Wednesday, April 06, 2011

ESTACIÓN HORTENSIA.





InvenTren.




SUEÑOS Y VOCES DE TRENES*


A mi entrañable amigo Eduardo Coiro y su sueño de trenes.




Hay un tren extraño y un hombre peregrino.

El silencio hace nido en sus sueños.

Las golondrinas esconden su cansancio.

Allí, los pasos del recuerdo irrumpen.

Fenecen ante el estrépito de una despedida.

Ante el fragor de una bienvenida.

El hombre busca al niño.

Un silencio de yuyales enmudece la sombra del recuerdo.

Las voces y las miradas son una.

Plenitud de silencios y de voces. Ventanillas.

La mamma y un ramo de fragantes hortensias.

¿Presente se conjuga en pasado?


Desafía los tiempos y distancias.

Espera niño mío, quizás sea posible el regreso.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







Estación Hortensia*





“Hermoso día para pasear”, piensa, mientras el sol les arde sobre la piel, gradual pero implacable, en esta calurosa mañana de enero. Su hermosa y vivaz hijita de casi tres años lo toma de la mano y no deja de relatarle lo que ve, excitada y con ojos asombrados.
-¡Papi, unos pajaritos! ¡Uuuuuhhh! -, y agrega con decisión: –Yo voy a volar como los pajaritos.
-¿Y si en lugar de volar por el aire, volamos en un tren? -, propone él, midiendo la distancia que les resta: detrás de la arboleda de araucarias se encuentra la estación.
-¡Un tren, sí! Me encanta viajar en tren-, y se cuelga de su brazo, apurando la marcha.
Una suave brisa mitiga el progresivo calor de la mañana. Mire donde mire, estallan los colores bajo el poderoso sol del verano. Y al acercarse a los límites de la estación, contempla casi como al descuido, a un costado del camino de grava, un enorme macizo de hortensias que lo proyecta abruptamente hacia el pasado…
…¿Cuánto tiempo hace que no piensa en aquellas hortensias del jardín de su casa, en Mar del Plata? En aquel sendero de ladrillos húmedos que llevaban hasta el quincho, donde chirriaban las brasas de la parrilla, su padre acomodaba el fuego, y el asado con los chorizos se iba cocinando lento y parejo debajo de un cartón extendido. En la sombra mohosa de aquel pino centenario, cuya frescura regaba hacia las tres casas vecinas. En las ligustrinas que se desbordaban, aferradas con firmeza al alambre tejido. En la ropa limpia que su abuela había colgado de la soga que cruzaba el parque. En las rejas nuevas que su padre había hecho instalar pocos años antes, a raíz de los robos cometidos en el barrio, incluso en aquel mismo jardín, del que unos malditos rateros se habían llevado durante la noche un secarropas, algunas herramientas, varias reposeras plásticas, y la mesa de tablones de madera que conservaban desde hacía décadas.
¿Cuánto tiempo…? Los recuerdos le resultan extraños, como si perteneciesen a otra vida, o quizás a otra persona. ¿Acaso fuera así? ¿Cuántas cosas le han ocurrido durante aquellos años, desde la última vez que pisara aquel entrañable parque cubierto de hortensias? ¿Cuántas vivencias, compartidas o en soledad? Aunque a él le costara recordar momentos de soledad; siempre había preferido evocar momentos compartidos con sus afectos, tener más presente una risa que un silencio. Recuerdos de sus tres hermanos menores, recorriendo las parquizadas cuadras del Barrio Constitución hasta la playa, mientras cargan con el mate, a veces la sombrilla, y comentan películas vistas, o libros e historietas leídos. De su abuela, quien hoy ya no está, preparando las mismas tortas fritas con grasa vacuna que solían amasar y cocinar a la par en aquel campo de Entre Ríos, escuchándola decir que “al menos, con eso los chicos tenían un alimento para la tarde”. De su padre, acompañándolo a hacer compras a bordo de una vetusta camioneta Datsun, que continúa funcionando de manera inexplicable, escuchándole narrar las mismas anécdotas de siempre, referidas a su pasado familiar o laboral –vinculado de por vida con el ferrocarril-, ayudándolo a terminar las frases y recibiendo como habitual corolario la pregunta: “¿Cómo: ya te lo conté?”.
“¿Dónde se ha ido todo eso?”, se pregunta, hipnotizado por las frondosas hortensias, oyendo muy a lo lejos el incesante parloteo de su hijita, aferrada de su mano mientras ingresan a la estación, recorren el pasillo de la boletería cerrada, se acercan al andén. “¿En qué me convertí?”
Imágenes sin conexión aparente se le presentan delante de sus ojos; escenas editadas de diferentes películas conforman en un caos particular su propia película, la de su vida, tan errática y variada como la de cualquiera, con una enorme cantidad de detalles que la terminan haciendo única. Recuerdos de sus afectos primarios, claro está, pero también de sus amigos, sus ex parejas, sus compañeros y compañeras de trabajo… Todos aquellos que alguna vez, en determinado momento, han sido significativos en su vida y le han dejado una marca, que por pequeña que sea, hace una enorme diferencia: la de que hoy, él sea de esta manera y no de otra…
-Ahí viene el tren -, se escucha decir, al arrodillarse junto a su hijita y señalar con el brazo extendido hacia el horizonte, donde la inconfundible silueta del frente de una locomotora diesel se recorta contra la profundidad de la vía, haciendo sonar su estridente silbato en la distancia.
El se ha convertido en esto: hoy es padre de familia. Además de ser amigo inclaudicable de sus amigos, de atesorar el cariño hacia sus hermanos -aunque se vean poco, y dos de ellos también hayan sido padres-, de agradecerle a sus padres todo lo que han hecho por él –con sus aciertos y sus errores-, de ejercer con su título profesional y poder vivir de eso –algo que hasta hace unos años no le parecía muy tangible-, además de todo eso tiene una familia que adora, una hija que lo enternece como nadie pero que también lo saca de quicio, una mujer a la que considera un par y en quien confía plenamente.
El, de alguna forma, ha dejado de ser hijo y se ha convertido en hombre. Y la evocación de las hortensias se lo recuerda de manera inexorable.
-Vamos a volar…¡en tren! -, grita ella, agitando los brazos, dando emocionados saltitos a su lado.
-Si, hijita -, murmura él, mirando hacia el futuro. –Vamos a volar…



*De ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar
Marzo de 2001












Sin pies ni cabeza*



Es 4 de abril. Fecha del cumpleaños de mi padre.
Lo recuerdo bajo el nogal que él planto hace muchos años. Hoy comienzo a cosechar las nueces que el árbol da todos los años durante los días cercanos a su cumpleaños.
Me parece escuchar su voz cuando decía a quien quisiera oírlo:
"Hombre avisado, medio salvado".
Sin embargo tengo la certeza de haber desoído advertencias una y otra vez durante mi vida.




*

El que no tiene cabeza tiene pies -decía mi abuela materna.

Fue con la fractura de tobillo cuando me di cuenta que antes no tenia cabeza para pensar mis cuestiones y que -por largos meses- tampoco tendría pies para andar.
Sin ninguna ocurrencia razonable para mejorar las cosas intentaba leer.
Había tenido el libro de Felisberto Hernández en un estante durante 30 ó más años.
Al comenzar la lectura de Las Hortensias -que tiene prólogo de Julio Cortázar- sentí agotamiento.
El cuento era demasiado terrible para mi situación de fragilidad física y anímica.
Quise distraerme con la televisión, pero me parece que el resultado fue peor aun.
Puse el canal Crónica TV. Era la hora del programa de Anabela Ascar: "Hechos y protagonistas" no estaban ni el "Hombre hormiga" ni un cantante perdido en el túnel del tiempo.
Ese día llevaba a su programa a un imitador de López Rega.
Había colocado un ataúd en una larga mesa armada con caballetes. Luego presentó a una mujer que a su vez imitaba a Isabel Martínez. (Era idéntica con el pelo tirado hacia atrás y elevado en un frontón).
El falso López Rega hizo que la falsa Isabel se acueste sobre la mesa para hacer su representación. La cabeza estaba tocando a la cabeza oculta en el ataúd. Se apagan las luces. Un par de reflectores iluminabann el rostro de la Isabelita.
El falso brujo hizo maniobras con sus manos en el aire. Hablaba con un lenguaje que nadie podría traducir.
Anabela puso la cara de Anabela. López Rega dijo que había logrado trasferir a su Isabel el alma de Evita.
Anabela le pidío al falso Lopecito que abra el ataúd, este ensayó una fingida resistencia pero enseguida la cámara mostro una muñeca de tamaño humano con el rostro de lejanamente parecido a la Evita de la foto que luce esa sonrisa enorme y su pelo atado con rodete.
Me sobresalté. Son rostros de Hortensias. -Pensé.
Iluminación o delirio bien propio, pude ver que López Rega era un digno y verdadero protagonista del cuento de Felisberto cuando detrás de un cortinado le soplaba palabras que la Isabel - Hortensia debía decir al aire en sus discursos televisados.
Me extraño un poco que la imagen de Crónica TV fuese en blanco y negro.

Recordé mi mano sujetando el crayón rojo -era madrugada y la neblina no dejaba ver demasiado- cuando escribí sobre un paredón blanco "Isabel títere fascista".



*

Deje pasar varios días e intente con otro cuento, pero la primera frase también me llevo lejos: "Úrsula era callada como una vaca"
Esto me impulso a leer el folleto que me había traído el tío Lito de un establecimiento rural, se lo dieron en uno de sus paseos en tren para derrotar a la soledad de los domingos (cuando no haya lluvia que lo detenga en su casa).


Establecimiento "Las Hortensias"
Huerta orgánica. Granja ecológica. Espacio de reflexión.
Estación Hortensia. Provincia de Buenos Aires. Argentina

Somos un espacio ecléctico que reúne en un ambiente rural:
Una huerta orgánica. Una granja modelo. Un hostal para visitantes con actividades al aire libre y ciclos de intercambio. Un espacio natural donde se programan encuentros para la reflexión de las cuestiones humanas. En su programa 2011 las reuniones se aplicaran al pensamiento sobre la histeria. En una época donde lo lábil domina los afectos.

-Que bien me vendrían uno días de recreación y pensamiento, bien lejos de mis problemas.
-Me dije con una sonrisa, antes de seguir leyendo:

Elegimos la producción ecológica para cultivar vegetales, frutas y aromáticas. Con métodos de “agricultura orgánica” mantenemos la fertilidad del suelo y su diversidad biológica. No utilizamos sustancias artificiales, químicos, pesticidas o elementos contaminantes.
En nuestros eventos no se permite la utilización de celulares ni existe la contaminación generada por televisores (....)


*


Entonces pude verme con Eleonora leyendo en fotocopia un texto de Pitirim Sorokin, nos reímos como niños con el nombre y apellido del intelectual ruso. Eleonora dejo su legado en mi memoria con una advertencia dicha como al pasar en una única frase. "vos sos pasto para la histéricas".
En el momento me pareció una rareza surgida de una desconocida con la que no tendría otra relación que la de estudiar una materia para la facultad.
Pero, con el tiempo esas palabras fueron madurando y creciendo, ganando espacio como una verdad revelada tardíamente.
Años después ubicarla. Tenía el teléfono de la casa de sus padres y ellos me contaron que tiempo después de recibirse dejo de militar en el Partido Obrero y abrazo una causa distinta: decidió quedarse a vivir en Tailandia trabajando en un programa que intenta preservar y rescatar a los orangutanes de la brutalidad de la sociedad. Podría haber intentado pedir una dirección postal para escribirle, pero enseguida desistí, supuse que no solo no recordaría su frase genial ni a quien estaba destinada sino que mi actitud de comunicarme con el objetivo de preguntar sobre esto seria francamente ridícula.
Pensé en los espejos a los que teme el protagonista de las Hortensias. En espejo del tiempo que se refleja en uno y en cada cual. En el espejo de los otros pueden dar -hasta involuntariamente- al patetismo propio.



*

Estación Hortensia. 315 Km. de Puente Alsina.

Vuelvo una y otra vez a intentar sin éxito concluir la lectura de "Las Hortensias".
Sigo siendo una persona que busca su lugar en el mundo; que necesita escribir pero debe vencer en cada palabra la inmovilidad. La parálisis de la angustia.

Sin encontrar las respuestas que necesito, al menos me distraigo unos días en este club de campo que brinda a quien lo necesite un buen "pastoreo" reflexivo sobre el tema de la histeria.



*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com






PRESENCIA DE ABRIL*


Las hojas nunca repiten el otoño.
Se renueva la experiencia
de caer silenciosas
sobre su asombro y el mío.
No parece cierto que antes haya sucedido
será que hoy descubro
en cada árbol un sol encendido
que se inmola con la serena postura
de alguien que ha llegado a destino.


No hay palabras que describan
estas calles que caminamos juntos.
Están maduras de esperas, mullidas, rojizas...
Desmenuzo los recuerdos hasta hacerlos
polvo dorado sobre el alma en armonía.


Las hojas nunca repiten el otoño.
Lo hacen nuevo cada vez, como
si nunca antes hubiera sucedido.
Y yo no sé con qué palabras
hacerlo como ellas.

Acaso sean necesarios otra vez
nuestros pasos en la calle atardecida.


