ESTACIÓN ORDOQUI.

InvenTren
Al pueblo de Ordoqui a 100 años de su fundación
LA VOZ HERRUMBROSA*
SOBRE LA TIERRA DEL PATIO.
mañanas como países condensados en racimos:
pequeñas naciones verdes y floridas,
minúsculas pampas de tréboles
y –en la habitación trasera-
el jardín zoológico de mis gatos,
jilgueros nerviosos y perros adoptivos.
Todo el mundo de la infancia converge
hasta que la sed nos doblega la espalda
y el sueño (boxeador experto) nos cubre la boca
con una toalla deshilachada,
que apaga un tanto la sed de estar solos.
TANTAS VECES HAS CREÍDO
que no volverías a ver la luz del día,
que no remontarías la punta de tu dedo
fuera del borde de la ventana
y, ahora, como si nadie te mirase,
encuentras –demorados en el patio-
la brevedad de la tarde, el cansancio
y la huella de salitre que ha calado las paredes.
Sin embargo, no es coherente,
¡si estás muy lejos del mar,
de los salitrales, de toda salina!
¿De qué manera el salobral
podría carcomer los revoques de tu casa,
las punteras de tus zapatos?
Mas, aunque dudes, ahí estás,
comprobando la improbable huella,
el salivazo despiadado
de una sal que no escogiste.
*De Eugenia Cabral. ecabral54@yahoo.com.ar
EL ÚLTIMO TREN*
“Perdieron el anterior, pero aun queda un tren, uno solo…”
Venían de destierros.
De éxodos sangrientos.
De deshielos de lágrimas.
Candentes. Quemantes.
Les habían colocado mortajas.
Monedas de oro en sus ojos.
Pero la desnudez les salía por el costado izquierdo.
Castos almendros, impúberes trigales.
El viento del otoño les rozaba la frente.
Recorría sus hombros y sus lodos.
Renovaba panes, niños y rebaños.
Simiente y tierra dulce.
Casi sin buscarse se encontraron.
La flor del aire y la paloma.
Los árboles y el nido.
Era el último tren.
El último vagón… y lo tomaron.
*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
ORDOQUI*
*Por Alfredo Armando Aguirre. choloar47@rocketmail.com
No quiero demorar en volcar a texto escrito algunos recuerdos y reflexiones basadas en algo que
viví, allá lejos y hace tiempo en Ordoqui, el 19 de noviembre de 1972.
En esos días los argentinos estábamos bajo la conmoción que había producido el regreso del general Perón al país luego de 18 años de forzado exilio.
Pero como que cada uno tiene sus prioridades, ese evento no había podido con la pasión de corredor pedestre, que estimulaba nuestros movimientos de entonces.
Habíamos viajado desde Buenos aires, hasta Henderson para disputar una carrera pedestre. Lo habíamos hecho en colectivo, pero ya sabíamos que volveríamos a la estación Tapiales, con el coche motor que venía de Carhué.
Terminado nuestro ritual atlético, me mandé para la estación. Recuerdo que compré algo de fiambre y
algo así como un jugo de naranja, y me quedé en un banco de la estación ferroviaria a esperar el tren.
Sabía que no volvería sólo. Un grupo de atletas, volverían conmigo, pero como representaban al Club San Lorenzo de Almagro, la gente de la peña sanlorencista local los había invitado a un asado.
Al rato, apareció un tren de carga, traccionado por una locomotora a vapor,
con rumbo a Buenos Aires.
Se acercó a mí un trabajador ferroviario y me sugirió que tomara ese tren, así ahorraba dinero, para cuando lo alcanzara el tren de pasajeros, que pasaría mas tarde. Le agradecí y no acepté el convite. El destino me había reservado otra posibilidad.
Pasó un largo rato, y ya con mis compañeros, nos aprestamos a esperar el coche motor. Vale contar que el servicio era atendido por uno de esos coches motores de procedencia húngara, marca Ganz Mavag, que habían sido comprados por el Ferrocarril del Estado a mediados de la década del treinta y que desde entonces venían prestando eficaces servicios en los ramales de trocha angosta, aunque también se emplearon en los de trocha ancha (En 1934 inauguraron el servicio Viedma- Bariloche).
