Tuesday, September 08, 2009

ESTACIÓN SATURNO.


INVENTREN...



*



A veces pienso que soy de otro planeta
No porque sea un extraterreno
Pero no soy igual a vos
Con la típica queja de lo casero.
Busco mirar en lo más profundo
No quedarme en la superficie
No buscar pleitos por cualquier cosa
Banal y sin importancia.
El misterio de las letras
Es mi universo y la fuga de una estrella
Mi consuelo.



*De Azul. azulaki@hotmail.com





Pienso en Ti*


Actualmente
Las cosas han adoptado
Nuevos nombres:


A los Polvos de Unicornio
Se les llama Fluoruro de Sodio;
A las Escamas de Dragón,
Silica Hidratada;
Y el Sorbitol
No es otra cosa
Que Pestañas de Pegaso Verde
Acabado de Despertar.


El mercado mundial
Nos oferta las más grandes maravillas,
Siempre y cuando podamos pagarlas…


A la Limadura de Cuerno de Demonio
Se le ha dado el nombre
De Laurilsulfato de Sodio;
Así como a la Cocamidopropil Betaina
Se le ha dado este extraño nombre
En lugar del común Sudor de Minotauro.


Al Aliento de Nahual
Se le conoce en el argot científico
Como Sacarina Sódica,
Y el actual Hidroxipropil Metilcelulosa
En sus buenos tiempos
Recibía el mote de Moco Nasal
De Duende de las Cavernas.


Y extrañamente
A ésta mixtura mágica,
Que blanquea los dientes
Y otorga un refrescante aliento,
Se le llama en nuestros días
Dentífrico, o Pasta para los Dientes.



*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com






SATURNO Y LA EXTINCIÓN*



Voy a Saturno. No es una broma. Me voy a Saturno. Me espera una estación sin proporciones, esto es, un edificio pequeño, flaco, como un cuzquito que se ha quedado en una adolescencia de adulto sin madurar. Una estación de tren en Saturno, sin anillos, sin estrellas fulgurantes, sin cometas cíclicos. Una estación baldía unos rieles sin paralelismo, un horizonte desvaido.
(Si, recuerdo mientras tanto la estatua, cómo no recordar mientras tanto esa estatua)

Me voy a Saturno, en tren. Ya no existe el tren, pero me voy en el tren a Saturno, un tren de vapores blancos, de traqueteo cinematográfico. Una estación de polvo y yuyo que huele a sequía y a deshoras muertas.
Hoy me voy a Saturno mirando por ventanillas sucias, en un asiento de madera, sin valijas.
(La estatua de mármol, los niños, el hombre tensionado, los músculos retorcidos, el grito, los chillidos, el intenso chirrido de la piedra)

Sé que me espera el edificio y que nadie ha puesto en hora el reloj.
Arribo. Saturno sigue devorando a sus hijos.
(Me devora el Dios, me devora el coloso a mi y a mis hermanos, o acaso soy yo quien devoro a mis hijos, quizás no importa quién mate y quién muera en medio de tanto dolor petreo)

Llego a Saturno. No queda nada. Nadie. Todo, hasta el pasado muere aquí. Hay un grito en el cielo.


*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com





ESTACIÓN SATURNO










*


Mi vieja camioneta Ford modelo 1960, tuvo ganas, de repente, de tomarse vacaciones anticipadas y decidió quedarse unos días en Carhué. Y claro, con tantos caminos y kilómetros devorados, su motor dijo Basta!
"Vamos a tener que esperar que llegue el conjunto de motor nuevo, para cambiarlo", las palabras de Pedro, el mecánico resonaron en mis oídos como una sentencia judicial; esperar el repuesto significaba quedarme sin camioneta como mínimo hasta el próximo fin de semana.
Y que hago ahora? No me voy a quedar una semana aquí, tendré que irme a casa.
El trabajo de viajante de comercio es atractivo y excitante, obviamente visto desde la óptica de un muchacho joven, pero a mis 60 y tantos tendría que tener 30 años menos para festejar como un loco el hecho de quedar "varado" una semana entera en un lugar turístico como este.
"Como me hubiera divertido", pensé, mientras caminaba hacia mi hotel.
Esa noche al terminar la cena mientras que Raúl, mozo y amigo de tantos años levantaba los platos, le pregunté si no sabía de alguien que viajara a Buenos Aires, ya que el micro salía recién al día siguiente domingo, a las 16,00 Hs.
"La verdad que no se de nadie que viaje a la capital ahora" me dijo, a lo que agregó de inmediato: Porqué no se va en el "Pasajerito" de la" trochita" que sale mañana a las 8 de la mañana? "Casi seguro que va a llegar a la misma hora que el micro, pero sin querer podría entrar usted en la historia, porque no se si sabrá que el de mañana, es el último viaje de ese tren. Yo había abierto la boca para rechazar su opinión (viajar en esa "Batata" que tarda como 10 hs. Para llegar? Ni loco!!) Pero solo quedé en esa posición:
con la boca abierta! "
-El último viaje? pregunté un tanto sorprendido, como es eso?
"Y si, parece que el gobierno decidió clausurar el ramal, debido a la poca ganancia que genera".
Realmente nunca me había interesado en el ferrocarril más allá de considerarlo un "competidor" debido a mi profesión, pero esta noticia realmente me cayó mal porque pensé en el acto en toda la gente que se
quedaría sin trabajo y en la gran cantidad de pueblos que se quedarían sin transporte.
J.V.Cilley, Rolito, Saturno, San Fermín, Casbas, Eduardo Casey, Andant y tantos otros que conozco bien por recorrerlos a menudo. Pueblos comunicados por el tren y caminos vecinales de tierra, que debido a su estado nunca son transitados por vehículos de gran porte; que será de ellos y de su gente sin
el tren? Que yo sepa camiones y colectivos no circulan por esas zonas. Me acordé del gringo Crivelini, amigo y cliente de tantos años que era el dueño del almacén de ramos generales de Saturno, que estaba frente a la estación y que viajaba a Buenos Aires todos los domingos por su tratamiento de rehabilitación de los lunes y martes; no lo pensé más: viajaría hasta Saturno y me iría con el en su auto, para llegar más rápido a la capital.
Al día siguiente desayuné más temprano que de costumbre; a las 7 de la mañana tomé mi café con leche con esas "cara sucias" de campo, hechas en horno a leña y del tamaño de una pizzeta, de una masa blanca y esponjosa con ese "costrón" de azúcar negra que le daba ese sabor exquisito, y luego de
abonar y despedirme de mi amigo Raúl, partí rumbo a la estación.
Llamó mi atención la gran cantidad de gente que ya había en las calles y que todas se dirigieran hacia ella. "Que extraño, pensé, si todos estos viajan van a hacer falta uno o dos trenes más." Imaginé una larga cola formada para sacar el boleto, pero me equivoqué; no habría más de 20 personas haciendo
fila.
Cuando me llegó el turno para sacar mi pasaje, le pregunté al boletero porqué había tanta gente, y el hombre visiblemente emocionado me respondió:
-"Y que le parece?...vienen a despedir a este tren por última vez!..."
Y ahí entendí el sentimiento y la congoja de todos por este acontecimiento que estaban viviendo.
Las 7 y 45 Hs. Y ya estaba sentado en mi asiento de "Clase única", del lado de la ventanilla, a bordo del coche motor Ganz Nro. 2775, observando aquellos rostros compungidos y de ojos llorosos.
Noté que en otra vía del lado de la "playita de maniobras" (así la llaman), había otro tren compuesto por una máquina a vapor con vagones de pasajeros y de carga mezclados,a los cuales subían gran cantidad de bultos y muebles como así también personas a los coches de pasajeros. "Ese es el tren de mudanza en el cual se van los ferroviarios que son trasladados a otros destinos o que han quedado cesantes", irán subiendo en él todos los empleados de las demás estaciones llevando sus pertenencias y su
incertidumbre." -Me dijo un guarda ante mi pregunta.

Ocho y cinco de la mañana de ese domingo 11 de septiembre de 1977, el auxiliar de la estación Carhué hace sonar la campana y el guarda a cargo del tren su silbato reglamentario, ambos por última vez, y lo que solo eran ojos llorosos en la mayoría de los rostros, se transformaban en torrentes de lágrimas incontenibles, dejando salir a borbotones tanta angustia, desazón y sentimientos imposibles de contener.
Me sentía un tanto extraño en esa tristeza generalizada, me daba la impresión que sufrían más por el levantamiento del tren que por la pérdida de sus empleos, no se porque pero comencé a pensar en mi familia. Y ese nudo en mi garganta?...de donde salió?
El traqueteo lento y el bamboleo del tren fue trayendo ruidos nuevos y alejando los otros, cargados de desesperanza; desde mi ventanilla observaba ese camino de tierra paralelo al tren y me veía yo, desde otra perspectiva, conduciendo mi camioneta. Si me habrán tocado bocina y saludado con la mano
los maquinistas!, si me habré cruzado veces con ellos en tantos pasos a nivel durante tantos años y tantos viajes. y de golpe, la verdad cayendo como un martillazo: Me dejan solo!!, ya no me cruzaré más con ellos!, que haré con tanta llanura, con tanta inmensidad, con tanta geografía campestre para mi solo?...ya no será lo mismo, claro que no!
Tan absorto estaba en mis pensamientos, que no me dí cuenta que estábamos entrando en Cilley. Casi desconozco la estación, la gran cantidad de gente que había en su andén y en los aledaños la empequeñecían, paisanos a caballo, tractores, algunos autos y camionetas le daban un tinte festivo que
no era tal. Pensar que 50 o 60 años atrás la imagen sería la misma pero con un sentido totalmente inverso!
El cuadro era el mismo que en Carhué: gente por todos lados, mujeres con chicos en brazos, hombres con bultos sobre sus hombros y valijas en sus pies esperando al tren de la mudanza, que venía detrás de nosotros. La salida se demora mas de lo previsto, gente subiendo y bajando del tren como tratando
de retenerlo, ya parece no importar el horario puntual, para que?...a quien le importa ya?. Pero no se puede esperar más; el tañido de la campana y el silbato del guarda indican un nuevo desgarro, otra hija que se abandona para siempre, otra vez los brazos en alto, los pañuelos en manos y rostros, secando lágrimas imposibles de contener.
Rolito no fue la excepción; las mismas situaciones, las mismas imágenes repetidas como una película de la matinée de los domingos; otra parada con retraso, otra parada con angustia, otra parada con gusto a abandono.
Nuevamente el traqueteo, el bamboleo lento de este tren que parecía no querer irse de estos pagos, y la impaciencia que comenzaba a apoderarse de mí.
Las 9 y cuarto de la mañana, cuando llegaremos a Saturno?, cuando terminará este sufrimiento? Ahora entiendo: la impaciencia se debe a una sola cosa, la angustia y la desazón habían copado todo mi ser, y mi alma pedía a gritos un descanso, basta por favor!