*De Miryam Seia. miryamseia@cablenet.com.ar









EL CAMAROTE OCUPADO*


-Sexta y última parte-



Un crujido de madera antigua, el chasquido de una cerradura al romperse, una puerta que se abre de par en par y la violenta aparición de un hombre dentro del camarote fueron los elementos que desgarraron aquel momento de intensa sensorialidad femenina. ¿E incluso masculina?
Ernesto cayó sobre su costado izquierdo con un quejido de dolor, bañado por el foco del pasillo a sus espaldas. El chorro de luz horadó la semipenumbra del camarote, revelando la intimidad de una imagen en extremo obscena y excitante. Las protagonistas chillaron ante la sorpresa, deteniéndose en el acto.
Los tres parpadearon incrédulos. Ernesto, conmocionado ante la visión de un par de mujeres semidesnudas, sólo luego de un par de segundos de estupor reconoció a la estudiante de Psicología, sin sus gruesos anteojos, yaciendo boca arriba sobre el suelo de goma, y a la mentada pasajera del camarote, con quien él pretendiese un acercamiento galante durante su breve paso por el vagón comedor, recostada encima de la chica. Lorena, por su parte, mientras lo contemplaba con mirada asesina, identificó al estúpido barman que había intentado seducirla en vano hacía ya tanto tiempo –quizá en algún otro viaje……u otra vida-, inventando absurdas historias de fantasmas. Y Claudia, desconocida como amante bisexual, se desconcertó ante la visión de aquella libidinosa mujer que yacía encima de ella, oprimiéndole los pechos contra los suyos, maldiciendo casi al unísono al intempestivo visitante.
Otra violenta corriente de aire helado se abatió sobre ellas, alcanzándolo a Ernesto sobre el rostro, quien volvió la mirada hacia el rincón de donde procedía la ventolina, aunque no llegase a tiempo a registrar certeramente lo que veía.
Un furioso sopapo se abatió de revés sobre él, sumado a un agudo e irascible chillido. Ernesto, reaccionando mediante un acto reflejo, se apartó de costado, rodando sobre el piso en dirección contraria, hacia la pared. Una amenazante figura se incorporó detrás suyo, y sin dejar de chillar, se abalanzó sobre su espalda, arreciando con una salvaje descarga de golpes.
-¡Tómatelas, hijo de puta!!! -, aullaba Lorena, pegándole sin cesar. -¡Dejame tranquila de una buena vez!!! ¿No tuviste suficiente con cagarme la vida mientras vivíamos juntos??? ¡Andate, la puta que te parió!!! ¡Aaan-daaaaa-teeeeeee!!!!
Ernesto giró nuevamente y la enfrentó, enmudecido ante la sorpresa o el absurdo. Intentó aferrarle los brazos para que dejase de golpearlo, pero le resultaba imposible; apenas si podía desviar los sopapos y trompadas, evitando que lo desfigurase. Claudia se incorporó, desconociéndose una vez más, quizá recordando el efecto de la cámara lenta en el cine, y se lanzó sobre la espalda de Lorena, atajando sus brazos por detrás, aunque sin lograr detenerla.
-¡Basta, basta! ¡Dejalo! -, imploraba la chica a medio vestir, deseando muy dentro suyo que aquella mujer volviese a estimularla como hasta hacía apenas unos segundos, regresando a la misteriosa burbuja autista de placer en la que la había sumergido al encerrarse juntas dentro del camarote.
Lorena se sentía ajena a sí misma. ¿Por qué le resultaba tan extraña su propia voz, como si se hubiera vuelto más grave……más parecida a la de un hombre? ¿Y de dónde extraía semejante fuerza, capaz de azotar a este tipo y dejarlo fuera de combate? Además, ¿quién era este fulano? El boludo del barman, claro, ……aunque un secreto pensamiento le decía que lo conocía de algún otro lugar, de otra época, de un momento afectivo diferente… ¿Sergio? La sola aparición de aquel nombre dentro de su cabeza la hizo enfurecer aún más.
El viento a su alrededor, agorero y siniestro, no dejaba de silbar…
Aún excitada, Claudia quería retenerla cerca del catre, lejos del empleado ferroviario, pero la pasajera del camarote era demasiado fuerte para ella. Lorena, poseída por una misteriosa fuerza que la impulsaba hacia delante, arreciaba contra Ernesto, quien a duras penas conseguía evitar que le rompieran la nariz.
Y entonces, por entre el griterío, los golpes y el escalofrío del viento, una decidida voz los inmovilizó, congelando la escena.
-¡Deténganse todos!!! ¡Atrás, íncubo maldito!!! ¡Vete de aquí!!! ¡Dios es mi Salvador y mi escudo!!! ¡Y aunque camine por el Valle de las Lágrimas y me enfrente a la Iniquidad, jamás temeré, porque sé que Él está de mi lado!!!
Los tres volvieron la cabeza hacia la puerta abierta. La desaforada imagen de Heriberto Fort, emergido de una alucinada estampa bíblica, empuñando la cruz de plata en alto como si se tratase de una espada flamígera, les causó una impresión tan sorprendente por su inmediatez como grotesca en su contenido.
Nadie supo muy bien qué hacer o decir. Hasta que la silenciosa tensión en el ambiente, apenas contorneada por el silbido del viento, fue desgarrada por una sonora carcajada. Lorena reía a mandíbula batiente, incapaz de comprender semejante aparición. ¿A quién quería derrotar este santurrón?
-¡No teman!!! -, arreció Heriberto, su pie derecho recargando el peso del cuerpo hacia delante, el puño firme y en alto, la mirada llameante. -¡Combatiré a esta súcuba hasta el último aliento!!! ¡Exorcisaré a la pérfida criatura, mitad hombre y mitad mujer, y recuperaremos para el rebaño a esta abandonada hija de Dios!!!
Lorena comenzó gradualmente a contener la risa, mientras Ernesto y Claudia la contemplaban sin saber qué hacer. Entonces la mujer se puso de pie de un salto, apenas vestida por una remera que le colgaba del cuello y un par de soquetes oscuros, y enfrentó al seminarista.
-¿Y vos de dónde carajo saliste, pelotudo? ¡Sos peor que cualquier otro hombre, más reprimido y más puto!!! ¡Tómatelas o te fajo a vos también!!! ¡Y te enrosco brazos y piernas con esa sotana de mierda, para después meterte la cruz bien en el culo, donde debería estar!!!

-¡No la oigan!!! -, chilló Heriberto, capturado por su personaje, impostando la voz como si se encontrase representando una épica ópera de Wagner. -¡Quiere confundirnos a todos con su malignidad!!! ¡Aléjensé!!! ¡Podré solo contra ella, con la divina ayuda del Señor, mi guía y mi pastor!!!

Una silueta apareció de improviso detrás del seminarista.
-Pero… -, balbuceó Fernando Suárez, el guarda. -¿Me pueden explicar qué está pasando? ¡Señorita, ubíquese y hága el favor de vestirse, que éste no es un tren nudista! Los pasajeros vuelvan a sus asientos, que ya estamos por arribar a la Estación Hortensia. ¡Y vos, Ernesto, ¿qué hacés ahí tirado?! ¡Levantate de una buena vez, que Gorriarán está como loco y quiere verte enseguida en el vagón comedor!
-¡Basta! -, protestó Claudia, volviendo a hilvanar sus extraviados pensamientos, habiendo perdido con tantas interrupciones, muy a su pesar y quizá definitivamente, aquella novedosa sensación erógena causada por otra persona de su mismo sexo. -¿No se dan cuenta de que esta mujer está mal y necesita ayuda de inmediato?
-¡Sí!!! –bramó Heriberto. -¡Yo, en mi carácter de abnegado Soldado de la Fé, seré el encargado de librarla para siempre de Todo Mal!!! ¡Refúgiate en Cristo, pecadora!!!
-Pero…, ¡si serás necio!!! -, estalló Claudia, colmada por la irritación. -¡Acá hace falta medicación, administrada por un psiquiatra!!! Y después, un buen tratamiento psicológico. ¡Nada de delirios místicos!
Lorena, sin mirar ni escuchar a nadie en particular, volvió a estallar en carcajadas, ante el estupor e indignación de Fernando, azorado ante su impúdica desnudez. Ernesto consiguió ponerse en cuclillas, para luego incorporarse lentamente, sin que nadie reparase en sus movimientos. Y estaba a punto de abalanzarse sobre Lorena y apresarla por detrás, poniendo un poco de orden a semejante descontrol, cuando otra enigmática silueta apartó a Fernando hacia un costado e ingresó en el camarote, con andar cansino pero majestuoso, enmudeciendo con su sola presencia al seminarista, quien se volvió sorprendido para contemplarlo. Desconcentrado, el seminarista bajó su brazo exorcisante, deponiendo el poder de la cruz.


El recién llegado vestía por única prenda un enorme poncho de cuero salvaje, calzado con ojotas y luciendo una vincha descolorida que le cruzaba la frente y alejaba de su rostro una extensa y tupida cabellera negra. De rasgos inconfundiblemente aindiados y untado con brillantes tintas vegetales que le cruzaban las facciones, parecía haberse fugado de alguna otra dimensión temporal, como si su presencia allí no cuadrase en absoluto.
-¡Todos quietos! -, les ordenó, con voz grave y pausada, sin necesidad de gritar, al tiempo que extraía debajo de su poncho una serie de diversos y extraños amuletos confeccionados con huesos de animales, entre los cuales comenzó a agitar uno de aspecto atemorizante, casi fálico, parecido a una maraca. –Las señales fueron inequívocas durante los últimos días. Los vientres de los terneros sacrificados y los mensajes de los huesos esparcidos sobre la tierra habían repetido lo mismo, una y otra vez. El espíritu ha vuelto, con la misma sed de sangre de siempre, dispuesto a asesinar a nuestros hombres y vejar sin piedad no sólo a nuestras mujeres, sino también a las de Uds. Por eso -, y esparció a izquierda y derecha (¿babor y estribor? … la trochita angosta oscila con “vaivén de barco” al desplazarse sobre rieles tan estrechos) unos polvillos de colores sobre el suelo de goma del camarote, -ungido como el último médico brujo de los tehuelches, declaro a éste como lugar sagrado, imposible de ser mancillado por el paso de cualquier espíritu que no pertenezca a nuestra tierra. ¡Aléjate de aquí, verdugo cruel de mis gloriosos antepasados! ¡Abandona estos terrenos, que reclamo orgulloso en nombre de mi pueblo!
La ráfaga de viento volvió a arreciar al término del discurso. El estupor de los presentes no se retraía en lo más mínimo. Nadie supo cómo actuar, hasta que el guarda, como autoridad del ferrocarril, emergiendo del mismo letargo que inmovilizaba a todos, protestó:
-¡No me diga que viene a exorcizar un fantasma! ¡Vamos, hombre, déjese de joder! ¡A usted lo mandó el escandaloso ése de la televisión, el Marcelo Tinelli! ¿Cuánto le pagó para armar esta patraña? ¿Dónde lleva la cámara oculta? ¿Entre medio de toda esa pelambre?
-Los aborígenes están cada día más aculturados -, reflexionó Claudia en voz baja, -despersonalizados por los mass-media…

-¡Es la pérfida acción del demonio! -, sentenció Heriberto. –Esto ocurre porque nadie se ha tomado en serio la misión evangelizadora de los infieles. ¡Pero eso cambiará en este nueva era que se inicia! -, y volvió a empuñar en alto la cruz de plata. -¡Volveremos a Cristo!!!


-¡No se burlen! -, exclamó el médico brujo, sin apartarse un ápice de su misteriosa y específica tarea, arrojando un poco más de sus polvitos de colores, haciendo sonar su fálica maraca de hueso, y defendiendo su vapuleada dignidad en contra del vulgar prejuicio occidental que los catalogaba como “pueblo oprimido”. –El ánima de ese cruel asesino vaga insepulta entre Uds. desde hace muchísimo tiempo, y ninguno ha sido capaz de evitar que su figura fatal atormentara a nuestros hijos por las noches. ¡Yo te convoco, entonces, General Julio Argentino Roca, a ser desterrado para siempre, y que acabes de una vez con ese martirio que nos acosa desde hace más de un siglo!


-¡Frígidos de mierda! -, estalló Lorena, temblando de furiosa calentura. -¡Hombres tenían que ser!

-Están todos borrachos… -, masculló Ernesto, incapaz de eludir la incredulidad, sin saber si ponerse a reír o a llorar a raíz de semejante absurdo. -¿Qué carajo está pasando en este camarote?
Una nueva ventolina se abatió sobre ellos, y por un instante se escuchó como si la ráfaga helada sonase al estilo de una maléfica risa de ultratumba. Entonces Ernesto, acopiando lo poco que aún le restaba de valor, giró la cabeza hacia aquel rincón del camarote donde creía que se originaba la misteriosa irrupción de aire helado. Una abrupta comprensión lo abofeteó de lleno, insultando su inteligencia, sintiéndose de inmediato el boludo más grande que pisase alguna vez un tren provincial de larga distancia. Por lo que exclamó a viva voz, indignado y herido en su más profunda autoestima:
-¡A ver si se dejan todos de joder y vuelve cada uno a lo que estaba haciendo! ¡Que bastante hinchadas las pelotas tengo por esta noche!
Y habiendo captado la atención del resto de los ocupantes del lugar, señaló con su dedo índice, para que no quedase lugar a dudas, hacia la pared opuesta a la puerta del camarote, donde nadie parecía haber reparado en un detalle tan cotidiano como banal.
Todos giraron sus cabezas, probablemente sin sorprenderse por nada de lo que pudiesen contemplar a esta altura de los acontecimientos, para descubrir que la antigua y elegante ventanilla de cristal biselado del vagón camarote, quién sabe durante cuánto tiempo, había quedado abierta…




*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar
-Capítulos anteriores en http://inventren.blogspot.com/







DILEMA*


Muchas manos
Ayudan a una multitud de gente.
Una mano que aprieta,
Define el grado de nuestra conciencia,
O quizás revela el lugar que tomaremos
El día que cambie el rumbo definitivo
De la historia.
Cada dìa es una lucha,
Es la preparación previa al enfrentamiento
Inevitable cuenta regresiva,
Que ansío con ganas verla
En vida,
Pero es como la espera
De lo que nunca sucederá.
Me aferro a la fe ciega
De un instante
Donde todos
Nos parecemos a todo,
Y la crueldad vil
De quien selló
Mi jerarquía,
Sea sentenciado
Al mar de azufre
Que alguna vez
Leimos en nuestra niñez,
Solo que ahora
Ya no somos tan niños.


*De Daniela Wallffiguer. danielawallffiguer@gmail.com





Tren*



El tren era el de todos los días a la tardecita, pero venía moroso, como sensible al paisaje.
Yo iba a comprar algo por encargo de mi madre.
Era suave el momento, como si el rodar fuera cariño en los lúbricos rieles.
Subí, y me puse a atrapar el recuerdo más antiguo, el primero de mi vida. El tren se retardaba tanto que encontré en mi memoria un olor maternal: leche calentada, alcohol encendido. Esto hasta la primera parada: Haedo. Después recordé mis juegos pueriles y ya iba hacia la adolescencia, cuando Ramos
Mejía me ofreció una calle sombrosa y romántica, con su niña dispuesta al noviazgo. Allí mismo me casé, después de visitar y conocer a sus padres y al patio de su casa, casi andaluz. Ya salíamos de la iglesia del pueblo, cuando oí tocar la campana; el tren proseguía el viaje. Me despedí y, como soy muy ágil, lo alcancé. Fui a dar a Ciudadela, donde mis esfuerzos querían horadar un pasado quizá imposible de resucitar en el recuerdo.
El jefe de estación, que era amigo, acudió para decirme que aguardara buenas nuevas, pues mi esposa me enviaba un telegrama anunciándolas. Yo pugnaba por encontrar un terror infantil (pues los tuve), que fuera anterior al recuerdo de la leche calentada y del alcohol. En eso llegamos a Liniers.
Allí, en esa parada tan abundante en tiempo presente, que ofrece el ferrocarril Oeste, pude ser alcanzado por mi esposa que traía los mellizos vestidos con ropas caseras. Bajamos y, en una de las resplandecientes tiendas que tiene Liniers, los proveímos de ropas standard pero elegantes, y
también de buenas carteras de escolares y libros. En seguida alcanzamos el mismo tren en que íbamos y que se había demorado mucho, porque antes había otro tren descargando leche. Mi mujer se quedó en Liniers, pero, ya en el tren, gustaba de ver a mis hijos tan floridos y robustos hablando de foot-ball y haciendo los chistes que la juventud cree inaugurar. Pero en Flores me aguardaba lo inconcebible; una demora por un choque con vagones y un accidente en un paso a nivel. El jefe de la estación de Liniers, que me conocía, se puso en comunicación telegráfica con el de Flores. Me anunciaban malas noticias. Mi mujer había muerto, y el cortejo fúnebre trataría de alcanzar el tren que estaba detenido en esta última estación. Me bajé atribulado, sin poder enterar de nada a mis hijos, a quienes había mandado
adelante para que bajaran en Caballito, donde estaba la escuela.
En compañia de unos parientes y allegados, enterramos a mi mujer en el cementerio de Flores, y una sencilla cruz de hierro nombra e indica el lugar de su detención invisible. Cuando volvimos a Flores, todavía encontramos el tren que nos acompañara en tan felices y aciagas andanzas. Me despedí en el
Once de mis parientes políticos y, pensando en mis pobres chicos huérfanos y en mi esposa difunta, fui como un sonánbulo a la "Compañia de Seguros", donde trabajaba. No encontré el lugar.
Preguntando a los más ancianos de las inmediaciones, me enteré que habían demolido hacía tiempo la casa de la "Compañia de Seguros". En su lugar se erigía un edificio de veinticinco pisos. Me dijeron que era un ministerio donde todo era inseguridad, desde los empleos hasta los decretos. Me metí en un ascensor y, ya en el piso veinticinco, busqué furioso una ventana y me arrojé a la calle. Fui a dar al follaje de un árbol coposo, de hojas y ramas como de higuera algodonada. Mi carne, que ya se iba a estrellar, se dispersó en recuerdos. La bandada de recuerdos, junto con mi cuerpo, llegó hasta mi madre. "¿A que no recordaste lo que te encargué?", dijo mi madre, al tiempo que hacía un ademán de amenaza cómica: "Tienes cabeza de pájaro"


*de Santiago Dabove, incluido en "La muerte y su traje".
Buenos Aires, Alcántara. Edición de 1961. (págs 137-138)




*

Inventren Próxima estación: ORDOQUI



Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

El Inventren sigue su recorrido por las siguientes estaciones:

CORBETT.