Los coches eran como los que aun se ven en las películas: tenían compartimiento para seis u ocho pasajeros. Y fue en uno de esos en los que nos ubicamos los corredores y la corredora que volvíamos juntos a Buenos aires. El tren había salido a eso de las 3 de la tarde y debía llegar a eso de las 21.50 a Tapiales...Debía.
De mis acompañantes recuerdo a Iris Fernández, al entrenador Gilberto Miori y aunque, algo desdibujados, creo que venían Adolfo Olivera y Arraigada.
Si uno viene leyendo la saga que se publica por Inventiva social, sabrá que de Henderson hasta Ordoqui hay dos o tres estaciones.
Bueno, a horario llego el tren a Henderson. Arriba venía un empleado del correo con un singular gorrito azul con un escudo de bronce con la leyenda de Correos y Telecomunicaciones. El tren seguía cumpliendo su aun civilizadora función de "vagón postal".
Bueno la cosa que al llegar a Ordoqui, el motor empezó a hacer ruidos raros y al rato tuvimos el diagnóstico: el motor se había roto. Y había que esperar una locomotora a vapor que llegara, vaya a saber de dónde, y nos llevaría lentamente hacia nuestro destino.
Así las cosas, nos bajamos del tren en busca de algo para tomar y comer.
Ordoqui (situado aun, pero sin tren, en el partido de Carlos Casares), tenía calles de tierra. Enseguida llegamos a la sede del Club Atlético Argentino Ordoqui. Recuerdo que en un momento llego un camión con la hinchada del club que venía de un partido de futbol, que le equipo había jugado en otro pueblo de la misma Liga.
En la sede del club (es esas que tantas veces hemos visto en nuestras recorridos por el subyugante interior argentino), había pocas cosas para comprar. Recuerdo que compramos galletitas dulces de hojaldre y vino tinto.
Esa sería nuestra comida hasta las 11 de la mañana del día siguiente, que es cuando me bajé en la estación Tapiales. También recuerdo que los colores del club Ordoqui eran azul y blanco y pienso que el club subsiste y también sus colores.
Unas horas después vino la locomotora de vapor y comenzó la lenta marcha.
El frío apretó a la noche y el vino no calentaba mucho. Veníamos durmiendo dándonos calor con los cuerpos los unos a los otros. Así amanecimos. Con el curso del tiempo, atento a nuestra afición por los transportes y a nuestro amor desembozado por los ferrocarriles, le fuimos dando contexto a nuestros recuerdos. También esas nostalgias, nos incentivaron a profundizar, el porqué de esa retracción de los ferrocarriles, que ya habíamos empezado advertir en 1972, cuando al querer ir por tren a participar en carreras pedestres por el interior, se nos decía que el tren que otrora nos llevaría había dejado de circular.
Miradas holísticamente las cosas, Ordoqui era un minicomponente de un subsistema, concebido a principios del siglo XIX, y el que recibió un mazazo casi terminal (más adelante diré porque digo casi...esperanzadamente), entre fines de 1976 y 1977.
Dicen que es hacer ucronías o contrafactualismo, suponer como las cosas podrían haber sido de otro modo, sino se hubieran adoptado ciertas actitudes o decisiones.
Pero vayamos al principio.
Hubo una Argentina que se montó entre 1880, luego de la federalización a sangre y fuego de la ciudad de Buenos Aires, en 1880 y el comienzo de la Primera guerra Mundial en 1914.
Hay acuerdo entre los estudiosos, que esa Argentina se desarrolló inserta en el esquema del sistema cuya potencia hegemónica era Gran Bretaña. El despliegue de la red ferroviaria era parte de ese esquema. Pero había detalles, que se le escapan a los generalistas, y más aun a los que han estudiado ese periodo con un entendible sesgo anglófobo. Mirado desde las cosas cotidianas y desprovistos de cargas teóricas se puede apreciar diferente. Sobre todo cuando uno tiene la suerte o la intencionalidad de estudiar los documentos concretos y los testimonios de los ancianos memoriosos.
En ese contexto, había dos herramientas muy vertebradoras: el ferrocarril y los puertos, y un ingrediente aun no debidamente ponderado: el telégrafo.
