Poesía en los andenes...
EN UN SUSPENSO*
Llueve. Lenta, suavemente sobre el domingo
carcelero del retazo de alma que se niega
a abandonarme.
El resto se fue con las golondrinas que, a veces,
me rozan en un ligero aleteo
parecido a una ilusiòn.
Hasta que aparecen los murciélagos invadiendo
la noche y la devoran.
Entonces me envuelven los demonios.
Negros de sombra, dejan al raso
cicatrices abiertas.
Hay frìos impuros en las paredes blancas.
Vive el viento en sus ràfagas de plomo
sugiriendo latidos.
En un suspenso de agua
soy noche, sombra y frìo...
*de Fanny Garbini Téllez. fannyte@ciudad.com.ar
InvenTren
Cómo había crecido Sara, era casi un misterio, como también lo es, aún hoy, lo que ocurrió desde el día que se dejaron de ver. Puedo suponer, que ella, se fue perdiendo en el tiempo y me mira ahora desde una estrella singular.
Sueño que un día, va a regresar en el mismo tren, que dejó de pasar por el lugar, a partir de aquel 5 de julio, en que cumplía mis veintisiete años.
"Ese día, todo el país, no hacía mas que hablar, sobre lo mismo : El cierre de otro ramal , que a pesar de las protestas, se concretaba, dejando a varias localidades inmersas en la desolación y la incomunicación.
Las pérdidas, una vez mas, se contemplaban sólo desde lo económico, sin tener en cuenta, los aspectos humanos de la cuestión, o mejor dicho, los deshumanos.
No importaban las vidas privadas , los sueños deshechos, los amores sin retorno, el sentimiento de impotencia de los que recibían el telegrama...
Algunos, que tenían la manija por el mango, y el mango también, agregaban varios pecados en su haber, y que a pesar de las limosnas y las confesiones, no les serán perdonados.
Porque mataron, mataron... Mataron los trenes, así como en el mar, salvajemente se matan ballenas; mataron ilusiones, así como en el cielo se matan pájaros.
Condenaron además a una muerte cruel y lenta, a muchas localidades, en las que la gente, podía vivir de manera sencilla, con ventanas abiertas, trabajo diario y además, tener tiempo para tomar mate con sus vecinos, cuando salían del trabajo..
Asesinaron , el pasado, dejaron sin honra el trabajo de los que se deslomaron de sol a sol, para crear esas redes y les fue más fácil, decidir que en un futuro mejor, el progreso no incluiría el uso de esos ramales en que los Luises, Jesuses y Carlos trabajaban, que cualquier intento de progreso, mejorando lo que ya había sido construído.
Y de esa muerte, de la agonía y la mentira de la que fueron responsables, equivocados señores, de la negación y la falta de idoneidad para encontrar soluciones, no he podido hasta el día de hoy, encontrar motivo válido, ni para las lágrimas de Sara, ni para la de tantas familias, que en vez de soñar con el futuro, sueñan con el pasado.
*de Moni. Monipas05@aol.com
Estación Villars
Sumergido en las atrayentes imágenes del libro que venía leyendo desde hacía ya varios días, muy bien luminado a través de la –detalle inusual- ventanilla limpia del vagón, apenas reparó que alguien se sentaba a su izquierda, muy junto a él. Sólo cuando el intenso perfume que emanaba de aquella figura lo alcanzó, algo urgente y sin palabras lo impulsó a girar la cabeza, aunque no directamente hacia su rostro –siempre le había costado mirar de frente a alguien, como si en ese único gesto se adivinase algún oscuro deseo inconfesable, quizá hasta para sí mismo-, y así descubrir un hermoso par de piernas, enfundadas en medias negras, que pronto se cruzaran una con la otra, apenas cubiertas por una cartera sobre el regazo.
Inhaló gratificado aquel aroma -Dior Addict, aunque él no lo supiese-, y deliró con sentirlo aún más de cerca, impregnado sobre la piel. No se animaba a levantar mucho más la cabeza en dirección a ella, por lo que sólo conseguía solazarse con aquellas rodillas casi perfectas y unas manos largas, cubiertas de anillos, finos y delicados. La imagen lo perturbaba, por lo que prefirió continuar con la lectura. Pero apenas si llegó a leer un par de renglones, distraído por completo, para volver a hipnotizarse con aquellas piernas, en un breve y fugaz vistazo que lo incitaba a más, mucho más.
Decidió que había una única manera de contemplarla; así que levantó la cabeza por sobre su hombro, como si mirase algo a sus espaldas que súbitamente le llamase la atención, y divisó un fragmento del pasillo del vagón a medio llenar, para luego demorarse apenas unos segundos, mientras giraba la cabeza a su posición inicial, en el perfil de su compañera de viaje.
Morocha, de cabello ondeado, cejas finas, enormes ojos claros, nariz recta, pómulos altos y marcados, labios carnosos y mentón delicado, descendiendo hacia un cuello terso y suavizado. El retrato de un segundo crucial, detenido y analizado hasta el hartazgo en su mente durante los próximos instantes. Composición de la imagen que se completó en el segundo siguiente, recorriendo el trajecito azul claro, el escote de la remera blanca que le abría el camino hacia un paisaje de inauditas delicias pectorales, y una cartera de cuero negro con que se cubría la falda azul, seguramente haciendo juego con el saco del trajecito.
Regresó muy a su pesar a mirar el libro que inútilmente sostenía entre sus manos. ¿Cómo hacía para volver a leer después de haber visto semejante belleza? ¿Qué hacer a continuación, entonces, si cerraba su libro? Miró por la ventanilla, en dirección contraria a lo que su deseo le dictaba, y contempló un paisaje urbano anodino, carente de todo interés. La hermosura del paisaje estaba en otro lado.
Hojeó el libro distraído, como si buscase algún párrafo olvidado. Su mirada volvía intermitente hacia esas piernas, que ya casi comenzaban a excitarlo físicamente. Volteó la vista hacia ella de improviso, pero la mujer miraba en dirección contraria, más allá del pasillo, con aire sutil y elegante. Bajó sus ojos hasta encontrarse de nuevo con aquel busto de belleza inenarrable, y recién ahora, en una segunda apreciación y con un ángulo más estrecho que la primera vez, consiguió distinguir el borde de la puntilla blanca del soutien. La creciente excitación tuvo un empuje inesperado, molestándole ya dentro del pantalón.
Desvió la mirada hacia delante, avergonzado de sus indiscretas incursiones. Respiró hondo, mientras la adrenalina le surcaba las arterias, potenciando el despliegue de un deseo largamente contenido, inhabilitado de expresión. De pronto, sintió que el asiento del vagón le resultaba muy estrecho, casi pequeño, como si su estado de ánimo se desplazase hacia su condición corporal, y hubiese ido aumentando de tamaño durante los últimos diez o quince segundos, otorgándole una predisposición hacia el encuentro más que favorable.
Jugueteó con el señalador del libro, sin saber dónde ubicarlo, hasta que lo dejó caer entre la contratapa y la última hoja, y volvió a mirarla.
Encontrarse con ese bello y dulce par de ojos turquesas que lo miraban de frente, en su máximo esplendor, lo congeló de la emoción, incapaz de hacer o decir nada. Mirada fugaz -siempre sutil y elegante- de su compañera, que luego se desvió hacia la ventanilla y su escasa oferta panorámica, para inmediatamente mirar hacia delante, quitándole a él todo tipo de presión que hubiese podido experimentar durante esa maravillosa fracción de la mañana.
El sudor le corría bajo las axilas, empapándole la camisa. Comenzó a sentir la boca seca, y cerró el libro de una buena vez para buscar en el bolsillo del saco el paquete de caramelos masticables a medio consumir. Para introducir su mano izquierda en su propio bolsillo, pero rozar involuntariamente el flanco derecho de ella, su cadera enfundada en una falda angosta y provocativa -¿cómo sería cuando se pusiese de pie?; mejor no pensarlo, o su pantalón estallaría…-, un contacto tan leve que hasta parecía no haber ocurrido jamás. Ella se removió apenas, pero a él le pareció que sólo para poder acercarse más… ¿Sería cierto, o su imaginación ya se estaba desbordando, como de costumbre?
Los vendedores ambulantes iban y venían con su monótona y hasta casi estridente cantinela, pero apenas si reparó en ellos, como así también en el guarda que solicitaba los boletos. Sólo que en el último instante descubrió que era la mejor oportunidad para mirarla sin culpas, y hurgó en el bolsillo superior del saco, junto a su corazón, en busca del boleto, mientras las gráciles manos de ella le extendían el propio al guarda. Él hizo el mismo gesto, sólo que tendiéndoselo a ciegas, obnubilado ante la contemplación de su perfil –que se concentraba en el rutinario movimiento de guardar el boleto en el bolsillo exterior de la cartera-, incapaz de comprender cómo había sido posible que la fortuna lo hubiese agraciado con semejante premio aquella mañana.
Hasta que el guarda le tendió el boleto de regreso, y los increíbles ojos de gata de la mujer –una vez desentendida del propio boleto- se clavaron en los suyos, sorprendidos con la guardia baja, muertos de vergüenza, incapaces de esconderse.
Quiso -lo quiso con toda su alma- sostenerle la mirada… Pero no pudo. La bajó hacia el boleto, volvió a esconderlo en el bolsillo superior del saco, y se entretuvo abriendo el paquete de caramelos, experimentando un rubor vigoroso y arrasador a lo largo de sus mejillas.
Entonces ella respiró muy hondo, o eso le pareció a él, mientras de reojo miraba cómo descruzaba y volvía a cruzar sus hermosas piernas, rozándole apenas la rodilla izquierda. Tal vez no fuera una inspiración, sino un suspiro; un suspiro hondo, por supuesto, muy hondo, que declamase en silencio el inequívoco estado de sus sensaciones, acaso desbordantes como las suyas…
Y él, aún sin saber qué hacer, empujado hacia el borde del abismo tan violentamente que no pudo reponerse del vértigo que aquello le causaba, extrajo un caramelo, comenzó a pelarlo, y continuó contemplándose a sí mismo desde una postura casi externa, como si se hallase ubicado en el asiento de enfrente, mirando el cuadro completo de la escena, y se riese de su propia torpeza, actuando de manera mecánica, mientras ella seguramente lo miraba de reojo, o quizá –para aumentar aún más su pequeña gran humillación- le disparase una mirada directa, ineludible, como si en silencio le gritase un airado: “¿Y, qué esperás? ¿Te parece que tengo toda la mañana para vos?”
Se metió el caramelo en la boca, agradeció el dulce sabor a frambuesa sobre su lengua, y aunque le costase un enorme esfuerzo, decidió ofrecerle el paquete. “No vale la pena”, pensó para sí mismo; “esta mina jamás podría darte bola”. Pero a su vez, sabía que el NO ya lo tenía, y nada de lo que evitase hacer podría cambiar ese estado de cosas. Así que contuvo la respiración, y saltó sin paracaídas…
Giró la cabeza hacia ella y le tendió el paquete, casi a punto de decirle algo, en el exacto momento en que el tren se detenía en la estación anterior a la que él debía llegar, ella se ponía esbeltamente de pie, luciendo un trasero tan consiste y maravilloso que lo dejó sin aliento, y avanzaba hacia la puerta con paso decidido, sin mirar hacia atrás. El mundo pareció derrumbarse para él, o mejor dicho: el mundo se le abalanzó a una velocidad inusitada, al aproximarse demencialmente hacia el piso y estrellar sus ilusiones, sin posibilidad alguna de poder reflotarlas. “La vida es una sola y hay que vivirla”, solía decirle un amigo suyo. “Dejá de esconderte dentro de un libro”.
Quiso ponerse de pie, seguir la trayectoria de aquel inaudito contoneo de cadera, con nalgas firmes y bamboleantes, y extender su brazo hacia delante, alcanzándole el paquete de caramelos, ofreciéndole una pequeña dulzura en compensación por tan inmensa y fantástica excitación. Llegar a posar unos trémulos dedos sobre aquel hombro trajeado, apenas rozar la suavidad de aquel cabello oscuro, oler muy de cerca el cautivador aroma de su perfume. Decirle algo, conseguir articular aunque sea una única frase, alguna oración por la que ella pudiese recordarlo durante el resto del día, y hasta quizá aguardase hasta el próximo viaje en tren, en el que sus destinos volvieran a cruzarse, ambos expectantes ante tamaña idea. Y contemplar una vez más, sin llegar a desprenderse de ella, menos aún de su recuerdo, ese glorioso par de ojos color turquesa, que parecieron querer atravesarlo momentos antes, y que ahora se fugaban en busca de un paisaje diferente.
Pero no pudo. Permaneció sentado donde estaba, contemplando esa delgada silueta que descendía con suprema elegancia el par de escalones que la separaban del andén, sin volver la vista atrás, atrayendo la mirada de cuanto varón se encontrase en los alrededores, mientras él aún sostenía el paquete en la mano, con dedos sudorosos, cierta presencia se extinguía definitivamente dentro de su pantalón, y el libro que viniera leyendo hasta entonces resbalaba entre sus piernas hacia el suelo del vagón.
“La vida es una sola y hay que vivirla. Dejá de esconderte dentro de un libro”.
* de ALDIMA. aldima@uolsinectis.com.ar
Wednesday, September 01, 2004
ESTACION MARCOS PAZ
Poesía en los andenes...
CON AGUJAS DE SAL*
Caminar.
Ese es el rumbo.
O llorar para adentro,
Que es llorarse a uno mismo,
Es pincharse los ojos
Con agujas de sal,
Es moverse al costado
De la vida del otro
Y es viajar hasta un sueño
De poesía sin pan.
¿Cómo compaginarte
en el mismo momento
en que se muere el día
y amenaza la noche con ponerse
mis zapatos de gala?
¿Cómo compaginarte
si el gorrión aún duerme
y no ha arrullado
el aire la torcaza?
Caminar. ¿Cuál es el rumbo?
Si va pasando el día
Y es otoño,
Y atrás queda el verano
Y la lujuria del vestido escotado.
Y se me va la vida
Y yo no entiendo
por qué pasan los años.
Quiero compaginarte, sin embargo.
Y busco el rumbo hacia tu extremo
Caminando...
*de Fanny Garbini Téllez. fannyte@ciudad.com.ar
InvenTren
"Nunca pudo olvidar ese diez de agosto, por dos razones: la parada del tren en medio del viaje y el olor del campo de violetas a un costado de las vías del ferrocarril.
Lo escribió en su corazón y en un poema que adorna una servilleta de papel.
De una pequeña caja, voy sacando, en un ritual prolijo y acentuado, pequeñas maravillas: Un anillo de plata, oscurecido por el tiempo; un pedacito de madera, que le robó a Luis del bolsillo y usaba como amuleto; un sobre con una dirección de Marcos Paz, y diez cartas que le escribió.
Ese viaje, debe haber tenido para ella, un significado especial: el de acercarla a un cielo inesperado y a un suelo pleno de pequeñas flores que le hicieron imaginar, como en un cuadro, el rostro desaminado del amante, al no verla llegar a la cita, a las diez en punto.
Desde una fotografía me mira. Con sus ojos , verdes, gigantes y llenos de chispitas, me regala su sonrisa de complicidad. Presiento que me abraza, aún desde el mas allá.
No puedo hallar otra explicación, a ese ramillete de violetas, que mantiene intacto el color a través del tiempo, y al abrazo de Sara, que me llena de ternura, que le da su aprobación a la osadía de enamorarme nuevamente, en este abril."
*de Moni. Monipas05@aol.com
Estación Marcos Paz
El hombre avanza con andar cansino y tembloroso sobre el suelo de grava. Un inusual sol de invierno le pega con sus tímidos rayos sobre la nuca, amortiguando apenas aquel escalofrío existencial que lo embarga desde hace ya mucho tiempo. Esa sensación de vacío que experimenta en cada aniversario, cuando el calendario indica que promedia la primera semana de julio, y sus recuerdos se fugan sin aviso hacia aquellas viejas épocas de gloria, cuando aún pertenecía a la gloriosa institución ferroviaria. Cuando aún tenía cuarenta años, y era el eficiente guarda de trenes Carlos Ruíz.
El entorno ha ido cambiando a lo largo de los años. Y sólo la memoria –junto al recorrido de los colectivos que rodean la zona- consigue ubicarlo en el mismo espacio geográfico que abandonara hace casi treinta años, ya que si fuera por las reminiscencias del paisaje, bien podría haberse perdido hacía ya varias horas. Ya casi no quedan vestigios de la antigua estación. Y la sensación de angustia y soledad es tan grande que ni siquiera es capaz de derramar una lágrima, al menos para atenuar tanto dolor.
En un gesto casi mecánico, mientras abarca con su mirada aquel paisaje tan extraño como familiar, de características casi siniestras, hunde una de sus manos en el bolsillo del saco y aferra ese fragmento de papel tan antiguo como manoseado; contacto que de alguna manera lo mantiene cuerdo, trayéndolo nuevamente a la realidad, un espacio que mixtura diferentes planos, del ayer y del hoy, conformando algo tan rico como incomprensible, y hasta casi aterrador.
