Wednesday, April 14, 2010

ESTACIÓN ANDANT.


InvenTren.



SANGRE DE LLUVIA*


Amo la lluvia. Enamorada de la lluvia. Soy.
En tiempos de vendimia, sabor a rocío tempranillo.
Me viene desde lejos este amor.
La he visto crecer desde las terrenales nubes.
Desde la pasión cosecha de mis padres .Tan breve .Tan violenta.
De mis manos descalzas.
De los gastados espejos de los charcos.
Desde la lágrima a detenida en mi frente.
Desde el vaso y la siesta.
A veces asemeja un hastío, un rostro repetido.
Sangre de una culebra que la anuncia.
Relámpagos iluminando los tristes palos santos.
Estruendos parados en los postes.
Alguna vez no llega.
Se aleja en pasos furtivos con los álamos.
Otras, cae en los techos de chapa, se posa en el vidrio sin ventana,
Baja las pendientes de barro.
Besa los pies al niño que no ve la luna.
Camina hasta llegar a los villorrios fundados a la vera del río.
En los rieles .El tren se va con ella. El hambre queda.
Capa pluvial que se evapora.
Amores y risas en enero.
Crueles vestiduras del invierno.
Desborde.
Quiere parar su caminar de agua y no puede.
Roca y valle. Paraíso e infierno.
Enamorada. Enamorada de la lluvia.
Lluvia. Yo, sangre de lluvia
No encuentra, aún, el legendario grial que la contenga.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





Mi amigo el tren*



Pasa rápido la negra y trajinada locomotora.
Detrás, en fila obediente, las ventanillas iluminadas.
Quiero mirar los rostros que, tras los vidrios ignoran mi presencia.
¿Dónde van? ¿Qué piensan? ¿Quién los espera?. ¿O qué los espera?
Unos dormitan, otros leen, otros conversan entre sí.
Otros miran sin ver el paisaje que, sabiéndose ignorado, se vuelve cada vez más sombrío, más
mezquino.
Cada día imagino una nueva forma para que el tren aminore su marcha y así regodearme en cada gesto, en cada forma de mirar. Tener tiempo para averiguar que piensa, donde van, quién los espera. Imposible. El lugar es una larga recta que el tren traga ávidamente.
Entonces elijo seguir una ventanilla al azar y crearle una vida a la que la ocupa.
Algunos quieren llegar pronto, los espera una mujer enamorada, otros fijan sus ojos sin ver el paisaje, perdidos en sus problemas. Me ilusiono porque creo ver unos ojos siguiendo mi figura.
Elijo una mujer dormida, la cabeza apoyada en el vidrio, los brazos cruzados sobre el pecho, apretando un bolso. El traqueteo de las ruedas sobre las viejas vías, acuna su sueño. Quizás viene de trabajar duro y largo, cansada, con hambre. Con hambre de comida caliente, de sonrisas o abrazos de bienvenida, de olor a hogar.
Es joven, quizás la esperan dos hijos, el compañero, la tibieza del amor. Bajará en la próxima estación y se dejará llevar por el gentío apurado y ruidoso. Caminará apurada hasta la casa, abrirá la puerta, con un largo suspiro.
No. No la espera nadie, solo el gato que cruza entre sus piernas acariciándolas con la cola.
El tren hace un buen rato que desapareció, vuelve el silencio. Camino por la vereda hasta mi casa.

Allí también solo un gato me espera.



*de Elsa Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar




ESTACIÓN ANDANT...




FOTO*


La foto, en apariencia, no tiene nada de especial. Y sin embargo, la miramos. Sin saber muy bien el porqué. La ausencia de color nos hace suponer que es antigua; también el hecho de estar rasgada en algunos puntos y arrugada en otros. Los años han gastado las esquinas; en una de ellas, arriba a la izquierda, falta un trocito minúsculo, tal vez demasiado pequeño para afirmar que la imagen está incompleta. Al mirarla por primera vez, se tiene una ligera sensación de frío, tan leve que casi no la percibimos. Sólo más tarde (pero ¿cuánto más tarde?) seremos conscientes de ello.

Muestra un pequeño edificio de una sola planta, con una especie de porche o tejadillo exterior que da a un andén. Sabemos que es un andén por la presencia de las vías en la parte inferior de la imagen. La conclusión resulta obvia: El lugar es una estación. En un lateral del tejadillo hay seis letras que nos indican el nombre, seis mayúsculas irrebatibles: ANDANT. Quizá sea esa media docena de letras, que parecen un tanto anacrónicas, lo que nos perturba ligeramente. O el color apagado del cielo, en el que, sin embargo, no se aprecia nube alguna. Lo cierto es que nos asalta una sensación desagradable que, por otra parte, no nos impide seguir mirando la foto; acaso anhelamos encontrar eso que nos molesta un poco no saber definir o señalar con precisión.

La visión de líneas paralelas sugiere el infinito. Aquí, las vías quedan bruscamente cortadas en los bordes izquierdo y derecho de la foto, negando con violencia esa abstracción, segmentando una mínima parcela de realidad -o de ese conjunto de percepciones que llamamos realidad. En el andén hay seis personas. Posan (la contemplación de una foto puede llevarnos por caminos un tanto sinuosos e intrincados; hacernos pensar, por ejemplo, en la actitud del que posa, en la perpetua repetición de ese momento, en la pavorosa idea de que toda la vida es pose). Cinco de ellos miran directamente a la cámara. El otro, el primero por la izquierda, está con los brazos cruzados y parece tener la vista clavada en un punto inconcreto, hacia la derecha del fotógrafo. Nos incomoda ese detalle (¿porque insinúa una ruptura, un desorden?). Nos incita a preguntarnos qué está mirando exactamente. ¿Por qué no hace como todos los demás y simplemente fija la vista en el centro? (si es que el ojo de la cámara es el centro, si podemos atrevernos a presumir la existencia de un centro) ¿Qué es eso que está ahí, fuera del ámbito de la foto, y qué significa esa mirada y por qué los otros no ven lo que él está viendo? Podría pensarse que sólo es un gesto, una pose diferente, una obstinación lícita en no mirar directamente al ojo de la cámara, y tal vez no sea otra cosa, pero nos desasosiega un poco esa asimetría.


-Cabe preguntarse si en realidad tenemos derecho a asomarnos a una foto. No me refiero al vistazo casual o efímero, al frívolo escrutinio de un momento, que con frecuencia provoca una sonrisa o un rechazo o mera indiferencia. Hablo de mirar una foto como quien mira un cuadro, durante un tiempo que no se puede medirse con cronómetros o calendarios, el tiempo dúctil de quien pinta un atardecer a lo largo de infinitos atardeceres o el de aquellos que esperan, agazapados durante toda su vida, el instante exacto del resplandor que les justifique. Esa contemplación, que en el fondo es una búsqueda, ¿no sería una forma de intrusión en ese otro orden que nos es ajeno? ¿No serán, pues, nuestros ojos invasores -camuflados tras el objetivo y el tiempo- lo que miran esas cinco personas, preguntándose acaso el motivo de tal insistencia?


La wikipedia nos cuenta que hace más de treinta años que por ahí ya no pasa el tren y que en Andant, el pueblo, apenas quedan cuarenta habitantes. Visto desde lejos, sólo son cifras. Pero la lenta despoblación de todos estos lugares nos da qué pensar. Pensamos, por ejemplo, si eso que mira el primero de la izquierda, eso que parece estar un poco a la derecha del fotógrafo, ligeramente a la derecha y hacia arriba, no será lo que, sin ruido, sin que casi nadie lo perciba, va limando con paciencia los bordes de las fotos, oscureciendo los paisajes y los rostros, devastando, centímetro a centímetro, los campos y las calles asfaltadas, terminando poco a poco con la vida en los pueblos y devolviendo al desierto lo que, acaso, siempre fue del desierto.


-Y así, la inmovilidad de la foto desborda el ámbito del papel y se expande implacable por la realidad (por este lado de la realidad). Pienso que debería ponerme de una vez a escribir algo sobre ella. Pero no se me ocurre nada. La tengo ahí, delante de mis ojos, dejándose mirar mansamente, permitiéndome atisbar cada detalle, acaso contemplándome, o contemplándose a sí misma a través de mis ojos un poco cansados. Y yo no puedo hacer otra cosa: sólo mirar la foto y dejarme contagiar esa parálisis, esa suerte de espera; inmóviles ellos en su perpetuo instante desgajado para siempre del tiempo; inmóviles todos en nuestro diario periplo por las avenidas de la rutina; inmóvil yo en mi celda sin barrotes; tanto, que ni siquiera me molesto en girar un poco la cabeza, en mirar de reojo hacia atrás, a mi derecha, donde sé que se arremolina en silencio, expectante, eso que está mirando, desde la lejanía y el pasado, el hombre de la foto, eso que siempre ha estado ahí y que no puede verse; que nadie puede ver sino a través de un reflejo, una señal inequívoca en los ojos asombrados de otro, una sombra difusa atravesando océanos y décadas.



*de Sergio Borao Llop. sbllop@aragoneria.com

*La foto de referencia se encuentra en:
http://www.plataforma14.com.ar/images/fotos_antiguas/antiguas_postales_con_motivos_ferroviarios/EstacionAndant.jpg










Intimidad I*



Ahora que llueve sé que hay
verdades
en la lluvia
que no escucharé
de nadie-de ningún otro-ninguna otra
que no sea ella
la
lluvia.


Ahora que llueve no sé por qué pienso en
verdades que
sólo se encuentran
en un instante en algún sitio
y ya no vuelven
a repetirse.


Afino los sentidos ahora que llueve

escucho huelo


¿por dónde entrar a la lluvia? -¿cómo?


Ahora que llueve
la lluvia es una cifra-un libro


una
escalera
hacia
lo
hondo
y sus descansos


es la lluvia el libro
de la lluvia


de esta lluvia
y de las otras.




*de Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com








CUIDADO CON LOS TRENES...*




Hacía apenas tres días que Laurita se había mudado al campito del abuelo para transcurrir sus vacaciones estivales; y, la verdad sea dicha, ya se encontraba bastante aburrida. Pensar siquiera en las semanas que le quedaban por delante para que regresara a su casa, sólo acrecentaba su melancólico mal humor. ¿Por qué la habían castigado de esa manera sus padres, yéndose de viaje a conocer la Isla de Pascua en una segunda –y acaso vana- luna de miel, mientras ella debía padecer aquel solitario tormento? Por más que le daba vueltas y vueltas en su cabeza, a pesar de la notable inteligencia que había desarrollado para sus escasos diez años de edad, le era imposible darse una respuesta válida.

Deambulaba por los alrededores sin entusiasmarse demasiado con nada. El paisaje la fastidiaba. Extrañaba ver televisión, jugar ocasionalmente con la computadora de su hermano, encontrarse con sus amigas para escuchar música, como haría cualquier chica de su edad; o simplemente permanecer en su casa, escribiendo en su diario. Aquí, en cambio, todo obtenía un carácter soporífero. Por más que le fascinara la lectura, placer que heredara con orgullo de su padre, por el que llevase consigo de vacaciones varios libros de cuentos, y alguna que otra novela, no conseguía concentrarse para sentarse a leer -como su papá Augusto le había prometido que disfrutaría, en un último intento para convencerla de ir a pasar aquella temporada con los abuelos- trepada en las ramas del coposo árbol de la estancia, o sin concretar acrobacias, al menos entre sus mullidas raíces, cubiertas de vegetación. No había caso: el campo la deprimía.

El abuelo había comprado aquel terreno cuando su papá era muy joven, ni bien clausuraran el ramal ferroviario de trocha angosta que solía atravesar aquellos campos. Por entonces, desbordantes vagones de carga desfilaban delante de la otrora estación, edificio que actualmente constituía parte de las edificaciones de la estancia familiar. En ese sentido, su abuelo era un purista; había mantenido intacto el carácter tradicional del inmueble, conservando ciertos detalles propios como las campanas, las inscripciones en determinados carteles, las ventanillas… ¡Con decir que la antigua boletería se había transformado en su estudio particular, y la oficina del Jefe de Estación en su propio dormitorio!

Aquellos detalles resultaban por completo superfluos para Laurita. Ella era curiosa por naturaleza, aunque su atención no pudiese mantenerse en pie durante mucho tiempo. Se cansaba fácilmente de las cosas, por lo que solía aburrirse bastante seguido. Y en el campo era peor. Por eso, a los tres días de estar allí, ya había recorrido todo lo que le resultara de interés. Tendría que hallar algo que la sorprendiese de verdad, a fin de no llegar a pensar seriamente en colarse en el primer vehículo a motor que apareciese por allí, ocultarse debajo de alguna manta o cajón, y fugarse con enorme prisa hacia Buenos Aires, a la casa de alguna amiguita o pariente que la cobijara con excesiva discreción; ya vería dónde.

El hecho sorprendente llegó de la mano de Teresa, la cocinera de la estancia, mujer enorme tanto de cuerpo como de corazón. La mañana del cuarto día, al comprobar el rostro compungido y de mirada triste que Laurita presentaba por encima de la humeante taza del desayuno, Teresa se acercó hasta ella por detrás y le susurró:

-Una niña tan seria y bonita no podría andar por ahí con esa cara si supiera el secreto que yo sé…

Laurita la miró, apenas motivada frente al imaginable tedio que la aguardaba durante el resto del día. Teresa continuó:

-Y los secretos, al ser compartidos con ciertas personas especiales, se vuelven mágicos…

Aquello venció cualquier barrera de sospecha que la niña pudiese esgrimir frente a las diversas motivaciones que la entrañable mujer pudiese formularle. Y la hostigó a preguntas, sintiendo cómo se desperezaba su inquieto sentido por la curiosidad. Teresa finalmente, luego de hacerse desear durante unos minutos, le narró la antigua historia que circulaba por aquellos pagos desde hacía varias décadas.

A escasos doscientos metros de la casa, donde las densas ramas de los árboles crecieran formando una protector túnel vegetal, se extendían en el pasado los rieles de la trocha angosta del antiguo ferrocarril. Y allí mismo, un tiempo después de haberse cerrado aquel ramal, comenzaron a ocurrir cosas muy extrañas. Misteriosas luces que se veían en las noches de luna llena, distantes silbatos de tren, locomotoras que aceleraban en medio de la noche… La peonada siempre se asustaba hasta los huesos cuando despertaba del sueño a causa de semejante presencia, y todos afirmaban que un tren fantasma surgía del olvido, negándose a detener su marcha, a pesar de las decisiones humanas. Sólo algunos valientes podían acercarse y jactarse de haberlo visto. Pero para ello, había que llegar hasta el lugar de la mano de alguien que supiera las palabras mágicas para convocar a los espectros…

-¿Y cuáles son? -, exclamó Laurita, olvidada del desayuno, con la mirada fascinada por completo al escuchar atentamente a Teresa.

-Hay que pararse debajo de la Cruz de San Andrés y repetir las palabras mágicas que rezan en ella, haciendo caso de cada una de sus advertencias. Pero una niñita de ciudad como vos no tendría que ir sola. Podría acompañarte yo, en una de estas noches. Claro que, mientras esperamos el momento de ir, vos a cambio podrías ayudarme con algunas cosas que tengo que hacer en la estancia. Juntar los huevos en el corral, por ejemplo…
Con ello, Teresa consideró que la mantendría ocupada durante unos días, a fin de que fueran pasando las vacaciones, retrasando la fecha del futuro encuentro espectral. A Laurita, en cambio, el arreglo no la convenció para nada. Sin embargo, ya conocía el hecho fundamental: el corazón del secreto, y la clave para acceder a él. Y había diseñado su propio plan. Sólo hacía falta que se hiciese de noche, y pudiera escabullirse sin ser vista.