Y como nada se hace en última instancia a máquina, estaban los pioneros u hombres de negocios, que con su avidez animaban todo este movimiento, y daban marco a la inmigración europea como mano de obra para estos "emporios" como así se llamaban.
Poco se conoce de los "pioneers" (salvo sus leyendas negras). Así los D'Abreu, los Devoto, los Bustinza, los Stroeder, los Mulhall. Hay más... Más, enfaticemos en uno: Lavalle. Enrique Lavalle estaba vinculado a la "Utopía" emblemática de la época: la construcción de la ciudad de La Plata (específicamente de su puerto).
La Constitución del 53, les había reconocido a las provincias la facultad de levantar ferrocarriles. Pocas provincias hicieron uso de esta facultad. Los ferrocarriles autorizados por la Nación, terminaron neutralizando esa facultad.
En ese contexto la Legislatura de la provincia de Buenos Aires, sancionó la ley llamada Williams, por el senador Orlando Williams que la alentó. Se trataba de una norma para construir ferrocarriles que fomentaran la creación de nuevas núcleos de producción, debiendo los trazados no pasar por poblaciones ya establecidas, sino para facilitar la creación de nuevos núcleos poblados. Con ese marco, uno de los "pioneros", Lavalle, obtuvo la concesión para un ferrocarril entre Puente Alsina -a la vera del Riachuelo- donde instalaría un puerto y la laguna de Carhue, ya visualizada como un emporio turístico. El puerto se instaló, el ferrocarril también y el lugar para turismo de lo que hoy se llamaría "alta gama" también (Este intento padecería un colapso hacia los 70 por un grave error ambiental de orden antrópico que aún no está del todo esclarecido).
Respecto al puerto debe recordarse que entonces el Riachuelo tenía intensa actividad. El ferrocarril Oeste tenía su propio puerto en una gran Dársena (hoy tapada por la Villa Zabaleta, al lado de la cancha de Huracán). El ferrocarril llego a Carhué, en 1911. Año significativo por demás porque ese
año con el suicidio del gobernador Inocencio Arias, la provincia de Buenos Aires comenzó a declinar sus pretensiones autonómicas, que ya habían sido cercenadas cuando le nacionalizaron el Puerto de la Plata y la Universidad (con su Museo y Observatorio Astronómico incluidos).
El puerto aunque funcionó, corrió la misma o peor suerte que el puerto del Ferrocarril Oeste (al que llegaba desde Villa Luro, por donde hoy corre la Avenida Perito Moreno). Resulta que los servicios suburbanos del Ferrocarril Sur, se las ingeniaron para que se levantara pocas veces el puente, porque
ello perjudicaba sus servicios de pasajeros suburbanos. Y así fueron languideciendo los puertos sobre el Riachuelo, por más que la rectificación del mismo, preveía la navegación aguas arriba (Tal vez el Mercado Central reactive esa posibilidad).
Es curioso pero estos ferrocarriles económicos, ya tenían propuestas de levantamiento a la fecha de la nacionalización entre 1946-1947.
Así no sorprendería que figuraran de la lista de los ramales a levantar, atento el nefasto Plan Larkin, entregado al gobierno de Frondizi en febrero de 1962, pocas semanas antes de su derrocamiento. La caída de Frondizi no impidió que el plan se llevara a cabo, recibiendo sus golpes finales durante
Videla y Menem, curiosamente a manos del mismo responsable Jorge Kogan.
Menem tuvo como asesor a uno de los mentores del Plan Larkin: Ovidio Zabala...
Bueno; pues que este Ordoqui que evocamos desde la nostalgia personal, refleja un país que pudo ser y que dejó de ser. Y ello no fue fruto del azar sino de políticas deliberadas, que han sido nefastas para las posibilidades de la Argentina.
Pero en medio del naufragio, quedaron sembradas aquellas poblaciones, demostrando que la resiliencia es una posibilidad humana.