Intenta avanzar, pero la emoción lo inmoviliza en el lugar. El tiempo parece haberse detenido. Aún le parece oír los distantes silbatos de las locomotoras, el paso fragoroso de las formaciones, el traqueteo de los vagones sobre las juntas de las vías. Y siente calzada sobre la cabeza su vetusta gorra gris, y la chaqueta color crema sobre los hombros, y el silbato siempre presto junto a su boca, anunciando la salida en horario del tren…
Las imágenes del pasado se confunden con este disímil paisaje actual, en el que apenas consigue divisar una silueta que se acerca.
-¿Qué tal? -, saluda el recién llegado, con las manos en los bolsillos, haciendo una inclinación de cabeza, y ganando confianza para comentar:. –Está lindo al sol, ¿no?
-Y, sí… -, responde Don Carlos, casi ausente. –Sobre todo, cerca de este lugar, tan lleno de recuerdos…
El otro pasea la mirada sobre el paisaje, para luego volver a mirarlo, detenidamente. De pronto, Don Carlos repara en esa mirada que lo escruta, y se la devuelve, un tanto extrañado. El recién llegado esboza una media sonrisa, quizá gratificado por el encuentro, y le pregunta:
-Usted no se acuerda de mí, ¿no?
Don Carlos duda.
-No… La verdad que no. A mis años, mire… Hay cosas que no se tienen tan presentes.
-Éramos más jóvenes, es cierto. Pero a pesar de la rutina y de la inmovilidad del final, compartimos varias cosas en este lugar. Sobre todo los mates, que Usted me hacía ensillar a cada rato…
Don Carlos da un par de pasos y se acerca, para mirarlo más detenidamente. Es cierto, han pasado los años, pero detrás de ese rostro curtido, de esa apariencia de hombre cincuentón, se ilumina la misma mirada sensible, desbordante de utópicas ilusiones, que contemplara treinta años antes. Alza su dedo índice, apuntándole al rostro, y le dice:
-El sociólogo señalero…
-Jesús Corrado, el mismo -, responde el otro, ensanchando la sonrisa, y tendiéndole la mano, que Don Carlos estrecha sin mirar, halagado y sorprendido al mismo tiempo, como si acabase de haber visto un fantasma.
-¡¿Pero cómo está?!
-Y, aquí andamos… De regreso en el “lugar de trabajo”, como cada tatos años…
-No me diga que viene seguido…
-No tanto como quisiera, pero de vez en cuando, para esta fecha, me doy una vuelta, y veo cómo quedó todo. Aunque, claro, no es lo mismo.
-No somos los mismos. Tenemos los achaques propios de la edad. Y en todo este tiempo, nos pasaron muchas cosas.
-Dígamelo a mí, que por haber estado en la “Jotapé” tuve que esconderme, y laburar de lo que fuera durante los años de plomo. Ni por asomo me tomaron de vuelta en el ferrocarril; nadie quería líos con las botas. ¿Y Usted?
-Y, ¿qué le puedo contar? Me puse a trabajar en una panadería, la de mi cuñado, durante muchos años. Después compartí un puesto de diarios. Pero nunca me sentí tan a gusto como acá en la estación. Esta era mi vida, Jesús. El día que lo cerraron fue para mí como si me amputasen un brazo.
-¡Ya lo creo! Sé lo que sintió. Para mí, aunque estuve poco tiempo, fue un remanso entre tanta confusión. Me sirvió de refugio intelectual, para empezar a cerrar conceptos sobre mi vida que no tenía claros al abandonar la facultad. No sabe cómo extrañé nuestras mateadas. Con decirle que aún conservo en mi casa la calabacita que solíamos usar en la oficina…
-¿De veras? -, y Don Carlos se estremece de la emoción. –Mire, voy a confesarle algo. Me da cierto pudor hacerlo, pero es la única persona a quien puedo contarle esto. A los demás, bueno…, creo que a mis 75 años pensarían que ya estoy senil, que no puedo aferrarme a estas cosas, que tengo que hacer algo para disfrutar tranquilo mis últimos años… En fin…
-¿De qué se trata?
-Desde aquel último día en que estuvimos en la estación, cuando llegó a la sala de espera aquel cadete en bicicleta, trayendo el telegrama de cierre, ¿se acuerda?…
-Claro, hombre. ¡Cómo olvidarlo!
-…bueno, desde ese día… -, hace una pausa, aclarándose la garganta, presa de una emoción tan antigua como devastadora, -…desde aquel maldito día conservo esto que para mí es un tesoro, una reliquia nefasta, pero que cada vez que lo tomo entre mis manos me recuerda que no todo se ha perdido, que al menos algo he podido conservar, aunque más no fuera un fragmento del final…
Y con mano temblorosa, aún dudando de enseñar ese placer que se le antoja secreto, imposible de compartir con miradas ajenas, extrae del bolsillo del saco ese papel antiguo y manoseado, oscuro de tanto trajín, pegado con innumerables cintas adhesivas, y se lo extiende casi con culpa, como si no se atreviera a desprenderse de él, como si se le fuese una parte de la vida al separarse de aquella reliquia.
-¿Puedo? -, pide permiso Corrado antes de tomarlo, adivinando las emociones del viejo, quien asiente repetidas veces con la cabeza, sin la fuerza suficiente para responderle con palabras.
El antiguo señalero del Ferrocarril General Belgrano despliega el papel con suma delicadeza, temeroso de estropearlo con algún movimiento apresurado, y lee aquellas líneas ya desdibujadas, apenas legibles, pero demoledoras como mazazo en el corazón:
“CIERRE RAMAL PUNTO
JUNTAR HERRAMIENTAS PUNTO
CERRAR ESTACIÓN CORONEL DOCTOR MARCOS PAZ PUNTO
PONER CANDADOS OFICINAS PUNTO
PRESENTARSE ESTACIÓN LA PLATA
COBRO DE HABERES PUNTO
CINCO DE JULIO 1977”
-Es el mismo… -, balbucea Corrado. –El telegrama que trajo aquel cadete que…
-Sí, hombre. Es el del final -, asevera el ex guarda de trenes, con el llanto atravesado en la garganta. -El que tiene fecha de hoy, cinco de julio, pero de hace casi treinta años atrás…
-Don Carlos… -, continúa balbuceando el antiguo señalero, volviendo a pedir permiso, -…¿no se ofende?
Y ambos hombres se funden en un único abrazo, cálido y fraternal, cómplice y sin edad.
*de ALDIMA. aldima@uolsinectis.com.ar
CON AGUJAS DE SAL*
Caminar.
Ese es el rumbo.
O llorar para adentro,
Que es llorarse a uno mismo,
Es pincharse los ojos
Con agujas de sal,
Es moverse al costado
De la vida del otro
Y es viajar hasta un sueño
De poesía sin pan.
¿Cómo compaginarte
en el mismo momento
en que se muere el día
y amenaza la noche con ponerse
mis zapatos de gala?
¿Cómo compaginarte
si el gorrión aún duerme
y no ha arrullado
el aire la torcaza?
Caminar. ¿Cuál es el rumbo?
Si va pasando el día
Y es otoño,
Y atrás queda el verano
Y la lujuria del vestido escotado.
Y se me va la vida
Y yo no entiendo
por qué pasan los años.
Quiero compaginarte, sin embargo.
Y busco el rumbo hacia tu extremo
Caminando...
*de Fanny Garbini Téllez. fannyte@ciudad.com.ar
InvenTren
"Nunca pudo olvidar ese diez de agosto, por dos razones: la parada del tren en medio del viaje y el olor del campo de violetas a un costado de las vías del ferrocarril.
Lo escribió en su corazón y en un poema que adorna una servilleta de papel.
De una pequeña caja, voy sacando, en un ritual prolijo y acentuado, pequeñas maravillas: Un anillo de plata, oscurecido por el tiempo; un pedacito de madera, que le robó a Luis del bolsillo y usaba como amuleto; un sobre con una dirección de Marcos Paz, y diez cartas que le escribió.
Ese viaje, debe haber tenido para ella, un significado especial: el de acercarla a un cielo inesperado y a un suelo pleno de pequeñas flores que le hicieron imaginar, como en un cuadro, el rostro desaminado del amante, al no verla llegar a la cita, a las diez en punto.
Desde una fotografía me mira. Con sus ojos , verdes, gigantes y llenos de chispitas, me regala su sonrisa de complicidad. Presiento que me abraza, aún desde el mas allá.
No puedo hallar otra explicación, a ese ramillete de violetas, que mantiene intacto el color a través del tiempo, y al abrazo de Sara, que me llena de ternura, que le da su aprobación a la osadía de enamorarme nuevamente, en este abril."
*de Moni. Monipas05@aol.com
Estación Marcos Paz
El hombre avanza con andar cansino y tembloroso sobre el suelo de grava. Un inusual sol de invierno le pega con sus tímidos rayos sobre la nuca, amortiguando apenas aquel escalofrío existencial que lo embarga desde hace ya mucho tiempo. Esa sensación de vacío que experimenta en cada aniversario, cuando el calendario indica que promedia la primera semana de julio, y sus recuerdos se fugan sin aviso hacia aquellas viejas épocas de gloria, cuando aún pertenecía a la gloriosa institución ferroviaria. Cuando aún tenía cuarenta años, y era el eficiente guarda de trenes Carlos Ruíz.
El entorno ha ido cambiando a lo largo de los años. Y sólo la memoria –junto al recorrido de los colectivos que rodean la zona- consigue ubicarlo en el mismo espacio geográfico que abandonara hace casi treinta años, ya que si fuera por las reminiscencias del paisaje, bien podría haberse perdido hacía ya varias horas. Ya casi no quedan vestigios de la antigua estación. Y la sensación de angustia y soledad es tan grande que ni siquiera es capaz de derramar una lágrima, al menos para atenuar tanto dolor.
En un gesto casi mecánico, mientras abarca con su mirada aquel paisaje tan extraño como familiar, de características casi siniestras, hunde una de sus manos en el bolsillo del saco y aferra ese fragmento de papel tan antiguo como manoseado; contacto que de alguna manera lo mantiene cuerdo, trayéndolo nuevamente a la realidad, un espacio que mixtura diferentes planos, del ayer y del hoy, conformando algo tan rico como incomprensible, y hasta casi aterrador.
Intenta avanzar, pero la emoción lo inmoviliza en el lugar. El tiempo parece haberse detenido. Aún le parece oír los distantes silbatos de las locomotoras, el paso fragoroso de las formaciones, el traqueteo de los vagones sobre las juntas de las vías. Y siente calzada sobre la cabeza su vetusta gorra gris, y la chaqueta color crema sobre los hombros, y el silbato siempre presto junto a su boca, anunciando la salida en horario del tren…
Las imágenes del pasado se confunden con este disímil paisaje actual, en el que apenas consigue divisar una silueta que se acerca.
-¿Qué tal? -, saluda el recién llegado, con las manos en los bolsillos, haciendo una inclinación de cabeza, y ganando confianza para comentar:. –Está lindo al sol, ¿no?
-Y, sí… -, responde Don Carlos, casi ausente. –Sobre todo, cerca de este lugar, tan lleno de recuerdos…
El otro pasea la mirada sobre el paisaje, para luego volver a mirarlo, detenidamente. De pronto, Don Carlos repara en esa mirada que lo escruta, y se la devuelve, un tanto extrañado. El recién llegado esboza una media sonrisa, quizá gratificado por el encuentro, y le pregunta:
-Usted no se acuerda de mí, ¿no?
Don Carlos duda.
-No… La verdad que no. A mis años, mire… Hay cosas que no se tienen tan presentes.
-Éramos más jóvenes, es cierto. Pero a pesar de la rutina y de la inmovilidad del final, compartimos varias cosas en este lugar. Sobre todo los mates, que Usted me hacía ensillar a cada rato…
Don Carlos da un par de pasos y se acerca, para mirarlo más detenidamente. Es cierto, han pasado los años, pero detrás de ese rostro curtido, de esa apariencia de hombre cincuentón, se ilumina la misma mirada sensible, desbordante de utópicas ilusiones, que contemplara treinta años antes. Alza su dedo índice, apuntándole al rostro, y le dice:
-El sociólogo señalero…
-Jesús Corrado, el mismo -, responde el otro, ensanchando la sonrisa, y tendiéndole la mano, que Don Carlos estrecha sin mirar, halagado y sorprendido al mismo tiempo, como si acabase de haber visto un fantasma.
-¡¿Pero cómo está?!
-Y, aquí andamos… De regreso en el “lugar de trabajo”, como cada tatos años…
-No me diga que viene seguido…
-No tanto como quisiera, pero de vez en cuando, para esta fecha, me doy una vuelta, y veo cómo quedó todo. Aunque, claro, no es lo mismo.
-No somos los mismos. Tenemos los achaques propios de la edad. Y en todo este tiempo, nos pasaron muchas cosas.
-Dígamelo a mí, que por haber estado en la “Jotapé” tuve que esconderme, y laburar de lo que fuera durante los años de plomo. Ni por asomo me tomaron de vuelta en el ferrocarril; nadie quería líos con las botas. ¿Y Usted?
-Y, ¿qué le puedo contar? Me puse a trabajar en una panadería, la de mi cuñado, durante muchos años. Después compartí un puesto de diarios. Pero nunca me sentí tan a gusto como acá en la estación. Esta era mi vida, Jesús. El día que lo cerraron fue para mí como si me amputasen un brazo.
-¡Ya lo creo! Sé lo que sintió. Para mí, aunque estuve poco tiempo, fue un remanso entre tanta confusión. Me sirvió de refugio intelectual, para empezar a cerrar conceptos sobre mi vida que no tenía claros al abandonar la facultad. No sabe cómo extrañé nuestras mateadas. Con decirle que aún conservo en mi casa la calabacita que solíamos usar en la oficina…
-¿De veras? -, y Don Carlos se estremece de la emoción. –Mire, voy a confesarle algo. Me da cierto pudor hacerlo, pero es la única persona a quien puedo contarle esto. A los demás, bueno…, creo que a mis 75 años pensarían que ya estoy senil, que no puedo aferrarme a estas cosas, que tengo que hacer algo para disfrutar tranquilo mis últimos años… En fin…
-¿De qué se trata?
-Desde aquel último día en que estuvimos en la estación, cuando llegó a la sala de espera aquel cadete en bicicleta, trayendo el telegrama de cierre, ¿se acuerda?…
-Claro, hombre. ¡Cómo olvidarlo!
-…bueno, desde ese día… -, hace una pausa, aclarándose la garganta, presa de una emoción tan antigua como devastadora, -…desde aquel maldito día conservo esto que para mí es un tesoro, una reliquia nefasta, pero que cada vez que lo tomo entre mis manos me recuerda que no todo se ha perdido, que al menos algo he podido conservar, aunque más no fuera un fragmento del final…
Y con mano temblorosa, aún dudando de enseñar ese placer que se le antoja secreto, imposible de compartir con miradas ajenas, extrae del bolsillo del saco ese papel antiguo y manoseado, oscuro de tanto trajín, pegado con innumerables cintas adhesivas, y se lo extiende casi con culpa, como si no se atreviera a desprenderse de él, como si se le fuese una parte de la vida al separarse de aquella reliquia.
-¿Puedo? -, pide permiso Corrado antes de tomarlo, adivinando las emociones del viejo, quien asiente repetidas veces con la cabeza, sin la fuerza suficiente para responderle con palabras.
El antiguo señalero del Ferrocarril General Belgrano despliega el papel con suma delicadeza, temeroso de estropearlo con algún movimiento apresurado, y lee aquellas líneas ya desdibujadas, apenas legibles, pero demoledoras como mazazo en el corazón:
“CIERRE RAMAL PUNTO
JUNTAR HERRAMIENTAS PUNTO
CERRAR ESTACIÓN CORONEL DOCTOR MARCOS PAZ PUNTO
PONER CANDADOS OFICINAS PUNTO
PRESENTARSE ESTACIÓN LA PLATA
COBRO DE HABERES PUNTO
CINCO DE JULIO 1977”
-Es el mismo… -, balbucea Corrado. –El telegrama que trajo aquel cadete que…
-Sí, hombre. Es el del final -, asevera el ex guarda de trenes, con el llanto atravesado en la garganta. -El que tiene fecha de hoy, cinco de julio, pero de hace casi treinta años atrás…
-Don Carlos… -, continúa balbuceando el antiguo señalero, volviendo a pedir permiso, -…¿no se ofende?
Y ambos hombres se funden en un único abrazo, cálido y fraternal, cómplice y sin edad.
*de ALDIMA. aldima@uolsinectis.com.ar
ESTACION TAPIALES
Poesía en los andenes...
Tan Sombra*
Desde qué entonces vienes pegada a mí
Soledad,
Pisando mis talones
Mordiéndome la sombra
Tan sombra, sólo mía
Insistente
Intransferible
Equivalente
Al silencio y al olvido
A la desproveída silla a mi costado
A la gota de lluvia que se alarga
Y resbala surcando sobre el vidrio
Un viaje de agua.
Desde qué tiempo
Se apagaron las luces y los ruidos,
fumo mi soledad y escucho el viento
raudo
suelto
repentino
acallando el lamento de los búhos
llenándome del llanto de los árboles,
moviendo mi soledad en la ventana
y mi sombra, más negra,
tan mía,
tan sombra, sonando
a campana vacía.
