Friday, February 10, 2012

ESTACIÓN MOREA




InvenTren.



INTENTANDO FUGAS*


Mi mirar viaja
hacia comienzos que esperan
adheridos a horizontes.
El lema es comenzar,
construir mañanas
con excusas cosechadas
para salvar abismos.
Así que nadie sepa,
que nadie bloquee caminos.
Los comienzos lucen rosas
en primaveras que se repiten,
el eterno comienzo ilumina
esperanzas dormidas
que siempre están allí
para salvarnos.
Mis pasos marcan huellas
diferentes y aladas
que liberan la esencia de ser libre,
único sentido de la vida.


*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar









Quisiera que Estuvieras Aquí*



Me crié con la idea de que en mi país todos somos holgazanes. Todo lo que producimos es inútil. Que hasta el maíz y el chocolate, nacidos aquí, se hacen mejores si vienen de fuera.




Crecí mirando que a toda Latinoamérica se le educa igual: no aspiramos a otra cosa que no sea tan sólo intentar copiar lo que viene de lejos de nosotros.




Siempre viví despreciando lo hecho aquí, aún cuando las manzanas fueran iguales y no hubiera mayor diferencia entre un pantalón de aquí y uno de allá, que la marca y la leyenda “hecho aquí” o “hecho allá”.




Con el tiempo, me comenzó a resultar difícil aceptar que todo lo que hacemos es inferior.




Un día, comencé a notar que nuevos productos llegaban al municipio en que vivo: fruta colorida como la luz que se refleja en la lluvia, y que se decían ser las mejores, todas ellas venidas del pueblito de Morea, en el Partido 9 de Julio... Ropa hecha en Morea, licuadoras, televisores, computadoras... Todo ello asegurando ser lo mejor.




La gente por acá los compraba y quedaba muy complacida de su adquisición.




Yo me alegré de saber que por lo menos existía un pueblo latinoamericano orgulloso de sí mismo, digno de su historia. Meses después de la llegada exitosa de los productos (ideados, desarrollados y traídos directamente de Morea), se anunció la construcción de una terminal de ferrocarril, aquí, donde vivo, y con destino directo al pueblito argentino, rehabilitando la vieja Estación Morea. La obra se anunciaba como la gran maravilla moderna, y un eje de comunicación y comercio, tan importante que nunca se había ideado algo igual en la historia del capitalismo. No entendía por qué un pueblo como Morea, quería comunicarse con un pueblo como el mío, tan incrédulo de sí mismo y dispuesto en todo momento a negarse.




Cuando la línea del ferrocarril estuvo terminada, compré de inmediato mi boleto para ser de los primeros en viajar, desde la terminal de Cholula, hasta Morea. Todo mi trayecto no pude dejar de pensar en la gente que iba a conocer: imaginaba a todos seguros de su pueblo, de su poder productivo, de su importancia histórica; no como nosotros, siempre tratando de imitar a quien viene de lejos.




El viaje duró a penas unas horas, pues la locomotora, poniendo en alto el lugar a donde nos dirigíamos, era hecha completamente en Morea. Cuando llegamos, noté que la locomotora de regreso estaba hecha en Cholula, lo que me causó algo de asombro.




Me bastó con una inicial caminata para aumentar más este asombro, y desconcierto: la gente allí vivía contenta de sus electrodomésticos, comía lo que, a su parecer, era la mejor fruta, vestía gustosa trajes de todos colores y conducían vehículos muy confortables... Y en todos ellos, y ante la vista de todo quien le mirara, relucían las etiquetas que ponían en alto el lugar de donde habían venido esos artículos: "Hecho en Cholula", y la gente se arremolinaba a la salida de la Estación Morea, para ver a esa gente que venía de aquel orgulloso pueblito mexicano, quienes creían en sí mismos, en su fuerza productiva, en su importancia histórica... Quienes, seguramente, sólo venían para constatar lo buenas que eran las mercancías que producían.




*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







Regresarás, porque el regreso*



Regresarás, porque el regreso
es la madera inevitable del árbol del destierro.

Regresarás vencido, caminando despacio,
y esos mismos lugares ya no serán los mismos.

El parque de tu infancia ya no es el mismo parque,
tiene otro olor el césped, otro color las piedras,
y esos viejos senderos no recuerdan tus pasos
porque otros son los pasos que ahora arañan su arena.

¿Dónde estarán aquellos atardeceres tibios?
¿Dónde el contorno ansiado de las adolescentes?

Contemplarás el lago, su silencio temible,
pero es otro silencio, no son las mismas aguas
que una vez reflejaron la imagen de tus sueños.

Sólo serán los mismos los nombres de las cosas,
los nombres de las calles, los números, los coches,
y tal vez las ausencias.

Y así, aun este último reducto será como un rechazo,
como un viento caliente soplando entre los árboles
y calcinando un poco más los restos mortecinos
de tu agotado corazón que lentamente va apagándose
hacia regiones ciegas donde todo es exilio.


De El rostro prohibido

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/








Errante en la vía*



*Por ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar



Aunque hayan transcurrido ya varios meses desde aquella terrible experiencia, el Licenciado Zelmar Araujo, mientras avanza tambaleante sobre estos rieles de trocha angosta, rumbo a la próxima Estación, aún continúa sintiéndose arrasado por el desconsuelo. A lo largo de toda su carrera profesional, jamás pudo pensar seriamente –más allá de alguna angustiosa fantasía desvelada- en que algún día se vería envuelto en una situación semejante.
Todo comenzó unos cinco años atrás, cuando aquella mujer acudió a la consulta, dispuesta a convertirse en su paciente. El Licenciado, psicólogo de profesión, la recibió y escuchó atentamente el relato de sus padeceres. Una historia familiar enrevesada, donde cada generación repetía casi puntualmente la historia que la precedía, y de cuyo entramado nadie parecía poder –o desear- escapar. Hijas que tenían una pésima relación con sus madres, y que en lugar de proponerse construir algo diferente para con sus propias hijas, elaborando sus propios conflictos, terminaban calcando los mismos síntomas que las habían forjado en sus respectivas infancias. Una cadena sintomática muy parecida a una formación ferroviaria, donde cada integrante asemejaba a un vagón de tren, y vaya a saberse quién sería la locomotora. ¿Un deseo silente, quizá, imposible de ser puesto en palabras…?
El Licenciado Zelmar Araujo escuchó ese relato durante centenares de semanas, familiarizándose con los personajes, prediciendo casi las reacciones de cada uno, intentando quebrar la monotemática letanía de aquel discurso con intervenciones tendientes a una apertura, que permitieran respirar mejor, con un aire diferente. Y hasta le parecía que sus dichos horadaban pacientemente esa coraza que la paciente había ido forjando a lo largo de su vida, poniéndole palabra a lo que ella callaba.
Sólo que una distracción fatal le ganó la partida. A los dos años de haber iniciado el tratamiento, a la paciente se le declaró un quiste en un pecho, que con el correr de las semanas se fue transformando en un tumor encapsulado. La intervinieron de urgencia, y como medida precautoria, según lo que ella le refería al Licenciado, decidieron aplicarle durante los meses venideros una acotada serie de dosis de quimioterapia. Ella se manifestaba muy angustiada ante lo que había ocurrido, sin poder explicárselo, y se volcó de lleno a la religión, luciendo en su cuello desde entonces -y hasta varios meses después de culminar el tratamiento quimioterápico- una enorme cruz de plata, intentando encontrar en ella algún tipo de consuelo.
Fue pasando el tiempo, los controles médicos no referían mayores preocupaciones, aparentemente su organismo se había estabilizado, y la terapia psicológica continuó su ritmo habitual, sin que la paciente se refiriese a su afección de otra manera que no fuesen “microcalcificaciones”. El Licenciado Zelmar Araujo aguardó a que ella volviese a remitirse al tema para ahondar en él, pero el tiempo fue pasando, la normalidad regresó, y “de eso no volvió a hablarse”.
Estaban por cumplirse los cinco años de tratamiento, durante los cuales la paciente había ido teniendo cambios considerables –se había ido de la casa de su madre para mudarse con su hija a dos localidades de distancia, iba cortando gradualmente el lazo de dependencia con su mamá o sus tías, insistió para que el abandónico padre de su hija le diese el apellido, temerosa de que “le pasara algo” respecto a su salud y la nena quedase sola…-, cuando comenzó a quejarse de dolores en la espalda y en las manos, como si la molestia excediese cualquier contractura muscular y se extendiese hacia los huesos. El Licenciado Zelmar Araujo consideraba que estaba atravesando por un intenso período de angustia, aunque no veía nada extraño que operase como aval de sus hipótesis en el relato de la paciente. Ésta, a su vez, deambulaba en las sesiones por los temas de siempre. Y el profesional le restó importancia…
Aquél resultó su mayor error.
Nuevas consultas con el oncólogo y una fatal radiografía dieron testimonio de unas extrañas manchas en la espalda, que derivaron –biopsia mediante- en una cruda metástasis ósea. La paciente se desbordó, abandonó sin aviso el tratamiento psicológico, y le comunicó las novedades por teléfono, cuando el Licenciado Zelmar Araujo la llamó, una funesta tarde de invierno, para concertar un nuevo turno.
Se había quedado sin palabra. Aquello que se materializara silente a través de los tejidos corporales de la paciente lo había enmudecido. No había sabido qué decirle en aquel último contacto telefónico, en el que ella lo había acusado de manipular su mente, sin haberla contenido ni derivado con algún otro profesional idóneo que pudiera tratar “un caso como el suyo”, conduciéndola de manera negligente hacia un rumbo muy distinto al de la curación. Ya sin saber qué decir, ganado por la culpa y sintiéndose el falta ante semejante demanda masiva –que quizá exigiese de sí mismo un improbable milagro-, el Licenciado Zelmar Araujo profirió un trémulo:
-Espero, de corazón, que se mejore, y salga airosa de esto.
-¡Dios lo oiga! -, remató la paciente, antes de cortar. –Y si Ud. es creyente, rece mucho, mucho, para que esto se revierta.
Los buenos deseos quedaron simplemente en promesas. El milagro jamás se produjo. Y la pesadilla no hizo más que comenzar…
Aún no habían transcurrido un par de meses desde aquel fatídico día cuando el Licenciado Zelmar Araujo –apaciguada su conciencia al recapacitar en cada detalle del caso, y convalidar el silencio que la propia paciente había impuesto sobre el tema, negándose a tratarlo, más allá de su propia “distracción” profesional, que lo obligó a supervisar sus restantes casos en forma regular, a fin de evitar complicaciones semejantes- recibió una cédula judicial donde se le informaba de una causa legal en su contra, por obrar con mala praxis en el ejercicio de sus habilidades profesionales. En primera instancia, consideró que todo ello no era más que un desborde de furia de la paciente, resignada a aceptar un final en extremo doloroso, pero deseosa de arrastrar a alguien con ella en la caída.
¿Se negaba a aceptar el daño que le habían hecho de manera inconsciente sus propios parientes al negarle parte de su pasado, frustrada además ante la posibilidad concreta de la propia muerte, por lo que proyectaba sus feroces rencores en contra del respetuoso profesional que la atendiera durante casi cinco años, pendiente de una -hasta entonces- errática evolución del caso? El estado anímico del Licenciado Zelmar Araujo era desastroso. Varias veces intentó ponerse nuevamente en contacto con ella, para que recapacitase, para evitar llevar esta dolorosa situación cada vez más lejos. Sin embargo, consideró que era inútil; si de nada habían servido sus esfuerzos para hacerla cambiar de opinión durante la última llamada telefónica, menos aún aceptaría hablar con él en estos momentos, resentida y resignada.
Acudió a la audiencia preliminar, se defendió de la mejor manera posible –alegando que el carácter todopoderoso para la curación no era otorgado junto con el título académico-, contrató a un abogado para que lo representara en las audiencias posteriores con el Juez, alegó sus mejores hipótesis respecto del caso al llegarle el momento de hacer su descargo, pero nada de ello fue suficiente. En un lapso de escasos meses, abatido por el stress y los pensamientos más funestos, sus peores pesadillas se hicieron realidad, agravadas por un defensor inexperto, sus deudas impositivas, y la falta de pago de la matrícula profesional provincial –cuyo pago al día hubiera puesto de su lado al hipócrita y genuflexo Colegio de Psicólogos-. El Juez, bastante clerical en sus dichos, fue taxativo: le revocaron ambas matrículas
-provincial y nacional-, alegando su falta de capacidad para llevar adelante casos de gravedad, “careciendo de una visión abnegada para con el prójimo, cuyas almas padecen sinsabores tan amargos”, y su actitud negligente al no supervisar el caso a tiempo, con las perjudiciales consecuencias padecidas desde entonces por la paciente.
Desde el día de la fecha, ya no podría volver a ejercer como psicólogo.
Salió del Tribunal con la mirada perdida y el ánimo deshecho. El mundo se precipitaba sobre él, como si un gigantesco dedo divino, representante de la Maldita Culpa Superyoica, lo señalase desde las alturas y le exigiera que se arrepintiese. ¿Qué haría a partir de ahora? Lo ignoraba. Sólo quería zambullirse en el primer bar que encontrara y ahogarse en unos cuantos vasos de alcohol.
Deambuló por cuanto lugar se le pudo ocurrir, se ofreció a hacer las labores y oficios más diversos
–aquellos para los cuales no le hacía falta más capacitación que el título secundario-, pero no encontró nada, a pesar de los diversos contactos que intentó establecer para conseguir trabajo. Finalmente, aún habiendo conocido por intermedio de terceros la noticia del fallecimiento de su antigua paciente
–internada en una clínica de la zona donde vivía, y a quien él jamás le deseara la muerte, a pesar del desarrollo de los acontecimientos posteriores-, se alejó de las ciudades, creyendo que en el campo podría, aunque no consiguiese nada que pagase su esfuerzo laboral, al menos encontrar algo qué comer…
Así, errante, “en la vía”, llegó hasta las remozadas instalaciones de la Estación de Ferrocarril de Morea, donde el progreso y la tecnología se habían abierto paso entre la desidia y el abandono de centenares de funcionarios de gobiernos anteriores, fomentados por novedosos proyectos de renovación ferroviaria que articularan a los pueblos cuasi-fantasmas del interior provincial. Los rieles refulgían con las últimas luces de la tarde, las señales brillaban con el esplendor de lo recientemente estrenado, y la edificación de la Estación ostentaba las marcas del tiempo, aunque no por ello se la viera ruinosa.
El Licenciado Zelmar Araujo, desarrapado y mugriento, con apenas algunos enseres y muy poca ropa en un bolso harapiento que llevaba colgado al hombro, trepó al andén, abandonando su desparejo sendero de durmientes y canto rodado, y se aventuró en busca de algún lugar bajo techo donde pasar la noche.
¡Cuál no fue su sorpresa al descubrir quién era el Jefe de Estación!
-¡Licenciado Coiro!!! -, exclamó, sonriendo por primera vez en varios meses, al encontrase con la pícara expresión de su amigo de siempre, a quien creía perdido desde hacía algunos años.
-Llámeme Jefe, por favor -, lo rectificó Eduardo, sonriente, tocándose con los dedos índice y mayor de su mano izquierda la astrosa visera de la gorra del uniforme.
-¿Habrá algún lugar donde pueda descansar por esta noche? Tengo los pies a la miseria.
-No se preocupe, Araujo. El ferrocarril parece volver a ser lo que fue alguna vez. Todos pueden ser parte de su gran familia nacional. Hasta yo, que me negué a participar del falaz intercambio de bienes del capitalismo.
-Necesito algo que me contenga -, confió el antiguo Licenciado, rememorando aquella frase pronunciada por su antigua paciente en la última comunicación que mantuvieran por teléfono, sintiendo que sus entrañas se estrujaban ante el recuerdo. –Un espacio del cual no sentirme exiliado.
-Ha llegado al lugar indicado, mi amigo. Venga, pase y tomemos una taza de té. Los mates me han sido prohibidos hace rato por el gastroenterólogo. Cuestiones de la edad, Ud. comprenderá…
-Cualquier infusión en su compañía será un placer. Gracias, de verdad.
Y sus ojos comenzaron a lagrimear, al estrecharse ambos, solitarios y abandonados, quizá con el único consuelo de una ilusión compartida, en un cálido abrazo que los alejase del dolor.







