suele sentirse solo, y desea quedarse en casa, al abrigo de la estufa, saboreando una humeante taza de té, en compañía de una tierna mujercita que lo atienda y quiera tan profundamente como él a ella. Y abrazarse en el sofá, mirar la programación televisiva nocturna, quedarse dormidos uno junto al otro, y despertar pasada la medianoche para darse cuenta que ya es momento de irse a la cama. ¡Quedarse dormidos delante del televisor, habrá que ser cabeza fresca!
Un crujido en el pasillo le hace emerger de sus ensoñaciones. Presta atención. Un sonido apagado se vuelve reconocible: pasos. Consulta el reloj, aunque de memoria sabe que ninguna formación se desplazaría sobre los rieles hasta bien entrada la madrugada. Apenas han transcurrido unos minutos desde la medianoche. ¿Quién será? Una filosa ráfaga de viento ulula entre los aleros de la estación desierta.
Una oscura silueta se recorta contra los barrotes de la ventanilla de la boletería, y con la escasa luz imperante en el ambiente, sumado a su creciente falla visual, Don Tomás supone que se trata de un fantasma. Ahoga un grito, hasta que el recién llegado se acerca aún más a los barrotes, lo mira a los ojos y dice:
-¡Vamos, hombre! ¡No se asuste! ¿Acaso no me reconoce?
Al contemplarlo una vez más, e identificar aquella voz tan conocida, Don Tomás se relaja y suspira:
-¡Jefe! ¡Qué susto me dio! ¡Por poco me mata!
-Vamos, Don Tomás. No me diga que lo agarré cometiendo algún delito. Esas reacciones de temor son propias de quienes son apresados con las manos en la masa.
-No señor, para nada -, se apura a contestar él, asociando la masa del delito con el recuerdo pastelero de Rosario, pero sin agregar nada más. -Sólo que usted se apareció así, de improviso. Y qué quiere que le diga, las noches como éstas me ponen nervioso. Ese chiflido del viento, .las hojas que corren de acá para allá.. ¡Brrr, me aterra!
-¡No le puedo creer! ¡Un hombre grande! ¡Ni que le hubieran estado contando historias de aparecidos hasta reciencito nomás.!
-Tampoco es para tanto, pero. Capaz que ya estoy viejo para andar haciendo estas guardias. Muy..susceptible., como dicen los que saben.
-No me afloooooje, Don Tomáááás -, canturrea el Jefe de Estación, con tono admonitorio. - Usted bien sabe que la función que cumple figura en el reglamento.
-Pero, Jefe. ¿Soy el único que puede quedarse? ¿No tiene a alguien más que necesite unos pesos extra?
-Por el momento, no. La guardia hay que hacerla, le guste o no le guste -.
Se mete las manos en los bolsillos, mira hacia un lado y el otro en una especie de tic nervioso, arrebujado dentro de su abrigo, y luego agrega: -¿Se enteró de lo que andan diciendo en la Terminal?
-Últimamente se dicen tantas cosas.
-Parece que el rumor viene de arriba: dicen que van a cerrar el ramal.
-¿Cuál? -, se asusta Don Tomás. -¡¿Éste?!
-¿Y cuál le parece que puede ser? ¿El tramo que une La Plata-Constitución?
No, ése rinde muchos beneficios todavía ; es el nuestro, que sin tener reparaciones desde hace unos cuantos años, bien que les da pérdidas.
-Eso no puede ser -, se lamenta él. -Con la cantidad de gente que viaja todos los días al trabajo.
-Son cada vez menos, hombre. Y usted lo sabe mejor que yo. Entre la desocupación y los nuevos servicios de ómnibus diferenciales que cubren el mismo trayecto en menos tiempo, esto se viene a pique a ritmo parejo.
-Con todo respeto, Jefe, pero. ¿No le parece que exagera? ¡Cómo van a cerrar los ramales del ferrocarril! ¡Eso es una locura!
-Entonces dígale loco a nuestro flamante Presidente de la Nación, porque parece que la orden viene de allá arriba. De bien arriba.
Don Tomás enmudece. La jubilación es algo deseable, claro; pero nunca a este precio. ¿Qué pasará desde ahora con él? ¿Y con el ferrocarril en su conjunto? Si empiezan con este ramal, ¿con cuál se detendrán? ¿Dejarán al país incomunicado? ¿Quién ha sido el genio que despertara iluminado con semejante decisión? ¿Condenarán al servicio de transporte más seguro y económico del país a un olvido tan injusto como tenaz? Una sombra de muerte se posa sobre su corazón, y de pronto la ausencia de su finada esposa se le torna en extremo pesada para cargarla sobre sus hombros.
Siente que él, como tantas otras personas, pertenecen a este lugar. Cerrarlo será como ir matándolos poco a poco, dejando que todos ellos se vayan consumiendo muy lentamente en ese siniestro marasmo que significa el retiro voluntario. La idea de marchitarse encerrado en su casa le genera aún más escalofríos.
-¿Y para cuándo ..se supone ..que van a…? -, tartamudea, incapaz de formular la pregunta fatal.
-Pronto, aunque todavía no hay una fecha definida -. Hace una pausa, se mira los pies, y agrega, evitando el cruce de miradas con el boletero: -Habrá que ir buscándose otra cosa, para los que quieran seguir comiendo. O como en su caso, disponerse a descansar como jubilado.
-¡Eso jamás! -, exclama él, de pronto. El Jefe lo contempla, sin entender.
Don Tomás agrega, con menor vehemencia: -Quiero decir, que me niego a ser un jubilado inservible. Mire lo que le digo: prefiero quedarme a vivir en esta estación, si es necesario. Aunque me tilden de loco.
-¡No diga pavadas, hombre! A todos nos llega el momento de declinar las fuerzas y abandonar lo que hasta ahora veníamos haciendo. Usted también dejará de existir como boletero, ya sea que cierren el ramal o no. Lo que haga con su vida fuera de esta estación, es asunto suyo Disfrútelo lo mejor posible, se lo aconsejo. Comida seguro que no le habrá de faltar: la panadería viene trabajando a pleno.
Don Tomás se niega a levantar el guante de la ironía. Pero muy dentro suyo, se siente desahuciado. El Jefe se estremece de frío otra vez, zapatea sobre el percudido suelo del pasillo, y saluda con un gesto de cabeza:
-Bueno, hasta mañana, entonces. Y no se duerma. Al menos, ya tiene algo en qué pensar hasta que llegue la primera formación.
Don Tomás lejos está de agradecerle semejante preocupación, mientras escucha alejarse los rítmicos pasos hacia la calle. Deprimido como está, se le ocurre imaginar cómo sería su vida si se cumpliera ese espontáneo y caprichoso deseo de quedarse a vivir allí, dentro de la boletería. Cómo sería que nada le hiciera falta, más que continuar con su rutina, y recibir cotidianamente la visita de Rosario con su milagrero y sabroso paquetito.
Alejado del dolor de vivir en una casa vacía, sin hijos que lo vengan a visitar a uno los fines de semana, contemplando todas las mañanas la gloria ferroviaria de un país que parece estar extinguiéndose, y que, al igual que aquella estación, se iría desmoronando inevitablemente con el paso del tiempo. Y la negligencia de sus gobernantes..
Pero quizás,..él no. Quizás, de cierta extraña manera, sus deseos puedan llegar a cumplirse alguna vez.
Una ráfaga de viento helado penetra insolente a través de la ventanilla enrejada, arrastrando consigo vanos fragmentos de hojas muertas. Pero Don Tomás ya no se encuentra allí para estremecerse, ni para asustarse, ni para sentir nada. Don Tomás hace rato que ha partido.
La boletería, luego de aquella espectral visita, yace nuevamente vacía, como lo está desde que cerraron el ramal La Plata- Mirapampa, hace ya más de cuarenta años.



*De Alberto Di Matteo.









Descielada*


Cae en las nubes,
fusión-pasaje-iris,
por la ventana abierta de su posible sueño.

Vuela,  envuelta en luces o alaridos de color,
sobre la ausencia de la ciudad fantasma que la expulsa,

Recrea cúpulas con porciones de aire,
una nada de azúcares le oculta la sonrisa
de vecina en exilio del paraíso.

Rueda  en el vacío texturado de suave,
el cielo es demasiado perfecto, se dice

"me quedo con el viaje"


*De Cristina Villanueva.







InventivaSocial
Plaza virtual de escritura





Sunday, April 29, 2012

ESTACIÓN INGENIERO DE MADRID





Inventren






EL TREN DE LOS SUEÑOS*



(Para Eduardo Coiro, quien sabe quizás los sueños alguna vez se cumplan.)





“Si yo hubiera inventado el ferrocarril no habría consentido que nadie montara en él sin mi permiso.”

GUSTAVE FLAUBERT







Nunca he visto ese tren.

Pero conozco sus bifurcaciones.

Tal como las líneas de mis manos.

Conozco el territorio que lo define.

Sus cruces. Sus andenes.

Las líneas de la vida y de la muerte.

Habría que nombrarlo despacio y decirle.

Al oído, decirle, no hay líneas de la fortuna.

Que su línea del corazón señala que es larga.

Larga y profunda.

Que su oficio es el de muchos.

Andar y andar.

No elegir el caballo ni el jinete.