SANTOS UNZUÉ. MOREA. ORTIZ DE ROSAS. ARAUJO.

BAUDRIX. EMITA. INDACOCHEA.

LA RICA. SAN SEBASTIÁN. J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS. GONZÁLEZ RISOS. PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN. PLOMER. KM. 55.

ELÍAS ROMERO. KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD. MERLO GÓMEZ. RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA. JUSTO VILLEGAS. JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. ALDO BONZI. KM 12.

LA SALADA. INGENIERO BUDGE. VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA. VILLA DIAMANTE. PUENTE ALSINA.

INTERCAMBIO MIDLAND.


InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/



Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar




INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar


Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

Wednesday, January 19, 2011

ESTACIÓN HERRERA VEGAS


InvenTren.



SOLO UN CAFÉ…*


A Silvio


Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto.
El Sur
Jorge Luis Borges



La vio acercarse, con el mismo sombrerito que usó en la televisión…

Se hallaba a punto de partir a provincias a una gira promocional de su más reciente disco, encendió el televisor para no sentir tanto silencio – o para acallar los gritos de sus pensamientos – y vio que estaban pasando una entrevista a enfermos terminales. Una idea un poco cruel, pensó, sin darle demasiada importancia.

De pronto escuchó su nombre. El entrevistador le preguntaba de nuevo a una de las pacientes – vaya ensañamiento – si ese era su último deseo.

- Sí - respondió una mujer con un sombrerito de terciopelo verde oscuro, apenas para intentar cubrir la calvicie a la que la condenaba su enfermedad -, de niña y adolescente fue mi ídolo, mi primer y gran amor, compraba sus discos, iba a sus conciertos, perseguía sus entrevistas, me sé sus canciones, sus poemas... Jamás pude siquiera tenerlo cerca… Ahora que estoy tan próxima a partir, desearía poder tomarme un café con él.
- ¿Y que le dedique una canción, tal vez? – insistió el periodista.
- Solo un café – dijo ella, mirando fijamente a la cámara.

Le pareció que los ojos de la mujer, de un azul casi transparente, se clavaban en los suyos. Aquello lo impresionó. ¿Sería una señal? Su religiosidad personal, conformada por lo que había ido eligiendo de varios credos, era muy profunda.

Si, a pesar de nunca ver televisión, de estar apenas prestando oídos, una mujer a punto de morir decía su nombre, y vivía en una ciudad donde harían una corta estancia… Era un llamado.

Logró localizarla a través del hospital donde se realizó la entrevista. Ella, muy emocionada, le dijo que no vivía en la ciudad, sino en un pueblo cercano, pero podía tomar un tren y coincidir con su apretado horario, una hora antes de partir. Para ayudar al encuentro, fue él quien propuso que fuera en el café de la terminal, un sitio agradable. No era primera vez que hacían esta parada, ahí vivía la madre de uno de sus músicos. El resto hacía cualquier cosa, hasta que se reunían en el punto acordado.

Se levantó, saludó con una inclinación de cabeza que ella respondió del mismo modo. La ayudó a sentarse y esperaron, sonriendo en silencio, que viniera la camarera para ordenar, él un café expreso, ella un capuchino.

Tenía la nariz levantada y las mejillas tersas, muy pálidas. En contraste, las pecas que salpicaban su rostro eran casi rojas. “Parece una niña que se resistió a crecer, tiene rostro de bebé”, pensó y se le heló la sangre al recordar que estaba frente a una persona a la que le quedaban, con suerte, unos meses de vida. Su antiguo miedo a la muerte estaba sentado frente a él.

Ella adivinó sus pensamientos.

- Conozco esa mirada, no te preocupes, no es tan terrible como parece... Todos venimos al mundo con fecha de vencimiento, la diferencia es que yo conozco la mía.

No sabía qué responder, mas, al verla echar a reír, aflojó la tensión y rió también. Había tenido sus temores, a última hora casi se retracta del encuentro. Las fans lo ponían nervioso, esperaban de él algo más de lo que era, como si tuviera que hablar todo el tiempo en el idioma de sus canciones, tener salidas geniales ante cada frase, tararear lo que ellas le pidieran. Hubo una que le reprochó su estatura… y hasta su edad, comentándole que “en la portada de los discos se veía más joven y más alto”.

- No espero nada trascendental de este momento – sonrió ella, leyendo su mente de nuevo -, debes estar hastiado de todo tipo de acosos, preguntas fuera de sitio, indiscreciones y comportamientos extremos. Mi deseo era éste, compartir un café contigo, nada más.

La hora discurrió tan rápidamente que quien los contemplara hubiera dicho que eran dos amigos que se reencuentran luego de una larga pausa y tienen mucho que contarse. Rieron, comentaron sucesos del pasado, eventos que conmovieron a muchos, otros casi olvidados… No tuvo que mirar el reloj, ella lo hizo por él.

- Llevo medida del tiempo, sé que estás en una breve parada. Mi agradecimiento no tiene límites y sé que te pondrá nervioso escuchar todo lo que ha significado para mí este encuentro. Solo quería, antes de despedirnos, hacerte un regalo, algo especial que solo yo puedo darte…

De nuevo sus nervios se dispararon: Lo dicho, con los fans todo es de esperar. Pero ella no parecía tener impulsos de besarlo, ni de dispararle con un arma oculta, pedirle su reloj, ni siquiera un autógrafo en algún sitio extraño de su geografía. En vez de esto sacó una agenda y un bolígrafo.

- Como sabes, estoy a las puertas de un viaje sin retorno – lo miró, sabiendo que acaparaba su atención -. Cuántos no habrás perdido, cuántos adioses inesperados, cuántas largas despedidas, cuántos “hasta pronto” que se transforman de golpe en “hasta siempre”.

Guardaron silencio por unos segundos.

- Siempre que esto sucede, pensamos que algo esencial faltó, más allá de la ausencia. Rezamos por una hora, por un minuto, así sea por saber que nos escuchan – continuó ella, extendiéndole ambos objetos -. Elije una de estas personas, la que darías cualquier cosa por ver una vez más. Escribe lo que quedó por decir. Te prometo que, si la otra vida existe, la buscaré y se lo diré, así me tome el resto de la eternidad.
- ¿Y es necesario ponerlo por escrito? – le dijo, con los ojos húmedos, llenos de remembranzas y agradecimiento.
- Sí, para poder aprendérmelo de memoria en el tiempo que me queda y transmitirlo, con tus palabras exactas, a ese alguien que amaste tanto y el destino te llevó antes de que pudieras decírselo.

Comenzó a escribir, entendiendo que el mensaje captado aquel día frente al televisor había sido para él, pero no del modo en que lo entendió.

Dejó gotear su dolor en el papel que iba cubriendo de renglones, sin saber si se hallaba en una estación de trenes, frente a una mujer aún joven y bella a pesar de los estragos de la enfermedad, o si se hallaban ambos en una estación de tránsito de un género distinto, y frente a él tenía un ángel que adivinaba sus deseos, sus memorias, sus temores y hasta lo que había pretendido sepultar en los rincones más hondos del olvido.



*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.



ESTACIÓN HERRERA VEGAS





La reinvención*







*Por Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar







El hombre camina por su barrio con su mochila de frustraciones antiguas.
Al dar vuelta la esquina reconoce a un compañero de la -ahora lejana- escuela secundaria. No lo ha visto en décadas.
Alejandro esta tirado en el piso debajo de un antiguo camión que parece haber sido fabricado durante la segunda guerra mundial.
"Lo compre por unos pocos pesos". -Explica. "Lo estoy reparando para que sea casa rodante. Voy a recorrer la argentina con el".
El hombre mira a su amigo con una expresión intraducible. El camión es una ruina con su chasis sostenido por troncos de madera.
El amigo debe haber percibido una mirada escepticismo, o esa piedad que se tiene ante un delirio impracticable.
-"Si no tenés sueños, estas muerto". Dijo con un sentido justificatorio.
Al hombre la frase le pareció un flechazo en el pecho de su propia existencia.
Cambiaron de tema. Que sabían de los compañeros de entonces.
¿Sabes algo de Huber? -Preguntó el hombre-
Con Huber eran un trío inseparable en el primer año del industrial.
-Se fue a trabajar a un pueblo de campo en un centro de investigación. Le cambio la vida. Acá no tenia nada y a los 50 años nadie te da un trabajo estable. Hay que trabajar 12 horas arriba de un remis completo el hombre el cuadro de situación.
Antes de despedirse el hombre pide las direcciones de correo de Huber, y la de Alejandro el portador de ese sueño de acercar distancias que ha intuido como inalcanzable.


El hombre siguió su camino acunado en angustias. Son años de sentirse fracasado y por más que haga enormes esfuerzos mentales no logra ver la mitad del vaso lleno. Solo gotas. Y se evaporan.

Esa misma noche le escribió a Huber.
Le contó su situación. Una vida horrible. El trabajo un espanto. Ni hablar de la soledad.
Huber le contesto rápido. Leyó su correo en la mañana siguiente.

-"Negrito, que alegría me das, salvo de Alejandro hace años que no se nada de los compañeros de la escuela.
-"Lamento que no estés del lado de los integrados al modelo. Esta sociedad casi no da segundas oportunidades a nuestra edad. He tenido un golpe de suerte después de años de golpear puertas.
Esta noche, cuando vuelva a casa te cuento la historia de como llegue aquí."

El hombre responde: Dale, contame. Quiero saber una buena entre tantas calamidades que escucho en el día.



Al amanecer, cuando el calor insoportable apenas ha aflojado durante la noche, el hombre lee la carta Huber. Es una historia larga y no parece sencilla.

Había tenido un año peor que malo. Le extirparon un testículo, cuando salió de esa se quebró una pierna.
Su hija lo dibujaba: "Es papá en su burbuja" y lo representaba: La angustia lo aislaba cada vez más. Imposible ver futuro. El futuro era el día siguiente o la semana a lo sumo.
Un día recibió un llamado de un primo que vive en el campo, justo en el límite de los partidos de Yrigoyen y Bolívar.
"Se viene el ferrocarril de nuevo y va a haber trabajo en cada pueblo. Hasta posibilidad de radicar industrias y empleados"
Huber hizo un bolsito y se fue a ver a su primo. Fue por un par de días y volvió a la semana con otra cara.
Ese título que le dieron a leer era más que prometedor: "La reinvención del ferrocarril. Un proyecto comunitario de articulación social"
El tren volvía, pero cada pueblo debía formular proyectos que se respalden en el tren y den sustentabilidad a largo plazo.
Ahí tomo contacto con la gente de Herrera Vegas, 150 habitantes que tuvieron el criterio de no aceptar cualquier cosa.
Tomaron el asunto del proyecto para refundar su pueblo con el ferrocarril en serio. Armaron un concurso de ideas internacional y lograron el respaldo de la UNESCO.
En asambleas descartaron alternativas: ni planes de vivienda sin trabajo para quien llegue a vivir, ni la instalación de una cárcel -el Estado vive buscando lugares para ampliar su capacidad de encerrar en celdas-.
Tampoco industrias que contaminen más aún el agua.
Fue unánime. El proyecto ganador fue la radicación de un centro de investigación avanzada, al que se bautizo como "Alfonso Luis Herrera" en homenaje a un destacado científico mexicano. Un segundo proyecto también fue aprobado: un polo de microempresas que fabriquen alimentos.

Huber consiguió empleo en el centro de investigación como administrativo, a la espera de que lo asignen a un proyecto de investigación específico. Se levantaba bien temprano, caminaba hasta la estación Libertad y se subía al tren hasta Herrera Vegas. Trabajaba 8 horas y tenia casi 6 de viaje entre ida y vuelta.
Cuando lo designaron como empleado contable en el proyecto NOGXA. Huber se animo a llevar a su familia a vivir a Herrera Vegas. "Ahora los chicos pueden jugar en la calle" (....) "dejas la bicicleta o la motito o lo que sea en la puerta de calle y nadie toca nada". (....) "No se si es el paraíso pero se le parece bastante..."

Así como el proceso que lo llevo a conseguir trabajo estable e irse a vivir a ese pequeño pueblo revoluciono su existencia. Huber habla maravillas del proyecto donde trabaja. Aunque el no entiende demasiado de lo que hace ese equipo de científicos, sostiene que el fin es noble, que van a terminar de dar vuelta el modo de pensar la relación entre mente y cuerpo.




"Negrito, no se lo digas a nadie pero esta gente esta experimentando con una máquina que puede grabar todo lo que la mente de un sujeto almacena durante su vida. (....) todo, absolutamente todo: imágenes, frases propias y de la gente querida. Lo políticamente correcto y lo traumático fijado en la memoria. (...) Además y esto es lo mas decisivo: puede registrar el efecto de emociones y recuerdos pasados sobre el cuerpo en el aquí y ahora..."

Una vez hablo fuera del horario laboral con el director de NOGXA.
Huber se despreocupo por hablar un lenguaje de códigos y conceptos. Simplemente pregunto: Che, Javi, ¿como se te ocurrió todo esto?
Gracias a Carl Kolchak, por el capítulo del hombre obligado a dormir en un laboratorio. Ese hombre que en sus sueños materializa al hombre musgo, el "Peremalfait", un cuco mítico de su infancia que mata a quienes quieran despertar a su creador.
Era un niño y ese capítulo me impresiono y dejo su huella en el tiempo. Desde ahí, para decirlo mal y breve me obstine por hacer visible, materializar de alguna forma los recuerdos y la actividad cerebral del ser humano.

¿Viste, negrito? Que asombrosas suelen ser las cosas...

-Te felicito hermano, le contestó el hombre. Era hora que te tocara un trabajo decente.

(...) No lo voy a pensar ni un día más. Voy a visitarte a Herrera Vegas. Buscare un trabajo. No importa en que oficio. Sino estar allí y vivir en un pueblo que se recrea. Que brinda la ilusión de reinventar la vida de quien pise su suelo.

Allá va el hombre a sacar su pasaje para viajar desde Merlo Gómez, la estación más cercana a su casa. En el camino ve un cartel de publicidad que dice: "Es hora de ser quién queres ser"

No es mala idea, -piensa el hombre-, quizás fuese tarde para ser el que hubiera querido ser a los 25 años. Pero el intento bien va a valer para demostrarse a si mismo que no esta derrotado.













La crisis del chocolate*







*Por Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

Y hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







¿Por qué íbamos a preveer errores, si avanzábamos sobre teorías sólidas?... La crisis del chocolate se extendía a nivel mundial. Parecía que las plantas de cacao se hubiesen puesto en huelga hasta que las especies transgénicas, introducidas a cada país con tratados de libre comercio, renunciaran a sus patentes en el mercado.



Eran esos tiempos futuros, o arcaicos (nadie lo sabe bien), en que el chocolate era valorado más que el oro u el cobre en estos días. El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional se vieron obligados a intervenir para rescatar al país de lo que los expertos ya llamaban "La Crisis del Chocolate", elaborando un oportuno plan, como en casos similares suelen ser elaborados.



Las ya tradicionales opciones fueron consideradas: instaurar una dictadura militar, despidos masivos, privatizaciones, permitir que una potencia invada al país para rescatarlo, incrementar la deuda externa... Incluso la opción de dejar al mercado nacional sin protección del Estado, para que por un milagro del mercado mundial se estabilizara el país y lo sacara de esta terrible crisis; algo así como cuando los extraterrestres secuestran a las personas (principalmente mujeres, aunque luego suele haber equivocaciones), y usando técnicas de inseminación artificial les dejan preñadas, solo que en este caso: usando dinero y países para los experimentos.



La crisis avanzaba rápidamente, y el plan debía ser definido; pero la experiencia histórica frenaba cada opción al recordar que ninguna de ellas, ni todas implementadas al mismo tiempo, resolvían crisis alguna y sólo protegía los intereses de los grandes capitalistas. Fue entonces que la respuesta que se buscaba, aquella que aportaría la evidencia rotunda de lo acertado de las doctrinas neoliberales, apareció para salvar al país: se adoptarían todas las opciones tradicionales, pero además, y ésta fue la gran respuesta, se construiría una fábrica de chocolate.



