Wednesday, October 08, 2008

EN CAMINOS PARALELOS DE AGUA Y SED...

LA PIEL DE LA MEMORIA X*




¿Adonde van las palabras que recubren
este despojo oscuro de pesadilla y noche?
¿Adonde van cuando abandonan este cuerpo de barro de cigarras?
¿Quién desovilla esta madeja de lombrices moribundas?
¿Quién habla cuando callo?
¿Quién se queda en mi grito estéril de ventrílocuo loco?
¿Que calladas palabras huyen de mis huesos
atropellándose como gaviotas ciegas?
¿Qué es ese ruido sordo que muere cuando lo toca el aire?
¿Que aliento aciago apaga el candil balbuceante ?
Brama la oscuridad y calla el viento
La luz y las palabras se alejan definitivamente.
Queda un puñal de ausencia cercenando,
Letra a letra la piel de la memoria.





*de Amelia Arellano arellano.amelia@yahoo.com.ar






EN CAMINOS PARALELOS DE AGUA Y SED...





TAL VEZ*



Crecimos juntos. Ella me pegaba con los juguetes porque era mayor.
Había nacido en el año 1907 y yo, en 1911.
Después de la primaria desaparecieron los tranvías pero su casa y la mía seguían siendo vecinas.
Quitaron el empedrado para asfaltar la calle -el progreso, decían- y ella y yo, siempre llevándonos mal. Era casi odio -afirmaban también-
Cuando me jubilé de la Municipalidad ella ya se había jubilado de la Sedería y hubo un tiempo en que me retiró el saludo. Unas ramas de mi olivo invadían su parcela.
Ahora que seguimos cerco de por medio, tal vez me anime a declararle mi amor y tal vez, ella me acepte.




*de Ana Broglio. anabroglio2@yahoo.com.ar








Eclipse de artesanía*



Estaba absorto mirando al cielo con una mano ejerciendo de visera, protegiendo los ojos de los fuertes rayos solares. Al preguntarle qué hacía, me respondió lo obvio:

- Ya ves, mirando al sol.
- Eso ya lo veo, pero ¿qué miras realmente?
- El eclipse - respondió lacónicamente.
- Pero, hoy no hay eclipse - respondí - de haberlo, yo lo sabría por los periódicos o por alguna de las revistas de astronomía a las que estoy suscrito.
- Tu observa y lo verás…

Puse la mano de forma que no me cegara la luz y oteé el cielo sin ningún resultado.

- Lo siento, pero no veo ningún eclipse.
- Es que lo haces mal. No pones bien la mano.
- No entiendo nada - dije mientras me contorsionaba con la mano en alto.
- Debes sostener la mano recta y la vas corriendo muy despacio de forma que vaya tapando el sol, primero con los dedos y luego con la palma. De esta manera consigues un eclipse perfecto.

Al ver mi mirada de sorpresa y mi semblante en el que se podía leer que creía que se había vuelto loco, me dijo muy serio y circunspecto, mientras desplazaba la mano sobre sus ojos:

- Estamos en una época en la que se valora mucho la artesanía. No sería de recibo que los eclipses no se pudieran manufacturar. Yo acabo de conseguir uno, realmente espectacular, y además, hecho a mano.




*de Joan Mateu joan@cimat.es








KAFKA*


¿Qué es lo que nos produce incomodidad en los textos de Franz Kafka?
¿Su evidente angustia y desamparo, su desasosiego, la culpa?

Nuestra propia perplejidad pone esos textos de un hombre que buscó inútilmente
( un) su lugar en el Universo.

El mismo que se nos niega a nosotros.






CERVANTES*


Cuando el avellanado hombre de "La Mancha" recuperó la razón, perdió todos sus sueños. Sin que le fuera posible escuchar las palabras de estímulo de su fiel escudero instándolo a la aventura (su escudero, es decir su creatura).

Si la razón y los sueños nunca van juntos, por qué insistimos -contra toda esperanza-
en la imposibilidad de construir ese oxímoron.





SARMIENTO*



Un hombre nacido con todos los inconvenientes de origen, sin futuro, un "hijo ilegítimo de la cultura" (Oliva dixit) se empeñó en soñar un país y ayudó con sus fuerzas de gigante, con el empuje de su cuerpo detrás de sus ideas.
Eligió el libro ( y los sinsabores en que son tejidos los libros)
para apropiarse de la cultura que le era negada.
Se equivocó muchas veces.
¿Qué alucinación llevó a este hombre único a escribir sus libros con esa pulsión imparable como si fuera un arma contra sus enemigos hasta llegar a mentir para lograr su objetivo de destrucción.
Es -todavía- un desconocido para nosotros, a pesar de la ingenuidad de los educadores que eligen su imagen para las estatuas.
La obsesión que lo ganaba cuando escribía es algo digno de tener en cuenta: quiso poner en papel esa obcecación por "el progreso" que lo llevó a la alucinación y al vértigo.


De estos hombres ya no vienen a este país. Ignoro si vendrán en otros.




ONETTI*

Con la desesperación de un poseso escribió todos sus libros. Con la obcecación de un terco negó que todas esas letras que le dictaba su insomnio pudiera servirle a alguien más que a él mismo.
Digamos que escribía porque no podía hacer otra cosa, como si la literatura tomara parte de una adicción como fueron en su vida el tabaco, el alcohol, las mujeres.





SAER*


Nos enseñó la respiración de la llanura. Sus horizontes cambiantes con el olor y el miedo que traen las tormentas y la perplejidad ante esa inmensa masa de espacio vacío, de cielo abierto que no da abasto para caer sobre el campo.
Hemos aprendido también en las vidas de sus personajes que desde la ficción nos llaman para ser nuestros amigos.
Es mucho, casi desmedido, en un país donde los mediocres nos perpetran sus desplantes y sus inepcias y sus importantes fracasos como si fuéramos necios y debiéramos aplaudir esa obscenidad que ofrecen lastimosa e ingenuamente como un mérito.






PEDRONI*


En sus pareados perfectos cabe todo el trigo de la pampa húmeda.
En su amor por el trabajo, todo el sudor de los campesinos que no tuvieron un solo día feliz.
En su optimismo inveterado siempre soñó un mundo que no fue.


Su canto al amor materno nos dejó una muestra de su fe en la Humanidad y hoy, como quiso, sus versos están en la memoria de aquellos que no saben que él los escribió.




*Textos de Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar








lunes 6 de octubre de 2008
El ferrocarril: El camino del agua*




*de Juan Carlos Cena. ferrocena@villacrespomibarrio.com.ar
(especial para ARGENPRESS.info)



Trenes aguateros, tanques de agua, cisternas en cada estación, acueductos, estaciones de bombeos, plantas potabilizadoras y purificadoras de agua, cateo y registros de las napas subterráneas y humedades por toda la geografía enrielada. Esos eran los caminos del agua ferroviaria.


Agua, eres fuente de toda cosa y de toda existencia.
Ellas preceden a toda forma y sostiene toda creación.
Rogaba el sacerdote védico, acharvaveda.


Según ciertas teorías, que casi son certezas dicen que la vida se origina en el agua. También dicen que en un principio la vida, poco a poco, cautelosamente se fue asomando fuera del agua, como quien curiosea. Al rato, dicen que desde las orillas de las playas espió los arenales y todo lo que tenía por delante, que sospechó en ese espiar con sus ojos de agua, que había más cosas al frente. Dicen, que acá aparece la primera curiosidad. De averiguadora no más la vida, se reanimó más. Arañando y reptando con sus
acuosos dedos se asomó. Avanzó más y más, y en uno de esos asomos recibió el sol y el aire que ya circulaba tibio. Dicen, que estos la acariciaron como una invitación. Por averiguación no más se asomó en las noches, espió el movimiento de la luna y los ojos del cielo, y reptó recelosamente por esas oscuridades iniciales, siempre escrutando.

Dicen que dicen que así fue como ocurrió: que se animó primero, que tomó coraje impulsando otro impulso, y así. La vida crece y se desarrolla a puro coraje.

Sin esperar, a pura ansiedad, se propuso ir a más, y de tanto asomarse e ir a más, subsistió fuera del agua. Con el tiempo le crecieron patas que renovaron los dedos de agua. Otras vidas asomadas en ese reptar acamparon, al asentarse eligieron como andar fuera del agua,. Algunas optaron por las alas, otras por patas cortas o largas; según sea la ansiedad y la necesidad,
otras, tímidas y desconfiadas siguieron reptando hasta la fecha.

Una a una se fue metiendo en las espesuras verdes de la tierra, y más tarde, la enriquecieron con más vida. Al tiempo nacieron las primeras vidas fuera del agua, y así, inacabadamente siempre más y más. Se estaban multiplicando.
La vida había desembarcado y se reproducía. Me consta, soy un reproducido, por eso estoy escribiendo, y el que lee este escrito del mismo modo. ¿o no?

La vida caminó, rodó, orilló en acantilados, fiordos, lugares serenos, socavones de agua fría, y otras no tanto. Como una larga cabellera, se fue desprendiendo de su vientre acuoso, poco a poco y a cada rato.

La vida no desembarcó sola, trajo al agua consigo. Así siguió la cosa, agua y vida. Desembarcaban ambas sin cesar enredadas en sus pelambres que se sumaban a las otras que ya se habían adentrado, fue entonces cuando ocurrió la multiplicación. Siglos tras siglos, ratitos tras ratitos, se fue poblando
el interior de la tierra con más vida, unas menudas otras grandes, volando, gateando, reptando, escarbando la cáscara del suelo para vivir debajo, y así.

Desde el arribo fueron de andar juntas, como antes, vida y agua. Hubo un tiempo en que la vida se erectó, y ahí no más, en un rato que duró siglos, le creció el dedo pulgar. En otro ratito temporal de espacios construyó la primera herramienta y creo el trabajo, un poco más tarde, los sonidos sordos
guturales de sus gargantas se le hicieron palabras, y al juntarse, de a ratitos y entre todos, armaron el lenguaje; y para no olvidarse (venían con la memoria y el olvido a cuesta) apelaron a la piedra y al jugo de las plantas. Las machacaron y estamparon signos que luego les recordaría su historia. Inventaron la memoria escrita.

A todo esto, la vida ya sabía de la vital importancia del agua: ella era su líquido amniótico; pero además, la mantenía a la vida con vida. Para vivir la vida, él erecto, inundó tierras secas, hizo crecer el verde, desvió torrentes, le quitó la sal a la del mar, y la bebió; empujó a la vida a los interiores a través del agua.

Así, de esa manera arrinconó a las arenas, a las salinas les paró el avance, y con los árboles atrincherados, aplacó los vientos. La vida penetraba los socavones de la tierra, la humedecía.

Inventaron y se reinventaron recipientes para guardar el agua, como las calabazas ahuecadas, vejigas, cueros cocidos a tiento, el verde se hizo madera y apareció el tonel..., así no más de seguido en el ajetreo del tiempo. Escarbando la tierra les apareció el metal, lo limpiaron, lo derritieron y de a ratitos, golpe a golpe sobre el fuego lo hicieron vasija, lo llenaron de agua, lo hicieron rodar, y se comía las distancias, pero faltaban más trayectos por recorrer.

Más tarde, estos empecinados erectos, calentaron el agua en esas vasijas metálicas, y descubrieron que en el hervor aparecía una fuerza vaporosa cuando ella era encarcelada. Esta, el agua vaporosa desencadenada una terrible fuerza buscando escape, su liberación. Los erectos le buscaron un
hueco a la liberación del agua, al encontrarlo la transformaron en movimiento, habían canalizado la fuerza provocada por el escape.

Desde que a la vida le creció el pulgar todo se aceleró. Los erectos ya soñaban. Un día soñaron algo. La vida erecta siempre soñaba. Aparecían las imaginaciones de la vida. Una de las ensoñaciones fue, ¿A que no saben que? ¡ja! ¿A que no saben que, ah?: soñaban que inventaban una máquina de vapor.

¡Ja! ¡Semejante sueño, de no creer, y que esta era el aliento del agua!; digo: por el vapor de agua. ¡Qué lo parió! El agua transformada, el agua vaporosa, el agua encerrada que busca liberarse; es el vapor de agua en movimiento, y así: meta vapor de agua no más es que se inició el acarreo, de ida agua; regresando: el cereal múltiple, los frutos, otras piedras, otra gente... y el vino.

Detrás de las locomotoras acoplaron vasijas metálicas con ruedas, inventaron el tren, y al expandirse el ferrocarril, y desde ahí se comieron las distancias.

Entre acarreo y acarreo penetraron montes, suavizaron salinas, alisaron quebradas, abrieron picadas, se fueron haciendo un lugar, y ahí no más, parieron, se aquerenciaron, y desde ese lugar incursionaron más adentro, y así...más adentro. El territorio de adentro se fue poblando. Más tarde, se rompieron los silencios ocultos de la tierra, y por entre las grietas de la rotura, aparecieron las tradiciones, el dioserío, los cantos, los cántaros, la música y los fermentos. Los de acá, le convidaron a los de allá, los
jugos cálidos y aguardentosos; se mezclaron los cantos, los dioses arreglaron sus jerarquías; parieron y se juntaron con los otros de más allá...de más lejito, y así, todo se fue estirando... más adentro. El agua
acarreada por la fuerza del vapor los juntaba, la vida se expandía... más y más adentro.

Después, todo fue rutina. El vapor traía el agua en recipientes redondos de metal rodando, por caminos de metal. Rutina que se anunciaba de lejos. ¡¿Que si se anunciaba?! Se escuchaba el pitazo de la locomotora de vapor. Este se elevaba como una columna cónica, como si el sonido de vapor tuviera forma. Se divisaba el vapor, y ahí no más, al ratito, llegaba el sonido del pitazo.
Uno muy particular.

Era como un juego, entre los niños del andén y el viento. Estos, divisaban la columna cónica blanca, cateaban el viento de ese día, y después, ver quien acertaba la llegada del pitazo. Ese muy particular: blanco cónico.

Viento en contra, de costado o a favor, todo un juego. El vapor y... ¡ahora! ¡No! ¡Ahora sí! ¡Viene, viene, sí viene! El griterío por el acertijo.
Apuesta sin premio. Incluía sólo la satisfacción de acertar. Porción de alegría que traía el vapor y el agua acarreada: El Tren Aguatero.

Agua, vida, alegría, todo junto. Juego natural y fresco. Rutinario, esperado. Larga y triste era la espera cuando la rutina se alteraba. Algo ocurría. Comenzaban los primeros atrasos. El inexplicable atraso. Esto fue lo primero. Más tarde, mucho más tarde, ya no fue rutina. Venía, sin horario y salteado. Muchas veces de noche, a hurtadillas. Como: un dejo el agua y me voy. El silencio de la descarga, solo ruidos del enganche, acoples y la bocina invisible de la locomotora diesel.

Pero venían, nunca dejaron de venir. Diagramar trenes de agua era un acto solidario de los ferroviarios, como una costumbre, diría: genética. A pesar de las preferencias lucrativas de otros cargamentos. Aquí el lucro era la vida. Capricho de ferroviarios. Nunca dejaron de venir, repito. Como sea, pero el agua llegaba. Siempre. Sólo que el vapor quedó cansado y vencido: desapareció el pitazo, la columna de vapor y la llegada anunciada. El cambio, luego la nostalgia por esos juegos infantiles. La locomotora de vapor, juguete enorme y furioso, aportaba su chorrito de vapor; y el pitazo cómplice del maquinista, sabedor del juego, contribuía al estallido de la risa, y el brincar de la alegría. Sencillo juego de esas sencillas vidas. El ferrocarril dejó de hacer esos esfuerzos de vapor. Otra tecnología acarreaba el agua. Luego, vino lo que vino., el camino del agua se oxidó.