No preguntar. No parar. Huir. Ir. Venir

Soñar que es una la línea de la vida y es corta.

Reino de líneas paralelas.

Nunca he visto ese tren. Pero lo sueño.

Lo miro, a la distancia, lo miro… y lo sueño.





*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar















ESTACIÓN INGENIERO DE MADRID











De paso*







Lo pensó así en el momento exacto en que se apeaba del tren: "nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto". Intuía o recordaba que era el título de una canción, una película, un libro... Algo que le venía de remotas regiones de su mente, palabras difuminadas por la resaca del tiempo que ahora, sin motivo aparente, habían salido a la superficie para volver a sumergirse en el olvido minutos u horas más tarde. El hombre ya no era joven. Tenía esa edad indefinida de quienes han vivido en muchos sitios o -pensémoslo despacio- en ninguno. Por eso una frase aparecida de repente en su cabeza podría venir de cualquier parte: La edad mezcla palabras y recuerdos, invenciones y vivencias. Todo es una misma argamasa que se amontona, informe, en los anaqueles de la memoria.

Pero ¿a qué venía esa frase justamente ahora? El traje raído, las arrugas delatoras, el exiguo maletín ¿pueden ser, acaso, la respuesta? El hombre miró al frente. Un cartelito despintado anunciaba el nombre de la estación: "Ingeniero de Madrid". Le resultó chocante, porque él había nacido allí, muy cerca de Madrid; en España, esa España ahora tan lejana como las brumas de un entresueño, que se van desvaneciendo poco a poco cuando despertamos y de las que, al final, apenas queda un vago rescoldo, una cicatriz inexistente.

Tal vez fue ese detalle -pero esto lo pensó ahora, mientras contemplaba el letrero-, el nombre de la estación, lo que le trajo a la mente la frase lapidaria. Porque ¿algún ser vivo recordaba todavía quién fue exactamente ese ingeniero? Cierto que en algún libro, en alguna enciclopedia cubierta de polvo, quizá se reflejase no sólo el nombre, sino incluso también el hecho por el cual este lugar que ahora pisaba había adoptado ese nombre, que -a pesar de todo- no dejó de resultarle sumamente curioso. Pero ¿puede una enciclopedia, por exacta y completa que sea, imitar o suplantar eso que llamamos recuerdo? ¿Son esos artículos, esas anotaciones, una forma de seguir existiendo en la memoria de las gentes futuras? Tal vez, pero, en cualquier caso, una forma distorsionada, infinitesimal. Las biografías las

escribe gente viva sobre gente muerta (o gente muerta sobre gente muerta, que viene a ser lo mismo) y quienes las escriben no saben nada, absolutamente nada. A lo sumo, una mínima colección de hechos aparentemente importantes, pero que en realidad son irrelevantes o anodinos, puesto que no arrojan ninguna luz sobre la persona biografiada... La única biografía posible la va escribiendo uno mismo, con sus propios actos, y no queda registro en parte alguna...

Vio las vías perdiéndose en el horizonte. Las vías del tren sugieren la infinitud y el desencuentro (Acaso también la infinitud del desencuentro) pero en este caso concreto, además, ese desencuentro resultaba aún más dramático porque dos pares de vías se cruzaban en este punto para ir alejándose después hacia sus respectivos destinos, líneas infinitas que jamás volverían a encontrarse. Y este punto, el único lugar en que esas líneas se encuentran, es una estación erigida en medio de la nada, un punto perdido entre otros puntos igualmente perdidos o inimaginables.

Así sucede -pensó- tantas veces. Tal vez sólo exista un punto, un único punto en todo el inimaginable cosmos, donde sea posible el encuentro. ¡Qué dicha, el encuentro! Y qué tristeza ver alejarse de nuevo los trenes del destino, intuyendo.

Desencuentros... Si lo pensaba con frialdad y atención, fueron precisamente ellos quienes le habían traído hasta este lugar, quienes habían de llevarle adónde iba. Pero ¿dónde iba exactamente? No podía recordar el nombre (si es que tal cosa puede tener importancia en realidad), y no tenía el menor deseo

de sacar del bolsillo el papel donde figuraba. Ya habría tiempo para eso cuando el nuevo tren se pusiera en marcha hacia el siguiente destino. La vida es una sucesión de trenes que, en apariencia, nos llevan de un lugar a otro. Sabía que una vez allí tenía que hablar con un tal Pereira o Pereyra, un portugués o brasileño que también -por circunstancias desconocidas y que, en el fondo, no importaban- había venido a dar con sus huesos en ese lugar alejado del mundo y de la historia. (Pero -atinó a pensar más o menos

confusamente- ¿hay algún lugar que no esté alejado del mundo y de la historia? De ser así, el tiempo, juez definitivo, ya vendrá a corregir esa desigualdad momentánea, ese error inocuo). Tampoco recordaba, hecho anecdótico si lo miramos bien, cómo se llamaba el lugar del cual venía. De ese triángulo escaleno, sólo el curioso nombre de esta estación solitaria había echado raíces en su memoria. En la estación no había nadie más. De nuevo, estaba solo.

Los desencuentros, sí... Llegan a ser tantos que es imposible recordarlos todos. Y ¿para qué habríamos de recordarlos si sólo pueden producir dolor, desolación? Amigos que se fueron diluyendo en un pasado cada vez más difuso, amantes cuyos rostros apenas son una neblina inconsistente, familiares a quienes no había visto en dos décadas... Y le vino de nuevo esa frase:

"Hablar de nosotros después de muertos- musitó con una sonrisa amarga-. Si al menos alguien lo hiciese cuando aún estamos vivos, si es que en verdad lo estamos". Si alguien. Porque: ¿Quién le brindó una mano cuando su mundo se desmoronaba? ¿Quién le habló cuando precisaba una palabra? ¿Quién estuvo ahí

en esas horas de amarga e interminable soledad, o en esas otras de inasumible derrota? ¿Quién, finalmente, vino a despedirle a la estación -esa otra, ahora disuelta entre las telarañas de un olvido consciente- veinte años atrás, cuando tuvo que partir para no regresar? Para no regresar.

¿Amistad? Palabra casi siempre exagerada para definir relaciones superficiales entre seres humanos. ¿Amor? Ya lo dijo Bécquer: es un rayo de luna. ¿Fidelidad? Palabra horrible y abstracta. Encierra una falacia.

Un día, no muy lejano, de esta estación sólo quedarán ruinas, algunas fotos viejas, tal vez uno que otro recuerdo impreciso como la sombra tenue de un sueño abandonado en las hondonadas del tiempo. De quienes en ella esperaron alguna vez, de quienes tomaron un tren o se apearon de otro, de quienes en

ese mismo andén conversaron durante unos minutos, desconocidos atrapados durante un instante en un lugar que ninguno de ellos eligió, ¿Qué será exactamente lo que quede?

Un vacío tan grande como el que ahora veían sus ojos, allí en esa estación inconcebible, era la única respuesta a todas esas preguntas. El hombre suspiró, miró hacia el cielo gris. El cansancio ya conocido vino a posarse sobre sus hombros. Tuvo que sentarse. Tal vez se adormeció. Por eso, no podría decir si vio, o sólo los soñó, a los jinetes que venían cabalgando desde el Sur, lentos, callados, cabizbajos.

De los dos jinetes, el más joven se quedó un buen rato mirando al hombre que dormitaba, sentado en el destartalado banco de madera de la vieja estación.

Hizo un gesto vago de saludo, sin obtener respuesta. Luego miró a su acompañante y preguntó:

- ¿Qué estará haciendo ahí?

Después de un rato, el otro jinete, un viejo de pelo blanco y rostro endurecido por lluvias y sequías y noches durmiendo al raso, contestó sin apartar sus ojos del camino:

- Está esperando.

El joven le mira, incrédulo.

- ¿El tren? Pero entonces tal vez deberíamos decirle...

- Probablemente él sabe.

- Pero si supiera, entonces...

El viejo calla. Deja que la verdad se vaya abriendo paso en la mente del otro. Sólo cuando ya casi le han perdido de vista, cuando el hombre desconocido y la estación abandonada apenas son un recuerdo que se va desdibujando, vuelve a oírse su voz grave, sentenciosa.

- Hay gente que va en busca de su destino; y hay gente que espera. Y también hay gente que hace las dos cosas. Dónde, cuándo, por qué... sólo son detalles circunstanciales, insignificantes. Y ni siquiera podemos hablar de elección. Caminas durante años y un día, sin que se sepa el motivo, los pies se niegan y ya no hay alternativa. Ese hombre -su rostro lo gritaba- se cansó de caminar. Y ahora espera. Nada más.

Y sin mirar atrás, los dos jinetes siguen cabalgando, sin apuro, como si en realidad no fuesen a ningún lugar, como si la única realidad posible fuese el camino que se extiende bajo los cascos de sus caballos. El silencio se ha instaurado de nuevo entre ellos, y sobre la escena, ahora, apenas se oye el rumor de la brisa que recorre, casi con timidez, el inabarcable páramo, rozando al pasar, de forma leve, todo aquello que aun tiene consistencia y que algún día, pronto, sólo será una sombra, un apunte inconcreto en los ajados libros de los hombres.