Y así fue: la construcción se inició un par de horas después de consumado el golpe militar. La localidad elegida fue el pueblito de Herrera Vegas, junto a la vieja estación abandonada del ferrocarril. Su construcción traería desarrollo y empleos a la localidad, además de chocolate a la nación.



Lo que causó la primera sorpresa fue el gran letrero a la entrada de la fábrica, que anunciaba el nombre: "Alfonso Luis Herrera"; que hacía recordar esos tiempos de la revolución mexicana de 1910, donde el tercer mundo había intentado definir una ciencia que se distinguiera del resto por haberse originado en un país llamado "subdesarrollado", y por haber intentado unificar la experiencia y expectativas del pueblo con las explicaciones naturales del Universo:



FÁBRICA DE CHOCOLATE "ALFONSO LUIS HERRERA"

Auspiciada por el Banco Mundial.

Herrera Vegas, Buenos Aires. República Argentina.



"El patriotismo tiene una base química, pues nuestras cenizas irán a formar parte de nuestros descendientes; estamos formados con detritus de nuestros antecesores y otros seres y minerales de nuestra patria. Después de una guerra, las sales de los muertos, por medio de los vegetales, el trigo, el pan, etc., nutrirán los futuros pobladores de la región en que se dieron las batallas, lo que significa una reconciliación química profunda de las razas combatientes" (Alfonso L. Herrera)



Al poco tiempo, las cosas marchaban como era de esperarse: la crisis poco o nada se había resuelto, las medidas adoptadas sólo habían logrado dar estabilidad a los grandes capitalistas, los pobres trabajaban más y comían menos, y la deuda externa se había incrementado en algunos millones de dólares. Todos llegaban a la estación Herrera Vegas con la curiosidad de saber qué se hacía en la fábrica, pero quienes lograban entrar salían siendo personas completamente distintas, aún cuando seguían siendo los mismos (algo por demás extraño de explicar).



Los rumores comenzaron a causar desconfianza, pues nadie había visto por la región algún chocolate de los producidos por la fábrica, y regularmente eran observados cargamentos que llegaban al ferrocarril, transportando equipos de laboratorio, secuenciadores de genes, sustancias químicas y demás cosas que pasarían inadvertidas, si a donde eran llevadas no fuera una fábrica de chocolate.



Y es que dentro de ésta, colocado inmediatamente en la entrada, se encontraba un espejo que tenía la curiosa propiedad de invertir la simetría de las moléculas en todo aquello que se reflejara en él. Este espejo era utilizado con el fin de invertir la simetría quiral en los seres vivos, pues una propiedad de todos ellos es que los elementos moleculares que los constituyen, en cuanto a los aminoácidos que forman parte de las proteínas y los azúcares que componen el material genético (ADN y ARN), se orientan a un lado en particular: los aminoácidos en los sistemas biológicos son izquierdos (levógiros), y los azúcares son derechos (dextrógiros). Bien, el espejo invertía esta simetría (esta quiralidad), en todo ser vivo que se reflejaba en él.



A poco de andar, nos dimos cuenta con Astrid que el proyecto real no iba a ser aceptado ni entendido. Aún en ese mismo Centro de Investigación Avanzada, donde se desarrollaban ideas muy audaces.



¿Cómo podíamos aceptar ser auditados por los organismos que financiaran las obras y el equipamiento? Tuvimos que fabricar chocolate -el oro de la época- para poder sostener la investigación básica.



¿Como explicar que el proyecto contaba con la colaboración de una civilización extraterrena? ¿O que nuestras creaciones genéticas estaban poblando el planeta incubadora Gl 581 C?



Nosotros trabajábamos en la inversión y/o modificación genética de la vida. No imaginábamos que nuestros procedimientos alteraran la ideología de los sujetos. El marco teórico nos llevaba a suponer que la ideología de los sujetos es más dura e inmutable que su genética.



Así pensábamos hasta poco tiempo atrás, cuando en el marco de la visita de un economista, jefe del Banco Mundial, ocurrió un acontecimiento imprevisto: Mientras el hombre recorría la línea de producción de monedas de chocolate -las cuales pueden ser consumidas o utilizadas como medio de pago hasta la fecha de vencimiento, pues vale aclarar que en nuestra época, el dinero es comestible y tiene fecha de vencimiento en su utilización- fue entonces cuando notamos que el espejo inversor había quedado descubierto por una esquina, y sin poder evitarlo, el economista se reflejó en él. Cruzamos miradas de pánico pero no ocurrió nada, todo siguió aparentemente igual.



Al final de la visita, Astrid acompañó al hombre hasta la estación. Para el horario de llegada del tren faltaban unos 20 minutos. Al rato de llegar, el hombre se disculpó un momento para ir al baño de la estación. Caminó hasta el muro lateral -pintado impecablemente de color arena- y allí, a la vista de muchos pasajeros que aguardaban el tren al igual que él. Extrajo de sus ropas un aerosol de pintura. ¿Lo había robado de nuestra fábrica, en la sección donde rotulan la producción embalada en cajones?



Astrid saco fotos con la cámara de su teléfono celular mientras pintaba el muro, y otras al graffiti finalizado:



"La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados"

-Marx y Engels-



"El capitalismo es una mafia"



"Lea El Capital y El Manifiesto Comunista".



Ya ha pasado algún tiempo y todavía no tenemos una explicación confiable a este suceso.












EL CAMAROTE OCUPADO*


-Quinta parte-



Abrumada por la sorpresa, mientras escuchaba el chasquido de un picaporte cerrándose en seco, Claudia cayó al suelo del camarote en una densa semipenumbra que apenas le permitía registrar difusas siluetas. Tardó un par de segundos -caída de bruces, con ambas manos sosteniendo en alto sus hombros- en advertir que, además de la escasa visibilidad del lugar, la situación se complicaba al haber perdido sus gruesos lentes, que quizás habían saltado de su rostro en la caída, rebotando sobre la goma del suelo y extraviándose en algún remoto rincón de la habitación, abandonándola en el peor de sus temores: la ceguera –circunstancial o no, la imposibilidad de ver la ponía en extremo susceptible-.
-¿Qué pasa? -, exclamó, con voz trémula pero imperante. -¿Qué quiere conmigo?
Nadie le respondió, pero experimentó una ráfaga de aire helado sobre el rostro, más algunas gotas, posiblemente de agua, provenientes de algún punto delante suyo. Y luego, un par de manos, silenciosas y reptantes, que comenzaron a levantarle con decisión la cintura del pulóver hasta el pecho.
-¡No! -, protestó ella, girando y sentándose sobre la cola, con respiración agitada. -¿Qué pasa?… ¿Quién es?… -, interrogó a la oscuridad.
Silencio. Sólo el silbido del viento, ahora a sus espaldas. Y una forma, inquietante, avasallante, delante suyo.
-No… -, murmuró, presa del temor. –No me haga nada… Por favor…
La borrosa silueta avanzó muy lentamente hacia ella, como si emergiera entre las densas nubes de un sueño. Claudia sintió que el temor inicial se transformaba velozmente en una sensación terrorífica, imposible de eludir. “Es el fantasma del camarote”, pensó una parte de su mente, dominada por la emoción. Aunque la otra mitad, aún manteniendo la fría cordura, le recomendó: “No te sugestiones más con cuentos de hadas”.
Pero el miedo pudo más, inmovilizándola, sin poder evitar quedar a merced de lo innombrable.
Una respiración se agitó delante de su rostro, mientras unas manos volvían a levantarle el pulóver, acariciándole los pechos con un roce sutil pero en extremo sensual. Claudia levantó uno de sus brazos, intentando zafarse.
-¡No! -, exclamó, quizá con escasa convicción. Y desató la tormenta.
Una feroz descarga de besos arreció sobre su rostro, buscando con ansia sus labios, chupándolos, lamiendo su rostro con una lengua voraz. El impulso le impidió pensar, al tiempo que un cuerpo la empujaba hacia atrás, derramándose sobre ella, rodeándole las piernas. Claudia intentó defenderse, aunque sin éxito; sólo consiguió acariciar retazos de otra piel, tersa y suave, probablemente perteneciente a la pasajera del camarote. La agradable sensación la distendió por espacio de un segundo, agradecida de no estar palpando una superficie fría y viscosa, o como quiera que fuesen las texturas fantasmales o de ultratumba. Pero al segundo siguiente, una ráfaga de aire helado se coló por entre ambos cuerpos, estremeciéndola en la oscuridad.
-Por favor… Basta… Esto no me gusta… -, balbuceaba ella, incapaz de detener el salvaje impulso amatorio que se abatía sobre su cuerpo.
La piel le era femeninamente familiar. Sin embargo, la intensidad seductora de aquella ¿persona? se le antojaba muy masculina, lo que convertía a su partenaire en un ser en extremo ambiguo, en algo demasiado… histérico. La situación le resultó tan perturbadora como fascinante.
Ávidas manos reptaban por debajo de su pulóver, aferrándose con ansia sobre sus pechos, mientras un muslo se contraía sobre su entrepierna, provocándole un cosquilleo inquietantemente sugestivo. Y esa boca, que no dejaba de besarla, mediante un embate pasional desconocido hasta entonces, le hizo rememorar sus pasadas experiencias amorosas. Ninguno de sus antiguos noviecitos, menos aún su actual pareja –que bastante desabrido había resultado en la intimidad-, le habían ofrecido un placer semejante, con tal fortaleza, con tamaña entrega. Al parecer, su partenaire no tenía nada que perder…
Y ella, parecía que tampoco.
Lorena ya no podía pensar, ni sabía exactamente dónde estaba ni quién era esta mujer que había encontrado. ¿Ella la había hecho pasar? ¿Por qué todo estaba tan oscuro? No lo recordaba. Sólo conseguía tener presente un intenso placer anal y vaginal ofrendado por alguien desconocidamente viril que había hecho maravillas sobre su cuerpo, transformando todo cuanto ella conociera al respecto, convirtiéndola en una especie de peligrosa larva amatoria, un ser lascivo y poderoso en plena mutación hacia una instancia sexual superior. Algo que la dominaba por completo, llevándola a tocar, acariciar, besar y chupar a esta mujercita tan dulce y tierna, que parecía recién salida del nidito de mamá, y yacía inerme debajo suyo, pero que quizás comenzara dentro de poco a participar en forma activa en el juego, hábilmente inducida por una pasajera tan fogosa como impredecible…
Entonces, segura de los pasos a seguir, alzó la cadera que oprimía a la jovencita contra el suelo de goma y desplazó velozmente una de sus manos hacia la cintura, por debajo de una sus propias piernas, buscando el cinturón del pantalón de Claudia, luchando contra la hebilla, luego desabotonando y bajando con cierto esfuerzo la bragueta, para finalmente desplazar la yema de sus dedos sobre la tenue bombachita de volados que lucía la muchacha, quien comenzó a gemir –quizá contra su voluntad- al ser estimulada allí debajo, con tanta suavidad como firmeza.
-Bien que te gusta, putita… -, masculló Lorena entre dientes.
Aunque la voz que brotó de sus labios le sonó por completo ajena a la suya. Como si perteneciese a alguna otra persona.
Y esa voz fuese –increíble pero cierto- muy masculina…


*

-¡Claudia! ¿Estás bien? -, volvió a llamar Ernesto, azotando la puerta del camarote. Pero una vez más, le contestó el silencio.
-¿Vio eso? -, insistió Heriberto Fort, poseído por un nuevo acceso evangélico. -¡Es el Maligno, recaudando más y más víctimas para saciar su inagotable sed de Mal!!! ¡Déjeme cumplir con mi ilustre misión!!!
-¡Cállese! -, le ordenó Ernesto, mientras aferraba el picaporte. Lo giró decidido, pero nada. Trabado nuevamente. Entonces resolvió, sin mirar a nadie, con la vista fija sobre la puerta y una seguridad que no había experimentado antes: -Hay que tirar la puerta abajo.
El filoso semblante de Heriberto pareció insuflarse con llamas ígneas.
-¡Sí!!! -, exclamó. -¡Arrasemos con las huestes demoníacas que nos acosan en toda hora y lugar! ¡Démosle fiera lucha al Maligno! ¡Que sus malsanas poseídas ardan sin piedad en la hoguera, aullando un perdón que nunca llegará, en medio de brillantes explosiones de azufre infernal!!!
-¿Cómo??? -, se exaltó Ernesto. -¿Qué piensa hacer, pichón de inquisidor??? ¿Prenderle fuego a esas dos mujeres? Quemar a la psicóloga le gustaría, ¿no? -. Y de pronto comprendió, a medida que continuaba hablando, cuáles eran los ocultos motivos que atesoraba el contemporáneo sucesor de Torquemada. –Eliminaría a la competencia, y eso lo haría sentir seguro de su propia fe, ¿no es así?
-No, mi amigo… Ud. no entiende… -, balbuceó Heriberto, con los ojos muy abiertos, mutando con violencia de la exaltación religiosa más virulenta al más atemorizado estupor.
-Ni se le ocurra pensar que yo pueda ser amigo suyo -, le retrucó el barman. –La verdad, creí que buscando un sacerdote podríamos ayudar a esta mujer, pero veo que me equivoqué. En el seminario los deben seguir instruyendo con esas locas ideas de consumir en el fuego a los infieles, sin aceptar ninguna clase de perdón.
-¡Claro que aguardamos el perdón! -, se defendió el seminarista. –Pero no el perdón humano, sino el divino. Y nadie sería tan soberbio como para otorgar un don tal, arrogándose el privilegio único del Altísimo.
-¿Eso es lo que busca, padre? ¿El perdón de esta pasajera perturbada, y el rescate de una estudiante que acudió generosa ante un pedido del personal ferroviario, sin saber cuál podría ser el resultado?
-Yo sólo quiero ayudar a mis semejantes a través de la transmisión de la fe… -, balbuceó Heriberto.
-Me da asco, padre. Hace apenas una hora creí que un sacerdote sí sabría qué hacer en una situación como ésta, actuando de manera eficaz, y no como podría hacerlo un pobre ignorante como yo. Pero Ud. está tan en pelotas como nosotros. O mejor dicho… -, y el estilo en que las ideas afloraron dentro de su mente lo satisfizo enormemente, ganado seguridad. Como si a partir de ese instante hablase consigo mismo, pensando en voz alta: -…en pelotas le gustaría estar a Ud., ¿no? Y despertar al Maligno que vive dentro suyo.
-¡Pero qué dice!!! -, vociferó el seminarista, alzando un brazo delante de su rostro en señal defensiva, aunque Ernesto no se movió de su lugar.
-Encender el fuego de la hoguera, y que esas dos mujeres queden bien calentitas, ardientes, fogosas, tocándose entre ellas, mientras Ud. empieza a tocarse por ahí, debajo de la sotana, y las chicas se van sacando la ropa…
-¡Cállese, impuro!!! -, chilló Heriberto.
-Y quedan en bolas, fregándose una contra la otra, gimiendo como animales en celo, transpirando sexo, mientras Ud. se hace una bruta paja, porque el ganso le ha crecido de una manera increíble, y está durísimo, padre. Durísimo…
-¡Basta, basta!!!
-Pero no le dura mucho, claro. Porque todo lo que tenga que ver con lo sexual le despierta un cagazo bárbaro. Se siente un pecador irredimible, el delincuente más hijo de puta que pueda haber conocido el Seminario donde estudia. Y para eso necesita azotarse, para expiar la Culpa. ¿O me equivoco?
-¡Hereje!!! – aulló Heriberto, alzando la cruz de plata delante de sus ojos, a punto de aplastarla contra la frente de Ernesto, como si se hallase delante del propio Maligno y tuviese que freírlo en su propio caldo de azufre sulfuroso.
Ernesto, con una mirada colérica, que asustaría hasta al más valiente, apartó el brazo en alto del seminarista mediante un violento manotazo, aunque la cruz de plata siguió aferrada a la mano de Fort.
-Váyase -, le ordenó entre dientes. –Lárguese de una vez antes de que me enoje en serio y lo cague a trompadas, por cagón y por inepto.
Heriberto Fort, seminarista, padecía de accesos místicos pero no era ningún gil. Así que escondió la cruz de plata y el frasquito de agua bendita en uno de los enormes bolsillos de la sotana y comenzó a retroceder, sin darle la espalda, temeroso de que lo atacara a traición.
-Algún día se arrepentirá de sus palabras -, sentenció.
-¡Chaaauuu!!! -, exclamó Ernesto, y Heriberto apuró el paso, desapareciendo por el pasillo hacia su asiento en la clase Turista.
El barman respiró hondo, intentando controlar la ansiedad, su pulso acelerado, la presión por las nubes. Entonces volvió a fijar la mirada sobre la puerta del camarote Nº 6, y sin pensarlo siquiera, arremetió contra ella, golpeando con su hombro derecho. Nada. Se alejó, tomó carrera y se lanzó otra vez. Nada. Pateó una, dos, tres veces, descargando la suela completa de su zapato. La madera temblaba bajo los impactos, estremeciéndose en los goznes. Hasta que volvió a intentar un empujón, retrocedió en el reducido pasillo y se lanzó contra la antigua puerta de principios de siglo.
Se escuchó un crujido de madera, junto al chasquido de la cerradura al romperse, y Ernesto se vio proyectado hacia la más densa oscuridad.
“Sophrosyne” hizo sonar nuevamente el agudo pitido de su sirena. La tormenta había pasado, pero el viento helado que se había levantado luego de la lluvia era tan helado como el aliento de un resucitado en la tumba…



-Continuará-


*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar
-Capítulos anteriores en http://inventren.blogspot.com/







El Universo es de Trigo*



Somos un viaje continuo,
Orbitando entre los límites
De la calle pavimentada
Y la terracería.