POEMA DES-ANDADO*



En la Estación Central. Un hombre. Solo.
Llega y parte, buscando andenes.
Siempre está de regreso, aún de llegada.
En su mochila verde,
solo una golondrina,
un vértigo y una antigua foto
amarillenta, de un niño
y un caballo.
No, no está solo. Hay una convención de soledades.
Aquelarre.
Están todos.
Nadie falta a la cita.
El hombre ciego,
atenazado a un banco, pide.
Pide porque ha dado.
El niño con mocos escarchados
y ojos que nunca lloran.
¿Para qué hacerlo si no han de consolarlo?
La mujer que vende su fusión en tumbas solitarias
Boca de percal y pechos de magnolias.
Tampoco falta el viejo, alarife de soles
de puentes y andamios que casi no recuerda.
Al lado de una bolsa abandonada,
otra bolsa. Sin sexo.
Con un hálito de vida.
No conoce otra historia que la nada.
Y está la vieja.
Añorando las rejas del hospicio.
Meciéndose en una hamaca de
cantos y de tiempo.
Y el tren que llega,
andando y desandando
condenado a no tener raíz
a partir y a llegar.
El hombre trepa
en trasborde de sueños.
Avanza, siempre avanza
sin mirar hacia atrás.
Antes del viejo puente, al lado de un álamo
talado por un rayo, el tren para.
Y el hombre no lo piensa, solo salta
y vuelve al aquelarre.
Ellos están allí ¿adónde irían?
El hombre se arrodilla.
Les da la golondrina. Un apretón de manos
e inicia su regreso.
Ya no le teme al vértigo.
Desanda soledades.
Penetra lentamente, en la antigua foto amarillenta.
Allí lo esperan. El niño y el caballo.
El silencio y el miedo.
La raíz y la flor.
La vida y la palabra.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








Te quiero mucho*



*Por ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar


Siempre le pasaba lo mismo, y a decir verdad, ya estaba un poquito harta de la situación en general: de la indecisión masculina, y de su propia insatisfacción. De nada le servía emperifollarse, tirarse el placard encima y acicalarse con los mejores perfumes, resaltando su ya de por sí impactante belleza física, si al final los hombres que le gustaban no le daban ni la hora. Se cargaba sobre los hombros a una interminable serie de pesados y babosos que no la dejaban en paz, que proclamaban groserías a su paso, o que con todos juntos -como una versión criolla y femenina del Dr. Víctor Frankenstein- no conseguiría armar uno solo que valiera la pena.

Como cada mañana, tomaba el remozado tren de trocha angosta rumbo a su trabajo, donde se desempeñaba como selectora de personal de una importante empresa mayorista de perfumerías, eligiendo entre cientos de postulantes los mejores perfiles para designar promotoras, vendedoras, encargadas de sucursal. Y como cada mañana, se exponía a las miradas de los demás; en especial, esas miradas masculinas que la desnudaban impunemente a la distancia, fantaseando en aplicar con ella la más sofisticada galería de perversiones, pero que jamás osarían acercarse, al menos no de una manera galante, como a ella le gustaría que la abordasen, transmitiéndole un afecto verdadero, más allá de cualquier insolencia -con las que sus admiradores se resguardaban de una posible reacción de conformidad seductora de su parte-.

"Manga de cagones", solía pensar ella, volviéndose a mirar en ese espejito de mano que consultaba varias veces al día, comprobando que no se le hubiera corrido el maquillaje -Revlon, obviamente-. "Ellos se lo pierden".

Pero nunca descansaba, aunque se sintiese continuamente defraudada por el sexo opuesto. Y aunque por la noche despotricara telefónicamente con sus amigas, izando en alto la inevitable frase "ya no hay hombres", a la mañana siguiente volvía a convertirse en la hermosa y elegante profesional que acude a su trabajo en tren, con el consabida ejercicio cotidiano de espantar a los bichos que se le acercaran en busca de una supuesta miel que muy pocos habían tenido el placer de degustar.

Sentada del lado del pasillo, en un vagón bastante lleno, sentía posarse sobre su cuerpo las miradas masculinas que habían conseguido divisarla en el andén. A su lado, el sexagenario dormitaba con el diario entre sus manos, sin prestarle la mínima atención. Un par de adolescentes, engalanadas con ropa informal de marcas caras, conversaban y reían estridentes, desplegando su natural explosión hormonal, para que las registrase todo el pasaje. Ella, que no se había levantado con el mejor humor -luego de una infinita noche de insomnio, sintiéndose vacía y sola-, las miraba con atención y suspiraba.
¡Quién pudiera volver a tener 18 años, pujantes y despreocupados! Con esa energía ilimitada, esa ansiedad por devorarse el mundo, un lozana juventud que a esa edad siempre parecía eterna. Volvió a suspirar, sumiéndose en sí misma, olvidando el clásico jueguito histérico que cada mañana desplegara en
su trayecto al trabajo. Una creciente melancolía comenzó a embargarla a pasos agigantados.

¿Cuántas veces fantaseó con tener el cuerpo que luciera hace más de 15 años?
Siempre había sido una mujer bonita, pero la consistencia de sus músculos y la tersura de su piel habían ido desvaneciéndose con el cruel transcurso del tiempo. No es que se mirase al espejo y descubriese a una vieja en su lugar, pero ya no se sentía la inquieta jovencita que alguna vez había sido, hermosa pero inexperta, cautivadora de las miradas desde siempre.

Apeló por enésima vez al espejito de mano. El maquillaje resaltaba sus mejores virtudes, pero también ocultaba las pequeñas imperfecciones faciales, esas malditas arruguitas que una vez aparecidas jamás la
abandonarían. ¿Quién podría sentirse lacerada en su autoestima con semejante porte, con esa figura de una hermosura avasallante, que dejaba boquiabierto a más de uno? Ella. Se sentía tan disconforme con esos diminutos detalles que cualquier ostentación de sus curvas nada podía hacer al respecto.

Inmersa en tales pensamientos, apenas registró la manito que pasaba a su lado y le dejaba con un leve aleteo sobre el antebrazo una estampita de la Virgen Desatanudos y un calendario con la colorida efigie de un osito infantil que proclamaba "Te quiero mucho". Alzó la vista y alcanzó a ver el perfil de una niñita de cabello hirsuto y mejillas sucias que se alejaba a los tumbos entre la gente, como si no hubiese nadie alrededor, como si toda esa gente adulta que la rodeaba no existiese y sólo atravesase un bosque
poblado de maniquíes inanimados.

Su mirada se alejó por el pasillo, siguiendo esa cabecita que se bamboleaba a un lado y el otro, eludiendo siluetas de pie. A su ya de por sí creciente melancolía se sumó una nueva inquietud, que ya le carcomiera el corazón desde hacía tiempo, y se presentó de improviso en una sola pregunta: "¿Cómo
sería ser mamá?"

Durante años había sentido que los hombres se le acercaban a fin de conseguir pasar un buen momento, satisfacer sus ansias sexuales, y luego deshacerse en huecas y vanas promesas de reencuentro que jamás se concretaban. Pocos eran los que deseaban mantener el contacto con ella, pero en su fuero más íntimo no sentía que pudiesen reunir las condiciones que ella buscaba para conformar una pareja estable, que la contuviera, que le brindase todo su amor de manera contundente, que la siguiese amando luego de
haberse acostado juntos, que pudiera eternizar el momento del amor más allá de la pasión. Y esa falta, ese vacío casi existencial, la sumía en el mayor de los abismos. Necesitaba del otro, más no sólo de su mirada. Demandaba el afecto, la presencia, el calor de ese otro que la hiciera sentir querida, además de convertirla en una verdadera mujer.

Sus deseos de perenne belleza parecieron extinguirse dentro del emergente ensueño de una panza redonda y lozana; por sobre todas las cosas: viva. El fruto del amor que le brindase un hombre de verdad, alguien con los huevos bien puestos, que se jugase por entero al estar junto a ella en todo
momento. La emoción amenazó con desbordarse a través de sus párpados entrecerrados. "Voy a quedar con la cara a la miseria", pensó, al tiempo que manoteaba el espejito y se enjugaba las primeras lágrimas con un pañuelo de papel.

De pronto, sintió a su lado nuevamente la presencia de la niñita, retirando con aire ausente los calendarios y estampitas. El aire desaliñado de aquella carita, arrasada por el desamor, la llenó de una congoja inenarrable. Y sin pensarlo siquiera, sin amagar acaso a abrir la cartera y ofrecerle algunas
monedas a cambio casi de nada, estiró su mano y le aferró un bracito, gesto frente al cual la niñita reaccionó volviendo la cabeza violentamente hacia ella, a la espera de algún inesperado peligro, quizá evocando en un solo segundo los golpes y maltratos recibidos al final del día, cuando llegaba el momento de volver a casa y entregar las monedas recibidas, que la mayor parte de las veces escaseaban -más no así el dolor-.

Ella esbozó una amplia sonrisa, forzada a causa de las lágrimas, pero intensa desde lo más profundo de su corazón, y sin decirle una palabra, la acercó hacia ella con infinita ternura, apoyó su mano libre sobre uno de los hombros de la niñita, y le besó la frente. La pequeña, con un rostro signado por la indiferencia, sorprendida pero sin emitir expresión de cariño alguna, parpadeó perpleja y permaneció inmóvil, sin intenciones de alejarse, más curiosa que asustada, contemplando a esa hermosa mujer cuyo rostro acicalado se veía surcado por gruesas e incontenibles lágrimas, que estropeaban sin piedad esa elaborada capa de maquillaje.

Y por primera vez en mucho tiempo, a aquella elegante y eficiente selectora de personal nada le importó menos que las miradas de los demás.






*


Toda distancia es relativa. Nada está tan lejos como lo que parece estar cerca. Nada está tan lejos, a veces, como nosotros mismos.
Sergio Borao LLop.


Ese hombre esta de nuevo en el anden. Ni sube al tren ni se va, permanece horas allí. Perdió muchos trenes. Un día le cerraron el ferrocarril. Todo le resulta lejano, más aún su idea de una vida verdadera.

Algo distinto a lo pasado, de donde le resulta difícil rescatar momentos felices.

Las imágenes de lo pasado lo llevan a un laberinto o a un pantano. Una confusión antigua niebla el sentido. Las decisiones necesarias no se ven. Ni una idea concreta para cambiar las cosas.

¿Será –entonces- la ilusión de lo imposible lo que lo sostiene?



*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar






*
Inventren Próxima estación: INGENIERO DE MADRID

(CON COMBINACIÓN EN EL FERROCARRIL PROVINCIAL CON DESTINO LA PLATA O MIRAPAMPA)


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ARAUJO.

BAUDRIX.

EMITA.

INDACOCHEA.

LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.


J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.

PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN.

PLOMER.

KM. 55.

ELÍAS ROMERO.

KM. 38.

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LIBERTAD.

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RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.

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JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.

ALDO BONZI.


KM 12.

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VILLA CARAZA.

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Friday, November 18, 2011

ESTACIÓN DUDIGNAC




InvenTren.



EL VIEJO TREN*

Saludo a Count Basie
y Carl Sandburg



Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.
Desde las brumosas factorías
los obreros lo saludaban
como a una aparición
de lo lejano
con los sueños y los ojos.
Por estas mismas vías,
atravesando barriadas
somnolientas y alambradas,
pasaba el viejo tren
echando densas bocanadas
contra el cielo
como un duende
que va rasgando el silencio
con un eco dolido
de trombón y clarinete.
Por estas mismas vías,
poco antes del amanecer,
pasó como una estrella
repentina,
pañuelo de gasa al cuello,
ancho sombrero
y barbilla siempre levantada,
la bella Chick Lorimer,
con una pequeña maleta,
un perfume, un libro,
y como una exhalación
de lo innombrable.
Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.


*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
Brooklyn, N.Y.; junio de 1998.








