Thursday, May 21, 2009

INVENTREN: DE CARHUE A PUENTE ALSINA.



ILUSTRACIÓN DE CELSO AGRETTI.



A Don Mario*



En mis versos
hay mujeres,
y perdóneme maestro
si le robo ideas
y arrebato su prosa,
su palabra.
Si ignoro el (c) copirái
y tomo sus derechos de autor
como derechos de tutor.
Es que hacía rato
que no tenía un maestro, ¿¡sabe!?
y, a esta altura de la vida,
que se desvive de a ratos,
uno necesita no estar tan solo
en las ideas
y en las noches tristes,
como ésta.
Y necesita decir cosas,
que usted ¡ha dicho tan bien!,
y que la prosa la obligue
a olvidar su tren.

Hice acaso, caso de sus consejos
y no pulí demasiado
mis pobres palabras,
no me esmeré con los verbos,
ni reparé en adjetivos;
pero si usted las conociera
(A las mujeres digo)
sabría que merecen sus poemas,
no los míos.



A Don Mario /2*


Vuelvo a insistirle, maestro,
que no se asombre
si encuentra que le falta un verbo,
que un gerundio suyo
asoma entre los míos.

Me tomo la licencia
de nombrarlo por decreto
-tal lo acostumbrado en estos días-
maestro mío,
y de disculparme
por el hurto apasionado
y sin segundas intenciones;
pero cuando el hambre apremia,
-de palabras, digo-
no hay decencia ni castigo
que acobarde a los ladrones.



*de Sergio Velovich. savelovich@yahoo.com.ar
Bahía Blanca, julio del 2001


Inventren
-Capítulo 0: Las estaciones de Carhué a Puente Alsina.



CARHUÉ.


J. V. CILLEY.


ROLITO.


SATURNO.


SAN FERMÍN.


CASBAS.


EDUARDO CASEY.


ANDANT.


CORONEL M. FREYRE.


ENRIQUE LAVALLE.


CORACEROS.


HENDERSON.


MARÍA LUCILA.


HERRERA VEGA.


HORTENSIA.


ORDOQUI.


CORBETT.


SANTOS UNZUÉ.


MOREA.


ORTIZ DE ROSAS.


ARAUJO.


BAUDRIX.


EMITA.


INDACOCHEA.


LA RICA.


SAN SEBASTIÁN.


J.J. ALMEYRA.


INGENIERO WILLIAMS.


GONZÁLEZ RISOS.


PARADA KM 79.


ENRIQUE FYNN.


PLOMER.


KM. 55.


ELÍAS ROMERO.


KM. 38.


MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.


LIBERTAD.


MERLO GÓMEZ.


RAFAEL CASTILLO.


ISIDRO CASANOVA.


JUSTO VILLEGAS.


JOSÉ INGENIEROS.


MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.


ALDO BONZI.


KM 12.


LA SALADA.


INGENIERO BUDGE.


VILLA FIORITO.


VILLA CARAZA.


VILLA DIAMANTE.


PUENTE ALSINA.


INTERCAMBIO MIDLAND.





¿Por qué el "Midland"?*


Si el tren existiera en su extensión original, un trabajador del Gran Buenos Aires, podría ir a pasar un fin de semana a Carhué. Un abuelo disfrutar de las aguas termales. Un niño de Ingeniero Budge conocer el campo. Pequeños productores acercar sus productos o simplemente venderlos en cada una de sus estaciones. Algunas que hoy son sólo fantasmas rodeadas de campo podrían volver a ser habitadas.
Parecen ejemplos obvios y a la vez pobres, de la multiplicación de beneficios de un retorno que fuese pensado y proyectado para un bien común.
Este recorrido es también un desafío a la imaginación. Alguien que conozca a los actuales trenes
-precarios y con fama de peligrosos que corren desde Puente Alsina hasta Marinos del crucero General Belgrano- podría ver que hay "otro tren" posible.
Por diferentes caminos he llegado a la idea de la literatura como el modo de reparación más efectivo de la realidad. Los invito a compartir esta nueva aventura.


*Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@yahoo.com.ar









DE PUENTE ALSINA A CARHUE, IDA Y VUELTA*




*Por Alfredo Armando Aguirre. choloar@rocketmail.com
http://choloar.tripod.com/choloar.html



No llevo diario personal, pero recuerdo, recuerdo que fue en el atardecer del 23 de marzo de este año 2009 de calendario gregoriano. Recuerdo la fecha porque iba a saludar en su cumpleaños a una persona que quiero mucho. Venia en el colectivo 85 rumbo a Bernal, cuando, casi instintivamente, hago cada vez que cruzo al puente Uriburu, miro para el lado de la estación Puente Alsina del Ex ferrocarril Midland, y a lo que era su contigua playa de cargas. Y recuerdo cuando con mi hijo de pocos años, iba a recorrer por los galpones de carga, a lo que quedaba de aquellos coches motores Ganz, que se trajeran a la Argentina allá por 1936.
Hace un tiempo he incorporado a mi batería conceptual, la noción jungiana de “sincronía”,por eso ya no me parece ni azar ni causalidad, que una vez mas haya recibido el estimulo de contar algo sobre mi “rollo “ con el Midland, que ahora caigo porque que se llama así el club, con que participaba en el torneo de Primera “C” de la AFA, el club de mis amores Defensores de Cambaceres, allá por 1959( Se cumplirá medio siglo de la obtención de ese campeonato por los “bichos colorados” de Ensenada).
Esta algo difusa la circunstancia en que me entere que el Midland llegaba hasta Carhue. Pero me acuerdo muy bien, cuando vi al pasar por la estación Carhue , rumbo a Darregueira ,aquella nublada parte del 8 de julio de 1972, vi al galpón de los coches motores, cuyas ruinas volví a visitar, esta vez de paseo por Carhue, en Agosto del año pasado(2008).
Toda vez que puede, desde hace décadas, recorro los pueblos de la Pampa Húmeda (Incluido el sector conocido como “Pampa Gringa”).La visita al mueso local, forma parte de aquellos recorridos. Es curioso pero en el Museo de Carhue, no hay casi referencias al Midland, pero si hay como en la mayoría de estos pueblos, vestigios documentales, fotográficos y objetos tridimensionales, de esa suerte de esplendor que surge de aquella argentina de las dos ultimas décadas del siglo XIX, hasta la guerra del 14.Y El Midland es un componente de esa etapa, que nos provoca extrañas sensaciones, y que nos lleva a sacar conclusiones muy distintas, a las que surgen de los libros donde se intenta interpretar esa época.
Hacia 1910, en medio de la euforia que generaron los festejos del Primer Centenario Argentino( ¿Se creara un clima similar en el Segundo Centenario, ya próximo?),llegaban los ferrocarriles Sud, Oeste y Midland; los dos primeros de trocha ancha y de trocha angosta el último. Eso aun se percibe en el amplio cuadro de la estación ferroviaria, en trance de devenir en Terminal de ómnibus.
Atento la importancia del ferrocarril por esos tiempos, se colige que las empresas propietarias ,no lo hacían por filantropía, sino porque se pensaba en un centro turístico de nivel internacional, aprovechando las propiedades curativas de la laguna Epecuén, ya conocidas por los que estaban allí desde el origen, y fueron desalojados compulsivamente por la “conquista del Desierto”.
Panoramas similares, he observado, casi en ruinas, en Sierra de la Ventana, en el hotel Edén de la Falda, en Alta Gracia.
Pero volviendo a aquel 1972, del que tenemos recuerdos precisos en cuanto a las fechas, porque estaban ligadas a nuestra entonces condición de corredor de carreras pedestres, vuelvo a mi “rollo” con el Midland, a raíz de una vez que por los motivos apuntados fui a Henderson, población erigida como consecuencia del paso del Midland por allí. Después de la carrera, el 19 de noviembre de 1972, me fui para la estación para esperar el coche motor procedente de Carhue, que me llevaría a la estación Tapiales donde tenía horario de llegada a las 2150. Mientras esperaba, comiendo un sanguche, se me acercó un peón del ferrocarril, sugiriéndome me subiera al tren de carga que se aproximaba, así al menos iba ganando tiempo del viaje. Le agradecí y le dije que esperaría el tren. Al rato aparecieron oros colegas del deporte, que habían sido invitados a un asado y nos aprestamos a esperar el tren, que llego en horario. Me quedó la imagen del empleado de correos (El tren hacía de vagón postal) que tenia un gorro muy pintoresco con el escudo de la empresa de Correos y Telecomunicaciones. El coche motor (de los viejos húngaros, ya que luego vendría una versión posterior fabricada por la Hungría comunista), tenía compartimentos como los que se ven en las películas de los trenes europeos.
Partió raudo el coche motor, con ese peculiar ruido que hacían sus motores. Creo que alcanzó a pasar por la estación Herrera Vegas. Y al llegar a Ordoqui, se “plantó” el motor. Y nos avisaron, que teníamos que esperar que venga, una locomotora para remolcarnos. Ya pasa ese entonces, la línea era de pocas frecuencias, así que vaya a saber que donde vendría la locomotora. Así las cosas, nos bajamos el tren y fuimos a comprar lo que se podía, en el bufet del club Sportivo Ordoqui, algunos de sus simpatizantes, regresaban de un partido de fútbol disputado en algún otro pueblo de la liga regional.
Al largo rato llegó la locomotora, e inicio el lento remolque del coche motor con nosotros arriba. Fue aquella una noche muy fría, y todos estábamos arrinconados en el compartimiento dándonos calor con nuestros cuerpos. Así arribamos a otro día a Tápiales alrededor de las 11 de la mañana…
El Midland, del que ya había sugerencias para lo, antes de la nacionalización de 1948, fue obviamente incluido en el malhadado plan Larkin de 1962, y clausurado y levantado entre 19786 y 1977.
En la travesía a pie que hicimos en el veranos austral de 1986, pasamos por la estación Baudrix, cuyas instalaciones se veían ocupadas, pero en muy mal estado de conservación, y se veían todavía unos galpones para cereal, donde todavía se podía leer la inscripción “Apoya al Segundo Plan Quinquenal”, refiriéndose al plan de gobierno 1953 -1957, abortado en 1955 por la "Revolución Libertadora".
Con el tiempo nos fuimos enterando que el origen de esta línea fue una concesión otorgada por la legislatura de la provincia de Buenos Aires en 1904.En esa época era común que el que obtuviera la concesión se la terminara vendiendo a inversores extranjeros, por lo general ingleses, los que le dieron el nombre de conservaría hasta 1948, es decir Midland. Hoy resulta claro, que el Midland tenia instalaciones portuarias sobre el Riachuelo, en una época que se lo navegaba comercialmente( Actualmente hay proyecto para darle ese uso hasta el Mercado Central, situado aguas arriba), además tenia un ramal (aun existente) que lo vinculaba al entonces Mercado Nacional de Lanares,(Que existía donde hoy hay monobloques enfrente a la estación del ex ferrocarril Provincial de Avellaneda), y por allí donde hoy esta la cancha de Independiente y la de Racing, se conectaba con los frigoríficos del riachuelo, y hasta tenia alguna entrada al puerto de Buenos aires.
Este ferrocarril corría muy cercano a otros y en un punto hasta se cruzaban con los ferrocarriles Compañía General y provincial (ambos de trocha angosta) y también con el Ferrocarril Oeste y aun con el Roca. No se podía decir que las zonas que surcaban estaban desconectadas. Pero a partir de la inexorable aplicación de la ley nacional de vialidad de 1932, era evidente que los intereses del automotor y del camino pavimentado sustituirían tarde o temprano a estos ferrocarriles, que eran de tráficos débiles. EN 1947 se nacionalizó el Compañía general Buenos aires. En 1948 el Midland y en 1951, el provincial fue “nacionalizado”, seguramente aprovechando la caída en desgracia del gobernador Mercante. En 1954, alcanzaron a fusionar al Provincial, el Midland y el Compañía General, en Ferrocarril Nacional de la Provincia de Buenos Aires, pero su resultado fue efímero.
Pareciera que recién en estos tiempos se esta comenzado a asumir la tropelía de haber levantado estos ferrocarriles de trocha angosta. Nos sigue quedando la perplejidad de lo que implicaba su puesta en marcha, y lo que se fue apagando como consecuencia de la finalización de la Gran Guerra.



-Buenos Aires 18 de mayo de 2009







EL PUENTE DE LA VIA*



Si no tuviéramos recuerdos,
no tendríamos conocimientos.



