Wednesday, August 15, 2007

ESTACIÓN SALTO


INVENTREN
Viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar




Rieles de niebla*


Al borde del desierto
hay un margen de azules hierbas
por donde circulan trenes inalcanzables.
Sin inmutarse
pasan frente a mis sueños.
Rieles de niebla. Destinos ajenos.
La boca del viento
sopla colores de insomnio
sobre mis hojas en blanco.
Un viaje al pasado
deletrea
el deseo
de migrar.


*De Gabriela Delgado agualunagd@yahoo.com.ar
-Del libro "Pasajeros del penúltimo tren"









Estación SALTO.



*

La ve pasar todas las tardes, en compañía de sus estridentes amigas. Todas visten el mismo uniforme, de un colegio privado de la zona: camisa blanca, pollera tableada escocesa, corbata al mismo tono que la falda, medias azules y mocasines negros. No tiene más de 16 años, aunque si la viera maquillada,
bien podría darle 25. El cabello, rubio y lacio, lo lleva atado en una prolija cola de caballo. Sus facciones son tan virginales, y a la vez, se le antojan tan deseables. Labios carnosos, pómulos altos de mejillas rosadas, ojos claros y profundos. Su alta y delgada silueta se contornea con gracia,
y hasta con cierta provocación, cada vez que elude los caños del guardaganado que obstaculizan el libre paso de las bicicletas, en la escalerita de cemento que pasa junto a la entrada de la garita. Sus caderas
oscilan hacia un lado y el otro, y sus pechos llevan un exquisito vaivén que
lo hace estremecer.
Hace dos años que Julián trabaja como guardabarrera en este paso a nivel -elevado sobre el terraplén, en ángulo de 35º respecto de la calle-, cercano a la estación ferroviaria de Salto. Si bien el tránsito de vehículos no se caracteriza por su masividad, menos aún lo es el de las formaciones que circulan rumbo a Rosario o Estación Buenos Aires. Su trabajo es más bien tedioso, pero es lo único decente que pudo encontrar al llegar al pueblo, sin referencia alguna desde Santiago del Estero. Al menos, le representa una entrada fija por mes. Y eso no es poco.
Con el tiempo ha descubierto que la tarea es bastante monocorde: agitar la bandera -verde o roja-, hacer sonar el silbato ante el paso de cualquier formación, bajar o subir la manivela de la barrera a rayas, atender con precisión a todas las señales y semáforos que se enciendan sobre las vías. Y por supuesto, prestar mucha atención a los peatones que cruzan de un lado al otro, al pasar junto a él.
Entre los objetivos a contemplar se destacan, obviamente, las mujeres. Y entre todas ellas, estima en mayor grado a las adolescentes; en especial, las que ostentan uniformes escolares. Ignoraba cuál era el motivo por el que le llamara la atención semejante detalle. No abundaban en su pueblo de
Santiago los colegios privados, pero creía recordar que alguien le había hecho notar el atractivo que generaban las borregas así vestidas en la mayoría de los hombres. Pero por sobre todo, evocaba el impacto que le había causado aquella vez, en un "cabarute" del centro al que había ido con Pancho
Suárez -coterráneo suyo-, un portentoso strip-tease que hiciera una morocha muy tetona, quitándose un jumper escolar de manera tan sugerente, que él había estado a punto de acabar allí mismo, ensuciándose los pantalones recién planchados. No recordaba haberse excitado tanto desde que llegara a Salto. Y aquella imagen le ha quedado marcada a fuego desde entonces en la memoria.
Hasta que la vio avanzar por primera vez hacia la garita, una tarde de comienzos de septiembre, y su imaginación se desbordó sin freno.
Sus amigas la llaman Flor; por Florencia, quizás. Su voz es tan envolvente que su recuerdo lo trastorna por las noches, en la fría pieza de la pensión.
Evoca su risita, cómplice, provocadora, tan puta. Necesita llegar cuanto antes al inodoro, si no quiere ensuciar las sábanas. Y se promete, mientras se toquetea en la oscuridad, que la próxima vez que la vea le hablará, le dirá algo, tan sólo para escuchar que su cálida y sugestiva voz se dirige hacia él.
Pero no puede; sus reparos son más intensos que cualquier fantaseo erótico.
Continúa observándola pasar de lunes a viernes, todas las tardes, extasiándose de verla de frente cuando llega y de espaldas cuando se va.
Intuye que ella sabe que la miran, pero se desentiende. Juega con él a la distancia, sin mirarlo, especulando con esa natural indiferencia que la caracteriza, un misterio que lo excita cada día más.
Hasta que una tarde, a comienzos de diciembre, Flor llega sin sus amigas; habrá tenido que rendir algún examen sin sus compañeras de curso, quién sabe. Hace mucho calor. El sudor se le adhiere a la ropa, humedeciendo la camisa; marcando sus generosas carnosidades, la inconfundible silueta de sus
pezones debajo del corpiño, su tentación sin fin. Julián apenas se asoma fuera de la garita, conteniendo la respiración, paralizado ante semejante espectáculo. Flor se acerca despacio, con andar felino, demorándose en llegar, mirándolo a los ojos. Sus esbeltas piernas relucen sudorosas, con el ruedo de la pollera deliberadamente alzado, al estilo de una minifalda, para que sus encantos se vean más.
Al llegar a los caños de la escalerita se detiene, dándole la espalda al volverse hacia la vía, realizando un giro muy pausado, como si alguien la llamase desde la escalerita del otro lado. Se toma del caño con ambas manos y apoya el pubis contra él, mientras proyecta las nalgas hacia fuera y arquea levemente la espalda, oscilando el cuerpo a la manera de un inusual, obsceno frotamiento. Y aunque Julián no pueda creerlo, a escaso medio metro de donde se encuentra, Flor lo mira de reojo y suspira. Sí, la pendeja está gimiendo. Los labios entreabiertos, el sudor descendiendo a lo largo del cuello largo y delicado, las manos asidas firmemente sobre el caño.
A lo lejos, se deja oír el silbato del tren.
Julián no lo escucha. Flor lo ha cautivado con sus felinos movimientos. Sus nalgas se mueven no sólo adelante y atrás, sino también a los costados, incitando a la caricia. El sudor desciende a mares desde la frente de Julián, recorre su cuello, parece atragantársele en la laringe, empapa su camisa y abulta su pantalón. Tiembla de pies a cabeza, incapaz de seguir conteniéndose durante mucho tiempo más. Una de sus manos vacila y comienza a extenderse muy lentamente en dirección a la chica, cuya cadera rehúsa el
contacto, vigilándolo de reojo, sin dejar de gemir, ahora con un tono mucho más audible, casi exagerado.
Entonces Flor se vuelve hacia él, mirándolo de frente, soltándose del caño.
Julián queda petrificado, su mano a escasos treinta centímetros de las costillas de ella, conteniendo la respiración con un acceso de escalofrío.
Flor se muerde apenas el labio inferior, vacila, su pecho sube y baja inquietante al ritmo de una respiración agitada. El mundo parece detenerse.
No hay peatones en las escaleritas del paso a nivel elevado, tan solo ellos dos, suspendidos en el tiempo a causa de un misterioso hechizo.
Con gesto tembloroso, como si dudara en realizar el movimiento, Flor extiende su mano derecha y la desplaza hacia el pubis, hundiéndola suave en la pollera, con un acceso de gemido, entrecerrando los ojos. La punta de su lengua se relame el labio superior, mientras la mano restante asciende hacia
uno de sus pechos, rozándolo apenas. Julián siente la boca pastosa, el sudor adherido sobre su cuerpo, la incredulidad del momento. Y con un hilo de voz, inseguro por completo de sus actos, sugiere:
-¿..por qué.. no... entrás.. en.. la garita..?
Al escucharlo, Flor hunde aún más su mano derecha en el pubis, doblándose hacia delante, proyectando los pechos hacia él. Retuerce sus piernas entre sí a la manera de un espasmo, tanteando el caño con la mano restante para no perder el equilibrio. Y abre los ojos para mirarlo con fijeza, respirando por la boca, jadeando ostensiblemente. Julián no puede contenerse más. Un dolor le crece dentro del pantalón, obligándolo a inclinarse hacia delante.
Su mano sale disparada hacia el brazo de la chica, intentando aferrarla, capturarla, dominarla.
Flor emite un gritito de sorpresa al percatarse del gesto. De pronto, su acto lascivo pierde todo el encanto que había conseguido desarrollar frente a él. Aparta su brazo, decidida, mirando a Julián casi con asco, y salta fuera de su alcance, hacia las vías.
-¡Ni se te ocurra, asqueroso! -, alcanza a decir. Antes de que su cuerpo desaparezca de la vista de Julián, al tiempo que se oye, proveniente casi de otra época, desde otro universo, el agudo silbido
de un tren -el de la formación de las 16:08-, excesivamente cercano.
Julián alcanza a emerger de la garita, pero todo ocurre en apenas una décima de segundo. Llega a vislumbrar el sudoroso blanco de la camisa, el manchón azul del bolso que lleva colgado del hombro, un destello de cabello rubio al viento, y no mucho más. El violento rugido del calor de la locomotora,
disparado casi a quemarropa sobre su rostro, le absorbe toda referencia sensorial, transformando su entorno en algo tan ajeno como la reciente situación.
Y un acceso de vómito llega hacia su boca con el amargo alivio de una maldición, que cargará en su alma de por vida.



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar





Incertidumbre*


Espero en un viejo andén.
El viento promete regreso.
Se visten de tiempo y paciencia mis ojos.
Llueve cielo de tormenta
desde las ramas de un jacarandá.
Las rosas callan su perfume.
Entre bambalinas,
el destierro confabula con la herrumbre
de un rito funerario
que no pudo vencer al tiempo.


*De Gabriela Delgado agualunagd@yahoo.com.ar

-Del libro "Pasajeros del penúltimo tren"







PRIMER ÚLTIMO TREN. EL TREN*



El tren no se detiene jamás, por el fuera las cosas carecen de realidad. Sólo hay aquí el ritmo de los sacudones constantes que ya no se sienten, el ruido que forma un continuo, el olor de los vagones y la gente sentada eternamente, comiendo de envoltorios que terminan arrugados en los pasillos.
Yo camino buscando ese cine móvil, que se mueve porque el tren se mueve y se mueve porque sorprendentemente aparece a diferentes distancias de la locomotora, que, como el vagón de cola, son los hitos inmóviles que a la vez se desplazan.
Encuentro la puerta que comunica con la oscuridad. La película de ahora es japonesa. Ya ha comenzado, jamás logro ver los títulos de inicio, siempre los finales.
Hay gente en un enorme edificio rodeado por el otoño. Los jardines son memorables, tienen esa sutileza oriental en el dibujo de las ramas tenues sobre cielos blancos.
Las personas, lo adivino después, están muertas. Han llegado a un lugar de tránsito donde deben escoger un instante, el instante más feliz que hayan vivido, para pasar en él la eternidad. Tienen un tiempo para hacerlo.
Los vemos recordar, buscar, debatirse entre instantes afortunados. Hay quien fue un mujeriego desapegado, pero decide que la eternidad será un momento con su familia. Hay el joven desdichado que no puede recordar un solo momento de felicidad plena, pero descubre que puede pasar la eternidad en el recuerdo dichoso de otra persona, esa otra afortunada persona que fue feliz gracias a él. Y hay una ancianita.
Hay una ancianita, una viejita que no escucha lo que le dicen, que no responde, que en un momento hace callar a su instructor para poder oír el bello canto de un pájaro que llega por la ventana. Ancianita japonesa, minúscula viejita de manos de niña, levanta el dedito y señala la ventana, para que el joven calle y se dibuje en amarillo el trino que llega de afuera. Recoge piedritas en el jardín, y las coloca sobre el escritorio notando la belleza de esas simples piedras tan poco valiosas para la mirada del hombre que la estudia con aire preocupado.
Y el hombre estudia a la ancianita, a la minúscula viejita de rostro de muñeca cuarteada, hasta que descubre lo evidente. Dice que pensó que sería la más difícil, y es, en cambio, la más simple. Ella ya ha escogido en qué lugar pasar la eternidad. Lo ha escogido desde antes de morir. Como casi todos, se ha vuelto a la infancia, donde la absoluta y plena felicidad es posible.
Y dónde, me pregunto, adónde elegiría, yo, detener el tiempo para siempre. En qué lugar, me pregunto, pasaría yo la eternidad. Cuándo fue el momento de felicidad que desearía proyectar en el presente absoluto, futuro y pasado fundidos en un único instante continuo.
El tren se aleja, o se acerca. El tren sigue su marcha traqueteante por la llanura mientras pienso esto, sentada yo en una butaca de un vagón en penumbras.
Me sobresalta la carcajada de Oliver Reed, que ha muerto; la sonora carcajada de Oliver Reed que ha vuelto hacia atrás la cabeza, me mira con fijeza y súbitamente, bruscamente, brinda por mí bebiendo del pico de su eterna botella siempre llena.



