Monday, July 13, 2009

ESTACIÓN J. V. CILLEY


INVENTREN*



Al amigo Coiro, que sueña trenes.



Lo que vemos desde aquí no es más que un modesto edificio de una sola planta, con una puerta de madera y dos ventanas. Se adivina que en otro tiempo estuvo pintado de blanco, pero ahora toda la fachada está repleta de desconchones y lo que parece ser un impreciso conglomerado de restos de pintura, con diversos colores mezclados de forma aleatoria, como lo haría un niño. "Ese estrago no es obra de niños" dice el Gringo. El Gringo era actor. Vino hace casi treinta años a participar en una película, descubrió la melancólica noche de nuestras ciudades y la insondable desnudez de nuestros yermos, y nunca más volvió a su tierra. Desde entonces vaga por ahí con su videocámara y un ansia insaciable de escenas por grabar, de mundos por descubrir y relatar.

Si nos acercáramos un poco más, veríamos que se trata de la oficina ya inútil de un apeadero abandonado, último residuo de un pasado que se nos va marchando lentamente. Un poco más cerca, observamos que la puerta, que alguna vez fue verde y ahora es un mero trozo de madera reseca, ha sido abierta, quizá forzada, y que las ventanas no tienen cristales. Pensamos que acaso alguien se los llevó para venderlos, o que estarán esparcidos por el suelo, fragmentados en miles de pequeñas astillas transparentes que dentro de un rato, cuando el sol esté alto, sembrarán de reflejos el entorno, multiplicando la aridez de este paisaje.

Nuestros pasos, lentos, resuenan sobre la calma del amanecer austral mientras nos vamos aproximando a la caseta. A pocos metros hay un auto, que parece tan abandonado e inútil como todo lo demás. El volante y el cambio de marchas han desaparecido, así como tres de las ruedas. La cuarta está destrozada. También faltan la puerta del conductor y los espejos. Ese auto tiene un no sé qué de animal herido. De bestia moribunda que se ha arrastrado hasta aquí a exhalar su último aliento, al lado de las vías por las que una vez circuló esa especie de hermano mayor: el tren. Pero también las vías han emigrado a otras latitudes. No queda por allí ni un solo hierro. Algunas traviesas de madera, uno que otro tornillo enterrado, la hierba seca marcando el lugar donde antes hubo raíles, como queriendo contar una historia, una vieja balada de destierros y encuentros.

Dentro del inmueble en ruinas hay alguien. Se asoma al acercarnos. Es el Marmota. Le llaman así porque siempre parece estar durmiendo. La realidad es que padece una suerte de insomnio crónico, que le impide dormir durante la noche. Eso hace que se pase el día dando cabezadas. Antes la cosa era diferente: El Marmota trabajó, como todos nosotros, en el ferrocarril. Fueron años dichosos. Uno se pone a contar anécdotas y no termina. Ganamos algo de plata, hicimos buenos amigos, recorrimos este país hermoso, vivimos. Luego todo terminó de repente. La casa donde vivía el Marmota en esa época estaba a unos doscientos metros de las vías. Cada noche, antes de acostarse, escuchaba pasar el tren de las once, que iba hacia el norte. Media hora más tarde, con bastante puntualidad, podía escuchar, a veces ya desde la tibia región del duermevela, el que venía atravesando la estepa rumbo al sur. Ese era el mejor indicio de que el mundo seguía marchando, de que todo estaba bien. Después -esto ya lo supo todo el país por los diarios o la televisión- esa ruta quedó obsoleta y se suspendió el tráfico. Muchos de nosotros nos quedamos sin trabajo. Aquella primera noche sin trenes, el Marmota permaneció acostado cara al techo durante horas, esperando, sin saberlo, el sonido que había venido escuchando y amando desde que tenía conciencia. El bárbaro silencio no lo dejó dormir. Desde entonces, cada noche no es más que un reflejo borroso de aquélla, la pesadilla de la que no le es posible despertar.

Por eso no es extraño que haya sido el primero en llegar. Nos saluda con un gesto. Nos muestra el interior. Un armario desgajado y un par de sillas raídas, un tablón de anuncios con cuatro o cinco chinchetas oxidadas, un botiquín vacío. También hay un diminuto baño con las paredes desnudas. Habrán aprovechado las baldosas. "No es mucho, la verdad" murmura el Gringo. "Hay que ser cautos" dice alguien. "No sabemos bien de qué va esto. Ya se verá".

Todavía falta gente, no sabemos cuánta. Nos sentamos afuera, en el suelo, a la sombra. Aún no hace calor, pero es el lugar más agradable para esperar. Fumamos en silencio, con la mirada perdida en un punto inconcreto, cada uno sabrá qué es lo que ve en esa intersección imaginaria.

Un rato más tarde aparecen dos mujeres con un bulto. A lo lejos, parece una especie de alfombra enrollada. Se oye un susurro: "Son ellas". Caminan despacio, quizá el peso les impide avanzar más aprisa. Dos de los hombres se incorporan, tiran sus cigarrillos al yermo donde antes estaban las vías, y van al encuentro de las mujeres. El tercero sonríe. Hace años que las conoce. Sabe lo que va a pasar, como si ya lo hubiera visto antes, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que ver una y otra vez esa misma escena: Se encontrarán a mitad de camino, o un poco más lejos, allí donde un letrero sujeto con alambre al poste inclinado todavía indica el nombre del apeadero, y una flecha mínima, insignificante, señala la dirección a seguir. Después, ellos se ofrecerán a llevar el pesado fardo. Ellas, educada pero firmemente, rechazarán la propuesta. Habrá una breve y acalorada discusión. Luego, ellos regresarán a paso ligero, sin mirar atrás, mientras ellas se van aproximando con lentitud, saludando con la mano de vez en cuando y parándose a descansar un par de veces.

Cuando llegan, apoyan el fardo sobre uno de los muros y saludan a todos. Hay sonrisas y abrazos. Queda olvidado el incidente de unos minutos antes. Somos una misma cosa, las pequeñas contrariedades no deben afectarnos. Tenemos un objetivo, aunque aún no sepamos muy bien cuál es. Así pues, nos saludamos y charlamos durante algunos minutos. En realidad, no sabemos de qué: Lo importante en ese momento es el sonido de las voces, saber que estamos ahí, que hemos regresado del exilio al que nos sometimos, o al que no pudimos escapar.

Luego, todos callamos. En el horizonte ha aparecido el Catalán. A esa distancia parece más pequeño, pero así y todo, no pasa desapercibido. Alguien pregunta "¿Se habrá acordado de traer los cuadernos?". Es una pregunta retórica. Todos conocemos la extrema seriedad y eficiencia del Catalán. Resulta extraño verle con traje y corbata en un día como hoy y en un lugar como éste. Al caminar, sus pies levantan pequeñas nubes de polvo que se quedan durante un instante posadas sobre el camino terroso y después se desvanecen como fantasmas inexpertos. Trae una maleta en la mano derecha, una maleta pequeña. Nos sorprende un poco reparar ahora en que los demás no hemos traído equipaje. No pensábamos que fuese necesario, y quizá no lo sea, mas el hecho de ver a uno con una maleta nos hace pensar en ello por primera vez desde que iniciamos esta aventura. Entendemos, porque así se nos dijo, que todo empieza en este lugar y en este día, pero nada sabemos de lo que vendrá luego. "¿Y no es siempre así en la vida?" se pregunta uno de nosotros, imposible saber quién.

Ha ido llegando más gente. Unos charlamos, otros permanecemos callados mientras oteamos la lejanía por si vienen más. La mañana va floreciendo. Nadie mencionó una hora concreta; no obstante, algunos empezamos a estar un poco intranquilos. Aunque nadie va a volver sobre sus pasos, eso no lo dudamos. Así que nos ponemos a esperar. Fumamos y charlamos; caminamos y fumamos, alguien canta por lo bajo. El día va transcurriendo. Hay quien piensa que tal vez sería hora de regresar a su casa; sin embargo, aquí nadie se mueve. No sabemos qué, pero en el fondo todos confiamos –o nos dejamos mecer en ese espejismo- en lo que ha de venir, aunque nos sea imposible cifrarlo o definirlo. Escrutamos la inmensa extensión que se extiende en torno; creemos adivinar, a lo lejos, sombras que se mueven, autos que van o vienen, aunque sabemos que no hay ninguna carretera cercana. Llega la primera penumbra del crepúsculo. Tal vez nos preguntamos si en verdad es posible aún esperar algo. Como un ronroneo creciente, la noche se acerca y nada ha sucedido. Sobre el murmullo, se escucha un rasgueo de guitarra, una voz que entona una milonga, otra que le acompaña. Al otro lado, en el yermo, se repiten los ecos nocturnos de los lugares abandonados para siempre. Entre todos estos ruidos tan familiares, se cuela uno nuevo, inexplicable: Si no fuera imposible, diríamos que se ha oído el traqueteo de un tren en la distancia. "Habrá sido un camión" farfulla una voz, aunque le falta convicción. Un rato después, el sonido se repite. Pedimos silencio. En efecto, hay un rumor, lejano aún, pero inequívoco. Esta vez nadie tiene dudas. Al fin y al cabo, somos todos del oficio. "El viento lo habrá traído desde la ciudad" musitamos, tratando de negarnos esa ambigua ilusión que comienza a asentarse en nuestro ánimo. Sin embargo, aguzamos el oído por si nos es dado establecer de dónde viene; escudriñamos el norte y el sur, el este y el oeste, convencidos de la inutilidad de nuestra solícita vigilancia, y al mismo tiempo con la secreta esperanza de ver aquello que deseamos, distante quimera que nos alzó de nuestros lechos y nos condujo hasta este minuto en el que todo va a tener sentido, o a perderlo. El sonido es real y poco a poco aumenta su volumen. Crece entre nosotros un griterío apagado, hay movimientos inquietos, miradas interrogantes, cierta confusión. De pronto alguien grita mientras señala un punto luminoso en el sur: "Allí, allí". Ya no es sólo el traqueteo remoto. Ahora lo acompaña una luz que se nos va acercando, una luz que viene del Sur. Desconcertados, nos miramos. Nos gustaría ensayar una hipótesis, fijar con unas pocas palabras eso que está sucediendo y que no tiene explicación, mas nadie dice nada. El sonido se va elevando hasta resultar casi insoportable. El círculo de luz también ha aumentado ostensiblemente su tamaño. No puede ser, pensamos. Pero es: Una locomotora antigua, cubierta por la tierra de todos los caminos, erosionada por todas las lluvias que el mundo ha visto, se acerca, poderosa y desafiante, hacia el lugar en que estamos, hacia este apeadero inútil, hacia este yermo desolado, provocando un rechinar, una agria resonancia, fantástica música que escuchamos con el corazón encogido. Con un chillido de frenos viejos, desacostumbrados, se detiene justo al lado de este barracón donde esperamos, arracimados y anhelantes. Vemos al conductor. Le reconocemos. Era cierto, entonces. Una voz se eleva por encima del murmullo general. La voz, resuelta, garabatea en el aire un pensamiento común: "Vamos subiendo. Es la hora".



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es






ESTACIÓN J. V. CILLEY.





EL ADIÓS DE LOS TRENES*



I


En este pueblo
extraviamos hace rato
nuestras sombras.
Los más viejos atribuyen la pérdida
a una conspiración de pájaros airados
por el asesinato de los eucaliptus
que bostezaban sombras húmedas
sobre la soledad del hospital;
estos viejos dicen
que los pájaros se llevaron
sombras de casas, de gentes, de utensilios,
con las sombras
de los eucaliptus.
Para otros,
el último tren
con su afónico silbato de exilio
cargó vagones
de sombras humilladas
que agitaron
pañuelos amarillos.



II


La vieja estación
es ahora una gran casa de lechuzas
que chistan, convocantes,
a una verde luna de tragedia.
Como elefantes cansados
los trenes dieron con sus huesos
en las vías muertas
y verdean a la luz lunar
que riela y riela
hasta requisar la nada
en los andenes.
Aquí no hay aire.
Por eso se escuchan
voces de otros tiempos



*De Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com







La muerte y J. V. Cilley*



La muerte de las personas es como la muerte de los objetos, o quizás debiese haberlo dicho al revés. Pero la muerte de los objetos, esos seres inanimados que portan cierta alma que aflora, también es reconocible.
Cómo no decir en la estación "esta estación, que estaba viva, ha muerto". Cómo, frente al patio borrado por la Pampa que devora las construcciones humanas, frente al andén inexistente, los rieles levantados, las paredes apenas esbozadas por una línea de ladrillos ancha y baja, cómo, entonces, no decir "esta estación, que tuvo vida, ha muerto".
Dicen que a la estación la derrubaron, que a los rieles los levantaron, que dejaron que los yuyos tapen el pozo cegado, y que permitieron que el patio apenas se dibuje brevemente por el perímetro de árboles desolados. Pero a la casa del guarda no la tiraron las manos de las gentes que mataron la vida del ferrocarril. La casa se derrumbó de tristeza, sola por el peso de la pena de ya no ser, de haber quedado despoblada. La vivienda del guarda sin guarda se derrumbó por el peso del vacío, sin ayuda.
La casa se cayó sobre sí misma, como un árbol, como un farol que se apaga, como un amor que desvanece su anhelo y se repliega en el olvido.
Es una tumba la estación J. V. Cilley. Si las personas mueren, si la historia tritura y demuele y desaparece, entonces esta estación, que ya no está, que es apenas un rastro bajo los cielos enormes y definitivos, esta estación es una tumba como la de los gringos, una tumba en tierra fundida en la tierra, un rectángulo de soledad bajo el perfecto azul.



*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com


-J. V. Cilley, estación que funcionó durante poco tiempo, a 11,200 km de la punta de rieles en Carhué.
En contra de lo que habitualmente se supone, J. V. Cilley no fue un simple apeadero. Tuvo un cuadro relativamente grande y dependencias de importancia cuyos restos aún son visibles. Un camino rural lleva a la mitad justa del cuadro: desde ahí ya se aprecian las ruinas de la vivienda, bajo un monte arbolado que, bien observado, forma un perímetro cuadrado que evidentemente correspondió a un patio. Ingresando al cuadro, hacia el sur (en dirección a Carhué) no hay otras sorpresas; pero recorriéndolo hacia el norte (en dirección a Rolito, que estaría 9 km adelante) comienzan a aparecer restos del andén y de otras construcciones.
Un muchacho del campo vecino salió a recibirnos y, para nuestra sorpresa, resultó ser todo un baqueano. No era para menos: era la tercera generación que habitaba en ese sitio. Su abuelo, nos dijo, recordaba perfectamente a J. V. Cilley en actividad; y él mismo llegó a ver el paso del último Midland y el posterior levantamiento de rieles. Nos aclaró que la estación desapareció hace mucho, pero que la vivienda se derrumbó sola unos pocos años atrás. También nos señaló la ubicación de un pozo cegado, del lugar donde otrora se alzara un galpón de cargas, y de algunos otros elementos.