Pero los ferroviarios no sólo transportaron agua, sino que, cuando comenzó el acarreo vaporoso del agua, casi en forma simultánea, otros fueron a perforar las entrañas de la tierra. En cada Estación, según sea, al lado no más, según sea el agua, un tanque se elevaba, vigilante y húmedo. Abajo, se instalaba una cisterna, según sea las cantidades de bebedores. En otra estación se repetían, y más allá también, tanque o cisterna, o los dos, según sea el Pueblo bebedor.

Tanques vigilantes y húmedos, era lo primero que se divisaba y anunciaba: aquí hay vida. Agua y vida. En ese mismo lugar abrevaban las locomotoras, coches de pasajeros, encomiendas, vagones, trenes con ganado, y así.
Cisternas de acopio para repartir más adelante y más luego, donde la entraña de la tierra fuera seca.

El ferrocarril calmaba la sed. El ferrocarril transportaba agua y daba vida.
Pobló el territorio de vida. Se metió en terrenos inimaginables. Donde no se pudo perforar el caparazón de la tierra construyó sobre ella gigantescas vasijas metálicas.

Tan importante era para el ferrocarril el agua, que dentro de sus estructuras contenía a otra: el Departamento de Servicio de Agua, era la Obra Sanitaria Ferroviaria. Había un Comité de Agua por línea, y desde esa sección se coordinaba todo lo que tenía que ver con el agua. El relevamiento de todas las napas, ríos subterráneos, salinidades del país, estaban ahí, en sesudos estudios. Como agregado, un pluviómetro en cada estación. El ferrocarril tomaba las humedades de todo el territorio enrielado.

La importancia del agua para el ferrocarril fue tan seria que cuando se efectuaba el cálculo del presupuesto, el agua tenía su columna en la inversión. ¿Lucro? ¡No! Se invertía para la vida, que joder. ¿Cómo lucro.? Proyectos, ampliaciones, conservación. El objetivo era surtir agua. Puedo decir con certeza que el ferrocarril regó al país.

Ahora, por estos tiempos digo y pregunto: ¿cómo contabilizo el verdor, el retroceso de las salinas y la contención del esmerilado de las arenas? Si han cerrado el camino de metal, el acarreo acuoso se detuvo, los pozos se secaron, o se pudre el agua en las cisternas, y éstas, son devoradas por yuyales, que al secarse, transitan el camino de los vientos como representantes de la muerte seca. De nuevo el arenal salobre recorre las calles de los pueblos desamparados.

El camino del agua ferroviaria se cierra

Al tren lo detuvieron. Todo se paró. Hoy, avanza la sed, repta sigilosamente comienza un genocidio silencioso.

El acarreo se detuvo, comenzó a desandar la sed el viejo camino perdido. La vida comenzó a recular por viejos caminos andados. Los pueblos se vacían, uno a uno. La vida se va secando. La despoblación, más la desertización, es un proyecto de país seco y de muerte, la vida se muda por la retirada del agua.

Todo lo descrito es pasado, existió. Doy fe. Pasado, que en la actualidad los lugareños apelan y bregan para que ese tiempo vivido acuoso y húmedo se convierta en presente. Hoy, este presente es seco y árido. Los lugareños luchan para revertir las consecuencias de las nefastas políticas del modelo de destrucción implementado por el sistema capitalista, en varios frentes.

Uno de los frentes es la mentira y el silencio descarnado de los políticos del sistema, de los seudos y no tanto intelectuales del progresismo; el otro frente, la fragmentación de los luchadores y sus organizaciones que no intentan cerrar filas, porque prevalecen intereses mezquinos, llegando a ser
funcionales a tanta perversidad del sistema. Otros, se enancan hipócritamente sobre las necesidades reales de los pueblos con fines electorales, es otro artificio mentiroso.

A todo esto la sed sigue reptando, la aridez la acompaña, la vida no viaja sola. La depredación y la tala indiscriminada de los bosques para sembrar soja es una de las causales. No se han tenido en cuenta los ciclos de las sequías. Todo es improvisación Los pueblos se cierran, huyen de la sed que se arrima sigilosa y se estaciona agazapada esperando a la muerte. La sed cerca a los pueblos y los deshabita.

Hoy, la sequía avanza con la sed a cuesta por los territorios de Córdoba, Buenos Aires, La Pampa, Chaco y Santa Fe, son las zonas más afectadas.

Todo es silencio en los nuevos gobernantes, nadie menciona la necesidad de los trenes aguateros, ni el de habilitación de las cisternas y tanques clausurados, que regaron y abastecieron la zona de agua en forma sistemática y permanente. Todos esos dirigentes han sido cómplices culposos.

Una vez más se olvidaron de ese pasado acuoso, húmedo y sin sed. La culpa es de nosotros, no de ellos, intenta decir la mediocridad política e intelectual. Las destrucción de bosques y montes para favorecer la soja, más la ausencia del ferrocarril han generado un tiempo abrasador, no es casual el ocultamiento de la verdad, prima la cobardía de los intereses particulares que el de la sociedad, por eso se oculta la verdad.

El gobierno nacional mutis por el foro, para la Secretaria de Derechos Humanos debe ser un asunto que no le compete, no hay muertes, la gente y los animales se secan y quedan tiesos, no es de nuestra incumbencia y competencia, total, pronto serán "polvo enamorado", dijera el poeta Quevedo,
donde el viento seco los esparcirá generosamente y los hará libres.

Un sector de la sociedad mustia y decadente está más preocupada por la suba y baja de las Bolsas del Mundo, que por la suba y baja de las muertes y el retroceso nacional de la vida. El individualismo, el exitismo y el egoísmo han derrotado, por el momento, al solidaridarismo. Prevalece aún sobre nosotros un manto de mediocridad que sólo los pobladores de este país podrán descorrer.

Sólo una cuestión debe prevalecer, la de unirse, organizarse, y juntos rasgar este envoltura perversa, para liberarnos.




El ferrocarril una cuestión nacional, en el marco del 60 aniversario de su nacionalización

*Juan Carlos Cena es autor de:

* El Guardapalabras, memoria de un ferroviario (agotado)
* El Cordobazo, una rebelión popular (agotado)
* El Ferrocidio 1º edición (agotado) 2 º edición (ampliada y corregida)
* Crónicas del Terraplén (cuentos)
* Ex - Secretario General del Organismo Central Capital Federal del Personal
Técnico de los Ferrocarriles Argentinos (APDFA) (1984-1989)
* Miembro Fundador del Mo.Na.Re.FA - Movimiento Nacional por la Recuperación
de los Ferrocarriles Argentinas.







flor*


con los senos desplazados
la violada por el hombre invisible
se reúne con su cuerpo líquido e ilusorio
bastante invisible también ahora
sin sus bordes completos
del tamaño de una reminiscencia
o de una condolida comezón sietemesina
ella expulsará una flor honda
que nos catapultará hacia una paternidad
[compartida
¿qué no ve y ve viendo que no ve, la flor?
estos y otros entenados
interrogantes machacones de evanescente
[capciosidad




*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







Convocatoria*



El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante" (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
Cordial saludo,


*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schiessstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067



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Tuesday, September 02, 2008

UN PUÑAL DE INCERTIDUMBRE...

*Ilustración de Ray Respall Rojas. tgrafica@cubarte.cult.cu
(indicar "PARA RAY" en el asunto del correo)



*


La suerte estaba echada. Tenía que apurarse. Rápidamente se vistió y coloreo sus labios de ocre nacarado. No se animaba, pero el compromiso era su mayor preocupación.
Tenía mucho miedo de hundirse en su antigua fobia. El sudor vergonzoso delataba su inestabilidad, intentaba corregirlo con su maquillaje importado.
En un abrir y cerrar de ojos abrió la puerta y entró, su dentadura comenzó a tintinear, la respiración comenzó a agitarse, El corazón le hablaba con fastidiosas palabras de despedida, un puñal de incertidumbre le hizo retorcer su estómago.
En un acto de valentía estiró su dedo índice apretando el odiado botón. Marcó tímidamente la tecla numero 10 y el ascensor comenzó a ser su dueño.



*De Azul. azulaki@hotmail.com





UN PUÑAL DE INCERTIDUMBRE...





El trato*



La oscuridad era total pero se dio cuenta enseguida de que había despertado dentro de un ataúd. Aterrorizado recordó el accidente entre la camioneta cargada de verduras y su nuevo Ferrari Sport, mientras se desplazaba desde el barco a la Villa. Parpadeó en la oscuridad. Se angustió. Gritó. Lloró.

Fuera, al aire libre - pensó - tenía todo lo que un hombre puede desear, más incluso. Su riqueza era infinita, su poder total, sus contactos increíbles… Y llevaba disfrutando de ello más de 150 años.

Por vez primera, se arrepentía de haber vendido su alma al diablo a cambio de la inmortalidad. Ahora tendría tiempo para pensar si fue un buen trato.




*de Joan Mateu. joan@cimat.es








PARÍS*




Quiero decirte tantas cosas
Y no alcanzan las palabras...
Quiero hablarte de París,
De los olores que trae el viento,
De las notas que lleva en sus alas,
De la lluvia que moja mi rostro,
Del ocaso que se cierne
Sobre los tejados,
Y de nuestro abrazo,
De ese abrazo nuestro
Que ciñe la vieja ciudad.


Pero no puedo,
No me alcanzan las palabras...
Para decirte que sin ti
París no es ciudad,
Sino lejanía.
Las flores solo portan aromas de nostalgia,
La lluvia no es otra cosa que gotas de agua,
Que el viento no lleva ni trae melodías antiguas,
Que el ocaso no es sino símbolo de algo.


Porque sin ti,
Y sin tu abrazo,
Sin tu mejilla junto a la mía,
Contemplando como se oculta el sol
Tras los tejados,
No sirven,
No son nada las palabras.




*de Marié RojasTamayo tgrafica@cubarte.cult.cu
(indicar "PARA MARIÉ" en el asunto del correo)






Contra el tiempo*


Las obras "Gris de ausencia" y "El acompañamiento" siguen resultando textos de alto valor poético.


*Por: María Ana Rago. mrago@clarin.com


“El amor y la rebelión eran el espíritu de Teatro Abierto”, dijo Carlos Gorostiza, uno de los fundadores del movimiento, a Clarín. Por Ricardo Cárcova, Rodolfo del Percio y Horacio Bilbao.

Un espectáculo, dos obras. Teatro Abierto x 2 comprende Gris de ausencia, de Roberto Cossa, y El acompañamiento, de Carlos Gorostiza, piezas breves que concentran un gran poder de identificación con el espectador. Ambos textos son joyas de la literatura argentina que en la lectura o en la escena arrancan risas y sonrisas, conmueven y alientan a buscar una salida. Aunque cuentan anécdotas muy distintas, las unen varios ejes temáticos: la nostalgia, la locura, la incomunicación, los sueños incumplidos, la familia, abordados de diferente modo. Pero la conexión más fuerte está en el contexto común en el que nacen: el movimiento cultural de resistencia Teatro Abierto, surgido en 1981, durante la dictadura militar.

Suceden en un mismo espacio escénico, que sufre sutiles modificaciones para representar primero la antecocina de un restaurante, y después, un cuarto. Dirigidas en esta oportunidad por Hugo Urquijo, las obras se ofrecen como un homenaje a Teatro Abierto. Una relatora, Monina Bonelli, presenta la puesta, la enmarca en la historia y vuelve a aparecer en el medio para completar su relato.

Gris de ausencia es más breve y tiene más personajes; El acompañamiento es un poco más extensa y cuenta sólo con dos personajes. En la primera —que transcurre en Roma—, Juan Manuel Tenuta es el abuelo, un italiano que inmigró a la Argentina cuando era jovencito, formó su familia y regresó con sus hijos y nietos a Italia. Marcela Ferradás es Lucía, quien atiende la Trattoria La Argentina, junto con su marido Dante (Ricardo Díaz Mourelle). Chilo, muy bien interpretado por Mario Alarcón, es un personaje entrañable, el porteño que se resiste a renunciar a su identidad. Paloma Contreras le aporta gracia a Frida, la nieta que se ha ido a vivir a Madrid y a quien se le pegó el acento español. Una familia que no logra tener un idioma común.

Antonio Grimau es Tuco en El acompañamiento, a quien le imprime el tono exacto: el de la locura y los sueños. Pepe Novoa interpreta a Sebastián, ese amigo que es un contrapunto, aunque luego acompaña a Tuco, embarcándose en su travesía.

Gesta, aventura, rebeldía, un río que desbordó lo teatral son algunas de las formas verbales con las que la relatora habla de Teatro Abierto. También dice que todas las obras del movimiento, explícita o implícitamente, critican a la dictadura. Claro que cada una lo hace a su manera. Gris de ausencia a través de la inmigración habla del desarraigo y remite al exilio. El acompañamiento denuncia la imposibilidad de cumplir los sueños. En ambos casos la crítica se hace desde la metáfora, pero se hace. Y con mucha teatralidad y poesía.



*Fuente: Clarín.
http://www.clarin.com/diario/2008/09/02/um/m-01751505.htm







El pasillo de los recuerdos*



En un laberinto lúgubre
Recorre una niña azulada
Con el corazón apretado
El pasillo de los recuerdos
Cercada, asfixiada
Por aparecidos y momias
Viscosos y altivos…

Cada vez que arriesga a
Pisar fuerte y con coraje
Aunque se convenza de
Estar alerta y protegida
Las espantosas figuras
Intimidan su interior
En ese instante
nadie la salva,
se queda paralizada
y sin voz.-



*De Azul. azulaki@hotmail.com







EN LA VERDE COLINA*


Entre los árboles de la verde colina se arriesga el arroyuelo. Sortea roca tras roca, bebe su propia aventura y busca su mar.
Sueños y fantasías contenidos en mi cántaro se visten de arroyuelo, construyen en mi desierto la cuenca que contornee su aventura, que arme saltos sobre los escollos y formen dos brazos al final.



*de Emilse Zorzut zurmy@yahoo.com.ar








La hora de los trenes*



El cine de Pino Solanas ha ido transitando tanto el documental como la ficción, pero siempre atravesado por la realidad, la política y las vidas de los argentinos libradas a ellas. Sin embargo, tras 2001, el director de La hora de los hornos, Los hijos de Fierro, Sur y El exilio de Gardel se entregó con fruición a filmar un ciclo de documentales sobre los motivos y las consecuencias del derrumbe del país. La próxima estación es la cuarta entrega y disecciona impiadosa y acertadamente el desmantelamiento de esa suerte de estructura ósea de un país como lo es su red ferroviaria. Voces, testigos, víctimas y pueblos enteros desaparecidos pasan frente a cámara, junto con cifras y gráficos, para delatar la invertebrada realidad a la que se condena al interior del país.