*de Fanny Garbini Téllez.
fannyte@ciudad.com.ar
Te extraño*
Extraño
la piel tibia de tus noches
mi penúltimo sueño en la mañana
sobre la doble almohada de tu pecho.
Extraño tu paciencia al despertarme
entre besos y mates y palabras.
Extraño tus planes y mis planes
personales pero complementarios.
Tu opinión casi siempre diferente
y tu siempre metálica entereza
tu voluntad de gigante
tu laboriosidad de abeja
tu lágrima fácil y profunda.
Por eso es necesario que regreses.
por eso y para otros menesteres:
para que cierre su círculo la mesa
y retomen tu olor los alimentos
y terminen de abrirse las ventanas…
para que vuelva a susurrar la cama.
Para que nada más y como siempre
paseen tus costumbres por la casa.
* de Guillermo Heredia. guillermo_heredia@arnet.com.ar
InvenTren
" Sara esperaba semana por medio, que llegara su amado, su amor y su amante.
Casi imperceptible el resto del tiempo, se preparaba para esos encuentros.
No sólo para parecerle mas linda, sino cada vez mas interesante y los cuatro o cinco vecinos que vivían frente a su casa, la veían encenderse y hasta se atrevían a piropearla, porque sabían que en esas ocasiones y sólo en esas, ella aceptaba ser la reina del lugar.
Sabía que no podría amarrarlo nunca a ella.
Que era imposible conseguir una cadena tan larga como los rieles, que lo trajera y lo llevara, y que en otro extremo, había otra estación donde lo esperaban su esposa y un hijo.
Pero sabía además, que sus alas y su tren lo devolverían siempre a su lado.
Sus alas porque estaban hechas a la medida de su libertad.
Su tren, porque su recorrido , era el mismo ir y venir de sus fantasías.
¡Mágico destino anunciado por una gitana que había leído su mano diez años atrás!...
El había llegado al lugar, justo el día siguiente de que aquel terrible temporal aplastara con su furia, las margaritas del jardín. Las mismas que ella, deshojaba día a día, con ternura y que le permitían repetir monótonamente la misma canción - ...me quiere..no me quiere... me quiere.."
... Ya ni la esperanza de adivinar si sería querida o no, le quedaba.
Lloraba y lloraba y ni siquiera la llegada del tren que sentía próximo, le aliviaba la congoja, por las flores que ahogadas, habían determinado sutilmente, y durante casi todo el verano, su suerte en el amor.
Cuando Luis bajó del tren y la vió llorar, sobre un surco de barro y luz , se acercó lentamente , acarició sus cabellos de sol, lavó la punta de sus dedos con una lágrima y mirándola a los ojos le dijo que era agua bendita para su eterna soledad."....
*de Moni. Monipas05@aol.com
Estación Tapiales.
1*
Para Rulo, la vida ha sido así desde siempre. Con sus 8 años, su cara llena de pecas y un cabello rubio opaco ensortijado al extremo –ajena herencia de algún misterioso ancestro familiar, perdido en la memoria de su madre o su abuela-, contempla el acostumbrado paisaje desde la ventanilla del vagón ferroviario donde vive su familia desde antes de su nacimiento, y piensa: “¿Adónde podría viajar yo en esa locomotora?”.
Ahí nomás, a una cuadra de distancia, en medio del campo, asentada sobre unos rieles oxidados que ya no la llevarán a ningún lado, se recorta la opaca silueta de una antigua locomotora a vapor, desvencijada y polvorienta, cubierta de óxido en plenitud, en compañía de otras dos máquinas, éstas diesel, tan deterioradas como la vaporera. El conjunto se halla a unos 300 metros de las ruinas de la antigua estación ferroviaria. Su papá alguna vez, uno de esos raros días en que no estaba tomado, le contó que antes, hacía muchos años, allí había una estación, como ésas donde a veces él y sus hermanitos van a repartir estampitas, calendarios o señaladores.
¡Trenes…! ¡Y tan cerca de su casa! Pero…, su casa, hoy llena de cosas propias de la familia –catres, sillas, cortinas que dividen ambientes, ropa colgada, una garrafa para cocinar y calentar el agua del mate…- había sido parte del tren, ¿no? Algo al respecto no le cierra. Quizá sea muy complicado de entender a su edad, o quizá también lo sea para su papá, que es más grande. Pero claro, Rulo no puede saber si entiende bien o no, porque toma…
Y entonces, ¿dónde podría viajar él a bordo de una de esas máquinas, tan decadentes en la actualidad, pero que habrán sido portentosas en el ayer? ¿Hacia dónde podría conducirlas a toda velocidad, para llegar mucho más rápido y seguro, sin necesidad de colarse en el colectivo cuando sube toda la gente en las horas pico, ni tener que mendigarle un lugarcito en la caja del camión al puto ése del Colombiano, cada vez que vuelven de Constitución, Once o Retiro?
El particular sonido de las sirenas o los vapores de las chimeneas, los poderosos motores bramando en medio de la inmensidad pampeana, el rechinar de los aceros sobre las vías, todo ello se dibuja en la colorida imaginación de Rulo, ansioso por participar alguna vez de una aventura semejante. ¡Iuuupiiiiiiiii!!!!!!!
Y en un singular ataque de espontaneidad, muy propio de los que desarrollara para sobrevivir en la calle, solo o junto a sus hermanitos, salta del antiguo asiento que transportara pasajeros y se lanza a correr, desciende por los escalones de metal y atraviesa el pajonal, alejándose de los árboles donde se encuentra asentada su casa, rumbo al mítico lugar donde se hallan las locomotoras. Ahora que sabe o imagina -¿acaso no es lo mismo?- para qué servían aquellas máquinas, ¿por qué no disfrutarlas para él solo, aunque ya no puedan moverse de donde están?
Corre como el viento hacia esos dinosaurios de metal echados en tierra, casi fosilizados entre el pajonal. ¿Cuándo habrán hecho su último viaje? ¿Las habrán extrañado sus maquinistas? ¿Sería posible hacerlas funcionar otra vez? Con tales dudas surcando su cabecita, Rulo se aferra de unos pasamanos que ya habían olvidado el contacto humano y trepa a la cabina de la vaporera, con los ojos enormes como platos.
Aunque cubiertas por la mugre, las palancas de conducción aún se encuentran allí, sin que nadie hubiese reparado en su presencia ni se las haya llevado para reducir. Rulo las acaricia deslumbrado, arrastrando un polvo ancestral con la yema de sus delgados deditos. Y de pronto, tomando con fuerza aquellos comandos, se siente trasladado hacia otro mundo, hacia paisajes desconocidos, hacia un lugar mucho mejor que éste, un rincón donde cualquier fantasía es posible…
La caldera se enciende de repente, con un fragor propio de dragones medievales. Toda la estructura vibra con un empuje contenido, deseoso de ser liberado cuanto antes, hastiado de tantos años de demora e inmovilidad. Los relojes del tablero se iluminan con un resplandor espectral, y con un brutal sacudón, la vaporera se desprende del suelo, alejándose de los rieles con un chillido maléfico, elevándose en el aire como si fuese transportada por los despóticos e irracionales brazos de un huracán.
Rulo se descubre fascinado, con una luminosa sonrisa que le ensancha la carita, ajeno al temor que la experiencia pudiera causarle a cualquier otro en su lugar. Sin saber cómo, se siente dueño de la situación, y esgrime las palancas con seguridad, sabedor del destino que les espera.
Estira la cabeza, con el viento refregándose contra sus rulos, y contempla el paisaje a su paso. Ahí está Villa Chrysler, con sus casillas de material improvisado y cientos de sogas donde cuelga ropa más que humilde, preciso lugar donde muchos años antes hubiera una enorme fábrica de automóviles –según le contase el Colombiano, que a su vez le contara el Ñato Ardiles-. Y más allá del paredón, el Cementerio de La Tablada, con sus monolíticos panteones, sus cruces de mármol y madera, sus estatuas y monumentos, su impiadosa tristeza. Y hacia atrás, la imponente y mafiosa mole del Mercado Central, donde deambulara más de una vez en compañía de su papá y alguno de sus hermanos mayores, en busca de las sobras de los cajones que no se vendían.
La vaporera asciende vertiginosa, en medio de una nube de polvo acumulado durante décadas. Entonces Rulo consigue divisar el perfil de Ciudad Evita, esa señora que según su mamá “era tan pero tan buena; casi una santa, mire… Ya no existen seres así, aunque debería haberlos cada tanto. Seres que se acuerden de los pobres, que nada tenemos, ni esperamos casi…” Rulo apenas entiende lo que quiere decir eso, pero no importa; hay que disfrutar del paseo. ¡Cuando se lo cuente a los pibes en la escuela, la cara que van a poner!!!
El calor de la caldera lo hace transpirar como si fuera verano, sin que suelte las palancas por nada del mundo; el esfuerzo bien vale la pena. ¿Cuándo podrá volver a subirse? ¡Quién sabe! Y otra pregunta se formula delante de los ojos, aunque signifique algo menos interesante que lo que está disfrutando: ¿Y cómo va a hacer para volver a su casa? ¡Qué importa! Ya encontrará la manera de colarse en algún colectivo…
Entonces siente algo contra su pierna, tan adherente como el roce del viento sobre su cabeza y sus brazos desnudos. Y al mirar hacia abajo, el mundo a su alrededor parece desmoronarse. Hasta casi percibe que la vibración de la caldera de la vaporera comienza a disminuir drásticamente, hasta casi desaparecer, y la sensación de vuelo comienza a aquietarse, como si jamás se hubiesen movido del lugar en el que se encuentran varados… Todo por mirar hacia abajo, hacia esa cosa que trepa por su piernita en completo silencio, enmudeciendo a su paso el rugido del viento y del motor a vapor. Hacia esa culebra oscura y viscosa que saca la lengüita y lo contempla con ojos fríos y letales…
La sonrisa de Rulo se extingue de inmediato, asustándose como si nunca hubiese conocido un bicharraco semejante. Claro, las que conoce siempre fueron vistas de lejos, en alguna charca, y con una vara de por medio que lo mantuviese a resguardo. Pero esto para él era tan desconocido como peligroso. Y lo impactaba con una única y lacerante duda…
¡¡¡¿¿¿Lo picaría???!!!
La vaporera yacía en el mismo lugar de siempre, la cabina seguía estando cubierta de mugre, y el mundo no se había movido un centímetro. La realidad seguía siendo tan cruda como siempre. Pero ahora, mucho más amenazante…
Entonces, emergiendo de lleno de su propio ensueño, y antes de que la culebra alcanzase a llegarle a la ingle, giró con violencia la cabeza hacia atrás y aulló:
-¡MAAAMÁÁÁÁÁÁÁÁ!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
*de ALDIMA. aldima@uolsinectis.com.ar
2*
Es lindo teclear las letras con los dedos manchados, parecen manchas de oxido como las que dejan las herramientas despues de mucho mucho tiempo sin usarlas, la verdad es que hace más o menos un año que no tenía asi el pulgar, el indice, el medio tan teñidos que uno puede dejar huellas con esta tinta extraña de que se desprende del envoltorio verde que preserva las nueces hasta el punto justo en que deben caer. Despues uno las ve a cada una con esas cicatrices únicas como lo son los senderos de las huellas digitales.
Duros los cambios en la vida, el árbol esta casi seco, son tres años de la última vez que mi padre participo del ritual viendo la cosecha del nogal que planto como a un hijo en la puerta de la casa.
Por momentos me parece verlo ahí cerquita sentado en la silla o parado sostenido en el andador, preocupado por que los nietos no se lastimen, - no pasa nada papá.... fueron un par de nueces en la cabeza del nene, pero es duro.. , la nena no tenía tres años, pero corria con entusiasmo detras de cada nuez que caia y rodaba por la pendiente de la entrada de autos. Franco me pedia esa larga pertiga de ramas añadidas con la que les damos el golpe que precipita la caida.
Cierto, no son manchas faciles de quitar, como los recuerdos que se borran aparentemente pero quedan latentes debajo de la piel y resurgen cuando uno menos lo espera.
el arbol más joven, mi padre trepandose con más de 65 años al arbol con un palo largo para bajar las nueces altas, las que nos niega la altura... lo dejo, lo reto, le digo dejame a mí, sin demasiada convicción, es su epopeya anual
Que olor especial el de esas vainas verdes que cuidan y crecen con la nuez, como un utero, hasta el punto justo de dar su fruto, una vez al año, reproducir la vida, dar una pequeña cosecha.. -ayer conte 84, se que una parte no son comestibles, estan negras, apestadas de bichos o acidas al gusto, igual iran a secado en las tardes de sol del patio.
Cambian los tiempos, digo mientras siento saltar entre mis brazos a la nena con el caño de aluminio extensible que alguna vez fue soporte de cortina de bañera y ayer, y hoy Pascua, nos ayuda a hacer caer las nueces, se pelea con el hermano y conmigo, las quiere bajar ella, aunque la evidencia le dice que no llegará, que le falta más altura..., igual lo logra, tira una nuez a upa del papá. Esta alta, larga, cumplira 6 añitos antes de la primavera, antes que este árbol viejo y cansado haga su renacer milagroso de nuevos brotes verdes en sus pocas ramas todavia vivas ( el año pasado contamos 125 nueces, ahora son menos, algunas ramas se caen solo al tocarlas estan secas, y este árbol de frutos de abril, que da leña en vida, se esta muriendo de pie ). Despues la llovizna nos encierra en la casa, los chicos rebuscan entre las cosas y los cuadernos inconclusos del padre. Paula encontro el mapas de vías del abuelo de Alberto, el mismo que uso yo para el recorrido del inventren, lo despliega sobre la cama, me pide su cuaderno, dibuja un gran jeroglifico, un mapa de vías, unas casitas-estaciones y arriba escribe su imprenta E,F,C,O.
En esto pensé, hoy, cuando entre vapores de la locomotora, pude ver en esa esquina, justo enfrente de la estación, la silueta hoy oscura del bar "los Nogales", donde alguna vez un profesor universitario nos sentó a tomar cafe o caña despues de su clase abierta a bordo del tren.
*de Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
Correo:
....Hermosa me resulta siempre la verdad de cada uno, aunque sea imaginada, y que en definitiva, viene a ser como el adorno de la realidad. Y que en estos casos especialmente es necesaria para escribir historias mas interesantes...
Y date cuenta, si me habrá resultado así, que sentí la necesidad de conocer esos lugares...
De todas formas, veré si yo puedo también sin conocerlos, "hacer como sí" y enviarte lo que escribo. No se que es lo que querés fraccionar, pero hacelo tranquilo, porque cuando envío algo, ya no es mío sino de todos y cada uno.
Hace aproximadamente dos años, visité los galpones de Tolosa y pude tocar y subirme a una máquina de "ende-veras" y sentir eso que se siente, cuando tocas y acaricias los sueños y realidades de otras épocas.
No por nada, cuando paso junto a ese puente inmenso, artístico e infinito que pasa por arriba de las vías cerca del lugar, huelo esa máquina y el galpón que se quedaron en mis recuerdos.
(....) las viejas máquinas tienen un olor particular. Que es muy parecido, pero mas
concentrado al que tenían algunas herramientas de mi abuelo y olía al entrar
al galpón de su casa. ¿Me podrías decir , cuál es la próxima estación? No por nada estuve
imaginando que bajaba de un tren, en una estación con un tipo de galería a ambos lados, con una vieja palmera a un lado y dos o tres Plátanos desaparrados que me daban la bienvenida a un montón de locomotoras que sonreían en medio del pastizal. Un beso.
* Moni. Monipas05@aol.com
Tan Sombra*
Desde qué entonces vienes pegada a mí
Soledad,
Pisando mis talones
Mordiéndome la sombra
Tan sombra, sólo mía
Insistente
Intransferible
Equivalente
Al silencio y al olvido
A la desproveída silla a mi costado
A la gota de lluvia que se alarga
Y resbala surcando sobre el vidrio
Un viaje de agua.
Desde qué tiempo
Se apagaron las luces y los ruidos,
fumo mi soledad y escucho el viento
raudo
suelto
repentino
acallando el lamento de los búhos
llenándome del llanto de los árboles,
moviendo mi soledad en la ventana
y mi sombra, más negra,
tan mía,
tan sombra, sonando
a campana vacía.
*de Fanny Garbini Téllez.
fannyte@ciudad.com.ar
Te extraño*
Extraño
la piel tibia de tus noches
mi penúltimo sueño en la mañana
sobre la doble almohada de tu pecho.
Extraño tu paciencia al despertarme
entre besos y mates y palabras.
Extraño tus planes y mis planes
personales pero complementarios.
Tu opinión casi siempre diferente
y tu siempre metálica entereza
tu voluntad de gigante
tu laboriosidad de abeja
tu lágrima fácil y profunda.
Por eso es necesario que regreses.
por eso y para otros menesteres:
para que cierre su círculo la mesa
y retomen tu olor los alimentos
y terminen de abrirse las ventanas…
para que vuelva a susurrar la cama.
Para que nada más y como siempre
paseen tus costumbres por la casa.
* de Guillermo Heredia. guillermo_heredia@arnet.com.ar
InvenTren
" Sara esperaba semana por medio, que llegara su amado, su amor y su amante.
Casi imperceptible el resto del tiempo, se preparaba para esos encuentros.