El Sur (Dudignac)*


Podría abrir los ojos, encogerme de hombros, decir: “no sé qué estoy haciendo aquí”. Y sería verdad, al menos parcialmente. Toda verdad es incompleta, eso lo sabemos. Porque el conocimiento de nuestra propia realidad también es parcial. Verdad es que nunca antes había oído esa palabra, pero no es menos cierto que escucharla me trajo, de repente, imágenes de un tiempo ya pasado, de un lugar nunca visto, de una música extraña…
Creo que lo dijo Urbano Powell, una tarde imposible, mateando. Aunque ya no sé si es recuerdo o presunción. Evoco la palabra: “Dudignac”, una voz pronunciándola, el tenue escalofrío que mi cuerpo sintió… Otra voz, no la primera, apuntó: “eso está en Europa, en Francia, en el sur”, y la primera voz, tranquila, replicó, “no, ché, eso está aquí mismo, a poco más de 300 kilómetros de Buenos Aires, cerca de Nueve de Julio. Es un pueblito… y bueno, también es una estación abandonada…” un silencio expectante, un leve carraspeo “de aquellas del Midland, ya sabés”.
Y yo, que escuchaba en silencio, con el corazón encogido, no sabía, pero… supe.
Supe que tenía que ir a esa estación, y no, no me pregunten, porque aun hoy, aquí sentado, todavía no tengo una respuesta… No podría precisar tampoco los acontecimientos que siguieron. Todo fue un vértigo de acciones sumidas en la niebla. Sé que hablé con personas a quienes no conocía, que acumulé datos innecesarios, que hice preguntas cuya respuesta en realidad no me importaba, porque desde el primer momento, desde que aquella voz pronunció esa palabra, yo sabía que un día mis pies se posarían en la antigua estación abandonada, en ésta en la que ahora me encuentro, viviendo en primera persona esta historia que ni siquiera yo comprendo…

El verde tiene muchos tonos, hay muchos verdes, pero el sur francés es otra cosa. No lo sé yo, yo nunca estuve allí, nunca salí de esta tierra que a veces me resulta inhóspita, pero a la que, sin saber muy bien el motivo, no puedo dejar de amar… Yo no lo sé, repito; pero lo sabe él: ese hombre que escribe, ese hombre que está escribiendo estás líneas, alguna vez estuvo allí, en ese sur plagado de colinas verdes y valles inmensos que su palabra inhábil no alcanza a describir de forma precisa…

Pero yo no lo sé, yo nunca estuve allí. Sin embargo, si cierro estos ojos, testigos de la infamia de más de medio siglo, que sin querer mirar lo han visto casi todo… Si aquí sentado cierro los ya cansados ojos y dejo que mi mente vague libre, puedo sentir el olor de esos viñedos que no son de estas tierras; puedo percibir, sin ver, esos árboles verdes, ese césped que es casi un resplandor a ras de suelo, los diminutos pueblos que adornan las laderas. Pero si abro los ojos, si cedo a la tentación de lo real (pero ¡qué sabemos en el fondo si es, en verdad, real!), vuelvo a estar aquí en Dudignac, una vieja estación abandonada por la que ya no pasa el tren; o tal vez sí: un tren fantasma que no conduce a ningún sitio, sólo al recuerdo de otras gentes que están lejos de aquí, allende el mar y el tiempo, escribiendo palabras que yo no entendería.

Allí, en ese otro lado, en ese otro sur que nunca vi, la estación tiene vida. Hay viajeros que esperan, viajeros que conversan, viajeros solitarios que no saben muy bien cuál será su destino (si lo miramos bien ¿quién sabe, en realidad?). Hay funcionarios con sus uniformes un tanto gastados por el uso, hay maletas, cigarrillos, un viejo reloj, expectativas… Acaso alguna vez, ese hombre que escribe, estuvo en tal lugar, acaso él escuchó la música que ahora, sentado en este banco con los ojos cerrados, me parece evocar.

Con los ojos cerrados se siente un viento fresco, la caricia del sol en pleno rostro, ese sopor me lleva hacia lejanas fechas, me invaden los recuerdos de aquella primavera (¿qué primavera? pienso) Aquella primavera que es mi otoño, tal como siempre fue. Con los ojos cerrados casi puedo sentir el temblor de la tierra, el sonido lejano de un tren que va acercándose, las voces que resuenan alrededor de mí…
Y aunque sepa que por aquí no pasa el tren desde hace más de treinta años, es tan grato dejarse seducir por esa magia… Tal vez sólo por eso, permanezco sentado en este banco, con los ojos cerrados, aguardando en secreto la llegada del tren, ese tren que es tan sólo una esperanza, la inverosímil fantasía de un alma que dormita.
Y entonces, él también, ese hombre que escribe, puede cerrar los ojos; allí parapetado tras su mesa, puede cerrar los ojos, recobrar ese olor casi olvidado, sentir la emanación de los viñedos, las voces, las campanas, y retornar al día en que llegaba el tren que no pudo tomar en su lejana Europa (ese tren que había de conducirle a su destino). Nada importará entonces si el nombre no es el mismo, si es apenas el eco de una voz junto al fuego, una simple palabra que se quedó prendida en el alféizar gris de esa ventana que algunos llaman alma. Tal vez así los dos: ese hombre que sueña (si es que es él, el que sueña), y este hombre que espera (si es que soy el soñado) podamos al final entremezclar nuestras ficciones: su Sur con este Sur, el mío con aquel que nunca he conocido.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
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http://twitter.com/S_Borao_Llop







EL TREN PASA CON LA NOSTALGIA DE SUS PAISAJES*




El tren pasa con la nostalgia de sus paisajes.
La muerte siempre nos espía.
Aunque gire la moneda
una manzana nos deforma.
El silencio es duro y no entendemos su idioma.
... Nadie espera.
Penélope ya no siembra sus girasoles
en la punta de la colina.
Los tiene ocultos en el cielo de la boca.
Los pájaros aletean.
Son inmensas sus alas,
y comienzan a sangrar.
No dejes que se anulen las aguas.
Los viejos son puentes que se levantan sobre el río.
No preguntes.
Dios está cerca.
Nada es nada y aun no lo sé.
El tren pasa
desde su dolor,
nos dice adiós.



*De KIMANY RAMOS. kimanyramos@yahoo.es








PASAJERA*



- No me gustan las despedidas - había dicho mi amigo Luis.
Después me abrazó con impaciente levedad y se alejó hacia la calle, sin volver el rostro, sin mostrar la menor emoción. Dejando atrás los reflejos de los innumerables cristales, salió de la estación y se dirigió con prisa hacia el aparcamiento. Sonreí. Le conocía bien. Las separaciones le resultaban tan dolorosas como a cualquier otro, pero le molestaba emocionarse. Por ese motivo, siempre que era capaz de prever algún conato de abrazos prolongados y frases empalagosas, escapaba a la situación alegando una prisa que no siempre era fingida. Por otra parte, apenas faltaba un mes para que comenzase la nueva temporada: la rutina de los entrenamientos, el descubrimiento de las virtudes y de los defectos en los jugadores nuevos, la épica de los partidos, los problemas con la directiva... Y ahí íbamos a estar un año más, codo con codo, lidiando con jugadores, directivos y árbitros, empeñándonos en sacar adelante al equipo, sufriendo acaso alguna decepción en forma de final perdida, llenándonos de orgullo cada vez que
alguno de nuestros jugadores llegaba a las ligas superiores. De ahí, del esfuerzo común, provenía nuestra amistad. A través de la enorme cristalera, vi pasar su auto, lanzado ya hacia la costa.
Consulté el reloj. Aún faltaban quince minutos para la salida del tren que debía tomar. (Tomar un tren - pensé - lo mismo que quien toma café o un aperitivo) Volví a comprobar mi billete; apuré el cortado que se enfriaba sobre la barra de la cafetería; compré algunos diarios; me dejé mecer por una apacible nostalgia.
Había terminado mi semana. L´ Estartit quedaba ahora allá atrás, arrinconado en los estantes de la memoria. Quedaban pequeños detalles, instantáneas fugaces que fui atrapando y colocando cuidadosa, ordenadamente, en el archivador de recuerdos gratos: Los paseos en barca, la inefable calma de las mañanas de pesca, los atardeceres frente al mar, en la terraza del club náutico o al otro lado del puerto, junto a la playa... Ahora todo era una bonita película en colores cuyas escenas desfilaban a cámara lenta, fotograma a fotograma, ante mis ojos agradecidos. La arena, el inequívoco olor del mar, las islas...
Pero en este lado, los minutos pasaban implacables. Aferré la bolsa de viaje y bajé las escaleras, al asalto del tren.
Un andén no difiere en exceso de cualquier otro. Los de esta estación, sin embargo, me resultaron particularmente hostiles (porque me alejaban del mar, de las tranquilas calas, de los inquietantes acantilados, del oleaje y las Medas. Porque me arrojaban de vuelta a la rutina, al trabajo agotador, al rostro siempre huraño y desconfiado del patrón, a la inacabable monotonía sonora de la máquina, a la nave oscura, a los hierros y a tantas cosas que aborrezco y de las que aún no he aprendido a prescindir)
Mi tren estaba llegando. Puntual como una calamidad. Silencioso como el sueño. Lento y poderoso, hizo su entrada en la estación, se detuvo, escupió algunos viajeros, permitió el abordaje de otros, cerró
impasiblemente sus puertas y partió con el mismo sigilo con que llegara, igual que si estuviese huyendo del bullicio de las estaciones, buscando acaso el anonimato de los raíles.
Desde mi asiento, pude contemplar cómo la ciudad se iba diluyendo entre árboles, cómo los edificios se transformaban en bosque y las calles dejaban paso a los senderos. "Esta es - pensé - una ciudad de hermosos contrastes. Hay agua, hay vegetación, aire. Es cuanto se necesita para vivir. Hay asfalto, hay civilización. Es cuanto se precisa para ser desdichado".
Tratando de huir de la tristeza que imperceptiblemente comenzaba a embargarme, indagué con disimulo los rostros de mis escasos compañeros de viaje. Ninguno de ellos consiguió llamar mi atención. Me resigné a los diarios.
Bombardeos en Mostar, corrupción gubernamental, hambre en alguna parte (o en muchas partes) de África y en otros lugares de difícil pronunciación, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, no menos atroces violaciones de muchachas solitarias en parques nocturnos o garajes o zaguanes oscuros, nuevos atentados... Compruebo sin entusiasmo la fecha, sabiendo de antemano que es inútil. Que la fecha puede ser la de hoy, pero el horror no es nuevo, es el mismo que se repite sin descanso, día tras día, sin que nadie mueva un dedo por cambiar el signo de las cosas, sin que podamos aferrarnos ni siquiera al mínimo consuelo de una remota esperanza.
Agobiado, guardé el diario y busqué una revista de humor, tratando de huir de la espantosa realidad. Con disgusto, con desaliento, comprobé que no tenía ninguna. Se habían quedado atrás, en el hotel o en casa de mis amigos, encerradas en el tiempo de las vacaciones, ajenas al devenir del ajetreo, aparentemente inocentes de las malas noticias que me traían de vuelta a lo cotidiano.
Estábamos llegando a Barcelona. De nuevo los enormes bloques de viviendas levantándose a izquierda y derecha, como otros tantos nichos alineados frente al pálpito cansado de mis ojos, delatando la presencia de la concentración humana, certificando de alguna manera el fin del verano.
Luego, los túneles sumiendo al tren en las entrañas de la ciudad, entre vistosas pintadas distribuidas por los muros. Alegría o decepción coloreando los rostros de los viajeros que llegaban al final de su viaje y se apiñaban con sus maletas en los pasillos, prestos al abandono de los vagones, resignados al inaplazable retorno a la rutina, de algún modo impacientes por terminar con ese incómodo interludio que separa el verano del resto de los días.
Lo que siguió fue un barullo de gentes bajando a los andenes, abrazándose, despidiéndose, estorbándose, subiendo con prisa, casi con precipitación, a los vagones detenidos, buscando acomodo para sus maletas y para sí mismos, todo como una película antigua, de ésas en que los personajes se movían a una velocidad insólita y casi ridícula, pero nada de ello me pareció gracioso. Por el contrario, las prisas, el cruce de miradas fugaces, la disimulada lucha por un determinado asiento, los movimientos de cabeza en busca de una ubicación idónea, los gritos, las carreras por los pasillos, no hicieron sino contribuir al desánimo que había ido asentándose en mi alma en los últimos minutos.
Entre el gentío, me llamaron la atención dos mujeres. Ambas viajaban sin compañía. Una de ellas era rubia, bonita, de ojos inexpresivos.
No supe si lamentar o celebrar que pasase a mi lado sin mirarme. La otra no era hermosa, pero su larga melena negra, sus formas poderosas y un algo exótico en su rostro, en su atuendo, obligaban a mirarla con detenimiento.
En mal español, preguntó si el asiento contiguo al mío estaba libre. Me apresuré a ofrecérselo.
Cuando el tren se puso en movimiento, noté con asombro que el bolso de mano que descansaba en su regazo se movía. Una diminuta cabeza canina asomó por la abertura. Sonreí con disimulo ante aquella transgresión de las normas. En ese momento, entró el revisor en nuestro vagón. Ella me miró con sus enormes ojos negros. Puso su dedo índice sobre los labios carnosos, pidiéndome silencio, convirtiéndome en su cómplice, llenándome de una extraña ternura.
Alentado por ese gesto de confianza, me atreví a contemplarla casi con descaro. Su pelo basto, muy oscuro, la voluptuosidad de las nalgas, los labios llenos, gruesos, delataban la raza negra en algún recodo de su árbol genealógico. Todo lo demás parecía claramente occidental. Cuando por fin el revisor hubo contrastado los billetes y abandonado el vagón, le ofrecí un cigarrillo, que ella rehusó, y charlamos. Por sus palabras, supe que venía de Lisboa, que su nombre era Andrea, que regresaba, como todos, de unas cortas vacaciones junto al mar, que siempre viajaba con su perrito y que vivía en una pensión desde que se separó de su novio. Su voz destilaba bondad. Nada dijo acerca de su profesión. Sospeché oscuramente que era prostituta. Tuve ganas de abrazarla. Yo le conté a grandes rasgos las trivialidades que se suelen confiar a alguien que acabamos de conocer. (Pero ya intuía que no se trataba de una extraña, que ese gesto suplicante había tendido un puente entre nosotros, un puente que nos unía y que nos elevaba sobre el murmullo de las conversaciones a nuestro alrededor, separándonos de esas otras voces, de esos otros rostros que no formaban parte de nuestra pequeña isla en medio de las vías) Ella me hablaba de su Lisboa, de su pasado. Después, la conversación derivó hacia las tópicas generalidades.
Hubo momentos de cálido silencio, de miradas.
El tren se deslizaba veloz sobre los raíles acercándonos a la inevitable separación. En cada pueblecito atravesado, en cada estación, yo le contaba cosas de aquellos lugares, historias que a menudo inventaba para ver el gesto de maravillada sorpresa en el rostro de mi amiga, todo en pos de unos minutos más de conversación, de escuchar una vez más aquella voz con acento portugués que tanto me relajaba, que conseguía arrullarme llevándome a esa dimensión en la que todo es aún posible, donde cabe la ilusión de un mañana, de una flor renaciendo entre los escombros. Otras veces, fue ella quien hizo preguntas, tal vez por idénticas razones. En un par de ocasiones, pronunció mi nombre, atándome a su voz, llenándome de felicidad y desazón porque ya Lérida había quedado atrás y mi ciudad iba acercándose sin compasión. Yo deseaba prolongar aquel viaje, permanecer allí sentado junto a Andrea que me miraba lánguidamente y cuyas manos oscuras de larguísimas uñas rojas despertaban mis viejos instintos primordiales.
Un silencio de campos vertiginosos corría paralelo allende las ventanillas.
El sol bañaba los rastrojos y los montes lejanos, pero en el interior del vagón no había más luz que la que irradiaban los ojos de Andrea, que a ratos parecían estar buscando algo en el fondo verdoso de los míos. El tren lanzado era una sádica resta de minutos y yo no encontraba las palabras precisas. Me iba perdiendo entre explicaciones casi absurdas sobre los cultivos y el clima, disertaciones inexplicables acerca de la vida en las aldeas de mi tierra y en sus asfixiantes ciudades y exposiciones sinceras de
las maravillas existentes en los tan amados Pirineos, pero todo ello como un alejamiento a pesar de los cuerpos tan cerca, de los rostros casi juntos y las manos rozándose en la división de los asientos. Cada estación era como una siniestra zarpa cayendo sobre mi rostro y desgarrándome. Uno tras otro, iban pasando los kilómetros, el paisaje se iba transformando, la angustia crecía hasta límites intolerables. Ya se divisaban, al fondo, los edificios que marcaban el final de mi viaje, los pétreos sepulcros verticales que iban a sumirme, de nuevo, en la más insoportable tristeza. Pensé, deseé, estuve a punto de pedirle que se bajase conmigo, que renunciase a su Lisboa, que se quedase a mi lado en esta ciudad, que compartiese mi vida.
En cambio, sólo atiné a decir: "Estamos llegando a Zaragoza. En medio de aquellos edificios altos está mi casa" El tren se hundió en las profundidades de la tierra, bajo el ajetreo de la ciudad; fue reduciendo la velocidad, prolongando cruelmente los minutos finales, aquellos en los que ya nada es posible. Por fin, quedó parado entre las luces falsas de la estación. Aun fui capaz de una última inspiración: No me apearía, seguiría con ella hasta Madrid, o hasta Lisboa o al fin del mundo. Un beso en la mejilla me separó de Andrea para siempre. Cuando el tren se puso de nuevo en movimiento, aún pude ver sus ojos clavados en mi rostro, como formulando una pregunta de imposible respuesta.
Después, recomenzó el decurso de los días de absoluta normalidad.
Regresé a mis obligaciones, a la inmovilidad de una vida sedentaria, enmarcada entre las crudas aristas del trabajo y la soledad.
Sé que nada es perdurable. Que todo es un tren que viaja incansable entre las innumerables estaciones, deteniéndose efímeramente en alguna de ellas, atravesando otras sin ruido y arrebatando miradas de nostalgia, suspiros. Sé que la vida no es sino un compendio de recuerdos, un asombrado
catálogo de estaciones que fuimos dejando atrás. Pero ahora que el tiempo ha pasado, el recuerdo de aquel viaje, de Andrea, vuelve a mí con insistencia, tiñendo de melancolía los atardeceres, y llevándome incomprensiblemente a ese banco del andén, desde el que, cada tarde, contemplo con atención el
tránsito engañoso de los trenes.