*Por Mariano Kairuz


En su película sobre los trenes de la Argentina, Pino Solanas no se limita a trazar la historia de la devastación del sistema ferroviario. Cuarta parte de un proyecto más ambicioso, de una serie de investigaciones para una reflexión global, la historia grande que se cuenta en La próxima estación es
la de cómo detrás de esa cosa mal llamada el tren de la historia, lo que hubo en realidad fue un plan sistemático para terminar de sumir al país en la dependencia absoluta. La de cómo es que hoy estamos como estamos; y cómo en este estado de cosas juega un papel central la pulverización de la conciencia pública. De cómo -con la privatización del tren que de todos modos siguió siendo subsidiado por el Estado, y el desguace y saqueo de rieles y vagones, como caso paradigmático- se llegó a creer que los bienes y servicios públicos concesionados ya no le pertenecen a la ciudadanía.
Desde la fundación del Ferrocarril del Oeste en 1857 hasta el actual colapso general del transporte, La próxima estación recorre un proyecto de país que quedó partido al medio, exponiendo de entrada la falacia original que se consolidó en torno de su creación: que los primeros trenes argentinos fueron
ingleses. Aquel primer Ferrocarril del Oeste perteneció enteramente a Buenos Aires, y cuando más tarde los ingleses finalmente se interesaron, fueron ampliamente subsidiados por el Estado argentino mediante créditos, exenciones impositivas y otras de las ventajas desproporcionadas a las que estaba acostumbrado el capital británico en la Argentina. La película hace una dinámica síntesis de los hitos de la historia posterior del ferrocarril: ese plan de promoción regional que vino a implementar el "tren de fomento" creado en 1907; la nacionalización de los trenes a través del cobro de la deuda que Inglaterra tenía con la Argentina en la posguerra inmediata (el episodio es contado risueñamente por el propio Perón en un clip de archivo, donde lo describe como una hábil maniobra de su ministro Miguel Miranda); y los primeros pasos hacia la reducción de la red ferroviaria durante la presidencia de Frondizi, con el desembarco del lobby automotor: autos, camiones y petróleo como primer gran factor de presión contra los rieles. Y llega hasta el todavía demasiado reciente golpe de gracia, cuando, con Menem, ramal que paró cerró, e incluso los que no pararon también desaparecieron, esfumándose con ellos decenas de miles de puestos de trabajo y cientos de pueblos que existían en función de estaciones que se volvieron
fantasmas. Para el final, la perpetuación de los concesionarios del menemismo durante la actual administración.
Solanas arma este mapa desolador a través de un ordenamiento ágil y didáctico de múltiples testimonios de trabajadores y ex empleados, ingenieros e historiadores ferroviarios, y de funcionarios, mientras va
actualizando la cartografía del tren argentino, sus expansiones y retrocesos. De esta manera y a través de un tema central tan específico y articulador de muchos otros, La próxima estación se convierte en la cuarta entrada de la serie de documentales sobre el gran desastre argentino y la potencial recuperación, que Solanas inició cinco años atrás con Memoria del saqueo. Después de aquella película, cuyo disparador más directo fue el incendio social y político de diciembre de 2001, estrenó La dignidad de los nadies (2005, una épica de la resistencia popular, armada de casos individuales y colectivos frente la crisis) y, el año pasado, Argentina latente ("ensayo testimonial" sobre los recursos -técnicos, intelectuales- con que cuenta el país para su reconstrucción). "Empecé a hacer esta serie de películas -explica Solanas- en el verano de 2002. En aquel entonces fue naciendo la idea de hacer un gran fresco sobre la Argentina, y de responder a las preguntas que se estaba haciendo fundamentalmente la gente joven. La generación de mis hijos, sus amigos, los estudiantes, con quienes tengo una relación muy fluida; ver qué había pasado, cómo era posible todo aquello; que hubiera un país riquísimo en alimentos, con hambrunas. Ensayar una gran crónica de reflexión sobre la Argentina de principios de siglo. Pero al
viajar, meterme adentro, conocer personajes y anécdotas, el proyecto fue creciendo y para 2003 comprendí que no podía ser una sola película, ni siquiera una que durara tres o cuatro horas. En un primer momento me dije: voy a continuar el discurso de La hora de los hornos, por supuesto que con
los ajustes de la evolución de mi pensamiento desde aquella época, pero retomando la reflexión, el cine-ensayo que fue aquella película, y decidí dividirla en capítulos. Todavía no encontré un título global adecuado, aunque pensé titularla Crónicas argentinas del siglo XXI. Pero es importante verlas, a estas cuatro películas y a la que va a ser la quinta y última parte (ver recuadro) como un todo."
¿Cómo se originó el episodio específico del ferrocarril?
-Ya en 2002 filmé la secuencia del Taller de Alta Córdoba, al comienzo de la gran secuencia del despojo, que narra cómo se vendieron las estaciones y se arrumbaron, remataron y saquearon vagones, rieles y otros materiales. Pero seguí filmando y acumulando material durante estos años, y me encontré con que el tema de los ferrocarriles exigía una película por sí mismo. Porque el sujeto concreto son los ferrocarriles, pero hay un tema mayor: el de los servicios públicos.
Es lo primero que se enuncia en La próxima estación: ya no se sabe qué es el patrimonio público.
-El de las relaciones entre lo público y lo privado es el gran tema que lo domina todo, y que surge como consecuencia de las políticas de privatizaciones que tuvimos: no sólo los ferrocarriles fueron vaciados sino que ha habido un vaciamiento de todo el sistema de transporte. Iberia vendió de entrada los 28 aviones y todas las oficinas que Aerolíneas Argentinas tenía en las principales capitales del mundo. Se vendió hasta la flota mercante de YPF. ¿Cómo puede ser? Hubo un plan premeditado de dejar a este
país, que es un gran productor de materias primas y lo era de productos manufacturados, sin sistema de transporte. Y no existe nación soberana independiente sin un sistema de transporte que la integre, la vincule, la articule. Habiendo desarticulado todo esto -al no dejar en pie la flota de aviones, ni de barcos, ni de trenes-, se golpeó duramente a la Argentina en su desarrollo como nación, y a las economías regionales: el ferrocarril era el principal instrumento del comercio interregional. La mayor parte de los pueblos del interior no tenían acceso pavimentado a las rutas, quedaban aislados cuando llovía.
En la película se explica por qué el ferrocarril es insustituible.
-Así es: el ferrocarril es el único medio que en las peores condiciones climáticas puede entrar y salir de un pueblo, algo que no puede hacer un auto, ni un camión, ni un ómnibus. Y no es un problema de renta, ni el del ferrocarril ni el de los servicios públicos: lo perverso de las ideas neoliberales es que nos hicieron creer que los medios y servicios públicos debían dar ganancias y beneficios. Pero las escuelas y los hospitales dan un servicio público y no se les pide que den ganancia sino que den un servicio eficaz, económico, estable, a las demandas de la sociedad. El ferrocarril está subsidiado en todas partes del mundo, y tiene que tener tarifas económicas porque es el principal medio de locomoción del pueblo, y de los productores pequeños y medianos: el tren permite llevar la carga pequeña, difusa, a los dos, tres pueblos vecinos. Todo eso lo mataron, y con esa muerte se creó un empobrecimiento en cadena. Un país de grandes extensiones como el nuestro, sexto productor mundial de alimentos, es impensable sin
ferrocarril, que hoy es de 8 a 12 veces más barato que el transporte automotor, mientras que se sabe que el petróleo va a seguir subiendo, y que en estas condiciones no vamos a poder sacar la cosecha a puerto.
La película denuncia el enorme saqueo material que propiciaron las privatizaciones. Pero en un momento dice que "la mayor derrota que ha sufrido la Argentina es cultural".
-Es que la Argentina necesita una profunda reforma educacional. Tenemos una ciudadanía muy desinformada y muy confundida, no sólo por el sistema educativo sino también por los medios masivos. Nadie tiene conciencia de lo que le pertenece: lo que es público lo es porque generaciones de nuestros
antepasados lo financiaron, y eso no le pertenece al Estado, nos pertenece a nosotros. El Estado es el administrador del consorcio de copropietarios que son los ciudadanos del país. Y hay que cuidarlo entre todos. En el imaginario colectivo quedó esta idea de que los trenes nos daban una pérdida monumental, y que por suerte nos los sacamos de encima. ¿Cómo que por suerte? Hoy pagamos por mantenerlos dos veces más que antes de la privatización, y tenemos sólo una quinta parte de los trenes que teníamos
antes. La gente no tiene idea de esto, sólo conoce el maltrato que le da el servicio. Por eso el final de la película es el tren para todos, cuidado por todos. Que en el control de los ferrocarriles participen asociaciones de pasajeros y usuarios, junto a los trabajadores y los técnicos y los funcionarios. Porque ése es otro de los subtemas: que la impunidad del saqueo es consecuencia de la destrucción del Estado; porque no hay quién controle; porque se ha domesticado la Justicia para hacerla funcional al Estado neoliberal.

La nueva hora
Después de esa película esencial del documental latinoamericano que fue La hora de los hornos, Solanas se volcó a la ficción, pero sin abandonar nunca del todo el cine político. Así como con Los hijos de Fierro (1975-1978) se propuso hacer una recreación del Martín Fierro que fuera a su vez reflejo de su propio momento histórico (narrando, en palabras del director, "la resistencia cotidiana de los trabajadores contra el sistema oligárquico militar"), en sus ficciones dramáticas más recordadas, El exilio de Gardel
(1985) y Sur (1988), Solanas inventó personajes cuyas historias reconstruían una realidad cercana, el contexto histórico que la dictadura reciente había anulado del cine. ¿Por qué, a pesar de que la ficción le había dado esa posibilidad, eligió volver al formato documental de sus inicios? "Cuando en
2001/2002 el Indec denunciaba 36 mil muertos por desnutrición o falta de asistencia médica; un 62 por ciento de la población por debajo de la línea de pobreza -dice Solanas-, sentí que había que repensar el país otra vez.
Cambió mi vida, y yo volví a la actividad social y política. Pero la ficción y el documental son dos cosas bien distintas: lo que hace la ficción es expresar, más que explicar. Prefiero entonces hacer un documental para pensar el país, en lugar de una ficción didáctica. Se ha dicho que El exilio de Gardel es una película política, pero eso es un disparate. Mucho más política es Casablanca, con el tema de la ocupación nazi y la resistencia. El exilio... son cuentos y cantos del exilio, del acontecer cotidiano del exilio, donde está lo burlesco, lo satírico, lo triste y lo costumbrista, con metáforas coreográficas, recreando el género dramático musical. Sur también era un musical, con un preso político que sale de la cárcel, pero en esencia eran varias historias de amor. Son dos películas que no tenían el análisis de los
problemas políticos; sí un marco histórico, pero eso es menor. Para el gran fresco de la Argentina que me propuse preferí el documental, que es testimonio y análisis."
Sin embargo, adelanta el director, entre sus proyectos para el futuro cercano lo entusiasma la idea de volver a la ficción. Uno de las libros que ya tiene avanzados, dice, es Los hombres que están solos y esperan, "una evocación de los años de Raúl Scalabrini Ortiz". Que no fue un personaje más en la vida de Pino Solanas. A él pertenecen dos libros fundamentales sobre la red ferroviaria nacional: La historia de los ferrocarriles argentinos, de 1945; y Los ferrocarriles deben ser del pueblo argentino, de 1946. Y también fue una figura tutelar en sus primeros años de militancia, en los '50. "Soy de la generación que aprendió la historia argentina leyendo sus libros: es Scalabrini quien descubre en los años '30, haciendo investigaciones muy profundas que nadie hacía, la falacia de que los ferrocarriles los habían
financiado los ingleses. Pero además lo traté personalmente: vivía a la vuelta de la casa y estudiaba con su hijo, así que en los años '56, '57 frecuentaba su hogar, iba a escuchar sus conferencias, como las del filósofo Carlos Astrada, las de los revisionistas. Son esos años los que quiero evocar con esta película, que voy a hacer cuando termine el quinto documental. Repasar tres, cuatro décadas del país a partir de una serie de ficciones y personajes como él, como Jauretche."

Desoxidate y anda
Como en sus películas previas, y a pesar de haber exhibido el proceso por el que se aplastó la conciencia pública sobre el tema -junto con la alguna vez poderosa cultura sindical de los servicios públicos-, Pino Solanas termina La próxima estación con una nota esperanzada: es posible recuperar los trenes. "Yo creo que hoy están impidiendo la reactivación dos cosas: una suerte de inmovilismo, que viene de mucho arrastre, y una profunda desinformación. El plan para desarticular la Argentina fue impulsado por el
Banco Mundial desde fines de los '80, pero también es cierto que los gobiernos que vinieron no lo cuestionaron. Hay una secuencia que para mí es un testimonio monstruoso: en octubre del año pasado, Presidencia de la Nación autorizó a poner en venta la Estación Central de Santa Fe. ¿Qué representa esto? Olvidémonos de que es un buen edificio, un bonito patrimonio cultural; lo que esto representa es que no hay ningún proyecto ni remoto de volver a colocar el tren; hoy se siguen vendiendo las estaciones
que quedan. Los concesionarios son los mismos que en el menemismo. La complicidad, la ignorancia, la mediocridad que hemos tenido desde Menem en adelante hasta Kirchner y Cristina. Pobre Presidenta: que le hagan decir que la modernidad en la Argentina es el tren bala, algo que nos ataría por treinta años a deuda externa, a un costo de entre 10 y 15 mil millones de dólares, que no tiene transferencia tecnológica (ni repuestos, ni nada) porque es una trocha diferente a todas las otras, que tiene un boleto tan caro como el de un avión. El tren eléctrico Buenos Aires-Rosario por día consume tanta electricidad como una ciudad de 100 mil habitantes. Se permite que los concesionarios sean los encargados de hacer las reparaciones y le facturen al gobierno el doble o el triple de lo que corresponde; se perpetúa, en esa caja negra que se reparte, la ineficiencia, la ineficacia, la torpeza."
Pero, insiste, es posible: puede (y debe) repensarse el transporte, ordenarlo, darle un diagrama. Que aspira a que su película inspire a la ciudadanía a exigir una reconstrucción y democratización del sistema de transporte: "Que se restablezcan los servicios públicos, pero esta vez con participación de trabajadores, organizaciones de consumidores, etcétera. Que esta vez sean verdaderos organismos de Estado. Pero no hay recetas automáticas, ni mágicas; para esto es indispensable la decisión política.
Con decisión política se puede, y debería estar. No han pensado que volver a tener el ferrocarril sería la mayor reivindicación que pueden tener las provincias, hoy que uno está condenado a viajar en ómnibus".
Al desarticular todo, al no dejar en pie la flota de aviones, ni la de barcos, ni la de trenes, se golpeó duramente a la Argentina en su desarrollo como nación, y a las economías regionales: el ferrocarril era el principal instrumento del comercio interregional. La mayor parte de los pueblos del interior no tenían acceso pavimentado a las rutas, quedaban aislados cuando llovía."





Domingo, 31 de Agosto de 2008
La tierra habla


De la serie de documentales a la que desde el próximo jueves se suma La próxima estación, todavía queda una: La tierra sublevada. "Una quinta película -adelanta su director-, que trata sobre los bienes de la tierra, los recursos naturales, y la reacción, la protesta de la tierra frente a la grosera contaminación y daño que se le ha producido; por la cosecha, se tiran 50 millones de litros de glifosato (un compuesto agrotóxico) por año y la cifra va en aumento; las capas de agua de las poblaciones aledañas, a 50
y hasta 100 kilómetros de los yacimientos mineros y petroleros, están contaminadas. En seis provincias lograron que la Legislatura prohibiera la minería con cianuro: esto es algo que ha tomado poco estado público, pero es muy grave e importante. En la película trato la gran minería, el petróleo y el gas; la agricultura, el desmonte que han producido las alteraciones climáticas, o la riqueza de la plataforma continental y los grandes ríos depredados por los barcos pesqueros. Habrá, como en los capítulos
anteriores, grandes personajes, en este caso de la tierra. El propósito es que, con ésta, sean cinco capítulos capaces de encerrar una mirada sobre la Argentina, pero una mirada que junto a una denuncia hacen un planteo: La próxima estación denuncia, pero a su vez plantea una alternativa; cada uno de sus oradores critica y al mismo tiempo busca los lugares donde debe empezar el cambio. La próxima estación empieza criticando a las universidades porque los grandes temas nacionales no se debaten. Se trata de una mirada que tiende a la democratización de los recursos que tiene el país, que le bastan y sobran para satisfacer sus anhelos de progreso."



*Fuente: Página/12.
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-4794-2008-09-02.html









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Wednesday, May 28, 2008

ESTACIÓN DESOLACIÓN....

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Y SIN EMBARGO…*



Campanillas violeta,
ínfimos adornos,
enredaderas de ferrocarril.