No sólo para parecerle mas linda, sino cada vez mas interesante y los cuatro o cinco vecinos que vivían frente a su casa, la veían encenderse y hasta se atrevían a piropearla, porque sabían que en esas ocasiones y sólo en esas, ella aceptaba ser la reina del lugar.
Sabía que no podría amarrarlo nunca a ella.
Que era imposible conseguir una cadena tan larga como los rieles, que lo trajera y lo llevara, y que en otro extremo, había otra estación donde lo esperaban su esposa y un hijo.
Pero sabía además, que sus alas y su tren lo devolverían siempre a su lado.
Sus alas porque estaban hechas a la medida de su libertad.
Su tren, porque su recorrido , era el mismo ir y venir de sus fantasías.
¡Mágico destino anunciado por una gitana que había leído su mano diez años atrás!...
El había llegado al lugar, justo el día siguiente de que aquel terrible temporal aplastara con su furia, las margaritas del jardín. Las mismas que ella, deshojaba día a día, con ternura y que le permitían repetir monótonamente la misma canción - ...me quiere..no me quiere... me quiere.."
... Ya ni la esperanza de adivinar si sería querida o no, le quedaba.
Lloraba y lloraba y ni siquiera la llegada del tren que sentía próximo, le aliviaba la congoja, por las flores que ahogadas, habían determinado sutilmente, y durante casi todo el verano, su suerte en el amor.
Cuando Luis bajó del tren y la vió llorar, sobre un surco de barro y luz , se acercó lentamente , acarició sus cabellos de sol, lavó la punta de sus dedos con una lágrima y mirándola a los ojos le dijo que era agua bendita para su eterna soledad."....
*de Moni. Monipas05@aol.com
Estación Tapiales.
1*
Para Rulo, la vida ha sido así desde siempre. Con sus 8 años, su cara llena de pecas y un cabello rubio opaco ensortijado al extremo –ajena herencia de algún misterioso ancestro familiar, perdido en la memoria de su madre o su abuela-, contempla el acostumbrado paisaje desde la ventanilla del vagón ferroviario donde vive su familia desde antes de su nacimiento, y piensa: “¿Adónde podría viajar yo en esa locomotora?”.
Ahí nomás, a una cuadra de distancia, en medio del campo, asentada sobre unos rieles oxidados que ya no la llevarán a ningún lado, se recorta la opaca silueta de una antigua locomotora a vapor, desvencijada y polvorienta, cubierta de óxido en plenitud, en compañía de otras dos máquinas, éstas diesel, tan deterioradas como la vaporera. El conjunto se halla a unos 300 metros de las ruinas de la antigua estación ferroviaria. Su papá alguna vez, uno de esos raros días en que no estaba tomado, le contó que antes, hacía muchos años, allí había una estación, como ésas donde a veces él y sus hermanitos van a repartir estampitas, calendarios o señaladores.
¡Trenes…! ¡Y tan cerca de su casa! Pero…, su casa, hoy llena de cosas propias de la familia –catres, sillas, cortinas que dividen ambientes, ropa colgada, una garrafa para cocinar y calentar el agua del mate…- había sido parte del tren, ¿no? Algo al respecto no le cierra. Quizá sea muy complicado de entender a su edad, o quizá también lo sea para su papá, que es más grande. Pero claro, Rulo no puede saber si entiende bien o no, porque toma…
Y entonces, ¿dónde podría viajar él a bordo de una de esas máquinas, tan decadentes en la actualidad, pero que habrán sido portentosas en el ayer? ¿Hacia dónde podría conducirlas a toda velocidad, para llegar mucho más rápido y seguro, sin necesidad de colarse en el colectivo cuando sube toda la gente en las horas pico, ni tener que mendigarle un lugarcito en la caja del camión al puto ése del Colombiano, cada vez que vuelven de Constitución, Once o Retiro?
El particular sonido de las sirenas o los vapores de las chimeneas, los poderosos motores bramando en medio de la inmensidad pampeana, el rechinar de los aceros sobre las vías, todo ello se dibuja en la colorida imaginación de Rulo, ansioso por participar alguna vez de una aventura semejante. ¡Iuuupiiiiiiiii!!!!!!!
Y en un singular ataque de espontaneidad, muy propio de los que desarrollara para sobrevivir en la calle, solo o junto a sus hermanitos, salta del antiguo asiento que transportara pasajeros y se lanza a correr, desciende por los escalones de metal y atraviesa el pajonal, alejándose de los árboles donde se encuentra asentada su casa, rumbo al mítico lugar donde se hallan las locomotoras. Ahora que sabe o imagina -¿acaso no es lo mismo?- para qué servían aquellas máquinas, ¿por qué no disfrutarlas para él solo, aunque ya no puedan moverse de donde están?
Corre como el viento hacia esos dinosaurios de metal echados en tierra, casi fosilizados entre el pajonal. ¿Cuándo habrán hecho su último viaje? ¿Las habrán extrañado sus maquinistas? ¿Sería posible hacerlas funcionar otra vez? Con tales dudas surcando su cabecita, Rulo se aferra de unos pasamanos que ya habían olvidado el contacto humano y trepa a la cabina de la vaporera, con los ojos enormes como platos.
Aunque cubiertas por la mugre, las palancas de conducción aún se encuentran allí, sin que nadie hubiese reparado en su presencia ni se las haya llevado para reducir. Rulo las acaricia deslumbrado, arrastrando un polvo ancestral con la yema de sus delgados deditos. Y de pronto, tomando con fuerza aquellos comandos, se siente trasladado hacia otro mundo, hacia paisajes desconocidos, hacia un lugar mucho mejor que éste, un rincón donde cualquier fantasía es posible…
La caldera se enciende de repente, con un fragor propio de dragones medievales. Toda la estructura vibra con un empuje contenido, deseoso de ser liberado cuanto antes, hastiado de tantos años de demora e inmovilidad. Los relojes del tablero se iluminan con un resplandor espectral, y con un brutal sacudón, la vaporera se desprende del suelo, alejándose de los rieles con un chillido maléfico, elevándose en el aire como si fuese transportada por los despóticos e irracionales brazos de un huracán.
Rulo se descubre fascinado, con una luminosa sonrisa que le ensancha la carita, ajeno al temor que la experiencia pudiera causarle a cualquier otro en su lugar. Sin saber cómo, se siente dueño de la situación, y esgrime las palancas con seguridad, sabedor del destino que les espera.
Estira la cabeza, con el viento refregándose contra sus rulos, y contempla el paisaje a su paso. Ahí está Villa Chrysler, con sus casillas de material improvisado y cientos de sogas donde cuelga ropa más que humilde, preciso lugar donde muchos años antes hubiera una enorme fábrica de automóviles –según le contase el Colombiano, que a su vez le contara el Ñato Ardiles-. Y más allá del paredón, el Cementerio de La Tablada, con sus monolíticos panteones, sus cruces de mármol y madera, sus estatuas y monumentos, su impiadosa tristeza. Y hacia atrás, la imponente y mafiosa mole del Mercado Central, donde deambulara más de una vez en compañía de su papá y alguno de sus hermanos mayores, en busca de las sobras de los cajones que no se vendían.
La vaporera asciende vertiginosa, en medio de una nube de polvo acumulado durante décadas. Entonces Rulo consigue divisar el perfil de Ciudad Evita, esa señora que según su mamá “era tan pero tan buena; casi una santa, mire… Ya no existen seres así, aunque debería haberlos cada tanto. Seres que se acuerden de los pobres, que nada tenemos, ni esperamos casi…” Rulo apenas entiende lo que quiere decir eso, pero no importa; hay que disfrutar del paseo. ¡Cuando se lo cuente a los pibes en la escuela, la cara que van a poner!!!
El calor de la caldera lo hace transpirar como si fuera verano, sin que suelte las palancas por nada del mundo; el esfuerzo bien vale la pena. ¿Cuándo podrá volver a subirse? ¡Quién sabe! Y otra pregunta se formula delante de los ojos, aunque signifique algo menos interesante que lo que está disfrutando: ¿Y cómo va a hacer para volver a su casa? ¡Qué importa! Ya encontrará la manera de colarse en algún colectivo…
Entonces siente algo contra su pierna, tan adherente como el roce del viento sobre su cabeza y sus brazos desnudos. Y al mirar hacia abajo, el mundo a su alrededor parece desmoronarse. Hasta casi percibe que la vibración de la caldera de la vaporera comienza a disminuir drásticamente, hasta casi desaparecer, y la sensación de vuelo comienza a aquietarse, como si jamás se hubiesen movido del lugar en el que se encuentran varados… Todo por mirar hacia abajo, hacia esa cosa que trepa por su piernita en completo silencio, enmudeciendo a su paso el rugido del viento y del motor a vapor. Hacia esa culebra oscura y viscosa que saca la lengüita y lo contempla con ojos fríos y letales…
La sonrisa de Rulo se extingue de inmediato, asustándose como si nunca hubiese conocido un bicharraco semejante. Claro, las que conoce siempre fueron vistas de lejos, en alguna charca, y con una vara de por medio que lo mantuviese a resguardo. Pero esto para él era tan desconocido como peligroso. Y lo impactaba con una única y lacerante duda…
¡¡¡¿¿¿Lo picaría???!!!
La vaporera yacía en el mismo lugar de siempre, la cabina seguía estando cubierta de mugre, y el mundo no se había movido un centímetro. La realidad seguía siendo tan cruda como siempre. Pero ahora, mucho más amenazante…
Entonces, emergiendo de lleno de su propio ensueño, y antes de que la culebra alcanzase a llegarle a la ingle, giró con violencia la cabeza hacia atrás y aulló:
-¡MAAAMÁÁÁÁÁÁÁÁ!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
*de ALDIMA. aldima@uolsinectis.com.ar
2*
Es lindo teclear las letras con los dedos manchados, parecen manchas de oxido como las que dejan las herramientas despues de mucho mucho tiempo sin usarlas, la verdad es que hace más o menos un año que no tenía asi el pulgar, el indice, el medio tan teñidos que uno puede dejar huellas con esta tinta extraña de que se desprende del envoltorio verde que preserva las nueces hasta el punto justo en que deben caer. Despues uno las ve a cada una con esas cicatrices únicas como lo son los senderos de las huellas digitales.
Duros los cambios en la vida, el árbol esta casi seco, son tres años de la última vez que mi padre participo del ritual viendo la cosecha del nogal que planto como a un hijo en la puerta de la casa.
Por momentos me parece verlo ahí cerquita sentado en la silla o parado sostenido en el andador, preocupado por que los nietos no se lastimen, - no pasa nada papá.... fueron un par de nueces en la cabeza del nene, pero es duro.. , la nena no tenía tres años, pero corria con entusiasmo detras de cada nuez que caia y rodaba por la pendiente de la entrada de autos. Franco me pedia esa larga pertiga de ramas añadidas con la que les damos el golpe que precipita la caida.
Cierto, no son manchas faciles de quitar, como los recuerdos que se borran aparentemente pero quedan latentes debajo de la piel y resurgen cuando uno menos lo espera.
el arbol más joven, mi padre trepandose con más de 65 años al arbol con un palo largo para bajar las nueces altas, las que nos niega la altura... lo dejo, lo reto, le digo dejame a mí, sin demasiada convicción, es su epopeya anual
Que olor especial el de esas vainas verdes que cuidan y crecen con la nuez, como un utero, hasta el punto justo de dar su fruto, una vez al año, reproducir la vida, dar una pequeña cosecha.. -ayer conte 84, se que una parte no son comestibles, estan negras, apestadas de bichos o acidas al gusto, igual iran a secado en las tardes de sol del patio.
Cambian los tiempos, digo mientras siento saltar entre mis brazos a la nena con el caño de aluminio extensible que alguna vez fue soporte de cortina de bañera y ayer, y hoy Pascua, nos ayuda a hacer caer las nueces, se pelea con el hermano y conmigo, las quiere bajar ella, aunque la evidencia le dice que no llegará, que le falta más altura..., igual lo logra, tira una nuez a upa del papá. Esta alta, larga, cumplira 6 añitos antes de la primavera, antes que este árbol viejo y cansado haga su renacer milagroso de nuevos brotes verdes en sus pocas ramas todavia vivas ( el año pasado contamos 125 nueces, ahora son menos, algunas ramas se caen solo al tocarlas estan secas, y este árbol de frutos de abril, que da leña en vida, se esta muriendo de pie ). Despues la llovizna nos encierra en la casa, los chicos rebuscan entre las cosas y los cuadernos inconclusos del padre. Paula encontro el mapas de vías del abuelo de Alberto, el mismo que uso yo para el recorrido del inventren, lo despliega sobre la cama, me pide su cuaderno, dibuja un gran jeroglifico, un mapa de vías, unas casitas-estaciones y arriba escribe su imprenta E,F,C,O.
En esto pensé, hoy, cuando entre vapores de la locomotora, pude ver en esa esquina, justo enfrente de la estación, la silueta hoy oscura del bar "los Nogales", donde alguna vez un profesor universitario nos sentó a tomar cafe o caña despues de su clase abierta a bordo del tren.
*de Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
Correo:
....Hermosa me resulta siempre la verdad de cada uno, aunque sea imaginada, y que en definitiva, viene a ser como el adorno de la realidad. Y que en estos casos especialmente es necesaria para escribir historias mas interesantes...
Y date cuenta, si me habrá resultado así, que sentí la necesidad de conocer esos lugares...
De todas formas, veré si yo puedo también sin conocerlos, "hacer como sí" y enviarte lo que escribo. No se que es lo que querés fraccionar, pero hacelo tranquilo, porque cuando envío algo, ya no es mío sino de todos y cada uno.
Hace aproximadamente dos años, visité los galpones de Tolosa y pude tocar y subirme a una máquina de "ende-veras" y sentir eso que se siente, cuando tocas y acaricias los sueños y realidades de otras épocas.
No por nada, cuando paso junto a ese puente inmenso, artístico e infinito que pasa por arriba de las vías cerca del lugar, huelo esa máquina y el galpón que se quedaron en mis recuerdos.
(....) las viejas máquinas tienen un olor particular. Que es muy parecido, pero mas
concentrado al que tenían algunas herramientas de mi abuelo y olía al entrar
al galpón de su casa. ¿Me podrías decir , cuál es la próxima estación? No por nada estuve
imaginando que bajaba de un tren, en una estación con un tipo de galería a ambos lados, con una vieja palmera a un lado y dos o tres Plátanos desaparrados que me daban la bienvenida a un montón de locomotoras que sonreían en medio del pastizal. Un beso.
* Moni. Monipas05@aol.com
Tuesday, August 31, 2004
ESTACIÓN RIACHUELO
InvenTren
"Los trenes tienen algo que ver con el principio y con el final "*
Los dos hombres han salido a cubierta. Amanece y desde el barco puede divisarse la costa, el primer movimiento del día. Una leve bruma dificulta la visión desde la popa, donde los dos hombres se han apoyado y permanecen en silencio.
El gordo está prolijamente peinado, el cabello ralo apretado por la gomina. La brisa le hace entrecerrar los ojos. Una arruga le cae entre las cejas, otras dos a los costados de la nariz y la boca es un arco fláccido sobre el mentón quebrado.
Los ojos del hombre flaco son opacos; los rasgos suaves del rostro denotan comprensión
-resignación tal vez-, y ya no hay ternura ni esperanza en su gesto. toda la amargura del mundo mira, desde esa cara, a la costa inglesa.
Stan coloca una mano sobre los ojos, a modo de pantalla, un poco para evitar el fulgor del sol que se levanta en el horizonte, un poco para que el gordo no advierta que esa costa (que es la misma que dejo hace cuarenta años), es otra para él.
Los cuarenta años pasados en Hollywood lo han convertido en un hombre cansado. Al fin y al cabo, es mucho tiempo y la vitalidad no le puede ganar a la vida. ¿De qué valdría estar recostado en un cómodo sillón, rodeado de nietos que miman, de periodistas que adulan? John Wayne le dijo una vez al gordo, que ahora está a su lado y entonces no le hizo caso, que la vida es dura y es mejor defender a cada momento lo que se consigue porque si no, la gente lo olvida. y la gente olvida su propia risa.
El flaco ha movido levemente la cabeza y le ha parecido percibir, en el gesto del gordo Ollie, una mueca parecida a una sonrisa.
-Ya salen los pescadores- ha dicho el gordo.
En el horizonte, centenares de barcazas dejan la costa en dirección al pequeño barco. Sólo Laurel y Hardy permanecen en cubierta. Ambos han levantado las solapas de sus sacos, aunque no hace demasíado frío; el viento silba contra el buque.
-Habrá que tomar un tren hasta Lancanshire-, dice el flaco sin mirar a su compañero.
-los trenes tienen que ver con el principio y con el final- ha dicho Stan.
-Por primera vez, Ardí se ha dado vuelta para mirarlo. Luego baja la vista. Le gustaría estar otra vez bajo los reflectores, frente a una cámara de cine.
Piensa que no está demasiado viejo para eso. Tiene 62 años y está cansado, es cierto, pero debe reconocer que es la gente quien se ha cansado de él y de Stan.