*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

http://sergioborao2011.blogspot.com/















ESTACIÓN DEL DESENCUENTRO*









ESTACIÓN EN SEPIA





Tras una ventana desnuda. El mar espía el torso de la mujer.

El hombre tras dos ventanas en ocre, la mira y la desea.

La mujer, tras sus dos ventanas en sepia, siente la soledad del mar

Sostiene la desnudez de la ventana y su espalda sostiene la nostalgia.









ESTACIÓN DE LOS TEMBLORES





Un hombre, trémulo, permanece quieto. La ventana se mueve.

Piensa, si ella se volverá a mirarlo.

La mujer se estremece y piensa que él viento marino le respira la nuca.

Piensa, si alguna vez, él volverá.











ESTACIÓN DE LA PLENITUD





El hombre sabe, que el mar no la abriga como lo hace su abrazo.

El mar, la quiere, plena, entre sus brazos.

La mujer recuerda el hombre de los ojos de mar.

Siente que ambos, son inalcanzables.









ESTACIÓN DEL DESENCUENTRO





El hombre cavila y retrocede.

Cree que imaginó sus glúteos de manzana verde.

La mujer cree que soñó con el hombre que le brota por los ojos.

Salta y avanza. Las luciérnagas apagan la noche…y la espera.







* Basado en "Muchacha de espaldas" –Salvador Dalí- Año 1925



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar













Persona tan distraída que soy...*







Mientras leo, pienso en aquellos verdes colores que adornan las nubes a nivel del suelo, y contra las cuales parecemos acercarnos en progresión infinita sin alcanzar a tocarlas. Las letras de este libro pasan frente a mí corriendo, sin tropezarse si quiera alguna ante mis ojos.



Pienso en aquella frase que crece de las semillas que duermen debajo de una buena sombra en medio del campo, y que cantan mientras hablan diciendo que “puede muy bien acontecer que aquella persona que no escribe un libro como ustedes, sepa cultivar la tierra de un modo eminente, y esa persona valdrá, por tanto, lo que ustedes con su libro”... Y no recuerdo de quién, ni de dónde germinó entre mis manos esta frase.



Y el tren avanza silencioso por parajes rurales, cuyos recuerdos ahora descansan en los ojos bellísimos de lombrices que viven distraídas con la frescura del viento... Una de ellas aborda el vagón pegada a la zuela de mi zapato, sin pagar su boleto.



Miro los árboles que derraman palabras, y recojo algunas que han caído desordenadas al piso, y alguien, cuyo nombre he olvidado, ha acomodado de tal forma que puede ser leído: “se horrorizan de que queramos abolir la propiedad privada, pero en su sociedad actual, la propiedad privada está abolida para las nueve décimas partes de sus miembros... Nos acusan de querer abolir su propiedad privada: efectivamente, eso es lo que queremos”.



Esto de distraerse es lo mío.



Hoy, entre la lluvia tibia y el lodo amorosamente adherido al extremo inferior de mi pantalón que arrastra por el suelo, tengo que viajar en tren, bajar en la estación Ingeniero de Madrid, y salir para no se dónde hasta encontrarme con no se qué, o no recuerdo quién.



Mientras me arrullo con el vaivén de mi sangre entrando y saliendo a cada tejido, no me apura el recordarlo, y en mi mente se agolpan los recuerdos incontrolados de aquel importante autor que escribió: “el estudio no se mide por el número de páginas leídas en una noche, ni por la cantidad de libros leídos en un semestre. Estudiar no es un acto de consumir ideas, sino de crearlas y recrearlas”.



El sueño rojizo del Sol al atardecer me trae la férrea idea de que lo único importante es saber que tengo qué llegar a Ingeniero de Madrid... Leo sin demasiada atención un letrero que hay pegado en la pared dentro del vagón, y que no recuerdo si estaba o no cuando subí hace una, dos o tres estaciones atrás: “Todos los Caminos Conducen a Roma”, decía el letrero.



“¡Persona tan distraída que soy!”, pienso yo... “Otra vez he vuelto a equivocar el camino”.





*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com















"Ingeniero de Madrid: un holograma"*







*Por Alfredo Armando Aguirre. choloar47@rocketmail.com





-Escrito para el espacio "Inventiva Social, que anima Eduardo "Mendieta" COIRO







De Bill Ellis, aprendí hace pocos años que nuestro cerebro es un "Holón", donde nada de lo captado por los sentidos deja de permanecer en el cerebro y configura nuestro conocer. Y cada elemento que se incorpora la cerebro por los sentidos resignifica el resto. Dicho de otro modo: aquello de "que me

entra por un oído, me sale por el otro", es una falacia. Por eso, lo consigna Ellis, le dieron el Nobel de Medicina a Sperry hacia 1981.

Eso me ha pasado con el concepto jungiano de "sincronía", que socava la secuencia " P, entonces Q" o sea de causa y efecto, que el amasijo de Laplace, Newton y Descartes, difundido por el normalismo sarmientino, condicionó los holons de las generaciones argentinas vivas y las que nos precedieron, desde por los menos la Ley 1420.

Claro que antes de incorporar a nuestro Holón el concepto de "sincronía”, habíamos incorporado en el "serendipidad". Según este, la "serendipity", se da cuando buscando una cosa encontramos otra. Al escribir empiezo a barruntar que serendipidad es una suerte de gambito a los que no se bancaban la

sincronía jungiana.

Pero así las cosas, él aparcero Coiro me estimuló para que escribiera algo sobre el empalme real o imaginario (Sé igual, le haría decir a Minguito Tinguitella, la pluma de Peregrino Salcedo) en Ingeniero de Madrid.

En el momento de la invitación, oí al pasar a un sociólogo que por radio decía que "el fútbol es un holograma de la Argentina". Conociendo esa noción de holograma (creo que también abrevada vía Ellis, a través de su espacio Comunities Autoelarning), me pareció aplicable a este empalme.

Porque Ingeniero De Madrid es un holograma de la Argentina (Prefiero pensar en las Argentinas en cuanto estado pluricultural y multiétnico). Y como congruente con el Holón y las sincronías abrevamos en la recursividad (aprendida de Mourin), no es tan relevante que eso se haya dado en el pasado, porque también puede reiterarse en el futuro.



"Todo lo que un hombre pueda imaginar otro podrá realizarlo", es una cita de Julio Verne, que leímos en un cartelito, en una época donde no teníamos Estado de Derecho. Pero el mensaje fue captado por nuestro Holón y allí quedo. En algún lugar siempre presente. Podemos sacar colorarios de ese concepto, por ejemplo: que todo lo que se ha realizado, puede llevar a otro a volver a imaginarlo y y luego, eventualmente realizarlo. Como si la humanidad fuese un gran cerebro y cada uno fuera una neurona (Bueno esto por allí lo leímos del casi ignoto Carlos Molina Massey).

El empalme pues tuvo lugar en una circunstancia espacio -temporal especifica y puede volver a replicarse, para empezar en el mismo sitio, donde se esta virtualmente anclado y donde incluso hay vestigios de ese anclaje. Vestigios, que en una versión recursiva como la que adopto de la noción de "pródromo" o anticipo, que abrevé en Andre Marshal (cuanta cita; parece que curto onda

culturosa en estos instantes....), justamente los vestigios son pródromos, como su vez los pródromos fueron a parar en vestigios.

"El mapa no es el territorio", leímos alguna vez en Eric Berne. Una cita muy remanida en los ambientes de las Humanidades de tiempos muy cercanos a nuestro "aquí-ahora". Claro que quien esta cercano a la Cartografía, y mas aun quien vivencie las maravillas de ingenios como el Google Earth, relativiza dicha aseveración.

Por eso cuando empezamos a meternos en el empalme, lo primero que se nos ocurrió, fue mirar el mapa de la provincia de Buenos Aires: Mas específicamente el mapa político, donde se grafican las divisiones en

partidos que adoptó la provincia. Y esta ocurrencia fue porque en mente teníamos que el Partido de 9 de Julio donde esta el empalme, desde que a alguien se le ocurrió que allí estará, limitaba con el Partido de 25 de mayo. Bueno, buscamos el mapa y efectivamente, los partidos con las dos fechas patrias mas emblemáticas de la argentinidad insuflada desde la escolaridad primaria, limitan.

Y eso hasta denota la lógica de los denominadores, o sea los Legisladores de la Provincia de Buenos Aires, de la segunda mitad del siglo 19.

Con anterioridad en nuestros estudios sobre los ferrocarriles y con la conmoción que nos sigue causando, lo que Cena denomino el "ferrocidio" (execrable combinación de la Ley 5.315, la ley Nacional de Vialidad de 1932, el Decreto de Promoción automotriz de 1959 y el Plan Larkin de Marzo de 1962), habíamos percibido que esa tragedia se hace mas flagrante por la cantidad de ramales y consecuentemente estaciones clausuradas en el Partido de 25 de Mayo.

Y dado que este partido, limitaba con el de 9 de julio, lo padecido por 25 de mayo se extendía al partido vecino.

Involuntariamente en 1907 y deliberadamente en 1932, en 1959 y en 1962, la conjunción emergente necesariamente tenía que colisionar y eventualmente minimizar al holograma que emergía en el empalme como una suerte de iceberg.

Mas arriba nos referimos a los límites políticos que los dirigentes de la provincia de Buenos Aires, habían dado a la provincia después de la caida de Rosas y sobre todo después de la federalización compulsiva de la ciudad de Buenos Aires en 1880.