La emoción la carcomió durante toda esa tarde. Las horas se demoraban pegajosas sobre la esfera de los relojes, y a diferencia de lo que Teresa se esperase, la niña no volvió a abrir la boca respecto de aquel tema. La mujer creyó al caer el sol que su estrategia de entretenimiento no había dado resultado, y no volvió a mencionar el tema.
Laurita, en cambio, aguardó hasta que todos se hubieran acostado, y ni bien dejó de escuchar los habituales ruidos que realizaban sus abuelos por las noches, se escabulló fuera de la habitación en puntas de pie, abrigándose con un saco abierto por encima de su camisón, calzada con sus resistentes ojotas todo terreno, y salió de la casa por la puerta de la cocina. Una vez que se hubo alejado unos metros de la casa, encendió la pequeña linterna que se había traído de Buenos Aires, y caminó sin prisa hacia la enramada, bajo la tenue mirada de las estrellas.
Soplaba una fresca brisa que agitaba levemente las ramas de los árboles. Aquel rumor la inquietaba, aumentando la sensación de soledad que experimentaba de golpe, aunque al mismo tiempo la impulsara hacia la aventura; como si lo desconocido muy pronto le deparase una sorpresa inimaginable. Avanzó entre los pajonales y los ruinosos restos de la vía, carcomida por el óxido y casi sepultada por el polvo acumulado por los años, hasta detenerse delante de la antigua señal, cuyo poste –milagrosamente- aún se conservaba de pie.

Aquello debía haber sido un paso a nivel, el cruce entre la vía férrea y acaso algún camino municipal. Allí permanecía, incólume, la cruz acostada, con sus letras aún legibles, inscriptas en cada uno de sus brazos. Laurita respiró hondo, fascinada ante la perspectiva de lo siniestro; señaló con firmeza el haz de la linterna sobre la señal, confiando en realizar los pasos necesarios para convocar la presencia de los espíritus viales, y recitó en voz alta:

-“Cuidado con los trenes”……Claro que tengo cuidado, aunque ya no pasen por acá… “Pare”, estoy parada, “mire”, miro para un lado y para el otro, “y escuche”, a ver, qué se escucha……

La brisa susurró entre los árboles nuevamente, quizá remedando alguna misteriosa conversación, incomprensible para quien no supiera entender el idioma; y por un instante, más allá de los quejidos de algún cerdo trasnochado en los corrales, nada se escuchó. Laurita sintió que comenzaba a hacer frío, y se estremeció. Entonces, proveniente de territorios en extremo lejanos, creyó escuchar el agudo silbato de un tren.

Contuvo la respiración, temerosa de moverse, aunque un impulso la llevó a mirar en ambas direcciones otra vez. Sólo al reparar varias veces sobre uno de los extremos consiguió divisar, en los confines del horizonte, la débil luz amarillenta de un faro de locomotora.

Se le aceleró el corazón, y comenzó a reírse entre dientes, sin motivo, víctima de su propia travesura. El faro se acercaba muy velozmente, demasiado como para que aquella luz perteneciese a una locomotora real… Y de pronto, la brisa se transformó en un considerable ventarrón, que agitó las ramas con violencia, asustándola aún más. El viento le golpeó en la cara, despeinándola hacia atrás, obligándola a entrecerrar los ojos. Entonces, una negra e imponente locomotora, con el número 0410 inscripto en enormes caracteres blancos debajo de la ventanilla de la cabina, se le apareció delante suyo en todo su esplendor, con el ardiente vaho de su motor diesel quemándole la cara.

Laurita gritó, pero nada se oyó por encima del tronar del silbato y el chirriar de los frenos sobre unos rieles misteriosamente relucientes, extraídos de quién sabe qué otro ramal en servicio actual e ininterrumpido. El motor regulaba constante mientras la formación recorría los últimos metros hasta detenerse por completo. Y en ese último tramo de recorrido, Laurita contempló azorada el interior de los vagones.
Dentro, hombres y bestias se debatían en caótico desenfreno. Una luz espectral se derramaba sobre ellos, emergiendo sin piedad hacia aquella virgen enramada pampeana. Los caballos coceaban los asientos de madera que aún quedaban en pie, haciéndose lugar, girando sobre sí mismos, mientras los hombres, semidesnudos, con los brazos extendidos hacia delante y las caras aterradas, intentaban eludir esos briosos cuerpos, queriendo escapar de un destino prefijado de antemano. Relinchos y alaridos ensordecieron la noche, mientras una voz, amplificada por ominosos parlantes, ordenaba:

“¿Quiénes son tus compañeros, hijo de puta? ¡Hablá de una vez! ¿O querés que te hagamos un poco más de `submarino seco´? ¡Hablá!”

Un destello eléctrico. Olor a carne quemada. Y esos gritos…

La cabeza de un caballo, con los ojos desorbitados y mostrando los dientes, asomó por el hueco de la ventana faltante de la puerta más cercana a Laurita, quien temblaba como una hoja, a punto de orinarse encima, y sin dejar de iluminar con su linterna. El animal se debatía furioso, sin conseguir escapar del vagón, empujado por detrás por otro caballo, tan encabritado como él, y por algunos hombres, pálidos y barbados, algunos “tabicados” con sucios trapos, surgidos casi como de las imágenes en sepia de un sórdido campo de concentración. Entonces, aún sin comprender la totalidad de lo que ocurría delante de sus ojos, Laurita observó que el caballo se retiraba, y que los bordes de aquel hueco del ventanal comenzaban a derramar un líquido oscuro pero brillante: sangre.

Y antes de que ella respirase lo suficiente como para lanzar el alarido, la siguiente aparición la dejó sin aliento.

Forcejeaba con uno de aquellos hombres, intentando que volviera a meterse dentro del vagón. Pero su silueta era inconfundible. Y al reparar en su presencia, luego de dominar al pobre infeliz, la miró de frente, con expresión de reproche, y absoluta firmeza en la voz al exclamarle:

-“¿Qué estás haciendo acá vos???”

Y Laurita, antes de huir aterrada hacia la casa, estremecida por la inexplicable presencia de Augusto, su papá, a bordo de aquel funesto tren fantasma, chilló…

Treinta años después, un alarido similar brota de sus labios -dando comienzo a un cíclico insomnio que se prolongará durante semanas- al sentarse de golpe sobre su cama, respirando agitada, rodeada de silencio y de penumbras, mientras los fantasmas que acudieron aquella noche bajo la enramada, como mudos testigos de …¿un país que ya no existe?…, aún desfilan erráticos delante de sus ojos, inmensamente abiertos, aunque cargados de pesadilla…



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar





*


Soñaba que estaba en una estación de trenes, desnuda y ansiosa por conocer distintas estaciones: Comencé a mirar los carteles y curiosa leía: locura, destino, mujer, hombre, padres, hijos, alegrías, amor, melancolías, soledad, matrimonio, esclavos, creación, felicidad.
No sabía que dirección tomar y estaba convencida que quería viajar a todos esos lugares. Por lo cual, decidí sacar un abono y me dirigí a la boletería, allí estaba un Sr., serio, circunspecto y de pocas palabras, que vendió las series con discreción. Quise preguntarle como empezar mi aventura, pero su indiferencia me inhibió tanto, que no me animé a interrogarle.
Así, me dirigí al tren, bastante insegura y ... comenzó la travesía y sin pensar demasiado, me entregué al recorrido mirando por las ventanas del enigmático convoy. Había muchos pasajeros: hombres, mujeres y niños. También ancianos que les costaba mucho estar de pie, llevaban sus años en sus maletas, de cuero manchadas, pero con dignidad.
No sabía donde bajarme y en estación locura me quedé.. Haciéndome la valiente comencé a deambular sobre la acera, inquieta por la suerte que me podría tocar. Caminando despacio observé seres que detrás de sus espaldas tenían alas de verdad, no podía creer lo que mis pupilas veían y asombrada estaba a punto de gritar, no comprendía por qué en esa ciudad estaban los locos con su capacidad de volar. Pero no podían hacerlo, sus alas estaban atadas con una camisa de fuerza, quizás de tanto remontar. De inmediato giré asustada, horrorizada, alguien en mi espalda puso su mano y me dio tal susto que por poco me caigo. Se acercó un hombre joven, de piel blanca y de ojos grises y susurró a mi oído, hija, aquí no te quedes , es macabro este lugar. Toma el tren para otro lado no te quedes, te podés contagiar. Así , fui corriendo a la terminal y esperé a que el transporte me dejara en otro paraje. Nuevamente subí y me senté en un vagón insegura, pensando a dónde podía parar, cuando se detuvo en melancolías - como siempre- entrometida, salté y me quedé. Era un paraje de tinieblas, no tenía miedo, estaba la calle tan gris, que mis zapatos se empezaron a humedecer, aparecí. Parecían derretirse en ese humo pegajoso, no me gustó. Me fui casi sin respirar. No quería empaparme de ese vaho que paralizaba mis pulmones. Nuevamente fui a buscar el ferrocarril. Tenía boletos de sobra.
Cuando llegó, ya sabía donde me iba a quedar, cuando vi el letrero de hombres, agitada me lancé a las veredas. Me dije, esta es mi oportunidad. Que contenta estaba: había tantos para elegir: morochos, rubios, pelados, altos, con guita, deportistas, se me hacía agua la boca...de mi cartera saque un espejo y delineé mis labios con sabor rojizo, estaba sonriente y dispuesta a acercarme a un morocho de barba, muy elegante, muy atractivo, pero al descubrir mi intención me sentí presa de una inocente cobardía y me dije: aún no estás preparada, ándate no busques en él lo que no encuentras en vos. Y me fui, cabizbaja hacia otra ciudad.
En las vía férreas, encontré nuevamente al vendedor de pasajes, el mismo individuo que parecía tan tranquilo, le inquirí cual era el mejor pueblo para mí, pero no contestó mi pedido. Desanimada emprendí mi traslado, subí al coche, expectante y comprendí que debía elegir sola mi rumbo. El vehículo se puso en marcha y me quedé dormida, en ese sopor que te envuelve pero que te permite estar consciente de lo que ocurre. Estaba recorriendo mi historia en pocos segundos, pasaban los paisajes de la niñez, como si estuviese viendo una película, veía a mi abuela con sus ojos tan celestes que tanto amaba, mi perra collie que corría por el césped jugando a las escondidas, mi cara era regordeta y tenía un hoyuelo en la mejilla derecha, que la hacía re simpática. Así fui transitando mi adolescencia, repleta de amigas y de amigos y novios que bailábamos abrazados con la música de los Beatles o Gary Cooper y de Unión Caps, que linda manera de conocernos y empezar a sentir el amor. La que no tenía novio estaba fuera de onda. . Me despertó el guarda en el paraje Mujer. Bajo empujada, apresurada y cuando llego al sitio encontré un montón de maniquíes que no me gustaron. Me fui a quejar a la oficina de turismo y el mismo Sr. (El de la boletería) me indicó con una seña, que me dirigiera a un lugar cerrado . Cuando llego al lugar, me sorprendió la calidad del silencio. Pensaba que habría mucho bullicio, pero me confundí. Abro la puerta de entrada y al pasar encuentro un salón de espejos, intrigada comencé a mirar y lo único que veía era mi cuerpo, reflejado en uno, en dos en diez y en mil retratos. Estaba de frente, de costado, de atrás , alta, gorda, petisa. Que diablos hacía allí? Estaba confundida, perpleja, donde estaban las mujeres? Me habían estafado? Me quedé quieta y lentamente intente Mirar las imágenes que amanecían de a mil. Quién era esa que estaba enfrente de mí? Y las otras? Tenían mis colores de ojos, mis cejas unidas, mi pelo lacio y suave como la pluma de un cisne, estaba absorta observando mis diferentes facciones y facetas de mujer. Cómo podía hacer una sola? Miraba por sobre mis hombros y en cada pestañear encontraba una cara nueva, como las facetas de un diamante en bruto. Emocionada miraba mis ojos verdes, que se llovían celestes y grises y veteados de miel. Eran tan bellos, tan intensos resplandecía tanta luz que me hizo sentir el amor. Habrá pasado un minuto, una hora, no interesaba cuanto tiempo, había descubierto en ese espacio la delicia de ser yo. Me convencí pellizcando mi pierna. Me fui, no llevaba nada más que esa sensación de concebirme mía, no quería seguir andando. Me dirigí a la calle y estaba el Sr. de los boletos, era mi analista, que sonrió al verme vestida de mujer.



*de Azul. azulaki@hotmail.com




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Friday, March 05, 2010

ESTACIÓN EDUARDO CASEY.


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EL BREVE ESPACIO DE UN INSTANTE*



A la memoria de Héctor Forés


Las cabras del guardagujas huyeron ante el silbido. El tren se detuvo para una corta parada, apenas quince minutos para bajar a estirar las piernas. La humedad y el calor eran tales que hacían germinar las líneas férreas, de donde brotaban helechos que las cabras venían mansamente a mordisquear entre tren y tren.

Una niña escudriñaba los rostros de los pasajeros... Finalmente le vio.

- ¡Diego! ¡Diego! ¡Aquí! - gritó, saltando y agitando el sombrerito de paja.
- ¡Chely! - respondió sin poder ocultar la sorpresa - ¿Qué haces aquí? ¿Cómo llegaste?

Ella corrió a abrazarlo. Él correspondió con afecto.

- Vine en la bici, no es tan largo el trayecto. No te preocupes, nadie lo sabe y volveré a tiempo para la cena. Quedará como un día de escuela en las estadísticas maternales.
- Loquita... - dijo él revolviendo los cabellos que el viento se había encargado de destejer a su antojo - ¿qué te hizo seguirme?
- Sé que mamá y tú rompieron - suspiró ella -, la vecina de al lado lo dijo delante de mí... me dolió enterarme así. No entiendo por qué me tuvieron que inventar todo eso del viaje a la capital por asuntos de trabajo.
- ¿Quieres que te busque una soda?

Ella asintió y él se internó de regreso al vagón. "Va a esconderse. No sé por qué esa manía de ocultar las emociones. Mientras le hablaba apenas me sostenía la mirada. A veces pienso que la madurez se pierde con los años. Ahí viene con su mejor sonrisa... ¿cuánto le habrá costado fabricarla? ¡Ay, Diego, si no fueras tan genial!"

- Tu soda, Chelín, bien fría, debes estar seca con tanto pedaleo bajo este solazo.
- ¿Quieres que nos sentemos afuera o prefieres que hablemos adentro, para aprovechar el aire acondicionado?
- Ya veo, no tengo escapatoria... adentro entonces, con tal que escuches el silbido y te bajes a tiempo. Creo que tu madre me mata si te rapto.

Entraron y se acomodaron en una mesita de dos, él pidió un café y se entretuvo removiéndolo, con la vista fija en la cucharilla. "Está haciendo tiempo", pensó ella sin arredrarse, si había llegado hasta ese punto no lo iba a dejar pasar.

- No me importa mucho lo de la separación, sé que mamá se acostumbrará pronto. No vine tampoco a preguntarte los motivos…
- Geniecillo perverso, no sé cómo de esa familia has salido tú, diamante entre el carbón. Cuando hablas, parece que tienes cien años, y cuando te miro, lo que veo es una niñita con dos trenzas que nunca están derechas. Eres el único recuerdo que quiero conservar, si quieres que sea sincero.
- La sinceridad es algo que se ve poco - respondió entre buches de refresco -... La pasábamos bien, nuestras conversaciones sobre la vida después de la muerte, las otras dimensiones, los poderes de la mente, ¿recuerdas?
- ¿Cómo lo voy a olvidar? Sepultada en un pueblito cuyo único acontecimiento es ver pasar el tren cada día, llevándose a los afortunados que logran escapar, hay una niña que se preocupa por los destinos del universo... Es un regalo que te han hecho y que debes conservar. No dejes que te roben tu singularidad, Chely, vas a llegar muy lejos, los dos lo sabemos...
- Si no tengo con quién hablar perderé mis facultades. No me pongas esa cara, no he venido a pedirte que regreses, sé que no hay vuelta atrás. Venía a hacerte una proposición: ¿Quieres ser mi padre?