La geografía de esos lugares, bien conocida por mi, me decía que en pocos minutos más llegaríamos a destino. Ya estamos en la curva de la estancia de los Torres, una pequeña recta, y las señales de aproximación de la estación, aparecen en el horizonte.por fin! Ya estamos llegando!...
Presuroso tomé mi bolsito y me arrimé a la puerta del vagón, no veía la hora de bajarme y dejar atrás la angustia que ya se había instalado en mí y no se quería ir.
Con su chirrido característico de los frenos, el tren se detuvo y la gente agolpada en el anden, no me dejaba bajar; a los" permiso, permiso" y a los empujones, logré hacerlo y encaminarme directamente hacia la calle, pero hubo algo que no se como explicar, me detuvo; algo que hizo que me diera
vuelta y mirara a ese tren como nunca antes lo había hecho y de pronto comprendí: me di cuenta que se trataba de un amigo a quien vería por última vez, un amigo con quien había compartido durante tantos años saludos, señas, bocinas y cruces por esos caminos de tierra, por esos lugares de mi patria, un amigo que sin conocerlo demasiado, me había enseñado que la soledad del campo no era tanta, cuando se transitaba en compañía, y volví sobre mis pasos.
En silencio y apoyado en una columna le hice "el aguante" hasta que el sonido de la campana y el silbato del guarda indicó la separación definitiva; mis manos y mis brazos se confundieron con los de los demás en un adiós muy emotivo y su imagen lentamente comenzó a desdibujarse en mis retinas. Que sensación extraña!, parado en el medio de la vía observaba como se alejaba con su bamboleo de siempre y ahí descubrí el motivo de su imagen borrosa. La humedad de mis lágrimas habían inundado mis ojos. Sin darme cuenta, mis labios y mi corazón murmuraron una misma frase : ¡Hasta siempre, amigo!


*de Carlos Antonio Dinamarca carlosadina@hotmail.com






Una obra de teatro en Saturno*


Allí voy. Dormido y soñante con esos sueños habituales que últimamente se parecen tanto a mis desencuentros con lo real. Me desperté cuando la hermosa azafata pelirroja decía Une Station Saturne, Station Saturn, Stationieren sie Saturn y en algún idioma más que llegábamos en 10 minutos a la estación. Me había dormido siguiendo sus desplazamientos de ida y vuelta por el pasillo. Su presencia fue como un hada que me llevó a aceptar el sueño y casi con seguridad la repetición de alguna pesadilla para luego despertarme con la sensación de que se parece demasiado a mi vida presente. Como dijo alguna vez Rosa Montero: En algún momento del viaje este se convierte en una pesadilla. Es tan evidente -y cierta- la metáfora del viaje con la vida misma.
Antes de tomar el tren hacia Carhue, pensé en la cantidad de años que necesitaría vivir para lograr la felicidad si los pasos los sigo dando por el camino más largo, cuesta arriba y más lento que una tortuga.
Me reí solo: no menos de 150 años y con buena salud para darme cuenta de los logros.
En eso estaba. En retomar mis pensamientos calamitosos de antes de subir al tren y en la azafata que tenia un aire a una pelirroja nacida en Carhue a la que conocí en el trabajo ( Como la deseaba 20 años atrás cuando la veía llegar a mi oficina para firmar papeles de rutina).
Hasta que vi a Julián Fernández parado en el pasillo, haciendo payasadas como siempre entre un grupo de mujeres y hombres que era bullicioso y jodón como una estudiantina pero grandes de edad: 40 años promedio dije con ojo de entrevistador. Julián repartía algo casi invisible entre sus dedos a cada uno de sus compañeros que se levantaba con bolsos. No pude resistir la tentación y me levante a saludarlo.
Con sus anteojos culo de botella, idéntico antes del tiempo pero con canas, él me hablo a los gritos antes que llegara a su lado:
Urbano, amigooo¡¡¡¡
Julián, nuncaaa Centeya, conteste yo con un código propio de aquella época en que trabajábamos juntos.
Urbano, fue mi jefe en la constructora, dijo a los gritos para que todos se enteraran de quien era yo.
Enseguida recordé aquella imagen de pelearme con el gerente de área, casi llegar a las trompadas y renunciar.
Pero con Julián seguimos siendo amigos después de esa partida borrascosa. Al tiempo él también se fue y se dedico a la docencia y al teatro.
Me dijo lo mismo que acababa de descubrir: viajaba con su grupo de teatro y bajaban en Saturno para dar dos funciones seguidas el sábado y el domingo.
Venite Powell, la primera función es en un par de horas, después tomas el tren siguiente y seguís viaje.
No resistí demasiado, le pregunte a la azafata si podía descender y seguir viaje con el mismo pasaje y me dijo que si, que era una política del ferrocarril que la gente pudiera descender en cualquier estación darse una vuelta, conocer y volver a subir a otro tren siempre y cuando sea del mismo día en que se inicio el viaje. No solo es bella, sino además dulce dije, y me entere por el cartel que se llama Analía. El amigo casi no me da tiempo de volver al asiento y llevarme mi pequeño bolso que llevo colgado del hombro. Al bajar había una recepción oficial con banda de música y discursos. Solo alcanzamos a decirnos con Julián que los hijos están bien y creciendo cuando nos vimos inmersos en apretones de manos, presentaciones y palabras de bienvenida. Sólo retuve dos nombres, el de Hércules el jefe de estación y el del Ingeniero Orlando Williams delegado municipal en la comuna de Saturno -dependen del partido de Guaminí-.
Me distraje. Vi una publicidad que colgaba de un tirante bajo el andén que me causo gracia:


¿Dolor de cabeza?

Venga del aire o del sol
Del vino o de la cerveza.
Cualquier dolor de cabeza
se corta con un geniol.
30 centavos.

-Este pueblo atrasa por lo menos 50 años, pensé y me reí bastante.
Ahora hablaba el ingeniero Williams, era el discurso de un anciano enérgico -70 a 75 años a mi cálculo-
Hablaba del ferrocarril con un orgullo y una pasión inaudita, como lo haría cada uno de los ferroviarios que no conoció la tragedia de los noventa. Ahí mire a mi alrededor y en el público del pueblo solo vi ancianos. El grupo de Teatro de Julián y yo éramos los mas jóvenes. En el público había un intervalo de 65 a 80 años, ni mucho más ni menos.
-¿Este es un pueblo de jubilados? -le dije a Julián.
-Algo así, después te cuento bien camino al teatro. -me contesto con tono enigmático.
No nos dejaron ir de la estación hasta que sirvieron una picada con salamines y quesos y se hizo un brindis con vino tinto.
Logramos salir. Le dije a Julián de ir caminando en escalera para conocer el pueblo y hablar algo.
-Dale, -me dijo, el teatro de la sociedad italiana queda a cuatro cuadras pero caminamos unas cuadras más, no te entusiasmes en ver demasiado, el pueblo tiene 10 manzanas por 10 de este lado de la vía y otro tanto del otro lado. Casi enfrente de la estación se observa un edificio imponente al que se le están haciendo refacciones.
-Es la universidad...
El cartel que leo en el frente no deja lugar a dudas:
"Universidad del viento de Saturno"
y abajo una leyenda en francés, alemán e inglés.
-UN DIEU LES ALLAITE(ÉLÈVE) ET LE VENT LES ENTASSE
-GOD RAISES THEM AND THE WIND ACCUMULATES THEM
-GOTT DIE ZUCHT UND DER WIND BELÄDT SIE.

-Que quiere decir?
-No se, dice Julián, debe referirse a que es una universidad abierta donde puede estudiar quien quiera sin requisitos de estudios cursados ni limite de edad.
-Ajá, digo, pero no dejo de ver muy raro a este lugar y recién hemos caminado unas pocas cuadras.
-Bueno, ahora explícame porque este pueblo no tiene niños en las calles y toda la gente que veo es anciana...
Lo voy a intentar dice Julián y toma aire como si la cuestión fuese compleja y difícil de entender para una persona común y corriente como yo.
-Viste al Ingeniero Williams?
-Si, un anciano de una energía y convicción envidiable.
-Pues él es el autor de la ley de ferrocarriles agrícolas y económicos de la provincia.
-Me estás jodiendo.
-No, es el mismo.
¿Pero cuantos años tiene?
-El 29 de agosto cumplió 136 años.
-No puede ser. Ese hombre no tiene 80 años.
-Oíste hablar de Vilcabamba en Ecuador?
-Si, una zona de las pocas que hay en el mundo dónde la gente vive más de 100 años.
-Bueno, en Saturno la gente no envejece.
-Pero si son todos viejos¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
-Así llegaron amigo, llegaron viejos y así están: viejos y saludables.
-Sabes cuales son las dos instituciones más importantes del pueblo para las que ofreceremos la obra en un rato?
-Ya no me animo a imaginar nada más. -le dije resignado a que me relaten cualquier suceso extraordinario.
-Un geriátrico y un hospicio psiquiátrico.
-Tiene alguna lógica, la gente no envejece, pero tampoco rejuvenece como Brad Pitt en la película.
-Exacto.
-Y que obra van a representar. -pregunto adrede para recibir alguna respuesta aceptable para mi racionalidad.
-Una versión muy libre de Saverio el cruel.
Llegamos al cine teatro de la sociedad italiana. El amigo se va a unir al grupo y la obra empieza casi de inmediato, actúan con las mismas ropas con las que llegaron.
Los que organizan son los internos del psiquiátrico. Venden las entradas, lo llevan a uno al asiento numerado. Te dicen algún piropo: -Usted es tan lindo como mi nieto Agustín que vive en la capital.
-No quiero sacar cuentas, tengo 51 años, esa será la edad de su nieto?
Me sientan al lado de un viejito italiano, que enseguida empieza a hablarme, habla en un cocoliche, pero le entiendo que es nacido en un pueblo del Piamonte. Y que puedo llamarlo Don Alberto.
-Y de donde es...? -me pregunta.
-De Lomas de Zamora.
Bello pueblo, bello, yo he visto cantar a Gardel y a Corsini en el teatro Coliseo.
Y de memoria recita

Miro al passato, a i nostri bei vent’anni,
Quando, venendo a te, l’anima allegra,
Vergine ancor a tanti disinganni,
Per i sogni piú belli popolata,
Cercando un ragazza per un valzer
Trovammo quí la sposa
Madre dei nostri figli insuperata...

(Me dice que olvido al autor, que la poesía era más larga...)
-Pero usted era muy pequeño en aquella época, me atrevía a decir temerariamente.
-No crea, era un joven de más de 20 y muy fuerte, trabajaba de maquinista en el ferrocarril. Ese había ido con mi finada esposa Ornella. Cuando llegamos no había más entradas, la gente se quedo afuera e io también. La gente pedía a Gardel, y Gardel salió al balcón y canto para nosotros, los que nos habíamos quedado afuera.

Empieza la obra, hacemos silencio. Sigo con un desconcierto que no para de crecer, pues no encuentro elementos para desmentir lo que esta ocurriendo.
El amigo es el mantequero de Arlt y toca timbre. Lo esperan un grupo de jóvenes aburridos que quieren divertirse con él. Una anciana -presumo que es una enferma del psiquiátrico- se levanta y comienza a cantar en italiano. Puede que cante en dialecto pues no se le entiende nada. El amigo la va a buscar y la sube al escenario. Ella canta una y otra vez la canción, que parece una canción infantil.
Sólo entiendo y retengo el estribillo:
¡Io sono Pinocchioooo!

Luego la obra prosigue y es por cierto una versión muy libre, he visto Saverio el cruel alguna vez, pero no podía imaginar al mantequero que no es ungido Coronel, sino Fiscal.
Y es un fiscal que se preocupa por pequeños hechos de corrupción. En el papel del Fiscal, mi amigo se ha puesto una peluca que lo acerca a Lennon y no a un miembro de la justicia. La acusada es una cajera de un supermercado y la acusan de haberse quedado con 25 centavos.
Se para otra paciente e interrumpe:

-No la castigue señor Psiquiatra. Ella no tiene nada que ver. Acá esta la moneda que le faltó.
(Y levanta el brazo y el foco de luz la muestra a ella con su moneda sostenida entre el pulgar y el índice).
-Estaba en el piso del comedor esta mañana y yo la encontré, ella es inocente¡¡¡, la voy a devolver ahora mismo.
-El amigo reacciona y la va a buscar, a ella y su moneda que prueba la inocencia de la acusada.
la moneda entra en la escena y el juicio se encamina a otro destino.
La obra continua. Esta por finalizar, el mantequero fiscal esta por desencantarse.
Por descubrir la trama del engaño.