Se ha escrito mucho sobre la generación del 80 y la funcionalidad del "proyecto de esa generación, al imperio británico, en tanto potencia hegemónica de ese tiempo, que se prolongó hasta el fin o comienzo de la Primera Guerra Mundial.

Cunado uno va no a las historias sino a las simples cronologías de la época y las empalma con lo que nos contaron los abuelos de las generaciones argentinas, cuyo padres o abuelos habían sido testigos de los aconteceres concretos, a veces las cosas son distintas a lo que dicen los libros. Esos libros hasta contradicen los documentos de base...

Las cosas no eran tan lineales, como algunos nos las vienen contando. No podría serlo porque la linealidad, es tan solo una conceptualización más. Felizmente vivenciamos aunque traumáticamente un tiempo donde esos hegemonismos conceptuales saltan por el aire, con el horror de no pocos.

Y por eso nos estimuló la figura del holograma (en tan replicador de bosquejos), por lo que representó el empalme y por lo que puede representar.

Debo agradecer a este espacio generado por el aparcero Coiro, porque me permitió verificar en carne propia, lo que alguna vez leímos de uno de nuestros autores de cabeceras, esto es Gunther Rodolfo Kusch (1922-1979). En sus "Obras completas", no se ha incluido una disertación que diera en la Fundación Bariloche hacia 1972. Allí Kusch señalaba la mayor capacidad de la novela en cuanto trabajaba con "códigos abiertos" ante la ciencia que trabaja con "códigos cerrados". De modo similar se refería a este "lecho de Procusto" (Te lo dije, te pusiste culturoso hoy...) quien fuera nuestro profesor Juan Bernardo Pichón Riviere (El hermano del conocido psicólogo social) que anatemizaba contra "la ciencia experimental, formalmente matematizada".

El holograma, del empalme, nos proyecta un tipo o modelo que sociedad que intentaba conjugar algunos criterios que no eran los hegemónicos en términos conceptuales, sino que estaban allí, surgiendo de las experiencias que daba la practica cotidiana. Tenían ese sesgo del autonomismo que caracterizaba a la provincia de Buenos Aires, frente a los aprestos hegemónicos que se intentaban desplegar desde Buenos Aires, ciudad y antes desde Paraná.

Lo que condujo a las cruentas batallas de Buenos Aires en 1880 tenía que ver con esas visiones encontradas. Y el fin de la violencia intensa no dio término a la disputa que continuó y... continúa.

La diferencia de trocha, no era un dato menor, en lo que estaba ya esta en juego. Eran dos filosofías, dos plexos de intereses, que algunos no querían ver y otros todavía no lo perciben. Por eso el interés por bucear en estos ferrocarriles de trocha angosta. Ellos dieron lugares a batallas conceptuales y no tanto de "baja intensidad". Así algunos que hoy pasan por héroes de la liberación nacional, muy sueltos de cuerpo pedían que cierren estos ramales, simultáneamente con la compra de los ferrocarriles cuando ya

estaban molestando a los automotores de origen norteamericano.

Y después estaban las disputas internas entre burócratas que conciente o inconcientemente, le hacían el juego a esta diputa. Por ejemplo, los que se habrían abroquelado en los Ferrocarriles del Estado. Hemos escuchado hace un tiempo a algún memorioso (de esos que cuentan cosas que no se pueden demostrar con actas notariales) que la "gente del Ferrocarril del Estado, le tenia muchas ganas al material de Ferrocarril Provincial". Es por eso y por encima o por debajo de las circunstancias políticas, la gente del ex- ferrocarril del Estado ahora ya Belgrano luego de la nacionalización de 1946/4947, vio que la caída en desgracia política del Gobernador Mercante, después de la convención constituyente de 1949, era la ocasión para pegarle el "roscazo" al Provincial y hacerse del Provincial y su valioso activo (sus maquinas de Vapor suecas Nohab y sus coches motores suizos Sultzer, para el caso). Y lograron nacionalizar el ferrocarril Provincial en 1951, pasándoselo al Belgrano.

Y hablamos antes de serendipidad y sincronía.

No hace un tiempo, ayer mismo (al día que redactamos esta comunicación), estábamos dando puntadas finales a una investigación que no estaba precisamente focalizada en el tema que ahora nos ocupa. Estaba leyendo en línea un ejemplar del Boletín Oficial de la República Argentina del 4 de diciembre 1943. Y en el sumario del mismo, vemos la síntesis de un Decreto: el Número 14.091 firmado por el presidente de facto Ramírez, el 24 de noviembre de ese año.

Casi nadie lee el Boletín Oficial y sin dudas el de ese día, en esa época.

Justamente porque ese mismo Boletín publicaba la creación de la Secretaría de Trabajo y Previsión a cargo del Coronel Juan Domingo Perón (¿Lo tienen?).

En la síntesis se leía acerca del cambio de jurisdicción del F. C. Midland.

Mi curiosidad pudo mas y me fui a "chusmear" el Decreto. Vale comentar, porque soy de los que creen en la riqueza informativa de documentos como los Decretos, que en los "Considerandos" de los mismo, se consignan datos muy jugosos, porque allí constan las motivaciones, fundamentos y alguna información que justifica el dictado de este tipo de normas; por supuesto lo que resulta "confesable". Y en esos considerandos descubrí (“Aprender es descubrir" escribía Fritz Perls, en "Sueños y existencia"), que el Midland y el Compañía General tenían un "EMPALME!!!! En Plomers (pasando Villars).

De lo que dijimos de como se las habían ingeniado los del ex- Ferrocarril del Estado para absorber al Provincial, se nota como esto era un antecedente: que la Nación le había dado un "sartenazo" a la provincia, sacándoselo de su jurisdicción. Como se ve la misma lógica.

Eso por un lado: Lo otro es que esto demuestra que si había un empalme concreto (Con todo lo que implica un empalme, sobre todo en tiempos previos al "ferrocidio"), necesariamente algo hubo del empalme De Madrid.

Seguramente eso andaba en la mente de los que están cerca de las cosas. Y se suponga que la gente del Provincial , y del Midland se bancaron la situación. Esto acaecido en 1943 y lo de 1951, demuestra para donde iba una fracción.

Por eso no es de extrañar que hubiera una "devolución de atenciones".

Por la época que el ingeniero Maggi (fallecido en marzo de 1973, la noche de la victoria de la formula Campora - Solano Lima), el presidente Perón hacia mediados de 1954, firmó un Decreto creando el Ferrocarril Nacional de Trocha Angosta de la provincia de Buenos Aires. Llego la Revolución

Libertadora y reaparecieron los que reiteraban la necesidad de levantar esos ramales: Frondizi, Videla y Menem lo hicieron...

En comunicaciones anteriores para "Inventiva social", nos hemos referido a los propósitos de estos ferrocarriles de trocha angosta. Ser pobladores. Pasar por donde no pasaban los ferrocarriles de trocha "ancha", que llevaban los grande tráficos

Contamos que fue el senador provincial Williams el artífice de un ferrocarril como el Midland: típico plasmador de la noción de "fomento", hoy poco practicada, pero de mucho potencial en cuanto al desarrollo sustentable.

Contamos otra vez del emporio turístico termal que se intentó armar a la vera de la laguna Epecuén, punta de riel del Midland.

Y como los dijimos antes, los trazos están disponibles y la red de poblaciones ha subsistido en sus vestigios que también son pródromos.

Por eso el empalme de Madrid es un holograma de algo que puede y que será.

Los tiempos son relativos. No le verán tal vez mis ojos. O los verán en otras encarnaciones.

Pero la semilla esta sembrada.

Tan solo esperara el momento adecuado para volver a germinar.

Entonces crecerá con más fuerza...





(Buenos Aires 10 de setiembre de 2011)















NIÑO DEL TREN*





A Carlos Ramírez Tamayo







Niño del Tren,

Nacido en casa tan pobre

Que no la abatían las tormentas:

Como ella, entre miserias, resistía.

A su lado, paralelas, las líneas escoltaban su mirada.





Acunado por la nana del camino de hierro

Soñaba partir rumbo a lo desconocido.

Esperando el momento de la huida

En busca de quién sabe qué destino no dictado

Por humanos.





Sabía - el canto de los rieles lo susurraba en su oído -

Que su hado estaba en el vagón aquel,

Inalcanzable y cercano,

Cargado de ajadas sonrisas.





Un día, subió a lomos de la bestia mecánica.

¿A dónde lo llevó?

Nadie lo sabe.

Sólo conocemos que viró crecido, feliz,

Iluminado.





La historia de lo que aconteció

Al que corría descalzo siguiendo los raíles,

Quedó en ellos.





El Niño del Tren no llegó siquiera a ser anciano,

Ni siquiera sus hijos lo recuerdan, mas

Cuentan las estrellas que el carril llora su ausencia:

Su triste canto

Arranca lágrimas a la madrugada.







*De Marié Rojas.

La Habana. Cuba.

(1999)













Instantáneas en el Provincial. *







*Por Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar









- SANTIAGO GARBARINI





El profesor ve la alambrada paralela a los rieles. Piensa: "la Argentina fue construida a partir de alambradas, estas: reales y visibles, que parcelan campo en propiedad privada desde los costados de la vía hasta un punto que no deja ver el horizonte. Y las simbólicas que no dejan pensar más allá de esas púas oxidadas"











- BLAS DURAÑONA.