Diego derramó parte del café. Chely no pudo menos que sonreír, pero se detuvo cuando vio que no era correspondida.

- Chely, no puedo ser tu padre. Ni aunque estuviera aún con tu madre. No puedo sustituir a quien te creó, ni usurpar su lugar. Te quiero mucho, me duele lo que te estoy diciendo, pero te reconozco lo suficientemente inteligente como para superar este mal rato. Hay vacíos que no puede llenar nadie y éste es uno de ellos... Por favor... ¡cambia esa cara!
- No estoy llorando - porfió la niña, enjugándose las lágrimas con la manga -. ¡He pedaleado tanto para escuchar una respuesta que debía haberme imaginado!

La primera llamada de advertencia se dejó escuchar en la estación.

- ¿Vuelves con tu familia, verdad, Diego?
- Así es, y lo del empleo en la capital es parte de la verdad. Ahora escucha, te propongo algo - habló él tomándola de la mano y escoltándola hacia la puerta.

Quedó en el primer peldaño, asido al pasamanos. La niña bajó al andén. Desde allí se veía más pequeña e indefensa.

- Te propongo ser tu amigo. No será necesario que nos llamemos o me escribas a diario. Existe un tipo especial de amigos, más allá de las diferencias, de las distancias... Son aquellos que cuando tienes un problema, cuando estás triste - el segundo silbido le obligó a subir el tono de voz - puedes decir: "Él está ahí para mí, siempre va a estar"... - la frase vibró en medio del silencio que retornaba, algunos pasajeros se voltearon para mirarlo.
- ¿Y a partir de cuándo empieza a funcionar esto de la amistad? - preguntó ella mientras el ferrocarril iniciaba su marcha rumbo a otro pueblo, hasta que la línea infinita lo adentrase en la urbe superpoblada.
- ¡Ya está funcionando! - gritó él, agitando la mano en señal de despedida - ¡Adiós, Chely!
- Estoy sola - dijo ella sabiendo que nadie la escuchaba, sin ocultar las lágrimas, teniendo por únicos testigos a las cabras que regresaban, lerdas, a mordisquear los helechos -. Soy especial, tal vez soy única en el mundo... ¿De qué me sirve? El hombre que había escogido para ser mi padre, no tuvo el valor de aceptarlo.



*de Marié Rojas.
La Habana. Cuba.






TODA ELLA UNA ESPERA*



Serpentina de plata, te anunciabas.
Y ella llegaba con su piel de primavera.
Y yo esperaba .Con mi infancia a cuestas.
Traías el misterio de tréboles en círculos.
También la angustia de líneas paralelas.
Y sobre todo un sueño de otros horizontes
De los poblados pobres. Del hambre.
Eras una esperanza que avanzaba.
Llevabas y traías golondrinas.

Lento y seguro paso de mi madre.
Beso de padre hundido en las tinieblas.
El tren que se marchaba y la luna quedaba.
Aun recuerdo sus ojos de amapolas.
La vi llorar, pero no dije nada
Compartía la espera, el sueño, la distancia.
Solía sentarme en un banco de niebla.
Saludaba con corazón hecho pañuelo en alta.

Se han ido los caminos. La luna se ha marchado.
Lo yuyales han cubierto su rostro.
Pero ella ,toda una espera, raíz y bruma.
Y su oído se vuelve lluvia mansa.
Le musita secretos. Recónditos. Profundos.
Ya se acerca, el grito triunfal de la locomotora.
Yo, la acompaño, con mi adultez a cuestas.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








ESTACIÓN EDUARDO CASEY...





*


Me dijiste que un tren es cosa hecha para llegar, me dijiste que los arribos y las bienvenidas y los festones tricolores y las bandas de música siempre desafinadas. Me dijiste hace mucho que los niños correteando en los andenes, que las señoras repintadas que las muchachas anhelantes. Me hablaste de soldados regresando a casa, de trabajadores golondrina (golondrinas, trabajadores con alitas oscuras tal vez, muchachos de cuerpos enjutos), de trabajadores golondrina que retornan y los abrazan los brazos de sus mujeres de mucho niño y olla de hierro.
Que los trenes unen acortan distancias, que los trenes corren de una ternura a un beso, de un suspiro de pañuelo bordado a un caserío perdidito en el campo vasto. De los trenes me hablabas te acordás, de esas máquinas de vapores y truenos, de nostalgias y pasados, de durmientes quietos y las vías relucientes a fuerza de rueda abrasadora.
Entonces llegamos a esa estación, y la estación estaba dormida, y el campo estaba dormido, y el cielo ardiente del verano no reaccionaba. En la estación entonces de pronto. Entonces de pronto tu cara, esa mirada que detenía las ruedas y los pistones, De pronto tu cara y la mirada y el silencio. Y entonces en la estación Casey se nos detuvieron los trenes y se congelaron las gotas en las canillas, las arañas en las telas, se fundieron los pájaros en el azul del cielo, las vacas en el verde, los humos en las nubes inalcanzables.
Mal decorado, pintura descascarada, estaciones donde no hay ni arribos ni risas ni lágrimas de las que lloran alegrías.
De pronto en la estación Casey se detuvo el tren y se detuvo para siempre.



*De Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com






CON LA PIEL ESCRITA EN GOLONDRINAS (*)


“Nadie estuvo en su ropa, en su patria, en sus raíces.
Un silencio de lobo avanzó y corcoveó por estas calles.
El terror derribó puertas y espió por las mirillas...”
EDUARDO DALTER




He escrito cada una de las puertas de la que fue mi casa.
Me he escrito la piel en golondrinas.
En ojos de carbón. En turmalina negra.
Teñí la patria de trigo desgranado.



Ahora me encuentro en un país con fauces.
Atlas de desamores.
Doblo la esquina del deseo y encuentro casas, puertas.
De todas esas casas, una me ha de habitar.
De esas puertas, alguna, ha de ser la mía.
¿Se han borrado las huellas?
¿Acaso somos Hansel o Gretel?
¿Me han escondido los caminos?
¿Han huido los niños y los nidos?


¿Qué hacer con este temblor de rosedales?
¿Con estas vísceras de toro, en amarillo?
¿Con esta puerta ojival que no me nombra?



Una larga avenida y un grito, me responden.
En bermellón, en azul lirio, en jade.
En sepia. No entiendo lo que dicen.
Pero sé, con la piel escrita en golondrinas.
Que solo soy, una mas, inquilina de amores.
Y un reflejo, una foto, un espejo, de la inmortal palabra.




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
(*) Poema basado en fotografías de Pedro Martínez Exposición 2010. ESPAÑA







El invisible*





Cuando Silvia, la mamá de Matías, dijo en la puerta de la escuela:

-Mi hijo puede ver seres invisibles.

Escuche asombrado. Quede en silencio.

Pasaron días. Seguimos esperando cada cual a sus hijos.

Volví a preguntar. Ella me invito a que lo comprobara con mis propios ojos. Así que los seguí con mi hija de la mano rumbo a la estación de tren.

Antes de cruzar la calle que separa del acceso a la estación hay muro alto blanqueado, luego una carnicería situada por debajo de la escalera que eleva los pasos para poder cruzar sobre las vías y acceder a los andenes. Por allí muchas personas desconocidas se entrecruzan a toda hora.



Matías, señalo al hombre sentado sobre un cajón de madera.

Era evidentemente visible. Podía verlo, aunque siendo este mi camino habitual de retorno a casa nunca antes lo había visto. Observe a la gente que pasaba apurada, que como en un hormiguero entra o sale de la estación. Era invisible. O la muchedumbre fingía no verlo.

Estuvimos un rato haciendo comentarios. Los chicos con una paciencia inusual.

Al final cruzamos.

El hombre parecía un ejecutivo u oficinista caído en desgracia de los que hay durmiendo en las plazas de Barrio Norte o Recoleta. Unos ojos muy claros en un rostro que podría ser galés, escosés, irlandés, quizá celta. Portaba una mirada perdida en lejanías, como buscando un horizonte inexistente.

Sólo le habló a Matías.

El niño y ese hombre casi anciano parecían conocerse desde siempre y no por saludos de minutos a la salida de la escuela.

-Viste que hermoso es Eduardo. -Dijo Matías a su madre.

Sólo la mirada de un niño de 8 años podía transformar a ese hombre arruinado, sucio y seguramente maloliente en alguien hermoso.





En el invierno, Matías le llevo un gorro rojo de lana tejida.

Un día, cuando pasaba por la estación pude verlo por una vez del otro lado del muro. El hombre estaba al costado de la vía de maniobras y saludaba inclinando el cuerpo, quitándose la gorra con una reverencia de caballero antiguo al paso majestuoso de una locomotora. El maquinista le respondió con un toque de sirena de cortesía.

Cada tanto me llegaron noticias. Un día me contaron que llevaba el apellido Casey.

El hombre les había contado que un antepasado suyo pasó de amasar una fortuna con buenos negocios a la miseria. Toda su familia había quedado marcada por ese destino. El mismo lo había perdido todo en la crisis del 2001. Desde entonces eran él y su sombra sobre el muro blanco.



Cómo suele ocurrir a cada paso que se da en la vida, esta historia quedo inconclusa.

Creo que fue en noviembre. Llegaron unos vendedores de películas piratas, pusieron su puesto allí donde se sentaba el viejo Eduardo Casey, y de un día para otro lo echaron del único lugar que él había elegido para compartir con su sombra a la intemperie.



Matías preguntó, lo busco por estación y aledaños. Volvió a ser invisible.

Después finalizó el año escolar, a Matías lo cambiaron de escuela. Cerca de su casa, sin tanto viaje ni estación de tren. Creo que mantendrá por donde vaya su sorprendente sensibilidad para descubrir seres invisibles.



*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com






*



El arquitecto Eduardo Casey se encontraba tan orgulloso de la elegante casa de dos plantas que había diseñado cinco años atrás para vivir con su familia que, cuando el clima de creciente inseguridad en que se veía sumida gran parte de la población se volvió intolerable para él, impulsándolo a mudarse de barrio, lejos del conurbano bonaerense, no le cupo mejor idea que llevarse consigo la mismísima casa y emplazarla en el lote que había comprado en fecha muy reciente, aprovechando una impostergable ocasión, en terrenos pertenecientes a supuestos antepasados suyos, de apellido Casey, pero a quienes él desconocía.
Existía un detalle más que obvio, por supuesto: el traslado no resultaría nada fácil. Sin embargo, el arquitecto había invertido decenas de horas de cruel insomnio elucubrando hasta los últimos detalles de tan portentosa empresa. Y la única manera viable de ejecutarla era montando su propia casa a bordo de una serie de sólidos vagones ferroviarios, diseñados a tal efecto por él mismo.
En primer lugar, debió repasar sus olvidados estudios de Diseño Industrial –iniciados tres años antes de embarcarse en la gloriosa carrera de Arquitectura-, a fin de ultimar contingencias. Luego, navegar por Internet en busca de los planos necesarios –casi imposibles de conseguir, impulsándolo a dudar acaso de su existencia- para adaptar los vagones de trocha angosta al formato requerido para sostener la casa. Como paso siguiente, calcular el nivel de resistencia de los materiales de la construcción al momento de iniciar la excavación en el terreno a fin de emplazar las guías que sostendrían las vigas maestras y con ellas los cimientos, para luego izarla fuera de su ubicación original. Más tarde, investigar si existían grúas de dimensiones colosales, o bien cuántas serían necesarias para izar la edificación con la suficiente firmeza y suavidad como para no causar daño alguno durante el trayecto y posterior localización definitiva. Finalmente, conseguir los permisos municipales de traslado, catastro, sindicalismo y afinidades diversas, con el objetivo de tener cubierta la base obrera y funcionaria de la empresa.
Y a fin de concretar todo eso, le era indispensable contar con una cuantiosa suma de dinero, que cautelosamente había conseguido a través de un crédito hipotecario, adjudicado con una rapidez sorprendente. (Alguien le supo deslizar la subversiva idea de concretar con tal suma una nueva edificación, respetando los planos originales, idea que fue inmediatamente descartada por el arquitecto con una irrepetible expresión de asco y desdén)
Un enorme alivio había resultado el hecho de que su flamante morada estuviese construida a orillas del recorrido vial, ahorrándose así el engorroso trámite intermedio de montar la casa sobre un descomunal camión de carga -o una consistente serie de los mismos, alineados de costado- para luego emplazarla sobre los vagones. (Aunque, de haber resultado así, ¿de qué le hubiera servido semejante desarrollo ferroviario, si podía liquidar la empresa en tal paso intermedio? El traslado en tren hubiese sido superfluo, pudiendo desarrollar el proyecto por completo sobre neumáticos)
Su señora esposa, Lucía Gahan, enamorada incondicional, no le objetaba ni un solo detalle, y le cebaba mate tras mate, mientras él protestaba a viva voz delante del monitor de su computadora al emplear el AutoCad para intentar resolver sus dilemas cuasi-metafísicos de diseño. Podría afirmarse que la mujer del arquitecto, cuanto menos, era una cónyuge inusual; otra esposa, en la misma situación, ya hubiera tomado a sus dos hijos de un brazo y lo hubiese abandonado a su suerte con sus faraónicos delirios.
Las semanas fueron pasando, los trámites se fueron concretando, y finalmente llegó el tan ansiado “Día T” (Día de Traslado). Cientos de vecinos de la zona se congregaron para contemplar tamaña empresa, filmados muy de cerca por las voraces cámaras de televisión, que se aglomeraban junto al fenómeno como laboriosas abejas en torno a la miel. El proyecto tuvo alcances internacionales: los ojos del mundo estaban depositados sobre el arquitecto Casey, quien supervisaba todo con un enorme megáfono, sin alejarse demasiado de las enormes grúas que había contratado para la ocasión.
Hasta el Señor Intendente del Municipio improvisó un discurso antes de que la flamante construcción comenzase a ser removida, ensalzando la trascendencia de contar con una iniciativa popular que jamás descansaba, el importante nivel académico de los profesionales argentinos, el hito histórico que representaba este precedente de ribetes casi científicos para el desarrollo del venidero Polo Industrial en el Municipio –cierto genuflexo asesor tuvo que admitir luego del discurso que el Señor Intendente quizá había exagerado un poco, entusiasmado ante la gloria con que el evento lo insuflaba, aunque……nadie sabe cuáles pueden ser las potencialidades de nuestra administración; hay que confiar en estas autoridades democráticamente elegidas, que saben interpretar las voluntades populares…-. Las cámaras de televisión, por supuesto, no perdieron detalle alguno en tales declaraciones.
El arquitecto, habiendo revisado hasta el último detalle, dio la orden esperada por todos, y con un crujido inicial que estremeció a la totalidad de los presentes, incluido el mismo arquitecto Eduardo Casey, la Casa Movediza (como comenzaron a mal llamarla los cronistas, para irritación de su diseñador) se izó en el aire gracias al impulso de enormes cadenas, rociando tierra al despegarse del suelo. Las grúas giraron morosas hasta ubicar la construcción encima de los tres únicos vagones de la formación ferroviaria –encargados a Fabricaciones Militares, quienes publicitaron la construcción de los mismos desde mucho tiempo antes de que los planos del arquitecto estuvieran terminados-, y luego de afirmar los cimientos a dichos vagones con las cadenas, las grúas se retiraron y la locomotora alimentada a GNC, valioso emblema de la reconstrucción ferroviaria encarada por el Gobierno, hizo sonar su claxon y comenzó a avanzar, arrastrando las varias toneladas edificadas, ganándose el merecido aplauso de todos los presentes.
El viaje fue lento y penoso para el arquitecto Casey, quien sufría ante cada detalle imprevisto, atento a cualquier sonido extraño que pudiese generarse en la estructura de la casa. Bramaba todo tipo de órdenes escudado detrás del megáfono, enloquecido ante la –supuesta, para él- inoperancia de los obreros que había contratado. Su señora esposa, Lucía Gahan, contemplaba todo con sonrisa beatífica, exhibiendo una elegante capelina blanca sobre su cabeza, mientras se hallaba cómodamente sentada junto a sus hijos en el asiento trasero de la camioneta de la televisora que la llevaba a destino al marchar junto a la formación, a través de un delgado sendero de tierra, paralelo a las vías. Las grúas se desplazaban por un camino asfaltado, a unos cien metros de distancia, intentando llegar a destino antes que la comitiva principal.
Todo parecía estar saliendo a la perfección. Hasta no faltaron quienes se sumaron al brillo de la proeza y se adjudicaron no sólo ser íntimos amigos del arquitecto Casey, sino haberlo instigado además a concretar la aventura, siendo los verdaderos cerebros detrás del profesional municipal. Y al llegar al lote prefijado, ya se preparaban para degustar el preciado sabor del champagne que descorcharían en cuanto se hubiese completado el descenso de la construcción, cuando ocurrió lo que nadie hubiese podido esperar. Ni siquiera el arquitecto Eduardo Casey en sus más tenebrosas pesadillas.
Las grúas se aprestaban a volver a izar la casa, luego de enganchar las cadenas que sostenían los cimientos, cuando de pronto un crujido estremecedor y sostenido los inmovilizó a todos. El arquitecto contempló horrorizado aquello que jamás se le hubiese ocurrido que pasaría; inmerso en cálculos edilicios, ni siquiera llegó a considerar el efecto que podía haber causado la Naturaleza sobre su preciada casa.
Con el paso de los años, escasos pero contundentes, los cimientos habían sido invadidos por las hormigas y las termitas. Y antes de que las grúas pudieran elevar la edificación apenas unos centímetros, ruidosas grietas se abrieron paso velozmente a lo largo de la estructura, provocando que en cuestión de escalofriantes segundos la casa se rajara en varios fragmentos y se desmoronara sobre los flamantes vagones como si fuese un mal entrazado juguete de arcilla y cartón.
El silencio posterior a la ovación de sorpresa fue aterrador. La palidez invadió los rostros de todos, haciendo desvanecer las variadas ilusiones de cada uno de los presentes, tanto funcionarios como periodistas, e incluso vecinos arribistas, que deseaban sacar una buena tajada con el asunto. La situación pareció eternizarse en un caos de incredulidad, hasta que por fin un agudo chillido de dolor hizo que los presentes escaparan del estupor en que el desastre los había sumido, haciéndolos sentir incómodos en exceso.
Era el arquitecto Casey, quien caído de rodillas sobre el suelo, aferrando entre sus crispadas manos los terrones de los cimientos de lo que hasta hacía escasos instantes fuera su casa, desahogaba en amargas lágrimas el hondo sufrimiento que le causaba el desvanecimiento de su más contundente ilusión.
Una persistente brisa comenzó a soplar desde el Norte. Y la carcomida tierra de los cimientos los fue cubriendo lentamente a todos…