Ahí comienza a cantar otro anciano:
¡caprichoso garibaldino trulalaaaa!
No lo puedo creer. Es la canción que mi padre cantaba cuando quería referirse a mi tozudez.
Mientras tanto en el escenario, el amigo y su grupo decidieron que esa canción era el mejor cierre posible para su obra de teatro. Subieron al pequeño anciano y cantaron todos mientras el público aplaudía. Creo que fue demasiado para mí. Me levante sin antes dejar de estrecharle la mano a Don Alberto. Antes de salir, me detuve en la boletería y deje mi tarjeta para que se la dieran a Julián, escribí rápido en el reverso:

-Amigo, esta experiencia merece un café y varios whiskys, llámame cuando estés de vuelta por Capital, invito yo y sin discusiones. abrazo U. Powell.

En el horario que tengo el tren debe llegar en pocos minutos. Me parece escuchar a lo lejos el ruido de la locomotora y su silbato de vapor.
Increíble este pueblo. -Me digo. Hermosa experiencia. Prometo que volveré y que me anotaré para cursar algo en la Universidad del Viento.
Mientras tanto seguiré envejeciendo como cualquier persona.

En el andén esta Hércules, el jefe de estación.
- 85 años verdaderos ni uno más, yo no me quito la edad como la gente del pueblo... -Me dice
Me cuenta que es hijo de franceses y que antes de llegar a Saturno como jefe de estación trabajó en la compañía general, lo dice en francés "Une Compagnie Générale de Chemins en Fer de la Province de Bons Airs" y luego traduce: "Compañía General de Caminos de Hierro de la Provincia de Buenos Aires".

Dígame Don Hércules, ¿Que quiere decir la leyenda en varios idiomas que hay en el frente de la universidad?

¿Eso?
-Si.
-Dios los cría y el viento los amontona. Ese, es su lema académico.



*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar










Vida extraterreste*






Ha habido muchas investigaciones al respecto. El mismo Plumkier había participado en alguna de ellas e incluso financiado expediciones científicas para estudiar fenómenos y recavar información.

Sin embargo hasta ahora nadie había encontrado la prueba definitiva. Ha sido el mismo Plumkier el que ha hallado la conexión, el nexo, la muestra inequívoca. Plumkier y su cerebro privilegiado capaz de la más analítica de las deducciones.

En el Congreso de Praga, delante de la comunidad científica mundial, las representaciones de las Asociaciones para el Estudio de los OVNIS, los investigadores de la NASA, de la ESA, de la PEPA, y los más prestigiosos ufólogos, ha aseverado que: "Sin duda los extraterrestres existen. Señores,
¿creen ustedes que la música de Beethoben es de este mundo?"





*de Joan Mateu. joan@cimat.es










LA VIDA TE DA SORPRESAS*



“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”, se encontró canturreando Julián Ramírez, Jefe de Estación, mientras contemplaba acercarse al tren local de las 5:15, el único que circulaba durante las primeras horas de la mañana. Ignoraba por qué, pero aquella rima se le había impuesto desde hacía varios días; quizá, como cierta clase de perverso presentimiento.
La formación se detuvo con un chirrido mecánico y un resoplido, en esa penumbra previa al amanecer que parece convocar a los espectros. El maquinista lo saludó con un gesto de su mano derecha, sin apearse del vehículo, regulando con la izquierda el ritmo del potente motor diesel, mientras la única pasajera del carguero descendía del furgón, enfundada en su clásico guardapolvo blanco debajo de la campera de nylon matelasseada, transportando el saco del correo colgado de un hombro. Don Julián se acercó a recibirla, apurándose a quitarle el bulto de encima.
-Buen día, señorita Adriana -, saludó. –Parece que le dieron trabajo esta mañana…
-Buen día, Don Julián. Sí, el empleado de correos de Carhue me pidió que le entregara esto. Dijo que no podía venir con nosotros; se sentía bastante afiebrado.
-Está muy bien. Tarea cumplida, entonces. Y no se preocupe por Luis, ya se va a poner mejor. Venga, vamos para la casa, que hoy hace mucho frío.
La maestra lo siguió, como cada mañana, hacia las habitaciones que el Jefe ocupaba con su señora detrás del edificio de la Estación propiamente dicho. Como cada mañana, Don Julián dejaría el saco del correo en la oficina, para repartir los envíos hacia las 8:00. Como cada mañana, ensillaría la yegua, a fin de recorrer el campito que el Ferrocarril le había destinado, donde pastaban sus ocho vacas, trayéndose a la lechera con su respectivo ternero. Y como cada mañana, la señorita Adriana se metería en la cama junto con Nélida, la mujer de Julián, compartiendo el calor de las cobijas hasta que se hicieran las 7:25, hora en que volvería a salir para dirigirse a la escuelita rural, distante unas quince cuadras de la Estación.
Nélida ya la estaba esperando con unos mates. Hacía unos cuantos meses que Adriana realizaba esta extraña costumbre a la que su profesión la había llevado, por esas cosas de la vida. Aunque se sintiera bastante descolocada en un principio, con el correr del tiempo le había ido tomando la mano a semejante hábito. Y por sobre todo, se había encariñado con este matrimonio tan agradable, que la recibía todos los días como si fuese una Princesa proveniente de un exótico país extranjero, en viaje diplomático.
El silbato del tren se dejó oír como de costumbre, y el potente motor diesel reguló hasta desplazar las numerosas toneladas de la locomotora, arrastrando al resto del tren al ritmo del pistoneo de la chimenea. El Jefe y la docente avanzaron veloces hacia la cocina, cerrando muy bien al entrar para que no se escapase el calor.
Aquella mañana, Nélida se encontraba distinta. Adriana pudo contemplarlo en sus ojos, brillantes y profundos. Algo dentro suyo se estremeció, percibiendo un clima muy particular dentro de aquella casa, aunque no llegó a demostrar nada. Se sentó en el banquito, con las piernas juntas y ambas manos sobre las rodillas. Don Julián terminó de recoger sus cosas, saludó con la cabeza, muy sonriente, y se alejó, sumergiéndose en el frío del amanecer. Nélida volvió a contemplarla, mientras le extendía el mate en silencio. Adriana asió la calabaza y comenzó a sorber de la bombilla, sin dejar de mirarla. Nadie podía negar que a lo largo de aquellos meses, habían aprendido a quererse mucho. Quizá, más de lo que pudiesen admitir.
Don Julián ensilló, montó en la yegua y taloneó los estribos, avanzando al paso largo hacia el campito. Una delgada brisa le cortaba la cara, pero al menos el sombrero le protegía las orejas, algo que lo privaba de contraer sabañones. Primero decidió revisar los alambrados; aparentaban estar bien, aunque aquellos alambres del recodo parecían estar poco tensos. Cualquier arremetida de las vacas contra él, y ya tendría un buen problema con sus superiores, al tener que faenar el desprevenido ganado que aplastase la primera formación que llegase hasta allí.
Dio unas vueltas por el lugar, sin mucho entusiasmo, y ya estaba por volverse cuando divisó una veloz silueta avanzando entre el pajonal, paralelo a la vía, rumbo a la estación.
-¡Eeeh! ¿Quién va por ahí? -, gritó, parándose sobre los estribos.
La figura se detuvo lentamente, y una extraña cabeza se movió en su dirección, a la manera de un misterioso extraterrestre. Sólo cuando la figura lo saludó con un brazo en alto, advirtió que aquello era una cabeza humana, aunque ataviada por un extraño casco oblongo. Se acercó hasta el alambrado, y se encontró con el recién llegado, montado en una bicicleta.
-¿Qué anda buscando? -, preguntó el Jefe, experimentando una extraña perturbación; como si le hablase a un fantasma que no perteneciese a su mismo espacio y tiempo. Alguien procedente de un pasado remoto, o quizás de un futuro apocalípticamente cercano.
-¡Buen día! Disculpe, buen hombre: quiero llegar hasta Saturno. ¿Podría informarme cómo tengo que hacer?
-Siga derecho por el costado de la vía. Cuando vea un cartel que diga "La Criolla", va a andar cerca; es la fabrica que industrializa la leche de los tambos que existen por esta zona. No se puede perder.
-¡Muchas gracias! -, saludó el ciclista, con la misma mano en alto, y se perdió entre los pajonales.
A medida que se alejaba, Don Julián dejó de experimentar ese misterioso escalofrío que percibiera segundos antes. Aunque le resultó inexplicable, la sensación lo inquietó durante días, quizá por la manera en que la asoció con los eventos posteriores……
La lechera se dejó atrapar con mansedumbre, conocedora de su destino. El ternero la siguió berreando, mientras Don Julián regresaba con la correa del brocado de la vaca en la mano hacia el improvisado establo de la casa, silbando bajito.
Al acercarse, divisó las luces de la casa encendidas. “Se habrán olvidado de apagarlas antes de acostarse”, supuso con certeza. Pero decidió cumplir con su tarea antes de regresar junto a su cálida cocina económica y el mate lavado que no tardaría en ensillar.
Desmontó, ató a la vaca contra el poste, y desensilló la yegua, mientras el ternero se enfrascaba en chupar de la teta. Al rato, él lo apartó, lo ató a un costado, y acercó el banquito con el balde, para ponerse a succionar con los dedos esas frías y colmadas ubres, por las que el ternero no cesaba de clamar. Una vez completado el ordeñe, Don Julián se apartó, retiró el banquito, soltó al sediento ternero -quien volvió a lanzarse en vano sobre la teta-, y regresó a la casa.
Al abrir la puerta, silencioso como era para no despertarlas, no advirtió nada fuera de lugar, salvo las luces encendidas. Se encogió de hombros al contemplar la lamparita y depositó el balde sobre la mesada. Entonces oyó el primer gemido.
Volvió la cabeza y observó la puerta de su habitación; cerrada, como cada mañana. “Hablará en sueños”, pensó. Tomó el cucharón, retiró la nata de la superficie de la leche, y la volcó sobre el tazón. El sonido de la nata cayendo se confundió con el murmullo del segundo gemido.
“No puede ser”, se preocupó él, como si volviese a encontrarse con aquel espectro disfrazado de ciclista. Había algo que le disgustaba en la escena, aunque no podía descifrar qué. Un escalofrío le recorrió los muslos y los antebrazos, sin que pudiera explicárselo.
El tercer gemido llegó acompañado por una frase entrecortada:
-¡Ay, sí……chita……mor! ¡Así, así!
“¿Nelly?”, se alarmó. Aquellos no eran los murmullos proferidos por una persona dormida, sino por una muy despierta……y excitada. Un feroz impulso que nació en el mismo centro de sus tripas lo llevó a lanzarse contra la puerta, sin desear creer que aquello estuviese ocurriendo realmente. Herido de muerte en su propio orgullo ante lo que sus propios temores fantaseaban.
Abrió de golpe, sin preguntar. La realidad siempre es más aterradora que cualquier fantasía. Y Don Julián lo experimentó en carne viva.
Ambas mujeres se hallaban desnudas, enredadas en las cobijas de su propia cama, enlazadas en un curioso abrazo que depositaba la boca de una sobre los labios vaginales de la otra, succionados mutua y activamente hasta que él entrara por aquella puerta, interrumpiendo el placer. Ambas cabezas lo contemplaron horrorizadas, Nelly con una intensa expresión de culpabilidad y demorada insatisfacción –soportado quizá durante años-, por entre el cabello despeinado.
Y a él, simultáneamente, lo asaltaron dos recuerdos. Uno fue aquella rima caribeña que se le impusiera desde hacía varios días: “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”. El otro fue una frase escuchada de boca de Trapanni, el antiguo Jefe del Ramal General Belgrano ex Midland, en su media lengua italiano-castellana, a comienzos de su carrera:
-Ramirez: nunca descuide su puesto.…



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar






"AVENTURAS DE OLIVERIO TWIST"*


Grito agudo del corderillo al que criar
recién parido ser mortal en el llamado hospicio
mientras su madre lo abandona estremeciéndose
[para siempre
besándolo por única vez

Los parroquiales lo condenan -¡magnánimamente!-
a vivir con (y eventualmente a morir de) hambre
distraída en base a patadas y coscorrones
[de diligentes celadores
tundas repartidas a otros desgraciados caballeretes
sucios y hasta piojosos por añadidura
famélicos alucinadores de la gorda manteca

Oliverio es designado delegado y atrevido pedigüeño
y el director resuena la testa de Oliverio
[con un cucharón
en malhadados tiempos incompasivos

(Añadir cinco libras al incordio en forma
[de futuro aprendiz de cualquier arte u oficio
sortear a quien desholline cogitando sobre deudas
[y penurias)
Quédase alquilado el niño al funebrero
traga sobras y duerme entre ataúdes

¡Pamemas! estalla el condigno administrador
[de justicia
estupefacto Oliverio, después perseguido e inclusive
[baleado

aprendiendo y lastimándose en el melodrama.