I


El puente estaba a una docena de cuadras, no más, de dónde vivíamos cuándo éramos niños, pero a nosotros nos parecía que la distancia era enorrrme, y siempre tentaba con su sabor de aventura.-
Teníamos necesariamente que hacer un tramo caminando por las vías, después de andar las últimas tres o cuatro cuadras del pueblo hasta el paso a nivel donde ahora estoy parado; contemplando y recordando esas vivencias infantiles, que pasaron hace ya varias y largas décadas.-
Estoy justamente en el cruce de la vieja vía con el camino.- El que saliendo del pueblo va recto al norte, pasando por las chacras sembradas.- El lugar está en parte casi igual; los grandes eucaliptos viejos, enormes y retorcidos siguen allí adelante, al borde, a mi izquierda.-
Claro que están más viejos que entonces, y faltan algunos, tumbados poco a poco por los vientos de tantas tormentas y algunos talados sin mayor conciencia. También falta enfrente un gigantesco Ombú, pero allí ahora fue avanzando el borde urbano, por lo que lo que era campo, hoy son calles vestidas de casas.-
Incluso desde aquí vislumbro a través de los rugosos troncos y altos pastos la vieja casona donde entonces íbamos los domingos con Audino, mi hermano mayor, a escuchar los partidos del campeonato por la Radio, cosa que nosotros aún no teníamos, y allí vivían varios chicos de la edad de él, primos entre sí, que eran compañeros en el Colegio.-
Ellos no eran ni amigos míos, ni compañeros, y hasta les tenía algo de temor, o recelo. Incluso los mayores, que se sumaban al grupo, eran para mí extraños. Uno tenía largos bigotes como ya no se veían, de otra época, retorcidos y puntiagudos. En esos años tuvo un trágico final este hombre imponente. Una noche lluviosa murió de un tiro de revólver en la ladrillería que tenían cerca de la amplia casona; un peón ebrio, de turno en el horno, puso fin a su vida, parece que por problemas pasionales o tal vez sólo por el vino.
Otro era tullido y usaba muletas, y era muy apacible y amistoso y a él sí le agarré mucho cariño. Siempre tocaba las conexiones de los cables con la batería, cuando la radio chirriaba o enmudecía.
Yo trataba de tener claro en qué constituía el equipo y cuál era su magia. El receptor, que en sí era todo un mueble, los cables con sus bornes, la batería o acumulador, el molinillo de viento que proveía la recarga, y la antena aérea, de altas picanas como mástiles, con sus riendas y blancos aisladores y el oscilante hilo de cobre con su bajada. Toda una instalación. Y... , las estaciones estaban a gran distancia. Se escuchaban pocas y eran casi todas de Buenos Aires, pero todavía no eran muchas las casas que podían tener una.
Pero no era sólo la pasión del fútbol ni las tardes de radio, sino recorrer este camino y su entorno, salir de nuestro pequeño mundo, y alejarnos de las últimas casas del pueblo, cruzar la vía, y adentrarnos en lo que había más allá. Cruzar la vía era el comienzo de la aventura. Más allá era otra cosa, el camino era largo, infinito, y hablaba de otros lugares que conocíamos sí, pero que estaban cargados de encanto. Hasta ese pequeño tramo era un viaje, un verdadero viaje, donde pasaban tantas cosas lindas: las llamativas alas pintadas del pájaro que nos rozó volando, el otro que estaba cerquita en un arbusto del alambrado, o la liebre que descubríamos en su carrera por las puntas de las largas orejas que asomaban zigzagueando en los pastos, o de pronto, una perdiz que nos mató de susto al alzar vuelo casi debajo del pie.- ¡ PPPPRRRR rrrrrr ...!
O la forma de aquel Tala, con su copa ahuecada y tupida como una techumbre, o aquella rama perfecta para una honda, o el ulular del viento, la frescura de una sombra, el flamear de los pastos; o los vertiginosos y traviesos remolinos de verano, levantando polvo, pastos, y papeles que quedaban girando, y se descolgaban lentamente del cielo, revoloteando como desilusionados, mientras que del remolino no quedaba ni rastros...



II

O sea: contemplo lo que queda y me transporto en el tiempo; mientras piso los rieles enterrados, soñando. Pero si bien detrás de mí el pueblo se convirtió en ciudad y el pavimento llega precisamente hasta la vía, hacia el norte el camino sigue polvoriento; pero en la vía el tren no pasa desde hace muchos años, veinte al menos.
Aquí el polvo del camino le puso una capa ya permanente y cada vez más compacta, dura como una lápida, y triste como una mortaja. A un lado y otro del camino los rieles abandonados duermen entre el pasto que los ha ido tapando casi por completo, y por momentos se dejan entrever entre la fronda de la gramilla por el pálido brillo que reflejan del sol de la tarde en el dorso casi opaco, y más adelante se adivina la vía y la curva que aquí comienza, redondeada y suave, más por la memoria que por la evidencia.-
Antes, ese brillo nos cegaba cuando caminábamos contra el sol, ya que el tren al pasar una y otra vez los mantenía pulidos como espejos, y la gramilla y otros pastos se mantenían prolijamente fuera de la franja que formaba la vía con el ancho de los durmientes a flor de tierra. A cada lado del cruce, en la línea del alambrado, los guarda-ganados impedían que los caballos, vacunos u otros animales grandes, ingresaran a las vías por obvias razones de seguridad.
No eran profundos, pero a nosotros nos atraían y nos demorábamos en pasar pisando, una y otra vez sobre las rejas, como demostrando el valor que teníamos, especialmente cuando los domingos estábamos acompañados por los demás chicos, con los que solíamos ir a jugar. Hoy están tapados en tierra, o quizás ni estén allí, porque no se ven ni rastros, al menos a simple vista.



III

Hacia el este del paso a nivel, la Estación quedaba a unas veinte cuadras, y la vía terminaba de hacer la curva y seguía recta unas diez cuadras hasta otro paso a nivel; pero aquello estaba fuera de nuestro alcance, al menos en esa etapa. Aquí teníamos suficiente. Aquí mismo a la derecha están todavía los galpones de una fundición de hierro, y enfrente una ruidosa desmotadora de algodón, que nos tapaba en polvo y humo, además de un constante zumbido de sus extractores, ventiladores y ciclones, que nos arrullaba y nos despertaba, una u otra.-
Al costado de la vía, formaban montones los residuos de borra y metal fundido, entre los que encontrábamos enorme cantidad de municiones de hierro, más o menos redondeadas, especiales para tirar con las gomeras, que justamente por su peso y su redondez, aseguraban una trayectoria de verdaderas balas; hoy diría que hasta sumamente peligrosas… Ese montón de desecho tenía incontables buscadores de proyectiles, que nosotros almacenábamos para nuestras correrías.-
También era campo de pruebas, porque la tentación era ver como se tiraba con estos o con aquellos, y los blancos predilectos eran los aislantes de porcelana del telégrafo, que bordeaba la vía junto al alambrado. Algunos chicos de nuestra edad, o un poco mayores eran unos verdaderos inadaptados, capaces de cualquier maldad, por lo que eso, era una nadería.-
Eso, o matar inofensivas palomitas, horneros, cuises, etc., que hoy horrorizaría a cualquiera, aquella vez pasaba desapercibido. Aún no se hablaba de ecología ni de especies protegidas, y casi, casi, ni de amor a los animales; al menos, no con la conciencia conque hoy se está asumiendo, y menos a los niños, y menos que menos a esos niños...



IV

A una calle de la vía vivíamos nosotros, y ver pasar el tren era una diversión que no menguaba por más que lo hacíamos todos los días, mañana y tarde. El más interesante era el tren de carga. No tenía un horario, como el de pasajeros, pero pasaba después de media tarde y en el invierno, durante la temporada de la caña de azúcar, íbamos al borde a esperar su paso, y nos solían arrojar cañas enteras o trozos, y para nosotros eran trofeos tan valiosos, que volver con cierta carga nos llenaba de gloria.
Recuerdo las emociones de la espera. Ver al maquinista o al foguista esconder o balancear las cañas que nos arrojarían, tras elegirnos; porqué a veces éramos varios los chicos que esperábamos junto al alambrado. Era todo un juego, para ellos seguramente divertido, para nosotros, angustioso. Si el tren era largo siempre había más gente en los vagones o en las chatas, que hacían otro tanto.
Pero no era necesariamente pareja la cosecha, era más bien cosa del azar. Todos guardábamos una estratégica distancia uno de otro, asignándonos en el momento un territorio; y desde nuestra posición aguardábamos expectantes. Ver que se fijaban en uno y revoleaban el trofeo en nuestra dirección, y caía más o menos cerca, pero entre las matas de paja brava, y había que encontrarla, a veces disputándola fieramente con el chico vecino; y otras veces con la poca luz del ocaso, se terminaban perdiendo y proseguíamos la búsqueda al día siguiente. No era seguro que la caña nos esperara, quizás el ocasional vecino nos habría madrugado.



V

Justo enfrente, cruzando la vía, había una pequeña franja de monte. Un montecito. No tendría más de media cuadra de ancho, y una cuadra de largo. Pero tenía todos los tonos de verde, y bastaba para que a nosotros nos pareciera una selva virgen, inhóspita, y cuajada de peligros...
Aromos, chañares, espinacoronas, arbustos y enredaderas, tunas con sus tentadoras frutas, pero erizadas de púas, cardos con sus varas floridas, insectos que zumbaban, diversos pájaros que anidaban allí, y un sendero bastante sinuoso que lo atravesaba; en una punta una lagunita, donde solíamos sentarnos por horas, con mi hermanito menor, Reinaldo, y a veces algún vecinito, a la sombra de los algarrobos que la bordeaban y hacíamos que pescábamos tirando los "bogueritos" entre los juncos , mientras observábamos las ranas o los sapitos, y los caracoles y los rojos racimos de huevos pegados a las pajas sobre la línea del agua.
Nunca la he visto seca a la pequeña laguna, ni en tiempos de sequías, y eso que no era más que un charco. Hoy me parece increíble, pero entonces hasta contemplaba hipnotizado las larvas de los mosquitos que tras la lluvia pululaban en la superficie, y minúsculas arañas que tejían redes entre las ramitas de la orilla.
Llegar al montecito, entrar en él bastaba para convertirnos en legendarios exploradores, arrojados cazadores, o valientes e intrépidos personajes como el mismísimo Tarzán de los monos... Como tenía inventiva fabriqué una pequeña ballesta, con su travesa, su tensor, su gatillo; y con unas afiladas varillitas metálicas como flechas.
Eufórico, tras comprobar su funcionamiento y su eficacia, me fui al monte, a la jungla, en busca de aventuras... Buscaba una pequeña pieza de caza, quizás algo peligroso, algo que valiera un tiro de mi portentosa ballesta... Tras moverme con cautela , despacio y sin ruido, al acecho, por más que estuve quieto largo rato, no he visto nada que se moviera; a no ser una rana verde que saltó entre las ramas de un árbol bajo y no dudé, casi diría que fue sin querer, disparé la flecha-varilla y la rana quedó atravesada, ensartada entre las ramas.-
Me quedé duro.
Si le tenía repugnancia a las ranas y a los sapos, al menos vivos los veía sólo un instante y a cierta distancia; pero ahora tendría que arrimarme y recuperar la flecha, pese a todo no estaba dispuesto a perder una de mis valiosas varillas de metal con un filo tan trabajado, no; para nada. Así que formé de tripas corazón y lo hice, me sobrepuse al asco, tomé al pobre batracio muerto y le saqué la flecha, y allí terminó la cacería, y con el estómago revuelto volví a casa. Nunca volví a tirar ni al blanco con el artefacto, y no supe decir en casa, porque no probé bocado en la mesa, ese día al menos.-



VI

El puente de la vía me queda al oeste. Solíamos venir por varios motivos. Indudablemente tenía su magia. Uno era la pesca. Y de tanto en tanto sacábamos alguna pequeña tararira, tanto para dejarnos con ganas. Si bien bajo el puente siempre había agua, y era bastante honda, no era más que un zanjón, que provenía de una cañada de las cercanías y que solo traía agua cuando llovía, que a su vez volvía a formarse cañada más adelante en el bajo, antes del puente del camino, y así sucesivamente.
Una vez, estando en primer o segundo grado, un compañero, más grande y muy corajudo ya de pequeño, porqué después estando él siempre era el líder de nuestro grupo; me convenció que lo acompañara a la casa de uno de nuestros compañeritos de la escuela que vivía en la zona rural. De ida fuimos por el camino, pero de regreso dispuso que regresáramos cruzando el bajo, a campo traviesa.-
El asunto es que había llovido hacía poco y la cañada tenía agua y si bien corría bastante no parecía honda. Además era como una maraña cruzada de pequeños zanjones y se podían pasar pisando los islotes que formaban. Todo a pequeña escala. Pero a poco era más ancha de lo esperado y más correntosa. Los pequeños canales se hacían difíciles de sortear, y un par de veces caímos y trepamos. Además yo era más chico y se me hacía difícil.
El no hablaba de volver.
Era aguerrido.
Pero sentí realmente miedo y tuvimos momentos difíciles, hasta que finalmente pasamos lo peor, terminamos volviendo a casa, mojados y temblando. No sé a él, porque era muy corajudo, pero a mí no se me borró nunca el miedo que pasamos aquel día.