***

En las ruinas de la antigua Estación Casey, vive actualmente una pareja de ancianos. Sus hijos los han abandonado hace tiempo, pero ellos se niegan a dejar atrás este improvisado hogar que los ha cobijado desde hace ya muchos años. El anciano continúa diseñando, como en sus años mozos -pero ahora sobre una vulgar mesa de madera y con mirada extraviada-, decenas y decenas de planos, que con la confusión en la que vive sumido luego del desastre que lo llevó a la ruina, ahora resultan por completo inservibles.
Mientras tanto, su señora esposa continúa cebándole mate, embelesada ante esos erráticos trazos sobre el papel que apenas comprende. Aunque su mirada, como la de él, también parezca vacía…



*de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar








No carecer*



Aturde como todo
lo que aturde:
con carácter irreversible

para los que no
carecemos de carácter ni de
irreversibilidad

ni de pronunciada propensión
al aturdimiento.



*de Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar





*


Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 7 de marzo del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de la compositor argentino Gabriel Senanes. Las poesías que leeremos pertenecen a Marga López Díaz (Colombia) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link: MP3 Live-Stream).
Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
(Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel.: 0043 662 825067



*


Inventren Próxima estación: Andant.

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Wednesday, December 30, 2009

EDICIÓN DICIEMBRE 2009.

Letanía*




Será porque estoy sola,
Será porque es invierno,
Será que te deseo.

Será por este encierro…

Será que anhelo verte,
Será que me desmiento.
Será, tal vez, ¿quién sabe si sería?

Será porque no duermo,
Será porque te sueño,
Será porque despierto.

Será porque ahora llueve,
Será porque no vuelo,
Será que aquí no nieva.


Será porque estás lejos,
Será que escapa el tiempo,
Será que siento miedo.


Será, porque te amo…


Será porque estoy triste,
Será por no saberlo,
Será, alguna vez, ¡quién lo supiera!

Será que nada espero,
Será porque no sabes,
Será porque estoy viva.

Será porque no sé cómo decirte que te quiero.



*de Marié Rojas.






De LA PALOMA PERDIDA



POEMA I*


El principio
está en algún lugar
aun que unido a otro principio.
Raros malabares
construyen cruces con ellos,
se tocan, se sienten.
El sentir contornea un nido
que arrulla lágrimas reprimidas
que se mueven medrosas buscando un hombro
donde reposar tristezas.
A veces son esperanzas encarceladas
que invocan la libertad
bajo algún signo.
Por una cruz surgió la coincidencia nueva
creando entre dos el infortunio.
Largo camino fue la búsqueda
de la puerta abierta
al infinito.



POEMA II*


Una enorme caja de Pandora
fue necesario abrir
para explicar los signos.
Pero no estaban todas las verdades,
sólo algunos credos
y otros mitos.
Pudimos entender que la existencia
valía la pena,
por mí, por ti,
tal vez por sí misma.
Debíamos bañar en mar las dudas,
tostar al sol egoísmos troquelados,
blandir una bandera sin fronteras,
al abismo arrojar resentimientos.
¡Qué difícil ocultar las llagas,
secar la sangre con salitre líquido!



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar








Saliendo de la escuela nocturna*



El frío ganó las calles
habita el silencio
roto por asincrónicos ronroneos de vehículos
rumbo a mejor cobijo.
La ciudad duerme.


Unas muchachas ofrecen sus servicios
-no estoy excluido del ofrecimiento-
en esquinas precisas de la urbe.
Años que paso y están.
¿Qué habrá sido de aquellas, hace 20/
años?
¿Qué será de estas en 20 años?


Un grupo de niños, sobrevivientes
anudan la noche y el frío
inhalando el espíritu oculto en bolsitas
¿Qué cuántos son? Quince, uno más o menos.
Y yo en medio de ellos
¿Qué puedo hacer?


La ciudad, duerme.




*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar





La caricia*




Estaba en la cama con el camisón blanco de seda que era el preferido de su marido. Le gustaba esperarle mientras se lavaba los dientes, completaba su higiene y se ponía el pijama en el cuarto de baño. Reconocía cada uno de los sonidos y mentalmente los iba identificando como si de un ritual se tratara.

El hombre asomaba por la puerta y se acercaba a la cama, la besaba dulcemente en la frente y bordeaba el lecho hasta su lado que tenía las sábanas primorosamente abiertas en un triangulo perfecto. Se introducía en la cama y se acercaba a ella con aquel aplomo y sensualidad que le hacía desearlo y entregarse.

Una vez compartido su amor, se retiraba a su lado y apoyaba suavemente el codo sobre ella. Este gesto la complacía tanto que no hubiera podido dormir sin que lo hiciera. Tener el brazo de su marido sobre ella la confortaba porque entendía que era algo natural, íntimo y que establecía una complicidad entre los dos.

El hombre cerraba los ojos descansando el cuerpo sobre el mullido colchón, y pensaba en la suerte que tenía de estar casado con aquella mujer que nunca había protestado porque le apoyara el codo en su vientre. Se lo agradecía en silencio cada noche porque era la única manera de calmar los dolores de aquella lesión que se hizo en el codo jugando a tenis con su amante.




*de Joan Mateu. joan@cimat.es






Acaso fuera otoño*



*Por Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar



Mi soledad hoy convoca al color de unos ojos,
y a un húmedo paisaje de arroyo y arboleda.
Inicial abordaje entre cuerpos flamantes
de pieles imbatibles y una fuga de pájaros.


Las voces que dijimos son pasado perpetuo
porque el ayer no otorga ni el más leve latido.
Después, habremos sonreído al abrochar tu falda
y jamás olvidarnos, tomados de la mano.


Quizá la noche seguiría detrás de nuestro paso
y tal vez fuera otoño. Tampoco lo recuerdo.


Cada inicial acorde del ‘amor para siempre’,
lo mismo que tu nombre se ha vuelto desmemoria.
Esa despótica más cruel que el mismo olvido,
que a veces nos apiada y nos perdona.


(dic.2009)

*Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.





DESMURAMOS*


“La poesía empieza allí, donde la última palabra
no la tiene la muerte”
ODYSSEAS ELITIS




Ya no quiero más muros, corazón
Pircas, de ideas, de silencios ¡Tantos muros, tantos!
Condenada al muro de lamentos:
A un campo santo de ausencias y distancias.
A una horda de olvidos. A manos separadas, a un pañuelo negro.
A la esquizofrenia. A un basilisco multicéfalo.
A la placidez embriagada de la adormidera verde.
A un yacuzi sin agua, con algas babosas y ojos de pescado.
A un galeote. Sin remos. Sin rumbo.
Sin bandera.
A un buitre con cara de rectángulo.
Convidada a comer entre los muertos.
A un viejo verso aprendido en mi infancia
“Piden pan, no le dan; piden queso, les dan hueso
y les cortan el pescuezo”
A una torre de Babel. Ignorado. Ignorante. Ignoto.
A un león domesticado, con su lacia melena peinada por Giordano.
A una vaca cansina con sus ubres repletas y el ternero muerto.
A una actual Sodoma en el mar muerto.
Sin Viagra. Sin Champagne. Sin siliconas.
A un pastor sin rebaño. A una noche sin luna.
A un poeta sin versos.


Desmuremos, mi sol.
Desmuramos.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






Olvidados del Límite Central*




Mi mascota es una col.
Todos los días le saco a pasear
Y a ella parece agradarle.


Mi mascota,
Que es una col,
Gusta el recordarme tu piel
Cuando le encuentro
Dormida sobre mi cama.


Luego la bajo a reprimendas
Y se esconde detrás del sillón
Donde algún día ella escribió
Tomando un crayón con sus hojitas tiernas:
"Así son las cosas"



Pero yo sé que un día alguien las entenderá
Y podremos decir:
Hay quien las entiende.
Y mi col y yo
Iremos a visitarle.



Mi mascota,
Una col,
Conoce tu nombre de memoria
Y al escucharlo el corazón verduzco
Parece salírsele entre saltos:
¿Qué sería de ella
si conociera tu etéreo aroma moreno?



Mi col sabe leer los libros del estante
Que está al fondo de la morada.
Sabe lo básico del Comunismo,
Y cree en la generación espontánea.



Para mi col,
Toda una vida cabe en una semana.
Aunque desconoce los detalles del primer día
Que resbaló de tus manos,
Por haber llegado al día siguiente.




*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com






SOY *


“Dios dijo: Ama a tu prójimo, como a ti mismo.
En mi país el que ama a su prójimo se juega la vida.”
GIOCONDA BELLI -Nicaragua



Soy mi Dios.
El que decide los tiempos de mi lengua.
Tiempos de bonanza. Tiempos de sequía.
El que permite mi preñez de oveja negra.
El que ve más allá de los silencios.
El que rompe los breteles de la silueta ingrávida.
El que todo lo puede cuando no puedes nada.
El que enciende, implacable, los cirios de la aurora.
El que da vuelta el rostro cuando tu miedo implora.
El que corta cabezas.
Sandías recostadas a la vera del sueño.
El que tira cenizas donde duerme la lluvia.
El que corta la mano y el anillo.
El que lo engarza en un muñón de jade.
El que patea el último perro, en su última noche de agonía.
El que copula con la extranjera muerte.
Y la besa y la ensalza y la vuelve ventisca.
El que tira el tarot con los santos evangelios.
El que sabe que soy bruja, prostituta y madre bendecida.
El que deletrea los signos de mi nombre.

Soy mi Dios. Mi único Díos...y mi único Demonio.




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar









Etimología*




Mucha gente opina que no es importante conocer la etimología de las palabras. Saber porque al huevo se le llama "huevo", a la tortilla, "tortilla" y a Don José "Don Pepe", es imprescindible en estos tiempos.

Stefen Plumkier que dedicó toda su vida al estudio del origen de las palabras, la razón de su existencia, su significado y su gramática, ejemplarizaba con su léxico, depurado y generoso, al público que asistía a una de sus innumerables conferencias.

En la lección magistral que impartió en el Colegio de Astrónomos, cautivó al público con las aclaraciones que aportaba a un sin fin de preguntas relacionadas con la jerga científica del espacio. La mayoría tenían origen en las leyendas basadas en deidades, por eso sorprendió tanto que les hablara del Ogro.

Su voz resonaba en el claustro: "En Çatalhöyük, una ciudad que data del período neolítico, fue encontrado lo que se considera el comienzo de la historia de Anatolia. Se trataba de un fresco mural del año 6200 ADC, que presentaba en primer plano, las casas de la localidad, y al fondo, un volcán humeante en erupción; se cree que el volcán era el Hasanda. Otro fresco, actualmente expuesto en Ankara, representa pictográficamente el mismo pueblo con sus ciudadanos atemorizados por la visita de un ser tan grande, que les tapaba la luz del sol."

"El estudio conjunto de ambos frescos nos identifica el pueblo, nos da el censo de sus habitantes y nos descubre el nombre del Ogro" - Siguió Plumkier - "Este Ogro, que sumía al pueblo en la oscuridad, se llamaba Eclipse y es quien ha dado nombre al fenómeno que se produce al interponerse un objeto sólido entre un punto y un foco de luz"

La Comunidad de Astronomía, desde aquel momento, incluyó un Ogro en su el escudo como principal símbolo heráldico. El escudo se oscureció automáticamente.





*de Joan Mateu. joan@cimat.es








no dicha*




y si alguna vez

una palabra no dicha

nunca dicha

que no sea dicha

hallara el intersticio entre silencio y milagro

del segundo antes de decirlo

de la hora precedente al impulso

del siglo antecesor de la desgracia

del infinito ancestral de todos los tiempos humanos

que andamos errando?



*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com




*



¿Vendrás a buscarme
en barco de papel
o en nube rosada?
Tal vez me separes
de mi ensueño nocturno
con prepotente gesto.
No puedo imaginarte
aunque a veces llorando
reclamo tu presencia,
tu rostro está vedado
por designio del Supremo
que te ordena y te oculta.
Quisiera te anunciaras
con la flor negra del rito
tiempo antes, sin apuro



*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar







PLUMAS EN LA LUNA*




Vivía yo con mi familia en un clásico barrio, cercano a las vías del tren.

Todas las tardes, al volver de la escuela y después de la merienda, nos juntábamos los chicos de la cuadra.
Todos guardábamos en algún bolsillo un pedazo de torta, algún bizcocho, o simplemente un pedazo de pan. Y para allá corríamos a la tapera de Pancho, debajo de un árbol al lado de las vías.

Pancho era el linyera, el “croto”, como le decíamos en mi infancia, que todos queríamos y para él vaciábamos nuestros bolsillos.
Debajo de una descuidada barba, que podría ser blanca, sus mandíbulas, con increíble y buena dentadura, trituraban con fruición los dulces, mientras convidaba trocitos a sus cinco compinches, cinco perros flacos y pulguientos que lo acompañaban en sus aventuras por las calles de la ciudad y cuidaban de las estrafalarias pertenencias de Pancho.