"LE AVVENTURE DI OLIVER TWIST"*



Urlo acuto del agnellino al cui elevar
appena nato esser mortale nel chiamato ospizio
mentre sua madre lo abbandona conmuovendosi
[per sempre
baciandolo per unica volta

I parrochiani lo condannano -magnanimamente! -
a vivere con (ed eventualmente a morire di) fame
distratta in base a calcioni e botte
[di diligenti portieri
frustate date ad altri disgraziati signorini
sporchi e sin pieni di pidocchi oltre
a famelici allucinatori del grasso burro

Oliver è disegnato magro e azzardato domandone
ed il direttore risuona la testa di Oliver
[con un cucchiaione
in transandati tempi incompassivi

(Aggiungere cinque sterline per la scomodità in forma
[di futuro apprendista di qualsiasi arte od uffizzio
sorteggiare a chi pulisca cogitando su debiti
[e penurie)
Rimane affittato il bimbo al funerante
manda giù avanzi e dorme tra i feretri

Futilità! scoppia il degno amministratore
[di guistizia
attònito Oliver, dopo perseguitato e incluso
[appallottolato
imparando e facendosi male nel melodramma.




*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-Traductor al italiano: Jerome Seregni.






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Saturday, August 08, 2009

ESTACIÓN ROLITO.



IMAGEN: TAPA DEL LIBRO SINFONÍA DE ACERO Y LUCHA DE JUAN CARLOS CENA.

INVENTREN...



¿La lluvia viaja en un tren?*



Son varios los años que llevo viviendo y muchos también sin dormirme con el ruido del tren.
Durante aquellos en que todavía podía esperar que mi madre viniera a arroparme, suspendiendo el ritmo del pedal de su costura, yo mezclaba en duermevela el ruido monótono de la máquina de coser y el ostinato del tren que traía la lluvia haciendo globos en sus acordes.
¿Oís?, me decía mi vieja, va a llover. Cuando el tren hace ese ruido va a llover.
Ella volvía al pedal y yo me confortaba en ese calor, hasta que mi egoísmo se hacía insoportable y entraba en cuenta de que mi padre pedaleaba doce kilómetros desde la fábrica cruzando la noche claustrofóbica de la tormenta y que mis vecinitos estarían intranquilos poniendo refuerzo a las chapas y la madera de la entrada, buscando trapos y ollas para que la oscuridad y la tristeza no lo fueran tanto y para que al día siguiente no tuvieran que sentirse tan desgraciados como en realidad eran.

El sopor se me llenaba de una culpa que era de otros, pero yo la sentía mía.

Igual que hoy.

Entonces el desvelo acompasaba los latidos tenues del despertador panzón de campanilla y las nueve lunas de Crandall en el Ranser de mi hermana. Todo sonaba al ritmo que marcaba mi tensión sanguínea, hasta que en un descuido de las horas que avanzaban sin noción, escuchaba el crujido de la silla de paja y el almohadón que mi gato dejaba caer para desperezarse y recibir a mi padre.
Mi vieja corría la estufa a kerosén de la entrada y entonces eran ruiditos de besos y susurros de cómo están las nenas y te arreglaste bien hoy. Hasta el quiebre del cabello de mamá, electrizado por la estática, se oía desde la pieza. Esperaba los pasos de papi para despejarme el flequillo, besarme en la frente y dejarme el alfajor debajo de la almohada, convencido de que había logrado una vez más no despertar a las nenas.

No distinguí tan fácilmente ese ruido entre aquellas palabras con caricias. Pasó bastante tiempo hasta que pude darme cuenta de qué me hablaba mi madre. El ruido era una música monótona y agradable de aire que se inflaba de noche, de humedad, de secretos, de tristeza, de gente despierta que, no entendía yo qué hacían a esas horas, por qué no estaban durmiendo, dónde estarían yendo.
Todavía lo traigo en las noches en que la ansiedad por alguna cosa vana me acompaña hasta la cama y no quiere soltarme. Percibo furiosa mi puño cerrado, escucho los ruidos de los otros que no entienden mi cansancio, y los dientes bruxados buscan un culpable para mi incapacidad de relajarme.
Convoco el tren con su humedad distante y me dejo envolver en la tibieza de los besos.


Fui y seré una insomne crónica y, por tanto, he aprendido a degustar los sonidos de la noche.
Cuando era niña no sabía escribir, mejor dicho, no sabía darle lápiz a mis pensamientos. Se agolpaban entremezclados, se superponían y salían hilvanando ideas peregrinas. Si hasta de eso me sentía incapaz. Qué clase de idiota soy que estoy pensando en algo que me pone triste y me río de la cara de mi compañero, dibujada en el residuo del día, cuando la maestra le pregunta por los viajes de Colón y él, como siempre, ni idea.

Los ruidos de las noches de acá son secos.
Los de ahora no se inflan, se resquebrajan.
Son pasos noctámbulos de perros con sarna que hacen chirriar las piñatas de plástico de la basura siguiendo el rastro de un paquete vacío de salchichas o una cáscara de mandarina que rozó la olla de la comida del comedor municipal y los confunde con la vida.
Retroceden al instante los pasos infructuosos y buscan la rendija de la puerta por donde se escapa algún residuo de aroma a churrasco, o la luz encendida de alguna noctámbula. Se mezclan con la batería agotada del cascajo del vecino y las puteadas al compás de los resbalones para empujar la catramina.
Se oye por debajo de la puerta el aliento caliente y decepcionado de la madrugada de escarcha y el temblor; la motito pedorra del chorro que raja con un módem que no sabe a quién podrá venderle porque ni sabe qué es, pero tenía lucecitas y debe ser caro; la tranca del ex marido que viene a cagar a palos a la esposa por las dudas, sin siquiera deducir que la pobre recién llega de trabajar como una bestia para seguir creciendo con los pibes.
Se oyen llantos, se oyen gritos, cañerías despabiladas, risas alcohólicas, alaridos de vindicación hechos cumbia, redobles de caballos desorientados por la tierra reseca, tuning de pachanga y regatón con luces celestes que hieren a la luna menguante.
Se oye todo pero nunca el tren.
Por aquí también ha dejado de llover.
Es que necesita la lluvia de mi tren para poder llegar y consolar el egoísmo intranquilo de mi sueño.
Yo. Sigo sin poder dormir.


*de Lucía Cinquepalmi lccnqplm@yahoo.com.ar






ESTACIÓN ROLITO










ARRIBO*





Venía con diez jazmines en la mano.

¿Adonde vas?

-Toda la sequía del mundo en mi mirada-

Al mar. Me espera el mar. El mar irremediable.

¿Cómo lo sabes?

-Páramo salobre en mis entrañas-

Una sombra ha cruzado los cardales.

Me espera una geometría de cosas y de nombres.




Vuelve en marejadas.

Patria misteriosa de los hondos secretos.




Una hembra latiendo en maduro fruto.

Un macho con corceles negros en los ojos.

Una alondra y un toro.

Gritos de cobre. De violeta. De clavel ausente.

Una pradera quieta y un halcón.

El niño duerme, envuelto en pañales de viento.

Laberintos. Estrellas. Delfines. Arrecifes.




Huésped de un arcano laberinto de agua.

Arribo.

Puerto de mar o páramo.

Puerto que florece en algas y cardales.

Puerto de un enero de amor.




Un hombre con los brazos extendidos.

Una mujer con diez jazmines en la mano.




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






SILBIDOS Y TANQUES DE AGUA*



¿Era Cortázar el que en Francia extrañaba no el país sino los signos de la Latinoamérica que nos atraviesan? ¿Era Cortázar el que extrañaba en su departamento de París el silbido de los hombres que caminaban por las veredas de Buenos Aires, manos en los bolsillos, pensamientos nebulosos, labios fruncidos en el soplo sonoro que modulaba melodías truncas? ¿Era, acaso, Cortázar quien observó que en la Europa faltan los tanques de agua sobre los tejados tan ordenadamente limpios?
La estación de tren de ladrillos, tan como cualquier otra, tan melancólicamente semejante a tantas otras, marcada su solidez por la evanescente silueta de los árboles, afeada la pureza con el tanque burdamente adosado, cañerías de langosta posada torpemente sobre la estructura perfecta.
Quién puso el tanque de agua. Quién destruyó con el cilindro burdo y claro la maravillosa cadencia de los ladrillos quietos, armonizados en rojo y naranja, recortados contra los verdes y terrosos y los marrones vegetales del paisaje.
Tanque de agua contra el silbido descuidado de la arboleda rala. Manos en los bolsillos, peatones indolentes.
Esta Latinoamérica que se repite en estribillos silbados sin razón y sin cálculo. Esta indolencia de abandono, de cielo extremo, de horizonte desolado.
Esta estación de tren sin trenes, sin guardas. Estos árboles que están desde antes y se prefiguran eternos. Este esfuerzo sin tesón, esta forma de hacer a medias, de adosar tanques de agua a las construcciones de líneas nobles. Esta irreverencia por los pasados esta despreocupación por los futuros.
La estación Rolito los silbidos los trenes muertos los despojos. La belleza caduca y mancillada, la belleza de lo que no fue ni será, la belleza del pasado desgastada, desprotegida. La falta de gracia. La primacía de lo necesario aunque los árboles se indignen.
Los que colocaron el tanque de agua habrán silbado en el viento. Descuidadamente. Sin pensar. Sin culpa habrán silbado el albañil y el plomero.
Después se habrán marchado y se perdieron en la sucesión de días inclementes.



*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com






*


No gimas,
los trenes pasan lejos
y la noche no perdona.
El dolor se irá con el frío.
Duermen los otros
mecidos por el vaivén del escalón flojo.
No dejes de respirar,
aunque tiembles.
Viene por esta vía la muerte
y la barrera está alzada.



*DE MARCELO JUAN VALENTI. hesiodo66@yahoo.com.ar








Poema para dormir suave a un niño grande...*



Le brotaron caireles
a la luna lámpara
agonizan, oscuras, las metrallas
bienvenido, el silencio,
levanta la isla redondita
de mi vientre de cuentos.

Duerme.

Después elegiré
sonidos de la ciudad
sirenas de trenes que parten,
campanas en la última hora
de la tarde -esas cosas-

Confía. Duerme.

La música orillará sábanas
- olor a vainilla -
para dormirte suave
cuando vengan
noches largas.



*de Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com
-"Variaciones de los Sentidos- De amor, desamor y erotismo". Colecc. Orion. Edic. S.A.D.E (Soc. Arg. de Escritores) y Edit.Lux; Argentina, Sta. Fe. 1999.