ESTACION CILLEY DEL MIDLAND Y EL MARTIN FIERRO*



(Escrito inducido por el colectivo "Inventiva Social")







*Por Alfredo Armando Aguirre. choloar@rocketmail.com







Puede ser que desde el punto de vista histórico le esté chingando fiero. Pero las licencias literarias son las licencias literarias y en el campo de las Humanidades, vale la noción de "inferencia probable". Saliendo de Carhué por el ramal ferroviario Midland, la primera estación es (en realidad era)
Cilley. Uno tiene la propensión de acumular a lo largo de la vida informaciones que uno mismo piensa que son irrelevantes, pero igual con facilidad se acumulan en algún vericueto de cerebro y allí quedan. La
primera vez que vino a nuestra croqueta de genealogista a la violeta el apellido Cilley, fue cuando allá por 1971, en las postrimerías de esa aventura de facto autodenominada "Revolución argentina", el capo militar de entonces Lanusse (quien dijo que a Perón "no le daba el cuero"), designó en la simultáneamente creada Subsecretaria de Deportes a un señor de apellido Cilley Hernández. Tal sea por nuestra condición de entusiasta corredor pedestre en actividad que reparé en esa designación. En ese entonces no se me ocurrió ligar esa designación con la celebración del "Año Hernandiano" en 1972. Uno de los eventos mas relevantes de ese año (centenario de la aparición de la "Ida de Martín Fierro", fue la inauguración de un monumento al gaucho Martín fierro en la ciudad bonaerense de Pehuajó. Casualmente ese año en Noviembre (Un noviembre convulsionado por el regreso del General Perón a la Argentina), fui a participar a una carrera pedestre que organizaba en Henderson., la Peña Sanlorencista de esa localidad. De ese viaje hicimos un comentario hace pocas semanas, a propósito de este emprendimiento de "Inventiva". Antes o después de esa participación me enteré que el Municipio de Henderson, que se había emancipado hacia los sesenta, formaba parte del partido de Pehuajó, en cuya fundación habían
tenido participación los hermanos José y Rafael Hernández. Mas o menos por esa época me entere la existencia de un paraje en el partido de Pehuajó llamado "Nueva Plata", muy cercano por donde pasaba el Midland... Más adelante me enteré que esa colonia había sido fundada por los hermanos Hernández. Allá por 1986, en ocasión de un viaje a Stroeder en el partido de Patagones, tuve la ocasión de conocer a un abogado, Jorge Tenreiro, a quien habria de tratar hasta poco antes de su suicidio a mediados de los 90.
Tenreiro había jugado sus escasos fondos a producir un filme con muñecos articulados, con el "Martín Fierro" como argumento. Se dedicaba a difundirlo entre los colegios. En ocasión de una exhibición de la película, me comentó que de los Hernández, el más interesante era Rafael.Y me quedó picando ese
consejo del amigo, que poco tiempo después se iria de este valle de lagrimas. La creación de José "Matraca" Hernández, se nos ha cruzado por nuestras peregrinaciones, particularmente en la provincia de Buenos Aires y nuestros estudios del tiempo que le tocó vivir apasionadamente. Una vez en el museo de Ayacucho, me enteré de su amistad con Zoilo Miguenz el fundador de "la ciudad de las rosas". Otra vez paseando por una calle de Santa Ana do Livramento la ciudad brasilera, que limita avenida de por medio con la ciudad Uruguaya de Rivera, leí una placa en el lugar donde había escrito parte del poema que algunos consideran "el poema nacional argentino". De paso a mi trabajo suelo pasar a menudo por donde hay una placa que recuerda el lugar en frente a La Casa Rosada donde terminó Hernández, de escribir la primera parte del mismo. Y lo de "Nueva Plata", tiene relación con la fundación de la ciudad de "La Plata", el 19 de noviembre de 1882. Los Hernández estaban en el tema. Se dice que el encargado de preparar el gran asado (¡Que las malas lenguas dicen que se le quemó!!!) fue José. Rafael,
habría de propiciar la creación de la Universidad de La Plata en 1897.
Ínterin luego de la creación del partido de Pehuajó, habían puesto en marcha algo muy parecido a la utopía (Por ese tiempo habria muchos intentos de ese tipo) que denominaron, relacionándolo con la ciudad fundada por Dardo Rocha y ninguneada por Roca. Se dice que Rocha la fundó para recuperar la ciudad
de Buenos Aires, que la provincia había perdido en forma sangrienta con su federalización. Hay vestigios en los archivos de Rocha, que La Plata fue creada para ser capital de la Argentina (Y cuando uno estudia minuciosamente su diseño y construcción, puede llegar a creer en esa interpretación). Bueno, de los tiempos de "Nueva Plata" viene el "Manual del Estanciero", de José "Matraca". Escribió este ese libro para demostrar que no hacia falta hacer el viaje al exterior que le proponía el gobierno (tal vez para sacárselo de encima por un tiempo), sino que con sus vivencias podía hacer ese informe sin acudir a costosos viajes. Bueno, pero saltemos en el tiempo, y volvamos a los primeros años de este siglo XXI de la era cristiana. Hace dos o tres años, me encuentro en una librería - editorial al lado de la Facultad de
Medicina de la Universidad de Buenos Aires, con un libro dedicado a Rafael Hernández, escrito por quien fuera un destacado intelectual de Pehaujó : Osvaldo Guguielmino. Me recordé de aquella opinión de Tenreiro y compré ese libro cuya primera edición era del año 1949. Allí el autor testimonia aquello que me había dicho Tenreiro y aquí aparece el apellido Cilley.
Incluso el autor agradece a una señora de ese apellido emparentada con los Hernández. De allí aparecen los Cilley Hernández. Un apellido ligado hasta el día de hoy al deporte del rugby, y en su momento se comento que Lanusse lo había conocido al Cilley Hernández, que designara Subsecretario de
Deportes, cuando ambos jugaban en el mismo equipo de rugby de San Isidro (no se si el CASI o elSIC). Entonces se volvieron a mezclar las /los Hernández, los Cilley, Pehaujó, Nueva Plata y el trazado del Midland. José murió en 1886, y Rafael en 1903. Un año antes de que se sancione la ley provincial que
autorizó la construcción del Midland. Como los proyectos de ley no se dan a veces de un día para otro, se puede conjeturar que Rafael tiene que ver con ese trazado y con ese proyecto, sobre todo teniendo en cuenta sus inquietudes pioneras y sus influencias en La Plata. También es sabido que las familias tenían grandes extensiones de campo y se relacionaban con otras familias que tenían campos vecinos. Si uno ahora con el Google Earth, localiza Pehaujó, Nueva Plata, Henderson, Carhué y Cilley, se dará cuenta porque encontramos vinculación entre Cilley y el Martín Fierro. Tengo un poco de fiaca de ir a consultar a una biblioteca el Nomenclador Ferroviario de Udaondo del año 1942. Pero por estudios hechos sobre esa publicación, sé que los nombres de los estaciones, sobre todo de las pequeñas, tenían que ver con los dueños de los campos donde se localizaban las mismas. Uno hoy no puede prescindir al momento de buscar información sobre cualquier tema, de los buscadores tipo Google. Allí nos enteramos que el ferrocarril Provincial que tenía parte de su recorrido vecino al Midland, tenía una estación
llamada Gerente Cilley. Bueno; advertí desde el principio que este esquicio, se amparaba en la figura de la "licencia literaria". Sirva al menos para demostrar el poder motivador que puede tener cualquier substantivo.





Buenos Aires 12 de Julio de 2009

Alfredo Armando Aguirre. Trabajos publicados:
http://choloar.tripod.com/trabajos.htm









SUAVE ENCANTAMIENTO*



Profundos y plenos
cual dos graciosas, breves inmensidades
moran tus ojos en tu rostro
como dueños;
y cuando en su fondo
veo jugar y ascender
la llama de un alma radiosa
parece que la mañana se incorpora
luminosa, allá entre mar y cielo
sobre la línea que soñando se mece
entre los dos azules imperios,
la línea en que nuestro corazón se detiene
para que sus esperanzas la acaricien
y la bese nuestra mirada;
cuando nuestro "ser" contempla
enjugando sus lágrimas
y, silenciosamente,
se abre a todas las brisas de la Vida;
cuando miramos
las cenizas de los días que fueron
flotando en el Pasado
como en el fondo del camino
el polvo de nuestras peregrinaciones
Ojos que se abren como las mañanas
Y que cerrándose dejan caer la tarde.




(1904)

*de Macedonio Fernández
Textos Selectos Ed. Corregidor 1.999









Tren*




No es que me pase lo mismo cada vez que veo un tren. Pero a veces ocurre. Y sobre todo si es de noche y el tren viene de frente. Entonces, mientras la distancia se acorta y la luz se agranda, un resorte se me dispara en la memoria e, inmovilizado, espero que esa cosa poderosa me devore.
Realmente tengo que esforzarme para tomar conciencia de que estoy parado a un costado de las vías
-sobre un terraplén, en un paso a nivel, frente a la boca de un túnel- y que el tren seguirá fiel al mandato de los rieles y pasará de largo sin tocarme.
El recuerdo del primer tren arrojándose sobre mí llega desde muy lejos, tanto que a veces me cuesta aceptar que es mío y que no me ha sido relatado por otra persona. Yo tendría siete, tal vez ocho años, y estábamos con mi padre en el andén de la estación de Fondotoce, a unos pocos kilómetros de Intra, nuestro pueblo. Nos dirigíamos a la región del Veneto, donde vivían mis abuelos. Probablemente era nuestro primer viaje después de terminada la guerra. Sé que estaba anocheciendo, que el tren surgió de golpe, sin que nada lo anunciara, y entró en la estación con tal estruendo que me paralizó. Sé que cuando me recobré hice un comentario asombrado y mi padre sonrió y dijo algo que no podré recuperar.
Ésa es la imagen. El ojo de un cíclope -fuerza y furia- abalanzándose desde las sombras y un chico paralizado.
Volví a esa estación de fondotoce cuarenta años después de nuestra partida a América y habiendo cumplido ya los cincuenta y dos. Había llegado a Intra un par de semanas antes, cruzando el lago en un transbordador y ahora me iba allí en tren. Durante esos días no hice otra cosa que caminar arriba y abajo por las calles del pueblo, por las orillas del lago y los dos ríos, buscando algo que ya no podía estar. Me iba sin llevarme más que desencanto y quizás algunas advertencias para ser analizadas después, cuando decantaran en mí, cuando de nuevo los trenes y los aviones me hubieran llevado lejos.
Lloviznaba de a ratos sobre la estación entre montañas, había mucho color de óxido alrededor y pájaros moviéndose entre las ramas de los arbustos. Oscurecía. Éramos apenas cinco o seis viajeros esperando. Yo caminaba de un extremo al otro del andén, buscaba a través de la niebla que se espesaba la cima del Monte Rosso, el cerro que dominaba mi pueblo. Descubrí que llegando a la estación, del lado de donde vendría mi tren, las vías hacían una curva y había además una ladera rocosa que se interponía e impedía ver más allá. Entonces volvió aquel anochecer de mi niñez y me vi parado ahí con mi padre, junto a una valija. Mi padre que tenía, en el recuerdo, veinte años menos que yo en ese momento. Y de pronto sucedió de nuevo. El tren apareció con su ojo luminoso y su potencia y saltó hacia mí como había ocurrido aquella primera vez. Sentí que el tiempo no había transcurrido y que yo seguía siendo el mismo, con los mismos miedos y seguramente con un desamparo mayor.
Sentí la falta de la compañia de aquel hombre veinte años menor que yo y sus palabras imposibles de recuperar. Desfilaron los vagones, se detuvieron, levanté el bolso y me apresté a subir, deseando encontrar un compartimento vacío para poder estar solo.
Ésa es mi pequeña aventura con los trenes. Un sobresalto infantil que de tanto en tanto asoma la cabeza y se reitera a lo largo de los años. Casi nada, en realidad. Y sin embargo, siempre me sorprendo tratando de escarbar todavía un poco en esa historia. Si insisto en analizarla, si me esfuerzo por fijarla en unas líneas, es porque a veces tengo la impresión de que ahí hay algo que valdría la pena rescatar, una huella, una señal, algo. Pero no sé qué es. No sé en qué dirección va, hacia dónde me lleva, si me lleva a alguna parte.



*de Antonio Dal Masetto.
"El padre y otras historias". Editorial Sudamericana. Bs. As. Edición 2002.






Próxima estación: Rolito.

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El tren continúa parando en las siguientes estaciones:

SATURNO.
SAN FERMÍN.
CASBAS.
EDUARDO CASEY.
ANDANT.
CORONEL M. FREYRE.
ENRIQUE LAVALLE.
CORACEROS.
HENDERSON.
MARÍA LUCILA.
HERRERA VEGA.
HORTENSIA.
ORDOQUI.
CORBETT.
SANTOS UNZUÉ.
MOREA.
ORTIZ DE ROSAS.
ARAUJO.
BAUDRIX.
EMITA.
INDACOCHEA.
LA RICA.
SAN SEBASTIÁN.
J.J. ALMEYRA.
INGENIERO WILLIAMS.
GONZÁLEZ RISOS.
PARADA KM 79.
ENRIQUE FYNN.
PLOMER.
KM. 55.
ELÍAS ROMERO.
KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.
RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.
JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.
ALDO BONZI.
KM 12.
LA SALADA.
INGENIERO BUDGE.
VILLA FIORITO.
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Thursday, July 02, 2009

ESTACIÓN CARHUE.




TODAVÍA. *



*Por Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar




No todos los instantes ya pasaron y aún aguardan tenaces.

Imprevistos. Furtivos.



Ocultos en la lluvia que enjuaga la ventana,

o en la invicta añoranza que irrumpe cada tanto

si algo ya nos dejó camino arriba.



No son sólo un ayer de gorriones quebrando

el aire transparente de una tarde lejana.

Ni el sol febril curtiendo la sangre adolescente.



Tal vez cada futuro es también una ausencia.

Sin el dulce regusto de niñez y nostalgia,

un posible que ausente no alcanzó su destino.



Sin aguardo de magia o resplandores

cada fugacidad será un acaso

muy íntimo y final. Sueño y milagro.


Entonces. Todavía.



*Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.






ESTACIÓN CARHUE.





Las aguas y los dioses*



En este lugar, aquí, en este hermoso lugar hay verde. Aquí, en este sitio existe el verdor. Aquí es bello, aquí hay plantas. Eso decíamos.
Nosotros, los mapuches, nosotros, los salvajes ignaros decíamos Carhué y era decir nuestra casa, era decir la tierra, era decir mi familia, mi ancestro más remoto, mi vida. Decíamos Carhué y decíamos amo la tierra verde.
Y el lago Epecuén nuestro lago Epecuén era salado. Salado como el mar más reconcentrado, tan salado como si el océano hubiese sido puesto al fuego en una olla de barro y hubiese hervido despacito hasta que el agua fuese casi sal. Así era el lago, así lo extendieron los dioses oscuros sobre la tierra verde. Y era el límite del verde. Mas allá venía la pradera que se tornaba páramo, hasta allí las pasturas y la facilidad. Hasta allí lo cálido y amable, a partir de allí ese límite, ese exterior, esa felicidad que se
consigue con mayor dolor. Porque, debo decirlo, también esa era nuestra casa, y así como se ama al hijo obediente, se ama inevitable y dolorosamente al hijo que se eriza en espinas y baldío.