Es la medianoche. Han apagado las luces del vagón para que la gente duerma.

Afuera hay luna plena y cielo estrellado, es la luz de la noche la que ilumina el interior del vagón, dibuja formas extrañas según ingresan las sombras de los árboles altos que bordean cada tanto el recorrido. El hombre lee a Saramago gracias a una débil luz individual. Encuentra una frase que lo sacude: "La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devoradoal padre".

Piensa en su padre, nacido en un hogar campesino en la Italia de1923. Ese sueño que lo sacudió ya anciano: los lobos se comían a sus ovejas y él no podía hacer nada para evitarlo. Así se despertó, y de esa cara de espanto de su padre, el hombre no se olvida. Piensa en su padre, en él, en sus hijos. En otros padres con sus hijos. Todos acechados y finalmente devorados por la culpa. El espanto no lo deja dormir.



En los sueños de muchos hay aullidos.









- LUCAS MONTEVERDE.



Dos novios se dan un beso en el andén. La chica sube al tren.

Beatriz vuelve a decirle "cuando la gente se quiere ver, se ve". Fue la despedida y ocurrió cuando ese hombre que mira era un adolescente de la edad del chico que quedo allí, parado en el andén, viéndola partir.









- EMILIANO REYNOSO.



Mientras coloca su maletín en el portaequipaje puede escuchar la frase que llega desde las butacas de atrás: los sueños que tenías a los 20 años se han convertido en pesadillas después de los 50.









- JOSE RAMÓN SOJO.



Baja del tren a estirar las piernas. El tren se detendrá pocos minutos.

Cuando volvió a funcionar el tren -se entera en el andén- no había nada fuera de la estación y unos pocos habitantes que se radicaron con el trabajo que genera el ferrocarril. Al poco tiempo construyeron una enorme iglesia, que ocupa una manzana completa. La estación tiene su publicidad en una enorme

cartelera: "Pare de sufrir en José Ramón Sojo", mas abajo se leen horarios de culto para la semana.

El hombre abre una pequeña agenda y anota, espero no necesitarlo nunca -se dice- pero por las dudas me llevo esto anotado:

"Reunión de los casos imposibles. Domingos 18 horas."









- ÁLVAREZ DE TOLEDO.



Una gitana lee las manos de los recién llegados que la acepten. "Cuídese de la gente que no da nada... y mas aun de los que viven colgados del cuerpo de los otros" le dice al joven que promete no olvidarlo.







- POLVAREDAS.



Mira la ventanilla. Por instantes se espeja. Y puede ver, no la extensión de la llanura. Sino la profundidad del desamparo en su mirada.







- JUAN ATUCHA.



Sube un hombre, va a cobrar su jubilación a La Plata. Se sienta al lado de otro hombre que escribe en un anotador. El jubilado que puede llamarse Juan o Hilario piensa que su vecino de asiento es escritor.

Le cuenta de su vida: "Hice de todo, de peón de campo a albañil, pero no me olvido de la vida de campo.

Veo a mi padre segando el maíz con guadaña. Criábamos animales, no nos faltaba nada. Era una vida dura pero nunca nos falto para comer. (Levanta la voz, se enoja) pero la gente de la ciudad no tiene nada, porque sin tierra no tenes nada aunque tengas el mejor auto. No saben hacer nada, o si, firmar cheques, mover dinero y joder al que labura." "En la ciudad fui pintor y albañil, hasta que me harte de vivir mal y me fui a vivir al campo. Hágame caso, escriba un libro. Póngale de título Pocho el albañil"

Cada cual construye su épica con lo que tiene, con lo que puede, piensa elhombre que lo escuchó y no quiere decepcionarlo, Pues en su anotador habíafrases como "maldito enduido interminable" que no se parecen a las formas de un escritor.







-JUAN TRONCONI.



Un vendedor ambulante pasa cantando "el amor sobre toda diferencia

social, el amor puede más" y desliza una mirada de deseo para unas chicas de la primera fila.









-CARLOS BEGUERIE.





Este pueblo tiene vida propia. Resistió el fin del ferrocarril y ahora sus habitantes se miran con orgullo y parecen decirse: aquí estamos, con o sin tren vamos a mantener el pueblo vivo.







- FUNKE.



Sólo se ven fantasmas. A todos se los trago la boca inmensa del tiempo.









- LOS EUCALIPTOS.



Lucio quiere conocer el lugar donde estaba la chacra del que fue su abuelo.

Lleva una advertencia escrita en un libro de Antonio Dal Masetto: "A todos los que volvieron buscando lo que ya no estaba"









- FRANCISCO A. BERRA.





Un hombre viejo vivía en un vagón abandonado que originalmente fue del ferrocarril Santa Fe. El lugar sigue siendo una carbonería que queda a 200 metros de la estación terminal del tren de trocha angosta. Fue ferroviario.

"Entre de pibe, era auxiliar de instalaciones, creo que fue en 1952, un poco antes de la muerte de Evita. Y estaba cuando cerraron el taller, cargaron todo en vagones: máquinas, locomotoras, herramientas, todas apiladas como chatarras, había una máquina que permitía girar y agujerear en 360 grados,

hermosa, una belleza, se llevaron todo y nunca supimos adonde".



-Quiero hacer un museo en Berra, -decía mientras pesaba leña de quebracho en "La Mulatiere" Quedo esta balanza para pesar carros. Puede pesar de un gramo a 30 toneladas. Se lee en letras de hierro un nombre que expresa la lejanía de quien la fabricó: B. TRAYVOU CONSTRUCTEUR.



Durante años fue juntando como un ciruja ilustrado los recuerdos ferroviarios que se tiraban a la calle, cuando se cerraban ramales y se vaciaban edificios enteros.



Es el sueño cumplido de Don Tito. La estación que preservo su familia como casa - museo ferroviario vuelve a ser una estación real.











- GOBERNADOR UDAONDO.



"La estrella de Udaondo"

El mejor almacén de la zona. El mejor y el único -dice el dueño del boliche, y se ríe con ganas

mientras corta fetas de salame para calmar el hambre del viajero.









- LOMA VERDE.



En la antigua estación hay un jardín de infantes, desde el patio se oye Al don, al don pirulero, cada cual, cada cual atiende su juego...

El Individualismo burgués, -piensa el profesor- confirmado hasta en antiguas canciones infantiles que persisten.







- ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.





Quisieron hacer una broma y arriba de la palabra "Gómez" pegaron una madera con el mismo tipo y color de letra donde se lee "Diego". Más abajo, los autores pintaron con aerosol una frase para justificar el cambio de nombre: "Cómo usted sabe, la injusticia nos concierne a todos" Diego de la Vega, El Zorro.







- ARANA.





Viaja sin respuestas por la vida. El psicólogo que le vuelve a preguntar:

¿Cómo llegaste hasta acá? ¿Cómo?

Y él sin respuesta. Ni siquiera para contestar con una ironía: "en el tren de las 10.40 hs"









- GOBERNADOR GARCIA.



Fueron los mismos. Estoy casi seguro. Aquí el cartel original de la estación fue reemplazado por Gobernador Demetrio López García. "Barítono". ¿A quien se le habrá ocurrido? En esta época los jóvenes fueron criados por los Simpson, no por El Zorro o Bonanza.







- LA PLATA.



El hombre deja su tarjeta, un modo de dejar su nombre en el recuerdo de otro, en este caso el joven vecino de asiento que ocupaba la ventanilla y que desistió de la indeferencia para conversar. El hombre de la tarjeta tiene 75 años y viaja a recibir su título universitario. Con glaucoma y cataratas a cuestas ha logrado aprobar todas las materias y llegar al mismo título que no pudo lograr su hija, detenida desaparecida por la dictadura. Ese compañero circunstancial de viaje encuentra años después la tarjeta entre papeles apilados y la lee: Alberto Ramón Acosta. Fotógrafo Acosta.













No me gustan las despedidas*





No me gustan las despedidas. Ese olor a tristeza que flota en el aire. Esa promesa de reencuentro que de antemano se sabe imposible. El gimoteo desesperado de algún pequeño. La mirada ausente de los adultos. Me molesta, sobre todo, el momento en que se produce el quiebre, y la angustia disimulada hasta ese momento se apodera de la escena. Las risas y bromas dan paso a esa incontenible sensación de vacío...

No, decididamente, no me gustan las despedidas; sobre todo cuando, como ahora, me veo en la ventanilla, agitando la mano izquierda, mientras, en el andén, la soledad me envuelve y sólo atino a levantar un poco la vista, que sigue el recorrido de la máquina, esperando que el tren desaparezca, y yo me pierda, para siempre, tras el horizonte.







*De ©Dante Schettini. dante.sch@gmail.com



Copyleft: Se permite su reproducción, sin modificaciones, siempre que no sea con fines comerciales y manteniendo, en todos los casos, el presente texto.

http://zonamutante.blogspot.com/2006/08/no-me-gustan-las-despedidas.html







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Inventren Próximas estaciones:



ORTIZ DE ROSAS.