VII

Ir por la vía hacia el puente era de por sí un paseo.
Tratábamos de caminar haciendo equilibrio por los rieles y pisar sólo de tanto en tanto el suelo para mantenerse, ya que los durmientes hacían desparejo el piso, además llevaba una zanja de desagüe cada dos durmientes a un lado y a otro alternativamente. Por lo que caminar requería atención y un paso coordinado.
Aunque para nosotros era un juego.
A la izquierda había un viejo aserradero, con una playa llena de grandes troncos, o piezas de madera, que llegaba hasta el borde de la vía. A la derecha había una excavación profunda, de donde sacaban tierra arcillosa para la ladrillería. Esta era la misma que correspondía a la casona de los grandes eucaliptos. Era frecuente que aquí viniéramos a bañarnos en los días de calor, especialmente a la siesta.
Todos sentíamos temor a que llegara la gente de la ladrillería, aunque estaba la cava al borde de la vía y además no hacíamos ningún daño. Nos bañábamos desnudos, y sabiendo lo vulnerables que quedábamos, dejábamos la ropa muy a mano, aunque salir del agua no era fácil ya que era barrancoso y la arcilla de por sí resbalosa.
En una de esas, en lo mejor del baño refrescante, sentimos el galopar de caballos y un griterío que asustaba. Verlos y tenerlos encima fue todo uno. Cada cual salió como pudo manoteando la ropa y cruzando el alambrado, y por las dudas correr a más no poder...
Nos vestíamos mientras corríamos. Tampoco era para tanto. Ellos no habrían estado más que divirtiéndose, pero nadie se quedó a averiguarlo. Había un chico nuevo en el grupo. Siempre estaba muy bien vestido.
Cuando todos nos juntamos en el paso a nivel él aún estaba desnudo con las ropas en la mano, temblaba de miedo, además había dejado el sombrero al borde del agua, y decía llorando que no podía volver a la casa sin el preciado sombrero. ¿Volver a buscarlo?... - ¡Ni locos!,- y el grupo se disolvió mientras él aún no lograba vestirse...
Quedé con él, y él allí firme, temblando; encima yo lo había invitado...
- ¡Bueno, vamos! – dije en un arrebato cargado de súbito coraje…
Y nos volvimos los dos solos. ¡Además los ladrilleros no iban a estar allí esperándonos! La verdad es que no podíamos estar seguros si se habían ido, porque el borde de la cava tenía una zona de arbustos, que nos impedía ver hasta que la trasponíamos, y ahí ya estaríamos adentro...
Pero sí, media docena de chicos y no tan chicos, estaban con sus caballos aún allí. Nos quedamos un momento duros, luego usé mi salvoconducto, que esperaba me sirviera: Yo era conocido de ellos, al menos de algunos. Así que me animé y les mostré el sombrero en el suelo, y le dije que era de mi amigo, y que veníamos a buscarlo.
No hicieron gran cosa, así que alcé el sombrero, los saludé con el sombrero mismo, y rápidamente me volví alcanzando a mi compañero, que ya se me había adelantado bastante, y estaba en medio de la vía; y aliviado, me vine riendo porqué yo creía, que no teníamos que haber disparado de ese modo.-
Al fin me había portado como un pequeño y valiente quijote.



VIII

Más adelante había sendas ladrillerías a ambos lados, y aún más adelante el puente. El puente era de hierro, y ladrillos, de cuando hicieron el ferrocarril. A veces veníamos a bañarnos, aunque yo siempre conseguí zafar porqué me daba miedo. Otras a pescar. O solamente a divertirnos. Pero el lugar era fascinante. El terraplén bajaba en un declive abrupto, con tortuosos caminitos que bajábamos a trompicones, entre tupidas matas y verdes plantas de ombúes nudosos.
A los costados había chacras sembradas.
Una siesta de domingo, muy calurosa, mientras el pueblo quieto y somnoliento, descansaba de los sudorosos días de la semana; nosotros, media docena de compañeros, llegábamos una vez más de excursión al puente. A lo lejos, un horizonte azulado y difuso, que el calor hacía reverberar, se veía como a través de un cristal ondulado y movedizo; mientras el silencio que nos envolvía contenía un mundo de pequeños zumbidos, chirridos y silbidos, propios del verano y de la hora, en que imperaban las chicharras y los pequeños insectos.
Nos sentíamos felices por estar allí; libres, aventureros, ansiosos…
Unos bajaron del terraplén antes del puente, y otros lo traspasamos, bajando al otro lado de la ancha y lagunosa poza, repartiéndonos así las orillas de pesca.
El más corajudo lideraba como siempre las acciones. Atento por encontrar en qué demostrar su liderazgo, además de tener una inclinación a vencer obstáculos o pequeños peligros.
Se le ocurrió venir a nuestra orilla, atravesando el estrecho pero profundo curso de agua que bajaba a la cañada; sosteniéndose sobre el alambrado, aunque faltaba algún poste, y los hilos sólo unidos por las varillas, se balanceaban peligrosamente a medida que avanzaba. Llegado a la mitad, el alambrado se volcó aún más, haciéndole casi tocar la espalda en el agua, lo que lo obligó a apoyarse pisando un trozo de tronco medio podrido, que flotaba junto a camalotes y deshechos, y la correntada empujaba, manteniéndolo contra lo que quedaba del inestable tendido…
El tronco, que era en parte hueco, se hundió en la punta que pisaba, y de la otra comenzaron a salir víboras en cantidad, tan asustadas como él, subiendo a los camalotes y palos, y otras nadaron zigzagueantes buscando la costa más cercana.
Gritamos o saltamos, y corrimos, no recuerdo bien. Sé que después nos organizamos y entre todos lo ayudamos a salir.
Era el precio que a veces le tocaba pagar.



IX

A veces cuando no tenía clases y en casa me permitían, llevaba a mi hermano menor a que me acompañara. Una mañana de sol pero con mucho viento, volvíamos a casa ya cerca del mediodía, embelesados con el ondular de las cañas y el silbido de las ramas, con los mechones de hojas flameando hacia el sur, por efectos del fuerte viento norte.
Un silbido me pareció más fuerte y me volví, justo a tiempo para ver casi encima nuestro, la tremenda mole de la locomotora del tren de pasajeros, que nos pitaba seguramente desde hacía rato, resoplando vapor y humo negro. Empujé a mi hermano violentamente a un costado, y yo alcancé a saltar al otro, y desde el suelo vimos pasar a un metro, semejante monstruo, con su diabólico movimiento de cigüeñales y de bielas, entre quejidos y bufidos de horrenda bestia metálica.- Sentados vimos como se alejaba el último vagón, en una humareda y pitidos anunciando como siempre, que estaba llegando una vez más.
No hablamos en todo el camino, y el susto no se nos iba por mucho tiempo. No podíamos creer de lo que nos habíamos salvado. De esto ni una palabra en casa, no sea que nos merme el permiso para volver otro día.



X

De todo esto me voy acordando mientras camino lentamente por la vía, o lo que queda de ella, mirando absorto el piso, los desagües borrados, los rieles semiocultos en el yuyo, los durmientes que sólo asoman alguna esquina de tanto en tanto, me paro antes de llegar al puente, me acuerdo de la excavación y me cuesta encontrar el lugar donde estaría; una irregularidad del terreno, con las barrancas borradas y cubierta de chañares, todo el terreno aledaño cubierto de ramas, en un verdadero abandono. Por aquí más o menos habrá sido, cuando el tren casi nos atropella.
Me siento un rato y sueño.
Cuando me incorporo veo semi-enterrada contra el borde de un durmiente, una bolita de vidrio de colores, un "bochón", como le decíamos entonces..., y no sé si en serio o en broma, me parece igual al que mi hermano siempre llevada, en el bolsillo de su pequeño "jardinero". - ¿Puede ser? ¡Claro que no! ¡A quién se le ocurre! - Encontrar una bolita así de aquel tiempo, así sin más...
Pero no sé, me quedo pensando en eso, y por las dudas, guardo muy bien el bochón colorido de vidrio, y me pregunto: - Pero; ¿Y ahora, habrá bolitas así?-
Un poco más y llego al puente.
Sigue estando, incluso tiene agua, pero no están los ombúes y un ramerío de espinas cubre los costados del terraplén.- Espinas y cardos y rameríos enmarañados, después de dos o más décadas de abandono.-
No es más que una ruina, nada que ver con aquello.




*de CELSO H. AGRETTI. celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda S.Fe
19 /12 /02

-NOTA: Escrito en una tarde calurosa.-
Del libro "Los días felices", edición del autor; 2005.





*


Un gallo invisible hechiza
el alba inconclusa.
Los sueños aún
hilan la gracia
de la noche.
Es la hora
en que tú aliento
roza mi sueño
y lo multiplica
en una avenida
de espejos.


*de SANTIAGO BAO. santinebao@gesell.com.ar
-Selección de "Cantos del río del Este"
Editorial La luna que..., Bs.As., abril de 2009.-








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Thursday, December 25, 2008

CAEN COMO PEDACITOS DE ESTRELLAS...

“Nunca dejes de creer”*


A veces nuestros sueños caen al suelo como pedacitos de estrellas que poco a poco se apagan. Nuestro corazón llora en silencio y cuando las lágrimas caen, el acto del cuerpo y el corazón de tanto amar, se convierte en hielo, para no sufrir más, para ya no llorar. Pero si volteas al cielo te darás cuenta que quedan millones de estrellas y cada una sí suele sufrir, y la fuerza en tu interior respira aire en tu corazón. Solo nunca dejes de creer, porque el amor y tus sueños son la única puerta hacia la eternidad.



*Texto de Camila Díaz Hernández, 11 años.

-Grupo de creación literaria JAJAJA, asesor José Miguel Rodríguez Ortiz.
Tomado de la web Desdelcorazon.
-Enviado para compartir por Marié Rojas.






CAEN COMO PEDACITOS DE ESTRELLAS...






DES-EMBRUJANDO*




Mikilo está embrujado
No hay siesta sin Mikilo
El corazón del monte se desangra.
Se han robado las sombras
¡Ay, pausa de la siesta!,
clama el clavel del aire.
Solo descansan los huesos de los muertos,
las piedras y uno que otro lagarto
refugiado en las pajas.
Mikilo yace, exhausto, al pié de los cardones
Vigilantes, alertas, los viejos centinelas
inertes, lo acompañan.
Crepitan ambos y en rescoldos de luna
se consumen.
El río se evapora. El sol, con un tridente
se disfraza de gnomo.
Intermitente. Agudo. Con prisa inenarrable
asola el vendaval de fuego.
Deshace las estrellas, en lluvia incandescente
se derraman


...y el bosque es una hoguera...


Detrás de un tronco adusto, el sapo enamorado,
viejo conocedor de embrujos y de lunas,
asoma su cabeza.
Le habla al oído al viento.
Le canta al viejo río.


Su lágrima es una perla suspendida
... y una alquimia de sombras se posa en los cardones...


¡Ay, pausa de la siesta!
Goza el clavel del aire.


*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







ELEGIDOS*



*Por Antonio Dal Masetto



Le hago una visita a mi viejo conocido el licenciado Almayer, director y alma mater de Zeus S.A., Instituto de Formación para el Exito.
-Almayer -le digo-, estoy cansado de andar penando en el llano, quiero estar en la cima de la colina.
-Vino al lugar indicado, mi querido amigo -me dice-, lo felicito por la decisión de abandonar la planicie, su sitio son las alturas.
Me siento reconfortado.
-Por favor, instrúyame -le digo-. La verdad que ando más tirado que el perejil.
-Mi Instituto está perfectamente pertrechado para resolver su problema.
Tengo bajo mis órdenes un equipo de profesores de altísimo nivel, gente muy afilada, especializada en sociología, psicología, oratoria, comunicación y supervivencia en situaciones límites. Le voy a enumerar las reglas básicas para que vea cómo funciona nuestro entrenamiento. Regla número uno: debe hacerse amigo de todos sus compañeros, ganarse su confianza y su corazón e inmediatamente traicionarlos.
-¿Sin más ni más? A mí siempre me enseñaron que el que tiene un amigo tiene un tesoro.
-Recuerde el viejo dicho: amigos son los testículos y también se golpean. La segunda regla se deduce de la primera: todos los que lo rodean son sus enemigos, ódielos, destrípelos sin asco.
-¿Me está hablando metafóricamente?
-Nada de metáforas, en el Instituto Zeus tripas quiere decir tripas y ninguna otra cosa.
-Comprendido, maestro.
-La tercera regla se deduce de la primera y la segunda: a los adversarios, que son todos, tiene que devorarles los sesos.
-¿Intelectualmente?
-Nada de intelecto, les tiene que hacer un agujero en el cráneo y chuparles los sesos, para que no les quede ni una sola idea. No le haga asco a nada. A los débiles de estómago y a las almas dubitativas se los comen los chimangos.
-Comprendido, maestro.
-Ultima regla y regla de oro: en la olla del guiso, si está bien condimentado, la verdad y la mentira tienen el mismo gusto. Apréndaselas de memoria y, cuando termine su preparación, podrá acometer con éxito el ascenso a la colina.
-Entendí, maestro, sin duda es un curso muy estricto y puntilloso. Pienso que sería perfecto si yo aspirara a ser un killer eficiente, un sicario desalmado, un despiadado profesional del crimen. Pero me asalta una duda: ¿para qué le sirve todo ese entrenamiento a un tipo como yo que solamente quiere dejar de penar en el llano y alcanzar la cúspide de la colina?
-Mi buen amigo, los que se acomodaron en la cúspide llegaron utilizando reglas parecidas a las nuestras. Si usted quiere asegurarse una subida rápida, no dude, aplique al pie de la letra las enseñanzas. A saber, elija uno o dos de los que están arriba y dedíquese a demolerlos sistemáticamente.
Indague sus costumbres sexuales, consiga pruebas de las más bochornosas, las que no resisten la luz del sol, y desparrámelas. Revise prolijamente sus finanzas, aunque tenga que revolver los tachos de basura, busque hasta encontrar las pruebas de alguna matufia económica y pregónelas a tambor batiente. Con mirada de entomólogo investigue las relaciones afectivas de los fulanos, las posibles fallas en su grupo familiar, elija las más dolorosas, las que producen vergüenza, y échelas a los cuatro vientos con toda la voz que tenga. Y lo que no encuentre, invéntelo. De todos modos, seguramente algo de cierto habrá. Todos esconden algún secreto.
-Pero me van a hacer pomada.
-De ninguna manera. Si usted llega a ser un rufián lo suficientemente ruidoso, que pega justo y difama con convicción, comenzarán a prestarle atención. Cuando hagan sus cálculos y vean que acallarlo resulta caro, incómodo y trabajoso, lo aceptarán como uno de sus iguales y le tenderán una escalerilla para que ascienda a la cima de la colina, se mezcle con ellos y se convierta en uno más de los elegidos, los intocables, los que están más allá del bien y del mal.