"Los trenes tienen algo que ver con el principio y con el final", piensa ollie. Es cierto. También los barcos y la distancia. Uno siempre va a morir lejos de los mejores lugares. Por vergüenza tal vez, como los elefantes. El siempre tuvo algo de elefante. No sólo fisicamente. Los elefantes son codiciados en su mejor momento cuando sus colmillos son frescos y deslumbrantes. La gente sólo busca eso, los colmillos. Si atrapa a un elefante, enseguida se los corta y toda la grandeza del animal desaparece. Queda apenas el cuerpo pesado, dolorido, tan dolorido está el elefante que cualquier otro animal puede matarlo.
-Me siento como un elefante-, ha dicho Hardy, Stan lo mira y luego dirige sus ojos a la distancia donde las chalupas navegan agitadas por el mar.
-¿Tu padre sabe que llegás? -pregunta Ollie.
-Le mande un telegrama. Habrá función en Lancanshire. El todavía trabaja en el teatro del condado.
Cuarenta años fuera de Inglaterra. Nunca extrañó demasiado. Sin embargo, Stan siente esta madrugada un suave estremecimiento cuando piensa que su padre lo verá en el escenario. Siempre le mandaba cartas luego de ver las películas. Alguna vez, recuerda, le sugería cambiar detalles. El viejo era muy minucioso y no perdonaba nada. El lo hizo actor y no le dolió cuando lo dejó ir, aún sabiendo que no regresaría. Quizás esperaba de su hijo la grandeza que él nunca había conseguido. Y ahora el hijo regresa, con toda su grandeza a cuestas, y le da miedo enfrentar al viejo (tendrá más de ochenta años ahora), que todavía actúa en comedias y ha sido premiado en el condado. Dos hombres viejos van a encontrarse, van a resumir sus vidas en un instante.
Ollie mira a Stan. Tiene los ojos nublados y siente ahora un poco de frío. el sol se levanta cada vez más. las estrellas, que aún brillan, son las mismas que las de aquella noche de 1912, cuando Stan partió de Inglaterra. Stan siente ahora lo mismo que aquel día. Es necesario apostar otra vez por la vida, pero no sabe si alguien querrá aceptar la apuesta de un viejo perdedor.
Stan enciende un cigarrillo, tiene que darse vuelta, dar la espalda al viento para que el fósforo no se apague.
A lo lejos comienzan a sonar las campanas de la iglesia del pueblo. Ollie reconoce antes que Stan el ritmo de los tañidos, la música que tantas veces oyeron en sus películas.
Se han mirado sin hablar. Stan se ha cubierto la cara con las manos. Arroja el cigarrillo al mar. Ollie le da la espalda. Ambos saben que todo final abre la esperanza de un nuevo comienzo.
La música llena el aire.
*de Osvaldo Soriano.
-"Regreso con Ollie" esta incluido en Artistas, locos y criminales. tambien puede leerse este texto algo mas sintetico en Triste, Solitario y Final.
Estación Riachuelo
1*
Mañana cálida de un otoño que parece verano, salgo tempranito para el hospital de gastroenterologia, es mi segundo intento de conseguir la endoscopia. En las veredas ya hay señoras barriendo los fantasmas de la antigua primavera. Ellos corretean dejando un chirrido inquietante sobre las baldosas, se arremolinan de viento huyendo inutilmente de la escoba que los empuja a la pira, a ser humo y pronto silueta invisible en los aires. Las hojas caen como promesas arrugadas, hacen una piel marron sobre la piel cemento de ciudad.
Un hospital público es laberinto extraño para quien llega. La gente golpea todas las puertas, ignora los carteles: no hay turnos, el equipo esta descompuesto, sólo por telefono, no entre, área restringida. Voy a donde me dicen y golpeo por tercera vez: vengo a ver al doctor Oscar, de parte de la doctora Karina, traigo un resumen de historia clínica... el doctor tiene una operación y estará a las 14 o 15 horas, golpeá en la otra puerta, donde dice sector "H", endoscopia baja.
Agradezco a la secretaria y bajo por las escaleras para no ocupar el único ascensor disponible para camillas y sillas de rueda. Son las 9 de la mañana, en verdad quisiera irme y no retornar jamás... ¿qué hago?, ya en la calle camino hacia la avenida Velez Sarsfield, con el sol ante los ojos me ilumino como ante un fogonazo: el inventren¡¡¡ :faltan 3 días y no visite la estación Riachuelo, o al menos lo que queda de ella. Empiezo a caminar hacia la estación Buenos Aires antigua cabecera del ferrocarril Compañia General Buenos Aires, y actual de trenes suburbanos privados.
La estación no debe haber cambiado demasiado desde el 1912, la modestia de sus paredes de madera, sus techos de chapa cambiados hace poco. Empiezo a caminar por la vía, buscando en desvio hacia el Riachuelo, a poco de andar, atras de la cancha de Barracas central la vía ingresa en la vía ancha ( con tercer riel para trocha angosta ) que se dirige hacia la estación Sola de cargas. Hacia el Riachuelo las vías desaparecen entre las casillas y los pasillos estrechos de una villa miseria. No me animo a seguir solo, retorno a la estación. Le explico al diariero, un hombre grande a quien seguro la gente le pregunta las cosas más insolitas, como mi pregunta como hago para seguir el recorrido de las vias si estan construidas casas y casillas de madera, ademas del miedo de ser un extraño allí, digo aunque los peligros estan bien repartidos en esta sociedad injusta hasta en los prejuicios.... El hombre, me contesta, -tiene que ver a Don Tito en la carboneria, o al panadero que vive en la villa, pero el panadero salio a vender en el tren hasta Soldatti y tardara mas de una hora en volver, vealo a Don tito de mi parte.
Don Tito, es un joven sin edad, le brillan los ojitos claros cuando le digo que vengo por algo cercano a los trenes, debe tener al menos 70 años y vive en el fondo de la carboneria en un vagón del ferrocarril Santa Fe, un hermano francés de este ferrocarril, me invita a pasar, el vagon tiene lo justo para un hombre solo, un ambiente para comer y cocinar con una cocina económica que funciona a leña, una mesa enorme que permite desplegar planos y carpetas, más allá un catre, y todo impregnado, saturado de recuerdos ferroviarios, me asombra el estado del vagon de más de 100 años, la madera curva impecable del techo sin signos de humedad. Le explico, quiero llegar hasta la ribera del Riachuelo siguiendo la vía, para escribir algo breve sobre lo que quedo de esa estación de carga y sus talleres donde todo se construia y armaba, locomotoras, vagones, todo...
Don Tito acepta encantado, no sin antes llevarme a ver la joya del ferrocarril en uso hoy mismo, la balanza de pesar carros -hoy camiones-, veo asombrado la precisión de pesas y medidas de 30 toneladas el máximo a un gramo. "La Mulatiere" se llama por su hierro negro, más abajo se lee :
B. TRAYVOU CONSTRUCTEUR.
Caminamos por la vía eludiendo el edificio de la estación y los controles que piden boleto, acaba de entrar un tren y tenemos vía libre por un buen rato. Don Tito es una especie de enciclopedia viviente a la que cuesta seguir en la proliferación de anegdotas, -aca los franceses tenian una fábrica de gas... pues los faroles vió, eran de esos que enciende el guarda uno por uno..
desde el costado de la cancha de futbol de Barracas Central se ve una grua clavada en el pasto, tiene la altura de un tiranosaurio rex y con lógica podría compartir un espacio en algún museo conceptual post moderno. Se oye un silbido, casi como el del afilador, pero mas breve, atras nuestro viene el panadero, con su canasta de mimbre a cuestas.
Don Tito me presenta, el hombre es paraguayo vive en un sector de la villa con otras familias llegadas del Paraguay "hace como 20 años", son toda buena gente, -me dice. a los chorros los fueron limpiando de a poco, la misma gente no los quiere... igual hay de todo, pero nadie se mete con uno y menos de día. vengan , yo voy recorriendo por los pasillos casi hasta llegar a la ribera.
Cruzamos la via del ferrosur a Sola, donde pasa un tren por semana, y entramos en el laberinto.
La verdad es que hasta la calle Iriarte no hay rastros de nada que se parezca a un ferrocarril, ni vías. La calle Iriarte atraviesa el eje de los antiguos galpones del taller, ni vestigios salvo una chimenea de ladrillo y un galpon ferroviario hoy abandonado. Trato de imaginar, mientras escucho el relato de Tito, y me parece ver la alzada de una locomotora negra en los aires, el montaje final con gruas y cadenas, la gente traspirando con las manos y las ropas engrasadas. el trabajo duro que hacia hombre a la gente.
" yo entre de pibe, era auxiliar de instalaciones, estaba cuando cerraron todo, creo que fue en 1952, un poco antes de la muerte de Evita, cargaron todo en vagones, máquinas, locomotoras, herramientas, todas apiladas como chatarras, había una máquina que le permitia girar y agujerear en 360 grados, hermosa, una belleza, se llevaron todo al taller del Midland en Libertad.
Y aquí sólo quedaron los edificios.
Sobre Iriarte hay un paredón blanco, ideal para pintadas del presente, del 2004, hay una que me llama la atención por su extensión, por su pulida redacción, por que lleva firma, en suma es algo realmente inusual:
Globalización:" Esto de la globalización tiene también su costado positivo. El mundo se ha llenado de góndolas y estanterías, atiborradas de cosas, de índole diversa y dudosa utilidad, que nos proporcionan la posibilidad de una alegría. La alegría de no necesitarlas".firmado: Guillermo Heredia. guillermo_heredia@arnet.com.ar
Don Tito y el panadero paraguayo me tienen una infinita paciencia, pues a cada rato abro el cuaderno de viaje y copio u escribo algo, siempre con mi letra mixta que no es imprenta ni cursiva. Entramos a traves del paredon de la calle Iriarte en una segunda villa, esta es increiblemente compacta, con casas de ladrillo hueco sin revocar, algunas con estructura de hormigon y dos plantas, -se nota que son obreros de la construcción -digo.
Aca se arma la cuadrilla completa dice Angel el panadero, la mayoria son bolivianos, no se achican al trabajo contra el sol fuerte, ni a palear el hormigon.
Veo unos fierros desnudos, la estructura de un gran galpon, -aca tenian una usina electrica propia para sus talleres me dice Don Tito, desarmaron varios galpones, pero en este se mato un operario y suspendieron. despues la villa cubrio todo...
Ya casi llegamos a la ribera, son 2 km desde la vía de sola, aquí aparecen las vias antiguas, muy cercanas a las actuales que permiten cruzar el Riachuelo. cruzando dice Angel te vas hacia el Dock Sud, allí si que es un lugar jodido, contaminado por las petroleras y lleno de maleantes con casillas de cada lado de la vía, tal es asi que los maquinistas ruegan que no se abra ninguna puerta al paso de la locomotora pues es tan estrecha la senda que se la llevan puesta.
Pensé algo que no me anime a compartir: tendría que pedir permiso a esta gente para que el Inventren salga el domingo casi noche cruzando silencioso sus habitaciones, rodando por su aire familiar e intimo, pasando más de 50 años despues, cuando muchos de los habitantes del barrio ya perdieron cualquier rastro acerca del ferrocarril de trocha angosta y la estación Riachuelo.
Que dirian?. Me imagino, un representante barrial me pregunta si lo estoy jodiendo, que es eso de un tren literario que pasará sin mover ni el aire de las mejillas entre casas y pasillos hasta empalmar su vía real cerquita de la estación Buenos Aires.
Me despido de Don Tito y de Angel, el panadero. Vuelven, es hora de almorzar, y don Tito le ofrece a Angel comer algo de la parrilla que preparan los muchachos de la carbonería, me invitan les agradezco, otro día, ahora tengo que volver al hospital, es un hermoso día y el barrio no ofrece peligro alguno, ademas recuerdo el camino de regreso y en Iriarte me tomo el 46...
Hecho un último vistazo al Riachuelo, un río muerto que destila nauseas, nada se mueve en esa superficie, no es el 1912 cuando todavía se podían pescar anguilas de rio. 1912: este ferrocarril tenía 1269 km de vía, 111 estaciones funcionando, 332 galpones, 3300 trabajadores. En el muelle, este en el que estoy ahora cerca de unos tablones resquebrajados que dan miedo pisar, los trabajadores descargaban los trenes y cargaban las lanchones de Semorile, Cacciola & Forte hasta el Puerto Madero. Un ferrocarril cerealero. Una estación de carga donde consignatarios multinacionales habian instalado sus oficinas comerciales: Bunge y Born Ltda., Louis Dreyfus y Cía, Molinos Río de la Plata, Nidera, etc. de este lugar, una ruina casi sin señales del pasado, saldrá el 4 a la noche el Inventren, por una vía prestada de 2 km. No me animo a pedir permiso, a pedirles a los vecinos que abran sus puertas y ventanas para dejar pasar una ilusión colectiva.
Vuelvo sin contratiempos, ya son las 2 de la tarde. El calor supera los 30 grados. En el tercer piso del hospital golpeo la puerta correcta, y justo me atiende el doctor Oscar, lee la historia clínica y la carta de su colega, -vení, pasá. -me dice.
-Hoy es tu día de suerte.