Una pequeña historia de trenes y hielos*



Fue entonces, después del escándalo, cuando el gringo se fue a vivir allí. En medio del campo, aunque no era campo sino una franja de tierra rodeada de agua. Su fiel asesor comercial Graham compró lo que pudo o lo que le vendieron. Cualquier persona sensata se hubiera sentido estafada: comprar 15.000 hectáreas de las cuales más de 10.000 son de lagunas permanentes no parece un negocio razonable. Pero él ya lo había dicho en su fugaz visita al gobernador de la provincia de Buenos Aires:
“El futuro está en el sur”.
Tenía la intención de vivir alejado del mundo, dispuesto a vivir de la caza y la pesca. Con la tranquilidad de los Apalaches, pero en Argentina.
El inventario incluía la antigua estación de tren Rolito, con un edificio habitado por una familia. La laguna “del Venado” y parte de la “Paraguaya”.
Aprendió español. Mando construir una vivienda pequeña, y ya instalado, dedicaba sus días a tallar frases que le gustaran en durmientes de quebracho que se hacia traer para ese fin.
“No hay mal que por bien no venga” era una de sus favoritas en aquella época.
En ese invierno cayo nieve después de 42 años. El campo venía con meses y meses de seca.
Eran señales débiles. Lo había anunciado un científico ruso unos años antes pero la advertencia pasó de largo. O no se comprendió bien la complejidad de la relación entre efecto invernadero y el ciclo de declinación de la energía solar. Khabibulló Addusamatov. No fue él único, pero si el más conocido de los científicos que anunciaron la cercanía de una pequeña edad de hielo en el siglo XXI.
El gringo Mark, mientras tanto seguía tallando frases, pescando y según decía –aunque nadie encontró ni una línea en un anotador: escribiendo un libro. Más o menos por esa época encargo un proyecto a Glenn, su amigo arquitecto de Carolina del Sur.
El arquitecto le contesto estaba chiflado o algo por el estilo, pero el gringo insistió: Esas tierras y ese proyecto eran el resultado del diálogo a solas –sin asesores espirituales- con su Dios. La noticia de la construcción de un complejo hotelero de cinco estrellas frente a la estación Rolito corrió rápido entre los pueblos vecinos, más aún cuando la obra –un complejo hotelero para pasajeros y albergue transitorio- se hacía en medio de la nada o casi al borde de una laguna sólo frecuentada por pescadores de pejerrey.
El ex gobernador se ganó la fama de millonario excéntrico, de loco demente, o similares.

Fue años después, cuando el complejo ya estaba construido cuando ocurrieron acontecimientos imprevistos, o los milagros, según como quiera verse.
En la primavera del 2012 volvió el tren.
El gringo seguía tallando, de esa época es la frase que tomó de Frida Khalo “Nunca seremos dos sin lastimarnos” y que dedicó a su ex mujer, a la que seguía amando, aunque detestara esos símbolos comunes que la acercaban a la estética de las mujeres republicanas como Condoleeza Rice, que llevan collar de perlas en el cuello.


La llegada del tren empezó a generar las condiciones para abrir el complejo hotelero.
El gringo Mark se había hecho devoto de la imagen de la Virgen de Lujan que encontró bajo el alero de la estación. Los paisanos le explicaron que era la patrona de los ferrocarriles y “muy milagrosa”. El ex gobernador hacia gestos visibles de orar y tocaba la base del pequeño oratorio. Nuestra señora del amor a distancia, como la llamaba delante de los paisanos de Guaminí que oraban como él antes de subir al tren, le devolvería lo perdido y más.
Al hombre quizá no le pasaba desapercibido la esencia egoísta del rezar, pero no le parecía del todo mal ese individualismo de las personas que ruegan por sus seres queridos y por sí mismos y no tanto por el buen destino de la humanidad.


Durante el más crudo invierno del que se tenga noticia. Al promediar el tercer mandato del presidente Menem. Mientras en el parlamento se discutía el cierre de los ferrocarriles comunitarios y de fomento por el gasto excesivo que generaban al Estado.
Fue cuando la virgen de la estación lloró perlas de hielo.
Los caminos se congelaron y los camiones se quedaban varados en la nieve. El tren mixto de Carhué a Puente Alsina circulaba sin problemas. Un conjunto de locomotoras provistas de un vagón barre nieve aseguraban que las vías estuvieran despejadas y confiables. A meses de una nueva clausura, el tren se volvió imprescindible. La humanidad había dilapidado gran parte de sus reservas de combustible fósil y la imprevista llegada de una pequeña edad de hielo que duraría varias décadas obligaba a que el consumo de energía del transporte colectivo tuviera la tecnología más apropiada para afrontar el duro racionamiento que permitía abastecer al consumo industrial y doméstico.




Mientras tanto el complejo de hoteles del gringo prosperaba. Los turistas llegaban en tren para hospedarse, disfrutar y aprender patinaje sobre hielo en las lagunas.
Las parejas venían también en tren para hacer el amor en el albergue por horas.
El gringo, además de manejar la caja, atornillaba sus maderas con dichos populares y frases por todas partes. En los jardines se hacían concursos de tallado de obras de arte en hielo y los premios convocaban a artistas de todo el mundo.


Al llegar en el tren desde la oscuridad de la noche, impresiona ver a lo lejos las luces que los hoteles proyectan al cielo. De cerca asombran sus torres y murallas de aspecto medieval recubiertas en hielo.
Sólo hay que cruzar una calle para hospedarse en el Stanford Palace Rolito.
Y allí, arriba del dintel, sobre la mesa de recepción del conserje, quien preste atención podía leer uno de los dichos favoritos del viejo y solitario Mark:






“Un pelo de concha tira más que una yunta de bueyes”





*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar















LLUVIA Y NOSTALGIA*





El arcón de roble
guarda perlas que en su esencia
registran los olvidos
y las pérdidas.
Siete llaves aseguran
que no suban a las alas del pájaro
porque la niebla blanca
mataría la nostalgia.
Allí está el juguete
atesorado de niño y perdido
en esa jungla
que devora prenda ajena.
Jamás se recordará
que mano siniestra dispuso
que llenara el hueco
de otro exilio.
Me tiendo sola
sobre un musgo sobreviviente
y las gotas de lluvia
descansan en mis ojos.





*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar














El amor es un tren que parte...*









"El amor es un tren que parte, un pañuelo saludando desde el andén, una lágrima que rueda buscando asirse al recuerdo, imborrable y eterno".
¿Dónde había leído aquella frase? ¿A quién se la había escuchado decir? ¿La habría imaginado? ¿Estaría escribiendo en el aire? ¿Cuántas cosas puede uno llegar a inventar cuando lo domina el dolor, cuando la única vía de escape hacia alguna de las formas del placer es la propia imaginación?
Quizá, lo sea también un vagón de tren, una locomotora desbocada, un par de rieles que se pierden en el horizonte.
Subió los peldaños del vagón con el peso de su propio desamor sobre los hombros. Se sentía vacío, como si le faltara algo dentro del pecho, eso que hasta no hace mucho le otorgaba consistencia a su propia persona. Y al mismo tiempo, estaba desbordante de recuerdos. Extraña sensación la de la pérdida, pensó: te llena la cabeza de virtualidades, al tiempo que te vacía de materialidades…
Eludió a los pasajeros que se demoraban en el descanso, fumándose un pucho en un lugar prohibido, para encarar el pasillo y deambular apenas hasta encontrar un asiento vacío donde apoltronarse. Se recostó contra la ventanilla cerrada, cerrándose aún más el abrigo sobre el pecho, como si el frío interior le brotara por los poros, estremeciéndole con un escalofrío.
Un silbato se oyó en la tarde, el suelo del vagón crujió bajo sus pies, y la formación comenzó a moverse, como se movían las hojas de los árboles que circundaban el andén, retrocediendo dentro de su campo visual. Oyó el retumbar de la locomotora dándose ánimos para continuar viaje, y se abandonó a sus –cíclicos- erráticos pensamientos.
¿Cómo seguir viaje desde ahora? El asiento que quedara vacío a su lado era algo mucho más concreto que cualquier símbolo que pudiese representar su actual estado de ánimo. Vacío de materialidades, vacío de cuerpos, vacío de afectos, vacío… Eterno y creciente dolor.
De pronto, descubrió que ya no recordaba ni su rostro. Sentía la ausencia de su figura, su perfume, su calor. Pero no podía recordar sus facciones. Su cabello, quizás, oscuro y lacio; más no sus rasgos. ¿Cómo era posible? ¿Estaría acaso comenzando a olvidarla? Lo dudaba; si así lo fuera, no sentiría este frío que le ascendía por el cuerpo como gélidas rachas de viento invernal. No: aún la recordaba, intensamente; este olvido sólo era otro ejemplo más de la constante presencia de su ausencia.
Clara… Su nombre apareció en su memoria como un oasis en el desierto. Nombrarla, musitar ese familiar par de sílabas con un silencioso murmullo, no le hizo recordar aquel rostro que tantas veces contemplara extasiado, pero le abrió una puerta. Allí, hecho un ovillo contra la ventanilla del vagón, se abrió delante suyo un acceso hasta entonces velado por el dolor. Ingresó de pronto en un pasadizo mental que velozmente lo condujo hacia terrenos inaccesibles para él durante mucho tiempo; terrenos anímicos que le parecían demasiado extraños, como si le perteneciesen a otra persona.
El paisaje se desplazaba hacia atrás, oscilando con el rítmico vaivén del tren; y por encima de él, emergiendo con una misteriosa luminosidad, apareció ella. Clara, recortada contra el marco de la ventanilla, como un tierno fantasma que quisiese penetrar en el vagón y sentarse a su lado, haciéndole compañía en este sombrío momento. Clara, extendiendo sus manos con ramalazos de un calor pleno de ternura, deseosa de ahuyentar para siempre esta devastadora languidez que le enturbiaba los afectos.
Su rostro se acercó al suyo, y aunque percibía el aroma de su piel, aún no conseguía discernir sus rasgos. Podría ser ella, u otra cualquiera. Pero era Clara, no había ninguna duda. Su corazón se lo afirmaba, más que su razón. ¿Razón? ¿Existía alguna clase de racionalidad en este momento dentro suyo? Su mano derecha se aferró aún más a las solapas del abrigo, queriendo asirla, retenerla, abrazarla…
El calor se extendió por debajo de sus axilas, rodeando su cuerpo, mientras una boca respiraba ansiosa sobre su cuello. La calidez se desplazó hasta rodear sus muslos, mientras una leve pero creciente excitación comenzaba a dominarlo. El frío que sintiera hasta entonces parecía haberse extinguido. Clara volvía a abrazarlo, a quererlo, a darle más de su calor…
Entreabrió la boca, buscando robarle un beso. Sus labios se encontraron con cierta torpeza, intercambiando sabrosas humedades que ya parecían no recordarse. Su mano quiso desplazarse, pero sólo consiguió aferrar apenas el hombro izquierdo, entrecerrando los párpados, mientras un brazo virtual, luminoso y protector, se desplazaba sobre la brillante piel de la espalda de Clara, y su boca se deshacía del encuentro labial para recorrerle un hombro, inhalando ese perfume que tanto deseara y lo embriagara durante días, semanas, meses…
Entonces descubrió, apenas registrando el escaso contacto que tenía con la realidad que lo circundaba, que el duro asiento del vagón había dado lugar a un mullido sillón de pana, iluminado por una tibia lámpara de pie, que le recordaba una agradable y soleada tarde de otoño. Clara se movía sobre sus muslos, sin dejar de adherirse contra su cuerpo, con una indescriptible desnudez. Los besos recorrían infinitas distancias, procedentes de un ayer tan maleable que muy pronto se convertía en este presente, reactualizado, vívido, inmortal…
Los brazos de él la aferraron vigorosos, rodeándole la espalda y la cintura, impidiendo que se aleje, provocando que ambas caderas se refregaran entre sí, aumentando el imaginable caudal de excitación. Clara gemía sobre su oído, suspiraba entrecortada, le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, al desplazar sus tibias manos por encima de sus tetillas, rozándolas apenas con sus pezones al izarse y dejarse caer, volviendo a besarlo, hundiéndole la lengua, cerrando ambas piernas para apretarlo cada vez más.
La excitación de él cobraba vigor muy rápidamente, como hacía mucho tiempo no experimentaba. El frío lo había abandonado. Volvía a sentirse amado, deseado, efecto que retribuía con ardor, mientras el traqueteo del tren lo mecía a un lado y al otro, potenciando el vaivén amoroso que le imprimía Clara con sus ondulantes arqueos, sinuosos movimientos que alejaban de sí toda realidad.
Hasta que ya no pudo resistirse más y se dejó ir, liberando sus recuerdos, abriendo los brazos para recibirla y entregarle su savia, permitiendo un encuentro tantas veces negado, compartiendo ese calor inenarrable que siempre deseara retener junto a su corazón. Y así la recordó, sus rasgos afilados, los ojos claros, una nariz recta que prevalecía sobre unos labios pequeños pero carnosos, las cejas oscuras y tupidas, la tensa expresión orgásmica de un intenso amor que por siempre existiría dentro suyo…
Recordó la liviandad con que encaraba la vida al estar junto a ella, la etérea sensación de volar sobre las calles y las playas durante los extensos paseos que disfrutaran juntos, la trascendencia de cada detalle hecho signo, el calor que le transmitiera su mirada durante tanto tiempo, la consistencia de un vínculo que le otorgaba solidez e impedía que se desmembrara en su propia confusión. Comprendió el estatuto que había adquirido el peso de la propia angustia al estar alejado de ella, el horror que experimentara cada noche que se acostara a solas en una cama absurdamente vacía, con la noche por delante y el sueño resistente a abrazarlo, para conducirlo dentro de ese mágico espacio que creaba cada noche para reencontrarlo con su deseo. Supo que, al convertirse el amor en algo tan leve y el desamor en algo tan pesado, aquello podía conducirlo a una locura tan adherente que jamás conseguiría apartarse de ella, al menos mientras viviera, cargando con aquel dolor hasta el final de sus días. Y el calor que recordara sobre este preciso vagón de tren sólo sería un vano espejismo de los momentos idos, insustancial y evanescente.
Se resistió a recordar más, a enfrentarse con el dolor, a tolerar la realidad. La creciente sensación cobró una entidad casi física a lo largo de todo su cuerpo. Entonces se dejó ir, llevado en brazos por un orgasmo de raíces tanto físicas como mentales, arropado por una tibieza solar que provenía de sus profundidades anímicas más entrañables, abrazando a su propia Clara en un instante amoroso que él hubiera deseado no se acabase nunca…
Así, mientras continuaba alejándose del dolor de la ausencia, se dejó llevar por el traqueteo hasta la próxima estación, rogando porque siempre existiese una estación más en su camino, y esa extensa vía que lo conducía al recuerdo jamás tuviese un final.