Era Carhué y era el lago de sal. Y fueron los hombres que ya estaban pero estaban todavía lejos. Eran los hombres del color de la blanca muerte, que nos habían dejado tranquilos hasta que su codicia los forzó a extender los brazos más lejos que el corazón. La codicia les dio hierros en los brazos y les dio hierros en los pies, y Carhué que era mi hogar fue mi tumba, y mis lugares tomaron nombres que nunca les casaron, nombres que se resbalan porque no los pertenecen. Pueblo Adolfo Alsina, lago San Lucas,
nombres extranjeros, nombres que se desvanecen bajo el cielo de la América y que mi boca no puede pronunciar sin hacerse violencia.

Llegaron los hombres de hierro. Se quedaron los hombres de hierro.
Vinieron en su propia bestia humeante como quien llega montado en una pesadilla. Le dicen ferrocarril a la bestia de fuego, a ese monstruo negro y temible. En tres grandes bestias llegaban los hombres blancos y seguían trabajando para su codicia.
No les bastaba la laguna de sal. Ya no estábamos nosotros, yo era ya polvo de huesos bajo mi tierra verde cuando los intrusos que vendían baratijas y habitaciones y bañadores a rayas quisieron obligar a la tierra a dar más de si. No les bastó ver nuestra tierra, se la apropiaron; no les bastó apropiarse de la tierra, la quisieron doblegar con sus canales y sus terraplenes. No era suficiente con el nuestro lago, no. Hicieron un lago ellos, un lago dulce, trajeron el agua desde otros lados que no son este lado, que no pertenecen a este lado, y con ese agua extranjera hicieron ese nuevo lago y cambiaron la historia de la nuestra tierra.

Y el diez de noviembre uno de los dioses oscuros miró la tierra que era verde, abominó el lago dulce, tomó una palabra, pronunció una nube de ceniza, y el terraplén cedió, y la ciudad conoció el olvido del agua silenciosa. Y el agua avanzó como un ejército en marcha, y las puertas se hincharon en sus marcos, y el inexorable pasado se acumuló sobre los ladrillos de la ignominia. No tañe la campana bajo el agua, no acuden los niños a las escuelas, diez metros de agua se comprimen sobre las plazas y los tejados.
Me duermo en mi tumba ahora. Mientras me adormezco canto quedo una melodía que ya no encuentra cuerdas para sonar. Siento la luz de la luna quebrada sobre el pueblo sumergido. Descanso ahora. Los dioses juegan sus juegos, un pez desprende silenciosa, lentamente, una escama de madera de una
silla que se pudre.



*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com






Estación invierno*


Hay trenes que van
gente sedienta de prisa
el que yo espero
es tren de nostalgias
dicen que ese ramal ya no existe.

La estación sugiere
que el tren que esperaba
ya pasó
silencioso y escarchando.



*De © diana poblet. soydian@yahoo.com.ar







Dudando*


Está justo detrás de mi, al fondo del vagón. Ha cambiado su ubicación habitual y ahora estoy obligado a girar la cabeza de una manera un tanto ridícula. Sólo espero que ella no se de cuenta de que la observo. Hoy quería acercarme a decirle algo, pero... ¡está tan lejos!
Mañana sin falta la abordo y entablaré conversación con ella.

Mientras ella baja del vagón mira de reojo a aquel chico con el que se encuentra desde hace dos años cada mañana. En muchas ocasiones ha tenido la sensación de que iba a dirigirle la palabra, pero no ha sido así. Bien es cierto que se ha encontrado con su mirada en muchas ocasiones, pero nunca se ha acercado. Quizás debería ser un poco más coqueta, quizás debería insinuarse de alguna forma.
Mañana será el día en que se decida, de mañana no pasa...



*de Joan Mateu. joan@cimat.es







EL TREN DE LAS 18 *



Con su estertor
como un punto o una peca negra
una mancha voraz ocupando la planicie
o bien como un cimbronazo del horizontes
irrumpía el tren de las dieciocho

columpiando sus distancias en uno y otro ojo.
El asunto estaba en ese acontecer de la tarde
donde bajaban y subían saludos
bultos varios y uno que otro grito de andén

como si todo la congoja y la nostalgia
la risa y los temores
se detuviesen un instante en los umbrales
para, luego, salir cual arcón mágico por la pampa.



*


Siempre que menciono el tema me retrotrae a algunas experiencias vividas en mi infancia, hasta mi adolescencia, inclusive. Y me lleva a los cuadernos que tengo escritos con anotaciones varias y poemas que acompañan el día. Algunos de ellos están llenos de esas emociones que me fortalecen, que desmienten las torpezas cotidianas, las dudas de la rutina.
Habíamos caminado, antes, por las vías muertas del ferrocarril que pasaba por Capilla del Monte. El tren es algo muy difícil de explicar para aquellos que no tuvieron la oportunidad de vivirlo tan cerca. En la pampa sinfin era una fuerte presencia que anudaba y desanudaba los decires de todos los pueblos por donde pasaba. Sus vías, que aún están, nos acercaban las distancias. Me paraba, recuerdo, en medio de ellas y miraba absorto una y otra lejanía y las dejaba posar en mi imaginación de niño. Los guardas de los trenes siempre me contaban historias de lugares extraños que se aquerenciaban en mis no olvidos. Y no les digo lo que era subirse a una de esas viejas locomotoras, con su vientre al rojo vivo, de carbón ardiente:

- ya vas a manejar una de estas, me decía el maquinista, y dejaba que agarre una manija.

- Manejé el tren hoy, mamá. Y le contaba la historia.



*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar













Soledad del Silencio*







Hay silencios de muertos y de vivos…

de los que te aturden y te crispan

Hay silencio que no escuchas

Hay silencio de rostros

Hay silencios de día que casi entran en la incertidumbre

Hay un silencio entre una palabra y la otra

Hay un silencio que se asoma en la espera

Hay un silencio que vuela alrededor de la vida

Hay una soledad del silencio que no se puede derrotar

Hay silencios que se ocultan detrás de todos los ruidos

Hay silencios de penas que las han callado

Hay silencios de lágrimas, de miradas

Hay silencios prudentes y compulsivos, amordazados

Hay silencios acordados en pactos

Hay silencios transgresores

Hay silencios que no se pueden oír

Hay un silencio del silencio que se deja a la conciencia.

Hay un silencio de armonía y de espanto

Hay una monotonía de él, una amenaza del silencio en la urbe

Hay una comunión humana del silencio

Hay silencios que hay que dejar que sean

Hay silencios que romper con un grito que duela

Hay silencios de voces y de piel

Hay un silencio todo, de nosotros….

Hay una historia del silencio y un silencio de la historia.-







*de Maria Elena Buroni. mariaelenaburoni@hotmail.com

















EL PARAGUAS*


-Mayo del 76-





Frío de mayo. Lluvia. Malabarismos del paraguas contra el viento y el agua congelada.
Un programa calentito y reparador, chocolate con churros en La Giralda y cine con mi amiga, la de todas las tardes de parvas de tostadas bien finitas con manteca y confesiones al borde de la
chimenea, legado de mi nonno. Dos películas seguidas de Dustin Hoffman. Imperdible.
Pero igual, demasiadas cuadras para tanta lluvia, y ese paraguas tan incómodo, y ese frío.
Después, la charla agradable con mi amiga en el tren a Constitución, una carreta irrespetuosa.
Irrespetuosa como el verde militar perturbador de mi otoño. Unimogs y pobres diablos con cascos protectores para las cabezas rapadas por la soberbia.
Ay, ese paraguas. Media cuadra nomás, el tren y el chocolate calentito entre las manos heladas. Suficiente.
Y para esa puerta tan pesada del único edificio de Burzaco, la fuerza puntiaguda del paraguas en el picaporte y basta por fin de lluvia en la antesala del ascensor.
Pero no.
Un casco más gigante que los otros, el FAL cruzado en diagonal al corazón sobre la capa verde, tan verde oscuro, tan oscuro.
Horror. Un sudor frío, más que la lluvia de doce cuadras atrás, latidos desprolijos delatores del pánico.
Documentos?. Conocida?. Familiar?. Averiguación de antecedentes y un carro más irrespetuoso que el tren. Inmundo. Siniestro.
Silencio.
Preguntas, invectivas. Portación de armas?.
El paraguas.
Manoseo. Ni una lágrima siquiera. La garganta anegada del pánico.
Y al poco tiempo, la novia del amigo del hermano de mi amiga, la del único edificio de Burzaco, nunca más.






*de Lucía. luciaguionbajo@yahoo.com.ar













Trenvidando*




Trenes de sabor metálico
aplauso de latas
sombra recorrida
ventanillas mínimas
manos pequeñas
atrapaban sueños gigantes.

Tren del regreso
brazo de fierro confiable
que me devolvía a casa.

Y bajar en la última estación
nariz fría de surestes
con ojos acuosos
sentir al instante
un perfume a romero
inconfundible
cartel de bienvenida.




*de © diana poblet . soydian@yahoo.com.ar











AMBIVALENCIA*





Cuando yo me haya ido,
regresaré en silencio.
Y buscaré en las sombras
el dolor que llevé,
el llanto de mis horas,
la soledad, la ausencia,
las vigilias sin sueño
y el horror de creer
que me llena el vacío,
que me inunda la pena
y me embriaga el delirio
de vivir ¡y estar muerta!...

Quizás mi suerte sea
estar muerta y ¡vivir!...







*de María Rosa León. mariarosaleon@yahoo.com
de "Lugar común". Ediciones Amaru - Buenos Aires - 1996















POEMA HALLADO EN UNA LOCOMOTORA...

EL RELOJ DE LA ESTACIÓN*






Hace casi una centuria

en la lejana parís

fue allá en la casa matriz

donde la forma te dieron

y en un barco te trajeron

a mi querido País.



Con leyendas de "muy frágil"

en un seguro cajón

Llegaste en un vagón

fue la vía tu camino

Navarro fue tu destino

Y la "trocha" tu estación



Una vez que te instalaron

tu fama tocó la cima

la gente a verte se arrima

y no saben de que forma

das hora a la plataforma

y también a la oficina.



De todos la admiración

así empezas a ganarte

hora exacta de tu parte

da confianza y precisión

y en esa hermosa Estación

nadie pasó sin mirarte.



Fuíste el orgullo del jefe

que parado en el andén

supo mirarte en el andén

supo mirarte muy bien

y de tu exactitud se jacta

cuando dabas la hora exacta

para despachar el tren.



Te observa el guarda y coteja

con su reloj de bolsillo

y en aquel acto sencillo

te demostró su confianza

y de acuerdo a tu ordenanza

hizo sonar su silvido.



Resopló la vaporera

con poder extraordinario

encabezando el tren diario

que hizo progresar la zona

el maquinista se asoma

y al mirarte dice A horario!



El cambista te controla

porque el tiempo no le sobra

siente al ponerse la gorra

que de la playa es el dueño

y pone todo su empeño

en activar la maniobra.



Y el capataz de cuadrilla

con su mirada muy pronta

con el suyo la confronta

y la zorrita acelera

llegar a destino espera

sin que venga tren en contra.



Y así a tu dulce compás

con ese ritmo profundo

sin descansar un segundo

con trabajo y con amor

mi patria tuvo el honor

de ser granero del mundo.



Pero un día los cipayos

que no conocen decencia

con mezquinas apetencias

empezaron a destruirnos

y con engaños a hundirnos

en la fatal decadencia.



Comenzaron por cerrar

"Ramales improductivos"

ferroviarios serían "chivos"

que expiarían sus codicias

y con brutal avaricia

armaron lo destructivo.



Revolotearon caranchos

sobre tu vieja Estación

y viste con desazón

que robaban y destruían

y tu corazón herían

sin ninguna compasión.



Así un día te paraste

y de injusticias ya harto

diciendo yo no comparto

lo de estos malvados

te quedaste bien parado

a las cinco menos cuarto.



Pasó talvez mucho tiempo

por tu justa rebeldía

pero observaste un día

con esperanza y asombro

que alguien puso el hombro

porque arreglarte quería.



Desde puntos muy lejanos

turistas y visitantes

que mucho admiran el arte

vienen a ver el museo

y expresan con su deseo

funcionando contemplarte.



Y casi igual que a pinocho

vino a salvarte el doctor

y poniendo lo mejor

artesanía y paciencia

pero además de su ciencia

sobre todo puso amor.



Pues todos querrán saber

como se llama ese hombre

pero que nadie se asombre

ya agradezco su gauchada

y sepan que no cobró nada

Marcos Brunoldi es su nombre.





*Autor: Carlos Alberto Martino (Beto)

-Este poema fue encontrado en una locomotora por Carlos Antonio Dinamarca. carlosadina@hotmail.com

-Maquinista de oficio-













*





Pasaron 32 años del último tren. Hoy lo estamos reinaugurando. Pero no viajamos a Carhue. No tenemos recursos. Nos reunimos al pie de una estatua en la ciudad de Buenos Aires. El autor grabo su nombre y el año: Aime Millet. París 1880. La base de granito avisa que Adolfo Alsina vivió de 1829 a 1877. Fue gobernador de la provincia y quien ordenó la construcción de la "zanja de Alsina" destinada a contener y avanzar sobre las tierras de los pueblos originarios. El hombre murió en Carhue y le dió su nombre al partido de la provincia de Buenos Aires desde el que hoy parte el inventren.

Al pie de esta estatua nos reunimos unas pocas personas.

Son amigos con los que he compartido cosas en estas tres décadas.

En 32 años pasamos del terror de la dictadura al terror difuso de los virus y de la desidia.

De Martínez de Hoz enviando a una empresa amiga para que los rieles sean prontamente levantados a este presente del gobierno cuya especialidad es la negación sistemática seguimos siendo un país de víctimas, de corrupción, de impunidad.

En camino a la plaza Libertad veía restos de los afiches de la campaña que concluyo en las elecciones del 28 de junio. En uno de ellos la candidata con su rostro afinado por los prodigios del arte en la fotografía dice: "No te subas al tren fantasma". Curiosa frase. Me hace dudar del sentido de realidad de la clase política en su conjunto. Es el país y la fuerza de la buena gente que resiste la devastación y el saqueo y hasta la falta de sentido común de sus gobiernos. No somos nosotros los que estamos subidos al tren fantasma. Son ellos que no se bajan de su oficio de comerciar con la ilusión y empeorar la vida de la gente.



Aun sea una tarea imposible más de las que he emprendido en mi vida, elijo subirme al tren de la escritura e intentar un improbable recorrido por 52 estaciones y alrededor de tres años de duración.