*de Eduardo F. Coiro. inventivasocial@hotmail.com
2*-A Martín RéboraLa madrugada, fría y ventosa, se hacía sentir inexpugnable dentro de los sucios talleres ferroviarios. Marcos Reed, camarógrafo free-lance, sabía que aquella misteriosa incursión que planeara este singular productor televisivo, quien ya le consiguiera varias "changuitas", sería algo inusual (filmar las villas miseria cercanas al Dock Sud, ¿a quién se le pudo haber ocurrido?). Pero nada le hacía prever lo que se avecinaba, más allá de la vetusta locomotora diesel, con un potente faro que horadaba la noche.El productor se llamaba Luis Quintana, sus amigos le decían "Droopy" (aquel personaje animado que solían proyectar junto con Tom & Jerry), porque siempre aparecía en todos lados, y era un loco de la guerra. Mucho más que Marcos, lo cual ya era mucho decir. Había conseguido recién un par de días antes -y vaya a saber dónde- el contacto para realizar aquella travesía, únicamente de noche, a fin de realizar las tomas iniciales para una serie de documentales referidos a la marginalidad urbana. El asunto olía un tanto turbio, ya que tampoco quedaba claro a nombre de quién operaba tal ramal, escondido y casi clandestino; pero Marcos no se acobardó por eso. Muy por el contrario, el detalle le daba la incursión un sabor muy excitante. Gastón Robles era el nombre del maquinista, quien puso un par de ineludibles condiciones al momento de partir: que jamás lo enfocaran con la cámara, y que su identidad nunca fuese revelada. "Me juego el laburo, ¿viste?", fue su único y monolítico argumento. Eran pasadas las dos cuando la locomotora se puso en marcha, rumbo a las antiguas refinerías del Dock, rechinando aguda sobre los rieles, cuyo mantenimiento se adivinaba casi nulo. Remolcaba tres vagones, uno cargado y dos vacíos. Marcos y Droopy no quisieron preguntar nada al respecto. Pero al acercarse a los cambios de vías cercanos al Riachuelo, Robles les pidió que se agacharan dentro de la cabina de la locomotora, no fuera cosa que alguien los viera. "¿Quién, a esta hora y con tan poca luz, en este lugar de mierda?", pensó Marcos, pero no emitió opinión. En la semipenumbra, Quintana y Reed alcanzaron a divisar los irregulares emplazamientos del caserío, levantado a la vera misma de la vía, con apenas unos centímetros de distancia entre las precarias paredes de cartón y chapa y el paso de la locomotora, que aunque disminuyese la velocidad, atravesaba aquel corredor conteniendo el aliento. -¿Cómo pueden vivir así? -, llegó a decir Droopy, incapaz de comprender dónde se encontraban. -¿Cómo quiere que vivan? -, respondió Robles, como si la respuesta fuese obvia. -Han ido llegando en oleadas, sin preocuparse por si había lugar para ellos acá o no. Y fueron levantando estas casuchas donde pudieron. Mire, a veces las ponen tan cerca de la vía, que cuando vuelvo cargado, y los vagones se bambolean, más de una vez me llevé puesta una pared y arrastré todo lo que venía atrás.-¿Gente también? -, exclamó Marcos, ahogado por la impresión.-No. Cuando arrastro casillas no. Pero también me ha pasado que de pronto se abra una puerta que da a la vía, y aparezca delante de mí alguna persona. Imaginesé: un viejo, un anciano, que ya no puede orientarse ni siquiera dentro de su propia casa, se levanta de noche, necesita ir al baño, tantea a oscuras las paredes, llega hasta la puerta, abre. Pero resulta que se equivocó. Que la puerta que daba a la letrina común era la otra. Y sale a la vía, a ese pasillito que se forma ahí al costado, en el momento justo en que paso yo. Entonces las luces lo encandilan, y la sorpresa es tan grande que no puede reaccionar, ni amaga a tirarse dentro de la casilla. Y "me lo llevo puesto".-No me joda. -, sonrió Marcos, sin poder creer lo que le cuentan.-Es la pura verdad -, afirmó Robles, mirándolo de costado, un tanto ofendido. -Si quiere le cuento pelotudeces que se cuentan por acá para que pongan en el programa, pero me parece más justo que les diga lo que vivo cada vez que vengo, ¿no?-Seguro, amigazo, seguro -, terció Droopy, palmeándole el hombro a Marcos para que se calle y escuche, sin arruinarle semejante fuente de información.La visión del pasillo a través del parabrisas de la locomotora, encajonando la vía, parecía de película; de terror, por supuesto. La sola posibilidad de que se abriese alguna puerta y alguien apareciera delante de ellos de improviso, a Marcos lo llenaba de espanto. Supuso que podría sentir algo de adrenalina al estar inmerso dentro de algo "clandestino", pero esto superaba cualquier clase de expectativa. De pronto, le pareció que aquel tren nocturno aparecía en medio de la noche como una irrupción infernal, casi de otro mundo, que quizá sirviera como "cuento del Cuco" para asustar a los críos que vivían en aquel lugar y mandarlos a la cama, impregnados por el temor de levantarse en medio de la noche. La idea le hizo sentir escalofríos, pero no por eso dejó de filmar algunas escenas de aquella vía encajonada, quizá para ilustrar los títulos del documental. Una vez que traspusieron aquel villorrio, continuaron la marcha hacia el Dock. Los contraluces de la madrugada resultaban siniestros. Y el viento, cada vez más helado, no ayudaba a que pudiesen sentirse a resguardo del paisaje. El silencio se abatió sobre ellos sin piedad, apenas fragmentado por los sorbidos sobre la bombilla del mate, que circulaba de mano en mano; amargo, por supuesto, y cebado con inusual destreza por Robles, mientras continuaba operando la palanca del acelerador de la locomotora.Finalmente, luego de atravesar un ralo descampado, y oliendo el característico aroma putrefacto del Riachuelo, ingresaron en un ámbito mucho más pesadillesco que el anterior. Las construcciones ya no eran desiguales, sino que parecían armadas por opacos bloques de material, aunque éstos no parecieran ser muy sólidos. Apenas se recortaba alguna torre, último vestigio de las refinerías que solía haber desperdigadas por la zona, antiguo reducto industrial. Las borrosas siluetas estremecían gradualmente a Marcos -imposibilitado de filmar a causa de la escasa luz reinante-, aunque ninguno de los dos se animase a decir nada.-¿Dónde estamos? -, consiguió decir Droopy, venciendo sus recientes temores.-Supongo que para los planos de la Municipalidad esta zona ni siquiera está urbanizada -, comentó Robles. -Los vecinos la llaman "Villa Batería", porque la construyeron como todas, con materiales en desuso. Y como acá hubo una fábrica de baterías eléctricas, los bloques de las casillas son baterías en desuso.Marcos y Droopy se miraron con espanto.-¿Y la contaminación? -, preguntaron al unísono.-¿Qué contaminación? -, repreguntó el maquinista. -Los que viven en este lugar ni siquiera saben que esa palabra existe."¿Sabrán que ellos mismos existen?", se estremeció Marcos. Y la sola idea de imaginar la clase de gente que pudiese vivir en un lugar así, expuesta a los venenos y las radiaciones, desarrollando quizá hasta mutaciones inconcebibles, le generó náuseas. "¿Se sentirán desahuciados, o tampoco sabrán lo que ese concepto signifique?".El panorama resultaba casi dantesco, aunque quizá se mostrase potenciado por la desbordante imaginación de aquellos dos hombres, temerosos de ver aparecer entre los montones apilados de baterías corroídas cualquier silueta que pareciese deformada, hasta incluso teñida de verde y con algún ojo de más.Robles avanzó un centenar de metros más y detuvo la formación, haciendo chirriar los frenos. Delante de ellos se extendían las oscuras y aceitosas aguas del Riachuelo, abundantes en petróleo, carentes de vida alguna. Se hallaban cercanos a la desembocadura en el Río de la Plata; aquella zona era custodiada por la Prefectura Naval. Aquel era el destino final de Robles.-Pueden bajar y trabajar tranquilos -, les informó. -Yo tengo que esperar a que dentro de un rato arribe un cargamento, hacemos el intercambio de mercadería, y nos volvemos por donde vinimos.-¿Cómo lo traen? -, preguntó Marcos, aunque al terminar la frase sabía que había preguntado una obviedad. -En barco -, masculló el maquinista, mirándolo de costado, casi apenado ante su ignorancia.Indagar acerca de la legalidad de aquel cargamento resultaba casi una broma de mal gusto. Droopy le hizo una seña, y ambos descendieron de la cabina, transportando el equipo portátil de filmación, mientras Robles encendía un Particulares.-Estamos en pedo si pensamos hacer alguna toma en este lugar -, le advirtió. -Y más en pedo estamos por haber venido sin chequear en detalle las características del lugar.-Ese es tu trabajo -, se atajó Marcos.-Ya lo sé, pero el Gordo me tenía repodrido con que tenía que traerle algo pronto para elaborar el programa piloto. Ni se me ocurrió que nos íbamos a encontrar con esto.-¿Y por qué no se lo vendemos a alguno de estos tipos que hacen periodismo de investigación?-Porque necesitamos algo más que esto para hacer una denuncia, boludo. Y porque con esa VHS no vamos muy lejos con el anonimato.Marcos miró la cámara que transportaba en la diestra y volvió a preguntarse qué clase de tomas podrían hacer con esa luz, sin quitarle "naturalidad" al paisaje cuando proyectaran los flashes de los focos que cargaba en la mochila. "¿Qué estarán contrabandeando?", se preguntó. Aunque la respuesta tenía el mismo grado de certeza que preguntarse acerca del origen y el destino final del alma humana: cualquier opinión era válida.Hicieron un breve rodeo, sin alejarse demasiado de la locomotora. El lugar les generaba bastante aprensión, casi como si hubiesen penetrado en una casa abandonada, famosa en el discurso de los vecinos por encontrarse embrujada. Utilizaron la escasa luz de un foco de alumbrado para filmar apenas un rincón de esa lúgubre villa, sintiéndose vigilados por ocultos e insomnes ojos. Sabían que cualquier material que llevasen sería descartado de plano en la "isla de edición", pero preferían mantenerse ocupados antes que reconocerse transitando por aquel lugar. Y menos aún pensar que los acechaban los cuatreros.La barcaza arribó a la media hora, piloteada por un marinero hosco y extranjero. Descendieron cuatro hombres, gruesos e inexpresivos, que los miraron con recelo. Marcos apagó la cámara de inmediato, intimidado por aquellas miradas. Pasaron junto a ellos y abrieron las puertas del único vagón cargado. Las cajas en su interior carecían de sellados o carteles, al igual que las que comenzaron a bajar de la barcaza. Robles se sumó a la tarea; quizá también recibiese un porcentaje, aventuró Marcos. Y de pronto, la idea lo asaltó con tal claridad que le resultó la mayor obviedad que pudiese habérsele ocurrido en toda la noche. Sólo faltaba que los misteriosos habitantes de aquel lugar les armaran un piquete con las ruinas de antiguos chasis de automóviles sobre los rieles, para que la escena completa fuese el fiel reflejo de la cruel pauperización a la que los sucesivos gobiernos habían llevado al país. Un sistema carcomido por la corrupción, una población indigente y al borde de la muerte, un horizonte oscuro y sin atisbo alguno de futuro. La sensación de náuseas regresó casi con mayor énfasis.Entonces volvió a encender la cámara, sin que nadie lo notase -ni siquiera Droopy, absorto en el monótono ir y venir de los changarines-, y filmó como al descuido, sin llevarse la cámara al hombro, apenas enfocando desde la cadera, ignorando a ciencia cierta si alguna imagen podría llegar a tomar la película, pero con el corazón desbordante de indignación. Deseoso de testimoniar algo, aunque supiera que no sirviese para nada, salvo para llegar a dormir tranquilo el resto de las noches por venir.
*De Aldima. aldima@uolsinectis.com.ar
3*
Anochece, creo que ya estamos retrasados con el horario de partida, pero hay que acomodar locomotora y vagones en una vía improvisada, Mario y Ernesto han ubicado la locomotora nº 206, rebautizada "Sophostine", llevara un tender con provision de G.N.C como para llegar a Patricios, donde será reemplazada por otra locomotora a vapor, pero esta impulsada a biodiesel.
-Mario, fijate de salir para el lado de Tapiales, que si no vamos a morir al docke y sus petroleras.
-todo bien, Edu, no ves que el Riachuelo esta a nuestras espaldas y yo voy a arrancar siempre para adelante, nunca para atras..¡¡¡¡¡
Dos vagones de pasajeros, un coche comedor y tres vagones de carga general y encomiendas.
El boleto se paga en una maquina expendedora como la de los colectivos, tiene un visor digital que dice "indique su destino", si lo supiera.... -pienso. finalmente, reacciono y pulso una tecla que dice Mirapampa, como es un tren literario el boleto no sale más que un pasaje urbano, deposito 2 pesos y me da el cambio: 65 centavos.
Antes del pitazo del guardo quiero hechar una mirada al libro de visitas donde escriben los pasajeros antes de subir y sentarse, allí leo:
*
Juro que me moría de ganas por bajar. Solamente la prisa que tenía por llegar a La Plata, hizo que desistiera de la tentación. Volvía a mi ciudad desde Plaza Constitución, en una tarde de octubre y casi clavado en el centro de la primavera, el Parque Pereira Iraola, daba la bienvenida al sol que se entremezclaba entre las hojas de los árboles. Lejos de uniformarse parecían cubrir los lados del andén con tantos tonos de verdes distintos que tapaban la escasa pintura de la vieja estación, adormecida y callada. A un lado de las vías, el convento, misterio precioso, con un camino que da justo al viejo portón de la casa en que habitan preciosas criaturas que sirven a Dios. Al otro, el escaso poblado y una entrada casi oculta a la magia de la naturaleza y el disfrutar de un día en el parque. Los pájaros, llenaban el aire con sus trinos y dos niños preciosos, jugaban y charlaban mientras la tarde transcurría. ¿Qué habrán pensado los hombres que construyeron esas vías? ... Me los imagino, con sus herramientas, transpiramos, con los rostros enrojecidos por el sol y soñando con unir puntos cardinales; cansados del duro trabajo, pero deleitándose en pensar en los rostros de los pasajeros y admirando la misma belleza, que me atrapa y me hace imaginar. Casi puedo verlos...chorreando gotas para entrelazar poblaciones, llegar hasta lo que sería la Capital de la provincia y ejerciendo el oficio sostenidamente para que el tiempo pudiera avanzar inexplicablemente con mas prisa.Cada tramo de riel, guarda un recuerdo.Cada recuerdo el carbón encendido de aquellas primeras locomotoras que ayudaron a hacer un país grande. Cada uno de los que consiguieron hacer realidad esas vías son parte del paisaje de otro tiempo, y se acercan al andén cuando el tren pasa, para festejar la hazaña.
* de Moni. Monipas05@aol.com
La luna llena se refleja en el espejo negro del Riachuelo, es una visión imposible de trasmitir la de esa superficie de petroleo brillante que parece revestido de un plástico negro, impermeable, no barro. No inconsciente colectivo que no puede individualizar sus orígenes. Extraña visión la de este Rio en la noche, reflejando todo, la luna, las luces de las calles, los puentes y las sombras. todo en un curso fétido. quieto. Temo ver y vernos en decadas y pérdidas, en dolores sin cierre, reacciono, escucho la campana, me voy, nos vamos. Salió el inventren.
*de Eduardo F. Coiro inventivasocial@hotmail.com
4*
Samuel Berstein llegó al lugar siendo ya hombre, proveniente de Polonia encolumnado en la inmensa colmena de judíos que huían de su tierra devastada y ensangrentada por los nazis.Como todos ellos, tuvo un nùmero de condenado que jamás se borraría de su memoria ni de la piel donde fuera estampado.Recaló en Quilmes en 1946, cuando aún no era la ciudad pujante de hoy sino sólo cabeza de partido, donde las quintas ocupaban grandes parcelas próximas a su centro que comenzaba en la estación de ferrocarril y se extendía a lo largo de seis cuadras por la calle Rivadavia.Antes de la guerra Samuel había trabajado en el campo recogiendo las frutas del verano en importantes plantaciones y aprendido a arreglar los zapatones y las botas de cuero de sus propietarios. Pronto empezó a trabajar en las quintas saltando de una a otra como peón de repuesto según las necesidades de los quinteros.Dos cualidades lo destacaban: era trabajador y callado lo cual lo convertía en un peón rendidor. Cuando el viejo Domingo Miranda murió. Celino Gutiérrez, el encargado, luego de consultarme mandó llamar al judío y lo tomó efectivo.Samuel era delgado, de estatura media, rubio y de ojos azules siempre enturbiados por una profunda tristeza hecha de recuerdos y añoranzas; la añoranza se fijaba mucho más atrás, antes de los nazis, la tortura y el genocidio. Los recuerdos quemaban. Trabajaba de sol a sol y por la tardecita, aseado y con su pena a cuestas iba a sentarse a la estación, siempre en el mismo banco de madera.Disfrutaba viendo llegar el tren tirado por la máquina a vapor rugiendo al encarar el andén.-La campana y la pitada del guarda dándole salida traían a su mente otros trenes con siniestro destino en el tiempo de la guerra-. Muchas veces hacíamos juntos las compras necesarias para el campito. Si bien era hombre de pocas palabras no me molestaba el silencio en su compañía, me había encariñado con el judío ya que era educado, fiel y agradecido.La cercanía de la primavera trajo las lluvias. Una semana llovió. Samuel y Celino compartieron entonces la pieza, el mate y la caña. Yo me sumaba a ellos para acortar la velada. Para Celino los días eran largos y tediosos no así para Samuel empeñado en fabricarse un par de botas. Una de esas noches en que la conversación era poca y la melancolía mucha, nos prendimos a lacaña; creo que fue el alcohol lo que le soltó la lengua.Animado, Gutiérrez preguntó al peón:-¿Te casaste alguna vez?-Durante la guerra nadie se casa...nadie piensa en el futuro...No hay futuro. Pero yo ya estaba casado y tenía un hijo.-¿Qué fue de ellos?-Los alemanes los mataron...Ella se llamaba Hanna, el niño Isaac... Los dos tenían los ojos verdes.-¿No tenés más familia?-No, todos murieron.Y dio por finalizada la plática volviendo a su tarea de zapatero.Cuando cesó la lluvia, las botas quedaron terminadas. Todos admiramos su habilidad.A la mañana siguiente volvimos a los sembrados. Componer lo que el viento y el agua dañaran demandó varios días. Recién el sábado peón y encargado se engalanaron para ir a la estación; me invitaron y fui con ellos. El judío estrenó sus botas marrones y relucientes.La tarde era tibia y el sol calentaba lindo. Había mucha gente esperando el tren para Constitución en el andén de enfrente; ocupamos el banco de siempre y estiramos las piernas...Pasado un momento Gutiérrez tocó el brazo de su compañero al tiempo que ledecía:-Che, Ruso, mirá que linda piba...El Ruso no lo escuchó. Su atención estaba puesta en un muchacho que limpiaba el andén con agua y acaroína; lo miraba fijamente a los ojos que atraían por su color verde y sus pestañas muy claras.-Buen chico... murmuró abstraído.En ese momento el jovencito, nuevo en su trabajo, levantó el balde, se echó el escobillón al hombro y se dirigió a cruzar las vías por el portoncito del alambrado que las separaba.Samuel fue el primero en ver el tren que se acercaba a toda marcha . De un salto estuvo de pie. Su grito resonó en el eco.-¡Isaac!!!...¡Isaquitoooo!!!...Cuidadooo, el tren!...El muchacho, ante la advertencia, se detuvo asustado pero él resbaló con sus botas nuevas en el piso aún mojado cayendo de espaldas con las piernas colgando fuera del andén.Entonces fue Gutiérrez quien gritó:-¡Rusoooo!!!!!Fue tarde.Cuando el rápido a La Plata terminó de pasar, las botas marrones con las piernas dentro, rodaban por las vías...
*"El Judio y las botas", de Fanny Garbini Téllez. fannyte@ciudad.com.ar
"Los trenes tienen algo que ver con el principio y con el final "*
Los dos hombres han salido a cubierta. Amanece y desde el barco puede divisarse la costa, el primer movimiento del día. Una leve bruma dificulta la visión desde la popa, donde los dos hombres se han apoyado y permanecen en silencio.
El gordo está prolijamente peinado, el cabello ralo apretado por la gomina. La brisa le hace entrecerrar los ojos. Una arruga le cae entre las cejas, otras dos a los costados de la nariz y la boca es un arco fláccido sobre el mentón quebrado.
Los ojos del hombre flaco son opacos; los rasgos suaves del rostro denotan comprensión
-resignación tal vez-, y ya no hay ternura ni esperanza en su gesto. toda la amargura del mundo mira, desde esa cara, a la costa inglesa.
Stan coloca una mano sobre los ojos, a modo de pantalla, un poco para evitar el fulgor del sol que se levanta en el horizonte, un poco para que el gordo no advierta que esa costa (que es la misma que dejo hace cuarenta años), es otra para él.
Los cuarenta años pasados en Hollywood lo han convertido en un hombre cansado. Al fin y al cabo, es mucho tiempo y la vitalidad no le puede ganar a la vida. ¿De qué valdría estar recostado en un cómodo sillón, rodeado de nietos que miman, de periodistas que adulan? John Wayne le dijo una vez al gordo, que ahora está a su lado y entonces no le hizo caso, que la vida es dura y es mejor defender a cada momento lo que se consigue porque si no, la gente lo olvida. y la gente olvida su propia risa.