* de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar












Trilogía en tres tiempos*

TIEMPO

¡Es tan difícil aceptar
la temporalidad!...

El pasado es angustiante
por lo irreversible;
el futuro por la incertidumbre
que genera pánico y desazón.

¿Y el presente?
¿Dónde está el presente
si al momento de nombrarlo
ya pasó?




DESTIEMPO


Haciendo un mal equilibrio
entre euforias y angustias,
entre angustias y euforias
llegué hasta tu historia.

Nuestros tiempos
no estaban sincronizados.

Y ahora espero, perpleja,
ese tren
que ya dejé pasar.




CONTRATIEMPO


De pronto concebí un poema
en medio de tantos contratiempos.

Nació signado
por la adversidad.

Pero ése debe ser mi sino:
que nada se me dé
sin luchar,
que nada se me ofrezca
graciosamente.

Y supe que ése era
mi tiempo de batalla...
y supe también, que ése era
mi espacio de libertad.




*de María Rosa León. mrleon003@yahoo.com.ar
De: "La rosa inesperada" LEO Ediciones Artesanales (Bs.As. 2003)








Próxima estación: SATURNO.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

El tren continúa parando en las siguientes estaciones:


SAN FERMÍN.

CASBAS.

EDUARDO CASEY.

ANDANT.

CORONEL M. FREYRE.

ENRIQUE LAVALLE.

CORACEROS.

HENDERSON.

MARÍA LUCILA.

HERRERA VEGA.

HORTENSIA.

ORDOQUI.

CORBETT.

SANTOS UNZUÉ.

MOREA.

ORTIZ DE ROSAS.

ARAUJO.

BAUDRIX.

EMITA.

INDACOCHEA.

LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.

J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.

PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN.

PLOMER.

KM. 55.

ELÍAS ROMERO.

KM. 38.

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.

MERLO GÓMEZ.

RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.

JUSTO VILLEGAS.

JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.

ALDO BONZI.

KM 12.

LA SALADA.

INGENIERO BUDGE.

VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA.

VILLA DIAMANTE.

PUENTE ALSINA.

INTERCAMBIO MIDLAND.




*



PRESENTACIÓN DEL LIBRO
FERROVIARIOS, SINFONIA DE ACERO Y LUCHA*


*De Juan Carlos Cena. ferrocena2003@yahoo.com.ar



Charla debate:
El sábado 8 de agosto a las 15 horas en Rivadavia y Estrada
La vieja imprenta ferroviaria UGC 2, Haedo
(a tres cuadras de la estación) provincia de Buenos Aires



Invitan:
Agrupación Preconstrucción Ferroviaria
Agrupación Ferroviarios por el cambio
MONAREFA
Movimiento Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles Argentinos

El protagonismo de los ferroviarios en casi un siglo y medio desde que se instalaron los ferrocarriles tiene como actores a los ferroviarios, sus luchas, victorias y derrotas.

Es el recorrido por casi 150 años de luchas desde 1857 a la derrota de la Ciudadela Ferroviaria en las huelgas de 1991-1992.
Pero están las construcciones, la salud, el arte, la cultura…

PORQUE FUERON DERROTADOS, PERO JAMÁS VENCIDOS

¨A tantas historias, tantas preguntas, damos tantas respuestas¨.

Los ferroviarios y vecinos de la zona oeste pueden adquirir su ejemplar en la barrera de la estación Morón, pregunte por Martín Jakovsevic



*


Queridas amigas, apreciados amigos:


En los próximos programas de Poesía y Música Latinoamericana, en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!) presentaremos:



El domingo 9 de agosto de 2009 música del compositor brasilero Albery Albuquerque Júnior, poesías de Francisco Azuela Espinoza (México) y música de fondo de Los Huasos Quincheros (Chile).



El domingo 16 de agosto de 2009 música del compositor mexicano Armando Luna Ponce, poesías de Elena Fassio (Argentina) y música de fondo de Jorge "Lobito" Martínez (Paraguay).

¡Les deseamos una feliz audición!



ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).



REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!



Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.

www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067




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Monday, July 13, 2009

ESTACIÓN J. V. CILLEY


INVENTREN*



Al amigo Coiro, que sueña trenes.



Lo que vemos desde aquí no es más que un modesto edificio de una sola planta, con una puerta de madera y dos ventanas. Se adivina que en otro tiempo estuvo pintado de blanco, pero ahora toda la fachada está repleta de desconchones y lo que parece ser un impreciso conglomerado de restos de pintura, con diversos colores mezclados de forma aleatoria, como lo haría un niño. "Ese estrago no es obra de niños" dice el Gringo. El Gringo era actor. Vino hace casi treinta años a participar en una película, descubrió la melancólica noche de nuestras ciudades y la insondable desnudez de nuestros yermos, y nunca más volvió a su tierra. Desde entonces vaga por ahí con su videocámara y un ansia insaciable de escenas por grabar, de mundos por descubrir y relatar.

Si nos acercáramos un poco más, veríamos que se trata de la oficina ya inútil de un apeadero abandonado, último residuo de un pasado que se nos va marchando lentamente. Un poco más cerca, observamos que la puerta, que alguna vez fue verde y ahora es un mero trozo de madera reseca, ha sido abierta, quizá forzada, y que las ventanas no tienen cristales. Pensamos que acaso alguien se los llevó para venderlos, o que estarán esparcidos por el suelo, fragmentados en miles de pequeñas astillas transparentes que dentro de un rato, cuando el sol esté alto, sembrarán de reflejos el entorno, multiplicando la aridez de este paisaje.

Nuestros pasos, lentos, resuenan sobre la calma del amanecer austral mientras nos vamos aproximando a la caseta. A pocos metros hay un auto, que parece tan abandonado e inútil como todo lo demás. El volante y el cambio de marchas han desaparecido, así como tres de las ruedas. La cuarta está destrozada. También faltan la puerta del conductor y los espejos. Ese auto tiene un no sé qué de animal herido. De bestia moribunda que se ha arrastrado hasta aquí a exhalar su último aliento, al lado de las vías por las que una vez circuló esa especie de hermano mayor: el tren. Pero también las vías han emigrado a otras latitudes. No queda por allí ni un solo hierro. Algunas traviesas de madera, uno que otro tornillo enterrado, la hierba seca marcando el lugar donde antes hubo raíles, como queriendo contar una historia, una vieja balada de destierros y encuentros.

Dentro del inmueble en ruinas hay alguien. Se asoma al acercarnos. Es el Marmota. Le llaman así porque siempre parece estar durmiendo. La realidad es que padece una suerte de insomnio crónico, que le impide dormir durante la noche. Eso hace que se pase el día dando cabezadas. Antes la cosa era diferente: El Marmota trabajó, como todos nosotros, en el ferrocarril. Fueron años dichosos. Uno se pone a contar anécdotas y no termina. Ganamos algo de plata, hicimos buenos amigos, recorrimos este país hermoso, vivimos. Luego todo terminó de repente. La casa donde vivía el Marmota en esa época estaba a unos doscientos metros de las vías. Cada noche, antes de acostarse, escuchaba pasar el tren de las once, que iba hacia el norte. Media hora más tarde, con bastante puntualidad, podía escuchar, a veces ya desde la tibia región del duermevela, el que venía atravesando la estepa rumbo al sur. Ese era el mejor indicio de que el mundo seguía marchando, de que todo estaba bien. Después -esto ya lo supo todo el país por los diarios o la televisión- esa ruta quedó obsoleta y se suspendió el tráfico. Muchos de nosotros nos quedamos sin trabajo. Aquella primera noche sin trenes, el Marmota permaneció acostado cara al techo durante horas, esperando, sin saberlo, el sonido que había venido escuchando y amando desde que tenía conciencia. El bárbaro silencio no lo dejó dormir. Desde entonces, cada noche no es más que un reflejo borroso de aquélla, la pesadilla de la que no le es posible despertar.

Por eso no es extraño que haya sido el primero en llegar. Nos saluda con un gesto. Nos muestra el interior. Un armario desgajado y un par de sillas raídas, un tablón de anuncios con cuatro o cinco chinchetas oxidadas, un botiquín vacío. También hay un diminuto baño con las paredes desnudas. Habrán aprovechado las baldosas. "No es mucho, la verdad" murmura el Gringo. "Hay que ser cautos" dice alguien. "No sabemos bien de qué va esto. Ya se verá".

Todavía falta gente, no sabemos cuánta. Nos sentamos afuera, en el suelo, a la sombra. Aún no hace calor, pero es el lugar más agradable para esperar. Fumamos en silencio, con la mirada perdida en un punto inconcreto, cada uno sabrá qué es lo que ve en esa intersección imaginaria.