Me acompañan amigos y recuerdos.

Los invito a seguir escribiendo.





*Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com









Próxima estación: J. V. CILLEY.


ROLITO.
SATURNO.
SAN FERMÍN.
CASBAS.
EDUARDO CASEY.
ANDANT.
CORONEL M. FREYRE.
ENRIQUE LAVALLE.
CORACEROS.
HENDERSON.
MARÍA LUCILA.
HERRERA VEGA.
HORTENSIA.
ORDOQUI.
CORBETT.
SANTOS UNZUÉ.
MOREA.
ORTIZ DE ROSAS.
ARAUJO.
BAUDRIX.
EMITA.
INDACOCHEA.
LA RICA.
SAN SEBASTIÁN.
J.J. ALMEYRA.
INGENIERO WILLIAMS.
GONZÁLEZ RISOS.
PARADA KM 79.
ENRIQUE FYNN.
PLOMER.
KM. 55.
ELÍAS ROMERO.
KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.
RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.
JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.
ALDO BONZI.
KM 12.
LA SALADA.
INGENIERO BUDGE.
VILLA FIORITO.
VILLA CARAZA.
VILLA DIAMANTE.
PUENTE ALSINA.
INTERCAMBIO MIDLAND.



*


Exposición de
Walkala
(Luis Alfredo Duarte-Herrera)
en Oberndorf bei Salzburg

"Walkala, la fuerza de la imagen"

Invitación a la inauguración
El lunes 22 de Junio 2009, 19:30 horas

Lugar:
Librería "Buchgarten"
Römerweg 3
A-5110 Oberndorf bei Salzburg
Tel: +43 (0)6272 20632

Más informaciones en:
www.walkala.eu
www.galeria.walkala.eu

Duración de la exposición:
22 de Junio a 28 de agosto 2009
(Del 3 al 17 de agosto estará cerrada la librería por vacaciones)

Horarios:
Lu. - Vi. 8:00 a 12:00 y 14:00 a 18:00 horas
Sábados: 10:00 a 14:00 horas


Cordial invitación de:

YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067




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Thursday, May 21, 2009

INVENTREN: DE CARHUE A PUENTE ALSINA.



ILUSTRACIÓN DE CELSO AGRETTI.



A Don Mario*



En mis versos
hay mujeres,
y perdóneme maestro
si le robo ideas
y arrebato su prosa,
su palabra.
Si ignoro el (c) copirái
y tomo sus derechos de autor
como derechos de tutor.
Es que hacía rato
que no tenía un maestro, ¿¡sabe!?
y, a esta altura de la vida,
que se desvive de a ratos,
uno necesita no estar tan solo
en las ideas
y en las noches tristes,
como ésta.
Y necesita decir cosas,
que usted ¡ha dicho tan bien!,
y que la prosa la obligue
a olvidar su tren.

Hice acaso, caso de sus consejos
y no pulí demasiado
mis pobres palabras,
no me esmeré con los verbos,
ni reparé en adjetivos;
pero si usted las conociera
(A las mujeres digo)
sabría que merecen sus poemas,
no los míos.



A Don Mario /2*


Vuelvo a insistirle, maestro,
que no se asombre
si encuentra que le falta un verbo,
que un gerundio suyo
asoma entre los míos.

Me tomo la licencia
de nombrarlo por decreto
-tal lo acostumbrado en estos días-
maestro mío,
y de disculparme
por el hurto apasionado
y sin segundas intenciones;
pero cuando el hambre apremia,
-de palabras, digo-
no hay decencia ni castigo
que acobarde a los ladrones.



*de Sergio Velovich. savelovich@yahoo.com.ar
Bahía Blanca, julio del 2001


Inventren
-Capítulo 0: Las estaciones de Carhué a Puente Alsina.



CARHUÉ.


J. V. CILLEY.


ROLITO.


SATURNO.


SAN FERMÍN.


CASBAS.


EDUARDO CASEY.


ANDANT.


CORONEL M. FREYRE.


ENRIQUE LAVALLE.


CORACEROS.


HENDERSON.


MARÍA LUCILA.


HERRERA VEGA.


HORTENSIA.


ORDOQUI.


CORBETT.


SANTOS UNZUÉ.


MOREA.


ORTIZ DE ROSAS.


ARAUJO.


BAUDRIX.


EMITA.


INDACOCHEA.


LA RICA.


SAN SEBASTIÁN.


J.J. ALMEYRA.


INGENIERO WILLIAMS.


GONZÁLEZ RISOS.


PARADA KM 79.


ENRIQUE FYNN.


PLOMER.


KM. 55.


ELÍAS ROMERO.


KM. 38.


MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.


LIBERTAD.


MERLO GÓMEZ.


RAFAEL CASTILLO.


ISIDRO CASANOVA.


JUSTO VILLEGAS.


JOSÉ INGENIEROS.


MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.


ALDO BONZI.


KM 12.


LA SALADA.


INGENIERO BUDGE.


VILLA FIORITO.


VILLA CARAZA.


VILLA DIAMANTE.


PUENTE ALSINA.


INTERCAMBIO MIDLAND.





¿Por qué el "Midland"?*


Si el tren existiera en su extensión original, un trabajador del Gran Buenos Aires, podría ir a pasar un fin de semana a Carhué. Un abuelo disfrutar de las aguas termales. Un niño de Ingeniero Budge conocer el campo. Pequeños productores acercar sus productos o simplemente venderlos en cada una de sus estaciones. Algunas que hoy son sólo fantasmas rodeadas de campo podrían volver a ser habitadas.
Parecen ejemplos obvios y a la vez pobres, de la multiplicación de beneficios de un retorno que fuese pensado y proyectado para un bien común.
Este recorrido es también un desafío a la imaginación. Alguien que conozca a los actuales trenes
-precarios y con fama de peligrosos que corren desde Puente Alsina hasta Marinos del crucero General Belgrano- podría ver que hay "otro tren" posible.
Por diferentes caminos he llegado a la idea de la literatura como el modo de reparación más efectivo de la realidad. Los invito a compartir esta nueva aventura.


*Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@yahoo.com.ar









DE PUENTE ALSINA A CARHUE, IDA Y VUELTA*




*Por Alfredo Armando Aguirre. choloar@rocketmail.com
http://choloar.tripod.com/choloar.html



No llevo diario personal, pero recuerdo, recuerdo que fue en el atardecer del 23 de marzo de este año 2009 de calendario gregoriano. Recuerdo la fecha porque iba a saludar en su cumpleaños a una persona que quiero mucho. Venia en el colectivo 85 rumbo a Bernal, cuando, casi instintivamente, hago cada vez que cruzo al puente Uriburu, miro para el lado de la estación Puente Alsina del Ex ferrocarril Midland, y a lo que era su contigua playa de cargas. Y recuerdo cuando con mi hijo de pocos años, iba a recorrer por los galpones de carga, a lo que quedaba de aquellos coches motores Ganz, que se trajeran a la Argentina allá por 1936.
Hace un tiempo he incorporado a mi batería conceptual, la noción jungiana de “sincronía”,por eso ya no me parece ni azar ni causalidad, que una vez mas haya recibido el estimulo de contar algo sobre mi “rollo “ con el Midland, que ahora caigo porque que se llama así el club, con que participaba en el torneo de Primera “C” de la AFA, el club de mis amores Defensores de Cambaceres, allá por 1959( Se cumplirá medio siglo de la obtención de ese campeonato por los “bichos colorados” de Ensenada).
Esta algo difusa la circunstancia en que me entere que el Midland llegaba hasta Carhue. Pero me acuerdo muy bien, cuando vi al pasar por la estación Carhue , rumbo a Darregueira ,aquella nublada parte del 8 de julio de 1972, vi al galpón de los coches motores, cuyas ruinas volví a visitar, esta vez de paseo por Carhue, en Agosto del año pasado(2008).
Toda vez que puede, desde hace décadas, recorro los pueblos de la Pampa Húmeda (Incluido el sector conocido como “Pampa Gringa”).La visita al mueso local, forma parte de aquellos recorridos. Es curioso pero en el Museo de Carhue, no hay casi referencias al Midland, pero si hay como en la mayoría de estos pueblos, vestigios documentales, fotográficos y objetos tridimensionales, de esa suerte de esplendor que surge de aquella argentina de las dos ultimas décadas del siglo XIX, hasta la guerra del 14.Y El Midland es un componente de esa etapa, que nos provoca extrañas sensaciones, y que nos lleva a sacar conclusiones muy distintas, a las que surgen de los libros donde se intenta interpretar esa época.
Hacia 1910, en medio de la euforia que generaron los festejos del Primer Centenario Argentino( ¿Se creara un clima similar en el Segundo Centenario, ya próximo?),llegaban los ferrocarriles Sud, Oeste y Midland; los dos primeros de trocha ancha y de trocha angosta el último. Eso aun se percibe en el amplio cuadro de la estación ferroviaria, en trance de devenir en Terminal de ómnibus.
Atento la importancia del ferrocarril por esos tiempos, se colige que las empresas propietarias ,no lo hacían por filantropía, sino porque se pensaba en un centro turístico de nivel internacional, aprovechando las propiedades curativas de la laguna Epecuén, ya conocidas por los que estaban allí desde el origen, y fueron desalojados compulsivamente por la “conquista del Desierto”.
Panoramas similares, he observado, casi en ruinas, en Sierra de la Ventana, en el hotel Edén de la Falda, en Alta Gracia.
Pero volviendo a aquel 1972, del que tenemos recuerdos precisos en cuanto a las fechas, porque estaban ligadas a nuestra entonces condición de corredor de carreras pedestres, vuelvo a mi “rollo” con el Midland, a raíz de una vez que por los motivos apuntados fui a Henderson, población erigida como consecuencia del paso del Midland por allí. Después de la carrera, el 19 de noviembre de 1972, me fui para la estación para esperar el coche motor procedente de Carhue, que me llevaría a la estación Tapiales donde tenía horario de llegada a las 2150. Mientras esperaba, comiendo un sanguche, se me acercó un peón del ferrocarril, sugiriéndome me subiera al tren de carga que se aproximaba, así al menos iba ganando tiempo del viaje. Le agradecí y le dije que esperaría el tren. Al rato aparecieron oros colegas del deporte, que habían sido invitados a un asado y nos aprestamos a esperar el tren, que llego en horario. Me quedó la imagen del empleado de correos (El tren hacía de vagón postal) que tenia un gorro muy pintoresco con el escudo de la empresa de Correos y Telecomunicaciones. El coche motor (de los viejos húngaros, ya que luego vendría una versión posterior fabricada por la Hungría comunista), tenía compartimentos como los que se ven en las películas de los trenes europeos.
Partió raudo el coche motor, con ese peculiar ruido que hacían sus motores. Creo que alcanzó a pasar por la estación Herrera Vegas. Y al llegar a Ordoqui, se “plantó” el motor. Y nos avisaron, que teníamos que esperar que venga, una locomotora para remolcarnos. Ya pasa ese entonces, la línea era de pocas frecuencias, así que vaya a saber que donde vendría la locomotora. Así las cosas, nos bajamos el tren y fuimos a comprar lo que se podía, en el bufet del club Sportivo Ordoqui, algunos de sus simpatizantes, regresaban de un partido de fútbol disputado en algún otro pueblo de la liga regional.
Al largo rato llegó la locomotora, e inicio el lento remolque del coche motor con nosotros arriba. Fue aquella una noche muy fría, y todos estábamos arrinconados en el compartimiento dándonos calor con nuestros cuerpos. Así arribamos a otro día a Tápiales alrededor de las 11 de la mañana…
El Midland, del que ya había sugerencias para lo, antes de la nacionalización de 1948, fue obviamente incluido en el malhadado plan Larkin de 1962, y clausurado y levantado entre 19786 y 1977.
En la travesía a pie que hicimos en el veranos austral de 1986, pasamos por la estación Baudrix, cuyas instalaciones se veían ocupadas, pero en muy mal estado de conservación, y se veían todavía unos galpones para cereal, donde todavía se podía leer la inscripción “Apoya al Segundo Plan Quinquenal”, refiriéndose al plan de gobierno 1953 -1957, abortado en 1955 por la "Revolución Libertadora".
Con el tiempo nos fuimos enterando que el origen de esta línea fue una concesión otorgada por la legislatura de la provincia de Buenos Aires en 1904.En esa época era común que el que obtuviera la concesión se la terminara vendiendo a inversores extranjeros, por lo general ingleses, los que le dieron el nombre de conservaría hasta 1948, es decir Midland. Hoy resulta claro, que el Midland tenia instalaciones portuarias sobre el Riachuelo, en una época que se lo navegaba comercialmente( Actualmente hay proyecto para darle ese uso hasta el Mercado Central, situado aguas arriba), además tenia un ramal (aun existente) que lo vinculaba al entonces Mercado Nacional de Lanares,(Que existía donde hoy hay monobloques enfrente a la estación del ex ferrocarril Provincial de Avellaneda), y por allí donde hoy esta la cancha de Independiente y la de Racing, se conectaba con los frigoríficos del riachuelo, y hasta tenia alguna entrada al puerto de Buenos aires.
Este ferrocarril corría muy cercano a otros y en un punto hasta se cruzaban con los ferrocarriles Compañía General y provincial (ambos de trocha angosta) y también con el Ferrocarril Oeste y aun con el Roca. No se podía decir que las zonas que surcaban estaban desconectadas. Pero a partir de la inexorable aplicación de la ley nacional de vialidad de 1932, era evidente que los intereses del automotor y del camino pavimentado sustituirían tarde o temprano a estos ferrocarriles, que eran de tráficos débiles. EN 1947 se nacionalizó el Compañía general Buenos aires. En 1948 el Midland y en 1951, el provincial fue “nacionalizado”, seguramente aprovechando la caída en desgracia del gobernador Mercante. En 1954, alcanzaron a fusionar al Provincial, el Midland y el Compañía General, en Ferrocarril Nacional de la Provincia de Buenos Aires, pero su resultado fue efímero.
Pareciera que recién en estos tiempos se esta comenzado a asumir la tropelía de haber levantado estos ferrocarriles de trocha angosta. Nos sigue quedando la perplejidad de lo que implicaba su puesta en marcha, y lo que se fue apagando como consecuencia de la finalización de la Gran Guerra.



-Buenos Aires 18 de mayo de 2009







EL PUENTE DE LA VIA*



Si no tuviéramos recuerdos,
no tendríamos conocimientos.