*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com








Lo que Sucedió con el Comunismo que nos Llegó del Cielo,
Pegado en un Asteroide Comunista*



¡Caminemos bajo la lluvia!
Que tus ojos y tu sonrisa mojen mis botas
Hasta dejarlas inservibles.


Caminemos bajo las lluvias,
Y en mente escribamos
Sobre una estación ferroviaria.


¡A caminar bajo el Sol!
Que tu cielo y tus estrellas
Brillen para mis ojos
Hasta reventarlos en astillas gelatinosas.


Y a oscuras escribiremos
Sobre estaciones de tren,
Que nunca hemos visto
Ni imaginado.


¡A salir y andar corriendo,
Cobijados con el viento!
Que tu cuerpo,
Entre delirios de ausencia,
Me posea y me levante por las noches
Hasta desgarrarme.


A salir corriendo
Para que mi cuerpo
Sirva de alimento
A la hierba que se aferra a recordarte,
Y tus manos terminen de escribir
Sobre estaciones de un tren lejano,
al que nunca hemos viajado.


¡Caminemos batidos de tierra mojada!
Que la sangre que adorna tu rostro
Termine por ahogarme,
Y seas tú
Quien termine escribiendo
Alguna historia
Sobre la Estación Dudignac,
Aquella en la que nunca hemos estado,
Y que sólo conozco
Porque alguien quiere escribir sobre ella,
Como si se empeñara
En no entregarla al olvido,
Como yo me empeño
A no entregar aún tus caricias...



*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







Aunque ella nunca pueda decir adiós*




*Por Aldima. licaldima@yahoo.com.ar



Hacer feliz a un niño, al menos por un rato, y complacerse con la fugaz medialuna de su sonrisa, era una de las mayores satisfacciones que la vida podía brindarle a Ezequiel Dudignac. La otra era enamorar a una mujer.
Desde su más tierna infancia le había fascinado la actuación. Le gustaba disfrazarse durante esas tórridas siestas, cuando nadie lo veía, e interpretar delante del extenso espejo vertical del baño una nutrida galería de personajes, algunos copiados de los que veía en el cine, y otros productos de su primitiva invención. Durante mucho tiempo sostuvo el deseo de ser actor, hasta que para unas Navidades, una tía solterona le regaló un títere, cuya cabeza de plástico ostentara la adusta mirada de un Príncipe Valiente y su vestimenta a cuadros le otorgase la mayor de las elegancias.
A partir de ese día, su vida llegaría a ser muy distinta.
Participó de diversos cursos de actuación, pero lo que capturó su atención durante su errático devenir artístico fue el teatro infantil. Desde que ingresó por vez primera en semejante universo, la magia lo capturó, especializándose en el manejo de los títeres, ese sutil e intransferible arte de proyectar el alma sobre una mano, recubierta por un personaje muy particular, cruza mística de muñeco y de duende, dueño de una personalidad intransferible, y como dijeran sus queridos maestros de entonces, “hasta podría decirse que están dotados de vida propia”.
Sin embargo, aunque los títeres –y por extensión las marionetas- lo hubiesen hechizado, Ezequiel no se resignaba a permanecer detrás de la cortina negra de la titería, leyendo los textos impresos con distintas clases de voces mientras alzaba los brazos o los desplazaba a un lado y al otro –cuando de marionetas se trataba-. También gozaba paseándose por un escenario, a la manera de un singular clown, aunque sin el absurdo y clásico maquillaje, que nunca toleró. Y si bien gustaba de desarrollar personajes propios, no terminaba de definirse por alguno en particular a la hora de mantener una identidad histriónica. Por lo tanto, la actuación en su vida era un desliz. Lo novedoso, lo imprevisto, lo central eran los títeres.
Por eso, cuando alguien le comentó acerca del Vagón Infantil que transportaba el tren a Carhue, Ezequiel ni lo dudó. Encontró la manera de entrevistarse con el encargado ferroviario del proyecto, le presentó una carpeta con diseños de futuros trabajos a desarrollar a bordo del Vagón, y en menos de tres meses recorría no sólo el conurbano, sino también otros pueblitos por donde pudiese circular la entrañable trocha angosta, departiendo sonrisas infantiles por dondequiera que arribaban.
Sin embargo, Ezequiel no estuvo solo en el proyecto. Un tal Marco Cazzolonghi, arrogante mago con aires de seductor de telenovela, también se hallaba aguardando a que lo atendieran en la desolada sala de espera de una burocrática oficina del Ferrocarril Midland. Ambos trabaron un contacto instantáneo, fascinados ante la idea de llegar a ser compañeros en un movilizante espectáculo infantil. Y antes de conocer una toma de decisiones por parte de los encargados del Ferrocarril, ya se habían puesto a idear un show en conjunto, repartiéndose los tiempos de entrada y duración de cada escena. Tenían estilos un tanto diferentes –Ezequiel era más tierno y cálido con el público, Marco sostenía una rectitud distante no exenta de simpatía-, pero ambos compartían las mismas ganas de inventar, producir, cautivar…
Una vez instalados en el Vagón Infantil, se proveyeron de todo lo necesario para desplegar una gira creativa. Tan equipados estaban, que aquello hasta les parecía su segunda casa; sobre todo para Ezequiel, a quien su espíritu de aventura podía llevarlo hacia límites insospechados. Para Marco en cambio, aquello sólo era una gira; sabía que volvería a su casa en algunas semanas –si todo funcionaba como lo habían planeado-, por lo que no quería hacerse ninguna idea de pertenencia respecto del Vagón.
A diferencia de su compañero, Ezequiel se sentía feliz, animosidad que se transmitía a pleno en sus funciones, llevándolo a improvisar más allá de los textos –circunstancia que a Marco siempre le molestó un poco, tan ceñido él al formato de su presentación-. Allí comenzaron a reconocer sus diferencias: Ezequiel era una usina creativa que se potenciaba con cada nueva ocurrencia, dejándose llevar por su propia alegría, imaginando por su cuenta al inventar un parlamento inexistente para uno de sus títeres o crear una exótica danza aborigen para que imite y comparta junto a él en el escenario ese risueño coro de chicos que solía venirlos a ver cada vez que arribaban a la estación de turno. Imprevisibilidad que causaba las risas iniciales de Marco, aunque también generaba en él cierto efecto residual, muy parecido a la envidia; de la peor clase.
Aquí es tiempo de citar el otro ítem que siempre dejaba satisfecho a Ezequiel, y que generó un motivo de disputa impensado –y silencioso- con su compañero de show. Las mujeres lo perdían… Y eso era algo inmanejable, que le quitaba concentración, que lo alejaba de lo infantil de manera inexorable. Como Jeckyll & Hyde, cara y cruz de una misma esencia, el tierno clown que se ganaba el corazón de todos y el irresistible amante que se excitaba con toda mujer bonita que se cruzase en su camino. Pero lo más grave del asunto era lo que ocurría en el mismo trayecto del Vagón Infantil.
Al hacer las reverencias de rigor, sobre el final de cada espectáculo, su atención comenzaba a bascular de manera irremediable entre las iluminadas sonrisas infantiles y las palmas femeninas que lo ovacionaban; palmas que poseían un rostro que gesticulaba pidiendo “¡¡¡O-tra-más!!! ¡¡¡Y no jodemos más!!!”; rostros que él inspeccionaba de soslayo, con una precisión casi quirúrgica, sondeando quién era la madre más hermosa que había llegado hasta allí, acompañando a sus hijos para disfrutar de una tarde mágica……en todo sentido. Mujeres que hasta se acercaban a saludarlo cuando se bajaba del escenario, y cuyas siluetas él admiraba de cerca, desbordante de piropos para con esas cálidas mamás que reían con picardía al saludarlo con un beso, dejándole impregnado su perfume y un breve pero suave contacto con su piel, aroma cuyo recuerdo lo excitaba por las noches. Y cuando no se trataba de las madres, no faltaban tampoco las maestras jardineras.… Dicha particularidad le había hecho ganar el mote de “Tero”, ya que al igual que el ave autóctona, solía chillar en un determinado paraje –con una madre que se mantenía sobre el límite de la aceptación de sus propuestas, por ejemplo, recibiendo con ostentosa gala las seductoras virtudes del titiritero-, pero depositando los huevos en otro lugar –manoseando a gusto a una risueña pero provocativa maestra jardinera que se entusiasmara con la idea de conocer el Vagón Infantil con las primeras horas de la noche, cuando los chicos ya se encontraban desde hacía rato en sus respectivos hogares-.
Sin embargo, aquel oculto arte amatorio le era sutilmente boicoteado por Marco –con excusas más que infantiles en un principio-, para quien la envidia se había ido transformando en sólido ataque de celos imposible de dominar. Sólo que Marco era incapaz de pronunciar palabra alguna al respecto. Ni siquiera podía confesarse semejantes sentimientos a sí mismo. ¿Cómo era posible que Ezequiel tuviese tales habilidades, y a él ni siquiera lo registrasen? ¿Sería a raíz de esa distancia que se imponía a si mismo respecto del público?
Por su parte, Ezequiel sentía que su suerte respecto de las mujeres venía siendo esquiva desde hacía tiempo. Y aunque desconociese –o ni siquiera reparase en- los reprimidos sentimientos de Marco, sostenía que no era fácil encontrar la manera de seducir a una mamá o maestra jardinera delante de todos, menos aún proponerle delante de sus compañeras de turno, sus alumnos o sus hijos, que la esperaba más tarde, para “enseñarle a sus muñecos”… Si bien había tenido algunos éxitos, no eran los que él hubiera deseado. Aún recordaba a aquella espectacular tetona que lo sedujera hasta límites imposibles cerca de San Sebastián, que lo excitase hasta la locura al abrazarlo, demorando el contacto de su voluminoso pecho contra el suyo al despedirse, y que luego no volviese a verla más, aunque le rogase que acudiera sin falta al Vagón en las próximas horas. De más está decir que aquella noche no pegó un ojo; que deambuló por el Vagón a oscuras, movilizado por una intensa calentura; que Marco lo oyó insultar en susurros ante el moroso discurrir de la madrugada, pero que nada refirió al respecto al levantarse a desayunar…
Y así anduvieron por las vías, con andar errante, hasta que al culminar la función en la parada Ingeniero De Madrid, pretenciosamente llamada Estación, su suerte quedó echada bajo la forma de una murga uruguaya, con un ciclista como testigo.
Lo divisaron algunas horas antes, vestido de colores chillones, con unas diminutas antiparras y un oblongo casco azul muy particular, pedaleando por sobre una vereda de tierra, paralela a la vía, y arribaron juntos a la estación. Alcanzaron a oír que le pedía indicaciones al encargado –en ausencia sin aviso del habitual Jefe- sobre cómo llegar hasta la Estación Dudignac. El empleado le señaló que cruzara el paso a nivel que se divisaba a pocas cuadras de allí, y siguiera por ese sendero, que mejoraba notablemente respecto de los Km. que ya había hecho desde 9 de Julio. Por el camino, podía divisar a lo lejos el puente de la Ruta Provincial 65, y más adelante, una cantera inundada donde solían avistarse biguas, garzas y patos. El ciclista le agradeció entusiasta y se tomó un respiro, bebiendo un buen sorbo de Gatorade, sabor limón, proveniente de su cantimplora.
Estaba a punto de reiniciar la marcha, luego de quedarse a presenciar la entrañable función de Dudignac & Cazzolonghi, mientras éstos se disponían a realizar un último bis delante de los niños congregados durante la tardecita alrededor del Vagón Infantil, cuando un súbito estruendo musical los dejó paralizados. Con las últimas luces diurnas vieron surgir, atónitos, sobre un recodo de la vía, a una movediza y colorida murga uruguaya, que danzaba bulliciosa hacia ellos. Silbatos, matracas, trompetas y redoblantes atronaban el espacio cercano a la Estación, mientras un estridente coro entonaba una bonita prosa de Don Jaime Roos:

“En el tumulto de los húsares de Momo
Encandilado por las luces de otro barrio
Aquel murguista saludando con su gorro
Se despedía como siempre del tablado”

Grandes y chicos, negros y blancos, danzaban vertiginosos, contagiando su alegría, impulsando a los espectadores a seguirlos en su trajín musical sin pensarlo siquiera. El ciclista batió palmas con los brazos en alto, sin bajarse del vehículo, y rió con ganas cuando unos niños disfrazados de arlequines se acercaron para hacerle cosquillas con unos coloridos plumeros de papel. Saludó con las manos en alto a su alrededor, y mientras seguía riendo, se marchó pedaleando hacia el recodo de la vía por donde había arribado la murga.