UN CUENTO DE NAVIDAD
Délo por hecho*


*Por Mempo Giardinelli


La noche del 22, justo cuando el calor baja de los 35 grados y parece un alivio dispuesto por los dioses, Rafa y Cardozo se encuentran en el "Bar La Estrella".
-Pero no es duda que me carcoma -avisa Rafa, recolocando hielos en el whisky.
-La duda es una ventaja -concede Cardozo-. Al menos sirve para entretenerse.
-Usted también podría. Va y escribe un cuento y se raja de la menesunda.
Desde las ocho y pico, discuten títulos de libros que no escribirán. Cada dos por tres les da por esa especie de juego -ellos no lo llaman así-, como si el "Bar La Estrella" y los varios whiskies que ya tienen encima los inspiraran.
-"No repare en gastos" -dice Cardozo-. Mire qué título para un libro sobre la estupidez de los ricos.
-No funcionaría -opina Rafa, revolviendo el hielo con el índice derecho-.
Ese debería ser un ensayo y un ensayo con ese título no lo lee nadie. Me gusta más "El que se mueve no sale": buen título para un libro de cuentos.
-Qué le parece "Mañana quién sabe".
-Va mejorando, aunque es muy de policiales. Recuerda a Ellery Queen, a Hadley Chase. Escuche éste: "El fantasma de Donna Kay".
-Explíquese.
-Amparado en una trama policial clásica, con toques froidianos, una novela sobre la reaparición siempre maravillosa del más memorable fracaso masculino. Ambientada en Boston, Massachussetts, en noviembre del '78, con la tragedia de la dictadura en difuso segundo plano, el detective es un argentino traspapelado que reflexiona: "Se me entregó la mujer más hermosa del mundo y yo no supe hacerla mía".
-No se le para.
-Usté lo ha dicho.
-Hum. Demasiado fálico el asunto, Rafa. No estaría a la moda.
-Otra posibilidad sería "Micción imposible". ¿Qué le parece? Podría ser un cuento sobre los padecimientos de un macho prototípico el día que se entera de que tiene cáncer de próstata.
Y se larga a reir de su propio chiste, como esos animadores de asados de amigos de la secundaria.
-"Al final de la calle" -dice Cardozo.
-Ese me gusta. ¿De qué va?
-No sé, quizás un militante de barrio al que todos aprecian: hace carrera política, pero se corrompe y eso se ve años después en la fría mirada cargada de dolor de Angelita, su novia de adolescencia.
-Se le dispara para culebrón. Buen título pero culebrón.
-Se lo regalo.
-Mejor se lo cambio por "Cuando era lindo morir". Sobre las formas aparatosas y divertidas que teníamos de morir histriónicamente cuando éramos chicos y jugábamos a los cow-boys.
-Eso no da ni para cuento de Navidad, que son los más simples.
-Cómo sería eso.
-Que cualquiera tiene un cuento de Navidad. Desde Dickens se echaron a perder.
-¿Y qué le parece un tipo que tartamudea raro, Cardozo, uno que sólo repite las sílabas con "pe"? Dice Pépero, y poporeso, y prépresidente. Sin embargo, cuando debe decir "papá" lo dice como todo el mundo. Y como es tarta pero no tonto, y consciente de su problema, elige siempre oraciones en las que no existen las "pe". Experto en eufemismos, por ejemplo en vez de decir: "Hay que preprepapararse poporque hay popoco vino papara poponer en la mesa", él dice: "Hay que alistarse ya que estamos carentes del vino que hará falta en la mesa".
-Tá bueno, Rafa.
-Lo mejor es que el tipo es peronista pero no puede decirlo.
-¿Y eso cómo se titula?
-"El whisky que nos parió a los dos" -se ríe Rafa, y encendiendo un cigarrillo ordena a Midori, por señas que imitan a un ridículo jinete, que repita la dosis de caballito blanco.
-Título vulgar. Inadmisible -dice Cardozo en voz alta.
-No era título. Apenas un comentario impresionista.
Cuando la japonesa deja los vasos llenos y se retira, Rafa comenta:
-Va a ser una Navidad de mierda -y mira hacia afuera, hacia un chibato florecido que es un poema en bermellón y verde.
Cardozo lo mira de reojo pero no dice nada. Es obvio que ahora que Rafa regresó de México y se gana los garbanzos como publicista, anda viendo cómo y con quiénes pasar la noche del 24.
-"Discurso por el 25 aniversario" -anuncia Rafa.
Cardozo sigue en silencio, viéndolo venir.
-Un escritor debe pronunciar un discurso para el aniversario de su promoción del Colegio Nacional. Alegría por el reencuentro, orgullo, una generación especial, etc., etc. Pero tiene un problema de conciencia: no puede traicionarse con un discurso plagado de lugares comunes, como todos esperan de él, pero a la vez comprende que no tiene sentido escribir un texto conceptual y denso. El auditorio no aguarda calidad, sólo nostalgias fáciles y uno que otro pedorreo. El escritor juega a sustituir los lugares comunes por formas alternativas más o menos crípticas, cada vez más rebuscadas y exigentes. Lo divierte pensar en las infinitas maneras de decir las cosas.
Cardozo lo escucha con genuino desinterés.
-El desenlace del cuento es cuando el lector advierte que el escritor en efecto está leyendo un complejo y filosófico discurso ante sus viejos compañeros, que lo aplauden a rabiar, a la vez que se siente solo, desolado, porque es consciente de que eligió burlarse de sus compañeros. El cuento termina cuando advierte que su propia erudición lo deja solo, lo desampara.
El final es abierto, pura tristeza paradojal.
Cardozo se mueve en la silla como un arquero a punto de atajar un penal.
Sigue en silencio.
-No dice nada -dice Rafa-. Título: "Un obtuso silencio".
-¿Qué quiere que le diga, si a ésta ya la vi, Rafa? Cuando usté empieza a hablar de la tristeza y la soledad, y pone esa cara... Siempre lo mismo.
Rafa se manda un trago y después se pasa la lengua por el bigote. Tiene, en efecto, y como a pleno, la cara de desamparo que le quedó de cuando estuvo en cana durante la dictadura, cinco años y pico y después exiliado otros tantos. Lo único que quiebra el efecto desolador de ese hombre es la colección de ridículos anillos baratos que usa en cada uno de los dedos.
-Ma sí -dice Cardozo-, yo sabía que iba a terminar invitándolo: venga nomás a pasar el 24 en casa...
-Si quiere, no voy nada.
-No, está bien, la patrona a usté lo banca.
-Chasgracias. A qué hora.
-Qué sé yo, venga a la hora que quiera. Pero por lo menos tráigase un whisky paraguayo, con lo que chupa usté...
Rafa piensa un ratito.
-Eso délo por hecho -dice, y sonríe como un niño-. Mire qué título: "Délo por hecho".


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-117259-2008-12-24.html






De countrys en la estación Canning*



Siempre le gustaron las plantas y los jardines, y aunque también se daba maña para hacer arreglos de albañilería y así ganarse unos mangos con la changa, Néstor decidió que tomaría la podadora, la pala y el rastrillo para ganarse "el pan nuestro de cada día". Por esas cosas de la vida, alguien lo puso en contacto con las autoridades del Country "Arboleda del Monte" donde, entrevista mediante, tuvo que dar cuenta de sus habilidades cortando el pasto y arreglando el jardín de una de las casas, bastante descuidado después de algunos meses de ausencia vacacional de sus inquilinos. Su trabajo agradó mucho a las autoridades del consorcio, y muy pronto quedó contratado en forma efectiva para el mantenimiento general del predio.
En un principio le costó acostumbrarse al entorno. La imagen de las casas recortadas contra el horizonte le parecía extraída de alguna revista de decoración que viera en la sala de espera del traumatólogo de su hija. Esos colores chillones que herían la vista, modeladas con el antiguo estilo de los ladrillitos de juguete, y unas puertas y ventanas que parecían construidas en plástico, aunque al tocarlas uno tuviera la desagradable sensación de percibir la consistencia y el sonido del metal. Néstor sentía cierto escozor al contemplarlas, como si fueran ajenas al lugar donde se encontraban. Pero la tarea era abundante, y con el correr del tiempo se fue tornando indiferente a ciertos detalles, concentrándose exclusivamente en los parques y jardines.
Se fue haciendo conocer por todos. Y si bien le pagaban un sueldo fijo por mes, fue haciendo una diferencia al aceptar distinta clase de changuitas de parte de los residentes: cambiar el cuerito de una canilla, encolar una silla, reparar una ventana de enrollar… Tareas que hasta hacía unos años parecían impensables en un country, hoy se habían tornado cosa de todos los días. Había que contemplar la posibilidad de ahorrar unos pesos, con el dólar tan alto…
Pero también recibía algunas donaciones, de ropa que los dueños de casa ya no usaban, o de libros que podían servirle para sus hijos en la escuela, elementos que agradecido guardaba en el carrito que arrastraba detrás de la bicicleta, y que generalmente representaban una alegría cuando llegaba a su casa. Apenas le servía la mitad de las cosas que llevaba, pero nada era despreciable; su mujer bien que sabía darse corte con la aguja y el hilo, y si no, su cuñado sabría vender bien los libros usados. Todo funcionaba en equilibrio.
Néstor vivía cruzando el antiguo terraplén donde, casi treinta años antes, existiera la vía del Ferrocarril General Manuel Belgrano, que unía La Plata con San Eladio, y del cual hoy no quedaban ni rastros; los rieles y los durmientes habían desaparecido, robados por manos anónimas, o bien sepultados por el paso del tiempo. Cada vez que pasaba en bicicleta por aquel lugar, abundante de ralos pastizales, evocaba aquellas entrañables épocas de su infancia, cuando se escondía entre la maleza que circundaba la vía, para ver pasar aquellos imponentes trenes cargueros, arrastrando una fila infinita de vagones, transportando las más diversas y a la vez misteriosas mercancías.
Recordaba con nostalgia ciertos juegos: cómo solía depositar monedas de cinco o diez centavos sobre los ardientes rieles de la tarde, esperando que el mastodonte metálico llegara en hora y aplastara con su potencia colosal aquella diminuta monedita, revoleándola en el aire y –en caso de encontrarla, luego del impacto- palpando la cruel curvatura que le había impreso a su superficie. Lo mismo hacía con las latas de conserva vacías que encontraba por ahí, contemplando luego con sumo interés el efecto devastador que podían producir tantas toneladas de metal lanzadas a toda velocidad.
Ignoraba por qué, pero esas imágenes habían ido resurgiendo del fondo de sus recuerdos en los últimos días. "Me estaré volviendo viejo", pensaba, con una tenue sonrisa asomando entre sus labios, y la profunda sensación de evocar un pequeño fragmento de su vida donde recordaba haber sido feliz, sin preocupaciones ni dolores en el alma. Esas angustias que luego sedimentan en el corazón, provocando la -quizá inevitable- pérdida de cierta infantil ingenuidad.
Hasta que una fría tarde de invierno lo comprendió todo.
Estaba casi terminando de quitar los yuyos de un cantero, luego de podar una planta que Miss Mary, la dueña de casa, ya no quería ver más, cuando vio llegar a Mister Steven, a bordo de su flamante Jaguar color azul. Se saludaron cortésmente, y apenas unos minutos después, Néstor lo vio salir otra vez. Se dirigió hacia el cobertizo, luciendo un impecable tweed bordeaux, contrastando con la circunstancial desprolijidad de las ramas de la planta recién podada, desperdigadas a su alrededor, y un par de minutos después regresó, cargando algo bastante pesado.
-Néstor, ¿sería tan amable de ayudarme? -, preguntó al pasar junto a él. –El estudio está helado, y quisiera prender la salamandra…
Él estuvo a punto de aceptar, como de costumbre, cuando vio lo que aquel hombre llevaba entre sus manos: un taco perteneciente a un aserrado durmiente de ferrocarril.
Se quedó petrificado; un escalofrío le recorrió la espalda. Quebracho puro; como el que aserraban cuando era chico cerca de su casa, una vez concluidas las tareas de reparación del ramal, que no tardó mucho en cerrarse, ante la inminencia del cambio económico generado por la dictadura militar. El estupor se vio reflejado en su cara, porque Mister Steven volvió a pedirle:
-¡Néstor! ¿Sería tan amable? Hace mucho frío acá afuera, y esto está muy pesado…
Él actuó de manera automática; le quitó el taco de entre las manos y lo entró en la casa, dejándolo junto a la salamandra del estudio. Mister Steven le pidió que hiciera un par de viajes más, y finalmente, encendieron juntos el primer fuego. Una vez que comenzó a arder, Mister Steven encendió su pipa y le dio las gracias, además de un módico billete por el servicio.
-Gracias -, dijo él, y señaló hacia los tacos restantes. -¿Dónde la consiguió? Es buena madera.
-Me la vendió un pibe por acá cerca, a unos metros de la autopista. Dijo que la conseguía fácil. Era mucho más barata que comprarla en otro lado. Y por lo que vi, me pareció que prendería bien.
Al salir, pleno de congoja, recogió sus enseres de manera mecánica, juntó las ramas con el rastrillo, limpió todo con rapidez, y se alejó. Mientras avanzaba por el parque, en las últimas luces de la tarde, reparó en unos juegos infantiles que regularmente había visto desde hacía meses, pero que recién ahora le llamaban la atención. Sobre todo, su estructura.
Tanto en las hamacas, como en la viga del tobogán, o el conjunto entero de las vigas paralelas para colgarse, habían utilizado rieles de ferrocarril. Pulidos y sin óxido, pintados de diversos colores, pero rieles al fin y al cabo. Preservados de la muerte, más no de la rapiña…
Desde esa tarde, aceptó muy poco, casi nada, de las tareas que pudieran ofrecerle como changa. Menos aún, las dádivas que solía agradecer con tanto entusiasmo, pensando en sus hijos. Notó que comenzaba a trabajar con menor entusiasmo, así como a faltar bastante, pretextando cualquier excusa.
Y a pensar seriamente que debería buscarse otro barrio donde poder trabajar en paz. Bien lejos de Canning…