Sobre las pilas de escombros,
entre las vías abandonadas,
tapando techos agujereados,
entre los hinchados cadáveres
de perros envenenados.
En la miseria última y final.
Sobre chapas, hierros y
pobreza desvencijada,
debajo de carrocerías deshechas,
se abre la flor inesperada,
maravillosa,
de la alegría.


*de MONICA RUSSOMANNO. russomannomonica@hotmail.com





Estación Desolación




POR LA RECONSTRUCCIÓN INTEGRAL DEL SISTEMA NACIONAL FERROVIARIO*



"Yo sigo en mis trece, en las mismas trece de antes. A mi me interesa la Liberación Nacional. No me interesa la lucha política como lucha de segundo plano que se desarrolla como lucha de ratones, bajo la hegemonía de los capitales y de la diplomacia extranjera"
Raúl Scalabrini Ortiz, 1944.




Por Juan Carlos Cena* especial para Villa Crespo Digital

26 de mayo del 2008




Luego de luchar y resistir con todo nuestro cuerpo en las Huelgas Ferroviarias de 1991 y 1992, acción resistente conducida bravamente por los jóvenes ferroviarios por fuera de la burocracia sindical, hemos tratado de reorganizarnos en forma empecinada a pesar de esa derrota. Así es, nos derrotaron, no nos avergüenza reconocerlo. Nos derrotaron porque luchamos, cargamos en nuestras mochilas una honrosa derrota, no nos doblegaron ni nos vencieron en esas épicas huelgas. Después de ese revés vino la expulsión de 85.000 trabajadores ferroviarios y el cerramiento de los ferrocarriles. Se terminaba la relación social diaria entre ferroviarios y con ello las posibilidades de organizarse para continuar batallando por nuestros ferrocarriles. A raíz de esa desconexión sobrevino nuestra paralización y la
desolación. Este golpe para los ferroviarios fue muy duro. La sociedad ni lo intuía, o no lo quería ver. También se terminaba la relación entre el campo, el pueblo y el ferrocarril. Nuestros vínculos y apegos personales se quebraban. Acaecía la diáspora ferroviaria. Aparecía el Tren de la Desolación, cuyos pasajeros éramos nosotros: los que realmente nos sentíamos ferroviarios, los que padecíamos la soledad de la derrota; los otros, los que sólo trabajaban rutinariamente en el ferrocarril migraban contentos a
ocuparse con los que habían propiciado y alentado durante décadas este desastre nacional.

Por ese entonces, la indiferencia se instalaba en el seno de la sociedad, que había votado en varias oportunidades a favor del demoledor de nuestros bienes nacionales, Carlos Menem. Sociedad blanda que disfrutaba las mieses temporales de la copa derramada por la venta vil de los Bienes Nacionales.
En esa borrachera liberal les venía la desmemoria de que vivían en una nación y esta era saqueada. Ellos sólo se contemplaban frente al espejo admirando su ombligo liberal. Sólo les interesaba el individualismo, el exitismo y las cuestiones personales. Para eso había que terminar con viejas costumbres solidarias, ser indiferente a las penurias del otro. Y el problema de la identidad nacional, era una cuestión rancia y obsoleta.

A pesar de esa indiferencia, tratábamos, una y otra vez de organizarnos
Nuestro primera tentativa de organización fue el Mo.Re.Fe, Movimiento por la Recuperación de los Ferrocarriles, compuesto por ferroviarios, solamente.
Luego, al tiempo, el Mo.Na.Re.FA - Movimiento Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles Argentinos, fue un salto cualitativo, porque esta vez fue con el conjunto de la sociedad, asambleas barriales, centros culturales, Fuerzas Vivas de diferentes pueblos y ciudades de toda la geografía
nacional, olivicultores, fruti horticultores de Cuyo, cultivadores de limón en Tucumán, organismos universitarios, organizaciones de usuarios, compañeros en actividad y un conjunto de intelectuales que no se obnubilaron con el pensamiento único, ni con las becas de las fundaciones, ni se olvidaron de las cuestiones nacionales ni de nosotros.

Digo todo esto porque hoy reaparecen, montados en el tren, oportunistas electoralistas de todo pelaje, algunos ex funcionarios de las empresas concesionadas.

Mientras nosotros resistíamos con todo nuestro cuerpo la ofensiva menemista, otros, saltaban a las empresas concesionadas a prestar servicio en forma mercenaria. Empresas que venían de la Patria Contratista, mimadas durante el gobierno de Alfonsin a través del inefable Terragno; este, les había
otorgado el control de la Dirección de Empresas Públicas para que fiscalizaran los presupuestos de las sociedades del Estado. Estos que saltaron y se transformaron en mercenarios al servicio de las empresas concesionarias, hoy son ardientes defensores de la reinstalación de ramales troncales, pero no defensores de la reconstrucción total de los ferrocarriles. Por esos tiempos aciagos no abrieron la boca ni generaron un solo gesto para defender a Ferrocarriles Argentinos.

La embajadora itinerante del Gobierno de Menem, Amalita Fortabat, concesionaria del F.C. Roca, fue una de las primeras receptoras de estos mercenarios, también aterrizaron prestos con Pescarmona, cuando se hizo cargo del F.C. San Martín y el F.C. Urquiza, entre otros. Hoy, estos saltimbanquis aparecen enancados en la cuestión ferroviaria. Otros se transformaron en escribas de los funcionarios de la Secretaría de Transporte, que pertenecían a la Fundación Mediterránea y que disertaron en
Florida EE.UU, en el Seminario de la ALAF, Asociación Latinoamérica de Ferrocarriles, Coral Gables entre el 19 y 20 de octubre de 1995, donde se expuso en forma descarnada lo que le iba a ocurrir a los Ferrocarriles Argentinos. Ver El Ferrocidio 2da edición. Pág.. 154.

No nos podemos olvidar ni callar ni perdonar tanta traición. Hay un límite, y es lo ético y la dignidad valiente de los luchadores. Tenemos 85.000 compañeros expulsados, más de 90 ferroviarios desparecidos durante la dictadura militar, y hoy, más de 150 compañeros judicializados por proteger
sus derechos. ¿Cómo olvidar a los colaboracionistas? No se puede defender a los ferrocarriles si no se tiene en cuenta el factor humano, la condición humana y las conductas claudicantes. Hay que hablar claro, nosotros desde hace mucho pertenecemos al subsuelo de la PATRIA, venimos luchando y
resistiendo desde 1958 en adelante, Plan Conintes de por medio, luego contra el Plan Larkin y contra todos los planes de desguace contra el Ferrocarril.
Siempre nos reprimieron y nos militarizaron. Nuestra lucha no fue fácil.

El progresismo intenta imponer un valor de verdad cuando afirma que la lucha comienza cuando aparecen ellos y termina cuando se van. nosotros decimos que la lucha tiene, en el caso del ferrocarril, más de 151 años. Pero a estos espantajos hay que preguntarles como un test: ¿Qué hicieron ustedes cuando
comenzaba la ofensiva contra el ferrocarril? ¿Que actitud tomaron cuando trasladaron en forma compulsiva a 1500 técnicos, profesionales e idóneos ferroviarios a la DGI, hoy AFIP? Es decir, se expulsaba parte de la inteligencia ferroviaria, mientras cundía el silencio del sindicato que los
representaba, APDFA (Asociación del Personal de Dirección de los Ferrocarriles Argentinos), otros, en vez de ser solidarios o defender la empresa que los parió, salían a ofrecer sus servicios a los nuevos patrones, estos mismos hoy surgen afligidos a patrocinar la recuperación de una empresa ferroviaria que no supieron proteger a través del levantamiento de firmas.

Hubo casos de funcionarios y jefes dignos, que defendieron al personal, se atrincheraron y resistieron el destrozo de los ferrocarriles, fueron expulsados. Oportunamente volveré sobre el tema de los hombres probos que merecen el reconocimiento, y los otros innombrables. No se puede hablar ni
patrocinar la defensa de los ferrocarriles y de las empresas públicas privatizadas, desde la indignidad y la hipocresía.

No se puede encarar la cuestión ferroviaria sin hablar de los ferroviarios, que son la parte carnal de ese modo de transporte. Los ferroviarios son el ferrocarril. Nada se puede hacer sin la participación de ellos, ni ellos sin la participación de la sociedad. Por todo eso afirmamos que nunca hemos abandonado la lucha por la reconstrucción integral de sistema nacional ferroviario.

Creo que era necesario, primero aclarar algunas cuestiones de principios, antes de continuar, por eso esta introducción.

Hemos contestado siempre y esta vez también, el anuncio dado por tercera vez sobre el tren de alta velocidad, entre Retiro-Rosario y posteriormente Córdoba. Todo un despropósito gubernativo. Es la proclama de una medida equivocada, bajo el punto de vista técnico-operativo, político y económico.
Esto es un intento que adolece de racionalidad, cuando la realidad nos está señalando que hay urgentes necesidades nacionales que obligan una atención primaria.

Ya nos hemos pronunciado desde el Mo.Na.Re.FA, por distintos medios sobre los trenes balas, soterramientos varios, trenes de pasajeros de fantasía que tardan casi el doble en tiempo que cuando eran estatales. Ante estos reiterados pregones atrileros queremos aclarar, primero, que en los países
en que se instalaron estos trenes, los ferrocarriles son estatales. En ninguno de ellos se montaron trenes de alta velocidad sin antes haber re-construido y puesto a punto el Sistema Integrado de Transporte
Ferroviario, de acuerdo a las características y necesidades de cada país.
Sistema Ferroviario que, a su vez, es componente del sistema de transporte nacional del país al cual pertenecen, jugando un rol complementario, no competitivo, entre los diferentes modos de transporte que concurren. Regla fundamental.

En los países que instalaron trenes de alta velocidad, antes de proclamarlos, se realizaron estudios de prefactibilidad, de impacto ambiental, de topografía, de densidad poblacional, capacidad energética,
entre otros estudios, entonces, de acuerdo a ese resultado, resolvieron instalarnos o no. Muchos países a pesar de tener recursos financieros y técnicos, me refiero a países capitalistas centrales como EE.UU, no tienen ni les interesan esos trenes. La empresa AMTRAK de pasajeros en EE.UU es estatal, y tiene tecnología de punta como se estila decir ahora, y CONRAIL, la de carga, también estatal.

Concebir en la Argentina la instalación de trenes de alta velocidad cuando estamos padeciendo una crisis energética, es grave e irreflexivo. Apostar a trenes de alta velocidad sin tener en cuenta la ausencia del ferrocarril, en todo el territorio, es toda una perversidad y una ofensa nacional. Esa ausencia generó grandes zonas despobladas (870 pueblos fantasmas) regiones desarticuladas, desconectadas con un perjuicio enorme en las economías regionales.
La debilidad política de este gobierno y de otros se manifiesta, a veces, a través de cuestiones obsesivas como la de anunciar obras faraónicas que rayan con lo chabacano y lo pueril.

Nosotros nos resistimos, pero no eludimos polemizar sobre el tren bala, como tirar costos, valores y propuestas, sin decir cómo.

Preguntamos por el como, teniendo en cuenta las experiencias anteriores. Se recogieron un millón de firmas para que no hubiera más chicos pobres. Luego, la más grande, cuando el FRENAPO (Frente Nacional Contra la Pobreza) recolectó 3.400.000 de firmas. Ninguna fue por correo electrónico. Fueron cientos de mesas con cientos de militantes militando cada firma. Todo a pulmón. En ninguno de los casos pasó nada. Se habían "olvidado", en ambos casos, los organizadores de fundar la organización del cómo hacer para que no hubiera más chicos pobres y que desapareciera la pobreza. Toda una
frustración política para el que militó aquellas firmas.

Por eso queremos discutir a fondo el cómo, no olvidarnos de los olvidos, ya que la expresión numeral, únicamente, es, precisamente, el eje discursivo y de entretenimiento que quiere el gobierno que entablemos. Sólo eso. Este tren y sus costos es el árbol fosforescente que nos deslumbra y nos tapa el
bosque, que es la ausencia de los ferrocarriles en todo el territorio nacional. No hay que hablar sobre su estado actual, dicen desde la Casa Rosada. Tampoco de los trenes suburbanos de Capital Federal subvencionados en forma millonaria y que paga toda la nación y los trenes de carga en manos de las multinacionales que no pagan los cánones y han destruido las vías férreas.

Porque además decimos que la cuestión ferroviaria no es una razón técnica, numeral, sino política. Porque si sólo pensamos que es técnica, obviaríamos preguntarnos ¿Con qué Gobierno? ¿Con este? Y si es así, únicamente invertiríamos esos enormes montos de dinero para que se beneficien y disfruten, de esa inversión, los concesionarios y no los pobladores.
Recuperaríamos solamente los ramales troncales donde circulan los cargadores. Por eso, recordando la consigna del mayo francés: la Imaginación al poder, debemos hacer un esfuerzo e imaginarnos qué Estado deberíamos construir para que este genere políticas que beneficien a la Nación, en este
caso el ferrocarril. Preguntarnos ¿qué haría ese Estado con esa tremenda cifra? Valorar desde esa perspectiva qué ferrocarril restauraríamos con lo que costaría el tren de alta velocidad, además, hay que sumar a esos valores los subsidios otorgados a los concesionarios, y los cánones que no pagan los
cargueros, y sin dejar de tener en cuenta la Deuda Externa. Única manera, así opinamos, de terminar con el Déficit Bruto Interno Nacional.

Es dable destacar que no es lo mismo la reconstrucción integral de los ferrocarriles que el mejoramiento de ramales de la red troncal que utilizan los concesionarios de carga. El diseño propuesto, es casi igual al diseñado en el Departamento de Dimensionamiento y Estructura de la Red que dependía de la Gerencia de Planeamientos y Sistemas de Ferrocarriles Argentinos. Esa matriz geográfica de la red se tenía como el Plan de Referencia que venía de lejos Era nada más ni nada menos que el viejo proyecto del Plan Larkin que despreciaba los ramales como afluentes tributarios porque no arrojan rentabilidad. Esta concepción había quedado instalada como acervo cultural y técnico de los burócratas de la tecnocracia ferroviaria. Estos fueron los que talaron los ramales, dejando la red ferroviaria como un árbol seco. Es
como pretender que los riachos, arroyuelos, arroyos y vertientes se tapen y que no sean tributarios del gran río, este se secaría. El ferrocarril es una red, como los ríos, o como el sistema de irrigación sanguínea de nuestro cuerpo.

Asimismo discutir únicamente este tren de alta velocidad y sus costos, nos impide cuestionar la nueva ley de Reordenamiento Ferroviario y su sanción, cuestión grave para la Nación. Lo más grave es el no haber instalado, en el inconciente colectivo, lo nefasto que es su sanción, sólo podemos mencionar a los honrosos diputados, muy pocos, que votaron en contra, sumado a que el MoNaReFA se expidió en contra. El silencio en este caso es cómplice.

Ley que permite a esta nueva organización ferroviaria, entre otras cuestiones, enajenar los bienes del ferrocarril sin consultar ni dar cuenta a nadie. Por eso sostenemos que ahora vienen por las tierras. Hace poco tiempo, desembarcaron en Mendoza para apoderase de los terrenos de la centenaria estación internacional mendocina, para construir un nuevo Puerto Madero. Es el mismo consorcio. Ya están avistando las de Retiro, luego irán por las tierras de las playas y edificios del Gran Rosario, como ocurrió con Talleres Rosario, hoy es un centro comercial. O la Estación de Santa Fe del F.C. Belgrano, o las playas de Capital Federal.

Para ir terminando, antes que nada, queremos que regresen los trenes de pasajeros por todo el territorio nacional pero no de cualquier forma, sino enmarcado dentro un Plan Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles de manos de un Estado que tenga un proyecto nacional. Para que se reestablezca, a través de los trenes cargueros, mixtos, locales, la interconexión de los pueblos, ciudades y zonas. Debe ser un proyecto en la que participen todos. Que no se vuelvan a rediseñar los ferrocarriles desde el puerto, sino de acuerdo a las reales necesidades de cada región. Todos debemos participar, porque el ferrocarril es un bien nacional no una presa apetecible de la rapiña.