“Que no se apague nunca el eco de los bombos
Que no se lleve los muñecos del tablado
Quiero vivir en el reinado del Rey Momo
Quiero ser húsar de ese ejército endiablado”


Al ver aquello, Ezequiel quedó fascinado. Su costado más histriónico lo impulsó a sumarse al baile, al salto discordante, al arranque danzarín. Sin embargo, antes de que pudiese dar el primer paso hacia el centro de la murga, emergiendo por entre los coloridos murguistas, una visión lo paralizó.
Era una morocha de rulos que cortaba el aliento. Aunque carecía de atributos físicos exuberantes, su sensualidad privaba de palabra alguna que pudiese opacarla con una triste descripción. Vestía como una Colombina, en la mejor tradición picaresca italiana, intentando eludir los constantes embates amatorios de un Pierrot que danzaba a su lado, pero que a su vez flirteaba con cualquier otra muchacha que perteneciera a la murga……y que le fuera ajena también. Ezequiel, embutido en su clásico traje de clown farsesco –un tanto distinto al que lucían los recién llegados-, quedó atónito al registrar una sonrisa en los carnosos labios de la morocha, y dudó si tal gentileza le era destinada especialmente a él. Por si acaso, y para despejar toda duda, metió mano dentro de su improvisada galería de recursos y le dedicó una teatralizada reverencia, que ella pareció no contemplar, o sencillamente ignoró.
Marco también notó la deslumbrante presencia de la Colombina, sólo que la importancia de la misma creció en la medida en que pudo contemplar el hechizo que aquella hermosa muchacha había ejercido sobre Ezequiel. Sus celos lo arrasaron sin piedad, ruborizado por la impotencia, a pesar de lucir sus elegantes galas mágicas. Deseó tener algún magnífico truco a mano como para romper aquel maléfico hechizo deseante, pero sólo pudo contentarse con la inmovilidad de su compañero, incapaz de acercarse hasta ella, más allá de que ejecutase sus habituales monerías teatrales.
Marco decidió esperar. Por lo visto, la murga había llegado para quedarse, y su inquietante bullicio cirquero constituía un complemento ideal para rematar el espectáculo de magia del flamante Vagón Infantil. Y sólo después, cuando se alejara el público, habría que ver quién de los dos, el mago o el titiritero, brillaba más lejos del escenario.
Ezequiel, siendo más “Tero” que titiritero o clown, ajeno por completo a su show habitual, sólo pensaba en la morocha. Azorado contemplaba cada uno de sus movimientos, sus contoneos, sus sonrisas… De pronto deseó que todo el mundo conocido se extinguiese delante suyo, y desaparecieran el tren, la estación, los niños con sus madres –para nada atractivas, desde hacía un par de minutos-, la función, la murga, para que allí sólo quedasen ellos dos, en plena soledad campestre, dispuestos a conocerse mucho más intensamente que cualquier otro vínculo que hubieran podido establecer en el pasado.
A pesar de ello, se lanzó fuera del escenario, mezclándose con los bullangueros integrantes de la murga, evitando cruzarse nuevamente con la filosa mirada de ojos negros de la morocha y su enigmática sonrisa, a fin de no volver a quedar paralizado…



* * *


El eco de los últimos aplausos y ovaciones aún perduraba en sus oídos cuando el tren volvió a ponerse en marcha. El armado y desarmado del escenario para la función de títeres, magia y humor era un ejercicio tan aceitado que apenas les demandó unos minutos. Mientras tanto el Pierrot, voz cantante de la murga, negociaba con el maquinista un viaje gratis hasta Dudignac para toda la compañía, ya que la bañadera oriental que los transportaba desde hacía meses había padecido sus últimos estertores de muerte unas pocas cuadras antes de arribar a Ingeniero De Madrid.
Al oír esto, Ezequiel se entusiasmó. Sus ilusiones se proyectaron de inmediato hacia un futuro encuentro ferroviario con la Colombina. Marco, por su lado, satisfecho por su -¿mágica?- intuición, se aprestó a tolerar esos egoístas sentimientos que afloraban más allá de su voluntad, …¿o no?
Un único vagón de pasajeros quedó unido a la formación, mientras la locomotora realizaba las maniobras correspondientes para acoplar un par de vagones más, uno que transportaba cargas varias -entre ellas, una partida de alimentos que donaba el gobierno provincial para unos recién estrenados comedores infantiles-, y otro perteneciente al correo y las encomiendas. Ambos fueron acoplados junto al de pasajeros y el Infantil, cuyo par de ansiosos pasajeros, en absoluto cansados por la reciente función, deseaban reanudar viaje cuanto antes.
El silbato del tren retumbó en la noche, mientras el potente faro de su morro desgarraba las tinieblas rumbo a Dudignac, y se oía el clásico golpe metálico de los vagones al iniciar la tracción. La noche prometía ser muy cálida para desaprovecharla yéndose a dormir…
Lalo tomó a uno de sus más preciados y entrañables personajes, el títere que en cada show presentaba como “el Caballero Mano de Fuego” –su mejor carta de presentación, sobre todo cuando lo embargaba un súbito acceso de timidez-, y avanzó hacia el vagón de pasajeros, con cierta incertidumbre pero miles de mariposas aleteando a lo largo de sus arterias, concentradas en su abdomen. Marco no quiso quedarse atrás, y sin que Ezequiel lo notase, provisto de la galera, la amplia capa negra y su gloriosa varita mágica, le siguió los pasos.
Al hacer su entrada, Ezequiel saludó en derredor, bromeando al pasar, contagiándose de la perenne bulla que emanaba de aquel simpático y heterogéneo grupo de gente. Así, fue acercándose hasta donde se hallaba sentada la Colombina, quien al ver al “Caballero Mano de Fuego” a la altura del hombro del titiritero, sonrió complacida, sin perder el aura misteriosa que la rodeaba, y le acarició el cabello rubio de lana con el dorso de su dedo índice. Ezequiel emitió un sonoro y trémulo falsete, dando a entender un imprevisto acceso de pudor, mientras el “Caballero Mano de Fuego” se volvía sobre su eje para ocultar el rostro contra la camisa de Lalo. Todos rieron complacidos.
Hasta que Marco interrumpió la escena, adelantándose al exclamar:
-¡Rescataré a este valeroso príncipe de las malditas garras de la vergüenza! -, convirtiendo su varita mágica en un precioso ramo de flores, que solícito le entregó a la morocha como regalo, ruborizándose hasta las orejas, pero contemplándola con mirada dura y distante.
Ella le agradeció el gesto con aire ausente, casi indiferente, como si el mero hecho de haber nacido hermosa, con los años hubiera llegado casi a fastidiarla.
La competencia establecida con ese imprevisto ramo de flores no se le escapó a Ezequiel, quien sintió una profunda y súbita decepción ante la fría acogida de la Colombina respecto del “Caballero Mano de Fuego”. Al mismo tiempo, deseó eliminar de inmediato a su compañero de tareas. “Pero, ¿qué te pasa?”, pensó para sus adentros. Y como cada vez que se encontraba en un mal trance, apeló a uno de sus mejores amigos para que lo defienda:
-¡Pero que inoportuno es este mago! -, exclamó la contagiosa voz de falsete del “Caballero Mano de Fuego”. -¡Siempre aparece con un antiguo truco de cuarta para estropearme la función!
Más risas murgueras, incluida la de la morocha. Sólo que entre las miradas de Ezequiel y Marco volaban letales dardos imaginarios.
-Quizá nuestro príncipe necesite compañía esta noche -, sugirió el mago, y con un certero y veloz pase de magia hizo aletear una paloma blanca entre sus manos.
Una exclamación de sorpresa se extendió a su alrededor, mientras estallaban los redoblantes, y la paloma revoloteaba inquieta para posarse sobre uno de los hombros de Marco. Aquello era competencia desleal.
Ezequiel frunció el ceño y subió la apuesta, olvidándose de su compañerismo, sin pensar en nada.
-¡Prefiero la compañía de unos hermosos ojos negros, Cruel Hechicero de la Noche! -, lo desafió el mismo falsete anterior, extendiendo el brazo con elegancia hasta que los rubios cabellos de lana del “Caballero Mano de Fuego” rozaron la tersa mejilla de la Colombina, quien de súbito –sin dejar las flores ofrecidas por el mago- entrecerró los ojos con dulzura, volviendo a elevar su mano para acariciar aquella tierna cabecita de papel maché, esta vez con varios de sus dedos, gráciles y sutiles.
Sólo que Ezequiel, por una cuestión de profundo orgullo, no podía apartar la vista de Marco. Como si allí mismo, de manera impensada minutos antes, se definiese su mutuo y futuro acontecer laboral.
-Si lo que deseas es conquistarla, te hará falta mucho amor -, y acto seguido, Marco hizo aparecer de debajo de su capa negra la inconfundible silueta de un corazón de chocolate, envuelto en un brillante papel colorado, que inmediatamente le entregó a la Colombina.
Ovaciones y aplausos, más el estallido de un platillo. La situación estaba complicada. Conocía la mayoría de los trucos que Marco desplegaba en su show –muchos otros que mantenía en secreto también-, y sabía que no podría competir contra él……a menos que cambiara las reglas de juego.
-Sólo un acto de valentía puede conquistar a una dama -, exclamó, estridente, el “Caballero Mano de Fuego”, apostando todo en una sola mano. –Y ese acto es el de mostrar las habilidades varoniles más intensas que cada uno posea.
Silbidos de entusiasmo, procaces ovaciones y sonidos de trompetas atronaron el vagón, para beneplácito de la sonriente Colombina –gozosa con el simpático duelo-, a quien algunos de sus compañeros murguistas rodearon en un teatral abrazo, a modo de bandeja que la sirviera para el ganador.
Marco tembló, ignorando hacia dónde correría el “Tero”. En estas lides, delante de una mujer, Ezequiel sabía actuar mejor que él. El corrosivo ácido de la envidia le roía las entrañas. Sintió por un instante que el combate, la noche, el mágico e ilusorio proyecto del show de Vagón Infantil se esfumaban en apenas unos segundos de irrupción erótica. El dolor y la furia fraguaban en su interior. La ambivalencia no lo dejaba pensar.
Ezequiel se impacientaba al experimentar sensaciones similares. Le resultaba incomprensible que su mejor compañero de shows hasta la fecha pudiera hacerle una escena de celos como ésta. Pero también recordó que Marco era un hombre, además de mago. Y que jamás le había conocido una pareja, estable u ocasional. “Cosas del destino”, se consoló a sí mismo, minimizando el posible dolor del otro. Pero sabía que era un engaño.
La murga bullía, expectante. La morocha los miraba alternativamente, pendiente del resultado, atraída -sin querer admitirlo- hacia tal original rivalidad en su honor. De nada valía conocer cuál era el as en la manga que podía ocultar cualquiera de los dos; y sin embargo, el suspenso aumentaba.
Hasta que el redoblante se dejó oír en demasía, y Marco estalló:
-¡Está bien! -. Y el tamborileo del redoblante cesó con un estruendo de platillos. –Si hay que demostrar habilidades, ¡pues que así sea!
Con un grandilocuente gesto teatral, ajeno a su persona, se cubrió la mitad inferior del rostro con su brazo izquierdo enrollado en la capa, mientras con su mano derecha se golpeaba apenas la cabeza con un extremo de la varita. Acto seguido, desapareció.
Un ahogo de asombro enmudeció al vagón, que contuvo el aliento, disipando cualquier sonrisa. Ezequiel quedó perplejo por un instante. “¡¿Cómo lo hizo?!”, chillaba una voz dentro de su mente. Hasta que con su último resto de cordura, conteniendo a duras penas una lengua vacilante, proclamó:
-¡Un aplauso, señoras y señores! -. El sonido de su propia voz lo sorprendió tanto como a los demás. -¡He ahí a un artista que sabe salir limpiamente de escena! -. Y con un murmullo apenas audible, sin poder reprimirse, agregó: -Y a un hombre que conoce sus propias limitaciones.
Los aplausos fueron muy trémulos, esporádicos, hasta que luego de unos instantes estallaron privilegiados, comprendiendo que se hallaban en presencia de un show nunca antes visto. Sólo que sus propios artistas lo desconocían hasta entonces.
La Colombina se puso de pie, reponiéndose de la sorpresa, tomó la mano libre de Ezequiel entre las suyas, obligando al titiritero a regresar a la realidad, y le rozó los labios con los suyos. La murga explotó en un solo grito, liberando la tensión. Ezequiel parpadeó, incrédulo, como si aquello no fuese lo deseado. La morocha se hizo a un costado y besó en la nariz al “Caballero Mano de Fuego”, que tembló con vida propia en manos de Ezequiel, sin que éste pudiese articular palabra. Entonces ella, reteniéndolo con ambas manos, lo condujo fuera del vagón. Un malévolo coro de murguistas le deseó buena suerte, riendo y aplaudiendo a la vez.
El silbato del tren se dejó oír, como proviniendo de otras épocas. La velocidad de la locomotora pareció disminuir. Algunos solitarios focos de la luz iluminaron brevemente la semipenumbra del pasillo, junto a los escalones del vagón. Ella le rodeó el cuello con los brazos, lo besó con la boca abierta, beso que Ezequiel apenas tuvo el impulso de responder, y le dijo con un tono áspero y sensual:
-Es la primera vez que me seducen con magia. Pero como ya lo dijo el poeta, el único paraíso posible es el paraíso perdido.
Dicho lo cual, el tren aplicó los frenos, deteniéndose en la Estación Dudignac. Ezequiel, desconcertado, sin ser él mismo desde la desaparición de Marco, giró la cabeza hacia el exterior. Más allá del andén divisó un almacén de ramos generales, digno de ser confundido con una pulpería; el pueblo parecía haberse detenido en el tiempo. La sensación de irrealidad se tornó aún más punzante al descubrir la insólita presencia de un ciclista pedaleando al cruzar bajo la solitaria luz de otro foco. El “Caballero Mano de Fuego” volvió a temblar con vida propia. Un súbito escalofrío lo adosó contra la pared del vagón. “¿Qué me pasa?”, alcanzó a preguntarse Ezequiel, sin darse una respuesta, aunque sintiéndose víctima de un ignominioso hechizo. Las manos de la Colombina yacían ardientes sobre su nuca, los ojos negros clavados en los suyos, a la espera de algo más, aunque sin animarse por el momento.
Entonces, quebrando aquel maléfico hechizo como un cristal, el movedizo cuerpo de la murga arremetió contra ellos, obligándolos a descender a tropezones en una contracturada danza, mientras entonaban otra pegadiza rima de Don Jaime Roos:


“Era una retirada
Que al despedirse quiere regresar
Se va, se va la murga
Aunque ella nunca pueda decir adiós”


Ezequiel trastabilló, a punto de perder el equilibrio al llegar al andén, sostenido apenas por el anónimo abrazo de la murga. La Colombina reía, secundada por Pierrot, quien la cortejaba burlescamente mientras bailaba a los saltos a su alrededor; “Nuevamente la Princesa se perdía entre la gente”, canturreó Ezequiel, recordando la rima murguera. Por un instante, aquel sentimiento de extrañeza lo abandonó, aunque no lograba sacarse de la cabeza la cruel imagen de Marco desvaneciéndose en el aire.
Y aunque le era imposible recuperar la sonrisa, o aquel tórrido sentimiento de seducción que lo embargara al calzarse a su preciado “Caballero Mano de Fuego” a bordo de su entrañable Vagón Infantil, su corazón se agitó trémulo –con un sentimiento de pérdida mucho más incisivo que el experimentado por el alejamiento de la morocha-, mientras la murga se alejaba en la noche rumbo al pueblo, al escuchar aquella esperanzada rima de Don Jaime Roos, una vez más:


“Que no se apaguen las bombitas amarillas
Que no se vaya nunca más la retirada
Quiero cantarle una canción a Colombina
Quiero llevarme su sonrisa dibujada”










*


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Saturday, August 13, 2011

ESTACIÓN SANTOS UNZUÉ










La leyenda que germina entre el polen*



“Santos Unzué”
Se leía en la pared de ladrillo,
Con letras grabadas muy limpias y nítidas,
Que guardaban los recuerdos lejanos
De las tantas personas que pasaron frente a ellas:
Y las leían para saber
Con qué nombre era llamado aquel lugar.

Las nubes en el cielo parecían borregos
Traídos hace tiempo en vagones por las vías,
Hoy cubiertas bajo concreto,
Y dejados en libertad para hacer lo que desearan:
Como subir al cielo en agua condensada.


La estación del tren,
Visitada por los vientos,
Se preguntaba si aquellas letras en su muro,
Que anunciaban la llegada a la estación ferroviaria,
Darían también nombre al cielo que la cubría:
De ser así,
Los animalillos de nube coloreada en la estratósfera
Deberían de ser capaces
De leer el nombre desde las alturas.

Nunca nadie dijo que una estación clausurada
No debiera sentir algo de vanidad o de nostalgia,
Y mucho menos alguien antes
Había visto una pequeña estación de tren,
Tan orgullosa de su letrero.

Por las noches,
Al principio como pasatiempo,
Le enseñó al pasto a leer el letrero,
Luego a las estrellas,
Al viento, al frío, al calor...
Sus enseñanzas se hicieron numerosas,
Y abrió un turno matutino
Para la enseñanza de lo que se conocía como
 “Lectura de letrero”.

El Sol aprendió,
La luna, la lluvia, los animales, y las flores,
Estaban entre sus mejores alumnos.

El pasto,
Que le costaba trabajo entender la cátedra,
Tomaba clases durante ambos turnos:
Nocturno y matutino.

Sólo en las tardes se suspendían las clases.
El método de enseñanza era siempre el mismo:
Leer todos los asistentes,
Y al mismo tiempo,
El letrero del muro.

La enseñanza continuó con éxito,
A tal grado que comenzaron a llegar
Nuevos estudiantes,
Y se consiguió el apoyo de becas.

Hoy día,
La modesta estación imparte cursos
Con los mismos horarios,
Y si algún viajero llega sin interrumpir las clases,
Podrá escuchar por las noches y por las mañanas
Cómo por todos lados,
Y de diferentes modos,
Hasta las sombras
Que los cuerpos proyectan en el suelo
Llenan las horas de colores diciendo:

“Santos Unzué”.

Y la estación
Muestra de nuevo el letrero grabado en el muro,
Y hasta uno mismo repite,
casi sin darse cuenta y en voz baja:
 “Santos Unzué”.