*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com






Deshabitada*


Imagino que la casa ya no será la misma.
Este verano los damascos sembrarán
el patio sin una mano que los cobije
y la parra, sin su poda de otoño,
entregará vides vacías.
Los cristales empañados de grises
ya no reflejan verdes en la cocina
El fogón aromado de pan recién hecho
sólo esparce cenizas.
En el desván, olvidada, una caja de fotos
se abraza a un pasado de rieles.
El espejo ha de haber perdido la sonrisa
frente a la sombra.
Una húmeda fatiga se niega
a ser exorcizada con sándalo.
La casa está vacía.
Dos manos y un vaso de vino
deshojan el eco de la risa.
La casa está sola.
Quien la habita eligió el destierro.
El reloj marca un tiempo sin pasos.




*De Gabriela Delgado agualunagd@yahoo.com.ar

-Del libro "Pasajeros del penúltimo tren"







MIRANDO LA PARED*


A Rodolfo (loco) Britos,
señalero del F.C. Roca.



Recuerdo que fue sábado. El frío nos alentó para que nos sentáramos a almorzar con los abrigos puestos. Un guiso carrero vaporeaba en la larga mesa y nos envolvía el aroma de esa salsa picosa. Casi no se veía al compañero de enfrente, pero los diálogos continuaban a los gritos, como si el levantar la voz nos permitiera ver mejor.
Todos éramos ferroviarios, y éste, uno de los encuentros mensuales de los sábados. Tratábamos de reorganizarnos después del descarrilamiento. La identidad ferroviaria nos unía. Durante los primeros tiempos los encuentros eran de desagotes, de vomitar entripados atrancados, catarsis colectiva, angustiante. No se aceptaba la derrota. Tozudamente se decía que se había triunfado, pero se estaba afuera. A raíz y en torno de esas discusiones la organización no arrancaba. No a todos les venía esa especie de arcadas estomacales. Había de todo: tímidos, extrovertidos y absorbentes que sólo querían hablar y que se los escuche; otros callados, muy callados, algunos masticando un coágulo amargo y muchos que sorpresivamente se destapaban como un volcán dormido.
Existía una gran circulación de compañeros que andaban tras alguna pista para la respuesta de la derrota. ¿Cuál? Si todos rastreaban al tanteo no había huellas que seguir, andaban bien boleados. Los de mayor edad con callosidades antiguas, de cuero atortugado, aguantaban más los pesares de este descarrilamiento. A los jóvenes, que fueron los protagonistas principales de la última pelea, los abarcaba una sensibilidad a flor de piel, cualquier roce los erizaba.
El ferrocarril ya no nos pertenecía, pero circulaba entre nosotros en ese, ¿te acordás de...? Eran los estertores de los ayeres que se encadenaban en una memoria nostálgica resistente a cualquier olvido.
El Loco Britos era uno de ellos. Estaba sentado en la otra punta, hablaba a viva voz, le explicaba a la Betty una y otra vez sus cosas; y ésta, dura de oído que no entendía o no quería entender. Ella argumentaba eso de la entereza, la pérdida de valores, la ideología y la cuestión política. Hasta que el Loco ante una pregunta de la Betty, estalló:
-¡Qué ideología ni política ni qué mierda! ¡Cuando me echaron del ferrocarril quedé vacío! ¡Y la ideología se me fue a la mierda! ¡Y la entereza, esa que decís vos, ni apareció! ¡Qué me venís con boludeces! —y remató—: ¡Me quedé quince días mirando la pared, para que sepas…!
Tras la violenta respuesta se mandó una cucharada del guiso caliente que le peló las encías. Silencio, sólo silencio mezclado con el vapor del guiso y el ruido de los cubiertos. Ante la reacción del Loco, silencio y respeto. Mudos, saboreábamos ese guiso amargo con discreción. Era amargo de verdad. La reacción de Britos nos cabía a todos. Recién salíamos de ese naufragio terrestre: rengos, tullidos, atontados los más; ferroviarios sin rumbo como pájaros sin aire: el ferrocarril ya no estaba entre nuestras pertenencias. Hombres-escombros, estrellados, fuera de la vía. Se trataba de salir de ese territorio; poco a poco comenzamos a olernos y a balbucear de nuevo nuestra identidad, a reconocernos a través de las palabras y el lenguaje. El Loco estalló, otros no. En secreto sufrían una implosión jodida, se estallaba para adentro, con un sufrimiento extraño.
Antes que al Loco lo rajaran se sabía que las notificaciones por las cesantías vendrían. Pero como a los ferroviarios siempre nos rajaban o nos amenazaban vuelta a vuelta, ésa era tomada como un apriete más. Se sabía de esa bravata, pero nada detenía la lucha de la última huelga, menos el fervor de los jóvenes huelguistas por defender el viejo ferrocarril. El momento le llegó al Loco, la cesantía golpeó la puerta de su casa y dijo: “aquí estoy”. No lo podía creer. No había retorno. El Loco Britos se vació. Buscó refugió en su casa. Un silencio como grumo lo dejó sin habla, lo atragantó. Sólo atinaba a sentarse en el borde de la cama y mirar la pared. Dos o tres mates, por la mañana, más no. Arrimaba su lata de tabaco Virginia, armaba sus puchos y como una ceremonia pitaba grueso, mientras miraba el ascenso azulado del humo, apoyaba su codo en la rodilla y con la palma de la mano sostenía el rostro. Así se inmovilizaba horas. Entrecerraba sus pequeños ojos hasta descubrir todos los días un pequeño grano de arena despintado en la pared, con forma de volcán, que sólo él veía. Otra bocanada, luego, con una sonrisa se miniaturizaba, lo penetraba y se transportaba por el volcán, aparecía en el cabín de señales en medio de gritos, teléfonos reclamando atención, el mate que circulaba:
-¡Mové las palancas, Loco, que yo bajo las barreras, viene el de las y diez.
-Meta —respondía el Loco, largando el mate, corriendo el pucho a un costado, pitando, no fumando.
-Es el primero que viene de La Plata, viene el morochaje a laburar, —repetían. Britos movía las palancas de las señales, trababa cambios, contestaba el teléfono, tarareaba un tango, todo se sincronizaba en él.
-Ahí se asoma..., van durmiendo los proletas..., todas las ventanillas empañadas..., ¡qué los parió! ¡Qué de olores todos juntos!
-Viene el otro, es el segundo en el diagrama.
-Asomate, no sea cosa que se duerma de nuevo el Cartonero como la otra madrugada. Pobre viejo, se apoliyó tapado con cartones esperando el paso del tren. Estaba calentito y se amodorró. El matungo se detuvo, dejó de acunarlo, ya se había dormido el anciano, no hacía falta andar.
Así desde la cuatro de la mañana. Moviendo palancas, estirando el pescuezo para ver si las barreras bajaban bien, luego vienen los pibes de la escuela medio dormidos. Espiaba y sacaba más el cogote para saludar a madres y maestras. Todo lo que pasara bajo el cabín era de su incumbencia, y si era de la rama femenina se esmeraba, era un galanteador metódico. El cabín era un faro especial, y en su turno, él era el propietario. Todas las mañanas a través de ese grano volcánico se trasladaba al ferrocarril vivido. Cuando intimé con él descubrí que era un conocedor de música clásica. Su viejo había sido músico.
-Negro, escuchá: es barroco italiano del siglo XVI; escucha esto otro: Vivaldi, qué grande... ésta es La Trucha del pibe Schubert, esta otra: la novena de Beethoven, con ese final de la Oda a la Alegría de Schiller, como juno, ¿ah?
El viejo de Britos lo incentivó con ideas marxistas y éste las absorbió. El padre había sido un viejo militante. Como herencia continuó por los mismos senderos. En la diáspora del Partido Comunista se fue como otros, pero nunca dejó de ser un laburante con conciencia de clase. ´´No tan puro´´, decía él.
Las minas lo distraían en cualquier caso. Gorda, petisa, flaca, renga, contrahecha, era igual, él las miraba y te relataba los encantos que uno no veía. Decía: “Miro como El Principito, “lo esencial está oculto a los ojos, bajo las pilchas”.
La revolución proletaria era su otra obsesión. Soñaba que vendría y pronto; se cargaba de un optimismo contagioso. Minas y revolución eran compatibles.
-Marx, Lenin, el Che, ¿ellos no, acaso? No jodan. El único miedo que tengo —se ponía serio—, es que cuando esté en plena fornicación, justo pase la revolución por la puerta de mi casa y me la pierda. Pero no, no ha de ocurrir, el placer de la revolución es superior al carnal...es como un orgasmo popular, ¿entendés?
-¿Y si te sorprende?
-Me calzo los pantalones y me rajo con la gente. Me daría mucha pena abandonarla, ella comprendería, porque seguro que antes le habría hablado de la otra: de la revolución —y esa preocupación del Loco era por demás sincera.
Mañanas frías, el cabín se calentaba por la estufa de leña, se empañaban los vidrios y como un hábito chantaban su nombre o algún viva de circunstancia. O lo limpiaban con una estopa para ver el arribo de los trenes tempraneros. Más tarde, las maniobras. Se sentía por el teléfono desde control general:
-Loco, bajále la bombacha a la Porota.
-Después que pase el rápido se la bajo —contestaba (la bombacha era una señal de color blanco y la Porota, la locomotora de maniobras). Más tarde las largas charlas por teléfono. Que el gremio, que la asamblea, que la reunión previa, convencer al otro turno, el comunicado que no se entiende, que no me alcanza la guita, las conversaciones íntimas con el compañero, la familia, los hijos, la vida...
-Carajo, cuántas cosas, cuántas, y ahora, ahora qué solo estoy, cómo mierda le hago a la vida, ¿cómo?, si estoy vacío, blando, sin nada, sin palabras, sin carajear, ¿cómo le hago a la vida? ¿Adónde voy? Si yo siempre anduve entre los rieles. ¿Cómo le hago a la vida si no tengo camino? ¿Quién cuidará al Cartonero? ¿Quién le alcanzará un jarro con mate cocido, con leche y una galleta? ¿Cómo le hago a la vida? —se dirigía al volcánico grano de arena, transformándolo a veces en su oyente.
Durante quince días más o menos fue rutina ese viaje, todas las mañanas y a veces por la tarde. A través del pasadizo que era ese grano de arena viajaba al cabín de señales, al sindicato, a los asados. Se repetía y repetía como saboreando cada recuerdo. Encendía un pucho antes de iniciar el viaje, dos pitadas y emprendía la travesía. Este desprendía una fina hebra azul que se estacionaba en el cielorraso. Al rato, el pucho le quemaba los dedos y el dolor lo hacía regresar en forma precipitada a la habitación. Puteaba, armaba otro cigarrillo, intentaba el retorno, pero no encontraba el grano de arena en la pared, el encanto se había hecho humo.
Mientras masticábamos ese guiso amargo y se empañaban los vidrios del corredor por los vapores y los alientos envinados, no dejaba de observarlo. Hablaba en vacío, sin relleno, pero volvía despacio, se serenaba. Estaba rodeado de ferroviarios. Eran otros diálogos, varios oficios estaban presente; pero se hablaba de lo mismo: del ferrocarril. Nos habían sacado el ferrocarril, ese inmenso objeto, que era nuestro sujeto. Como a nuestros hermanos indígenas cuando les talaron los árboles, los dejaron sin sujeto y sin pájaros, y los vientos les arenaron la mirada.
Una mañana cualquiera arrimó de nuevo la lata con el tabaco. No alcanzó a armar el pucho. El tabaco voló por sobre el cubrecama. Se acabó la joda: Hilda, su mujer, de un cachetazo le hizo volar el armado a la mierda, lo zamarreó. Esperó que se fueran los chicos al colegio, el bebé dormía.
-Andá a bañarte y dejá de velar al muerto. Ya está, basta, qué tanto joder. Mirá por la ventana, mirá la vida. Bañate, afeitate y aquí tenés unas chirolas que hice de unas costuras. Rajá, andá a ver a tus amigos de la cooperativa. Basta de mirar la pared. El Loco, sumiso, rumbeó para el baño.
-¿Eso te dijo tu mujer?
-Vos, ¿qué le dijiste?
-¿Qué le voy a decir?
-Mierda que te zamarreó lindo, machito tierno, ¿no le dijiste ni un rezongo?
-Nada, me zamarreó, no dije nada. Quedé limpito, me cambió hasta los calzoncillos; salí a la calle aseadito como pendejo en su primer día de clase.
Hizo una pausa. No contestó las preguntas de sus compañeros. Comenzó a hablar como si contara al vacío una acción reflexiva, de muy adentro.
-Vos sabés que mientras caminaba me despabilaba y sentía al andar el tintineo de las monedas que viajaban en mi bolsillo, las que colocó Hilda, mi mujer. Eran los pesitos de una changa. Ahí no más, de sopetón, me agarró una emoción del carajo, se me calentó el rostro, era un ardor raro, distinto, te diría, como un fresco; es que me acordé de como luchábamos por el rancho, los pibes, como bancó todo en mis ausencias militantes. Me entró de seguido, después del ardor, unas putas ganas de vivir... y me dije: ¡perdí quince días mirando la pared! Paré, me senté en el banco de la plaza frente a la estación y le metí al pensamiento. Me dije, cosas y bastante feas, no vayan a creer. Me dije: “continuar mirando la pared sí es una derrota.” Repensaba luego: “¡qué mujer que tengo!” Mi mujer me sacó del grano de mierda que estaba incrustado en la pared, me tenía atrapado.
Después de pensar me agarró otra locura, distinta. Regresé a casa. La busqué a la Hilda, estaba fregando en la batea, meta laburar, dejaba la casa limpia antes de ir a changuear. La agarré de las nalgas y le dije:
-Hilda, corré las cortinas... quiero agradecerte, festejemos... Hilda, fregándose las manos jabonosas, donosa, ablandada, respondió como asumiendo el envite:
-Y si justo pasa...
-¿Pasa quién?
-La que vos siempre esperás, ésa, la revolución.
-Cerrá bien las ventanas Hilda, la esperada sos vos ahora, para la otra falta mucho, anda lerda la muy desgraciada. Festejemos Hilda, que escapé del grano de arena de la pared...festejemos. Vos me ayudaste y te lo quiero agradecer.
Hilda, gustosa, corrió las cortinas y trancó las persianas, pero antes, espió por si venía la otra, la lerda. Una, nunca sabe...