En algunos casos tenemos la fortuna
De escuchar a alguien más
Que viaja en el mismo camión que nosotros,
Y somos capaces de romper
El duro armamento que el aire
Construye a su alrededor;
Pero llega tan rápido al lugar planeado
Que baja en la siguiente esquina.


Seguimos en el camión
Hasta que el costo de transporte
Iguale al valor,
En moneditas de acero,
Que hemos pagado.


Si subimos,
Por descuido o voluntad,
En un camión equivocado,
Terminamos en un lugar también equivocado
Y preguntando cómo regresar.


Viajamos entre guajolotes y frutas,
De pie o sentados,
Esperando que el camión nos lleve a algún lado
O, por lo menos,
Que choque contra otro camión
Para no sentirnos tan solos.


Somos un viaje continuo,
Y una espera,
Que a veces termina en calles pavimentadas
Y otras tantas en medio de los caminos rurales.



*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







No solo de pan...*



"No sólo de pan vive el hombre..también come carne", ironizaba Julián Bustos mientras el último ternero culminaba de trepar al último vagón jaula de "FÉNIX". El cargamento debía llegar esa misma noche a Valentin Alsina, ya que desde allí partirían con rumbo urgente, aunque desconocido para Bustos. Más allá de donde finalizara su misión, el destino del ganado en pie sólo era determinado por los responsables del frigorífico "Santa Anita", quienes aguardaban con ansia aquel lote de vacunos desde hacía ya tres infinitos días.
Los terneros se agitaban inquietos a bordo de los tres vagones jaula, pero con el correr del tiempo Bustos ya se había acostumbrado a ese detalle. Con lo que no se podía familiarizar era con expresiones taciturnas y distantes como las que esa tarde presentaba el maquinista titular de
"FÉNIX", un Leandro Benítez apagado y acaso rencoroso. Bustos había oído como al pasar que Benítez la "venía piloteando" bastante mal desde hacía un par de meses, cuando comenzaron a investigarlo por un crimen que parecía no haber cometido, vinculado con su trabajo.. pero que nunca se aclaró del todo.
Sus compañeros habían ido apartándose de su lado, y Bustos sentía hasta cierta piedad por el pobre tipo. Sin embargo, ello no impedía que su talante sombrío le inspirara cierto temor, que crecía a medida que compartían las horas transcurridas durante los transportes.
Eran pasadas las siete cuando la formación reanudó la marcha hacia Valentin Alsina, luego de una breve parada en Estación Herrera Vegas. La tarde tenía un neto corte primaveral. Y Bustos disfrutaba en silencio del paisaje, mientras cebaba unos regios mates, que Benítez aceptaba sin despegar los ojos de la vía, ni acotar palabra alguna.

Lo hechos que se sucedieron a partir de la mitad del trayecto le evocaron a Leandro Benítez la siniestra repetición de una escena traumática, que lo obligó a renunciar a su puesto sin titubeos, y a Julián Bustos lo embargaron de un miedo y una indignación que -a pesar de haberlo intentado
infructuosamente- no se le borraron durante lo que le quedó de vida.

Lo primero que vieron, al doblar una curva, fue un par de vetustas y oxidadas camionetas Dodge que apenas si podían moverse, cruzadas sobre los rieles. Benítez movió la palanca con destreza, deteniendo a tiempo a "FÉNIX", haciendo chirriar los frenos con un estallido de chispas. La locomotora se quejó en un último estertor al detenerse, rozando apenas con su enorme parachoques uno de los abollados flancos de las camionetas.

-¿Pero quién mierda..? -, estalló Benítez, despertando de su letargo.

No consiguió terminar la frase. Una impensada horda de indigentes, entre quienes se hallaban varias decenas de infiltrados, evidentes punteros políticos que comandaban su errático y famélico accionar, surgió de la densa arboleda que se erigía sobre una de las cunetas y saltó hacia la formación
armada de filosos cuchillos, trepando hacia los vagones jaula en medio de un colosal griterío de guerra, algunos con increíble agilidad, otros con notorias dificultades en la locomoción, producto de una vida plena de privaciones y falta de atención médica. Rostros desencajados, pieles escamadas, bocas desdentadas, miradas alucinadas. Todos ellos parecían vampiros, aunque sin la menor cuota de palidez, ávidos de sangre..y de carne, a fin de llevarse codiciosos hacia la olla o la parrilla. El ganado olfateó el peligro en el ambiente y comenzó a mugir desesperado, pataleando contra los flancos de los vagones y haciendo vibrar la formación, que al ser abordada por la horda amenazó con volcarse y descarrilar, arrastrando a "FÉNIX" consigo.
Bustos se asomó a la ventanilla de la locomotora sin conseguir articular palabra, estupefacto, dejando caer el mate recién cebado al piso de la cabina de "FÉNIX", intimidado ante tamaña aparición espectral. Sabía que su misión era proteger el cargamento vacuno de cualquier contratiempo, pero jamás lo habían preparado para repeler un ataque como aquél, y menos aún había podido imaginar por su cuenta algo por el estilo. Así como nunca se había sentido tan impotente frente a una situación de peligro como en aquél momento. Benítez, por su cuenta, reaccionó de manera inversa; con el pavoroso recuerdo del frustrado asalto de la caja fuerte británica del siglo pasado delante de sus ojos, se desbordó de furia, no tanto frente a la injusticia de aquel acto -su responsabilidad lo limitaba exclusivamente a conducir la formación hasta destino-, como ante su propia frustración, y el funesto panorama que inconscientemente avecinaba para sí mismo.

-¡Loco!!! ¿Qué mierda se creen que están haciendo!!! -, chilló desde uno de los balcones laterales de "FÉNIX", dando un par de pasos hacia la multitud, que ni siquiera lo oyó.

-Quedate piola, chabón, que la cosa no es con vos -, le indicó a escasos cinco metros sobre la cuneta un tipo grueso, con una visera de la Municipalidad de La Matanza calzada hasta las cejas, mientras sopesaba un enorme palo entre sus manos, a manera de garrote.

-¡Pero me están cagando el laburo!!! -, protestó Benítez, deseoso de sacarse de encima con sólo chasquear sus dedos a toda aquella gentuza.

El tipo no le contestó, ni dejó de izar y dejar caer el garrote sobre su palma izquierda, mientras contemplaba parsimonioso el vibrante y efusivo accionar de la gente que habían trasladado hacia allí desde territorios no tan vecinos. La emboscada había sido todo un éxito. Quizá, todo respondiese a un brutal política asistencialista suscripta por el municipio -o por la provincia toda, quién sabe.-; sólo que esta vez no les regalaban empaquetada la carne para el guiso o el asado, sino que se la tenían que procurar de inmediato por sus propios medios.

Los chillidos de los animales, así como de los hombres y las mujeres que asestaban cuchilladas a diestra y siniestra, parecían similares.
La ferocidad de aquel ataque parecía denotar algo más que hambre; se asemejaba más a una venganza muda, cuyo destinatario principal ni siquiera era una persona o una corporación. El tren no hacía más que vibrar; varios terneros agonizantes trastabillaban y caían sobre el suelo irregular, cruzado por las vigas de acero de todo vagón jaula, generando temblores y estruendos que le ponían al maquinista y al encargado del frigorífico los nervios de punta. Luego de unos minutos, comprobaron que varias mujeres
ensangrentadas se alejaban de la escena munidas por toscos trozos de carne faenada, aún con el peludo cuero pegado sobre sus costados. La sangre vacuna se derramaba indolente sobre los enrejados flancos de los vagones jaula, cayendo sobre los cantos rodados de la vía con un sello ciertamente horroroso.

Entonces, cuando la masacre parecía haber alcanzado su punto de mayor fragor, con el primaveral aire de la tarde impregnado por el fétido olor de la muerte -coronado por el de la sangre, el miedo y la bosta-, una abominación mayor tuvo lugar ante los incrédulos ojos de Julián Bustos y Leandro Benítez.

Los ángeles vengadores del sistema surgieron casi de la nada, sin que nadie reparase en su existencia, sobre la explanada opuesta a la arboleda. Cubiertos por el más cómplice de los silencios, habían llegado a bordo de sus patrulleros blancos y azules sin encender ninguna sirena o baliza, sabedores de su impunidad. Se habían apostado en hilera, protegidos detrás de sus vehículos, todos ellos enfundados en sus uniformes oficiales, sin pronunciar palabra, ejecutando órdenes tan precisas como los punteros que minutos antes comandaran el asalto. Como dos ejércitos enfrentados -uno de ellos probablemente financiado por el frigorífico "Santa Anita", encargado de hacer un seguimiento muy próximo al cargamento, ante los reiterados rumores de un ataque de cuatreros, según los rumores de pasillo que Bustos consiguió milagrosamente evocar en aquel instante-, aunque ambos bandos sostuvieran en alto la misma bandera de la pobreza.

Alguien gritó, de pie sobre el techo de uno de los camiones jaula, queriendo alertar a sus compañeros en el último segundo. Aunque pocos lo supieran, en la barrabrava de Boca Juniors y en su barrio de Rafael Castillo lo conocían como el Gordo Nacho, muchacho dispuesto como pocos para
el desorden y el beneficio sin esfuerzo alguno; extraña clase de gato salvaje que siempre caía de pie, cualquiera fuese la situación que le tocase enfrentar. Sólo unos pocos consiguieron escucharlo, demasiado tarde para reaccionar.

En aquel último instante, lo único que consiguieron distinguir el maquinista y el encargado del frigorífico, en medio del caos y la confusión generados por el griterío humano y animal -aunque ya casi no pudiesen diferenciarse entre sí-, fue el sostenido pero breve pitido de un silbato, iniciando las maniobras consistentes en repeler a los invasores. Sólo que, evocando por su ausencia a las oscuras y anchas bocas de los lanza-gases antimotines, las decenas de cañones de pistolas y escopetas que se
parapetaban detrás de los patrulleros, sumados a igual número de ojos fijos a través de sus miras sobre blancos móviles precisos, presagiaban mucho más que lo peor.

Las últimas luces de la tarde agonizaron en medio de un ensordecedor y sincopado estruendo de disparos, que vomitaron fuego y muerte a discreción sobre aquel malogrado convoy ferroviario. Cápsulas y cartuchos servidos volaron por doquier alrededor de las fuerzas del orden, impregnando el espacio de la cuneta de las vías por el acre aroma de la pólvora. Fue un fusilamiento casi a quemarropa, sin contemplaciones. Nadie preguntó ni se cuestionó nada; todos obedecieron en bloque, disparando y recargando sin pensar. Mientras sus víctimas, humanas y -por desgracia, en el fragor de la contienda- también animales, caían al suelo entre alaridos de sorpresa y de dolor, cubiertos de sangre de pies a cabeza, tajeados por las cuchilladas, agujerados por los balazos, con los brazos en alto en un inútil y postrero intento de rendición, derramando vísceras sobre cada camión jaula y los cantos rodados de las vías, implorando en vano como sus congéneres entre los desolados muros del matadero.

Bustos se arrojó al suelo de la cabina ni bien sonaron los primeros disparos, que derribaron al tipo del garrote y la visera casi de espaldas, sin que se diese cuenta que estaba muriendo, mientras Benítez se zambullía detrás del encargado del frigorífico desde el balconcito lateral de "FÉNIX".
Desesperados reptaron sobre sus vientres hasta alcanzar la puerta del otro lateral, abriéndola hacia la arboleda, donde parecían querer escapar los últimos asaltantes -entre ellos, un aterrado Gordo Nacho-, seguidos de cerca por el silbido de los proyectiles. Las balas arrancaban fragmentos de corteza de los árboles en busca de los recién fugados, mientras las fuerzas policiales avanzaban en bloque, abandonando la protección de los patrulleros sin dejar de apuntar hacia la ya abatida multitud, yendo a la caza de los escasos heridos y moribundos..y de todo aquel que pudiese oficiar como solitario pero peligroso testigo del hecho.

Varios cañones los apuntaron cuando ambos se arrojaban desde "FÉNIX" hacia la cuneta de la arboleda. Sólo una milagrosa orden del oficial a cargo consiguió salvarles el pellejo, al reconocer en el último segundo a Julián Bustos como uno de los empleados del frigorífico "Santa Anita". Algunos uniformados se adentraron entre los árboles disparando a ciegas, mientras la mayoría de los demás se encargaban de rematar a los caídos, y los pocos restantes se ocupaban de levantar a los empujones al
maquinista y al encargado, apoyarlos de cara contra el costado de la locomotora, y esposarlos, a pesar de las vacilantes y quejumbrosas quejas de Benítez, sin apartar de sus cabezas los humeantes cañones de las armas.

Bustos se apoyó de espaldas contra la locomotora, dejándose caer al suelo hasta quedar sentado sobre el canto rodado, y vomitó hacia un costado, orinándose al mismo tiempo en los pantalones. Benítez temblaba, manteniéndose apenas en pie, con la mirada perdida a fin de evitar contemplar el rostro del horror, y el semblante desolado frente a su incierto futuro. Más allá, los últimos terneros mugían en estridente agonía, erizándoles la piel. Y decenas de cadáveres teñían de rojo la pampa húmeda.

Los orificios de bala de distintos calibres permanecieran sobre el lateral de "FÉNIX" durante el resto de su campaña ferroviaria, como cruel y mudo testimonio de aquella tarde de masacre. Sus eventos jamás se dieron a conocer en los medios de prensa, y sólo un par de aterrorizados testigos recordaron por siempre, aunque incapaces de relatarlos ante auditorio alguno.

"No sólo de pan vive el hombre..también come carne", recordó -muchos meses después, con unas cuantas copas encima- haber pensado aquella misma tarde, como en un sueño, antes de emprender el viaje, el empleado Julián Bustos.
"Carne de res faenada", musitó con un inconfundible vaho etílico, sobre una anónima mesa del almacen de ramos generales "La Frontera", antiguo boliche de los que se apeaban en la Estación Herrera Vegas, dos o tres décadas antes; "carne que nos alimenta a todos, y que nos acostumbramos a comer desde bien chicos".