-Por Ferrocarril Midland-



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ISIDRO CASANOVA. JUSTO VILLEGAS. JOSÉ INGENIEROS.



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JOSE RAMÓN SOJO. ÁLVAREZ DE TOLEDO. POLVAREDAS.



JUAN ATUCHA. JUAN TRONCONI. CARLOS BEGUERIE.



FUNKE. LOS EUCALIPTOS. FRANCISCO A. BERRA.



ESTACIÓN GOYENECHE. GOBERNADOR UDAONDO. LOMA VERDE.



ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.



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D. SÁEZ. J. R. MORENO. EMPALME ETCHEVERRY.



ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY. LISANDRO OLMOS. INGENIERO VILLANUEVA.



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Friday, February 10, 2012

ESTACIÓN MOREA




InvenTren.



INTENTANDO FUGAS*


Mi mirar viaja
hacia comienzos que esperan
adheridos a horizontes.
El lema es comenzar,
construir mañanas
con excusas cosechadas
para salvar abismos.
Así que nadie sepa,
que nadie bloquee caminos.
Los comienzos lucen rosas
en primaveras que se repiten,
el eterno comienzo ilumina
esperanzas dormidas
que siempre están allí
para salvarnos.
Mis pasos marcan huellas
diferentes y aladas
que liberan la esencia de ser libre,
único sentido de la vida.


*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar









Quisiera que Estuvieras Aquí*



Me crié con la idea de que en mi país todos somos holgazanes. Todo lo que producimos es inútil. Que hasta el maíz y el chocolate, nacidos aquí, se hacen mejores si vienen de fuera.




Crecí mirando que a toda Latinoamérica se le educa igual: no aspiramos a otra cosa que no sea tan sólo intentar copiar lo que viene de lejos de nosotros.




Siempre viví despreciando lo hecho aquí, aún cuando las manzanas fueran iguales y no hubiera mayor diferencia entre un pantalón de aquí y uno de allá, que la marca y la leyenda “hecho aquí” o “hecho allá”.




Con el tiempo, me comenzó a resultar difícil aceptar que todo lo que hacemos es inferior.




Un día, comencé a notar que nuevos productos llegaban al municipio en que vivo: fruta colorida como la luz que se refleja en la lluvia, y que se decían ser las mejores, todas ellas venidas del pueblito de Morea, en el Partido 9 de Julio... Ropa hecha en Morea, licuadoras, televisores, computadoras... Todo ello asegurando ser lo mejor.




La gente por acá los compraba y quedaba muy complacida de su adquisición.




Yo me alegré de saber que por lo menos existía un pueblo latinoamericano orgulloso de sí mismo, digno de su historia. Meses después de la llegada exitosa de los productos (ideados, desarrollados y traídos directamente de Morea), se anunció la construcción de una terminal de ferrocarril, aquí, donde vivo, y con destino directo al pueblito argentino, rehabilitando la vieja Estación Morea. La obra se anunciaba como la gran maravilla moderna, y un eje de comunicación y comercio, tan importante que nunca se había ideado algo igual en la historia del capitalismo. No entendía por qué un pueblo como Morea, quería comunicarse con un pueblo como el mío, tan incrédulo de sí mismo y dispuesto en todo momento a negarse.




Cuando la línea del ferrocarril estuvo terminada, compré de inmediato mi boleto para ser de los primeros en viajar, desde la terminal de Cholula, hasta Morea. Todo mi trayecto no pude dejar de pensar en la gente que iba a conocer: imaginaba a todos seguros de su pueblo, de su poder productivo, de su importancia histórica; no como nosotros, siempre tratando de imitar a quien viene de lejos.




El viaje duró a penas unas horas, pues la locomotora, poniendo en alto el lugar a donde nos dirigíamos, era hecha completamente en Morea. Cuando llegamos, noté que la locomotora de regreso estaba hecha en Cholula, lo que me causó algo de asombro.




Me bastó con una inicial caminata para aumentar más este asombro, y desconcierto: la gente allí vivía contenta de sus electrodomésticos, comía lo que, a su parecer, era la mejor fruta, vestía gustosa trajes de todos colores y conducían vehículos muy confortables... Y en todos ellos, y ante la vista de todo quien le mirara, relucían las etiquetas que ponían en alto el lugar de donde habían venido esos artículos: "Hecho en Cholula", y la gente se arremolinaba a la salida de la Estación Morea, para ver a esa gente que venía de aquel orgulloso pueblito mexicano, quienes creían en sí mismos, en su fuerza productiva, en su importancia histórica... Quienes, seguramente, sólo venían para constatar lo buenas que eran las mercancías que producían.




*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







Regresarás, porque el regreso*



Regresarás, porque el regreso
es la madera inevitable del árbol del destierro.

Regresarás vencido, caminando despacio,
y esos mismos lugares ya no serán los mismos.

El parque de tu infancia ya no es el mismo parque,
tiene otro olor el césped, otro color las piedras,
y esos viejos senderos no recuerdan tus pasos
porque otros son los pasos que ahora arañan su arena.

¿Dónde estarán aquellos atardeceres tibios?
¿Dónde el contorno ansiado de las adolescentes?

Contemplarás el lago, su silencio temible,
pero es otro silencio, no son las mismas aguas
que una vez reflejaron la imagen de tus sueños.

Sólo serán los mismos los nombres de las cosas,
los nombres de las calles, los números, los coches,
y tal vez las ausencias.

Y así, aun este último reducto será como un rechazo,
como un viento caliente soplando entre los árboles
y calcinando un poco más los restos mortecinos
de tu agotado corazón que lentamente va apagándose
hacia regiones ciegas donde todo es exilio.