*de Juan Carlos Cena. ferrocena2003@yahoo.com.ar



-Este cuento integra el libro "Crónicas del Terraplen", editado por La Rosa Blindada.
Quien quiera adquirir el libro y no lo encuentre en su libreria amiga puede comunicarse al correo de Juan Carlos Cena quien lo enviara por contrareembolso.






*


Al paso cansino, el teniente Juan Sosa deambulaba a lo largo de la Pampa sin demasiado interés, casi sin sentido. Sus pensamientos vagaban sin rumbo, desconcertado ante su nueva situación. ¿Qué podría hacer, ahora que ya no pertenecía al valeroso ejército del General Julio Argentino Roca? No se le ocurría otra cosa que vagar montado en su vapuleado matungo. Errático merodeo que sin percatarse lo ha ido conduciendo hacia los terrenos que alguna vez le entregara el General Juan Manuel de Rosas a su abuelo, Don Inocencio Sosa –integrante de la Mazorca-, luego de aquella otra Campaña al Desierto, y que desde entonces pertenecieran con orgullo a su familia.
Como no podía ser de otra manera, los Sosa continuaron siendo parte de la “Gran Familia Castrense” aún habiéndose retirado Don Inocencio de la fuerza. Sus hijos habían continuado con ahínco la carrera militar, e incluso los campos familiares habían formado parte de una gruesa línea de fortines que el gobierno del General Roca había mandado emplazar para detener el avance de los malones. Sin embargo, nada de ello parecía haberse mantenido en pie. Con el correr de los años, los fortines habían desaparecido, y lo que alcanzaba a divisar el teniente Juan Sosa desde su cabalgadura eran apenas unas pálidas ruinas de lo que otrora fuera la gran casa familiar.
Se acercó al tranco lento en las últimas horas de la tarde, intentando encontrar alguna familiaridad en el terreno; sin embargo, las construcciones que aún quedaban en pie distaban mucho de parecerse a lo que él alguna vez hubiera conocido. El casco de estancia se había desintegrado en el aire, llevándose consigo los recuerdos de toda una familia, y apenas algunos ranchitos de la servidumbre parecían haberse mantenido en pie, para que con el tiempo el gobierno de la provincia los apropiara para cederlos al ferrocarril. A pesar de cierta indignación que intentaba a duras penas mantener a raya, el teniente Juan Sosa sintió henchirse el pecho al comprobar que aquello se había convertido en una estación ferroviaria, aparentemente desierta, y que el cartel blanco y negro que indicaba su paradero ostentaba el querido nombre de su abuelo.
No fue lo único que divisó en el horizonte, cada vez más oscuro. También llegó a distinguir la oscilante silueta de un jinete, acercándose a los tumbos hacia la estación, con paso inexperto. El teniente Juan Sosa no tenía mucho más que hacer, por lo que aguardó, movido por la curiosidad, hasta que el jinete se acercara.
El jinete resultó ser una mujer, que consiguió dominar al caballo como pudo, antes de saludarlo en medio de una nube de polvo, despeinada y con expresión afligida.
-¡Buenas tardes! –saludó ella, a lo que el teniente Juan Sosa respondió con una inclinación de cabeza. -¿Conoce por dónde queda la escuela rural?
-No le sé decir. Yo también parezco un extraño por estos lugares. Y eso que durante buena parte de mi vida anduve por estas tierras.
-Soy la nueva maestra rural –informó ella, -y vengo a hacerme cargo del único grado que existe en esta zona. Si le soy sincera, nunca me tocó trabajar en un lugar así, pero los cargos últimamente no abundan y la vocación tira bastante como para no hacer un sacrificio…
Como el teniente Juan Sosa se limitaba a mirarla sin comprender demasiado, ella preguntó:
-¿No sabe dónde podría encontrar a alguien que me informe?
-Lamento no poder ayudarla –se excusó él.
Y estaba a punto de continuar su camino cuando la expresión de ella se transfiguró, oteando por encima del hombro del soldado.
-¿Qué es esa luz? –chilló ella.
El teniente Juan Sosa volvió la cabeza y divisó a través de los árboles de un monte cercano un resplandor brillante, que parecía acercarse a gran velocidad. Sin pensarlo siquiera, experimentando una nueva sensación de extrañeza en los campos de su familia, respondió alarmado:
-¡La luz mala!
Y espoleó a su matungo, atemorizado de ser alcanzado por lo desconocido. La nueva maestra rural, asustada ante lo novedoso de la situación, azuzó a su caballo y se dispuso a seguirlo, siempre peleando con su cabalgadura para que con sus corcoveos no la dejara de a pie.
No alcanzaron a llegar muy lejos. La imponente luz los cercó muy pronto, causando la sensación de indefensión más poderosa que hubiera podido experimentar, mucho más terrorífica que la de enfrentarse a un desatado malón de la indiada, con sus lanzas al viento y sus aullidos infernales. Aunque no fueron aullidos lo que escucharon a sus espaldas, cada vez más cercano, sino el fragor de un continuo traqueteo y una súbita sirena que chilló en la noche recién llegada.
-¡Hágase a un costado! –le gritó la nueva maestra rural, al tiempo que reparaba en el terreno irregular sobre el que cabalgaban sus monturas y se criticaba a sí misma por haber sido tan ingenua.
Ambos jinetes se apartaron del camino que venían sosteniendo por encima de unos ajados durmientes de madera, rodeados de cantos rodados, para darle paso a una briosa locomotora que los azotó con sus ardientes ventisqueros de vapor, a punto de atropellarlos. La estridente sirena se dejó escuchar durante bastante tiempo, mientras la formación ferroviaria se alejaba presurosa rumbo al horizonte nocturno, sin detenerse junto a la deteriorada silueta de la estación.
Ambos jinetes recuperaron gradualmente el aliento luego de semejante susto, sintiéndose inquietos y extrañados, uno por el desconocimiento, la otra por su falta de percepción ante los espacios abiertos. Jadeantes y azorados, se inclinaron sobre las pringosas crines de los animales y suspiraron aliviados.
-Dígame –comenzó ella, reparando por primera vez en el desgastado uniforme del soldado. -¿Cómo es posible que Ud., que parece del campo, se asuste con una situación así? Debería estar curtido ya.
-Es cierto –acotó él, pensativo. –Es que no termino de acostumbrarme a los cambios. Pasa todo tan rápido, y nada parece tener mucha explicación. Es muy fuerte para mí…
-¿De dónde viene? ¿Acaso el uniforme que Ud. lleva puesto……es de verdad?
-Claro, señora. Y este sable cubierto de sangre seca, que me ha acompañado en varias batallas, también. Propiedad del Ejército Argentino.
-Disculpe la ignorancia –comenzó ella, como si tratara de hacerse a la idea de lo que ocurría a medida que lo iba diciendo. -¿Ud. participó de alguna campaña militar de importancia…?
-Por supuesto, señora –exclamó el teniente Juan Sosa, con orgullo.
-Y si ha estado en el frente –intentó comprender ella, razonando como lo haría en presencia de uno de sus alumnos de nivel inicial o de un lunático irrecuperable, como le parecía éste: -¿Cómo puede ser que, teniendo experiencia de batalla, Ud. se asuste ante la presencia de una locomotora?
-Estas cosas me pasan recién ahora, señora –agregó él, como disculpándose...
–Cuando estaba vivo, no.




*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar









¡¡¡Hasta el próximo INVENTREN!!!



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Friday, July 20, 2007

ESTACIÓN TACUARÍ

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Experiencia en el tren*




Recuerdo que viajaba en el tren y soportaba
la tiranía de mí mismo, los ojos
girando en los límites del cerebro,
pensando en cosas sin salida
tambaleando en callejones equivocados.
Pero de pronto el viento me golpeó la cara
y hasta el final del viaje
retuve su canción en mis pulmones.
Recuerdo que fui suave y feliz
tan densamente vivo
y el asunto lo juro que era bueno.
Fue algo así
como el radiante comienzo de una fiesta,
¡algo así
como ser necesario a todo el mundo!








*de Joaquín O. Giannuzzi.

Obra Poética. EMECÉ. Buenos Aires, edición del año 2000.







*



El viento terminó
golpeando
los postigos y, por un
momento,
entrando con sus
brazos;
el viento que sacude
las ramas
de la duranta, que
miras
sentada a la mesa,
en la mañana.
Ayer, aquí mismo,
dijiste,
como quien abre un
libro de poemas,
"podrán cubrir los
ríos
de petróleo, pero el
agua pura
será siempre agua
pura";
y yo sentí el deseo
de memorizar
y de mirarte
entre las miradas
que miramos
sorprendidos
y que nos hacen
quedar
como quien va
y viene
tomado de una
cuerda
o de un viento...
Y aquí
estás, no en
soledad,
me dijiste, sino
en vacío,
en alma, como un
destello
que apareció hace
un momento.
Sí, hubo y hay un
viento,
que es de siempre
y predice,
y lo recibes;
un viento, un viento,
aquí
en la mañana.




*de Eduardo Dalter. cuadcarmin@hotmail.com
-En "Nidia". Ediciones del Nuevo Cántaro. Buenos Aires. 2007







Estación TACUARÍ.