Aunque, claro, rara vez esa carne faenada con la que se alimenta una nación... termine siendo humana.



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar





*


Inventren Próxima estación: HORTENSIA



Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

El Inventren sigue su recorrido por las siguientes estaciones:


ORDOQUI.

CORBETT. / SANTOS UNZUÉ. / MOREA. / ORTIZ DE ROSAS. / ARAUJO.

BAUDRIX. / EMITA. / INDACOCHEA. / LA RICA. / SAN SEBASTIÁN.

/ J.J. ALMEYRA. / INGENIERO WILLIAMS. / GONZÁLEZ RISOS. / PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN. / PLOMER. / KM. 55. / ELÍAS ROMERO. / KM. 38.

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO. / LIBERTAD. / MERLO GÓMEZ.

RAFAEL CASTILLO. / ISIDRO CASANOVA. / JUSTO VILLEGAS. / JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. / ALDO BONZI. / KM 12.

LA SALADA. / INGENIERO BUDGE. / VILLA FIORITO. / VILLA CARAZA.

VILLA DIAMANTE. / PUENTE ALSINA. / INTERCAMBIO MIDLAND.

InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/



Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar




INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar

Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

Wednesday, August 25, 2010

ESTACIÓN MARÍA LUCILA


InvenTren.



Piedra Fundamental*



*De Alejandra Pizarnik.



No puedo hablar con mi voz sino con mis voces.

Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo y
muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme
desnuda en la entrada del tiempo.

Un canto que atravieso como un túnel.

Presencias inquietantes, gestos de figuras que se aparecen vivientes por
obra de un lenguaje activo que las alude, signos que insinúan terrores
insolubles.

Una vibración de los cimientos, un trepidar de los fundamentos, drenan y
barrenan, y he sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo, que
espera que me calle para tomar posesión de mí y drenar y barrenar los
cimientos, los fundamentos,
aquello que me es adverso desde mí, conspira, toma posesión de mi terreno
baldío,
no,
he de hacer algo,
no,
no he de hacer nada,
algo en mí no se abandona a la cascada de cenizas que me arrasa dentro de mí
con ella que es yo, conmigo que soy ella y que soy yo, indeciblemente
distinta de ella.

En el silencio mismo (no en el mismo silencio) tragar noche, una noche
inmensa inmersa en el sigilo de los pasos perdidos.

No puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la
tentativa inútil de transcribir relaciones ardientes.

¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo
fragmentado.

Las muñecas desventradas por mis antiguas manos de muñeca, la desilusión al
encontrar pura estopa (pura estepa tu memoria): el padre, que tuvo que ser
Tiresias, flota en el río. Pero tú, ¿por qué te dejaste asesinar escuchando
cuentos de álamos nevados?

Yo quería que mis dedos de muñeca penetraran en las teclas. Yo no quería
rozar, como una araña, el teclado. Yo quería hundirme, clavarme, fijarme,
petrificarme. Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la
música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba. Sólo
cuando un refrán reincidía, alentaba en mí la esperanza de que se
estableciera algo parecido a una estación de trenes, quiero decir: un punto
de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar,
hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar. Pero el refrán era demasiado
breve, de modo que yo no podía fundar una estación pues no contaba más que
con un tren algo salido de los rieles que se contorsionaba y se
distorsionaba. Entonces abandoné la música y sus traiciones porque la música
estaba más arriba o más abajo, pero no en el centro, en el lugar de la
fusión y del encuentro. (Tú que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte?
Tal vez en este poema que voy escribiendo.)

Una noche en el circo recobré un lenguaje perdido en el momento que los
jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre corceles
negros. Ni en mis sueños de dicha existirá un coro de ángeles que suministre
algo semejante a los sonidos calientes para mi corazón de los cascos contra
las arenas.

(Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.)

(Es un hombre o una piedra o un árbol el que va a comenzar el canto...)

Y era un estremecimiento suavemente trepidante (lo digo para aleccionar a la
que extravió en mí su musicalidad y trepida con más disonancia que un
caballo azuzado por una antorcha en las arenas de un país extranjero).

Estaba abrazada al suelo, diciendo un nombre. Creí que me había muerto y que
la muerte era decir un nombre sin cesar.

No es esto, tal vez, lo que quiero decir. Este decir y decirse no es grato.
No puedo hablar con mi voz sino con mis voces. También este poema es posible
que sea una trampa, un escenario más.

Cuando el barco alteró su ritmo y vaciló en el agua violenta, me erguí como
la amazona que domina solamente con sus ojos azules al caballo que se
encabrita (¿o fue con sus ojos azules?). El agua verde en mi cara, he de
beber de ti hasta que la noche se abra. Nadie puede salvarme pues soy
invisible aun para mí que me llamo con tu voz. ¿En dónde estoy? Estoy en un
jardín.

Hay un jardín.



*de El infierno musical, 1971





ESTACIÓN MARÍA LUCILA








María Lucila*





"Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste"

Alejandra Pizarnik. -Caminos del espejo-







El hombre con el que me encuentro en el bar se llama Emilio, se entero de mi interés por escribir sobre la estación María Lucila del Midland. Dice que va a contarme algo de su historia personal que sin dudas tiene relación con la antigua estación de trenes. Le aviso que no logro escribir razonablemente bien y que más aún, tengo la sensación de que mi escritura empeora con el tiempo.

-No importa, vengo a contarle esto porque necesito que alguien lo escriba. -me dice con tono de suplica.

-Y porque a mi me duele tanto el pasado que necesito contarlo a quien tenga un rato para escuchar.

Lo que sigue es el relato del hombre, dos horas y media sentados, con tres cafés cortados de por medio que quiso invitarme si o si. -Me ofende si no me permite pagar a mi- dijo para terminar con mi resistencia.



En la estación María Lucila trabajaba su abuelo. Su madre nació allí y la llamaron María Lucila para homenajear a la estación que además de darle trabajo a su abuelo era su vivienda.

Pasó en el pequeño pueblo sus primeros años, luego de la nacionalización cuando el Midland paso a ser parte del ferrocarril Belgrano, al abuelo lo trasladaron un par de veces de estación hasta que se jubilo.

Lo cierto es que su madre pasó su adolescencia y juventud radicada en Avellaneda.

Se hizo amiga de la Alejandra Pizarnik, cuando era una chiquilina tímida y tartamuda. Y al menos una vez se fueron en tren a conocer el pueblo que lleva el nombre de mi madre.

El hombre me muestra una foto con dos jóvenes que posan para la cámara haciendo equilibrio sobre el riel, más allá se observa una estación típica del Midland pero es posible ver el lugar donde se colocaba el cartel con el nombre. Atrás de la foto puede leerse "con florita Pizarnik, María Lucila, enero del '53.

Mamá era una mujer hermosa -dice el hombre. Igualita a las chicas que dibujaba Divito.

Por alguna cuestión que desconozco lo único perenne en ella, lo que había echado raíces profundas era la angustia. Su verdad era una cuna de angustias de la que nadie había logrado sacarla.

(....)

Se equivocaron ella y mi padre en casarse. Mi padre era psiquiatra y mi madre su paciente, se enamoraron o se tuvieron lástima -vaya uno a saber- , o quisieron dar vuelta la historia de cada cual que los había llevado en ese punto de encuentro o desencuentro.

Usted sabe que todo, absolutamente todo en el universo se acerca o se aleja, pero nosotros nos ingeniamos para negar esas percepciones incomodas.

Creo que mi padre pensó que la iba a cambiar, no hay héroe más fallido que el que quiere cambiar una persona.

Llego a decírmelo una vez: -lo que no se da espontáneamente bien entre una mujer y un hombre no se lograra jamás. Nadie puede cambiar al otro -ni a sí mismo, según parece.

La angustia de mi madre le impedía conectarse plenamente con los otros, estar presente y atravesar los acontecimientos que te van marcando en la vida.

Se fue cuando mi hermano tenía 5 y yo 3 años. Dejo una carta.

Mi padre después de leerla ni intento buscarla, entro en un profundo silencio que le duro meses.

Un día nos presento a su nueva mujer: Ella es Natalia, vivirá con nosotros -nos dijo.

Natalia nos crío y malcrío lo mejor que pudo.

Mi hermano creció, estudio ingeniería electrónica y se fue a vivir a Estados Unidos. Vive en Nueva Orleans, tiene mujer e hijos americanos. Un auto y vacaciones.

Mi padre tenia 70 años cuando falleció, era 8 años mayor que mi madre. Yo no había cumplido los 21.

años. Antes de enfermar, me invito a charlar en un bar.

Sin que se lo pidiera me dejo su consejo: -A los 20 años un joven debe elegir si en su vida será un hombre o un marido. Yo te recomiendo que seas un hombre...

Creo que le he fallado, no logre ni ser un marido eficiente ni un hombre en el sentido que creo que le daba a esa palabra mi padre con un tono cercano a lo sagrado.







*



De mi madre, quedaron casi todas las preguntas sin respuesta.

Nunca sabre si volvió a ver a su amiga Alejandra "la florita" como la llamaban los abuelos.

Hay un abismo de treinta años de silencio.

La tía Eugenia -hermana menor de mi madre- logró encontrarla unos meses antes de su muerte.

Tuvo una corazonada y la siguió. Volvió a María Lucila 20 años después de que cerraron el ramal los militares y se llevaron las vías. Y allí estaba mamá viviendo en la estación. Sin luz eléctrica, sin vecinos cercanos. Salvo una escuela pública ubicada enfrente de la estación no había nadie a Km.

Allí vivía mi madre. ya envejecida prematuramente. Sacando agua con una bomba manual, cultivando vegetales en unos pocos metros de quinta. Rodeada de pájaros -tenia muchos en jaulas- y otros que venían a visitarla a los que agasajaba regando la tierra con alpiste, o mijo o arroz según lo que tuviera.

No sabía nada del mundo, ni siquiera quien era el presidente de turno, no tenia radio ni televisión.

¿Sabe cual era una de sus costumbres? Sentarse con una silla a la hora de salida de la escuela y ver el rostro de los niños. Estudiarlos con detenimiento y luego verlos alejarse por el camino de tierra hasta que eran manchas blancas.



(....)



Sabía del suicidio de Alejandra y le dolía como si hubiera pasado apenas unos días atrás:

"Pobre Florita, repetía. Tan lúcida y tan frágil. Pobres todas las personas sensibles del mundo porque no tienen cabida". Eso es lo que me dijo mucho después la tía, a la que hizo jurar que no le diría a nadie donde estaba y como vivía.



*



Esto es lo que la tía Eugenia rescato: unas fotos, unos libros de Pizarnik con anotaciones de mi madre. Una historia clínica que le dieron en el hospital donde se observa que en los últimos años sufrió demasiado.

Muy poco para un enigma de más de 30 años.



El hombre vuelve a abrir el libro que le dejo su madre y me lee otra frase de Pizarnik remarcada con birome azul:

"Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia"

Así me siento, así me sentí siempre, -escribe al costado mamá- y espero que quienes esperaban algo distinto de mí puedan perdonar esta soledad en la que he hundido mis días.



Emilio derramó lágrimas. Arrugó con rabia una servilleta de papel después de secarse para evitar que sus lágrimas de sal caigan sobre el pocillo de café.

Al rato nos despedimos con un abrazo. Mientras caminaba por la avenida me di cuenta que ninguna historia de las que he podido contar son historias de vida de gente feliz.









*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar








EL CAMAROTE OCUPADO*



-Cuarta parte-



-¡TÓMATELAS DE UNA PUTA VEZ, O TE DESTROZO!!!
¿Quién había dicho eso? ¿Aquella presencia poseía acaso la capacidad de hablar? ¿Se trataba quizá de su propia voz, deformada por la excitación? ¿O bien todo era parte integrante de la posesión orgásmica que aquello indescriptible y sin nombre había hecho con ella?
Lorena se hallaba tendida en cuatro patas sobre el oscuro piso de goma del camarote, apoyada sobre ambas rodillas y los hombros, ladeada la cabeza, el cabello revuelto, la remera estrujada contra su cuello, la cadera en alto y un dilatado ano apuntando hacia el techo. Sus propias manos le recorrían la piel con movimientos sutiles, mientras las erráticas ráfagas de aire helado-hirviente se enroscaban alrededor de su tronco y de sus miembros, estimulándola sin cesar. Había dejado ya de preguntarse qué pasaba, dónde estaba, quién la acosaba… Lo único que le importaba era que aquella inusual sensación no se acabase, por nada del mundo.
Sentía por encima de su cuerpo las vibraciones que generaba la figura con sus casi acrobáticos movimientos de amante desaforado y vicioso, incapaz de detenerse. La sometía a su voluntad, y eso a ella parecía gustarle cada vez más. Se relajaba y lo dejaba hacer, convencida de que aquella Lorena que alguna vez decidiese trasladarse hacia la Estación Puente Alsina a bordo del “New Midland Express", en apariencia como turista, pero en definitiva probablemente escapando de alguna inconfesable emoción
–inconsciente y prohibida-, quizá hubiese dejado de existir, olvidando en su lugar a este despojo perverso y lujurioso que sólo deseaba ser satisfecha en brazos de un amante invisible y poderoso, cuya única finalidad en este mundo –quizá tan distante al que conociera en el insondable más allá- fuese la de penetrar la carne ajena, a través de todos sus agujeros…
El aire se colaba a través de su canal vaginal con una intensidad tan avasallante que la mujer sólo alcanzaba a gemir, con un volumen cada vez más audible, incapaz de comprender cuál sería el límite al que podría llegar su propio cuerpo, si acaso fuera dueña de los recursos físicos necesarios como para soportar semejante embate …¿amoroso? ¿Qué clase de amor era aquél? Ni se le ocurrió contestarlo, o pensarlo siquiera, temerosa de que la respuesta culminara para siempre con esa inquietante cabalgata nocturna.
Y así, mientras su ventoso partenaire le horadaba las entrañas por detrás, una tenue pero persistente corriente comenzó a rondarle la boca, limando la fiereza de sus labios, deseosa de colarse por encima de su lengua con un intenso deseo por ser paladeada. Pero, …¿cómo podría saborear el aire? Más allá de toda lógica, el inconfundible aroma del semen y el sudor varonil (que a los últimos restos de lo que alguna vez fuera Lorena le hicieron evocar a un –cada vez más- inexistente muchacho llamado Sergio) se esparció por el ambiente, otorgándole a la experiencia un matiz mucho más realista, como si quisiese complacerla en todos los detalles.
La mujer se mecía sobre el suelo, notando gozosa cómo se agitaba su cadera hacia delante y atrás, mientras su espalda se arqueaba y un profundo abismo de placer se generaba sin pausa dentro suyo, alcanzando un éxtasis exquisito. Placenteras circunstancias ante las cuales profería toda clase de incitantes groserías:
-¡Así!!! ¡Así, guacho!!! ¡Cojéme bien cogida!!! ¡Rompeme bien el orto, puto!!! ¿Eso es todo lo que podés hacer, eh??? ¡Si ni siquiera se te puede ver la pija, dale!!! ¡Con más ganas, cagón!!!
La corriente de aire arreció, con tal violencia que la alzó unos centímetros y la desplazó hacia un costado, arrojándole el tronco encima del catre para dejar al descubierto la cadera, proyectada hacia el centro del camarote, donde a ella le era imposible distinguirlo en la oscuridad, pero sí comprobar la demencial presencia de decenas de manos que la aferraban como si se tratase de una invisible orgía, mientras comenzaba a discernir por encima de sus propios gemidos el constante bufido de aquel erótico espectro, dichoso a decir basta, mientras ella se aproximaba a experimentar otro violento estallido orgásmico.
-¡Así!!! ¡Así!!! ¡ASíííííííí!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!