Un rato más tarde aparecen dos mujeres con un bulto. A lo lejos, parece una especie de alfombra enrollada. Se oye un susurro: "Son ellas". Caminan despacio, quizá el peso les impide avanzar más aprisa. Dos de los hombres se incorporan, tiran sus cigarrillos al yermo donde antes estaban las vías, y van al encuentro de las mujeres. El tercero sonríe. Hace años que las conoce. Sabe lo que va a pasar, como si ya lo hubiera visto antes, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que ver una y otra vez esa misma escena: Se encontrarán a mitad de camino, o un poco más lejos, allí donde un letrero sujeto con alambre al poste inclinado todavía indica el nombre del apeadero, y una flecha mínima, insignificante, señala la dirección a seguir. Después, ellos se ofrecerán a llevar el pesado fardo. Ellas, educada pero firmemente, rechazarán la propuesta. Habrá una breve y acalorada discusión. Luego, ellos regresarán a paso ligero, sin mirar atrás, mientras ellas se van aproximando con lentitud, saludando con la mano de vez en cuando y parándose a descansar un par de veces.

Cuando llegan, apoyan el fardo sobre uno de los muros y saludan a todos. Hay sonrisas y abrazos. Queda olvidado el incidente de unos minutos antes. Somos una misma cosa, las pequeñas contrariedades no deben afectarnos. Tenemos un objetivo, aunque aún no sepamos muy bien cuál es. Así pues, nos saludamos y charlamos durante algunos minutos. En realidad, no sabemos de qué: Lo importante en ese momento es el sonido de las voces, saber que estamos ahí, que hemos regresado del exilio al que nos sometimos, o al que no pudimos escapar.

Luego, todos callamos. En el horizonte ha aparecido el Catalán. A esa distancia parece más pequeño, pero así y todo, no pasa desapercibido. Alguien pregunta "¿Se habrá acordado de traer los cuadernos?". Es una pregunta retórica. Todos conocemos la extrema seriedad y eficiencia del Catalán. Resulta extraño verle con traje y corbata en un día como hoy y en un lugar como éste. Al caminar, sus pies levantan pequeñas nubes de polvo que se quedan durante un instante posadas sobre el camino terroso y después se desvanecen como fantasmas inexpertos. Trae una maleta en la mano derecha, una maleta pequeña. Nos sorprende un poco reparar ahora en que los demás no hemos traído equipaje. No pensábamos que fuese necesario, y quizá no lo sea, mas el hecho de ver a uno con una maleta nos hace pensar en ello por primera vez desde que iniciamos esta aventura. Entendemos, porque así se nos dijo, que todo empieza en este lugar y en este día, pero nada sabemos de lo que vendrá luego. "¿Y no es siempre así en la vida?" se pregunta uno de nosotros, imposible saber quién.

Ha ido llegando más gente. Unos charlamos, otros permanecemos callados mientras oteamos la lejanía por si vienen más. La mañana va floreciendo. Nadie mencionó una hora concreta; no obstante, algunos empezamos a estar un poco intranquilos. Aunque nadie va a volver sobre sus pasos, eso no lo dudamos. Así que nos ponemos a esperar. Fumamos y charlamos; caminamos y fumamos, alguien canta por lo bajo. El día va transcurriendo. Hay quien piensa que tal vez sería hora de regresar a su casa; sin embargo, aquí nadie se mueve. No sabemos qué, pero en el fondo todos confiamos –o nos dejamos mecer en ese espejismo- en lo que ha de venir, aunque nos sea imposible cifrarlo o definirlo. Escrutamos la inmensa extensión que se extiende en torno; creemos adivinar, a lo lejos, sombras que se mueven, autos que van o vienen, aunque sabemos que no hay ninguna carretera cercana. Llega la primera penumbra del crepúsculo. Tal vez nos preguntamos si en verdad es posible aún esperar algo. Como un ronroneo creciente, la noche se acerca y nada ha sucedido. Sobre el murmullo, se escucha un rasgueo de guitarra, una voz que entona una milonga, otra que le acompaña. Al otro lado, en el yermo, se repiten los ecos nocturnos de los lugares abandonados para siempre. Entre todos estos ruidos tan familiares, se cuela uno nuevo, inexplicable: Si no fuera imposible, diríamos que se ha oído el traqueteo de un tren en la distancia. "Habrá sido un camión" farfulla una voz, aunque le falta convicción. Un rato después, el sonido se repite. Pedimos silencio. En efecto, hay un rumor, lejano aún, pero inequívoco. Esta vez nadie tiene dudas. Al fin y al cabo, somos todos del oficio. "El viento lo habrá traído desde la ciudad" musitamos, tratando de negarnos esa ambigua ilusión que comienza a asentarse en nuestro ánimo. Sin embargo, aguzamos el oído por si nos es dado establecer de dónde viene; escudriñamos el norte y el sur, el este y el oeste, convencidos de la inutilidad de nuestra solícita vigilancia, y al mismo tiempo con la secreta esperanza de ver aquello que deseamos, distante quimera que nos alzó de nuestros lechos y nos condujo hasta este minuto en el que todo va a tener sentido, o a perderlo. El sonido es real y poco a poco aumenta su volumen. Crece entre nosotros un griterío apagado, hay movimientos inquietos, miradas interrogantes, cierta confusión. De pronto alguien grita mientras señala un punto luminoso en el sur: "Allí, allí". Ya no es sólo el traqueteo remoto. Ahora lo acompaña una luz que se nos va acercando, una luz que viene del Sur. Desconcertados, nos miramos. Nos gustaría ensayar una hipótesis, fijar con unas pocas palabras eso que está sucediendo y que no tiene explicación, mas nadie dice nada. El sonido se va elevando hasta resultar casi insoportable. El círculo de luz también ha aumentado ostensiblemente su tamaño. No puede ser, pensamos. Pero es: Una locomotora antigua, cubierta por la tierra de todos los caminos, erosionada por todas las lluvias que el mundo ha visto, se acerca, poderosa y desafiante, hacia el lugar en que estamos, hacia este apeadero inútil, hacia este yermo desolado, provocando un rechinar, una agria resonancia, fantástica música que escuchamos con el corazón encogido. Con un chillido de frenos viejos, desacostumbrados, se detiene justo al lado de este barracón donde esperamos, arracimados y anhelantes. Vemos al conductor. Le reconocemos. Era cierto, entonces. Una voz se eleva por encima del murmullo general. La voz, resuelta, garabatea en el aire un pensamiento común: "Vamos subiendo. Es la hora".



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es






ESTACIÓN J. V. CILLEY.





EL ADIÓS DE LOS TRENES*



I


En este pueblo
extraviamos hace rato
nuestras sombras.
Los más viejos atribuyen la pérdida
a una conspiración de pájaros airados
por el asesinato de los eucaliptus
que bostezaban sombras húmedas
sobre la soledad del hospital;
estos viejos dicen
que los pájaros se llevaron
sombras de casas, de gentes, de utensilios,
con las sombras
de los eucaliptus.
Para otros,
el último tren
con su afónico silbato de exilio
cargó vagones
de sombras humilladas
que agitaron
pañuelos amarillos.



II


La vieja estación
es ahora una gran casa de lechuzas
que chistan, convocantes,
a una verde luna de tragedia.
Como elefantes cansados
los trenes dieron con sus huesos
en las vías muertas
y verdean a la luz lunar
que riela y riela
hasta requisar la nada
en los andenes.
Aquí no hay aire.
Por eso se escuchan
voces de otros tiempos



*De Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com







La muerte y J. V. Cilley*



La muerte de las personas es como la muerte de los objetos, o quizás debiese haberlo dicho al revés. Pero la muerte de los objetos, esos seres inanimados que portan cierta alma que aflora, también es reconocible.
Cómo no decir en la estación "esta estación, que estaba viva, ha muerto". Cómo, frente al patio borrado por la Pampa que devora las construcciones humanas, frente al andén inexistente, los rieles levantados, las paredes apenas esbozadas por una línea de ladrillos ancha y baja, cómo, entonces, no decir "esta estación, que tuvo vida, ha muerto".
Dicen que a la estación la derrubaron, que a los rieles los levantaron, que dejaron que los yuyos tapen el pozo cegado, y que permitieron que el patio apenas se dibuje brevemente por el perímetro de árboles desolados. Pero a la casa del guarda no la tiraron las manos de las gentes que mataron la vida del ferrocarril. La casa se derrumbó de tristeza, sola por el peso de la pena de ya no ser, de haber quedado despoblada. La vivienda del guarda sin guarda se derrumbó por el peso del vacío, sin ayuda.
La casa se cayó sobre sí misma, como un árbol, como un farol que se apaga, como un amor que desvanece su anhelo y se repliega en el olvido.
Es una tumba la estación J. V. Cilley. Si las personas mueren, si la historia tritura y demuele y desaparece, entonces esta estación, que ya no está, que es apenas un rastro bajo los cielos enormes y definitivos, esta estación es una tumba como la de los gringos, una tumba en tierra fundida en la tierra, un rectángulo de soledad bajo el perfecto azul.



*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com


-J. V. Cilley, estación que funcionó durante poco tiempo, a 11,200 km de la punta de rieles en Carhué.
En contra de lo que habitualmente se supone, J. V. Cilley no fue un simple apeadero. Tuvo un cuadro relativamente grande y dependencias de importancia cuyos restos aún son visibles. Un camino rural lleva a la mitad justa del cuadro: desde ahí ya se aprecian las ruinas de la vivienda, bajo un monte arbolado que, bien observado, forma un perímetro cuadrado que evidentemente correspondió a un patio. Ingresando al cuadro, hacia el sur (en dirección a Carhué) no hay otras sorpresas; pero recorriéndolo hacia el norte (en dirección a Rolito, que estaría 9 km adelante) comienzan a aparecer restos del andén y de otras construcciones.
Un muchacho del campo vecino salió a recibirnos y, para nuestra sorpresa, resultó ser todo un baqueano. No era para menos: era la tercera generación que habitaba en ese sitio. Su abuelo, nos dijo, recordaba perfectamente a J. V. Cilley en actividad; y él mismo llegó a ver el paso del último Midland y el posterior levantamiento de rieles. Nos aclaró que la estación desapareció hace mucho, pero que la vivienda se derrumbó sola unos pocos años atrás. También nos señaló la ubicación de un pozo cegado, del lugar donde otrora se alzara un galpón de cargas, y de algunos otros elementos.