De El rostro prohibido

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/








Errante en la vía*



*Por ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar



Aunque hayan transcurrido ya varios meses desde aquella terrible experiencia, el Licenciado Zelmar Araujo, mientras avanza tambaleante sobre estos rieles de trocha angosta, rumbo a la próxima Estación, aún continúa sintiéndose arrasado por el desconsuelo. A lo largo de toda su carrera profesional, jamás pudo pensar seriamente –más allá de alguna angustiosa fantasía desvelada- en que algún día se vería envuelto en una situación semejante.
Todo comenzó unos cinco años atrás, cuando aquella mujer acudió a la consulta, dispuesta a convertirse en su paciente. El Licenciado, psicólogo de profesión, la recibió y escuchó atentamente el relato de sus padeceres. Una historia familiar enrevesada, donde cada generación repetía casi puntualmente la historia que la precedía, y de cuyo entramado nadie parecía poder –o desear- escapar. Hijas que tenían una pésima relación con sus madres, y que en lugar de proponerse construir algo diferente para con sus propias hijas, elaborando sus propios conflictos, terminaban calcando los mismos síntomas que las habían forjado en sus respectivas infancias. Una cadena sintomática muy parecida a una formación ferroviaria, donde cada integrante asemejaba a un vagón de tren, y vaya a saberse quién sería la locomotora. ¿Un deseo silente, quizá, imposible de ser puesto en palabras…?
El Licenciado Zelmar Araujo escuchó ese relato durante centenares de semanas, familiarizándose con los personajes, prediciendo casi las reacciones de cada uno, intentando quebrar la monotemática letanía de aquel discurso con intervenciones tendientes a una apertura, que permitieran respirar mejor, con un aire diferente. Y hasta le parecía que sus dichos horadaban pacientemente esa coraza que la paciente había ido forjando a lo largo de su vida, poniéndole palabra a lo que ella callaba.
Sólo que una distracción fatal le ganó la partida. A los dos años de haber iniciado el tratamiento, a la paciente se le declaró un quiste en un pecho, que con el correr de las semanas se fue transformando en un tumor encapsulado. La intervinieron de urgencia, y como medida precautoria, según lo que ella le refería al Licenciado, decidieron aplicarle durante los meses venideros una acotada serie de dosis de quimioterapia. Ella se manifestaba muy angustiada ante lo que había ocurrido, sin poder explicárselo, y se volcó de lleno a la religión, luciendo en su cuello desde entonces -y hasta varios meses después de culminar el tratamiento quimioterápico- una enorme cruz de plata, intentando encontrar en ella algún tipo de consuelo.
Fue pasando el tiempo, los controles médicos no referían mayores preocupaciones, aparentemente su organismo se había estabilizado, y la terapia psicológica continuó su ritmo habitual, sin que la paciente se refiriese a su afección de otra manera que no fuesen “microcalcificaciones”. El Licenciado Zelmar Araujo aguardó a que ella volviese a remitirse al tema para ahondar en él, pero el tiempo fue pasando, la normalidad regresó, y “de eso no volvió a hablarse”.
Estaban por cumplirse los cinco años de tratamiento, durante los cuales la paciente había ido teniendo cambios considerables –se había ido de la casa de su madre para mudarse con su hija a dos localidades de distancia, iba cortando gradualmente el lazo de dependencia con su mamá o sus tías, insistió para que el abandónico padre de su hija le diese el apellido, temerosa de que “le pasara algo” respecto a su salud y la nena quedase sola…-, cuando comenzó a quejarse de dolores en la espalda y en las manos, como si la molestia excediese cualquier contractura muscular y se extendiese hacia los huesos. El Licenciado Zelmar Araujo consideraba que estaba atravesando por un intenso período de angustia, aunque no veía nada extraño que operase como aval de sus hipótesis en el relato de la paciente. Ésta, a su vez, deambulaba en las sesiones por los temas de siempre. Y el profesional le restó importancia…
Aquél resultó su mayor error.
Nuevas consultas con el oncólogo y una fatal radiografía dieron testimonio de unas extrañas manchas en la espalda, que derivaron –biopsia mediante- en una cruda metástasis ósea. La paciente se desbordó, abandonó sin aviso el tratamiento psicológico, y le comunicó las novedades por teléfono, cuando el Licenciado Zelmar Araujo la llamó, una funesta tarde de invierno, para concertar un nuevo turno.
Se había quedado sin palabra. Aquello que se materializara silente a través de los tejidos corporales de la paciente lo había enmudecido. No había sabido qué decirle en aquel último contacto telefónico, en el que ella lo había acusado de manipular su mente, sin haberla contenido ni derivado con algún otro profesional idóneo que pudiera tratar “un caso como el suyo”, conduciéndola de manera negligente hacia un rumbo muy distinto al de la curación. Ya sin saber qué decir, ganado por la culpa y sintiéndose el falta ante semejante demanda masiva –que quizá exigiese de sí mismo un improbable milagro-, el Licenciado Zelmar Araujo profirió un trémulo:
-Espero, de corazón, que se mejore, y salga airosa de esto.
-¡Dios lo oiga! -, remató la paciente, antes de cortar. –Y si Ud. es creyente, rece mucho, mucho, para que esto se revierta.
Los buenos deseos quedaron simplemente en promesas. El milagro jamás se produjo. Y la pesadilla no hizo más que comenzar…
Aún no habían transcurrido un par de meses desde aquel fatídico día cuando el Licenciado Zelmar Araujo –apaciguada su conciencia al recapacitar en cada detalle del caso, y convalidar el silencio que la propia paciente había impuesto sobre el tema, negándose a tratarlo, más allá de su propia “distracción” profesional, que lo obligó a supervisar sus restantes casos en forma regular, a fin de evitar complicaciones semejantes- recibió una cédula judicial donde se le informaba de una causa legal en su contra, por obrar con mala praxis en el ejercicio de sus habilidades profesionales. En primera instancia, consideró que todo ello no era más que un desborde de furia de la paciente, resignada a aceptar un final en extremo doloroso, pero deseosa de arrastrar a alguien con ella en la caída.
¿Se negaba a aceptar el daño que le habían hecho de manera inconsciente sus propios parientes al negarle parte de su pasado, frustrada además ante la posibilidad concreta de la propia muerte, por lo que proyectaba sus feroces rencores en contra del respetuoso profesional que la atendiera durante casi cinco años, pendiente de una -hasta entonces- errática evolución del caso? El estado anímico del Licenciado Zelmar Araujo era desastroso. Varias veces intentó ponerse nuevamente en contacto con ella, para que recapacitase, para evitar llevar esta dolorosa situación cada vez más lejos. Sin embargo, consideró que era inútil; si de nada habían servido sus esfuerzos para hacerla cambiar de opinión durante la última llamada telefónica, menos aún aceptaría hablar con él en estos momentos, resentida y resignada.
Acudió a la audiencia preliminar, se defendió de la mejor manera posible –alegando que el carácter todopoderoso para la curación no era otorgado junto con el título académico-, contrató a un abogado para que lo representara en las audiencias posteriores con el Juez, alegó sus mejores hipótesis respecto del caso al llegarle el momento de hacer su descargo, pero nada de ello fue suficiente. En un lapso de escasos meses, abatido por el stress y los pensamientos más funestos, sus peores pesadillas se hicieron realidad, agravadas por un defensor inexperto, sus deudas impositivas, y la falta de pago de la matrícula profesional provincial –cuyo pago al día hubiera puesto de su lado al hipócrita y genuflexo Colegio de Psicólogos-. El Juez, bastante clerical en sus dichos, fue taxativo: le revocaron ambas matrículas
-provincial y nacional-, alegando su falta de capacidad para llevar adelante casos de gravedad, “careciendo de una visión abnegada para con el prójimo, cuyas almas padecen sinsabores tan amargos”, y su actitud negligente al no supervisar el caso a tiempo, con las perjudiciales consecuencias padecidas desde entonces por la paciente.
Desde el día de la fecha, ya no podría volver a ejercer como psicólogo.
Salió del Tribunal con la mirada perdida y el ánimo deshecho. El mundo se precipitaba sobre él, como si un gigantesco dedo divino, representante de la Maldita Culpa Superyoica, lo señalase desde las alturas y le exigiera que se arrepintiese. ¿Qué haría a partir de ahora? Lo ignoraba. Sólo quería zambullirse en el primer bar que encontrara y ahogarse en unos cuantos vasos de alcohol.
Deambuló por cuanto lugar se le pudo ocurrir, se ofreció a hacer las labores y oficios más diversos
–aquellos para los cuales no le hacía falta más capacitación que el título secundario-, pero no encontró nada, a pesar de los diversos contactos que intentó establecer para conseguir trabajo. Finalmente, aún habiendo conocido por intermedio de terceros la noticia del fallecimiento de su antigua paciente
–internada en una clínica de la zona donde vivía, y a quien él jamás le deseara la muerte, a pesar del desarrollo de los acontecimientos posteriores-, se alejó de las ciudades, creyendo que en el campo podría, aunque no consiguiese nada que pagase su esfuerzo laboral, al menos encontrar algo qué comer…
Así, errante, “en la vía”, llegó hasta las remozadas instalaciones de la Estación de Ferrocarril de Morea, donde el progreso y la tecnología se habían abierto paso entre la desidia y el abandono de centenares de funcionarios de gobiernos anteriores, fomentados por novedosos proyectos de renovación ferroviaria que articularan a los pueblos cuasi-fantasmas del interior provincial. Los rieles refulgían con las últimas luces de la tarde, las señales brillaban con el esplendor de lo recientemente estrenado, y la edificación de la Estación ostentaba las marcas del tiempo, aunque no por ello se la viera ruinosa.
El Licenciado Zelmar Araujo, desarrapado y mugriento, con apenas algunos enseres y muy poca ropa en un bolso harapiento que llevaba colgado al hombro, trepó al andén, abandonando su desparejo sendero de durmientes y canto rodado, y se aventuró en busca de algún lugar bajo techo donde pasar la noche.
¡Cuál no fue su sorpresa al descubrir quién era el Jefe de Estación!
-¡Licenciado Coiro!!! -, exclamó, sonriendo por primera vez en varios meses, al encontrase con la pícara expresión de su amigo de siempre, a quien creía perdido desde hacía algunos años.
-Llámeme Jefe, por favor -, lo rectificó Eduardo, sonriente, tocándose con los dedos índice y mayor de su mano izquierda la astrosa visera de la gorra del uniforme.
-¿Habrá algún lugar donde pueda descansar por esta noche? Tengo los pies a la miseria.
-No se preocupe, Araujo. El ferrocarril parece volver a ser lo que fue alguna vez. Todos pueden ser parte de su gran familia nacional. Hasta yo, que me negué a participar del falaz intercambio de bienes del capitalismo.
-Necesito algo que me contenga -, confió el antiguo Licenciado, rememorando aquella frase pronunciada por su antigua paciente en la última comunicación que mantuvieran por teléfono, sintiendo que sus entrañas se estrujaban ante el recuerdo. –Un espacio del cual no sentirme exiliado.
-Ha llegado al lugar indicado, mi amigo. Venga, pase y tomemos una taza de té. Los mates me han sido prohibidos hace rato por el gastroenterólogo. Cuestiones de la edad, Ud. comprenderá…
-Cualquier infusión en su compañía será un placer. Gracias, de verdad.
Y sus ojos comenzaron a lagrimear, al estrecharse ambos, solitarios y abandonados, quizá con el único consuelo de una ilusión compartida, en un cálido abrazo que los alejase del dolor.







POEMA DES-ANDADO*



En la Estación Central. Un hombre. Solo.
Llega y parte, buscando andenes.
Siempre está de regreso, aún de llegada.
En su mochila verde,
solo una golondrina,
un vértigo y una antigua foto
amarillenta, de un niño
y un caballo.
No, no está solo. Hay una convención de soledades.
Aquelarre.
Están todos.
Nadie falta a la cita.
El hombre ciego,
atenazado a un banco, pide.
Pide porque ha dado.
El niño con mocos escarchados
y ojos que nunca lloran.
¿Para qué hacerlo si no han de consolarlo?
La mujer que vende su fusión en tumbas solitarias
Boca de percal y pechos de magnolias.
Tampoco falta el viejo, alarife de soles
de puentes y andamios que casi no recuerda.
Al lado de una bolsa abandonada,
otra bolsa. Sin sexo.
Con un hálito de vida.
No conoce otra historia que la nada.
Y está la vieja.
Añorando las rejas del hospicio.
Meciéndose en una hamaca de
cantos y de tiempo.
Y el tren que llega,
andando y desandando
condenado a no tener raíz
a partir y a llegar.
El hombre trepa
en trasborde de sueños.
Avanza, siempre avanza
sin mirar hacia atrás.
Antes del viejo puente, al lado de un álamo
talado por un rayo, el tren para.
Y el hombre no lo piensa, solo salta
y vuelve al aquelarre.
Ellos están allí ¿adónde irían?
El hombre se arrodilla.
Les da la golondrina. Un apretón de manos
e inicia su regreso.
Ya no le teme al vértigo.
Desanda soledades.
Penetra lentamente, en la antigua foto amarillenta.
Allí lo esperan. El niño y el caballo.
El silencio y el miedo.
La raíz y la flor.
La vida y la palabra.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








Te quiero mucho*



*Por ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar


Siempre le pasaba lo mismo, y a decir verdad, ya estaba un poquito harta de la situación en general: de la indecisión masculina, y de su propia insatisfacción. De nada le servía emperifollarse, tirarse el placard encima y acicalarse con los mejores perfumes, resaltando su ya de por sí impactante belleza física, si al final los hombres que le gustaban no le daban ni la hora. Se cargaba sobre los hombros a una interminable serie de pesados y babosos que no la dejaban en paz, que proclamaban groserías a su paso, o que con todos juntos -como una versión criolla y femenina del Dr. Víctor Frankenstein- no conseguiría armar uno solo que valiera la pena.