Desde el Mo.Na.Re.FA decimos que el ferrocarril no tiene solución si no vuelve al Estado. Desde donde se debe re-constituir nuevamente el Sistema Integrado de Transporte Ferroviario, de Industria y Comunicaciones que se destruyó. Que sea una empresa monopólica, eficiente y moderna, centralizada
para la fijación de los grandes objetivos; descentralizados y desconcentrado en su operatividad para concretar los objetivos nacionales y particulares de cada región. Que, además, vuelva a funcionar como un servicio publico, que cumpla una función social, que entre sus características principales figuran
la de transportar todo a todas partes y en todo tiempo, con la regularidad obligada de sus servicios. Que juegue un fuerte rol complementario en el Sistema Nacional de Transporte.

Luego si, a quienes tanto le interesan los números, con este planteo, como el nuestro, el que venimos sosteniendo en forma coherente durante décadas no tendríamos sólo 7.000 o 10.000 kilómetros de vías, sino que volveríamos a tener los 47.000 kilómetros que supimos construir, para este país
ferroviario que debemos reconstruir.

El ferrocarril dejará de ser una consigna virtual, cuando afirmemos todos con todo el cuerpo que este es una cuestión nacional, en la que cada uno de nosotros se involucre para que luchemos decididamente por nuestros Ferrocarriles Argentinos.



*Juan Carlos Cena. - ferroviario: - Ex Secretario general APDFA, seccional
0rganismo Central - Capital Federal
ferrocena2003@yahoo.com.ar


Miembro Fundador del Mo.Na.Re.FA.
Autor de - El Guardapalabras, memorias de un ferroviario.
- El Cordobazo, una rebelión popular.
- El Ferrocidio (2da edición actualizada)
- Crónicas del Terraplén -cuentos.
- Las Huelgas ferroviarias (en prensa)

http://www.villacrespomibarrio.com.ar/TRANSPORTE%20FERRO%20RECONSTRUCCION%20MAYO%202008.htm






DESDE EL TREN....*




Sumergido en las atrayentes imágenes del libro que venía leyendo desde hacía ya varios días, muy bien luminado a través de la -detalle inusual- ventanilla limpia del vagón, apenas reparó que alguien se sentaba a su izquierda, muy junto a él. Sólo cuando el intenso perfume que emanaba de aquella figura lo alcanzó, algo urgente y sin palabras lo impulsó a girar la cabeza, aunque no directamente hacia su rostro -siempre le había costado mirar de frente a alguien, como si en ese único gesto se adivinase algún oscuro deseo inconfesable, quizá hasta para sí mismo-, y así descubrir un hermoso par de piernas, enfundadas en medias negras, que pronto se cruzaran una con la otra, apenas cubiertas por una cartera sobre el regazo.

Inhaló gratificado aquel aroma -Dior Addict, aunque él no lo supiese-, y deliró con sentirlo aún más de cerca, impregnado sobre la piel. No se animaba a levantar mucho más la cabeza en dirección a ella, por lo que sólo conseguía solazarse con aquellas rodillas casi perfectas y unas manos largas, cubiertas de
anillos, finos y delicados. La imagen lo perturbaba, por lo que prefirió continuar con la lectura. Pero apenas si llegó a leer un par de renglones, distraído por completo, para volver a hipnotizarse con aquellas piernas, en un breve y fugaz vistazo que lo incitaba a más, mucho más.

Decidió que había una única manera de contemplarla; así que levantó la cabeza por sobre su hombro, como si mirase algo a sus espaldas que súbitamente le llamase la atención, y divisó un fragmento del pasillo del vagón a medio llenar, para luego demorarse apenas unos segundos, mientras giraba la cabeza a
su posición inicial, en el perfil de su compañera de viaje.

Morocha, de cabello ondeado, cejas finas, enormes ojos claros, nariz recta, pómulos altos y marcados, labios carnosos y mentón delicado, descendiendo hacia un cuello terso y suavizado. El retrato de un segundo crucial, detenido y analizado hasta el hartazgo en su mente durante los próximos instantes.
Composición de la imagen que se completó en el segundo siguiente, recorriendo el trajecito azul claro, el escote de la remera blanca que le abría el camino hacia un paisaje de inauditas delicias pectorales, y una cartera de cuero negro con que se cubría la falda azul, seguramente haciendo juego con el saco del
trajecito.

Regresó muy a su pesar a mirar el libro que inútilmente sostenía entre sus manos. ¿Cómo hacía para volver a leer después de haber visto semejante belleza? ¿Qué hacer a continuación, entonces, si cerraba su libro? Miró por la ventanilla, en dirección contraria a lo que su deseo le dictaba, y contempló un
paisaje urbano anodino, carente de todo interés. La hermosura del paisaje estaba en otro lado.

Hojeó el libro distraído, como si buscase algún párrafo olvidado. Su mirada volvía intermitente hacia esas piernas, que ya casi comenzaban a excitarlo físicamente. Volteó la vista hacia ella de improviso, pero la mujer miraba en dirección contraria, más allá del pasillo, con aire sutil y elegante.
Bajó sus ojos hasta encontrarse de nuevo con aquel busto de belleza inenarrable, y recién ahora, en una segunda apreciación y con un ángulo más estrecho que la primera vez, consiguió distinguir el borde de la puntilla blanca del soutien. La creciente excitación tuvo un empuje inesperado, molestándole ya dentro del pantalón.

Desvió la mirada hacia delante, avergonzado de sus indiscretas incursiones. Respiró hondo, mientras la adrenalina le surcaba las arterias, potenciando el despliegue de un deseo largamente contenido, inhabilitado de expresión. De pronto, sintió que el asiento del vagón le resultaba muy estrecho, casi pequeño, como si su estado de ánimo se desplazase hacia su condición corporal, y hubiese ido aumentando de tamaño durante los últimos diez o quince segundos, otorgándole una predisposición hacia el encuentro más que favorable.
Jugueteó con el señalador del libro, sin saber dónde ubicarlo, hasta que lo dejó caer entre la contratapa y la última hoja, y volvió a mirarla.
Encontrarse con ese bello y dulce par de ojos turquesas que lo miraban de frente, en su máximo esplendor, lo congeló de la emoción, incapaz de hacer o decir nada. Mirada fugaz -siempre sutil y elegante- de su compañera, que luego se desvió hacia la ventanilla y su escasa oferta panorámica, para inmediatamente mirar hacia delante, quitándole a él todo tipo de presión que hubiese podido
experimentar durante esa maravillosa fracción de la mañana.
El sudor le corría bajo las axilas, empapándole la camisa. Comenzó a sentir la boca seca, y cerró el libro de una buena vez para buscar en el bolsillo del saco el paquete de caramelos masticables a medio consumir. Para introducir su mano izquierda en su propio bolsillo, pero rozar involuntariamente
el flanco derecho de ella, su cadera enfundada en una falda angosta y provocativa -¿cómo sería cuando se pusiese de pie?; mejor no pensarlo, o su pantalón estallaría.-, un contacto tan leve que hasta parecía no haber ocurrido jamás. Ella se removió apenas, pero a él le pareció que sólo para poder acercarse más. ¿Sería cierto, o su imaginación ya se estaba desbordando, como de costumbre?
Los vendedores ambulantes iban y venían con su monótona y hasta casi estridente cantinela, pero apenas si reparó en ellos, como así también en el guarda que solicitaba los boletos. Sólo que en el último instante descubrió que era la mejor oportunidad para mirarla sin culpas, y hurgó en el bolsillo superior del saco, junto a su corazón, en busca del boleto, mientras las gráciles manos de ella le extendían el propio al guarda. Él hizo el mismo gesto, sólo que tendiéndoselo a ciegas, obnubilado ante la contemplación de su perfil -que se concentraba en el rutinario movimiento de guardar el boleto en el
bolsillo exterior de la cartera-, incapaz de comprender cómo había sido posible que la fortuna lo hubiese agraciado con semejante premio aquella mañana.
Hasta que el guarda le tendió el boleto de regreso, y los increíbles ojos de gata de la mujer -una vez desentendida del propio boleto- se clavaron en los suyos, sorprendidos con la guardia baja, muertos de vergüenza, incapaces de esconderse.
Quiso -lo quiso con toda su alma- sostenerle la mirada. Pero no pudo.
La bajó hacia el boleto, volvió a esconderlo en el bolsillo superior del saco, y se entretuvo abriendo el paquete de caramelos, experimentando un rubor vigoroso y arrasador a lo largo de sus mejillas.
Entonces ella respiró muy hondo, o eso le pareció a él, mientras de reojo miraba cómo descruzaba y volvía a cruzar sus hermosas piernas, rozándole apenas la rodilla izquierda. Tal vez no fuera una inspiración, sino un suspiro; un suspiro hondo, por supuesto, muy hondo, que declamase en silencio el
inequívoco estado de sus sensaciones, acaso desbordantes como las suyas.
Y él, aún sin saber qué hacer, empujado hacia el borde del abismo tan violentamente que no pudo reponerse del vértigo que aquello le causaba, extrajo un caramelo, comenzó a pelarlo, y continuó contemplándose a sí mismo desde una postura casi externa, como si se hallase ubicado en el asiento de enfrente, mirando el cuadro completo de la escena, y se riese de su propia torpeza, actuando de manera mecánica, mientras ella seguramente lo miraba de reojo, o quizá -para aumentar aún más su pequeña gran humillación- le disparase una mirada directa, ineludible, como si en silencio le gritase un airado: "¿Y, qué esperás? ¿Te parece que tengo toda la mañana para vos?"
Se metió el caramelo en la boca, agradeció el dulce sabor a frambuesa sobre su lengua, y aunque le costase un enorme esfuerzo, decidió ofrecerle el paquete. "No vale la pena", pensó para sí mismo; "esta mina jamás podría darte bola". Pero a su vez, sabía que el NO ya lo tenía, y nada de lo que evitase
hacer podría cambiar ese estado de cosas. Así que contuvo la respiración, y saltó sin paracaídas.
Giró la cabeza hacia ella y le tendió el paquete, casi a punto de decirle algo, en el exacto momento en que el tren se detenía en la estación anterior a la que él debía llegar, ella se ponía esbeltamente de pie, luciendo un trasero tan consiste y maravilloso que lo dejó sin aliento, y avanzaba hacia la puerta con paso decidido, sin mirar hacia atrás. El mundo pareció derrumbarse para él, o mejor dicho: el mundo se le abalanzó a una velocidad inusitada, al aproximarse demencialmente hacia el piso y estrellar sus ilusiones, sin posibilidad alguna de poder reflotarlas. "La vida es una sola y hay que vivirla", solía decirle un amigo suyo. "Dejá de esconderte dentro de un libro".

Quiso ponerse de pie, seguir la trayectoria de aquel inaudito contoneo de cadera, con nalgas firmes y bamboleantes, y extender su brazo hacia delante, alcanzándole el paquete de caramelos, ofreciéndole una pequeña dulzura en compensación por tan inmensa y fantástica excitación. Llegar a posar unos
trémulos dedos sobre aquel hombro trajeado, apenas rozar la suavidad de aquel cabello oscuro, oler muy de cerca el cautivador aroma de su perfume. Decirle algo, conseguir articular aunque sea una única frase, alguna oración por la que ella pudiese recordarlo durante el resto del día, y hasta quizá aguardase hasta el próximo viaje en tren, en el que sus destinos volvieran a cruzarse, ambos
expectantes ante tamaña idea. Y contemplar una vez más, sin llegar a desprenderse de ella, menos aún de su recuerdo, ese glorioso par de ojos color turquesa, que parecieron querer atravesarlo momentos antes, y que ahora se fugaban en busca de un paisaje diferente.
Pero no pudo. Permaneció sentado donde estaba, contemplando esa delgada silueta que descendía con suprema elegancia el par de escalones que la separaban del andén, sin volver la vista atrás, atrayendo la mirada de cuanto varón se encontrase en los alrededores, mientras él aún sostenía el paquete en la mano,
con dedos sudorosos, cierta presencia se extinguía definitivamente dentro de su pantalón, y el libro que viniera leyendo hasta entonces resbalaba entre sus piernas hacia el suelo del vagón.

"La vida es una sola y hay que vivirla. Dejá de esconderte dentro de un libro".




*de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar





"El viaje no ha sido corto hasta aquí"*



Un tren de 57 vagones
con 56 clausurados
al menos por la biología

Entraré, doméstico
(y confluiré
y lo adoptaré
y lo encarnaré)
en el vagón 58

No diré:
"El viaje hasta aquí
ha sido largo".



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar





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Friday, March 07, 2008

EL TIEMPO OLERÁ COMO LA YERBA QUE NUNCA HA SIDO PISOTEADA...

Éste es el tiempo*


*Fayad Jamis


Éste es el tiempo con olor a fugas y
acechanzas,
el tiempo de las estrellas podridas y los
perros
ahogándose bajo el ruido de los balazos,
el tiempo de la paloma y el gorila,
el tiempo de las grandes bombas,
el tiempo de la desaparición de todos los pájaros
en los caminos del cielo.
¿Hacia dónde caminamos, hacia dónde
van nuestros pasos secos
y los pasos secos de los caballos que
rompieron las jáquimas
y los pasos secos de un corazón enorme
que ya no puede vivir entre las piedras?
Vamos hacia la madrugada limpia de los
bosques,
hacia el gran día de todos los ahorcados
y de todas las músicas
cuando el tiempo olerá como la yerba
que nunca ha sido pisoteada.



Fayad Jamis nació en Zacatecas, México, en 1930. Artirta plástico, docente, poeta. Desde muy joven vivió en Cuba. Una de las voces más relevantes y originales de su país. Por esta libertad (1963) y Abrí la verja de hierro (1973) se cuentan entre sus poemarios más difundidos. En 1985 apareció su antologia poética La pedrada. Falleció en La Habana en 1988.

*Fuente: LA HOJA CARMIN. Dirección: Eduardo Dalter. cuadcarmin@yahoo.com.ar







EL TIEMPO OLERÁ COMO LA YERBA QUE NUNCA HA SIDO PISOTEADA...