Alto, flaco, algo encorvado, de caminar lento, ojos claros casi escondidos bajo las tupidas cejas, de largos cabellos atados a la espalda con un piolín, Pancho tenía una mágica atracción para nosotros. Sentados en rueda a su alrededor, escuchábamos sus relatos y nuestra imaginación se regocijaba con las aventuras que nunca pusimos en duda. Si el tema era estar frente a un león, en plena selva, creíamos en sus poderes de hacerlo volver a su guarida sin chistar.

Antes que oscureciera, nos despedíamos de Pancho, asintiendo a su orden de portarnos bien y hacer los deberes.
Una tarde, lo encontramos ocupado en raros artefactos de alambre que, nos dijo, serían alas para volar hacia la luna. Nos pidió le lleváramos plumas, y al otro día, todos los chicos aportamos una buena cantidad de ellas.

Las gallinas se habían alarmado de nuestro ahínco en limpiar de plumas los rincones, y alguna de las pasaban cerca, sintieron los manotazos.
En mi casa no había gallinero, pero abuela Sofía, como buena idish, tenía un acolchado de plumas que trajo de su país, que misteriosamente quedó menos abultado.

Durante una semana asistimos y aportamos a la realización de las grandes alas que ya tenían buenas formas.
Una fuerte tormenta nos mantuvo en nuestra casa, y al otro día, cuando llegamos a la tapera, sólo encontramos algunas plumitas embarradas y los perros, que nos saludaron con alegres ladridos, mientras comían lo que había en nuestros bolsillos. Pancho no estaba, tampoco las alas.
Volvimos durante unos días, en especial llevando algo de comer a los perros, que ya no eran cinco. Algunos también nos habían abandonado.
Mamá, notando mi tristeza, una noche de luna llena me invitó a mirarla, y descubrimos las barbas de Pancho. Me alegró mucho saber que había llegado.
Hoy, ya hombre, intactas mis emociones infantiles, levanto mis ojos hacia la luna y mi corazón se comunica con Pancho, alejando por unos minutos los ingratos sucesos de este siglo XXI, cada vez más agobiante.

Comparto la ilusión con mis dos hijos que olvidan sus guerreros y monstruos electrónicos y apaciguan sus fantasías escuchando, por enésima vez, alguna de las aventuras de Pancho, que ya incorporaron a sus recuerdos. Por supuesto que conocen de los cráteres de la luna y su gaseoso entorno, pero nos entibiamos el espíritu y por unos minutos vemos las barbas, y tal vez, algún guiño de Pancho, que todavía, a pesar de los años, deja deslizar alguna plumita, que encuentro debajo de un árbol o posada, etérea, sobre las violetas del jardín.



*de Elsa Hufschmid. elsahuf@hotmail.com







HISTORIAS*




El arcón de las ausencias

deja asomar historias,

pequeñas y largas historias

inconclusas en el tiempo.

Contarlas no tiene objeto,

serían olvidos negados

por quienes nunca partieron

en busca de un unicornio blanco.

Y echarlas a volar al viento,

se confundirían con palomas

pero al volver no habría nido

que protegiera su insomnio.

Así que cierro mi arca

y acuno historias de olvido.




*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar





LO INEVITABLE DEL OFICIO DE POETA*


A Tolo Adrover



Alguien sueña con un amor que dejó en Praga,
La vieja ciudad ha olvidado ya sus pasos;
Un suicida echa un poema en una botella,
Sin saber que un día, un fragmento de su botella será perla.


Una amiga habla con Dios, allá en su cuarto
Y Dios no la escucha, está dormido,
Cansado de tanto error de sus criaturas, duerme...
Yo batallo contra un verso que me acosa:
Leer poesía contagia a escribir poesía.



Me persigue una historia de pozos, brocales,
La imagen de dos que se juran amor bajo la luna.
Cuando parte la diosa tras la nube,
Permanecen abrazados junto al brocal.
El reflejo que se ausenta del pozo, no lo sabe:
La luna es sólo un astro inhabitado.


No cuenten esto a los amantes,
Dejen que esta oscuridad les pertenezca,
Porque el mañana pertenece a dioses sordos...



Permanezco atada al poema, no quiero saber
Qué fue de los amantes, no siempre los finales son felices.


Es demasiado amplio el cielo para el vuelo de un ave
El alma abarca más cuando se pierde.
Ansío volver a aquella página...



Si no hubiera un Dios… sin Praga, sin la Luna,
Nos queda la vida, el insomnio, el hábito, el oficio,
El “no saber qué hacer si no hago un verso”.


Y aún si marchasen los recuerdos,
Si no quedaran siquiera nuestros nombres,
Tomemos un poema, uno cualquiera:
Leer poesía es buen remedio.


*de Marié Rojas.
(2004)






EL GRINGO*



a la memoria de don Lorenzo Tossini
a Fanny y Edgardo



El hombre dejó la lapicera de pluma cucharita sobre el tintero de mármol que reproducía un motivo mitológico, pasó el papel secante sobre las últimas cifras escritas y cerró ese inmenso libro de tapas duras donde con letra perfecta y números parejitos asentaba a diario, desde hacía cincuenta años, los movimientos comerciales de la casa cerealista .
Tomó de la percha su sombrero oscuro y se lo calzó, verificó que todo estuviera en orden, apagó las luces, atravesó el gran salón donde funcionaba un almacén de “ramos generales”, totalmente en sombras ahora, apenas iluminado magramente por los haces intermitentes de la lamparita que bailoteaba en el centro de la esquina y salió al exterior.
Era siempre el último en irse, cuando ya el resto del personal hacía por lo menos dos o tres horas que lo había hecho.
Al salir a la calle, un viento helado le cortó la cara y lamentó no haber traído un sobretodo, aunque más no fuera esa manta de vicuña que le había regalado para un cumpleaños doña Celia, su esposa a quien había conocido púber y le había dado dos hijos: una mujer y un varón.
Enfrente de la cerealera estaban las vías y si cruzaba sesgado y a la izquierda, se toparía con la estación de trenes, bajo la sombra cerrada.
Va a pisar entonces ese inmenso durmiente que oficia de escalón para ascender a la plataforma cubierta de granza rojiza, y luego sí, el ruido agradable que harán sus zapatos sobre el piso que luego de la granza se transforma en silencio de grandes baldosas grisáceas.
Sorteará el molinillo, desembocará en la pequeña plazoleta de palmeras escuálidas que rodean un aguaribay coposo, cruzará la calle desierta del invierno y sin mirar los grandes letreros de la tienda Blanco y Negro, haciendo ochava con la ferretería de Titín Pozzi, caminará cincuenta metros y allí estará su destino: el Club.
Como no tiene sino que cruzar la calle para estar en su casa, a la hora de cenar, su esposa mandará a alguien a buscarlo o ella misma se llegará hasta allí y lo distraerá de su partida de truco, para decirle que la cena se enfría.
Luego de cenar volverá a hacerse otra partida –esta vez de póker- y por dinero fuerte.
Es proverbial su frialdad para el juego: nunca lleva más que un billete de los grandes, si gana se queda y si lo pierde se va a dormir. Es una conducta. Nunca insistió frente a la suerte esquiva. Puede por lo tanto, quedarse cinco minutos, cinco horas o cinco días jugando.
Cultiva un nada deliberado perfil bajo: no fuma, no bebe, no tiene automóvil, ni sabe siquiera conducir, pero todos saben que es un caudillo respetado en el pueblo.
En su vida sostuvo tres pasiones: el peronismo, el club del que fue fundador y el juego de azar. En el 46 fue electo presidente comunal por el Partido Laborista, y del club fue varias veces presidente y su principal aportante de dinero. Pagaba de su propio bolsillo algunos jugadores en cada campeonato, cuando era menester reforzar el equipo.
Nosotros, de chicos, deliberadamente merodeábamos al heladero en la cancha –el inefable “Chelita”, cuyo apellido se me perdió en la memoria-. Era un muchachón rubio, de cara redonda, siempre vestía de blanco como compete a un auténtico “heladero”. Llegaba con su triciclo también blanco voceando sus “cremas heladas Laponia”.
Cuando el hombre entraba y nos veía arracimados ahí, sin una triste moneda, nos preguntaba con aire inocente:
- ¿Y pibes, de quién son hinchas ustedes?
-¡De Huracán, don Lorenzo! Gritábamos casi al unísono, sin vacilar.
Y él, sonreía, feliz.
- A ver pibe, - ordenaba a Chelita - una vuelta para todos!
La tarde estaba salvada y aunque suene a herejía, era casi una anécdota el resultado del partido ese día. Nosotros estábamos hechos.
Su gusto más grande era ver la sede del club siempre llena de gente, aunque eso afectara su propio bolsillo. Y las anécdotas llueven a la hora de graficar su generosidad.
Cinco colegios de los pueblos vecinos vienen al club al desarrollar una competencia de voley femenino. Delegaciones de chicas del último año de la antigua “escuela media” se arremolinan con sus ropas chillonas, sus cuerpitos perfectos, sus gritos y sus risas llenando la cancha de básket.
Llega don Lorenzo y pregunta al conserje que tiene la concesión del bar del club:
- ¡Qué pasa Carluncho?
- Juegan un campeonato de voley, don Lorenzo...
- Bueno. Yo invito a la merienda.
- Mire que son casi ciento cincuenta las pibas, don Lorenzo...
- ¿ Y qué? Vamos a andar con chiquitas en el club acaso?
- Está bien, don Lorenzo, como usted diga.
Y mi amigo el Nene Croatto me cuenta otra. Cuando pasaban películas o había función de teatro en la sala y él estaba vendiendo entradas en la boletería, se le aparecía siempre don Lorenzo, a última hora, a veces en pijama y le preguntaba:
- Y pibe, cómo anda el “borderó”?
- Y, medio flojón, don Lorenzo
- Bueno, sumalo a lo que hay entonces.
Y sacando la billetera ahí nomás arrimaba una suma a veces mucho mayor que la que mi amigo había recaudado.
Juan Carlos Lallana, un crack internacional que salió de nuestro club me refirió esta anécdota.
Se avecinaba un clásico y el Gringo (o el “Tigre” como lo apodaban algunos) lo llamó aparte.
- ¿ Y, Lallana? ¿ Ganamos el domingo? Mirá que yo le juego fuerte al equipo...
- Métale don Lorenzo, somos fija.
El resultado nos fue grato. Les hicimos tres goles –dos Lallana y uno el Negro Duran – a los albiazules.
Ya en el vestuario, el gringo se le acercó a Lallana con un puñado de billetes que puso en una de sus manos.
- ¿Y esto, don Lorenzo?
- Es para vos. Te los merecés.
- ¡ Pero no se lo puedo aceptar, es mucha plata!
- Mirá pibe – le dijo, paternal, el Gringo – yo gané mucho más, así que agarrá y no se hable más del asunto.
Eran cinco billetes de 500 pesos de entonces. Lo que Lallana ganaba jugando todo un campeonato.
Corrían los últimos meses del aciago año 1955, grupos contrarios a Perón y obviamente al Gringo, presentaron una lista opositora en las elecciones a presidente del club.
El Gringo les ganó las elecciones con más de 600 votos contra 72. La cosa estaba muy álgida, la política separaba las familias y hasta se metía con sus pasiones en las internas de los clubes del pueblo (nuestro caso no fue el único).
Ellos se fueron, y como era gente más pudiente del club, le compraron un local a don Bernardino Giglio, quien acababa de cerrar su almacén de ramos generales. Se había jubilado y se iría a radicar a Rosario. No era cualquier local, allí había funcionado un hermoso teatro, el primero que tuvo el pueblo, en la década del veinte.
Pero no crecieron nunca y además en el pueblo durante décadas se los llamó “El club de los setenta y dos”. Hoy el teatro sigue inactivo y solo funciona el bar, donde algunos van a jugar a las cartas y a comer la mejor pizza del pueblo, que a la sazón cocina uno de los hijos de Omar Bellini y de mi amiga María Elena Paggi.
Después de treinta años hubo algún acercamiento que truncó la muerte del Gringo.
No se pudo dar el último gusto: reunir otra vez en el club de sus amores, pasión de su vida, a los fieles y a los díscolos.
Sólo esa gran alegría le faltó para morirse tranquilo, a este hombre que pudiendo gozar del dinero que ganaba como socio gerente de la Casa Arregui Hermanos y Cía, prefirió hacerlo rodar como una gracia que dan los hombres a la generosidad.
La misma que hoy hace imborrable su recuerdo en todos los que lo conocimos.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar










CASBAS*



En una historia de Ray Bradbury, un hombre de joven no había abordado un tren. Por alguna razón que no recuerdo o quizás no conste en el relato, este hombre con el pasaje pago y el ticket en el bolsillo, había dejado pasar ese tren que se descarriló. Todos murieron.
En la historia de Ray Bradbury, el hombre vive una vida ordinaria trabajando, forma una familia, pero siempre está atento a ese tren fantasmal que finalmente vendrá a buscarlo. La muerte es, para él como para tantos, un expreso de medianoche.
Esto ocurre en un cuento, por lo tanto ocurre lo esperado y la muerte viene a buscarlo sobre vías de niebla; se ve el faro delantero iluminando oscuras arboledas, se escucha el imposible traqueteo, la imagen final es la del tren repleto de pasajeros que aparece en la noche para que se cumpla el destino aplazado del protagonista.
Aquí, lejos de Illinois, en la estación Casbas una mujer espera en el andén. La estación es ahora un museo, pero la mujer se obstina en ese andén sin trenes.
Me dirán que la mujer espera el amor que partió, que espera la muerte que ha de venir. No lo sabemos aun. Todavía hace falta mirarla un poco, descifrar las arrugas en la frente, descorrer algunos velos.
En un banco de madera y hierro la mujer se mece, se arrulla, se va desatando de la familia y la ciudad. Se desvanece de a poco esta mujer que ahora se que no espera un tren que venga a llevársela. Se desdibuja en tonos sepia, en rosados y mancha de agua sobre papel.
La mujer no espera la muerte, ni el amor. Ha venido a la estación sin trenes para saber que nadie la vendrá a buscar. Sola, solita, la mujer se va despidiendo de sí.

No necesita transporte para escapar hacia adentro.