I


El puente estaba a una docena de cuadras, no más, de dónde vivíamos cuándo éramos niños, pero a nosotros nos parecía que la distancia era enorrrme, y siempre tentaba con su sabor de aventura.-
Teníamos necesariamente que hacer un tramo caminando por las vías, después de andar las últimas tres o cuatro cuadras del pueblo hasta el paso a nivel donde ahora estoy parado; contemplando y recordando esas vivencias infantiles, que pasaron hace ya varias y largas décadas.-
Estoy justamente en el cruce de la vieja vía con el camino.- El que saliendo del pueblo va recto al norte, pasando por las chacras sembradas.- El lugar está en parte casi igual; los grandes eucaliptos viejos, enormes y retorcidos siguen allí adelante, al borde, a mi izquierda.-
Claro que están más viejos que entonces, y faltan algunos, tumbados poco a poco por los vientos de tantas tormentas y algunos talados sin mayor conciencia. También falta enfrente un gigantesco Ombú, pero allí ahora fue avanzando el borde urbano, por lo que lo que era campo, hoy son calles vestidas de casas.-
Incluso desde aquí vislumbro a través de los rugosos troncos y altos pastos la vieja casona donde entonces íbamos los domingos con Audino, mi hermano mayor, a escuchar los partidos del campeonato por la Radio, cosa que nosotros aún no teníamos, y allí vivían varios chicos de la edad de él, primos entre sí, que eran compañeros en el Colegio.-
Ellos no eran ni amigos míos, ni compañeros, y hasta les tenía algo de temor, o recelo. Incluso los mayores, que se sumaban al grupo, eran para mí extraños. Uno tenía largos bigotes como ya no se veían, de otra época, retorcidos y puntiagudos. En esos años tuvo un trágico final este hombre imponente. Una noche lluviosa murió de un tiro de revólver en la ladrillería que tenían cerca de la amplia casona; un peón ebrio, de turno en el horno, puso fin a su vida, parece que por problemas pasionales o tal vez sólo por el vino.
Otro era tullido y usaba muletas, y era muy apacible y amistoso y a él sí le agarré mucho cariño. Siempre tocaba las conexiones de los cables con la batería, cuando la radio chirriaba o enmudecía.
Yo trataba de tener claro en qué constituía el equipo y cuál era su magia. El receptor, que en sí era todo un mueble, los cables con sus bornes, la batería o acumulador, el molinillo de viento que proveía la recarga, y la antena aérea, de altas picanas como mástiles, con sus riendas y blancos aisladores y el oscilante hilo de cobre con su bajada. Toda una instalación. Y... , las estaciones estaban a gran distancia. Se escuchaban pocas y eran casi todas de Buenos Aires, pero todavía no eran muchas las casas que podían tener una.
Pero no era sólo la pasión del fútbol ni las tardes de radio, sino recorrer este camino y su entorno, salir de nuestro pequeño mundo, y alejarnos de las últimas casas del pueblo, cruzar la vía, y adentrarnos en lo que había más allá. Cruzar la vía era el comienzo de la aventura. Más allá era otra cosa, el camino era largo, infinito, y hablaba de otros lugares que conocíamos sí, pero que estaban cargados de encanto. Hasta ese pequeño tramo era un viaje, un verdadero viaje, donde pasaban tantas cosas lindas: las llamativas alas pintadas del pájaro que nos rozó volando, el otro que estaba cerquita en un arbusto del alambrado, o la liebre que descubríamos en su carrera por las puntas de las largas orejas que asomaban zigzagueando en los pastos, o de pronto, una perdiz que nos mató de susto al alzar vuelo casi debajo del pie.- ¡ PPPPRRRR rrrrrr ...!
O la forma de aquel Tala, con su copa ahuecada y tupida como una techumbre, o aquella rama perfecta para una honda, o el ulular del viento, la frescura de una sombra, el flamear de los pastos; o los vertiginosos y traviesos remolinos de verano, levantando polvo, pastos, y papeles que quedaban girando, y se descolgaban lentamente del cielo, revoloteando como desilusionados, mientras que del remolino no quedaba ni rastros...



II

O sea: contemplo lo que queda y me transporto en el tiempo; mientras piso los rieles enterrados, soñando. Pero si bien detrás de mí el pueblo se convirtió en ciudad y el pavimento llega precisamente hasta la vía, hacia el norte el camino sigue polvoriento; pero en la vía el tren no pasa desde hace muchos años, veinte al menos.
Aquí el polvo del camino le puso una capa ya permanente y cada vez más compacta, dura como una lápida, y triste como una mortaja. A un lado y otro del camino los rieles abandonados duermen entre el pasto que los ha ido tapando casi por completo, y por momentos se dejan entrever entre la fronda de la gramilla por el pálido brillo que reflejan del sol de la tarde en el dorso casi opaco, y más adelante se adivina la vía y la curva que aquí comienza, redondeada y suave, más por la memoria que por la evidencia.-
Antes, ese brillo nos cegaba cuando caminábamos contra el sol, ya que el tren al pasar una y otra vez los mantenía pulidos como espejos, y la gramilla y otros pastos se mantenían prolijamente fuera de la franja que formaba la vía con el ancho de los durmientes a flor de tierra. A cada lado del cruce, en la línea del alambrado, los guarda-ganados impedían que los caballos, vacunos u otros animales grandes, ingresaran a las vías por obvias razones de seguridad.
No eran profundos, pero a nosotros nos atraían y nos demorábamos en pasar pisando, una y otra vez sobre las rejas, como demostrando el valor que teníamos, especialmente cuando los domingos estábamos acompañados por los demás chicos, con los que solíamos ir a jugar. Hoy están tapados en tierra, o quizás ni estén allí, porque no se ven ni rastros, al menos a simple vista.



III

Hacia el este del paso a nivel, la Estación quedaba a unas veinte cuadras, y la vía terminaba de hacer la curva y seguía recta unas diez cuadras hasta otro paso a nivel; pero aquello estaba fuera de nuestro alcance, al menos en esa etapa. Aquí teníamos suficiente. Aquí mismo a la derecha están todavía los galpones de una fundición de hierro, y enfrente una ruidosa desmotadora de algodón, que nos tapaba en polvo y humo, además de un constante zumbido de sus extractores, ventiladores y ciclones, que nos arrullaba y nos despertaba, una u otra.-
Al costado de la vía, formaban montones los residuos de borra y metal fundido, entre los que encontrábamos enorme cantidad de municiones de hierro, más o menos redondeadas, especiales para tirar con las gomeras, que justamente por su peso y su redondez, aseguraban una trayectoria de verdaderas balas; hoy diría que hasta sumamente peligrosas… Ese montón de desecho tenía incontables buscadores de proyectiles, que nosotros almacenábamos para nuestras correrías.-
También era campo de pruebas, porque la tentación era ver como se tiraba con estos o con aquellos, y los blancos predilectos eran los aislantes de porcelana del telégrafo, que bordeaba la vía junto al alambrado. Algunos chicos de nuestra edad, o un poco mayores eran unos verdaderos inadaptados, capaces de cualquier maldad, por lo que eso, era una nadería.-
Eso, o matar inofensivas palomitas, horneros, cuises, etc., que hoy horrorizaría a cualquiera, aquella vez pasaba desapercibido. Aún no se hablaba de ecología ni de especies protegidas, y casi, casi, ni de amor a los animales; al menos, no con la conciencia conque hoy se está asumiendo, y menos a los niños, y menos que menos a esos niños...



IV

A una calle de la vía vivíamos nosotros, y ver pasar el tren era una diversión que no menguaba por más que lo hacíamos todos los días, mañana y tarde. El más interesante era el tren de carga. No tenía un horario, como el de pasajeros, pero pasaba después de media tarde y en el invierno, durante la temporada de la caña de azúcar, íbamos al borde a esperar su paso, y nos solían arrojar cañas enteras o trozos, y para nosotros eran trofeos tan valiosos, que volver con cierta carga nos llenaba de gloria.
Recuerdo las emociones de la espera. Ver al maquinista o al foguista esconder o balancear las cañas que nos arrojarían, tras elegirnos; porqué a veces éramos varios los chicos que esperábamos junto al alambrado. Era todo un juego, para ellos seguramente divertido, para nosotros, angustioso. Si el tren era largo siempre había más gente en los vagones o en las chatas, que hacían otro tanto.
Pero no era necesariamente pareja la cosecha, era más bien cosa del azar. Todos guardábamos una estratégica distancia uno de otro, asignándonos en el momento un territorio; y desde nuestra posición aguardábamos expectantes. Ver que se fijaban en uno y revoleaban el trofeo en nuestra dirección, y caía más o menos cerca, pero entre las matas de paja brava, y había que encontrarla, a veces disputándola fieramente con el chico vecino; y otras veces con la poca luz del ocaso, se terminaban perdiendo y proseguíamos la búsqueda al día siguiente. No era seguro que la caña nos esperara, quizás el ocasional vecino nos habría madrugado.



V

Justo enfrente, cruzando la vía, había una pequeña franja de monte. Un montecito. No tendría más de media cuadra de ancho, y una cuadra de largo. Pero tenía todos los tonos de verde, y bastaba para que a nosotros nos pareciera una selva virgen, inhóspita, y cuajada de peligros...
Aromos, chañares, espinacoronas, arbustos y enredaderas, tunas con sus tentadoras frutas, pero erizadas de púas, cardos con sus varas floridas, insectos que zumbaban, diversos pájaros que anidaban allí, y un sendero bastante sinuoso que lo atravesaba; en una punta una lagunita, donde solíamos sentarnos por horas, con mi hermanito menor, Reinaldo, y a veces algún vecinito, a la sombra de los algarrobos que la bordeaban y hacíamos que pescábamos tirando los "bogueritos" entre los juncos , mientras observábamos las ranas o los sapitos, y los caracoles y los rojos racimos de huevos pegados a las pajas sobre la línea del agua.
Nunca la he visto seca a la pequeña laguna, ni en tiempos de sequías, y eso que no era más que un charco. Hoy me parece increíble, pero entonces hasta contemplaba hipnotizado las larvas de los mosquitos que tras la lluvia pululaban en la superficie, y minúsculas arañas que tejían redes entre las ramitas de la orilla.
Llegar al montecito, entrar en él bastaba para convertirnos en legendarios exploradores, arrojados cazadores, o valientes e intrépidos personajes como el mismísimo Tarzán de los monos... Como tenía inventiva fabriqué una pequeña ballesta, con su travesa, su tensor, su gatillo; y con unas afiladas varillitas metálicas como flechas.
Eufórico, tras comprobar su funcionamiento y su eficacia, me fui al monte, a la jungla, en busca de aventuras... Buscaba una pequeña pieza de caza, quizás algo peligroso, algo que valiera un tiro de mi portentosa ballesta... Tras moverme con cautela , despacio y sin ruido, al acecho, por más que estuve quieto largo rato, no he visto nada que se moviera; a no ser una rana verde que saltó entre las ramas de un árbol bajo y no dudé, casi diría que fue sin querer, disparé la flecha-varilla y la rana quedó atravesada, ensartada entre las ramas.-
Me quedé duro.
Si le tenía repugnancia a las ranas y a los sapos, al menos vivos los veía sólo un instante y a cierta distancia; pero ahora tendría que arrimarme y recuperar la flecha, pese a todo no estaba dispuesto a perder una de mis valiosas varillas de metal con un filo tan trabajado, no; para nada. Así que formé de tripas corazón y lo hice, me sobrepuse al asco, tomé al pobre batracio muerto y le saqué la flecha, y allí terminó la cacería, y con el estómago revuelto volví a casa. Nunca volví a tirar ni al blanco con el artefacto, y no supe decir en casa, porque no probé bocado en la mesa, ese día al menos.-



VI

El puente de la vía me queda al oeste. Solíamos venir por varios motivos. Indudablemente tenía su magia. Uno era la pesca. Y de tanto en tanto sacábamos alguna pequeña tararira, tanto para dejarnos con ganas. Si bien bajo el puente siempre había agua, y era bastante honda, no era más que un zanjón, que provenía de una cañada de las cercanías y que solo traía agua cuando llovía, que a su vez volvía a formarse cañada más adelante en el bajo, antes del puente del camino, y así sucesivamente.
Una vez, estando en primer o segundo grado, un compañero, más grande y muy corajudo ya de pequeño, porqué después estando él siempre era el líder de nuestro grupo; me convenció que lo acompañara a la casa de uno de nuestros compañeritos de la escuela que vivía en la zona rural. De ida fuimos por el camino, pero de regreso dispuso que regresáramos cruzando el bajo, a campo traviesa.-
El asunto es que había llovido hacía poco y la cañada tenía agua y si bien corría bastante no parecía honda. Además era como una maraña cruzada de pequeños zanjones y se podían pasar pisando los islotes que formaban. Todo a pequeña escala. Pero a poco era más ancha de lo esperado y más correntosa. Los pequeños canales se hacían difíciles de sortear, y un par de veces caímos y trepamos. Además yo era más chico y se me hacía difícil.
El no hablaba de volver.
Era aguerrido.
Pero sentí realmente miedo y tuvimos momentos difíciles, hasta que finalmente pasamos lo peor, terminamos volviendo a casa, mojados y temblando. No sé a él, porque era muy corajudo, pero a mí no se me borró nunca el miedo que pasamos aquel día.



VII

Ir por la vía hacia el puente era de por sí un paseo.
Tratábamos de caminar haciendo equilibrio por los rieles y pisar sólo de tanto en tanto el suelo para mantenerse, ya que los durmientes hacían desparejo el piso, además llevaba una zanja de desagüe cada dos durmientes a un lado y a otro alternativamente. Por lo que caminar requería atención y un paso coordinado.
Aunque para nosotros era un juego.
A la izquierda había un viejo aserradero, con una playa llena de grandes troncos, o piezas de madera, que llegaba hasta el borde de la vía. A la derecha había una excavación profunda, de donde sacaban tierra arcillosa para la ladrillería. Esta era la misma que correspondía a la casona de los grandes eucaliptos. Era frecuente que aquí viniéramos a bañarnos en los días de calor, especialmente a la siesta.
Todos sentíamos temor a que llegara la gente de la ladrillería, aunque estaba la cava al borde de la vía y además no hacíamos ningún daño. Nos bañábamos desnudos, y sabiendo lo vulnerables que quedábamos, dejábamos la ropa muy a mano, aunque salir del agua no era fácil ya que era barrancoso y la arcilla de por sí resbalosa.
En una de esas, en lo mejor del baño refrescante, sentimos el galopar de caballos y un griterío que asustaba. Verlos y tenerlos encima fue todo uno. Cada cual salió como pudo manoteando la ropa y cruzando el alambrado, y por las dudas correr a más no poder...
Nos vestíamos mientras corríamos. Tampoco era para tanto. Ellos no habrían estado más que divirtiéndose, pero nadie se quedó a averiguarlo. Había un chico nuevo en el grupo. Siempre estaba muy bien vestido.
Cuando todos nos juntamos en el paso a nivel él aún estaba desnudo con las ropas en la mano, temblaba de miedo, además había dejado el sombrero al borde del agua, y decía llorando que no podía volver a la casa sin el preciado sombrero. ¿Volver a buscarlo?... - ¡Ni locos!,- y el grupo se disolvió mientras él aún no lograba vestirse...
Quedé con él, y él allí firme, temblando; encima yo lo había invitado...
- ¡Bueno, vamos! – dije en un arrebato cargado de súbito coraje…
Y nos volvimos los dos solos. ¡Además los ladrilleros no iban a estar allí esperándonos! La verdad es que no podíamos estar seguros si se habían ido, porque el borde de la cava tenía una zona de arbustos, que nos impedía ver hasta que la trasponíamos, y ahí ya estaríamos adentro...
Pero sí, media docena de chicos y no tan chicos, estaban con sus caballos aún allí. Nos quedamos un momento duros, luego usé mi salvoconducto, que esperaba me sirviera: Yo era conocido de ellos, al menos de algunos. Así que me animé y les mostré el sombrero en el suelo, y le dije que era de mi amigo, y que veníamos a buscarlo.
No hicieron gran cosa, así que alcé el sombrero, los saludé con el sombrero mismo, y rápidamente me volví alcanzando a mi compañero, que ya se me había adelantado bastante, y estaba en medio de la vía; y aliviado, me vine riendo porqué yo creía, que no teníamos que haber disparado de ese modo.-
Al fin me había portado como un pequeño y valiente quijote.