REMINISCENCIAS DE SOLANO Y ALREDEDORES A FINES DE LOS CINCUENTA*


Con el paso de los años, los recuerdos cobran nuevas dimensiones. Sea por las experiencias; sea por las meditaciones de tiempos idos. Sea por los estudios sistemáticos o asistemáticos que uno ha venido haciendo.
Pocos días atrás el aparcero Coiro reflejaba en Inventiva, su testimonio de San Francisco Solano de cuatro años atrás. La nota me "pego" en mi sensibilidad, porque hacia pocos días que había pasado por Solano y, recordado cuando solía pasar por allí a fines de los cincuentas rumbo a la casa de mi abuelo materno en Monte Chingolo. Entonces mis recuerdos se emparentaron con los de los veteranos (o sea mis coetáneos) de que escribe Coiro. De tiempos que para lo que pasamos los cincuenta tienen un sabor a
"edad dorada", al que las miserias multidimensionales posteriores contribuyen a afianzar, aunque se nos quiera atajar con aquello que para los viejos "todo tiempo pasado fue mejor".
No es fácil separar como sentía uno esas cosas en otros tiempos, de cómo las siente con la perspectiva del tiempo. Hay incluso hasta un conflicto interno, porque sabemos que más de uno o una la vende cambiada, o la va alterando de acuerdo a sus conveniencias. No es infrecuente que cuando uno
hace preguntas sobre el pasado a gente que supone tuvo algo de protagonistas, el deponente termine diciendo que la historia fue como fue gracias a su imprescindible intervención."Pateticas miserabilidades" les decía don Hipólito. Además esta el hecho, que uno no puede andar consignando
en un diario íntimo todo lo que piensa o dice. Y no puede andar con un escribano al lado, dando fe publica de lo que uno dice o hace. Por supuesto que esto relativiza mucho la historia y que me caen la generales de la ley, para lo que pase a decir.
Pero el asunto que hacia fines de los cincuenta, - ya Frondizi era presidente- viajaba con bastante frecuencia entre Ensenada, donde vivía con mis padres y hermanas, y Monte Chingolo donde vivía mi abuelo materno con su familia. Para ello tenia que ir hasta La Plata, tomando dos colectivos, para
tomar el tren en la estación del "Provincial". Creo que todos los chicos de esos tiempos teníamos un rollo especial por los trenes. Los trenes a cuerda eran uno de los juguetes preferidos de esos tiempos. Tenía ya asimilada la estación del Ferrocarril Nacional General Roca, a la que mis padres o mi abuela materna me llevaban con mucha frecuencia. Pero aquella estación del Provincial me parecía algo misterioso. Tiempo después me enteré que así la llamaban porque había pertenecido al ferrocarril de la Provincia de Buenos Aires, que siempre fue del Estado, aunque provincial hasta 1951, cuando aprovechando la caída en desgracia del gobernador Mercante, el Estado nacional lo pasó a su orbita.
Bueno, desde aquella estación tomaba un tren que llegaba hasta la estación Avellaneda, esa que se veía desde arriba del viaducto Sarandi. Una construcción de tipo colonial, hoy sede del museo ferroviario provincial, que había sido inauguraba a mediados de los años 30, como ese ramal que conectaba con el hoy desaparecido mercado de lanas y daba acceso a este ferrocarril al puerto de Buenos aires.
Ya no me acuerdo si las maquinas eran a vapor o diesel, pero si me acuerdo que de vez en cuando se cruzaban en las estaciones, era de una sola vía, con una especie de coches motores de un solo vagón color rojo. Píensese que yo era un chico de entre 10 y 11 años que viajaba sólo. Los vagones de madera eran muy antiguos, como lo fueron hasta fines de 1976, cuando el servicio fue desactivado y los rieles levantados. Me acuerdo que tenían los vidrios biselados con el logo del ferrocarril provincial, todo ello confeccionado por los Talleres propios del ferrocarril, de los que luego se apropió el ferrocarril Belgrano y hace pocos años fueron privatizados.
Me entretenía en los viajes, contando las estaciones. Todavía las recuerdo: Gambier, Segui, Gorina, El Pato, Ingeniero Allan, Gobernador Monteverde, San Francisco Solano, Parada Pasco, Monte Chingolo y Avellaneda. Me puedo olvidar o confundir alguna. Me acuerdo que era casi toda zona rural desde Seguí o Gorina hasta Ingeniero Allan. Allan estaba atrás de la rotonda Alpargatas y allí estaban haciendo los grande loteos de La Carolina, con sus tradicionales para entonces carteles rojos con letras blancas, que
caracterizaban a las compañías que remataban los lotes del conurbano (Boracchia, Vinelli, etc...). Luego acercándose a Monteverde, a pocas cuadras del actual centro de Florencio Varela comenzaban los caseríos. Todas calles de tierra, eran casitas humildes, pero no villas. Y se pasaba por Solano, que tenia entonces fama de ser un lugar "pesado". Entre los chicos se decía que "El halcón", o sea la línea 148, de colores amarillo y verde que hacia o hace le recorrido Varela-Constitución, había puesto un ramal a
Solano, pero que ese ramal no entraba cuando caía el sol, por los asaltos.
Eso no se si era cierto o si era parte de una leyenda suburbana, porque la escuché décadas después en los barrios de San Miguel. .
La parada Pasco, estaba junto en el cruce con el Camino de Cintura. Yendo para Avellaneda a la derecha, se erigían los inmensos galpones del IAPI, que llamaban mi atención por cantidad y tamaño. Ya entrando en la adultez aprendí que el IAPI (Instituto Argentino para la Promoción del intercambio), fue uno de los más poderosos instrumentos de soberanía económica con que contó el país, ya que tenía el monopolio estatal del comercio exterior e interior. Había sido creado a fines de mayo de 1946, sobre la base de una institución similar creada cinco años antes y fue disuelta en octubre de 1955, en el breve
interregno del dictador golpista Lonardi. El predio, ya devenido en un arsenal del ejército, se hizo famoso por el intento de copamiento de la guerrilla en diciembre de 1975, y la sigla la ha adoptado la villa que se erigió con posterioridad. La cuestión es que a medida que el ramal se acercaba a Avellaneda partir de Pasco, corría casi encajonado por las industrias que por allí proliferaban. Nunca olvidare ni los olores ni los ruidos de las maquinarias. Y era muy común no caminar entre basura, sino entre sobrantes de viruta de hierro o recortes de chapa de lo que producían los talleres, alli donde todavía pasaban los tranvías eléctricos y los carros tirados por caballo, con las cargas mas varias. Por ese entonces llegue a ver por la zona un carro de carnicero. Me acuerdo de otra vez que llovía, y allí los barrios eran de calles de tierra. Los Municipios o las sociedades de Fomento construían canillas públicas y veredas con baldosones de cemento. Una tarde después de la lluvia, vi una novia que caminó algunas cuadras con su traje blanco recogido para no embarrarlo, porque el coche que la llevaría hasta a iglesia, sólo llegaba hasta el asfalto.
Las viviendas eran humildes pero todos la iban mejorando. Tal vez empezaban por una prefabricada de madera, pero enseguida aparecían los ladrillos. Y entre ellas se iban erigiendo las fábricas. Recuerdo cuando los Di Tella montaron la fabrica donde se hicieron lo míticos Siam Di Tella 1500, y los menos recordados Magnette¸ la pick up Argenta, y hasta se intento fabricar un camión pesado Tornicroft. Con el análisis luego entendimos que toda esa euforia económica, que capitalizaba Frondizi, con su régimen de industria automotriz a la postre ruinoso para el país, era nada más que la inercia del sistema puesto en marcha entre 1943 y 1955, y que entonces no se advertía que se estaba comenzando lentamente a desmontar. Recuerdo que una vez un puntero frondicista, organizó en el barrio una excursión a Luján y claro los vecinos no hacían disquisiciones ideológicas paseaban y se divertían. A veces los militantes, que cuando optan por la disidencia pasan por situaciones de penuria y hasta dan la vida por sus idearios, suelen soslayar, la vida cotidiana de la gente. En ese entonces todo parecía una fiesta. Ese tren iba atiborrado de gente que iba a trabajar a las fábricas, lo mismo los tranvías y ya empezaban a circular por allí, las extensiones de las líneas de colectivos que también iban llenos. No se cuanto de cierto
tiene la actual pregonada inseguridad del conurbano, pero yo niño andaba de un lugar a otro. Un día de andariego que era y sigo siendo, me fui caminando desde la casa de mi abuelo en Chingolo hasta la cancha de Banfield -debe ser uno de los pocos partidos de fútbol de una división mas o menos superior que vi en mi vida, exceptuado la campaña de Defensores de Cambaceres de 1959- (campeón de la primera C por añadidura) de los que vi todos los partidos de local, porque mis viejos no me dejaban ir a las de visitante. Bueno, no se cuanta distancia, había, Recuerdo que caminé mucho, vi la fabrica Di Tella por el camino, eran sitios que estaban dejando de ser campo para ser ocupados por las construcciones del tipo que comenté antes. Jugaban el local con Dock Sud, me acuerdo del arquero y los dos zagueros de Banfield: Cozzi, Mousegne y Vendazzi. Mirando las estadísticas de fútbol, uno pude inferir en que fecha hice la travesía.
Se mezclan como dije antes los recuerdos con lo conocido con posterioridad.
Así, hace algunos años, tome como libro de consulta una historia del la ingeniería argentina que el Ingeniero Vaquer, escribió en 1962, pero Eudeba publicó en 1968. Vaquer que hace fe de su antiperonismo, usó su precisión ingenieril para registrar lo que había pasado en la industria argentina. Y de la información que consigna, y tomando como comparación el sí libro de propaganda peronista de "Emancipación Económica Americana" de Warren, publicado y profusamente difundido en 1948; podemos inferir porque aquella bulliciosa actividad, y porque hay tanta añoranza en aquellos barrios que de ser albergues de esperanzados trabajadores migrados del interior, pasaron a ser contenedores que quienes alteran la changa, el cartoneo, el piquete, y a veces en la desesperación en que se los sumió, y desde la que se los manipula; con el choreo y la droga berreta..




*de Alfredo Armando Aguirre. choloar@rocketmail.com








La tierra incomparable*


(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto



CUARENTA Y UNO



Silvana frenó frente al embarcadero viejo, salió del co­che, dio la vuelta y ayudó a Agata a bajar.
-Mañana paso por el albergue a la hora de la cena
-dijo.
Arrancó, saludó sacando un brazo por la ventanilla y partió hacia el embarcadero nuevo. Desde donde estaba, Agata podía ver el transbordador y los coches encolumna­dos que desfilaban por la planchada de acceso. Se quedó ahí hasta que el trasbordador se separó del muelle y co­menzó a alejarse, lento, con las luces prendidas. Entonces pensó que no lo había tomado una sola vez y sintió que a su viaje le faltaba algo: una travesía del lago. Mientras ca­minaba y se detenía en las vidrieras de los negocios, la acompañó la molestia de esa carencia. Todavía estaba a tiempo de hacerla, le quedaba el domingo. Le resultó cu­rioso pensar que finalmente tendría que hacer sola el cruce a Coseno.
Era anochecer de sábado y el pueblo entero había sali­do a la calle. Las confiterías estaban llenas. Grupos ruidosos de muchachas y muchachos iban y venían o permane­cían detenidos en las plazas y en los cruces. Se gritaban co­sas al pasar, intercambiaban manotazos amistosos, bro­meaban. A Agata le agradó moverse sin prisa entre la multitud, dejarse llevar por las callejuelas céntricas, si­guiendo la corriente, el recorrido obligado que en los días de fiesta, desde sus años de juventud y todavía al cabo de varias generaciones, no se había alterado. Se dijo que cuando se cansase de caminar elegiría una mesa con bue­na vista y se sentaría a tomar un café.
En una de las calles descubrió un muchacho negro apo­yado contra la pared. Era alto y flaco. A su lado, en el sue­lo, sobre el empedrado, había colocado una loneta con sus productos expuestos para la venta: collares, caballitos de madera y cajas con incrustaciones de nácar. Pero no los ofrecía, no hablaba. Miraba al frente, sin pestañear, sin cambiar de posición, como si no viera la multitud que iba venía. Tampoco los que paseaban miraban al muchacho negro. Agata se detuvo y pensó que ahí, quieto, oscuro, en medio de aquel desfilar de gente, resultaba muy visible. Era un pensamiento extraño, pero mientras estuvo parada y observándolo no pudo dejar de considerar lo diferente, lo evidente que resultaba aquel negro en la calle estrecha, en la despreocupación del anochecer del sábado, entre los grupos de jóvenes ruidosos y bien vestidos. Y esas consideraciones resonaban en ella como una señal de alerta, la presencia de un peligro.
A sus espaldas había una confitería cuya puerta se abría y se cerraba todo el tiempo. Un muchacho corrió detrás de una chica, la atrapó, la besó mientras ella, divertida, chilla­ba y se defendía, y el grupo que los acompañaba no paraba de saltar alrededor, alentando y aplaudiendo. Pasó un ma­trimonio joven con un nene que ensayaba los primeros pasos. Pasó una pareja mayor ataviada como para un casa­miento. Pasó un hombre sujetando un gran perro.
Después, desde alguna parte salió disparado un cigarri­llo encendido, cruzó el aire, golpeó en la cara del negro y cayó sobre la loneta. Agata miró hacia su derecha porque le pareció que había partido desde ahí. Pero no vio ni oyó nada particular. Ningún movimiento, ninguna risa o co­mentario o elogio sobre la buena puntería. La calle seguía igual que antes. En el muchacho negro no hubo reacción, ni siquiera buscó alrededor con la mirada. Era como si hu­biese estado preparado de antemano para asimilar la agre­sión. Vio que la colilla había caído entre sus cosas, se aga­chó y con la punta de los dedos la golpeó un par de veces y la barrió fuera de la loneta. Tampoco sus gestos revelaban desconcierto o intranquilidad. Quitó la colilla como quien quita una hoja seca, un pedazo de papel, una pequeña ba­sura traída por el viento. Luego volvió a enderezarse y a mirar al frente, con la misma actitud distante, la misma mansedumbre en los ojos, que hacía pensar en resignación o en una gran paciencia.
Agata se quedó donde estaba, esperando, espiando alre­dedor. No vio más que lo que había visto. Pero la asaltó la molesta sensación de que aquel desfilar lento, la gente de­teniéndose en las vidrieras y saludándose, las risas y la eu­foria juveniles, eran en realidad un simulacro. Como si se estuviese llevando a cabo una ceremonia en la que interve­nía el pueblo entero, y cuyo punto de convergencia era esa pared, y contra la pared ese muchacho negro y su loneta con la mercancía expuesta. Y que la aparente indiferencia, aquel pasar sin ver, aquel ignorar, ponían todavía más en evidencia al que estaba solo y tenía otro color de piel y se­guramente hablaba otra lengua.
Esperó todavía, pero no pasó nada más. Siguió caminando. Se detuvo y se dio vuelta un par de veces. Mientras se alejaba trataba de convencerse de que había sido una agresión sin importancia, la broma de algún muchacho lu­ciendose ante los compañeros, una prepotencia mínima amparada en el anonimato.
La calle desembocaba en una plaza empedrada. Más allá estaba la avenida costanera y el lago. Agata se dijo que era hora de tomar su café y se puso a pensar en cuál de las confiterías se sentaría. Optó por una donde ya había ido con Silvana, del otro lado de la plaza, bajo una arcada don­de parpadeaba un letrero luminoso rojo.
Entonces oyó voces a sus espaldas, Se dio vuelta y vio al negro que avanzaba corriendo, esquivando gente. Detrás, venían tres, cuatro, cinco muchachos persiguiéndolo. Uno estaba muy cerca y alcanzó a manotearle la campera. El negro, esforzándose por liberarse, dio un giro completo so­bre sí mismo, y el otro, arrastrado, se fue al piso y lo soltó. Alguien gritó. Una voz de mujer. El negro encaró por la plaza, alcanzó la avenida y la cruzó viboreando entre los coches. Se oyeron varias frenadas. Los que lo perseguían se abrieron en abanico, para obligado a dirigirse hacia el agua. El fugitivo amagó a la derecha y luego a la izquierda, vio que tenía ambos caminos cerrados, siguió hacia la ba­laustrada, pegó un salto y quedó parado arriba, sobre uno de los pilares de cemento. Permaneció ahí, flaco y oscuro contra la negrura del lago, los brazos abiertos, mantenien­do el equilibrio. Parecía un pájaro de patas largas. Todavía giró una vez la cabeza para ver a sus perseguidores que ahora se cerraban hacia ese sólo punto y ya lo estaban al­canzando. Entonces se zambulló.
Todo había ocurrido casi en silencio. Salvo el de la mu­jer, no hubo otros gritos, ni insultos, ni llamados, ni órde­nes. Al cabo de la estampida breve, quedó en el aire la sensación de que algo molesto acababa de suceder. Pero nada más que eso. Había sido como una rapidísima escena de una película muda que se hubiese filtrado en la placidez del anochecer del sábado, sin contaminada, sin alterarla. Un relámpago en un cielo sereno, un cuadro que cae en una sala de objetos en reposo.
Todo el mundo se dirigió hacia la orilla. También Agata cruzó la avenida y se asomó a la baranda sobre el agua. Vio al negro que nadaba hacia adentro. No estaba lejos, a unos treinta o cuarenta metros. Dejó de bracear, giró y mi­ró a la gente. Volvió a nadar y siguió alejándose. Otra vez se detuvo y ahora estaba en el límite de la zona de luz pro­yectada por los faroles de la costa.
El grupo de curiosos se agrandaba. Algunos recién lle­gados, que no habían visto nada, hacían preguntas. Al­guien informaba y señalaba hacia el agua:
-Allá está. Un negro.
-Lo veo.
-¿Qué hizo? ¿Robó?
Junto a Agata, un hombre gordo, en voz alta y tono di­vertido, comentó:
-No es nada, no pasó nada, los muchachos sólo se en­tretienen, toman un poco de cerveza y les da por divertirse.
Agata no supo si hablaba en serio o ironizaba. Aquel discurso le recordó a Toni.
Durante un rato la gente miró hacia el agua con una cu­riosidad distante. Después se fue retirando y volvió al pa­seo y a las confiterías. El negro no había cambiado de lu­gar. Sólo movía los brazos para mantenerse a flote. Era un bulto oscuro que subía y bajaba en el oleaje. Agata se pre­guntó qué vería, qué sentiría ese muchacho ahí, en la no­che, con las luces del pueblo frente a él, con la gente mi­rando desde arriba como en un palco de teatro. Qué pasaría por su cabeza de inmigrado, de desterrado. Un muchacho negro, venido desde lejos, desde los cálidos paí­ses africanos, solo en una fría región del norte, entre mon­tañas, expulsado del mundo, excluido de la solidaridad, buscando refugio en el agua helada de un lago para huir de la violencia.
Después el negro empezó a nadar de nuevo, se alejó más, pareció que se desplazaba paralelo a la costa, se fue perdiendo, desapareció. Los pocos que aún permanecían apoyados al parapeto se dispersaron. Agata se quedó, tra­tando de distinguir algo. Pero ya no vio nada más. Frente a ella tenía la gran noche cerrada del lago y al fondo, en la otra orilla, la mancha de Coseno que brillaba en la negrura como un puñado de piedras preciosas.