*de Aldima licaldima@yahoo.com.ar






Ninguna casa es duradera (lección de economía política)*


*Por Sergio Mansilla Torres.




El gobierno multiplica empleos y sueldos
para tener partidarios;
no para producir más riqueza para todos,
sino para tener partidarios.

Como buenos alumnos de la escuela de los caníbales:
comerse los unos a los otros
(en eso somos expertos), y el gobierno sirve a los poderosos
las cabezas cortadas en bandeja de plata:
les sirve los bosques completos, vertientes
todavía cristalinas,
delfines, plancton, algas para hacer shampoo japonés.

Entonces viene el gerente de operaciones de la gran empresa;
dice:

“hay que bajar los costos de producción
para ser competitivo (o sea, para hacer mejores negocios
para el bolsillo de los accionistas y sus batallones de negreros);
la materia prima es cara,
la tecnología es cara,
los impuestos son caros,
el transporte es caro
(no hay, pues, manera de ahorrar en estos ítemes).
Quedan los obreros: reducción de personal,
menos sueldo, más producción; que trabajen 10 horas ó 12,
que tengan 2 días al mes para descansar
¡ah! y no quiero mujeres, se lo pasan pariendo para no trabajar...
10% del personal mañana está fuera,
en 6 meses llegaremos al 50%
Y exhibiremos nuestros altos índices de eficiencia”.

Y el gobierno multiplica empleos y sueldos
para tener partidarios,
y las empresas son partidarias del gobierno
por conveniencia (porque el gobierno mantiene la paz social).
Y los pobres diablos apoyan al gobierno
por conveniencia.
Todo por conveniencia, por cálculos de ganancias.
Una casa bien construida se ve desde lejos (Pound lo dijo),
y la cobardía también
y la fetidez de las oficinas públicas también.

Que no hable el príncipe, sino lo justo para decir
que el dinero circulará
entre el pueblo;
lo demás es basura, cantos de sirena a lo más
entonados con notas desafinadas.

Pero está además el aspecto especulativo:
comprar y vender dinero;
no comprar zapatos, comida (“economía del pasado”, dicen).
Ahora conviene comprar dinero y vender dinero
con altos intereses a favor,
sin ver siquiera los billetes; sólo números
en las pantallas de los computadores: la nueva
economía de las transacciones virtuales.
Mas quien compra dinero no paga con dinero;
paga con sangre, con hambre, con sudor,
de los que trabajan produciendo bienes esenciales
(que nunca sobran)
y de los que no trabajan porque no tienen lugar en la fábrica
de los bienes esenciales
(que, como dijimos, nunca sobran).

Y mientras unos ponen monedas en el Tesoro Público,
otros sacan las monedas y las ponen en su tesoro particular,
y sin salir de sus asientos de cuero bien curtido,
sin un resfrío siquiera debido a bruscos cambios de temperatura
que nunca padecen.
Nada.

¿Quien almacenará el trigo contra el hambre?
Porque es incomible el dinero plástico,
y no compra lo que no existe.
¿Quién guardará los códices de los ávidos depredadores?
¿En qué biblioteca climatizada?
(y no en una habitación oscura llena de hongos y ratones).
No da rédito escribir la verdad
ni da rédito leerla.

Pero sí da mucho rédito transformar campos de cultivo
que demoraron millones de años en formarse,
en pedregales o en factorías para celulosa
o para aluminio
o en condominios para gerentes, accionistas de grandes Cías.
y hay generales que no han ganado batalla alguna.

¿Quién reestablecerá el amor a la sabiduría, literalmente,
congregando a los sabios
en el palacio del canto, en el palacio del pensar?

“Ninguna casa es duradera
si ha sido edificada sobre las ruinas de tu vecino” (Pound).

Y la agricultura y las manufacturas y las caricias
no se pueden perder,
y los individuos podrán pensar más tranquilos,
hacer arte para banquete de los ojos,
poesías para recuperar el lenguaje malbaratado
en el mercado de las chucherías inútiles.
Y revertir el embargo de que han sido objeto
nuestros cuerpos.

Hacer arte para banquete de los ojos y oídos.

Y pensar más y mejor, más y mejor.



*Referencia
*Sergio Mansilla Torres. "Ninguna casa es duradera (lección de economía política)." Buque de Arte. Ed. Sergio Mansilla. Osorno, Chile : Editorial Poetas Antiimperialistas de América. 24 de octubre de 2008.
-Enviado para compartir por Juan Carlos Cena. ferrocena2003@yahoo.com.ar






Kraft*


*Por Antonio Dal Masetto,
Crónicas argentinas
Editorial Sudamericana

Estoy acodado en el mostrador del bar, haciendo cuentas en mi libreta: impuestos, facturas, servicios, la pesadilla de costumbre.
- Veo que está muy embalado con los números, ¿algún negocio en vista?- me dice el parroquiano Carmelo, que está a mi lado.
- Las cuentas de siempre, cada vez me cuesta más llegar a fin de mes.
- ¿No le queda alguna reserva?
- Me quedan unos manguitos guardados bajo el colchón, poca cosa, para casos de extrema necesidad. Hasta ahora logré no tocarlos, pero en cualquier momento voy a tener que echarles mano.
- Me parece que el destino nos juntó. Puedo ofrecerle un negocio redondo, rápido y con una utilidad extraordinaria. Seguro que le va a interesar.
- La verdad que me interesa cualquier cosa que me saque del apuro.
- Me está haciendo falta un socio ágil que tenga unos pesos.
- ¿Cuántos pesos?
- Es una inversión mínima.
- Disculpe la pregunta, pero si la inversión es poca y el negocio es tan redondo, ¿por qué no lo hace usted solo?
- Me quedé sin capital. Con los bancos ya no se puede contar, no quiero caer en manos de prestamistas porque me van a arrancar la cabeza.
- ¿Cuál sería el negocio?
- Bolsas de papel.
- ¿Para vendérselas a quién?
- Para que la gente se las meta por la cabeza y se tape la cara después de las próximas elecciones.
- ¿Los que pierdan?
- Todos. Pasada la expectativa, cuando la gente se dé cuenta de en qué estado está y dónde está parada, gane quien gane, el sentimiento general será de absoluta vergüenza por el voto que metieron en la urna. No va a quedar uno que no quiera su bolsa personal para ocultarse la cara antes de salir a la calle.
- ¿Cómo sería esas bolsas?
- Comunes, de papel madera. Con dos agujeros para los ojos y otro para la nariz. También uno para la boca, todos tienen que seguir fumando o tomando café o comiendo algo.
- ¿Y dónde las fabricaríamos?
- Tengo un tallercito en Lugano, con la guillotina, el sacabocados y lo que haga falta. El taller me está dando pérdida desde hace años, pero ahora llegó la reivindicación. Solamente se necesita dinero para la materia prima, o sea el papel Kraft, liviano, de 70 gramos, y la cola vinílica.
- ¿De qué tamaño serían las bolsas? ¿Una sola medida o varias?
¿Diferentes para hombres y mujeres?
- Tamaño estándar, unisex.
- ¿Qué porcentaje calcula de gente que no quiera usarla?
- Cero. Todos van a estar avergonzados.
- ¿Y la distribución?
- Ya hablé con el Sindicato de Canillitas. La mañana siguiente a las elecciones los quioscos del país entero vana estar inundados de nuestras bolsas. Vendemos y cobramos. Todo contado. Plin caja.
- ¿Cómo dividimos las ganancias?
- Cincuenta y cincuenta.
- ¿Ya pensó en alguna partida de bolsas de reserva?
- Por supuesto. Algunos se van a llevar varias bolsas. Mi cálculo es que cada votante va a consumir como mínimo tres bolsas de manera inmediata. Además está la lluvia, las rupturas, el desgaste, etcétera.
Después vienen las reposiciones a largo plazo. El bochorno puede durar mucho tiempo.
- Tenemos que estar preparados para que no haya demoras en las entregas.
- Eso déjelo por mi cuenta.
- Me convenció. Trato hecho.
- Lo espero mañana en el taller. Hay que meterle para, pedir el papel, mandarlo a máquina, troquelar, pegar y empaquetar.
- Choque los cinco.
Me despido de mi socio. Esta vez parece que zafé.


*Fuente: http://www.cuentosymas.com.ar/cuento.php?idstory=560






José María Gatica: Un odio que no conviene olvidar*


*Por Osvaldo Soriano
(1974)

A Julio Cortázar

[Poco después del "rodrigazo", que nos dejó a todos en la miseria, Roberto Cossa me hizo entrar en El Cronista Comercial, donde volví a ser redactor de deportes. Esta semblanza de José María Gatica se publicó a fines de 1975.]