*de Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com









Exilio y metáfora*

(Los puentes de Fayad)


*Por Julio Pino Miyar. isla_59_1999@yahoo.com
http://juliopinomiyar.blogspot.com



El poeta alemán Rainer Maria Rilke (1875 - 1926) escribió que “lo hermoso no es otra cosa que el comienzo de lo terrible”. Saber ver, contemplar hasta el fin, allí donde cada primavera nos revela su misión, aquí donde las cosas nos muestran su horror, es la tarea esencial que hace de la poesía un modo de estar en el mundo y de entregarle una justificación a la existencia. Por eso el poeta necesita de los versos, son vehículo de algo que de otra forma jamás podría ser expresada, y donde se hace visible su extraordinario periplo en vías del lejano sueño de sí mismo.
El poeta católico cubano Cintio Vitier (1921 - 2009), escribió que, “en todas las teogonías el hombre es siempre el expulsado”. Existe un credo milenario sobre la condición humana que nos fue remitido mediante un plano simbólico -¿literario?-, el cual relata el origen dramático del cosmos y la vida. El cielo, en su inaccesibilidad, se convierte así en la suprema metáfora concebida por el hombre; entre tanto, todo expulsado es un buscador de significados, alguien a quien el extravío de su existencia no le ha hecho olvidar completamente la antigua condición de su naturaleza. Es la experiencia del exilio la que mayor concomitancia posee con ese hondo sentimiento metafísico, con esa alegórica caída al abismo que en El Antiguo Testamento se representa como la pérdida del paraíso, la devastación sucesiva del templo en Jerusalén y el éxodo varias veces repetido. Las piedras de Jerusalén que son lanzadas sobre los cuerpos de los inocentes, configuran la memoria cristalizada de esa excomunión original; la metáfora devuelta a su realidad primordial de guijarro.
Hay un exilio nuclear para los poetas que se establece como escenario providencial de la Modernidad literaria y artística: París. Pero obviamente, París no es Jerusalén, podría ser, incluso, su antípoda. La Ciudad de los profetas resuelve su significado como resolución en la tierra del cometido del cielo; allí se va a orar y a acercarse al sentido ulterior, transmundano de las metáforas, mientras se hace patente la ausencia que dejaran siglos de silencio y de muerte. Si Jerusalén sobrevive en el sueño abstracto de las tres grandes religiones monoteístas, París, sensual y pagana, disfruta, por su parte, de ese politeísmo típico de una profana Modernidad cultural. Sin embargo, hay un modo especial de sensibilidad que, en ocasiones, colinda con el sentimiento metafísico propio de las religiones y, a veces, no hay nada más significativo que el contexto en el que el artista ha decidido inscribir su sensibilidad y sus búsquedas estéticas más originales. De esta manera, las persistentes lloviznas sobre los rojos tejados y la frialdad de las brumosas mañanas parisinas, evocan la fe nacida en los días inclementes de Jerusalén. Julio Cortázar definió la Ciudad de un modo con el que puede ser también definida la Ciudad de las tres religiones: “una inmensa metáfora”. La simetría es exacta: Jerusalén es el mítico lugar de la expulsión; París, ese no menos mítico lugar en el mundo donde van los expulsados. La Ciudad del Sena es un lugar fundamental porque en ella nada -ni siquiera el dolor- es ajeno. Por eso, cuanto se dice de París deviene en expresión alegórica, incluyendo las formas más simples y elementales de la vida; un sitio donde la mirada moderna reconoce en cada signo los designios de su propia conciencia cultural, de la misma manera que la llegada de las primeras lluvias y la caída de las últimas nieves, anuncian el retorno invariable de la primavera.
En París uno de los más importantes poetas cubanos de la segunda mitad del siglo XX, Fayad Jamís (1930 - 1988), escribió en su poemario Los puentes, lo que podría ser tomado como una anotación efímera, casi circunstancial, pero que revela el espíritu mismo de su relación personal con la Ciudad y que fue expuesto en el más elemental y mundano de los versos: “(…) alguna vez la lluvia arrastrará las hojas secas”. Un verso como este parece anunciar la aparición de los poetas conversacionales, coloquiales, en el sentido que lo pedía Antonio Machado: la más simple y, a la vez, la más íntima de las alocuciones. Vuelve a decirnos Fayad a la manera de un paseante solitario que anota en su cartera de estudiante sus visiones, como un boceto perdurable del vasto cosmorama en el que se inserta por derecho su poesía: “Esta mañana el Sena corría/ bajo los puentes como un camino solitario/ las flores de los álamos caían sobre el agua gris/ Los mendigos dormían al sol en la orilla (…)”
Fayad, nacido en Zacatecas, México, de origen libanés, cubano por adopción y convicción, poeta y pintor, en los años 50’ del pasado siglo vivió una larga temporada en Francia. La escritura de un texto de características tan poco frecuentes como Los puentes, contextualizado en París y publicado en La Habana en una fecha tan temprana como 1962, coloca al poeta, y a su poesía, en una peculiar situación, preámbulo, o antecedente literario, quizás de un exilio mucho más definitivo, ya que el poemario posee la maleabilidad que permite una doble interpretación. Si bien en primera instancia, Los puentes en su momento histórico fue una evidente alusión al fin del exilio intelectual, en vías de un compromiso efectivo con la nueva sociedad emergida a partir de la Revolución de 1959, el carácter abiertamente exógeno del poemario brinda una segunda lectura: Las visiones de la capital francesa evocan con demasiada fuerza un mundo paralelo al nuestro, a veces transido, pródigo en su inevitable lejanía, promiscuo en su culta naturaleza, tolerante y ameno en sus divagaciones ociosas, disfrutable en sus constantes ejercicios de soledad, aunque no por ello menos inusual: en ese mundo que el poeta nos dibuja se puede vivir asombrosamente solo, sintiéndose sumergido en la marea de los accidentes culturales, encontrarse descifrando hermosos deslizamientos de sentido, porque otros soles y estaciones nos acompañan siempre, dormitando desnudo sobre el puro placer de la expresión. Hay mucho de estas cosas en Los puentes, que, como su nombre lo indica, ponen en riesgo lo preestablecido al tender caminos, puentes entre ambas riveras, entre lo conocido y lo por conocer; Cuba y el resto del mundo: Los puentes es quizás el texto más foráneo de la llamada literatura cubana de la Revolución. A pesar de esto, los fundamentos éticos que permean desde el principio la escritura le imponen a Fayad el retorno y la conciliación con esa sustancia rugosa y medular que está más allá del lenguaje, y para eso no importa que el instante que el poeta le dedica a las palabras abarque toda una vida, singularmente son lo accidental de esa vida, el cultivado hito entre la reflexión y la realidad.
Vuelve de nuevo a decirnos Fayad: “Hay que decir la verdad aún cuando en la noche terrible/ no sabemos si el amor el olvido o la muerte nos esperan (…) como las velas de los barcos/ desgarrándose en la furia del aire”. ¿Pudiera Los puentes ser leído como una experiencia límite de la existencia, acaso de la palabra? Si Jerusalén conserva entre sus anales el Libro de Job no es porque sea el más bello de los textos, sino porque pocos documentos en la historia expresan con tanto vigor el grado de desertificación a que puede llegar la conciencia humana; ese apartamiento insustancial que priva al hombre de naturaleza y omite de paso sus significados. El miedo milenario al desierto, -padecido por Job ciego- “es el miedo a quedarse sin imágenes”; cuando el poeta José Lezama quiso hablar del horror vacui lo expresó de esa forma. El Sáhara se vuelve así en la otra “inmensa metáfora” que rodea peligrosamente las ciudades de los hombres, y se refleja en la paradójica historia de un pueblo del desierto -el judío- que se prohibió a sí mismo las imágenes. Por eso, si como exilio se entendiese la des-realización de la conciencia y esa tenaz despersonalización de los afectos que nos obliga a buscar pobres sucedáneos en las cosas más heteróclitas, y donde la vida se fija a un antes y un después cardinal, indiscutiblemente, ese no sería nunca el exilio experimentado por Fayad. Ya que para cada palabra París guardaba una resonancia, pues allí toda expresión encontraba su objeto y cada objeto su poética inevitable. De este modo nos corrobora el poeta, estableciendo la indisoluble unidad entre la Ciudad y el hombre; la imagen y el calor del fuego: “en la ciudad y el corazón arde la misma llama”.
“Frente a uno de esos puentes escogeré mi casa/ tal vez aquella de la cortina roja en la ventana”. Leyendo esta última línea se podría preguntar, ¿no es acaso la búsqueda de un domicilio definitivo la tarea capital de la poesía? ¿La llegada al hogar después de años de éxodo y desamparo, felizmente dispuesto para una nueva comunión con la palabra? ¿Pudiera significar París el fin del exilio? Responde el poeta: “(…) Yo regresaré a La Habana en una bicicleta/ Las mujeres que pasan por la acera/ van dejando una estela de fuego blanco”. Lo excepcional es que el retorno que propone Fayad, es un retorno lúdico, irreverente, sin concesiones porque él se ha ido a París a vivir una de las más intensas experiencias poéticas, y el regreso no estaría justificado si no trajese de vuelta las porciones más irreductibles de esa estancia. En los largos paseos por senderos citadinos que reavivaban la experiencia pura de la poesía, la sensibilidad ha descubierto bifurcaciones que alteraban sus visiones, y en cada accidente del paisaje el poeta hallaba los dones siempre en gestación de la insólita subrealidad: “Aquel que no había dormido/ porque andaba buscando el delgado cristal/ que se extiende como una daga entre el sueño/ y la realidad/ se detuvo por un instante en la puerta del café (…)”
Fayad, extraviado entre los puentes y los bulevares, supo poner tasa a su lejanía por medio de las palabras. El poeta nos habla de un París donde la irremediable soledad del artista tenía el contenido de una gran misión, y en el que lo asistía un estado de gracia que le permitía ofrecer sosegado testimonio a través de sus más variadas visiones. Mas, ¿es ciertamente el poeta el gran ingenuo de la palabra? Si la vida como la historia fuesen saharizadas, desvirtuadas en sus postulados más intrínsecos, nunca se nos facilitaría una salida inocente, debido a que el ángel que pudo vislumbrar nuestra mirada era el más terrible, aquel que los poetas intuyeron en la inopia de las tardes vacías. “A los asesinos es fácil descubrirlos”, nos recuerda Rilke, como queriendo expresar lo pavoroso e incierto que se oculta, y nos acecha, en los intersticios en sombra de la poesía.

(…)

De visita en La Habana hace escasos años tuve la ocasión de darle a leer a un amigo un poemario personal, el cual tenía como exergo unos versos de Los puentes. Mi amigo me miró dubitativo y escéptico, y me hizo la observación crítica que mi experiencia del exilio en nada se asemejaba a la de Fayad. Redactando este ensayo pude constatar la diferencia abismal que separan mis años vividos en los Estados Unidos, del París de las grandes remembranzas y las hondas experiencias poéticas. Entonces, ¿por qué ese empeño en pensar y repasar Los puentes? Hacer o leer poesía es un modo legítimamente humano de luchar contra la alienación, mas, sobre todo, se lee y se escribe para saber que no estamos solos, que hay algo irreductible que busca darle sentido incluso a la más aviesa soledad. El exilio no es sólo el más largo viaje, es un estado de conciencia, a veces una mala conciencia; un prolongado sentimiento de abandono y expiación. Pero las lluvias más inclementes son las que mejor alimentan el pensar metafórico, no importando en qué región del mundo nos encontremos. Vagando ocioso por las calles y los puentes de una de las barriadas más pintorescas y tranquilas de Miami Beach, la callada contemplación del paisaje me hizo evocar algunos de los versos más cercanos de Fayad:

“Allá arriba cantan los niños/ el viento huele a pan fresco (…)”/ “Tú no oirás el último sollozo del mendigo (…)”/ “Tú no oirás el ruido de ese tren que se aleja”






DE LA FUERZA DEL NOMBRE*



I


El Coiro me manda un enigmático y brevísimo correo donde dice: "¿Podés escribirme algo sobre Casbas?". El nombre no me suena de nada, por lo que abro el Firefox y busco en Internet. El primer enlace conduce hasta un pueblo de Huesca cuya existencia ni siquiera conocía (Huesca es la provincia limítrofe por el norte con Zaragoza, donde vivo), un pueblo pequeño hacia el este, cerca de Abiego y Bierge, nombres que sí reconozco. Y puesto que nunca antes he estado allí, me digo: "¿Por qué no?", pensando que lo que mi amigo argentino quiere es información de primera mano sobre este pueblecito, y nada más natural, por otra parte, que me pida el favor viviendo yo tan cerca del sitio en cuestión.

Así que al otro día meto unas cuantas cosas en una bolsa de deporte y me echo a la carretera. Camino durante un buen rato, hasta que un auto negro, un Renault 5 con más de veinte años, se detiene junto a mí. El conductor, casi un adolescente, me pregunta: "¿Te llevo?". Por supuesto, acepto. Él tampoco conoce el sitio. Su acento le delata: es gallego. Con una sonrisa franca, confirma mi sospecha. Dice que va al norte, a los Pirineos, sólo por ver la cordillera. Le han hablado de parajes extraordinariamente bellos, aunque no recuerda bien los nombres o los mezcla o los confunde. Para no resultar redundante, le menciono sólo cuatro lugares (también escribo en un papel los nombres y la forma de llegar hasta allí) que en mi recuerdo crecen más y más conforme se aleja el tiempo en que me fue dado visitarlos. El primero es el Forau d´Aigualluts, en el Valle de Benasque, una pequeña explanada rodeada de montañas donde, a veces, se tiene la sensación de que llueve hacia arriba. Es lo más lindo que yo vi nunca. El segundo, un pueblo llamado Aínsa. El tercero, aunque he de confesar que no me impresionó cuando estuve allí, es el Monasterio de San Juan de la Peña. No sé que es, pero hay algo desconcertante en la montaña donde está situado, algo feo y sin embargo inolvidable; tal vez -pienso confusamente- hago mal en recomendarle esa visita. Por último, escribo: Selva de Oza. "¿Qué es?", me pregunta. Es un valle hacia el oeste, por donde discurre el río llamado Aragón-Subordán. La vegetación tiene un color oscuro que produce sensaciones difíciles de describir, pero allí uno siente que está vivo, que de verdad pueden ocurrir cosas que te hagan sentir vivo, cosas maravillosas o atroces, pero en cualquier caso reales. El tipo asiente, acaso sin comprender del todo el sentido de mis palabras, y promete que irá a todos esos sitios. Luego se pone a hablar de su coche y, más tarde, de los grupos musicales que le gustan, cuyos nombres casi siempre me resultan extraños. No obstante, reconozco algunos, lo cual es motivo de alegría para ambos. Le recomiendo otros, que él no oyó jamás. “Te gustarán”, le digo.

Al llegar a Huesca, tomamos la carretera hacia Lleida. Unos kilómetros más adelante, nos despedimos con un apretón de manos. No tardaré en darme cuenta de que ni siquiera nos habíamos presentado. Somos dos extraños caminando en un túnel o en un insondable laberinto, que sólo por casualidad han compartido un brevísimo trecho del camino. Tal vez ninguno de los dos encuentre lo que busca, o como sucede tantas veces, lo encuentre y no lo reconozca.

Por la estrecha carretera que conduce a Casbas apenas hay tráfico. Atravieso una población y sigo adelante. Según el mapa, ya casi estoy. Es entonces cuando, de pronto, me asalta una extraña idea: ¿Y si no es esto lo que quería el Coiro?, pienso. ¿Qué interés puede tener para Inventiva un minúsculo pueblo aquí en mi tierra? Un sitio del que, por otra parte, ni siquiera yo tenía noticia hasta este momento. ¿Habrá algo que se me escape en todo este asunto? Perdido en esa confusión y en esa carretera solitaria, unas palabras aparecen en mi mente, fosforescentes como un letrero luminoso en medio de la noche: Próxima estación Casbas. Me doy cuenta de que he metido la pata (el Casbas sobre el que debería escribir es otro, y está en Argentina y no sé absolutamente nada de él. Mi maldito despiste crónico me impidió recordar hasta ahora que es una de las próximas estaciones del Inventrén) y lo peor es que está anocheciendo (es otoño y los días acortan). Por suerte, al fondo puedo ver las primeras casas. Advierto que estoy cansado. Espero encontrar un sitio donde me dejen dormir, porque hace un poco de frío y la manta que he traído es más bien fina. Pero no se ve un alma por las calles.

Al fin, distingo un vago destello al fondo de una calle lateral. Se trata de una puerta iluminada. De no haber anochecido ya, no la hubiese visto, tan tenue es el resplandor que de ella sale. Hacia allí me dirijo, con paso lento y el oído alerta. No es natural este silencio. Sobre la puerta hay un letrero de madera. La inscripción apenas puede leerse, pero se adivina que el lugar es una taberna. Cruzo el umbral y me encuentro en un cuchitril mal iluminado donde parece no haber nadie. Al oír mis pasos, un hombre sale por una puerta situada al fondo y, con un perfecto acento argentino, me saluda y pregunta si deseo tomar algo.