*


Esta es una historia de lealtades. Ocurrió hacia fines del siglo XIX, en una pujante República Argentina, conservadora y ganadera, pero bien pudo transcurrir en otro contexto, el del Japón feudal del siglo XIV, o el de los suburbios bonaerenses de comienzos del siglo XXI. Lealtades resumidas en la figura de un solo hombre, que en alguna otra época se llamó samurai, que en la actualidad podría considerarse como "puntero" –en su versión más devaluada y pragmática-, pero que hacia 1890 ostentaba el inconfundible mote de compadrito.
El Ñato Arévalo había sido degollador de reses en el Matadero de Cañuelas, algunos años atrás, por lo que conocía el arte del cuchillo a la perfección. Por esas cosas de la vida, un mal entuerto lo había llevado a desentenderse del trabajo legalmente remunerado, para caer de lleno en situaciones poco claras, de las que había tenido que salir airoso a la fuerza, a punta de cuchillo, pero al costo de comprometer su vida futura a los designios egoístas de un tercero poderoso.
En uno de esos entreveros, su destino se había cruzado con el Don Cosme Gutiérrez, hombre fuerte del Partido Autonomista Nacional, fiel seguidor del entonces Presidente de la República, Don Miguel Juárez Celman –notable impulsor del desarrollo ferroviario-, a quien estos mal nacidos de la revolucionaria Unión Cívica –desde hacía unos pocos meses, estando ya bajo la Presidencia de Don Carlos Pellegrini, autodenominada Radical- le estaban sacando canas verdes. Don Cosme necesitaba a alguien que le cuidara las espaldas e hiciera ese trabajo sucio que, por derecha, nadie admitiría realizar. Y para eso estaba el Ñato.
Misteriosa la historia de Arévalo. Nadie supo precisar nunca sus orígenes. Algunos decían que llegó del interior, sin mayor pasado a sus espaldas que el tortuoso viaje en carreta que lo trajera de pibe a Buenos Aires, expulsado de sus pagos natales por un padrastro violento. Otros afirmaban que era un porteño de pura cepa, criado en un burdel de la Boca, hijo bastardo de alguna puta que nunca lo aceptó, y cuyo apellido fuera herencia de algún oscuro burócrata del Registro Civil. Lo cierto es que, quizá siguiendo algún destino prefijado, el Ñato dejó a su paso un par de hijos varones no reconocidos, fruto de sus azarosos amores con polacas y francesas, quienes a su vez tuvieron otros tantos hijos, así hasta llegar a la actualidad, siendo un fiel representante familiar cierto inclasificable barrabrava de Boca, oriundo del barrio platense de los Hornos, predispuesto a probar en todo momento su reciedumbre -aunque sin lograrlo de manera efectiva-, y conocido en el ambiente como el Gordo Nacho. Pero ésa es otra historia.
La que nos ocupa ocurrió a bordo de un tren. Más exactamente, una helada mañana de invierno de 1891, durante un viaje que realizara Don Cosme desde la flamante capital provincial, La Plata, en compañía de otros miembros del PAN, hacia la Estación de Tacuarí, donde uno de sus colegas del Partido, el Doctor Evaristo Vidal Ereñú, había adquirido en fecha reciente algunas hectáreas para su valiosa tropilla de alazanes, recién traídos de sus vastos campos en La Pampa. El Ñato, pegado a Don Cosme como su sombra, obviamente se encontraba a bordo del convoy.
Aún antes de abordar la formación, desde el mismo andén platense, Arévalo percibió movimientos extraños cerca del furgón. La concurrencia era numerosa, por lo que no pudo despegarse de Don Cosme hasta que abandonaron la capital. Recién entonces se dirigió al extremo opuesto del tren, hacia donde se transportaban los bultos del correo, las mercaderías que nutrirían las despensas locales, y algunas flamantes bicicletas. El frío apretaba contra sus ropas al igual que el acero, fiel junto a sus riñones. Se levantó las solapas del saco negro, por encima del pañuelo blanco que llevaba al cuello, se ajustó el sombrero por encima de las orejas, y avanzó resuelto hacia el fondo, balanceándose al ritmo del traqueteo sobre las vías.
Aunque nadie se lo hubiese explicado, el Ñato sabía que ése era su lugar. Los caudillos del PAN viajaban en primera, con una suntuosidad de estilo europeo sin proporciones para la época; lujo del que disponían a su antojo, aparentando ser grandes señores, empapados en champagne y rodeados de mujeres, pero "ignorantes" de los entuertos que sus leales servidores resolvían en el "patio trasero".
[El samurai del shogún, el compadrito del caudillo, el puntero del intendente… Las fechas se disuelven, capturadas por la misma vorágine de lealtades, atravesando las épocas, con una misma épica.]
El Ñato avanzaba resuelto hacia el fondo. ¿De dónde le venía el apodo? Ese era otro misterio; nadie lo sabía, y conocer tal secreto quizá implicase la muerte. Pero ese nombre, "Ñato", fue lo primero que escuchó al ingresar en aquel recinto estrecho, desbordante de bultos de encomiendas, bolsas con mercaderías varias, y alguna que otra gallina cacareando en una jaula desvencijada.
Arévalo escrutó el gélido aire de la mañana. Unas volutas de humo se disipaban hacia el ventanuco que oficiaba de ventanilla. Su interlocutor, oculto detrás de unos baúles, aún no lo había visto. ¿Cómo podía ser que lo reconociese? ¿Acaso era una trampa? Sus nervios se pusieron en tensión, aguardando lo que fuese que le deparara el destino.
Avanzó cauteloso, pero el otro ni se movió. Al enfrentarlo, se encontró con un hombre fornido, de baja estatura, las facciones ocultas debajo del ala del sombrero, con una mano en el bolsillo, y la otra sosteniendo un cigarro sobre la comisura de la boca. Arévalo se paró delante de él. Recién entonces, el otro volvió a hablar, sin mirarlo.
-¿Qué pasa, Ñato? -, una pausa, -¿No te acordás de mí? -, exhaló el humo, -¿De cuando jugábamos al truco en el bar de Cesio, cerca de Boedo?
Esa voz… Sus recuerdos retrocedieron un largo trecho, hasta conseguir ver unos vasos de caña recién servidos, las barajas grasientas, los manoseados porotos para contar los puntos… Un bar muy antiguo, una vaga ilusión amorosa, muchas horas perdidas sin hacer otra cosa que jugar al truco, por plata o por la vida. La nostalgia lo invadió de improviso, y cuando el otro alzó la vista, el Ñato ya sabía con quién se iba a encontrar: Nemesio Funes, apodado el "Memorioso", desde un tiempo en que ni siquiera él podía recordarlo. Supieron ser pareja no sólo de truco; también descollaron en el tango, cuando aún era un baile de hombres, en aquel burdel de Barracas, donde la madrugada los sorprendía aún sedientos de caña y de sexo. Extraños avatares los fueron separando luego, hasta que dejaron de verse, sin llegar a explicarse por qué. La lealtad entre ambos se había ido disipando, y otras lealtades se habían ido consolidando para ellos, casi contra su voluntad, encadenando sus obligaciones para con los poderosos.
Porque no cabía ninguna duda que Funes era hombre de Vidal Ereñú.
Las fantasmas del pasado lo desacomodaron durante unos segundos. Pero algo raro podía olerse en ese ambiente cerrado, casi secreto, que representaba el furgón. Algo no le cerraba al Ñato. Una mirada extraña se deslizaba bajo el ala del sombrero, a través de los párpados de Funes, quien casi sin entonación, restándole importancia a sus propias palabras, le dijo:
-El Doctor Vidal Ereñú no está tranquilo, ¿sabés? Estos radicales de mierda ya han pactado muchas alianzas, y esto al Doctor lo pone muy nervioso -. Le dio otra calada al cigarro, y soltó el humo: -El PAN se desintegra, negro. Y aunque pareciera que Don Cosme es un personaje del virreinato, que negará cualquier revolución, nadie puede saber si ha estado conversando con la oposición… Don Evaristo lo quiere de vuelta de su lado. O si no, no lo quiere.
Arévalo no lo podía creer. ¿Cómo osaban dudar de la honorabilidad de Don Cosme Gutiérrez? ¿Quién podía hacerlo sin mostrar una conciencia al menos turbia? ¿A quién querían desplazar en esta lucha? Comprendió por qué había algo que no le cerraba. Sabía que esto se tenía que resolver ahí mismo, a puro cuchillo. Que no se enfrentaban los señores, con eternas discusiones sin sentido, sino sus vasallos. Y le molestó muchísimo que el enviado para hacer el trabajo sucio fuese el "Memorioso".
-¿Cuánto te pagan para que hagas esto, hijo de una gran puta? -, masculló entre dientes, con la mandíbula tensada por la furia y la diestra volando hacia sus riñones, mientras el pucho del cigarro de Nemesio Funes caía olvidado sobre el piso del furgón.
Y allí, en el reducido espacio que les permitía aquel atestado furgón, ambos desenvainaron sus respectivos orgullos [La takana samurai, el cuchillo compadrito, la cadena puntera… Las situaciones se repiten cuando las fechas se superponen] Y se trenzaron en una danza repetida hasta el cansancio, en la que se habían conocido de memoria, como cuando bailaban tango, aspirándose el aliento y el sudor; sólo que la pasión que ahora los unía era letal. Convertidos en oscuras siluetas que se deslizaban a través de la semipenumbra de un furgón ferroviario, envueltos en el vapor de sus propios alientos condensados, desplegaban con elegancia el sutil arte de la estocada, un acero que oscilaba en el aire helado con arteras y aviesas punzadas.
Hasta ese mal movimiento, que le permitió entrarle la herida, desgarrando la carne, derramando sangre sobre los trajes enjutos, generando un grito de sorpresa y de dolor. Una mirada azorada, que clamaba por una piedad inútil en el último aliento, lo atravesó de lado a lado, al igual que el acero. El abrazo los fundió en una misma agonía, porque nada murió entre los dos, más allá de la presencia física. Un corazón se fue eclipsando sobre el traqueteo de las vías. Y un cuchillo sin mácula cayó con un débil tintineo sobre el suelo del furgón.
Así, el compadrito depositó el cuerpo de su amigo sobre uno de los baúles, sin quitarle de encima la mirada, hundiéndose en esos ojos que se vidriaban cada vez más. Limpió el acero ensangrentado en las ropas del muerto, envainó nuevamente, le quitó el sombrero y lo usó para cubrirle el rostro. Era lo menos que podía hacer, en memoria de aquel pasado en común.
Y mientras se retiraba de allí, oscilando con el traqueteo del tren, exhalando las nubes de su propio aliento y con cierto nudo en el estómago, pensó que sería una buena idea darse una vuelta por el bar de Cesio, en Boedo. Y recordar viejas épocas, mientras se tomaba una regia botella de caña en honor del caído, abatido por los rigores de lealtades que nada tenían que ver con la amistad que alguna vez los uniera de purretes.
¿Importa entonces saber si quien salió de aquel furgón, esa gélida mañana de invierno, fue el Ñato o el "Memorioso"?



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar






LOS TRENES MATAN A LOS AUTOS*


*de Roberto Fontanarrosa


Llegó un momento en que la lucha entre los trenes y los autos tomó ribetes desesperados. Todos creyeron, un poco ingenuamente, que aquel tímido Citroen, aplastado sin piedad por el Expreso del Norte en las postrimerías de marzo, había sido tan sólo un accidente. Un lamentable accidente como lo había catalogado la prensa. Pero ya en junio, la víctima fue un ampuloso Dodge Polara que, destrozado, despedazado e inútil cayó al costado de la vía del Trueno de Plata. Hubo quienes, incluso, ignorantes de la realidad o simplemente poco advertidos, celebraron el sacrificio del Dodge, contentos ante la oscura suerte de coche tan orgulloso y pedante. Pero lo que desencadenó todo, lo que despertó violentamente el rechazo popular y los ataques virulentos de la prensa fue el suceso de Recalada. Un pequeño e
indefenso "ratón alemán" fue vandálicamente atropellado y reducido a chatarra por el fatídico Expreso del Norte.
El hecho fue repudiado, hasta incluso, por el Gremio de Guardabarreras y Obreros del Riel en una extensa solicitada. La clara posición de dicho gremio, tradicionalmente férreo defensor de todo cuanto significara ferrocarriles desconcertó a la prensa especializada, a la sazón abocada a la investigación de los motivos ocultos que impulsaban a esa sanguinaria campaña destructiva.
Los automotores, en tanto, optando por un papel de víctimas procuraron ampararse en la legalidad. Reclamaron a viva voz severos controles de seguridad en todos los pasos a nivel. Alarmas electrónicas y veedores oficiales nombrados por el gobierno. Los ferrocarriles aceptaron esto, contraatacando públicamente con avisos y solicitadas donde desestimaban todo tipo de acusaciones, aducían los lamentables sucesos a una funesta racha de accidentes y reivindicaban al Expreso del Norte, ratificándole la confianza de la empresa. No obstante, ante las apelaciones de los automotores,
accedieron a que el Expreso del Norte fuese revisado exhaustivamente por un equipo de expertos para sondear algún posible desequilibrio. Agosto pasó en una tensa calma, tan sólo alterada por una pequeña manifestación de automotores utilitarios que colocaron en Recalada una placa recordatoria del
alevoso crimen del "ratón alemán".
Todo estalló finalmente, en setiembre. Un camión que transportaba coches recién salidos de la fábrica Peugeot fue sorprendido en la noche, triturado y vejado por El Serrano, tren de velocidad y potencia sorprendentes. Aquello desató el escándalo. Veinte coches de corta edad, impecables, fueron
destruidos, reventados y despedidos en todas direcciones. En la horrible noche se oyeron claramente los espantosos crujidos de los chasis, las explosiones agónicas de las bombas de aceite, los reventones convulsivos de los neumáticos, el alarido doloroso de las bocinas. En cientos de kilómetros a la redonda se encontraron segmentos de caños de escape, volantes fracturados, motores con la tapa de cilindros levantada. Testigos presenciales aseguraron que El Serrano venía con todas las luces apagadas,
sin pitar, bajas las ventanillas de los vagones. Hubo quien afirmó haberlo visto en las proximidades de Torrecillas, quieto y silencioso, en la oscuridad, como esperando. Un minucioso informe de la Cámara de Automotores presentado con urgencia ante las autoridades consignaba que El Serrano ya había purgado 10 años antes una severa sanción por atropellar una motocicleta con sidecar, siendo destinado a rodar por las frías llanuras sureñas. Toda la prensa sin excepción exigió un ejemplar castigo y una
profunda investigación para determinar las causas de esa guerra ahora ya desembozada. Tan sólo el periódico de los ferrocarriles "La Vía Muerta" defendió tenazmente al Serrano, atribuyéndole condiciones vindicatorias. Los ferrocarriles desautorizaron a "La Vía Muerta", dejando clara constancia de que dicho periódico no era un órgano oficial de la empresa.
Pero indudablemente las cartas estaban echadas y el juego era bien claro. En octubre, un camión naftero solidarizándose con los automóviles atropelló e hizo saltar de los rieles al "Flecha de Oro". Veinticinco vagones rodaron por el terraplén en un pandemónium de chirridos, crujidos y estallidos de cristales, la guerra era un hecho. "La Vía Muerta", con el título "¡Despertad, locomotoras!" lanzó una abierta proclama de lucha y venganza.
Hace dos semanas, un pequeño y ágil Fiat 600, cayendo por una toma de aire, produjo la más espantosa catástrofe en la historia de los trenes subterráneos. La actitud a todas luces suicida del 600 dio una pauta clara sobre la siniestra determinación de los bandos en pugna. Ayer una noticia conmovió los medios periodísticos mundiales. En el Atlántico, cerca de las Islas Canarias, un inmenso Boeing 704 se abatió como un tornado sobre un buque carguero holandés que transportaba locomotoras hacia Trinidad Tobago.
Hoy, el cielo amaneció negro de aviones y en las carreteras, a través del smog, millones de autos corrían hacia la ciudad. A esta hora, golpean despiadados contra las bases de los edificios más elevados.