ESTACION CILLEY DEL MIDLAND Y EL MARTIN FIERRO*



(Escrito inducido por el colectivo "Inventiva Social")







*Por Alfredo Armando Aguirre. choloar@rocketmail.com







Puede ser que desde el punto de vista histórico le esté chingando fiero. Pero las licencias literarias son las licencias literarias y en el campo de las Humanidades, vale la noción de "inferencia probable". Saliendo de Carhué por el ramal ferroviario Midland, la primera estación es (en realidad era)
Cilley. Uno tiene la propensión de acumular a lo largo de la vida informaciones que uno mismo piensa que son irrelevantes, pero igual con facilidad se acumulan en algún vericueto de cerebro y allí quedan. La
primera vez que vino a nuestra croqueta de genealogista a la violeta el apellido Cilley, fue cuando allá por 1971, en las postrimerías de esa aventura de facto autodenominada "Revolución argentina", el capo militar de entonces Lanusse (quien dijo que a Perón "no le daba el cuero"), designó en la simultáneamente creada Subsecretaria de Deportes a un señor de apellido Cilley Hernández. Tal sea por nuestra condición de entusiasta corredor pedestre en actividad que reparé en esa designación. En ese entonces no se me ocurrió ligar esa designación con la celebración del "Año Hernandiano" en 1972. Uno de los eventos mas relevantes de ese año (centenario de la aparición de la "Ida de Martín Fierro", fue la inauguración de un monumento al gaucho Martín fierro en la ciudad bonaerense de Pehuajó. Casualmente ese año en Noviembre (Un noviembre convulsionado por el regreso del General Perón a la Argentina), fui a participar a una carrera pedestre que organizaba en Henderson., la Peña Sanlorencista de esa localidad. De ese viaje hicimos un comentario hace pocas semanas, a propósito de este emprendimiento de "Inventiva". Antes o después de esa participación me enteré que el Municipio de Henderson, que se había emancipado hacia los sesenta, formaba parte del partido de Pehuajó, en cuya fundación habían
tenido participación los hermanos José y Rafael Hernández. Mas o menos por esa época me entere la existencia de un paraje en el partido de Pehuajó llamado "Nueva Plata", muy cercano por donde pasaba el Midland... Más adelante me enteré que esa colonia había sido fundada por los hermanos Hernández. Allá por 1986, en ocasión de un viaje a Stroeder en el partido de Patagones, tuve la ocasión de conocer a un abogado, Jorge Tenreiro, a quien habria de tratar hasta poco antes de su suicidio a mediados de los 90.
Tenreiro había jugado sus escasos fondos a producir un filme con muñecos articulados, con el "Martín Fierro" como argumento. Se dedicaba a difundirlo entre los colegios. En ocasión de una exhibición de la película, me comentó que de los Hernández, el más interesante era Rafael.Y me quedó picando ese
consejo del amigo, que poco tiempo después se iria de este valle de lagrimas. La creación de José "Matraca" Hernández, se nos ha cruzado por nuestras peregrinaciones, particularmente en la provincia de Buenos Aires y nuestros estudios del tiempo que le tocó vivir apasionadamente. Una vez en el museo de Ayacucho, me enteré de su amistad con Zoilo Miguenz el fundador de "la ciudad de las rosas". Otra vez paseando por una calle de Santa Ana do Livramento la ciudad brasilera, que limita avenida de por medio con la ciudad Uruguaya de Rivera, leí una placa en el lugar donde había escrito parte del poema que algunos consideran "el poema nacional argentino". De paso a mi trabajo suelo pasar a menudo por donde hay una placa que recuerda el lugar en frente a La Casa Rosada donde terminó Hernández, de escribir la primera parte del mismo. Y lo de "Nueva Plata", tiene relación con la fundación de la ciudad de "La Plata", el 19 de noviembre de 1882. Los Hernández estaban en el tema. Se dice que el encargado de preparar el gran asado (¡Que las malas lenguas dicen que se le quemó!!!) fue José. Rafael,
habría de propiciar la creación de la Universidad de La Plata en 1897.
Ínterin luego de la creación del partido de Pehuajó, habían puesto en marcha algo muy parecido a la utopía (Por ese tiempo habria muchos intentos de ese tipo) que denominaron, relacionándolo con la ciudad fundada por Dardo Rocha y ninguneada por Roca. Se dice que Rocha la fundó para recuperar la ciudad
de Buenos Aires, que la provincia había perdido en forma sangrienta con su federalización. Hay vestigios en los archivos de Rocha, que La Plata fue creada para ser capital de la Argentina (Y cuando uno estudia minuciosamente su diseño y construcción, puede llegar a creer en esa interpretación). Bueno, de los tiempos de "Nueva Plata" viene el "Manual del Estanciero", de José "Matraca". Escribió este ese libro para demostrar que no hacia falta hacer el viaje al exterior que le proponía el gobierno (tal vez para sacárselo de encima por un tiempo), sino que con sus vivencias podía hacer ese informe sin acudir a costosos viajes. Bueno, pero saltemos en el tiempo, y volvamos a los primeros años de este siglo XXI de la era cristiana. Hace dos o tres años, me encuentro en una librería - editorial al lado de la Facultad de
Medicina de la Universidad de Buenos Aires, con un libro dedicado a Rafael Hernández, escrito por quien fuera un destacado intelectual de Pehaujó : Osvaldo Guguielmino. Me recordé de aquella opinión de Tenreiro y compré ese libro cuya primera edición era del año 1949. Allí el autor testimonia aquello que me había dicho Tenreiro y aquí aparece el apellido Cilley.
Incluso el autor agradece a una señora de ese apellido emparentada con los Hernández. De allí aparecen los Cilley Hernández. Un apellido ligado hasta el día de hoy al deporte del rugby, y en su momento se comento que Lanusse lo había conocido al Cilley Hernández, que designara Subsecretario de
Deportes, cuando ambos jugaban en el mismo equipo de rugby de San Isidro (no se si el CASI o elSIC). Entonces se volvieron a mezclar las /los Hernández, los Cilley, Pehaujó, Nueva Plata y el trazado del Midland. José murió en 1886, y Rafael en 1903. Un año antes de que se sancione la ley provincial que
autorizó la construcción del Midland. Como los proyectos de ley no se dan a veces de un día para otro, se puede conjeturar que Rafael tiene que ver con ese trazado y con ese proyecto, sobre todo teniendo en cuenta sus inquietudes pioneras y sus influencias en La Plata. También es sabido que las familias tenían grandes extensiones de campo y se relacionaban con otras familias que tenían campos vecinos. Si uno ahora con el Google Earth, localiza Pehaujó, Nueva Plata, Henderson, Carhué y Cilley, se dará cuenta porque encontramos vinculación entre Cilley y el Martín Fierro. Tengo un poco de fiaca de ir a consultar a una biblioteca el Nomenclador Ferroviario de Udaondo del año 1942. Pero por estudios hechos sobre esa publicación, sé que los nombres de los estaciones, sobre todo de las pequeñas, tenían que ver con los dueños de los campos donde se localizaban las mismas. Uno hoy no puede prescindir al momento de buscar información sobre cualquier tema, de los buscadores tipo Google. Allí nos enteramos que el ferrocarril Provincial que tenía parte de su recorrido vecino al Midland, tenía una estación
llamada Gerente Cilley. Bueno; advertí desde el principio que este esquicio, se amparaba en la figura de la "licencia literaria". Sirva al menos para demostrar el poder motivador que puede tener cualquier substantivo.





Buenos Aires 12 de Julio de 2009

Alfredo Armando Aguirre. Trabajos publicados:
http://choloar.tripod.com/trabajos.htm









SUAVE ENCANTAMIENTO*



Profundos y plenos
cual dos graciosas, breves inmensidades
moran tus ojos en tu rostro
como dueños;
y cuando en su fondo
veo jugar y ascender
la llama de un alma radiosa
parece que la mañana se incorpora
luminosa, allá entre mar y cielo
sobre la línea que soñando se mece
entre los dos azules imperios,
la línea en que nuestro corazón se detiene
para que sus esperanzas la acaricien
y la bese nuestra mirada;
cuando nuestro "ser" contempla
enjugando sus lágrimas
y, silenciosamente,
se abre a todas las brisas de la Vida;
cuando miramos
las cenizas de los días que fueron
flotando en el Pasado
como en el fondo del camino
el polvo de nuestras peregrinaciones
Ojos que se abren como las mañanas
Y que cerrándose dejan caer la tarde.




(1904)

*de Macedonio Fernández
Textos Selectos Ed. Corregidor 1.999









Tren*




No es que me pase lo mismo cada vez que veo un tren. Pero a veces ocurre. Y sobre todo si es de noche y el tren viene de frente. Entonces, mientras la distancia se acorta y la luz se agranda, un resorte se me dispara en la memoria e, inmovilizado, espero que esa cosa poderosa me devore.
Realmente tengo que esforzarme para tomar conciencia de que estoy parado a un costado de las vías
-sobre un terraplén, en un paso a nivel, frente a la boca de un túnel- y que el tren seguirá fiel al mandato de los rieles y pasará de largo sin tocarme.
El recuerdo del primer tren arrojándose sobre mí llega desde muy lejos, tanto que a veces me cuesta aceptar que es mío y que no me ha sido relatado por otra persona. Yo tendría siete, tal vez ocho años, y estábamos con mi padre en el andén de la estación de Fondotoce, a unos pocos kilómetros de Intra, nuestro pueblo. Nos dirigíamos a la región del Veneto, donde vivían mis abuelos. Probablemente era nuestro primer viaje después de terminada la guerra. Sé que estaba anocheciendo, que el tren surgió de golpe, sin que nada lo anunciara, y entró en la estación con tal estruendo que me paralizó. Sé que cuando me recobré hice un comentario asombrado y mi padre sonrió y dijo algo que no podré recuperar.
Ésa es la imagen. El ojo de un cíclope -fuerza y furia- abalanzándose desde las sombras y un chico paralizado.
Volví a esa estación de fondotoce cuarenta años después de nuestra partida a América y habiendo cumplido ya los cincuenta y dos. Había llegado a Intra un par de semanas antes, cruzando el lago en un transbordador y ahora me iba allí en tren. Durante esos días no hice otra cosa que caminar arriba y abajo por las calles del pueblo, por las orillas del lago y los dos ríos, buscando algo que ya no podía estar. Me iba sin llevarme más que desencanto y quizás algunas advertencias para ser analizadas después, cuando decantaran en mí, cuando de nuevo los trenes y los aviones me hubieran llevado lejos.
Lloviznaba de a ratos sobre la estación entre montañas, había mucho color de óxido alrededor y pájaros moviéndose entre las ramas de los arbustos. Oscurecía. Éramos apenas cinco o seis viajeros esperando. Yo caminaba de un extremo al otro del andén, buscaba a través de la niebla que se espesaba la cima del Monte Rosso, el cerro que dominaba mi pueblo. Descubrí que llegando a la estación, del lado de donde vendría mi tren, las vías hacían una curva y había además una ladera rocosa que se interponía e impedía ver más allá. Entonces volvió aquel anochecer de mi niñez y me vi parado ahí con mi padre, junto a una valija. Mi padre que tenía, en el recuerdo, veinte años menos que yo en ese momento. Y de pronto sucedió de nuevo. El tren apareció con su ojo luminoso y su potencia y saltó hacia mí como había ocurrido aquella primera vez. Sentí que el tiempo no había transcurrido y que yo seguía siendo el mismo, con los mismos miedos y seguramente con un desamparo mayor.
Sentí la falta de la compañia de aquel hombre veinte años menor que yo y sus palabras imposibles de recuperar. Desfilaron los vagones, se detuvieron, levanté el bolso y me apresté a subir, deseando encontrar un compartimento vacío para poder estar solo.
Ésa es mi pequeña aventura con los trenes. Un sobresalto infantil que de tanto en tanto asoma la cabeza y se reitera a lo largo de los años. Casi nada, en realidad. Y sin embargo, siempre me sorprendo tratando de escarbar todavía un poco en esa historia. Si insisto en analizarla, si me esfuerzo por fijarla en unas líneas, es porque a veces tengo la impresión de que ahí hay algo que valdría la pena rescatar, una huella, una señal, algo. Pero no sé qué es. No sé en qué dirección va, hacia dónde me lleva, si me lleva a alguna parte.



*de Antonio Dal Masetto.
"El padre y otras historias". Editorial Sudamericana. Bs. As. Edición 2002.






Próxima estación: Rolito.

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SAN FERMÍN.
CASBAS.
EDUARDO CASEY.
ANDANT.
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ENRIQUE LAVALLE.
CORACEROS.
HENDERSON.
MARÍA LUCILA.
HERRERA VEGA.
HORTENSIA.
ORDOQUI.
CORBETT.
SANTOS UNZUÉ.
MOREA.
ORTIZ DE ROSAS.
ARAUJO.
BAUDRIX.
EMITA.
INDACOCHEA.
LA RICA.
SAN SEBASTIÁN.
J.J. ALMEYRA.
INGENIERO WILLIAMS.
GONZÁLEZ RISOS.
PARADA KM 79.
ENRIQUE FYNN.
PLOMER.
KM. 55.
ELÍAS ROMERO.
KM. 38.
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LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.
RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.
JUSTO VILLEGAS.
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MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.
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LA SALADA.
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VILLA FIORITO.
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