"No me dejés solo, hermano". Tirado en el pavimento, el cuerpo sacudido por los espasmos, Gatica se aferraba al pedazo de vida que se le iba. Lo rodeaba una multitud de extraños que lo habían visto caer bajo las ruedas de un colectivo, a la salida de la cancha de Independiente. Pocos ojos entre los que miraban esa piltrafa cercana a la muerte habrán reconocido el cuerpo de José María Gatica, uno de los mayores ídolos que tuvo el boxeo argentino.
Tenía 38 años y parecía un viejo. Hasta ese día en que la borrachera no le dejó hacer pie en el estribo del ómnibus, había sobrevivido en una villa miseria como tantos otros; algún rasgo lo distinguía: la nariz aplastada, la sonrisa provocadora, un cierto desdén por el futuro. Era uno de esos hombres obligados a soñar con el pasado, porque el suyo estaba teñido de sangre y ovaciones.
El 7 de diciembre de 1945 subió por primera vez a un ring como semifondista profesional. Esa noche, su triunfo por nocaut en la primera vuelta frente a Leopoldo Mayorano no puso al público de pie, ni lo irritó. Comenzaba su carrera un hombre de rabia larga, de ambición fresca.
Había sufrido la violencia desde su nacimiento, en Villa Mercedes, San Luis, el 25 de Mayo de 1925. A los siete años llegó a Buenos Aires en un tren de carga, con su madre y un hermano mayor.
A los diez había ganado un lugar en Plaza Constitución, donde lustró miles de zapatos. De rodillas, miraba desde abajo la cara de la gente, pero hasta ese privilegio tuvo que defender a golpes frente a competidores tan desesperados como él. Un peluquero que vivía por allí lo vio pelear varias veces y quedó impresionado por su agresividad. Era Lázaro Koczi, un hombre relacionado con el boxeo profesional. Pronto le propuso cambiar de oficio.
The Sailor's Home era la casa de la misión inglesa para marineros. Estaba en Paseo Colón y San Juan, un barrio con tradición de compadritos. Allí paraban los hombres que habían perdido sus barcos en los extravíos de una borrachera, los desertores, los enfermos, los malandras sin cuchillo. Todo se resolvía a puñetazos. Un hombre de agallas podía ganarse allí veinte pesos si era capaz de vencer en tres rounds al marinero más fuerte.
Lázaro Koczi apareció una noche con Gatica, le mostró el ring y le habló de los veinte pesos. El lustrabotas subió. Se sabe que ganó varias peleas, que agachó a corpulentos marineros y luego dejó su parada de Constitución. Había ganado el derecho a más.
El 7 de diciembre de 1945 -ese año singular en la historia argentina- debutó en el Luna Park. Sus ojos verdes habrán visto la multitud con el brillo del desafío. Bastó un golpe para que Mayorano, su rival, fuera a la lona. En poco tiempo ganaba dos peleas más y los empresarios pusieron sus ojos en él.
Al año siguiente ganó las siete peleas que hizo, una de ellas con Alfredo Prada, quien sería su más rival encarnizado.
Por entonces el público se había dividido: el ring-side abucheada a Gatica, quería verlo en el piso; la popular rugía alentando a ese morocho que miraba con odio a sus rivales y cuando los tenía a sus pies levantaba los brazos tan abiertos como para abrazar al mundo. Los apodos de la tribuna eran
diversos, según de dónde provenían: Tigre, para la popular, Mono para el ring-side. A los periodistas les gustaba más Mono y así lo recuerdan aún.
Mientras duró su grandeza tuvo un rival irreconciliable sobre el ring: Alfredo Prada. Ya se habían enfrentado antes, cuando no suponían que la vida los iba a unir en el triunfo y el fracaso. Combatieron seis veces y ganó tres cada uno. La última pelea, en 1953, significó la derrota de Gatica y el comienzo de su patética decadencia. Los enfrentamientos entre Gatica y Prada dividieron al público como nunca; se estaba con Gatica o contra él. Prada era campeón argentino, una satisfacción que el Mono nunca alcanzó. Cuando el pleito terminó, las carreras de ambos llegaraban al ocaso. Prada dejó el boxeo con algún dinero en el banco. Afrontó la vida como un ciudadano recompensado. El Mono volvió a su origen, como si toda su pelea con la vida hubiera sido una parábola restallante, una explosión de luces que lo
iluminaron hasta, de pronto, dejarlo nuevamente en la oscuridad.
Volvió a una villa miseria. Vivió de la caridad junto a su segunda mujer y dos hijas. Fue una fiesta para los periodistas encontrarlo sentado a la puerta de su casilla de latas, tomando mate, sucio y harapiento.
Entonces Prada tuvo un gesto que los diarios elogiaron: abrió un restaurante en calle Paraná y llevó al Mono con él. Le pagó quince mil pesos por mes y lo puso en la puerta del negocio para exhibirlo. El gesto compasivo de Prada era otra humillación que Gatica soportó porque no podía sino aceptar su derrota.
Había vivido como un esclavo y pocos le perdonaron su grotesca revancha: como un Robin Hood de barrio, iba con los suyos -los lustradores- y les destrozaba los cajones a patadas a cambio de billetes de mil. Pagaba con una fragata los diarios que quitaba a las viejas que rodeaban el Luna Park. Unos
pocos lo miraban con respeto, otros ser reían de él.
Desde que Alfredo Prada lo venció en 1953, en la última pelea, no dejó de caer. Siguió tres años más, pero estaba acabado como boxeador. Como hombre le faltaba recorrer la pendiente más dura: el desprecio, el odio, el revanchismo de las buenas conciencias.
Era, para ellas, un analfabeto despreciable, un "lumpen". Perdió todo lo que tenía pero jamás se lamentó. Fue noticia para los diarios el día que una inundación se llevó lo poco que le quedaba. Entonces, fue fotografiado en camiseta, lleno de mugre y mereció crónicas colmadas de aleccionadora compasión. Curiosamente, el Mono sonreía.
Adhirió fervorosamente al peronismo y, curiosamente, su esplendor y caída desplegó la misma parábola en el almanaque: levantó su brazos en 1945 y lo bajó, vencidos, en 1956. Había sido el preferido de Perón mientras brillaba.
Aficionado al boxeo, el Presidente apoyó el viaje de Gatica a Estados Unidos para buscar una pelea con el campeón de los livianos. En cuatro rounds venció a Terence Young y esta victoria le abrió las puertas a la pelea con Ike Williams, dueño de la corona mundial, en 1951. Medio país estuvo pendiente de la suerte del Mono que iba a batirse en el Madison Square Garden de Nueva York. Subió a la lona sobrador, fanfarrón. Cuando empezó el combate bajó las manos y puso la cara, como lo haría luego Nicolino Locche.
Pero Gatica no sabía de esas sutilezas. Bastaron tres golpes de Williams y a los tres minutos de pelea el Mono se derrumbó. Desde entonces perdió los favores oficiales y dejó de ser el hombre que se fotografiaba junto a Perón.
Entre 1952 y 1953 ganó trece combates luego de ser vencido por Luis Federico Thompson, pero la última derrota ante Prada lo puso en la pendiente definitiva; caualmente, esa derrota sucedió un 16 de setiembre, dos años antes del día que estalló el pronunciamiento militar contra el peronismo.
No sólo Prada usó al Mono para exaltar la beneficencia. Martín Karadagián, un empresario del espectáculo que había montado una troupe de luchadores, lo llevó a parodiar una final. También allí tenía que perder. En "sensacional encuentro" Karadagián, dueño del poder, benefactor de hospitales, lo sometió por unos pocos pesos.
La última derrota ocurrió el 10 de noviembre de 1963, bajo las ruedas de aquel colectivo. Había terminado su vida en una parábola perfecta de humillación; "una bala perdida", como solía decir él.
No tuvo amigos. Apenas dos o tres compañeros de aventuras en los momentos en que regalaba su pequeña fortuna. Contestaba con monosílabos, recuerdan algunos, para escapar de los adulones y los ambiciosos; otros dicen que no hablaba para ocultar su escasa educación. Tirado en la calle Herrera, de Avellaneda, manchado de sangre, con los ojos abiertos puestos en otro vendedor de muñecos, repitió: "No me dejés solo, hermano; levantáme, no quiero estar tirado".
Cuando murió, La Prensa dijo: "La popularidad que adquirió Gatica por sus éxitos y por su característico estilo de infatigable peleador, fue utilizada por el régimen de la dicatdura, que lo adoptó como en el caso de otros campeones deportivos como instrumento de propaganda. Y esta publicidad extradeportiva y el aplauso obsecuente de personajes encumbrados no fueron ajenos por cierto a que él cayera en actos de inconducta dentro y fuera del ring". Fué un recuerdo político, cargado de desprecio. Al comentarista, como a tantos otros hombres de traje gris, le hubiera gustado ver a Gatica domado. Pero no; aún muerto sería molesto: nunca llegó tanta gente a la Federación Argentina de Box como para su velatorio. Hombres y mujeres hicieron una colecta y compraron una corona que decía: "El pueblo a su
ídolo". El féretro tardó siete horas en llegar al cementerio de Avellaneda.
Cuando la última palada de tierra cubrió el modesto cajón, los cronistas anotaron esta frase de Jesús Gatica: "La única miseria qe vivió mi hermano fue consecuencia de su desesperado afán de querer vivir la vida".

Se cumplen tres décadas de la que fue, quizá, su primera alegría, cuando tenía veinte años. Gatica es, todavía, un símbolo contradictorio, arbitrario; la vida le fue quitada poco a poco, con un odio que conviene no olvidar.







Convocatoria*


El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante" (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
Cordial saludo,



*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schiessstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067


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Thursday, December 11, 2008

ES COMO UNA PIEDRA QUE SE CAE EN UN ESTANQUE...

Incertidumbre*



Miro indiferente como arde el verano.
Estancadas, sus sacerdotisas, lijan caracoles peregrinos para la cena.
Duele todo el cuerpo al oeste de febrero, comenzó a doler de improviso mientras mordía un durazno y escuchaba la música de La Misión.
Ahora lo poseo pulverizado en todo el cuerpo, sabe a duraznos y arde como incendio, el fuego no alcanza a estas letras ni a la música que continúa peregrinando sobre mis venas, para desembocar, vaya a saber, en cuál de todos mis paraísos perdidos.
En cuál estuario de papel.



*de Diana Poblet. soydian@yahoo.com.ar






ES COMO UNA PIEDRA QUE SE CAE EN UN ESTANQUE...




*


sos distinta
soy distinto
prevalece en vos la mirada en mí
tu boca hace mi camino
tu abrazo calma mi calma
en mí no es polvaderal
ni mala sal
o mentira del barro
entonces
como si estuviéramos viendo el horizonte
abrazando estrellas
incomodamos nuestros orígenes
y despertamos en la palabra.


*de Ricardo Mastrizzo.




NOTICIA*


El Cuerpo de Policía y el Cuerpo General de Bomberos han iniciado una serie de reuniones con el fin de coordinar servicios y operativa. Ambas instituciones han recomendado que sus representantes sean gays con el fin de que haya una mejor integración entre los cuerpos.



*de Joan Mateu joan@cimat.es






Tardecita‏*


Profundo escarabajo
De esmalte turquesa
Eslabón del silencioso
Cielo que hace flotar
Las naves en el soleado río
Más allá de las nubes
Las estampas de pinturas
De la naturaleza
La inmensidad del aire
Respira en armonía
En las hortensias rosadas
Y violáceas
El abanico de un picaflor
Retumba en los mansos pétalos
De la tardecita.-



*de Azul. azulaki@hotmail.com






Martes, 9 de Diciembre de 2008
LITERATURA JUAN JOSE MANAUTA, EL ARTE DE ESCRIBIR Y SUS CONVICCIONES
"Yo aprendí todo sobre el marxismo leyendo a Gorki"*

"No sé si he dado por terminada mi profesión de escritor, pero no estoy escribiendo ahora", admite el autor de Las tierras blancas y Los degolladores, que revisa el modo en que el contexto de su infancia terminó influyendo en su escritura.