-Fuente: http://arsewaco.googlepages.com/libros







*



-a Gaby Ces-


Martes de otoño, 9 AM. Como cada mañana, Gloria se dirige hacia su trabajo en Capital a bordo de la “trochita angosta”, como le dicen cariñosamente los usuarios al tren que lidera “Fénix”; ésta es la locomotora melliza de “Sophostine” -también alimentada a GNC-, aquella que realiza los viajes de larga distancia a través de la llanura pampeana. Como cada mañana de otoño, enfundada en un sacón negro bien abrigado, porta entre sus manos un libro perteneciente a su voluminosa biblioteca; en este caso, de Michel Foucalt, “Vigilar y castigar”. Un poco de filosofía en este presente argentino, tan bastardeado por la banalidad de lo cotidiano, no viene nada mal.

Al llegar a Tacuarí, el vagón se estremece ante los estentóreos versos de una canción de Joan Manuel Serrat, entonados con más dedicación que armonía por un varón un tanto exacerbado. “Otro que canta pidiendo limosna”, piensa Gloria sin alzar la vista, y vuelve a concentrarse en Foucalt. La voz cantora se le acerca a través del vagón atestado y permanece a su lado, dejando por un momento de entonar –como puede- “De vez en cuando la vida”, para afirmar:

-¡Qué linda chica! Yo me quedo cerca suyo.

Gloria no despega los ojos de un determinado párrafo que ya ha leído varias veces, sin poder encontrar el sentido preciso entre frases tan complejas. Muy a su pesar, oye las voces que retumban por encima de su cabeza

-Ella no deja de leer, compenetrada en su librito -, parece relatar, en estilo futbolero, el cantor de Serrat. –Es una pena que no levante su carita en un ángulo apropiado para que me deje descubrir sus hermosos ojazos…

-Basta, José. Dejala tranquila -, le dice, entre divertida y fastidiada, una voz de mujer.

-¡Oia, está leyendo filosofía! -, exclama él. -¡Mirá, yo también!

Y de pronto, el campo visual de Gloria se ve invadido muy de cerca, casi chocando contra su nariz, por un libro en cuya tapa apenas consigue discernir el nombre de Jorge Bucay. Sorprendida, alza la vista, para encontrarse con la fugaz imagen de un muchacho alto y rubio, de cabello largo y lacio, vestido con una gruesa campera de cuero, debajo de la cual se aprecia a las claras un ambo de médico de color verde claro. La mujer a su lado también viste de médica, aunque parece más una amiga o compañera de trabajo que su pareja.

-Pero es una cagada -, se defiende él, escondiendo velozmente el libro en uno de los amplios bolsillos de la campera.

Gloria baja la vista de inmediato, avergonzada, sin saber de qué, en el momento en que suena su teléfono celular, y ella atiende.

-¡Hola!… Sí, soy yo, Gloria…

-Uy, mirá. Se llama Gloria. Qué nombre más hermoso…

-José: me parece que vos con tu novia ya no tenés nada que hacer -, le dice su amiga o compañera. -¿No pensaste que ya es hora de terminar?

-¿Qué novia? -, parece ofenderse él, aunque su tono continúe siendo burlón. –No te metas en esto.

-Si… Sí, entendí. Te llamo después -, dice Gloria, y apaga el celular.

-No me digas que te llamó tu novio -, dice él. –Decime que no, por favor, porque me muero de amor aquí mismo.

-Basta, José. Estás haciendo un papelón -, le dice la médica, entre divertida y admonitoria.

El vuelve a entonar a Serrat, sin preocuparse por afinar. Gloria vuelve en vano a mirar la releída página de Foucalt. Le resulta imposible volver a concentrarse, pero dejar a un lado el libro sería como darle autorización al pesado éste para que la siga cargoseando, y así ya no podría sacárselo de encima. Los clásicos versos de Serrat le aturden los oídos, pero se consuela sabiendo que pronto bajará. La amiga o compañera de José parece murmurarle algo para que se calle, pero también es inútil.

Al rato, ambos descienden. Ella suspira, fastidiada, aunque satisfecha por no tener que escucharlo más. Y mientras él se aleja por el pasillo, se vuelve y exclama, haciendo que ella se ruborice:

-¡Chau Gloria!


*

Miércoles de otoño, 9 AM. Gloria lee “Más rápido que la vista”, de Ray Bradbury. El vagón está más vacío que ayer, por esas raras cuestiones de la oscilación del pasaje. Y al arribar a Tacuarí, una voz la estremece desde la puerta, provocándole un sudor nervioso en las axilas.

-¡Gloria! ¡Dichosos los ojos que te ven!

Ella apenas alza la vista para verlo a… ¿se llamaba José? …dirigirse sonriente hacia allí, esta vez sin la presencia de su amiga o compañera médica, aunque con el mismo ambo verde claro, para sentarse en el asiento que Gloria tiene enfrente suyo, de espaldas a “Fénix”. Ella suspira y vuelve a sumergirse en el libro.

-¿Seguís con la filosofía? ¡Qué chica más lectora!-, comenta él, y se inclina hacia el pasillo con la cabeza hacia abajo pero la cara en alto, espiando la tapa del libro que ella sostiene entre las manos. -¡Ah, no: Bradbury! “Fahrenheit 451” es mejor. ¿no lo leíste?

Ella no lo mira, pero desea desmaterializarse de inmediato, como si en cualquier momento viniese a buscarla el Sr. Spock para alejarse a velocidad “warp” a bordo de la nave espacial Enterprise.

-Gloooooriaaa... -, se admira él, sin reparar en el silencio de ella. -¡Qué suerte la mía, volver a encontrarte arriba del tren. Tomás siempre el mismo, ¿no? Parece que sí. De seguro vas a trabajar a esta hora. ¿De qué laburás? Ya sé, no vas a contestarme. Bueno, no importa; yo te quiero igual.

Y de pronto, como si repitiese el bochornoso espectáculo del día anterior, se pone a cantar “Contigo”, de Joaquín Sabina.

Gloria resopla. “¡Otra vez!”, piensa, sin poder reprimir una sonrisa. La situación es bastante ridícula.

-¡Jáh! -, exclama él, palmeándose un muslo. -Te hice sonreír, ¿eh? ¿A que no te animás a dejar de leer y contestarme?

Entonces ella, ignorando por qué, desconociéndose a sí misma, calza el señalador entre las páginas, cierra el libro con un sonoro PLOP! y lo mira a los ojos, sin vacilar……ni abrir la boca.

José permanece inmóvil, comenzando a sonreír. Un extraño brillo aparece en su mirada, algo casi ajeno al personaje que viniera interpretando hasta entonces. Una mirada transparente, sincera, pura. La mirada de un adolescente ilusionado que se halla a punto de enamorarse, de corazón, hasta el tuétano.

-Sabía que no ibas a dejarme así -, murmura él, como si hablara consigo mismo, sosteniéndole esa profunda y silenciosa mirada que parece atravesarlo. –Sabía que alguna vez ibas a salir del frasco para darme bolilla… Y la verdad, …es que no puedo creer que esto me este ocurriendo a mí…

Gloria desvía de pronto la mirada, espía por la ventanilla, mira su reloj, y sin decir nada, se levanta y baja.

-¡Eh! -, la llama él por encima de su hombro, bastante perplejo, mientras ella camina por el pasillo del vagón hacia la puerta. -¿Te bajás antes hoy? ¿Qué pasó?

Pero ella no responde. Y cuando desciende en el andén, vuelve la mirada hacia la ventanilla del lugar donde estuviera sentada. José la contempla con aire risueño y soñador, saludándola con una mano, mientras sus labios esbozan: “Chau Gloria, nos vemos mañana”

*

Jueves de otoño, 9:15 AM. Gloria sigue leyendo el mismo libro de Bradbury, desconcertada al preguntarse si “Fahrenheit 451” –que no ha leído- será mejor o no. Las estaciones van pasando monocordes, la trama de los cuentos la cautiva y aleja de la realidad, y recién casi al llegar a destino repara en que José no ha subido en Tacuarí. Se sorprende a sí misma al preguntarse: “¿Le habrá pasado algo?”. Y descarta la pregunta, por absurda. “Vamos, es apenas una coincidencia que hayamos vuelto a viajar juntos”. Pero la duda persiste: “¿Se habrá aburrido porque no le di bolilla, y viaja en otro vagón? ¿Me habré comportado muy mal ayer? Bah, no puedo estar pensando en esto. Nada se pierde si él aparece o no”. Y termina la página, antes de bajarse del tren. Aunque la sensación de ausencia no desaparece…

*

Viernes de otoño, 9:10 AM. Al llegar a Tacuarí, Gloria levanta la vista del libro –“La tregua”, de Mario Benedetti- y contempla la puerta del vagón, casi con cierta ansiedad. La silueta de José se recorta en el extremo del pasillo, con los brazos en alto, mientras exclama:

-¡GLORIA!!!

La mitad del pasaje levanta la cabeza, curiosos ante semejante desborde de optimismo. José se acerca hacia donde está ella, aunque sin conseguir un asiento vacío. Por el camino se cruza con el guarda, embutido en su gastado uniforme azul, quien deja de picar los boletos y le pregunta:

-Che, cantor: ¿qué te pasó ayer, que no viniste?

-Nada, nada… -, minimiza él, con el ceño fruncido, haciendo un gesto con la mano que resta importancia a la situación. –Tuve que hacer un domicilio, atender una emergencia. Se tiró un viejo de un balcón y se hizo mierda… Cosas que pasan.

-Y bueno… -, agrega el guarda. –Saludos a tu viejo. Decile de mi parte que hay cosas peores que jubilarse como ferroviario.

-No creo… -, responde José, vagamente.

Y al verla otra vez, el rostro se le ilumina con una sonrisa, mientras extrae del bolsillo de su campera un chocolate “Milka”, en formato extra grande. Ella alza una mano temblorosa, a pesar de lo que su mente compleja y racional le grita dentro de su cabeza (“¿Qué hacés, inconsciente? ¡No te lo sacás más de encima!”), y murmura un pálido:

-Gracias…

Para luego bajar la vista, dudando si abrir el envoltorio del chocolate o no, si quedárselo para ella o regalarlo, si devolverlo o aceptar una deliciosa manera de invitarla a compartir algo juntos, mientras escucha a José desafinar con el bolero “La gloria eres tú”, en versión de Luis Miguel. Finalmente, ella abre el paquete y le extiende uno de sus extremos, para que él parta una barrita y deguste con ella del regalo.

-Ayudame a comerlo; de lo contrario, me vas a hacer engordar.