VIII

Más adelante había sendas ladrillerías a ambos lados, y aún más adelante el puente. El puente era de hierro, y ladrillos, de cuando hicieron el ferrocarril. A veces veníamos a bañarnos, aunque yo siempre conseguí zafar porqué me daba miedo. Otras a pescar. O solamente a divertirnos. Pero el lugar era fascinante. El terraplén bajaba en un declive abrupto, con tortuosos caminitos que bajábamos a trompicones, entre tupidas matas y verdes plantas de ombúes nudosos.
A los costados había chacras sembradas.
Una siesta de domingo, muy calurosa, mientras el pueblo quieto y somnoliento, descansaba de los sudorosos días de la semana; nosotros, media docena de compañeros, llegábamos una vez más de excursión al puente. A lo lejos, un horizonte azulado y difuso, que el calor hacía reverberar, se veía como a través de un cristal ondulado y movedizo; mientras el silencio que nos envolvía contenía un mundo de pequeños zumbidos, chirridos y silbidos, propios del verano y de la hora, en que imperaban las chicharras y los pequeños insectos.
Nos sentíamos felices por estar allí; libres, aventureros, ansiosos…
Unos bajaron del terraplén antes del puente, y otros lo traspasamos, bajando al otro lado de la ancha y lagunosa poza, repartiéndonos así las orillas de pesca.
El más corajudo lideraba como siempre las acciones. Atento por encontrar en qué demostrar su liderazgo, además de tener una inclinación a vencer obstáculos o pequeños peligros.
Se le ocurrió venir a nuestra orilla, atravesando el estrecho pero profundo curso de agua que bajaba a la cañada; sosteniéndose sobre el alambrado, aunque faltaba algún poste, y los hilos sólo unidos por las varillas, se balanceaban peligrosamente a medida que avanzaba. Llegado a la mitad, el alambrado se volcó aún más, haciéndole casi tocar la espalda en el agua, lo que lo obligó a apoyarse pisando un trozo de tronco medio podrido, que flotaba junto a camalotes y deshechos, y la correntada empujaba, manteniéndolo contra lo que quedaba del inestable tendido…
El tronco, que era en parte hueco, se hundió en la punta que pisaba, y de la otra comenzaron a salir víboras en cantidad, tan asustadas como él, subiendo a los camalotes y palos, y otras nadaron zigzagueantes buscando la costa más cercana.
Gritamos o saltamos, y corrimos, no recuerdo bien. Sé que después nos organizamos y entre todos lo ayudamos a salir.
Era el precio que a veces le tocaba pagar.



IX

A veces cuando no tenía clases y en casa me permitían, llevaba a mi hermano menor a que me acompañara. Una mañana de sol pero con mucho viento, volvíamos a casa ya cerca del mediodía, embelesados con el ondular de las cañas y el silbido de las ramas, con los mechones de hojas flameando hacia el sur, por efectos del fuerte viento norte.
Un silbido me pareció más fuerte y me volví, justo a tiempo para ver casi encima nuestro, la tremenda mole de la locomotora del tren de pasajeros, que nos pitaba seguramente desde hacía rato, resoplando vapor y humo negro. Empujé a mi hermano violentamente a un costado, y yo alcancé a saltar al otro, y desde el suelo vimos pasar a un metro, semejante monstruo, con su diabólico movimiento de cigüeñales y de bielas, entre quejidos y bufidos de horrenda bestia metálica.- Sentados vimos como se alejaba el último vagón, en una humareda y pitidos anunciando como siempre, que estaba llegando una vez más.
No hablamos en todo el camino, y el susto no se nos iba por mucho tiempo. No podíamos creer de lo que nos habíamos salvado. De esto ni una palabra en casa, no sea que nos merme el permiso para volver otro día.



X

De todo esto me voy acordando mientras camino lentamente por la vía, o lo que queda de ella, mirando absorto el piso, los desagües borrados, los rieles semiocultos en el yuyo, los durmientes que sólo asoman alguna esquina de tanto en tanto, me paro antes de llegar al puente, me acuerdo de la excavación y me cuesta encontrar el lugar donde estaría; una irregularidad del terreno, con las barrancas borradas y cubierta de chañares, todo el terreno aledaño cubierto de ramas, en un verdadero abandono. Por aquí más o menos habrá sido, cuando el tren casi nos atropella.
Me siento un rato y sueño.
Cuando me incorporo veo semi-enterrada contra el borde de un durmiente, una bolita de vidrio de colores, un "bochón", como le decíamos entonces..., y no sé si en serio o en broma, me parece igual al que mi hermano siempre llevada, en el bolsillo de su pequeño "jardinero". - ¿Puede ser? ¡Claro que no! ¡A quién se le ocurre! - Encontrar una bolita así de aquel tiempo, así sin más...
Pero no sé, me quedo pensando en eso, y por las dudas, guardo muy bien el bochón colorido de vidrio, y me pregunto: - Pero; ¿Y ahora, habrá bolitas así?-
Un poco más y llego al puente.
Sigue estando, incluso tiene agua, pero no están los ombúes y un ramerío de espinas cubre los costados del terraplén.- Espinas y cardos y rameríos enmarañados, después de dos o más décadas de abandono.-
No es más que una ruina, nada que ver con aquello.




*de CELSO H. AGRETTI. celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda S.Fe
19 /12 /02

-NOTA: Escrito en una tarde calurosa.-
Del libro "Los días felices", edición del autor; 2005.





*


Un gallo invisible hechiza
el alba inconclusa.
Los sueños aún
hilan la gracia
de la noche.
Es la hora
en que tú aliento
roza mi sueño
y lo multiplica
en una avenida
de espejos.


*de SANTIAGO BAO. santinebao@gesell.com.ar
-Selección de "Cantos del río del Este"
Editorial La luna que..., Bs.As., abril de 2009.-








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Thursday, December 25, 2008

CAEN COMO PEDACITOS DE ESTRELLAS...

“Nunca dejes de creer”*


A veces nuestros sueños caen al suelo como pedacitos de estrellas que poco a poco se apagan. Nuestro corazón llora en silencio y cuando las lágrimas caen, el acto del cuerpo y el corazón de tanto amar, se convierte en hielo, para no sufrir más, para ya no llorar. Pero si volteas al cielo te darás cuenta que quedan millones de estrellas y cada una sí suele sufrir, y la fuerza en tu interior respira aire en tu corazón. Solo nunca dejes de creer, porque el amor y tus sueños son la única puerta hacia la eternidad.



*Texto de Camila Díaz Hernández, 11 años.

-Grupo de creación literaria JAJAJA, asesor José Miguel Rodríguez Ortiz.
Tomado de la web Desdelcorazon.
-Enviado para compartir por Marié Rojas.






CAEN COMO PEDACITOS DE ESTRELLAS...






DES-EMBRUJANDO*




Mikilo está embrujado
No hay siesta sin Mikilo
El corazón del monte se desangra.
Se han robado las sombras
¡Ay, pausa de la siesta!,
clama el clavel del aire.
Solo descansan los huesos de los muertos,
las piedras y uno que otro lagarto
refugiado en las pajas.
Mikilo yace, exhausto, al pié de los cardones
Vigilantes, alertas, los viejos centinelas
inertes, lo acompañan.
Crepitan ambos y en rescoldos de luna
se consumen.
El río se evapora. El sol, con un tridente
se disfraza de gnomo.
Intermitente. Agudo. Con prisa inenarrable
asola el vendaval de fuego.
Deshace las estrellas, en lluvia incandescente
se derraman


...y el bosque es una hoguera...


Detrás de un tronco adusto, el sapo enamorado,
viejo conocedor de embrujos y de lunas,
asoma su cabeza.
Le habla al oído al viento.
Le canta al viejo río.


Su lágrima es una perla suspendida
... y una alquimia de sombras se posa en los cardones...


¡Ay, pausa de la siesta!
Goza el clavel del aire.


*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







ELEGIDOS*



*Por Antonio Dal Masetto



Le hago una visita a mi viejo conocido el licenciado Almayer, director y alma mater de Zeus S.A., Instituto de Formación para el Exito.
-Almayer -le digo-, estoy cansado de andar penando en el llano, quiero estar en la cima de la colina.
-Vino al lugar indicado, mi querido amigo -me dice-, lo felicito por la decisión de abandonar la planicie, su sitio son las alturas.
Me siento reconfortado.
-Por favor, instrúyame -le digo-. La verdad que ando más tirado que el perejil.
-Mi Instituto está perfectamente pertrechado para resolver su problema.
Tengo bajo mis órdenes un equipo de profesores de altísimo nivel, gente muy afilada, especializada en sociología, psicología, oratoria, comunicación y supervivencia en situaciones límites. Le voy a enumerar las reglas básicas para que vea cómo funciona nuestro entrenamiento. Regla número uno: debe hacerse amigo de todos sus compañeros, ganarse su confianza y su corazón e inmediatamente traicionarlos.
-¿Sin más ni más? A mí siempre me enseñaron que el que tiene un amigo tiene un tesoro.
-Recuerde el viejo dicho: amigos son los testículos y también se golpean. La segunda regla se deduce de la primera: todos los que lo rodean son sus enemigos, ódielos, destrípelos sin asco.
-¿Me está hablando metafóricamente?
-Nada de metáforas, en el Instituto Zeus tripas quiere decir tripas y ninguna otra cosa.
-Comprendido, maestro.
-La tercera regla se deduce de la primera y la segunda: a los adversarios, que son todos, tiene que devorarles los sesos.
-¿Intelectualmente?
-Nada de intelecto, les tiene que hacer un agujero en el cráneo y chuparles los sesos, para que no les quede ni una sola idea. No le haga asco a nada. A los débiles de estómago y a las almas dubitativas se los comen los chimangos.
-Comprendido, maestro.
-Ultima regla y regla de oro: en la olla del guiso, si está bien condimentado, la verdad y la mentira tienen el mismo gusto. Apréndaselas de memoria y, cuando termine su preparación, podrá acometer con éxito el ascenso a la colina.
-Entendí, maestro, sin duda es un curso muy estricto y puntilloso. Pienso que sería perfecto si yo aspirara a ser un killer eficiente, un sicario desalmado, un despiadado profesional del crimen. Pero me asalta una duda: ¿para qué le sirve todo ese entrenamiento a un tipo como yo que solamente quiere dejar de penar en el llano y alcanzar la cúspide de la colina?
-Mi buen amigo, los que se acomodaron en la cúspide llegaron utilizando reglas parecidas a las nuestras. Si usted quiere asegurarse una subida rápida, no dude, aplique al pie de la letra las enseñanzas. A saber, elija uno o dos de los que están arriba y dedíquese a demolerlos sistemáticamente.
Indague sus costumbres sexuales, consiga pruebas de las más bochornosas, las que no resisten la luz del sol, y desparrámelas. Revise prolijamente sus finanzas, aunque tenga que revolver los tachos de basura, busque hasta encontrar las pruebas de alguna matufia económica y pregónelas a tambor batiente. Con mirada de entomólogo investigue las relaciones afectivas de los fulanos, las posibles fallas en su grupo familiar, elija las más dolorosas, las que producen vergüenza, y échelas a los cuatro vientos con toda la voz que tenga. Y lo que no encuentre, invéntelo. De todos modos, seguramente algo de cierto habrá. Todos esconden algún secreto.
-Pero me van a hacer pomada.
-De ninguna manera. Si usted llega a ser un rufián lo suficientemente ruidoso, que pega justo y difama con convicción, comenzarán a prestarle atención. Cuando hagan sus cálculos y vean que acallarlo resulta caro, incómodo y trabajoso, lo aceptarán como uno de sus iguales y le tenderán una escalerilla para que ascienda a la cima de la colina, se mezcle con ellos y se convierta en uno más de los elegidos, los intocables, los que están más allá del bien y del mal.