*Por Silvina Friera


El hombre que se asoma por el living de su casa en mangas de camisa es tan alto y fornido que, cuando invita a pasar a su escritorio, da la impresión de que su cabeza golpeará contra el marco de la puerta. Aunque es mediodía y todavía no almorzó, sobre el escritorio hay una copa de vino blanco por la
mitad. ¿Será el alcohol la fórmula secreta que lo mantiene tan aceitado física y mentalmente? "Menos mal que usted fuma", dice Juan José Manauta con ese gesto cómplice de quien no está dispuesto a aceptar una entrevista en su casa sin poder cumplir con el ritual de encender de tanto en tanto un
cigarrillo. Mientras se acomoda en su silla, el sol ilumina la frente dilatada del escritor y en el fondo de sus ojos brilla el niño que fue, ese gigante travieso que en Gualeguay, donde nació en 1919, jugaba al fútbol con "los descalzos" de los rancheríos. De pronto el atado desaparece entre sus manos anchas, y no es un truco de prestidigitador. Todo lo que toca este gran narrador invisibilizado por el mercado se desvanece ante la desmesura de sus dedos. Excepto las teclas de la vieja máquina de escribir, su
compañera Remington -aunque suene muy peronista- con la que escribió Las tierras blancas, novela publicada en 1956 que acaba de reeditarse en la colección Los Recobrados, que dirige Abelardo Castillo. "No sé si he dado por terminada mi profesión de escritor, pero no estoy escribiendo ahora. Me
rondan por la cabeza muchos asuntos que todavía no he trasladado al papel, pero no está excluido que vuelva a escribir", señala el escritor de voz cavernosa a Página/12.
Entre cigarrillos y lo que le queda del vino blanco, Manauta transitará el camino previo y posterior a la escritura de Las tierras blancas, considerada su obra capital, en la que refleja el drama del éxodo de los campesinos entrerrianos y cómo padecen el desarraigo de sus tierras, corridos por el latifundio y la miseria. Estructurada a partir del contrapunto entre Odiseo, el hijo, y su madre, durante un domingo de elecciones en esas tierras blancas, la novela es una "radiografía" del hambre que padecen esos seres
desamparados que a veces sólo toman mate. "Y yo, que miraba a Odiseo, dejé de mirarlo -dice la madre-, porque el hambre que sentía me obligaba, me ha obligado siempre que la padezco, a mirar hacia donde se habla de comer." Una frase de esta novela, filmada por Hugo del Carril en 1959, se ha transformado en cita obligada de la novelística argentina: "...Y otra vez el hambre. Otra vez el hambre, y es como decir: otra vez mañana, el atardecer, el mediodía".
En 1952 el escritor publicó Los aventados, novela que mereció una crítica "severísima" de Bernardo Verbitsky en Noticias Gráficas. "Me encontré con don Bernardo y le dije: 'Vea usted, me dio con un caño, pero me parece que es justo, que usted tiene razón'", cuenta Manauta. "El me criticaba el
esquematismo, el no haber cuidado el lenguaje, el hecho de haberme dejado llevar por la anécdota, que era tremenda, los campesinos desalojados de su tierra que arribaban a la ciudad y se encontraban con los problemas de la década del 50, dos familias en una misma pieza. Yo no atendí mucho al estilo, al cuidado del lenguaje. Esa crítica, aunque me dolió, me sirvió mucho para escribir Las tierras blancas, que está mucho mejor escrita, cuidada en su lenguaje y con una anécdota no menos dramática o relevante.
Cada vez que apretaba una tecla, me acordaba de Verbitsky. Me llevó escribirla sus buenos dos años. Y salió lo que salió."
-¿Cómo le fue dando forma a ese contrapunto entre Odiseo y la madre?
-Es una reminiscencia de John Dos Passos, en sus novelas hay esos contrapuntos. Yo había leído la trilogía de Dos Passos El gran dinero, 1919 y Paralelo 42, y traté de adoptar esa forma en mi novela. Por otro lado, siempre he tratado de exigirme la unidad de tiempo y de lugar, aunque no soy autor teatral. Pero prefiero que la cosa se desarrolle en un día, en un lugar, y que el asunto tenga coherencia. Tenía que seguir el itinerario del chico, Odiseo, desde la mañana hasta la noche, cuando llega a la casa
muerto. Ese día está engarzado con los recuerdos de su madre del pasado, el entorno, el marido. Ellos llegaron a ese lugar un domingo en que había elecciones y la novela de Odiseo y la madre también se desarrolla en un domingo electoral.
-¿Los personajes están inspirados en personas que usted conoció?
-Sí, sobre todo los chicos. Nací en una escuela; mi madre era directora de una escuela "infantil suburbana", así se llamaba, en Entre Ríos. Eran escuelas de alfabetización. Todos los días tenía en mi casa treinta o cuarenta chicos a la mañana y otro tanto a la tarde con los cuales convivía.
Eran chicos de las tierras blancas, del suburbio, a los que había que darles de comer. Esto no es de ahora, viene de lejos, había que darles de comer, guardapolvos y zapatillas, porque si no no iban a la escuela. En Entre Ríos se cumplía con rigidez la obligatoriedad de la enseñanza primaria, laica,
gratuita y obligatoria. Mi madre, que era directora de esa escuela, tenía una jurisdicción. Antes de que comenzara el año lectivo, se hacía un censo con los chicos en edad escolar. Desde que aprendí a caminar la acompañaba a mamá con una o dos maestras de la escuela para hacer el censo. Se censaba a los chicos del lugar y esos chicos tenían que ir sí o sí a la escuela. Era obligatorio, y mi mamá era muy enérgica con eso.
-¿Por qué cree que cuesta tanto abordar literariamente la pobreza?
-Gorki escribió sobre la pobreza y fue un gran maestro para mí. Un tío mío que era anarquista pronunció el nombre de Máximo Gorki y a mí me gustó la musicalidad, me pareció un verso latino. Fui a la biblioteca de Gualeguay y pregunté si había algún libro de Gorki. Y me trajeron La madre, que fue el
primer libro que leí en serio. Tendría tal vez quince años. Cuando terminé de leer la novela dije: "Yo quiero escribir como este tipo". Fue por Gorki que le perdí el miedo a la pobreza. Además yo vivía entre pobres. Los chicos que venían a la escuela eran todos pobres, algunos indigentes. A lo mejor si
hubiera vivido en otro barrio, si hubiera tenido otra condición social, le hubiera temido a la pobreza. Los chicos que vivíamos en el pueblo íbamos a jugar al fútbol con los chicos que vivían en ese rancherío de las tierras blancas. Ellos jugaban descalzos; nosotros teníamos zapatos de fútbol, medias, equipos. Muchas veces nos ganaban jugando descalzos. Recuerdo a uno de ellos, en algún cuento lo nombro, que era tan pobre que no tenía ni nombre. Se llamaba "el hijo de Juana", ¡yo nunca supe cómo se llamaba! De modo que he convivido con la pobreza, he estado metido en la pobreza, aunque mi familia no era pobre.
-¿Fue deliberado que la prosa de su novela fuera tan poética?
-Sí, la prosa, a mi entender, tiene que ser obligatoriamente poética. No puede ser una prosa chata, sin relieve, aunque tampoco hay que pasarse de rosca (risas).
-¿Cómo fue que un peronista como Hugo del Carril filmó la novela de un escritor comunista?
-Hugo del Carril era un peronista de izquierda, un hombre muy cercano al marxismo. El era del mejor peronismo, del peronismo proletario, de la clase baja. No nos llevábamos mal, no nos peleábamos. Era un hombre muy lúcido... y era peronista hasta por ahí nomás (sacude sus manazas), porque el peronismo no lo trató muy bien, incluso hasta estuvo preso.
-¿Le gustó cómo quedó la película?
-No, no me gustó. La adaptación la hizo Eduardo Borrás, el libretista de Hugo. Yo hice algunas objeciones porque la relación de la madre con el hijo estaba desvirtuada, no está reflejada en la película. El personaje de la madre en la película es casi inexistente, y en cambio tiene relevancia el
personaje del padre, que en la novela no aparece. Hugo tomó la parte social, el problema político y social, pero no el psicológico.
-A 52 años de la publicación de la novela, ¿qué lugar ocupa dentro de su obra?
-Soy mejor cuentista que novelista. Después de Las tierras blancas publiqué cinco libros de cuentos y ninguna novela más como la gente. Otras, como Papá José, no me gustan, en fin... Mayo del '69 es una novela urbana, todavía la respaldo y está por reeditarse por una modesta editorial, La Grieta, de La
Plata. Aunque no es una crónica sobre el Cordobazo, se inserta una crónica del Cordobazo dentro de la historia novelesca, o la historia novelesca se inserta en el momento del Cordobazo. Pero después me incliné hacia el cuento.
-¿Por qué se siente más cuentista? ¿Qué encuentra en el género?
-Porque se termina más rápido (risas). En el cuento todo tiene que girar alrededor de un punto. El cuento es como una piedra que se cae en un estanque y hace círculos concéntricos; todo lo que se desarrolla está referido al impacto. Y eso me atrajo más.
Aunque su voz suene ronca, producto de la mixtura del cigarrillo y el alcohol, nunca tose. Pero a veces carraspea, como si intentara sacarse algún recuerdo que le quedó atravesado en la garganta. Después de recibirse de maestro normal en la Escuela Normal de Gualeguay, en 1938 Manauta llegó a La Plata para estudiar la carrera de Letras. "Juan L. intervino a favor mío y le dijo a mi padre: 'Déjelo ir que es la mejor facultad del mundo'. Mi viejo y mi vieja no querían, '¿cómo se va a ganar la vida este chico?', decían. A Juan L. debo agradecerle su influencia para que mis padres me permitieran ir a La Plata a estudiar humanidades."
-¿Qué otras anécdotas recuerda con Juan L.?
-Juan L. se pagó sus primeras ediciones. Con una bicicleta vendía los libros para poder financiarlos porque no había editorial que se los publicara. En el almacén de mi viejo siempre había un montoncito de libros de Juan L. La gente iba a comprar yerba, azúcar, harina, y mi padre les ofrecía los libros de "un gran poeta". "¿Quién? ¿El loco ese que anda en la bicicleta?", le preguntaban a mi padre. Sí, ése (risas). Juan L. juntaba gatitos abandonados en los zanjones y buscaba quién los adoptara. Y de paso vendía sus libros.
-¿En la universidad se hizo marxista?
-No, me hice marxista después de leer La madre, antes de afiliarme al partido y de militar. Yo era un marxista ingenuo porque había aprendido el marxismo no leyendo El capital sino la novela de Gorki. En La Plata me afilié a la Federación Juvenil Comunista, y de adulto al partido. En La Plata me vinculé con los muchachos comunistas de la Fede y comencé a militar en unas instituciones que se llamaban "transformadas".
-¿Por qué se alejó del PC?
-Como muchos otros, me fui alejando del PC en los '60. El partido se había convertido en una federación de tontos, de sectarios que adherían incondicionalmente a la Unión Soviética, que fue una falsificación, una negación del marxismo. El partido se había transformado en una especie de secta, de mafia. Muchos de nosotros no podíamos romper con el marxismo porque éramos marxistas por convicción. Pero nos dimos cuenta de que el Partido Comunista no era marxista, era una falsificación del marxismo. Nos
sentimos mal, muy mal, nos quedamos sin partido, aunque el partido existía y tenía su local. Nos quedamos en el aire. Fue una experiencia fea que nunca me animé a encarar literariamente porque convertirme en un apóstata no me atraía... Además uno escribe mejor con el recuerdo que con la confrontación inmediata de las cosas. Yo creo que el recuerdo mejora las cosas.
-¿Cómo vivió el peronismo del '46 al '55?
-Pude convivir con el peronismo tranquilamente. Sabía entenderme con ellos.
El fenómeno peronista era un fenómeno popular, populista. También la revolución rusa tuvo sus populistas; había un movimiento populista que no era específicamente el comunista. He vivido en armonía con los amigos peronistas.
Se queda unos segundos callado, se lleva la mano izquierda a la frente, se la golpea tres veces, molesto por olvidarse los nombres de los "amigos peronistas" con los que vivió en armonía. "La memoria me juega una mala pasada ahora", se disculpa el escritor, que trabajó en una imprenta, en un aserradero, fue corrector de pruebas y periodista en el diario La hora, del PC. "Siempre escribí en los días de descanso, los sábados y domingos, o en las vacaciones, porque en la semana tenía que trabajar. Yo fui escritor de
sábado y domingo obligatoriamente, no había otra posibilidad. Nunca gané nada con la literatura, ni siquiera con la película; recibí algunos mangos por los derechos, pero por derechos de autor, miserias. Nadie vive de los derechos de autor, salvo los best seller como Paulo Coelho", subraya Manauta. Tiene un libro de poemas inédito, Entre dos ríos, una descripción poética de la provincia, que publicará cuando alguien quiera o cuando pueda pagarse la edición. "Una edición de poesía pagaría, pero por cuentos y
novelas no", aclara el escritor, que el próximo domingo cumplirá 89 años.
"Voy a hacer un gran baile y la voy a invitar", promete Manauta.
-¿Cuál es el secreto para estar tan bien?
-Fumar un atado y medio de cigarrillos por día, tomar dos botellas de vino, una al mediodía, otra durante la cena, y trasnochar. Nunca me acuesto antes de las 3 de la mañana. Llevo una vida muy sana (risas). Los mendocinos me deberían dar un subsidio (más risas). No me avergüenza beber, pero no soy un borracho. Soy de esos tipos que cuando se enferman, se mueren. Así que espero no enfermarme pronto, aunque haber vivido 88 años es un abuso de vida.



La ficha



Juan José Manauta nació en Gualeguay, en la provincia de Entre Ríos, el 14 de diciembre de 1919. Profesor en Letras egresado de la Universidad de La Plata, nunca ejerció la docencia como profesión académica. Es autor de las novelas Los aventados, Las tierras blancas, Papá José y Mayo del '69; de los
libros de relatos Cuentos para la Dueña Dolorida, Los degolladores, Disparos en la calle, Colina de octubre y El llevador de almas y otros cuentos; del libro de poesía La mujer en silencio; y el guión de cine Río abajo. Recibió el Premio del Fondo Nacional de las Artes (1961), el Premio Municipal de la
Ciudad de Buenos Aires (1985) y el premio Fray Mocho.




Suprimir la explotación



¿Qué significa ser marxista hoy después de todas las "falsificaciones" que vivió el marxismo en este siglo?
-Ser marxista hoy es creer en la justicia, en la igualdad, en la fraternidad. Creo que el marxismo de Marx, valga la redundancia, es una continuidad de la Revolución Francesa. Sería la realización de los ideales de la Revolución Francesa, aunque en apariencia a veces eso se niegue. El marxismo hoy sería la forma más humana de convivir, suprimiendo la explotación del hombre por el hombre. En tanto y en cuanto el hombre explote al hombre, el marxismo tendrá vigencia. Y luego la tendrá en la sociedad sin
clases del futuro, en la que no habrá explotación. Pero quizá ya no viva para verlo.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-12238-2008-12-09.html





*


Sólo el poeta
puede ver huella esperanzada
y sustantivos en el verbo
es alma que denuncia ama y declama
en la ardua misión
de pintar
dolor y labor en la mirada.