-Pero no, bombón. Si con tanta ropa encima, unos gramos de más ni se notan… -, y festeja su propio chiste, para luego agregar: -¡No podía ser de otra manera! Una chica tan hermosa tenía que lucir una belleza igual en la voz. ¡Me encanta! ¿Qué leés hoy?

Ella gira el libro para que él pueda ver la tapa.

-Benedetti… No leí nada de él.

-Deberías -, sentencia ella. (“¿Por qué le seguís hablando? ¡Basta!”)

Hace oídos sordos a su voz de la conciencia. Porque algo percibe en él; una ternura oculta debajo de esa máscara risueña y de puro desparpajo. No es el hombre que su madre o sus amigas hubiesen elegido para ella, pero… ¿quién está pensando en formalizar una relación? Apenas si le ha parecido simpático, aunque al principio no lo soportase. ¿Aceptaría salir con él? Probablemente no, pero… ¿quién sabe?

(“¡Gloria, dejá de pensar estupideces!”)

-Debería hacer tantas cosas… -, repone él. –Como dejar de laburar en Guardia y dedicarme a Clínica Médica de una buena vez. No estaría a las corridas todo el tiempo. ¿Sabés qué me tocó atender la otra noche, a las 3 de la mañana? A un tipo de unos 50 años que entró en una camilla, la ambulancia lo había recogido en un telo, con una botella de vodka metida a presión en el culo. ¿Podés creer? ¡Pero con la boca del envase hacia adentro, provocando el vacío! ¡Fue un quilombo sacársela!

Gloria se ríe, fascinada ante las peripecias que pueden depararle a una los viajes en tren. Circunstancias que quizás estén más allá de toda decisión voluntaria, que quizá simplemente ocurran, mientras una se deja llevar, sin pensar demasiado…

José espía a través de la ventanilla, y resopla. Se le nota de lejos que no tiene la menor gana de bajarse, que desearía seguir viajando a bordo de ese vagón hasta que el día se haga noche, y más aún también; pero no le queda otra, su trabajo lo espera.

-¿Nos encontramos mañana? -, invita, ansioso.

-Mañana es sábado: no trabajo -, aclara ella, terminando de masticar otra barrita de chocolate “Milka”.

-Quiero decir si tenés ganas de que nos encontremos en algún otro lugar, donde haya menos gente, para conocernos mejor…

La mirada tierna e ilusionada vuelve a asomarse entre sus párpados, iluminándole los ojos claros. A Gloria se le parte el corazón.

-No puedo… Pero podemos volver a encontrarnos el lunes, ¿no? En otro viaje en tren…

-¡Pero cómo no! ¡Aquí estaré, aunque esté pensando en vos todo el fin de semana! ¡Chau, hermosa!

Y antes de lanzarse hacia el andén a toda carrera, le estampa un beso en plena mejilla, cálido y sonoro. En absoluto desafinado…

*
Lunes de otoño, 9:20 AM. José trepa al vagón con un ambo color crema, inmaculadamente planchado, y el rostro más iluminado que nunca. Porta entre sus manos un flamante ramo de rosas, blancas y rojas, envueltas en papel celofán, con un precioso lazo rosado rodeando los tallos, rematado en un enorme moño con una tarjeta escrita a mano sobre uno de sus costados. Saluda al guarda, el mismo de siempre, quien exclama a su paso:

-¡José! ¿Te pusiste de novio?

Y él avanza por el pasillo, buscándola con la mirada y el corazón en un puño. Hasta que allí, en el otro extremo del vagón, más allá de unas mujeres de origen boliviano con bolsas de las compras repletas de macetitas con plantines para vender, consigue divisar su perfil. No parece estar leyendo, sino conversando con alguien. La obesa silueta de las mujeres le impide ver con quién viaja ella hasta que se acerca a su lado, y entonces…

…el alma se le derrumba a los pies.

Junto a Gloria se encuentra sentada una niñita de unos cinco o seis años de edad, de cabello castaño claro muy lacio, peinado con dos colitas, y vestida con un jardinerito color fucsia. Lleva entre sus manos una enorme rana de pañolenci verde, que cada vez que se mueve croa con la panza.

La sonrisa desaparece de sus labios; o mejor dicho, su verdadera sonrisa deja lugar a una grotesca mueca que con infinito esfuerzo quiere ser divertida, pero que sólo consigue transmitir un enorme patetismo y desazón. Permanece allí de pie, aún manteniendo en alto el ya desentonado ramo de rosas, incapaz de saber qué hacer.

De pronto, ella lanza una carcajada a raíz de un comentario que realiza la niña, y al girar la cabeza lo descubre, a un metro y medio apenas de donde se encuentran sentadas. Gloria lo mira detenidamente, suavizando su sonrisa, hasta que ésta desaparece de sus labios. Le guiña un ojo, contempla el ramo de flores, y permanece en silencio. Quizá, del mismo modo que él, sin saber qué hacer, un tanto aturdida ante semejante demostración de cariño, tal vez no correspondido. A su lado, la niña advierte que algo más que sus bromas atraen la atención de Gloria, por lo que la sujeta por uno de sus antebrazos, lo agita, y exclama:

-¡Mamá! ¡¿Me estás escuchando?!

Y José siente que el suelo se abre ante sus pies, mientras su alma, junto con sus ilusiones, caen a pique hacia las vías.

-¿Qué pasó, cantor? -, le dice el guarda, burlón, al pasar junto a él pidiendo los boletos. -¿Te dio por el romance ahora?

José ni siquiera registra el comentario. Le resulta imposible percibir algo más allá de esa imagen maternal que ve allí, en ese asiento ferroviario, sin comprender cómo ha sido posible que soñara despierto durante tantos días, aumentando el empatanamiento en su propia inmadurez.

Aferra el ramo con ambas manos, se apoya contra el borde del respaldo de uno de los asientos aledaños, y con la mirada perdida, sin un atisbo de simpatía o jocosidad en la voz, desafina como de costumbre el tango “Nostalgias”…



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar









Descielada*




Cae en las nubes,
fusión-pasaje-iris,
por la ventana abierta de su posible sueño.

Vuela, envuelta en luces o alaridos de color,
sobre la ausencia de la ciudad fantasma que la expulsa,

Recrea cúpulas con porciones de aire,
una nada de azúcares le oculta la sonrisa
de vecina en exilio del paraíso.

Rueda en el vacío texturado de suave,
el cielo es demasiado perfecto, se dice

"me quedo con el viaje"



*de Cristina Villanueva. pluma@velocom.com.ar







*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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Thursday, July 12, 2007

ESTACIÓN ARROYO DULCE.

INVENTREN
Viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
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*


Sentada junto a la
ventanilla
ves pasar las estaciones,
los puentes
y las esquinas
de suburbio,
como no viéndolos, o
como mirando
una película, que es
la misma
de hace un año
o parecida;
después mirás tus
manos,
tus uñas a medio
despintar,
y a los pasajeros
apiñados
con sus ojos y sus
aires,
todos con un cansancio
distinto
y semejante, hasta que
abrís
el libro que traías
en el bolso
-el tomo II de Paul
Eluard-
para cerrarlo en la
estación
entrante, y seguir
cavilando
o buscando un
detalle,
Un color, un brillo,
y todo
como en un diario
viaje
de secuencias, que
te animan
a mirar, tocar, tu
soledad
de manera cierta,
o conveniente;
tu soledad más
íntima,
que entibia y
pinta
hasta tus párpados.



*de Eduardo Dalter. cuadcarmin@hotmail.com
-En "Nidia". Ediciones del Nuevo Cántaro. Buenos Aires. 2007







Estación ARROYO DULCE.







*



Siempre le pasaba lo mismo, y a decir verdad, ya estaba un poquito harta de la situación en general: de la indecisión masculina, y de su propia insatisfacción. De nada le servía emperifollarse, tirarse el placard encima y acicalarse con los mejores perfumes, resaltando su ya de por sí impactante belleza física, si al final los hombres que le gustaban no le daban ni la hora. Se cargaba sobre los hombros a una interminable serie de pesados y babosos que no la dejaban en paz, que proclamaban groserías a su paso, o que con todos juntos -como una versión criolla y femenina del Dr. Víctor Frankenstein- no conseguiría armar uno solo que valiera la pena.

Como cada mañana, tomaba el remozado tren de trocha angosta rumbo a su trabajo, donde se desempeñaba como selectora de personal de una importante empresa mayorista de perfumerías, eligiendo entre cientos de postulantes los mejores perfiles para designar promotoras, vendedoras, encargadas de sucursal… Y como cada mañana, se exponía a las miradas de los demás; en especial, esas miradas masculinas que la desnudaban impunemente a la distancia, fantaseando en aplicar con ella la más sofisticada galería de perversiones, pero que jamás osarían acercarse, al menos no de una manera galante, como a ella le gustaría que la abordasen, transmitiéndole un afecto verdadero, más allá de cualquier insolencia –con las que sus admiradores se resguardaban de una posible reacción de conformidad seductora de su parte-.
“Manga de cagones”, solía pensar ella, volviéndose a mirar en ese espejito de mano que consultaba varias veces al día, comprobando que no se le hubiera corrido el maquillaje –Revlon, obviamente-. “Ellos se lo pierden”.
Pero nunca descansaba, aunque se sintiese continuamente defraudada por el sexo opuesto. Y aunque por la noche despotricara telefónicamente con sus amigas, izando en alto la inevitable frase “ya no hay hombres”, a la mañana siguiente volvía a convertirse en la hermosa y elegante profesional que acude a su trabajo en tren, con el consabida ejercicio cotidiano de espantar a los bichos que se le acercaran en busca de una supuesta miel que muy pocos habían tenido el placer de degustar.

Sentada del lado del pasillo, en un vagón bastante lleno, sentía posarse sobre su cuerpo las miradas masculinas que habían conseguido divisarla en el andén. A su lado, el sexagenario dormitaba con el diario entre sus manos, sin prestarle la mínima atención. Un par de adolescentes, engalanadas con ropa informal de marcas caras, conversaban y reían estridentes, desplegando su natural explosión hormonal, para que las registrase todo el pasaje. Ella, que no se había levantado con el mejor humor –luego de una infinita noche de insomnio, sintiéndose vacía y sola-, las miraba con atención y suspiraba. ¡Quién pudiera volver a tener 18 años, pujantes y despreocupados! Con esa energía ilimitada, esa ansiedad por devorarse el mundo, un lozana juventud que a esa edad siempre parecía eterna… Volvió a suspirar, sumiéndose en sí misma, olvidando el clásico jueguito histérico que cada mañana desplegara en su trayecto al trabajo. Una creciente melancolía comenzó a embargarla a pasos agigantados.
¿Cuántas veces fantaseó con tener el cuerpo que luciera hace más de 15 años? Siempre había sido una mujer bonita, pero la consistencia de sus músculos y la tersura de su piel habían ido desvaneciéndose con el cruel transcurso del tiempo. No es que se mirase al espejo y descubriese a una vieja en su lugar, pero ya no se sentía la inquieta jovencita que alguna vez había sido, hermosa pero inexperta, cautivadora de las miradas desde siempre.
Apeló por enésima vez al espejito de mano. El maquillaje resaltaba sus mejores virtudes, pero también ocultaba las pequeñas imperfecciones faciales, esas malditas arruguitas que una vez aparecidas jamás la abandonarían. ¿Quién podría sentirse lacerada en su autoestima con semejante porte, con esa figura de una hermosura avasallante, que dejaba boquiabierto a más de uno? Ella. Se sentía tan disconforme con esos diminutos detalles que cualquier ostentación de sus curvas nada podía hacer al respecto.