UN CUENTO DE NAVIDAD
Délo por hecho*


*Por Mempo Giardinelli


La noche del 22, justo cuando el calor baja de los 35 grados y parece un alivio dispuesto por los dioses, Rafa y Cardozo se encuentran en el "Bar La Estrella".
-Pero no es duda que me carcoma -avisa Rafa, recolocando hielos en el whisky.
-La duda es una ventaja -concede Cardozo-. Al menos sirve para entretenerse.
-Usted también podría. Va y escribe un cuento y se raja de la menesunda.
Desde las ocho y pico, discuten títulos de libros que no escribirán. Cada dos por tres les da por esa especie de juego -ellos no lo llaman así-, como si el "Bar La Estrella" y los varios whiskies que ya tienen encima los inspiraran.
-"No repare en gastos" -dice Cardozo-. Mire qué título para un libro sobre la estupidez de los ricos.
-No funcionaría -opina Rafa, revolviendo el hielo con el índice derecho-.
Ese debería ser un ensayo y un ensayo con ese título no lo lee nadie. Me gusta más "El que se mueve no sale": buen título para un libro de cuentos.
-Qué le parece "Mañana quién sabe".
-Va mejorando, aunque es muy de policiales. Recuerda a Ellery Queen, a Hadley Chase. Escuche éste: "El fantasma de Donna Kay".
-Explíquese.
-Amparado en una trama policial clásica, con toques froidianos, una novela sobre la reaparición siempre maravillosa del más memorable fracaso masculino. Ambientada en Boston, Massachussetts, en noviembre del '78, con la tragedia de la dictadura en difuso segundo plano, el detective es un argentino traspapelado que reflexiona: "Se me entregó la mujer más hermosa del mundo y yo no supe hacerla mía".
-No se le para.
-Usté lo ha dicho.
-Hum. Demasiado fálico el asunto, Rafa. No estaría a la moda.
-Otra posibilidad sería "Micción imposible". ¿Qué le parece? Podría ser un cuento sobre los padecimientos de un macho prototípico el día que se entera de que tiene cáncer de próstata.
Y se larga a reir de su propio chiste, como esos animadores de asados de amigos de la secundaria.
-"Al final de la calle" -dice Cardozo.
-Ese me gusta. ¿De qué va?
-No sé, quizás un militante de barrio al que todos aprecian: hace carrera política, pero se corrompe y eso se ve años después en la fría mirada cargada de dolor de Angelita, su novia de adolescencia.
-Se le dispara para culebrón. Buen título pero culebrón.
-Se lo regalo.
-Mejor se lo cambio por "Cuando era lindo morir". Sobre las formas aparatosas y divertidas que teníamos de morir histriónicamente cuando éramos chicos y jugábamos a los cow-boys.
-Eso no da ni para cuento de Navidad, que son los más simples.
-Cómo sería eso.
-Que cualquiera tiene un cuento de Navidad. Desde Dickens se echaron a perder.
-¿Y qué le parece un tipo que tartamudea raro, Cardozo, uno que sólo repite las sílabas con "pe"? Dice Pépero, y poporeso, y prépresidente. Sin embargo, cuando debe decir "papá" lo dice como todo el mundo. Y como es tarta pero no tonto, y consciente de su problema, elige siempre oraciones en las que no existen las "pe". Experto en eufemismos, por ejemplo en vez de decir: "Hay que preprepapararse poporque hay popoco vino papara poponer en la mesa", él dice: "Hay que alistarse ya que estamos carentes del vino que hará falta en la mesa".
-Tá bueno, Rafa.
-Lo mejor es que el tipo es peronista pero no puede decirlo.
-¿Y eso cómo se titula?
-"El whisky que nos parió a los dos" -se ríe Rafa, y encendiendo un cigarrillo ordena a Midori, por señas que imitan a un ridículo jinete, que repita la dosis de caballito blanco.
-Título vulgar. Inadmisible -dice Cardozo en voz alta.
-No era título. Apenas un comentario impresionista.
Cuando la japonesa deja los vasos llenos y se retira, Rafa comenta:
-Va a ser una Navidad de mierda -y mira hacia afuera, hacia un chibato florecido que es un poema en bermellón y verde.
Cardozo lo mira de reojo pero no dice nada. Es obvio que ahora que Rafa regresó de México y se gana los garbanzos como publicista, anda viendo cómo y con quiénes pasar la noche del 24.
-"Discurso por el 25 aniversario" -anuncia Rafa.
Cardozo sigue en silencio, viéndolo venir.
-Un escritor debe pronunciar un discurso para el aniversario de su promoción del Colegio Nacional. Alegría por el reencuentro, orgullo, una generación especial, etc., etc. Pero tiene un problema de conciencia: no puede traicionarse con un discurso plagado de lugares comunes, como todos esperan de él, pero a la vez comprende que no tiene sentido escribir un texto conceptual y denso. El auditorio no aguarda calidad, sólo nostalgias fáciles y uno que otro pedorreo. El escritor juega a sustituir los lugares comunes por formas alternativas más o menos crípticas, cada vez más rebuscadas y exigentes. Lo divierte pensar en las infinitas maneras de decir las cosas.
Cardozo lo escucha con genuino desinterés.
-El desenlace del cuento es cuando el lector advierte que el escritor en efecto está leyendo un complejo y filosófico discurso ante sus viejos compañeros, que lo aplauden a rabiar, a la vez que se siente solo, desolado, porque es consciente de que eligió burlarse de sus compañeros. El cuento termina cuando advierte que su propia erudición lo deja solo, lo desampara.
El final es abierto, pura tristeza paradojal.
Cardozo se mueve en la silla como un arquero a punto de atajar un penal.
Sigue en silencio.
-No dice nada -dice Rafa-. Título: "Un obtuso silencio".
-¿Qué quiere que le diga, si a ésta ya la vi, Rafa? Cuando usté empieza a hablar de la tristeza y la soledad, y pone esa cara... Siempre lo mismo.
Rafa se manda un trago y después se pasa la lengua por el bigote. Tiene, en efecto, y como a pleno, la cara de desamparo que le quedó de cuando estuvo en cana durante la dictadura, cinco años y pico y después exiliado otros tantos. Lo único que quiebra el efecto desolador de ese hombre es la colección de ridículos anillos baratos que usa en cada uno de los dedos.
-Ma sí -dice Cardozo-, yo sabía que iba a terminar invitándolo: venga nomás a pasar el 24 en casa...
-Si quiere, no voy nada.
-No, está bien, la patrona a usté lo banca.
-Chasgracias. A qué hora.
-Qué sé yo, venga a la hora que quiera. Pero por lo menos tráigase un whisky paraguayo, con lo que chupa usté...
Rafa piensa un ratito.
-Eso délo por hecho -dice, y sonríe como un niño-. Mire qué título: "Délo por hecho".


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-117259-2008-12-24.html






De countrys en la estación Canning*



Siempre le gustaron las plantas y los jardines, y aunque también se daba maña para hacer arreglos de albañilería y así ganarse unos mangos con la changa, Néstor decidió que tomaría la podadora, la pala y el rastrillo para ganarse "el pan nuestro de cada día". Por esas cosas de la vida, alguien lo puso en contacto con las autoridades del Country "Arboleda del Monte" donde, entrevista mediante, tuvo que dar cuenta de sus habilidades cortando el pasto y arreglando el jardín de una de las casas, bastante descuidado después de algunos meses de ausencia vacacional de sus inquilinos. Su trabajo agradó mucho a las autoridades del consorcio, y muy pronto quedó contratado en forma efectiva para el mantenimiento general del predio.
En un principio le costó acostumbrarse al entorno. La imagen de las casas recortadas contra el horizonte le parecía extraída de alguna revista de decoración que viera en la sala de espera del traumatólogo de su hija. Esos colores chillones que herían la vista, modeladas con el antiguo estilo de los ladrillitos de juguete, y unas puertas y ventanas que parecían construidas en plástico, aunque al tocarlas uno tuviera la desagradable sensación de percibir la consistencia y el sonido del metal. Néstor sentía cierto escozor al contemplarlas, como si fueran ajenas al lugar donde se encontraban. Pero la tarea era abundante, y con el correr del tiempo se fue tornando indiferente a ciertos detalles, concentrándose exclusivamente en los parques y jardines.
Se fue haciendo conocer por todos. Y si bien le pagaban un sueldo fijo por mes, fue haciendo una diferencia al aceptar distinta clase de changuitas de parte de los residentes: cambiar el cuerito de una canilla, encolar una silla, reparar una ventana de enrollar… Tareas que hasta hacía unos años parecían impensables en un country, hoy se habían tornado cosa de todos los días. Había que contemplar la posibilidad de ahorrar unos pesos, con el dólar tan alto…
Pero también recibía algunas donaciones, de ropa que los dueños de casa ya no usaban, o de libros que podían servirle para sus hijos en la escuela, elementos que agradecido guardaba en el carrito que arrastraba detrás de la bicicleta, y que generalmente representaban una alegría cuando llegaba a su casa. Apenas le servía la mitad de las cosas que llevaba, pero nada era despreciable; su mujer bien que sabía darse corte con la aguja y el hilo, y si no, su cuñado sabría vender bien los libros usados. Todo funcionaba en equilibrio.
Néstor vivía cruzando el antiguo terraplén donde, casi treinta años antes, existiera la vía del Ferrocarril General Manuel Belgrano, que unía La Plata con San Eladio, y del cual hoy no quedaban ni rastros; los rieles y los durmientes habían desaparecido, robados por manos anónimas, o bien sepultados por el paso del tiempo. Cada vez que pasaba en bicicleta por aquel lugar, abundante de ralos pastizales, evocaba aquellas entrañables épocas de su infancia, cuando se escondía entre la maleza que circundaba la vía, para ver pasar aquellos imponentes trenes cargueros, arrastrando una fila infinita de vagones, transportando las más diversas y a la vez misteriosas mercancías.
Recordaba con nostalgia ciertos juegos: cómo solía depositar monedas de cinco o diez centavos sobre los ardientes rieles de la tarde, esperando que el mastodonte metálico llegara en hora y aplastara con su potencia colosal aquella diminuta monedita, revoleándola en el aire y –en caso de encontrarla, luego del impacto- palpando la cruel curvatura que le había impreso a su superficie. Lo mismo hacía con las latas de conserva vacías que encontraba por ahí, contemplando luego con sumo interés el efecto devastador que podían producir tantas toneladas de metal lanzadas a toda velocidad.
Ignoraba por qué, pero esas imágenes habían ido resurgiendo del fondo de sus recuerdos en los últimos días. "Me estaré volviendo viejo", pensaba, con una tenue sonrisa asomando entre sus labios, y la profunda sensación de evocar un pequeño fragmento de su vida donde recordaba haber sido feliz, sin preocupaciones ni dolores en el alma. Esas angustias que luego sedimentan en el corazón, provocando la -quizá inevitable- pérdida de cierta infantil ingenuidad.
Hasta que una fría tarde de invierno lo comprendió todo.
Estaba casi terminando de quitar los yuyos de un cantero, luego de podar una planta que Miss Mary, la dueña de casa, ya no quería ver más, cuando vio llegar a Mister Steven, a bordo de su flamante Jaguar color azul. Se saludaron cortésmente, y apenas unos minutos después, Néstor lo vio salir otra vez. Se dirigió hacia el cobertizo, luciendo un impecable tweed bordeaux, contrastando con la circunstancial desprolijidad de las ramas de la planta recién podada, desperdigadas a su alrededor, y un par de minutos después regresó, cargando algo bastante pesado.
-Néstor, ¿sería tan amable de ayudarme? -, preguntó al pasar junto a él. –El estudio está helado, y quisiera prender la salamandra…
Él estuvo a punto de aceptar, como de costumbre, cuando vio lo que aquel hombre llevaba entre sus manos: un taco perteneciente a un aserrado durmiente de ferrocarril.
Se quedó petrificado; un escalofrío le recorrió la espalda. Quebracho puro; como el que aserraban cuando era chico cerca de su casa, una vez concluidas las tareas de reparación del ramal, que no tardó mucho en cerrarse, ante la inminencia del cambio económico generado por la dictadura militar. El estupor se vio reflejado en su cara, porque Mister Steven volvió a pedirle:
-¡Néstor! ¿Sería tan amable? Hace mucho frío acá afuera, y esto está muy pesado…
Él actuó de manera automática; le quitó el taco de entre las manos y lo entró en la casa, dejándolo junto a la salamandra del estudio. Mister Steven le pidió que hiciera un par de viajes más, y finalmente, encendieron juntos el primer fuego. Una vez que comenzó a arder, Mister Steven encendió su pipa y le dio las gracias, además de un módico billete por el servicio.
-Gracias -, dijo él, y señaló hacia los tacos restantes. -¿Dónde la consiguió? Es buena madera.
-Me la vendió un pibe por acá cerca, a unos metros de la autopista. Dijo que la conseguía fácil. Era mucho más barata que comprarla en otro lado. Y por lo que vi, me pareció que prendería bien.
Al salir, pleno de congoja, recogió sus enseres de manera mecánica, juntó las ramas con el rastrillo, limpió todo con rapidez, y se alejó. Mientras avanzaba por el parque, en las últimas luces de la tarde, reparó en unos juegos infantiles que regularmente había visto desde hacía meses, pero que recién ahora le llamaban la atención. Sobre todo, su estructura.
Tanto en las hamacas, como en la viga del tobogán, o el conjunto entero de las vigas paralelas para colgarse, habían utilizado rieles de ferrocarril. Pulidos y sin óxido, pintados de diversos colores, pero rieles al fin y al cabo. Preservados de la muerte, más no de la rapiña…
Desde esa tarde, aceptó muy poco, casi nada, de las tareas que pudieran ofrecerle como changa. Menos aún, las dádivas que solía agradecer con tanto entusiasmo, pensando en sus hijos. Notó que comenzaba a trabajar con menor entusiasmo, así como a faltar bastante, pretextando cualquier excusa.
Y a pensar seriamente que debería buscarse otro barrio donde poder trabajar en paz. Bien lejos de Canning…



*de Aldima licaldima@yahoo.com.ar






Ninguna casa es duradera (lección de economía política)*


*Por Sergio Mansilla Torres.




El gobierno multiplica empleos y sueldos
para tener partidarios;
no para producir más riqueza para todos,
sino para tener partidarios.

Como buenos alumnos de la escuela de los caníbales:
comerse los unos a los otros
(en eso somos expertos), y el gobierno sirve a los poderosos
las cabezas cortadas en bandeja de plata:
les sirve los bosques completos, vertientes
todavía cristalinas,
delfines, plancton, algas para hacer shampoo japonés.

Entonces viene el gerente de operaciones de la gran empresa;
dice:

“hay que bajar los costos de producción
para ser competitivo (o sea, para hacer mejores negocios
para el bolsillo de los accionistas y sus batallones de negreros);
la materia prima es cara,
la tecnología es cara,
los impuestos son caros,
el transporte es caro
(no hay, pues, manera de ahorrar en estos ítemes).
Quedan los obreros: reducción de personal,
menos sueldo, más producción; que trabajen 10 horas ó 12,
que tengan 2 días al mes para descansar
¡ah! y no quiero mujeres, se lo pasan pariendo para no trabajar...
10% del personal mañana está fuera,
en 6 meses llegaremos al 50%
Y exhibiremos nuestros altos índices de eficiencia”.

Y el gobierno multiplica empleos y sueldos
para tener partidarios,
y las empresas son partidarias del gobierno
por conveniencia (porque el gobierno mantiene la paz social).
Y los pobres diablos apoyan al gobierno
por conveniencia.
Todo por conveniencia, por cálculos de ganancias.
Una casa bien construida se ve desde lejos (Pound lo dijo),
y la cobardía también
y la fetidez de las oficinas públicas también.

Que no hable el príncipe, sino lo justo para decir
que el dinero circulará
entre el pueblo;
lo demás es basura, cantos de sirena a lo más
entonados con notas desafinadas.

Pero está además el aspecto especulativo:
comprar y vender dinero;
no comprar zapatos, comida (“economía del pasado”, dicen).
Ahora conviene comprar dinero y vender dinero
con altos intereses a favor,
sin ver siquiera los billetes; sólo números
en las pantallas de los computadores: la nueva
economía de las transacciones virtuales.
Mas quien compra dinero no paga con dinero;
paga con sangre, con hambre, con sudor,
de los que trabajan produciendo bienes esenciales
(que nunca sobran)
y de los que no trabajan porque no tienen lugar en la fábrica
de los bienes esenciales
(que, como dijimos, nunca sobran).

Y mientras unos ponen monedas en el Tesoro Público,
otros sacan las monedas y las ponen en su tesoro particular,
y sin salir de sus asientos de cuero bien curtido,
sin un resfrío siquiera debido a bruscos cambios de temperatura
que nunca padecen.
Nada.

¿Quien almacenará el trigo contra el hambre?
Porque es incomible el dinero plástico,
y no compra lo que no existe.
¿Quién guardará los códices de los ávidos depredadores?
¿En qué biblioteca climatizada?
(y no en una habitación oscura llena de hongos y ratones).
No da rédito escribir la verdad
ni da rédito leerla.