Como cada mañana, tomaba el remozado tren de trocha angosta rumbo a su trabajo, donde se desempeñaba como selectora de personal de una importante empresa mayorista de perfumerías, eligiendo entre cientos de postulantes los mejores perfiles para designar promotoras, vendedoras, encargadas de sucursal. Y como cada mañana, se exponía a las miradas de los demás; en especial, esas miradas masculinas que la desnudaban impunemente a la distancia, fantaseando en aplicar con ella la más sofisticada galería de perversiones, pero que jamás osarían acercarse, al menos no de una manera galante, como a ella le gustaría que la abordasen, transmitiéndole un afecto verdadero, más allá de cualquier insolencia -con las que sus admiradores se resguardaban de una posible reacción de conformidad seductora de su parte-.

"Manga de cagones", solía pensar ella, volviéndose a mirar en ese espejito de mano que consultaba varias veces al día, comprobando que no se le hubiera corrido el maquillaje -Revlon, obviamente-. "Ellos se lo pierden".

Pero nunca descansaba, aunque se sintiese continuamente defraudada por el sexo opuesto. Y aunque por la noche despotricara telefónicamente con sus amigas, izando en alto la inevitable frase "ya no hay hombres", a la mañana siguiente volvía a convertirse en la hermosa y elegante profesional que acude a su trabajo en tren, con el consabida ejercicio cotidiano de espantar a los bichos que se le acercaran en busca de una supuesta miel que muy pocos habían tenido el placer de degustar.

Sentada del lado del pasillo, en un vagón bastante lleno, sentía posarse sobre su cuerpo las miradas masculinas que habían conseguido divisarla en el andén. A su lado, el sexagenario dormitaba con el diario entre sus manos, sin prestarle la mínima atención. Un par de adolescentes, engalanadas con ropa informal de marcas caras, conversaban y reían estridentes, desplegando su natural explosión hormonal, para que las registrase todo el pasaje. Ella, que no se había levantado con el mejor humor -luego de una infinita noche de insomnio, sintiéndose vacía y sola-, las miraba con atención y suspiraba.
¡Quién pudiera volver a tener 18 años, pujantes y despreocupados! Con esa energía ilimitada, esa ansiedad por devorarse el mundo, un lozana juventud que a esa edad siempre parecía eterna. Volvió a suspirar, sumiéndose en sí misma, olvidando el clásico jueguito histérico que cada mañana desplegara en
su trayecto al trabajo. Una creciente melancolía comenzó a embargarla a pasos agigantados.

¿Cuántas veces fantaseó con tener el cuerpo que luciera hace más de 15 años?
Siempre había sido una mujer bonita, pero la consistencia de sus músculos y la tersura de su piel habían ido desvaneciéndose con el cruel transcurso del tiempo. No es que se mirase al espejo y descubriese a una vieja en su lugar, pero ya no se sentía la inquieta jovencita que alguna vez había sido, hermosa pero inexperta, cautivadora de las miradas desde siempre.

Apeló por enésima vez al espejito de mano. El maquillaje resaltaba sus mejores virtudes, pero también ocultaba las pequeñas imperfecciones faciales, esas malditas arruguitas que una vez aparecidas jamás la
abandonarían. ¿Quién podría sentirse lacerada en su autoestima con semejante porte, con esa figura de una hermosura avasallante, que dejaba boquiabierto a más de uno? Ella. Se sentía tan disconforme con esos diminutos detalles que cualquier ostentación de sus curvas nada podía hacer al respecto.

Inmersa en tales pensamientos, apenas registró la manito que pasaba a su lado y le dejaba con un leve aleteo sobre el antebrazo una estampita de la Virgen Desatanudos y un calendario con la colorida efigie de un osito infantil que proclamaba "Te quiero mucho". Alzó la vista y alcanzó a ver el perfil de una niñita de cabello hirsuto y mejillas sucias que se alejaba a los tumbos entre la gente, como si no hubiese nadie alrededor, como si toda esa gente adulta que la rodeaba no existiese y sólo atravesase un bosque
poblado de maniquíes inanimados.

Su mirada se alejó por el pasillo, siguiendo esa cabecita que se bamboleaba a un lado y el otro, eludiendo siluetas de pie. A su ya de por sí creciente melancolía se sumó una nueva inquietud, que ya le carcomiera el corazón desde hacía tiempo, y se presentó de improviso en una sola pregunta: "¿Cómo
sería ser mamá?"

Durante años había sentido que los hombres se le acercaban a fin de conseguir pasar un buen momento, satisfacer sus ansias sexuales, y luego deshacerse en huecas y vanas promesas de reencuentro que jamás se concretaban. Pocos eran los que deseaban mantener el contacto con ella, pero en su fuero más íntimo no sentía que pudiesen reunir las condiciones que ella buscaba para conformar una pareja estable, que la contuviera, que le brindase todo su amor de manera contundente, que la siguiese amando luego de
haberse acostado juntos, que pudiera eternizar el momento del amor más allá de la pasión. Y esa falta, ese vacío casi existencial, la sumía en el mayor de los abismos. Necesitaba del otro, más no sólo de su mirada. Demandaba el afecto, la presencia, el calor de ese otro que la hiciera sentir querida, además de convertirla en una verdadera mujer.

Sus deseos de perenne belleza parecieron extinguirse dentro del emergente ensueño de una panza redonda y lozana; por sobre todas las cosas: viva. El fruto del amor que le brindase un hombre de verdad, alguien con los huevos bien puestos, que se jugase por entero al estar junto a ella en todo
momento. La emoción amenazó con desbordarse a través de sus párpados entrecerrados. "Voy a quedar con la cara a la miseria", pensó, al tiempo que manoteaba el espejito y se enjugaba las primeras lágrimas con un pañuelo de papel.

De pronto, sintió a su lado nuevamente la presencia de la niñita, retirando con aire ausente los calendarios y estampitas. El aire desaliñado de aquella carita, arrasada por el desamor, la llenó de una congoja inenarrable. Y sin pensarlo siquiera, sin amagar acaso a abrir la cartera y ofrecerle algunas
monedas a cambio casi de nada, estiró su mano y le aferró un bracito, gesto frente al cual la niñita reaccionó volviendo la cabeza violentamente hacia ella, a la espera de algún inesperado peligro, quizá evocando en un solo segundo los golpes y maltratos recibidos al final del día, cuando llegaba el momento de volver a casa y entregar las monedas recibidas, que la mayor parte de las veces escaseaban -más no así el dolor-.

Ella esbozó una amplia sonrisa, forzada a causa de las lágrimas, pero intensa desde lo más profundo de su corazón, y sin decirle una palabra, la acercó hacia ella con infinita ternura, apoyó su mano libre sobre uno de los hombros de la niñita, y le besó la frente. La pequeña, con un rostro signado por la indiferencia, sorprendida pero sin emitir expresión de cariño alguna, parpadeó perpleja y permaneció inmóvil, sin intenciones de alejarse, más curiosa que asustada, contemplando a esa hermosa mujer cuyo rostro acicalado se veía surcado por gruesas e incontenibles lágrimas, que estropeaban sin piedad esa elaborada capa de maquillaje.

Y por primera vez en mucho tiempo, a aquella elegante y eficiente selectora de personal nada le importó menos que las miradas de los demás.






*


Toda distancia es relativa. Nada está tan lejos como lo que parece estar cerca. Nada está tan lejos, a veces, como nosotros mismos.
Sergio Borao LLop.


Ese hombre esta de nuevo en el anden. Ni sube al tren ni se va, permanece horas allí. Perdió muchos trenes. Un día le cerraron el ferrocarril. Todo le resulta lejano, más aún su idea de una vida verdadera.

Algo distinto a lo pasado, de donde le resulta difícil rescatar momentos felices.

Las imágenes de lo pasado lo llevan a un laberinto o a un pantano. Una confusión antigua niebla el sentido. Las decisiones necesarias no se ven. Ni una idea concreta para cambiar las cosas.

¿Será –entonces- la ilusión de lo imposible lo que lo sostiene?



*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar






*
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Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

ESTACIÓN GOBERNADOR UDAONDO.

  *Foto Estación Gobernador Udaondo. -Fuente: https://www.infocanuelas.com/                     “Estación Udaondo” *...