Inmersa en tales pensamientos, apenas registró la manito que pasaba a su lado y le dejaba con un leve aleteo sobre el antebrazo una estampita de la Virgen Desatanudos y un calendario con la colorida efigie de un osito infantil que proclamaba “Te quiero mucho”. Alzó la vista y alcanzó a ver el perfil de una niñita de cabello hirsuto y mejillas sucias que se alejaba a los tumbos entre la gente, como si no hubiese nadie alrededor, como si toda esa gente adulta que la rodeaba no existiese y sólo atravesase un bosque poblado de maniquíes inanimados.
Su mirada se alejó por el pasillo, siguiendo esa cabecita que se bamboleaba a un lado y el otro, eludiendo siluetas de pie. A su ya de por sí creciente melancolía se sumó una nueva inquietud, que ya le carcomiera el corazón desde hacía tiempo, y se presentó de improviso en una sola pregunta: “¿Cómo sería ser mamá?”
Durante años había sentido que los hombres se le acercaban a fin de conseguir pasar un buen momento, satisfacer sus ansias sexuales, y luego deshacerse en huecas y vanas promesas de reencuentro que jamás se concretaban. Pocos eran los que deseaban mantener el contacto con ella, pero en su fuero más íntimo no sentía que pudiesen reunir las condiciones que ella buscaba para conformar una pareja estable, que la contuviera, que le brindase todo su amor de manera contundente, que la siguiese amando luego de haberse acostado juntos, que pudiera eternizar el momento del amor más allá de la pasión. Y esa falta, ese vacío casi existencial, la sumía en el mayor de los abismos. Necesitaba del otro, más no sólo de su mirada. Demandaba el afecto, la presencia, el calor de ese otro que la hiciera sentir querida, además de convertirla en una verdadera mujer.
Sus deseos de perenne belleza parecieron extinguirse dentro del emergente ensueño de una panza redonda y lozana; por sobre todas las cosas: viva. El fruto del amor que le brindase un hombre de verdad, alguien con los huevos bien puestos, que se jugase por entero al estar junto a ella en todo momento. La emoción amenazó con desbordarse a través de sus párpados entrecerrados. “Voy a quedar con la cara a la miseria”, pensó, al tiempo que manoteaba el espejito y se enjugaba las primeras lágrimas con un pañuelo de papel.
De pronto, sintió a su lado nuevamente la presencia de la niñita, retirando con aire ausente los calendarios y estampitas. El aire desaliñado de aquella carita, arrasada por el desamor, la llenó de una congoja inenarrable. Y sin pensarlo siquiera, sin amagar acaso a abrir la cartera y ofrecerle algunas monedas a cambio casi de nada, estiró su mano y le aferró un bracito, gesto frente al cual la niñita reaccionó volviendo la cabeza violentamente hacia ella, a la espera de algún inesperado peligro, quizá evocando en un solo segundo los golpes y maltratos recibidos al final del día, cuando llegaba el momento de volver a casa y entregar las monedas recibidas, que la mayor parte de las veces escaseaban –más no así el dolor-.
Ella esbozó una amplia sonrisa, forzada a causa de las lágrimas, pero intensa desde lo más profundo de su corazón, y sin decirle una palabra, la acercó hacia ella con infinita ternura, apoyó su mano libre sobre uno de los hombros de la niñita, y le besó la frente. La pequeña, con un rostro signado por la indiferencia, sorprendida pero sin emitir expresión de cariño alguna, parpadeó perpleja y permaneció inmóvil, sin intenciones de alejarse, más curiosa que asustada, contemplando a esa hermosa mujer cuyo rostro acicalado se veía surcado por gruesas e incontenibles lágrimas, que estropeaban sin piedad esa elaborada capa de maquillaje.

Y por primera vez en mucho tiempo, a aquella elegante y eficiente selectora de personal nada le importó menos que las miradas de los demás.



* de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar





Y SIN EMBARGO…*


Campanillas violeta,
ínfimos adornos,
enredaderas de ferrocarril.

Sobre las pilas de escombros,
entre las vías abandonadas,
tapando techos agujereados,
entre los hinchados cadáveres
de perros envenenados.
En la miseria última y final.
Sobre chapas, hierros y
pobreza desvencijada,
debajo de carrocerías deshechas,
se abre la flor inesperada,
maravillosa,
de la alegría.



*de MONICA RUSSOMANNO. russomannomonica@hotmail.com











Contra las estaciones perdidas*





"Mi escritorio se había transformado en un santuario, y mientras estuviese sentado allí, luchando por encontrar la próxima palabra, nada habría de tocarme...Por primera vez en todos los años en que había estado escribiendo, sentí como si estuviese en llamas. No podía decir si lo que escribía era bueno o malo, pero eso ya no parecía importante. Había dejado de cuestionarme. Estaba haciendo lo que tenía que hacer y lo hacía de la única manera en que me era posible. Todo lo demás se desprendía de ello. Me había vuelto intercambiable con mi trabajo, y ahora aceptaba ese trabajo en sus propios términos, comprendiendo que nada podía aliviarme del deseo de hacerlo. Este era el entendimiento más fundamental, la iluminación en la que la duda se disolvería lentamente. Aun si mi vida se hiciese pedazos, habría algo por lo que vivir."
Paul Auster.



Durante varios días leí y releí estas palabras, fui y vine al espejo a ver reflejado mi rostro, a ver una vez más alguna expresión de profundo miedo a vivir, a tomar riesgos. Busque entonces, el coraje que necesito para escribir, para vencer el miedo a poner palabra tras palabra y esperar que me lean, tal vez aun más secretamente que me acepten o me quieran. Trate de reencontrar imágenes para estas sensaciones, y otra vez me encontré a mi padre:
la primera vez fue hace una semana atrás, cuando el nogal que él planto hace muchos años, volvió a brotar de primavera, pensé ¡ Qué obstinado en vivir!!! a pesar de las redes subterráneas que pasaron y le cercenaron casi todas sus raíces. Pero insiste en volver a dar esas mismas nueces que mi padre molía pequeñas para las tortas que hace mi madre en los cumpleaños. De las nueces vino otra una imagen fuerte, sobre mi padre bajo el nogal ...
Ese día se sentía mal, no se si alguna malasangre le desato la alta presión arterial que lo acompañaba desde bastante tiempo atrás ( mientras pudo trato de rehuir a los médicos). Pero esa mañana, aun con mareos y el pánico de mi madre, fue abajo del nogal a picar cascotes, allí estaba cuando llego la ambulancia, con 24 de presión y cierta rigidez facial, pero picando cascotes debajo de su árbol. Les costo trabajo internarlo, pero lo hicieron, derechito a terapia intensiva.
Sin duda fue aquella una muestra de la obstinación que heredé por pelear la vida aun en desventaja.

Una segunda imagen surgió mientras caía en sueños, bajo el rítmico sonido a batería del andar parejito de estos trenes de larga distancia. Un sonido monótono, casi un símbolo protector que filtra los malos sueños como el catch dreamer de los indios navajos. Me veo acompañando a mi padre en sus caminatas de madrugada a la estación de trenes. Allá va el viejo con lluvia, frió o noche estrellada, a ganarse el mango en la fabrica, saliendo a las tres de la mañana. Son más de 20 cuadras a la estación y a esa hora no hay colectivos. Pensé una y otra vez en su soledad, quizá esto era algo más que pensar en un tipo laburador, quizá es verlo en su obstinación y también en su soledad. Sólo por la vida con sus recuerdos de pequeño pueblo, traducidos del italiano a medias, siempre mi dificultad para entenderlo, para representarme ese mundo donde él había dejado además de familia, más de la mitad de su alma.
Ahí va con su campera de cuero negra ajada y algo desteñida por el uso permanente, su bolsito también de cuero que parece portafolio de escolar, a tomarse el primer tren del nuevo día.
Trato de representarme una bella noche de primavera, y su andar por las calles, apenas cruzado de ladridos nocturnos. Los zorzales han comenzado su mágica convocatoria a la luz, su melodía circular, una calesita que gira esperando al sol.
Mira el cielo que se derrama en brillos y senderos de blanca vía Láctea, casi como el cielo de Montecassino, pero libre de cohetes y bombas que iluminaban la noche de una batalla que se prolonga en cada día de vida. Toda la historia de una vida empieza a desandarse en los viajes, cuando uno cree atravesar los muros irreversibles y sólidos del tiempo.
"caprichoso garibaldino, tru la laaaa...", lo oigo cantar mientras el espejo oscuro de la ventanilla deja ver una media luna justa sobre el cielo de la estación Tambo Nuevo, cerca de la usina Láctea que tenía La Armonía. Unos pasos fuertes han dejado huellas de sombra en la luz de la luna, se cierran mis ojos, me entrego al sueño, confió en el Guarda y su promesa de avisarme en la estación Arroyo Dulce. En mi necesidad de llegar para ver amanecer, y escribir con las primeras luces.

Faltan 36 kilómetros, el tren va lento sobre areneros y pastos que por momentos tapan los rieles, es un viaje solitario, como muchos otros que hago diariamente para ver y reconocer en el camino a otras soledades acompañadas. Siento un golpe en mi hombro, el hombre de gorra con visera y su uniforme color arena me avisa que es la próxima. desciendo en una neblina que deja malamente ver la estación, una joyita de la arquitectura ferroviaria francesa, desciendo como en el final de una película, y pienso en soledades, las de mi padre fuera de su mundo de montaña, la mía casi sin explicación, sin otras perdidas que las percibidas en cada silencio.
A lo lejos se ve otro tren en sentido contrario. él maquinista espera el bastón piloto entregado en mano por el conductor de la formación entrante para saber que tiene la vía única libre. En el anden de enfrente unos pocos pasajeros, obreros la mayoría, esperan. Luciérnagas de luz roja se desprenden de cada pitada, humo dentro de la neblina, solo siluetas de aire.

Pero, allí esta él, enseguida se llueven los ojos para ver más nítido, todavía no le han prohibido el cigarrillo, es un nacido en el año 23 y no cumplió cuarenta años, el cigarrillo le cuelga del labio en un costado de la boca, casi como el Humphrey Bogart de Casablanca. No se quien de los dos, o los dos, ha extraviado su destino en esta madrugada.
Lo saludo, me saluda sin saber quien soy, un hombre algo mas grande que él que lo saluda del otro lado de las vías, casi con un abismo de por medio, lo acompaño con la mirada hasta que llega su tren y se sienta mirando hacia el camino que le resta por hacer. Sigo caminando, se que ahora la vía esta libre, me han dejado el bastón piloto de mi propio destino. Él ya partió, aunque yo sienta que en esta madrugada adentro de una neblina similar al final de Casablanca. Lo siento caminar a mi lado, me dice con su mano derecha en mi hombro

-hico.., este puede ser el comienzo de una gran amistad....





- a mi viejo, Francisco-




*de Eduardo F. Coiro. inventivasocial(arroba)hotmail.com







*



“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”, se encontró canturreando Julián Ramírez, Jefe de Estación, mientras contemplaba acercarse al tren local de las 5:15, el único que circulaba durante las primeras horas de la mañana. Ignoraba por qué, pero aquella rima se le había impuesto desde hacía varios días; quizá, como cierta clase de perverso presentimiento.
La formación se detuvo con un chirrido mecánico y un resoplido, en esa penumbra previa al amanecer que parece convocar a los espectros. El maquinista lo saludó con un gesto de su mano derecha, sin apearse del vehículo, regulando con la izquierda el ritmo del potente motor diesel, mientras la única pasajera del carguero descendía del furgón, enfundada en su clásico guardapolvo blanco debajo de la campera de nylon matelasseada, transportando el saco del correo colgado de un hombro. Don Julián se acercó a recibirla, apurándose a quitarle el bulto de encima.

-Buen día, señorita Adriana -, saludó. –Parece que le dieron trabajo esta mañana…

-Buen día, Don Julián. Sí, el empleado de correos de Salto me pidió que le entregara esto. Dijo que no podía venir con nosotros; se sentía bastante afiebrado.

-Está muy bien. Tarea cumplida, entonces. Y no se preocupe por Luis, ya se va a poner mejor. Venga, vamos para la casa, que hoy hace mucho frío.

La maestra lo siguió, como cada mañana, hacia las habitaciones que el Jefe ocupaba con su señora detrás del edificio de la Estación propiamente dicho. Como cada mañana, Don Julián dejaría el saco del correo en la oficina, para repartir los envíos hacia las 8:00. Como cada mañana, ensillaría la yegua, a fin de recorrer el campito que el Ferrocarril le había destinado, donde pastaban sus ocho vacas, trayéndose a la lechera con su respectivo ternero. Y como cada mañana, la señorita Adriana se metería en la cama junto con Nélida, la mujer de Julián, compartiendo el calor de las cobijas hasta que se hicieran las 7:25, hora en que volvería a salir para dirigirse a la escuelita rural, distante unas quince cuadras de la Estación.
Nélida ya la estaba esperando con unos mates. Hacía unos cuantos meses que Adriana realizaba esta extraña costumbre a la que su profesión la había llevado, por esas cosas de la vida. Aunque se sintiera bastante descolocada en un principio, con el correr del tiempo le había ido tomando la mano a semejante hábito. Y por sobre todo, se había encariñado con este matrimonio tan agradable, que la recibía todos los días como si fuese una Princesa proveniente de un exótico país extranjero, en viaje diplomático.
El silbato del tren se dejó oír como de costumbre, y el potente motor diesel reguló hasta desplazar las numerosas toneladas de la locomotora, arrastrando al resto del tren al ritmo del pistoneo de la chimenea. El Jefe y la docente avanzaron veloces hacia la cocina, cerrando muy bien al entrar para que no se escapase el calor.