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com









 
LA ESTACIÓN*


Salí al aire frío de las calles, abandonando la oscuridad del almacén. Alguien que no reconocí me despidió con un extraño ademán. Recordé confusamente que debía tomar un tren.
Pocos días antes me había sido enviada una carta en la que se me recomendaba un viaje. Adjunto venía un billete de ferrocarril, que ahora descansaba sobre la mesilla de la solitaria habitación en la que cada noche me entrego a los despóticos juegos del sueño. No me tomé siquiera la elemental molestia de averiguar quién era el remitente de tan curioso envío, ni busqué en una guía cualquiera el lugar de destino. Pero ¿Quién hubiese vacilado ante un reto semejante? ¿Quién se hubiese resistido a ese instintoque siempre nos lanza hacia lo inesperado con tanta decisión como desprecio ante los posibles peligros? Conjeturé que sólo la cobardía hubiera podido impedir que recogiese el guante que el destino había tenido a bien lanzar contra mi rostro. Y nunca fui cobarde.
Así, poco después de las cinco de la tarde, tras una corta pero intensa siesta, me puse mi único traje (que apenas había utilizado una vez) metí en una maleta adquirida dos días antes mis escasas pertenencias y partí hacia la estación, dejándome azotar por las continuas ráfagas de un viento helado que hería inclemente las esquinas, los árboles, y el tránsito fugaz de los peatones que surcaban con rapidez las avenidas.
A causa de la menuda e impertinente lluvia que había comenzado a desgranarse sobre la ciudad, me vi obligado a tomar un taxi. Muy pronto, el automóvil se detuvo frente a un moderno edificio de dos plantas, ante el que otros autos vomitaban su carga humana, partiendo raudos en busca de otros pasajeros, de otras historias.
Antes de entrar en la estación, me detuve un instante, con la viva sensación de haber pasado algo por alto, de no haber prestado la debida atención a algún ínfimo detalle, de ésos que luego resultan ser trascendentales, pero, no siendo capaz de concretar en que pudiera consistir ese olvido, me encogí de hombros y penetré en el edificio entre una muchedumbre de rostros desconocidos y bonitas muchachas uniformadas y empleados siempre dispuestos a la oportuna indicación, al breve diálogo.
Ya en el interior, me sentí invadido por un reconfortante calorcillo, más agradable, si cabe, teniendo en cuenta el frío que la llovizna había traído consigo allá afuera. Al fondo, al otro lado de las ventanillas ante las que el gentío formaba largas colas esperando su turno, pude ver una gran sala en la que multitud de personas charlaban, gesticulando. Un poderoso rumor se extendía a lo largo de toda la nave. Era la suma de las conversaciones de los presuntos viajeros, el eco de las despedidas, de las tópicas recomendaciones y las frases cariñosas. A la izquierda, un enorme mural representaba el mapa del país, cruzado por innumerables líneas rojas, como tantas otras arterias surcando el espacio, entrecruzándose, uniéndose, mezclándose y formando un complejo entramado que llegaba hasta los más recónditos rincones de la patria. Al lado, un cartel electrónico indicaba las próximas entradas y salidas, el horario previsto yel número del andén correspondiente. De cuando en cuando, se oía por los altavoces repartidos por todo el recinto una muy bien modulada voz femenina, anunciando la inminente partida de algún tren. Podían verse entonces algunas personas corriendo en todas direcciones, abalanzándose hacia las escalerasmecánicas que llevaban a los andenes. Otros paseaban con impaciencia frente a las ventanillas, lanzando insistentes miradas al electrónico, y escuchando con desmesurada atención cada uno de los mensajes que los altavoces vertían sobre el aire cálido de la sala espaciosa.
No dejó de llamar mi atención la aparente ausencia de escaleras ascendentes, ya que había, en efecto, un piso superior, que se veía a través de grandes cristales, y en el cual podían distinguirse varios grupos de personas, saboreando sus bebidas y riendo despreocupadamente. Otros, por el contrario, contemplaban con aire apesadumbrado el piso en el que yo me encontraba y callaban; sólo callaban ignorantes de las alegres risas que brotaban a su alrededor. (¿Habré de decir que en este lugar toda risa es forzada; toda alegría, aparente?) Enajenándome a esas tristes miradas, supuse que habría alguna escalera en el interior de la cafetería, pero esto aún no me preocupaba, puesto que mi intención no era subir a aquella atalaya acristalada, sino tomar un tren.
Sí, subir a ese vagón que el destino había puesto en mi camino y que ya no podía tardar mucho en hacer su entrada. Volví a consultar la lista de horarios sin hallar referencia alguna al tren que debía tomar, al itinerario que muy pronto había de emprender. Caminando con tranquilidad, me aproximé a uno de los numerosos bancos que ocupaban el centro de la enorme nave y me senté en él, situándome frente al letrero en el que, de un momento a otro, surgirían las mágicas palabras anunciando la llegada de mi tren, anunciando el comienzo de algo quizá maravilloso y excitante.
A mi lado, una mujer gorda dormitaba apaciblemente, y un poco más allá, un anciano miraba como hipnotizado, con expresión de ciego incapaz de admitir la ceguera, hacia el gigantesco mural. Niños ruidosos correteaban entre los bancos, pero, no sé por qué, en sus juegos se adivinaba como una falta: No denotaban la natural alegría que suelen atesorar la mayoría de los niños. Me dio la impresión de que ni siquiera estaban jugando sus propios juegos, sino cumpliendo un ritual insoportable y absurdo. No eran risas infantiles lo que llenaba el ámbito, no eran reales; y además, en sus rostros podía percibirse un deje de rutina y melancolía, como si tales carreras, tales saltos y gritos, no hiciesen sino aburrirles y fastidiarles. (¡Cómo no lo vi entonces! ¡Cómo no salí corriendo de aquel lugar, de este lugar en el que ahora estoy sentado y escribiendo estas agónicas frases que se han venido repitiendo una y otra vez en mi atormentada mente!) Sonó la campanilla. De inmediato, oyóse la dulce y acariciante voz de mujer, recitando la aprendida lección de entradas y salidas. Escuché con atención, sólo para comprobar que tampoco era éste el tren que esperaba. Volví a mirar el billete, para prevenir cualquier posible error por mi parte. Tomar un tren equivocado solía acarrear, según había oído decir, tremendas molestias e incontables transbordos posteriores, e incluso existía un rumor que aseguraba que, en caso de confusión, se hacía prácticamente imposible regresar a la estación de origen, descartando así toda probabilidad de emprender algún día el viaje proyectado, dada la gran complejidad de la red ferroviaria. (En algún momento, en el pasado, tuve la sensación de haber tomado un tren erróneo, pero eso ahora no es más que un vago recuerdo y las certezas no existen) Sin embargo, no es menos cierto que si procedemos con atención es en verdad difícil equivocarse, debido en gran medida a la asombrosa exactitud de las informaciones proporcionadas por los altavoces y por el cartel de horarios.
La mujer gorda respingó, miró en todas direcciones, se incorporó de un salto, se frotó los ojos con el dorso de la mano y leyó frenéticamente las ocho líneas electrónicas que resplandecían frente a ella. Después respiró con fuerza y volvió a sentarse, tal vez algo desalentada. Fue entonces cuando se percató de mi presencia. Me contempló con curiosidad durante un segundo. Luego preguntó sin protocolo alguno:
- ¿Ha salido ya el tren hacia Santos Unzué.?
- No puedo estar seguro - contesté con amabilidad - Lo único que puedo asegurar que no lo ha hecho desde que estoy aquí - no dije nada más, tratando de rehuir el diálogo. Pero ella, ya más despierta, ensanchó un punto su sonrisa y dijo:
- Entonces ¿Llegó usted hace poco?
Iba a responderle con una escueta afirmación, demostrativa de mi escasa predisposición a entablar una conversación intranscendente, cuando me vi bruscamente interrumpido por el anciano que, con gran descortesía, increpó a la mujer:
- ¡Estás loca! - Gritó. Después se dirigió a mí en otro tono - Se lo he repetido cientos de veces. Su tren partió hace mucho. Pero ella se empeña en seguir esperando, aun cuando sabe de sobra que soy yo quien está en lo cierto - se volvió de nuevo hacia ella y con voz chillona agregó: - Nunca volverá ese tren ¡Nunca!
- Calla, viejo idiota - dijo ella entre sollozos - Tratas de confundirme.
Este amable caballero acaba de decir que aún no ha pasado. Yo sé que llegará y me marcharé en él, mientras tú te quedas ahí sentado, refunfuñando y soñando con un destino que jamás estuvo a tu alcance. A mí me queda la esperanza. A ti, nada más que la resignación o la locura.
- Yo nada espero. Eso es cierto - aceptó él con un tono más calmado - Hace tiempo que comprendí mi derrota. Pero tu esperanza ha de transformarse, ya lo verás, en una larga espera baldía, en sufrimiento y agonía, pues no quedan trenes que tu puedas coger, no hay destino que te reclame, ni andén que pueda llevarte hacia la luz.
- ¡Cállate! - Gritó la mujer en dirección al viejo. Luego, mirándome con los ojos arrasados en lágrimas, dijo: - Es insoportable. Siempre está gritando lo mismo. Siempre ahí sentado, malhumorado e insultante, como si su único fin fuese destrozar mis esperanzas. Siempre descargando sobre mí su odio de viejo egoísta, su desesperación de hombre abandonado. Pero no vaya a pensar que puedo huir de sus reconvenciones. No importa dónde vaya, allí está él para seguir machacándome. No deja de perseguirme, todo el santo día, de acá para allá. No sé si tendré fuerzas para seguir esperando mucho más.
Algo en las palabras de la mujer, en la actitud del anciano, hizo que, por un momento, me sintiera descolocado, como viviendo una situación irreal, un sueño absurdo del que no había escapatoria. Tratando de serenarme un poco, de superar con rapidez la confusión, miré al anciano a los ojos y, sin acritud, le espeté:
- ¿No le avergüenza tratar así a la señora? ¿Acaso carece del menor escrúpulo? ¿Es insensible al dolor que le causa con sus palabras?
Tras unos segundos de silencio, bajó los ojos, incapaz de soportar la hostilidad que se reflejaba en los míos. En voz baja, respondió:
- Tú también lo serás, cuando llegues a mi edad. Si hubieses estado aquí tanto tiempo como yo, quizá fueses más cruel - su tono fue subiendo poco a poco - ¿Qué derecho tienes tú a reprocharme nada? Te queda una larga vida, y se nota que no te falta ilusión. Tu tren llegará muy pronto y te marcharás, como tantos otros, sin recordar nunca más esta escena, ni a ninguno de nosotros. No, muchacho, no tienes ningún derecho a juzgarme ¿Con qué propósito, pues, te inmiscuyes en asuntos que son completamente ajenos a ti?
Acabas de llegar y ya crees saberlo todo - su voz adquirió un tonillo irónico - pero no tienes la menor idea... Está bien, quédate ahí con esa chiflada. Así aprenderás. Yo me voy a otro lado.
Presa de una gran excitación, fingida al menos en parte, sacó de debajo del asiento unas muletas y se alejó con dificultad hacia otro banco próximo, desde el que también podía ver el luminoso. De nuevo esa sensación de irrealidad me fue subiendo por dentro, mezclada con un poco de frío, procedente de los andenes. En el exterior estaba anocheciendo y el viento castigaba con dureza las copas de los árboles y también a los pocos viandantes que circulaban a esa hora por las calles. Dentro se notaban, de cuando en cuando, pequeñas bocanadas de aire fresco que hacían bajar, lenta pero inevitablemente, la temperatura. Anochecía y mi tren no llegaba, y una sorda preocupación se iba abriendo paso en mi interior.
La mujer gorda, que había cesado en sus sollozos y secado las lágrimas, se apretó un poco contra mí, musitando en mi oído:
- Tal vez el tren que estamos esperando va a llegar pronto.
Por algún motivo que entonces no supe precisar, esas palabras me produjeron una intensa desazón, pero el calor de su cuerpo a mi lado, y el suave aroma que de él se desprendía, consiguieron adormecerme.
En el sueño, vi miles de trenes entrecruzándose, entrando, saliendo, cambiando de vía. Vi trenes lanzados a toda velocidad, galopando por extensas llanuras desiertas; vi trenes que descendían interminablemente, máquinas que arrastraban un número infinito de vagones vacíos y silenciosos; vi vagones repletos de gente y detenidos en medio de la vía, abandonados a su suerte entre los páramos. También pude ver, al fondo, allá en lo más profundo de mi sueño, un trenecito muy pequeño, antiguo, uno de esos que hace tiempo cayeron en desuso, algo desvaído por el paso de los años, aparentemente fuera de servicio. Pero una suave dulzura emanaba de sus gastadas maderas, de sus oxidados remaches, de sus cansadas ruedas. Y supe que ése era mi tren y que no debía perderlo. Y entonces recordé que estaba soñando; desperté sobresaltado, con la vista fija en el cartel, releyendo con precipitación cada una de sus líneas, sólo para comprobar con desaliento que mi tren seguía sin haber llegado a la estación.
Sentí un frío intenso. La mujer había desaparecido. En su lugar, aunque algo más alejado, estaba el anciano, contemplándome con curiosidad. Aturdido aún por el violento despertar, pregunté:
- ¿Qué ha sido de ella? ¿Llegó por fin su tren?
- De ningún modo - respondió él, sonriendo con amargura - Ese tren ya pasó y nunca regresan - hizo una breve pausa - Yo traté de avisarla cuando sucedió, pero se burló de mí, me insultó y desoyó mis consejos. No sé dónde habrá ido ahora. Lo más probable es que esté en la cafetería, tratando de subir al piso de arriba. Por la noche, cuando llega el frío, todo el mundo trata de resguardarse.
Algo se debatía en mis entrañas, como una inconcebible certeza de estar viviendo una situación que desafiaba toda razón. La increíble sospecha que se había ido asentando en mi mente desde el momento en que llegué, comenzaba a tomar forma; las palabras del viejo delineaban los contornos precisos de la pesadilla:
- Se dice que allá arriba no hace frío y que la gente es más amable, y la vida, más confortable. Pero nadie sabe cómo subir. A mí ha dejado de importarme. Apenas sería capaz de subir dos peldaños - al decir esto, remangó sus pantalones, dejando al descubierto dos piernecillas algo deformes y, sin duda, enfermas - Es por la humedad que viene cada noche desde los andenes y quizá también por las caminatas.
- ¿Caminatas? - Pregunté. Cada nueva revelación me iba arrastrando más y más hacia las desoladas regiones del pánico.
- Sí. Es preciso caminar mucho, para combatir el entumecimiento. De lo contrario, se corre el peligro de morir congelado. No ponga esa cara. Yo sé que todos se burlan de mis consejos, pero hágame caso: camine, camine todo lo que pueda. Todas las mañanas, los empleados tienen que retirar los cuerpos congelados de quienes no tomaron las debidas precauciones. Lo hacen con sigilo, fingiendo que nada ocurre, pero yo llevo demasiado tiempo en este lugar y nada se me escapa.
- ¿Sugiere usted que hay personas que pasan aquí la noche? - Dije. Algo en mi interior se resistía a creer en lo que estaba oyendo. No era posible.
Nada era verdad. Pronto despertaría en mi habitación, entre mis libros. Todo habría sido un sueño, desayunaría, me asearía y saldría hacia el trabajo, como cada mañana...
- Muchos días y muchas noches - respondió él con cierto desaliento - Hace años que espero, obstinado, la llegada de ese tren en el que ya no creo.
Pero no conozco otro camino.
- Sin embargo, yo no puedo esperar. Debo...
- Nadie puede, en realidad. Pero no me haga demasiado caso. No desespere. No es imposible que su tren llegue, en efecto, esta misma noche. En muchos casos sucede así. Permanezca atento a los altavoces. Trate de no dormirse.
Sea amable con los funcionarios, y ellos le corresponderán gestionando con rapidez los trámites de su partida. Pero, ante todo, deseche la prisa, reprima la ansiedad. Nada sucede antes de tiempo.
- Pero es que debería regresar antes del lunes...
- ¿Regresar? ¿Cómo ha de regresar?
- Tengo que acudir al trabajo, o seré despedido. Son muy estrictos.
- ¡Vamos! ¡No sea hipócrita! Usted conoce perfectamente su situación. Sabe de sobra que no hay sitio al que regresar. ¿Acaso no lleva en su maleta todo aquello que considera imprescindible? ¿No arrojó la llave de su casa en una sucia alcantarilla? ¡Pues claro que lo hizo! Igual que lo hicimos todos, sabedores de que no hay regreso. Porque regresar equivale a fracasar ¿Y quién tiene el valor de reconocer el fracaso, de admitir el error? Antes la muerte, antes el sufrimiento más horroroso, que la confesión de la derrota.
¿No es, en rigor, la más completa verdad cuanto estoy diciendo? ¿Sería capaz de negarlo, de negármelo a mí?
Me sentí derrotado, desenmascarado. Con algo de vergüenza, admití:
- Sí... Es cierto. Eso es exactamente lo que hice... Pero en el fondo, yo esperaba regresar... ¿Cómo hubiese tenido, de lo contrario, el valor de partir? Es verdad. Sabía que el regreso no es posible, pero todo hombre necesita algo a lo que aferrarse, una referencia, un punto de apoyo para superar la terrible realidad... De modo que no me resta sino la espera. La espera que, según sus palabras, puede llegar a ser insoportable. Mas... siempre puedo bajar al andén y tomar el primer tren que llegue, aunque no sea el indicado...
- ¡De ningún modo! No hay dos trenes que puedan conducirle al mismo lugar.
Hay que atenerse al billete. Es imposible sospechar siquiera dónde podría terminar quien hubiese tomado un tren equivocado. Además, sepa que si baja al andén es muy posible que no pueda volver a subir, del mismo modo que resulta prácticamente imposible acceder desde aquí al piso de arriba.
Pensé en un número ilimitado de pisos, desconocidos entre sí. Un infinito edificio de incontables pisos desde cada uno de los cuales no fuese posible ver sino el superior y el inferior. Y en cada una de esas plantas, hombres idénticos a nosotros, hablando con nuestras palabras, compartiendo nuestros pensamientos, hasta los más íntimos; siendo, en suma, perfectas imitaciones nuestras (o lo que es peor: nosotros imitándoles, siendo meras caricaturas, marionetas cuyos hilos...) Preferí no pensar más, escuchar en todo caso al anciano, que seguía hablando, pero la idea infernal de la multiplicación infinita de los pisos me había conmocionado de tal modo, que ya no me sentía con ánimos para seguir oyéndole. Sólo una voz interior que me repetía una y otra vez la completa imposibilidad de tan absurdo pensamiento: No puede haber más que tres plantas, tres únicos niveles. Pero mi mente dudaba, y acaso...
La mujer gorda se aproximaba a nosotros, con la sombra de una aguda decepción oscureciendo su rostro. Sin una palabra, tomó asiento a mi lado y recostó su cabeza en mi hombro, disponiéndose, sin duda, a dormir un rato.
Yo, sin esperanza, hice lo mismo, pero mis oídos permanecieron atentos a los altavoces, mis ojos se abrían de cuando en cuando, vigilantes incansables del cartel electrónico. Esa noche no vino mi tren. Tampoco las siguientes.
El tiempo ha ido desgranándose y mi tren no ha llegado. Hay momentos de desesperación en los que pienso que no es imposible que haya descuidado la vigilancia durante unos minutos, quizá los necesarios para que ese tren hiciese, raudo, su entrada, reclamándome y partiendo sin respuesta, vacío de mí, corriendo inútilmente por una vía muerta.
Como todos he intentado en vano el ascenso al piso superior. Como todos, he pensado en bajar a los andenes y tomar un tren cualquiera, para terminar de una vez por todas con esta exasperante espera, pero siempre me fallan las fuerzas, y permanezco aquí, sentado en este viejo banco, con los ojos cansados de tanto mirar en la misma dirección, con el corazón atormentado y apagándose.
Miles de trenes han partido y ninguno era el que yo esperaba. La mujer y el anciano, simples sombras en mi memoria, desaparecieron hace tiempo. Tal vez llegó su tren; tal vez hayan muerto sin haber llegado a tomarlo, anónimos figurantes en una siniestra farsa que se nos va llevando sin concedernos una segunda oportunidad.
Pero también los demás han ido diluyéndose hasta dejar vacía la estación.
Los niños y sus fingidos juegos son ahora pasto del olvido y hasta los mendigos que solían estacionarse en la entrada han abandonado su antigua costumbre y han emigrado a otros lugares donde quizá haga menos frío, donde quizá haya limosnas.
La cafetería fue cerrada, y con ella se perdió mi última esperanza de ascender al piso de arriba, que ya ni siquiera puedo ver, y que tampoco me importa, si es que alguna vez me importó. Este nivel se ha quedado desierto por completo, a excepción de uno de los empleados, que permanece ahí, parapetado tras la rejilla y el cristal, que no habla ni responde a mis preguntas, que parece condenado a la eternidad sin fondo de las ventanillas.
Y la voz. La voz interminable, intolerable, anunciando trenes para nadie, melódicas burlas del destino, incongruentes frases sin destinatario. Es como si toda la estación estuviese aún abierta sólo por mí, únicamente para que yo pueda tomar mi tren y alejarme hacia otra quimera respirable. Y a veces aun creo que acaso sea posible, como si todo este tiempo no hubiese transcurrido, como si aún se pudiesen construir nuevas ciudades, edificar otras realidades menos lamentables, calles habitables, nítidas, parques de sol, fuentes de esperanza sincera y real, monasterios...
Y sin embargo, sé que todo es mentira, ¿por qué no confesarlo de una vez? Sé que mi tren no ha de pasar, que mi espera ha de ser forzosamente estéril.
Pienso que un viento frío, una de estas noches, apagará para siempre mis esperanzas, congelándome, y así el ciclo se habrá completado y la estación perderá definitivamente su razón de ser y desaparecerá, como todo lo que un día hubo en ella. Porque ese tren que espero es algo que nunca existió, una sórdida invención de mi cansado corazón urbano; porque fui yo mismo quien envió aquella carta, buscando un pretexto para escapar a la insufrible rutina de las tardes sin nadie y sin nada en el monótono horizonte de la casa vacía. Hay otras estaciones desiertas, otros hombres iguales a mí, igualmente abandonados por la suerte, idénticamente solos, esperando a un tren que saben no ha de llegar, aguardando sin fe un destino que no existe, sabiendo con implacable certeza que todo es inútil, que ya nada va a ocurrir...
Pero he aquí que la campanilla suena de nuevo, y aunque conozco de antemano la inutilidad de mi acción, escucho atento, y lo que oigo me llena de desconcierto y de alegría, porque esta vez, desafiando todas las leyes de la razón, es mi tren el que está entrando con poderosa lentitud en la estación abandonada. El letrero luminoso así lo atestigua, y acaso también la leve sonrisa que me ha parecido sorprender en el pétreo semblante del empleado.
Asombrado aún, con las piernas temblando de emoción, cojo mi maleta y corro hacia la escalera descendente para hundirme en las profundidades del andén, sabiendo ahora que hay, en efecto, una escalera que sube y sube hasta perderse en el infinito, sabiendo que es esta misma escalera por la que voy bajando hacia el andén desierto. Pero eso ha dejado de importar, y corro sin descanso hacia ese tren que viene a buscarme exclusivamente a mí, corro incansable hacia ese destino que viene a reclamarme.