II


Una sensación de irrealidad me atenaza. No acierto a responder. Sólo le miro como se mira a un aparecido o como se podría mirar el propio reflejo en un espejo diseñado por Klein (el de la botella). Él repite la pregunta, más despacio, como si yo fuera extranjero y no comprendiese bien el idioma. No sé qué decir, qué hacer. Me siento como un actor de teatro esperando que el apuntador le sople el texto. Por fin, con cierto embarazo, me atrevo a pedir una cerveza. Mientras me sirve, el tipo explica que el pueblo está desierto porque hay un concierto en las piscinas municipales, un grupo de pop, uno de esos que venden muchos discos donde las diez o doce o quince canciones son, en realidad, la misma. Añade que incluso ha venido gente de los otros pueblos cercanos y hasta algún autobús de la ciudad. (Ese silencio ahí afuera, sin embargo, esa ausencia…). Al preguntarle dónde estoy, él me mira de arriba abajo y dice con naturalidad el nombre del pueblo. La siguiente pregunta no es fácil de hacer. Si el mundo sigue girando en su órbita normal y éste es, como parece, un hombre serio y cabal, se va a acordar de mis muertos y suerte tendré si no me saca del establecimiento a golpes; si por el contrario, el temor que me aprieta el corazón resulta ser fundado, yo me volveré loco. Aun así, no queda otro remedio: "Pero ¿Casbas de España o de Argentina?" digo en un susurro. Al principio, pienso que no me ha entendido, y tal vez sea lo mejor; acaso en el fondo conocer ese detalle no importe en realidad.

Pasado un instante, levanta la vista del barreño en el que en ese momento estaba lavando unos cubiertos y dice: "¿Acaso quieres tomarme el pelo?". Entonces me atropello, intento explicarle lo ocurrido, nombro el Inventrén y algunas otras estaciones, le cuento que soy poeta. "¡Poeta!" dice él. "¡Poeta!" repite. "No me lo creo. Nadie va por ahí en estos tiempos diciendo que es poeta. Usted es un aprovechado. Un sinvergüenza". Yo insisto. Mi sombra en el suelo gesticula como una marioneta de trapo, parece la sombra de otra persona, idéntica a mí pero con otro ritmo. Con amargura recuerdo que no he traído un solo libro; de haberlo hecho, mis argumentos quizá tuviesen más peso. Entonces, sin explicación, hay por su parte como una sorda aceptación, no ya de mis palabras o de lo que ellas pretenden comunicar, sino de la remota posibilidad de que sean ciertas. Mirándome de reojo, con desconfianza aún, se dirige hacia un extremo del mostrador, levanta un trapo oscuro que cubre un ordenador portátil y sentencia: "Ahora lo veremos". Abre el explorador, busca el Inventrén, busca mi nombre, encuentra resultados que le satisfacen, parece comprender que no le he mentido. La expresión de su rostro es otra ahora; luego me indica una mesa y sale del mostrador con una botella de vino en una mano y dos vasos en la otra. Nos sentamos, sirve el vino, enciende un cigarrillo y se larga a hablar convulsiva y nostálgicamente.

Así, me entero por fin de que nada extraño ha sucedido (si es que no es extraño encontrar de repente, en medio de un desierto, a un hombre que creemos habitante de otro desierto distante más de diez mil kilómetros). No hubo viajes astrales ni agujeros en el espacio. Estamos en Huesca. Con la voz plena de emoción, Manu (ese es el nombre de mi interlocutor) me habla de su niñez, de su adolescencia, se demora en detalles que tal vez hayan dormido ahí durante años, esperando esta noche y este vino; (afuera continúa el silencio, no hay ruido de pasos, ni de autos en marcha, ni siquiera el eco lejano del concierto. Si yo fuese otro, si fuese un tipo valiente, tal vez me asomaría un instante a la puerta, para mirar la luna, sólo eso: mirar la luna y saber que todo está bien). Mientras, la voz ronca de Manu me habla de la barra, de una novia que tuvo y perdió, “¡qué linda era!”, exclama. Luego hay un silencio necesario. Un movimiento lento, la mano de Manu buscando en su cartera y sacando de allí una foto cuarteada por el tiempo. La miro y hago un gesto de admiración. En efecto, la muchacha es guapa. (no sé si es entonces cuando comprendo que éste es cualquier lugar y cualquier momento, un retazo arrancado a mordiscos de la eternidad; tal vez por eso el obstinado silencio del exterior, la silueta en la pared de dos desconocidos conversando, dos latinoamericanos perdidos en cualquier parte, lejos y cerca de la vez, tenues fantasmas de sí mismos, sombras que se proyectan desde remotas noches olvidadas, que viajan en la nada hacia un tiempo inconcebible). Después escucho la descripción de un oscuro boliche que en su memoria se confunde con otros muchos que habría de conocer más tarde; me habla de su trabajo en el campo, del fatídico día en que se fue el último tren... Entonces algo parece romperse en el pausado hilo del relato. Clavo mis ojos en los suyos. Sujeto el vaso que viaja hacia sus labios. Lo insto a continuar, con el leve asomo de una sospecha insinuándose en mi entendimiento. Él me mira gravemente y retoma la narración: "...yo me fui en él. Aquel último tren que pasó por Casbas City, hace ya más de treinta años, se me llevó consigo. Luego anduve haciendo un poco de todo por todas partes. En Argentina, en Chile, en Colombia, en Bolivia y Ecuador, que es decir casi lo mismo, o de forma más breve, más certera, en Latinoamérica, que es mi patria... Nuestra patria" se corrige. Yo asiento. Luego continúa narrando las peripecias de una vida, una vida errante, como lo son todas. "Y, entonces, de pronto, llegué aquí" dice mientras vacía en los vasos lo que queda de la segunda botella. "De alguna manera, sentí que mi deriva había terminado. No es que la coincidencia del nombre y el cansancio acumulado me llevasen a tomar la decisión de quedarme. Esa decisión era anterior, fue ella quien guió mis pasos hacia estas tierras, ella quien me llevó de pueblo en pueblo hasta terminar en éste. Cuando llegué era de noche, como ahora. Dormí en unas ruinas a las afueras. No supe donde estaba hasta la mañana siguiente, pero durante el sueño supe que me quedaría aquí. No puedo explicarlo mejor. Lo sentí. Sólo eso. Y aquí estoy desde entonces".

No hablamos más. Ambos estábamos algo borrachos y era muy tarde. Dormí allí mismo, en una pequeña habitación que servía de almacén y donde había sitio de sobra. Al otro día, después de un abundante desayuno, Manu estrechó mi mano y nos despedimos como dos viejos amigos. Ambos sabíamos que había muy pocas posibilidades de volvernos a encontrar. Eché a andar por la carretera, en dirección al sur, no a ese Sur que nunca vi y que mi corazón incansablemente anhela, sino al otro, al de todos los días, al sur prosaico donde la vida sufre una combustión tan lenta que ni combustión parece.



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://sbllop.blogia.com






De la vieja Suiza*



Mientras corto, prolija, las rodajas de pan que había sobrado estos últimos días, la cocina se inunda del aroma de la manteca en la sartén. Uno a uno voy dorando los redondeles mientras por la ventana del departamento, se desliza el anémico sol invernal.
En una ollita está hirviendo un buen vino tinto con el azúcar de un desbordado tazón y dos preciosas y enigmáticas ramitas de canela. Disuelvo cuidadosamente tres gordas cucharadas de harina en una taza de agua y la agrego a la pócima de vino, convirtiendo todo en una inquietante jalea del color de las violetas. Acomodo los dorados pancitos en una fuente honda y les zampo la crema caliente. Primero se resisten, pero, luego, alertados del perfume y sabor del regalo, van absorbiendo, conformando un exquisito Budín de pan borracho.
¡Que rico, el postre de la Oma!
-Dirán mis niños, mientras guardan sus útiles escolares.
Y volverán, rápido, a sus vasos de leche y al dulce trozo que les espera.
Sé que por aquí cerca, un duende menudo e inquieto, de blanco rodete y ojos celestes, detendrá su andar y sonreirá feliz.
Su nieta, como su madre allá en las montañas suizas, gozaba en recibir a sus pequeños con aquel dulce. Ya no recordaba como lo llamaba, el idioma natal se escapó tras la nebulosa de los años, pero el olorcito la atraía del más allá, y compartía en espíritu la reunión familiar. Mientras recogía las migas, una tibia brisa olor a manzana y lavanda rozó mi cara.

Chau, Oma, ya nos encontraremos, lo sé, estarás sentada en aquel sillón de mimbre leyendo, debajo del limonero.

Espérame.


Dedicado a mi bisabuela Elizabetta Haas



*de Elsa Hufschmid. elsahuf@hotmail.com





Olivia*


Desde su infancia, Olivia escuchaba dos voces, una masculina y una femenina, conversando con ella, haciéndole sugerencias, aconsejándola... a veces no se ponían de acuerdo entre ellas y tenía que esperar a que terminaran de discutir. También intervenían en sus sueños, pero era agradable no estar sola en aventuras y pesadillas.

Se considera aceptable que un niño hable solo, tenga compañeros imaginarios... mas cuando creció y siguió conversando con algo invisible, sus padres se alarmaron. Olivia descubrió que aquello que consideraba muy normal era una aberración de su mente. Intentó acallarlas y, reconociendo su impotencia, se dejó arrastrar de psicólogos en psiquiatras, asesorar, hipnotizar, entrevistar, medicar... hasta que al fin pudo silenciarlas, con lo cual fue considerada apta para reincorporarse a la sociedad.

Pretendió entablar conversación con sus padres y amigos, pero estaban muy ocupados; trató de hacerse escuchar por los médicos que la habían ayudado, pero ya estaba considerada cuerda; procuró nuevas amistades, mas cada cual estaba inmerso en sus problemas... Todo ser humano parecía estar demasiado atareado para hablar con nadie. Comprendió que estaba sola.

Los demás siempre lo habían estado, no parecían entender su desesperación, lo raro era buscar compañía en un grado tan profundo como para compartir el alma... Con hablar del clima, la obligada pregunta de ¿cómo van las cosas? y algún otro comentario banal cuya respuesta ni siquiera era atendida, parecía bastar entre ellos. Ella siempre tuvo dos amigos, que si bien a veces eran atorrantes, no la dejaban abandonada como ahora lo estaba haciendo el mundo que le había impulsado a alejarlos.

Se sintió triste, arrepentida de haberlas expulsado, pero no había remedio. Aprendió a vivir con ella misma, dejándose acompañar por los demás en el modo en que podían. Se volvió una joven melancólica... “Estuvo loca, es normal que le cueste adaptarse”, decían los que la rodeaban.

Años después, las voces regresaron sin previo aviso. Su alegría fue tan grande que casi les grita un saludo. Pero miró hacia fuera, ahí estaba ese mundo de personas solas, distantes, que no consideraban aceptable estar todo el tiempo compartiendo el alma... Prudentemente, calló su voz externa y con la voz de su interior, les dio la bienvenida. Desde entonces conversa con ellas, en silencio, y puede contarles lo que sea, pues siempre le prestan atención, le dan consejos, le cuentan historias y la escoltan hasta en sueños.

Olivia ha vuelto a sonreír, a veces ríe a solas. Pero ya no habla en voz alta y si le preguntan por las voces, niega su existencia. “Al fin se ha recuperado del todo”, dicen los que la rodean, satisfechos, y continúan sus vidas de soledad en compañía.



*de Marié Rojas Tamayo.





Escribir*



escribir
es tener a quién decirle
a quién contarle esta noche
pero no contarle algo esta noche
sino contar la noche misma
porque hay sueños que se duermen temprano
y no ven el resplandor
de la luna demorada
que pinta rojos
en la estrella más temprana
perezosa
que se viste todavía de crepúsculo
y antares desafiando brillo a brillo
le presta un guiño a la maría
de las tres marías más despierta
y marca un juego de elástico de niñas
con el extremo sur más sur
de la cruz del sur
y es el día que parece más temprano
o la noche que parece menos tarde
o el silencio
que parece menos solo
solo
sólo por escribir



*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com






DE GRANDES Y PEQUEÑAS LLUVIAS*



Entonces vi caer la lluvia violenta, como grandes hilachas de sábana líquida.
Caía sobre el campo mudo, con una violencia desmedida y corría desde la canaleta del techo con un chorro interminable y potente sobre el patio de ladrillos brillantes.
El ruido sobre la galería de chapas era ensordecedor, pero grato. Nunca supe qué insondables misterios nos mueven –algo oscuro, arcaico- cuando en esa soledad sentimos lo que debió el primer hombre que la observó atónito, atemorizado desde la boca de la caverna.
Los anillos caían hasta juntarse en el jardín llevándose las hojas secas, las pequeñas hierbas, los pétalos caídos del rosal que la madre cuidaba.
Los teros, guarecidos bajo el ceibo troncoso, espinudo, hacían coraza con sus plumas acostumbradas desde siempre a la intemperie.
Las gallinas -pensé- buscarán refugio arracimándose bajo esas tres coposas plantas de granada, viendo pasar indiferentes un brilloso ejército de sapos, únicos seres contentos con este diluvio.
Lo bueno vendría al escampe, cuando reunidos sin previa cita en la esquina de esa cortada rica en gramillas, estrenaríamos los extraños barcos que fabricábamos con restos de maderas, corchos o cualquier otra materia flotante.
La lluvia sin embargo nos ponía contentos. Andar descalzos entre el barro que prometía porrazos a cada tranco no omitía las carreras al costado del hondo zanjón donde las improvisadas embarcaciones competían tratando de llegar a la otra esquina donde se juntaban varios desaguaderos hacia el canal y los campos.
Ganar una competencia no dependía tanto de la habilidad para armar un objeto más o menos flotante solamente, sino de otras muchas razones, como ser el azar de la corriente o una mata imprevista o inoportuna de gramilla que la fatalidad pusiera en el camino (ese camino de agua transitoriamente tumultuosa).
Quitar el barquichuelo, posarlo nuevamente en el centro del cauce era perder el tiempo y puntaje, porque se consideraba una trampa elegir el centro rápido de la corriente para ganar el tiempo perdido.
De todos modos la ansiedad nos ponía incansables y era cosa de volver a empezar luego de la primera carrera, volviendo al punto de partida, esa curva donde el agua venía con una fuerza considerable.
Muy pocas veces parábamos y era para saltar el cerco de tejido y espinas de la quinta de don Clemente Gerlo y hurtarle alguna fruta para la merienda. Ninguna otra fruta tuvo en la vida el sabor inigualable de aquéllas que le sacábamos al pobre italiano que vivía de esa magra venta por las calles indiferentes del pueblo.
¿Qué sadismo especial, qué inoportuna travesura nos hacía robarle frutas a ese pobre hombre que vivía con su mujer –doña Marianna- en esa humilde casa hecha de sombras y sombras de recuerdos y de olvidos de una península cada vez más lejana?. No lo sé.
Tal vez –lo digo para defender a aquellos niños de entonces- la propia inocencia nos hacía tan crueles.
Cuánta maldad inocente cometimos en esas vandálicas incursiones, que a veces –muy pocas- se organizaban de forma más “científica”. Y era, entrando de a uno para llenar los bolsillos y repartir luego equitativamente. O más bien diremos, casi equitativamente, porque se sabe que el riesgo es como una victoria que no da derechos pero sí prebendas.
Bueno, eso creo yo, porque además nosotros aún no habíamos leído La guerra de las Galias.
Esa actitud, o mejor esa actividad de pequeños depredadores nos ponía siempre en desventaja con respecto a las acciones futuras, ya que una infidencia a los padres nos valdría una paliza. ¡Y qué palizas pegaban los padres de entonces!.
De todos modos la tentación era grande y lo peor es que esas mismas frutas estaban en nuestras casas, pero como el lector sabe, no tenían el mismo sabor que las que le hurtábamos al pobre don Clemente.
Esas brevas goteando su miel delicada, dulce y ambarina. Esas naranjas con su jugo para la extenuación de los juegos, esas tunas tan ricas y pulposas, los melones que sonaban contra el suelo y una vez partido era el elixir amarillo seccionando en dos las siestas caniculares de diciembre.
Y en invierno era la delatadora mandarina, sus cáscaras que tirábamos en el hueco musgoso de las alcantarillas que no guardaban el grillo cantor de la noche.
Pero los días de lluvia tenían un encanto muy particular, porque tal vez vendrían mis primas con una fuente repleta de empanadas que hacía tía Ita, tan buena. O mi madre reinando entre hojaldres y azúcares nos pondría pronto en la cima más extática del mundo: en la perfección y la armonía que ya perdimos para siempre: esos pastelitos de dulces membrillescos, con su poca o su abundosa azúcar impalpable caída como nievecilla preciada.
En el ámbito de la pequeña y humosa cocina donde la Istilart Nº 1 consumía sus marlos blanquísimos o su leño seco de acacia y déle crepitar aventando los malos humores que podrían sobrevolar en esas tardes de reunión holgazana en la humilde vivienda de mi más humilde familia.
Convoco hoy ese espacio -único, impoluto, irrepetible- tal vez para parapetarme del caos del tiempo, de la corrosión de los años y para que este recuerdo sea una moneda brillante entre el barro que nos tapa las paredes del alma.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar







RÉQUIEM PARA UN ÁNGEL NIÑO*


Para Roberto Rojas Vergara




Pequeño rey en trono de rueditas,
Niño eterno, Peter Pan,
¿Es suficiente un verso para cantar tu despedida?