Pero sí da mucho rédito transformar campos de cultivo
que demoraron millones de años en formarse,
en pedregales o en factorías para celulosa
o para aluminio
o en condominios para gerentes, accionistas de grandes Cías.
y hay generales que no han ganado batalla alguna.

¿Quién reestablecerá el amor a la sabiduría, literalmente,
congregando a los sabios
en el palacio del canto, en el palacio del pensar?

“Ninguna casa es duradera
si ha sido edificada sobre las ruinas de tu vecino” (Pound).

Y la agricultura y las manufacturas y las caricias
no se pueden perder,
y los individuos podrán pensar más tranquilos,
hacer arte para banquete de los ojos,
poesías para recuperar el lenguaje malbaratado
en el mercado de las chucherías inútiles.
Y revertir el embargo de que han sido objeto
nuestros cuerpos.

Hacer arte para banquete de los ojos y oídos.

Y pensar más y mejor, más y mejor.



*Referencia
*Sergio Mansilla Torres. "Ninguna casa es duradera (lección de economía política)." Buque de Arte. Ed. Sergio Mansilla. Osorno, Chile : Editorial Poetas Antiimperialistas de América. 24 de octubre de 2008.
-Enviado para compartir por Juan Carlos Cena. ferrocena2003@yahoo.com.ar






Kraft*


*Por Antonio Dal Masetto,
Crónicas argentinas
Editorial Sudamericana

Estoy acodado en el mostrador del bar, haciendo cuentas en mi libreta: impuestos, facturas, servicios, la pesadilla de costumbre.
- Veo que está muy embalado con los números, ¿algún negocio en vista?- me dice el parroquiano Carmelo, que está a mi lado.
- Las cuentas de siempre, cada vez me cuesta más llegar a fin de mes.
- ¿No le queda alguna reserva?
- Me quedan unos manguitos guardados bajo el colchón, poca cosa, para casos de extrema necesidad. Hasta ahora logré no tocarlos, pero en cualquier momento voy a tener que echarles mano.
- Me parece que el destino nos juntó. Puedo ofrecerle un negocio redondo, rápido y con una utilidad extraordinaria. Seguro que le va a interesar.
- La verdad que me interesa cualquier cosa que me saque del apuro.
- Me está haciendo falta un socio ágil que tenga unos pesos.
- ¿Cuántos pesos?
- Es una inversión mínima.
- Disculpe la pregunta, pero si la inversión es poca y el negocio es tan redondo, ¿por qué no lo hace usted solo?
- Me quedé sin capital. Con los bancos ya no se puede contar, no quiero caer en manos de prestamistas porque me van a arrancar la cabeza.
- ¿Cuál sería el negocio?
- Bolsas de papel.
- ¿Para vendérselas a quién?
- Para que la gente se las meta por la cabeza y se tape la cara después de las próximas elecciones.
- ¿Los que pierdan?
- Todos. Pasada la expectativa, cuando la gente se dé cuenta de en qué estado está y dónde está parada, gane quien gane, el sentimiento general será de absoluta vergüenza por el voto que metieron en la urna. No va a quedar uno que no quiera su bolsa personal para ocultarse la cara antes de salir a la calle.
- ¿Cómo sería esas bolsas?
- Comunes, de papel madera. Con dos agujeros para los ojos y otro para la nariz. También uno para la boca, todos tienen que seguir fumando o tomando café o comiendo algo.
- ¿Y dónde las fabricaríamos?
- Tengo un tallercito en Lugano, con la guillotina, el sacabocados y lo que haga falta. El taller me está dando pérdida desde hace años, pero ahora llegó la reivindicación. Solamente se necesita dinero para la materia prima, o sea el papel Kraft, liviano, de 70 gramos, y la cola vinílica.
- ¿De qué tamaño serían las bolsas? ¿Una sola medida o varias?
¿Diferentes para hombres y mujeres?
- Tamaño estándar, unisex.
- ¿Qué porcentaje calcula de gente que no quiera usarla?
- Cero. Todos van a estar avergonzados.
- ¿Y la distribución?
- Ya hablé con el Sindicato de Canillitas. La mañana siguiente a las elecciones los quioscos del país entero vana estar inundados de nuestras bolsas. Vendemos y cobramos. Todo contado. Plin caja.
- ¿Cómo dividimos las ganancias?
- Cincuenta y cincuenta.
- ¿Ya pensó en alguna partida de bolsas de reserva?
- Por supuesto. Algunos se van a llevar varias bolsas. Mi cálculo es que cada votante va a consumir como mínimo tres bolsas de manera inmediata. Además está la lluvia, las rupturas, el desgaste, etcétera.
Después vienen las reposiciones a largo plazo. El bochorno puede durar mucho tiempo.
- Tenemos que estar preparados para que no haya demoras en las entregas.
- Eso déjelo por mi cuenta.
- Me convenció. Trato hecho.
- Lo espero mañana en el taller. Hay que meterle para, pedir el papel, mandarlo a máquina, troquelar, pegar y empaquetar.
- Choque los cinco.
Me despido de mi socio. Esta vez parece que zafé.


*Fuente: http://www.cuentosymas.com.ar/cuento.php?idstory=560






José María Gatica: Un odio que no conviene olvidar*


*Por Osvaldo Soriano
(1974)

A Julio Cortázar

[Poco después del "rodrigazo", que nos dejó a todos en la miseria, Roberto Cossa me hizo entrar en El Cronista Comercial, donde volví a ser redactor de deportes. Esta semblanza de José María Gatica se publicó a fines de 1975.]


"No me dejés solo, hermano". Tirado en el pavimento, el cuerpo sacudido por los espasmos, Gatica se aferraba al pedazo de vida que se le iba. Lo rodeaba una multitud de extraños que lo habían visto caer bajo las ruedas de un colectivo, a la salida de la cancha de Independiente. Pocos ojos entre los que miraban esa piltrafa cercana a la muerte habrán reconocido el cuerpo de José María Gatica, uno de los mayores ídolos que tuvo el boxeo argentino.
Tenía 38 años y parecía un viejo. Hasta ese día en que la borrachera no le dejó hacer pie en el estribo del ómnibus, había sobrevivido en una villa miseria como tantos otros; algún rasgo lo distinguía: la nariz aplastada, la sonrisa provocadora, un cierto desdén por el futuro. Era uno de esos hombres obligados a soñar con el pasado, porque el suyo estaba teñido de sangre y ovaciones.
El 7 de diciembre de 1945 subió por primera vez a un ring como semifondista profesional. Esa noche, su triunfo por nocaut en la primera vuelta frente a Leopoldo Mayorano no puso al público de pie, ni lo irritó. Comenzaba su carrera un hombre de rabia larga, de ambición fresca.
Había sufrido la violencia desde su nacimiento, en Villa Mercedes, San Luis, el 25 de Mayo de 1925. A los siete años llegó a Buenos Aires en un tren de carga, con su madre y un hermano mayor.
A los diez había ganado un lugar en Plaza Constitución, donde lustró miles de zapatos. De rodillas, miraba desde abajo la cara de la gente, pero hasta ese privilegio tuvo que defender a golpes frente a competidores tan desesperados como él. Un peluquero que vivía por allí lo vio pelear varias veces y quedó impresionado por su agresividad. Era Lázaro Koczi, un hombre relacionado con el boxeo profesional. Pronto le propuso cambiar de oficio.
The Sailor's Home era la casa de la misión inglesa para marineros. Estaba en Paseo Colón y San Juan, un barrio con tradición de compadritos. Allí paraban los hombres que habían perdido sus barcos en los extravíos de una borrachera, los desertores, los enfermos, los malandras sin cuchillo. Todo se resolvía a puñetazos. Un hombre de agallas podía ganarse allí veinte pesos si era capaz de vencer en tres rounds al marinero más fuerte.
Lázaro Koczi apareció una noche con Gatica, le mostró el ring y le habló de los veinte pesos. El lustrabotas subió. Se sabe que ganó varias peleas, que agachó a corpulentos marineros y luego dejó su parada de Constitución. Había ganado el derecho a más.
El 7 de diciembre de 1945 -ese año singular en la historia argentina- debutó en el Luna Park. Sus ojos verdes habrán visto la multitud con el brillo del desafío. Bastó un golpe para que Mayorano, su rival, fuera a la lona. En poco tiempo ganaba dos peleas más y los empresarios pusieron sus ojos en él.
Al año siguiente ganó las siete peleas que hizo, una de ellas con Alfredo Prada, quien sería su más rival encarnizado.
Por entonces el público se había dividido: el ring-side abucheada a Gatica, quería verlo en el piso; la popular rugía alentando a ese morocho que miraba con odio a sus rivales y cuando los tenía a sus pies levantaba los brazos tan abiertos como para abrazar al mundo. Los apodos de la tribuna eran
diversos, según de dónde provenían: Tigre, para la popular, Mono para el ring-side. A los periodistas les gustaba más Mono y así lo recuerdan aún.
Mientras duró su grandeza tuvo un rival irreconciliable sobre el ring: Alfredo Prada. Ya se habían enfrentado antes, cuando no suponían que la vida los iba a unir en el triunfo y el fracaso. Combatieron seis veces y ganó tres cada uno. La última pelea, en 1953, significó la derrota de Gatica y el comienzo de su patética decadencia. Los enfrentamientos entre Gatica y Prada dividieron al público como nunca; se estaba con Gatica o contra él. Prada era campeón argentino, una satisfacción que el Mono nunca alcanzó. Cuando el pleito terminó, las carreras de ambos llegaraban al ocaso. Prada dejó el boxeo con algún dinero en el banco. Afrontó la vida como un ciudadano recompensado. El Mono volvió a su origen, como si toda su pelea con la vida hubiera sido una parábola restallante, una explosión de luces que lo
iluminaron hasta, de pronto, dejarlo nuevamente en la oscuridad.
Volvió a una villa miseria. Vivió de la caridad junto a su segunda mujer y dos hijas. Fue una fiesta para los periodistas encontrarlo sentado a la puerta de su casilla de latas, tomando mate, sucio y harapiento.
Entonces Prada tuvo un gesto que los diarios elogiaron: abrió un restaurante en calle Paraná y llevó al Mono con él. Le pagó quince mil pesos por mes y lo puso en la puerta del negocio para exhibirlo. El gesto compasivo de Prada era otra humillación que Gatica soportó porque no podía sino aceptar su derrota.
Había vivido como un esclavo y pocos le perdonaron su grotesca revancha: como un Robin Hood de barrio, iba con los suyos -los lustradores- y les destrozaba los cajones a patadas a cambio de billetes de mil. Pagaba con una fragata los diarios que quitaba a las viejas que rodeaban el Luna Park. Unos
pocos lo miraban con respeto, otros ser reían de él.
Desde que Alfredo Prada lo venció en 1953, en la última pelea, no dejó de caer. Siguió tres años más, pero estaba acabado como boxeador. Como hombre le faltaba recorrer la pendiente más dura: el desprecio, el odio, el revanchismo de las buenas conciencias.
Era, para ellas, un analfabeto despreciable, un "lumpen". Perdió todo lo que tenía pero jamás se lamentó. Fue noticia para los diarios el día que una inundación se llevó lo poco que le quedaba. Entonces, fue fotografiado en camiseta, lleno de mugre y mereció crónicas colmadas de aleccionadora compasión. Curiosamente, el Mono sonreía.
Adhirió fervorosamente al peronismo y, curiosamente, su esplendor y caída desplegó la misma parábola en el almanaque: levantó su brazos en 1945 y lo bajó, vencidos, en 1956. Había sido el preferido de Perón mientras brillaba.
Aficionado al boxeo, el Presidente apoyó el viaje de Gatica a Estados Unidos para buscar una pelea con el campeón de los livianos. En cuatro rounds venció a Terence Young y esta victoria le abrió las puertas a la pelea con Ike Williams, dueño de la corona mundial, en 1951. Medio país estuvo pendiente de la suerte del Mono que iba a batirse en el Madison Square Garden de Nueva York. Subió a la lona sobrador, fanfarrón. Cuando empezó el combate bajó las manos y puso la cara, como lo haría luego Nicolino Locche.
Pero Gatica no sabía de esas sutilezas. Bastaron tres golpes de Williams y a los tres minutos de pelea el Mono se derrumbó. Desde entonces perdió los favores oficiales y dejó de ser el hombre que se fotografiaba junto a Perón.
Entre 1952 y 1953 ganó trece combates luego de ser vencido por Luis Federico Thompson, pero la última derrota ante Prada lo puso en la pendiente definitiva; caualmente, esa derrota sucedió un 16 de setiembre, dos años antes del día que estalló el pronunciamiento militar contra el peronismo.
No sólo Prada usó al Mono para exaltar la beneficencia. Martín Karadagián, un empresario del espectáculo que había montado una troupe de luchadores, lo llevó a parodiar una final. También allí tenía que perder. En "sensacional encuentro" Karadagián, dueño del poder, benefactor de hospitales, lo sometió por unos pocos pesos.
La última derrota ocurrió el 10 de noviembre de 1963, bajo las ruedas de aquel colectivo. Había terminado su vida en una parábola perfecta de humillación; "una bala perdida", como solía decir él.
No tuvo amigos. Apenas dos o tres compañeros de aventuras en los momentos en que regalaba su pequeña fortuna. Contestaba con monosílabos, recuerdan algunos, para escapar de los adulones y los ambiciosos; otros dicen que no hablaba para ocultar su escasa educación. Tirado en la calle Herrera, de Avellaneda, manchado de sangre, con los ojos abiertos puestos en otro vendedor de muñecos, repitió: "No me dejés solo, hermano; levantáme, no quiero estar tirado".
Cuando murió, La Prensa dijo: "La popularidad que adquirió Gatica por sus éxitos y por su característico estilo de infatigable peleador, fue utilizada por el régimen de la dicatdura, que lo adoptó como en el caso de otros campeones deportivos como instrumento de propaganda. Y esta publicidad extradeportiva y el aplauso obsecuente de personajes encumbrados no fueron ajenos por cierto a que él cayera en actos de inconducta dentro y fuera del ring". Fué un recuerdo político, cargado de desprecio. Al comentarista, como a tantos otros hombres de traje gris, le hubiera gustado ver a Gatica domado. Pero no; aún muerto sería molesto: nunca llegó tanta gente a la Federación Argentina de Box como para su velatorio. Hombres y mujeres hicieron una colecta y compraron una corona que decía: "El pueblo a su
ídolo". El féretro tardó siete horas en llegar al cementerio de Avellaneda.
Cuando la última palada de tierra cubrió el modesto cajón, los cronistas anotaron esta frase de Jesús Gatica: "La única miseria qe vivió mi hermano fue consecuencia de su desesperado afán de querer vivir la vida".

Se cumplen tres décadas de la que fue, quizá, su primera alegría, cuando tenía veinte años. Gatica es, todavía, un símbolo contradictorio, arbitrario; la vida le fue quitada poco a poco, con un odio que conviene no olvidar.







Convocatoria*


El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante" (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
Cordial saludo,



*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schiessstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067


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