A la espera de las nuevas oportunidades que induce la triple crisis planetaria (alimentaria, climática y energética), están esos pequeños pueblos que disemino la expansión ferroviaria a fines del siglo XIX y
principios del XX: con sus trazados urbanos, sus infraestructuras públicas y privadas subutilizadas; con aptitud pese a los deteriores experimentados para posibilitar la calidad de vida inexorablemente deteriorada en las metrópolis y grandes ciudades argentinas. Ordoqui y asentamientos como Ordoqui, que se cuentan por cientos, tiene un futuro promisorio.
** Escrito motivado por el proyecto INVENTREN que fogonea el aparcero COIRO.
Buenos Aires, 10 de febrero de 2011.
ESCARCHA DE LUNA*
“Mientras avanzábamos raudamente, veía que el campo giraba como un enorme disco iluminado bajo la luna llena, plateado por la escarcha…”
Mamá me entregó un bolso con la ropa y otras cosas y me acompañó hasta el portoncito batiente de la entrada.
El portillo estaba flanqueado por los dos altos y lozanos cipreses, que semejaban un poco, a dos verdes, gigantescas, y estilizadas espigas; que montaban guardia permanente, vigilantes y quietos, rodeados por un florido conjunto de plantas y plantitas del jardincito del frente. En él resaltaban profusas las enhiestas y copetudas crestas de gallo, de flores verrugosas y aterciopeladas de un furioso color carmín.
El camión azul deslucido de mi tío estaba en marcha y él aguardaba en el volante a que el motor se calentara. Yo le di un beso a mamá y corrí dando un rodeo para subir por el otro lado.
Se terminaba la tarde y comenzó a refrescar de golpe.
El sol, como un disco gigante color naranja pálido, bajaba sobre la quinta de naranjos que daba al oeste, y el cielo se había pintado del granate al rojo intenso; mientras algunas pequeñas nubes amarillentas y oscurecidas se recortaban con ribetes iridiscentes, como ovejas deformes pastando en un campo en llamas.
-Mañana va a helar- dijo mamá, despidiéndose, mientras nos poníamos en marcha.
Me sentí en la gloria.- Un vaho tibio se respiraba dentro de la cabina, emanado por el motor; tenía aromas de aceites cálidos y tan tenues que eran como un perfume metálico, agradable y reconfortante. Además, iniciar este viaje con mi tío era para mí un sueño.
Cruzamos el pueblo, el puente y la ciudad vecina, ambas aún con calles de tierra, y salimos a la ruta, también de tierra.
Enseguida cayó la noche y la oscuridad fue cercándonos. Los faros del camión iluminaban temblorosamente una porción no muy grande delante y un poco a los costados del camino, bañando escasamente de amarillo una pequeña mancha dentro de la inmensa noche cerrada.
Mientras, el ronroneo del motor iba quedando atrás con el camino recorrido; dejando a su paso un eco debilitado que rebotaba en los costados irregulares y nos iba persiguiendo junto con la noche.
Pese a la dicha que sentía, me fui durmiendo sin darme cuenta, acunado por el vibrar suave y parejo, y el regular sonido de la marcha que nos envolvía…
Hicimos así la mitad del camino.
Me desperté al sentir que el camión disminuía la velocidad hasta casi detenerse y el traqueteo de las ruedas sobre los rieles al cruzar las vías del tren. Un poco más allá mi tío se estacionó ante una casa o un tipo de negocio que daba a la calle.
Luego vi que tenía un alero pequeño que sobresalía sobre un surtidor de nafta, de los de aquella vez, altos, con un remate redondo como un caramelo, o una almeja, y una gran palanca con la que bombeaban el combustible.
Por la puerta abierta y por la ventana salía una larga porción de luz que daba un farol muy potente que se conocía como “sol de noche”; y blanca y luminosa cruzaba la calle y alumbraba la garita del guardabarreras del ferrocarril cerca de la vía. Sentí voces, y vi pasar gente en la ventana, e incluso algún chico jugando, quizás más adentro.
Mientras esperaba a mi tío, y terminaba de despertarme, pensaba en esa casa y en esa gente, que en verdad no conocía, ni conocía el lugar, y en realidad tampoco sabía mucho sobre en qué parte del camino estábamos, y hasta pensé que, tal vez habríamos llegado.
¿Cómo sería la casa de mi tío? A mis escasos nueve años era la primera vez que iba. Cada tanto mis primos venían a casa, ya que el negocio se proveía con estos viajes que eran frecuentes, y este coincidió justo con la feria escolar de invierno, así yo al fin puede colarme.