El flaco ha movido levemente la cabeza y le ha parecido percibir, en el gesto del gordo Ollie, una mueca parecida a una sonrisa.
-Ya salen los pescadores- ha dicho el gordo.
En el horizonte, centenares de barcazas dejan la costa en dirección al pequeño barco. Sólo Laurel y Hardy permanecen en cubierta. Ambos han levantado las solapas de sus sacos, aunque no hace demasíado frío; el viento silba contra el buque.
-Habrá que tomar un tren hasta Lancanshire-, dice el flaco sin mirar a su compañero.
-los trenes tienen que ver con el principio y con el final- ha dicho Stan.
-Por primera vez, Ardí se ha dado vuelta para mirarlo. Luego baja la vista. Le gustaría estar otra vez bajo los reflectores, frente a una cámara de cine.
Piensa que no está demasiado viejo para eso. Tiene 62 años y está cansado, es cierto, pero debe reconocer que es la gente quien se ha cansado de él y de Stan.
"Los trenes tienen algo que ver con el principio y con el final", piensa ollie. Es cierto. También los barcos y la distancia. Uno siempre va a morir lejos de los mejores lugares. Por vergüenza tal vez, como los elefantes. El siempre tuvo algo de elefante. No sólo fisicamente. Los elefantes son codiciados en su mejor momento cuando sus colmillos son frescos y deslumbrantes. La gente sólo busca eso, los colmillos. Si atrapa a un elefante, enseguida se los corta y toda la grandeza del animal desaparece. Queda apenas el cuerpo pesado, dolorido, tan dolorido está el elefante que cualquier otro animal puede matarlo.
-Me siento como un elefante-, ha dicho Hardy, Stan lo mira y luego dirige sus ojos a la distancia donde las chalupas navegan agitadas por el mar.
-¿Tu padre sabe que llegás? -pregunta Ollie.
-Le mande un telegrama. Habrá función en Lancanshire. El todavía trabaja en el teatro del condado.
Cuarenta años fuera de Inglaterra. Nunca extrañó demasiado. Sin embargo, Stan siente esta madrugada un suave estremecimiento cuando piensa que su padre lo verá en el escenario. Siempre le mandaba cartas luego de ver las películas. Alguna vez, recuerda, le sugería cambiar detalles. El viejo era muy minucioso y no perdonaba nada. El lo hizo actor y no le dolió cuando lo dejó ir, aún sabiendo que no regresaría. Quizás esperaba de su hijo la grandeza que él nunca había conseguido. Y ahora el hijo regresa, con toda su grandeza a cuestas, y le da miedo enfrentar al viejo (tendrá más de ochenta años ahora), que todavía actúa en comedias y ha sido premiado en el condado. Dos hombres viejos van a encontrarse, van a resumir sus vidas en un instante.
Ollie mira a Stan. Tiene los ojos nublados y siente ahora un poco de frío. el sol se levanta cada vez más. las estrellas, que aún brillan, son las mismas que las de aquella noche de 1912, cuando Stan partió de Inglaterra. Stan siente ahora lo mismo que aquel día. Es necesario apostar otra vez por la vida, pero no sabe si alguien querrá aceptar la apuesta de un viejo perdedor.
Stan enciende un cigarrillo, tiene que darse vuelta, dar la espalda al viento para que el fósforo no se apague.
A lo lejos comienzan a sonar las campanas de la iglesia del pueblo. Ollie reconoce antes que Stan el ritmo de los tañidos, la música que tantas veces oyeron en sus películas.
Se han mirado sin hablar. Stan se ha cubierto la cara con las manos. Arroja el cigarrillo al mar. Ollie le da la espalda. Ambos saben que todo final abre la esperanza de un nuevo comienzo.
La música llena el aire.
*de Osvaldo Soriano.
-"Regreso con Ollie" esta incluido en Artistas, locos y criminales. tambien puede leerse este texto algo mas sintetico en Triste, Solitario y Final.
Estación Riachuelo
1*
Mañana cálida de un otoño que parece verano, salgo tempranito para el hospital de gastroenterologia, es mi segundo intento de conseguir la endoscopia. En las veredas ya hay señoras barriendo los fantasmas de la antigua primavera. Ellos corretean dejando un chirrido inquietante sobre las baldosas, se arremolinan de viento huyendo inutilmente de la escoba que los empuja a la pira, a ser humo y pronto silueta invisible en los aires. Las hojas caen como promesas arrugadas, hacen una piel marron sobre la piel cemento de ciudad.
Un hospital público es laberinto extraño para quien llega. La gente golpea todas las puertas, ignora los carteles: no hay turnos, el equipo esta descompuesto, sólo por telefono, no entre, área restringida. Voy a donde me dicen y golpeo por tercera vez: vengo a ver al doctor Oscar, de parte de la doctora Karina, traigo un resumen de historia clínica... el doctor tiene una operación y estará a las 14 o 15 horas, golpeá en la otra puerta, donde dice sector "H", endoscopia baja.
Agradezco a la secretaria y bajo por las escaleras para no ocupar el único ascensor disponible para camillas y sillas de rueda. Son las 9 de la mañana, en verdad quisiera irme y no retornar jamás... ¿qué hago?, ya en la calle camino hacia la avenida Velez Sarsfield, con el sol ante los ojos me ilumino como ante un fogonazo: el inventren¡¡¡ :faltan 3 días y no visite la estación Riachuelo, o al menos lo que queda de ella. Empiezo a caminar hacia la estación Buenos Aires antigua cabecera del ferrocarril Compañia General Buenos Aires, y actual de trenes suburbanos privados.
La estación no debe haber cambiado demasiado desde el 1912, la modestia de sus paredes de madera, sus techos de chapa cambiados hace poco. Empiezo a caminar por la vía, buscando en desvio hacia el Riachuelo, a poco de andar, atras de la cancha de Barracas central la vía ingresa en la vía ancha ( con tercer riel para trocha angosta ) que se dirige hacia la estación Sola de cargas. Hacia el Riachuelo las vías desaparecen entre las casillas y los pasillos estrechos de una villa miseria. No me animo a seguir solo, retorno a la estación. Le explico al diariero, un hombre grande a quien seguro la gente le pregunta las cosas más insolitas, como mi pregunta como hago para seguir el recorrido de las vias si estan construidas casas y casillas de madera, ademas del miedo de ser un extraño allí, digo aunque los peligros estan bien repartidos en esta sociedad injusta hasta en los prejuicios.... El hombre, me contesta, -tiene que ver a Don Tito en la carboneria, o al panadero que vive en la villa, pero el panadero salio a vender en el tren hasta Soldatti y tardara mas de una hora en volver, vealo a Don tito de mi parte.
Don Tito, es un joven sin edad, le brillan los ojitos claros cuando le digo que vengo por algo cercano a los trenes, debe tener al menos 70 años y vive en el fondo de la carboneria en un vagón del ferrocarril Santa Fe, un hermano francés de este ferrocarril, me invita a pasar, el vagon tiene lo justo para un hombre solo, un ambiente para comer y cocinar con una cocina económica que funciona a leña, una mesa enorme que permite desplegar planos y carpetas, más allá un catre, y todo impregnado, saturado de recuerdos ferroviarios, me asombra el estado del vagon de más de 100 años, la madera curva impecable del techo sin signos de humedad. Le explico, quiero llegar hasta la ribera del Riachuelo siguiendo la vía, para escribir algo breve sobre lo que quedo de esa estación de carga y sus talleres donde todo se construia y armaba, locomotoras, vagones, todo...
Don Tito acepta encantado, no sin antes llevarme a ver la joya del ferrocarril en uso hoy mismo, la balanza de pesar carros -hoy camiones-, veo asombrado la precisión de pesas y medidas de 30 toneladas el máximo a un gramo. "La Mulatiere" se llama por su hierro negro, más abajo se lee :
B. TRAYVOU CONSTRUCTEUR.
Caminamos por la vía eludiendo el edificio de la estación y los controles que piden boleto, acaba de entrar un tren y tenemos vía libre por un buen rato. Don Tito es una especie de enciclopedia viviente a la que cuesta seguir en la proliferación de anegdotas, -aca los franceses tenian una fábrica de gas... pues los faroles vió, eran de esos que enciende el guarda uno por uno..
desde el costado de la cancha de futbol de Barracas Central se ve una grua clavada en el pasto, tiene la altura de un tiranosaurio rex y con lógica podría compartir un espacio en algún museo conceptual post moderno. Se oye un silbido, casi como el del afilador, pero mas breve, atras nuestro viene el panadero, con su canasta de mimbre a cuestas.
Don Tito me presenta, el hombre es paraguayo vive en un sector de la villa con otras familias llegadas del Paraguay "hace como 20 años", son toda buena gente, -me dice. a los chorros los fueron limpiando de a poco, la misma gente no los quiere... igual hay de todo, pero nadie se mete con uno y menos de día. vengan , yo voy recorriendo por los pasillos casi hasta llegar a la ribera.
Cruzamos la via del ferrosur a Sola, donde pasa un tren por semana, y entramos en el laberinto.
La verdad es que hasta la calle Iriarte no hay rastros de nada que se parezca a un ferrocarril, ni vías. La calle Iriarte atraviesa el eje de los antiguos galpones del taller, ni vestigios salvo una chimenea de ladrillo y un galpon ferroviario hoy abandonado. Trato de imaginar, mientras escucho el relato de Tito, y me parece ver la alzada de una locomotora negra en los aires, el montaje final con gruas y cadenas, la gente traspirando con las manos y las ropas engrasadas. el trabajo duro que hacia hombre a la gente.
" yo entre de pibe, era auxiliar de instalaciones, estaba cuando cerraron todo, creo que fue en 1952, un poco antes de la muerte de Evita, cargaron todo en vagones, máquinas, locomotoras, herramientas, todas apiladas como chatarras, había una máquina que le permitia girar y agujerear en 360 grados, hermosa, una belleza, se llevaron todo al taller del Midland en Libertad.
Y aquí sólo quedaron los edificios.
Sobre Iriarte hay un paredón blanco, ideal para pintadas del presente, del 2004, hay una que me llama la atención por su extensión, por su pulida redacción, por que lleva firma, en suma es algo realmente inusual:
Globalización:" Esto de la globalización tiene también su costado positivo. El mundo se ha llenado de góndolas y estanterías, atiborradas de cosas, de índole diversa y dudosa utilidad, que nos proporcionan la posibilidad de una alegría. La alegría de no necesitarlas".firmado: Guillermo Heredia. guillermo_heredia@arnet.com.ar
Don Tito y el panadero paraguayo me tienen una infinita paciencia, pues a cada rato abro el cuaderno de viaje y copio u escribo algo, siempre con mi letra mixta que no es imprenta ni cursiva. Entramos a traves del paredon de la calle Iriarte en una segunda villa, esta es increiblemente compacta, con casas de ladrillo hueco sin revocar, algunas con estructura de hormigon y dos plantas, -se nota que son obreros de la construcción -digo.
Aca se arma la cuadrilla completa dice Angel el panadero, la mayoria son bolivianos, no se achican al trabajo contra el sol fuerte, ni a palear el hormigon.
Veo unos fierros desnudos, la estructura de un gran galpon, -aca tenian una usina electrica propia para sus talleres me dice Don Tito, desarmaron varios galpones, pero en este se mato un operario y suspendieron. despues la villa cubrio todo...
Ya casi llegamos a la ribera, son 2 km desde la vía de sola, aquí aparecen las vias antiguas, muy cercanas a las actuales que permiten cruzar el Riachuelo. cruzando dice Angel te vas hacia el Dock Sud, allí si que es un lugar jodido, contaminado por las petroleras y lleno de maleantes con casillas de cada lado de la vía, tal es asi que los maquinistas ruegan que no se abra ninguna puerta al paso de la locomotora pues es tan estrecha la senda que se la llevan puesta.
Pensé algo que no me anime a compartir: tendría que pedir permiso a esta gente para que el Inventren salga el domingo casi noche cruzando silencioso sus habitaciones, rodando por su aire familiar e intimo, pasando más de 50 años despues, cuando muchos de los habitantes del barrio ya perdieron cualquier rastro acerca del ferrocarril de trocha angosta y la estación Riachuelo.
Que dirian?. Me imagino, un representante barrial me pregunta si lo estoy jodiendo, que es eso de un tren literario que pasará sin mover ni el aire de las mejillas entre casas y pasillos hasta empalmar su vía real cerquita de la estación Buenos Aires.
Me despido de Don Tito y de Angel, el panadero. Vuelven, es hora de almorzar, y don Tito le ofrece a Angel comer algo de la parrilla que preparan los muchachos de la carbonería, me invitan les agradezco, otro día, ahora tengo que volver al hospital, es un hermoso día y el barrio no ofrece peligro alguno, ademas recuerdo el camino de regreso y en Iriarte me tomo el 46...
Hecho un último vistazo al Riachuelo, un río muerto que destila nauseas, nada se mueve en esa superficie, no es el 1912 cuando todavía se podían pescar anguilas de rio. 1912: este ferrocarril tenía 1269 km de vía, 111 estaciones funcionando, 332 galpones, 3300 trabajadores. En el muelle, este en el que estoy ahora cerca de unos tablones resquebrajados que dan miedo pisar, los trabajadores descargaban los trenes y cargaban las lanchones de Semorile, Cacciola & Forte hasta el Puerto Madero. Un ferrocarril cerealero. Una estación de carga donde consignatarios multinacionales habian instalado sus oficinas comerciales: Bunge y Born Ltda., Louis Dreyfus y Cía, Molinos Río de la Plata, Nidera, etc. de este lugar, una ruina casi sin señales del pasado, saldrá el 4 a la noche el Inventren, por una vía prestada de 2 km. No me animo a pedir permiso, a pedirles a los vecinos que abran sus puertas y ventanas para dejar pasar una ilusión colectiva.
Vuelvo sin contratiempos, ya son las 2 de la tarde. El calor supera los 30 grados. En el tercer piso del hospital golpeo la puerta correcta, y justo me atiende el doctor Oscar, lee la historia clínica y la carta de su colega, -vení, pasá. -me dice.
-Hoy es tu día de suerte.