*

El guarda avanzó con paso trémulo hacia los vagones de pasajeros, el de Primera Clase y el de Clase Turista, seguido muy de cerca por el barman. En ambos casos, el pedido –o casi ruego- que formuló Fernando Suárez, bajo la atenta mirada de Ernesto y el desconocimiento absoluto de Gorriarán, el supervisor, fue el siguiente:
-Su atención, por favor. Tenemos un inconveniente de índole psicológico-espiritual en el vagón dormitorio, por lo que nos vemos obligados a solicitar la ayuda de los gentiles pasajeros. ¿Habrá entre Uds. algún sacerdote o psicólogo disponible, que desee colaborar con nosotros?
Más de la mitad del pasaje ya se encontraba durmiendo a esas horas, y una parte del que estaba despierto padecía los inesperados efectos de la misteriosa intoxicación de la cena; por lo tanto, la cantidad de público que recibió un llamado tan extraño fue bastante escasa. Algunas cabezas se levantaron en silencio, amodorradas, para luego mirar en derredor y otear en busca del valeroso candidato que aceptara la arcana consigna. En un principio, Ernesto y Fernando temieron lo peor, mirándose con desaliento, embargados por la culpa de molestar al pasaje con semejante locura.
Hasta que finalmente, una chica de Primera alzó la mano y se acercó hasta ellos, vistiendo pantalones desflecados en las botamangas, un suéter a rayas horizontales de colores, cabello lacio muy corto y anteojos de marco negro onda retro. Bajita y menuda, llevaba una bolsa de yute colgada de un hombro, donde claramente se advertía la presencia de un par de tomos de las Obras Completas de Sigmund Freud, en la edición de tapas verdes de Amorrortu Editores. Y en sus manos, “Extracción de la piedra de la locura”, de Alejandra Pizarnik.
-Disculpen… -, se presentó, un tanto tímida. –Me llamo Claudia Bromiker. No soy psicóloga, sino estudiante, de la U.B.A. Me faltan diez materias para recibirme. ¿Los…… puedo ayudar igual?
Ambos empleados ferroviarios se miraron incrédulos y contestaron al unísono, sin premeditación alguna:
-¡Sí, sí, claro, por supuesto!!!
En la sección Turista, quien acudió al llamado presentaba una apariencia tan inconfundible como la de su futura compañera de tareas: delgado en extremo, con una cara cincelada a cuchillo, vestía una sotana negra hasta las rodillas y lucía una enorme cruz de plata sobre el pecho, además de llevar la cabeza totalmente rapada.
-Buenas noches -, se presentó. –No soy sacerdote, sino seminarista. Sin embargo, tengo sobrados conocimientos para dar algunos sacramentos esenciales. Mi nombre es Heriberto Fort. Tal vez pueda ayudarles…
La aliviada respuesta de los empleados, incapaces de creer en su buena suerte, no se hizo esperar:
-¡Sí, sí, claro, por supuesto!!!
Los cuatro marcharon en díscola procesión hacia el vagón dormitorio, y en el último descanso antes de abandonar los vagones de Primera y Turista, el guarda y el barman les informaron acerca de los percances suscitados desde el momento en que Lorena llegase al coche comedor. Heriberto y Claudia los escuchaban con extrema atención. Y Ernesto experimentaba la sensación –luego del horroroso golpe en la cabeza y el demoníaco y casi andrógino insulto- de que todo aquello había sucedido en algún otro viaje, quizás en otro tiempo; hasta podría haber ocurrido en otra vida, muy distinta a la suya.
-Según creo entender -, les advirtió el seminarista, -nos encontramos ante un definitivo caso de posesión demoníaca. Debemos practicar un exorcismo cuanto antes. Llamaré con mi celular al Obispado más cercano para pedir asesoramiento técnico -, y extrajo de entre sus negros ropajes un luminoso teléfono Motorola.
-Disculpame si te llevo la contra -, le retrucó la estudiante psico-bolche, -pero está claro que lo que experimenta esta mujer es un notable cuadro de histeria conversiva, identificándose al mismo tiempo con las posiciones del hombre y la mujer durante el momento del acto sexual. Habría que ahondar en las fantasías reprimidas que debe sostener a nivel inconsciente quizá desde su más tierna infancia.
-No quisiera ingresar en controversias teóricas y metodológicas que nos tomarían toda la noche-, argumentó Heriberto, -así que preferiría que nos dediquemos con ahínco a combatir al Maligno, más allá del discurso de una pseudo-ciencia creada por un hombre en extremo perturbado moralmente, en caso de que la señorita se refiera al psicoanálisis…
-¡No te permito! -, protestó Claudia, airadamente. -¡La religión es el opio de los pueblos, ha consolado ilusoriamente a la Humanidad con el más oscuro de los dogmas, llevándola hacia el abismo de la ignorancia y el sacrificio inútil, y no por eso me opongo a tu participación en este preciso encuadre de trabajo clínico!
-Dama y caballero, se los suplico, por favor… -, terció Fernando Suárez, interponiéndose entre ambos pasajeros, con las manos en alto, vencido por la incertidumbre de llegar a resolver a tiempo semejante complicación antes de que se enterase Gorriarán. –Trabajemos en conjunto… Ninguno de nosotros sabe qué está pasando realmente ahí adentro. Son sólo conjeturas…
-Sea lo sea, a mí me asusta muchísimo -, confesó Ernesto, mirando de reojo el pasillo del vagón dormitorio al que estaban por ingresar. –Y no veo el momento de que nos deshagamos de eso, y rescatemos a esa pobre mujer.
-Bueno, lo de “pobre” yo lo pondría en duda… -, murmuró Claudia. –Si mujeres como éstas alguna vez se convirtiesen en pacientes, haciendo una terapia como corresponde, no estaríamos dando vueltas por los pasillos a estas horas.
Heriberto estuvo a punto de retrucarle, pero se interrumpió al recibir un leve codazo de parte de Fernando, quien lo fulminó con mirada admonitoria, para luego murmurar:
-Perdón Padre, pero resolvamos esto rápido. No lo vuelvo a decir otra vez. Si jugamos como chicos, entonces olvidémonos del alma de esta pasajera, y que cada uno siga con lo que venía haciendo hasta ahora. Uds. durmiendo y yo trabajando.
El seminarista lo miró con mal talante, pero se llamó a silencio, del mismo modo que la estudiante. Ernesto aguardó un segundo a que los ánimos se calmaran, respiró hondo e hizo punta, iniciando la avanzada crucial hacia el camarote Nº 6.
Al llegar junto a la puerta, los sonidos eran muy distintos a los que percibieran minutos antes. Gemidos y jadeos varios se dejaban escuchar claramente desde el pasillo. Heriberto se persignó de inmediato y comenzó a murmurar una oración, mientras Claudia sonreía satisfecha junto a la puerta y hurgaba en su bolsa de yute a fin de rescatar algún texto freudiano, fundamental entre los que analizan estas intrincadas cuestiones de la patología histérica. Al percibir la presencia de los voluminosos tomos de color verde, Heriberto guardó el Motorola, y del mismo bolsillo del que había extraído el celular hizo aparecer un cristalino frasquito de agua bendita, al tiempo que se descolgaba la cruz de plata del pecho y la sostenía en alto con mano firme, la mirada adusta, el ceño fruncido.
-¡Atrás!!! -, exclamó. -¡Permitan el paso de un soldado de la Fe, dispuesto a inmolarse en pos de la Verdad y la Justicia Celestiales!!!
-Me parece que viste muchas veces el video de “El exorcista” -, sentenció burlona Claudia, sin alzar la vista, ahondando en el índice del libro.
-¡Basta! ¡Déjense de joder!!! -, protestó Ernesto. De pronto, los temores que experimentara desde aquel espeluznante golpe en la cabeza parecían haber desaparecido, dando lugar a una decidida firmeza. -¡Parecen chicos peleándose en el patio de una escuela!
Y miró a Fernando, quien con la visera de la gorra echada hacia atrás y expresión desolada, parecía pensar lo mismo que él:
-Hubiéramos resuelto esto solos -, murmuró el guarda para sí.
Afuera, la tormenta parecía haber amainado, aunque la noche seguía siendo horrible. Un viento muy fuerte azotaba los flancos del “New Midland Express", al tiempo que “Sophrosyne”, la locomotora a energía solar, hacía sonar el agudo pitido de su sirena, muy próxima de arribar a la Estación María Lucila.
Fernando pareció despertar de un sueño muy bizarro, confundido entre los límites de la pesadilla y la realidad; manoteó el silbato con gesto desesperado y exclamó:
-¡Uy, carajo! ¡Gorriarán me mata por no estar en mi puesto! ¡Todo por estar haciéndote caso a vos, Ernesto, con estas pelotudeces!
-¡EEEH! -, protestó el barman, mientras su compañero se alejaba por el pasillo. -¿Y yo qué culpa tengo? ¡Lo único que hice fue pedirte ayuda! ¡Hay una pasajera en problemas!
-¡Que se las arregle sola! -, sentenció Suárez, antes de escabullirse hacia donde se encontraba su supervisor.
-¡Atrás!!! -, insistió Heriberto, la cruz en alto, el agua bendita a punto de ser rociada a su paso.
-¡Tengo una misión divina, sublime, irrevocable!!!
-¿Se puede callar de una vez? -, le gritó Ernesto, acercándole su rostro colérico, a punto de morderlo. –¡Necesito silencio para poder pensar!!!
El seminarista volvió a expresar su mal talante, incomprendido en su indelegable batalla espiritual.
Tan ocupados estaban ambos hombres en dejar sentada su propia posición que ninguno de los dos pudo describir lo que ocurrió inmediatamente después. Menos aún Claudia, absorta en los textos freudianos, intentando releer lo que ya debería haber estudiado para los exámenes finales de mitad de año. Lo único que pudo percibir, aún sin verlo con sus propios ojos, fue la sensación de una puerta que se abría, una corriente de aire constante que le azotaba el rostro, y una mano firme, levemente húmeda, que la asía de una de sus muñecas con la potencia de una tenaza muscular y la tironeaba con violencia hacia adentro, causándole un molesto tropezón con sus propios pies, ahogando un quejido de sorpresa, para caer de bruces dentro del camarote Nº 6, dejando olvidado contra el acanalado suelo de goma del pasillo el tomo verde de las Obras Completas de Freud, abierto y con el lomo proyectado hacia el cielo.
La puerta se cerró con un estampido, provocando que tanto Ernesto como Heriberto cayeran en la cuenta de lo que ocurría más allá de sus propias rencillas. El barman se volvió, lanzándose contra la puerta del camarote, adosando las palmas de sus manos sobre ella, y exclamó:
-¡Claudia! ¿Estás bien?
Pero en el interior, sólo se oía el viento…



(Continuará…)



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar






*


En construcciones imposibles
sobre vigas inconcientes
me esfuerzo por levantarte,
Pero como ya sabemos,
una taza no sostiene el mundo.




*



Que hago si en la vida se me va el alma
Si la sangre estalla en mis manos
Si se desarticulan mis huesos
Si dentro mío esta la fuerza
Si ensordecen mis oídos
Y callan mis gritos
Para siempre
Si el ruido no es mas que
Una suma de silencios.