Mi tío volvió y el motor ronroneó de nuevo…
Ahí fue cuando me informé que estábamos a mitad de camino, de modo que enseguida reanudamos la marcha.
De cuando en cuando él encendía un cigarrillo, lo ponía en la boquilla y fumaba quedamente. Las caprichosas espiras de humo azul, como danzantes arabescos, alcanzaban a cautivarme antes de desvanecerse en el interior de la cabina. Cuando terminaba de consumir el cigarrillo, solía mantener la boquilla vacía largo rato entre los labios, y así la sostenía, incorporada y firme, casi todo el tiempo. Decía que era un buen truco para fumar menos.
Yo lo veía recortado contra la penumbra exterior, junto con el resto oscuro de la cabina, donde apenas brillaba tenuemente una pequeña luz en el tablero, casi espartano, propio de los modelos de entonces, de antes de- mediados de siglo. Lo veía pensativo y al mismo tiempo tan sereno, que me cohibía molestarlo o interrumpirlo en sus cavilaciones; hasta que él mismo vio que yo estaba despierto y abrió el fuego con una gran sonrisa, y con un gesto cariñoso soltó el volante y con la mano derecha me revolvió el cabello…
Charlamos larga y despaciosamente, mientras el camión devoraba raudamente buenos tramos del camino.
En realidad hacía apenas cuatro años que se habían asentado en aquella colonia casi virgen, de grandes campos, montes y bañados. También otros colonos habían hecho lo mismo por aquel entonces y se formó una población considerable, además les estaba yendo bastante bien a todos, así que mi tío estaba agrandando sus negocios, y aparte de vender y fletear mercaderías y comestibles, vendía insumos para el campo y estaba iniciando el acopio de cereales y ahora también algodón que estaban comenzando a sembrar como una novedad en aquella latitud agrícola.
Por largos ratos quedábamos en silencio, ensimismados cada uno en sus cosas. Yo mismo trataba de imaginarme cómo sería todo lo que me esperaba, lo que aún no conocía, e iba quedando cada vez más cerca.
De reojo veía que mi tío de cuando en cuando tarareaba una canción en voz tan baja que casi no estaba seguro que estuviera cantando.
Además la soledad de tremendos contornos me intimidaba por momentos. Ahora cruzábamos cerrados e interminables montes que reconocía a nuestros costados y escondidos arroyos que se reflejaban entre la negrura, y la luz de una luna que nacía frente a nosotros.
Pero tenía mucha confianza en él, mi tío era también mi padrino y lo veía como a un héroe, un verdadero paladín. Lo que no estaba al alcance de mi padre, él lo haría accesible, sin dudas, porque sabía que me quería bien.
Mi padre y él tuvieron suertes diferentes. Mi padre vino de Italia de niño y la vida lo trató muy duro. Desde pequeño tuvo que trabajar como único sostén, ya que quedaron huérfanos de padre recién llegados de Europa, y apenas nacidos los hermanitos más chicos. Mi tío era el más joven y accedió a todo más fácilmente, un poco quizás por ser el menor.
Estábamos llegando. Doblamos el último tramo. Se había alzado la luna, grande y ovalada. La teníamos ahora a la derecha y me permitía ver los grandes campos que pasaban corriendo, más fuerte acá cerca, y los grupos de árboles y casas más lejanas apenas se iban moviendo. Parecía que todo girara como en un plato gigantesco, teniendo como eje la luna, mientras bañaba todo con su luz pálida y platinada.
La casa se me apareció entre una extensa arboleda de variados tamaños, negra a trasluz, donde se recortaban altas grevileas y pinos; y los techos metálicos se reflejaron fríos y blanquecinos por la escarcha recién caída y la luz de la luna.
Lo demás estaba en tinieblas, pero enseguida hubo linternas y luz en la cocina, y un par de perros alegres que aullaron y corrieron atropelladamente a saludarnos, antes aún que los demás de la casa.
Así llegué aquella primera vez a aquel lugar, que tanto significaría para mi de ahí en más, especialmente en el transcurso de mi niñez.-
*de Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
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