Que la última hora en este mundo
De bandidos y princesas
Te sea leve.



Que la oscura mensajera llegue,
Tan sutil como tu sombra
En el castillo sin almenas ni banderas.



Que el arco iris matutino,
Reciba tu alma pura.
Que no lloren las estrellas,
Los caracoles que escondimos.
Que canten los unicornios,
Las flores que sembramos.
Que no gima el mar tu ausencia,
Navegante en barcazas de corcho.
Que no te cubra la noche una vez más.



Parte en calma, dulce amigo,
Mi alma volará esta noche en sueños
Para dejar en tu frente el beso
Que aún te debo.


*de Marié Rojas.
(2005)





PROTOHISTORIA*



“Soñé que era un ala, desperté con el tirón de mis raíces.”
CLARIBEL ALEGRÍA - NICARAGUA



Cuanto daría por evadir la impiedad de esa noche.
Cuanto daría, cuanto.
Pajonal jadeante. Oscuridad.
Abrumadora soledad del médano.
Los pies descalzos han cruzado la gruta del deseo.
Un enero de polvo desolado muerde la prisa del verano.


Aullido martillo. Viento pujante.
Jano mira hacia el Este.
Desnudez fecundada.
Rosa abierta, desangrada y expuesta.
Morir / nacer / penumbra / luz.
Pájaros de papel buscan el crepúsculo sangrante
del día.
La muerte no tiene futuro.
Rompe el silencio la ternura enmarañada del primer llanto.


Han partido los huéspedes de sombra.
¿Adonde irán? ¿Dónde los llevarán los médanos?
¿Quién llevará la cruz y quién la espiga?
Detrás ha quedado el agua, el eclipse, el brote.
El cardal y una rama de sauce.
Un país desconocido aguarda
Cuánto daría por que vuelva esa noche.
Cuánto daría, cuánto.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






Aquella luz de abril*





*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


Antes los crepúsculos rodaban como peñones violetas sobre todas las conciencias en los atardeceres íntimos, quietos y un poco desolados. Era cuando el mundo comenzaba y, no era entonces importante un poco o mucho de tristeza, porque siempre había un motivo cierto de alegría, y también el sueño de uno que se inscribía en otro más alto, más grande, que abarcaría todo el futuro, donde los niños volverían a nacer perfectos, diremos parafraseando a César Vallejo.
De todos modos, optimismo y juventud iban de la mano, aunque Borges supo decir no sin razón que a cierta edad temprana de la vida se sienta la vocación del sufrimiento, cuanto más gratuito y cuanto más pegado a los ideales, mejor.
No era entonces raro -no podía serlo que tras una ilusión no importa si lejana, no importa que irrealizable, lo bueno era que una circunstancia feliz nos ponía con la energía a mil. Podía ser -según la edad una promesa, la de un juguete, por ejemplo, que nunca teníamos, o una salida al cine a ver una película esperada, o un viaje, o, ya más grandes, una fiesta, un baile, lo posible ponerse de poder mirar unos ojos anhelados y que, en lo posible, esos ojos nos miraran. Aunque sea, un poco, nada más.
Todo esto nos serviría para esperar el sueño blando con una sonrisa que nuestra madre adivinaba en la profunda oscuridad.
También estaba aquella pasión excluyente de entonces, el fútbol.
Ya como meros espectadores, como hinchas o también como protagonistas de los picados de potrero o con los equipos: camisetas, pantaloncito y botines, se entiende.
También estaba aquello de cierta luz evanescente, que subía en los atardeceres del mismísimo pasto ya expuestos o expectantes de rocío, que vendría en poco tiempo a fecundar esas hojitas verdísimas, alegres de tanto sol, de tanta luz, la misma luz que encendía hasta las más oscuras conciencias y las haría despertar.
Era la luz sin embargo la que iba cambiando la ilusión de las cosas y a veces las trasportaba en mera ilusión de los sentidos, sobre todo en las siestas, cuando la luz densa de octubre filtraba ese polvillo que el poder de las flores diseminaba en el aire, y el polvillo que los vehículos esparcían sobre los seres, las plantas y las cosas mismas lograban un ámbito de inusitada rareza, algo que nosotros percibíamos aún sin observar demasiado.
Esa es la luz que llevo conmigo, la misma luz que envolvía a mi madre, a sus quehaceres humildes pero fundamentales para que toda la casa funcionara como una pequeña orquesta, pero en esa misma pequeñez oficiaba de orden para que el universo funcionara, los animales parieran y los pájaros cantaran en su
plena testarudez, con o sin sentido, con alegría obcecada, porque sí, porque obedecen a un orden que está por encima de la estupidez humana como esa pequeña florcita de malvón que no llega a rojo, pero se le aproxima cuasi pálido, no ostentoso, humilde, pero pleno en su esplendor que arrasa toda prevención, y alienta todo desatino, desde esas ollas viejas que ofician de macetas, y que mi madre dejó al pie del ceibo que sus manos plantaron y las dejó allí, con intenciones de seguir regándolas todas las mañanas, pero un día no pudo, y no por olvido voluntario, sino porque de improviso emprendió ese camino que le quitó de nuestro amor para siempre, aunque duela y no haya resignación posible y uno deba recordarla -como era- en un pasado que se torna irremediable a fuerza de ser inquirido.
Pero así son las cosas. Así deberemos aceptarlas.
Sin embargo, otro día, otra tarde se apea en mi recuerdo y no en octubre sino abril y media tarde. El perro ladra, un sulky se aproxima lentamente por esa cortada cubierta de gramilla donde nunca llega nadie, sólo tía Argía, muy de vez en cuando y lo hace en sus viajes al pueblo desde aquella chacra lejana, más lejana y sola en mi memoria.
El caballo se detiene al chasquido seco de su látigo que golpea el aire seco, duro, como una lámina estática de aceite.
Yo estoy feliz, y no sé por qué. Tal vez alguna víspera de un encuentro futbolístico, tal vez alguna expectativa de una salida al cine ya que rara vez me concedían ese esperado permiso.
No sé, no sé.
A veces vuelve esa tarde y vuelve esa luz que no eludía mariposas porque no era la época, pero sí los pájaros que en ese tiempo eran numerosos y esquivaban limpiamente los temibles gomerazos que dirigíamos a esa felicidad desprevenida que ostentaban un evidente desenfado, y, de vez en cuando uno
caía con el piquito en sangre, asesinado.
¿Pagaré alguna vez aquella punta de gorriones que se transformaban en almuerzos de mi gato?
Hoy, adulto, apelo a mi inconciencia de niño, para dar una razón, a tanto daño inútil, evitable. Pero muchas veces uno -más en ese tiempo actúa por mera imitación, lo cual no quita la culpa, tal vez la morigera.
Con esto quiero dejar constancia que un día de abril pudo ser confundido con el día de un octubre cualquiera, por la confusión de aquella luz que ponía vida, esplendor y alegría sobre las cosas.
O, a lo mejor, digo, la alegría en mí por alguna cosa que ya no recuerdo, seguramente fútil, o no, tal vez son importantes en ese tiempo y hoy ya he olvidado, como tantas cosas en la vida.





EVOCACIÓN DE LA TIERRA MEDIA*



When Bilbo opened his eyes, he wondered if he had.

The Hobbit
J. R. R. Tolkien



Soñoliento, el sol se iba tras las colinas.
Las hogueras comenzaban a llenar los agujeros negros
Dejados por el éxodo de la claridad.


Enormes mariposas sobrevolaban los rosales.
El trigo, al ser mecido por el viento,
Generaba una melodía plena de nostalgia.


Alguien se preparaba para contar una antigua romanza
Con palabras siempre nuevas.


Al calor de las llamaradas, nos prestábamos a escucharle
Con oídos siempre nuevos.


Una historia es como un río: irrepetible,
Única,
Aunque cambie de nombre al pasar de pueblo en pueblo.


Pensé: "Si pudiese retener una imagen
Eterna en mis pupilas, sería ésta.
Si me fuera dado elegir el momento
Para abandonar el mundo, sería
Este atardecer perfecto, rodeado de alas,
rosas, trigo, brisa,
De palabras en fuga al compás de la danza de las flamas".


Cerré los ojos, aspiré el humo de mi pipa.
Y los abrí naciendo en esta vida.



*de Marié Rojas





PALOMA NEGRA*


“...tengo miedo de buscarte y encontrarte...”
CHABELA VARGAS



Traigo una paloma negra.
Sangrándome en el pecho.
Espejo. Antiguo ser. Torcaza desterrada.
Aletea. Cae. Garabatea mi inocencia con minúscula. Se levanta.
Evita los abismos de mi carne.
Sabe. No se improvisa el vuelo. Tampoco, hay cumbres imposibles.


Hay un afuera que golpea. Golpea, muy adentro.
Hay mujeres con zodíacos truncados.
Dioses de cenizas. Pórticos cerrados.
Manos con anillos, zurcidoras de azahares.
Vientre madre sandía, mente padre lenteja.
Cleopatra copula en los andamios.
Blanca nieve es supervivencia. No enloquecer, enloqueciendo.
Isadora aun no emprende el vuelo.
El letargo tiene sabor amargo.
La “casa del hornero” está vacía.
Barby vive en un hospicio de 10 pisos.
Tanto mides. Tanto pesas. Tanto vales.
María soledad vende su hambre.
Mitos y mordazas hacen olas.
Un solo hombre. Un solo bote.
Solo cabe una. Arriba o abajo.
Una sola: Eva o Lilith. Lilith o Eva.


Hay un adentro afuera.
Un adentro que se desborda en verde.
Un silencio de máscaras mayas.
Una alborada fecundada en la sed y en la lluvia.
Un hechizo de vuelos de caballos.
Un pájaro en la mano de una rama.
Un pulso de saliva y greda.
Pezones tibios. Sangre leche.
Una niña, un niño, una huella.
Que pronuncia tu nombre y el Nombre de tu nombre.
Un secreto sabor. Un coloquio entre tres.
Un as de bastos, una espada.
Un oro y una copa. Un grial que se derrama.


Traigo amorosas palomas en mis siete mares.
Vuelos. Tenues galopes, entrañables hiedras.
Pero mi madera memoriosa, no es velamen de olvido.
Traigo una paloma negra.
Sangrándome en el pecho.
Espejo. Antiguo ser. Torcaza desterrada.




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





CUANDO NO TE PERTENEZCA*




Me pregunto cuánto durará tu amor, qué parte de mí es la amada.
Si es a mí a quien deseas o es a esta mujer que está a tu lado, que parece lo mismo pero no es igual.
Alejada ya de un hombre, me ocurre seguir preguntándome por su salud, por sus achaques, por sus afectos y su transitar por las aceras. Alejada ya definitiva, irrevocablemente, me ha ocurrido recordarlo con ternura, sonreírme en el colectivo, desearle en silencio y desde lejos un feliz cumpleaños, si necesitamos un ejemplo.
No soy afecta a recontar defectos, a caer en críticas de acero y piel desgarrada.
Me ocurre rememorar sin ira y con aprecio, me ocurre sentirme unida por un pasado común a ese ser que ya es un extraño, y que ya hizo que los días y las noches me fueran borrando de sus sábanas y del olor en los cabellos.
Y me ha ocurrido golpe tras golpe escuchar que la otra mujer, la mujer de antes de mi pareja ya no existe, no significa nada, es un fantasma, un cadáver amortajado en el extranjero. Es la madre de mis hijos dirá, es aquella con la que cometí el error de casarme, lo que sea, pero nada, nada de nada, ni un aleteo sutil de sentimiento, ni una rosa en el libro, ni una cajita de fósforos escondida en un cajón. Ni una sonrisa, por dios, para quien debe de haber reído, charlado, hecho el amor en un lejano tiempo de felicidad.
Yo no nací hoy ni me han parido ayer y sin historia. Los hombres que fueron parte de mi vida fueron queridos, y no reniego tan pronto ni tan levemente de los afectos. Quizás porque tomo tan en peso y profundidad la palabra amor es que me sea tan difícil pronunciarla. Pero yo los he amado a todos, y a todos los sigo queriendo.
No me mueve el que este hombre sea mío, que sea hoy mi pareja, novio, esposo, lo que sea pero mío. Lo quiero porque lo quiero, porque lo encuentro bueno, noble, propicio para la querencia. Puedo quererlo sin posesión e inclusive desde el abismo de las décadas o los kilómetros. Que no haya ni pueda haber un futuro compartido no quita la ternura ni la calidez de una caricia lejana.
Cuando me dicen que me aman, y cuando me lo dicen ahora mientras cocino, o escribo, o recorto una cartulina azul. Cuando me dicen que me aman, me pregunto cuánto durará este amor, cuán larga es su sombra, hasta adónde abarca. Me pregunto, mi amor, si tu cariño tiene una correa como esos perrillos volubles, que tan pronto saltan al amigo que llega, como le dan la espalda y son todo fiestas para el nuevo visitante.
Sin necesidad de que la estatua de alabastro sea de mi propiedad puedo disfrutar su belleza, sin que la magnolia presida mi jardín puedo admirar sus flores de gigante, sin que estés a mi lado puedo valorarte. Y no te negaré cuando la noche caiga, ni cuando el gallo cante hasta la tercera vez.




*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com







LOS GANSOS Y EL RUISEÑOR*



Un ganso que se enriquecía vendiendo plumas, enseñó a sus hijos desde muy pequeños el mismo oficio, enriquecerse desplumando a los demás.
Una tarde de verano, después de haber comido hasta más no poder, tomaban el fresco soltando algún que otro graznido insulso sobre los negocios, cuando oyeron los melodiosos trinos del ruiseñor.
El padre ganso lo llamó al cantor y le dijo que estaba muy deseoso de proteger el arte y que tenía suficiente fortuna para hacerlo, Le ofreció un puesto de maestro de música de sus hijos, la remuneración sería generosa y le daría casa y comida todo el tiempo que el aprendizaje durara.
El ruiseñor no necesitaba mucha casa ni mucha comida, pero, artista incipiente, era tan pobre que aceptó.
Al día siguiente empezó a querer dar lecciones a los gansos, pero por mucho que se esforzara nunca pudo conseguir que sus discípulos soltaran otra cosa que espantosos graznidos de ganso.
El maestro, desanimado, probó un día y otro hasta que se fue a ver al padre de los gansos y le dijo:
-Mire, señor, usted tendrá las mejores intenciones de fomentar el arte pero yo renuncio aquí mismo.
-Pero, escúcheme, maestro ruiseñor, por qué va a renunciar? ¿No le conviene?
-No hay caso, señor. Prefiero renunciar antes de perder mi garganta con esos alumnos. Sus hijos, como usted, han nacido sólo para ganar plata, no trate de hacer de ellos artistas.



*de Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar




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Inventren Próxima estación: EDUARDO CASEY.

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Queridas amigas, apreciados amigos:



Este domingo 3 de enero del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor colombiano Jesús Pinzón Urrea. Las poesías que leeremos pertenecen a Flora Chavarry (Guatemala) y la música de fondo será de Rubén Carrasco (Argentina). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.org


Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel.: 0043 662 825067



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