*De Ana analia_gattasz@speedy.com.ar





La Plata: impulsan la creación de un tren para estudiantes universitarios*


El proyecto contempla que la formación conecte la estación ferroviaria con varias sedes


*Por Pablo Morosi
Corresponsal de LA NACION en La Plata


LA PLATA.- La Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y la Municipalidad local impulsan un proyecto para crear un tren que una la estación ferroviaria local con las sedes de varias facultades y que sirva, en principio, para movilizar a más de 40 mil estudiantes universitarios.
El primer gran impulso a la iniciativa se concretará hoy, con la firma de un convenio enre el presidente de la UNLP, Gustavo Aspiazu; el intendente, Pablo Bruera; y el titular de la Comisión Nacional de Regulación del Transporte (CNRT), Eduardo Sícaro.
El denominado "tren del bosque", será un transporte de baja velocidad, de dimensiones similares a las de un ómnibus urbano, con capacidad para unos 60 y 80 pasajeros y autopropulsado con un motor diesel. Será compatible con el tránsito urbano y que en su recorrido tendrá paradas en, al menos, cuatro
facultades ubicadas en la zona del bosque platense explicó el prosecretario de Extensión de la UNLP, Diego Delucchi según quien, la idea apunta a "fortalecer las políticas de bienestar estudiantil y atender las crecientes demandas de movilidad de estudiantes universitarios". Delucchi aclaró que si bien por las características del recorrido se habla de un tren universitario, el transporte también podrá ser utilizado por el resto de la comunidad.
En tal sentido, la intendencia se propone usar la experiencia como una prueba piloto y luego extenderla hacia otras zonas de la periferia de la ciudad, según comentó a La Nacion.com el secretario de Gobierno del municipio platense, Daniel Navas que adelantó que también se intenta sumar al plan al Ministerio de Infraestructura, Vivienda y Servicios Públicos de la provincia.
El convenio que se firmará hoy permitirá la realización de estudios técnicos, urbanísticos y de demanda, además de un relevamiento del estado del tendido y de la forma de administración del proyecto.
En forma paralela, la Facultad de Ingeniería trabaja en el diseño de un vehículo ecológico impulsado a electricidad con la intención de que sea el prototipo a utilizar en forma definitiva.
Según explicó Navas existen estudios previos que reconocen la viabilidad para instalar un sistema ferroviario liviano urbano, aprovechando el tendido de vías en desuso existente en la zona. El proyecto originado en la UNLP prevé un recorrido de 4,5 kilómetros desde la Estación de trenes de 1 y 44
hasta el Policlínico San Martín, en calle 1 y 72. Cubrir el trayecto, que abarca el área de influencia de nueve facultades y un laboratorio de investigaciones, demandará unos 30 minutos.
Se estima que el tren tendrá un impacto en el desarrollo del turismo recreativo, cultural y científico en la zona y servirá para revalorizar el Paseo de Bosque, ya que permitirá acceder al Museo de Ciencias Naturales, el observatorio astronómico y al zoológico local.
En cuanto a los costos del emprendimiento, los funcionarios pretenden minimizarlo lo máximo posible ya que aspiran a conseguir material rodante en desuso que podría ser provisto por el Gobierno Nacional, según confiaron fuentes de la comuna. También se debe conseguir la autorización de la secretaría de Transporte de la Nación para la utilización de la vía.
No obstante, desde la UNLP son optimistas y aseguran que el tren del bosque estará rodando durante 2009.


*Fuente: La Nación.
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1079592&pid=5508069&toi=6269





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"El amor es un tren que parte, un pañuelo saludando desde el andén, una lágrima que rueda buscando asirse al recuerdo, imborrable y eterno".


¿Dónde había leído aquella frase? ¿A quién se la había escuchado decir? ¿La habría imaginado? ¿Estaría escribiendo en el aire? ¿Cuántas cosas puede uno llegar a inventar cuando lo domina el dolor, cuando la única vía de escape hacia alguna de las formas del placer es la propia imaginación?
Quizá, lo sea también un vagón de tren, una locomotora desbocada, un par de rieles que se pierden en el horizonte.
Subió los peldaños del vagón con el peso de su propio desamor sobre los hombros. Se sentía vacío, como si le faltara algo dentro del pecho, eso que hasta no hace mucho le otorgaba consistencia a su propia persona. Y al mismo tiempo, estaba desbordante de recuerdos. Extraña sensación la de la pérdida, pensó: te llena la cabeza de virtualidades, al tiempo que te vacía de materialidades…
Eludió a los pasajeros que se demoraban en el descanso, fumándose un pucho en un lugar prohibido, para encarar el pasillo y deambular apenas hasta encontrar un asiento vacío donde apoltronarse. Se recostó contra la ventanilla cerrada, cerrándose aún más el abrigo sobre el pecho, como si el frío interior le brotara por los poros, estremeciéndole con un escalofrío.
Un silbato se oyó en la tarde, el suelo del vagón crujió bajo sus pies, y la formación comenzó a moverse, como se movían las hojas de los árboles que circundaban el andén, retrocediendo dentro de su campo visual. Oyó el retumbar de la locomotora dándose ánimos para continuar viaje, y se abandonó a sus –cíclicos- erráticos pensamientos.
¿Cómo seguir viaje desde ahora? El asiento que quedara vacío a su lado era algo mucho más concreto que cualquier símbolo que pudiese representar su actual estado de ánimo. Vacío de materialidades, vacío de cuerpos, vacío de afectos, vacío… Eterno y creciente dolor.
De pronto, descubrió que ya no recordaba ni su rostro. Sentía la ausencia de su figura, su perfume, su calor. Pero no podía recordar sus facciones. Su cabello, quizás, oscuro y lacio; más no sus rasgos. ¿Cómo era posible? ¿Estaría acaso comenzando a olvidarla? Lo dudaba; si así lo fuera, no sentiría este frío que le ascendía por el cuerpo como gélidas rachas de viento invernal. No: aún la recordaba, intensamente; este olvido sólo era otro ejemplo más de la constante presencia de su ausencia.
Clara… Su nombre apareció en su memoria como un oasis en el desierto. Nombrarla, musitar ese familiar par de sílabas con un silencioso murmullo, no le hizo recordar aquel rostro que tantas veces contemplara extasiado, pero le abrió una puerta. Allí, hecho un ovillo contra la ventanilla del vagón, se abrió delante suyo un acceso hasta entonces velado por el dolor. Ingresó de pronto en un pasadizo mental que velozmente lo condujo hacia terrenos inaccesibles para él durante mucho tiempo; terrenos anímicos que le parecían demasiado extraños, como si le perteneciesen a otra persona.
El paisaje se desplazaba hacia atrás, oscilando con el rítmico vaivén del tren; y por encima de él, emergiendo con una misteriosa luminosidad, apareció ella. Clara, recortada contra el marco de la ventanilla, como un tierno fantasma que quisiese penetrar en el vagón y sentarse a su lado, haciéndole compañía en este sombrío momento. Clara, extendiendo sus manos con ramalazos de un calor pleno de ternura, deseosa de ahuyentar para siempre esta devastadora languidez que le enturbiaba los afectos.
Su rostro se acercó al suyo, y aunque percibía el aroma de su piel, aún no conseguía discernir sus rasgos. Podría ser ella, u otra cualquiera. Pero era Clara, no había ninguna duda. Su corazón se lo afirmaba, más que su razón. ¿Razón? ¿Existía alguna clase de racionalidad en este momento dentro suyo? Su mano derecha se aferró aún más a las solapas del abrigo, queriendo asirla, retenerla, abrazarla…
El calor se extendió por debajo de sus axilas, rodeando su cuerpo, mientras una boca respiraba ansiosa sobre su cuello. La calidez se desplazó hasta rodear sus muslos, mientras una leve pero creciente excitación comenzaba a dominarlo. El frío que sintiera hasta entonces parecía haberse extinguido. Clara volvía a abrazarlo, a quererlo, a darle más de su calor…
Entreabrió la boca, buscando robarle un beso. Sus labios se encontraron con cierta torpeza, intercambiando sabrosas humedades que ya parecían no recordarse. Su mano quiso desplazarse, pero sólo consiguió aferrar apenas el hombro izquierdo, entrecerrando los párpados, mientras un brazo virtual, luminoso y protector, se desplazaba sobre la brillante piel de la espalda de Clara, y su boca se deshacía del encuentro labial para recorrerle un hombro, inhalando ese perfume que tanto deseara y lo embriagara durante días, semanas, meses…
Entonces descubrió, apenas registrando el escaso contacto que tenía con la realidad que lo circundaba, que el duro asiento del vagón había dado lugar a un mullido sillón de pana, iluminado por una tibia lámpara de pie, que le recordaba una agradable y soleada tarde de otoño. Clara se movía sobre sus muslos, sin dejar de adherirse contra su cuerpo, con una indescriptible desnudez. Los besos recorrían infinitas distancias, procedentes de un ayer tan maleable que muy pronto se convertía en este presente, reactualizado, vívido, inmortal…
Los brazos de él la aferraron vigorosos, rodeándole la espalda y la cintura, impidiendo que se aleje, provocando que ambas caderas se refregaran entre sí, aumentando el imaginable caudal de excitación. Clara gemía sobre su oído, suspiraba entrecortada, le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, al desplazar sus tibias manos por encima de sus tetillas, rozándolas apenas con sus pezones al izarse y dejarse caer, volviendo a besarlo, hundiéndole la lengua, cerrando ambas piernas para apretarlo cada vez más.
La excitación de él cobraba vigor muy rápidamente, como hacía mucho tiempo no experimentaba. El frío lo había abandonado. Volvía a sentirse amado, deseado, efecto que retribuía con ardor, mientras el traqueteo del tren lo mecía a un lado y al otro, potenciando el vaivén amoroso que le imprimía Clara con sus ondulantes arqueos, sinuosos movimientos que alejaban de sí toda realidad.
Hasta que ya no pudo resistirse más y se dejó ir, liberando sus recuerdos, abriendo los brazos para recibirla y entregarle su savia, permitiendo un encuentro tantas veces negado, compartiendo ese calor inenarrable que siempre deseara retener junto a su corazón. Y así la recordó, sus rasgos afilados, los ojos claros, una nariz recta que prevalecía sobre unos labios pequeños pero carnosos, las cejas oscuras y tupidas, la tensa expresión orgásmica de un intenso amor que por siempre existiría dentro suyo…
Recordó la liviandad con que encaraba la vida al estar junto a ella, la etérea sensación de volar sobre las calles y las playas durante los extensos paseos que disfrutaran juntos, la trascendencia de cada detalle hecho signo, el calor que le transmitiera su mirada durante tanto tiempo, la consistencia de un vínculo que le otorgaba solidez e impedía que se desmembrara en su propia confusión. Comprendió el estatuto que había adquirido el peso de la propia angustia al estar alejado de ella, el horror que experimentara cada noche que se acostara a solas en una cama absurdamente vacía, con la noche por delante y el sueño resistente a abrazarlo, para conducirlo dentro de ese mágico espacio que creaba cada noche para reencontrarlo con su deseo. Supo que, al convertirse el amor en algo tan leve y el desamor en algo tan pesado, aquello podía conducirlo a una locura tan adherente que jamás conseguiría apartarse de ella, al menos mientras viviera, cargando con aquel dolor hasta el final de sus días. Y el calor que recordara sobre este preciso vagón de tren sólo sería un vano espejismo de los momentos idos, insustancial y evanescente.
Se resistió a recordar más, a enfrentarse con el dolor, a tolerar la realidad. La creciente sensación cobró una entidad casi física a lo largo de todo su cuerpo. Entonces se dejó ir, llevado en brazos por un orgasmo de raíces tanto físicas como mentales, arropado por una tibieza solar que provenía de sus profundidades anímicas más entrañables, abrazando a su propia Clara en un instante amoroso que él hubiera deseado no se acabase nunca…
Así, mientras continuaba alejándose del dolor de la ausencia, se dejó llevar por el traqueteo hasta la próxima estación, rogando porque siempre existiese una estación más en su camino, y esa extensa vía que lo conducía al recuerdo jamás tuviese un final.



*De ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar






Correo:


Fiestas*


Quisiera decirles algo nuevo, algo tan a punto de nacer como el año que nos está esperando. ¿Y si no puedo? porque es necesario ponerle al tiempo alguna señales reconocibles, brindis, burbujas, regalos besos, comidas, abrazos, deseos. ¿Y si lo nuevo no son los ingredientes y sí lo que hacemos con ellos?
¿Y si lo nuevo fuera la voz y la verdad con que les deseo un abrazo entre lo que está y lo por venir?
Un abrazo que cure las pequeñas heridas y abra la puerta


*Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar





Convocatoria*


El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante" (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
Cordial saludo,



*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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