Aquella mañana, Nélida se encontraba distinta. Adriana pudo contemplarlo en sus ojos, brillantes y profundos. Algo dentro suyo se estremeció, percibiendo un clima muy particular dentro de aquella casa, aunque no llegó a demostrar nada. Se sentó en el banquito, con las piernas juntas y ambas manos sobre las rodillas. Don Julián terminó de recoger sus cosas, saludó con la cabeza, muy sonriente, y se alejó, sumergiéndose en el frío del amanecer. Nélida volvió a contemplarla, mientras le extendía el mate en silencio. Adriana asió la calabaza y comenzó a sorber de la bombilla, sin dejar de mirarla. Nadie podía negar que a lo largo de aquellos meses, habían aprendido a quererse mucho. Quizá, más de lo que pudiesen admitir.

Don Julián ensilló, montó en la yegua y taloneó los estribos, avanzando al paso largo hacia el campito. Una delgada brisa le cortaba la cara, pero al menos el sombrero le protegía las orejas, algo que lo privaba de contraer sabañones. Primero decidió revisar los alambrados; aparentaban estar bien, aunque aquellos alambres del recodo parecían estar poco tensos. Cualquier arremetida de las vacas contra él, y ya tendría un buen problema con sus superiores, al tener que faenar el desprevenido ganado que aplastase la primera formación que llegase hasta allí.

Dio unas vueltas por el lugar, sin mucho entusiasmo, y ya estaba por volverse cuando divisó una veloz silueta avanzando entre el pajonal, paralelo a la vía, rumbo a la estación.

-¡Eeeh! ¿Quién va por ahí? -, gritó, parándose sobre los estribos.

La figura se detuvo lentamente, y una extraña cabeza se movió en su dirección, a la manera de un misterioso extraterrestre. Sólo cuando la figura lo saludó con un brazo en alto, advirtió que aquello era una cabeza humana, aunque ataviada por un extraño casco oblongo. Se acercó hasta el alambrado, y se encontró con el recién llegado, montado en una bicicleta.

-¿Qué anda buscando? -, preguntó el Jefe, experimentando una extraña perturbación; como si le hablase a un fantasma que no perteneciese a su mismo espacio y tiempo. Alguien procedente de un pasado remoto, o quizás de un futuro apocalípticamente cercano.

-¡Buen día! Disculpe, buen hombre: quiero llegar hasta Tambo Nuevo. ¿Podría informarme cómo tengo que hacer?
-Siga derecho por el costado de la vía. Cuando vea un cartel que diga "La Criolla", va a andar cerca; es la fabrica que industrializa la leche de los tambos que existen por esta zona. No se puede perder.

-¡Muchas gracias! -, saludó el ciclista, con la misma mano en alto, y se perdió entre los pajonales.

A medida que se alejaba, Don Julián dejó de experimentar ese misterioso escalofrío que percibiera segundos antes. Aunque le resultó inexplicable, la sensación lo inquietó durante días, quizá por la manera en que la asoció con los eventos posteriores……

La lechera se dejó atrapar con mansedumbre, conocedora de su destino. El ternero la siguió berreando, mientras Don Julián regresaba con la correa del brocado de la vaca en la mano hacia el improvisado establo de la casa, silbando bajito.
Al acercarse, divisó las luces de la casa encendidas. “Se habrán olvidado de apagarlas antes de acostarse”, supuso con certeza. Pero decidió cumplir con su tarea antes de regresar junto a su cálida cocina económica y el mate lavado que no tardaría en ensillar.

Desmontó, ató a la vaca contra el poste, y desensilló la yegua, mientras el ternero se enfrascaba en chupar de la teta. Al rato, él lo apartó, lo ató a un costado, y acercó el banquito con el balde, para ponerse a succionar con los dedos esas frías y colmadas ubres, por las que el ternero no cesaba de clamar. Una vez completado el ordeñe, Don Julián se apartó, retiró el banquito, soltó al sediento ternero -quien volvió a lanzarse en vano sobre la teta-, y regresó a la casa.
Al abrir la puerta, silencioso como era para no despertarlas, no advirtió nada fuera de lugar, salvo las luces encendidas. Se encogió de hombros al contemplar la lamparita y depositó el balde sobre la mesada. Entonces oyó el primer gemido.
Volvió la cabeza y observó la puerta de su habitación; cerrada, como cada mañana. “Hablará en sueños”, pensó. Tomó el cucharón, retiró la nata de la superficie de la leche, y la volcó sobre el tazón. El sonido de la nata cayendo se confundió con el murmullo del segundo gemido.
“No puede ser”, se preocupó él, como si volviese a encontrarse con aquel espectro disfrazado de ciclista. Había algo que le disgustaba en la escena, aunque no podía descifrar qué. Un escalofrío le recorrió los muslos y los antebrazos, sin que pudiera explicárselo.
El tercer gemido llegó acompañado por una frase entrecortada:

-¡Ay, sí……chita……mor! ¡Así, así!

“¿Nelly?”, se alarmó. Aquellos no eran los murmullos proferidos por una persona dormida, sino por una muy despierta……y excitada. Un feroz impulso que nació en el mismo centro de sus tripas lo llevó a lanzarse contra la puerta, sin desear creer que aquello estuviese ocurriendo realmente. Herido de muerte en su propio orgullo ante lo que sus propios temores fantaseaban.

Abrió de golpe, sin preguntar. La realidad siempre es más aterradora que cualquier fantasía. Y Don Julián lo experimentó en carne viva.
Ambas mujeres se hallaban desnudas, enredadas en las cobijas de su propia cama, enlazadas en un curioso abrazo que depositaba la boca de una sobre los labios vaginales de la otra, succionados mutua y activamente hasta que él entrara por aquella puerta, interrumpiendo el placer. Ambas cabezas lo contemplaron horrorizadas, Nelly con una intensa expresión de culpabilidad y demorada insatisfacción –soportado quizá durante años-, por entre el cabello despeinado.

Y a él, simultáneamente, lo asaltaron dos recuerdos. Uno fue aquella rima caribeña que se le impusiera desde hacía varios días: “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”. El otro fue una frase escuchada de boca de Trapanni, el antiguo Jefe del Ramal General Belgrano, en su media lengua italiano-castellana, a comienzos de su carrera:

-Ramirez: nunca descuide su puesto.…



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar










CRÓNICAS DEL TERRAPLEN*


UNA SAGA FERROVIARIA




Sorpresiva, inquietante e innovadora, de la entraña proletaria y combativa surge esta rica obra literaria, "Crónicas del terraplén", que describe, emotiva y cabal, "la lucha y la vida de los que viven en esos lugares, los habitantes del terraplén y sus resistencias." Ya Juan Carlos Cena había dado sobradas muestras de su calidad literaria y humana en "El guardapalabras (Memorias de un ferroviario)", "una vida a través del ferrocarril", crónica "que es un libro de la vida, la vida verdadera", como dice en su introducción Osvaldo Bayer. Y crónica de la enconada y valerosa lucha gremial de los trabajadores argentinos del riel. Donde se aprende a "militar la vida todos los días y a cada rato", según el autor.
"Dedicado a mis compañeros" este tercer aporte tiene al terraplén como protagonista principal. "lugar de consulta, refugio, amparo y otras cosas. Aquí aprendimos a escuchar y después a hablar, a respetar el silencio del otro y luego el de uno; lugar de códigos y solidaridades, de resistencias y transgresiones, de mezquindades y heroísmos, de solidaridades entre malandraje y laburantes, entre meretrices y huelguistas, de emociones y congojas. Paraje de antiguos juegos, de amores inclinados, de peleas, de palabras clandestinas, de chismes, todo era hervor en esa zona colmada de impertinencias y de aguantes. Parador de silencios militantes. Aquí, las palabras resistieron el embate de los conversos que intentaron limarle las aristas para que éstas sean monótonas y redondas, acá se reafirmó el lenguaje y se crearon palabras nuevas, porque era un lugar lleno de fantásticas invenciones. En este lugar se inventaron y reinventaron verbos, modos, gestos, señales y esas cosas; era territorio efervescente, misterioso, inescrutable, plagado de imaginerías, de llegadas y escondrijos, de partidas y regresos...¨bueno, yo vengo de ese espacio terraplenado", dice Cena.
A partir de sus "inaugurales andadas" (ya que la cosa no comienza en el año cincuenta en Guiñazú sino bastante antes, cuando el autor era infante), en la estación Pie de Palo, todo era el ferrocarril: la casa, el patio, el laburo de mi viejo, la playa de la estación, el depósito de locomotoras. Impresiona la rica descripción de la variada naturaleza, desde las espectrales salinas hasta la fauna autóctona, pasando por un burro, que conocía el horario de los trenes que llevaban coche comedor. Y que todavía espera el retorno del tren, interrumpido hace tantos años.
Mezcla de lo español con lo prehispánico, la pintoresca descripción de un velorio diferente, de rito rural tucumano, pone de manifiesto el valor estético de la sensibilidad del autor, teñida del sabor original de lo autóctono. Y así el tradicional rito del mate surge "como un apretón de manos, un instrumento de comunicación aunque en ese momento no transiten las palabras".
A partir de la década del 60 -en plena etapa frondizista- la lucha por la sobre vivencia del ferrocarril, condenada por los intereses más espurios y retrógrados asume dimensiones homéricas tras huelgas y proscripciones. "Había dejado de ser un presagio, era un hecho real, no aflojar, no desfallecer ante nada, no desertar, ser solidarios, eran los temas recurrentes". Pero tras la dura experiencia de la derrota, la pérdida del ferrocarril fue un drama humano durísimo: "recién salíamos de ese naufragio terrestre: rengos, tullidos, atontados los más; ferroviarios sin rumbo como pájaros sin aire: el ferrocarril ya no estaba entre nuestras pertenencias. Hombres escombros, estrellados, fuera de la vía..." La sensibilidad y penetración psicológicas de Cena logra evaluar y describir el vacío, la dolorosa sensación producto de la desaparición del ferrocarril. Mientras en Europa y Estados Unidos este medio seguía y sigue siendo valioso elemento de transporte, en nuestro extenso país turbios intereses prescindieron de él desaprensivamente. Grave drama humano y social que afectó a toda la sociedad.
De estas "inaugurales andadas" a las "alucinaciones militantes" se da un tránsito amargo, acorde al ritmo del país. La figura de Perón, la idealización de Evita, se integran al comienzo objetivamente en el texto. Las experiencias y vivencias de la represión adquieren luego en el texto expresión vívida. El personaje de la Hormiga Negra -el almirante Rojas- circula como fantasma por el relato. La figura del riojano de Anillaco también recorre el texto mostrando su hilacha rastrera a pesar de su prolijidad en los modales, su síganme falaz y engañadoras apariencias. "Gestos que tenían que ver con los deseos de agradar, complacer, de servir, eso, de servir con galanura de academia: se vistió como los del puerto, chau pilcha federal. Se cambió y los colores de los trajes fueron los clásicos, el corte de pelo se hizo ciudadano. En un principio un bisoñé se hizo boina vasca, se dio cuenta y lo cambió. Todo fue cambiando. Diría, lo de él, fue un cambio integral y en permanente movimiento. Lo que no modificó fue su ignorancia. Citaba a autores que nunca escribieron nada, o le achacaba una obra a un autor que no correspondía, lo hacía -creo, supongo, digo- por fonética".
El humor campea en esta obra. Las consideraciones sobre el seguro de sepelio, el tema de la muerte y la reencarnación, parece preocupar a los ferroviarios en la etapa democrática del más allá que a todos nos iguala. Aquí la demanda de amparo excede la etapa vital, proyectándose a la otra vida.

Un episodio curioso es el relato sobre "los niños de Tafí Viejo": a partir de la presencia de una cuadrilla de obreros rusos, que habían llegado al país, huyendo de la represión zarista y que permanecieron aquí entre 1907 y 1914, estos regresaron a Rusia a raíz de la Revolución de Octubre y se incorporaron al regimiento de Kronstadt; un grupo de chicos que había trabajado con ellos, lograron armar una radio a galena y sintonizar transmisiones procedentes de Rusia. Se las tradujo un trabajador ucraniano, confirmando asombrado su procedencia y relatando episodios de la Revolución rusa, con el consiguiente entusiasmo de los trabajadores tucumanos.

Estos y muchos otros episodios y relatos enriquecen el libro, venero de anécdotas y humanas experiencias ferroviarias, rica descripción de una etapa histórica de nuestro país.



*Sylvia Bermann.





-De Crónicas del terraplen de Juan Carlos Cena. Editado por La Rosa Blindada. 2007.

* ferrocena2003@yahoo.com.ar









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Queridas amigas, queridos amigos:


El domingo 15 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Rubén Carrasco. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Carlos Galeano (Colombia) y la música de fondo será de Uakti (Brasil). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!



REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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