*de Eduardo F. Coiro. inventivasocial@hotmail.com
2*-A Martín RéboraLa madrugada, fría y ventosa, se hacía sentir inexpugnable dentro de los sucios talleres ferroviarios. Marcos Reed, camarógrafo free-lance, sabía que aquella misteriosa incursión que planeara este singular productor televisivo, quien ya le consiguiera varias "changuitas", sería algo inusual (filmar las villas miseria cercanas al Dock Sud, ¿a quién se le pudo haber ocurrido?). Pero nada le hacía prever lo que se avecinaba, más allá de la vetusta locomotora diesel, con un potente faro que horadaba la noche.El productor se llamaba Luis Quintana, sus amigos le decían "Droopy" (aquel personaje animado que solían proyectar junto con Tom & Jerry), porque siempre aparecía en todos lados, y era un loco de la guerra. Mucho más que Marcos, lo cual ya era mucho decir. Había conseguido recién un par de días antes -y vaya a saber dónde- el contacto para realizar aquella travesía, únicamente de noche, a fin de realizar las tomas iniciales para una serie de documentales referidos a la marginalidad urbana. El asunto olía un tanto turbio, ya que tampoco quedaba claro a nombre de quién operaba tal ramal, escondido y casi clandestino; pero Marcos no se acobardó por eso. Muy por el contrario, el detalle le daba la incursión un sabor muy excitante. Gastón Robles era el nombre del maquinista, quien puso un par de ineludibles condiciones al momento de partir: que jamás lo enfocaran con la cámara, y que su identidad nunca fuese revelada. "Me juego el laburo, ¿viste?", fue su único y monolítico argumento. Eran pasadas las dos cuando la locomotora se puso en marcha, rumbo a las antiguas refinerías del Dock, rechinando aguda sobre los rieles, cuyo mantenimiento se adivinaba casi nulo. Remolcaba tres vagones, uno cargado y dos vacíos. Marcos y Droopy no quisieron preguntar nada al respecto. Pero al acercarse a los cambios de vías cercanos al Riachuelo, Robles les pidió que se agacharan dentro de la cabina de la locomotora, no fuera cosa que alguien los viera. "¿Quién, a esta hora y con tan poca luz, en este lugar de mierda?", pensó Marcos, pero no emitió opinión. En la semipenumbra, Quintana y Reed alcanzaron a divisar los irregulares emplazamientos del caserío, levantado a la vera misma de la vía, con apenas unos centímetros de distancia entre las precarias paredes de cartón y chapa y el paso de la locomotora, que aunque disminuyese la velocidad, atravesaba aquel corredor conteniendo el aliento. -¿Cómo pueden vivir así? -, llegó a decir Droopy, incapaz de comprender dónde se encontraban. -¿Cómo quiere que vivan? -, respondió Robles, como si la respuesta fuese obvia. -Han ido llegando en oleadas, sin preocuparse por si había lugar para ellos acá o no. Y fueron levantando estas casuchas donde pudieron. Mire, a veces las ponen tan cerca de la vía, que cuando vuelvo cargado, y los vagones se bambolean, más de una vez me llevé puesta una pared y arrastré todo lo que venía atrás.-¿Gente también? -, exclamó Marcos, ahogado por la impresión.-No. Cuando arrastro casillas no. Pero también me ha pasado que de pronto se abra una puerta que da a la vía, y aparezca delante de mí alguna persona. Imaginesé: un viejo, un anciano, que ya no puede orientarse ni siquiera dentro de su propia casa, se levanta de noche, necesita ir al baño, tantea a oscuras las paredes, llega hasta la puerta, abre. Pero resulta que se equivocó. Que la puerta que daba a la letrina común era la otra. Y sale a la vía, a ese pasillito que se forma ahí al costado, en el momento justo en que paso yo. Entonces las luces lo encandilan, y la sorpresa es tan grande que no puede reaccionar, ni amaga a tirarse dentro de la casilla. Y "me lo llevo puesto".-No me joda. -, sonrió Marcos, sin poder creer lo que le cuentan.-Es la pura verdad -, afirmó Robles, mirándolo de costado, un tanto ofendido. -Si quiere le cuento pelotudeces que se cuentan por acá para que pongan en el programa, pero me parece más justo que les diga lo que vivo cada vez que vengo, ¿no?-Seguro, amigazo, seguro -, terció Droopy, palmeándole el hombro a Marcos para que se calle y escuche, sin arruinarle semejante fuente de información.La visión del pasillo a través del parabrisas de la locomotora, encajonando la vía, parecía de película; de terror, por supuesto. La sola posibilidad de que se abriese alguna puerta y alguien apareciera delante de ellos de improviso, a Marcos lo llenaba de espanto. Supuso que podría sentir algo de adrenalina al estar inmerso dentro de algo "clandestino", pero esto superaba cualquier clase de expectativa. De pronto, le pareció que aquel tren nocturno aparecía en medio de la noche como una irrupción infernal, casi de otro mundo, que quizá sirviera como "cuento del Cuco" para asustar a los críos que vivían en aquel lugar y mandarlos a la cama, impregnados por el temor de levantarse en medio de la noche. La idea le hizo sentir escalofríos, pero no por eso dejó de filmar algunas escenas de aquella vía encajonada, quizá para ilustrar los títulos del documental. Una vez que traspusieron aquel villorrio, continuaron la marcha hacia el Dock. Los contraluces de la madrugada resultaban siniestros. Y el viento, cada vez más helado, no ayudaba a que pudiesen sentirse a resguardo del paisaje. El silencio se abatió sobre ellos sin piedad, apenas fragmentado por los sorbidos sobre la bombilla del mate, que circulaba de mano en mano; amargo, por supuesto, y cebado con inusual destreza por Robles, mientras continuaba operando la palanca del acelerador de la locomotora.Finalmente, luego de atravesar un ralo descampado, y oliendo el característico aroma putrefacto del Riachuelo, ingresaron en un ámbito mucho más pesadillesco que el anterior. Las construcciones ya no eran desiguales, sino que parecían armadas por opacos bloques de material, aunque éstos no parecieran ser muy sólidos. Apenas se recortaba alguna torre, último vestigio de las refinerías que solía haber desperdigadas por la zona, antiguo reducto industrial. Las borrosas siluetas estremecían gradualmente a Marcos -imposibilitado de filmar a causa de la escasa luz reinante-, aunque ninguno de los dos se animase a decir nada.-¿Dónde estamos? -, consiguió decir Droopy, venciendo sus recientes temores.-Supongo que para los planos de la Municipalidad esta zona ni siquiera está urbanizada -, comentó Robles. -Los vecinos la llaman "Villa Batería", porque la construyeron como todas, con materiales en desuso. Y como acá hubo una fábrica de baterías eléctricas, los bloques de las casillas son baterías en desuso.Marcos y Droopy se miraron con espanto.-¿Y la contaminación? -, preguntaron al unísono.-¿Qué contaminación? -, repreguntó el maquinista. -Los que viven en este lugar ni siquiera saben que esa palabra existe."¿Sabrán que ellos mismos existen?", se estremeció Marcos. Y la sola idea de imaginar la clase de gente que pudiese vivir en un lugar así, expuesta a los venenos y las radiaciones, desarrollando quizá hasta mutaciones inconcebibles, le generó náuseas. "¿Se sentirán desahuciados, o tampoco sabrán lo que ese concepto signifique?".El panorama resultaba casi dantesco, aunque quizá se mostrase potenciado por la desbordante imaginación de aquellos dos hombres, temerosos de ver aparecer entre los montones apilados de baterías corroídas cualquier silueta que pareciese deformada, hasta incluso teñida de verde y con algún ojo de más.Robles avanzó un centenar de metros más y detuvo la formación, haciendo chirriar los frenos. Delante de ellos se extendían las oscuras y aceitosas aguas del Riachuelo, abundantes en petróleo, carentes de vida alguna. Se hallaban cercanos a la desembocadura en el Río de la Plata; aquella zona era custodiada por la Prefectura Naval. Aquel era el destino final de Robles.-Pueden bajar y trabajar tranquilos -, les informó. -Yo tengo que esperar a que dentro de un rato arribe un cargamento, hacemos el intercambio de mercadería, y nos volvemos por donde vinimos.-¿Cómo lo traen? -, preguntó Marcos, aunque al terminar la frase sabía que había preguntado una obviedad. -En barco -, masculló el maquinista, mirándolo de costado, casi apenado ante su ignorancia.Indagar acerca de la legalidad de aquel cargamento resultaba casi una broma de mal gusto. Droopy le hizo una seña, y ambos descendieron de la cabina, transportando el equipo portátil de filmación, mientras Robles encendía un Particulares.-Estamos en pedo si pensamos hacer alguna toma en este lugar -, le advirtió. -Y más en pedo estamos por haber venido sin chequear en detalle las características del lugar.-Ese es tu trabajo -, se atajó Marcos.-Ya lo sé, pero el Gordo me tenía repodrido con que tenía que traerle algo pronto para elaborar el programa piloto. Ni se me ocurrió que nos íbamos a encontrar con esto.-¿Y por qué no se lo vendemos a alguno de estos tipos que hacen periodismo de investigación?-Porque necesitamos algo más que esto para hacer una denuncia, boludo. Y porque con esa VHS no vamos muy lejos con el anonimato.Marcos miró la cámara que transportaba en la diestra y volvió a preguntarse qué clase de tomas podrían hacer con esa luz, sin quitarle "naturalidad" al paisaje cuando proyectaran los flashes de los focos que cargaba en la mochila. "¿Qué estarán contrabandeando?", se preguntó. Aunque la respuesta tenía el mismo grado de certeza que preguntarse acerca del origen y el destino final del alma humana: cualquier opinión era válida.Hicieron un breve rodeo, sin alejarse demasiado de la locomotora. El lugar les generaba bastante aprensión, casi como si hubiesen penetrado en una casa abandonada, famosa en el discurso de los vecinos por encontrarse embrujada. Utilizaron la escasa luz de un foco de alumbrado para filmar apenas un rincón de esa lúgubre villa, sintiéndose vigilados por ocultos e insomnes ojos. Sabían que cualquier material que llevasen sería descartado de plano en la "isla de edición", pero preferían mantenerse ocupados antes que reconocerse transitando por aquel lugar. Y menos aún pensar que los acechaban los cuatreros.La barcaza arribó a la media hora, piloteada por un marinero hosco y extranjero. Descendieron cuatro hombres, gruesos e inexpresivos, que los miraron con recelo. Marcos apagó la cámara de inmediato, intimidado por aquellas miradas. Pasaron junto a ellos y abrieron las puertas del único vagón cargado. Las cajas en su interior carecían de sellados o carteles, al igual que las que comenzaron a bajar de la barcaza. Robles se sumó a la tarea; quizá también recibiese un porcentaje, aventuró Marcos. Y de pronto, la idea lo asaltó con tal claridad que le resultó la mayor obviedad que pudiese habérsele ocurrido en toda la noche. Sólo faltaba que los misteriosos habitantes de aquel lugar les armaran un piquete con las ruinas de antiguos chasis de automóviles sobre los rieles, para que la escena completa fuese el fiel reflejo de la cruel pauperización a la que los sucesivos gobiernos habían llevado al país. Un sistema carcomido por la corrupción, una población indigente y al borde de la muerte, un horizonte oscuro y sin atisbo alguno de futuro. La sensación de náuseas regresó casi con mayor énfasis.Entonces volvió a encender la cámara, sin que nadie lo notase -ni siquiera Droopy, absorto en el monótono ir y venir de los changarines-, y filmó como al descuido, sin llevarse la cámara al hombro, apenas enfocando desde la cadera, ignorando a ciencia cierta si alguna imagen podría llegar a tomar la película, pero con el corazón desbordante de indignación. Deseoso de testimoniar algo, aunque supiera que no sirviese para nada, salvo para llegar a dormir tranquilo el resto de las noches por venir.
*De Aldima. aldima@uolsinectis.com.ar
3*
Anochece, creo que ya estamos retrasados con el horario de partida, pero hay que acomodar locomotora y vagones en una vía improvisada, Mario y Ernesto han ubicado la locomotora nº 206, rebautizada "Sophostine", llevara un tender con provision de G.N.C como para llegar a Patricios, donde será reemplazada por otra locomotora a vapor, pero esta impulsada a biodiesel.
-Mario, fijate de salir para el lado de Tapiales, que si no vamos a morir al docke y sus petroleras.
-todo bien, Edu, no ves que el Riachuelo esta a nuestras espaldas y yo voy a arrancar siempre para adelante, nunca para atras..¡¡¡¡¡
Dos vagones de pasajeros, un coche comedor y tres vagones de carga general y encomiendas.
El boleto se paga en una maquina expendedora como la de los colectivos, tiene un visor digital que dice "indique su destino", si lo supiera.... -pienso. finalmente, reacciono y pulso una tecla que dice Mirapampa, como es un tren literario el boleto no sale más que un pasaje urbano, deposito 2 pesos y me da el cambio: 65 centavos.
Antes del pitazo del guardo quiero hechar una mirada al libro de visitas donde escriben los pasajeros antes de subir y sentarse, allí leo:
*
Juro que me moría de ganas por bajar. Solamente la prisa que tenía por llegar a La Plata, hizo que desistiera de la tentación. Volvía a mi ciudad desde Plaza Constitución, en una tarde de octubre y casi clavado en el centro de la primavera, el Parque Pereira Iraola, daba la bienvenida al sol que se entremezclaba entre las hojas de los árboles. Lejos de uniformarse parecían cubrir los lados del andén con tantos tonos de verdes distintos que tapaban la escasa pintura de la vieja estación, adormecida y callada. A un lado de las vías, el convento, misterio precioso, con un camino que da justo al viejo portón de la casa en que habitan preciosas criaturas que sirven a Dios. Al otro, el escaso poblado y una entrada casi oculta a la magia de la naturaleza y el disfrutar de un día en el parque. Los pájaros, llenaban el aire con sus trinos y dos niños preciosos, jugaban y charlaban mientras la tarde transcurría. ¿Qué habrán pensado los hombres que construyeron esas vías? ... Me los imagino, con sus herramientas, transpiramos, con los rostros enrojecidos por el sol y soñando con unir puntos cardinales; cansados del duro trabajo, pero deleitándose en pensar en los rostros de los pasajeros y admirando la misma belleza, que me atrapa y me hace imaginar. Casi puedo verlos...chorreando gotas para entrelazar poblaciones, llegar hasta lo que sería la Capital de la provincia y ejerciendo el oficio sostenidamente para que el tiempo pudiera avanzar inexplicablemente con mas prisa.Cada tramo de riel, guarda un recuerdo.Cada recuerdo el carbón encendido de aquellas primeras locomotoras que ayudaron a hacer un país grande. Cada uno de los que consiguieron hacer realidad esas vías son parte del paisaje de otro tiempo, y se acercan al andén cuando el tren pasa, para festejar la hazaña.
* de Moni. Monipas05@aol.com
La luna llena se refleja en el espejo negro del Riachuelo, es una visión imposible de trasmitir la de esa superficie de petroleo brillante que parece revestido de un plástico negro, impermeable, no barro. No inconsciente colectivo que no puede individualizar sus orígenes. Extraña visión la de este Rio en la noche, reflejando todo, la luna, las luces de las calles, los puentes y las sombras. todo en un curso fétido. quieto. Temo ver y vernos en decadas y pérdidas, en dolores sin cierre, reacciono, escucho la campana, me voy, nos vamos. Salió el inventren.
*de Eduardo F. Coiro inventivasocial@hotmail.com
4*
Samuel Berstein llegó al lugar siendo ya hombre, proveniente de Polonia encolumnado en la inmensa colmena de judíos que huían de su tierra devastada y ensangrentada por los nazis.Como todos ellos, tuvo un nùmero de condenado que jamás se borraría de su memoria ni de la piel donde fuera estampado.Recaló en Quilmes en 1946, cuando aún no era la ciudad pujante de hoy sino sólo cabeza de partido, donde las quintas ocupaban grandes parcelas próximas a su centro que comenzaba en la estación de ferrocarril y se extendía a lo largo de seis cuadras por la calle Rivadavia.Antes de la guerra Samuel había trabajado en el campo recogiendo las frutas del verano en importantes plantaciones y aprendido a arreglar los zapatones y las botas de cuero de sus propietarios. Pronto empezó a trabajar en las quintas saltando de una a otra como peón de repuesto según las necesidades de los quinteros.Dos cualidades lo destacaban: era trabajador y callado lo cual lo convertía en un peón rendidor. Cuando el viejo Domingo Miranda murió. Celino Gutiérrez, el encargado, luego de consultarme mandó llamar al judío y lo tomó efectivo.Samuel era delgado, de estatura media, rubio y de ojos azules siempre enturbiados por una profunda tristeza hecha de recuerdos y añoranzas; la añoranza se fijaba mucho más atrás, antes de los nazis, la tortura y el genocidio. Los recuerdos quemaban. Trabajaba de sol a sol y por la tardecita, aseado y con su pena a cuestas iba a sentarse a la estación, siempre en el mismo banco de madera.Disfrutaba viendo llegar el tren tirado por la máquina a vapor rugiendo al encarar el andén.-La campana y la pitada del guarda dándole salida traían a su mente otros trenes con siniestro destino en el tiempo de la guerra-. Muchas veces hacíamos juntos las compras necesarias para el campito. Si bien era hombre de pocas palabras no me molestaba el silencio en su compañía, me había encariñado con el judío ya que era educado, fiel y agradecido.La cercanía de la primavera trajo las lluvias. Una semana llovió. Samuel y Celino compartieron entonces la pieza, el mate y la caña. Yo me sumaba a ellos para acortar la velada. Para Celino los días eran largos y tediosos no así para Samuel empeñado en fabricarse un par de botas. Una de esas noches en que la conversación era poca y la melancolía mucha, nos prendimos a lacaña; creo que fue el alcohol lo que le soltó la lengua.Animado, Gutiérrez preguntó al peón:-¿Te casaste alguna vez?-Durante la guerra nadie se casa...nadie piensa en el futuro...No hay futuro. Pero yo ya estaba casado y tenía un hijo.-¿Qué fue de ellos?-Los alemanes los mataron...Ella se llamaba Hanna, el niño Isaac... Los dos tenían los ojos verdes.-¿No tenés más familia?-No, todos murieron.Y dio por finalizada la plática volviendo a su tarea de zapatero.Cuando cesó la lluvia, las botas quedaron terminadas. Todos admiramos su habilidad.A la mañana siguiente volvimos a los sembrados. Componer lo que el viento y el agua dañaran demandó varios días. Recién el sábado peón y encargado se engalanaron para ir a la estación; me invitaron y fui con ellos. El judío estrenó sus botas marrones y relucientes.La tarde era tibia y el sol calentaba lindo. Había mucha gente esperando el tren para Constitución en el andén de enfrente; ocupamos el banco de siempre y estiramos las piernas...Pasado un momento Gutiérrez tocó el brazo de su compañero al tiempo que ledecía:-Che, Ruso, mirá que linda piba...El Ruso no lo escuchó. Su atención estaba puesta en un muchacho que limpiaba el andén con agua y acaroína; lo miraba fijamente a los ojos que atraían por su color verde y sus pestañas muy claras.-Buen chico... murmuró abstraído.En ese momento el jovencito, nuevo en su trabajo, levantó el balde, se echó el escobillón al hombro y se dirigió a cruzar las vías por el portoncito del alambrado que las separaba.Samuel fue el primero en ver el tren que se acercaba a toda marcha . De un salto estuvo de pie. Su grito resonó en el eco.-¡Isaac!!!...¡Isaquitoooo!!!...Cuidadooo, el tren!...El muchacho, ante la advertencia, se detuvo asustado pero él resbaló con sus botas nuevas en el piso aún mojado cayendo de espaldas con las piernas colgando fuera del andén.Entonces fue Gutiérrez quien gritó:-¡Rusoooo!!!!!Fue tarde.Cuando el rápido a La Plata terminó de pasar, las botas marrones con las piernas dentro, rodaban por las vías...
*"El Judio y las botas", de Fanny Garbini Téllez. fannyte@ciudad.com.ar
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