*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.








Parque Las Heras*



UNO


- Ahí vienen.
- ¿Dónde?
- Allá – Marcos estira el brazo-. Ahora van a aparecer por ese caminito que está al costado de la escuela.
- No me digas que viene otra vez con la nena – dice Agustín.
- Sí, te digo – confirma Marcos.
- A ver…
Agustín agarra los binoculares, hace foco, se separa unos centímetros del aparato, los mira como si anduviesen mal y se los vuelve a calzar en el medio de los ojos:
- ¡Que vieja de mierda y la concha de su madre! –se aleja unos centímetros de la reja y le pega una patada que la hace vibrar como si fuese de cartón.
Los hermanos Poncio están en el balcón terraza de uno de los tantos edificios levantados frente a la plaza -o parque- Las Heras, sobre la avenida Coronel Díaz. En el último piso vive Marcos, el hermano menor, con su novia, una brasilera de veinte años. Son las diez de la noche del viernes y hace frío a pesar de estar en noviembre. El cielo está taponado por una capa de nubes de color rosado y el viento sopla con fuerza. Una lata de cerveza Quilmes de medio litro se arrastra por las baldosas de la terraza.
- La trae para cubrirse, loco, ¿o vos no sabés como es esto? - Marcos se da vuelta y queda frente al hermano.
- Ya sé, loco, pero no da -Agustín se acomoda con las manos la gorra jamaiquina que le cubre la cabeza-. No me cabe que venga con la nena. Y el otro día se lo dije.
- ¿Y yo que te dije? -retruca Marcos-. ¿Qué te dije? - repite.
Agustín camina hasta la mesita ratona de hierro de color blanco que está en el medio de la terraza. Se llena otro vaso de whisky, le pone dos hielos, toma un trago y desde ahí, a unos tres metros de distancia, insiste:
- La nena tendría que estar mirando dibujitos, no caminando de la mano de una tranza a esta hora de la noche.
- No empieces de nuevo con esa historia –se queja Marcos, de espaldas, perdido en el paisaje nocturno de los binoculares. Las zapatillas Nike de trescientos pesos están nuevitas, brillan.
Suena el celular de Marcos. Lo saca del bolsillo del pantalón y atiende: “Hola, bebé”. Camina hasta donde está su hermano y le da los prismáticos. Camina por la terraza, se ríe, frena, vuelve a avanzar, “te compré un conjuntito rojo”. En el fondo de la terraza se cruza con la lata de cerveza, le pega una patada y la estampa contra la ligustrina que cubre la pared.
Agustín va hasta la baranda, se agacha, apoya la espalda contra los hierros fundidos de color verde, y saca de la campera de jean un papel glacé plateado doblando en varias partes. Lo abre: le queda muy poco pichi. Con una tarjeta de crédito que saca de la billetera carga un tirito y se lo aspira de un saque. Cuando se para, pega un nariguetazo que le termina de bajar a la garganta el gusto ácido de la cocaína.
Marcos corta, se guarda el teléfono en el bolsillo y camina hasta la reja. “Limpiáte la nariz, nene”, le dice al hermano. Agustín se pasa la mano por la nariz. Marcos le saca los binoculares de las manos, se apoya contra la baranda y vuelve a enfocar hacia la plaza.
- Ahí están... - con el dedo marca hacia una arboleda que está a la izquierda, al costado de las canchitas de fútbol de Marangoni. Y agrega:- siempre anda con ese bolso del orto del año veinte.
- Bien que cuando lo abre se te abren los ojitos como a un nene con chiche nuevo– dice Agustín, y se aleja hacia la mesita de hierro blanco.
- Capaz que a vos no – lo bolacea Marcos, de espaldas.
Agustín hace se toma lo que queda del whisky. Se acomoda la gorra, aspira un poco de aire fresco: un escalofrío le sacude el cuerpo como si fuese un perro gran danés al que acaban de tirar un balde de agua fría. Vuelve hasta la baranda.
- La otra vez le compramos dos kilos de merca, loco, dos kilos, y no nos quiso bajar ni un solo peso –los ojos del grandote brillan-. Y encima se trae a la nena.
- Estás tomando mucha milonga, nene –le dice Marcos.
- ¡Chupáme la pija, guacho! –reacciona el grandote-. ¡No me quemés más la cabeza con el tema del pichi!
- ¡¿Que te pasa grandote salame y la concha de tu madre?! –Marcos se le pone a un centímetro de la cara, le roza la nariz con la suya -: a ver si la entendés de una vez, vieja… –se aleja un poco, mueve el brazo, escupe- esto no es un compra venta de salchichón: la reventada esa es la que corta la pizza; parece un mulo pero no es ninguna gila. Si la llegas a bardear, se pudre todo.
Abajo, en la calle, se escucha el paso de un camión al que le cuesta mucho hacer la subida de Coronel Díaz. El cielo está cada vez más grisáceo anaranjado.
Agustín, como cada vez que su hermano le pone los puntos, baja la cabeza y mastica su propia mierda. Levanta la cabeza y sin desafiarlo, pero con tono seguro, le dice -: está bien, loco, pero decile a la vieja que no traiga más a la nena.
Una correntada de aire hace revolotear las copas de los árboles del parque. La lata de cerveza, al fondo, pega saltitos contra las baldosas.
Suena el timbre.



DOS


Los hermanos Poncio son de Villa Urquiza. Agustín vive con la madre en la misma casa donde nació, creció y se formó. Tiene treinta y tres años y no estudia ni trabaja: vende cocaína. Es tan grandote que se lo ve venir desde la otra cuadra. Camina lento, parsimonioso y siempre anda con una gorra de lana con los colores de Jamaica adherida a la cabeza. En la intimidad, dentro de las cuatro paredes de su habitación, parece una morsa pesada y enferma, todo el día tirado en la cama. Pueden pasar dos o tres días enteros en los que no hace otra cosa que dormir, o hablar por teléfono con la mirada perdida en el techo. Sólo sale de su habitación para ir al baño o a la cocina. Pero en la calle es distinto: buen humor, chispa, chiste fácil. Se hace querer, bonachón, gamba, nunca te deja tirado, es el último en irse de cualquier joda.
Agustín no tiene, ni tuvo, novia. No es el tipo más lindo de la cuadra: ojos saltones, la cara redonda como una galleta paraguaya y con algunos pocitos, muy alto, un poco de panza, piernas flacas. Y su peor enemigo es la timidez, por lo menos con ellas. Pasó el tiempo, los chicos se pusieron grandes –él y sus amigos-, cada uno se refugió donde pudo, se las rebuscó, puso acá, apostó más allá, y él fue por la fácil: putas. Un tiempo con una, después con otra, rubias, morochas, todas pendejas hermosas. A veces se pasa dos días dentro de un telo. Ella, tomándo, mucho, de la mejor. Él, acompañado, física y emocionalmente, también tomando.
Vende falopa hace diez años. Trabajó menos de un mes en un restaurant como ayudante de cocina pero como no le pagaban muy bien se las tomó. La familia, y algunos amigos, le quemaron la cabeza para que se deje ayudar, pero el tiempo pasó, no tuvo reacción, y se quedó en la de él, la que mejor conocía: la calle. Ahí si que el grandote era -es- grandote. Al principio un papel, dos, después una bolsa de cinco, diez, y al tiempo cien gramos o directamente panes de medio kilo de merca. Y no lo hacía para hacer plata sino para tener siempre una bolsa en el bolsillo. En una noche puede ganar una, dos lucas limpias. Pero también se la puede gastar en un par de horas y quedarse con dos pesos para el bondi. De vender papelitos en la cuadra pasó recorrerse la ciudad de punta a punta varias veces en una misma noche llevando droga de primera a los mejores boliches, casas y fiestas. Lo pasan a buscar en auto, en moto, le mandan taxis. El grandote es un imán: es le pegan todos.
Sus amigos, los pibes con los que creció, también consumen, pero menos. Y no venden. Ninguno estudia pero la mayoría labura o se tomó el palo para probar suerte en otro lado, alguno tuvo un hijo. Le hablaron mil veces, se la quisieron hacer entender, dejate ayudar, grandote, vas a explotar como un sapo, porque no te internas un tiempo, después salís, le proponían. Agustín bajaba la cabeza, se le humedecían los ojos, estoy enfermo, decía, pero al otro día todo empezaba otra vez.
La madre, Clara de Poncio, bajó los brazos. Hace tiempo que perdió la pelea. La mujer no era de hablar, más bien callaba, pero cada tanto reventaba y lo ponía contra la pared, desesperada. “Sos la sombra de mi hijo”, le gritó una vez en la puerta del baño, tirándose de los pelos. El grandote la abraza, le dice que va a estar todo bien. La señora se cansó y asumió que no había manera, que lo mejor era cuidar hasta donde pudiese a su hijo. Le hace la comida, le plancha la ropa, le prepara los bolsos cuando se va por unos días a lo de un amigo que vive en el campo, le pone unos sándwiches en una bolsa y le dice que no se desabrigue allá que se pone fresco cuando baja el sol. Eso si, dijo una vez: por lo menos no roba.




TRES


- ¿Qué tal, Antonia? –Marcos le marca el camino con el brazo desde el lado de adentro del departamento. La soga de oro que le cuelga del cuello le brilla con las dicroicas del hall de entrada.
La mujer, de unos cincuenta años –parece de setenta-, menuda, ojos negros chiquitos como dos bolitas de alquitrán, agradece y pasa. En una de sus manos trae el bolso de cuero. En la otra, a la nena.
- Frío, ¿no? –dice el dueño de casa mientras enfila para el comedor con las dos mujeres a su espalda.
- No se puede creer –se queja Antonia, afónica, los dientes marrones por el tabaco -, ni en el tiempo se puede confiar.
La nena trae puesto un vestidito blanco, con unos dados de color rojo pintados a mano. Tiene puesto un saquito de hilo y unas zapatillas de lona. Es alta, espigada. No se ríe, nada. Se acaricia las uñas con la yema del dedo gordo, una por una. Mira el suelo.
- ¿Cómo andan los pibes? – pregunta Marcos.
- Más o menos –Antonia saca el paquete de cigarrillos de uno de los bolsillos del jean-. A los mellizos parecía que los largaban pero la causa se trabó no sé porqué historia rara. Ahora hay que esperar –prende el cigarro, le pega una pitada, se guarda el encendedor y el paquete, tira el humo hacia el techo -. Anda a esperarme afuera – le ordena a la nena.
A Marcos le suena el celular. Atiende y dice que ahora no puede. Corta. Prende el equipo de audio, pone la radio, cualquier emisora.
La nena da la vuelta por un pasillo y encara para la terraza. Abre la puerta corrediza y sale. Agustín está sirviéndose otro whisky. Cuando la ve, le sonríe. Se acerca.
- ¿Cómo estás?
- Bien.
La nena empieza a saltar en su lugar. Abre y cierra las piernas como en una clase de gimnasia. Golpea sus manos contra una figura imaginaria de su misma estatura, tararea una canción. El grandote le saca cuatro cuerpos, parece la heladera de una casa de ricos. Hace una carpa con una de sus manos y se prende un cigarro. Se agacha y se pone frente de la nena.
- Ya nos vimos dos veces y no sé como te llamas –le dice con la cara de costado, tirando el humo.
- Azul – contesta ella, siempre en movimiento, y se saca de encima el humo con una de sus manos. Se distrae con la gorra jamaiquina del grandote. Sigue saltando.
- ¿Te gusta? –él se toca la gorra, la acomoda con las dos manos.
- No.
- ¿Querés tomar algo? –Agustín pita de nuevo su cigarro.
- Coca.
- Esperáme acá.
Agustín se para, le pega una última pitada a la colilla, la hace volar con los dedos y abre la puerta corrediza. Cuando pasa por el comedor, frena. Su hermano menor y Antonia se dan vuelta para mirarlo. En la mesa de vidrio hay dos ladrillos de cocaína de un kilo cada uno, prensados en papel madera, envueltos en nylon transparente y cinta aisladora. Marcos le da la espalda. Con la punta de una navaja levanta un poquito de merca rosada boliviana. La deja caer sobre el vidrio.
- ¿Qué tal, Antonia? –pregunta Agustín, mirándola a los ojos.
- Acá me tenés, nene, trabajando.
- ¿Vino bien el pichi? -pregunta de mala gana, mientras con la uña de uno de los dedos de la mano derecha rasquetea una mancha que hay en la pared
- No sé, ¿vos que decís? – y apunta con la pera hacia la mesa.
- Anda, Agustín –dice el hermano menor, con la punta de la navaja a un centímetro de su nariz.
Agustín da media vuelta y se va.
Entra a la cocina, saca de la heladera la coca de litro y medio, la abre, llena un vaso hasta el tope y lo deja sobre la mesada. La efervescencia de la gaseosa rocía la mesada. Guarda la botella y cierra la puerta de la heladera de un portazo. Saca su papel del bolsillo de la campera, lo abre y carga un toque de merca con la uña del dedo meñique. Acerca el dedo a la nariz y aspira. Carga de nuevo y toma del otro lado. Se moja el dedo con la lengua, acaricia la alfombrita blanca y después de nuevo a la boca. Se pasa la lengua dormida por los labios. Cierra el papel y lo guarda en la campera. Sale de la cocina y vuelve a pasar por el comedor sin mirar ni decir nada.
Cuando abre la puerta de la terraza ve que la nena está subida a una banqueta, con la baranda a la altura de la cintura, medio cuerpo afuera, mirando hacia el parque con los prismáticos. El saquito se le levanta por la fuerza del viento. Agustín deja el vaso de coca en la mesa y va al trote hasta la baranda. Agarra a la nena de la panza con las dos manos y le dice que se puede caer.
- Dejáme –se queja ella. Y se despega de las dos manos del gigante.
Él le aprieta la cintura, le arruga el vestidito.
- Bajá – le ordena. La levanta y la pone en el piso. Una ráfaga de viento le revolotea los pelos lacios a la nena y un mechón le queda sobre los ojos.
-¿Quién te pensás que sos? – dice ella, ofendida, mientras se agarra el pelo con una hebilla.
- Agustín... ese pienso que soy – dice él con cara de payaso -. No te subas a la baranda. Si querés mirar, hacelo desde acá... mirá – Agustín se agacha y pone la cara detrás de la baranda: - desde acá se ve joya.
- Tenés merca en la nariz –le dice ella mientras se agarra otra parte del pelo, con otra hebilla.
Otra ráfaga de viento, más fuerte que la anterior. Los árboles se mueven para todos lados. La lata golpea contra las patas de la mesita de hierro blanco, en el medio de la terraza.
- ¿Cuantos años tenes, Azul? –el grandote se limpia la nariz con la mano.
- Diez.
- Sos muy chiquita para hablar de esas cosas.
- No soy chiquita.
Agustín se para. Apoya las manos en la baranda y mira hacia el parque. Se acomoda la gorra de la cabeza y dice:
- En la mesita te dejé la coca.