*Por Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com












 
El Dueño*



Alexis bajó del tren bastante inquieto. La sucia mochila negra se le aplastaba contra la parte inferior de la espalda, tironeándole los hombros hacia abajo a causa del considerable peso de cargar con tantos libros. Sabía que si no se deshacía de ellos no podría comprarle a su novia los textos de Saramago y de Cortázar que anhelaba desde hacía ya muchos años. Tampoco quería regalarlos en la primera oferta que le hicieran. Si bien lo que llevaba no representaba gran cosa -algunas novelas policiales y de ciencia ficción, un par de volúmenes de una enciclopedia en fascículos encuadernables que jamás terminó de comprar, varias revistas viejas pero bien conservadas-, eran suyas, y su valor, quizá, fuera más sentimental que comercial. Aún así, caminó a paso lento y desgarbado hacia la librería de usados de la calle principal del pueblo, ansioso por concretar su amado regalo.
Al ingresar al local, lo recibió el característico aroma de libros viejos, junto al tintineo de una campanilla en el extremo superior de la puerta.
Varias mesas repletas de ejemplares, estantes que se perdían en las oscuras alturas del cielorraso, volúmenes que se arracimaban hasta en el piso.
Aquello era un verdadero paraíso. Recobrando las esperanzas, se encaminó decidido hacia el mostrador.
Un hombre entrado en años, que lucía anteojos de media luna sobre el puente de la nariz y cara de pocos amigos, con un voluminoso libro de oscuro lomo cosido y hojas en papel Biblia sobre las rodillas, lo observó con recelo.
-Me dijeron que Ud. compra libros -comenzó Alexis, con un tono de voz que gradualmente adquirió seguridad.
El hombre, de ralo cabello cano, lo escrutaba en silencio. Luego, como si recordase algo, murmuró:
-Depende de lo que traigas.
-Le muestro -se envalentonó Alexis, aunque con cierta posible desilusión acechándolo desde lo alto de los anaqueles a su espalda.
Extrajo el material de la mochila, lo depositó en el mostrador, y aguardó expectante. El hombre, sin abandonar la banqueta alta en la que se hallaba sentado ni cerrar el grueso volumen, hojeó cada libro con una sola mano, comprobando el estado del interior de las hojas y del lomo, para luego apartarlo y realizar la misma operación con el siguiente. Al final, con expresión desdeñosa, cotizó un valor.
-Por todo esto, son treinta pesos.
La frase cayó como una piedra en el estómago de Alexis. No esperaba recolectar una pequeña fortuna a cambio de sus pertenencias, pero treinta pesos por semejante peso en libros le parecía una broma de mal gusto. Varias posibilidades se le cruzaron por la mente: volver a guardar los libros en la mochila y marcharse con el peso de la derrota sobre sus hombros; regatear el precio; deshacerse de aquel material de inmediato. Incapaz de confrontar, y pendiente de la imaginaria sonrisa de su amada al recibir el literario regalo, optó por esta última.
El hombre le indicó que los únicos libros que tenía para canjear tenían un código escrito en lápiz en la primera hoja y estaban ubicados al fondo del local, debajo de un vetusto cartel que tenía impresa la palabra USADOS, en grandes letras de imprenta.
-Y nada de buscar entre las novedades -le advirtió, con la misma desdeñosa mirada del principio.
Alexis dejó con desgano la mochila sobre el mostrador y se alejó rumbo a las bibliotecas del fondo. Al acercarse y leer los títulos, por poco no se derrumba de desilusión. Los libros que él traía en oferta eran mucho más interesantes y vendibles que aquel material de descarte que le ofrecían.
Respiró hondo, y aunque le costó unos minutos recuperarse y hacerse a la idea de que no llevaría quizá nada de lo planeado, comenzó a revisar los lomos en los estantes y las tapas sobre la mesa, emplazada en medio del cuarto y rodeada por varias bibliotecas.
Pero aunque puso todo su empeño, no encontró nada. Abundaban las novelas románticas, los policiales baratos, los títulos que ya poseía o había leído, nada rescatable. Estaba dando una última recorrida, haciéndose a la idea de volverse con lo puesto, cuando sintió algo que se restregaba contra su pantorrilla izquierda.
La sorpresa y el ronroneo fueron casi simultáneos. Por un instante creyó que algo desconocido lo atacaría. Sin embargo, al mirar hacia sus pies, contempló enternecido la grácil silueta de un gato que se paseaba entre sus piernas y alzaba la cabeza para escrutarlo atentamente con profundos ojos oscuros. Alexis se arrodilló y lo observó con detenimiento. El gato no le despegaba los ojos de encima.
Si Alexis hubiese sabido algo de razas felinas, hubiera reconocido al instante al Sagrado de Birmania que tenía delante. Para él, sin embargo, aunque creía adivinar que era un siamés, poco le importaba catalogarlo. Lo encontró hermoso, receptor incondicional de cariño, y eso era lo único importante. Extendió con cautela una de sus manos y le acarició la cabeza. El gato no se alejó. Alexis aprovechó entonces para prolongar la caricia hacia el lomo y los costados. El ronroneo felino se hizo muy intenso, al tiempo que entrecerraba los párpados. Se habían gustado de inmediato.
Permaneció unos minutos jugueteando con él, aprovechando que el animalito se había echado de costado sobre el ajado suelo de parquet para que él lo acariciase, hasta que recordó, emergiendo de un tibio ensueño, el verdadero motivo que lo convocara allí. Y murmuró:
-Ay, gatito, gatito. ¿Qué me puedo llevar de entre todo esto?
El Sagrado de Birmania alzó las orejas y volvió a escrutarlo, como si reconociera su voz de algún lado; o más extraño aún, como si pudiese comprenderlo. Parpadeó, bostezó enseñando brevemente los afilados colmillos, olfateó alrededor, se incorporó moroso, saltó decidido sobre la mesa y caminó sigiloso por encima de los libros, olfateándolos, dueño y señor de todo lo que hubiera a su alrededor. Alexis lo siguió de cerca, muy intrigado.
Entonces el gato se detuvo y lo miró por encima del hombro, volvió a mirar el libro que tenía delante y golpeó repetidas veces la portada con una de sus patas, volviendo la cabeza hacia él. Alexis se acercó, y para su asombro, se encontró delante de una percudida edición en tapa dura de los "Nueve ensayos dantescos", de Borges, que le pasara desapercibida por completo minutos antes, confundida entre un mamotreto de Mallea y un perimido libelo de Wast.
El recuerdo de su novia se le impuso demasiado nítido delante de los ojos, como si ella estuviese a su lado. Había buscado sin resultado aquel libro en varias librerías "de viejo" de la Avenida Corrientes, y ninguno de ellos podía permitirse el lujoso gasto de adquirir las Obras Completas borgeanas.
Siempre les había quedado pendiente -a ella, de leerlo; a él, de obsequiárselo-. Y la simple certeza de tenerlo al alcance de la mano lo estremecía de amor.
Estaba a punto de tomarlo cuando el gato maulló tímido junto a su mano extendida. Alexis lo miró, y el animal lo fulminó con otra de sus profundas miradas. Volvió a maullar, y con sigilosos movimientos caminó sobre la mesa atestada de libros hacia una de las bibliotecas, hacia donde saltó con insuperable destreza, se aferró del borde de los estantes y los trepó uno a uno, como eximio equilibrista, hasta alcanzar la cima, donde la luz de la lámpara ya no llegaba. Maulló desde las alturas, con ojos brillantes en la oscuridad, y movió una de sus patas a fin de alcanzar el extremo del lomo de un libro que no parecía guardar la línea con los demás, colocado boca arriba encima de los otros. El movimiento, lento pero decidido, consiguió acercar el volumen hacia el borde de la pila, hasta que por fin se desplomó cerca de Alexis, desplegando en la caída una nube de polvo que lo hizo toser.
Alexis se inclinó, incapaz de creer la proeza del gato, y observó el libro, caído boca abajo, ambas tapas desplegadas y a punto de remontar vuelo otra vez. Se notaba que ya hacía un buen tiempo que dormía el sueño de los justos, allí en las alturas, a juzgar por la gruesa capa de polvo acumulada sobre él. No podía leerse bien la tapa, desdibujada por la mugre, pero las letras impresas en blanco sobre el lomo oscuro eran inconfundibles: "Cuarteles de invierno", de Soriano.
Alexis alzó la cabeza, maravillado y absorto. ¡Había querido leer ese libro durante años, y nunca había encontrado un ejemplar accesible! Miró con fijeza al gato, los ojos siempre brillantes en las alturas. Y la pregunta, murmurada y sorprendida, brotó sin pensarla siquiera:
-¿Cómo sabías que lo estaba buscando?
El gato tembló en las alturas y saltó hacia una biblioteca más baja, para lanzarse desde allí hacia la mesa, temerario y con un leve quejido de esfuerzo. Alexis levantó el libro del suelo, sopló el polvo depositado sobre él, volvió a toser y hojeó las páginas. Allí, en la primera página, estaba escrito el código en lápiz que atestiguaba su condición de "usado". Se giró hacia el ejemplar de Borges, lo abrió, y allí había garabateado otro código similar. ¿Por qué no figuraban en el anaquel de USADOS?
Miró al gato. Sus profundos ojos lo atravesaban de lado a lado, hasta que uno de sus párpados bajó, creando un guiño cómplice, que para Alexis significó un inequívoco pacto entre ambos.
Parecía que el esfuerzo de haber viajado hasta allí estaba más que compensado, pero nuevamente el gato se puso en movimiento, saltando al suelo y escabulléndose entre los estantes inferiores, por debajo del nivel de la mesa. Alexis se agachó para ver cómo se esfumaba la cola peluda entre los libros, oír el rasguido de las uñas sobre las superficies de papel, seguido de algunos empujones, y finalmente contemplar aparecer entre libros deslomados y en desorden un volumen tan añorado como valioso: "La conjura de los necios", de Toole.
-¡No lo puedo creer!!! -exclamó Alexis, y al escucharse enmudeció, temeroso de que el librero del mostrador lo hubiese escuchado, sospechando lo peor.
Ansioso y esperanzado, abrió la cubierta y allí estaba el tan codiciado código para el canje. ¡Con lo que ambos habían buscado este libro, tan recomendado por sus amigos! Aguardó a que el gato emergiese del interior del estante y lo mirase, para entonces ponerse de pie y recolectar su cosecha literaria. El corazón le latía con fuerza, sentía la boca seca, y rogaba que el milagro se produjese completo, sin abandonarlo en mitad de un sueño que ya se perfilaba imposible de olvidar.
Y antes de marcharse, volvió la cabeza. Como era de esperar, el Sagrado de Birmania lo siguió sin perderle pisada.
Al aproximarse al mostrador, donde el librero revisaba ahora una colección de fascículos discontinuos, con la misma expresión desdeñosa del principio, temió por un instante una reacción adversa. Sin embargo, allí estaba su cómplice felino para socorrerlo. El gato saltó encima del mostrador, se sentó sobre sus patas traseras, envolvió sus patas delanteras con la cola y contempló alternativamente al comprador y al librero, casi tan ansioso como él por completar el canje de ejemplares.
El librero se sorprendió de ver aparecer al gato, sospechando de soslayo que algo raro ocurría aquella tarde. Bajó la mirada hacia los libros que Alexis había depositado delante de él, y entrecerró los párpados. Definitivamente: algo raro ocurría allí. Alexis tragó saliva, incapaz de hablar. Las manos le temblaban, un sudor frío cayó desde sus axilas hacia las costillas, y el suelo amenazaba con abrirse debajo de sus pies. El hombre lo miró por encima de sus gafas de media luna y preguntó:
-¿Dónde encontraste esto?
Alexis no supo cómo responder. Su cabeza era un torbellino que lo proyectaba muy lejos, seguro de haber perdido toda posibilidad de apoderarse de un pequeño tesoro. Había enmudecido de pronto. El gato lo miró, desvió sus enormes ojos para contemplar al librero, y emitió un tierno y ronco maullido, quizá de aceptación.
El librero lo miró fijo, acercando sus ojos a cinco centímetros de distancia de las pupilas del gato. Proyectó el labio inferior hacia delante, frunciendo el mentón con expresión ceñuda, evaluando la reacción del felino, y se volvió hacia el comprador, con una fugaz suavidad en la mirada.
-Parece que estás de suerte -sentenció. -Al Dueño le caíste bien. Y el costo de los libros cubre el precio del canje. Así que estamos a mano.
"¿Dueño?", alcanzó a preguntarse Alexis. Aunque el suspiro de alivio que experimentó eclipsó cualquiera de sus dudas, haciéndose casi audible, como si se derrumbase en un mullido sillón luego de una agotadora caminata bajo el sol del verano. Sin embargo, la tranquilidad le duró poco.
-Pero ni se te ocurra volver por acá -masculló el tipo del mostrador, con el desdén recrudeciendo su mirada, como si la reciente suavidad le resultase ajena. -No me parece que haya más libros que te interesen.
En completo silencio, con mano aún temblorosa, Alexis recogió los tres libros y los arrojó al fondo de la mochila, sin despegar sus ojos de los de aquel hombre, retrocediendo de espaldas hacia la puerta. Casi derriba un exhibidor giratorio de ediciones de bolsillo que había a un costado, hecho fortuito que consiguió liberarlo de aquel hipnótico enlace, impulsándolo a huir a gran velocidad.
Pero antes de que llegara a la puerta, un maullido lo alertó a sus espaldas, ofendido de que se marchase sin saludar. Alexis se detuvo, ya con la mano sobre el picaporte, y se volvió para contemplarlo, allí en el ajado piso de parquet, con un porte brillante y majestuoso, sentado sobre sus cuartos traseros, escrutándolo como siempre.
Se arrodilló, y el Sagrado de Birmania se acercó ronroneante para recibir una última caricia, fregándose con deleite contra las botamangas de sus pantalones.
-¡Gracias, Amigo!!! -alcanzó a articular en un murmullo, sintiendo en lo más profundo de su alma que aquella amistad, aunque jamás volvieran a encontrarse, duraría por toda la vida.
El gato le lamió el dorso de la mano con que lo había acariciado y volvió a guiñarle un ojo. Tal vez él, en las profundidades de un misterioso idioma felino, sintiese lo mismo.

No muy lejos de allí, se oyó el silbato del tren. La hora de marcharse estaba próxima.



*De Alberto Di Matteo. licaldima@gmail.com
 
 
 
 
-Alberto Di Matteo. Escritor por vocación, y psicólogo de profesión.
Escribe desde principios de su escuela secundaria. Su papá le contaba cuentos (inventados por él) antes de dormir, y de allí Alberto intuye que le surgieron las ganas de contar. Ha participado en diversos certámenes literarios. Ha publicado en Inventiva Social cuentos para la serie InvenTren durante los recorridos literarios entre 2002 y 2006.
Hace suyas las palabras de John Cheever, "escribo para entenderme y entender el mundo".









 
*


Para partir,

sólo una valija

llena

de tres

o cuatro soledades.

Para partir,

lejos,

tan lejos

donde terminen

las partidas,

un par de zapatos

cansados

de hojas secas.

Para llegar

a la última estación

y caminar,

descalza,

sobre la hierba fresca

del fin de los andenes.



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com


- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell.
Publicó: Cuadernos de la breve ceguera  (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015)
La hija del pescador  (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018)
Su último libro publicado es El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria.





 

-Próxima estación:

JUAN TRONCONI.

En el recorrido del tren literario por Ferrocarril Provincial:

CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.



***


En el recorrido del tren literario por Ferrocarril Midland:


ELÍAS ROMERO.

KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.
LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.
VILLA DIAMANTE.  PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.





InventivaSocial
Plaza virtual de escritura




ESTACIÓN GOBERNADOR UDAONDO.

  *Foto Estación Gobernador Udaondo. -Fuente: https://www.infocanuelas.com/                     “Estación Udaondo” *...