*Poemas de Freyja freyja_walkyrien@hotmail.com









La María Lucila*



Era una morocha de rulos, de profundos ojos negros, que siempre lucia un elegante pero antiguo vestido de seda color lila, desbordante de volados, perteneciente a alguna de sus abuelas, y se peinaba con flores frescas sobre sus sienes. En el pueblo todos sonreían al verla pasar, ya que su alegría contagiaba a cualquier vecino con quien se cruzara, siempre rumbo a la estación de trenes. Todos allí la conocían como "La María Lucila".
-Ahí va La Lucila / oliendo a nafta-lila –canturreaban por lo bajo los chicos de la cuadra, ocultando sonrisitas socarronas al verla pasar por la vereda de enfrente, sin que ella se inmutara, siempre sonriente, ajena a los cuchicheos.
Nadie sabía muy bien cuál era el motivo de su felicidad permanente, como tampoco existía alma alguna que la hubiese visto triste o enojada, ni conociera acaso sus verdaderos sentimientos. Sólo sabían que era una de las tantas hijas de Don Nemesio Nicolaides, aquel esquivo patrón de estancias de quien se contaban las más disparatadas historias, desde las más terribles hasta las más gratas, sin que nadie pudiera definir al personaje en una sola faceta.
Renuente de casar a sus hijas, se vanagloriaba de que ellas eran “todas puras”, desafiando abiertamente a quien sostuviera o incluso insinuara lo contrario durante aquellas verdaderas fiestas populares que se organizaban en los campos de la familia, cuando se transmitían algunos de los partidos importantes del campeonato local, o las peleas de box donde combatían los campeones nacionales, o incluso cada uno de los capítulos de determinados radioteatros, siempre a la misma hora. En tales ocasiones, casi la mitad del pueblo se congregaba en varias hileras de bancos de madera, bajo la copa de los árboles, para disfrutar del espectáculo a través de la atenta escucha del único aparato de radio a galena que existía en la región, mágico y suntuoso.
Hacía ya algunos años que Don Nemesio era una incógnita para el pueblo –en caso de que aún estuviera con vida, recluido en su ancestral estancia colonial-, y la María Lucila, en su aparente inconsciencia, cumplía casi al pie de la letra con aquel folclore familiar, conservando el misterio mediante su mutismo.
Casi nadie la había escuchado hablar desde que se hizo mujer. Algunos hasta creían que era sorda… ¡Quién sabe…! Lo que todos aseguraban era que no se comunicaba, salvo por miradas, carentes de intensidad. A menos que marchara triunfante hacia la estación…
El expreso de las 17:15hs. pasaba todos los días, aunque sólo tres veces por semana –pocos años antes de que discontinuaran el servicio- transportaba pasajeros. En estas ocasiones, la María Lucila se acercaba hasta el andén y lucía su sonrisa más radiante, contemplando con la mayor de las expectativas hacia las ventanillas de los vagones, saludando con la mano en alto cada vez que la formación partía o arribaba. ¿A quién esperaba? Nadie lo sabía. Se rumoreaban muchas cosas: la mayoría se inclinaba por imaginar algún amor secreto, cierto pretendiente que le prometiera casamiento años atrás y volviera a cumplir puntualmente con su palabra. También podría estar aguardando la llegada de alguna parienta muy querida, o quizá la llegada de alguna encomienda cuyo misterioso valor sólo ella y el remitente podrían conocer.
Sus hermanos varones habían emigrado hacía ya una larga década, buscando conchabarse como trabajadores golondrina, y nunca se los había vuelto a ver. Había quienes decían saber que habían cometido algún delito inconfesable y permanecían cumpliendo una larga condena a la sombra. Otros aseguraban haber escuchado rumores de alguna pelea a cuchillo en un almacén de ramos generales, donde los hermanos se habían trenzado entre sí ante la aparición de una ardiente pollera, yendo a parar juntos al cementerio. ¿Por qué, teniendo una propiedad agropecuaria importante, los hijos varones habían abandonado el hogar? ¿Sería la crueldad del padre tan cierta como se fantaseaba? Lo que sí se sabía era que las apariciones de la familia por el pueblo siempre eran fugaces y a escondidas, con miradas torvas y actitudes muy poco sociales. Se limitaban a rodar en un sulky que había conocido épocas mejores, proveerse de mercadería, pasar por el correo y volverse a la estancia. Los negocios agropecuarios parecían no tener cabida con los empresarios o comisionistas del pueblo.
La María Lucila, en cambio, arribaba siempre sola y a pie. Siempre con su mismo vestido antiguo, fuera invierno o verano, lloviera o brillase el sol. A veces se abrigaba con alguna mantilla, también lila y vetusta. Viéndola con detenimiento, parecía escapada de una fotografía en sepia, aunque su semblante no reflejase más que frescura y vitalidad.
Hasta que un día, a bordo del expreso de las 17:15hs., arribó un muchacho cuya fugaz existencia no estaba en los planes de nadie. Ni siquiera en los de María Lucila, si es que alguna vez había fantaseado con tal posibilidad.
Se llamaba Rodrigo Fuentes y era viajante de comercio. Distribuía mercaderías en auge para la época, pero ninguno en el pueblo consiguió adivinar qué clase de productos representaba por aquella zona. Sólo se supo que arrastraba fama de tipo elegante, entrador y buen mozo, y la mayoría de las jovencitas que lo vieron bajar del tren, con su traje gris perla, su maletín y su chambergo, cayeron prendadas de su encanto, suspirando embelesadas.
Sólo que allí también estaba María Lucila, y los ojos claros de Rodrigo Fuentes, en vilo sobre el estribo del vagón, fueron capturados de inmediato por aquella delgada y atractiva silueta. La muchacha, sin embargo, se mantuvo en su actitud habitual, saludando a los pasajeros que se asomaban por las ventanillas del expreso, ignorando la retribución de dichos saludos, como si los destinatarios nunca hubiesen estado allí.
Descendió del tren flotando sobre una nube de ilusión, incapaz de concebir la existencia de mujer más hermosa que la María Lucila. Supo de inmediato que debía hacerla suya, casándose con ella, o incluso raptándola y escapando en mitad de la noche, atravesando los campos en una huída salvaje, cargando con la chica sobre sus hombros, luciendo una desquiciada mueca de satisfactoria lujuria.
El silbato del expreso marchándose a sus espaldas lo hizo regresar a la realidad, para contemplar el hermoso perfil de la muchacha volviéndose y marchándose del andén de la estación. Rodrigo Fuentes no podía dejarla escapar. Atravesó la estación, seguido por los sonoros suspiros de las muchachas del pueblo que lo contemplaban casi babeantes, y apuró el paso hasta darle alcance, cruzando a medias la calle.
Impulsado por lo desconocido, la tomó por la muñeca, deteniéndola. Ella se volvió y lo miró a los ojos, intrigada, aunque sin perder la sonrisa. La desnuda mirada de él revelaba una honda turbación, imposible de disimular. Y aunque sentía la boca pastosa y el corazón le galopaba desbocado, el turbado viajante de comercio balbuceó:
-Sos… sos la mu-mujer… más her-hermosa que conozco… Te… Te amo.
Y acto seguido, le rodeó la cintura con un brazo, soltó el maletín para quitarse el chambergo y rodearle los hombros con el brazo restante, y le estampó un profundo y prolongado beso en la boca, ante el cual ella permaneció impávida, dejándolo hacer, sin siquiera reaccionar.
Las exclamaciones de sorpresa y estupor se oyeron por todos los rincones. No hubo quién entre los presentes no se sintiera conmovido ante lo que presenciaba - en su mayoría, cada uno por su lado, experimentaba algo similar-, no sólo por lo extraño de la escena, sino porque –a pesar de lo improbable de tal sensación- lo que ocurría traía consigo quizá todo el peso de la desgracia.
Hasta quizá hubo alguien, entre tanto testigo, que recordase la fatídica sentencia de Don Nemesio Nicolaides: “Todas ellas son puras”. Y no existía hombre que se les pudiese acercar… ¿Ni siquiera sus hermanos?
La muchacha abrió los ojos al culminar el beso, y miró al viajante con expresión asustada, como si el beso de aquel improvisado Príncipe Azul la hubiese despertado de un bellísimo sueño para arrojarla de lleno en una pesadilla tan atroz que ni ella misma podía determinar su origen o alcance futuro. O quizá, hubiera vivido inmersa en tal pesadilla desde siempre, y sólo ahora se percatase de ello, incapaz de digerir la noticia.
La María Lucila emitió un ahogado quejido y se estremeció en los brazos del recién llegado, como si un lacerante dolor la obligase a apartarse de él. El viajante deshizo el abrazo y la contempló absorto, sin recuperarse aún de la fresca humedad de aquellos labios. La muchacha se alejó de él dando pequeños tropezones, sin darle la espalda, con una inusual mueca de susto y dolor, hasta que por fin se volvió y echó a correr por la calle principal que salía del pueblo, en dirección a la estancia familiar. Los testigos eran cada vez más numerosas, y sobre todos ellos se cernía un funesto ambiente de premonición.
Rodrigo Fuentes, incrédulo, la contempló alejarse sin saber qué hacer, ni tampoco pudiendo apartar su mirada de aquella espalda que se alejaba en línea recta, con la mantilla caída y aleteando sobre un costado, y extrañas marcas rojizas impregnadas en aquellos lugares del vestido donde él había apoyado sus manos.
Aunque le demandó un enorme esfuerzo, con el paso de los segundos la pavorosa imagen comenzó a hacérsele posible hasta el punto de llegar a espantarlo: el dolor experimentado por aquella mujer estaba motivado por heridas recientes que le cruzaban la espalda y teñían el dorso de su antiguo vestido con el inequívoco rastro de la sangre.
Aquella muchacha había sido azotada con un látigo; no sólo una, sino muchas veces…
La pujante sensación erótica experimentada por Fuentes cedió violento paso a un odio irracional. Ni siquiera conocía a esta mujer, apenas había llegado a un pueblo que visitaba por primera vez, y sin embargo las emociones percibidas en escasos segundos eran de una profundidad inaudita. Sentía que algo había cambiado dentro de sí desde entonces, quizá para siempre, pero que no le alcanzaría sólo con saberlo. Tendría que hacer algo al respecto. Algo que lo cambiaría todo.
Como en todos los pueblos, las noticias escandalosas vuelan de labios a oídos en cuestión de instantes. Y para cuando Rodrigo Fuentes recorrió las escasas cuadras que lo separaban de la estación al único hotel, regenteado en la misma oficina de correos, el empleado ya lo miraba con expresión de curiosidad y complicidad a un mismo tiempo.
Fuentes no sólo pidió una habitación. También quiso saber, sin dudar ni un instante, dónde podía encontrar alguien que le vendiese un arma de fuego. Con municiones, claro está. Tal vez todas las que pudiera conseguir…
El empleado, quizá experimentando la misma sintonía mental que parecían haber sentido todos los testigos de la escena anterior, extrajo un pesado y oscuro Smith & Wesson de debajo del mostrador y lo apoyó sobre la lustrada superficie de madera, con la culata dispuesta para que Fuentes la tomara. No emitió palabra, ni exigió un precio por él. Simplemente lo entregó, como si sus actos estuviesen predestinados desde hacía muchos años, dispuestos a ser ejecutados cuando el destino así lo dictase.
Fuentes lo miró a los ojos unos instantes, con una comprensión inmediata de la situación, y manteniendo el pesado silencio que lo rodeaba desde que bajara en el pueblo, apenas unos minutos antes, tomó el arma con mano segura y se la guardó en el cinto, contra la cadera, oculta detrás del bolsillo izquierdo del saco. Dejó el maletín sobre el mostrador, aún sin haber firmado ningún registro donde constara su nombre alquilando una habitación –sin haberla pagado siquiera-, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza hacia el empleado, y se marchó con rumbo desconocido.
En las afueras del pueblo, algunos jinetes comentaban extrañados haber visto a la María Lucila huyendo hacia las casas como alma que lleva el diablo. Rodrigo Fuentes avanzó por las calles de ripio, siguiendo la mirada silenciosa de los vecinos que cuchicheaban entre sí y lo escrutaban desde las veredas, para luego desviar la mirada y contemplar el horizonte en dirección a la estancia de los Nicolaides. No hizo falta que nadie hablase, menos aún que él preguntase. Los hechos ocurrían como si un misterioso titiritero los manejase siguiendo el guión de un antiguo drama jamás escrito, aunque por todos conocido.
El recién llegado se adentraba hacia el camino rural, seguido por una temerosa muchedumbre que se mantenía reacia a acercarse, y que tampoco quería perderse detalle de lo que fuera a acontecer. No había caminado trescientos metros cuando la encontró tendida en el suelo, con la espalda empapada en sangre, y ambas manos cubriendo el rostro lloroso. Se acercó en silencio, se hincó a su lado, la tomó delicadamente por los hombros y la alzó en pie. Ella intentó resistirse apenas, porque al contemplarlo se relajó, desvaneciéndose al momento. Rodrigo Fuentes la alzó en brazos y regresó por donde había venido. El pueblo se abrió en arco al verlo venir, y nadie se extrañó por lo que ocurriría. Como si nadie, hasta esa misma tarde, hubiese hecho bromas respecto de la naftalina.
Atardecía cuando el viajante de comercio ingresó por segunda vez al hotel, trayendo consigo a una nueva pasajera, y se coló hacia la habitación sin dar explicaciones. Nadie se las hubiera exigido tampoco. Y mientras los curiosos se agolpaban silenciosos en la vereda de la oficina de correos, algunas miradas oteaban expectantes en dirección al camino que llevaba a la estancia de los Nicolaides, especulando cuánto tardarían en venirla a buscar.
La luna comenzaba a asomarse en el horizonte y el ambiente se impregnaba con el aroma de las tempranas cenas cuando los primeros vecinos dieron la alarma ante la llegada de un vetusto sulky, cargado de gente, procedente de las afueras. Al comando de las riendas, casi desconocido tras el inexorable paso de los años, iba Don Nemesio Nicolaides, cargando sobre sus rodillas una enorme escopeta de dos caños.
Alguien golpeó a la puerta de la habitación. Dentro, Rodrigo Fuentes, en mangas de camisa, había retirado el dorso del vestido de la espalda de la muchacha, e intentaba curar aquellas heridas con un algodón embebido en alcohol. María Lucila, acostada boca abajo, se quejaba con ahogados gemidos, mordiendo la almohada, ausente de todo lo que ocurría, dominada sólo por el dolor y la vergüenza. Y como siguiendo aquel misterioso relato preconcebido, ante una nueva serie de golpes en la puerta el forastero se calzó el saco y el chambergo y salió de la habitación, con la corbata floja y el revolver en la cintura, dispuesto a enfrentar su propio destino.
Las luces de los faroles iluminaban tenuemente la calle, pero lo suficiente como para que todos los presentes adivinasen la silueta del sulky aproximándose moroso hasta la puerta del hotel, cargando el peso de lo inevitable. Al detenerse, Don Nemesio saltó a tierra, quejumbroso, olvidando a su mujer e hijas a bordo del sulky, como si ellas formasen parte de un mudo equipaje. Tomó la escopeta con ambas manos y apuntó desde su cadera al forastero, quien se acercaba sin temor hacia él.
-¡Hasta ahí nomás! –exclamó Don Nemesio, y su poderosa voz contrastó con su aparente debilidad física. -¿Dónde está mi hija?
-Adentro –respondió Fuentes –donde Ud. no la pueda volver a tocar.
-Salí de ahí, pendejo, que voy a entrar a buscarla. Y enseguidita nos volvemos al rancho –anunció el viejo, haciendo ley de su palabra.
Con un gesto que en absoluto parecía ensayado, Rodrigo Fuentes desenfundó el revólver y apuntó al suelo, para que su adversario supiera a las claras de qué iba la cosa. El pueblo a su alrededor contuvo el aliento, apartándose unos metros, adivinando el peligro.
-La chica no va a ningún lado con Ud. –determinó Fuentes. –Así que mejor vuelva por donde vino. Y deje de molestar a esta gente, que ya es tarde y mañana tienen todos que madrugar.
-¡A mí nadie me ordena lo que tengo que hacer, hijo de una gran…!!! –comenzó a gritar Don Nemesio, llevándose la culata de la escopeta al hombro, mientras Fuentes alzaba su brazo, dando un paso atrás y amartillando el revolver, al apuntarle a la cabeza.
El aullido de espanto y dolor los estremeció a todos, aunque los hechos, aún en cámara lenta, ya se habían desencadenado como para que alguien pudiese detenerlos. La aparición lila aleteó con su mantilla desde un costado y se zambulló entre ambos, agitando frenética los brazos a pesar de su mutismo, provocando la sorpresa de todos. Don Nemesio y Rodrigo Fuentes, sin embargo, habían concentrado toda su atención en el enemigo, incapaces de ver hacia los costados.
Dos disparos fracturaron la noche. Un solo aullido desgarró los corazones. Y el espanto del pueblo adquirió dimensión de tragedia.
La María Lucila se estremeció entre ambos hombres, vapuleada por la perdigonada sobre sus costillas y el balazo en el cuello, sacudida como una absurda marioneta cuyos hilos acaban de ser cortados, cayendo sin remedio sobre el escenario. Su cuerpo se desvaneció con la misma cualidad etérea que poseía al desplazarse hacia la estación, aunque ahora teñido de sangre, mancillado por una muerte segura. La mantilla aleteó detrás suyo plegando sus alas. El cisne local se había extinguido.
Ambos hombres contemplaron estupefactos aquel cuerpo sin vida, incapaces de comprender lo ocurrido. Dudaron, renuentes a aceptar la pérdida. Pero una vez que la idea se formó irrevocable dentro de sus mentes, generó tal sensación de odio que sólo podía calmarse derramando mayor cantidad de sangre.
Ambos volvieron a amartillar sus armas, apuntando con fiereza, chillando entre dientes su desprecio. El pueblo contuvo el grito. Las mujeres se agacharon a bordo del sulky, aullando de miedo y de dolor.
Un par de disparos semejantes volvieron a atronar la escena. La cabeza de Don Nemesio se impulsó hacia atrás, agujereada en la frente. La pechera de Rodrigo Fuentes quedó convertida en un siniestro colador. Y ambos cuerpos cayeron hacia atrás sobre el ripio mucho antes de que los ecos de los estampidos se extinguieran en la noche.
La maldita trama, urdida desde tiempos inmemoriales, sostenida por un pueblo entero desde la indignación causada por el primer rumor echado a correr respecto de las crueldades de Don Nemesio, se había cumplido al fin. Sólo que había requerido de una cuota de sangre mucho mayor que la que cualquier vecino hubiese podido imaginar.
Los primeros testigos avanzaron vacilantes rumbo a los cadáveres. Las parientes de Don Nemesio permanecieron inmóviles sobre el sulky, cubriéndose las bocas y los rostros. Y a lo lejos, como una cruel burla del destino, apareciendo como sutil fantasma que arriba para llevarse consigo a las almas difuntas, se dejó oír el agudo silbido de un tren.



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar





*


Sobre el muro de la memoria tacho tu nombre hoy,
Cierro mi mente a tu recuerdo para no volver tras mis pasos.
Para no escucharte en los gritos sordos que me atormentan,
Para dejar de mirar con los ojos nublados el futuro al revés
Para por fin salir del eterno ensueño
y alejar de mis manos lo que alguna vez fue cuerpo.



*de Freyja freyja_walkyrien@hotmail.com




*


Inventren Próxima estación: HERRERA VEGA.



Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

El Inventren sigue su recorrido por las siguientes estaciones:


HORTENSIA.

ORDOQUI. / CORBETT. / SANTOS UNZUÉ.

MOREA. / ORTIZ DE ROSAS. / ARAUJO.

BAUDRIX. / EMITA. / INDACOCHEA.

LA RICA. / SAN SEBASTIÁN. / J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS. / GONZÁLEZ RISOS. / PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN. / PLOMER. / KM. 55.

ELÍAS ROMERO. / KM. 38. / MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD. / MERLO GÓMEZ. / RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA. / JUSTO VILLEGAS. / JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. / ALDO BONZI. / KM 12.

LA SALADA. / INGENIERO BUDGE. / VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA. / VILLA DIAMANTE. / PUENTE ALSINA.

INTERCAMBIO MIDLAND.



InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/



Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar




INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar


Suscribase a la edición cotidiana de inventiva social*
*Cuota anual (abril 2010 a abril 2011) para lectores y/o escritores: $45 en Argentina.
-10 Euros desde el exterior-
Consultar por suscripciones con difusión de actividades culturales.

*Escribir a Eduardo Francisco Coiro.
inventivasocial@yahoo.com.ar



Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

ESTACIÓN GOBERNADOR UDAONDO.

  *Foto Estación Gobernador Udaondo. -Fuente: https://www.infocanuelas.com/                     “Estación Udaondo” *...