CUATRO


Marcos también creció en Urquiza. Fue a la misma escuela y al mismo colegio que su hermano pero no sólo no repitió ningún año sino que hizo toda la secundaria de un saque, con los ojos cerrados. Hizo amigos, conoció chicas, y, en general, la pasó bien. Cuando estaba en tercer año empezó a parar con los amigos del hermano, y el hermano. Y al toque tuvo que pagar derecho de piso: una noche, tarde, en la plaza, el Piturro lo bolaceó porque andaba con una minita que ya se había movido a un par. El menor de los Poncio no se comió ni la punta y se le plantó. Cobró de lo lindo pero también pegó. Agustín no se metió. Al poco tiempo, en un recital de La Renga en la cancha de Platense –fueron casi todos los pibes-, y por otra minita, se armó una batalla campal a un costado del escenario. Marcos estaba enloquecido y le rompió la mandíbula a uno y varias costillas a otro. A él le tuvieron que acomodar el tabique y darle un par de puntos en la cabeza pero a partir de esa noche, antes de delirarlo por pendejo, bagallero, narigón, o lo que fuese, había que pensarla dos veces. El grandote, a pesar de ser un ropero, casi dos metros de altura, más de cien kilos de peso, pasó a ser su sombra. Dentro y fuera de la casa.
Marcos empezó a trabajar cuando todavía cursaba cuarto año. Le pidió un poco de plata a la madre, un amigo le dio el resto y en menos de una semana se había comprado una chata con la que hacía fletes en una colchonería. Poncito, le decía el patrón, un gallego que le había tomado cariño. Marcos siempre andaba pilas, iba y venía, la cumbia a todo lo que da dentro de la cabina de la camioneta, buen ánimo, cumplidor. Se drogaba bastante, pero en general solo los fines de semana. Y si mezclaba con alcohol, terminaba fajando a cualquiera que lo mirase mal. Al poco tiempo le reventaron la casa: habían boleteado un rati en Nuñez y a la otra noche reventaron media ciudad. Él tenía guardado unos fierros debajo de la cama y alguien lo había cantado. Después del año preso por tenencia de armas de guerra, reculó. Sólo, con mucha confianza en si mismo, dejó de tomar falopa. Fumaba porro, eso si, en cantidad, pero dejó la milonga. Y ahí empezó a vender.
A Poncito las minas se le pegaban como moscas. Iba al gimnasio, tomaba anabólicos y comía sano. Con la guita que le empezó a dejar la merca se fue a vivir solo, cambió la camioneta y se puso un lavadero de autos –que hoy en día se lo administra la madre-. Agustín es el proveedor de merca del hermano, un tipo con muchos contactos en la noche. La merca que vienen moviendo es una sustancia de máxima pureza que llega directo de Salta, por medio de un ex comisario –ex cuñado de un pibe del barrio, el Gallego- que cumple funciones antinarcóticos en un destacamento fronterizo con Bolivia: la gente se las saca de las manos.
Hace ocho meses que Marcos se alquiló un departamento en una de las zonas más paquetas de la ciudad: el parque Las Heras. Se fue a vivir con Camila, una brasilerita que conoció en la noche porteña.



CINCO


Llueve. Los gotones revientan contra las baldosas. El viento se arremolina contra la baranda de la terraza y las hojas vuelan enloquecidas.
Agustín abre la puerta corrediza, pone un pie dentro del departamento y le hace señas a Azul para que lo siga. La nena se acerca y pasa para el otro lado. El grandote, antes de cerrar, sale y agarra el vaso de whisky de la mesita. Vuelve y cierra la puerta de un saque. Las gotas golpean contra el lado de afuera de la ventana y caen hasta el piso formando hilos de agua.
Cuando pasan por el comedor, Antonia reacciona:
- ¿No te dije que te quedaras afuera?
- ¡¿No escuchas como llueve, loco?! – el brazo del grandote apunta hacia la terraza, la panza metida para adentro, las piernas duras.
Antonia está por pegar el grito pero escucha el ruido de la tormenta:
- Está bien, pero no quiero que la nena esté acá – y vuelve a lo suyo.
Agustín respira agitado. Le busca los ojos al hermano. Marcos no esquiva la responsabilidad de devolverle la mirada pero no dice nada. Antonia cuenta plata.
- Vamos – le dice Agustín a la nena.
El grandote toma el último trago de su whisky y lo deja sobre un mueble con un golpe. Agarra a Azul de la mano y encara para la pieza. Pasan por el baño y llegan a un pequeño hall que conecta dos piezas. Antes pasar la nena de los dados rojos le tira del brazo. Sobre una repisa que está en la entrada hay una foto. Azul la mira concentrada: Marcos y su novia están sentados sobre una banana gigante; ella, producida para la foto, dos tetas hermosas, naturales, la bikini blanca, el triangulito entre las piernas bronceadas; él, a sus espaldas, mirando por encima de la cámara, distraído, un rolex, la soga de oro, el océano de fondo y el cielo limpio, muy azul. El grandote agarra del hombro a la nena y siguen camino.
En la habitación hay una cama de una plaza, una mesita de luz con un velador, un escritorio debajo de la ventana, y dentro del placard que está frente a la cama –no tiene cajoneras ni perchas-, apilados uno encima del otro, unos treinta potes de proteínas y carbohidratos, de un litro cada uno.
- ¿Qué es todo eso? –pregunta ella.
- Son proteínas –dice Agustín, y se sienta en la cama. Se saca la gorra de jamaica, la calza sobre el dedo índice y empieza a hacerla girar. La gorra da vueltas a toda velocidad. Parece un basquetbolista de la NBA haciendo malabares con la pelota anaranjada. Azul se queda mirando la prueba del grandote pero no dice nada.
- ¿Para que son las proteínas? – dice ella, y se acomoda una de las hebillas del pelo.
- Las usan los que van al gimnasio. Son buenas para los músculos – la gorra sale volando, se estampa contra la puerta del placard cerrada y cae sobre la alfombra.
Azul va hasta la ventana, se acomoda al costado del escritorio y, en puntas de pie, mira para afuera.
- Llueve con todo – dice de espaldas.
- ¿A qué grado vas? – Agustín levanta la gorra del suelo, se sienta y se deja caer sobre la cama, la cabeza contra la pared, el cuello torcido. Flexiona las piernas para no manchar la pared con sus zapatos tamaño lancha. Marcos es un enfermo de la limpieza.
- Quiero probarlas – dice Azul, mientras abre una de las hojas de la ventana.
- ¿Qué cosa?
- Las proteínas – Azul saca la mano y la deja en la intemperie. En pocos segundos se le empapa.
- No podes, Azul, es para grandes -Agustín se levanta de la cama-. Ahora vengo -dice.
El grandote sale de la habitación y cierra con cuidado, despacio. Da dos pasos y escucha que su hermano y Antonia están hablando de él. “Tu hermano está un poco sacado”, dice ella en voz baja, un poco divertida. “No le gusta que traigas a la nena”, le confiesa el hermano menor. “Ese un tema mío, qué carajo le importa lo que hago con la nena”, dice Antonia, con el tono de voz más alto. “Te entiendo, flaca, pero si podes, para la próxima venite sola”, le propone Agustín. Silencio. El grandote se queda parado detrás del marco de la entrada del comedor, duro.
Va hasta la pieza, abre la puerta, azul sigue jugando con el agua, le sonríe, y sale, ahora si, sin cuidarse de no hacer ruido. Camina unos metros y se mete en el baño. Saca el papel del bolsillo de la campera, lo abre, clava el tubito de platino que tiene agarrado al llavero sobre el raviol blanco y aspira. Le pasa la lengua al papel como si fuese un chupetín de tipo paleta de colores. Lo abolla y lo tira al inodoro. Tira la cadena y sale.
- ¡Grandote! – grita Marcos.
- ¿Qué pasa?
- Traéla a la nena que terminamos.
Agustín va hasta la pieza. Abre la puerta. Azul está sentada sobre la cama con las piernas colgando. Sobre la falda tiene un frasco de proteínas, abierto. Con los dedos de la mano derecha prueba el contenido del pote.
- ¿Qué haces?
Azul se chupa los dedos.
- Dame eso – el grandote le quiere sacar el balde pero ella tuerce su cuerpo y lo esquiva.
Agustín va hasta la ventana y la cierra. Deja caer la persiana de un tirón.
- Vamos que tu abuela se va – dice, y se acerca hasta la cama para agarrar su gorra.
- No es mi abuela.
- Ah, ¿no? ¿Y quien es? – el Grandote se acomoda la gorra en la cabeza.
- Es la mamá de uno de mis hermanos.
- Bueno, no importa... vamos – ordena Agustín, y le ofrece la mano. Ella cierra el frasco, se levanta y pasa por al lado del grandote con el balde del lado de la pared para que no se lo saque.
Azul corre por el pasillo hasta el comedor. Agustín posa por un segundo la mirada en la foto del hermano y la brasilera sentados en la banana, y sigue camino.
- ¿Qué onda? – le pregunta Marcos a su hermano, inclinando la cabeza hacia su izquierda, donde está parada Azul, el pelo lacio agarrado por las hebillas, el vestido de dados rojos, el saquito abierto, el balde de proteínas entre sus brazos.
- Se quiere llevar un balde.
- No hay problema, pero lo tenés que tomar con la leche –le indica Marcos a Azul, con voz tierna, como si fuese un bebé.
Antonia está lista. El bolso, más liviano que hace un rato, cuelga de uno de sus hombros. Se sube el cierre de la campera hasta el cuello. Tiene un cigarrillo en la boca.
- Bueno, Marcos, nos vamos... les paso el mensaje a los chicos –informa ella.
Marcos le hace una caricia en la cabeza a la nena, le repite lo de la leche, y encara para la puerta de salida, con las mujeres unos pasos delante suyo.
- Chau, nene – le dice Antonia a Agustín, cuando pasa frente a él.
Agustín le dice a Azul que se cuide, que se porte bien.



SEIS


- ¿Y? ¿Le dijiste? –aprieta Agustín.
- ¿Qué cosa?
- Que no la traiga más.
Marcos sube un poco el volumen de la música
- ¿Le dijiste o no le dijiste?
- ¡No le dije un carajo! –reacciona Marcos- ¿está bien? No le dije un carajo.
- Sos un salame, loco – dice Agustín.
Marcos agarra el pan de cocaína abierto y lo levanta en el aire como si fuese un cachorrito:
- ¿Ves esto que tengo acá? –y lo señala con la otra mano-, vas a ver como se te pasa todo, la vieja, la nena, la tormenta, y la concha de tu madre.
Marcos marca el pan de merca con la cabeza. Agustín estira el brazo y lo agarra. Lo mira, lo pesa con una mano, con la otra. Se acerca a la mesa. Como si el bulto marrón fuese un paquete de yerba, lo tuerce y hace caer bastante merca sobre el vidrio. Con la tarjeta de crédito que saca de la billetera pica y peina una raya enorme. Se agacha, huele. Se aprieta una fosa nasal con el dedo gordo y con la otra aspira con alma y vida. De lo larga que es la raya tiene que mover su cuerpo unos centímetros para tomarla entera. Endereza la espalda y toma un aire hasta llenar los pulmones.
- Está rica, no, pedazo de logi –se relaja el hermano-. ¿Viste lo que es ese pichi?
De un cajón del mueble que tiene a su derecha Marcos saca una caja de habanos, marrón clarito, trabajada. La abre. Adentro hay unos cincuenta gramos de flores de marihuana de un color verde selva. La resina de los cogollos despide un perfume muy dulce. Saca dos o tres flores y las pone sobre la mesa. Agarra una seda de la caja, deshace las flores sobre el papelillo, agarra con la navaja un poco de pichi y polvorea el faso con una pequeña lluvia blanca. Agarra la seda con las dos manos, enrolla y arma el porro de un tirón.
- ¿Fuego?
El grandote le da fuego.
El hermano pita, el cigarro cruje, la cabeza colorada que nace en la punta del chistoso crece y se come parte del cilindro blanco. El hilo de humo espeso, grisáceo, se eleva hacia el techo, y flota. Marcos levanta la cabeza, cierra los ojos. Fuma dos o tres pitadas más.
- La merca la busco uno de estos días –dice Agustín.
- Más bien, nene –reacciona el hermano menor-. ¿Te pensás que te voy a dejar ir con todo esto así duro como estas? -los ojitos de Marcos se ponen más chiquitos de los que son.
Agustín va hasta la pieza de las proteínas, saca dos botineros del placard, y vuelve. En el pasillo se lo cruza a Marcos, que entra en su pieza. Agustín sigue hasta el comedor, apoya el botinero Nike sobre la mesa, lo abre y saca un paquete de bolsas de nylon, una cinta aisladora y una tijera de acero, de las de antes, enorme, pesada. La balanza electrónica, chata y japonesa queda adentro del bolsito. También el rollo de bolsitas y la cinta aisladora. El hermano, en la pieza, prende la televisión y se pone a cantar junto a una banda de cumbia que suena en vivo.
- ¿Y los pibes? –grita el menor de los Poncio.
- Deben estar en el pool.
- Como locos deben estar –Marcos se caga de la risa-, ¿sabían que hoy llegaba el pichi rosa?
-Si. Estoy yendo para allá.
Agustín saca una de las bolsas de nylon del paquete y la deja sobre la mesa. Se saca la gorra y la hace volar hasta el sillón de cuerina negra impecable. Agarra el pan de cocaína abierto y con la tijera le recorta el papel madera que le cuelga de los costados. Transpira. Agarra la bolsa de nylon, le pone el pan encima y con una de las hojas de la tijera empieza a raspar el cascote. Tiene un olor parecido a la menta. Se le hace agua la boca. No pestañea. Le cae una gota desde la frente. Putea. Se limpia con el brazo. Raspa un poco más y para terminar hace saltar una piedra del tamaño de una pelota de golf. Deja el paquete sobre la mesa, agarra la cinta aisladora, despega la punta, tira, y recién cuando despliega unos treinta centímetros, la corta con la boca. Se limpia de nuevo la frente. Con la faja sella el pan de cocaína abierto. Mira, su bolsa. Calcula que debe tener un cuarto de kilo. Corta otro pedazo de cinta y sella por segunda vez el pan.
Aparece Marcos.
- ¿Ya está?
Agustín guarda los dos panes dentro del botinero. El hermano canta, mete un pasito.
- Listo. Me voy a la mierda –Agustín anuda la bolsa de nylon y se la mete en los huevos.
- Decile al gallego que me llame –dice Marcos.
El grandote se pone la campera:
- Nos vemos –dice.
Y sale.



*de Mariano Abrevaya Dios. marianodios@fibertel.com.ar








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Queridas amigas, apreciados amigos:


El domingo 9 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Pablo Espada. Las poesías que leeremos pertenecen a María Elena Solórzano (México) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





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